miércoles, febrero 01, 2012

El marxista naïf (4)


Esta medida, nacionalizar el cobre, sí que la propone al legislativo, pues, como ya hemos sugerido, sabe que cuenta con avales superiores a cualquier otra iniciativa, ya que ya el gobierno Frei ha intentado que el 51% del capital de la denominada Gran Minería esté en manos del Estado chileno. El 11 de julio, que por ello fue instaurado por el allendismo como feriado (Día de la Dignidad Nacional) las minas de los tres gigantes estadounidenses (Anaconda, Kennecott y Cerro Corporation) son nacionalizadas.

El gobierno Allende había decidido dar la vuelta de tuerca realmente importante: el enfrentamiento económico con los Estados Unidos. Lo cual quiere decir: la nacionalización del cobre. La primera víctima, por contarlo todo, fueron las estaciones meteorológicas americanas situadas en Chile, una de ellas en la Isla de Pascua, que fueron evacuadas. Después, el gobierno decretó la nacionalización de las minas del cobre. El 19 de julio de 1971, la Casa Blanca –Nixon- contestó. El gobierno americano anunció la aplicación de la denominada enmienda González, que se basaba en la ya famosa en mienda Hickenlooper, por la cual los EEUU pueden frenar, congelar o negar asistencia económica a todo gobierno que indemnice inadecuadamente a una empresa del país. Además, contestó con una restricción del crédito internacional a varios países latinoamericanos, especialmente Chile y Bolivia, país éste que también estaba abordando nacionalizaciones en el sector petrolífero. Al mes siguiente, el Eximbank le niega a Chile un gran crédito de 21 millones de dólares. Luego llega el Banco Interamericano del Desarrollo. Hay que decir que esta política por parte de Nixon es ciega y sectaria. El crédito de Eximbank se había pedido para poder comprar tres aviones Boeing para la línea LAN Chile; así pues, fue la empresa de Seattle, americana por los cuatro costados, la que pagó el pato.

No conozco a nadie que dude de la legitimidad de la medida tomada por Allende; de hecho, ya estaba insinuada por la política anterior de la Democracia Cristiana. Sin embargo, el error de Allende en este punto no fue el qué, sino el cómo. Con esas ínfulas típicas que a veces se dan a las cosas nuevas, recibidas como generadoras de un antes y un después pero rara vez objeto de un análisis reposado, buena parte de la izquierda mundial recibió con albricias la que entonces se denominó Doctrina Allende, rebautizada por la famosa revista Newsweek como matemática marxista.

La Doctrina Allende no cuestionaba el derecho del propietario de un bien nacionalizado a recibir un justiprecio. Sin embargo, matizaba, y vaya si lo matizaba, ese derecho, aseverando que, para fijar ese justiprecio, había que tener en cuenta los beneficios obtenidos durante el tiempo de propiedad, y su legitimidad social. Dicho de forma muy esquemática: en el caso de que un gobierno expropie a un banquero que explotase a sus trabajadores no pagándoles lo suficiente, el justiprecio del banco debería ser minorado en el monto de dicha explotación.

Como idea no está mal. Como tampoco es mala idea lo de las balanzas fiscales entre comunidades autónomas. Ambas teorías, sin embargo, adolecen del mismo problema: son incalculables. Para calcular el beneficio o pérdida social inducido por la explotación de un bien por un empresario, hay que hacer asunciones; por ejemplo, cuál es el salario digno que una persona debe cobrar. Las asunciones, por definición, son subjetivas. Máxime cuando uno es juez y parte.

Este problema se podría haber resuelto, más o menos, si el gobierno chileno hubiese acudido a algún arbitraje internacional que avalase los cálculos. Pero no fue así. Cierto es, desde luego, que los trabajo de cálculo relacionados con las minas fueron hechos con la colaboración de empresas externas. Pero, vaya: una era una organización francesa llamada Sofremines, que lo mismo era muy imparcial; pero la otra era un equipo de expertos enviado desde la URSS, con un ministro a la cabeza.
Allende, en un salto mortal bastante burdo, se convirtió en la persona que calcularía el precio que él mismo debería pagar;  por mucho que, formalmente, fuese la Contraloría del Estado la encargada del cálculo técnico, suya, por así decirlo, es la redacción del decreto supremo 92, de 28 de diciembre de 1971, donde establecía que la rentabilidad socialmente aceptable de las minas de cobre había de ser del 10%, y que todo lo que estuviese por encima no se pagaría.  Obviamente, en no pocas ocasiones esta cuenta le salió cero, o cantidades bajas que, efectivamente, podía pagar. E, incluso, en el caso de la Kennecott, el cálculo resultante fue que no sólo no había que pagarle un duro, sino que los americanos le debían a Chile más de 300 millones de dólares.

La Doctrina Allende generó, a mi modo de ver, graves problemas a Chile más allá de sus fronteras, graves problemas de credibilidad que, que yo sepa, no han sido aun totalmente valorados por los historiadores económicos. Además, fortaleció la posición de los EEUU en el ámbito internacional, que ya, de por sí, no suele ser debilucha. La Doctrina Allende fue un gran error, quizá el mayor de los errores de Salvador Allende durante su mandato.

Otro de los problemas inesperados para el gobierno fue la conflictividad en la propia minería. El marxismo tiene un punto mesiánico y buenista según el cual, como procede a liberar al obrero de la alienación de su plusvalía por el burgués, no cabe esperar que dicho obrero se rebote. En general, los países comunistas han hecho valer esta predicción del marxismo a base de susurrarle al obrero que como se le ocurra protestar lo llevan a la Lubianka. No fue el caso de Allende, que era un marxista mucho más liberal que el resto de los marxistas que en la Historia han gobernado, aún sumados y multiplicados por 27. Allende dejó hacer, y se encontró con que los mineros, por mucho que les hubiesen nacionalizado, compañero, se pusieron a protestar. Eran, en general, obreros privilegiados en lo que al salario se refiere. El precio del cobre cayó, la demanda acostumbrada también lo hizo (la Kennecott, en un movimiento que, la verdad, no cabe reprocharle, redujo en un 60% su demanda a las minas otrora de su propiedad, sólo el primer año; el segundo, ya ni compró). Con todo ello, se resintieron los salarios, y vino la conflictividad. Allende fue a Chuqui, que en Chile no es un muñeco diabólico sino una localidad minera, a decirles a los esforzados proletarios que tuviesen paciencia y esperasen a que los obreros de otros sectores consiguiesen sus objetivos sociales; y los esforzados proletarios le señalaron un columpio del parque, y le instaron a utilizarlo. Incluso, en noviembre de 1971, durante su visita a Chile, el compañero Fidel se dejó caer por la mina de Chuquicamata y le dio a los camaradas mineros que se alineasen con la política del gobierno. Los de la pica y la linterna le señalaron al Faro de la Revolución Latinoamericana el mismo columpio donde, meses antes, habían subido al propio Allende. En 1972, el conflicto se cerró. Sí. Pero no mediante la gimnasia revolucionaria, compañero, sino doblándole el sueldo a los mineros.

¿Labró la nacionalización del cobre la perdición de Allende? En mi opinión, sin duda. La idea de nacionalizar el cobre, unida a la torpe terquedad en que ambas partes, EEUU y Chile, acabaron cayendo, acabó con las posibilidades del presidente de evitar el raid golpista. La reacción de Washington fue sobreactuada, excesivamente intransigente y, a la postre, aval de una intervención intolerable en los asuntos internos del país. Pero Chile tampoco se puede ir de rositas en el juicio de este enfrenamiento. El secretario de asuntos latinoamericanos estadounidense, John H. Crimmins, llegó a ofrecer a los negociadores chilenos una rebaja de la tensión a cambio de una voluntad indemnizadora algo más intensa que salvase la cara del conflicto. La delegación que había viajado a Washington, formada fundamentalmente por comunistas, simplemente se negó, como se negó a un arbitraje internacional en la materia. En todo caso, Allende no se podía permitir un acuerdo en las negociaciones de Washington. Ni el Partido Socialista, enormemente radicalizado, ni los no-socios-pero-socios del MIR se lo habrían permitido.

Sin embargo, es un error considerar que Estados Unidos decidió acabar con Allende para recuperar los derechos económicos de tres o cuatro multinacionales. La mano de la Casa Blanca es más larga, y sus condicionamientos más profundos. En mi opinión, lo que acabó por decidir a Kissinger y Nixon de ir contra Allende con todo lo gordo fue la combinación entre la nacionalización del cobre, la visita de Fidel a finales del 71, y el hecho evidente que Allende no estaba dispuesto e echar del pequeño planeta de la Unidad Popular a ese Principito indignado que era el mundo MIR, formalmente no integrado en la coalición de gobierno pero de hecho identificado con ella en lo esencial.

Estados Unidos decidió acabar con Allende por la misma razón que jamás habría permitido que, un suponer, el Partido Comunista Italiano hubiese desbancado a la Democracia Cristiana del poder en la Italia de los cincuenta. Por la misma razón por la cual los cada vez más aislados sedicentes representantes de la República Española en el Exilio recibían, sistemáticamente, reproches en el Foreign Office por hablarse con los comunistas. Chile estaba, está, en el patio de atrás de los Estados Unidos. Y en el patio de atrás de los Estados Unidos, el jefe no se anda con gilipolleces. Se cometió un error, que se llamó Cuba; uno y no más, Satanás. A día de hoy no podemos descartar, en lo absoluto, que ese error, tener que aceptar la supervivencia del régimen castrista, no le costase la vida a John Kennedy; esto nos da la medida de la importancia de las cosas para según qué gente. Allende quedó marcado el 11 de julio de 1971, Día de la Dignidad Nacional; y, paradójicamente, él mismo acabaría señalándole a los americanos el camino por el que joderle.

Por el camino, la nacionalización del cobre supuso graves problemas externos para Chile, sobre todo por el flanco de la Kennecott. De forma inmediata a la nacionalización, en noviembre de 1971, se creó el Tribunal Especial del Cobre, formado básicamente por las grandes cabezas de la judicatura chilena, para resolver los conflictos surgidos en los justiprecios, o sea la Doctrina Allende. La Kennecott apeló ante dicho Tribunal, pero el Tribunal, casi un año después (agosto del 72), se declararía incompetente para juzgar las indemnizaciones fijadas por la Contraloría y Allende, lo cual es un tanto exótico (si no podían juzgarlo ellos… ¿quién quedaba? ¿Dios? ¿Marx? ¿Belén Esteban?). 

