Para entonces, principios de 1973, Chile está ya en una situación bipolar. El proyecto de la Unidad Popular ha tenido como consecuencia quebrar la unidad de la democracia cristiana lo que, en la práctica, hace que el país se divida en los que están con Allende, y los que están en contra. Unos muy con, y otros muy, pero muy contra. Tanto las acciones de Patria y Libertad como las de los denominados Grupos Rolando Matus difícilmente se pueden considerar otra cosa que terrorismo reaccionario. Pero la actuación del MIR tiene de respetuosa con la forma y el fondo democráticos lo que yo de piloto del SEPLA. En junio del 71, el asesinato de Pérez Zujovic tuvo como consecuencia la primera alianza estratégica entre la DC y el derechista Partido Nacional (primo hermano de los Rolando Matus) en la llamada Confederación Democrática. Dos años después, esa alianza está cerca ya de ser de hierro. Antes, incluso, se producen indicios que Allende, en muchas cosas tan íntegro como miope, no sabe ver. El socialista Hernán de Canto pierde la alcaldía de Valparaíso a manos del candidato democratacristiano. La Unidad Popular, a continuación, sufre una pequeña grieta con la defección parcial del PIR, Partido de Izq uierda Radical, el ala izquierda de la DC (el ala izquierda-izquierda, el MAPU, permanece fiel a Allende). En enero del 72, la DC gana en las elecciones legislativas en las provincias de Linares y O’Higgins.
miércoles, febrero 01, 2012
El marxista naïf (4)
Esta medida, nacionalizar el cobre, sí que la propone al
legislativo, pues, como ya hemos sugerido, sabe que cuenta con avales
superiores a cualquier otra iniciativa, ya que ya el gobierno Frei ha intentado
que el 51% del capital de la denominada Gran Minería esté en manos del Estado
chileno. El 11 de julio, que por ello fue instaurado por el allendismo como
feriado (Día de la Dignidad Nacional) las minas de los tres gigantes
estadounidenses (Anaconda, Kennecott y Cerro Corporation) son nacionalizadas.
El gobierno Allende había decidido dar la vuelta de tuerca
realmente importante: el enfrentamiento económico con los Estados Unidos. Lo
cual quiere decir: la nacionalización del cobre. La primera víctima, por
contarlo todo, fueron las estaciones meteorológicas americanas situadas en
Chile, una de ellas en la Isla de Pascua, que fueron evacuadas. Después, el
gobierno decretó la nacionalización de las minas del cobre. El 19 de julio de
1971, la Casa Blanca –Nixon- contestó. El gobierno americano anunció la
aplicación de la denominada enmienda González, que se basaba en la ya famosa en
mienda Hickenlooper, por la cual los EEUU pueden frenar, congelar o negar
asistencia económica a todo gobierno que indemnice inadecuadamente a una
empresa del país. Además, contestó con una restricción del crédito
internacional a varios países latinoamericanos, especialmente Chile y Bolivia,
país éste que también estaba abordando nacionalizaciones en el sector
petrolífero. Al mes siguiente, el Eximbank le niega a Chile un gran crédito de
21 millones de dólares. Luego llega el Banco Interamericano del Desarrollo. Hay
que decir que esta política por parte de Nixon es ciega y sectaria. El crédito
de Eximbank se había pedido para poder comprar tres aviones Boeing para la
línea LAN Chile; así pues, fue la empresa de Seattle, americana por los cuatro
costados, la que pagó el pato.
No conozco a nadie que dude de la legitimidad de la medida
tomada por Allende; de hecho, ya estaba insinuada por la política anterior de
la Democracia Cristiana. Sin embargo, el error de Allende en este punto no fue
el qué, sino el cómo. Con esas ínfulas típicas que a veces se dan a las cosas
nuevas, recibidas como generadoras de un antes y un después pero rara vez
objeto de un análisis reposado, buena parte de la izquierda mundial recibió con
albricias la que entonces se denominó Doctrina Allende, rebautizada por la
famosa revista Newsweek como matemática
marxista.
La Doctrina Allende no cuestionaba el derecho del
propietario de un bien nacionalizado a recibir un justiprecio. Sin embargo,
matizaba, y vaya si lo matizaba, ese derecho, aseverando que, para fijar ese
justiprecio, había que tener en cuenta los beneficios obtenidos durante el
tiempo de propiedad, y su legitimidad social. Dicho de forma muy esquemática:
en el caso de que un gobierno expropie a un banquero que explotase a sus
trabajadores no pagándoles lo suficiente, el justiprecio del banco debería ser
minorado en el monto de dicha explotación.
Como idea no está mal. Como tampoco es mala idea lo de las
balanzas fiscales entre comunidades autónomas. Ambas teorías, sin embargo,
adolecen del mismo problema: son incalculables. Para calcular el beneficio o
pérdida social inducido por la explotación de un bien por un empresario, hay
que hacer asunciones; por ejemplo, cuál es el salario digno que una persona debe
cobrar. Las asunciones, por definición, son subjetivas. Máxime cuando uno es
juez y parte.
Este problema se podría haber resuelto, más o menos, si el
gobierno chileno hubiese acudido a algún arbitraje internacional que avalase
los cálculos. Pero no fue así. Cierto es, desde luego, que los trabajo de
cálculo relacionados con las minas fueron hechos con la colaboración de
empresas externas. Pero, vaya: una era una organización francesa llamada
Sofremines, que lo mismo era muy imparcial; pero la otra era un equipo de
expertos enviado desde la URSS, con un ministro a la cabeza.
Allende, en un salto mortal bastante burdo, se convirtió en
la persona que calcularía el precio que él mismo debería pagar; por mucho que, formalmente, fuese la
Contraloría del Estado la encargada del cálculo técnico, suya, por así decirlo,
es la redacción del decreto supremo 92, de 28 de diciembre de 1971, donde
establecía que la rentabilidad socialmente aceptable de las minas de cobre
había de ser del 10%, y que todo lo que estuviese por encima no se pagaría. Obviamente, en no pocas ocasiones esta cuenta
le salió cero, o cantidades bajas que, efectivamente, podía pagar. E, incluso, en el caso de la Kennecott, el cálculo
resultante fue que no sólo no había que pagarle un duro, sino que los
americanos le debían a Chile más de 300 millones de dólares.
La Doctrina Allende generó, a mi modo de ver, graves
problemas a Chile más allá de sus fronteras, graves problemas de credibilidad
que, que yo sepa, no han sido aun totalmente valorados por los historiadores
económicos. Además, fortaleció la posición de los EEUU en el ámbito
internacional, que ya, de por sí, no suele ser debilucha. La Doctrina Allende
fue un gran error, quizá el mayor de los errores de Salvador Allende durante su
mandato.
Otro de los problemas inesperados para el gobierno fue la
conflictividad en la propia minería. El marxismo tiene un punto mesiánico y
buenista según el cual, como procede a liberar al obrero de la alienación de su
plusvalía por el burgués, no cabe esperar que dicho obrero se rebote. En
general, los países comunistas han hecho valer esta predicción del marxismo a
base de susurrarle al obrero que como se le ocurra protestar lo llevan a la
Lubianka. No fue el caso de Allende, que era un marxista mucho más liberal que
el resto de los marxistas que en la Historia han gobernado, aún sumados y
multiplicados por 27. Allende dejó hacer, y se encontró con que los mineros,
por mucho que les hubiesen nacionalizado, compañero, se pusieron a protestar.
Eran, en general, obreros privilegiados en lo que al salario se refiere. El
precio del cobre cayó, la demanda acostumbrada también lo hizo (la Kennecott,
en un movimiento que, la verdad, no cabe reprocharle, redujo en un 60% su
demanda a las minas otrora de su propiedad, sólo el primer año; el segundo, ya
ni compró). Con todo ello, se resintieron los salarios, y vino la
conflictividad. Allende fue a Chuqui, que en Chile no es un muñeco diabólico
sino una localidad minera, a decirles a los esforzados proletarios que tuviesen
paciencia y esperasen a que los obreros de otros sectores consiguiesen sus
objetivos sociales; y los esforzados proletarios le señalaron un columpio del
parque, y le instaron a utilizarlo. Incluso, en noviembre de 1971, durante su
visita a Chile, el compañero Fidel se dejó caer por la mina de Chuquicamata y
le dio a los camaradas mineros que se alineasen con la política del gobierno.
Los de la pica y la linterna le señalaron al Faro de la Revolución
Latinoamericana el mismo columpio donde, meses antes, habían subido al propio
Allende. En 1972, el conflicto se cerró. Sí. Pero no mediante la gimnasia
revolucionaria, compañero, sino doblándole el sueldo a los mineros.
¿Labró la nacionalización del cobre la perdición de Allende?
En mi opinión, sin duda. La idea de nacionalizar el cobre, unida a la torpe
terquedad en que ambas partes, EEUU y Chile, acabaron cayendo, acabó con las
posibilidades del presidente de evitar el raid golpista. La reacción de
Washington fue sobreactuada, excesivamente intransigente y, a la postre, aval
de una intervención intolerable en los asuntos internos del país. Pero Chile
tampoco se puede ir de rositas en el juicio de este enfrenamiento. El
secretario de asuntos latinoamericanos estadounidense, John H. Crimmins, llegó
a ofrecer a los negociadores chilenos una rebaja de la tensión a cambio de una
voluntad indemnizadora algo más intensa que salvase la cara del conflicto. La
delegación que había viajado a Washington, formada fundamentalmente por
comunistas, simplemente se negó, como se negó a un arbitraje internacional en
la materia. En todo caso, Allende no se podía permitir un acuerdo en las
negociaciones de Washington. Ni el Partido Socialista, enormemente
radicalizado, ni los no-socios-pero-socios del MIR se lo habrían permitido.
Sin embargo, es un error considerar que Estados Unidos
decidió acabar con Allende para recuperar los derechos económicos de tres o
cuatro multinacionales. La mano de la Casa Blanca es más larga, y sus
condicionamientos más profundos. En mi opinión, lo que acabó por decidir a
Kissinger y Nixon de ir contra Allende con todo lo gordo fue la combinación
entre la nacionalización del cobre, la visita de Fidel a finales del 71, y el
hecho evidente que Allende no estaba dispuesto e echar del pequeño planeta de
la Unidad Popular a ese Principito indignado que era el mundo MIR, formalmente
no integrado en la coalición de gobierno pero de hecho identificado con ella en
lo esencial.
Estados Unidos decidió acabar con Allende por la misma razón
que jamás habría permitido que, un suponer, el Partido Comunista Italiano
hubiese desbancado a la Democracia Cristiana del poder en la Italia de los
cincuenta. Por la misma razón por la cual los cada vez más aislados sedicentes
representantes de la República Española en el Exilio recibían,
sistemáticamente, reproches en el Foreign Office por hablarse con los
comunistas. Chile estaba, está, en el patio de atrás de los Estados Unidos. Y
en el patio de atrás de los Estados Unidos, el jefe no se anda con
gilipolleces. Se cometió un error, que se llamó Cuba; uno y no más, Satanás. A
día de hoy no podemos descartar, en lo absoluto, que ese error, tener que
aceptar la supervivencia del régimen castrista, no le costase la vida a John
Kennedy; esto nos da la medida de la importancia de las cosas para según qué
gente. Allende quedó marcado el 11 de julio de 1971, Día de la Dignidad
Nacional; y, paradójicamente, él mismo acabaría señalándole a los americanos el
camino por el que joderle.
Por el camino, la nacionalización del cobre supuso graves
problemas externos para Chile, sobre todo por el flanco de la Kennecott. De
forma inmediata a la nacionalización, en noviembre de 1971, se creó el Tribunal
Especial del Cobre, formado básicamente por las grandes cabezas de la
judicatura chilena, para resolver los conflictos surgidos en los justiprecios,
o sea la Doctrina Allende. La Kennecott apeló ante dicho Tribunal, pero el
Tribunal, casi un año después (agosto del 72), se declararía incompetente para
juzgar las indemnizaciones fijadas por la Contraloría y Allende, lo cual es un
tanto exótico (si no podían juzgarlo ellos… ¿quién quedaba? ¿Dios? ¿Marx?
¿Belén Esteban?).
Ya el 4 de febrero de ese año de 1972, la Kennecott había
obtenido de un tribunal de Nueva York el embargo de diversos bienes chilenos.
Pero el 8 de septiembre de 1972, justo un día después de que el Tribunal haya
reafirmado su declaración de incompetencia, Frank Milliken, presidente de la
Kenn, anuncia la retirada de la multinacional del Tribunal, o sea la ruptura
frontal con Chile, y pone a los abogados a trabajar. El 30 de septiembre,
apenas 20 días después, los abogados de la Braden Cooper, del grupo Kennecott,
presentan ante el Tribunal de Gran Instancia de París la petición de embargo de
1.750 toneladas de cobre chileno que en ese momento navegan en un barco
llamadol Birthe Oldendorf con rumbo a
Le Havre. Los estibadores de dicho puerto se negarán a descargar la mercancía
cuando sean informados de que va a terminar en manos de los americanos.
