martes, julio 22, 2008

El follón de Bailén

Si acudís a visitar la página web del ayuntamiento jienense de Bailén, podréis buscar las noticias producidas a finales del mes de junio, hace pues ahora cosa de unas semanas, en las que dicho consistorio se dice hondamente dolido por la comunicación por parte de la Casa Real en el sentido de que no asistirá a los actos del bicentenario de la batalla de Bailén. Yo me he enterado ahora y porque un amable corresponsal me ha enviado la referencia; porque, la verdad, en el estado del conocimiento que tengo de las cosas que pasan (los informativos de la tele y algún periódico), ni me había enterado.


Lo que puedo o quiero decir es que esta negativa no es sino el síntoma de algo más genérico. Ciertamente, este año se cumplen 200 de la batalla de Bailén y, como se puede deducir de lo que acabo de escribir en el párrafo anterior, el aniversario está atravesándonos sin rompernos ni mancharnos. Y tiene poquísima lógica este pasotismo después de que el 2 de mayo hayamos montado la intemerata con el asunto de la rebelión del pueblo de Madrid. Lo del personal apiolándose franceses por las calles del Foro puede quedar muy bien para películas y cuadros goyescos; pero en lo que a la Historia concierne, es decir a la hora de echar o no a los franceses de España, la batalla de Bailén tiene unas setecientas veces más importancia que la rebelión de Madrid. Prueba de ello es que sacó a José Bonaparte de la ciudad, pues tras la derrota la abandonó haciéndose caquita.


Lo cual me lleva a pensar que, quizá, hoy por hoy no nos damos cuenta de lo que significa la batalla de Bailén. Cuando dicho enfrentamiento se produce, Francia es una potencia mundial; España hace ya, como poco, un siglo que no lo es. Francia está regida por un poder centralizado capaz de armar levas, ejércitos, y de llevar al personal tieso como una vela; España no tiene rey y trata de organizarse a través de juntas diversas; y no hace falta que nos extendamos mucho sobre lo que le pasa al poder centralizado cada vez que en este país se otorgan soberanías locales. Francia está considerada como el puño más fuerte del mundo, la Grande Armée, la gallinácea en verso; España, a todo lo más que aspira, es a tocar las narices en acciones pequeñas de desgaste, eso que con los años acabará llamándose guerra de guerrillas. En 1808, Europa iba ya por la cuarta coalición, que se dice pronto, montada para batir a Francia.


Francia era, en ese momento, el Rafael Nadal de Europa; y en Bailén se enfrentó por primera vez con un desconocido contrincante, bajito, moreno y patilludo, de cuya capacidad estratégica se dudaba en todos los cafés de Europa y que tenía más fama de bandolero cabreado que de militar de pura cepa: el soldado español. Ese tenista oscuro, sin historial, sin un mal cuarto de final de Gran Slam que llevarse a la boca, llegó a la final de Wimbledon y al tío mazas al que no le ganaba ni Dios le metió tres sets por la patilla y lo dejó seco.


Bailén es, a mi modo de ver, la victoria de la guerra moderna; ésa en la que la movilidad es algo fundamental. Más de un siglo después, Francia sería invadida por un ejército alemán que, en el fondo, le hizo la misma envolvente, pues avanzó a toda hostia con sus carros de combate cuando lo que se esperaba de tales vehículos es que avanzasen lentamente. En Bailén paso algo parecido, porque la principal virtud del general Castaños fue conseguir que su contincante, el general Dupont, nunca tuviese una idea cabal de dónde estaban las tropas españolas, de lo mucho y rápidamente que se movían.


Si alguien pudiese proyectar una filmación de un ejército antiguo avanzando hacia la batalla, podría ver una interminable sucesión de gentes, carros, mulas y otras bestias de carga, hasta el punto de que en la Edad Media, por ejemplo, no pocas veces los, por así llamarlos, servicios auxiliares del ejército propiamente dicho ocupaban tanto como el ejército (hay que decir que con las tropas se desplazaban burdeles enteros, por ejemplo). Esto no era gran problema en guerras de posiciones, batallas que, más que producirse, se celebraban. La guerra moderna inventa al ejército que se aguanta con dos de pipas y, gracias a ello, es capaz de estar hoy en Málaga y mañana en Malagón. Dupont nunca supo dónde estaba Castaños y Castaños siempre supo dónde estaba la Gran Armada, tan Grande que era imposible no verla.


La extrema movilidad del ejército español hizo que los franceses no tuviesen bien clara la cosa. Iban por Andalucía dándole capones a los resistentes españoles (entrando a saco en Córdoba, por ejemplo); pero, claro, con un ejército tan móvil y una comunidad autónoma tan grande, acabaron dándose cuenta de que al español le era posible meterse entre Madrid y las espaldas de los soldados, cortando la conexión con la capital y poniendo en serios problemas el momio napoleónico. Es por ello que una parte de la armada francesa fue enviada a La Carolina, para garantizar dicha conexión. De esta manera, el invencible ejército francés se cortó un brazo, y fue con ese brazo cortado como Castaños le salió al paso el 18 de julio de 1808 en Bailén, celebrando batalla al día siguiente, tórrido según las crónicas. Fue el verdadero principio de nuestro particular Au revoire, Monsieur.


Bailén es, además, quizá la última gran batalla que España ganó, deslizándose como iba hacia el famoso Perdimos, perdimos, perdimos otra vez. Y es, como la rebelión de Madrid, la victoria de un pueblo. Normalmente, las batallas siempre tienen un cerebro gris que garantiza su victoria. Julio César, Alejandro, Gengis Kahn, Napoleón, Klausewitz, están ahí para reclamar el mérito de victorias que sin su aportación probablemente no lo habrían sido. En Bailén, sin embargo, por mucho que sea cierto que las tropas españolas tuvieron un general, un buen general como Castaños, fue un pueblo el que ganó. Entre otras cosas porque si en ese momento existía el Estado español (y resulta curioso que precisamente en el momento en el que era jurídicamente más dudosa la existencia de dicho Estado fuese cuando sus ciudadanos menos dudaban de ello), lo que no tenía es Jefe. España, en ese momento, no tenía cabeza. Su cabeza fue su pueblo. Lo cual nos lleva al feo detalle de nuestro actual Jefe del Estado.

