Espero que mis amables lectores me perdonen la digresión de este post, bastante más actual que de costumbre, pero no puedo evitar recomendaros el demoledor informe del profesor y académico Ignacio Bosque sobre una serie de guías contra el lenguaje sexista. No sé, la verdad, qué es lo que más me gusta del excelente documento del profesor Bosque: si lo categórico de sus argumentaciones o la elegancia con la que reparte soplamocos, a partes desiguales, para los expertos (y expertas) de salón que han parido este monstruito sociolingüístico que es el lenguaje no sexista, para el sistema educativo y, de forma connotada, para los políticos que permiten la persistencia de este espectáculo.
Ni qué decir tiene que coincido plenamente con casi todos los planteamientos del documento académico. Es cierto que se puede ser sexista a la hora de usar el lenguaje. Se puede decir, por ejemplo, que los más inteligentes de los lectores de este blog quizá comenten su contenido con sus mujeres y novias; momento en el cual, obviamente, el autor que dicha cosa escribe estará asumiendo que aquéllos de sus corresponsales que se encuentran en el areópago de la inteligencia tienen cojoncillos. Pero hay un tramo larguísimo entre sostener esto y sostener que, al tiempo, frases como los lectores de este blog son muy inteligentes resultan sexistas o discriminatorias porque niegan la visibilidad de la mujer, o le niegan la condición de lectora inteligente.
Como acertadamente recuerda el profesor Bosque en sus 18 folios, preñados de sentido común, son legión (en realidad, son inmensa mayoría) las mujeres que no sienten discriminación alguna en frases como España siempre ha tenido buenos cirujanos. A lo que añado yo, aunque él no lo diga, que más legión son, aún, los hombres que, en utilizando el masculino no marcado, no tienen pretensión alguna de denigrar u ocultar a la mujer. Y es cierto que los defensores de las guías de lenguaje no sexista nunca han resuelto adecuadamente la cuestión de qué hacer, o cómo actuar, frente a mujeres que, siéndolo, no reclaman, sin embargo, lo que según la teoría deberían reclamar.
Por otra parte, personalmente yo tengo la misma experiencia que el académico confiesa en sus folios. Conozco muchas mujeres brillantes, exitosas en sus campos, incluso cuando son campos de ésos que hace años sólo hollaban los hombres. Y no sé de un solo caso de entre éstas que esté a favor de, por ejemplo, las cuotas femeninas. Es más: tienden a verlas como un insulto. La mujer que vale quiere sentarse en un consejo de administración porque la empresa valore sus habilidades como gestora; no porque un decreto diga que uno de cada x consejeros tiene que ser palomi, porque en el dicho caso le entrará un síndrome de florero que lo flipas.
Pero, vaya, la valoración académica me ha hecho pensar mucho porque, en el fondo, creo forma parte de toda una tendencia histórica, que no sabría decir a ciencia cierta cuando comenzó pero, posiblemente, está ahora en su ápex.
Ciertamente, el lenguaje, las palabras, siempre han servido para servir al poder y para humillar al enemigo. Los castellanos viejos que arrancaron la costumbre de llamar marranos a los conversos sabían muy bien lo que estaban haciendo. Exactamente igual que aquéllos que comenzaron a llamar a la traición o la zancadilla miserable con el vocablo judiada. Quien tiene malos presagios y temor al presente y al futuro, no por casualidad, tiene el alma negra. Moro es vocablo despectivo generalizado entre los españoles cristianos cuando comenzaron a odiar de verdad a los musulmanes, a los que hasta entonces llamaban islamitas u otras cosas. Se usa el lenguaje para zaherir y para colocar las cosas en su sitio, ciertamente. Pero también hay que tener en cuenta que éste es un fenómeno que muchas veces las víctimas han revertido a su favor. Así, a no pocos latinoamericanos residentes en España les gusta referirse a sí mismos con el vocablo sudaca y, de hecho, tanto han porfiado en el empeño que han acabado, en mi opinión, por desbastar claramente la palabra de sus significados peyorativos. Lo mismo han hecho los homosexuales a base de llamarse maricón o maricona entre ellos; o los negros apelándose de nigger.
Lo que nadie, sin embargo, había intentado, hasta el siglo XX, es subirse a la grupa de una cosa llamada sociolingüística y pretender cambiar las cosas desde arriba. El hombre habla desde hace unos 12.000 años, más o menos, y hasta ahora la evolución de eso que llamamos lenguaje la ha dictado, siempre, el uso. La masa. La mayoría de hablantes. Son los hablantes, moviéndose más o menos al unísono, los que, por ejemplo, deciden retorcer las reglas del latín y a una cosa que se llama ómnibus (literalmente, para todos, ablativo de omnis, todos) empiezan a llamarla bus (o sea, odos). Bus no significa nada; es sólo parte de la desinencia del ablativo [todavía no ha llegado ningún erudito comentario, y yo ya me estoy preguntando si no será genitivo, en realidad], -ibus. Pero en el momento en que para la mayoría de hablantes bus pasó a significar ómnibus, luchar contra ello habría sido estúpido. Y así, cuando los primeros transportes públicos de las ciudades dejaron de ir a caballo y pasaron a ser todos automotores, los ómnibus de antaño pasaron a llamarse auto por automotor, y bus por ómnibus, igual a autobús; palabra que, en sí, es un fistro que te cagas. Pero funciona, la gente la entiende, la usa. Hoy, evidentemente, ya nadie la cuestiona.
El siglo XX, sin embargo, en lo que al lenguaje se refiere, se plantea cambiar cosas así. Es como si alguien fuese y dijese ahora que usar bus en solitario es ofensivo para los latinistas, que son los únicos friquis que se coscan del error (y son , no creo que haga falta demostrarlo, estricta minoría en la Humanidad) y, en consecuencia, se dedicase a escribir artículos y guías en las que, de una forma más o menos velada, pusiese de fachas para arriba a todos los que digan bus en lugar de ómnibus. Así las cosas, los teóricos del lenguaje no sexista inventan la arroba epícena, que es una carallada que no tiene cabida en ningún idioma serio, y se permiten el lujo de recomendar su uso. Ya lo dijo Valle: cráneos previlegiados. Se refería también, por supuesto, a las cráneas.
El elemento definidor del siglo XX en el terreno del lenguaje es que es el siglo en el que se decide que el poder político tiene legitimidad para cambiarlo. Esto es: que una serie de personas, por el hecho de pertenecer al partido político mayoritariamente votado por los ciudadanos para gobernar los hospitales, las escuelas y el ejército, o aupados a dicha condición mediante procedimientos menos legales, también adquiere el derecho a gobernar el lenguaje. Durante 12.000 años, como decía antes, nadie le ha dicho a los hablantes cómo tienen que hablar; ni siquiera en los países que, como el nuestro, tienen un enfoque académico, pues la Academia fija el registro culto y hace notaría de los usos mayoritarios; pero no tiene Fuerzas Armadas que puedan imponer dichos usos, al modo de la policía religiosa que en algunos países islamitas impone la visita a la mezquita los viernes. Los gobiernos, y sobre todo los dictadores, han impuesto muchas veces, ciertamente, la prohibición de hablar tal o cual idioma. Pero lo que nunca habían establecido, hasta hace bien poco, era que la forma correcta de decir "polisíndeton" en tal o cual idioma sea ésta o aquélla.
Casi siempre que hablamos de una novedad a peor relacionada con el siglo XX acabamos hablando del mismo tipo: Adolf Hitler. Efectivamente, es el canciller austroalemán el primer gran ejemplo que tenemos en el siglo de manipulación del lenguaje como elemento fundamental de un estro ideológico; aunque, la verdad, justo es reconocer que este dudoso mérito es, más bien, de su cojo y rijoso ministro de Propaganda, Josef Göbels.
El nazismo, no creo que haya que descubrirlo ahora, es una ideología de pureza ariogermana. Ser blanquito, rubiete y con ojos azules, en plan Sigrid, la novia del capitán Trueno (no por casualidad, reina de Thule), mola. Ser bajito, más bien morenete, chaparro y de ojos achinados, puaj. En algún momento, como digo de la mano de ese renovador de la publicidad llamado Göbels, los gauleiter de la vida se dan cuenta de que esa filosofía de pureza se puede llevar al ámbito del lenguaje, lo que supone la invención de lo que hoy muchos investigadores conocen como Nazi Deutsch, o sea el alemán nazi. El ND elimina todas las influencias extranjeras que puede, especialmente las francesas. Incluso germaniza el nombre de los grandes platos habituales de la cocina francesa, como la omelette; gesto que fue, por cierto, copiado en España por los falangistas; como bien recuerda Dionisio Ridruejo en sus rememoraciones (Casi unas memorias, editadas por Planeta), a los falansios, recién terminada la guerra, les gustaba llamar ensalada imperial a la ensaladilla rusa. Otro ejemplo que se suele citar de la nazificación del lenguaje es que eliminó el uso del hertz o hertzio como medida, creo que de longitud de onda, por el hecho de que el físico que da nombre a la tal medida tenía en las venas, al parecer, sangre de una o más de una de las doce tribus de Israel.
Tipográficamente, además, el ND recupera la escritura en carácteres góticos, motivo por el cual los métodos de alemán de aquella época (yo tengo un par) son doblemente complejos para el estudiante. Lo que no sé si se planteó alguna vez Horny Josef fue si eliminar las reminiscencias del latín en el idioma pues, al fin y al cabo, el arianismo se compadece bastante mal con el maridaje del alemán con la parla del Mare Nostrum. Pero eso, en todo caso, tratándose de un idioma que se declina, habría sido bastante complejo. En todo caso, en mi opinión la mejor descripción de este proceso, de largo, está en un recomendabilísimo libro de Víctor Klemperer.
El fondo de todos estos cambios es ideológico, y por eso el nazismo marca una impostura en el tiempo en lo que a este asunto se refiere: la imposición masiva de una forma de pensar por la vía de manipular el lenguaje. En la Historia de la Humanidad ha habido gente que ha mandado un huevo y, consecuentemente, ha ostentado la exclusividad de muchas cosas; por ejemplo, uno de los temas que vivamente recuerda Pu Yi en sus memorias de emperador de la China venido a menos es que, en su infancia autocrática, era el propietario monopolístico de un determinado tono amarillo, que sólo podía ser vestido y, en general, usado, por el emperador. La deriva dictatorial del ser humano ha llegado, por lo tanto, al paroxismo de otorgar a una persona la propiedad de un color; pero rara vez le ha permitido poseer el lenguaje. Porque el lenguaje es de todos, y todos lo hacemos.
Después de desbrozado este sendero, la metodología ha sobrevivido a sus explotadores, por mucho que el mundo los denueste. Sólo que mutó, rápidamente, hacia la reivindicación de la pureza idiomática, que es una forma de hablar de pureza racial sin que se note. Esto ocurre mucho en los países francófonos, en mi opinión porque a Francia, a lo largo de los últimos 150 años, le está costando digerir el lento pero imparable proceso por el cual su lengua está dejando de convertirse en una lingua franca. para pasar a convertirse en el simple, modesto, modo de comunicación de franceses, belgas, la mitad de los africanos, y poco más; en ningún sitio es más perceptible este efecto que en la Unión Europea, institución que ha sido mayoritariamente francófona hasta antesdeayer a las cuatro y media, pero que, aun y a pesar de que de Margaret Thatcher para acá el UK está de canto con la estrategia europeísta, se ha rendido al saxon tsunami. Consecuentemente, en Francia la pelea por la pureza del lenguaje es cosa continuada, y se nutre de batallas tan difícilmente destinadas al triunfo como llamarle logiciel al software (aunque es peor en gallego, donde se propuso, y la verdad no sé si se usa a día de hoy, denominarlo pensalla, en oposición a ferralla, o sea hardware).
En España, la moderna historia de los cambios en el lenguaje top-down (en oposición a la evolución lógica del lenguaje, que es bottom-up) empezó por los topónimos. Yo viví 13 años del pérfido franquismo y lo que llegó detrás; y a pesar de ser observador tan provecto juro que jamás he oído a nadie, procedente de ningún lugar de España, hablar de San Cucufato del Valle. Fue muy pronto, hace muchos años, que Televisión Española estableció en la dicha villa satélite del Gran Barcelona sus estudios, así pues era bastante común oír en la tele aquello de "desde nuestros estudios de Sant Cugat". Todo el mundo lo decía, incluso los devotos del búnker falangista (que antes de ser la trampa de arena del juego del golf fue así, españolizado, con tilde). Así pues, la realidad de que, en lo tocante a los lugares de Cataluña, unos fuesen traducidos al español y otros no, era innegable. El uso lo definía.
Entonces, los políticos decidieron. Hágase la luz. Todo el mundo, esté o no acostumbrado a ello, deberá decir, y sobre todo escribir, A Coruña, Ourense, Lleida, Girona. La cosa dio para mucho. Para cierto tipo de asturianos, por ejemplo, fue oro molido: un auto matriculado en Girona circulando por Gijón evitaba tener que portar la humillante O de la vieja villa de Ovetao. Para los castellanos de Castilla, permitió el surgimiento del chiste tonto: "Si los carteles de la autopista dicen A Coruña, ¿por qué no dicen también A Murcia?"
Esto de los topónimos fue y es una demostración bastante clara de cómo los políticos, y la atmósfera de expertoides, expertoidos y expertoidas que los rodea, desarrolla la habilidad de crear problemas donde no los hay. Yo soy castellanoparlante, y hago mis pinitos en gallego cuando me dejan y lo necesito. En castellano, yo soy de La Coruña. En galego, eu son de A Coruña. Nunca he apreciado problema, nunca las neuronas se me han ligado, tratando de encontrar el registro necesario, cual trompas de Falopio en búsqueda de la esterilidad.
El siguiente paso fue el lenguaje no sexista. Los vascos y vascas. Las trabajadoras y trabajadores. La sustitución del masculino no marcado por expresiones tipo "las personas que blablabla". Y el fondo del problema, como digo, no es la utilidad o la solidez de la propuesta. El problema es el poso que lleva detrás de que hay gentes que se creen con derecho a definir el habla, en aras de unos beneficios sociales.
En mi opinión, sin embargo, eso de sentirse con derecho a decirle a la gente cómo tiene que hablar y escribir, es de totalitarios. La tal vez más acertada frase del documento del profesor Bosque está en la página 10 y es ésta: "las normas gramaticales no tienen extremos". Aunque parezca un sofisma idiota, es una frase de una extremada importancia. La norma es una. En cada momento de la vida de la lengua, esa norma puede ser distinta, pero siempre es una, y es ésa y no otra por razones que los expertos en lingüística, en morfología, en sintaxis, en lexicología, en etimología, manejan. No existe ninguna razón normativa, por ejemplo, para definir el género no marcado usando la arroba epícena. No existe. Sólo hay dos formas de imponer ese uso en el lenguaje: uno, que todo el personal se ponga, en un proceso espontáneo, a usarla, y al correr de las décadas el academicismo haya de reconocer que es evolución consolidada en la lengua. La otra, que unos señores que se consideran con poder suficiente para hacerlo decreten el uso del simbolito de marras. Como digo, sólo hay dos vías; pero sólo una es lingüísticamente lícita.
