jueves, noviembre 05, 2009

El ¿genio? militar de Franco (1)

Este blog se va de puente. Alegraos por mí y, si no, bien pensado, ni puta falta que hace. El caso es que dentro de unas horas me marcho a la costa y ya no volveré a estar cerca de un ordenador hasta la tarde del lunes. Os dejo, mientras tanto, un post que quería terminar en una sola toma pero que, al final, se me ha enrrollado y he tenido que concebir en dos. A quienes lo leais y tengais algún comentario que hacer, os ruego que así lo hagais, pero que tengais paciencia, porque de viernes a lunes no habrá ningún humano disponible para moderar los comentarios.

Y este asunto de los comentarios, unido al hecho de que tengo muy comprobado de que en la red, cada vez que se habla de Franco, todo el mundo, tirios y troyanos, se pone muy nervioso, me mueve a hacer, asimismo, un comentario.

La regla básica de este blog es ésta: los personajes históricos son eso, personajes históricos. Personas, la inmensa mayoría muertas, que hicieron cosas lo suficientemente importantes como para someterse al escrutinio público de gentes como quien escribe este blog y quienes lo leen. Esto es así y, si no querían ser zaheridos, que no se hubieran metido en berengenales históricos. Así pues, en este blog, de Felipe II, de Franco, de Azaña, de Viriato y hasta de Favila está permitido que se diga que eran gordos, feos, tontos, guapos, inteligentes, estúpidos, ubretudos o lo que al comunicante se le ocurra. En este blog a los personajes históricos cada uno los pone como le sale de las narices según su leal saber y entender.

Con las mismas, sin embargo, las personas que en este blog participan, incluidos, por supuesto, sus amanuenses, son intocables. He pasado un par de comentarios por advertencia, pero ya no lo voy a hacer más. En este blog no se va a publicar ningún comentario insultante o despreciativo hacia ninguna de las personas que coloquen comentarios ni los autores de los post. Si a alguien no le gusta que yo diga que Fulano de Tal era tonto del culo, que le defienda. Con argumentos. Pero si le defiende a base de considerar que el tonto soy yo, o que no me entero, o que soy esto o soy lo otro, o que el tipo ése que colocó el segundo comentario es un idiota, o tal, seguirá pasando lo que está pasando ahora, es decir: el comentario no se publicará. Per saecula, saeculorum.

Y ahora vamos con la pregunta de hoy, que es si Franco era listo, o tonto.



Una de las cosas para las cuales «ha servido» la transición política es para que la historiografía se haya podido plantear el juicio en torno a la figura del general Francisco Franco. Durante muchas décadas, los juicios sobre su figura se caracterizaban por un notable radicalismo, bien que se hiciesen dentro o fuera de España. El efecto no ha terminado todavía y es lógico pues, si hemos de creer en esa regla que dice que los hechos no son Historia hasta que hayan pasado 50 años en la vida de las sociedad que los juzgan, todavía quedan unos cuantos años, como 16, para que haga 50 años de la muerte de Franco. No obstante, es un hecho que para la cultura histórica, poder juzgar la figura de Franco desde una posición no necesariamente militante ha sido un respiro, como lo es siempre estas circunstancias.

Un punto crucial del juicio de Franco es su calidad como militar. Francisco Franco Bahamonde fue muy jaleado en su juventud como un militar de carrera meteórica que llegó a ser general con algo más de 30 años. Estaba, pues, subido a la cima de la gloria militar en un momento de su vida en el que mucha gente apenas está todavía despegándose del botellón. Tras la guerra civil, fue considerado un genio militar que ahora aunaba, además, genio político. El no va más, vaya.

La verdad es que, por mucho que les joda a los que lo odian y sobre todo a los que lo sufrieron, Franco muy políticamente tonto no pudo ser. Alguien que logra ser un fascista de libro y aún así sobrevivir en el momento en que el fascismo es barrido de Europa y acabar siendo gran amigo precisamente de quienes lo barrieron, es, nos guste o no, alguien que sabe jugar sus cartas con habilidad. Con las mismas, hay cosas en su forma de hacer que revelan una simpleza acojonante. De Franco se ha dicho muchas veces, para mi gusto con total acierto, que consideró España como el inmenso patio de un cuartel, y pensó que podría gobernar el país como se gobierna dicho patio, esto es a toque de corneta y apelando a la disciplina.

Todo esto, sin embargo, pertenece al ámbito de lo subjetivo, y como todo lo subjetivo tiene jodido consenso. Se supone, sólo se supone, que el elemento militar es más fácil de analizar, más frío. Sin embargo, conforme avanza el tiempo y los análisis en torno a la figura de Franco son más libres, se va haciendo más patente que éste, el de su genio militar o estulticia militar, es otro campo para la polémica.

En este post intentaré, al nivel de mis conocimientos (ya he escrito muchas veces que lo mío es más la política que lo militar), cuáles son los pivotes en los que gira el debate en torno a si Franco fue un buen militar o un tuercebotas con suerte. Si conocéis alguno más, los comentarios están abiertos para vuestras consideraciones.

El primer elemento es la decisión de entrar en Toledo y liberar el Alcázar, donde resistía numantinamente el coronel Moscardó.

En primer lugar, se ha apelado a esta decisión de Franco basándose en la necesidad de procurar auxilio a unos compañeros que le eran fieles, alimentando esa imagen del militar que nunca deja a los suyos en la estacada. Creo que aquí sí que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que esa imagen pertenece a las películas, pero no a la realidad. Muy a menudo, los militares dejan a compañeros suyos en la estacada por necesidades bélicas y estratégicas, y en la propia guerra civil hay ejemplos tan diáfanos como el del monasterio de Nuestra Señora de la Cabeza, cuyos resistentes aguantaron carros y carretas como Moscardó pero, finalmente, tuvieron que rendirse.

Visto esto, es sospechoso el hecho de que Franco liberase el Alcázar. Cuando las tropas africanas que comandaba el general pisan la península, su primera obsesión, y es por ello que resulta tan sangrienta la batalla de Badajoz, es conectar las dos bolsas de ataque nacionales en ese momento desconectadas: el Norte, nucleado alrededor de Mola y su sublevación en Pamplona; y el sur, donde están Franco y Queipo. La línea de evolución lógica es Extremadura porque, teniendo en cuenta que en Portugal existe ya entonces un régimen proclive a los sublevados, «subiendo» por Extremadura lo que consigue Franco es tener su flanco izquierdo seguro e, incluso, poder aprovisonarse por ahí. Desde Badajoz, Franco tiró claramente hacia Madrid, consciente de que, si caía la capital, era más que probable que la guerra hubiese acabado. Sin ir más lejos, de haber conseguido los franquistas tomar Madrid en las primeras semanas de la guerra, a la República le habría quedado Cataluña, el Este y partes del Norte; pero se habrían quedado, por ejemplo, sin las reservas de oro que les sirvieron para comprar las armas soviéticas.

Desde el momento en que Franco toma Talavera, todo el mundo parece tener claro que va a saltar sobre Madrid como una pantera. Pero no lo hace. En realidad, se desvía de su camino natural. Talavera, os bastará mirar cualquier mapa para comprobarlo, está ligeramente más al norte que Toledo y su vía natural de llegada hacia Madrid es lo que hoy es la autovía de Extremadura y no, desde luego, la carretera de Toledo.

A partir de aquí, dos teorías.

La primera, como digo, destaca que Franco tuvo un gesto de camaradería y sensibilidad militar hacia sus camaradas, y les salvó. Otros, como los atrapados en Jaén, estaban en la misma situación, pero no tan cerca. Además, suele indicar esta versión, Franco se habría dado cuenta de que si seguía avanzando hacia Madrid sin haber resuelto lo de Toledo, habría dejado al enemigo a su espalda, creándose un frente nuevo.

Los críticos de esta idea dudan de este último argumento. Según esta interpretación, de haberse hecho evidente el avance de las tropas nacionales hacia Madrid, lo que habrían hecho los republicanos que combatían en Toledo habría sido volver grupas rápidamente para defender la capital, con lo que ese segundo frente, se dice, nunca habría existido. Con todo, y siempre según mi opinión, la tesis más consolidada sobre por qué fue un error militar desviarse hacia Toledo es que esa decisión no fue ningún error. Al menos desde un punto de vista político o, si se prefiere, de relaciones de poder. Y aquí, aunque algo desarrollaré en las próximas líneas, no hay sino que retrotraerse al excelente post que sobre esta materia escribió ya Tiburcio.

El conocimiento masivo y profundo de la Historia nos hace a menudo perder la perspectiva de lo que los contemporáneos de los hechos sabían u opinaban. Hoy sabemos tantas cosas sobre las brutalidades de los campos de concentración hitlerianos que no podemos creer que Alemania entera lo desconociese todo sobre los hornos crematorios y las cámaras de gas hasta bien pasado el final de la guerra. Con las mismas, sabiendo lo que sabemos tendemos a cometer el error de ver en Franco un caudillo indiscutido casi desde el momento en que llega a Marruecos. Pero en esa visión olvidamos que el muñidor del golpe de Estado es Emilio Mola. Es a Mola a quien llama Martínez Barrios para tratar de parar el golpe de Estado; es a Mola, no a Franco, a quien ofrece un puesto en el gobierno. Y por encima de Mola aún queda otra figura, bien es verdad que un poco decorativa o simbólica, que es el general Sanjurjo, en las primeras jornadas de la guerra.

Mola comienza a perder terreno frente a Franco cuando el avispado gallego consigue tener hilo directo con italianos y alemanes y, consecuentemente, se convierte en la bisagra sobre la que gira la importantísima ayuda extranjera al bando nacional. El fuerte contingente italiano que se desplaza a España llega allí para ayudar a Franco más que a Mola. De hecho, para cuando los italianos empiecen a tener peso en el teatro de operaciones de Mola, el frente Norte, Franco ya será Generalísimo e, incluso, Mola estará ya muerto. No es intención de este post analizar el asunto de que si Mola murió de un accidente natural o provocado, pero quede aquí la idea, que es lo importante para este redactado, de que, en las primeras semanas de la guerra, Franco bien pudo sentir la necesidad de afianzarse como lo que no era, esto es líder indiscutible del bando rebelde.

Para esta estrategia, la operación del Alcázar le vino a Franco verdaderamente machihembrada. La acción del Alcázar fue una epopeya mundial de grandísimo impacto. Yo tengo un par de libros escritos monográficamente sobre el Alcázar por reporteros británicos (y éstos son los que son porque leo en inglés, que en francés también hay varios en el mercado) escritos en el tono épico de los grandes hechos. Con su gesto hidalgo, un poco modelo Fray Luis de León y su famoso decíamos ayer, el luego general Moscardó, con su sin novedad en El Alcázar, mi general, selló un importantísimo golpe de opinión pública para Franco que, en alguna medida, hizo ya casi inevitable su encumbramiento a su generalísimo destino.