Creo que la Casa Real haría bien revisando su decisión. Por coherencia histórica y, sobre todo, porque, como ya hemos tenido ocasión de comentar en más de una ocasión, el papel de los Borbones en toda la movida de los franceses en España no es precisamente como para sentirse orgulloso. Ciertamente, en los primeros años del siglo XIX, a España le pasó lo que le ha pasado en la Historia a muchas otras naciones y pueblos, tales como la Galia, o los vecinos de los mongoles, o México, o Cuba: le tocó estar en el patio de atrás de una potencia invasora e imperialista. Desde luego, no fue una coyuntura fácil. Pero nuestros reyes ni pudieron, ni supieron, ni quisieron estar a la altura de las circunstancias.

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martes, julio 15, 2008

Tiberio Graco

Este blog está pronto a irse de vacaciones. Queda una quincena de julio en la que creo me voy a dedicar a la dolce far niente con mayor descaro de lo habitual, y en agosto es posible que me asome algún día por aquello de desengrasar los bytes, aunque no lo sé.

La voluntad de descanso, no obstante, sigue combinándose con la pulsión que creó esta esquina de internet, que es la pulsión de contar historias. Hoy me gustaría contaros la del primero de los Gracos. Una historia que tal vez los más provectos de entre vosotros conozcáis bien, porque hubo un tiempo en que los hechos de la Roma clásica eran materia de estudio en las escuelas. Lo cierto es que las generaciones vivas de hoy poco o nada saben de los Gracos, con lo que han olvidado que, para muchos de sus antepasados más cultos, este nombre fue sinónimo estricto de conceptos como libertad, rebelión e, incluso, en algunos casos, revolución.

Tiberio Sempronio Graco fue un miembro notable de la clase patricia romana que realizó lo que los romanos llamaban un cursus honorum, mezcla entre carrera política y funcionarial, casi completo. Fue tribuno de la plebe, edil curul, pretor, cónsul por dos veces y censor. Esto supone que ocupó todas las magistraturas importantes de carácter civil de la República.

Es muy probable que Tiberio Sempronio se casara por amor, por mucho que la conveniencia tuviese también su papel, como era inevitable entre patricios. Y digo que se casó por amor porque eso es lo que cabe sospechar cuando te casas con la hija de uno de tus peores enemigos. Cornelia, en efecto, era hija de Escipión el Africano, y todo en mundo en Roma sabía entonces que cada vez que un Graco y un Escipión se juntaban en la misma habitación, se producía alta tensión como para iluminar la Subura durante un mes.

En el año 137 antes del teórico nacimiento de Cristo (que con cierta probabilidad se produjo algunos años antes de lo que hoy se dice), Tiberio, hijo de Tiberio Sempronio y conocido por la Historia como el primero de los Gracos, comienza su carrera política en España, donde ocupó plaza de cuestor. Sin embargo, tan sólo cuatro años más tarde lo encontramos ya en Roma y nombrado tribuno de la plebe. Su nombramiento no fue en modo alguno casualidad. Tiberio había buscado agarraderas bien fuertes en la familia Claudia, una de las principales de Roma para entonces (a pesar de no ser romanos-romanos, con RH negativo y esas cosas) y que acabaría dando a la Historia un montón de generales y emperadores, como el tartamudo Clau, Clau, Claudio cuyas presuntas memorias se cuentan en los libros de Robert Graves.

Claudio Pulcher, que a juzgar por su cognomen debía de lavarse un par de cientos de veces al día, tenía entonces la carísima distinción de princeps Senatus, o sea el primero de los primeros, el senador de senadores, el cappo di tutti cappi. Y, además, era enemigo de los Escipiones. Tiberio Graco ingresó en esa facción antiescipiónica donde compartió cenas y colaciones con los claudios, los escévolas y, desde que Publio Mucio Escévola dio el braguetazo de casar a su hijo con una miembra [toma ya Ministerio de Igualdad] de la familia de los crasos, también esta familia, conocida por sus riquezas, se arrejuntó a la bandería.

Todo esto funcionaba por amistades y relaciones. Las facciones patricias, cuando llegaban al poder, lo tomaban enterito. En el 133 a.C., ya lo hemos dicho, Tiberio Graco fue tribuno de la plebe; pero al mismo tiempo Mucio Escévola era cónsul.

En principio, todo esto no tendría que ser sino un episodio más de la Historia de la República Romana, formada a veces por una mera sucesión de consulados en las que, como acabamos de describir, las diferentes familias iban tocando pelo, la mayor parte de las veces con la intención de conseguir éxitos militares, llevárselo calentito, o más habitualmente tener éxitos militares mientras se lo llevaban calentito. Tiberio Graco, sin embargo, era distinto. A él le habían formado diversos maestros griegos, alguno de ellos estoico, que le habían llevado por el mal camino de explicarle que en Grecia, nación que entonces tenía la vitola de superioridad intelectual sobre la más pragmática Roma, se llevaban ideas como la soberanía del pueblo y la responsabilidad de los administradores para con la plebe. Ideas complejas y desordenadas que aún costaría cosa de 1.800 años comenzar a imponer.

Graco, además, estaba en una posición ideal para actuar. No sólo era tribuno de la plebe, un cargo bastante goloso, sino que además el gobierno de la ciudad de Roma estaba en manos de su amiguito Escévola porque el otro cónsul, Lucio Calpurnio Pisón, estaba en Silicia tratando de apiolarse a unos esclavos que se habían rebelado (Spartacus es el mito, pero no fue ni de coña el único). Para colmo, la oposición, o sea Escipión Emiliano, estaba en ese momento asediando Numancia, así pues estaba en la comunidad autónoma de Castilla-León.

Influido por esas extrañas ideas griegas, Tiberio Graco hizo un movimiento hacia la igualdad económica de los romanos. Su Lex Sempronia venía a apoyarse en otra alumbrada casi 250 años antes, la Lex Licinia Sexta, por la cual se limitaba la superficie de campo comunal o ager publicus que podía ocupar un solo propietario. De esta manera, Graco pretendía generar excedentes de tierra, que serían soltados por los propietarios que estuviesen ocupando demasiada; excedente que, en los términos de la norma, debería repartirse en pequeñas parcelas para que le tocase la pedrea a mucha gente.