El 2 de noviembre se celebra un acto de conciliación en el
tribunal parisino (fallido, claro) entre la Braden Cooper y Codelco, el
organismo público chileno coordinador del asunto del cobre. Los abogados
chilenos, en un ejercicio de cierto cinismo jurídico en mi opinión, defienden
que un tribunal extranjero no puede entender de cosas que forman parte de una
reforma constitucional de un Estado. Según este argumento, como digo un tanto
folklórico en mi opinión, el día que un país se secuestre y dicte una reforma
constitucional según la cual los ciudadanos rubios se tendrán que cortar una
pierna, a la justicia internacional no le quedará sino aplaudir con las orejas.
El 29 de noviembre, no obstante, los chilenos ganan: el
tribunal de París, al devolverles el control del cobre de El Havre, admite los
dos pilares de la tesis chilena: la legalidad de la Doctrina Allende y la
inimputabilidad, fuera de Chile, de Codelco. Más o menos por esas fechas, la
Kennecott solicita a un tribunal de Vatseras, en Suecia, el embargo del cobre
de un barco que se dirige a dicho país. El tribunal se lo deniega, pero
inmoviliza el cobre.
Pese a la victoria inicial, el 9 de enero de 1973, los
abogados de la Kennecott consiguen que un tribunal alemán decrete el embargo de
3.000 toneladas de cobre.
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lunes, enero 30, 2012
El marxista naïf (3)
Los primeros meses de gobierno de Allende fueron aclarando
dos divorcios; o, mejor dicho, uno y medio, porque el allendismo nunca se divorció,
en realidad, de la ultraizquierda. Evidentemente, la extrema derecha, Patria y
Libertad, se extrañó por completo de los actos y proyectos del presidente, y a
las pocas semanas de ocupar éste la Casa de la Moneda ya le prescribía la
muerte que acabó teniendo. Por su parte, la ultraizquierda del
MIR y de Vanguardia Organizada del Pueblo vaticinaba la sustitución de Allende
por otro presidente más revolucionario; pero nunca terminaba de cortar las
amarras con un gobierno que, al fin y al cabo, estaba haciendo más cosas que
ninguno en la línea que ellos pretendían. Todo esto era presenciado a prudente
distancia por el PC Chileno, a causa sobre todo de sus vínculos con Moscú, es
decir con un centro de poder para el cual Chile sólo era una pieza más de un
complejo ajedrez y que, por lo tanto, tampoco estaba dispuesto a darlo todo.
El 8 de junio de 1971, el régimen vivió su primera gran
prueba de fuego cuando la Vanguardia asesinó al político democratacristiano
Edmundo Pérez Zujovic. Las acusaciones a la Unidad Popular no se hicieron
esperar pero Allende, llevando hasta el final el principio de respeto total a
la legalidad y al orden, lavó esa mancha con una investigación en la que los
terroristas fueron finalmente descubiertos.
Por el camino, y bajo la batuta del ministro Vuscovic, en
Chile comenzaron a nacionalizarse industrias a puñados. Es elemento habitual de
la literatura más proallendista recordar que esa situación se produjo en un
ambiente de fuga masiva de capitales; el aeropuerto de Santiago se preñó de
viajeros que volaban a Argentina con maletas que parecían embarazadas de cuero.
Pero también es cierto que no tiene mucho sentido dejar el dinero dentro de un
circuito que está siendo crecientemente nacionalizado; por mucho que la fuga de
capitales sea una acción insolidaria, no lo es menos que quien aborda un
proyecto para hacer estatal una parte fundamental de la economía, para tener
bajo su sobaco un tercio del suelo agrícola de Chile como pretendía la ODEULAN,
más le valdría haber previsto este efecto, porque cae de cajón.
Si los socialistas chilenos hubiesen leído la Historia de la
II República española, también habrían previsto un efecto que, en parte, parece
les pilló por sorpresa: el cierre patronal de
facto producido en los fundos chilenos, que secó la producción agrícola;
igual que pasó en España, sobre todo, durante la primera reforma agraria
republicana.
Como consecuencia, Chile entró en una dinámica de moneda
crecientemente desvalorizada, algo contra lo que el gobierno luchó poniendo a
funcionar la maquinita de hacer billetes (o sea, echando gasolina a la
hoguera); y, al igual que pasó en España durante la guerra civil en zona
republicana, la toma del poder de gestión de las empresas por los trabajadores
devino en una inmediata caída de la productividad y, en general, de la
eficiencia.
Ya en abril de 1971, Vuscovic tuvo que anunciar la imposición de
contingentes a la industria nacional; no máximos, sino mínimos. «Se trata de
producir más», sentenció. De hecho,
oigamos al mismísimo Allende: «mientras no se forme una conciencia política, y
los obreros, los campesinos y los empleados, no entiendan que este país sólo
progresa produciendo más y trabajando más, este país, sencillamente, va al
fracaso». Esta frase, por cierto, instila otro de los elementos identificadores
del allendismo, siempre según mi opinión: la Unidad Popular era un gobierno de
izquierdas, y como gobierno de izquierdas actuó un poco como si considerase que
los trabajadores harían lo que ella les pidiese, porque sí.
Es error común de muchos políticos olvidar que el común de
los mortales no se rige tanto por principios ideológicos como ellos. El
trabajador medio no come de las teorías de Lenin o las formulaciones de
Gramsci. Su vida consiste en estar atento a la relación entre lo que gana y lo
que le cuesta vivir, y montarla, si puede, cuando lo primero baja y lo
segundo sube. Presos de una convicción un tanto angélica sobre las masas
revolucionarias, ese Pueblo magnificado en la teoría marxista que, por lo
visto, nunca se equivoca y nunca ataca a gobernantes de izquierdas, los dirigentes de la UP nunca pensaron encontrarse
con el problema de que los trabajadores fueran a ser menos eficientes cuando
les quitasen de en medio a su empresario; y mucho menos que fuesen a montar
movidas reivindicativas salariales contra
ellos. Pero los trabajadores lo hicieron: los textiles; los taxistas de
Santiago, que montaron la mundial para conseguir la bajada de bandera de cinco
pesos; e incluso, sorpresa de sorpresas, los trabajadores de las minas de cobre
nacionalizadas.
Como ilustración de esto que digo, de esta suerte de
incapacidad de entender que pobre y trabajador no quiere decir revolucionario y
menos aún marxista, copio aquí la descripción que el propio Allende
hizo del problema nuclear de la reforma agraria: «La ley permite expropiar
enseguida la tierra, pero hay que discutir con el patrón sobre los animales,
maquinaria y todos los complementos del trabajo agrícola. El hecho de decir:
“se expropia tal fundo” no implica que pase de inmediato a la Corporación de
Reforma Agraria. Entonces, el campesino dice: “si este fundo está expropiado,
es nuestro”. Y este fundo no va a ser entregado, como suyo, a los campesinos,
sino que, sencillamente, lo trabajaremos en cooperativa y, en excepcionales
casos, en haciendas del Estado. Eso hay muchos campesinos que no lo comprenden.
Y es que hace falta tiempo y crear una conciencia».
En lo tocante a la llamada a producir más, las grandes
empresas privadas, en general, objetaron de colaborar con el gobierno. Y,
aunque el gobierno les había amenazado con multas e incluso la nacionalización,
se la tuvo que envainar no pocas veces. A los empresarios les era muy fácil
justificarse: no producían porque no podían importar materias primas que
necesitaban. Lo cual, con la moneda local compitiendo a barrigazos en el torneo
de los siete trampolines, era una puñetera verdad.
De todas formas, hay otro factor. Según el balance que haría
el general Augusto Pinochet en las primeras semanas de su dictadura, la cifra
de empresas nacionalizadas o intervenidas de forma significativa por la Unidad
Popular rondó las 800. Casi todas ellas lo fueron desde el inicio del gobierno de la Unidad Popular hasta mediados de 1972. A
partir de entonces, las nacionalizaciones se frenaron casi en seco. Un
periodista tan poco sospechoso de ser crítico con Allende como Ted
Córdova-Claure, en su libro Allende, No,
reconoce que la clave de ese frenazo fue «la falta de autoridad de los
interventores, en general tan sólo autoridades políticas, para imponer la
necesaria disciplina de producción».
Este balance nos dice dos cosas: una, que
el gobierno ocupó la dirección de las empresas estatalizadas no con personas
que supiesen lo que se hacían, sino que tenían la ideología, y tal vez las
amistades, adecuadas. Dos, que esas personas o no pudieron o no quisieron
evitar que las empresas cayesen en la turbia espiral de la cogestión de los
trabajadores que, como sabemos bien por los pobres resultados de las industrias
de guerra en la retaguardia republicana española durante la guerra civil, no
suele funcionar lo que se dice bien.
El plan de estatalización, por lo tanto, chocó con dos
cosas, ambas relacionadas, una vez más, con la sencillez de pensamiento con que
Allende había enfrentado el problema: una, el hecho de que los obreros, cuando
ven deteriorados los que consideran sus derechos, protestan; y tener que
protestar contra un camarada no les
detiene (a menos que ese camarada les condene a muerte, véase Stalin). Dos, que
la Unidad Popular estuvo muy lejos de hacer una gestión modélica de las
estatalizaciones, convirtiéndolas en cotolengos de comisarios políticos;
ocupando puestos donde había que saber ingeniería con personas que lo que
sabían era levantar el puño a buen ritmo.
Otro problema de las estatalizaciones fue la
credibilidad de su situación provisoria. Con el tiempo, hasta Allende y sus
análisis se dieron cuenta de que, en un país que era mayoritariamente burgués y
de centro-derecha, el gobierno no podía ir por ahí anunciando la implantación
del marxismo. Así pues, cuando las estatalizaciones comenzaron, el presidente
se dedicó a decir que en Chile había sólo (¡sólo!) 91 empresas cuya
nacionalización era necesaria, y que las demás que se interviniesen era ejercer
un «control público transitorio», con la finalidad de devolverlas. Sin embargo,
el hecho de que el volumen de empresas intervenidas fuese ocho veces el
prometido no ayudó a que la gente creyese estas palabras. Y, además, a Allende
le surgió otro problema, sempiterno problema: su izquierda. Los trabajadores de
esas empresas que algún día se devolverían, azuzados por los grupos que
gritaban «avanzar sin transar», la ultraizquierda que, le gustase o no al
allendismo, formaba parte de él, se negaron. Lógico. Cuando has llegado a ser
el cogestor de tu curro, ¿qué aliciente verás en que la empresa le sea devuelta algún día a Don Ramón?
En diciembre de 1970, el proyecto de la Unidad Popular había
recibido un balón de oxígeno por su izquierda. Tras la muerte, en un
enfrentamiento con comunistas, del universitario mirista Óscar Arnaldo Ríos, el
MIR, que hasta entonces se había extrañado de la labor del gobierno, decidió
adoptar una actitud más moderada, retirando presión sobre el Ejecutivo. Pero el
gobierno, en realidad, registraba los problemas por su derecha. Muy pronto, la
policía comenzó a informar de conspiraciones desmanteladas, como la Acción
Parral, destinada a acojonar a los comerciantes con la inminencia de un saqueo
por activistas de ultraizquierda, buscando sembrar el caos en Santiago; o las
reuniones de ex combatientes rumanos de la segunda guerra mundial en la
residencia de Luis Callis, al parecer miembro del Partido Nazi.
A pesar del balón de oxígeno, no creo que sea alejarse
dramáticamente de la realidad que, de alguna manera, todos debieran aceptar, si decimos que la izquierda de Allende no
dejó de ser nunca un problema para su proyecto. En Cautín, por ejemplo, tanto
el MIR como el MCR, Movimiento Campesino Revolucionario, desoyeron las órdenes
del gobierno de colaborar con una reforma agraria tasada, con sus decretos y
sus cositas, y se aplicaron a ocupar fundos sí o sí (otra analogía con la
España republicana, pues esto mismo fue lo que pasó, sobre todo, durante la
primavera del 36). En Pucón, un agricultor, Ronaldo Martus, falleció tiroteado
mientras protegía su propiedad. Las acusaciones sobre el gobierno se sucedieron
con fuerza. El allendismo, por lo tanto, se encontró con el mismo problema con
el que se encontró el Frente Popular en la España del 36: la acción de ésos de
los que la historiografía de izquierdas, quizá porque no le cuadran demasiado
en su visión de una República idílica, considera incontrolados, como si por tener dicha calidad ya el gobierno no
tuviese la responsabilidad de controlarlos. En mi opinión, los intentos del
gobierno de Allende por controlar a sus incontrolados fueron más sinceros; pero
igual de inútiles.