Ya el 4 de febrero de ese año de 1972, la Kennecott había obtenido de un tribunal de Nueva York el embargo de diversos bienes chilenos. Pero el 8 de septiembre de 1972, justo un día después de que el Tribunal haya reafirmado su declaración de incompetencia, Frank Milliken, presidente de la Kenn, anuncia la retirada de la multinacional del Tribunal, o sea la ruptura frontal con Chile, y pone a los abogados a trabajar. El 30 de septiembre, apenas 20 días después, los abogados de la Braden Cooper, del grupo Kennecott, presentan ante el Tribunal de Gran Instancia de París la petición de embargo de 1.750 toneladas de cobre chileno que en ese momento navegan en un barco llamadol Birthe Oldendorf con rumbo a Le Havre. Los estibadores de dicho puerto se negarán a descargar la mercancía cuando sean informados de que va a terminar en manos de los americanos.

El 2 de noviembre se celebra un acto de conciliación en el tribunal parisino (fallido, claro) entre la Braden Cooper y Codelco, el organismo público chileno coordinador del asunto del cobre. Los abogados chilenos, en un ejercicio de cierto cinismo jurídico en mi opinión, defienden que un tribunal extranjero no puede entender de cosas que forman parte de una reforma constitucional de un Estado. Según este argumento, como digo un tanto folklórico en mi opinión, el día que un país se secuestre y dicte una reforma constitucional según la cual los ciudadanos rubios se tendrán que cortar una pierna, a la justicia internacional no le quedará sino aplaudir con las orejas.

El 29 de noviembre, no obstante, los chilenos ganan: el tribunal de París, al devolverles el control del cobre de El Havre, admite los dos pilares de la tesis chilena: la legalidad de la Doctrina Allende y la inimputabilidad, fuera de Chile, de Codelco. Más o menos por esas fechas, la Kennecott solicita a un tribunal de Vatseras, en Suecia, el embargo del cobre de un barco que se dirige a dicho país. El tribunal se lo deniega, pero inmoviliza el cobre.

Pese a la victoria inicial, el 9 de enero de 1973, los abogados de la Kennecott consiguen que un tribunal alemán decrete el embargo de 3.000 toneladas de cobre.

Para entonces, principios de 1973, Chile está ya en una situación bipolar. El proyecto de la Unidad Popular ha tenido como consecuencia quebrar la unidad de la democracia cristiana lo que, en la práctica, hace que el país se divida en los que están con Allende, y los que están en contra. Unos muy con, y otros muy, pero muy contra. Tanto las acciones de Patria y Libertad como las de los denominados Grupos Rolando Matus difícilmente se pueden considerar otra cosa que terrorismo reaccionario. Pero la actuación del MIR tiene de respetuosa con la forma y el fondo democráticos lo que yo de piloto del SEPLA. En junio del 71, el asesinato de Pérez Zujovic tuvo como consecuencia la primera alianza estratégica entre la DC y el derechista Partido Nacional (primo hermano de los Rolando Matus) en la llamada Confederación Democrática. Dos años después, esa alianza está cerca ya de ser de hierro. Antes, incluso, se producen indicios que Allende, en  muchas cosas tan íntegro como miope, no sabe ver. El socialista Hernán de Canto pierde la alcaldía de Valparaíso a manos del candidato democratacristiano.  La Unidad Popular, a continuación, sufre una pequeña grieta con la defección parcial del PIR, Partido de Izq   uierda Radical, el ala izquierda de la DC (el ala izquierda-izquierda, el MAPU, permanece fiel a Allende). En enero del 72, la DC gana en las elecciones legislativas en las provincias de Linares y O’Higgins.

lunes, enero 30, 2012

El marxista naïf (3)


Los primeros meses de gobierno de Allende fueron aclarando dos divorcios; o, mejor dicho, uno y medio, porque el allendismo nunca se divorció, en realidad, de la ultraizquierda. Evidentemente, la extrema derecha, Patria y Libertad, se extrañó por completo de los actos y proyectos del presidente, y a las pocas semanas de ocupar éste la Casa de la Moneda ya le prescribía la muerte que acabó teniendo. Por su parte, la ultraizquierda del MIR y de Vanguardia Organizada del Pueblo vaticinaba la sustitución de Allende por otro presidente más revolucionario; pero nunca terminaba de cortar las amarras con un gobierno que, al fin y al cabo, estaba haciendo más cosas que ninguno en la línea que ellos pretendían. Todo esto era presenciado a prudente distancia por el PC Chileno, a causa sobre todo de sus vínculos con Moscú, es decir con un centro de poder para el cual Chile sólo era una pieza más de un complejo ajedrez y que, por lo tanto, tampoco estaba dispuesto a darlo todo. 

El 8 de junio de 1971, el régimen vivió su primera gran prueba de fuego cuando la Vanguardia asesinó al político democratacristiano Edmundo Pérez Zujovic. Las acusaciones a la Unidad Popular no se hicieron esperar pero Allende, llevando hasta el final el principio de respeto total a la legalidad y al orden, lavó esa mancha con una investigación en la que los terroristas fueron finalmente descubiertos.

Por el camino, y bajo la batuta del ministro Vuscovic, en Chile comenzaron a nacionalizarse industrias a puñados. Es elemento habitual de la literatura más proallendista recordar que esa situación se produjo en un ambiente de fuga masiva de capitales; el aeropuerto de Santiago se preñó de viajeros que volaban a Argentina con maletas que parecían embarazadas de cuero. Pero también es cierto que no tiene mucho sentido dejar el dinero dentro de un circuito que está siendo crecientemente nacionalizado; por mucho que la fuga de capitales sea una acción insolidaria, no lo es menos que quien aborda un proyecto para hacer estatal una parte fundamental de la economía, para tener bajo su sobaco un tercio del suelo agrícola de Chile como pretendía la ODEULAN, más le valdría haber previsto este efecto, porque cae de cajón.

Si los socialistas chilenos hubiesen leído la Historia de la II República española, también habrían previsto un efecto que, en parte, parece les pilló por sorpresa: el cierre patronal de facto producido en los fundos chilenos, que secó la producción agrícola; igual que pasó en España, sobre todo, durante la primera reforma agraria republicana.

Como consecuencia, Chile entró en una dinámica de moneda crecientemente desvalorizada, algo contra lo que el gobierno luchó poniendo a funcionar la maquinita de hacer billetes (o sea, echando gasolina a la hoguera); y, al igual que pasó en España durante la guerra civil en zona republicana, la toma del poder de gestión de las empresas por los trabajadores devino en una inmediata caída de la productividad y, en general, de la eficiencia. 

Ya en abril de 1971, Vuscovic tuvo que anunciar la imposición de contingentes a la industria nacional; no máximos, sino mínimos. «Se trata de producir más», sentenció.  De hecho, oigamos al mismísimo Allende: «mientras no se forme una conciencia política, y los obreros, los campesinos y los empleados, no entiendan que este país sólo progresa produciendo más y trabajando más, este país, sencillamente, va al fracaso». Esta frase, por cierto, instila otro de los elementos identificadores del allendismo, siempre según mi opinión: la Unidad Popular era un gobierno de izquierdas, y como gobierno de izquierdas actuó un poco como si considerase que los trabajadores harían lo que ella les pidiese, porque sí. 

Es error común de muchos políticos olvidar que el común de los mortales no se rige tanto por principios ideológicos como ellos. El trabajador medio no come de las teorías de Lenin o las formulaciones de Gramsci. Su vida consiste en estar atento a la relación entre lo que gana y lo que le cuesta vivir, y montarla, si puede, cuando lo primero baja y lo segundo sube. Presos de una convicción un tanto angélica sobre las masas revolucionarias, ese Pueblo magnificado en la teoría marxista que, por lo visto, nunca se equivoca y nunca ataca a gobernantes de izquierdas, los dirigentes de la UP nunca pensaron encontrarse con el problema de que los trabajadores fueran a ser menos eficientes cuando les quitasen de en medio a su empresario; y mucho menos que fuesen a montar movidas reivindicativas salariales contra ellos. Pero los trabajadores lo hicieron: los textiles; los taxistas de Santiago, que montaron la mundial para conseguir la bajada de bandera de cinco pesos; e incluso, sorpresa de sorpresas, los trabajadores de las minas de cobre nacionalizadas. 

Como ilustración de esto que digo, de esta suerte de incapacidad de entender que pobre y trabajador no quiere decir revolucionario y menos aún marxista, copio aquí la descripción que el propio Allende hizo del problema nuclear de la reforma agraria: «La ley permite expropiar enseguida la tierra, pero hay que discutir con el patrón sobre los animales, maquinaria y todos los complementos del trabajo agrícola. El hecho de decir: “se expropia tal fundo” no implica que pase de inmediato a la Corporación de Reforma Agraria. Entonces, el campesino dice: “si este fundo está expropiado, es nuestro”. Y este fundo no va a ser entregado, como suyo, a los campesinos, sino que, sencillamente, lo trabajaremos en cooperativa y, en excepcionales casos, en haciendas del Estado. Eso hay muchos campesinos que no lo comprenden. Y es que hace falta tiempo y crear una conciencia».

En lo tocante a la llamada a producir más, las grandes empresas privadas, en general, objetaron de colaborar con el gobierno. Y, aunque el gobierno les había amenazado con multas e incluso la nacionalización, se la tuvo que envainar no pocas veces. A los empresarios les era muy fácil justificarse: no producían porque no podían importar materias primas que necesitaban. Lo cual, con la moneda local compitiendo a barrigazos en el torneo de los siete trampolines, era una puñetera verdad.

De todas formas, hay otro factor. Según el balance que haría el general Augusto Pinochet en las primeras semanas de su dictadura, la cifra de empresas nacionalizadas o intervenidas de forma significativa por la Unidad Popular rondó las 800. Casi todas ellas lo fueron desde el inicio del gobierno de la Unidad Popular hasta mediados de 1972. A partir de entonces, las nacionalizaciones se frenaron casi en seco. Un periodista tan poco sospechoso de ser crítico con Allende como Ted Córdova-Claure, en su libro Allende, No, reconoce que la clave de ese frenazo fue «la falta de autoridad de los interventores, en general tan sólo autoridades políticas, para imponer la necesaria disciplina de producción». 