¿Sabía todo esto Franco? ¿Lo había pensado? No sé , que hablen los francólogos. Lo que sí sé es que le dijo asu círculo íntimo que se desviaba a Toledo porque era consciente que liberar la ciudad suponía dar un golpe de moral (de moral, no estratégico) al enemigo. ¿Pensó que, además le daba un golpe moral, quizá definitivo, a los «enemigos» que pudiera tener a la hora de conseguir el mando supremo del bando nacional? Joder, si yo supiera eso, sería Rappel, no te jode.

Los ocho días que perdió Franco liberando Toledo fueron suficientes como para que la República recibiese el primer material de la URSS, amén de dos brigadas internacionales y otras tropas españolas, con las cuales pudo parar los pies de los nacionales a la vera de la capital durante el resto de la guerra. En parte, este estancamiento de años, según algunos estudiosos, es propiamente consecuencia de la acción de El Alcázar pues, llegándose desde Toledo, los nacionales tuvieron que atacar Madrid encontrándose un obstáculo natural como el río Manzanares; mientras que, de haber avanzado desde Talavera todo tieso, habrían conectado con las tropas que hostigaban la ciudad desde el norte y habrían entrado más o menos por la carretera de La Coruña, con mayor facilidad.

La siguiente decisión de Franco sobre la que existen dudas es la toma de Málaga. La caída de Málaga en manos nacionales fue de enorme importancia para la República, pues sirvió de excelente apoyatura para los asesores soviéticos y los comunistas en general para agitar los puños (nunca mejor dicho) en las narices del general Asensio y del presidente Largo Caballero, culpándoles de aquella pérdida y consiguiendo, de hecho, la defenestración de la camarilla militar de Caballero. Pero estratégicamente Málaga no fue tan importante. No lo suficiente, dicen los críticos de Franco, como para comprometer en dicha toma la formación del cuerpo expedicionario italiano que Mussolini había enviado a España.

En efecto, los primeros 6.000 o 7.000 camisas negras que el fascismo romano envió a España no fueron destinados a Aranda de Duero, donde se estaban formando las divisiones italianas, sino a Málaga. Estas tropas, al mando del general Mario Roatta, se aplicaron a tomar Málaga casi al mismo tiempo que arriba, en el Jarama, había comenzado la muy sangrienta batalla en la que los republicanos, y muy especialmente las Brigadas Internacionales, colocaron un muro de sangre que Franco no pudo traspasar.

Franco inició la batalla del Jarama para cortarle a Madrid el último cordón umbilical que a la postre le quedaría (la carretera de Valencia), pero sus tropas se empantanaron tras una serie de pequeños avances y fueron batidas por los republicanos, que se fueron a por él con todo lo gordo, que era mucho. A la luz de estos hechos (un ejército extenuado que acaba atrapado por el embate imparable de un enemigo superpertrechado) cabe preguntarse: y, ¿qué hacían más de 5.000 italianos, recién duchados y en perfecto estado de revista, con sus tanquetas, con su artillería, con su todo, bailando sevillanas en Málaga? Hay quien dice que estaban ahí porque Queipo se puso de canto. Aunque, la verdad, resulta difícil de creer que a Franco le pudiese llegar a importar una mierda que a Queipo le picase el huevo izquierdo.

Franco necesitaba un respiro en el Jarama, y ese respiro tenía que dárselo el golpe, con puño de hierro, de los italianos en Guadalajara. Pero la batalla de Guadalajara, como sabréis cualquiera de los que leéis esto y tengáis un par de horas de vuelo leyendo cosas de la guerra civil, la perdieron los italianos más o menos con la misma contundencia con la que algunos son batidos por el Alcorcón, club de fútbol. Por lo tanto, la jugada no le pudo salir peor a los nacionales, pues la batalla de Guadalajara se perdió y, además, planteándola se diversificaron efectivos en dos frentes distintos, Jarama y Guadalajara, cuando alguien más listo habría apostado sólo por uno.

Para algunos estudiosos, la batalla de Guadalajara es, pues, otra cagada de Franco. Pero las cosas no están tan claras.

En contra de la tesis, quizá demasiado simplista, de que fue Franco quien cometió todos los errores en el binomio Jarama/Guadalajara, tenemos que tener en cuenta que el otro gran elemento de la movida es el ejército italiano, es decir un cuerpo expedicionario cuyo jefe supremo es alguien tan impredecible, tan exagerado y tan sanguíneo como Benito Mussolini, personaje de escaso bagage intelectual bélico pero que, cuando envía a sus primeros voluntarios a España, está bélicamente empalmado tras sus victorias coloniales, que le hacen creer es la polla de Montoya y que Hitler es algo así como su discípulo.

Gualajara, población por la que el 18 de julio ningún bando mostró un interés intenso, acabó cayendo del lado republicano gracias a los buenos oficios del anarquista Cipriano Mera, quien también se hizo con Cuenca en una operación en la que apenas contaba con Manolo y el de la guitarra. En diciembre del 36 una pequeña columna republicana, la de Jiménez Orge, había partido desde la ciudad hacia Sigüenza con la intención de atacar el bastión nacional, y consiguió abrirle una brecha a los franquistas tomando Mirabueno, Almadrones y Algora. Para enero, sin embargo, los nacionales habían recuperado estos pueblos. El día de Inocentes de 1936, el recién ascendido general Moscardó le propone a Mola una acción decidida en la carretera de Aragón para consolidar ese frente cuya vulnerabilidad ha demostrado Jiménez Orge. Mola se lo propone a Franco y éste está a finales de enero considerando la situación. El estudio de esta acción será el germen del ataque del Jarama.

Pero algunos días después, concretamente el 13 de febrero, ocurre algo. Desde el 8 y hasta el 12, buena parte de los italianos desembarcados en Cádiz han estado empantanados tomando Málaga, pero Málaga ya ha caído. Por eso, siguiendo quizás las indicaciones de su Duce, le envían un mensaje a Queipo en el que le exigen ser destinados a alguna acción que les pueda reportar gloria. Queipo, que tiene el sur más o menos en situación estabilizada, pasapalabra y le endilga el marrón a Franco o, como a él le gustaba decir en privado, Paca la Culona.

En todo caso, la acción de los italianos muestra que, al menos algunos de ellos, tendían a creer que todo el monte era orgasmo y que, por lo tanto, si se habían paseado por Abisinia, igual se pasearían por España.

Emilio Faldella y Giacomo Zanussi, jefe y subjefe del Estado Mayor de las CTV respectivamente, conferencian en Salamanca con los grandes estrategas del bando nacional. Lo que se encuentran estos dos jóvenes mandos militares de nuevo cuño fascista es a un Franco en estado puro. El general español pasa fríamente de las ampulosas peticiones de gloria de los italianos y abre la caja de los reproches. Franco está cabreado porque los italianos han creado con el CTV un pequeño ejército dentro del ejército, y eso no va con él (en realidad, no le falta razón, porque la más que relativa independencia de las Brigadas Internacionales respecto del Ejército Popular de la República, en otro bando, creará problemas casi constantes).

Si hemos de creer a estudiosos de la cosa como La Cierva, Franco, en ese momento, le pide a los italianos que le ayuden en el frente cordobés, importante porque los nacionales quieren hacerse con las minas de Almadén; y en el Norte, o sea la campaña de Euskadi. Los italianos, sin embargo, no quieren ir al Norte (aunque acabarán haciéndolo, pues de hecho los vascos firman con ellos el ominoso Pacto de Santoña), probablemente para no coincidir con los alemanes, con los que tal vez habían llegado a algún tipo de acuerdo de reparto de esferas de influencia. Mussolini lo que quería era que su Corpo Truppe Volontarie iniciase un avance desde Teruel hacia el mar, rompiendo la zona republicana en dos. El Duce se hacía pajas imaginando a sus camicie nere entrando en Valencia. La cosa tiene lógica, pues Valencia es, tal vez, una de las ciudades españolas más conocida en Italia, por aquello de que los Borgia eran de allí.

A Franco los testículos se le caen y se le marchan rebotando por el suelo de la sala del palacio episcopal cuando escucha esa petición. Como decimos aquí, es posible que no fuese ninguna lumbrera militar. Pero no era tan tonto'l'culo como para no darse cuenta de que esa operación, en febrero de 1937, era imposible. Franco partiría en dos la zona republicana ya al final de guerra, y sus buenos muertos le costó. Apenas medio año después de iniciadas las hostilidades, habría sido mucho peor. Y es para evitar esta chorrada, según sus hagiógrafos, que propone a los italianos que peleen en Guadalaja.

Yo veo, pues, dos versiones, o dos tipos de versiones, contrapuestas. Según una, Franco fue estúpido y torpe al plantear dos batallas a la vez en lugar de sólo una, distribuyendo el esfuerzo en exceso y demostrando con ello escaso genio militar; error que tendría un precedente en el gesto de permitir que la fuerza italiana se gastase tomando Málaga.

Según la otra versión, su decisión de abrir la batalla de Guadalaja se produce a causa de los planes imperiales de los italianos, que se quieren ir a Valencia a triunfar como en Addis Abebba, probablemente pensando que los republicanos eran como los abisinios. A mí, personalmente, esta segunda versión me parece bastante sólida; pero, sin embargo, me sigue quedando la duda de por qué no se dejó de hostias y empleó a los italianos directamente en la pelea del Jarama. Porque la batalla de Guadalajara empieza el 8 de marzo, es decir una semana después de que terminase la del Jarama. Pero si la reunión de Salamanca fue el 13 de febrero o en sus aledaños, parece que hubo, pienso yo, tiempo para que los italianos llegasen al Jarama (la batalla duró hasta el 27 del mes, según leo).

Lo que es un hecho es que la colocación sucesiva de las batallas del Jarama y de Guadalajara (primero una, luego otra), permitió a los republicanos optimizar sus fuerzas y utilizar algunas de ellas de hecho en los dos enfrentamientos; algo que, obviamente, no habrían podido hacer si ambas agresiones se hubiesen producido a la vez.