La otra cheira a fascista que tumba.
Para muestra, el delirante botón que Bosque aporta en su documento, copiado de la constitución bolivariana de Venezuela:
Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento y sin otra nacionalidad podrán ejercer los cargos de Presidente o Presidenta de la República, Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, Presidente o Presidenta y Vicepresidentes o Vicepresidentas de la Asamblea Nacional, magistrados o magistradas del Tribunal Supremo de Justicia, Presidente o Presidenta del Consejo Nacional Electoral, Procurador o Procuradora General de la República, Contralor o Contralora General de la República, Fiscal General de la República, Defensor o Defensora del Pueblo, Ministros o Ministras de los despachos relacionados con la seguridad de la Nación, finanzas, energía y minas, educación; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de los Estados y Municipios fronterizos y de aquellos contemplados en la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional.
Para ejercer los cargos de diputados o diputadas a la Asamblea Nacional, Ministros o Ministras; Gobernadores o Gobernadoras y Alcaldes o Alcaldesas de Estados y Municipios no fronterizos, los venezolanos y venezolanas por naturalización deben tener domicilio con residencia ininterrumpida en Venezuela no menor de quince años y cumplir los requisitos de aptitud previstos en la ley.
miércoles, marzo 07, 2012
domingo, marzo 04, 2012
Geli

Ésta es, sin duda, la imagen de una mujer enamorada. Un tanto moñas la pose, todo hay que decirlo. Pero la mirada, y la sonrisa entre tímida y ambiciosa, no deja lugar a dudas. A todas luces queda claro, al ver esta foto, que está retratando a una mujer que bebe los vientos por el ser al que está mirando. Como se mira a las personas sensibles, sinceras y dulces de las que las mujeres se enamoran.
¿Quién sería el afortunado?
... pues era Adolf Hitler.
Y ella, Geli Raubal.
Todo empezó con los derechos de autor de Mein Kampf, el ensayo político de Adolf Hitler, escrito mientras estaba en la cárcel tras el putsch de 1923 en compañía de Ruldof Hess, y que sería, hasta el día de la muerte del dictador alemán, su única, y millonaria, fuente de ingresos (Hitler, de hecho, jamás cobró sueldo por su trabajo como canciller). Tanto dinero, además de las finanzas, cada día más saneadas, del Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP) le permitieron a Hitler soñar con volver a sus adorados Alpes. Así, Hitler pudo contactar con la viuda de un industrial de Hamburgo y alquilar, por una cantidad inicial de 100 marcos mensuales, un chalé en el Obersaltzberg, cerca de Berchtesgaden, que todo el mundo acabaría conociendo como el Berghof (la casa de la montaña, creo). Allí Hitler comenzó a descansar a menudo.
Todo empezó ahí porque poner en marcha aquel chalé obligó al líder del ultranacionalismo alemán a buscar servicio. Desconfiado como era, no quería que el servicio estuviese formado por perfectos desconocidos, razón por la cual decidió telefonear a Viena, para ofrecerle el puesto de ama de llaves a su medio hermana, Angela Raubal.
Durante los años duros de la vida de Hitler, cuando el futuro dictador de media Europa era una especie de inadaptado social que vivía en Viena de la caridad y la venta de sus dibujos, solía recalar en casa de los Raubal cuando regresaba a Linz, su ciudad natal. Allí siempre fue bien recibido, a pesar de que el marido de Ángela, León Raubal, no tenía, al parecer, demasiado buena opinión de él. Pero León había muerto y Ángela, la verdad, era la única persona del entourage familiar de Hitler por la cual éste había sentido y expresado algo que pudiésemos considerar afecto.
Ángela Raubal dejó Viena sin grandes problemas, pues nada la retenía allí. Pero arrastró consigo a su joven hija, Geli, quien parecía querer desarrollar una carrera en la ciudad musical como cantante lírica. ¿Fue conditio sine qua non de la oferta que Geli subiese a la Casa Wachenfeld (como Hitler llamaba al Berghof) con su madre? No es seguro; pero sí es probable. Para entonces Hitler, que tenía 40 años, muy posiblemente había desarrollado ya cierta querencia por esa medio sobrina suya, de belleza un tanto extraña y, dicen quienes la conocieron, extraordinariamente vital.
Hitler había tratado a Geli cuando era una niña. Pero cuando se reencontró con ella, ya hecha una adolescente con todas sus cosas en su sitio, se quedó con la boca abierta. De hecho, la llegada de Geli al Berghof supone, a juzgar por los testimonios que nos han llegado, un cambio radical en la vida de Hitler. El político nazi, que en los años duros de Viena apenas ha conseguido tener un amigo, y para eso no muy estrecho, de repente no se separa de su sobrina. Incluso, sorpresa de sorpresas, el tío Adi acompañará a su joven sobrina a los almacenes de Munich y esperará, pacientemente, mientras ella hace compras; algo que, verdaderamente, los hombres sólo hacemos cuando queremos, que si no...
Pero esa relación armoniosa y enamorisca dura poco. Adolf Hitler, ya lo hemos dicho, es entonces un hombre mayor (40 años de los de entonces); y no se olvide que hay algunos historiadores que siempre han sostenido que una de las razones por las cuales adelantó el estallido de la guerra, a pesar de saber que su ejército no estaría plenamente dispuesto hasta 1942, fue que sabía que estaba enfermo, lo cual le haría tener mucha prisa. Hitler tenía, quizá, mucha prisa y, seguro, la sensación de llevar un pibón del brazo. Era mucho mayor que ella (de hecho, era su tutor legal). Un caldo de cultivo evidente para esa enfermedad llamada celos.
De los deseos de Hitler por controlar la vida de todos los que le rodeaban acabó por enterarse toda Europa y el mundo entero. Pero, por entonces, era Geli Raubal quien se comía el marrón. El tío Adi siempre quería saber dónde estaba, y le quería dictar lo que podría hacer y no hacer. Geli, joven y fogosa, no soportaba aquel estado de cosas. Sin embargo, es el criterio del tutor el que se impone, Hitler le prohíbe a su sobrina que jamás vaya por ahí con otros hombres que no sean él, y le prohíbe regresar a Viena a proseguir sus estudios de canto.
En 1929, Hitler adquiere un espacioso apartamento en Munich, 19 habitaciones, en la segunda planta del número 16 de Prinz-Regentenstrasse. Uno de los dormitorios es inmediatamente ocupado por Geli Raubal. Un ejemplo de lo maniático que era Hitler con no tener a su alrededor extraños es que para llevar el servicio de aquella casa contrata a Anny Winter, que había sido su casera durante su etapa de arrastrado en una pieza de Thierschstrasse. Pero ni Anny ni el resto de las personas que pululan por aquel piso se quedan nunca a dormir. Las dos únicas personas que quedan dentro de la casa al caer el sol son Adolf Hitler y su sobrina Geli Raubal. En aquel Munich de la Gran Depresión, todo el mundo asumía que eran amantes.
En el NSDAP nadie se atrevía a poner a Hitler delante de la realidad del escándalo que se estaba organizando a su alrededor. Bueno, una sola persona que se sepa: el gaulaiter de Würtemberg, quien, más o menos, le vino a preguntar si era consciente de lo que decía la gente. La respuesta de Hitler fue caer en un estallido de ira de los suyos (quienes hayan visto la película El Hundimiento no tienen más que ver la escena cuando da la guerra por perdida, que está sacada, creo yo, y punto por punto, de las memorias de Albert Speer), y desposeer al alto mando nazi de todos sus galones. Fueron tantas las toneladas de olvido bajo las cuales sepultó a aquel bocas, que la Historia apenas recuerda su nombre.
Sin embargo, Hitler acabará por confesarse. Será con el fotógrafo Henrich Hoffman, gran amigo suyo. A él le confiesa que ama profundamente a su sobrina, pero que sabe que no puede ni pensar en casarse con ella. Motivo por el cual, le dice, lo que ha decidido hacer es "disfrutar de Geli hasta que le encuentre un marido que me guste" (sic). Las pruebas del machismo exacerbado de Hitler son muchas; no olvidemos que luchó contra el paro subvencionando a las mujeres trabajadoras para que se casaran y dejasen libre su puesto de trabajo. Así pues, la frase no tiene por qué extrañar.
Con un tono sexista aún más claro, Hitler le confesó una vez a Hess: "No tengo intención de complicarme la vida; ni con Geli, ni con ninguna otra". Y lo cumplió: para cuando se casó con Eva Braun, las complicaciones eran ya otras.
La felicidad de Geli Raubal y la fama de Hitler son vasos comunicantes. En la primera mitad de los treinta, por lo tanto, tanto baja la primera como sube la segunda. Hitler es cada día más popular, motivo por el cual esconde a Geli en el fondo de su dormitorio en un piso donde sobran por lo menos cuatro o cinco habitaciones de dormir que no ocupa nadie; y, puesto es que es poderoso, puede hacer las cosas a su manera: finalmente, accede a que su sobrina reciba clases de canto en el mismo Munich; pero la manda a clase fuertemente custodiada por guardaespaldas del partido.
En esas circunstancias, casi como una conclusión lógica, pudo eclosionar un triángulo. Y decimos "pudo" porque. en verdad, tras la llegada de Hitler al poder todo registro escrito, oficial u oficioso, relacionado con la vida de Geli Raubal, despareció; razón por la cual, el relato de su vida es un relato supuesto a partir de testimonios contemporáneos.
El caso es que, de entre las personas sin mando, aquella en la que Hitler confiaba más era su chófer, Emil Maurice. Era a Maurice a quien le había dictado, ya detenido, los primeros capítulos de Mein Kampf. Maurice estaba siempre con Hitler, y Hitler nunca dejaba sola a Geli. Así pues, las cosas acabaron, probablemente, por terminar con el futuro canciller sintiendo un extraño peso en las sienes.
A partir de ahí existen, que yo sepa, dos grandes versiones.
Una señalaría que Hitler llegó un día al apartamento y se encontró a Geli en los brazos de Emil. La otra, que fue la expuesta por el propio Maurice terminada la guerra, se basa en que Hitler le habría confesado a su chófer su intención de casarse con Geli, ante lo cual Maurice, movido por su amor, le confesaría que se la pinchaba. Sinceramente, esta segunda versión tiene poco pase. Primero, porque es una versión a toro pasado (a Hitler muerto, quiero decir). Segundo, porque contradice todos los demás testimonios de la actitud de Hitler frente al matrimonio. Y tercero, porque Maurice, puesto que vivía con Hitler horas y horas al día, tenía que saber muy bien que alguien capaz de desatar la Noche de los Cuchillos Largos era bien capaz de meterle al chófer el neumático de repuesto por el culo; así pues, confesión tal, más que una machada, habría sido un suicidio.
En todo caso, dejemos aquí constatado que, según Maurice, Hitler lo llenó de improperios y le echó de su lado, no sin haberle pagado 20.000 marcos para comprar su silencio... otra chorrada. ¿Por qué comprar el silencio de alguien a quien te puedes cargar?
En todo caso, el hecho de que Maurice fuese el primer jefe de las fuerzas de choque del Partido Nazi, después de todos estos sucesos, hace pensar que, quizá, toda la historia de su noviazgo con Raubal fuese una mentira que se inventó después de la guerra para darse pote.
Para el verano de 1931, según han podido establecer los historiadores, Hitler conoce ya y, digamos, aprecia, a la joven Eva Braun. Lo que no sabemos, exactamente, es hasta qué punto y, sobre todo, qué sabe Geli Raubal.
Sea como sea, el 17 de septiembre de dicho año, Hitler sale, acompañado por Hoffman, de Munich camino de Hamburgo. Eso sí, ya no conduce Maurice, sino un tal (no es coña) Schreck. Geli Raubal les despide desde el amplio balcón de la casa.
Justo antes, en la despedida cara a cara, Hoffman ha escuchado a Geli preguntar:
- Tío Adi, ¿de verdad que no me dejas ir a Viena?
Pregunta a la que Hitler ha contestado con un seco nein.
En las afueras de Munich, siempre segun Hoffman, Hitler se vuelve hacia él y le dice que tiene un mal presentimiento.
Al día siguiente, tras haber hecho noche en Nuremberg, un taxi alcanza el Mercedes descapotable de Hitler, tocando el claxon y con alguien en su interior agitando un brazo. Quien hace esos aspavientos es un empleado de la Deutscher Hof, que trae un mensaje para Herrn Adolf Hitler. Ha llamado al hotel Nuremberg Rudolf Hess. El señor Hitler debe regresar al mismo. Es urgente...
Hitler se para junto a una cabina y llama a Munich. Cuando sale de ella, según Hoffman, está lívido. Extrañamente para él, habla con un hilo de voz.
- Han encontrado a Geli en su cama, con mi revólver en la mano... está muy grave. La policía está en el apartamento.
Para cuando Hitler llega a Munich, Geli Raubal ya está en la mesa de la Morgue, el pecho abierto de par en par por el forense. Se ha matado de un tiro al corazón, efectivamente, con la Walther 6,35 propiedad de su tío. Según algunas versiones, sobre una mesa, y creen que situada allí a propósito, los policías han encontrado una de las esquelas escritas a Hitler por Eva Braun...
Ella fue nuestro rayo de sol. Ésta es la inscripción esculpida en la lápida de Geli Raubal, en el cementerio de Viena; y, conociendo a Hitler, es difícil que dejase que otro la decidiese.
Contra lo que se ha dicho y escrito muchas veces, Hitler nunca borró a Geli Raubal de su vida. Primero a la Berghof, luego al edificio de la Cancillería en Berlín, el líder nazi se llevó fotos enmarcadas de su sobrina e, incluso, un retrato que le hizo Adolf Ziegler.
Se dijo por entonces que un sacerdote, Bernhard Stempfle, persona que gozó de cierta confianza por parte de Geli, poseía cartas entre ésta y Hitler. Es posible que sea así. Pero no lo podemos saber, porque Stempfle fue una de las víctimas de la Noche de los Cuchillos Largos, cuando Hitler aplastó la rivalidad de Röhm y sus SA. Tras aquella jornada, Stempfle apareció en el bosque de Harlaching, con tres balas en el corazón y el cuello degollado.
La vida y, sobre todo, la muerte de Geli Raubal son un misterio. Las tesis que explicarían el deceso son muchas.
Geli Raubal pudo suicidarse por amor. Es una teoría bastante lógica, que tendría que ver con el ambiente asfixiante a que la sometía su tío, rodeada de guardaespaldas; ambiente en el que pudieron operar como agravantes su separación de Emil Maurice (si es que verdaderamente fueron amantes), la decisión de Hitler de no casarse con ella (si es que la tomó, y si es que se la comunicó o ella se enteró); y, finalmente, la competencia de Eva Braun (si bien, aunque se sabe que Eva y Hitler se conocían ya, no está claro que fuesen amantes).
