miércoles, mayo 15, 2013

¿Por qué príncipe de Asturias?



Lo lógico es que, de un tiempo a esta parte, te estés haciendo sobre la monarquía española preguntas algo más profundas. Sin embargo, es posible que aún le quede sitio a tus reflexiones para preguntarte por qué los herederos de la Corona en España se llaman príncipes de Asturias. Es posible, también, que pienses que eso es porque Asturias es la tierra en la que se inicia la Reconquista; de hecho, ésta es la respuesta mayoritaria que, al menos, yo he arrancado a base de preguntar a los amiguetes. La respuesta, sin embargo, no es exactamente así. En realidad, no fue un asturiano quien promulgó el trato, sino un inglés. Así de cosmopolita es nuestra monarquía.

Príncipe significa el primero. Y es una palabra que se lleva su tiempo en tomar la acepción que hoy le damos. El primer príncipe importante es Augusto, quien luego se titularía emperador, puesto que se buscó el título de princeps para no tener que darse el de rex, conocedor de que, desde los tiempos de Julio, los republicanos romanos le tenían tirria a la palabrita. De todas formas, ya antes de ello, el Senado romano tenía un prínceps senatus, que era algo así como el speaker.

El título llega a la Edad Media europea designando a todo aquél que tenía mando total sobre un territorio. Con la consolidación del poder centralizado de las monarquías, que recortó notablemente la autonomía de mando de condes, marqueses y demás patulea, el vocablo príncipe comenzó a vincularse estrictamente a las familias reales. No obstante, en Europa quedan tres vestigios de aquel orden medieval en el que los territorios autónomos eran principados, en los así llamados de Andorra, Mónaco y Lienchenstein.

¿Cómo llegó, concretamente en el siglo XVI, el principado de Asturias a ser título del heredero de la corona, no de España, sino de Castilla y León? Pues ahí va la historia.

Ya hemos hablado en este blog del rey castellano Pedro I, llamado el Cruel. Peter casó con María de Padilla, de la que tuvo cuatro hijos. Un niño, Alfonso, que murió siendo muy crío. Beatriz, que se metió monja, y también murió joven. Y, finalmente, Constanza e Isabel. En 1362, el rey Pedro testó a favor de sus hijas la corona que ceñía y, al año siguiente, las Cortes de Bubierca sancionaron dicho deseo. Sin embargo, como ya hemos contado aquí, en 1369 el oponente de Pedro, Enrique de Trastámara, con la ayuda del francés Bertrand de Duglesclin, se cargó a Pedro, pasando a ser Enrique II de Castilla.

Malos tiempos para las hijas de Pedro, que pasaron de herederas de la corona al segundón estatus de infantas. Ambas encontraron su futuro en Inglaterra. Constanza encontró al inglés Juan de Gante, duque consorte de Lancaster, que había enviudado. Juan era el cuarto hijo varón del rey inglés Eduardo III, así pues aportó al matrimonio la dudosa dote de un difuso derecho a la corona inglesa; y su mujer un no menos tenue derecho, en la práctica, a la de Castilla. Isabel, la otra infanta, se casó con Edmundo, hermano de Juan y tercer hijo varón de Eduardo III; alguna posibilidad más tenía de ser rey.

A la muerte de Beatriz, la infanta clarisa y por lo tanto primogénita de Pedro I, el partido petrista comenzó a llamar a Constanza reina de Castilla y León; Eduardo III, de hecho, ordenó que tal fuese el tratamiento que recibiesen en Londres.

En 1386, Juan de Gante, juzgando sus posibilidades de ser rey de Inglaterra bastante tenues, cedió sus posesiones en las islas al hijo que tenía de su primer matrimonio (hijo que llegaría, por cierto, a reinar en Inglaterra como Enrique IV) y se fue a España para defender los derechos a la corona de Castilla de su mujer, Constanza; y de la hija de ambos, Catalina. En España se encontró con la lógica oposición de Juan I, hijo de Enrique II, que estaba al frente del machito.