Tras la derrota de Guadalajara, Franco cambia de táctica, en un movimiento que tiene sus defensores y sus detractores. Abandona Madrid como objetivo a corto plazo; de hecho, ya en abril de 1937, creo yo, Franco conceptúa la caída de Madrid como lo que fue, es decir una simple y pura consecuencia del final de la guerra. A partir de la primavera del 37, el epicentro de la guerra se desplaza al frente Norte, y ya no parará hasta que dicho frente deje de existir en la práctica.

Los críticos de Franco señalan que, con la enorme cantidad de fuerzas que para entonces estaba acumulando, con más y más italianos y la Legión Cóndor alemana comenzando a dominar los aires, lo que tenía que haber hecho es seguir atacando Madrid. Mi opinión personal es que esta valoración es excesivamente dura. Volatizar el frente del Norte tenía, a mi modo de ver, bastante lógica. Franco tenía que estar informado por su inteligencia de los gravísimos problemas de coordinación que existían entre el gobierno vasco y el gobierno de Valencia, pues los vascos se empeñaron en conceptuar el llamado por Valencia Cuerpo del Ejército Vasco como un auténtico Ejército de Euskadi. En otras palabras, operaron como si, más que una autonomía con estatuto recién estrenado, fuesen un país independiente coligado con España en contra de los nacionales. Franco, pues, tenía que saber bien que los vascos serían proclives a no guerrear fuera de sus fronteras, atrapados por su milenaria tradición del árbol Malato. Si sus espías eran mínimamente listos, conocería los intentos de los vascos (y de los catalanes, por cierto) de negociar con las potencias europeas arreglillos por su cuenta. Franco tenía que saber, pues, que el eje Bilbao-Santander-Oviedo era un eje polícamente inestable y militarmente ineficiente. A mí me parece que tenía sentido atacarlo.

Hay otro factor, además. Cuando los franquistas toman Bilbao se encuentran, y esto es bien sabido, la capacidad industrial bilbaina completamente inmaculada. Por razones que nunca nadie ha sabido explicar, los vascos en su huida de Franco no destruyeron sus fábricas, que es lo que se debe hacer para no regalarle al enemigo PIB además de terreno. Son muchas las sospechas de que hubo pacto. Entre quiénes, no está claro. Pero tuvo que haberlo. Pero si hubo pacto, entonces Franco sabía cosas. Cosas que nosotros no sabemos y que, tal vez, le hicieron pensar que era interesante iniciar la campaña del Norte.


La semana que viene, más.

martes, noviembre 03, 2009

Barometreando

Off topic total, mientras preparo un articulito sobre Franco.

Supongo que todos sabréis que ayer salieron los primeros datos del barómetro del CIS de octubre en los que, entre otras cosas, se valoraba, como es habitual por estas fechas, la labor de los ministros de la nación. Así que me dio por preguntarme qué es lo que había pasado en este terreno «históricamente», es decir desde el primer barómetro de Zapatero. Tomando octubre como base, eso supone mirarse los correspondientes a octubre del 2004, 2005, 2006, 2007, 2008 y 2009.

Desde el barómetro de octubre del 2004, es decir desde que ganó las elecciones, Zapatero ha usado 34 ministros; de ellos, 19 buitres y 15 palomis. El periplo de valoraciones de 1 a 10, como en el cole, lo copio en la siguiente tabla, que espero (no puedo saberlo hasta que no cuelgue el post y pruebe) que se pueda ver razonablemente pinchando en la imagen, porque así, a bote pronto, hay que ser astronauta para distinguir las cifras.




Esta es la parte fría, o sea la de los datos. A partir de aquí, el análisis, que es algo más enjundioso.

Según estos datos, el ministro más popular de todos los que ha usado Zapatero es José Bono, quien se retiró, después de dos octubres, con una nota promedio de 5,46. No sé si este dato le gustará a Zapatero. A Bono seguro que sí (de hecho es probable que ya lo sepa). Eso sí, Bono fue un ministro relativamente efímero. Mucho más mérito tiene María Teresa Fernández de la Vega, que lleva en el tajo desde el primer día y aún así tiene un promedio ligeramente por encima del aprobado.

En el capítulo de nefastos se encuentran dos mujeres que hoy son ministras: Bibiana Aído tiene un promedio de 3,52, después de dos exámenes; y lo abracadabrante es lo de nuestra ministra seminal, Ángeles González-Sinde, que sólo ha pasado una preevaluación como quien dice y ya le han puesto, así, de salida, un 3,46. Para comprobar la crueldad de la nota baste que comprobéis en la tabla que Magdalena Álvarez, ministra polémica donde las haya a la que se le cayeron túneles y la de dios es su hijo, dejó el machito ministerial con una nota de 3,69. No parece que haya sido muy buena idea nombrar a la señora Querubines.

Otra cosa que veo es que hay una diferencia notable, amén de lógica, entre haber sido ministro en la primera legislatura de la ceja o serlo/haberlo sido en la segunda. Los que llevan ya dos años o así siendo ex-ministros pueden exhibir, por lo general, carreras muy aseaditas, con promedios por encima de 4, que para un político es como para hacer fuegos artificiales, y alguno (véase Pedro Solbes, sin ir más lejos) con notas que ya las querrían para sí sus sucesores.

La columna de desviación típica nos da una idea de con qué ministros ha sido la opinión más variable. Si no me he liado con las líneas, esta reflexión nos lleva a darnos cuenta de que los tres ministros en los que la opinión ha variado más bruscamente son ministras: Magdalena Álvarez, María Antonia Trujillo y Carme Chacón. Yo que tú, Carmen, me quitaba de ahí, que, no es por nada, pero en menuda foto estás posando...

En el capítulo de los más estables hay que tener cuidado porque hay algunos que tienen poca desviación porque tienen pocas calificaciones, pues fueron ministros durante pocos octubres. Es el caso de los catalanes Clos y Montilla, por ejemplo. O del propio Bono, Bernat Soria, César Antonio Molina... Personalmente, creo que el la desviación típica más meritoria es la de Alfredo Pérez Rubalcaba, muy baja, lo cual denota opinión estable, a pesar de que lleva ya bastante tiempo siendo ministro.

Por último, otro cálculo que he hecho, columna de la derecha, se refiere a la distancia existente entre la última calificación recibida por cada ministro (o bien octubre del 2009, o bien el último octubre en que fue ministro) y su mejor registro de la serie. Esta columna, pues, podría considerarse la columna de análisis sobre quién ha caído más bajo.

Esta vez, tenemos a un hombre al frente de la lista Quién te ha visto y quién te ve: Pedro Solbes, que subió bastante arriba (su promedio lo denota) pero también bajó lo suyo antes de irse, quizá por aquello de negar la crisis y tal. Eso sí, el ticket Álvarez/Trujillo le anduvieron cerca.

Por fin, he hecho un último cálculo: hallar los promedios de calificación por sexos. El resultado está en el gráfico que os copio aquí y que demuestra que, históricamente hablando, los ministros han tendido a tener una imagen media mejor que la de las ministras. En octubre del 2004, primer barómetro considerado, la imagen de los hombres del gobierno era en torno a un 5% superior a la de las mujeres, ratio que trepó más allá del 8% en el 2005, descendiendo bruscamente por debajo de la mitad al año siguiente y volviendo a ascender en el 2007. En el 2008 es el primer barómetro en el que la imagen colectiva de las ministras supera a la de los ministros, pero en este último barómetro ellas vuelven a estar por debajo, aunque en un leve 1,3%. La cuesta abajo parece que iguala bastante las cosas, quizá porque hay mucha menos buena imagen que repartir.


domingo, noviembre 01, 2009

La gran guerra vasca (y 7)

Los últimos actos de la gran guerra vasca van a tener lugar bajo el signo de dos sustantivos: división y cansancio. Dividido y cansado es como está el bando carlista al regreso de D. Carlos a su epicentro ideológico del norte. La derrota de la Expedición Real servirá para aflorar la multiformia de ese complejo movimiento político y, sobre todo, social, que llamamos carlismo decimonónico.

Como bien sabe cualquier político que haya ganado unas elecciones y luego las haya perdido, no hay nada más fácil que gobernar un movimiento político cuando le va bien, ni nada más difícil que mantenerlo en una mínima disciplina cuando está a la defensiva. El hecho de que el teórico heredero del trono de España hubiese tenido que volver a ver las orillas del Ebro desde el norte, en contra de lo que ampulosamente había jurado, instiló a los diferentes carlismos a enfrentarse por la dominación del movimiento. Dentro del carlismo convivían, no nos hemos cansado de repetirlo, muchas sensibilidades, entre las que cabe destacar el foralismo y el tradicionalismo, aunque se podría hablar de más, pues también había catalanes, militares de variada laya, persas... etc. D. Carlos nunca había ocultado su preferencia por el bando llamado apostólico, integrado por los tipos más ultramontanos de la España del momento, defensores de un total maridaje entre el trono y el altar y, conscuentemente, defensores de un estado de cosas que bien se identifica con eso que hemos dado en llamar Antiguo Régimen.

Apostólicos y foralistas no se tenían mucha ley. A los primeros, el posibilismo de los segundos, pues todo foralista que se precie tragará con muchas cosas con tal de que le conserven los fueros, les distanciaba. A los segundos, la Expedición Real, que había sido en gran parte una promenade apostólica, les había enseñado que los clericales estaban dispuestos a colocar muchos intereses por encima de los suyos como vascos y navarros. En tiempos de derrota, pues, lo que hasta entonces habían sido diferencias y críticas pasan a ser, al menos para algunos de los miembros de cada bando, intentos de anulación.

Los apostólicos fueron llenando la cabeza de D. Carlos, en la que probablemente había mucho espacio libre, con la idea de que la Expedición había fallado por culpa de los cobardes, de los tibios; argumento que tiene su gracia teniendo en cuenta que fue en parte su tibieza la que la había hecho fracasar. Así inflamado de amor a Dios y al trono de sus tatara-tatarabuelos, D. Carlos proclama, en Arceniega, su voluntad de arramblar con quienes le han traicionado. En un movimiento de acojonante autoestima, se autonombra comandante en jefe de las fuerzas carlistas (él, que acaba de retornar, por lo visto, victorioso) y coloca a la derecha de su sitial a un general navarro, Gergué, miembro del pequeño, pero ultrapeleón, partido apostólico navarro, absolutista hasta las trancas e, incluso, las barrancas. De los dichos, el bando clerical pasa a los hechos, forzando el consejo de guerra al general Zariátegui, el primer acusado de no haber hecho las cosas bien durante la expedición, que es juzgado en compañía de su lugarteniente Elio.