Este balance nos dice dos cosas: una, que el gobierno ocupó la dirección de las empresas estatalizadas no con personas que supiesen lo que se hacían, sino que tenían la ideología, y tal vez las amistades, adecuadas. Dos, que esas personas o no pudieron o no quisieron evitar que las empresas cayesen en la turbia espiral de la cogestión de los trabajadores que, como sabemos bien por los pobres resultados de las industrias de guerra en la retaguardia republicana española durante la guerra civil, no suele funcionar lo que se dice bien.

El plan de estatalización, por lo tanto, chocó con dos cosas, ambas relacionadas, una vez más, con la sencillez de pensamiento con que Allende había enfrentado el problema: una, el hecho de que los obreros, cuando ven deteriorados los que consideran sus derechos, protestan; y tener que protestar contra un camarada no les detiene (a menos que ese camarada les condene a muerte, véase Stalin). Dos, que la Unidad Popular estuvo muy lejos de hacer una gestión modélica de las estatalizaciones, convirtiéndolas en cotolengos de comisarios políticos; ocupando puestos donde había que saber ingeniería con personas que lo que sabían era levantar el puño a buen ritmo.

Otro problema de las estatalizaciones fue la credibilidad de su situación provisoria. Con el tiempo, hasta Allende y sus análisis se dieron cuenta de que, en un país que era mayoritariamente burgués y de centro-derecha, el gobierno no podía ir por ahí anunciando la implantación del marxismo. Así pues, cuando las estatalizaciones comenzaron, el presidente se dedicó a decir que en Chile había sólo (¡sólo!) 91 empresas cuya nacionalización era necesaria, y que las demás que se interviniesen era ejercer un «control público transitorio», con la finalidad de devolverlas. Sin embargo, el hecho de que el volumen de empresas intervenidas fuese ocho veces el prometido no ayudó a que la gente creyese estas palabras. Y, además, a Allende le surgió otro problema, sempiterno problema: su izquierda. Los trabajadores de esas empresas que algún día se devolverían, azuzados por los grupos que gritaban «avanzar sin transar», la ultraizquierda que, le gustase o no al allendismo, formaba parte de él, se negaron. Lógico. Cuando has llegado a ser el cogestor de tu curro, ¿qué aliciente verás en que la empresa le sea devuelta algún día a Don Ramón?

En diciembre de 1970, el proyecto de la Unidad Popular había recibido un balón de oxígeno por su izquierda. Tras la muerte, en un enfrentamiento con comunistas, del universitario mirista Óscar Arnaldo Ríos, el MIR, que hasta entonces se había extrañado de la labor del gobierno, decidió adoptar una actitud más moderada, retirando presión sobre el Ejecutivo. Pero el gobierno, en realidad, registraba los problemas por su derecha. Muy pronto, la policía comenzó a informar de conspiraciones desmanteladas, como la Acción Parral, destinada a acojonar a los comerciantes con la inminencia de un saqueo por activistas de ultraizquierda, buscando sembrar el caos en Santiago; o las reuniones de ex combatientes rumanos de la segunda guerra mundial en la residencia de Luis Callis, al parecer miembro del Partido Nazi.

A pesar del balón de oxígeno, no creo que sea alejarse dramáticamente de la realidad que, de alguna manera, todos debieran aceptar, si decimos que la izquierda de Allende no dejó de ser nunca un problema para su proyecto. En Cautín, por ejemplo, tanto el MIR como el MCR, Movimiento Campesino Revolucionario, desoyeron las órdenes del gobierno de colaborar con una reforma agraria tasada, con sus decretos y sus cositas, y se aplicaron a ocupar fundos sí o sí (otra analogía con la España republicana, pues esto mismo fue lo que pasó, sobre todo, durante la primavera del 36). En Pucón, un agricultor, Ronaldo Martus, falleció tiroteado mientras protegía su propiedad. Las acusaciones sobre el gobierno se sucedieron con fuerza. El allendismo, por lo tanto, se encontró con el mismo problema con el que se encontró el Frente Popular en la España del 36: la acción de ésos de los que la historiografía de izquierdas, quizá porque no le cuadran demasiado en su visión de una República idílica, considera incontrolados, como si por tener dicha calidad ya el gobierno no tuviese la responsabilidad de controlarlos. En mi opinión, los intentos del gobierno de Allende por controlar a sus incontrolados fueron más sinceros; pero igual de inútiles.

Ciertamente, mientras el 18 de julio del 36, cuando la legalidad republicana entró en una fase bien distinta, muchos de quienes habían cometido los desafueros en defensa de la revolución, entre ellos los asesinos de Calvo Sotelo, seguían por la calle haciéndose pajas a gusto, en Temuco la Corte de Apelaciones se apresuró a abrir un proceso y una investigación de total seriedad sobre la muerte de Martus. Pero eso no detuvo al MIR-MCR. La Unidad Popular se empleó contra los ocupadores ilegales, pero no paró la espiral. Los mapuches consideraban aquellas ocupaciones como plenamente legales, por referirse a tierras que decían habían sido suyas. Y los propietarios (es decir, la derecha) pronto dejó de confiar en el que el gobierno le fuese a resolver el problema, y empezó a tomarse la justicia por su mano. 

La distancia entre Allende y el MIR se acreció; obsesionado con cumplir la ley, el presidente llegó a hacer algo que es anatema en las reformas agrarias revolucionarias: devolverle tierras a propietarios que, a los ojos de la ley, las habían perdido por motivos ilegales. Al mismo Temuco fue Allende a decir que los propietarios que hubiesen cumplido la ley (es decir, que hubiesen invertido en el bienestar de sus jornaleros) no tenían nada que temer. Pero para entonces la derecha no le escuchaba. En el área de Linares, durante la ocupación legal de una finca, un ingeniero agrónomo, Hernán Mery, fue enviado a parcelar el Purgatorio.

En medio de esta conflictiva puesta en vigor de la nueva economía, el humor del Congreso y el Senado, donde no olvidemos que la Unidad Popular está en minoría, es cada vez peor; más antigubernamental. Pero no por ello Allende decide cambiar el ritmo y transar. Buen conocedor de los vericuetos legislativos como ex presidente del Senado que es, Allende aprovecha estas esquinas y pequeños huecos para colar su política económica. Un ejemplo es el de la nacionalización de la banca, que ejecuta por medio de la Corporación de Comercio, que se va haciendo, paulatinamente, con las acciones de los ahorradores pequeños y medianos. Así, la banca termina siendo estatal sin haber tenido que pasar por el cuerpo legislativo para obtener el nihil obstat.

Más o menos del primer año de mandato data un grave error de la Unidad Popular. Salvador Allende, que ya hemos dicho era en 1970 un político fracasado, había intentado muchas veces llegar al gobierno sin conseguirlo; eso, y la enorme desigualdad social de Chile, había provocado en el presidente unas prisas enormes por descontarla. De hecho, en el Chile de Allende acabaron por aplicarse medidas de dudosa legalidad, como que tender una línea telefónica en el chalé de una persona rica fuese mucho más caro que en el apartamento de un barrio humilde. Pero, más allá de esa progresividad que le causó enormes problemas al gobierno, en el primer año de su mandato, subido a la grupa de un análisis económico que calificaremos de pobre por no ser bastante más rudos y despreciativos, decidió mejorar las condiciones del obrero mediante aumentos salariales hasta del 100%. 

Es bastante lógico pensar que Salvador Allende Gossens no se hablase con José Antonio Girón de Velasco, uno de los leones más rugientes del franquismo irredento. Lástima para el chileno, en todo caso. Si se hubiesen hablado, Girón le podría haber contado que a mediados de los cincuenta del siglo pasado a él, entonces ministro de Trabajo, se le ocurrió la misma idea. ¿Los obreros viven mal? ¡Pues que cobren un 25% más, y Arriba España! 

Arriba España, una polla. Girón le podría haber contado a Allende lo que pasó, que no fue otra cosa que lo que pasó en Chile. Más dinero es más masa monetaria,  más masa monetaria más inflación, inflación es espiral, y, al final, los precios suben un huevo más que los salarios. El obrero cobra un 100% más, pero es un 20%, un 30%, un 50% más pobre. Bull’s eye!

Para colmo, para cuando la inflación se desbocó por causa de estos aumentos salariales, el gobierno perdió los nervios y, en lugar de gestionar la masa monetaria, la multiplicó de modo y forma que algunos escritores de la época se quejan de que «el Banco Central se ha convertido en una imprenta». El exceso de efectivo en circulación era en 1970 de 12.000 millones de dólares. La Junta Militar, a las pocas semanas de llegar al poder (1973), lo valoró en 406.000 millones. Sic.

El allendismo provocó, en términos generales, un importante deterioro en el nivel de vida de los chilenos, también de los más humildes a los que defendía. Este hecho explica la enorme conflictividad que ha de llegar; explica los conflictos entre un gobierno marxista y los obreros que son su Luz; y explica que la Unidad Popular lleve a cabo, lo antes posible y echando mano de interpretaciones un tanto forzadas, el principal elemento en el que sabe que puede encontrar el acuerdo de todos los chilenos porque, lejos de estar situado en el terreno de las ideas económicas o sociales, se sitúa en el terreno del orgullo nacional.

El 12 de mayo de 1971, Allende propone al Congreso la nacionalización del cobre.

viernes, enero 27, 2012

El marxista naïf (2)


Según la Constitución chilena, tras la votación se abría un periodo de 50 días hasta que el Congreso designase presidente. La verdad, los padres de la patria que redactaron ese precepto se habían, probablemente, fumado algo, o se habían puesto de pisco hasta las trancas, porque hace falta ser torpe y zoupas para condenar a un país a una situación de enfrentamiento frontal en el caso de votaciones apretadas como aquélla. La campaña electoral, de hecho, recomenzó. Mientras los medios de comunicación de izquierdas recordaban que no sería la primera ni la última vez que en la Historia de Chile un presidente lo fuese sin tener mayoría absoluta en el Congreso, la prensa afín al Partido Nacional comenzó a coquetear con una, digámoslo con educación, poco elegante coalición ex post entre nacionales y democratacristianos para dejar al médico, por cuarta vez, jodido y con el bisturí en la mano. El 14 de septiembre Allende, tirando de los manuales de Lenin, llamó a la calle a manifestarse y amenazó con paralizar el país si no era elegido. El MIR lo coreaba amenazado con arrasar el Barrio Alto, La Moraleja santiaguina. Fueron 50 días durante los cuales los capitales chilenos salieron del país en fila de a siete, y durante los cuales se habló de golpe de Estado casi con tanta convicción como en el 73.