Ciertamente, mientras el 18 de julio del 36, cuando la
legalidad republicana entró en una fase bien distinta, muchos de quienes habían
cometido los desafueros en defensa de la revolución, entre ellos los asesinos
de Calvo Sotelo, seguían por la calle haciéndose pajas a gusto, en Temuco la
Corte de Apelaciones se apresuró a abrir un proceso y una investigación de
total seriedad sobre la muerte de Martus. Pero eso no detuvo al MIR-MCR. La
Unidad Popular se empleó contra los ocupadores ilegales, pero no paró la
espiral. Los mapuches consideraban aquellas ocupaciones como plenamente
legales, por referirse a tierras que decían habían sido suyas. Y los
propietarios (es decir, la derecha) pronto dejó de confiar en el que el gobierno
le fuese a resolver el problema, y empezó a tomarse la justicia por su mano.
La
distancia entre Allende y el MIR se acreció; obsesionado con cumplir la ley, el
presidente llegó a hacer algo que es anatema en las reformas agrarias
revolucionarias: devolverle tierras a propietarios que, a los ojos de la ley,
las habían perdido por motivos ilegales. Al mismo Temuco fue Allende a decir
que los propietarios que hubiesen cumplido la ley (es decir, que hubiesen
invertido en el bienestar de sus jornaleros) no tenían nada que temer. Pero
para entonces la derecha no le escuchaba. En el área de Linares, durante la
ocupación legal de una finca, un ingeniero agrónomo, Hernán Mery, fue enviado a
parcelar el Purgatorio.
En medio de esta conflictiva puesta en vigor de la nueva
economía, el humor del Congreso y el Senado, donde no olvidemos que la Unidad
Popular está en minoría, es cada vez peor; más antigubernamental. Pero no por
ello Allende decide cambiar el ritmo y transar. Buen conocedor de los
vericuetos legislativos como ex presidente del Senado que es, Allende aprovecha
estas esquinas y pequeños huecos para colar su política económica. Un ejemplo
es el de la nacionalización de la banca, que ejecuta por medio de la
Corporación de Comercio, que se va haciendo, paulatinamente, con las acciones
de los ahorradores pequeños y medianos. Así, la banca termina siendo estatal
sin haber tenido que pasar por el cuerpo legislativo para obtener el nihil obstat.
Más o menos del primer año de mandato data un grave error de
la Unidad Popular. Salvador Allende, que ya hemos dicho era en 1970 un político
fracasado, había intentado muchas veces llegar al gobierno sin conseguirlo;
eso, y la enorme desigualdad social de Chile, había provocado en el presidente
unas prisas enormes por descontarla. De hecho, en el Chile de
Allende acabaron por aplicarse medidas de dudosa legalidad, como que tender una
línea telefónica en el chalé de una persona rica fuese mucho más caro que en el
apartamento de un barrio humilde. Pero, más allá de esa progresividad que le
causó enormes problemas al gobierno, en el primer año de su mandato, subido a
la grupa de un análisis económico que calificaremos de pobre por no ser
bastante más rudos y despreciativos, decidió mejorar las condiciones del obrero
mediante aumentos salariales hasta del 100%.
Es bastante lógico pensar que Salvador Allende Gossens no se
hablase con José Antonio Girón de Velasco, uno de los leones más rugientes del
franquismo irredento. Lástima para el chileno, en todo caso. Si se hubiesen
hablado, Girón le podría haber contado que a mediados de los cincuenta del siglo pasado a él,
entonces ministro de Trabajo, se le ocurrió la misma idea. ¿Los obreros viven
mal? ¡Pues que cobren un 25% más, y Arriba España!
Arriba España, una polla. Girón le podría haber contado a
Allende lo que pasó, que no fue otra cosa que lo que pasó en Chile. Más dinero
es más masa monetaria, más masa
monetaria más inflación, inflación es espiral, y, al final, los precios suben
un huevo más que los salarios. El obrero cobra un 100% más, pero es un 20%, un
30%, un 50% más pobre. Bull’s eye!
Para colmo, para cuando la inflación se desbocó por causa de
estos aumentos salariales, el gobierno perdió los nervios y, en lugar de
gestionar la masa monetaria, la multiplicó de modo y forma que algunos
escritores de la época se quejan de que «el Banco Central se ha convertido en
una imprenta». El exceso de efectivo en circulación era en 1970 de 12.000
millones de dólares. La Junta Militar, a las pocas semanas de llegar al poder
(1973), lo valoró en 406.000 millones. Sic.
El allendismo provocó, en términos generales, un importante
deterioro en el nivel de vida de los chilenos, también de los más humildes a
los que defendía. Este hecho explica la enorme conflictividad que ha de llegar;
explica los conflictos entre un gobierno marxista y los obreros que son su Luz;
y explica que la Unidad Popular lleve a cabo, lo antes posible y echando mano
de interpretaciones un tanto forzadas, el principal elemento en el que sabe que
puede encontrar el acuerdo de todos los chilenos porque, lejos de estar situado
en el terreno de las ideas económicas o sociales, se sitúa en el terreno del
orgullo nacional.
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viernes, enero 27, 2012
El marxista naïf (2)
Según la Constitución chilena, tras la votación se abría un
periodo de 50 días hasta que el Congreso designase presidente. La verdad, los
padres de la patria que redactaron ese precepto se habían, probablemente,
fumado algo, o se habían puesto de pisco hasta las trancas, porque hace falta
ser torpe y zoupas para condenar a un país a una situación de enfrentamiento
frontal en el caso de votaciones apretadas como aquélla. La campaña electoral,
de hecho, recomenzó. Mientras los medios de comunicación de izquierdas
recordaban que no sería la primera ni la última vez que en la Historia de Chile
un presidente lo fuese sin tener mayoría absoluta en el Congreso, la prensa
afín al Partido Nacional comenzó a coquetear con una, digámoslo con educación,
poco elegante coalición ex post entre
nacionales y democratacristianos para dejar al médico, por cuarta vez, jodido y
con el bisturí en la mano. El 14 de septiembre Allende, tirando de los manuales
de Lenin, llamó a la calle a manifestarse y amenazó con paralizar el país si no
era elegido. El MIR lo coreaba amenazado con arrasar el Barrio Alto, La
Moraleja santiaguina. Fueron 50 días durante los cuales los capitales chilenos
salieron del país en fila de a siete, y durante los cuales se habló de golpe de
Estado casi con tanta convicción como en el 73.
Con decenas, si no centenares, de miles de chilenos en las
calles montando bulla, Allende comenzó a actuar como presidente (electo, se
llamaba a sí mismo) y a proponer medidas de gobierno; en un intento, sobre
todo, de demostrar a tenderos, hosteleros y pequeños empresarios que no pensaba
tocarles un pelo.
El 22 de octubre, dos días antes de la elección definitiva,
estalló la bomba.
Aquel día, el comandante en jefe del ejército chileno,
general René Schneider, viajaba en su coche, solo y sin escolta, tan solo con
un chófer desarmado, camino del curro.
Según declararía con posterioridad René, su hijo, no llevar escolta fue
una temeridad por su parte, porque había sido amenazado. Lo dispararon e hirieron muy gravemente.
Murió tres días después, durante los cuales pasó la mayor parte del tiempo
sedado.
Días antes, el general Schneider había dejado clara su
actitud respetuosa con cualesquiera resultados aportase la senda constitucional
chilena; un presidente socialista, sin ir más lejos. Esto fue más que
suficiente para la extrema derecha, y especialmente para el grupo Patria y
Libertad, dirigido por un abogado, Pablo Rodríguez, que, entre otras cosas, no
escondía su admiración personal por José Antonio Primo de Rivera. Quienes mataron
al general rompieron el cristal del coche a martillazos y luego le dispararon
ocho balas mientras Schneider trataba, inútilmente, de coger la pistola que
había en el auto, en el salpicadero.
Se ha dicho que la acción contra Schneider era, en realidad,
un secuestro que salió mal. Fuese lo que fuese, estaba diseñada para presionar
a la cámara chilena cara a la votación del nuevo presidente; pero consiguió el
efecto exactamente contrario al que buscaba, puesto que el Congreso, aún
agonizando el general, eligió a Allende, con 153 votos a favor, 35 en contra y
7 papeletas en blanco. Eso eran los votos de la izquierda más los 71 votos de
la izquierda democratacristiana, que siguió el llamamiento de Tomic para votar
al médico de Valparaíso. Es importante el dato: de haberlo querido los
centroizquierdistas, Allende habría perdido. Tomic fue escrupulosamente
respetuoso con el orden constitucional; aceptó con su voto la derrota sufrida,
mucho más allá de lo que lo habrían reconocido otros.
La inmediata operación de investigación del atentado produjo
30 arrestos, entre ellos el del general Roberto Viaux Marambio, organizador,
apenas un año antes, del denominado como tacnazo;
un golpe de Estado fallido cuyo centro fue la escuela de suboficiales y
unidades motorizadas del regimiento Tacna. El MIR denunció a Patria y Libertad.
Fueron detenidos tanto el suegro de Viaux, general en la reserva Raúl Iguart;
como su cuñado, Julio Eduardo Fontecillas. Entre otros muchos. Tal y como lo
acabó estableciendo en su acusación el ministerio fiscal, los autores del
atentado habrían sido Luis Gallardo, José Jaime Melgosa, Carlos Silva, Carlos
Labarca, Luis Hurtado, Diego Dávila, Rafael Fernández y Jaime Requena, siendo
coautores Viaux y alguno de sus parientes.
Por cierto, que entre los coautores figuraba un tal Julio
Izquierdo que fue detenido en Madrid (el Madrid de Franco) y extraditado a
Chile (el Chile de Allende).
Tras las primeras jornadas presididas por la investigación
del caso Schneider, Allende y la Unidad Popular pasaron al anuncio de su
programa de gobierno. Éste es el punto, en mi opinión, en el que el allendismo
comienza a descarrilar. Se ha dicho y escrito muchas veces que el Chile de
Allende es un experimento para llegar al socialismo por vías democráticas. Pero
esto presenta dos problemas: uno general, es decir que podría presentarse en
cualquier país; y otro particular, propio de Chile.
El problema general es que el socialismo, cuando es
socialismo de verdad, no tiene marcha atrás. El socialismo auténtico es el que
practicaba, por ejemplo, Pablo Iglesias, y que le hacía decir que no se
planteaba la participación en gobiernos burgueses porque lo que él quería hacer
era acabar con esos gobiernos burgueses. Vladimir Lenin también entendió este
hecho, y es por ello que creó la minoría bolchevique que propugnó, y obtuvo, el
poder total en la Unión Soviética. Este principio ya fue formulado por Marx
cuando, en su análisis dialéctico, encontró que no había más remedio que pasar
por la dictadura del proletariado.
El socialismo de Allende, y quiero recordar aquí lo ya
escrito de que, en Chile y en 1970, socialista quiere decir más revolucionario
aún que los comunistas de obediencia moscovita, era un socialismo sin retorno.
En su programa, la Unidad Popular defendía «la transformación de las actuales
instituciones para instaurar un nuevo Estado donde los trabajadores y el pueblo
tengan el real ejercicio del poder». Cierto es que Allende siempre respetó el
orden constitucional chileno; como lo es que su retórica hablaba, lo acabamos
de ver, de crear un Estado que no era el Estado que existía hasta el momento.
La segunda característica, propia de Chile, es que quienes
cuentan que Allende ganó en 1970, olvidan, a menudo, muchas cosas. Olvidan que
Allende ganó unas elecciones presidenciales; no legislativas. Que, en
consecuencia, en el Congreso seguía en minoría. Que, de hecho, lo acabamos de
leer, incluso su propio puesto de presidente lo debía a la pureza
constitucional con la que se había desplegado el ala izquierda de la DC. Éstas
son razones más que suficientes como para que un político con suficiente
sentido estratégico (del cual Allende carecía) se hubiese dado cuenta de que no
era el momento procesal de sacar a pasear su programa de gobierno radical. Y,
sin embargo, lo hizo. El programa de la Unidad Popular hablaba de modificar el
régimen constitucional existente, bicameral, por otro unicameral llamado
Asamblea del Pueblo; sistema que, continúa el documento programático de
Allende, «permitirá suprimir de raíz los vicios de que han adolecido en Chile
tanto el presidencialismo dictatorial como el parlamentarismo corrompido».
Entre otras cosas, aboga por un Tribunal Supremo cuyos magistrados serán
nombrados por la Asamblea del Pueblo (cosa que nos sonará a los españoles),
para crear una administración de Justicia que actúe «en auxilio de las clases
mayoritarias».