Geli Raubal pudo ser asesinada por miembros del Partido Nazi, a espaldas de Hitler, preocupados por el problema que le podría crear aquella relación tan escandalosa. De hecho, en los meses posteriores a la muerte de Raubal, el rumor más fuerte es que había sido asesinada por un grupo de las SS enviado allí por Heinrich Himmler. A favor de esta teoría está el interés objetivo de quitar a Geli Raubal de enmedio. En contra, que no es tónica del NSDAP actuar a espaldas de Hitler. Todos los hombres a su alrededor lo temían y, de hecho, es probable que de haber llegado él al conocimiento o la sospecha de que su sobrina había sido asesinada en esas circunstancias, hubiera tenido una reacción brutal. Una vez más, la Noche de los Cuchillos Largos demuestra, con total claridad, que a Hitler le daba igual ocho que ochenta.
Geli Raubal pudo ser asesinada por orden de Hitler. Su sobrina podría saber cosas; sabemos, por multitud de testimonios, que a Hitler le gustaba hablar y hablar y hablar durante las largas horas de la madrugada (razón por la cual, ni en medio de la guerra, nunca se levantaba pronto) de lo divino y de lo humano, embarcado en una especie de monólogo automesiánico. Si se zumbaba a su sobrina, es de esperar que, tras el polvo, su capacidad de largar se multiplicase. Así las cosas, Geli pudo amenazarlo con contar cosas o, simplemente, convertirse en un incordio por su manía de presionarlo para que se casaran; sabemos, positivamente, que su madre Ángela le comía la oreja a su medio hermano con la milonga del matrimonio, y sería lógico que lo hiciese instigada por la hija. Es posible, por lo tanto, que Hitler llegase a la conclusión de que Geli era un estorbo y, consecuentemente, decidiese ordenar su asesinato. No obstante, son bastantes los testimonios que sugieren que su amor por Geli era sincero. Si tenía una relación posesiva con ella, que la tenía, parece que para cuando ella se mató había conseguido espantarle los moscones; así pues, no tenía mucho sentido matarla en ese momento.
Y aún quedan otras posibilidades descabelladas: ¿le pediría Eva Braun la cabeza de Geli a Hitler? Hay quien lo piensa. Pero lo cierto es que, tras obtener, presuntamente, tan alta prenda de su enamorado, esperaría años para casarse, y no en las mejores condiciones posibles...
Yo, personalmente, siempre he pensado que la teoría más lógica es la primera. Sobre todo por ese gesto, tan desgarrado, de pegarse un tiro en el corazón. No soy sicólogo, pero me da la impresión de que algo así aúna el gesto de matarse y, al tiempo, destrozar la fuente del dolor que, según la simbología humana, en cuestiones de amor, es el corazón.
Sea como sea, con el suicidio de Geli Raubal, su sobrina, en su casa, en la casa en la que vivían los dos, Adolf Hitler lo pasó mal. Muy mal. Aquella muerte pudo acabar con su carrera política de haber sido los muniqueses más proclives al escándalo.
Ella fue nuestro rayo de sol... Tal vez, si verdaderamente la amaba, con la muerte de Geli Raubal, la vida de Adolf Hitler terminó por sumirse en las tinieblas. Con las tristísimas consecuencias que todos conocemos.
En todo caso, el hecho de que Maurice fuese el primer jefe de las fuerzas de choque del Partido Nazi, después de todos estos sucesos, hace pensar que, quizá, toda la historia de su noviazgo con Raubal fuese una mentira que se inventó después de la guerra para darse pote.
Para el verano de 1931, según han podido establecer los historiadores, Hitler conoce ya y, digamos, aprecia, a la joven Eva Braun. Lo que no sabemos, exactamente, es hasta qué punto y, sobre todo, qué sabe Geli Raubal.
Sea como sea, el 17 de septiembre de dicho año, Hitler sale, acompañado por Hoffman, de Munich camino de Hamburgo. Eso sí, ya no conduce Maurice, sino un tal (no es coña) Schreck. Geli Raubal les despide desde el amplio balcón de la casa.
Justo antes, en la despedida cara a cara, Hoffman ha escuchado a Geli preguntar:
- Tío Adi, ¿de verdad que no me dejas ir a Viena?
Pregunta a la que Hitler ha contestado con un seco nein.
En las afueras de Munich, siempre segun Hoffman, Hitler se vuelve hacia él y le dice que tiene un mal presentimiento.
Al día siguiente, tras haber hecho noche en Nuremberg, un taxi alcanza el Mercedes descapotable de Hitler, tocando el claxon y con alguien en su interior agitando un brazo. Quien hace esos aspavientos es un empleado de la Deutscher Hof, que trae un mensaje para Herrn Adolf Hitler. Ha llamado al hotel Nuremberg Rudolf Hess. El señor Hitler debe regresar al mismo. Es urgente...
Hitler se para junto a una cabina y llama a Munich. Cuando sale de ella, según Hoffman, está lívido. Extrañamente para él, habla con un hilo de voz.
- Han encontrado a Geli en su cama, con mi revólver en la mano... está muy grave. La policía está en el apartamento.
Para cuando Hitler llega a Munich, Geli Raubal ya está en la mesa de la Morgue, el pecho abierto de par en par por el forense. Se ha matado de un tiro al corazón, efectivamente, con la Walther 6,35 propiedad de su tío. Según algunas versiones, sobre una mesa, y creen que situada allí a propósito, los policías han encontrado una de las esquelas escritas a Hitler por Eva Braun...
Ella fue nuestro rayo de sol. Ésta es la inscripción esculpida en la lápida de Geli Raubal, en el cementerio de Viena; y, conociendo a Hitler, es difícil que dejase que otro la decidiese.
Contra lo que se ha dicho y escrito muchas veces, Hitler nunca borró a Geli Raubal de su vida. Primero a la Berghof, luego al edificio de la Cancillería en Berlín, el líder nazi se llevó fotos enmarcadas de su sobrina e, incluso, un retrato que le hizo Adolf Ziegler.
Se dijo por entonces que un sacerdote, Bernhard Stempfle, persona que gozó de cierta confianza por parte de Geli, poseía cartas entre ésta y Hitler. Es posible que sea así. Pero no lo podemos saber, porque Stempfle fue una de las víctimas de la Noche de los Cuchillos Largos, cuando Hitler aplastó la rivalidad de Röhm y sus SA. Tras aquella jornada, Stempfle apareció en el bosque de Harlaching, con tres balas en el corazón y el cuello degollado.
La vida y, sobre todo, la muerte de Geli Raubal son un misterio. Las tesis que explicarían el deceso son muchas.
Geli Raubal pudo suicidarse por amor. Es una teoría bastante lógica, que tendría que ver con el ambiente asfixiante a que la sometía su tío, rodeada de guardaespaldas; ambiente en el que pudieron operar como agravantes su separación de Emil Maurice (si es que verdaderamente fueron amantes), la decisión de Hitler de no casarse con ella (si es que la tomó, y si es que se la comunicó o ella se enteró); y, finalmente, la competencia de Eva Braun (si bien, aunque se sabe que Eva y Hitler se conocían ya, no está claro que fuesen amantes).
Geli Raubal pudo ser asesinada por miembros del Partido Nazi, a espaldas de Hitler, preocupados por el problema que le podría crear aquella relación tan escandalosa. De hecho, en los meses posteriores a la muerte de Raubal, el rumor más fuerte es que había sido asesinada por un grupo de las SS enviado allí por Heinrich Himmler. A favor de esta teoría está el interés objetivo de quitar a Geli Raubal de enmedio. En contra, que no es tónica del NSDAP actuar a espaldas de Hitler. Todos los hombres a su alrededor lo temían y, de hecho, es probable que de haber llegado él al conocimiento o la sospecha de que su sobrina había sido asesinada en esas circunstancias, hubiera tenido una reacción brutal. Una vez más, la Noche de los Cuchillos Largos demuestra, con total claridad, que a Hitler le daba igual ocho que ochenta.
Geli Raubal pudo ser asesinada por orden de Hitler. Su sobrina podría saber cosas; sabemos, por multitud de testimonios, que a Hitler le gustaba hablar y hablar y hablar durante las largas horas de la madrugada (razón por la cual, ni en medio de la guerra, nunca se levantaba pronto) de lo divino y de lo humano, embarcado en una especie de monólogo automesiánico. Si se zumbaba a su sobrina, es de esperar que, tras el polvo, su capacidad de largar se multiplicase. Así las cosas, Geli pudo amenazarlo con contar cosas o, simplemente, convertirse en un incordio por su manía de presionarlo para que se casaran; sabemos, positivamente, que su madre Ángela le comía la oreja a su medio hermano con la milonga del matrimonio, y sería lógico que lo hiciese instigada por la hija. Es posible, por lo tanto, que Hitler llegase a la conclusión de que Geli era un estorbo y, consecuentemente, decidiese ordenar su asesinato. No obstante, son bastantes los testimonios que sugieren que su amor por Geli era sincero. Si tenía una relación posesiva con ella, que la tenía, parece que para cuando ella se mató había conseguido espantarle los moscones; así pues, no tenía mucho sentido matarla en ese momento.
Y aún quedan otras posibilidades descabelladas: ¿le pediría Eva Braun la cabeza de Geli a Hitler? Hay quien lo piensa. Pero lo cierto es que, tras obtener, presuntamente, tan alta prenda de su enamorado, esperaría años para casarse, y no en las mejores condiciones posibles...
Yo, personalmente, siempre he pensado que la teoría más lógica es la primera. Sobre todo por ese gesto, tan desgarrado, de pegarse un tiro en el corazón. No soy sicólogo, pero me da la impresión de que algo así aúna el gesto de matarse y, al tiempo, destrozar la fuente del dolor que, según la simbología humana, en cuestiones de amor, es el corazón.
Sea como sea, con el suicidio de Geli Raubal, su sobrina, en su casa, en la casa en la que vivían los dos, Adolf Hitler lo pasó mal. Muy mal. Aquella muerte pudo acabar con su carrera política de haber sido los muniqueses más proclives al escándalo.
Ella fue nuestro rayo de sol... Tal vez, si verdaderamente la amaba, con la muerte de Geli Raubal, la vida de Adolf Hitler terminó por sumirse en las tinieblas. Con las tristísimas consecuencias que todos conocemos.
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miércoles, febrero 29, 2012
The Irish aftermath
Esta imagen de la iglesia bruselense de Notre Mère du Grand Sablon está tomada a las seis de la mañana del martes desde la ventana de mi hotel. Algunos de los comentaristas del pasado post irlandés pueden haberse sentido un tanto contritos por la tardanza en publicar sus comentarios; pero el caso es que yo estaba allí, sin posibilidad de atenderles.
El caso es que ya cuando marchaba pensaba que, probablemente, el artículo sobre la falsa identificación entre el problema español y el problema irlandés acabaría generando comentarios en forma de pregunta. No me equivoqué. Pensé en contestarlas en los comentarios, para no molestar a aquellos de los lectores del blog a los cuales este tema en concreto no les haya interesado demasiado. Pero, finalmente, me di cuenta que la longitud que alguna respuesta demanda hacía aconsejable dedicarle un arttículo complementario a las consecuencias de ese anterior post.
Vayamos con ello, pues.
¿Por qué vascos y gallegos? ¿Por qué no catalanes, o navarros?
Son dos preguntas, y dos respuestas.
Los navarros tuvieron, cierto es, monarquía propia. El suyo es un caso especial porque, efectivamente, como yo creo que sugería el comentarista que planteaba la pregunta, la navarra es, probablemente, la identidad propia, de todas las identidades integradas en España, con mayores pilares históricos para reclamarse. También es absolutamente cierto que, finalmente, navarra fue invadida, por cierto, por tropas a cuyo frente se encontraba un tipo cuyo primer oficio en la vida fue ser rey de los catalanes (entre otros).
Pero, en primer lugar, el post iba con la identificación entre el conflicto navarro y el conflicto irlandés, que no es exactamente lo mismo que hablar de la identidad foral navarra. Segundo, esa identidad es, en mi opinión, previa la identidad euskaldún, no consecuencia de ella; Navarra, y el sentimiento de pertenencia a la misma, existen mucho antes que Euskal Herria. Más aún: Navarra no puede exhibir, ni de coña, ese pasado aislado de todo que la mitología vasca presupone para los vascos. Los Arista, de hecho, no sólo tenían contacto con los musulmanes dominadores de la península, sino que eran, mutatis mutandis, sus aliados, hasta el punto de no participar en la idea prenacional de la reconquista pelagiana. Pero eso no era porque, como vascos, no se sintiesen identificados con un objetivo español; era porque debían su poder al hecho de que los moros les dejasen en paz. Mientras eso pasaba, por cierto, los otros vascos, los de Vasconia, defendían de esos mismos musulamanes los pasos de Asturias codo con codo con el resto de los pueblos súbditos de Alfonso II. Caray con los que no tenían contacto con nadie...
No es hasta mediados del siglo IX que navarros y muladíes rompen su entente cordiale, momento en el que Navarra, por cierto, en lugar de construir una identidad propia y pasar de la idea prenacional antecitada, se alía con los soberanos asturcones. Sin embargo, todavía Fortún Arista, el último de los soberanos de la dicha rama, será bisabuelo, por parte de hija, del célebre Abderramán III (quien, por lo tanto, era, sí, un 25% pamplonica); así pues, para decantar finalmente la balanza, hace falta que Oviedo provoque en Pamplona, año 905, un golpe de Estado en toda regla.
Lo que hoy entendemos como País Vasco ya formaba parte, en su mayoría, del condado de Castilla en el siglo X; en tiempos preespañoles, pues, los vascos ya eran castellanos (o los castellanos vascos, pues no hay que olvidar que personas de escasa talla intelectual de Menéndez Pidal consideraban que la labor de Castilla había sido "meter una cuña vasca en Hispania"; y Sánchez Albornoz llamaba al País Vasco "la abuela cabreada de España"). La autoridad del señor Fernán González abarcaba buena parte de la actual comunidad autónoma. No es hasta las postrimerías del año 1000 que Navarra se anexiona Álava, y la incorporación de los territorios actualmente eúscaros a dicha corona, por ese gran rey que fue Sancho III El Mayor, data del 1029. Pero también hay que tener en cuenta que Castilla iba en el mismo paquete (tal vez por eso vayamos entendiendo por qué tantos topónimos españoles fuera del País Vasco y Navarra terminan, o terminaron en su día, en -ain o en -uri; este aspecto ha sido estudiado por españolistas peligrosos, falangistas apasionados, como Caro Baroja), que se separó en el 1035, y que poco a poco fue recuperando buena parte de los territorios un día suyos; Vizcaya, sin ir más lejos, volvió a ser castellana en 1076, a la muerte del rey Sancho, llamado El de Peñalén. Alfonso I, llamado El Batallador, vuelve a anexionar a Castilla-Vizcaya a su corona en 1109 pero, desde la muerte de este rey, 1134, Vizcaya es parte de Castilla, ya sin más cambios. A finales del siglo XII, se incorporaron a Castilla Álava y Guipúzcoa; la segunda de ellas, por cierto, voluntariamente.