Con decenas, si no centenares, de miles de chilenos en las calles montando bulla, Allende comenzó a actuar como presidente (electo, se llamaba a sí mismo) y a proponer medidas de gobierno; en un intento, sobre todo, de demostrar a tenderos, hosteleros y pequeños empresarios que no pensaba tocarles un pelo.

El 22 de octubre, dos días antes de la elección definitiva, estalló la bomba.

Aquel día, el comandante en jefe del ejército chileno, general René Schneider, viajaba en su coche, solo y sin escolta, tan solo con un chófer desarmado, camino del curro.  Según declararía con posterioridad René, su hijo, no llevar escolta fue una temeridad por su parte, porque había sido amenazado.  Lo dispararon e hirieron muy gravemente. Murió tres días después, durante los cuales pasó la mayor parte del tiempo sedado.

Días antes, el general Schneider había dejado clara su actitud respetuosa con cualesquiera resultados aportase la senda constitucional chilena; un presidente socialista, sin ir más lejos. Esto fue más que suficiente para la extrema derecha, y especialmente para el grupo Patria y Libertad, dirigido por un abogado, Pablo Rodríguez, que, entre otras cosas, no escondía su admiración personal por José Antonio Primo de Rivera. Quienes mataron al general rompieron el cristal del coche a martillazos y luego le dispararon ocho balas mientras Schneider trataba, inútilmente, de coger la pistola que había en el auto, en el salpicadero. 

Se ha dicho que la acción contra Schneider era, en realidad, un secuestro que salió mal. Fuese lo que fuese, estaba diseñada para presionar a la cámara chilena cara a la votación del nuevo presidente; pero consiguió el efecto exactamente contrario al que buscaba, puesto que el Congreso, aún agonizando el general, eligió a Allende, con 153 votos a favor, 35 en contra y 7 papeletas en blanco. Eso eran los votos de la izquierda más los 71 votos de la izquierda democratacristiana, que siguió el llamamiento de Tomic para votar al médico de Valparaíso. Es importante el dato: de haberlo querido los centroizquierdistas, Allende habría perdido. Tomic fue escrupulosamente respetuoso con el orden constitucional; aceptó con su voto la derrota sufrida, mucho más allá de lo que lo habrían reconocido otros.

La inmediata operación de investigación del atentado produjo 30 arrestos, entre ellos el del general Roberto Viaux Marambio, organizador, apenas un año antes, del denominado como tacnazo; un golpe de Estado fallido cuyo centro fue la escuela de suboficiales y unidades motorizadas del regimiento Tacna. El MIR denunció a Patria y Libertad. Fueron detenidos tanto el suegro de Viaux, general en la reserva Raúl Iguart; como su cuñado, Julio Eduardo Fontecillas. Entre otros muchos. Tal y como lo acabó estableciendo en su acusación el ministerio fiscal, los autores del atentado habrían sido Luis Gallardo, José Jaime Melgosa, Carlos Silva, Carlos Labarca, Luis Hurtado, Diego Dávila, Rafael Fernández y Jaime Requena, siendo coautores Viaux y alguno de sus parientes.
Por cierto, que entre los coautores figuraba un tal Julio Izquierdo que fue detenido en Madrid (el Madrid de Franco) y extraditado a Chile (el Chile de Allende). 

Tras las primeras jornadas presididas por la investigación del caso Schneider, Allende y la Unidad Popular pasaron al anuncio de su programa de gobierno. Éste es el punto, en mi opinión, en el que el allendismo comienza a descarrilar. Se ha dicho y escrito muchas veces que el Chile de Allende es un experimento para llegar al socialismo por vías democráticas. Pero esto presenta dos problemas: uno general, es decir que podría presentarse en cualquier país; y otro particular, propio de Chile.

El problema general es que el socialismo, cuando es socialismo de verdad, no tiene marcha atrás. El socialismo auténtico es el que practicaba, por ejemplo, Pablo Iglesias, y que le hacía decir que no se planteaba la participación en gobiernos burgueses porque lo que él quería hacer era acabar con esos gobiernos burgueses. Vladimir Lenin también entendió este hecho, y es por ello que creó la minoría bolchevique que propugnó, y obtuvo, el poder total en la Unión Soviética. Este principio ya fue formulado por Marx cuando, en su análisis dialéctico, encontró que no había más remedio que pasar por la dictadura del proletariado. 

El socialismo de Allende, y quiero recordar aquí lo ya escrito de que, en Chile y en 1970, socialista quiere decir más revolucionario aún que los comunistas de obediencia moscovita, era un socialismo sin retorno. En su programa, la Unidad Popular defendía «la transformación de las actuales instituciones para instaurar un nuevo Estado donde los trabajadores y el pueblo tengan el real ejercicio del poder». Cierto es que Allende siempre respetó el orden constitucional chileno; como lo es que su retórica hablaba, lo acabamos de ver, de crear un Estado que no era el Estado que existía hasta el momento. 

La segunda característica, propia de Chile, es que quienes cuentan que Allende ganó en 1970, olvidan, a menudo, muchas cosas. Olvidan que Allende ganó unas elecciones presidenciales; no legislativas. Que, en consecuencia, en el Congreso seguía en minoría. Que, de hecho, lo acabamos de leer, incluso su propio puesto de presidente lo debía a la pureza constitucional con la que se había desplegado el ala izquierda de la DC. Éstas son razones más que suficientes como para que un político con suficiente sentido estratégico (del cual Allende carecía) se hubiese dado cuenta de que no era el momento procesal de sacar a pasear su programa de gobierno radical. Y, sin embargo, lo hizo. El programa de la Unidad Popular hablaba de modificar el régimen constitucional existente, bicameral, por otro unicameral llamado Asamblea del Pueblo; sistema que, continúa el documento programático de Allende, «permitirá suprimir de raíz los vicios de que han adolecido en Chile tanto el presidencialismo dictatorial como el parlamentarismo corrompido». Entre otras cosas, aboga por un Tribunal Supremo cuyos magistrados serán nombrados por la Asamblea del Pueblo (cosa que nos sonará a los españoles), para crear una administración de Justicia que actúe «en auxilio de las clases mayoritarias».

Era, desde luego, en la economía donde se desplegaba lo principal del programa de la UP y los elementos, por así decir, más irrevocables de su política. Aboga el programa por «un área estatal dominante», es decir por un sistema empresarial en el que el Estado fuese el principal actor, lo que demandaría la nacionalización de empresas e incluso sectores enteros, entre los que se citan, en el programa: la minería del cobre, el sistema financiero, el comercio exterior, las grandes empresas, los monopolios industriales estratégicos y, en un abracadabrante (por lo extenso y difuso) punto 6, «en general, aquellas actividades que condicionan el desarrollo económico y social del país, tales como la producción y distribución de energía eléctrica; el transporte ferroviario, aéreo y marítimo; las comunicaciones; la producción, refinación y distribución del petróleo y sus derivados, incluido el gas licuado; la siderurgia, el cemento, la petroquímica, la química pesada, la celulosa, el papel». Todas estas expropiaciones, añade el programa, se harán «con resguardo del interés del pequeño accionista». Como ya  veremos, detrás de estas palabras se encuentra la formulación de lo que se conocerá como Doctrina Allende, y que será uno de los principales problemas de su mandato. En todo caso, el programa, como hemos visto, estaba redactado en unos términos tan radicales, y al tiempo confusos, que de hecho permitirá una labor expropiadora que irá más allá, seguramente, de lo que el propio Allende esperaba.

El programa de la Unidad Popular prometía (y lo cumplió) una profundización de la reforma agraria y mejoras sociales en la educación y el nivel de vida de los más desfavorecidos, amén de la «expropiación del capital imperialista». En materia de información, se proponía liberar a los medios de su carácter comercial, «adoptando las medidas para que las organizaciones sociales dispongan de estos medios».

Como ya decía, era un programa irreversible, cuyo impulsor pensaba poner en marcha aun estando en minoría. 

El gran error de Allende y de su administración residió en que actuaron sobre la base de que por el hecho de haber sido elegido el médico de Valparaíso presidente (en minoría) ya se debía entender que el proyecto socialista recibía el aval. Gonzalo Martner, jefe de la ODEULAN, Oficina de Planificación Nacional, auténtica sala de máquinas de la política allendista, sobre todo en lo que se refiere a las expropiaciones, le dijo al corresponsal español José Antonio Gorriarán: «el Gobierno puede disolver el Congreso si se oponen a todo». Y tiene importancia esta frase porque, más o menos, por la misma época, el propio Allende le declaraba al mismo periodista español que quería «hacer cambios estructurales, herir intereses preservando absolutamente los derechos, no sólo de información y de crítica, sino de oposición». El contraste entre estas dos frases nos revela otra característica que yo veo en el allendismo: su polimorfía. En el mismo movimiento convivían personas de un estricto legalismo con otras que no estaban dispuestas a que los legalismos frenasen sus planes; todas ellas amenazadas por una extrema derecha que quería borrarles del mapa, y una extrema izquierda que quería sobrepasarlos. 

Allende, bien por ser políticamente correcto ante un periodista español, bien porque, como yo no descarto en lo absoluto, lo piense sinceramente, utiliza expresiones neutras: «cambio estructural» es un sintagma que está lejísimos de la dialéctica revolucionaria. Es el tipo de visión de las cosas que podría hacer que Lenin te mandase al paredón por tibio. Y su compromiso con la libertad es total; hasta el punto de acatar la decisión de sus tribunales de denegar la extradición de un criminal nazi, por mucho que le repugne. Sin embargo, si el franquismo es Franco, el allendismo, como le ocurre a muchos movimientos latinoamericanos (el peronismo, el castrismo; en el futuro, el chavismo), es mucho más que Allende. Mucha más gente, y no necesariamente connivente con sus puntos de vista. Se suele decir: Allende estaba dispuesto a respetar la democracia; y quien lo dice, a mi modo de ver, no miente. Pero si cambiamos Allende por allendismo, ya la cosa no está tan clara. El presidente tenía en su propio partido elementos que le exigían ir más allá.

En otras palabras, el allendismo se sintió tocado de una legitimidad discutible, como siempre le ocurre a quien llega a gobernar con un programa, pero necesita del apoyo de otros para sacarlo adelante.