La condena a arresto de que son objeto los dos militares euskaldunes provoca una inmediata rebelión, comandada por el teniente coronel Urra, en Navarra, y que le costará a su cabecilla la cabeza entera. La locura eclesial persiste y D. Carlos, que no anda sobrado de genios militares, aún se permite purgar a elementos tan importantes como los generales Villarreal o Simón de la Torre. Cuando alguno de estos represaliados le dé por saco en Vergara, quizá D. Carlos se pregunte por qué, pues no hay mayor ciego que el que no quiere ver y, además, tiene todo el día a un coro de presbíteros asegurándole que ve como un halcón.

Fue esta política contra los generales foralistas la que acabó por impulsar a éstos a aglutinarse alrededor de una figura que será crucial para el proceso, la del murciano Rafael Maroto, quien ha comandado durante la guerra las tropas vizcaínas y se ha ganado el respeto de muchos militares vascos.

Hay que decir, además, que en el proceso de tratar de malquistar a los vascos con D. Carlos no fue ajena María Cristina, pues por aquel entonces las tropas de Espartero hacían propaganda mediante bandos en los que insinuaba la disposición de Madrid de respetar los fueros. Y es que María Cristina, quien tampoco tenía tantas diferencias con su oponente Charly el dinosaurio Borbondonte y, en realidad, quería que su hija dejara de ser una reina constitucional para volver a ser una reina por cojones histórico-religiosos, como todos los reyes antes que ella, María Cristina, digo, tenía sus propios problemas con unos tipos un tanto desarrapadillos que iban surgiendo bajo el nombre de progresistas, que pronto llegarán a tener mayoría en las Cortes, y con los cuales el sueño de volver a ser reina responsable tan sólo ante Dios y ante la Historia devendría en imposible. En medio de este enfrentamiento, una inesperada alianza con los vascos, que muy liberales en lo político no es que fuesen (salvo los donostiarras, en parte), aparecía como una oportunidad.

De los deseos de MC de parar la ola liberal-progresista es de lo que se alimenta un joven militar que ya descolla como alternativa a Espartero: el general Narváez, que será conocido como El Espadón de Loja.

Esta nueva «comprensión» por parte de palacio hacia el hecho de que los vascos y navarros tendrían derecho a conservar sus fueros es la que hace nacer en el carlismo el movimiento que algunos llaman «transaccionista», es decir partidario de una transacción con el bando contrario, transacción que se resumiría en la famosísima máxima de Paz y Fueros. Los transaccionistas vascos, entre llos cuales se encontraban Zariátegui o Eguía, el padre Cirilo o Ramírez de la Piscina, tenían de liberales lo que tiene Guti de educado. Eran simpatizantes de una monarquía controlada por unas cortes a la antigua usanza, estamentarias, y que votase su padre. Y eran, claro, foralistas.

El carlismo, para entonces, se divide en tres tipos diferentes de antiliberales: transaccionistas, que quedan descritos; persas, partidarios de una monarquía también a la antigua usanza aunque con ciertos controles al poder real; y puros o apostólicos, que bramaban desde el fondo de la caverna su defensa del rey omnímodo cuya justicia emanaría de la inspiración divina. De estos tres grupos, el primero dejará de ser carlista en Vergara para pasar a engrosar las filas de lo que se llamó partido moderado.

Espartero, oh sorpresa, consigue una sonora victoria sobre las armas carlistas en Peñacerrada; victoria que provoca la destitución de Guergué. Le sustituye el padre Cirilo, más posibilista, que se acerca a Maroto quien, automáticamente, recibe el aval de los militares vascos apartados del mando, como De la Torre o Urbiztondo, Zariátegui, Villarreal, Elio... Ante este movimiento que no les presagiaba nada bueno, los apostólicos preparan un golpe de mano en Estella pero, enterado Maroto, se dirige a la ciudad anunciándoles que los va a fusilar. Los apostólicos se encastillan, presentan batalla y se encuentran con la desagradable sorpresa de que sus propias tropas, el 18 de febrero de 1839, se colocan de lado del murciano. Las tapias se llenaron de sangre.

Maroto le envía un memorial muy valiente a su comandante en jefe y líder del mundo mundial por la Gracia de Dios. En dicho informe, reconoce que ha mandado fusilar a Guergué y a otros militares, y anuncia que «estoy resuelto, por la comprobación de un atentado sedicioso, para hacer lo mismo con otros varios, que procuraré su captura, sin miramiento a fuero ni a distinciones».

Este memorial pone a D. Carlos de los nervios. Realiza una proclama en la que declara traidor a Maroto. Tres días después, cuando comprueba que los que llevan armas y se baten el cobre pasan de su comandante en jefe como de deglutir deyecciones y están con Maroto, hace otra proclama en la que dice que no, que le ajunta. A este tipo de personajes nunca les ha preocupado ni poco ni mucho decir en la misma semana una cosa y su contraria. Al fin y al cabo, su Autoridad descendía directamente de Dios.

Los marotistas siguieron a D. Carlos hasta Tolosa y le exigieron que desterrase a los prohombres apostólicos, cosa que el pretendiente, cómo no, hizo. Los vascos hicieron pleno en el nuevo organigrama carlista: Zariátegui, jefe de Estado Mayor; De la Torre, jefe de las fuerzas en Vizcaya; Elio, en Navarra; Iturralde, en Guipúzcoa; y Urbiztondo, de la división castellana. A partir de ese momento, el final de la guerra carlista dejará de estar en manos de quien le da nombre, y pasa a estarlo de los vascos, quienes alcanzarán la paz a cambio de lo suyo.

En un principio, las negociaciones giran sobre tres puntos: los fueros, la conservación de los rangos de los militares carlistas, y alguna fórmula que salve los derechos dinásticos de D. Carlos. Es en este último punto en el que MC pone pies en pared.

Entonces Maroto intentó conseguir que Francia y/o Inglaterra le apoyasen en un proyecto de paz que, en esas condiciones, ni Madrid ni D. Carlos (bueno, éste menos que ninguno, pues estaba ya poco menos que a la orden) pudiesen rechazar. Los franceses de Luis Felipe apoyaron un acuerdo basado en los tres puntos de negociación, mediante el cual se conservaban los fueros, los rangos, y se hacía una especie de juego revuelto con la cuestión dinástica: tanto D. Carlos como María Cristina deberían salir de España, el primero renunciando al trono; aunque, a cambio, Isabel debería casarse con algún hijo del primero. Los ingleses, en cambio, no tragaron. La propuesta que le hicieron llegar a Maroto decía que sí en lo de los rangos, pero nada más. Establecía que D. Carlos debía pirarse de España (sólo él) y, en el caso de Vascongadas y Navarra, se mostraba partidaria de que conservasen sus privilegios «en cuanto sean compatibles con el sistema representativo de gobierno que ha sido adoptado por la España toda».

Probablemente, a Maroto lo que le pedía el cuerpo era mandar a la mierda a los ingleses. Pero, mientras leía su propuesta, en Navarra los apostólicos se amotinaron y, lo que es peor, en Vizcaya las tropas se negaron a cargar contra las fuerzas esparteristas. El personal estaba hasta los huevos de la guerra. Así las cosas, las negociaciones comenzaron a fructificar, más que nada porque los negociadores vasco-carlistas dejaron caer sin una lágrima la tercera condición (los derechos dinásticos de su teórico líder) de la lista que reivindicaciones irrenunciables.

D. Carlos reaccionó. Su reacción, por lo demás, conforma un episodio que le encanta a la historiografía vasca, y la verdad es que no me extraña. Se presenta en Elgueta, donde se concentran bastantes tropas carlistas, a las que formó y soltó una arenga antitransaccionista de la hueva. Cuando terminó, los soldados le saludaron... ¡con vivas a Maroto! Entonces el rey, cuenta la historia o, tal vez, la leyenda, fue informado por un asistente: «Señor, es que no hablan castellano». Hace que un general traduzca su arenga al euskera y las tropas, tras oírlo, saludan con el grito que entonces se hizo más común: «¡Pakea, pakea, pakea!».

Algunos días más tarde, y tras las últimas negociaciones en Oñate, Espartero redacta el famoso artículo 1 del armisticio que establece que «recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los Fueros». Es lo más lejos que puede llegar, pues en aquella España ya embrionariamente constitucional ni un general, ni siquiera una reina o su regente, podían garantizar una decisión que era competencia de las Cortes. Maroto, De la Torre, Urbiztondo y el resto de los transaccionistas lo saben; no hay más leche en esa ubre.

Los ejércitos se encuentran en Vergara, donde se da el famoso abrazo.

Es el final de la gran guerra vasca.

miércoles, octubre 28, 2009

La gran guerra vasca (6)

La Expedición Real recibió este nombre porque fue un miembro de la familia regia, el mismísimo candidato (creo que entre reyes se habla más de pretendiente) Don Carlos, el que la lideró.

El árbol borbonesco ha demostrado su capacidad de alumbrar frutos bastante limitaditos en su inteligencia; el de D. Carlos es uno de esos casos. Personaje un tanto infatuado, amigo de las camarillas de aduladores, que es lo peor que puede cultivar alguien que de verdad quiera pisar la tierra y no vivir en el universo de las chorradas, D. Carlos podía haber aprendido de la expedición de Gómez que eso de andar haciendo la vuelta a España con las partidas carlistas tenía su precio. Sin embargo, en lugar de darse cuenta de eso, llegó a la conclusión de que la expedición de Gómez había incrementado el prestigio del carlismo.

La teoría del pretendiente tradicionalista era que el único problema que había tenido Gómez era que sus tropas eran delgaditas. Consecuentemente, juntó un impresionante ejército de 12.000 efectivos para su propia expedición la cual, en un optimismo sin límites que nunca tuvo la menor base, generaría, nada más pasar el Ebro, que Prusia, Rusia y Austria la declarasen la guerra a la España oficial y peligrosamente liberal.

Así pertrechado, D. Carlos puso rumbo a Cataluña, con el fin de captar más soldados allí. Los inicios de la expedición los contaron los carlistas por victorias. Espartero no llegó a tiempo de pararlos en Pamplona. A Iribarren le ganaron en Huesca. A Oraá, en Barbastro.