Era una ley cargada de razón. En aquella Roma en la que Tiberio Graco había crecido, los ricos eran cada vez más ricos, pero los menos ricos no sólo eran más pobres, es que cada vez eran menos. Lo cual ponía en peligro la propia supervivencia de Roma pues en Roma, hasta la reforma de Cayo Mario, los soldados salían de la clase campesina (la reforma de Mario consistió en admitir al ejército a los miembros del census capiti, es decir a los putos monos sin familia ni tribu ni leches, o sea los puteros, los borrachuzos y el lumpenproletariado en general). La norma, consciente de que hacer una reforma agraria al modo marxista (es decir, cambiando las relaciones de propiedad) era imposible, actuaba sobre el ager publicus, es decir sobre las tierras del Estado; un terreno en el que la soberanía del Estado era, pues indiscutible.

Consciente de que si la presentaba en el Senado le iban a encular, Tiberio Graco hizo uso de la prerrogativa propia de un tribuno de la plebe de presentar la ley frente a la asamblea del pueblo. Se montó la de Alá es Mahoma. Los partidarios y detractores de la norma se daban de hostias en las calles. Roma se llenó de pintadas. No obstante, numéricamente los partidarios de la ley ganaban claramente, lo cual es lógico porque de toda la vida de dios ha habido más gente pelada que gente sobrada de pasta. Esto movió a los patricios a darse cuenta de que no podían votar en contra de la ley. Pero había más posibilidades. Los tribunos de la plebe, que eran una magistratura creada para garantizar el equilibrio entre los poderes de los patricios y los plebeyos, tenían entre otras prerrogativas la de vetar leyes. Los patricios buscaron a un tribuno compañero de Graco, Octavio, y le convencieron para que vetase la Lex Sempronia.

Ante la situación sin salida que generó la octaviada, Graco decretó lo que el derecho romano conocía como iustitium, una situación en la que toda actividad pública y negocio privado quedaba en suspenso. Luego convocó al pueblo y les explicó algo muy sencillo, o sea:

Paso 1: El tribuno de la plebe existe para defender a la plebe.

Paso 2: Vosotros sois la plebe.

Paso 3: Vosotros queréis la Lex Sempronia.

Paso 4: Octavio ha vetado la Lex Sempronia.

Paso 5: Luego Octavio no ha defendido vuestros intereses.

Paso 6: Pero Octavio es vuestro tribuno.

Paso 7: En consecuencia, Octavio os ha traicionado.

Paso 8: Y, ¿qué debe hacer el pueblo con un representante que le traiciona?

Las 35 tribus plebeyas votaron por darle a Octavio por donde amargan los pepinos o, como diría Quevedo, por el ojo que no tiene niña. Y esa votación marcó un antes y un después para Roma, y yo diría que para el mundo. A ver si consigo explicaros el fondo de la cuestión. Los tribunos de la plebe eran intocables, en virtud de la Lex Sacrata. No podían ser depuestos por nadie, salvo el Senado. La jugada de Graco no estaba prevista, pero eso es así porque el derecho político romano, en el fondo, no creía en la soberanía del pueblo (creía más bien en la oligarquía, el poder de unos pocos). Al plantear la votación, y ganarla, Tiberio Graco sustantivó, por primera vez en la Historia de Roma, el principio de que lo que el pueblo decide va a misa y no hay formalismo ni compromiso ni hostia decorada que lo pare. Y sustantivó algo más importante aún: el pueblo, reunido, había realizado un acto de autoridad, cesar a un tribuno, reservado al Senado. El mensaje oculto era: es que yo soy el Senado.

El Senado comenzó a obstaculizar la reforma agraria, sobre todo estrangulándola financieramente. Todo reparto de tierra supone gasto de pasta, y Graco la necesitaba. Visto que el Senado no se la daba, presentó una nueva rogatio ante la asamblea popular para hacerse con las riquezas que el rey Atalo III de Pérgamo había dejado a Roma a su muerte, y usarlo para financiar la reforma.

Conforme se acababa el periodo tribunicio de Graco, Tiberio se fue dando cuenta de que, de no repetir en el cargo, todo se iría a la mierda, con lo cual intentó dicha repetición, que era algo de dudosa legalidad en aquella Roma. La plebe, por su parte, se fue calentando con el asunto, sospechando efectivamente la jugada, y trató de imponer la reelección de Graco. Todo esto acabó en la tensísima escena de una asamblea popular celebrada junto al templo de Júpiter Capitolino; y, algunos metros más allá, en el templo de Fides, el Senado reunido en paralelo. En la reunión senatorial, el peor enemigo de Graco, Escipión Nasica, exigió del cónsul que sacara las tropas a la calle y se liara a hostias. Mucio Escévola, que como sabemos era gracoide, se negó. Pero en ese momento, otro Escipión, Nasica Serapio, se puso al frente de un grupo de senadores y se lanzó contra Tiberio, acompañado por sus partidarios de entre los tribunos.

Tiberio Graco murió asesinado en aquel tumulto. Y podía estar en discusión lo de la reelección, pero lo cierto es que el día que fue asesinado, era aún tribuno de la plebe. La condición sacrosanta, intocable, de los tribunos de la plebe, se acaba de ir a tomar por culo.



Ya sé que en Grecia, muchos años antes de Graco, hubo democracia y Pericles y tal y tal. Pero, en primer lugar, en Grecia había miniestados bastante poco estructurados, pues sólo eran ciudades, polis. Y, en segundo lugar, en Grecia no se produjo una actividad legislativa tan intensa como la romana, razón por la cual hoy se estudia el Derecho Romano y no el Griego. En realidad, Tiberio Graco fue el primer gobernante o político que le enseñó a las clases modestas que se pueden organizar, que pueden exigir lo que quieren exigir, y que la soberanía les pertenece. Tiberio Graco no fue, o yo creo que no fue, eso que hoy llamaríamos un político de izquierdas; su principal objetivo era que Roma rulase, es decir que la sociedad romana siguiese funcionando y aportando los recursos necesarios para que Roma siguiera siendo grande. Sin embargo, por el camino, fue capaz de alumbrar una nueva forma de entender las relaciones sociales y políticas; una nueva forma que veinte siglos después aún se luchaba para implantar. Una forma que hoy, desgraciadamente, aún no está implantada en medio mundo.

En mi opinión, todo aquél que se dice defensor de los más débiles; todo aquél que cree en la igualdad, en la necesidad de que la política se ocupe de los desfavorecidos, debería conocer la historia de Tiberio Graco; una historia con triste final, sí; pero en la que los goznes del destino común del ser humano comenzaron a girar, para no recuperar nunca del todo su posición anterior.