Tras una serie de acciones de suerte vacilante, Juan de Gante y Juan de Trastámara firmaron la paz de Troncoso. Esta paz estipulaba el compromiso entre ambos de que el infante Enrique, hijo de Juan y que entonces tenia diez años, se casase con Catalina de Lancaster, hija de Juan y Constanza, que tenía catorce. Si el niño Enrique moría antes de consumar el matrimonio, su hermano Fernando (que acabaría siendo el rey Fernando I de Aragón, llamado el de Antequera),  debía casarse en su lugar.

El pacto era perfecto, pues suponía cerrar, unos cuantos años después, la lucha a muerte entre Enrique II Trastámara y Pedro I el Cruel: el marido era nieto del primero, y la mujer nieta del segundo.

Pero hubo una cláusula más en aquella paz troncosera: además de arreglarse los casorios, el matrimonio debería ser intitulado príncipes de Asturias. Y fue Juan de Gante quien lo exigió.

El duque de Lancaster no hacía sino importar a España una costumbre inglesa relativamente reciente. El heredero de la corona inglesa, en efecto, se había dado en llamar príncipe de Gales, en atención a la mucha mierda que tuvieron que sudar los ingleses para someter aquellas tierras. En el siglo XII, Gales se había unido bajo el cetro de un caudillo militar, Llywelyn ab Jorweth, que se había hecho llamar príncipe de Gales. Ya en el siglo XIII, el nieto de este caudillo, Llywelyn ab Gruffyd, llamado El Grande, consiguió derrotar a Eduardo, designado ya heredero de Enrique III. Este Eduardo, ya coronado Edward I (tiene importancia escribirlo así: la dinastía real inglesa es francesa, y Eduardo I es el primero de sus reyes que portó nombre inglés) resolvió dejarse de mamonadas e integrar de una vez Gales en la integralidad inglesa. Aquella guerra terminó en 1282 con el aplastamiento de las tropas locales y el ajusticiamiento de los líderes que no murieron en el combate. Para declarar la inamovilidad de la incorporación gaélica (perdón, galesa) a la corona inglesa, los herederos pasaron a llamarse príncipes de Gales.

Hemos visto cuál fue el proceso en Castilla. Pero en Aragón, en realidad, fue muy parecido, y casi también en los mismos tiempos. Tradicionalmente, el heredero de los reinos de Aragón y Valencia y el condado de Barcelona (inseparables desde 1319, en las Cortes de Tarragona) era ungido simplemente sucesor y sustituto del rey en su ausencia.

En 1351, el rey Pedro el Ceremonioso, que tenía un marrón sucesorio que te cagas porque su hermano Jaime ambicionaba la corona y él quería dejársela a sus hijas, por fin hizo bull’s eye y consiguió generar un hijo, Juan. Cuando tenía su hijo apenas un mes, y copiando la costumbre francesa de entonces, por la que el heredero de la corona era nombrado duque de Normandía, le dio a su hijo la ciudad de Gerona y el título de duque.

El duque llegó a rey, como Juan I. Este Juan, el I de Aragón, sólo tuvo hijas, por lo que tuvo que echar mano de su hermano, Martín (quien había sido nombrado por Pedro el Ceremonioso rey de Sicilia), al que nombró su mano derecha, amén que duque de Montblanc.

Martín fue rey después de su hermano, y es conocido por la Historia como Martín el Humano. En 1395, cuando lo hicieron rey, había abdicado la corona de Sicilia en su hijo, Martín, llamado el Joven; y luego lo nombró heredero de la de Aragón. Pero las cosas no salieron como el Humano esperaba, porque su hijo murió un año antes que él, retrotrayéndole, pues, la corona siciliana.

En 1414, el conflicto sucesorio surgido tras la muerte de Martín el Humano fue resuelto con la elección de Fernando de Trastámara, llamado por la Historia el de Antequera, como rey de Aragón (que era, lo hemos dicho, un Trastámara; hermano del rey de Castilla, Enrique III). El día de su coronación, y siguiendo la estela del ducado de Gerona y la nueva moda surgida en Castilla con el principado de Asturias, Fernando ungió a su primogénito, Alfonso (futuro Alfonso V el Magnánimo) como príncipe de Gerona.