Eppur si mouve... con todos estos antecedentes, Salvador Allende se dispuso a gobernar.

jueves, enero 26, 2012

Una foto histórica


Esta foto fue tomada ayer por la noche en la Casa Blanca. En ella se ve a los integrantes de los Chicago Bulls, recibidos por el presidente Obama tras obtener el anillo de la NBA, en play-off final en el que le metieron nada menos que un 4-0 al Los Angeles Lakers de Kobe Bryant y Pau Gasol, y con partidos memorables como el segundo de la serie, en Chicago, donde le metieron a sus rivales una asombrosa ventaja de 46 puntos.

Obama tapa al base Derrik Rose, siempre tan modesto. En la fila de atrás, primero por la derecha, se ve al alero británico Luol Deng, de bastante mala hostia por haber sido desplazado del cinco inicial y convertido en sexto hombre. En el centro de esa fila de atrás se puede ver a Carlos Boozer, para mí uno de los mejores aleros-pivot de la NBA. Y a su derecha a Ronnie Brewer, un escolta de grandísima proyección.

En el centro de la foto, junto a Obama, puede verse a un jugador de 2,04 de altura y 113 kilos de peso, nacido en Sierra Leona, llamado Sisebuto Chugainov. Él, alero titular de los Bulls (es por esto que Deng lo mira con cara asesina), fue el artífice de los play offs, con una media de 47 puntos por partido, 13 rebotes y cuatro asistencias. Además, en el penúltimo partido de las finales batió uno de los récords históricos de la NBA (o eso dijeron los periodistas en la rueda de prensa posterior), anotando 15 triples.

Sisebuto es creación de JdJ y, actualmente, ocupa en los roosters mundiales de jugadores online de NBA 2k11 el puesto 8.200, más o menos.

Ahora que Sisebuto ha ganado el anillo, a lo mejor me deja leer más Historia :-D

miércoles, enero 25, 2012

El marxista naïf (1)


Salvador Allende no cayó del cielo. Ni subió de los infiernos. Salvador Allende es el resultado de una evolución que en Chile se venía produciendo ya de tiempo atrás, y que no pocas veces se había terminado por plantear como un enfrentamiento frontal, y mutualmente exclusivo, entre una oligarquía terrateniente e industrial y lo que en aquel país se conoce como los rotos; que no deben confundirse con los rojos españoles, pero se les parecen mucho. El siglo XX y, sobre todo, su segunda mitad, hicieron prácticamente inevitable la eclosión de la conciencia política de la clase obrera y campesina chilena, con elementos muy significativamente locales, sorprendentes para un observador externo. Sorprende, por ejemplo, que durante el periodo de mandato de Salvador Allende el Partido Socialista, al que él pertenecía, mostrase un radicalismo revolucionario casi absoluto, de forma que debía ser el Partido Comunista el que refrenase sus tendencias. Como también sorprende encontrarse con movimientos como el MAPU, de un leninismo casi de libro pero de inspiración cristiana.

No por casualidad, por lo tanto, la campaña electoral de 1964 en Chile estuvo presidida por un eslogan que se parecía casi a la letra con otro que se había manejado en unos comicios ya lejanos en España. Si en las elecciones de febrero de 1936 la CEDA y José María Gil-Robles reclamaron el voto para poder parar el marxismo, en las de 1964  la Democracia Cristiana de Eduardo Frei, el partido político más establecido de Chile, salió a la calle con la intención de plantear a la sociedad chilena una alternativa clara: o democracia cristiana, o marxismo. El lema concreto de la DC, que entonces llevaba seis años en oposición frente al gobierno de derecha pura y dura de Alessandri (Partido Nacional) fue «revolución en libertad»; buscando, claramente, al electorado a su izquierda natural.

En 1964, con ese eslogan, aprovechando además la relativa miopía del propio Allende, quien no se apeó de su radicalismo, la Democracia Cristiana, más que ganar, barrió, en un resultado parecido al del PSOE en 1982, que hacía presagiar un largo periodo de gobierno del centro.

El gobierno Frei de 1964, incubadora sin quererlo del allendismo, no supo administrar correctamente las muchas, demasiadas, ilusiones que concitó. Pues aquella victoria se produjo en un ambiente social en el que los chilenos esperaban de la Democracia Cristiana solución para todo: para la economía rota, para la miseria de obreros y campesinos, para el colonialismo industrial extranjero, para el analfabetismo.

La oferta democratacristiana, sin embargo, resultó ser un fiasco. Lejos de domar la inflación (a la que algunos economistas llaman, con razón, «el impuesto de los pobres»), ésta se desbocó, y el endeudamiento externo de Chile trepó por las nubes; subía el paro, y la reforma agraria, abordada inicialmente con valentía, acabó embarrancando. En esa situación, la DC, que en realidad era un pastiche de tendencias muy diversas, comenzó a sufrir fugas por ambos lados, a derecha e izquierda, donde tanto el PN como las formaciones marxistas jugaban sus cartas, dificultando en lo posible el éxito del Gobierno. Sin ir más lejos, muchas iniciativas gubernamentales se estrellaban en el muro del Senado que, oh casualidad, tenía un presidente llamado Salvador Allende Gossens.

La agitación social, además, obligó a aquel gobierno de centro  a usar la fuerza, de forma exagerada. En 1966, una huelga de los mineros de El Salvador provocó seis muertos. En una manifestación en Santiago contra la limitación del derecho de huelga hubo siete muertos. Y, sobre todo, por su repercusión, cabe citar los siete muertos producidos en Puerto Montt, cuando la policía disparó sobre una masa de okupas.

En un ambiente de crecientes deserciones desde la democracia cristiana hacia la Unidad Popular de izquierdas, en 1968, Jacques Chonchol, el hombre designado para realizar la reforma agraria a través del INDAP, dimitió de su cargo. Esta desafección, provocada por serias discrepancias con Frei, provocó la salida de la DC del llamado Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), de raíz cristiana pero que con los meses radicalizaría cada vez más sus posiciones. Chonchol sería ministro de Allende.

La Unidad Popular, por lo tanto, llegó al poder contra Frei; pero de alguna manera, también, se alimentó de él. En primer lugar, porque la integración en la misma, más o menos formal, de los disidentes de la izquierda cristiana, dotó a las izquierdas de una vitola que necesitaban para captar determinados viveros de votos. Y, segundo, porque el gobierno Frei, con su reforma agraria truncada (que, en todo caso, reasentó a 30.000 familias de colonos), con su política de chilenización de empresas estratégicas (comprando acciones, que no nacionalizando), abrió las vías que, posteriormente, explotaría la UP desde una óptica marxista.

El 4 de septiembre de 1970 se celebraron elecciones presidenciales, a las que Frei no podía presentarse, pues hacía menos de seis años que había ocupado esa primera magistratura. Por lo tanto, descontado Frei, los candidatos en aquellas elecciones fueron, fundamentalmente, tres:

Jorge Alessandri era el candidato del derechista Partido Nacional. Ya había sido presidente, pero más de seis años atrás; además, tenía el inconmensurable aval de ser hijo de Arturo Alessandri Palma, conocido como El león de Tapaca, uno de los políticos más arrechos de la Historia de Chile. El Partido Nacional lo era del orden, de las clases altas y de los grandes industriales y banqueros, además de muchos chilenos de centro-derecha que, sobre estar fuertemente decepcionados con la democracia cristiana, temían a la izquierda, así pues no eran nada proclives a la abstención; por supuesto, no le hacía ascos a los ciudadanos de simpatías simple y llanamente fascistas.

Sin embargo, Alessandri tenía un punto débil: sus 74 años de edad que, dicen, le jugaron una mala pasada, pues es convicción de muchos chilenos que acabó por perder las elecciones cuando se dejó grabar por los camarógrafos leyendo un comunicado que comenzaba: «No me temblará la mano…»;  y que leyó mientras sus manos, agarrando el papel, interpretaban el parkinsoniano baile de San Vito. De todas formas, Alessandri cometió otro gravísimo error en aquella campaña, y fue actuar como si la Unidad Popular fuese una formación ultraminoritaria sin ninguna posibilidad de ganar.

El segundo en discordia era Radomiro Tomic, de la Democracia Cristiana. El Rubalcaba de nuestra historia, pues, recogiendo la presunta herencia de un presidente a la vez saliente y bastante odiado. Centró su campaña electoral en atacar a Alessandri, consciente de que era quien, sobre el papel, tenía más posibilidades de ganar. A Allende lo dejó en paz, entre otras cosas porque su planteamiento estratégico, basado en vender la idea de una profundización en las medidas reformistas que Frei no había completado, en realidad lo acercaba a la oferta socialista. Sin embargo, Tomic no acudía con un programa exactamente propio, pues el partido le había impuesto la estrategia de no alianzas de la DC, contra su deseo de tentar algún tipo de embroque con la izquierda.

Y, last but not least como los hechos acabarían por demostrar, se encontraba la Unidad Popular. Formación que se lo pensó mucho antes de designar a Allende como candidato. Era la cuarta vez que el médico de Valparaíso quería intentar el asalto de la Casa de la Moneda, y no eran pocos en las propias formaciones de izquierda que lo consideraban un juguete roto de la política chilena. En la asamblea para formar la Unidad Popular, el Partido Socialista presentó a Allende como candidato; los comunistas, al poeta Pablo Neruda; el Partido Radical, a Alberto Baltra; el MAPU, a Jacques Chonchol; y el Movimiento de Acción Independiente, a Rafael Tarud.

Neruda se descartó rápidamente a base de exhibir una retórica revolucionaria con la que nadie, jamás, ha ganado unas elecciones democráticas (hasta el Frente Popular español del 36 se presentó en las urnas con un programa tan tibiamente de izquierdas, que Largo Caballero tenía que decirle a los suyos en sus mitines que no se preocuparan, que la revolución llegaría en todo caso). Tras él fueron cayendo los que tenían escasos apoyos, hasta quedar la movida entre Allende y Chonchol. Las negociaciones entre ambas facciones de la UP no fueron fáciles pero, cuando la ruptura se acercó, Chonchol consideró de mayor valor la unidad en las urnas, y se retiró.

Allende, por supuesto, prometió durante la campaña la profundización de la revolución freiana, aunque con mensajes tendentes a mitigar el miedo al marxismo como, por ejemplo, su promesa de respetar a la pequeña y mediana empresa. Sin embargo, ya durante aquella campaña electoral, cuando todo aún no había comenzado, se apreció uno de los errores que con el tiempo se harían más patentes en la actuación de Allende: su incapacidad de sacudirse a los muy radicales o, más bien, su deseo de no hacerlo.