Y, de todas formas, Tiberio Graco está muerto; pero eso no quiere decir que lo estén sus ideas. Eso lo contaremos, quizá, cualquier otro día.

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viernes, julio 11, 2008

El libro de Historias de la Ciencia

Alimentar un blog es una experiencia interesante y uno de los mejores ejemplos de que el mundo y la sociedad, antes y después de internet, son completamente distintos. A pesar de los muchos problemas, de que no escapa al fenómeno de la censura, y de otras muchas cosas, internet ha conseguido democratizar la expresión de ideas. En internet cualquiera puede ser historiador, o maestro, o especialista en Fórmula 1; es su gran virtud y, a la vez, su gran defecto.

Bloggers los hay de muchos tipos. Ayer, leyendo precisamente un blog, me enteré de que los hay incluso de 10 años. También he leído por ahí que hay mucha gente que piensa que los blogs son, básicamente, refritos.

Muchos autores de blogs, lejos de ello, realizan un esfuerzo de conocimiento altruista, probablemente porque para ellos es necesario. Por lo menos, es mi caso. Saber cosas tiene poco sentido si no compartes esa sabiduría. La persona apasionada por algo siempre se ha esforzado por hacer a los demás partícipes de los resultados de su pasión; eso, con internet de por medio, multiplica sus posibilidades.

En parte, escribir un blog te cambia la vida. Genera en tu interior una obligación con la que cada vez tienes más deseos de cumplir. Esta aparente incoherencia se produce por la sensación de comunidad. Cuando escribes un blog, alguien lo lee y tiene el detalle de darte algún tipo de retroalimentación, normalmente en forma de comentario público o privado (pero mejor si es público), la sensación que te embarga es la misma que tienes cuando, en cualquier tertulia, sientes que el resto de las personas en la mesa te ha escuchado y reflexiona sobre lo que le has dicho, aunque sea para discutirlo.

El escritor de blogs, sobre todo de blogs con contenido, currados, es alguien extraordinariamente generoso que por ello asume costes. Y lo mejor que podéis hacer vosotros, lectores, es ayudarle a sobrellevar esos costes; al fin y al cabo, es algo que ocurrirá en vuestro propio beneficio, si es que encontráis valioso el contenido del blog.

Es por ello que a todos vosotros os quiero recomendar que compreis el libro Historias de la Ciencia. Al parecer, y según informa su autor, de momento el enlace que he incluido es la única vía para la adquiisición.

Historias de la Ciencia es, en mi opinión, uno de los dos o tres mejores blogs que se hacen hoy en día en castellano. Tiene mala suerte, ciertamente, porque su campo de actuación, la ciencia, es un campo en el que la densidad de buenos blogs es un poco apabullante (mis otros blogs científicos que más me gustan son Curioso pero Inútil y Gaussianos). Ya sé que el concepto que mucha gente tiene de un buen blog es un blog que opine, que de caña, y esas cosas. A mí, sin embargo, me parece que un blog es tanto mejor cuanto más contribuye al conocimiento y la cultura.

Historias de la Ciencia es, en el fondo, el relato de un descubrimiento; el descubrimiento de la ciencia y sus maravillas por parte de Omalaled, su autor. Tal vez por eso me atrae tanto pues, como aficionado a la Historia, mi terreno es otro. Lo que haces cuando investigas la Historia no es descubrir, sino interpretar. Los hechos están ahí, son a menudo muy conocidos, y tú has de ponerlos en relación y construir con ellos interpretaciones coherentes. La ciencia, en este sentido, es más calentona. En el mundo de la ciencia, doblando cualquier esquina puede estar esperándote algo que cambia radicalmente tus puntos de vista.

Omalaled ha sacado un libro. Un libro recopilatorio de algunos de los muchos posts que ya ha realizado. Leerlo no os decepcionará, como no puede decepcionaros el propio blog. Y, además, como ya he dicho, será una forma de cerrar el círculo virtuoso que existe entre un buen blogger y sus pacientes lectores. Una forma de reconocer un trabajo y un esfuerzo y de seguir compartiendo, que es de lo que se trata.

Son, además, 10 cochinos euracos.

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miércoles, julio 09, 2008

Mugabe

La última cosa en que el así llamado Mundo Libre parece haberse puesto de acuerdo es en afirmar que el gobierno de Robert Mugabe en Zimbabwe es ilegal. Enternecedor. Cuando se producen este tipo de declaraciones, da la impresión de que el atacado se ha vuelto malo malísimo ayer por la tarde a la hora de la merienda. La historia de Robert Mugabe, sin embargo, es una buena demostración de cómo el hoy se forja de muchos ayeres; y que, de hecho, un capullo hoy no es sino alguien a quien se le han permitido repetidamente sus capulleces en el pasado.

Hace algunos años, es muy probable que alguno de los lectores de este blog lo recuerde, Zimbabwe se llamaba Rhodesia. Rhodesia era, con la abierta complicidad de los británicos, una especie de Sudáfrica en pequeñito. Desde 1957 había una organización parecida a la que más abajo lideraba Nelson Mandela, llamada Congreso Nacional Africano. El ANC luchaba contra cositas como que el sistema electoral rhodesiano tuviese una especie de sufragio censitario mediante el cual votaban unas 52.000 personas, de las que sólo aproximadamente medio millar eran negros. A pesar de que el ANC y su líder, Joshua Nkomo, no eran ni de coña una organización radical, al estilo ultranegrista-marxista que ya se veía por ahí, el poder blanco los ilegalizó en 1959. Movimiento de enorme inteligencia por parte de los británicos que provocó lo que hasta un niño de teta no británico habría previsto: la radicalización de los negros.

En 1960 nace el Partido Nacional Democrático, bastante más radical. En 1961, en un movimiento que parecía acertado, los británicos esponsorizaron una reunión de partidos blancos y negros para elaborar una nueva constitución. Los negros fueron encantados al meeting, pero allí se encontraron con una generosa ración de porridge británico. El concepto british de democratizar Rhodesia fue darle a los negros, amplia mayoría en el país, 15 escaños de un parlamento de 65. Eso, además de ajo y agua.

Los negros, claro, se mosquearon y se dedicaron a romper escaparates y algún que otro cráneo.