Por lo tanto, la cuenta es: País Vasco castellano/español, unos ocho siglos; navarro euskaldún, menos de dos, y eso sumando retales.
Ya que estamos aquí, justo es recordar que la teoría de que los vascos nunca han querido ser españoles tiene el problemilla de demostrar por qué, cuando el rey castellano Pedro I, como recientemente hemos contado, llegó al acuerdo con el Príncipe Negro de obtener ayuda inglesa en su guerra contra el Trastámara a cambio de ceder a Londres el señorío de Vizcaya, los vascos se alzaron en protesta, exigiendo permanecer en la corona de Castilla. O por qué alzaron la misma reivindicación durante las negociaciones entre Enrique IV y Luis XI para casar a la famosa Beltraneja con el duque de Guiena, obligando al rey impotente a jurar solemnemente que las tierras vascas nunca serían separadas de Castilla. O por qué los vascos solicitaron, en 1506, su incorporación a las Cortes castellanas.
Tenemos, pues: una corona, una entidad nacional, que nunca existió, porque desde muy pronto estuvo integrada en el proyecto castellano. Y otra que, indubitadamente, existió, pero no como proyecto alternativo a la identidad prenacional que acabaría alumbrando el proyecto de España. Corona y entidad nacional que acabó por ser invadida, ciertamente; no siendo, sin embargo, menos cierto que las identidades con Irlanda acaban ahí, porque los castellanos primero; y los españoles, después, estuvieron muy lejos de practicar con los navarros el apartheid, la segregación, el empobrecimiento calculado, o la generación, dentro de Navarra, de enclaves españoles.
Pero es que además, last but not least, no hay que olvidar que Navarra, en el siglo XIX, al revés que el País Vasco, alcanza un acuerdo con España en la denominada Ley Paccionada; que es la razón de que hasta el general Franco, a su manera eso sí, respetase los fueros navarros. Y es lo que hace posible que Navarra se alzase mayoritariamente en julio del 36, y no precisamente en defensa de su separación respecto de España.
Cataluña nunca se ha identificado con Irlanda. Lo cual es lógico, porque de hacerlo, habría hecho el ridículo. Un elemento fundamental del conflicto irlandés es la pobreza relativa respecto de Inglaterra, mantenida e incluso multiplicada por los ingleses. Como decía el post anterior, España nunca ha diseñado y, consecuentemente, nunca ha llevado a cabo, estrategia alguna para reducir Cataluña a la pobreza. Por lo tanto, la identificación entre Cataluña e Irlanda es poco consistente, por decirlo de forma educada.
El primer post sobre esta materia ya decía que son los propios nacionalistas los que aducen el ejemplo. Las referencias actuales a una solución al conflicto vasco "como en Irlanda" no son pocas. Y, como ya apunté en el post, quien quiera explorar la explotación de los paralelismos entre las "tragedias" irlandesa y gallega, no tiene más que repasarse la obra de Benito Vicetto.
España nunca ha invadido el País Vasco o Galicia, ni se los ha anexionado, los ha tratado de asimilar, que es peor.
Bueno, en primer lugar, eso de que "es peor" lo escribe alguien, supongo, que nunca ha sido invadido. Por eso, entiendo, escribe que "es peor" que a uno lo asimilen. Aquí tengo un primer punto de desacuerdo; si he de elegir, yo, al menos, prefiero que me asimilen a que me invadan.
Pero, por lo demás: para que se produzca un intento de asimilación, entiendo yo, tienen que darse dos cosas: una, la diferencia. La voluntad de ser otra cosa. Otra, la violencia, la imposición. Es evidente que en el pasado remoto hay una intención de asimilación; pero no la realizada por España. Galicia es, por utilizar la terminología del comentarista, "asimilada" por la corona astur; que tiene una identidad religiosa, pero difícilmente española. Lo mismo le pasa a los vascos que, como ya decía en mi anterior comentario, incluso dan mujeres de reyes y madres de reyes en tiempos en los que Hispania, lejos de ser una referencia estatal, política, cultural o histórica, es una referencia geográfica y religiosa.
Para poder sustantivar la afirmación que figura arriba en negrita, pues, es necesario demostrar, para el siglo VIII de la era actual: a) la existencia de una conciencia gallega y vasca; b) la existencia de una conciencia española con la voluntad de asimilar las conciencias descritas en a). Yo creo que ni a) ni b) son ciertas. Los hombres que se unen a Pelayo en Covadonga son gardingos que se apuntan a la hercúlea tarea de reconquistar la Iberia visigótica. En modo alguno se sienten españoles, si, sobre todo, por españoles entendemos señores de identidad distinta a la de los habitantes de Galicia, del País Vasco, de Cataluña, o de Portugal.
La religión en España es pro-unidad de la patria española.
El comentarista que ha escrito esto, que dice tener fondo de archivo para aburrir, es, en mi opinión, víctima de un síndrome que yo llamo Síndrome del Calentamiento Global. Le pasa a aquellas personas que dicen cosas como: "Estamos en enero y hace un calor de la hostia; qué duda cabe que el planeta se está calentando".
Puede que el planeta se esté calentando, sí. Pero hasta los meteorólogos que creen en el calentamiento global le explicarán a este imaginario comunicante que sostener que porque un día concreto de un año concreto hace calor, eso demuestra que hará más calor de aquí en adelante, es de aurora boreal. Con las mismas, si un solo día de junio va y hace un frío de la hostia, podremos concluir que el planeta se va a enfriar durante los próximos cien años.
El discurso religioso histórico español difícilmente podrá ser antivasco por cuanto, en buena medida, se genera en el Pais Vasco. Durante todo el siglo XIX, los ejércitos carlistas se paseaban por España y, cada vez que tomaban o entraban en una villa, lo primero que hacían era cantar misas. De hecho, en el bando carlista, que es el bando de los vascos, navarros, catalanes y buena parte de los gallegos, es donde militan la inmensa mayoría de los clérigos trabucaires, ultramontanos, conservadores a más no poder, retrógrados como ellos solos, representantes de la más rancia tradición católica española. No por casualidad el carlismo transmuta parcialmente en el siglo XX en una cosa que se llama tradicionalismo, esto es, defensa de las tradiciones de toda la vida.
El nacionalismo vasco, que yo sepa, tiene sus grandes iluminadores en los hermanos Arana, los cuales tenían un lema bastante evidente: Jaun Goikua eta Lege zarra, o sea, Dios y Leyes Viejas. Hombre, no seré yo quien niegue que Sabino Arana tenía su punto de inteligencia cuestionable; pero tan, tan gilipollas como para apuntarse a la ideología que, según nuestro comentarista, era, le cito, "pro-unidad de España", no le veo.
Por lo demás, si el contertulio le echa un vistazo a los debates producidos en la II República en torno a la cuestión religiosa en la Constitución, comprobará con facilidad que el más ardiente crítico de las pretensiones laicistas de la mayoría es un diputado que llevaba el muy andaluz apellido Beunza. No creo que haga falta que le explique a qué minoría pertenecía pero, vaya, se presentó a las elecciones por una sedicente coalición católico-fuerista...
Como digo, el comentarista puede ser víctima del Síndrome del Calentamiento Global. Su fondo de archivo inacabable, tal vez, se refiere a los tiempos del franquismo. Punto en el cual no le niego la mayor, ni la menor. Pero es que España, contando desde la boda de Isabel y Fernando, han pasado casi 550 años, de los cuales Franco ocupa el 6,5%.
¿Considera el autor que España (o sus reyes propietarios) conquistan Cataluña -así como el resto de territorios aragoneses- en la guerra de Sucesión?
Como el autor es gallego, contesta a la pregunta con otra pregunta: exactamente, ¿a qué ente distinto de España pertenecían Cataluña "y el resto de territorios aragoneses" durante la guerra de Sucesión? Porque convendrá el comunicante en que para ser "conquistado" hay que ser "otra cosa" distinta del conquistador; porque nadie se conquista a sí mismo...
La guerra de Sucesión tiene el hombre muy bien puesto, porque eso es lo que es. Lo que combaten las tropas felipistas no es, por lo tanto, a las personas (no les vamos a llamar españoles para no levantar ronchas) de tal o cual sentimiento o nacionalidad, sino a los partidarios del otro sucesor. Sucesor que, a una serie de territorios, les ha prometido unos derechos especiales, que no su independencia respecto de España, puesto que el señor archiduque, a menos que esté yo equivocado, lo que quería era discutirle a Felipe V el mando sobre toda España, porque se consideraba con derecho sucesorio sobre la corona.
¿Considera el autor que en el siglo XVIII España conquistó Cataluña? Respuesta: no.
Cabe recordar, como ya he hecho otras veces en este blog que, como cuenta meticulosamente T.S. Elliot en su libro sobre el conde-duque, apenas unas décadas antes de la guerra de Sucesión, cuando Felipe IV y su primer ministro se van a Barcelona a pedir pasta para las guerras, la contestación de Barcelona, además de un no, es reclamar representantes catalanes en el Consejo de Castilla. Curiosa manera de reclamar la independencia...
¿Se puede considerar que la inmigración peninsular generalmente del sur y centro hacia Cataluña y el País Vasco un ejemplo paralelo de menor grado para formar eventualmente enclaves no-catalanes y no-vascos en dichos territorios en el momento del nacimiento de ambos nacionalismos?
¿Se puede considerar? Respuesta: no.
Repasemos cosas ya escritas en el anterior comentario. Una: la implantación presbiteriana en Irlanda viene precedida de una limpieza étnica de irlandeses en el área entre el río Shannon y la mar. Se produce mediante una legislación, las Acts of Settlement, que concede viva e intensa prelación a los protestantes sobre los católicos, que difícilmente pueden poseer tierras si, entre otras cosas, no las pudieron legar hasta finales del XVIII. La implantación protestante en Inglaterra fue planfiicada y defendida con las armas.
¿Emigraron andaluces, extremeños y gallegos a Barcelona en furgonetas de la Legión, que les protegía de ser agredidos? No (en Irlanda: Sí). ¿Tomaron esos emigrantes pisos, barrios, terrenos o lugares en los que estaban asentados catalanes que, asimismo, fueron expulsados por la dicha Legión o tropa equivalente? No (en Irlanda: Sí). ¿Existe algún papel, en algún archivo, que haya sido descubierto, donde un gobierno español establezca la planificación de estos asentamientos con el confesado objetivo de desleer el peso de los catalanes de sangre en la población de Cataluña? No (en Irlanda: Sí). ¿Fue, de hecho, aquella emigración planificada? No (para desgracia de quienes la llevaron a cabo) (en Irlanda: Sí).
Last but not least. ¿Qué son, hoy, los hijos y nietos de los partidarios setenteros del reverendo Ian Paisley? Respuesta: irlandeses protestantes. ¿Qué son hoy los hijos o nietos de aquellos emigrantes que se fueron a Cataluña? Respuesta: secretarios generales del PSC, o de Esquerra.
En consecuencia, ¿por qué razón España encargó al tonto de los Hermanos Calatrava su estrategia de creación de enclaves no catalanes en Cataluña?
¿Considera real la ocurrencia de prejuicios catalanofóbicos, y los considera más graves en calado y extensión que respecto a gallegos y vascos?
Históricamente hablando, y éste es un blog de Historia, no. La catalanofobia es un fenómeno relativamente moderno, aunque, cierto es, más antiguo de lo que parece (ya Manuel Azaña era catalanófobo a su manera, por ejemplo; como lo era la prensa de Madrid durante el siglo XIX con ocasión de las discusiones sobre el proteccionismo). Pero ojo con el Síndrome del Calentamiento Global...
En una cosa sí tiene razón el comentarista: el sentimiento anticatalán actual de una parte de la sociedad española es peor que el vascófofo (no detecto existencia de gallegofobia ni navarrofobia, la verdad). Pero para entrar en los motivos y geografía de ese problema, le sugiero se busque un blog que hable de la actualidad.
Las políticas lingüísticas han sido históricamente uniformadoras con objetivo asimilador de la lengua castellana
¿Históricamente? ¿Seguro? ¿Está el comunicante seguro de que en la Barcelona bajo el cetro de Carlos I, o de Felipe IV, o incluso, por qué no, de Fernando VII, era delito hablar catalán? ¿Aprecia el autor que los juegos poéticos florales, tan habituales en el siglo XIX en Barcelona, se celebraban en la clandestinidad, quizá? ¿Está informado el comunicante de que aquellos juegos florales premiaban los poemas patrióticos (y, por cierto, religiosos; la religión, al lado de la unidad española, como siempre) y que el ganador recibía un título catalán (Mestre en Gai Saber)?
Aprovecho para apostillarle a este comunicante que no ha de esperar para saber qué opina el autor de este blog sobre la génesis y desarrollo histórico del nacionalismo catalán. No encontrará en este blog menos de cinco o diez artículos sobre la materia.
Como segunda apostilla, el mismo comunicante habla de la posible identificación entre el asunto catalán y el escocés. Yo, sinceramente, no creo en ello.
Eduardo I, rey de pata normanda (no propiamente British, pues), es el primer rey inglés porque se da cuenta de un elemento estratégico fundamental: olvidar las posesiones continentales (no olvidemos que las serias pretensiones de su dinastía a la corona de Francia generarán la guerra de los Cien Años) y aplicarse a la dominación de la isla donde tiene asentadas las posaderas. Así las cosas, invade y anexiona Gales, donde no encuentra propiamente una organización como tal y, en realidad, ha de combatir a un señor de la guerra llamado, si no me falla la memoria, Gwynedd. Como lo de Gales le sale de coña, mira al norte. Pero en Escocia se encuentra otra cosa: a una dinastía establecida, los reyes Canmore. De hecho, no iniciará la invasión de Escocia hasta que los Canmore se encuentren en situación comprometida tras la muerte de su rey Alejandro III y, poco después, de su nieta y heredera.
Inglaterra, pues, llamó a la puerta de Escocia y, cuando le abrieron, se lió a hostias.
Castilla, cuando llamó a la puerta de Aragón, le echó un polvo al inquilino de la casa.
No parece que sean situaciones muy parecidas.
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lunes, febrero 27, 2012
9 razones por las que España no es Irlanda
Las ideologías en general, y las nacionalistas muy en particular, viven de mantras. Mantras más o menos eficientes a la hora de tocar la sensibilidad del personal. Uno de los mantras de al menos dos nacionalismos existentes en España, el vasco y el gallego, es considerar que hay muchos puntos de conexión entre su situación y la de Irlanda respecto de Inglaterra. El centro de la identificación se basa en que es consistente con el argumento de que existe un conflicto. En España, como en Irlanda, hay un conflicto secular con las nacionalidades internas. Somos la Irlanda de España, decían los primeros nacionalistas gallegos modernos, como Vicetto, Chao o Murguía. Las referencias de los vascos al proceso histórico irlandés son comunes.Esto es algo que, además, por parte euskaldún se ha usado mucho en los últimos tiempos, dado que irlandeses son muchos de los asesores del denominado proceso de paz.
Es posible, y desde luego, deseable, que esos asesores logren sus objetivos finales. Pero eso no es óbice para considerar la cuestión de si hay una Irlanda en España. Y, la verdad, esa afirmación, desde el punto de vista histórico, es una chorrada de tomo y lomo.