Las alianzas políticas son casas con dos puertas: la entrada, y la salida. Cuando la alianza es con un partido suficientemente moderado, uno puede controlar las dos puertas. Entra cuando quiere y sale también cuando quiere. Pero lo que caracteriza aliarse con un radical es que uno sólo controla la puerta de entrada. El momento en que pueda tomar la puerta de salida es algo que decide el aliado.

Allende tuvo, para aquella campaña electoral, el decidido apoyo del Partido Comunista Chileno; formación, ya lo hemos dicho, en realidad más moderada que el propio Partido Socialista en aquel momento. También recibió el apoyo de la CUT, Central Única de Trabajadores, primer sindicato del país. Pero también fue apoyado, sistemática y públicamente, por el MIR, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, la CNT de esta historia (si es que hemos de ir a un paralelismo con nuestra II República). El MIR estaba dispuesto a ayudar a Allende siempre y cuando no se desviase de «la construcción del socialismo»; y realizó ese apoyo sin abandonar ni un milímetro sus postulados de extremo radicalismo marxista-leninista y violento, cuando menos, pues, terroristoide

El MIR acabaría por convertirse en el gran auditor del gobierno Allende en la calle; el pollo cabrón que, cada vez que te relajas, se inclina sobre tu oído y susurra: delendum est capitalismus. No por casualidad, el MIR sería también lo último que le quedaría Allende, cuando los militares comenzasen a bombardear la Casa de la Moneda.

Allende ganó el 4 de septiembre. Obtuvo 1.070.334 votos, por 1.031.159 de Alessandri y 821.801 de Tomic. Pero aquí tenemos otro paralelismo con la II República española (especialmente con sus actos finales) y, consecuentemente, una reflexión. La victoria de Allende en 1970 se asemeja mucho a la del Frente Popular en el 36, que fue, dicho sea sin poner en duda las cifras de los historiadores, por un puñado de votos. En el caso de Chile, incluso, el puñado era más pequeño aún. Si alguien que propugna un cambio radical consigue menos de la mitad de los votos emitidos, ¿adquiere con eso fuerza moral y política para llevar a cabo su programa? Supongo que cada uno tiene una respuesta para esta pregunta; pero es obvio que ni en Chile ni en ninguna parte se puede decir que todo el mundo piense lo mismo. 

A mi entender, ante victoria tan magra, se hubiera impuesto, inteligentemente, cierta matización programática por parte del ganador, sobre todo si esperaba que fuerzas políticas que estaban a 40.000 votos de él o que incluso, unidas, lo superaban, se olvidasen de que sus propios postulados eran contrarios, en ocasiones radicalmente contrarios, a los suyos. Lo contrario equivaldría a ponerles muy fácil echarse al monte. Sin embargo, Allende no podía hacer eso, por la razón de sus propias convicciones, pues era un marxista de libro, y, sobre todo, las alianzas que le habían llevado a conseguir aquellos votos.

El resultado de las elecciones de 1970, y la reacción de Allende ante su propia victoria, dibujaron la primera gran contradicción del proceso chileno: la construcción del socialismo en minoría. «Avanzar por el camino de la democracia», diría Allende en su segundo discurso parlamentario al pleno del Congreso (21 de mayo de 1972), «exige superar el sistema capitalista, consubstancial a la desigualdad económica». Esta frase, en mi opinión, revela la simpleza con que Allende veía el mundo. Pues sólo una persona que se mueva lentamente por la existencia, manejando apenas dos o tres ideas muy básicas o creyendo que, como decía Summers, tó er mundo é güeno, puede pensar que se puede impulsar un cambio sistémico en minoría, y pretender que la mayoría lo acepte.

Ganar las elecciones, en todo caso, sólo era el primer paso. La Constitución chilena, en mi opinión excesivamente preocupada por el garantismo democrático hasta generar en potencia situaciones sin salida, exigía un segundo paso, que era ser designado presidente. Y ese paso, pronto se reveló, no iba a ser nada fácil.

lunes, enero 23, 2012

Matilde Padrós



En el número 143 (marzo de 1988) de la entonces excelente publicación Historia 16, la escritora Carmen de Zulueta escribía un artículo quejándose amargamente de que el año anterior, 1987, hubiese pasado sin pena ni gloria para la figura de Matilde Padrós, a quien la autora del escrito consideraba, y es probable que lo fuese, la primera universitaria de la Historia de España. 1987 fue, en efecto, el centenario del año en que Padrós pisó por primera vez una universidad; y es posible que fuese la primera vez en la Historia de España que esto ocurriera.

La distinción de ser la primera mujer licenciada en Filosofía y Letras se suele adjudicar en muchos lugares, entre ellos laWikipedia, a María Goyri, mujer que sería de Menéndez Pidal. No es de extrañar este hecho, porque María Goyri cuadra bastante más con la mitología feminista pues, de hecho, fue una importante defensora de los derechos de la mujer. Matilde Padrós cometió el error de no hacer nada de eso y, tal vez, es por eso que no se la recuerda. Pero la muy cabrona, qué le vamos a hacer, sacó la licenciatura en 1893. Algunos años antes que Goyri. Se siente.

Es posible, en todo caso, que Matilde Padrós no sea, como pretendía De Zulueta,  la primera universitaria española. Algunas publicaciones sobre la materia destacan que Rosario Ibiurrun se licenció en Físicas y Exactas en 1888, cinco años antes que ella. No obstante, no he conseguido encontrar información fiable sobre si lo hizo por libre o asistiendo a clase, con lo que no puedo asegurar si fue la primera mujer que pisó las aulas.

Matilde Padrós Rubió nació en Barcelona en 1873, hija del comerciante textil catalán Timoteo Padrós y de Paulina Rubió. Nació en el número 11 de la calle del Coll y tuvo cuatro hermanos más.

La familia se trasladó a Madrid siendo Matilde una niña y abrió una tienda de modas, llamada El Capricho, en la esquina de las calles Alcalá y Cedaceros.

Don Timoteo no era lo que se dice un krausista avanzado, pues ya le veremos diciendo hasta aquí hemos llegado; pero, sin embargo, cuando su hija mostró proclividad hacia el estudio, no le pareció mal que siguiera estudiando. Asistió, como buena burguesa, a un colegio privado, y al final del curso se presentó por libre a los exámenes en el Instituto San Isidro. Terminó el bachillerato el 1 de julio de 1887, con 14 años, con nota de sobresaliente. Solicitó el ingreso en la universidad Complutense, que ejercitó al comenzar el curso siguiente. En el tiempo en que Matilde ingresó en la universidad, nueve de cada diez mujeres que entraban a comprar en El Capricho no sabían ni leer ni escribir.

La universidad no estaba cerrada a las mujeres, que podían examinarse; sin embargo, lo que parece que estaba prohibido aun (pero tendríamos que conocer mejor la historia de la Ibiurrun para confirmarlo) era asistir a clase. De hecho Matilde, matriculada en la universidad, tuvo que estudiar el primer curso en casa y, en el verano de 1888 (el año, recordémoslo, que Rosario Ibiurrun se estaba licenciando) se presentó por libre a los exámenes.

Es posible que a Matilde esta situación de tener que examinarse por libre no le gustase nada; además, probablemente encontraba que era un hándicap no poder asistir a las clases como sus compañeros hombres. Por esta razón o por otra, lo cierto es que, cara al segundo curso, don Timoteo se dedica a mover Roma con Santiago para que su hija pueda asistir a las clases. Finalmente, lo consigue.

La asistencia de Matilde a las clases, no obstante, no era normal. Siendo como es el conocimiento de peña del otro sexo y el ligoteo un hecho colateral de ser universitario, ni Matilde ni sus compañeros pudieron catarlo; ella jamás tuvo contacto normal con sus compañeros de clase.

Matilde acudía al edificio de la calle San Bernardo y, en lugar de dirigirse al aula, lo hacía a la sala de profesores. Allí esperaba a que llegase el profesor que iba a impartir su clase, momento en el cual, acompañada por éste y por un bedel, iban los tres al aula. Así escoltada entraba Matilde Padrós (como más tarde entraría María Goyri) en el aula, para sentarse en una sillita junto a la mesa del profesor, lejos de los escaños de los alumnos con pene. Al terminar la lección, regresaba a la sala de profesores igualmente escoltada donde, al finalizar la última clase, la esperaba algún pariente suyo o criado, que la acompañaba a casa. Matilde Padrós, por lo tanto, nunca intercambió conversaciones ni contactos con sus compañeros de clase, como no fuesen los extremadamente formales que permitía este régimen. Además, vestía de una forma muy recatada y oscura, probablemente para no dar pábulo a quienes quisieran quejarse de lo perturbador de su presencia en los cenotafios del saber. Los estudiantes de su curso la apodaron La Niña.

En aquellos escaños que la veían sin poder hablarla había algunas personas de importancia para la Historia de España. Como Julián Besteiro o Luis Bello. Profesores suyos fueron Nicolás Salmerón y Menénez Pelayo. En casi todas las asignaturas, entre las que se cuentan el griego, la metafísica, la literatura, el hebreo, sacó sobresaliente. El 19 de junio de 1890 aprobó el último examen de su licenciatura.

Con posterioridad, ya en la Universidad Central, Padrós siguió dos cursos de doctorado. Fue eximida del pago de matrícula, por haber sido calificada con matrícula de honor, e hizo estudios de sánscrito, historia de la filosofía, más literatura o estética. En la primera y última, por cierto, cargó en el examen, teniendo que examinarse por libre en la recuperación. El ejercicio de grado para sacarse el doctorado lo hizo el 27 de abril de 1893, sacando un sobresaliente.

José Ortega y Gasset dejó dicho de Matilde Padrós: «Es la mujer más inteligente que he conocido, pero lo más interesante de esta mujer es que ella no sabe que es inteligente. Difícilmente se encontrará un ser más inteligente y más inocente».

Terminados los estudios de Matilde, su padre, que estaba encantado de tener una hija tan lista, reaccionó, no obstante, como el comerciante que era; niña, ya tienes edad para colaborar en el negocio familiar que es, al fin y al cabo, el que nos da de comer. La chica, mientras empollaba el hebreo, el griego y el sánscrito, había llevado la contabilidad de la tienda y de la casa, pero su padre la necesitaba para más cosas; por ejemplo, para viajar, sobre todo a París, y tratar de copiar los diseños que allí se veían. Así pues, Matilde Padrós, tras tan brillante carrera intelectual, primero obedeció a su padre, y después sería ama de casa.