Como quiera que Londres siguió aplicando el Catón del Gilipollas, su reacción fue ilegalizar el PND. De esta manera se produjo la tradicional radicalización, que culminó con la formación de la Zimbabwe African’s People Union, conocida como Zapu. La cual fue ilegalizada en 1962. Como consecuencia de la radicalización que esto conllevó, en el 63 el Zapu se escindió, quedándose dentro Nkomo y sus seguidores mientras que el más radical Ndabaningi Sithole fundaba la Zimbabwe African National Union (Zanu). Secretario general del Zanu fue nombrado un joven radical llamado Robert Mugabe.

La respuesta de los blancos fue crear el Rhodesian Front, de corte racista, formación que en las elecciones de 1962 ganó todos los escaños de los blancos, con lo que el país se convirtió, de hecho, en una nación de partido único. Al primer líder del RF, Winston Field, le sustituyó pronto el que sería gran líder de la formación, Ian Smith. Smith había jurado que en Rhodesia nunca se aplicaría la regla mayoritaria (básicamente, el sufragio universal) mientras viviese. Ilegalizó todas las formaciones negras, metió a todos sus líderes en el maco, y el 11 de noviembre de 1965, con estos mimbres, firmó la declaración de independencia del país.

La supervivencia de esta Rhodesia independiente se basaba en un cálculo político. Que pudiese ser un Estado racista blanco tenía mucho que ver con que Sudáfrica también lo fuese. Para los gobiernos sudafricanos resultaba fundamental vivir en una situación en la que las guerrillas negras no tuviesen santuarios más allá de las fronteras para putearlos. Así pues, Sudáfrica necesitaba tener, entre sí misma y el África gobernada por los negros, «naciones-tampón» que evitasen este efecto. Estos tampones eran, fundamentalmente, Rhodesia y las colonias portuguesas de Angola y Mozambique. Gracias a esta ayuda, Smith podía mostrarse tan chulo como se mostró. En 1966, los británicos le ofrecieron una solución por la cual el poder blanco se mantendría en Rhodesia hasta el año 2000, y dijo que y una mierda. Lo único que llegó a insinuar como posible fue un sistema que, en la práctica, aplazaba la negritud del país hasta el 2035; fecha que, en 1965 y aledaños, venía a significar nunca.

Las cosas empezaron a cambiar en 1974, porque el montaje geopolítico que sustentaba el experimento Rhodesiano se fue al carajo con la revolución de los claveles de Portugal (Grandola/vila morena...) y la que se montó en Angola y Mozambique, que también fue de aúpa; mucho hablar de Vietnam, pero en Angola americanos y soviéticos también tuvieron de las suyas.

La descolonización portuguesa supuso que, automáticamente, las guerrillas de la Zanu tenían casi 800 kilómetros de frontera para esconderse y atacar. Los sudafricanos se acojonaron por su parte, motivo por el cual se produjo una alianza contra natura entre el primer ministro racista, Vosrter, y el presidente de Zambia, Kenneth Kaunda, los cuales, al unísono, comenzaron a presionar a Smith para que llegase a algún tipo de acuerdo de amiguetes con los negros. En diciembre de 1974, los líderes opositores fueron liberados. Y fue Mugabe quien se negó a la negociación. Diez años jodido en la celda le habían incrementado el radicalismo y ahora alimentaba un discurso modelo yo no tengo ni una puta mierda que hablar con un blanco. Y no le faltó razón, porque en 1976 las conversaciones entre Smith y Nkomo terminaron como el rosario de la aurora, por lo cual la Zapu se unió a la guerra.

Para entonces, uno de los think tank más lentos que existen en el mundo, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, se había convencido de que una Rhodesia puramente blanca era ya imposible (por qué no se había convencido aún de que una Sudáfrica totalmente blanca era también imposible, es algo que, que yo sepa, el señor Kissinger no nos ha explicado).

Fue, en todo caso, un intento de los americanos por conseguir que Rhodesia no se radicalizase como Angola, donde la palabra de moda, por entonces, era ya marxismo-leninismo. Los EEUU trataron de que Smith tragara con la puñetera regla de mayoría, a lo que Smith respondió tratando de llegar a un acuerdo con el nacionalista negro más moderado, el obispo Abel Muzorewa. En 1979, Muzorewa «ganó» las elecciones al gobierno que debía sustituir a la retirada de los blancos (mayo de ese mismo año); pero para entonces el país estaba en guerra y, aunque la Zapu no le hizo ascos a participar en él, el Zanu, ya totalmente en la órbita de Mugabe, dijo aquello de patadón p’alante y si hay que dar hostias, se dan. Sin embargo, una vez más obraron el milagro los vecinos. Samora Machel, que en Mozambique alimentaba a la Zanu de armas y bases, le dijo a Mugabe que si no firmaba se podía ir olvidando de que fuesen amiguitos. Así pues, firmó.

Aquello comenzó la segunda fase de la tragedia de Zimbabwe: los problemas entre negros.

Una vez que se hicieron con el poder, debieron convocar elecciones para ver quién mandaba. Según los testimonios, ya esa primera consulta estuvo manipulada por el terror y las amenazas, realizadas por todos los partidos, pero muy particularmente la Zanu de Mugabe. En todo caso, la Zanu ganó las elecciones con un 63%, mientras que la Zapu sacaba un 24% y el obispo hacía más o menos el papel de la UCD española en el 82.

En abril de 1980, Mugabe se presentó en la televisión y dijo una cosa que sentó muy bien a todo el mundo: «La maldad es la maldad, la cometa un blanco contra un negro o un negro contra un blanco».

Y es que la palabra que mejor define la llegada de Mugabe al gobierno es moderación. Incluso nombró dos ministros blancos. Llegó al paroxismo de mantener a un jefe de seguridad nacional, blanco, a pesar de que sabía que una de sus obligaciones, hasta ayer por la tarde, había sido matarle. También fue especialmente cuidadoso con los 6.000 granjeros blancos que tenían en ese momento casi la mitad del suelo cultivable zimbabwo en sus manos. Sin embargo, desde el principio hizo de la reforma agraria su principal seña de identidad política. Puso en marcha un plan para colocar a 18.000 familias en una serie de antiguas granjas de blancos que habían sido abandonadas por éstos durante la guerra. Aceptó, asimismo, un acuerdo político por el cual, durante diez años, toda transacción de tierra debería estar presidida por el principio de que tanto comprador como vendedor actuasen voluntariamente; lo cual, en la práctica, quiere decir expropiación con indemnización.