Fernando I el de Antequera recuperó también el ducado de Montblanc para su segundo hijo, Juan; quien se casó con Blanca de Navarra, hija de Carlos III, llamado el Noble; braguetazo que se sirvió para ser rey consorte de la Comunidad Foral. Juan y Blanca tuvieron un hijo llamado Carlos, a quien se le otorgó el título de príncipe de Viana, que es el que escogieron los navarricos para designar a su futuro rey.

Alfonso el Magnánimo murió en 1458 sin hijos (legítimos), por lo que la corona pasó a su hermano Juan, el marido de la Blanca, que para entonces andaba ya a hostiones limpios con su hijo Charlie por ver quién mandaba en Euska Herria Este. A las Cortes de Zaragoza de 1460 fueron los representantes de las ciudades mañas, horchateras y catalanas un poco preocupados por nombrar rey tan talludo, por lo que le pidieron a Juan que en el mismo acto fuese nombrado príncipe de Gerona, heredero pues de la corona, Carlos, príncipe de Viana. Juan, sin embargo, no quería ver a su hijo vascuence ni en pintura, ya hemos dicho que andaba arriscado con él; así pues, ni corto ni perezoso, nombró a Fernando, hijo de su segundo matrimonio, duque de Montblanc; sabiendo que dicho título lo habían llevado, hasta entonces, dos personas, Martín el Humano y él mismo, que habían terminado siendo reyes de Aragón. Y no erró, porque aquel tercer duque de Montblanc, infante don Fernando, acabó siendo Fernando I, al que conocemos como el Católico.

Un poco antes del nombramiento de Fernando, sin embargo, el príncipe de Viana había sido proclamado, en Barcelona, rey de Navarra y gobernador general de Aragón. Sin embargo, Carlos murió poco después de aquella proclamación, así pues a las Cortes de Calatayud no les quedó otra que aceptar a Fernando.

El infante don Juan, hijo de los Reyes Católicos, fue proclamado, a la vez, príncipe de Asturias y de Gerona, pues la legitimidad le venía de ambas coronas. Felipe II, por su parte, también fue objeto de la misma proclamación. Pero el Rey Prudente, a la hora de proclamar a Felipe III, decidió ya simplificar las cosas, por lo que fue proclamado príncipe de las Españas. Así pues, el título de príncipe de Asturias desapareció, hasta volver a ser usado en el siglo XVIII.

Cabe reseñar, por último, que sólo dos personas en la Historia de España han recibido el título de príncipe sin ser de sangre real. El primero fue Godoy, nombrado Príncipe de la Paz; título que, cuando el valido fue rehabilitado en 1847, no se le devolvió. Y don Baldomero Espartero, que fue nombrado príncipe de Vergara por el rey italo-italiano Amadeo de Saboya

Príncipe de Gales, de Asturias o de Gerona no es la única denominación especial que recibe el heredero. Es bien sabido que en Francia el heredero, que inicialmente era el duque de Normandía, pasó a ser el Delfín, que no quiere decir que lo considerasen un mamífero marino, sino señor del Delfinado, que es una región de Francia donde hacen un notable gratin dauphinoise. El heredero de la cosa belga es príncipe de Brabante, el de Bulgaria de Tirnovo. El de Grecia es diádoco de Grecia y duque de Esparta. El de Holanda, nos ha jodido, príncipe de Orange (podríamos nombrar a Felipe príncipe de Movistar :-DDD). El de Montenegro es el Gran Voivoda de Grahovo y de Zeta. El de Portugal, duque de Braganza (y no de Bragazas, como alguna vez escribe algún estudiante despistado). El de Rumania, duque de Alta Julia.

De todo lo antedicho debería quedar claro, entiendo yo, que el heredero de la Corona de España no es príncipe de Asturias. Más propiamente, es: príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, y duque de Montblanc. Qué pasaría si Cataluña se independizase, eso ya es algo que tendrán que dirimir los jurisconsultos.

El cargo más largo que tiene un heredero real en Europa, como no podía ser de otra manera, es el inglés, que es: príncipe de Gales, conde de Chester, duque de Cornualles, duque de Rothesay, conde de Carrick, barón de Renfrew, lord de las Islas y Gran Steward de Escocia. Pero todos esos títulos se los mete en las orejas, y aun le sobra sitio.