Son demasiadas las razones que explican por qué son ejemplos distintos. Hoy, aquí, nos ocupamos, tan sólo, de las más gruesas.
1.- Porque España nunca ha invadido el País Vasco o Galicia, ni se los ha anexionado
La Historia de la relación colonial entre Inglaterra e Irlanda comienza con una guerra y una victoria: la del conde Pembroke en 1170, año en que hace su entrada en Dublín, acto que inicia la dominación inglesa sobre la isla vecina.
Nunca las tropas hispanas, fuesen éstas astures, leonesas, castellanas o la Brigada Paracaidista, han penetrado en un ente político nacional llamado País Vasco o Galicia, con la conciencia de que fuera un sitio diferente que estaban invadiendo. Lejos de ello, las tierras de la actual comunidad autónoma gallega formaron parte bien pronto de las posesiones de la corona astur que guerreaba contra el moro. La tendencia centrífuga existió, ciertamente, y justifica, en parte, la invención del mito de Santiago y el comienzo del fenómeno jacobeo. Pero es éste un hecho que ocurre tan pronto en el tiempo que no cabe hablar de resistencia gallega contra el concepto de España. O, dicho de otra forma: la pulsión de no ser parte de la corona astur es anterior al sentimiento de pertenecer a una nación gallega.
En el caso de los vascos, el asunto está aún, si cabe, más claro. Se podría pensar, como de hecho formula una parte de la mitología vasca, que el pueblo vascón permaneció durante siglos y siglos totalmente aislado del resto del mundo, como consecuencia de su compleja orografía. Que los vascos, por lo tanto, no pasaron jamás del árbol Malato. Como decir, se puede decir; también se puede decir que George Clooney es la reencarnación del Papa Urbano II. Pero decirlo no lo convierte en verdad.
En primer lugar, las crónicas visigóticas están petadas de relatos de incursiones de los vascos mucho más allá del condado de Treviño. De hecho, varias de las veces que los vascones decidieron probar con sus razzias, llegaron a la altura de Zaragoza, por lo menos.
No son pocas las pruebas de que la integración de lo vasco en la España de la Alta Edad Media era intensa. La mayoría de los filólogos, por ejemplo, está de acuerdo en considerar que el monje de San Millán de la Cogolla, ése que, que sepamos, primero se expresó en español, era bilingüe entre ese primer idioma castellano y el euskera. Este hecho es bien patente si tenemos en cuenta que el vasquismo está ampliamente extendido a lo ancho y largo de toda España. Siendo la mayoría de los topónimos, en España y en cualquier otro lugar habitado por humanos, hidrónimos y orónimos (esto es, nombres que están señalando la presencia de algún accidente natural que identifica la población), el vasco tiene uno bien conocido: arantz, de donde arantza o Aránzazu, que significa espino. Los pueblos con espinos son relativamente abundantes en lo que hoy es el País Vasco; pero también bastante lejitos. Sin ir más lejos, en aquellos primeros tiempos de lo que luego fue España, sin AVE ni nada, aquellos vascos que por lo visto estaban solitos entre sus montañas, tratando de protegerse de una pretendida invasión española, llegaron hasta Arantzjuez, y allí dejaron su espinita clavada.
Todo eso sin olvidar a Munia, la esposa del astur rey Fruela, vasca por los cuatro costados, como bien nos recuerda en sus libros Sánchez Albornoz. Como vasco fue el refugio del futuro rey Alfonso el Casto, su hijo, durante los años duros.
En consecuencia, los españoles, ni siquiera cuando todavía no lo eran, tuvieron jamás la pulsión (más bien diría yo: la necesidad) de invadir a unos tipos que formaban parte de su tierra.
Esto no es así, ni modo, en el caso de Inglaterra e Irlanda. La oposición frontal irlandesa al Estado inglés data de conferencia de Munster, celebrada en los tiempos de la reina virgen Isabel I, en la cual los irlandeses se reafirmaron en su fe católica y le hicieron una higa a la reforma anglicana iniciada por Enrique VIII.
Ni vascos ni gallegos, por cierto, tienen figuras históricas que exhibir como la de Brian Boru, demostrativas de la existencia de una monarquía, un Estado, previa a la ocupación.
En fecha históricamente tan tardía como 1800, Gran Bretaña decreta la unión con Irlanda. A dicha fecha, la “unión” del País Vasco y Galicia “con” España no era cosa que se cuestionara.
2.- Porque nunca España ha reaccionado creando un enclave antivasco en el País Vasco o Galicia.
La afirmación anterior equivale a decir: porque nunca se ha producido, en el caso español, el hecho que es el cornerstone del problema irlandés o, más específicamente, norirlandés. El problema irlandés comienza, en efecto, ya durante las represiones ordenadas por Isabel I tras la conferencia de Munster, pues en Londres comienza a manejarse la posibilidad de crear enclaves protestantes artificiales dentro de Irlanda.
Los ejércitos ingleses que entraron en Irlanda en aquellos años llevaban la orden expresa de exterminar a los irlandeses entre el río Shannon y el mar, para sí dejar sitio para el establecimiento de colonos ingleses anglicanos. La Historia de España (y la de Galicia, y la del País Vasco) no registran una orden siquiera parecida.
En el siglo XVII, 200.000 hectáreas del Ulster habían sido repartidas ya a colonos protestantes en el Ulster. En dicho siglo, la política de Inglaterra de meter en Irlanda todo lo que fuese, siempre que profesase la fe protestante, llevó a radicar en la isla a lo peor de Europa. Tanto es así que se popularizó comentar de todo aquel que fuese un bandarra, un ladrón, un putero o un vago: “Acabará en Irlanda”.
3.- Porque la religión de España nunca ha sido antivasca ni antigallega.
En el siglo XVII, el arzobispo anglicano de Armagh, monseñor Usher, pronunció una famosa homilía en la que dijo: “La religión de los papistas es supersticiosa y herética; la tolerancia para con ellos es un grave pecado”. De esta forma, la dominación inglesa sobre los irlandeses adquirió los tintes de la justicia religiosa, basándose en el concepto de que el catolicismo era un cristianismo de baja calidad, propio de personas supersticiosas e incultas. Ciertamente, qué razón tenían los presbiterianos: como todo el mundo sabe, a las brujas de Salem se las apiolaron unos enviados del Papa, mientras los habitantes del pueblo, protestantes todos, trataban de impedirlo.
La Historia de España incluye el desarrollo de una institución importada para ejercitar la presión política y la limpieza étnica desde la religión: la Inquisición. Pero la Inquisición se cebó en judíos y moriscos, no, que se sepa, en vascos y gallegos por el hecho de serlo.
4.- Porque España nunca ha cometido el genocidio de las poblaciones vasca y gallega y nunca ha sido racista respecto de las mismas.
Los historiadores han estimado que, tras la rebelión irlandesa de 1641 y la consecuente entrada en el país de la armada inglesa, cinco sextas partes de la población adulta irlandesa en condiciones de luchar fue masacrada. Cinco sextas partes. Sic.
Ni vascos ni gallegos pueden exhibir algo que pálidamente se le parezca.
Tras la rebelión que acabamos de citar, el respeto de los ingleses por la condición humana de los irlandeses era tan profundo que centenares de hombres (sobre todo, curas católicos), mujeres y niños fueron vendidos como esclavos. Como todo el mundo sabe, las zafras en la Cuba española eran realizadas por gentes esclavizadas de Lequeitio y Guitiriz, milagrosamente liberadas por el ejército estadounidense tras la guerra del 98.
En 1847, Irlanda vive una devastadora plaga agrícola que mata sus patatas, que son la base de la alimentación de la población. En consecuencia, se declara una hambruna en la que fallecen 600.000 personas, a las que habría que añadir las 800.000 que huyen del hambre, casi todas a Estados Unidos. En la cámara de los Lores, discutiéndose la situación, se escuchó la siguiente intervención, que está en las actas: “Las patatas rojas y las algas, espolvoreadas con sal, proporcionan alimentación sana y nutritiva. Todos nosotros sabemos que los irlandeses pueden vivir de cualquier cosa, y que los prados están llenos de hierba, en el caso de que les falten las patatas”.
Sería interesante saber qué precedentes históricos existen en España de actos en los cuales gallegos o vascos hayan sido considerados, por decirlo en términos hitlerianos, Untermenschen, e igualados con los rumiantes.
De hecho, en la dinámica entre españolismo y vasquismo, si alguien ha sido racista es el segundo. Los libros y artículos de Sabino Arana están repletos de apelaciones racistas hacia la estupidez congénita y miseria personal de los no vascos. No existe una sola obra en el, por así decirlo, bando españolista, que hoy se pueda considerar tan respetada como la de Arana y que diga cosas así de los vascos.
5.- Porque España nunca ha decretado leyes específicamente antivascas ni antigallegas.
… como sí hicieron los ingleses en Irlanda.
A partir de la segunda mitad del siglo XVII, los irlandeses no podían entrar en la marina, ni en el ejército. No podían ser jueces ni funcionarios judiciales. Se les prohibió poseer caballos con un valor superior a cinco libras lo cual, en la práctica, los condenaba a realizar buena parte de las roturaciones de sus campos a brazo, y moverse apenas. Aquel católico que fuese encontrado con una espada en la mano era ahorcado.
La autorización legal para que un irlandés pudiese heredar se aprobó en 1778. Lo cual quiere decir que los irlandeses tuvieron que esperar 600 años para poder disfrutar de dicho derecho. La libertad de enseñanza de la religión católica data de 1782.
Hace bien pocas décadas, en Irlanda estuvo vigente la Special Powers Act, que permitía el arresto sin orden judicial, legalizaba los castigos corporales y la detención sin juicio, así como la censura de prensa (a los lectores que tengan la tentación de hacer un símil entre la SPA y la legislación antiterrorista española, les recomendaría que volviesen a leer la frase escrita). La ley prohibía, asimismo, que los irlandeses pudiesen siquiera poseer los libros, discos, etc., que los ingleses considerasen subversivos (cosa que también se ha hecho en España aunque, lamentablemente para los nacionalistas, el objetivo de esta medida ha sido siempre el conjunto de la población).
6.- Porque España ni ha celebrado, ni celebra, victoria militar alguna sobre vascos o gallegos.
Los vascos españolistas celebrarán, supongo yo, el 12 de octubre, día que conmemora la llegada de Colón a las cosas de La Española. Como los gallegos españolistas y como los extremeños españolistas. Pero los irlandeses britanistas no celebraban el día de la Reina ni pollas en vinagre. Celebraban el 1 de julio de 1690, es decir la batalla de Boyne en la que Guillermo de Orange (por eso los irlandeses protestantes radicales se llaman orangistas) derrotó a Jacobo II, quien pretendía gobernar Inglaterra otorgando derechos a los irlandeses y, probablemente, derogando las nefandas Acts of Settlement en virtud de las cuales los protestantes se establecían en Irlanda, la hacían suya y comenzaban a tratar a los naturales del país como extraños.
La única victoria que se puede considerar realizada de España sobre el País Vasco es la de la guerra carlista prima. Pero, primero, no fue una victoria propiamente dicha. Y, segundo, la guerra carlista es una guerra civil en la que, pese a estar el asunto vasco y navarro en su mismo centro y ser su motor, se ventilaron otras cosas. Las guerras entre Irlanda e Inglaterra, la sublevación de 1641, la de 1796 de la Liga de los Irlandeses Unidos, o la de 1798 de los Yeomanry, jamás se han mezclado con nada.
Y, en todo caso, España no celebra a día de hoy, ni lo ha hecho nunca, las victorias cristinas en la guerra carlista paseando tamborileros por la calle y afirmando que aquel día los sucios vascos mordieron el polvo.
7.- Porque España nunca ha permitido, menos fomentado, la creación de armadas paramilitares españolistas en País Vasco o Galicia.
En 1913, cuando Inglaterra está a punto de doblar por primera vez la cerviz en el tema irlandés y aprobar su Home Rule o autogobierno, el abogado protestante Edward Carson y el capitán James Craig, éste último veterano de la guerra de los boers, crean la Ulster Volunteer Force, UVF, con 80.000 hombres al mando de un general llamado George Richardson.
Ya en el siglo XX, en Irlanda se crearon tres policías auxiliares, denominadas la A, la B y la C. Los primeros estaban disponibles para actuar en el acto, los segundos podían ser convocados y los terceros tenían funciones administrativas. Los cuerpos A y C fueron pronto disueltos, pero los B Especiales existieron durante dos décadas.
Los B especiales tienen una larga historia de asesinatos, robos, abusos, violaciones, etc., en la persona de católicos irlandeses. En el verano de 1969, los B Especiales se ganaron, finalmente, su disolución; pero no fue después de nueve muertos y 300 heridos tras una razzia en los barrios católicos de Belfast.
8.- Porque España nunca ha planificado la miseria económica del País Vasco o de Galicia.
Tras firmar, a regañadientes, la partición entre sí misma e Irlanda (aunque conservando Irlanda del Norte), Inglaterra suspendió sus inversiones en la isla vecina (que vendía el 80% de sus mercancías a Inglaterra) y le impuso el pago de cinco millones de libras anuales en concepto de indemnizaciones por los daños producidos en las distintas insurrecciones. Cabe recordar, además, que permaneció impasible durante la hambruna de mediados del XIX, deteriorando con ello la posición económica irlandesa y obligando a sus habitantes a una emigración masiva (que era, muy probablemente, lo que estaba buscando Londres).
Los historiadores no han encontrado, a día de hoy, trazas de estrategia alguna diseñada en Madrid para labrar la pobreza de Galicia, País Vasco o Cataluña. Lejos de ello, España adoptó durante casi un siglo las prácticas proteccionistas que demandaba la industria catalana y vasca, y que arruinaron al sector lanero castellano; bloqueó, en 1919, cuando por la riqueza de la neutralidad en la guerra mundial estaba en las mejores condiciones para hacerlo, la modernización de su sistema fiscal porque esas mismas empresas no querían pagar tanto; y ha otorgado a los territorios forales unas condiciones fiscales realmente privilegiadas.
9.- Por la propia naturaleza del foralismo.
En el caso de los vascos, su nacionalismo siempre ha sido, históricamente hablando, foralista. Esto es, se ha basado en reivindicar la conservación de unos fueros, es decir unos derechos propios, privilegiados.
Pero el foralismo repele el independentismo. Un fuero es un derecho otorgado, y sólo otorgan derechos quienes tienen poder sobre un territorio; los reyes, normalmente. Si alguien reclama sus fueros, automáticamente está admitiendo la autoridad de quien los otorga.
Esto lo saben bien los irlandeses, que jamás han reclamado de los ingleses la devolución de fuero alguno sino, simple y llanamente, que se fuesen a tomar por culo. El Home Rule, la autodeterminación irlandesa, no era sino un paso para la independencia, como siempre dejaron claro sus impulsores.