Paralelamente, Mugabe también llevaba a cabo sus planes para convertir Zimbabwe en una nación de partido único, como de hecho lo eran, y lo son, la mayoría de los países del África negra. Su principal deseo, por lo tanto, era aplastar, no tanto a los blancos, como a los otros negros. Pocos meses después de la independencia firmó un acuerdo de asistencia con Corea del Norte, que dejaba bien claro que su pie más cojo era el izquierdo. Luego fue a Bulawayo, que era para la Zapu más o menos como Andalucía para el PSOE, y en un mitin encareció a sus militantes a que se diesen de hostias con los de la Zapu. La batalla duró dos días. En 1962, Mugage acusó a Nkomo, que era ministro de su gobierno, de un asunto de tenencia de armas, lo cesó, le embargó los bienes y comenzó a perseguirlo. Los ahora represaliados se hicieron fuertes en la región de Matabeleleland, donde camparon por sus respetos llevándose por delante cada cristal entero que hubiese y otras cosas. Para colmo, los sudafricanos comenzaron a instilar mercenarios por Matabeleleland, repartiendo más hostias aún.

En enero de 1983, la conocida como Brigada 5, un pequeño ejército dentro del ejército entrenado por los norcoreanos, entró en Matabeleleland e inició una campaña de violencia contra la población civil. Mataron a 2.000 no combatientes en sólo siete días y a algunos de sus padres, madres e hijos les obligaron a bailar sobre las tumbas donde los acababan de enterrar. Se crearon campos de concentración como el de Bhalangwe que no tienen nada que envidiar a los de Hitler. De hecho, Mugabe ha llegado a decir que, si es necesario, hay que hacer hitleriadas.

En las elecciones de 1985, y a pesar de la presión y violencia del gobierno, Nkomo ganó todos los escaños en juego en Matabeleleland. Esto movió a Mugabe a darse cuenta de que no podía seguir por ahí. Así pues, en 1987 la Zapu y la Zanu se fusionaron en la Zanu-PF.

Visto que no podía con los negros, Mugabe decidió ir a por los blancos. Aunque no le faltaron motivos, porque la principal acusación contra ellos (connivencia con el régimen Sudafricano) es probablemente cierta. Los blancos de Zimbabwe no hubieran podido afrontar por sí solos acciones como la colocación de una bomba en la sede central de la Zanu en 1981.

Desde la independencia, aproximadamente la mitad de los blancos de la antigua Rhodesia se había pirado. Pero los que quedaron eran los más radicales. En 1985, votaron todos como un solo hombre a Ian Smith.

A Mugabe comenzó a ocurrirle lo que le ocurre siempre a quien llega a gobernar en un régimen de partido único, pues si en democracia hay corrupción, en dictadura la cosa llega a límites estratosféricos. La mayor parte de las fincas que se pusieron a disposición de nuevos propietarios fueron compradas por el clan gobernante de Mugabe, y explotadas con escasa rentabilidad, con lo que la economía de Zimbabwe (un país, como otros muchos de África, rico por definición) comenzó a toser. En 1990, enfrentándose a unas elecciones y a un décimo aniversario de la independencia cuyo resumen era más paro, más hambre y más cabreo, Mugabe decidió superar la situación sacando a pasear el asunto de la tierra de los blancos. Anunció la redistribución de casi 10 millones de acres que en ese momento eran propiedad de los blancos.

Protestó todo Dios. Protestó Reino Unido, Estados Unidos, las instituciones internacionales… La cosa es que Mugabe sostenía ya entonces la teoría de que el gobierno de Zimbabwe tenía el derecho a expropiar sin indemnización y que, en todo caso, sería Londres quien tendría que pagar a los granjeros. Esa teoría le llevaba a no permitir la intervención de los tribunales en las expropiaciones, algo que, ante la protesta internacional, tuvo que hacer. Aún así, hubo granjeros que se enteraron de que habían sido expropiados por los periódicos.

La reforma agraria, sin embargo, terminó en escándalo. Como no podía ser de otra manera si uno se dedica a no darle la tierra al que la necesita y quedársela, que fue lo que pasó en gran medida.

Acosado por una situación que hasta Zapatero consideraría de crisis galopante, la única salida de Mugabe era echarle la culpa de todo a los blancos. Incluso los veteranos de la guerra, que eran los teóricos receptores principales de las tierras, se volvieron contra él. De hecho, fue una promesa desesperada de Mugabe en el sentido de que le pagaría un pasta a los veteranos en un mes lo que acabó por hundir la moneda zimbabwa en los mercados internacionales y sumir al país en la recesión de la recesión de la recesión.

Mugabe permaneció impasible el ademán: anunció la expropiación de 1.300 granjas más. En 1998, los alimentos básicos subieron de precio que lo flipas. Hubo muertos en las calles. Al llegar al siglo actual, Zimbabwe tenía una tasa de desempleo del 50% y se estimaba que el 70% de la población vivía por debajo del umbral de la pobreza. Lo cual no le impidió a Mugabe enviar tropas a Congo para ayudar a Laurent Kabila; pues es sabido que la pobreza de un país es directamente proporcional a sus ganas de enviar tropas por ahí a dar leches.

En septiembre de 1999, una miríada de fuerzas opositoras creó el Movimiento por el Cambio Democrático, liderado por Morgan Tsvangirai. La respuesta de Mugabe fue lanzar una nueva constitución que consagraba el principio de expropiación sin indemnización. Pero lo que no sabía nuestro presidente es que, de tiempo atrás, la flor se le había caído del culo. En el año 2000, Mugabe perdió el referéndum constitucional. Su respuesta fue la campaña de ocupaciones armadas de fincas de blancos por partidas de negros, ante la indiferencia policial; campaña que acabó con el poquísimo crédito internacional que le quedaba al que fuera líder de la Zanu. Estas partidas de incontrolados controlados se desplegaron con violencia respecto de los dueños blancos, pero tampoco se olvidaron de abrir el cráneo de muchos de los 400.000 asalariados negros de dichas granjas.

En las elecciones de junio del 2000, los candidatos del MDC fueron hostigados y maltratados. Aún así, la Zanu-PF sacó sólo el 48% de los votos. El MDC arrasó en la capital, Harare, en Bulawayo y en Mateleleland; lo cual viene a querer decir que Mugabe había quedado reducido a la categoría de líder de las zonas rurales de etnia Shona.