Era, desde luego, en la economía donde se desplegaba lo
principal del programa de la UP y los elementos, por así decir, más
irrevocables de su política. Aboga el programa por «un área estatal dominante»,
es decir por un sistema empresarial en el que el Estado fuese el principal
actor, lo que demandaría la nacionalización de empresas e incluso sectores
enteros, entre los que se citan, en el programa: la minería del cobre, el
sistema financiero, el comercio exterior, las grandes empresas, los monopolios
industriales estratégicos y, en un abracadabrante (por lo extenso y difuso)
punto 6, «en general, aquellas actividades que condicionan el desarrollo
económico y social del país, tales como la producción y distribución de energía
eléctrica; el transporte ferroviario, aéreo y marítimo; las comunicaciones; la
producción, refinación y distribución del petróleo y sus derivados, incluido el
gas licuado; la siderurgia, el cemento, la petroquímica, la química pesada, la
celulosa, el papel». Todas estas expropiaciones, añade el programa, se harán
«con resguardo del interés del pequeño accionista».
Como ya veremos, detrás de estas
palabras se encuentra la formulación de lo que se conocerá como Doctrina
Allende, y que será uno de los principales problemas de su mandato. En todo
caso, el programa, como hemos visto, estaba redactado en unos términos tan
radicales, y al tiempo confusos, que de hecho permitirá una labor expropiadora
que irá más allá, seguramente, de lo que el propio Allende esperaba.
El programa de la Unidad Popular prometía (y lo cumplió) una
profundización de la reforma agraria y mejoras sociales en la educación y el
nivel de vida de los más desfavorecidos, amén de la «expropiación del capital
imperialista». En materia de información, se proponía liberar a los medios de
su carácter comercial, «adoptando las medidas para que las organizaciones
sociales dispongan de estos medios».
Como ya decía, era un programa irreversible, cuyo impulsor
pensaba poner en marcha aun estando en minoría.
El gran error de Allende y de su administración residió en
que actuaron sobre la base de que por el hecho de haber sido elegido el médico
de Valparaíso presidente (en minoría) ya se debía entender que el proyecto
socialista recibía el aval. Gonzalo Martner, jefe de la ODEULAN, Oficina de
Planificación Nacional, auténtica sala de máquinas de la política allendista,
sobre todo en lo que se refiere a las expropiaciones, le dijo al corresponsal
español José Antonio Gorriarán: «el Gobierno puede disolver el Congreso si se
oponen a todo». Y tiene importancia esta frase porque, más o menos, por la
misma época, el propio Allende le declaraba al mismo periodista español que
quería «hacer cambios estructurales, herir intereses preservando absolutamente
los derechos, no sólo de información y de crítica, sino de oposición». El contraste
entre estas dos frases nos revela otra característica que yo veo en el
allendismo: su polimorfía. En el mismo movimiento convivían personas de un
estricto legalismo con otras que no estaban dispuestas a que los legalismos
frenasen sus planes; todas ellas amenazadas por una extrema derecha que quería
borrarles del mapa, y una extrema izquierda que quería sobrepasarlos.
Allende, bien por ser políticamente correcto ante un
periodista español, bien porque, como yo no descarto en lo absoluto,
lo piense sinceramente, utiliza expresiones neutras: «cambio estructural» es un
sintagma que está lejísimos de la dialéctica revolucionaria. Es el tipo de
visión de las cosas que podría hacer que Lenin te mandase al paredón por tibio.
Y su compromiso con la libertad es total; hasta el punto de acatar la decisión
de sus tribunales de denegar la extradición de un criminal nazi, por mucho que
le repugne. Sin embargo, si el franquismo es Franco, el allendismo, como le
ocurre a muchos movimientos latinoamericanos (el peronismo, el castrismo; en el
futuro, el chavismo), es mucho más que Allende. Mucha más gente, y no
necesariamente connivente con sus puntos de vista. Se suele decir: Allende
estaba dispuesto a respetar la democracia; y quien lo dice, a mi modo de ver,
no miente. Pero si cambiamos Allende por allendismo, ya la cosa no está tan
clara. El presidente tenía en su propio partido elementos que le exigían ir más
allá.
En otras palabras, el allendismo se sintió tocado de una
legitimidad discutible, como siempre le ocurre a quien llega a gobernar con un
programa, pero necesita del apoyo de otros para sacarlo adelante.
Eppur si mouve... con todos estos antecedentes, Salvador Allende se dispuso a gobernar.
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jueves, enero 26, 2012
Una foto histórica
Esta foto fue tomada ayer por la noche en la Casa Blanca. En ella se ve a los integrantes de los Chicago Bulls, recibidos por el presidente Obama tras obtener el anillo de la NBA, en play-off final en el que le metieron nada menos que un 4-0 al Los Angeles Lakers de Kobe Bryant y Pau Gasol, y con partidos memorables como el segundo de la serie, en Chicago, donde le metieron a sus rivales una asombrosa ventaja de 46 puntos.
Obama tapa al base Derrik Rose, siempre tan modesto. En la fila de atrás, primero por la derecha, se ve al alero británico Luol Deng, de bastante mala hostia por haber sido desplazado del cinco inicial y convertido en sexto hombre. En el centro de esa fila de atrás se puede ver a Carlos Boozer, para mí uno de los mejores aleros-pivot de la NBA. Y a su derecha a Ronnie Brewer, un escolta de grandísima proyección.
En el centro de la foto, junto a Obama, puede verse a un jugador de 2,04 de altura y 113 kilos de peso, nacido en Sierra Leona, llamado Sisebuto Chugainov. Él, alero titular de los Bulls (es por esto que Deng lo mira con cara asesina), fue el artífice de los play offs, con una media de 47 puntos por partido, 13 rebotes y cuatro asistencias. Además, en el penúltimo partido de las finales batió uno de los récords históricos de la NBA (o eso dijeron los periodistas en la rueda de prensa posterior), anotando 15 triples.
Sisebuto es creación de JdJ y, actualmente, ocupa en los roosters mundiales de jugadores online de NBA 2k11 el puesto 8.200, más o menos.
Ahora que Sisebuto ha ganado el anillo, a lo mejor me deja leer más Historia :-D
miércoles, enero 25, 2012
El marxista naïf (1)
Salvador Allende no cayó del cielo. Ni subió de los
infiernos. Salvador Allende es el resultado de una evolución que en Chile se
venía produciendo ya de tiempo atrás, y que no pocas veces se había terminado
por plantear como un enfrentamiento frontal, y mutualmente exclusivo, entre una
oligarquía terrateniente e industrial y lo que en aquel país se conoce como los rotos; que no deben confundirse con
los rojos españoles, pero se les parecen mucho. El siglo XX y, sobre todo, su
segunda mitad, hicieron prácticamente inevitable la eclosión de la conciencia
política de la clase obrera y campesina chilena, con elementos muy
significativamente locales, sorprendentes para un observador externo.
Sorprende, por ejemplo, que durante el periodo de mandato de Salvador Allende
el Partido Socialista, al que él pertenecía, mostrase un radicalismo
revolucionario casi absoluto, de forma que debía ser el Partido Comunista el
que refrenase sus tendencias. Como también sorprende encontrarse con
movimientos como el MAPU, de un leninismo casi de libro pero de inspiración
cristiana.
No por casualidad, por lo tanto, la campaña electoral de
1964 en Chile estuvo presidida por un eslogan que se parecía casi a la letra
con otro que se había manejado en unos comicios ya lejanos en España. Si en las
elecciones de febrero de 1936 la CEDA y José María Gil-Robles reclamaron el
voto para poder parar el marxismo, en las de 1964 la Democracia Cristiana de Eduardo Frei, el
partido político más establecido de Chile, salió a la calle con la intención de
plantear a la sociedad chilena una alternativa clara: o democracia cristiana, o
marxismo. El lema concreto de la DC, que entonces llevaba seis años en
oposición frente al gobierno de derecha pura y dura de Alessandri (Partido
Nacional) fue «revolución en libertad»; buscando, claramente, al electorado a
su izquierda natural.
En 1964, con ese eslogan, aprovechando además la relativa
miopía del propio Allende, quien no se apeó de su radicalismo, la Democracia
Cristiana, más que ganar, barrió, en un resultado parecido al del PSOE en 1982,
que hacía presagiar un largo periodo de gobierno del centro.
El gobierno Frei de 1964, incubadora sin quererlo del
allendismo, no supo administrar correctamente las muchas, demasiadas, ilusiones
que concitó. Pues aquella victoria se produjo en un ambiente social en el que
los chilenos esperaban de la Democracia Cristiana solución para todo: para la
economía rota, para la miseria de obreros y campesinos, para el colonialismo
industrial extranjero, para el analfabetismo.
La oferta democratacristiana, sin embargo, resultó ser un
fiasco. Lejos de domar la inflación (a la que algunos economistas llaman, con
razón, «el impuesto de los pobres»), ésta se desbocó, y el endeudamiento
externo de Chile trepó por las nubes; subía el paro, y la reforma agraria,
abordada inicialmente con valentía, acabó embarrancando. En esa situación, la
DC, que en realidad era un pastiche de tendencias muy diversas, comenzó a
sufrir fugas por ambos lados, a derecha e izquierda, donde tanto el PN como las
formaciones marxistas jugaban sus cartas, dificultando en lo posible el éxito
del Gobierno. Sin ir más lejos, muchas iniciativas gubernamentales se
estrellaban en el muro del Senado que, oh casualidad, tenía un presidente
llamado Salvador Allende Gossens.
La agitación social, además, obligó a aquel gobierno de
centro a usar la fuerza, de forma
exagerada. En 1966, una huelga de los mineros de El Salvador provocó seis
muertos. En una manifestación en Santiago contra la limitación del derecho de
huelga hubo siete muertos. Y, sobre todo, por su repercusión, cabe citar los
siete muertos producidos en Puerto Montt, cuando la policía disparó sobre una
masa de okupas.
En un ambiente de crecientes deserciones desde la democracia
cristiana hacia la Unidad Popular de izquierdas, en 1968, Jacques Chonchol, el
hombre designado para realizar la reforma agraria a través del INDAP, dimitió
de su cargo. Esta desafección, provocada por serias discrepancias con Frei,
provocó la salida de la DC del llamado Movimiento de Acción Popular Unitaria
(MAPU), de raíz cristiana pero que con los meses radicalizaría cada vez más sus
posiciones. Chonchol sería ministro de Allende.
La Unidad Popular, por lo tanto, llegó al poder contra Frei;
pero de alguna manera, también, se alimentó de él. En primer lugar, porque la
integración en la misma, más o menos formal, de los disidentes de la izquierda
cristiana, dotó a las izquierdas de una vitola que necesitaban para captar
determinados viveros de votos. Y, segundo, porque el gobierno Frei, con su
reforma agraria truncada (que, en todo caso, reasentó a 30.000 familias de
colonos), con su política de chilenización de empresas estratégicas (comprando
acciones, que no nacionalizando), abrió las vías que, posteriormente,
explotaría la UP desde una óptica marxista.
El 4 de septiembre de 1970 se celebraron elecciones
presidenciales, a las que Frei no podía presentarse, pues hacía menos de seis
años que había ocupado esa primera magistratura. Por lo tanto, descontado Frei,
los candidatos en aquellas elecciones fueron, fundamentalmente, tres:
Jorge Alessandri era el candidato del derechista Partido
Nacional. Ya había sido presidente, pero más de seis años atrás; además, tenía
el inconmensurable aval de ser hijo de Arturo Alessandri Palma, conocido como El león de Tapaca, uno de los políticos
más arrechos de la Historia de Chile.
El Partido Nacional lo era del orden, de las clases altas y de los grandes
industriales y banqueros, además de muchos chilenos de centro-derecha que,
sobre estar fuertemente decepcionados con la democracia cristiana, temían a la
izquierda, así pues no eran nada proclives a la abstención; por supuesto, no le
hacía ascos a los ciudadanos de simpatías simple y llanamente fascistas.
Sin embargo, Alessandri tenía un punto débil: sus 74 años de
edad que, dicen, le jugaron una mala pasada, pues es convicción de muchos
chilenos que acabó por perder las elecciones cuando se dejó grabar por los
camarógrafos leyendo un comunicado que comenzaba: «No me temblará la
mano…»; y que leyó mientras sus manos,
agarrando el papel, interpretaban el parkinsoniano baile de San Vito. De todas formas,
Alessandri cometió otro gravísimo error en aquella campaña, y fue actuar como
si la Unidad Popular fuese una formación ultraminoritaria sin ninguna
posibilidad de ganar.
El segundo en discordia era Radomiro Tomic, de la Democracia
Cristiana. El Rubalcaba de nuestra historia, pues, recogiendo la presunta herencia de un presidente a la vez saliente y bastante odiado. Centró su campaña electoral
en atacar a Alessandri, consciente de que era quien, sobre el papel, tenía más
posibilidades de ganar. A Allende lo dejó en paz, entre otras cosas porque su
planteamiento estratégico, basado en vender la idea de una profundización en
las medidas reformistas que Frei no había completado, en realidad lo acercaba a
la oferta socialista. Sin embargo, Tomic no acudía con un programa
exactamente propio, pues el partido le había impuesto la estrategia de no
alianzas de la DC, contra su deseo de tentar algún tipo de embroque con la
izquierda.