Se suele decir que en la primera guerra carlista dicho bando dominó Cataluña. Lo mismo es verdad, porque los significados del verbo dominar pueden ser muchos. Pero lo que es un dato inquietante es aquél que nos dice que, a la llegada a Cataluña de la Expedición Real, ésta apenas pudo engrosar 3.000 soldados más, magra fuerza para una región tan poblada y que teóricamente era dominada por los partidarios de D. Carlos. Existen testimonios, de hecho, de que la realidad era muy otra. Dentro de las partidas carlistas catalanas, normalmente pequeñas y mal pertrechadas, había no pocas que se dedicaban al pillaje, lo que les había granjeado la oposición del campesinado local. Esto tuvo como consecuencia que la expedición real se encontrase en Cataluña con unos problemas a la hora de encontrar manduca que no había tenido ni en el País Vasco ni en Navarra (lo cual insinúa que ambas dominaciones no eran de la misma calidad). Para colmo, las tropas catalanas se dieron el piro en Guísona, en el momento en que, habiendo planteado batalla las tropas cristinas, pintaron bastos para los de la boina. La enorme fuerza de 12.000 hombres, más 3.000 catalanes, sobre la que un día mandó el pretendiente, era ahora de unos 4.000. Las deserciones, ergo, fueron masivas.

El 17 de julio, salió de Álava un segundo ejército carlista, comandado por Zariátegui, con la misión de acercarse por Madrid y distraer a las tropas cristinas. Con apenas 5.000 hombres, el general euskaldún hizo la machada de asaltar Segovia y tomar su famoso alcázar. El siguiente objetivo fue Madrid, pero allí estaba Espartero con unas tropas que cuadruplicaban las capacidades de los atacantes, por lo que éstos se replegaron a Burgos.

Más o menos cuando caía Segovia en manos de Zariátegui, D. Carlos conseguía cruzar el Ebro en Xerta y contactar con el general Cabrera; la acción que, según él, iba a provocar que media Europa le apoyase y que, por supuesto, no ocurrió. Se movieron hacia Valencia y en Vilar de los Navarros le administraron una sonora derrota al general Buerens. Esta victoria les dejaba expedito el camino de Madrid.

Lo que pasó entonces me es, cuando menos a mí, difícil de explicar. ¿Por qué los carlistas no intentaron tomar la Corte, ahora que, tras las victorias valencianas, tenían de nuevo tropas bien surtidas y relativamente numerosas? Es difícil de saber. Por lo que he podido leer, se sabe que Cabrera era partidario de dar el golpe, pero que D. Carlos se lo impidió. Todo parece indicar que ambos tenían prioridades muy diferentes. A Cabrera le obsesionaba avanzar deprisa y ser capaz de golpear. D. Carlos se paraba en cada pueblo a organizar a los sacerdotes de su séquito para que dijesen misas y esas cosas. Cabrera acabó tan encabronado que se desafectó y abandonó la columna de la Expedición Real. Ese gesto, probablemente, dejó a los carlistas sin fuerza ni posibilidades de afrontar la operación. Hay, creo yo, dos versiones. La bienintencionada con D. Carlos nos dice que él sabía que Espartero ya se dirigía hacia la capital con 30.000 hombres, así pues pensó que podía tomar Madrid, pero difícilmente retenerla. La malintencionada sostiene que el pretendiente, simplemente, creyó que Madrid caería como fruta madura y se le entregaría. Tonto como para pensar eso, lo era de sobra. Un tipo que se cree que en Viena, entonces el centro del mundo, se van a poner en movimiento porque unos piernas crucen un puto río, o está tolili o se lo hace, que al caso es lo mismo.

Abandonado por Cabrera, encabronado con el resto de sus generales y, muy especialmente, los vascos, que veían en la toma de Madrid el desplazamiento definitivo del centro de gravedad de la guerra carlista fuera de sus tierras, D. Carlos se dirigió al sur. Conforme más bajaba, más disensiones había en su ejército, y más encabrone general. Acabó claudicando y ordenando volver al norte, eso sí sin volver a cruzar el Ebro, pues había jurado que una vez cruzado ya no volvería atrás. No obstante, las tropas navarras del infante Sebastián, hartas de no estar en casa, se amotinaron, montaron la mundial, y tanto Sebastián como Zariátegui tuvieron que cruzar el Ebro hacia el norte. Humillado y convencido, como suele pasar siempre con los grandes jefes, que la culpa es de los otros, D. Carlos tuvo que volver al País Vasco. En las semanas siguientes enviaría dos expediciones más de castigo a Castilla, que terminaron como el rosario de la aurora.

La expedición real, pues, es un episodio carlista muy típico, en el que el bando tradicionalista español se moviliza partiendo de una base errónea. Es el problema de aceptar acríticamente axiomas que distan mucho de ser verdaderos per se. En este caso, el axioma fue: España me ama. Los españoles que no son carlistas son una especie de carlistas durmientes, adocenados, que sólo están esperando que llegue por su pueblo un Libertador que los despierte. D. Carlos pensaba esto porque hacía una extrapolación simple de lo que vivía en las provincias vascas y en Navarra, con lo que demostraba que no había sabido leer el partido correctamente. Como ya empezamos diciendo en nuestro primer comentario sobre este asunto, el carlismo decimonónico es un fenómeno interesantísimo por lo polimórfico. Tiene, por lo tanto, muchas caras, muchos planos diferentes. Es algo lógico en un movimiento que fue capaz de provocar, uno una guerra civil, sino tres. Tres.

Todo o casi todo de la actitud de D. Carlos durante la Expedición Real apunta a una concepción basada en que España caería a sus pies a su paso, reclamando a la par que admitiendo la indudable prelación que sobre los destinos del país tenían tanto su persona como la forma de concebir la monarquía y la propia nación que defendía. Quizá fue así porque D. Carlos sabía que ir a Navarra y jurar los fueros fue todo uno para que los navarros y gran parte de los vascos hicieran precisamente eso. Pero pensar de esa manera equivalía a argumentar que los vasconavarros eran fueristas porque eran carlistas, cuando la proposición verdadera debe ordenar los términos de la otra forma, y aquí no hay propiedad conmutativa. Los vascos eran carlistas porque eran fueristas. Más allá del fuerismo, el carlismo se defendía solo, quizá con la única excepción de Cataluña, región que, como todos sabemos, tiene una especie de fuerismo a su manera, menos histórico y más económico. Y en aquella España había ya mucha gente que había dejado atrás el ultramontano ¡Vivan las caenas! himplado al paso de Fernando VII, el hijoputa.

D. Carlos no se encontró ni con la España que se esperaba encontrar (pero con que se hubiese leído el diario de operaciones de Gómez ya se habría enterado) ni con la Europa que el creía que existía. Y es que, cuando alguien que manda mucho quiere ver que las manzanas son moradas, no le faltan tontos del culo a su lado que le jalean la idea hasta que se la cree a pies juntillas.

sábado, octubre 24, 2009

La gran guerra vasca (5)

>La victoria del monte de Oriamendi es, en efecto, la gran victoria vasca. Esta batalla es crucial para la suerte de los carlistas, que llegaron a ella pertrechados y organizados, pero bastante cansados. Frente a ellos tenían a Espartero el cual, tras haber recibido el refuerzo de las tropas que llegaban persiguiendo a la expedición de Gómez, pensaba que se encontraba a las puertas del golpe definitivo que acabaría con los rivales dinásticos para siempre. Teniendo como tenía más de 60.000 hombres, proyectó una ofensiva en estrella, desde cuatro puntos, con otros tantos avances liderados por él mismo, Evans, Sarsfield y Alaix. Los 28 batallones de Evans, que atacaban en la zona de San Sebastián, tuvieron éxigto en Hernani frente a las tropas carlistas de Guibelalde y, finalmente, tomaron la cresta fortificada del Oriamendi.

En este punto, la causa carlista alcanzó su momento más bajo desde el punto de vista militar. Alaix estaba en el puerto de Arlabán presionando, lo cual impedía a las tropas carlistas acudir en apoyo de Guibelalde. Sarsfield había iniciado la marcha desde Pamplona para pillar al propio Guibelalde por la espalda. Y Espartero avanzaba desde Bilbao, poniendo en peligro Durango primero, y Eibar después. El infante Don Sebastián, comandante de las tropas carlistas, sabía que tenía que ser rápido. Impuso a sus exiguos 15 batallones una rápida marcha con la que fueron capaces de quemar 100 kilómetros en dos jornadas, adelantándose con ello a Sarsfield. Éste fue el movimiento genial de la batalla, un movimiento en el que Sebastián fue capaz de aprovechar su debilidad en su beneficio: puesto que eran pocos, lo único que podían hacer mejor que el enemigo era moverse deprisa. Una vez que hubieron sobrepasado a la marcha de Sarsfield, el general Zariategui quedó encomendado de pararlo, mientras que Sebastián se dirigía al encuentro de Guibelalde y, en famosa batalla el 16 de marzo de 1837, echaba a Evans del Oriamendi y lo perseguía camino de San Sebastián. Espartero, en Eibar, intentó replegarse a Durango, pero también fue atacado. Entre Sarsfield, Evans y Espartero perdieron más de 6.000 hombres. Los carlistas habían hecho valer la única arma que en realidad tenían, que era la rapidez.

Ocurre a menudo en la Historia que el momento mejor, más dulce, cuando mejor nos van las cosas, resulta ser el principio de un cambio de orientación. Para los carlistas este cambio era necesario. Habían ganado, habían conseguido su más resonante y mítica victoria; pero ello no podía esconder el hecho de que llevaban cuatro años de guerra, el territorio y el pueblo estaban agotados, y tenían que cambiar de estrategia. La guerra tenía que salir del País Vasco. Fruto de esta necesidad son las expediciones de los carlistas.

El general Villarreal, jefe de las tropas carlistas, había aprendido de la experiencia de la guerra. Se daba cuenta de que cualquier acción importante, como un eventual tercer sitio a Bilbao, necesitaba tener a los cristinos, y muy especialmente a Espartero, despistado y ocupado en otras cosas. Qué mejor estrategia para eso que irse a Castilla a darle por saco. Sin embargo, en una cosa se equivocaron los estrategas carlistas, y supongo que a sus tataranietos no les gustará leerlo: se equivocaron al no darse cuenta de que lo que pasa en el País Vasco, no necesariamente ocurre en el resto de España.

Ellos pensaban que sus expediciones soliviantarían a la población contra Madrid. Pero lo cierto es que no fue así. No, al menos de una forma suficientemente masiva. Al no conseguir dejar el problema carlista en herencia en los sitios que pasaban, las expediciones carlistas no conseguían impedir que las tropas cristinas volviesen a su territorio cuando la expedición terminaba. Así las cosas, fracasaron rotundamente en el objetivo de descongestionar el País Vasco y Navarra y eliminar la presión que la guerra generaba sobre estos territorios.