Con un petardo en el culo, Mugabe inició una campaña de expropiaciones urgentes. Utilizó policías, soldados, funcionarios y, finalmente, simples agricultores que tomaron como suyas las explotaciones. El Tribunal Supremo declaró esta reforma ilegal. Mugabe reaccionó diciendo que eso lo decía el TS porque había jueces blancos cabrones en él. Cinco de ellos que estaban estudiando una denuncia fueron invadidos en la sala por una multitud de 200 mediopensionistas con intención de masajeales el cráneo. El presidente del Supremo, Anthony Gubbay, fue «convencido» para que dimitiese.

Después de las fincas, vinieron los negocios. En unos pocos días, los grupos incontrolados pero controlados invadieron más de 300 tiendas, hoteles, restaurantes, propiedad de blancos.

En las elecciones presidenciales del 2002, la violencia previa contra los votantes se repitió. Incluso se dio el caso de jefes del ejército que anunciaron que no aceptarían otro resultado para las elecciones que la victoria de Mugabe. El resultado, pues, es previsible: ganó Mugabe (56%).

Una vez que ganó, el presidente siguió persiguiendo con la estaca en la mano a los opositores negros y a los cerca de 3.000 granjeros blancos que aún seguían en el país les anunció que tenían 45 días para pirarse. Se produjeron denuncias de que el gobierno estaba conduciendo a la hambruna a los distritos electorales que no le habían votado. La consecuencia de todo esto es que sólo entre 1999 y el 2004 la caída acumulada del PIB era del 60%.

Y hasta aquí hemos llegado. ¿Se le ha acabado el crédito a Mugabe? Bueno, lo mío es el pasado, no el presente. Pero me atrevería a decir que sí. Los enormes cambios del entorno geopolítico africano entre el momento en que Mugabe construyó su poder y el día de hoy nos sugieren que es así. Gran parte de su popularidad se basó en la existencia de Sudáfrica, un modelo contra el cual había que luchar; y la Guerra Fría, que movió a las potencias occidentales a no ser muy cabronas con Zimbabwe (como con otros tantos Estados-desastre de África) ante el peligro de que se apoyasen en su hemisferio cerebral soviético; algo que a Mugabe le iba bastante.

Ninguno de estos dos factores existe a día de hoy. Resulta, eso sí, enternecedor, como decía al principio, que la comunidad internacional se entere ahora de que ha habido elecciones manipuladas en Zimbabwe, cuando lo cierto es que jamás las ha habido de las otras; y los resultados bien que le sirvieron al resto de países durante décadas.

Por lo demás, la solución es compleja. El país está descojonado, roto, desestructurado. El MDC es una alianza coyuntural, una especie de PlataJunta antifranquista a lo africano, así pues, en el momento que obtenga el poder, no está claro que su unión siga siéndolo. Además, detrás de todo esto está, como siempre en África, la pelea entre etnias y tribus.

Lo que doy por hecho, eso sí, es que los blancos, o los hijos de los blancos, no van a volver.

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jueves, julio 03, 2008

Lumumba

Inciso: tras la atenta lectura de vuestros comentarios y de los que se colgaron en Meneame.net, esta mañana, a las siete y cuarto, estaba yo en la parada de mi avenida, leyendo de pie en el puto borde de la acera. El X ha llegado a las siete y veintidós. Y ha parado.

Siguiendo las instrucciones que le leído, nada más abrirse las puertas he mirado a conductor y le he dicho:

- ¿Por qué ha parado?

El tipo me ha mirado con cara de acelga sorprendida, y me ha dicho:

- Porque está usted en la parada.

- Ya -he contestado al punto-. Pero yo no le he llamado. Y puedo ser alguien que está esperando a otra persona para coger el autobús. O alguien que está esperando un taxi precisamente en la parada de autobús. O alguien que se está resguardando del sol que acaba de salir, o de la lluvia ácida. O alguien a quien el doctor le ha recomendado leer de pie. O un masosquista cultural. Puedo ser cualquiera de estas cosas, y no querer subir al autobús.

El tipo se ha alzado de hombros y me ha dicho:

- Con perdón, todo eso son estupideces.

A lo que yo le he contestado:

- Lo mismo pensaba yo ayer.

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En fin, hecha esta introducción actualizadora de mis tribulaciones, vamos allá con lo que tenemos que ir. Dije que hoy la cosa iba a de Lumumba, y de Lumumba va.

El siglo XX es el siglo de los grandes mitos políticos. Hasta el XIX, la mayoría de los liderazgos eran ostentados por los reyes. Pero el siglo XX, en el cual las monarquías están claramente de retirada, los estados democráticos se generalizaron y los medios de comunicación masivos permitieron la generación de mitos de orden mundial. Es el siglo de los grandes mitos de sangre roja.

Hoy me gustaría hablar de uno de estos mitos. Uno mártir, además, que tal vez en nuestro mundo no tuvo una presencia enorme pero que, sin embargo, en ese iceberg que está debajo del agua y que llamamos Tercer Mundo, tuvo una importancia capital y, en gran parte, la sigue teniendo. Este mártir,además, lo es porque fue asesinado. Y fue asesinado en el marco de una actuación en la cual se produjo una de las más repugnantes operaciones de violencia de Estado que, además, y esto es una novedad, no fue protagonizada (al menos en primer fila) por los Estados Unidos.

El post de hoy habla de Patrice Lumumba. El que fuera líder de lo que se ha conocido como Zaire y antes como Congo Belga. Uno de los grandes referentes de la izquierda de los países pobres.

El primer dato importante sobre Zaire es que, a pesar de ser un enorme territorio, no fue propiamente una colonia. Las colonias eran propiedades de países, pero el Zaire era propiedad de una persona: el rey de Bélgica Leopoldo II.

Leopoldo ambicionaba que su Bélgica querida tocase pelo en el reparto del continente africano que comenzaba a explorarse en el siglo XIX. Trabó conocimiento con un conocidísimo explorador, Henry Morton-Stanley. Stanley es un personaje bastante conocido. Cuando yo estudié el bachillerato incluso se estudiaba en los libros, ahora no sé. De hecho, un compañero de pupitre mío la cagó bien cagada en el examen de selectividad de Historia porque una de las preguntas era «cita tres exploradores del África» y él escribió: «Brazza, Livingstone y Stalin [por Stanley]». Me he roto el culo a reír tantas veces imaginando al Secretario General del PCUS cazando elefantes en compañía de Beria, Yagoda y Khruschev, que creo que la anécdota no se me olvidará nunca.