Girados los goznes del siglo XX, Padrós conoció al ilustrador malagueño Francisco Sancha. Tras un noviazgo a la antigua (en una proporción aproximada de doscientas cartas apasionadas por beso real), se casaron en 1906 y se fueron a vivir a Montalbán esquina Alfonso XII, en pleno Retiro. En 1911, atraídos por los hermanos de Sancha que ya habían emigrado al mismo lugar, se fueron a Londres; viaje que se costeó, en parte, con la venta de todo lo que Matilde poseía relacionado con el negocio de su padre, con el que, por lo tanto, cortó amarras. En Londres mantuvieron la vieja costumbre decimonónica de recibir en casa, motivo por el cual su vivienda se convirtió en lugar de paso, de nuevo, de personas importantes para la cultura y la Historia de España, tales como Luis Araquistain, Tomás Meabe, Julio Álvarez del Vayo, Julio Camba, Salvador de Madariaga o Ramiro de Maeztu.
Estallada la Gran Guerra, y a causa de los problemas que un artista como Sancha tenía para colocar su trabajo, Matilde Padrós trabajó de profesora de español, así como redactora de la Enciclopedia Británica.

En 1922, la familia regresó a España, a Madrid. Sancha se convirtió entonces en ilustrador habitual de la prensa española, hasta fallecer en septiembre de 1936, en Oviedo. Un año después, la que falleció fue su mujer.




Francisco Sancha debe de tener una calle en Madrid. En la ciudad hay una calle que lleva este nombre y, la verdad, no tengo referencia alguna que me haga pensar que se refiera a otra persona distinta del ilustrador malagueño, que se hizo muy madrileño por las escenas que solía dibujar.

Sin negarle el mérito a Sancha para estar inmortalizado en una esquina del barrio de Begoña de esta ciudad, sería bueno que el Ayuntamiento, sobre todo ahora que al frente del mismo se encuentra una mujer, se acordase de la consorte de aquél a quien ya ha tenido a bien distinguir. Cierto es que Matilde Padrós no ha dejado huella trazable. No dejó, al menos que yo sepa, ningún libro sobre materia alguna que, a buen seguro, habría sido de interesante lectura y aun mayor erudición. Tal vez dio don José Ortega en el meollo de la cuestión cuando destacó de ella, no sólo su inteligencia, sino también su inocencia; tal vez eso la hizo demasiado acomodaticia para que sus herederas de hoy, que creen poder con todo, la admiren.

Claro que sus herederas de hoy se sientan donde les sale del pingo, hablan cuando les peta y se conducen en la vida a su total y libre albedrío. Los más de nosotros, si hubiésemos crecido en un mundo donde apenas nos dejasen estudiar escoltados, sentaditos y callados en una mesa al lado del profesor, no creo que hubiésemos conseguido, jamás, traducir del sánscrito.

Matilde Padrós, inocentona y todo, debía de tener un buen par. De hemisferios cerebrales. Y se merece que la recordemos, mucho más que otros a los que la Historia,  y la mitología moderna, recuerda apenas por haberse tirado un cuesco a tiempo.

miércoles, enero 18, 2012

Piratas

El lugar ideal para cometer el robo y/o el asesinato perfecto es la mar. Ni siquiera hoy, en el tiempo de los satélites y las cámaras callejeras que controlan buena parte de nuestros movimientos, hay gran cosa que hacer frente al equipo de personas que, usando embarcaciones ligeras y exhibiendo la necesaria falta de escrúpulos, interceptan el importantísimo tráfico marítimo y se quedan con mercancías y personas, por las que cobran habitualmente rescate.

La piratería, sin embargo, le cae simpática a un montón de gente. Empezando por el montón de gente británica, y de otros países, a la que no le queda más huevos que admirar a algunos de sus piratas, porque son sus héroes nacionales. Pero, más allá, la literatura y el cine han hecho mucho por envolver de romanticismo, atractivo sexual e, incluso, cierto contenido político, al filibustero; a pesar de que éste, la Historia lo demuestra, ha sido, las más de las veces, un perfecto hijo de la gran perra. Hay que reconocer, sin embargo, que en el pirata se dan algunas características que han podido, de hecho así ha sido, mesmerizar a más de uno.

Piratas, como digo, ha habido siempre. A Julio César lo secuestraron unos, que pidieron un jugoso rescate por su persona; aunque también es cierto que en esa anécdota, Julio inventó la retaliation pues, nada más verse libre, se dirigió al refugio pirata, los pilló celebrando el cobro y, allí mismo, los degolló primero y, dicen las crónicas, crucificó después. Confieso que nunca he entendido el sentido de la segunda acción.

Con los siglos llegaron los vikingos, grupos más o menos desorganizados que, sin embargo, obedecían reglas bastante estrictas, y que practicaban una mezcla entre la piratería y el establecimiento en las tierras que tocaban, que es la que explica que hoy en día, en toda la costa atlántica europea, aparezcan como si tal cosa, en los paritorios, bebés inusitadamente pelirrojos, rubios, o de pieles blancuzcas y pecosas. Hoy en día, poder demostrar ancestros vikingos, en tierras que buscan ancestos propios hasta el la sección de perfumería del Carrefour como, por ejemplo, Galicia, mola que lo flipas. Recuerdo, en este sentido, que el mejor libro que he leído sobre la materia, hace bastantes años, se llamaba Gallaecia Scandinavica; pero lamentablemente no recuerdo el autor.

La primera acción decididamente organizada contra la piratería es la creación de la Liga Hanseática, en 1214, que incluyó la contratación de barcos de seguridad para proteger los convoyes. No obstante, en un detalle que también es muy significativo del tono de la historia de la piratería, los propios comerciantes hanseáticos alquilaron los piratas para guerrear contra el rey danés Waldemar. Y es que la historia de la piratería está repleta de teóricos represores o gobernadores de ciudades costeras que se dan a la piratería; de comerciantes que juran en arameo cuando les roban barcos pero comercian luego con el material robado por los piratas; y de piratas que acaban contratados como alguaciles del mar y se despliegan con sus ex camaradas con una crueldad digna de mejor encomio.

La prosperidad de Inglaterra en los tiempos pre-renacentistas hizo del Canal de la Mancha un lugar de gran transacción comercial y cita de piratas, habiéndose llegado a calcular la presencia de hasta 400 barcos ladrones en esas aguas. Los conocidos como Cinco Puertos Ingleses (Hastings, Rommey, Hythe, Dover y Sandwich), que vivían del comercio, crearon una liga contra los piratas, a la que se unieron, asimismo, Winchelsea y Rye. Sin embargo, esta lucha inglesa contra la piratería se hizo de una forma un tanto especial, sobre todo si la vemos con ojos actuales, porque los puertos ingleses, aparte de tratar de pillar a los piratas, les dieron licencia para saquear cualquier buque que no fuese inglés. De esta manera embrionaria nació lo que hoy conocemos como patente de corso.

Eso que los ingleses conocen como privatery es una consecuencia plenamente lógica de la época. En la mar, como en la tierra, los ejércitos no son nacionales ni estatales, sino particulares. El ejército de un rey es la suma de los pequeños ejércitos de aquellos hombres que, en su ámbito, están en disposiciones de alquilar mercenarios y le apoyan. En la mar es exactamente igual. El final de la Edad Media es el comienzo del fenómeno que conocemos hoy como guerra mundial. De hecho, en mi opinión debiéramos llamar primera guerra mundial o primera guerra europea a lo que conocemos como guerra de los cien años; exactamente igual que en el 14, en aquélla metió cuchara todo Dios, y fue la geopolítica del área la que se ventiló en los combates.

En el marco de estos enfrentamientos, igual que los particulares forman batallones de arqueros o piqueros, los particulares arman barcos, que operan con patentes de guerra concedidos por el rey, pudiendo saquear los barcos con la condición de rendir una porción a la corona. Ya sé que es difícil imaginar una Inglaterra sin armada, pero los ingleses medievales carecían de ella, y habrá que esperar hasta Enrique VIII y, sobre todo, hasta la Reina Virgen, para encontrarnos intentos serios de formarla.

Eduardo I de Inglaterra, para mí uno de los mejores reyes que ha tenido ese país desde el punto de vista de su robustecimiento como nación, concedió ya las primeras patentes de corso, sobre todo a los armadores de mercantes que habían sido previamente saqueados. Estas patentes, por lo tanto, daban derecho a piratear y saquear cualquier barco que llevase la misma bandera que la de quien les había saqueado a ellos primero. Pero fue, como ya he insinuado, Isabel I la que hizo de esta actividad un auténtico negocio, tanto para los piratas como para Inglaterra. Obsesionada con la posibilidad de que el rey español invadiese un día su país, Isabel multiplicó las patentes de corso y, sobre todo, inauguró el prestigio del pirata, con gestos como el bien conocido de subir a la gacela dorada de Francis Drake para armarlo caballero.

Drake odiaba a España y amaba el dinero a partes iguales. Cierta historiografía inglesa trata a su abuelo con la conmiseración de quien hizo lo que hizo porque la guerra y bla; pero es falso, porque da la casualidad de que Drake se ensañó con las posesiones españolas también en tiempo de paz. Fue en tiempo de paz, por ejemplo, cuando planificó su vuelta al mundo saqueando las ciudades españolas del Pacífico; campaña que fue la le que dio la condición de caballero, entre otras cosas porque el tesoro que descargó en Londres puede ser, bien fácilmente, uno de los tres o cuatro mayores tesoros jamás conseguidos en un botín de paz o guerra (dos millones y medio de libras de la época, según los relatos).

Paradójicamente para los piratas, muchos de los cuales, como Drake, soñaban soñaba con la derrota de España, la famosa de la Armada Invencible fue un desastre para ellos. Al convertirse otras rutas distintas del Canal en seguras, las mercancías dejaron de fluir por donde ellos estaban acostumbrados a atacar y tenían sus bases. Para colmo, Jacobo I, en llegado al trono de Londres, cerró las hostilidades con España, lo que dejó literalmente en el paro a centenares de barcos con sus centenares de capitanes y decenas de miles de piratas dentro. En esta situación, se volvieron contra el propio comercio inglés, que las patentes de corso habían dejado aparte obviamente, y prácticamente lo hicieron, nunca mejor dicho, zozobrar. La solución al problema, en todo caso, llegó mediante la internacionalización. Jacobo I, que como buen cristiano no sentía ningún respeto por los no creyentes, comenzó a conceder patentes de corso a quienes se fuesen a robar al Mar Rojo. Allí pillaron y mataron a manos llenas los corsarios ingleses, cotizando siempre el diezmo para la corona.

