martes, agosto 01, 2017

Por qué los viajes en el tiempo serían un engorro

Bueno, yo no sé vosotros, pero yo estoy a punto de dedicarle un par de semanas a la empanada de xoubas, con muy poco contacto con internet y el mundo electrónico. Así pues, mi plan es irme de vacaciones, y conmigo se toma un descanso el blog, claro. No obstante lo dicho, alguna gana tengo de dejaros en estos días un post para que podáis completarlo en los comentarios si os apetece. Y se me ha ocurrido el meconio que viene de seguido.

jueves, julio 20, 2017

Trento (26)

ecuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio.

La llegada de aquel memorial, avalado por el muy católico emperador, para colmo en un momento en el que la muy católica Francia se mostraba también abiertamente sensible a argumentos muy parecidos a los que contenía, marcó probablemente el punto más alto de las posibilidades que tuvo la reunión de Trento de convertirse en una auténtica asamblea reformadora de la Iglesia. Sin embargo, a partir de ahí, en realidad antes incluso, las cosas comenzarían a descender; y la razón fundamental de ello es que el partido reformador, con las mismas que tenía las cosas muy claras, resultó ser también un lobby muy desunido y con incapacidad de generar posiciones y políticas monolíticas y coordinadas. Cosa que el Vaticano llevaba haciendo desde hacía siglos y para lo que, además, contaba en el ámbito temporal con un aliado no menos monolítico que él: el rey español.

martes, julio 18, 2017

La RAE, ese modelo de negocio

Anda el mundo hispano algo revolucionado desde que, hace unas horas, el académico Arturo Pérez-Reverte hiciera público en su cuenta de Twitter que la RAE va a aceptar el imperativo «iros» para la segunda persona del plural del verbo ir. Dijo Reverte, y aquí se le escapó un meconio de su viejo oficio de periodista, que la RAE es notario, no policía. Otrosí: si la gente lo dice, la RAE lo acepta.

lunes, julio 17, 2017

Trento (25)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

Con estos mimbres, todo el mundo en Europa asumió que la continuación de Trento seguiría siendo un concilio únicamente católico. Lo cual es básicamente cierto, pero no debe esconder el hecho de que, en el tablero de los fieles a Roma, había diversos puntos de vista.

miércoles, julio 12, 2017

Trento (24)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio.


Sea por lo que sea, Pío IV tomó posesión del cargo de consejero-delegado de media Cristiandad, y lo hizo expresando una clara voluntad de convocar el concilio general que todo Dios, o cuando menos los hombres que dicen tener su email, le estaba pidiendo. Eso sí, para dejar claras algunas cosas desde el inicio, al igual que su antecesor Del Monte Pío afirmó que quería volver a convocar el concilio, pero declaró válidas las decisiones de Trento, es decir, descartó de inicio cualquier tipo de disrupción con lo ya construido, a pesar de que lo hubiese sido en flagrante ausencia del elenco protestante. Asimismo, y para no malquistar a los protestantes ni al bando imperial, eligió de nuevo la villa de Trento para el embroque.

lunes, julio 10, 2017

Trento (23)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar.

Conscientes todas las partes de que Trento estaba yendo para entonces como la rana, hasta el emperador se vio forzado de asumir, el 3 de marzo de 1552, la suspensión de la asamblea. A partir de ese momento, la decisión de disolver Trento estuvo, por así decirlo, tomada; pero, sin embargo, nadie quería aparecer como quien la tomase. De esta manera, Trento siguió formalmente abierto durante semanas perfectamente inútiles. Sin embargo, la situación comenzó a pasar factura. El 13 de marzo, como un solo hombre, todos los representantes sajones abandonaron la villa. Inmediatamente después lo hicieron los embajadores de Würtemberg y Estrasburgo, en medio de declaraciones muy amargas sobre el trato que habían recibido sus propuestas en la asamblea.

lunes, julio 03, 2017

1453 (3)

(Vaya, he metido el dedo y he publicado esta toma, que era para el miércoles. Pues eso: que la disfrutes, y el miércoles viviré de las rentas...)

En la Transoxiana, al sur de Samarkanda, surgió en el siglo XIV un jefe guerrero. Era, probablemente, de origen mongol, pero había sido totalmente influido por la cultura turca. Su nombre era Timur, aunque todo el mundo lo conocía como Timur el Cojo, Timur Lenk, nombre que al parecer los europeos no podíamos pronunciar tal cual y, por eso, convertimos en Tamerlán.

Lectura: Killers of the Flower Moon


Qué: Killers of the Flower Moon. The Osage murders and the birth of the FBI.
Quién: David Grann.
Dónde: En la editorial neoyorkina Doubleday.
Cuánto: 9 pavetes y medio en el Kindle.
Nota: 7 sobre 10


Me compré este libro porque no es muy caro y porque leí un tuit de la universidad de Oklahoma en el que decía que era best seller en dicho Estado. Yo siempre he sido mucho de seguir los gustos de lectura de los oklajomianos. La verdad, lo confesaré, el libro electrónico ha introducido en la lectura unos precios razonables y eso, cuando menos para mí, supone que hago estos experimentos muy a menudo y sin miedo: compro, leo y, alguna que otra vez, a las veinte páginas lo dejo, paso el libro a una carpeta de basura que tengo en el Kindle, y a otra cosa.