Es posible, y desde luego, deseable, que esos asesores logren sus objetivos finales. Pero eso no es óbice para considerar la cuestión de si hay una Irlanda en España. Y, la verdad, esa afirmación, desde el punto de vista histórico, es una chorrada de tomo y lomo.
Son demasiadas las razones que explican por qué son ejemplos distintos. Hoy, aquí, nos ocupamos, tan sólo, de las más gruesas.
1.- Porque España nunca ha invadido el País Vasco o Galicia, ni se los ha anexionado
La Historia de la relación colonial entre Inglaterra e Irlanda comienza con una guerra y una victoria: la del conde Pembroke en 1170, año en que hace su entrada en Dublín, acto que inicia la dominación inglesa sobre la isla vecina.
Nunca las tropas hispanas, fuesen éstas astures, leonesas, castellanas o la Brigada Paracaidista, han penetrado en un ente político nacional llamado País Vasco o Galicia, con la conciencia de que fuera un sitio diferente que estaban invadiendo. Lejos de ello, las tierras de la actual comunidad autónoma gallega formaron parte bien pronto de las posesiones de la corona astur que guerreaba contra el moro. La tendencia centrífuga existió, ciertamente, y justifica, en parte, la invención del mito de Santiago y el comienzo del fenómeno jacobeo. Pero es éste un hecho que ocurre tan pronto en el tiempo que no cabe hablar de resistencia gallega contra el concepto de España. O, dicho de otra forma: la pulsión de no ser parte de la corona astur es anterior al sentimiento de pertenecer a una nación gallega.
En el caso de los vascos, el asunto está aún, si cabe, más claro. Se podría pensar, como de hecho formula una parte de la mitología vasca, que el pueblo vascón permaneció durante siglos y siglos totalmente aislado del resto del mundo, como consecuencia de su compleja orografía. Que los vascos, por lo tanto, no pasaron jamás del árbol Malato. Como decir, se puede decir; también se puede decir que George Clooney es la reencarnación del Papa Urbano II. Pero decirlo no lo convierte en verdad.
En primer lugar, las crónicas visigóticas están petadas de relatos de incursiones de los vascos mucho más allá del condado de Treviño. De hecho, varias de las veces que los vascones decidieron probar con sus razzias, llegaron a la altura de Zaragoza, por lo menos.
No son pocas las pruebas de que la integración de lo vasco en la España de la Alta Edad Media era intensa. La mayoría de los filólogos, por ejemplo, está de acuerdo en considerar que el monje de San Millán de la Cogolla, ése que, que sepamos, primero se expresó en español, era bilingüe entre ese primer idioma castellano y el euskera. Este hecho es bien patente si tenemos en cuenta que el vasquismo está ampliamente extendido a lo ancho y largo de toda España. Siendo la mayoría de los topónimos, en España y en cualquier otro lugar habitado por humanos, hidrónimos y orónimos (esto es, nombres que están señalando la presencia de algún accidente natural que identifica la población), el vasco tiene uno bien conocido: arantz, de donde arantza o Aránzazu, que significa espino. Los pueblos con espinos son relativamente abundantes en lo que hoy es el País Vasco; pero también bastante lejitos. Sin ir más lejos, en aquellos primeros tiempos de lo que luego fue España, sin AVE ni nada, aquellos vascos que por lo visto estaban solitos entre sus montañas, tratando de protegerse de una pretendida invasión española, llegaron hasta Arantzjuez, y allí dejaron su espinita clavada.
Todo eso sin olvidar a Munia, la esposa del astur rey Fruela, vasca por los cuatro costados, como bien nos recuerda en sus libros Sánchez Albornoz. Como vasco fue el refugio del futuro rey Alfonso el Casto, su hijo, durante los años duros.
En consecuencia, los españoles, ni siquiera cuando todavía no lo eran, tuvieron jamás la pulsión (más bien diría yo: la necesidad) de invadir a unos tipos que formaban parte de su tierra.
Esto no es así, ni modo, en el caso de Inglaterra e Irlanda. La oposición frontal irlandesa al Estado inglés data de conferencia de Munster, celebrada en los tiempos de la reina virgen Isabel I, en la cual los irlandeses se reafirmaron en su fe católica y le hicieron una higa a la reforma anglicana iniciada por Enrique VIII.
Ni vascos ni gallegos, por cierto, tienen figuras históricas que exhibir como la de Brian Boru, demostrativas de la existencia de una monarquía, un Estado, previa a la ocupación.
En fecha históricamente tan tardía como 1800, Gran Bretaña decreta la unión con Irlanda. A dicha fecha, la “unión” del País Vasco y Galicia “con” España no era cosa que se cuestionara.
2.- Porque nunca España ha reaccionado creando un enclave antivasco en el País Vasco o Galicia.
La afirmación anterior equivale a decir: porque nunca se ha producido, en el caso español, el hecho que es el cornerstone del problema irlandés o, más específicamente, norirlandés. El problema irlandés comienza, en efecto, ya durante las represiones ordenadas por Isabel I tras la conferencia de Munster, pues en Londres comienza a manejarse la posibilidad de crear enclaves protestantes artificiales dentro de Irlanda.
Los ejércitos ingleses que entraron en Irlanda en aquellos años llevaban la orden expresa de exterminar a los irlandeses entre el río Shannon y el mar, para sí dejar sitio para el establecimiento de colonos ingleses anglicanos. La Historia de España (y la de Galicia, y la del País Vasco) no registran una orden siquiera parecida.
En el siglo XVII, 200.000 hectáreas del Ulster habían sido repartidas ya a colonos protestantes en el Ulster. En dicho siglo, la política de Inglaterra de meter en Irlanda todo lo que fuese, siempre que profesase la fe protestante, llevó a radicar en la isla a lo peor de Europa. Tanto es así que se popularizó comentar de todo aquel que fuese un bandarra, un ladrón, un putero o un vago: “Acabará en Irlanda”.
3.- Porque la religión de España nunca ha sido antivasca ni antigallega.
En el siglo XVII, el arzobispo anglicano de Armagh, monseñor Usher, pronunció una famosa homilía en la que dijo: “La religión de los papistas es supersticiosa y herética; la tolerancia para con ellos es un grave pecado”. De esta forma, la dominación inglesa sobre los irlandeses adquirió los tintes de la justicia religiosa, basándose en el concepto de que el catolicismo era un cristianismo de baja calidad, propio de personas supersticiosas e incultas. Ciertamente, qué razón tenían los presbiterianos: como todo el mundo sabe, a las brujas de Salem se las apiolaron unos enviados del Papa, mientras los habitantes del pueblo, protestantes todos, trataban de impedirlo.
La Historia de España incluye el desarrollo de una institución importada para ejercitar la presión política y la limpieza étnica desde la religión: la Inquisición. Pero la Inquisición se cebó en judíos y moriscos, no, que se sepa, en vascos y gallegos por el hecho de serlo.
4.- Porque España nunca ha cometido el genocidio de las poblaciones vasca y gallega y nunca ha sido racista respecto de las mismas.
Los historiadores han estimado que, tras la rebelión irlandesa de 1641 y la consecuente entrada en el país de la armada inglesa, cinco sextas partes de la población adulta irlandesa en condiciones de luchar fue masacrada. Cinco sextas partes. Sic.
Ni vascos ni gallegos pueden exhibir algo que pálidamente se le parezca.
Tras la rebelión que acabamos de citar, el respeto de los ingleses por la condición humana de los irlandeses era tan profundo que centenares de hombres (sobre todo, curas católicos), mujeres y niños fueron vendidos como esclavos. Como todo el mundo sabe, las zafras en la Cuba española eran realizadas por gentes esclavizadas de Lequeitio y Guitiriz, milagrosamente liberadas por el ejército estadounidense tras la guerra del 98.
En 1847, Irlanda vive una devastadora plaga agrícola que mata sus patatas, que son la base de la alimentación de la población. En consecuencia, se declara una hambruna en la que fallecen 600.000 personas, a las que habría que añadir las 800.000 que huyen del hambre, casi todas a Estados Unidos. En la cámara de los Lores, discutiéndose la situación, se escuchó la siguiente intervención, que está en las actas: “Las patatas rojas y las algas, espolvoreadas con sal, proporcionan alimentación sana y nutritiva. Todos nosotros sabemos que los irlandeses pueden vivir de cualquier cosa, y que los prados están llenos de hierba, en el caso de que les falten las patatas”.
Sería interesante saber qué precedentes históricos existen en España de actos en los cuales gallegos o vascos hayan sido considerados, por decirlo en términos hitlerianos, Untermenschen, e igualados con los rumiantes.
De hecho, en la dinámica entre españolismo y vasquismo, si alguien ha sido racista es el segundo. Los libros y artículos de Sabino Arana están repletos de apelaciones racistas hacia la estupidez congénita y miseria personal de los no vascos. No existe una sola obra en el, por así decirlo, bando españolista, que hoy se pueda considerar tan respetada como la de Arana y que diga cosas así de los vascos.
5.- Porque España nunca ha decretado leyes específicamente antivascas ni antigallegas.
… como sí hicieron los ingleses en Irlanda.
A partir de la segunda mitad del siglo XVII, los irlandeses no podían entrar en la marina, ni en el ejército. No podían ser jueces ni funcionarios judiciales. Se les prohibió poseer caballos con un valor superior a cinco libras lo cual, en la práctica, los condenaba a realizar buena parte de las roturaciones de sus campos a brazo, y moverse apenas. Aquel católico que fuese encontrado con una espada en la mano era ahorcado.
La autorización legal para que un irlandés pudiese heredar se aprobó en 1778. Lo cual quiere decir que los irlandeses tuvieron que esperar 600 años para poder disfrutar de dicho derecho. La libertad de enseñanza de la religión católica data de 1782.
Hace bien pocas décadas, en Irlanda estuvo vigente la Special Powers Act, que permitía el arresto sin orden judicial, legalizaba los castigos corporales y la detención sin juicio, así como la censura de prensa (a los lectores que tengan la tentación de hacer un símil entre la SPA y la legislación antiterrorista española, les recomendaría que volviesen a leer la frase escrita). La ley prohibía, asimismo, que los irlandeses pudiesen siquiera poseer los libros, discos, etc., que los ingleses considerasen subversivos (cosa que también se ha hecho en España aunque, lamentablemente para los nacionalistas, el objetivo de esta medida ha sido siempre el conjunto de la población).
6.- Porque España ni ha celebrado, ni celebra, victoria militar alguna sobre vascos o gallegos.
Los vascos españolistas celebrarán, supongo yo, el 12 de octubre, día que conmemora la llegada de Colón a las cosas de La Española. Como los gallegos españolistas y como los extremeños españolistas. Pero los irlandeses britanistas no celebraban el día de la Reina ni pollas en vinagre. Celebraban el 1 de julio de 1690, es decir la batalla de Boyne en la que Guillermo de Orange (por eso los irlandeses protestantes radicales se llaman orangistas) derrotó a Jacobo II, quien pretendía gobernar Inglaterra otorgando derechos a los irlandeses y, probablemente, derogando las nefandas Acts of Settlement en virtud de las cuales los protestantes se establecían en Irlanda, la hacían suya y comenzaban a tratar a los naturales del país como extraños.
La única victoria que se puede considerar realizada de España sobre el País Vasco es la de la guerra carlista prima. Pero, primero, no fue una victoria propiamente dicha. Y, segundo, la guerra carlista es una guerra civil en la que, pese a estar el asunto vasco y navarro en su mismo centro y ser su motor, se ventilaron otras cosas. Las guerras entre Irlanda e Inglaterra, la sublevación de 1641, la de 1796 de la Liga de los Irlandeses Unidos, o la de 1798 de los Yeomanry, jamás se han mezclado con nada.
Y, en todo caso, España no celebra a día de hoy, ni lo ha hecho nunca, las victorias cristinas en la guerra carlista paseando tamborileros por la calle y afirmando que aquel día los sucios vascos mordieron el polvo.
7.- Porque España nunca ha permitido, menos fomentado, la creación de armadas paramilitares españolistas en País Vasco o Galicia.
En 1913, cuando Inglaterra está a punto de doblar por primera vez la cerviz en el tema irlandés y aprobar su Home Rule o autogobierno, el abogado protestante Edward Carson y el capitán James Craig, éste último veterano de la guerra de los boers, crean la Ulster Volunteer Force, UVF, con 80.000 hombres al mando de un general llamado George Richardson.
Ya en el siglo XX, en Irlanda se crearon tres policías auxiliares, denominadas la A, la B y la C. Los primeros estaban disponibles para actuar en el acto, los segundos podían ser convocados y los terceros tenían funciones administrativas. Los cuerpos A y C fueron pronto disueltos, pero los B Especiales existieron durante dos décadas.
Los B especiales tienen una larga historia de asesinatos, robos, abusos, violaciones, etc., en la persona de católicos irlandeses. En el verano de 1969, los B Especiales se ganaron, finalmente, su disolución; pero no fue después de nueve muertos y 300 heridos tras una razzia en los barrios católicos de Belfast.
8.- Porque España nunca ha planificado la miseria económica del País Vasco o de Galicia.
Tras firmar, a regañadientes, la partición entre sí misma e Irlanda (aunque conservando Irlanda del Norte), Inglaterra suspendió sus inversiones en la isla vecina (que vendía el 80% de sus mercancías a Inglaterra) y le impuso el pago de cinco millones de libras anuales en concepto de indemnizaciones por los daños producidos en las distintas insurrecciones. Cabe recordar, además, que permaneció impasible durante la hambruna de mediados del XIX, deteriorando con ello la posición económica irlandesa y obligando a sus habitantes a una emigración masiva (que era, muy probablemente, lo que estaba buscando Londres).
Los historiadores no han encontrado, a día de hoy, trazas de estrategia alguna diseñada en Madrid para labrar la pobreza de Galicia, País Vasco o Cataluña. Lejos de ello, España adoptó durante casi un siglo las prácticas proteccionistas que demandaba la industria catalana y vasca, y que arruinaron al sector lanero castellano; bloqueó, en 1919, cuando por la riqueza de la neutralidad en la guerra mundial estaba en las mejores condiciones para hacerlo, la modernización de su sistema fiscal porque esas mismas empresas no querían pagar tanto; y ha otorgado a los territorios forales unas condiciones fiscales realmente privilegiadas.
9.- Por la propia naturaleza del foralismo.
En el caso de los vascos, su nacionalismo siempre ha sido, históricamente hablando, foralista. Esto es, se ha basado en reivindicar la conservación de unos fueros, es decir unos derechos propios, privilegiados.
Pero el foralismo repele el independentismo. Un fuero es un derecho otorgado, y sólo otorgan derechos quienes tienen poder sobre un territorio; los reyes, normalmente. Si alguien reclama sus fueros, automáticamente está admitiendo la autoridad de quien los otorga.
Esto lo saben bien los irlandeses, que jamás han reclamado de los ingleses la devolución de fuero alguno sino, simple y llanamente, que se fuesen a tomar por culo. El Home Rule, la autodeterminación irlandesa, no era sino un paso para la independencia, como siempre dejaron claro sus impulsores.