Y, last but not least
como los hechos acabarían por demostrar, se encontraba la Unidad Popular.
Formación que se lo pensó mucho antes de designar a Allende como candidato. Era
la cuarta vez que el médico de Valparaíso quería intentar el asalto de la Casa
de la Moneda, y no eran pocos en las propias formaciones de izquierda que lo
consideraban un juguete roto de la política chilena. En la asamblea para formar
la Unidad Popular, el Partido Socialista presentó a Allende como candidato; los
comunistas, al poeta Pablo Neruda; el Partido Radical, a Alberto Baltra; el
MAPU, a Jacques Chonchol; y el Movimiento de Acción Independiente, a Rafael
Tarud.
Neruda se descartó rápidamente a base de exhibir una
retórica revolucionaria con la que nadie, jamás, ha ganado unas elecciones
democráticas (hasta el Frente Popular español del 36 se presentó en las urnas con un programa tan tibiamente de izquierdas, que Largo Caballero tenía que decirle a los suyos en sus mitines que no se preocuparan, que la revolución llegaría en todo caso). Tras él fueron cayendo los que tenían escasos apoyos, hasta
quedar la movida entre Allende y Chonchol. Las negociaciones entre ambas
facciones de la UP no fueron fáciles pero, cuando la ruptura se acercó,
Chonchol consideró de mayor valor la unidad en las urnas, y se retiró.
Allende, por supuesto, prometió durante la campaña la
profundización de la revolución freiana, aunque con mensajes tendentes a
mitigar el miedo al marxismo como, por ejemplo, su promesa de respetar a la
pequeña y mediana empresa. Sin embargo, ya durante aquella campaña electoral,
cuando todo aún no había comenzado, se apreció uno de los errores que con el
tiempo se harían más patentes en la actuación de Allende: su incapacidad de
sacudirse a los muy radicales o, más bien, su deseo de no hacerlo.
Las alianzas políticas son casas con dos puertas: la
entrada, y la salida. Cuando la alianza es con un partido suficientemente
moderado, uno puede controlar las dos puertas. Entra cuando quiere y sale
también cuando quiere. Pero lo que caracteriza aliarse con un radical es que
uno sólo controla la puerta de entrada. El momento en que pueda tomar la puerta
de salida es algo que decide el aliado.
Allende tuvo, para aquella campaña electoral, el decidido
apoyo del Partido Comunista Chileno; formación, ya lo hemos dicho, en realidad
más moderada que el propio Partido Socialista en aquel momento. También recibió
el apoyo de la CUT, Central Única de Trabajadores, primer sindicato del país.
Pero también fue apoyado, sistemática y públicamente, por el MIR, el Movimiento
de Izquierda Revolucionaria, la CNT de esta historia (si es que hemos de ir a
un paralelismo con nuestra II República). El MIR estaba dispuesto a ayudar a
Allende siempre y cuando no se desviase de «la construcción del socialismo»; y
realizó ese apoyo sin abandonar ni un milímetro sus postulados de extremo
radicalismo marxista-leninista y violento, cuando menos, pues, terroristoide.
El MIR acabaría por
convertirse en el gran auditor del gobierno Allende en la calle; el pollo
cabrón que, cada vez que te relajas, se inclina sobre tu oído y susurra: delendum est capitalismus. No por
casualidad, el MIR sería también lo último que le quedaría Allende, cuando los
militares comenzasen a bombardear la Casa de la Moneda.
Allende ganó el 4 de septiembre. Obtuvo 1.070.334 votos, por
1.031.159 de Alessandri y 821.801 de Tomic. Pero aquí tenemos otro paralelismo
con la II República española (especialmente con sus actos finales) y, consecuentemente, una
reflexión. La victoria de Allende en 1970 se asemeja mucho a la del Frente
Popular en el 36, que fue, dicho sea sin poner en duda las cifras de los
historiadores, por un puñado de votos. En el caso de Chile, incluso, el puñado
era más pequeño aún. Si alguien que propugna un cambio radical consigue menos
de la mitad de los votos emitidos, ¿adquiere con eso fuerza moral y política
para llevar a cabo su programa? Supongo que cada uno tiene una respuesta para
esta pregunta; pero es obvio que ni en Chile ni en ninguna parte se puede decir
que todo el mundo piense lo mismo.
A mi entender, ante victoria tan magra, se hubiera impuesto,
inteligentemente, cierta matización programática por parte del ganador, sobre
todo si esperaba que fuerzas políticas que estaban a 40.000 votos de él o que
incluso, unidas, lo superaban, se olvidasen de que sus propios postulados eran
contrarios, en ocasiones radicalmente contrarios, a los suyos. Lo contrario
equivaldría a ponerles muy fácil echarse al monte. Sin embargo, Allende no
podía hacer eso, por la razón de sus propias convicciones, pues era un marxista
de libro, y, sobre todo, las alianzas que le habían llevado a conseguir
aquellos votos.
El resultado de las elecciones de 1970, y la reacción de
Allende ante su propia victoria, dibujaron la primera gran contradicción del
proceso chileno: la construcción del socialismo en minoría. «Avanzar por el
camino de la democracia», diría Allende en su segundo discurso parlamentario al
pleno del Congreso (21 de mayo de 1972), «exige superar el sistema capitalista,
consubstancial a la desigualdad económica». Esta frase, en mi opinión, revela
la simpleza con que Allende veía el mundo. Pues sólo una persona que se mueva
lentamente por la existencia, manejando apenas dos o tres ideas muy básicas o
creyendo que, como decía Summers, tó er
mundo é güeno, puede pensar que se puede impulsar un cambio sistémico en
minoría, y pretender que la mayoría lo acepte.
Ganar las elecciones, en todo caso, sólo era el primer paso. La Constitución chilena, en mi opinión excesivamente preocupada por el garantismo democrático hasta generar en potencia situaciones sin salida, exigía un segundo paso, que era ser designado presidente. Y ese paso, pronto se reveló, no iba a ser nada fácil.
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lunes, enero 23, 2012
Matilde Padrós
En el número 143 (marzo de 1988) de la entonces excelente
publicación Historia 16, la escritora
Carmen de Zulueta escribía un artículo quejándose amargamente de que el año
anterior, 1987, hubiese pasado sin pena ni gloria para la figura de Matilde
Padrós, a quien la autora del escrito consideraba, y es probable que lo fuese,
la primera universitaria de la Historia de España. 1987 fue, en efecto, el centenario del año en que Padrós pisó por primera vez una universidad; y es posible que fuese la primera vez en la Historia de España que esto ocurriera.
La distinción de ser la primera mujer licenciada en
Filosofía y Letras se suele adjudicar en muchos lugares, entre ellos laWikipedia, a María Goyri, mujer que sería de Menéndez Pidal. No es de extrañar
este hecho, porque María Goyri cuadra bastante más con la mitología feminista
pues, de hecho, fue una importante defensora de los derechos de la mujer.
Matilde Padrós cometió el error de no hacer nada de eso y, tal vez, es por eso
que no se la recuerda. Pero la muy cabrona, qué le vamos a hacer, sacó la
licenciatura en 1893. Algunos años antes que Goyri. Se siente.
Es posible, en todo caso, que Matilde Padrós no sea, como
pretendía De Zulueta, la primera universitaria española. Algunas
publicaciones sobre la materia destacan que Rosario Ibiurrun se licenció en
Físicas y Exactas en 1888, cinco años antes que ella. No obstante, no he
conseguido encontrar información fiable sobre si lo hizo por libre o asistiendo
a clase, con lo que no puedo asegurar si fue la primera mujer que pisó las
aulas.
Matilde Padrós Rubió nació en Barcelona en 1873, hija del
comerciante textil catalán Timoteo Padrós y de Paulina Rubió. Nació en el
número 11 de la calle del Coll y tuvo cuatro hermanos más.
La familia se trasladó a Madrid siendo Matilde una niña y abrió una tienda de modas, llamada El Capricho, en la esquina de las calles Alcalá y Cedaceros.
Don Timoteo no era lo que se dice un krausista avanzado,
pues ya le veremos diciendo hasta aquí hemos llegado; pero, sin embargo, cuando
su hija mostró proclividad hacia el estudio, no le pareció mal que siguiera
estudiando. Asistió, como buena burguesa, a un colegio privado, y al final del
curso se presentó por libre a los exámenes en el Instituto San Isidro. Terminó
el bachillerato el 1 de julio de 1887, con 14 años, con nota de sobresaliente.
Solicitó el ingreso en la universidad Complutense, que ejercitó al comenzar el
curso siguiente. En el tiempo en que Matilde ingresó en la universidad, nueve
de cada diez mujeres que entraban a comprar en El Capricho no sabían ni leer ni escribir.
La universidad no estaba cerrada a las mujeres, que podían
examinarse; sin embargo, lo que parece que estaba prohibido aun (pero
tendríamos que conocer mejor la historia de la Ibiurrun para confirmarlo) era
asistir a clase. De hecho Matilde, matriculada en la universidad, tuvo que
estudiar el primer curso en casa y, en el verano de 1888 (el año, recordémoslo,
que Rosario Ibiurrun se estaba licenciando) se presentó por libre a los
exámenes.
Es posible que a Matilde esta situación de tener que
examinarse por libre no le gustase nada; además, probablemente encontraba que
era un hándicap no poder asistir a las clases como sus compañeros hombres. Por
esta razón o por otra, lo cierto es que, cara al segundo curso, don Timoteo se
dedica a mover Roma con Santiago para que su hija pueda asistir a las clases.
Finalmente, lo consigue.
La asistencia de Matilde a las clases, no obstante, no era
normal. Siendo como es el conocimiento de peña del otro sexo y el ligoteo un
hecho colateral de ser universitario, ni Matilde ni sus compañeros pudieron
catarlo; ella jamás tuvo contacto normal con sus compañeros de clase.
Matilde acudía al edificio de la calle San Bernardo y, en
lugar de dirigirse al aula, lo hacía a la sala de profesores. Allí esperaba a
que llegase el profesor que iba a impartir su clase, momento en el cual,
acompañada por éste y por un bedel, iban los tres al aula. Así escoltada
entraba Matilde Padrós (como más tarde entraría María Goyri) en el aula, para
sentarse en una sillita junto a la mesa del profesor, lejos de los escaños de
los alumnos con pene. Al terminar la lección, regresaba a la sala de profesores
igualmente escoltada donde, al finalizar la última clase, la esperaba algún
pariente suyo o criado, que la acompañaba a casa. Matilde Padrós, por lo tanto,
nunca intercambió conversaciones ni contactos con sus compañeros de clase, como
no fuesen los extremadamente formales que permitía este régimen. Además, vestía
de una forma muy recatada y oscura, probablemente para no dar pábulo a quienes
quisieran quejarse de lo perturbador de su presencia en los cenotafios del
saber. Los estudiantes de su curso la apodaron La Niña.
En aquellos escaños que la veían sin poder hablarla había
algunas personas de importancia para la Historia de España. Como Julián
Besteiro o Luis Bello. Profesores suyos fueron Nicolás Salmerón y Menénez
Pelayo. En casi todas las asignaturas, entre las que se cuentan el griego, la
metafísica, la literatura, el hebreo, sacó sobresaliente. El 19 de junio de
1890 aprobó el último examen de su licenciatura.
Con posterioridad, ya en la Universidad Central, Padrós
siguió dos cursos de doctorado. Fue eximida del pago de matrícula, por haber
sido calificada con matrícula de honor, e hizo estudios de sánscrito, historia
de la filosofía, más literatura o estética. En la primera y última, por cierto,
cargó en el examen, teniendo que examinarse por libre en la recuperación. El
ejercicio de grado para sacarse el doctorado lo hizo el 27 de abril de 1893,
sacando un sobresaliente.
José Ortega y Gasset dejó dicho de Matilde Padrós: «Es la
mujer más inteligente que he conocido, pero lo más interesante de esta mujer es
que ella no sabe que es inteligente. Difícilmente se encontrará un ser más
inteligente y más inocente».
Terminados los estudios de Matilde, su padre, que estaba
encantado de tener una hija tan lista, reaccionó, no obstante, como el
comerciante que era; niña, ya tienes edad para colaborar en el negocio familiar
que es, al fin y al cabo, el que nos da de comer. La chica, mientras empollaba
el hebreo, el griego y el sánscrito, había llevado la contabilidad de la tienda
y de la casa, pero su padre la necesitaba para más cosas; por ejemplo, para
viajar, sobre todo a París, y tratar de copiar los diseños que allí se veían.
Así pues, Matilde Padrós, tras tan brillante carrera intelectual, primero
obedeció a su padre, y después sería ama de casa.