El general García organizó una expedición a Castilla en 1837 que sirvió como test. Luego llegó la de Gómez, que se paseó por España entera, como si fuese Miguel Yndurain, durante casi seis meses. Sin embargo, la expedición de Gómez de 1837, a pesar de que a los admiradores del bando carlista les gusta mucho por lo que tuvo de chulesca y sobrada, fracasó en su intento principal, y los carlistas habrían de pagar el fracaso muy caro. Su objetivo principal era sentar plaza en Galicia y Asturias y, con el germen de los ejércitos que llevaba el general, construir en ambas comunidades autónomas un nuevo stronghold carlista, fácilmente comunicable con el primigenio a través de Cantabria, generando con ello un frente de resistencia mucho más ancho que resultase mucho más difícil de abarcar para los cristinos con las tropas de que disponían. Cuando Gómez bajó de Santiago de Compostela y tomó Córdoba (haciendo con ello, de alguna manera, el viaje inverso de los invasores musulmanes, bastantes siglos atrás) recibió la orden de intentar crear la resistencia en Andalucía, pero también fracasó. Por el camino, además, los batallones de castellanos carlistas que había formado le desertaron en gran proporción. El suelo de un carlismo no sólo vasconavarro, más identificado con el conflicto dinástico que con los intereses foralistas, se fue bastante a tomar por culo. Su fracaso se hizo patente, como ya hemos contado, cuando consiguió regresar al País Vasco y no consiguió con ello otra cosa que ponerle a Eguía, que sitiaba Bilbao, la presión de los 15.000 cristinos que le perseguían.

El Oriamendi le enseñó a los euskaldunes que les atacaba algo especial en el corazón cuando lo que estaba seriamente amenazado era su tierra. Pero también les enseñó que eso no podía ser así permanentemente. Hay una cosa que se llama en los juegos de estrategia «cansancio de guerra». Es una variable necesaria para que los juegos sean realistas y que, sustancialmente, reduce la efectividad y acometividad de las tropas conforme la fecha de los combates se aleja más de la fecha del inicio de las hostilidades; más democrático el país, más rápidamente crece el cansancio de guerra.

Como acertadamente observa Stefan Zweig al rememorar el estallido de la primera guerra mundial, los primeros soldados que van al frente siempre van abarrotando los trenes y cantando felices. Luego el tiempo pasa, los cirujanos hacen su labor serrando piernas, los funerarios la suya echando tierra sobre los sueños jóvenes, y el personal empieza a hacerse preguntas. Con el tiempo, los motivos que llevaron a la guerra, que tan netos, tan necesarios, tan inmarcesibles fueron un día, ganan en relativismo. A menudo la historiografía vasca comete el error de creerse su propio mito de que los fueros eran y son un sistema de gobierno perfecto. El nacionalismo vasco está teñido de esa suerte de pátina mítica que hace de los vascos un pueblo noble y ultrademocrático. En realidad, los vascos no se han librado de ese fenómeno connatural a las sociedades humanas, ese fenómeno por el cual el tipo que tiene pasta toma el poder y manda sobre el que no la tiene. Los fueros y las diputaciones vascas también han sido, a lo largo de la historia y al menos en parte, un método para la dominación de los acomodados sobre los menos acomodados. Los vascos tendrían que ser robots para que no fuese así. Y esto quiere decir que la defensa de los fueros, como toda defensa ideológica, tiene sus agujeros, muy pequeñitos, microscópicos, cuando las cosas van bien y el personal vive dabuti, pero que se van agrandando conforme las incomodidades y tragedias que inevitablemente provoca una guerra se van multiplicando.

En 1837, el año que en Gómez se pasea por España mirando a Espartero y citándole a Maradona al decirle «y ahora me la vas a [censored]», ese año en el que parece que el carlismo está en su fase más matona, más chula y más poderosa, se están poniendo, en realidad, las bases para esa bajada de pantalones que llamamos abrazo de Vergara.

Con todo, no fue eso lo peor. La peor cagada en materia de expediciones aún no la hemos contado. La expedición que protagonizaría el propio pretendiente Carlos in person. De nuevo, nos vamos a encontrar con ese difícil análisis de todo lo carlista: sobre el papel, hay que decir que la Expedición Real llegó hasta las afueras de Madrid, que se dice pronto. Pero, en realidad, fue un fracaso.

Lo contaremos otro día.

miércoles, octubre 21, 2009

El derecho a desenterrar... y a enterrar

Ian Gibson, escritor e historiador que ha dedicado casi toda su vida intelectual a la investigación de la figura de Federico García Lorca, ha declarado a la BBC que, si finalmente se decide no identificar los restos del poeta, se plantearía incluso marcharse de España. Éstas son sus palabras, que se pueden leer en http://news.bbc.co.uk/today/hi/today/newsid_8314000/8314605.stm:

«If the earth is put back and those remains are still there unidentified, I would have to think very carefully about whether I stay in Spain," rues Lorca's biographer, Ian Gibson. "Because this has been my life, and I think it's their absolute duty to find him. If they don't I will be disgusted.»

[«Si se echa de nuevo la tierra y los restos aún están sin identificar, yo podría tener que pensarme muy bien si seguir en España o no», se lamenta el biógrafo de Lorca, Ian Gibson. «La causa es que esto ha sido mi vida, y que pienso que es una obligación suya [creo que se refiere a los herederos de Lorca] encontrarlo. Si no lo hacen, me sentará muy mal.»]

Vaya por delante que las declaraciones de Gibson me parecen, en lo personal, de una lógica aplastante. Gibson ha dedicado toda su vida a buscar el cadáver de Lorca, además de a buscar otras muchas cosas (su huella en la cultura española, su personalidad, su valía literaria, su carácter mítico, etc.) Es, sin duda, el mayor lorcólogo, excepción hecha de autores que se han dedicado únicamente al Lorca literato. Lo que me parece mal de la crónica de la BBC no es tanto la declaración de Gibson (aunque es un poco ampuloso eso de «amenazar» con marcharse de España), como la selección de datos realizada por el periodista.

Hay algo en todo este proceso de los restos de Lorca que no encaja. La guerra civil, como hecho político, es algo cerrado hace ya muchos años. Las fuerzas republicanas comenzaron en 1956, con la declaración de reconociliación nacional del PCE, a ajustar cuentas con sus propios errores. Ese proceso continuó en los años subsiguientes y tuvo un punto muy importante en el llamado por el franquismo Contubernio de Munich, en el que curiosamente los que faltaron fueron los comunistas que en el fondo habían lanzado el proceso, y que supuso un ajuste de cuentas con sus errores de prácticamente todas las fuerzas políticas implicadas en la guerra, excepción hecha, claro, de quienes la ganaron y unos pocos más (anarquistas, algunos nacionalistas...). Quienes ganaron la guerra, conocidos en los últimos años del franquismo como el búnquer, nunca se retractaron de sus opiniones ni de su visión. Pero han desaparecido todos (Garzón los busca, pero no los va a encontrar) y, para colmo, sus hijos políticos pactaron con sus enemigos de otrora para traer la democracia; que es la peor traición que podían haber imaginado. Con la transición política, se pusieron mojones para comenzar a reparar las goteras más sangrantes de ese feo pleonasmo que llamamos memoria histórica: primero, la amnistía; después, el reconocimiento de haberes también para los militares de la República. Y, finalmente, en un proceso que probablemente ha tardado demasiado, el asunto de las fosas, que está en curso.

Hay personas, muchas personas, de multitud de ideologías, creencias y no creencias, para las cuales el reposo de los restos de sus seres queridos en un lugar conocido resulta muy importante. De hecho, éste ha sido, desde que el hombre salió de las cavernas, uno de los sentimientos humanos más intensos y socialmente respetados. Por lo tanto, es perfectamente comprensible que quien sabe, o sospecha, que su abuelo está enterrado a los pies de alguna tapia, tenga la ambición de encontrarlo, sacarlo de ahí y sepultarlo en algún lugar con más merecimientos, donde esa persona pueda ser visitada y, con ello, reconocida. Tiene, pues, mucho sentido el proceso de apertura de fosas por parte de quienes tienen ese tipo de deseos.

Pero con la familia de Lorca, cuando menos de momento y mientras no cambien de opinión, se está conculcando ese derecho. Por alguna razón que, como digo, se me escapa, parece como si algunas de las personas que tienen tan claro el derecho de algunos a abrir fosas le niegan a otros el derecho a no abrirlas; cuando, en realidad, estamos hablando de lo mismo.

¿Acaso no es el mismo derecho el de saber y el de no saber? Si nos parece imperativo que un familiar que quiera saber si unos restos son de su pariente pueda saberlo, ¿por qué no nos lo parece, equidistantemente, que otro familiar que no quiera saberlo tenga derecho a ejercitar su deseo?

Lorca es un símbolo clarísimo. No lo niego. Pero, símbolo y todo, su futuro, o el futuro de sus restos, le pertenece a su familia. No le pertenece a Ian Gibson, ni al pueblo español, ni a la asociación nosecuantitos de la Memoria Histórica, ni al Ministerio de Cultura, ni al Real Madrid. En este punto, se hará lo que la familia quiera. Si quiere que se desentierre la fosa donde un día le contaron a Gibson que está Lorca, y otras tantas donde creo también se sospecha que podría estar, se desenterrará. Si no, no. Y si, una vez encontrados los restos (tal vez porque hay más parientes de más víctimas y, por lo tanto, la decisión de abrir la fosa no les pertenece sólo a ellos), la familia quiere dar muestras de ADN para un chequeo comparativo, se hará. Y si no quieren, no se hará. Y este es un proceso en el que ninguno de los demás votamos.

A mi modo de ver, el reportero radiofónico británico debería haber prestado algo menos de atención al lógico cabreo del eterno buscador de Lorca, y haber destacado más la prelación absoluta del deseo de la familia. Además, en su crónica tampoco se aprecian demasiados esfuerzos por averiguar cuáles son las razones que han llevado a los Lorca a no apoyar la exhumación y comprobación de sus restos. El cronista se limita a exponer que los Lorca consideran que identificar los restos de García Lorca no cambiará en nada su legado (y a anotar, más adelante, el miedo que tienen a que dicha exhumación se convierta en un circo mediático) para, a continuación, extenderse un poco más sobre otros motivos aducidos por personas que son identificadas como «críticos» (¿en qué momento exactamente se les olvidó a los periodistas que una fuente debería tener siempre nombres y apellidos?), entre los que cita una historia bastante rocambolesca: la familia García Lorca habría pactado con Franco, muchos años atrás, el traslado de los restos del poeta.