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domingo, febrero 26, 2012
Soluciones a las letrillas
Aquí tenéis las soluciones a las letrillas anticlericales.
Riñas, odios y rencores
fomenta entre si mayores
la familia clerical
que la gente mundanal.
Fácil, ¿no? Prueba ahora con éste:
Canon, regla significa;
de ahí canónigo se fiça,
ya que bajo juramento
ha de estar todo momento.
De Dios consagrado a la gloria,
pompa y cargo, ¡palmatoria!
Más que correr hacia el coro
eligen paseo y oro
y las ropas militares
prefieren a las talares.
Rara vez se ocupan de algo
que debamos celebrarlo.
Son de corazón avaro,
no prestan al pobre amparo;
ni dan a Dios lo que sobra
aunque de la Iglesia cobran.
Si quiere la canongía
cuando llegue la oposición
ofrezca algún doblón
a los de la Compañía
Si alguno a un tomista imita
con doblones ande diestro:
venda al punto a su maestro
y dé el voto al jesuita.
¿Y una vez conseguida la canongía? ¿Cuál será el siguiente escalón? Dice la letrilla:
Será el principal cuidado
de un canónigo actual
aunque falte a lo esencial
pretender un obispado.
miércoles, febrero 22, 2012
Ejercicio de agudeza poética anticlerical
He pasado un rato divertido esta tarde leyendo alguna vieja antología de letrillas anticlericales. Es éste un subgénero de la literatura satírica española que poco, o nada, tiene que envidiarle a un Aretino. Y, bueno, como tenía abierto el ordenata, se me ha ocurrido dejaros aquí una serie de poemillas con reto; el reto, obviamente, es adivinar la palabra que falta.
Insisto: todos los poemas son anticlericales, en su mayor parte glosando la figura del canónigo, personaje central de la sociedad española durante muchos siglos, tildado de nepótico, vago, egoísta e ignorante. El más alto personaje de la literatura española (en mi modesta opinión, que sé bien que no muchos comparten) es, de hecho, un canónigo magistral: don Fermín de Pas.
Empecemos por uno fácil. Pero es que la letrilla fue famosísima en su época, así pues, todos aquéllos de mis lectores que pasen de los 180 años o así no tendrán problema en rememorarla:
Riñas, odios y rencores
fomenta entre si mayores
la familia __________
que la gente mundanal.
Fácil, ¿no? Prueba ahora con éste:
Canon, regla significa;
de ahí canónigo se fiça,
ya que bajo juramento
ha de estar todo momento.
De Dios consagrado a la gloria,
pompa y cargo, ¡palmatoria!
Más que correr hacia el _____ [pista: se refiere a la teórica obligación de todo canónigo]
eligen paseo y oro
y las ropas militares
prefieren a las talares.
Rara vez se ocupan de algo
que debamos celebrarlo.
Son de corazón ______,
no prestan al pobre amparo;
ni dan a Dios lo que sobra
aunque de la Iglesia cobran.
Los canónigos, para serlo, pasaban unas oposiciones. A ello se refiere este poemilla. Piénsese en quién podía tener poder para manipular el resultado de los exámenes, y que rime bien.
Si quiere la canongía
cuando llegue la oposición
ofrezca algún doblón
a los de la __________
En el mismo tema abunda éste:
Si alguno a un tomista imita
con doblones ande diestro:
venda al punto a su maestro
y dé el voto al __________.
¿Y una vez conseguida la canongía? ¿Cuál será el siguiente escalón? Dice la letrilla:
Será el principal cuidado
de un canónigo actual
aunque falte a lo esencial
pretender un ___________.
... bueno, y os dejo algunos fuera de concurso, por ser de mi apreciación.
Éste, por ejemplo, sobre el nepotismo de los canónigos.
El que este oficio ha de usar
ha de tomar providencia
de dexarse la conciencia
donde no pueda acusar.
Después ha de procurar
hacer por varios caminos
canónigos a sus sobrinos
y después a sus sobrinas.
Pues también cabrán pollinas
donde han cabido pollinos.
O esta letrilla, dedicada a un tal Francisco Ribera, que opositó para ser canónigo de la catedral de Toledo siendo, según las crónicas, un cabestro en asuntos teologales y aun mundanos. Los versos no tienen desperdicio:
De Badajoz vino aquí
un canónigo de sayo
con nariz de papagayo
y voz de quiquiriquí.
En toda mi vida vi
ciencia más despilfarrada
que parece vendimiada
que no lo fue ni en la voz.
¿Qué vino de Badajoz
sino una badajada?
Disculpas a los extremeños, obviously.
Insisto: todos los poemas son anticlericales, en su mayor parte glosando la figura del canónigo, personaje central de la sociedad española durante muchos siglos, tildado de nepótico, vago, egoísta e ignorante. El más alto personaje de la literatura española (en mi modesta opinión, que sé bien que no muchos comparten) es, de hecho, un canónigo magistral: don Fermín de Pas.
Empecemos por uno fácil. Pero es que la letrilla fue famosísima en su época, así pues, todos aquéllos de mis lectores que pasen de los 180 años o así no tendrán problema en rememorarla:
Riñas, odios y rencores
fomenta entre si mayores
la familia __________
que la gente mundanal.
Fácil, ¿no? Prueba ahora con éste:
Canon, regla significa;
de ahí canónigo se fiça,
ya que bajo juramento
ha de estar todo momento.
De Dios consagrado a la gloria,
pompa y cargo, ¡palmatoria!
Más que correr hacia el _____ [pista: se refiere a la teórica obligación de todo canónigo]
eligen paseo y oro
y las ropas militares
prefieren a las talares.
Rara vez se ocupan de algo
que debamos celebrarlo.
Son de corazón ______,
no prestan al pobre amparo;
ni dan a Dios lo que sobra
aunque de la Iglesia cobran.
Los canónigos, para serlo, pasaban unas oposiciones. A ello se refiere este poemilla. Piénsese en quién podía tener poder para manipular el resultado de los exámenes, y que rime bien.
Si quiere la canongía
cuando llegue la oposición
ofrezca algún doblón
a los de la __________
En el mismo tema abunda éste:
Si alguno a un tomista imita
con doblones ande diestro:
venda al punto a su maestro
y dé el voto al __________.
¿Y una vez conseguida la canongía? ¿Cuál será el siguiente escalón? Dice la letrilla:
Será el principal cuidado
de un canónigo actual
aunque falte a lo esencial
pretender un ___________.
... bueno, y os dejo algunos fuera de concurso, por ser de mi apreciación.
Éste, por ejemplo, sobre el nepotismo de los canónigos.
El que este oficio ha de usar
ha de tomar providencia
de dexarse la conciencia
donde no pueda acusar.
Después ha de procurar
hacer por varios caminos
canónigos a sus sobrinos
y después a sus sobrinas.
Pues también cabrán pollinas
donde han cabido pollinos.
O esta letrilla, dedicada a un tal Francisco Ribera, que opositó para ser canónigo de la catedral de Toledo siendo, según las crónicas, un cabestro en asuntos teologales y aun mundanos. Los versos no tienen desperdicio:
De Badajoz vino aquí
un canónigo de sayo
con nariz de papagayo
y voz de quiquiriquí.
En toda mi vida vi
ciencia más despilfarrada
que parece vendimiada
que no lo fue ni en la voz.
¿Qué vino de Badajoz
sino una badajada?
Disculpas a los extremeños, obviously.
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Un escalón en la creación de España
Durante lo que habitualmente conocemos como Baja Edad Media, Europa dilata. Cada vez en periodos más cortos y de forma más violenta. Finalmente, se produce el alumbramiento; un alumbramiento enormemente doloroso y en el que se acumulan toneladas de sangre y que, desde mediados del siglo XIX, conocemos como Guerra de los Cien Años, la primera auténtica guerra europea que registra nuestra Historia. La Guerra de los Cien Años es un enfrentamiento bélico intermitente cuyos principales protagonistas son Inglaterra y Francia; sin embargo, de una forma o de otra, implica a todos los países de Europa y, además, como fenómeno que es de madurez de las monarquías frente al poder feudal que identifica los tiempos medievales, en realidad es el proceso más, por así decirlo, visible, de una serie de procesos en todos los países que avanzan en una dirección parecida.
España no es una excepción. El tiempo de la Guerra de los Cien Años viene a coincidir con nuestro propio tiempo bélico; una guerra en la que se ventilará, en buena medida, la relación de fuerzas entre las coronas de Castilla y Aragón que acabará decretando, pocas décadas después, cierta dependencia de ésta respecto de aquélla, comenzando con ello el proyecto de la nación española. Pero esta dinámica no es ni fácil ni incruenta. Es, como casi siempre, una guerra. La guerra entre los dos Pedros: el Cruel, en Castilla; y el Ceremonioso, en Aragón.
Alfonso IV, rey de Aragón, conocido como El Benigno, casó en segundas nupcias con Leonor de Castilla, que aportaba al matrimonio, como en la serie Los Serrano, hijos ya bastante maduros. Leonor ambicionaba para sus vástagos un papel de árbitros en la política peninsular, razón por la cual, a base de presiones y zalamerías sabiamente administradas, fue arrancando de su marido sabrosas donaciones para ellos, especialmente para el mayor, Fernando. De hecho, el rey Alfonso convirtió a Fernando en poco más que una especie de rey de Valencia, si tal cosa existiese, pues le cedió terrenos amplísimos en dicha demarcación. Lo que no sabemos, a día de hoy, es si Fernando se pagaba sus trajes.
La hostilidad de Pedro, el heredero de la corona maña, hacia los apliques entre su padre y su madrastra, debía ser bastante obvio, porque Leonor y su prole, nada más enfermar el rey, se refugiaron ipso facto en Castilla. El rey castellano Pedro I los recibió con los brazos abiertos, aunque ni los respetaba ni en realidad tenía planes para ellos; en su mente, el infante Fernando traía consigo tierras que él ambicionaba, tales como Alicante, Orihuela o Játiva.
Pedro I había llegado a rey con 16 años, tras la muerte de su padre Alfonso XI. Todo nos hace indicar que era persona de escaso miedo y bastante falta de escrúpulos; condiciones que le vinieron muy bien para ser rey de una nación en la que las revueltas nobiliarias eran frecuentes y, además, existían alternativas a su persona en la de los hermanastros bastardos del rey, sobre todo Enrique de Trastámara. Prueba inequívoca de esa propensión a hacer lo que le daba la gana es el famoso episodio en el que el rey, apenas a los dos días de su boda con Blanca de Borbón, se empalma dubidú al ver a María de Padilla, y se va con ella.
El conflicto entre Castilla y Aragón tuvo desde el principio una importante implicación internacional, pues fue por proteger a un aliado histórico como Génova que Castilla inició las hostilidades. El navegante catalán Françesc de Perelló atacó dos embarcaciones aliadas de Génova en Sanlúcar de Barrameda; gesto que fue contestado por el rey castellano con el embargo de los bienes de todos los comerciantes catalanes residentes en Castilla (a tomar por culo el consumo de cava en las behetrías). En agosto de 1356, aduciendo este episodio y la huida de Leonor de Castilla entre otros temas, Pedro I le escribe a su homólogo aragonés una carta que termina d’aquí adelant no nos haiades por amigo. Pedro reunió a sus asesores y, tras largas discusiones, decidió aceptar el desafío y declarar, por su parte, la guerra.
La guerra entre Castilla y Aragón fue desde el principio una guerra sucia, pues ambas partes hicieron todo lo posible por atizar los problemas en el seno de su enemigo. El más hábil en este punto fue Pedro el Ceremonioso, quien rápidamente atrajo hacia su zona de influencia a Enrique de Trastámara y al infante Fernando. A finales de 1356, Enrique pasó a Aragón con sus mesnadas, que eran numerosas, atraído por una serie de promesas territoriales en varios puntos de la corona aragonesa. Asimismo, Pedro inició acercamientos hacia Fabrique y Tello, los dos hermanos de Enrique; y tramó un alianza secreta con nobles castellanos para apoyarlos en una rebelión en Andalucía a cambio de la cual Aragón recibiría Sevilla, Algeciras, Cádiz, Jaén y Tarifa; casi nada. El Ceremonioso, por lo tanto, tenía todo un plan para penetrar en el poder castellano por su trastienda. La movida, sin embargo, fracasó. Pedro I, además, incitó al infante Fernando, cabreado por la preferencia aragonesa por Enrique, a montar bulla dentro del reino enemigo.
En marzo de 1357, los ejércitos castellanos toman Tarazona, en medio de los intentos de Guillermo de la Jugue, legado pontificio, para negociar una paz. El rey aragonés presentó batalla en Magallón, pero el Cruel la rechazó. Finalmente, el papado forzó una tregua, que se hizo efectiva en mayo de aquel mismo año, por la cual los territorios invadidos por Castilla quedaban bajo custodia pontifical.
La tregua fue usada por ambos bandos para buscar aliados. Castilla buscó la amistad, fundamentalmente, de Inglaterra, mientras que Aragón consolidaba su relación con Navarra y alguno de los reinos musulmanes de la península. Sin embargo, la principal alianza fue la alcanzada entre El Ceremonioso y el infante Don Fernando, quien aceptó pasarse a Aragón para hacerle la guerra al castellano. Pedro I reaccionó muy violentamente, temeroso de que la defección de Fernando le crease una oposición interior. Puso en marcha la rueda de reprimir y se apioló a los críticos a cientos; entre ellos, a Fabrique, hermano de Enrique de Trastámara; y a Juan, hermano de Fernando. Al tercer Trastámara, Tello, lo buscó pero no lo encontró. Algo más tarde, fue Leonor de Castilla la asesinada, convirtiéndose con ello en una de las escasas mujeres de estirpe real (pregunta a mis lectores: ¿acaso la única?) muertas violentamente en nuestra Historia.
Los castellanos rebeldes realizaron una operación semi-coordinada de pinza. Enrique atacó por Soria y Fernando por Murcia. Pedro, mientras tanto, siguiendo su táctica habitual de rehuir en lo posible el combate ofrecido por el contrario, decidió cambiar el teatro del enfrentamiento. Así, aprovechando la condición de potencia naval de su aliado portugués, organizó una expedición por mar para pillar a los aragoneses por su culo. Lo intentó en Guardamar, sin suerte, pero con el tiempo la flota se consolidó, de modo que en junio de 1359 tenemos a la armada castellana en la bocana del puerto de Barcelona. Ciertamente, la expedición fracasó en el ataque a la ciudad y, tras diversas vicisitudes, acabó licenciando a los marinos en Cartagena; pero para los catalanes fue una mala noticia, pues les demostraba que Castilla, cosa que ellos no habían esperado, estaba en condiciones de hablarles de tú a tú en el Mare Nostrum.
En septiembre de ese mismo año, los castellanos son derrotados por Enrique de Trastámara cerca de Moncayo, en Araviana. Esta derrota enervó a Pedro I de tal manera que intensificó la represión de los elementos contrarios a él en Castilla, con asesinatos masivos que están en la base del sobrenombre con el que ha pasado a la Historia. Sin embargo, esta represión consiguió taponar la rebelión de la nobleza enriquista que se estaba preparando y, de hecho, hizo zozobrar la invasión de Castilla que éste preparaba. En abril de 1356, Pedro I había recuperado el resuello y derrotó a las tropas de Enrique en Nájera.