Girados los goznes del siglo XX, Padrós conoció al
ilustrador malagueño Francisco Sancha. Tras un noviazgo a la antigua (en una
proporción aproximada de doscientas cartas apasionadas por beso real), se
casaron en 1906 y se fueron a vivir a Montalbán esquina Alfonso XII, en pleno
Retiro. En 1911, atraídos por los hermanos de Sancha que ya habían emigrado al
mismo lugar, se fueron a Londres; viaje que se costeó, en parte, con la venta
de todo lo que Matilde poseía relacionado con el negocio de su padre, con el
que, por lo tanto, cortó amarras. En Londres mantuvieron la vieja costumbre
decimonónica de recibir en casa, motivo por el cual su vivienda se convirtió en
lugar de paso, de nuevo, de personas importantes para la cultura y la Historia
de España, tales como Luis Araquistain, Tomás Meabe, Julio Álvarez del Vayo,
Julio Camba, Salvador de Madariaga o Ramiro de Maeztu.
Estallada la Gran Guerra, y a causa de los problemas que un
artista como Sancha tenía para colocar su trabajo, Matilde Padrós trabajó de
profesora de español, así como redactora de la Enciclopedia Británica.
En 1922, la familia regresó a España, a Madrid. Sancha se
convirtió entonces en ilustrador habitual de la prensa española, hasta fallecer
en septiembre de 1936, en Oviedo. Un año después, la que falleció fue su mujer.
Francisco Sancha debe de tener una calle en Madrid. En la
ciudad hay una calle que lleva este nombre y, la verdad, no tengo referencia
alguna que me haga pensar que se refiera a otra persona distinta del ilustrador
malagueño, que se hizo muy madrileño por las escenas que solía dibujar.
Sin negarle el mérito a Sancha para estar inmortalizado en
una esquina del barrio de Begoña de esta ciudad, sería bueno que el
Ayuntamiento, sobre todo ahora que al frente del mismo se encuentra una mujer,
se acordase de la consorte de aquél a quien ya ha tenido a bien distinguir.
Cierto es que Matilde Padrós no ha dejado huella trazable. No dejó, al menos
que yo sepa, ningún libro sobre materia alguna que, a buen seguro, habría sido
de interesante lectura y aun mayor erudición. Tal vez dio don José Ortega en el
meollo de la cuestión cuando destacó de ella, no sólo su inteligencia, sino también
su inocencia; tal vez eso la hizo demasiado acomodaticia para que sus herederas
de hoy, que creen poder con todo, la admiren.
Claro que sus herederas de hoy se sientan donde les sale del
pingo, hablan cuando les peta y se conducen en la vida a su total y libre
albedrío. Los más de nosotros, si hubiésemos crecido en un mundo donde apenas nos
dejasen estudiar escoltados, sentaditos y callados en una mesa al lado del
profesor, no creo que hubiésemos conseguido, jamás, traducir del sánscrito.
Matilde Padrós, inocentona y todo, debía de tener un buen
par. De hemisferios cerebrales. Y se merece que la recordemos, mucho más que otros a los que la Historia, y la mitología moderna, recuerda apenas por haberse tirado un cuesco a tiempo.
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Siglo XIX
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miércoles, enero 18, 2012
Piratas
El lugar ideal para cometer el robo y/o el asesinato perfecto es la mar. Ni siquiera hoy, en el tiempo de los satélites y las cámaras callejeras que controlan buena parte de nuestros movimientos, hay gran cosa que hacer frente al equipo de personas que, usando embarcaciones ligeras y exhibiendo la necesaria falta de escrúpulos, interceptan el importantísimo tráfico marítimo y se quedan con mercancías y personas, por las que cobran habitualmente rescate.
La piratería, sin embargo, le cae simpática a un montón de gente. Empezando por el montón de gente británica, y de otros países, a la que no le queda más huevos que admirar a algunos de sus piratas, porque son sus héroes nacionales. Pero, más allá, la literatura y el cine han hecho mucho por envolver de romanticismo, atractivo sexual e, incluso, cierto contenido político, al filibustero; a pesar de que éste, la Historia lo demuestra, ha sido, las más de las veces, un perfecto hijo de la gran perra. Hay que reconocer, sin embargo, que en el pirata se dan algunas características que han podido, de hecho así ha sido, mesmerizar a más de uno.
Piratas, como digo, ha habido siempre. A Julio César lo secuestraron unos, que pidieron un jugoso rescate por su persona; aunque también es cierto que en esa anécdota, Julio inventó la retaliation pues, nada más verse libre, se dirigió al refugio pirata, los pilló celebrando el cobro y, allí mismo, los degolló primero y, dicen las crónicas, crucificó después. Confieso que nunca he entendido el sentido de la segunda acción.
Con los siglos llegaron los vikingos, grupos más o menos desorganizados que, sin embargo, obedecían reglas bastante estrictas, y que practicaban una mezcla entre la piratería y el establecimiento en las tierras que tocaban, que es la que explica que hoy en día, en toda la costa atlántica europea, aparezcan como si tal cosa, en los paritorios, bebés inusitadamente pelirrojos, rubios, o de pieles blancuzcas y pecosas. Hoy en día, poder demostrar ancestros vikingos, en tierras que buscan ancestos propios hasta el la sección de perfumería del Carrefour como, por ejemplo, Galicia, mola que lo flipas. Recuerdo, en este sentido, que el mejor libro que he leído sobre la materia, hace bastantes años, se llamaba Gallaecia Scandinavica; pero lamentablemente no recuerdo el autor.
La primera acción decididamente organizada contra la piratería es la creación de la Liga Hanseática, en 1214, que incluyó la contratación de barcos de seguridad para proteger los convoyes. No obstante, en un detalle que también es muy significativo del tono de la historia de la piratería, los propios comerciantes hanseáticos alquilaron los piratas para guerrear contra el rey danés Waldemar. Y es que la historia de la piratería está repleta de teóricos represores o gobernadores de ciudades costeras que se dan a la piratería; de comerciantes que juran en arameo cuando les roban barcos pero comercian luego con el material robado por los piratas; y de piratas que acaban contratados como alguaciles del mar y se despliegan con sus ex camaradas con una crueldad digna de mejor encomio.
La prosperidad de Inglaterra en los tiempos pre-renacentistas hizo del Canal de la Mancha un lugar de gran transacción comercial y cita de piratas, habiéndose llegado a calcular la presencia de hasta 400 barcos ladrones en esas aguas. Los conocidos como Cinco Puertos Ingleses (Hastings, Rommey, Hythe, Dover y Sandwich), que vivían del comercio, crearon una liga contra los piratas, a la que se unieron, asimismo, Winchelsea y Rye. Sin embargo, esta lucha inglesa contra la piratería se hizo de una forma un tanto especial, sobre todo si la vemos con ojos actuales, porque los puertos ingleses, aparte de tratar de pillar a los piratas, les dieron licencia para saquear cualquier buque que no fuese inglés. De esta manera embrionaria nació lo que hoy conocemos como patente de corso.
Eso que los ingleses conocen como privatery es una consecuencia plenamente lógica de la época. En la mar, como en la tierra, los ejércitos no son nacionales ni estatales, sino particulares. El ejército de un rey es la suma de los pequeños ejércitos de aquellos hombres que, en su ámbito, están en disposiciones de alquilar mercenarios y le apoyan. En la mar es exactamente igual. El final de la Edad Media es el comienzo del fenómeno que conocemos hoy como guerra mundial. De hecho, en mi opinión debiéramos llamar primera guerra mundial o primera guerra europea a lo que conocemos como guerra de los cien años; exactamente igual que en el 14, en aquélla metió cuchara todo Dios, y fue la geopolítica del área la que se ventiló en los combates.
En el marco de estos enfrentamientos, igual que los particulares forman batallones de arqueros o piqueros, los particulares arman barcos, que operan con patentes de guerra concedidos por el rey, pudiendo saquear los barcos con la condición de rendir una porción a la corona. Ya sé que es difícil imaginar una Inglaterra sin armada, pero los ingleses medievales carecían de ella, y habrá que esperar hasta Enrique VIII y, sobre todo, hasta la Reina Virgen, para encontrarnos intentos serios de formarla.
Eduardo I de Inglaterra, para mí uno de los mejores reyes que ha tenido ese país desde el punto de vista de su robustecimiento como nación, concedió ya las primeras patentes de corso, sobre todo a los armadores de mercantes que habían sido previamente saqueados. Estas patentes, por lo tanto, daban derecho a piratear y saquear cualquier barco que llevase la misma bandera que la de quien les había saqueado a ellos primero. Pero fue, como ya he insinuado, Isabel I la que hizo de esta actividad un auténtico negocio, tanto para los piratas como para Inglaterra. Obsesionada con la posibilidad de que el rey español invadiese un día su país, Isabel multiplicó las patentes de corso y, sobre todo, inauguró el prestigio del pirata, con gestos como el bien conocido de subir a la gacela dorada de Francis Drake para armarlo caballero.
Drake odiaba a España y amaba el dinero a partes iguales. Cierta historiografía inglesa trata a su abuelo con la conmiseración de quien hizo lo que hizo porque la guerra y bla; pero es falso, porque da la casualidad de que Drake se ensañó con las posesiones españolas también en tiempo de paz. Fue en tiempo de paz, por ejemplo, cuando planificó su vuelta al mundo saqueando las ciudades españolas del Pacífico; campaña que fue la le que dio la condición de caballero, entre otras cosas porque el tesoro que descargó en Londres puede ser, bien fácilmente, uno de los tres o cuatro mayores tesoros jamás conseguidos en un botín de paz o guerra (dos millones y medio de libras de la época, según los relatos).
Paradójicamente para los piratas, muchos de los cuales, como Drake, soñaban soñaba con la derrota de España, la famosa de la Armada Invencible fue un desastre para ellos. Al convertirse otras rutas distintas del Canal en seguras, las mercancías dejaron de fluir por donde ellos estaban acostumbrados a atacar y tenían sus bases. Para colmo, Jacobo I, en llegado al trono de Londres, cerró las hostilidades con España, lo que dejó literalmente en el paro a centenares de barcos con sus centenares de capitanes y decenas de miles de piratas dentro. En esta situación, se volvieron contra el propio comercio inglés, que las patentes de corso habían dejado aparte obviamente, y prácticamente lo hicieron, nunca mejor dicho, zozobrar. La solución al problema, en todo caso, llegó mediante la internacionalización. Jacobo I, que como buen cristiano no sentía ningún respeto por los no creyentes, comenzó a conceder patentes de corso a quienes se fuesen a robar al Mar Rojo. Allí pillaron y mataron a manos llenas los corsarios ingleses, cotizando siempre el diezmo para la corona.
No obstante, otra zona se convertía en caliente en esos tiempos: el Caribe. La elección del lugar tiene también mucho que ver con la derrota de la Invencible y el hecho de que dejó las aguas atlánticas y pacíficas en manos que quien las quisiera surcar. Claro que también había sus riesgos. Según un relato de 1604, a los integrantes de dos barcos piratas apresados por los españoles en las Antillas se les cortaron las manos, los pies, las orejas y la nariz y, finalmente, fueron embadurnados con miel y colgados de los árboles para que se los comiesen los insectos.
Los primeros bucaneros caribeños eran franceses y, más que piratas, eran, como lo sería el pasaje de Myflower algún día, perseguidos religiosos. En vagabundeo por el mundo, llegaron a la actual Haití, que había sido abandonada por los españoles, pero que tenía abundante ganado salvaje porque los antiguos colonizadores no se lo habían llevado. Allí se establecieron los franceses y, como ganaderos, aprendieron a preparar una carne salada y seca, tal y como lo hacían los indios, sobre una especie de parrillas hechas con ramas verdes que llamaban boucans. Bucanero, por lo tanto, es una palabra que, en su inicio, quiere decir preparador y vendedor de este tipo de carne, que era bastante popular entre los navegantes de la zona.
Es hacia 1630 cuando estos primeros bucaneros, muy acrecidos por gentes que se habían ido quedando en la isla tras desertar de sus barcos, se trasladaron a la Isla de la Tortuga. Además, finalmente tuvieron que hacerlo porque los españoles entraron en La Española a sangre y fuego, matando el ganado y ejecutando a los bucaneros que encontraron por estar ocupando una isla de su propiedad. Aquella incursión, sin embargo, fue un error que España acabaría pagando carísimo con el tiempo. Faltos de su negocio en tierra, los bucaneros hubieron de buscarlo en la mar, y se convirtieron en piratas, a los que los ingleses llamaban freebooters, palabra que los franceses pronunciaban flibustiers y que, de regreso al inglés, se convirtió en filibusters, de donde viene nuestro filibustero.