A la dicha teoría, Laura García Lorca contesta más o menos que es una gilipollez. Y, verdaderamente, lo es. ¿Qué motivo tendría Franco para pactar con los Lorca, obviamente en vida del dictador, un traslado de los restos a otro lugar? El único que se me ocurre es que Franco temiese que España fuese algún día como es hoy, es decir, estuviese gobernada por sus enemigos que se dedicasen a hacerle la puñeta. Pero es que yo creo que hay que ser muy iletrado en Franco y sus sinapsis neuronales para llegar a pensar que alguna vez pensó que esto sería así. Franco siempre pensó que todo quedaba atado y bien atado y que, en consecuencia, en el año 2009 todavía estaríamos en Cuéntame.

No obstante, el cronista le dedica cierto espacio a la dicha teoría, y concluye con una frase que es un monumento a la objetividad periodística: «Ella [Laura García Lorca] sonó [al negar la teoría] convincente y sincera, pero hasta que la tumba no se abra no puede estar más cierta que cualquier otro». Yo no sé si es que el periodista quiere insinuar que hay que abrir la tumba de Lorca sí o sí porque lo mismo Franco se llevó el esqueleto de allí; pero si es así, ya vamos dos a cero: además de los deseos de Gibson, el periodista introduce los suyos propios por delante de los de la familia. Y eso lo hace, además, poco tiempo antes de admitir que, aunque se abra una zanja del tamaño del Guadalquivir, no hay garantía alguna de que los restos sean finalmente localizados, porque las probabilidades son 50/50. Y, no contento con todo esto, el cronista informa a la familia de Lorca en su crónica que, si finalmente decide no identificar los restos de Lorca, en España se montaría la mundial (all hell would break loose).

Such is life. And journalism.

Existiendo medios y posibilidades, la decisión de exhumar los restos de Juan Español pertenece a los bisnietos de Juan Español. Con las mismas, los bisnietos de Juan Español tienen perfecto derecho a decidir no hacer nada. Que eso le escueza a Ian Gibson y/o a la BBC debería ser un dato secundario.

Dejen en paz a los Lorca con la decisión que tomen, cualquiera que ésta sea.

lunes, octubre 19, 2009

Spain betrayed


Alguna vez en los comentarios públicos que los lectores dejáis a los post, y sobre todo en los privados que enviais a la dirección de correo electrónico, os quejáis de que no sea yo muy dado a aportar bibliografía. La explicación es siempre la misma y es que muchas de mis fuentes son libros hoy descatalogados y que por lo tanto no se venden en las librerías al uso, sino que han de ser encontrados en las de libros usados. En ocasiones se trata de libros muy difíciles de encontrar y, por lo tanto, trato de evitar la frustración de recomendar lecturas que luego el lector no puede hacer.

El libro que hoy os quiero comentar, sin embargo, es un libro de acceso bastante sencillo (yo lo compré de segunda mano en Amazon, además bastante barato); aunque tiene el handicap de que, que yo sepa, no ha sido editado en español. Este detalle, además, nos sirve para darnos cuenta de que, por mucho que se haya escrito y editado sobre la guerra civil española, aún quedan cosas dichas y por decir que debemos descubrir. Porque este libro, sin llegar a ser una revolución del conocimiento, sí es un libro que ayuda a entender muchas cosas de la guerra civil y atacar algunos de sus mitos.

La obra se llama Spain betrayed. The Soviet Union in the Spanish Civil War, y lo firman Ronald Radosh, Mary B. Habeck y Grigory Sevostianov. Está editado por la universidad de Yale en una colección muy interesante llamada Annals of the Communism, de la que tal vez traigamos a colación otros títulos en el futuro.

He dicho que el libro lo firman Radosh y sus dos colaboradores porque, en realidad, sus autores son otros. Sus autores se llaman Voroshilov, Codovilla, Marty, Ehrenburg, Walter, Kleber, Mije, Díaz. Y Stalin, al fondo, como una presencia permanente. Y esto es así porque el libro no es sino el compendio de unos 80 documentos guardados en los archivos de la URSS, que pudieron ser conocidos a partir de la década de los 90, referentes a la guerra civil española. Aunque cada grupo de documentos va precedido de un breve comentario de los editores, lo jugoso, en realidad, es leer los mismos. Su lectura es, ciertamente, muy interesante, aunque, siendo sincero, no se la recomendaría a personas no muy duchas en la marcha de la guerra civil porque, como cartas, memorandos e informes que son, dan por sabidas unas cuantas cosas que el libro no va a explicar. Como documentos internos que son, estas cartas están además exentas de la rigidez mentirosa de lo oficial. Los comunistas que las escriben son, por supuesto, comunistas convencidos, así pues no encontraréis en ellas ninguna vacilación a la hora de creer en los mensajes de Stalin. Pero sí encontraréis hechos hasta cierto punto inesperados, como las críticas entre comunistas, en ocasiones despiadadas, tan despiadadas como para destacar de un camarada su excesiva afición a la bebida o su pederastia, y la sinceridad de muchos análisis.

Otro consejo: si, por casualidad, eres adicto a la teoría historiográfica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, según la cual la España republicana era un régimen de hombres virtuosos que ocupaban su tiempo en recoger florecillas por el campo mientras recitaban églogas escritas por Azaña que exaltaban la bondad natural del ser humano, cuando fueron violentamente atacados por un grupo de matones al borde la antropofagia; si crees esta teoría, digo, mejor no me hagas caso y no lo leas. No te va a gustar. Esta teoría, por cierto, tiene otra teoría gemela, llamada Ricitos de Oro contra Marxistéitor, que fue la imperante durante los años del franquismo y hoy ha sido desempolvada en libros de curioso éxito editorial.

Como nos recuerda Radosh en el prólogo de su libro, una de las verdades históricas que ha sido aceptada durante medio siglo sin oposición es la idea de que la intención de Stalin al ayudar a la República española fue parar al fascismo. En una Europa de posguerra que efectivamente había parado al fascismo, esta teoría, que quería ver en la guerra civil un primer asalto que ganaron Hitler y Mussolini por culpa de la inanidad de los que finalmente se aliarían con Stalin para derribarlos, tenía plena lógica.

Con los años, sin embargo, hemos ido sabiendo cosas. La primera de ellas, que lo que llamamos ayuda, en realidad, no fue tal. Si una anciana se cae en la calle y yo la levanto, la estoy ayudando; pero si cuando ya está levantada le exijo que me pague 30 euros, entonces ya no le estoy ayudando, sino dando un servicio a cambio de pasta. Stalin cobró por cada bala, por cada fusil, por cada avión que envió a España. Además, si hemos de creer a quien mejor ha estudiado estos envíos, el historiador británico Gerald Howson, en muchos casos infló los precios y en otros envió material de desecho; de hecho, hasta crearon una relación de cambio especial rublo-dólar para las ventas de armas a la República. La pretendida ayuda de Stalin, pues, fue una simple y pura venta de armas y, en ocasiones, un atraco, nunca mejor dicho, a mano armada. Por cierto: Hitler y Mussolini también pasaron factura.

Stalin, además, y de esto es de lo que va en gran medida este libro, exigió otra cosa a cambio de su ayuda. Envió a España toneladas de asesores y algo que podríamos considerar conseguidores políticos, como el celebérrimo embajador Rosemberg o el cónsul en Barcelona Antonov-Oovsenko. Todos ellos se convirtieron en ejecutores y guardianes de la lenta conversión de la República española en una República Democrática de los Trabajadores, al estilo de las que la Internacional staliniana quería implantar.

De esto va a este libro. Ésta es la historia que se puede reconstruir leyendo los documentos, que están cronológicamente ordenados. Su lectura, por otra parte, despierta en el lector, o al menos en este lector, el tipo de sentimiento encontrado que provocan siempre este tipo de documentos tan directos. Por un lado, se aprecia el intento por hacerse con la España republicana en aras de unos intereses superiores, lo cual es criticable. Pero, por otro, hay momentos en los que llegas a comprender a los comunistas que escriben los textos. Es cierto que uno siempre piensa que es la hostia, así pues las afirmaciones que se hacen en los documentos sobre lo puta madre que son los comunistas y lo puta mierda que son todos los demás hay que ponerlas en salmuera. Pero por mucha salmuera que pongamos, llega un momento en el que es muy difícil no reconocer que el comunismo soviético era, claramente, la fuerza mejor organizada de aquella República y, además, la que tenía las ideas más claras. Desde el primerísimo día de la guerra, los comunistas tuvieron claro que la prioridad era ganarla. Frente a ellos, el otro gran grupo organizado, los anarquistas, se dejó de llevar por su histórica propensión a pensar en plan chorras y defendió la idea de que guerra y revolución eran fenómenos paralelos que se podían llevar a cabo al mismo tiempo.

En sus cartas, los comunistas se desgañitan sobre dos aspectos importantísimos. El primero, el cachondeo organizativo que era la República en los primeros meses de la guerra, donde no había gobierno, las milicias campaban por sus respetos, los catalanes tiraban para allá, los vascos para allí y el resto para ninguna parte, porque bastante tenían con parar a Franco, que llegaba del sur con el cuchillo de capar en la mano. De hecho, como bien sabemos, fueron ellos, o más bien sus brigadas internacionales, los que pusieron los medios para que el partido de Madrid se pudiese ganar finalmente gracias a un triple de chorra metido con la nalga izquierda.

El segundo aspecto es la industria de guerra. Las guerras las ganan siempre ejércitos con buenas retaguardias. Si el día D las tropas aliadas no hubiesen estado seguidas por barcazas con suficientes bocadillos de chope y cartuchos para seguir disparando, los alemanes no habrían tardado demasiado en verles el culo. Hay incluso algún que otro autor que ha escrito que una de las razones por la que Hitler perdió su guerra era su acendrado machismo, que le llevó a sustituir a los alemanes que dejaban las fábricas, no con mujeres que es lo lógico, sino con viejos y prisioneros de guerra, mucho menos productivos. Los documentos de este libro vienen a confirmar que, pese al moderado optimismo mostrado por algunos comunistas en los últimos meses de la guerra (cuando ya lo controlaban más o menos todo), la industria de guerra republicana nunca llegó a funcionar ni medianamente bien. Echan pestes hacia el igualitarismo anarquista, que fue un cáncer para la producción. Los anarquistas, como no creían en el dinero, donde no lo abolieron establecieron el igualitarismo salarial, según el cual todo dios en una empresa cobraba lo mismo. El resultado es inmediato: quienes tendrían que tomar decisiones dejan de tomarlas, puesto que ya no las cobran.