No obstante, otra zona se convertía en caliente en esos tiempos: el Caribe. La elección del lugar tiene también mucho que ver con la derrota de la Invencible y el hecho de que dejó las aguas atlánticas y pacíficas en manos que quien las quisiera surcar. Claro que también había sus riesgos. Según un relato de 1604, a los integrantes de dos barcos piratas apresados por los españoles en las Antillas se les cortaron las manos, los pies, las orejas y la nariz y, finalmente, fueron embadurnados con miel y colgados de los árboles para que se los comiesen los insectos.

Los primeros bucaneros caribeños eran franceses y, más que piratas, eran, como lo sería el pasaje de Myflower algún día, perseguidos religiosos. En vagabundeo por el mundo, llegaron a la actual Haití, que había sido abandonada por los españoles, pero que tenía abundante ganado salvaje porque los antiguos colonizadores no se lo habían llevado. Allí se establecieron los franceses y, como ganaderos, aprendieron a preparar una carne salada y seca, tal y como lo hacían los indios, sobre una especie de parrillas hechas con ramas verdes que llamaban boucans. Bucanero, por lo tanto, es una palabra que, en su inicio, quiere decir preparador y vendedor de este tipo de carne, que era bastante popular entre los navegantes de la zona.

Es hacia 1630 cuando estos primeros bucaneros, muy acrecidos por gentes que se habían ido quedando en la isla tras desertar de sus barcos, se trasladaron a la Isla de la Tortuga. Además, finalmente tuvieron que hacerlo porque los españoles entraron en La Española a sangre y fuego, matando el ganado y ejecutando a los bucaneros que encontraron por estar ocupando una isla de su propiedad. Aquella incursión, sin embargo, fue un error que España acabaría pagando carísimo con el tiempo. Faltos de su negocio en tierra, los bucaneros hubieron de buscarlo en la mar, y se convirtieron en piratas, a los que los ingleses llamaban freebooters, palabra que los franceses pronunciaban flibustiers y que, de regreso al inglés, se convirtió en filibusters, de donde viene nuestro filibustero.

Desde 1630 a 1710 existió en la Isla de la Tortuga una especie de república pirata o Confederación de los Hermanos de la Costa, que funcionó a la manera anárquica de los piratas. En 1640 Francia se convirtió en el primer estado que le vio una posibilidad a controlar esa cosa y la invadió con unas tropas al mano de un tal señor Lavasseur de San Cristopher. En 1654, gracias a la prosperidad que les trajo la posesión francesa (y sus patentes de corso), los piratas tenían ya embarcaciones suficientemente grandes como para llegar hasta la denominada Costa de los Mosquitos, en Nicaragua. A partir de 1665, la piratería alcanzó la operativa y dimensiones que conocemos, y así siguió durante apenas sesenta años en que empezó su declive. En ese mismo año de 1665, además, abrieron una segunda base en Jamaica, en lugares como Cagua o el famoso Port Royal. Esos fueron los años de François Lanonois, el terror de Maracaibo; o Lewis Scott, que lo fue de Campeche, en México; Pierre François, Roque Basiliano... tantos otros. Entre ellos destacó, desde luego, Henry Morgan, el responsable de que Morgan sea apellido habitual de delincuente y, muy especialmente, de pirata, en el imaginario de mucha gente. En realidad, Morgan fue uno de esos piratas de doble cara, pues, además de ladrón y saqueador, también fue el defensor de Jamaica frente a los ataques españoles, mediante una patente concedida por el gobernador inglés sir Thomas Modyford, que le permitió armar una poderosa flotilla pirata de doce barcos con 700 hombres a bordo, con la que hostilizó la isla de Cuba y Portobello, en Panamá. Morgan era también un tipo sin escrúpulo alguno pues, en sus asaltos, utilizaba curas y monjas apresados como escudos humanos. Para conocer el emplazamiento de las cosas de valor de los pueblos, no dudó ni siquiera en torturar a niños pequeños, quemándoles los dedos para que confesaran.

Retirado tras sus acciones, volvió a la acción en 1670, cuando España volvió a atacar Jamaica, llegando a juntar una flota de 36 barcos y 2.000 marineros.

Las victorias de Morgan llevaron a España a firmar el llamado Tratado de las Américas, por el cual reconocía por primera vez a Inglaterra el derecho a comerciar en la zona. Este tratado acabó con los bucaneros para siempre, aunque no pocos de ellos decidieron seguir siendo piratas. Los buenos tiempos volvieron, aunque de forma intermitente; como en 1683, cuando la ruptura de hostilidades entre España y Francia volvió a multiplicar las patentes de corso. En 1688, Inglaterra concedió un indulto general al que se acogieron muchos piratas; pero la guerra con Francia, al año siguiente, volvió a animar a muchos a ocupar el oficio.

Los piratas eran personas no exentas de valentía. Pierre le Grand, el primer gran pirata de la Isla de la Tortuga, ordenó cierta vez que, antes de un ataque, se abriese una vía de agua en su propia nave; de esta manera, evitó las deserciones o renuncios. El pirata medio era un dipsómano sin solución (no pocas veces, los piratas no pudieron realizar abordajes, o repeler ataques, por lo mamados que estaban) y tenía que estar dispuesto a lo peor, porque el castigo habitual por su delito era la muerte. Sin embargo, el porcentaje de piratas que murieron en la horca, con seguridad, fue muy bajo y, además, como hombres de mar, a los piratas lo que les esperaba en la vida civil era una existencia de mierda por un salario bastante menos que mileurista. Sin embargo, la piratería podía dar enormes negocios, como la droga hoy en día; por lo que ejercía sobre mucha gente el mismo nivel de atracción.

Aunque no con tanta frecuencia como se quiere ver, la piratería también tenía, a veces, su punto de reivindicación social (que ha colaborado para construir su mito), dado que no pocos de los piratas, si no todos, eran personas de muy baja extracción social que antes habían tenido, por así decirlo, una triste vida de obreros. Muy conocido en el mundillo filibustero es el discursete que el capitán pirata Charles Bellamy le soltó a un capitán mercante que, una vez apresado, se negó a hacer una cosa que se ofrecía muy a menudo a los vencidos, esto es firmar el estatuto del pirata y unirse a ellos. Bellamy lo llamó «perro zalamero, como todos ésos que se someten a ser gobernados por las leyes que han hecho los ricos para su propia seguridad». Todo un indignado, el tal Bellamy.

Los piratas atacaban en barcos pequeños, contra lo que se suele ver en las películas, entre otras cosas porque su mejor forma de huir si la cosa iba mal era acercarse a los bajíos y salir por patas del barco; para lo cual necesitaban que el suyo tuviese menos calado que la media. Solían aprovechar muchos barcos apresados, aunque les elevaban las bordas (para poder esconderse hasta el último momento) y les quitaban absolutamente todo lo que había en cubierta para dejarla diáfana. En la cubierta era el único lugar de un barco pirata en el que se dejaba fumar (al menos con la pipa sin tapar) para evitar incendios; aunque beber, se podía beber hasta en el puesto del vigía.

Los capitanes eran electivos y, por lo tanto, podían ser destituidos; Daniel Defoe llegó a ver en un barco pirata 13 capitanes en dos meses. Su valor era, normalmente, equivalente al último botín conseguido. Tenían derecho a camarote, pero cualquier otro marinero podía entrar en él cuando quisiera y tomar del mismo lo que le diese la gana (ron, las más de las veces). Los capitanes comían la misma ración que la tripulación y eran uno más. Aunque algunos fueron muy respetados. Barbanegra, por ejemplo, se hizo respetar una tarde cuando, en medio de una borrachera monumental, decidió apostarse a bien quién sería capaz de aguantar más tiempo en el infierno. Así que se metió en las bodegas, con los otros que apostaron, y una vez allí hizo quemar azufre. Por supuesto, fue el último en salir para, a renglón seguido, invitar a sus hombres a una competición a ver quién aguantaba más tiempo ahorcado sin morir; invitación que nadie aceptó. En otra ocasión, y por pura broma, le destrozó una rodilla de un pistoletazo a un amigo íntimo suyo.

Una vez elegido, el capitán tenía el mando y se apoyaba en su contramaestre, que en realidad era el alma del barco, pues organizaba casi todo, desde los ataques hasta el reparto del botín. Aunque el capitán tenía el mando, los castigos se imponían en asamblea de todos, salvo que la falta estuviese recogida en el Estatuto. Cada barco o flota pirata tenía su propio Estatuto, que había que firmar al inicio de cada campaña, aunque sus contenidos son bastantes parecidos. Se establecían normas básicas de disciplina o de seguridad (como lo de no fumar en las sentinas), así como otras como la prohibición de violar a las cautivas (blancas; a las negras, incluso los nada raros piratas negros se las zumbaban a gusto). Esto no tiene nada de altruísta ni de civilizado. Contra lo que se pueda imaginar, los piratas no querían pelear. El chollo, para ellos, era que el mercante se rindiese impoluto. De esta manera, se llevaban toda la carga e incluso algún que otro marinero que se les pasase. Que la costa supiera que respetaban a las mujeres era un aliciente para rendirse. El otro, por cierto, era repartir las ganancias; porque en la historia de la piratería ha habido muchos más piratas que los piratas.

Lo que sí cuadra con las leyendas es el uso constante de la Jolly Roger, la famosa bandera de la calavera y las dos tibias; aunque si algún día una peli quisiera ser más respetuosa con la Historia, debería incluir un reloj de arena y, sobre todo, recordar que la bandera más usada, y temible, de los piratas, era roja. Una bandera roja significaba que se habían terminado las ofertas y que se procedería al ataque sin piedad.

Hay elementos de la imaginería pirata que son bastante, o radicalmente, falsos. Rara vez abordaban los barcos con ganchos y tal. Primero, porque muchos barcos los robaban de noche, aprovechando que quedasen en ellos pequeñas guardias. Y, segundo, porque su forma más normal de ataque era embestir el barco contrario, buscando que sus propios aparejos se enredasen con el bauprés de su víctima. Asimismo, no se tiene noticia de que piratas que hicieran la pollada ésa de la tabla para tirar a alguien al mar. Si lo tiraban, lo tiraban, y punto.

A base de estas cosas, de las novelas y después de las películas, la piratería fue adquiriendo ese halo romántico y aventurero. Sin embargo, reflexione el lector sobre el pequeño detalle de que ninguna época del ser humano ha admirado, jamás, a sus piratas contemporáneos. Por algo será.