Desde 1630 a 1710 existió en la Isla de la Tortuga una especie de república pirata o Confederación de los Hermanos de la Costa, que funcionó a la manera anárquica de los piratas. En 1640 Francia se convirtió en el primer estado que le vio una posibilidad a controlar esa cosa y la invadió con unas tropas al mano de un tal señor Lavasseur de San Cristopher. En 1654, gracias a la prosperidad que les trajo la posesión francesa (y sus patentes de corso), los piratas tenían ya embarcaciones suficientemente grandes como para llegar hasta la denominada Costa de los Mosquitos, en Nicaragua. A partir de 1665, la piratería alcanzó la operativa y dimensiones que conocemos, y así siguió durante apenas sesenta años en que empezó su declive. En ese mismo año de 1665, además, abrieron una segunda base en Jamaica, en lugares como Cagua o el famoso Port Royal. Esos fueron los años de François Lanonois, el terror de Maracaibo; o Lewis Scott, que lo fue de Campeche, en México; Pierre François, Roque Basiliano... tantos otros. Entre ellos destacó, desde luego, Henry Morgan, el responsable de que Morgan sea apellido habitual de delincuente y, muy especialmente, de pirata, en el imaginario de mucha gente. En realidad, Morgan fue uno de esos piratas de doble cara, pues, además de ladrón y saqueador, también fue el defensor de Jamaica frente a los ataques españoles, mediante una patente concedida por el gobernador inglés sir Thomas Modyford, que le permitió armar una poderosa flotilla pirata de doce barcos con 700 hombres a bordo, con la que hostilizó la isla de Cuba y Portobello, en Panamá. Morgan era también un tipo sin escrúpulo alguno pues, en sus asaltos, utilizaba curas y monjas apresados como escudos humanos. Para conocer el emplazamiento de las cosas de valor de los pueblos, no dudó ni siquiera en torturar a niños pequeños, quemándoles los dedos para que confesaran.
Retirado tras sus acciones, volvió a la acción en 1670, cuando España volvió a atacar Jamaica, llegando a juntar una flota de 36 barcos y 2.000 marineros.
Las victorias de Morgan llevaron a España a firmar el llamado Tratado de las Américas, por el cual reconocía por primera vez a Inglaterra el derecho a comerciar en la zona. Este tratado acabó con los bucaneros para siempre, aunque no pocos de ellos decidieron seguir siendo piratas. Los buenos tiempos volvieron, aunque de forma intermitente; como en 1683, cuando la ruptura de hostilidades entre España y Francia volvió a multiplicar las patentes de corso. En 1688, Inglaterra concedió un indulto general al que se acogieron muchos piratas; pero la guerra con Francia, al año siguiente, volvió a animar a muchos a ocupar el oficio.
Los piratas eran personas no exentas de valentía. Pierre le Grand, el primer gran pirata de la Isla de la Tortuga, ordenó cierta vez que, antes de un ataque, se abriese una vía de agua en su propia nave; de esta manera, evitó las deserciones o renuncios. El pirata medio era un dipsómano sin solución (no pocas veces, los piratas no pudieron realizar abordajes, o repeler ataques, por lo mamados que estaban) y tenía que estar dispuesto a lo peor, porque el castigo habitual por su delito era la muerte. Sin embargo, el porcentaje de piratas que murieron en la horca, con seguridad, fue muy bajo y, además, como hombres de mar, a los piratas lo que les esperaba en la vida civil era una existencia de mierda por un salario bastante menos que mileurista. Sin embargo, la piratería podía dar enormes negocios, como la droga hoy en día; por lo que ejercía sobre mucha gente el mismo nivel de atracción.
Aunque no con tanta frecuencia como se quiere ver, la piratería también tenía, a veces, su punto de reivindicación social (que ha colaborado para construir su mito), dado que no pocos de los piratas, si no todos, eran personas de muy baja extracción social que antes habían tenido, por así decirlo, una triste vida de obreros. Muy conocido en el mundillo filibustero es el discursete que el capitán pirata Charles Bellamy le soltó a un capitán mercante que, una vez apresado, se negó a hacer una cosa que se ofrecía muy a menudo a los vencidos, esto es firmar el estatuto del pirata y unirse a ellos. Bellamy lo llamó «perro zalamero, como todos ésos que se someten a ser gobernados por las leyes que han hecho los ricos para su propia seguridad». Todo un indignado, el tal Bellamy.
Los piratas atacaban en barcos pequeños, contra lo que se suele ver en las películas, entre otras cosas porque su mejor forma de huir si la cosa iba mal era acercarse a los bajíos y salir por patas del barco; para lo cual necesitaban que el suyo tuviese menos calado que la media. Solían aprovechar muchos barcos apresados, aunque les elevaban las bordas (para poder esconderse hasta el último momento) y les quitaban absolutamente todo lo que había en cubierta para dejarla diáfana. En la cubierta era el único lugar de un barco pirata en el que se dejaba fumar (al menos con la pipa sin tapar) para evitar incendios; aunque beber, se podía beber hasta en el puesto del vigía.
Los capitanes eran electivos y, por lo tanto, podían ser destituidos; Daniel Defoe llegó a ver en un barco pirata 13 capitanes en dos meses. Su valor era, normalmente, equivalente al último botín conseguido. Tenían derecho a camarote, pero cualquier otro marinero podía entrar en él cuando quisiera y tomar del mismo lo que le diese la gana (ron, las más de las veces). Los capitanes comían la misma ración que la tripulación y eran uno más. Aunque algunos fueron muy respetados. Barbanegra, por ejemplo, se hizo respetar una tarde cuando, en medio de una borrachera monumental, decidió apostarse a bien quién sería capaz de aguantar más tiempo en el infierno. Así que se metió en las bodegas, con los otros que apostaron, y una vez allí hizo quemar azufre. Por supuesto, fue el último en salir para, a renglón seguido, invitar a sus hombres a una competición a ver quién aguantaba más tiempo ahorcado sin morir; invitación que nadie aceptó. En otra ocasión, y por pura broma, le destrozó una rodilla de un pistoletazo a un amigo íntimo suyo.
Una vez elegido, el capitán tenía el mando y se apoyaba en su contramaestre, que en realidad era el alma del barco, pues organizaba casi todo, desde los ataques hasta el reparto del botín. Aunque el capitán tenía el mando, los castigos se imponían en asamblea de todos, salvo que la falta estuviese recogida en el Estatuto. Cada barco o flota pirata tenía su propio Estatuto, que había que firmar al inicio de cada campaña, aunque sus contenidos son bastantes parecidos. Se establecían normas básicas de disciplina o de seguridad (como lo de no fumar en las sentinas), así como otras como la prohibición de violar a las cautivas (blancas; a las negras, incluso los nada raros piratas negros se las zumbaban a gusto). Esto no tiene nada de altruísta ni de civilizado. Contra lo que se pueda imaginar, los piratas no querían pelear. El chollo, para ellos, era que el mercante se rindiese impoluto. De esta manera, se llevaban toda la carga e incluso algún que otro marinero que se les pasase. Que la costa supiera que respetaban a las mujeres era un aliciente para rendirse. El otro, por cierto, era repartir las ganancias; porque en la historia de la piratería ha habido muchos más piratas que los piratas.
Lo que sí cuadra con las leyendas es el uso constante de la Jolly Roger, la famosa bandera de la calavera y las dos tibias; aunque si algún día una peli quisiera ser más respetuosa con la Historia, debería incluir un reloj de arena y, sobre todo, recordar que la bandera más usada, y temible, de los piratas, era roja. Una bandera roja significaba que se habían terminado las ofertas y que se procedería al ataque sin piedad.
Hay elementos de la imaginería pirata que son bastante, o radicalmente, falsos. Rara vez abordaban los barcos con ganchos y tal. Primero, porque muchos barcos los robaban de noche, aprovechando que quedasen en ellos pequeñas guardias. Y, segundo, porque su forma más normal de ataque era embestir el barco contrario, buscando que sus propios aparejos se enredasen con el bauprés de su víctima. Asimismo, no se tiene noticia de que piratas que hicieran la pollada ésa de la tabla para tirar a alguien al mar. Si lo tiraban, lo tiraban, y punto.
A base de estas cosas, de las novelas y después de las películas, la piratería fue adquiriendo ese halo romántico y aventurero. Sin embargo, reflexione el lector sobre el pequeño detalle de que ninguna época del ser humano ha admirado, jamás, a sus piratas contemporáneos. Por algo será.
La piratería, sin embargo, le cae simpática a un montón de gente. Empezando por el montón de gente británica, y de otros países, a la que no le queda más huevos que admirar a algunos de sus piratas, porque son sus héroes nacionales. Pero, más allá, la literatura y el cine han hecho mucho por envolver de romanticismo, atractivo sexual e, incluso, cierto contenido político, al filibustero; a pesar de que éste, la Historia lo demuestra, ha sido, las más de las veces, un perfecto hijo de la gran perra. Hay que reconocer, sin embargo, que en el pirata se dan algunas características que han podido, de hecho así ha sido, mesmerizar a más de uno.
Piratas, como digo, ha habido siempre. A Julio César lo secuestraron unos, que pidieron un jugoso rescate por su persona; aunque también es cierto que en esa anécdota, Julio inventó la retaliation pues, nada más verse libre, se dirigió al refugio pirata, los pilló celebrando el cobro y, allí mismo, los degolló primero y, dicen las crónicas, crucificó después. Confieso que nunca he entendido el sentido de la segunda acción.
Con los siglos llegaron los vikingos, grupos más o menos desorganizados que, sin embargo, obedecían reglas bastante estrictas, y que practicaban una mezcla entre la piratería y el establecimiento en las tierras que tocaban, que es la que explica que hoy en día, en toda la costa atlántica europea, aparezcan como si tal cosa, en los paritorios, bebés inusitadamente pelirrojos, rubios, o de pieles blancuzcas y pecosas. Hoy en día, poder demostrar ancestros vikingos, en tierras que buscan ancestos propios hasta el la sección de perfumería del Carrefour como, por ejemplo, Galicia, mola que lo flipas. Recuerdo, en este sentido, que el mejor libro que he leído sobre la materia, hace bastantes años, se llamaba Gallaecia Scandinavica; pero lamentablemente no recuerdo el autor.
La primera acción decididamente organizada contra la piratería es la creación de la Liga Hanseática, en 1214, que incluyó la contratación de barcos de seguridad para proteger los convoyes. No obstante, en un detalle que también es muy significativo del tono de la historia de la piratería, los propios comerciantes hanseáticos alquilaron los piratas para guerrear contra el rey danés Waldemar. Y es que la historia de la piratería está repleta de teóricos represores o gobernadores de ciudades costeras que se dan a la piratería; de comerciantes que juran en arameo cuando les roban barcos pero comercian luego con el material robado por los piratas; y de piratas que acaban contratados como alguaciles del mar y se despliegan con sus ex camaradas con una crueldad digna de mejor encomio.
La prosperidad de Inglaterra en los tiempos pre-renacentistas hizo del Canal de la Mancha un lugar de gran transacción comercial y cita de piratas, habiéndose llegado a calcular la presencia de hasta 400 barcos ladrones en esas aguas. Los conocidos como Cinco Puertos Ingleses (Hastings, Rommey, Hythe, Dover y Sandwich), que vivían del comercio, crearon una liga contra los piratas, a la que se unieron, asimismo, Winchelsea y Rye. Sin embargo, esta lucha inglesa contra la piratería se hizo de una forma un tanto especial, sobre todo si la vemos con ojos actuales, porque los puertos ingleses, aparte de tratar de pillar a los piratas, les dieron licencia para saquear cualquier buque que no fuese inglés. De esta manera embrionaria nació lo que hoy conocemos como patente de corso.
Eso que los ingleses conocen como privatery es una consecuencia plenamente lógica de la época. En la mar, como en la tierra, los ejércitos no son nacionales ni estatales, sino particulares. El ejército de un rey es la suma de los pequeños ejércitos de aquellos hombres que, en su ámbito, están en disposiciones de alquilar mercenarios y le apoyan. En la mar es exactamente igual. El final de la Edad Media es el comienzo del fenómeno que conocemos hoy como guerra mundial. De hecho, en mi opinión debiéramos llamar primera guerra mundial o primera guerra europea a lo que conocemos como guerra de los cien años; exactamente igual que en el 14, en aquélla metió cuchara todo Dios, y fue la geopolítica del área la que se ventiló en los combates.
En el marco de estos enfrentamientos, igual que los particulares forman batallones de arqueros o piqueros, los particulares arman barcos, que operan con patentes de guerra concedidos por el rey, pudiendo saquear los barcos con la condición de rendir una porción a la corona. Ya sé que es difícil imaginar una Inglaterra sin armada, pero los ingleses medievales carecían de ella, y habrá que esperar hasta Enrique VIII y, sobre todo, hasta la Reina Virgen, para encontrarnos intentos serios de formarla.