Una vez más cambian las tornas, y de tal forma que Pedro el Ceremonioso de repente pierde el culo por firmar una paz. Ya está a punto de hacerlo cuando una novedad le detiene: en el reino de Granada (que entonces abarca todo el sur y parte del centro de Andalucía), Mohamed VI, El Rey Bermejo, aragonesista hasta las cachas, le arrebata el poder a Mohamed V, aliado de los castellanos. Este cambio debilita notablemente la posición de Castilla, que es ahora la que corre para lograr una paz, que de hecho se firma en Deza-Terrer (mayo de 1361). Bajo los eternos auspicios del inevitable legado papal (en este caso, Guido de Bolonia), ambas partes se devuelven terrenos conquistados y prisioneros y se prometen amigos para siempre will you always be my friend. No obstante, Pedro I, como Vito Corleone, sólo estaba firmando una paz falsa y, de hecho, mientras abrazaba a sus hermanos castellanos y aragoneses, pensaba en la venganza; pocos meses después, Mohamed V recupera el poder en Granada con apoyo castellano, y es el propio Pedro I quien traspasa con su lanza, cual pincho moruno (broma cruel), al Rey Bermejo, en Tablada.
Cubiertas las espaldas, Pedro I invade Aragón, llegando hasta Calatayud, que sitia con éxito (por lo que se ve, de aquélla los calagurritanos todavía no eran lo suficientemente tercos…) Este movimiento pilló a Pedro el Ceremonioso sin pasta y sin tropas, pues las había licenciado. Es por ello que llama a Enrique de Trastámara y se echa en sus brazos. En las Cortes de Monzón, el hasta ahora resistente se ha convertido, sin ambages, en candidato al trono de Castilla, por encima de todos los demás. El Trastámara, pues, ganó la preminencia en el trono castellano gracias a su tropa de marines.
En 1363, Pedro I realiza una nueva campaña en Aragón que llega a amenazar Zaragoza; aunque luego vira hacia Levante, donde llega incluso a asediar Valencia. En lugar de presentar batalla a la oposición castellana que apoyaba a los aragoneses, se refugió en Murviedro donde, tras semanas de gestiones y cartas, se llegó a la paz de tal nombre, que establecía la entrega a Castilla de Calatayud, Tarazona y Teruel; condiciones que, de todas formas, nunca se cumplieron.
En el bando aragonés, aquella paz humillante afectó sobre todo a los castellanos que se habían refugiado en el Este de España por ser opositores a la política de Pedro I. La mayoría de esos castellanos en guerra con Castilla eran partidarios del infante Fernando, al que consideraban con más sólidas credenciales para ser rey de Castilla; y el apoyo decidido de Pedro el Ceremonioso a Enrique Trastámara les jodía. La bomba estalló cuando Fernando anunció su marcha a Francia con sus tropas. El rey aragonés trató de retenerlo y, cuando vio que no podía, solucionó el problema de forma categórica: lo hizo asesinar.
Hecho esto, Enrique de Trastámara tenía las manos desatadas para convertirse en el líder de la oposición castellana; y contaba, además, con la ventaja de que Aragón seguía necesitando sus tropas. Por ello, el bastardo inició una operación de limpieza de los partidarios de la paz con Castilla, especialmente el consejero del rey Bernat de Cabrera; quien primero fue convertido en súbdito de Navarra en el pacto entre dicha corona y Aragón (Tratado de Uncastillo, agosto de 1363): y después, tras un proceso por traición, ejecutado en Zaragoza.
A finales del mismo año de 1363, Castilla realizó una nueva campaña de invasión en tierras aragonesas, de modo que a principios de 1364 estaba de nuevo sitiando Valencia. El Ceremonioso contraatacó, obligando a los castellanos a abandonar el sitio y, posteriormente, comenzó a recuperar ciudades, mientras Pedro I se refugiaba en Murviedro.
Más o menos por aquel tiempo se produjo el hecho que habría de desequilibrar definitivamente la balanza de aquella guerra tan compleja: la entrada en Aragón de las llamadas compañías blancas, tropas mercenarias francas a la orden de Bertrán de Duguesclin. La implicación de Francia con infantería propia obligó a Pedro I a volver grupas hacia Castilla.
La entrada de Duglesclin, que se venía a combinar con la presencia en el ejército castellano del llamado Príncipe Negro (el delfín de la corona inglesa, llamado así por la color de su armadura), despeja toda duda que pudiera caber frente a quienes dudasen de que el episodio de la guerra entre los pedros fue, en realidad, uno más de los escenarios de lo que conocemos, desde mediados del siglo XIX, como Guerra de los Cien Años. Y también fue el punto culminante de la guerra civil castellana, pues lo que aquí hemos llamado guerra de los pedros es, en realidad, dos guerras: una, la de Castilla y Aragón, en la que se ventila la dominación en la península; y otra, entre Pedro I y el Trastámara, en la que se ventila el poder en Castilla.
Para entender la dedicación con que los franceses se aplicaron en apoyo de los aragoneses debemos de tener en cuenta que la primera mitad del siglo XIV, o sea los primeros actos de la Guerra de los Cien Años, no son sino un rosario de victorias inglesas, que varias veces provocaron el colapso de la caballería franca, que aún vivía en el pasado, bajo las flechas de sus compañías de arqueros. Todo eso había cristalizado en la paz de Brétigny, en la que Francia tuvo que aceptarlo todo menos que su rey tuviese que lamerle el culo al inglés cada mañana antes del desayuno.
Pero, más allá de la implicación internacional, lo que se produce en Castilla desde 1366 es una situación típica de guerra civil, es decir dos Españas, o mejor dos Castillas, enfrentadas frente a frente. Pedro I es el Ricardo II español (aunque no tuvo un Shakespeare que lo cantase en términos, la verdad, bastante poco históricos). Igual que el malhadado rey inglés poco tiempo después del que relatamos, Pedro es un rey que quiere serlo, que reclama para sí el poder absoluto que tendrán sus sucesores en el trono algunos siglos después, y que por lo tanto se cree con derecho para gobernar el país con la colaboración de su estrecha camarilla de amiguetes. Enrique de Trastámara, por su parte, acepta la jefatura del partido de los nobles de toda la vida, que quieren recuperar los tiempos pasados y probablemente por eso elijen a un descendiente de Alfonso XI. Facción enriqueña y nobiliaria le llama al partido Trastámara el medievalista Sánchez Albornoz.
A finales de 1365, notablemente reforzado con ese ejército de desharrapados y soldados de fortuna que se han quedado sin trabajo tras Brétigny, Enrique de Trastámara decide invadir Castilla. Entra por Cataluña, dejando tras de sí los relatos de los rosarios de violaciones, robos y destrozos causados por los franceses, que de toda la vida se han llevado con los catalanes como los catalanes creen que se llevan con ellos los españoles. Llegada la armada a Calahorra, y por presión de los capitanes extranjeros, Enrique se proclama rey de Castilla con el nombre de Enrique II. Fue coronado de nuevo semanas después, en Las Huelgas, tras el arrollador avance de norte a sur de sus tropas y la toma de Burgos. En mayo entra en Toledo y en junio en Sevilla, forzando la huida del rey Pedro a Portugal.
Pedro I, huido, se llegó a Bayona, entonces dominada por los ingleses. Allí le recibió el senescal de Aquitania, Thomas Felton, en nombre del Príncipe Negro. En septiembre de 1367, Pedro firma con Inglaterra el tratado de Libourne, en virtud del cual Londres le prestaba a Castilla los marines a cambio de que Castilla se deshiciese de Vizcaya y la villa de Castro Urdiales… ¿alguien se imagina a Bildu yendo a montarla a Westminster con pancartas de We are Basque, not British? Guipúzcoa, Treviño y Vitoria serían para el tercer firmante del acuerdo: Navarra.
Mientras el Príncipe Negro reclutaba unos 10.000 combatientes en Aquitania, en España, una parte relevante de las Compañías Blancas era licenciada, básicamente por los desafueros que seguían cometiendo allí donde iban. En enero de 1367, las tropas inglesas cruzaron la frontera navarra hasta San Juan de Pie de Puerto. Entraron en Álava en marzo. El 3 de abril, en Nájera, las tropas de ambos bandos castellanos se enfrentaron. Fue una victoria sin paliativos de los ingleses, que casi lograron capturar a Enrique de Trastámara, quien hubo de huir a Francia a uña de caballo.
Dado que Pedro I, su sobrenombre lo deja claro, era propenso a la brutalidad, no le importó que las tropas anglo-gasconas que le habían dado la victoria en Nájera se desempeñasen en tierras de la actual comunidad autónoma riojana con una violencia similar a las compañías blancas. Lo cual no le ayudó precisamente a allegar partidarios en la guerra civil castellana.
En Francia, el huido Enrique estrecha lazos con los francos. En el tratado de Aigües-Mortes, agosto de 1367, el bastardo consigue una nueva ayuda militar. En paralelo, en el otro bando las cosas se ponen chungas pues, cuando el inglés se quita la armadura negra y reclama su soberanía sobre los vizcaínos, Pedro va y dice que va a ser que no, que es que se pasó de frenada, que si tal, que si pascual. El mismo mes de agosto que el Trastámara estaba reclutando los soldados franceses, el Príncipe Negro abandona Castilla. En septiembre, tras la entrada de Enrique en tierras castellanas por Calahorra, el Cruel se da cuenta de la capullada que ha hecho tangando al heredero de la corona inglesa, y trata de atraerlo de nuevo para su causa. Pero el Príncipe Negro no era persona a la que se pudiese sacar dos veces a la pista a bailar el mismo vals. Como resultado de la situación, Enrique barre las tierras castellanas de norte a sur, y en abril de 1368 está echando lapos en las murallas de Toledo. Pedro I se refugió en Andalucía, al calor del califato nazarí, desde donde intentará liberar Toledo a principios de 1369.
En el campo de Montiel, las tropas de Pedro y Enrique se encuentran, y del enfrentamiento se produce una victoria sin paliativos del Trastámara. Pedro se refugia en el castillo de Montiel y envía a uno de sus hombres a contactar con el francés De Duglescin, al que ofrece el oro y el moro por pasarse a su bando. El taimado gabacho hace como que acepta y cita en su tienda al rey castellano para sellar el pacto. Pero es una celada. En la noche del 22 al 23 de marzo de 1369, entrando Pedro I en la tienda del francés, allí le está esperando Enrique de Trastámara quien, tras una pelea de cine, acaba con la vida de su hermanastro.
Hay que ser muy cuidadosos a la hora de valorar las consecuencias de la guerra castellano-aragonesa. Digo esto porque lo que os acabo de relatar es un caso muy curioso de la Historia en el que quien pierde, gana. Porque, increíblemente, para mí no hay duda de que el gran ganador de aquella guerra entre Castilla y Aragón sería la primera; que, formalmente, la perdió.
Las razones son varias.
Pocas décadas después de la celada de Montiel, Castilla, por obra y gracia de su reina Isabel, ejercería la fusión por absorción de la corona de Aragón, con la aquiescencia de la dinastía reinante en dicho reino, que sabía lo suficiente de geopolítica como para entender que su futuro estaba en la asociación con el gigante castellano. ¿Cómo pudo ser esto, pues, si Pedro el Ceremonioso había terminado por ganar la guerra pretérita entre los dos pedros?
Pues por la sencilla razón de que Aragón, en el objetivo de vencer sobre los castellanos, primero; y apoyar el partido del bastardo golpista, después, se dejó su capacidad de tener algún día soberanía económica suficiente como para ser independiente. Un problema que comenzó a sufrir Aragón en los albores del siglo XIV y que permanece vivo en los discursos del actual molt honorable president de la Generalitat catalana.
Aragón salió de la guerra literalmente drenado de todo recurso importante. Hay que decir, en todo caso, que las raíces de este problema ya existían antes del conflicto. Un aspecto que sería interesantísimo estudiar (de hecho, si me tocara el Euromillones, es, probablemente, a lo que yo me dedicaría) y del que, cuando menos en mis lecturas, se habla poco, es de la prevalencia de Castilla sobre Aragón por razones fiscales. En mi opinión, uno de los factores principales que fortalece a Castilla en el siglo XV es el hecho de que se trata de una nación con un sistema tributario mucho más eficiente que su vecino aragonés. Las muy queridas libertades territoriales de los catalanes, valencianos, aragoneses y baleáricos fueron un lastre para su nacimiento como nación fuerte, porque el sistema constitucional aragonés tendía a la confederación y, como demuestra muy bien la guerra civil estadounidense, cuando una coalición está confederada, es muy difícil coordinar adecuadamente los recursos. Castilla, en cambio, tenía un sistema fiscal mucho más eficiente, centralizado, que le garantizó, durante toda la tardo Edad Media, un flujo de recursos adecuado para construir su poder.
Castilla salió de la guerra con Aragón razonablemente bien desde el punto de vista económico, a pesar del tristísimo espectáculo que debían ofrecer las plazas mayores de sus villas, petadas de hombres ociosos, con los pies o las manos cortadas tras las numerosas represiones masivas dictadas por el rey cruel. En cambio, Aragón ingresó en la incapacidad de financiarse y, en esas circunstancias, su asociación a una potencia mayor era sólo cuestión de tiempo.
Para colmo, esta situación situó a los aragoneses ante una disyuntiva fatal que explica una parte importante de la geopatía del nacionalismo catalán: castellanos, o franceses. No por casualidad decía Françesc Cambó que Francia es la principal razón de que los catalanes no deban coquetear con dejar de ser españoles. La política de alianzas de Enrique de Trastámara (que tampoco es reprochable; se alió, literalmente, con el que quedaba en el marco de un enfrentamiento europeo) hizo que Aragón entrase en la órbita francesa; en una órbita que, la Historia lo demuestra, no admite hermandades ni colegueos; cuando se está con el francés, se le rinde pleitesía, y punto.
El final de la guerra con Castilla colocó a Aragón en una vía de sentido único cuya estación terminal era acabar en los brazos (literalmente) de aquél a quien había combatido.
Castilla, en cambio, se encontraba en la típica situación de quien ha resuelto una guerra civil con la derrota de una de las partes, dispuesta a mirar hacia adelante, sin grandes obstáculos interiores. Es cierto que tenía compromisos con Francia, y de hecho los cumplió en la batalla naval de La Rochela y probablemente, por esa causa, perdería Portugal, otro predio que naturalmente le debiera haber pertenecido, por cuanto cuando Juan I se quiso ceñir la corona lusa, con rapidez llegaron en ayuda de los locales las tropas inglesas, que dieron su medida en la mítica batalla de Aljubarrota y comenzaron, con ello, la secular alianza entre británicos y portugueses.
La guerra de los pedros, y la guerra civil castellana que le siguió o más bien se confundió con ella, es, por todo ello, un episodio fundamental en el nacimiento de esa cosa que llamamos España.
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Siglo XIV
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