En términos generales, los comunistas, en los primeros meses de la guerra, muestran una sensibilidad política y estratégica de la que la España republicana carecía por completo. En uno de los documentos publicados en el libro, por ejemplo, abogan por que la República afirme su total respeto hacia todas las creencias religiosas, para así contrarrestar las campañas antirrepublicanas existentes en Reino Unido y Francia, sistemáticamente adornadas con fotos de momias de monjas desenterradas, imágenes sagradas destruidas y otros actos similares.

Para los comunistas, en 1936 y principios de 1937, lo fundamental es crear un ejército republicano, uno solo, y terminar con el cachondeo de las milicias de partido haciendo cada una una guerra distinta, como demuestran hechos vergonzosos como el Pacto de Santoña. Ellos tenían un modelo, que era el soviético, basado en la institución del comisario político de unidad, una especie de guardián revolucionario de la pureza ideológica de soldados y, sobre todo, mandos. Eso, más la institución de las levas obligatorias (cosa en la que les doy la razón), tenía que ser el primer paso para la organización de un ejército jerarquizado, disciplinado y, consecuentemente, potente.

En sus intentos, sin embargo, chocaron con un problema: Francisco Largo Caballero. Largo era un político básicamente oportunista. Tendría sus ideas, no lo niego. Pero las moldeaba al gusto del momento, según le iba el punto o le convenía. Cuando llegó el dictador Primo de Rivera y le ofreció el monopolio sindical en detrimento de la CNT, no dudó en ser consejero de Estado de una dictadura (dato éste que las historias del PSOE hechas por el PSOE no suelen abordar). Luego, cuando llegó la República, se decidió por hacerse revolucionario y tratar de procurar para España la dictadura del proletariado, momento en el que se dejó llamar El Lenin Español y cortejar por las fuerzas marxistas. Pero cuando fue nombrado presidente del gobierno, del llamado ampulosamente Gobierno de la Victoria (aunque en realidad fue el Gobierno de la Huída, porque salió echando hostias para Valencia cuando creyó perdido Madrid), se dio cuenta de los planes comunistas de okupar las estructuras de poder de la República, y les puso proa aliándose con los mismos anarquistas a los que había dado por donde amargan los pepinos durante la dictadura militar.

Con Largo al frente del gobierno de la República, los comunistas se las prometieron muy felices. ¿Que le podía negar el Lenin Español al Stalin Auténtico? Pues muchas cosas. Largo tenía su propia visión de la guerra y empezó a no hacer caso de los consejos que recibía de los asesores soviéticos; lo más probable no es que tuviese visiones distintas, sino que temía su hegemonía o, más en concreto, temía que le diesen de lado (que es exactamente lo que acabaron haciendo). Un buen día, en escena repetida en muchos libros, se labró su desgracia echando a gritos al embajador Rosemberg de su despacho. A partir de entonces, los comunistas tuvieron muy claro que tenían que acabar con él, y lo que hicieron fue segarle la hierba debajo de los pies. La documentación recogida en el libro de Radosh et altera describe muy bien cómo los comunistas hicieron de los asesores militares de Largo, y sobre todo el general Asensio, el objetivo de sus ballestas. La ocasión se la pintaron calva con la pérdida de Málaga, un fracaso militar que adjudicaron a las presuntas intenciones traidoras de Asensio, aunque hay quien piensa que Málaga se perdió precisamente porque en las unidades republicanas los militares de oficio mandaban más bien nada, así pues la defensa fue un desastre.

Tocado Asensio, los comunistas cerraron una alianza con otro ilustre veleta de la política española: Indalecio Prieto. Este verdadero político polivalente, que lo mismo valía para comprar armas para la Revolución de Asturias que para ser la gran esperanza de un gobierno moderado tras el nombramiento de Azaña como presidente de la República, acabó seducido por el conde Duku y el lado oscuro de la Fuerza y, en célebre consejo de ministros, cuando los dos comunistas del gobierno se le pusieron de canto al presidente Largo, se alió con ellos y dijo que sin los comunistas él no seguía, forzando con ello la caída de su camarada y suponemos que no demasiado amigo.

Lo que siguió fueron los famosos sucesos de mayo de 1937, en los que un enfrentamiento entre gobierno catalán y anarquistas por el control de la central telefónica degeneró en varios días de guerra dentro de la guerra, guerrita que perdieron los anarquistas y sus aliados del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), consolidando con ello, definitivamente, el enorme peso de los comunistas dentro de la estructura de poder de la República; peso que ya era bastante evidente teniendo en cuenta que la URSS era el único país que estaba ayudando (a cojón de mono el kilo de balas) a la República. Cataluña, además, era un modelo para los comunistas, porque ahí se había hecho lo que ellos querían hacer en toda España, esto es unificar a socialistas y comunistas en el hoy mortecino (considerando aquel nivel de poder, me refiero) PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña).

El problema de los comunistas es que se hicieron con el control de la partida cuando ya era demasiado tarde. Desde mayo de 1937, está al frente del gobierno de la República el tercer gran socialista de la época, Juan Negrín, de quien lo más flojito que podemos decir es que era mucho más proclive que cualquier otro a escuchar a los comunistas (o al menos eso dicen ellos mismos). Pero un mes después de haber conseguido mandar a Caballero al carajo y de haberle enseñado a los anarquistas que tenían de sobra para encencerles el pelo, los nacionales tomaron Bilbao y, en los meses siguientes, volatilizaron el frente del Norte. La guerra civil, de alguna forma, terminó ahí.

De alguna forma, la relación de fuerzas tras el golpe de Estado había quedado repartida: la República se quedó con la parte de España más productiva y moderna económicamente; mientras que Franco y los suyos se quedaron con las zonas tradicionalmente productoras de manduca. La torpeza de la República a la hora de aprovechar sus recursos productivos, como denuncian los comunistas, fue crítica para la guerra. Había embargo, sí. Lo cual quiere decir que no se podían comprar balas. Pero se podían comprar, con mucha más facilidad, metales, elementos químicos, o sea lo necesario para fabricarlas. España, además de comprar balas, podía fabricarlas. Pero si la fábrica había sido colectivizada y allí todo cristo cobraba lo mismo, es lógico que la producción fuese de puñetera angustia.

Con la caída del Norte, esa relación de fuerzas se acaba. Franco, desde aquel momento, tuvo en su poder una de las zonas más productivas de España, el eje Irún-Oviedo. A mi modo de ver, el día que cayó Bilbao y los franquistas se hicieron con la ría sus industrias, ya la única esperanza de la República era que estallase la segunda guerra mundial (y eso, sin mediar un pacto rojo-nazi como el del 38).

Aceptando barco como animal acuático y dando la razón a quienes consideraban que lo que la República necesitaba era un control comunista, éste, como digo, llegó, en todo caso, tarde.

Hay otro aspecto de la historia de la guerra civil de interesantísima lectura en este libro: las brigadas internacionales. La imagen que las cartas, informes y memorandos dan de estas unidades tiene poco que ver con lo que nos dice el mito floreado de unos combatientes plenamente identificados con España y su lucha. Lejos de ello, hay muchos elementos sorpresivos:

En primer lugar, los informes sobre la materia respiran un ambiente de amplia, amplísima, desconfianza mutua entre españoles e internacionales. El general Walter, por ejemplo, tomando una postura proespañola, se queja de que, allá por 1938, cuando más de la mitad de las BI ha tenido que se reforzada con soldados españoles, aún los mandos siguen siendo aplastantemente no españoles. En el otro lado, en un larguísimo y jugosísimo informe, el general Kléber se queja de que las BI son siempre enviadas a lo peor de las batallas y que nunca se les provee de descansos. Un informe recogido al final del libro (eso quiere decir al final de la guerra, poco antes de que las BI salieran de España) insinúa deserciones masivas en estas unidades. Las cartas, por lo demás, refieren sin ambages, varias veces, la convicción de muchos internacionalistas en el sentido de ver al soldado español como una especie de medio soldado que no sabe luchar. Walter incluso insinúa discriminaciones de los soldados españoles a la hora de ser tratados por los servicios de las BI.

En segundo lugar, también afloran las diferencias entre los propios internacionalistas. Los franceses no salen bien parados. En otro punto, se habla de los polacos como pandas de borrachos. Se insinúa la existencia de sentimientos antisemitas. Los informes de los comunistas se desgañitan recomendando la concentración de nacionalidades en unidades propias. El argumento fundamental es el idioma, pero es posible que también se quieran evitar otro tipo de problemas.

En tercer lugar, parece haber un enfrentamiento nada larvado entre mandos de batalla y mandos de retaguardia. Los informes que leemos en el libro son los de estos primeros, y son muchas las referencias al headquarters de las BI en Albacete, al que acusan de estar acromegálicamente burocratizado y ajeno a la guerra.

En todo caso, la imagen de las BI que instilan estos informes en sus últimos meses en España, unidades formadas por soldados absolutamente quemados, que llevan toda la guerra luchando casi sin descansos, sin ropa adecuada, con un armamento de mierda, sucios, experimentando deserciones un día sí y otro también, está bastante lejos de lo que estamos acostumbrados a pensar de ellos.

Por último, una cosa que merece la pena leerse es uno de los últimos informes del libro, en el que uno de los asesores soviéticos le cuenta a Moscú una conversación con el presidente Negrín. En dicha conversación, según se nos refiere, Negrín aborda el asunto de cómo sería España al día siguiente de que la República ganase la guerra. Digamos que no es muy coherente con la idea de que la República luchaba para defender la democracia.

Negrín es partidario, según este informe redactado por un tal Marchenko, de crear un frente nacional, teniendo en cuenta que la unión de socialistas y comunistas es imposible por la oposición de algunos socialistas. De hecho, Negrín le dice a Marchenko que la única opción lógica sería la absorción del PSOE por el PCE [sic. Véase la página 498 del libro]. Propone Negrín la adscripción al frente nacional de militares republicanos sin adscripción política, entre los que cita al coronel Casado. Como se ve, a Negrín los servicios de inteligencia le funcionaban como un reloj.

Otra cosa que dice Negrín es que, en la España de después de la guerra y mediando victoria de los suyos, «no habría retorno al parlamentarismo», y «no sería posible el retorno al libre ejercicio de los partidos como en el pasado, porque en ese caso la derecha podría forzar su camino hacia el poder». «Esto significa», anota Marchenko, «que se necesita o bien una organización política unificada [partido único; la aposición es mía] o una dictadura militar [las cursivas también son mías]». Respecto a Cataluña, Marchenko pone en boca de Negrín el reproche de que la Esquerra en el gobierno autónomo «intenta regresar a la situación de antes del 18 de julio», es decir la autonomía, «lo cual no ocurrirá» porque «la burguesía no va a recobrar sus posiciones».

Todo muy democrático.