Eduardo I de Inglaterra, para mí uno de los mejores reyes que ha tenido ese país desde el punto de vista de su robustecimiento como nación, concedió ya las primeras patentes de corso, sobre todo a los armadores de mercantes que habían sido previamente saqueados. Estas patentes, por lo tanto, daban derecho a piratear y saquear cualquier barco que llevase la misma bandera que la de quien les había saqueado a ellos primero. Pero fue, como ya he insinuado, Isabel I la que hizo de esta actividad un auténtico negocio, tanto para los piratas como para Inglaterra. Obsesionada con la posibilidad de que el rey español invadiese un día su país, Isabel multiplicó las patentes de corso y, sobre todo, inauguró el prestigio del pirata, con gestos como el bien conocido de subir a la gacela dorada de Francis Drake para armarlo caballero.
Drake odiaba a España y amaba el dinero a partes iguales. Cierta historiografía inglesa trata a su abuelo con la conmiseración de quien hizo lo que hizo porque la guerra y bla; pero es falso, porque da la casualidad de que Drake se ensañó con las posesiones españolas también en tiempo de paz. Fue en tiempo de paz, por ejemplo, cuando planificó su vuelta al mundo saqueando las ciudades españolas del Pacífico; campaña que fue la le que dio la condición de caballero, entre otras cosas porque el tesoro que descargó en Londres puede ser, bien fácilmente, uno de los tres o cuatro mayores tesoros jamás conseguidos en un botín de paz o guerra (dos millones y medio de libras de la época, según los relatos).
Paradójicamente para los piratas, muchos de los cuales, como Drake, soñaban soñaba con la derrota de España, la famosa de la Armada Invencible fue un desastre para ellos. Al convertirse otras rutas distintas del Canal en seguras, las mercancías dejaron de fluir por donde ellos estaban acostumbrados a atacar y tenían sus bases. Para colmo, Jacobo I, en llegado al trono de Londres, cerró las hostilidades con España, lo que dejó literalmente en el paro a centenares de barcos con sus centenares de capitanes y decenas de miles de piratas dentro. En esta situación, se volvieron contra el propio comercio inglés, que las patentes de corso habían dejado aparte obviamente, y prácticamente lo hicieron, nunca mejor dicho, zozobrar. La solución al problema, en todo caso, llegó mediante la internacionalización. Jacobo I, que como buen cristiano no sentía ningún respeto por los no creyentes, comenzó a conceder patentes de corso a quienes se fuesen a robar al Mar Rojo. Allí pillaron y mataron a manos llenas los corsarios ingleses, cotizando siempre el diezmo para la corona.
No obstante, otra zona se convertía en caliente en esos tiempos: el Caribe. La elección del lugar tiene también mucho que ver con la derrota de la Invencible y el hecho de que dejó las aguas atlánticas y pacíficas en manos que quien las quisiera surcar. Claro que también había sus riesgos. Según un relato de 1604, a los integrantes de dos barcos piratas apresados por los españoles en las Antillas se les cortaron las manos, los pies, las orejas y la nariz y, finalmente, fueron embadurnados con miel y colgados de los árboles para que se los comiesen los insectos.
Los primeros bucaneros caribeños eran franceses y, más que piratas, eran, como lo sería el pasaje de Myflower algún día, perseguidos religiosos. En vagabundeo por el mundo, llegaron a la actual Haití, que había sido abandonada por los españoles, pero que tenía abundante ganado salvaje porque los antiguos colonizadores no se lo habían llevado. Allí se establecieron los franceses y, como ganaderos, aprendieron a preparar una carne salada y seca, tal y como lo hacían los indios, sobre una especie de parrillas hechas con ramas verdes que llamaban boucans. Bucanero, por lo tanto, es una palabra que, en su inicio, quiere decir preparador y vendedor de este tipo de carne, que era bastante popular entre los navegantes de la zona.
Es hacia 1630 cuando estos primeros bucaneros, muy acrecidos por gentes que se habían ido quedando en la isla tras desertar de sus barcos, se trasladaron a la Isla de la Tortuga. Además, finalmente tuvieron que hacerlo porque los españoles entraron en La Española a sangre y fuego, matando el ganado y ejecutando a los bucaneros que encontraron por estar ocupando una isla de su propiedad. Aquella incursión, sin embargo, fue un error que España acabaría pagando carísimo con el tiempo. Faltos de su negocio en tierra, los bucaneros hubieron de buscarlo en la mar, y se convirtieron en piratas, a los que los ingleses llamaban freebooters, palabra que los franceses pronunciaban flibustiers y que, de regreso al inglés, se convirtió en filibusters, de donde viene nuestro filibustero.
Desde 1630 a 1710 existió en la Isla de la Tortuga una especie de república pirata o Confederación de los Hermanos de la Costa, que funcionó a la manera anárquica de los piratas. En 1640 Francia se convirtió en el primer estado que le vio una posibilidad a controlar esa cosa y la invadió con unas tropas al mano de un tal señor Lavasseur de San Cristopher. En 1654, gracias a la prosperidad que les trajo la posesión francesa (y sus patentes de corso), los piratas tenían ya embarcaciones suficientemente grandes como para llegar hasta la denominada Costa de los Mosquitos, en Nicaragua. A partir de 1665, la piratería alcanzó la operativa y dimensiones que conocemos, y así siguió durante apenas sesenta años en que empezó su declive. En ese mismo año de 1665, además, abrieron una segunda base en Jamaica, en lugares como Cagua o el famoso Port Royal. Esos fueron los años de François Lanonois, el terror de Maracaibo; o Lewis Scott, que lo fue de Campeche, en México; Pierre François, Roque Basiliano... tantos otros. Entre ellos destacó, desde luego, Henry Morgan, el responsable de que Morgan sea apellido habitual de delincuente y, muy especialmente, de pirata, en el imaginario de mucha gente. En realidad, Morgan fue uno de esos piratas de doble cara, pues, además de ladrón y saqueador, también fue el defensor de Jamaica frente a los ataques españoles, mediante una patente concedida por el gobernador inglés sir Thomas Modyford, que le permitió armar una poderosa flotilla pirata de doce barcos con 700 hombres a bordo, con la que hostilizó la isla de Cuba y Portobello, en Panamá. Morgan era también un tipo sin escrúpulo alguno pues, en sus asaltos, utilizaba curas y monjas apresados como escudos humanos. Para conocer el emplazamiento de las cosas de valor de los pueblos, no dudó ni siquiera en torturar a niños pequeños, quemándoles los dedos para que confesaran.
Retirado tras sus acciones, volvió a la acción en 1670, cuando España volvió a atacar Jamaica, llegando a juntar una flota de 36 barcos y 2.000 marineros.
Las victorias de Morgan llevaron a España a firmar el llamado Tratado de las Américas, por el cual reconocía por primera vez a Inglaterra el derecho a comerciar en la zona. Este tratado acabó con los bucaneros para siempre, aunque no pocos de ellos decidieron seguir siendo piratas. Los buenos tiempos volvieron, aunque de forma intermitente; como en 1683, cuando la ruptura de hostilidades entre España y Francia volvió a multiplicar las patentes de corso. En 1688, Inglaterra concedió un indulto general al que se acogieron muchos piratas; pero la guerra con Francia, al año siguiente, volvió a animar a muchos a ocupar el oficio.
Los piratas eran personas no exentas de valentía. Pierre le Grand, el primer gran pirata de la Isla de la Tortuga, ordenó cierta vez que, antes de un ataque, se abriese una vía de agua en su propia nave; de esta manera, evitó las deserciones o renuncios. El pirata medio era un dipsómano sin solución (no pocas veces, los piratas no pudieron realizar abordajes, o repeler ataques, por lo mamados que estaban) y tenía que estar dispuesto a lo peor, porque el castigo habitual por su delito era la muerte. Sin embargo, el porcentaje de piratas que murieron en la horca, con seguridad, fue muy bajo y, además, como hombres de mar, a los piratas lo que les esperaba en la vida civil era una existencia de mierda por un salario bastante menos que mileurista. Sin embargo, la piratería podía dar enormes negocios, como la droga hoy en día; por lo que ejercía sobre mucha gente el mismo nivel de atracción.
Aunque no con tanta frecuencia como se quiere ver, la piratería también tenía, a veces, su punto de reivindicación social (que ha colaborado para construir su mito), dado que no pocos de los piratas, si no todos, eran personas de muy baja extracción social que antes habían tenido, por así decirlo, una triste vida de obreros. Muy conocido en el mundillo filibustero es el discursete que el capitán pirata Charles Bellamy le soltó a un capitán mercante que, una vez apresado, se negó a hacer una cosa que se ofrecía muy a menudo a los vencidos, esto es firmar el estatuto del pirata y unirse a ellos. Bellamy lo llamó «perro zalamero, como todos ésos que se someten a ser gobernados por las leyes que han hecho los ricos para su propia seguridad». Todo un indignado, el tal Bellamy.
Los piratas atacaban en barcos pequeños, contra lo que se suele ver en las películas, entre otras cosas porque su mejor forma de huir si la cosa iba mal era acercarse a los bajíos y salir por patas del barco; para lo cual necesitaban que el suyo tuviese menos calado que la media. Solían aprovechar muchos barcos apresados, aunque les elevaban las bordas (para poder esconderse hasta el último momento) y les quitaban absolutamente todo lo que había en cubierta para dejarla diáfana. En la cubierta era el único lugar de un barco pirata en el que se dejaba fumar (al menos con la pipa sin tapar) para evitar incendios; aunque beber, se podía beber hasta en el puesto del vigía.
Los capitanes eran electivos y, por lo tanto, podían ser destituidos; Daniel Defoe llegó a ver en un barco pirata 13 capitanes en dos meses. Su valor era, normalmente, equivalente al último botín conseguido. Tenían derecho a camarote, pero cualquier otro marinero podía entrar en él cuando quisiera y tomar del mismo lo que le diese la gana (ron, las más de las veces). Los capitanes comían la misma ración que la tripulación y eran uno más. Aunque algunos fueron muy respetados. Barbanegra, por ejemplo, se hizo respetar una tarde cuando, en medio de una borrachera monumental, decidió apostarse a bien quién sería capaz de aguantar más tiempo en el infierno. Así que se metió en las bodegas, con los otros que apostaron, y una vez allí hizo quemar azufre. Por supuesto, fue el último en salir para, a renglón seguido, invitar a sus hombres a una competición a ver quién aguantaba más tiempo ahorcado sin morir; invitación que nadie aceptó. En otra ocasión, y por pura broma, le destrozó una rodilla de un pistoletazo a un amigo íntimo suyo.
Una vez elegido, el capitán tenía el mando y se apoyaba en su contramaestre, que en realidad era el alma del barco, pues organizaba casi todo, desde los ataques hasta el reparto del botín. Aunque el capitán tenía el mando, los castigos se imponían en asamblea de todos, salvo que la falta estuviese recogida en el Estatuto. Cada barco o flota pirata tenía su propio Estatuto, que había que firmar al inicio de cada campaña, aunque sus contenidos son bastantes parecidos. Se establecían normas básicas de disciplina o de seguridad (como lo de no fumar en las sentinas), así como otras como la prohibición de violar a las cautivas (blancas; a las negras, incluso los nada raros piratas negros se las zumbaban a gusto). Esto no tiene nada de altruísta ni de civilizado. Contra lo que se pueda imaginar, los piratas no querían pelear. El chollo, para ellos, era que el mercante se rindiese impoluto. De esta manera, se llevaban toda la carga e incluso algún que otro marinero que se les pasase. Que la costa supiera que respetaban a las mujeres era un aliciente para rendirse. El otro, por cierto, era repartir las ganancias; porque en la historia de la piratería ha habido muchos más piratas que los piratas.
Lo que sí cuadra con las leyendas es el uso constante de la Jolly Roger, la famosa bandera de la calavera y las dos tibias; aunque si algún día una peli quisiera ser más respetuosa con la Historia, debería incluir un reloj de arena y, sobre todo, recordar que la bandera más usada, y temible, de los piratas, era roja. Una bandera roja significaba que se habían terminado las ofertas y que se procedería al ataque sin piedad.
Hay elementos de la imaginería pirata que son bastante, o radicalmente, falsos. Rara vez abordaban los barcos con ganchos y tal. Primero, porque muchos barcos los robaban de noche, aprovechando que quedasen en ellos pequeñas guardias. Y, segundo, porque su forma más normal de ataque era embestir el barco contrario, buscando que sus propios aparejos se enredasen con el bauprés de su víctima. Asimismo, no se tiene noticia de que piratas que hicieran la pollada ésa de la tabla para tirar a alguien al mar. Si lo tiraban, lo tiraban, y punto.
A base de estas cosas, de las novelas y después de las películas, la piratería fue adquiriendo ese halo romántico y aventurero. Sin embargo, reflexione el lector sobre el pequeño detalle de que ninguna época del ser humano ha admirado, jamás, a sus piratas contemporáneos. Por algo será.
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