Stanley, en todo caso, fue, junto con Brazza y Livingstone, uno de los grandes exploradores de África. Fue él a quien alquilaron para ir a buscar al segundo de ellos, que estaba en la selva viviendo la dolce far niente y, consecuentemente, es el autor de la famosísima frase que pronunció cuando lo encontró: «El doctor Livingstone, supongo». Los británicos (Stanley nació galés) son especialistas en colocar en el terreno de lo hipotético cosas que son totalmente obvias; cuando Stanley y Livingstone se dieron la mano, eran probablemente los únicos blancos en cientos y cientos de kilómetros a la redonda.

Leopoldo El Amigo de los Blancos envió a Stanley bajo pago al cauce del río Congo con la tarea de firmar acuerdos con diferentes tribus y quedarse con sus tierras. Stanley, tan hábil negociador como explorador incansable, firmó pactos con con más de 400 reyezuelos negros.

Tras conseguir aquellos tratados, Leopoldo comenzó la explotación sistemática del Congo, aprovechando que había conseguido quedarse con un país tocado de la mano de Dios en lo que a riquezas se refiere. De hecho, a finales del siglo XIX se benefició de los inicios de las bicicletas primero y los coches después, que necesitaban una cosa llamada caucho, que fue producido masivamente allí. Durante el siglo XX se produciría el descubrimiento de los brutales yacimientos geológicos del país, que está sentado sobre una fortuna de diamantes, cobre e incluso uranio.

Eso sí, la explotación fue tan bestial que ya antes de la muerte del rey propietario se produjeron revueltas violentísimas que fueron reprimidas aún con mayor violencia, hasta el punto que se ha estimado que restaron 10 millones de congoleños de la población el país, entre muertos y exiliados. La razón de esas revueltas estriba en el evidente tratamiento de seres inferiores que tenían los negros en su propio país, sin derechos políticos, sin poder poseer tierra o incluso viajar libremente por el país.

A mediados del siglo XX, más concretamente en 1957, el panorama cambió radicalmente con la independencia de Ghana, el primer estado negro africano que marcó el camino de la descolonización. Más o menos por aquella época, el líder congoleño Joseph Vasa-Kubu monta el primer grupo político más o menos estructurado, Abako, una organización basada sobre todo en congoleños de la etnia Bakongo, nostálgicos del llamado Reino Kongo que había existido en el área en el siglo XVI.

En paralelo, Patrice Lumumba fundaba al Movimiento Nacional Congoleño. Lumumba era miembro de una etnia claramente minoritaria, la tribu Batatela. En 1956, sin embargo, todavía escribía y opinaba que el destino de los congoleños era seguir siendo belgas. En ese momento, los líderes negros querían derechos, pero no independencia. Sin embargo, como ya hemos dicho, el ejemplo de Ghana cambió el panorama, y la escasa receptividad belga hacia el proceso generó rápidamente una ola de disturbios en enero de 1959.

Bruselas reaccionó anunciando la celebración de elecciones locales libres, lo cual provocó el nacimiento de casi sesenta partidos distintos, tendentes en buena manera a reflejar el gran dédalo de etnias que había en el seno de un país tan enorme como Zaire. Los belgas, por lo demás, no se estuvieron quietos. Zaire es un collar de perlas, pero la perla más hermosa y rica del mismo se llama Katanga, la provincia con mayores posibilidades de negocio. Reacios a perder ese centro de actividad minera del que las empresas belgas sacaban tanta pasta, Bruselas impulsó en dicha región el surgimiento de un partido negro autonomista, partidario de mantener la relación con la metrópoli. Hablamos del Conakat, liderado por Moisés Tsombe.

En los siguientes meses, sin embargo, los enfrentamientos violentos se multiplicaron, fundamentalmente impulsados por el MNC y los encendidos discursos anticolonialistas de Lumumba. Nuestro mito de hoy era un personaje enormemente vehemente, así pues con la misma entrega que había colocado las tripas en defender que el Congo debía ser belga, se aplicó a defender exactamente lo contrario. Bélgica, que tenía bien cerca el ejemplo de Francia y Argelia, donde el país europeo se había visto implicado en una guerra en toda regla (que, además, acabaría perdiendo), se acojonó y en enero de 1960 decidió albergar una conferencia a la que asistieron unos treinta partidos políticos congoleños distintos. Todos ellos se plantaron delante de los blancos y, cuando éstos ofrecieron un plan de independencia en el medio plazo, les contestaron que y una gallina como un perol. Bélgica tuvo que aceptar la idea de que Zaire sería independiente en junio de aquel mismo año.

Es de comprender los deseos de las organizaciones negras. Pero no es menos cierto que sus prisas fueron malas consejeras. En el momento de la independencia de Zaire, el país tenía 1.400 cuadros en la Administración Pública, de los cuales tres, y no es una forma de hablar sino: uno, dos y tres, eran negros. Y, como veremos, sus compañeros blancos se piraron a la naja.

En las elecciones, el MNC ganó 33 escaños de un total de 137, lo cual lo convirtió en el partido más votado. Eso sí, en Katanga y en la provincia de la capital, de soltera Leopoldville y de casada Kinsasha, a Lumumba no le votaron ni los conductores de la EMT, que como no paran en las paradas tienen tiempo de ir a votar diez veces si quieren. Quizá por eso, los belgas llamaron a Vasa-Kubu para formar gobierno. La respuesta de Lumumba fue acopiar una mayoría en el congreso congoleño, de 74 diputados. La metrópoli no tuvo más remedio que invitarle a ser primer ministro.

Finalmente, Lumumba fue primer ministro al frente de un gobierno acojonante. ¿Os asombra el tripartito catalán? Y, ¿cómo se dirá décimosegundopartito? Porque eran doce, do-ce, los partidos políticos presentes en el primer gobierno Lumumba, con su rival Vasa-Kubu de presidente no ejecutivo. En su visita a Bruselas, ante el rey Balduino, Lumumba pudo afirmar con orgullo: «hemos dejado de ser vuestros monos».

Una vez que llegó la independencia, los diferentes conceptos que cada uno tenía de la misma afloraron con rapidez. Ya hemos dicho que aunque Zaire era ya gobernada por negros, toda su estructura era, en realidad, blanca. También el ejército. De hecho, el ejército zaireño pretendía funcionar como si la independencia no se hubiese producido, hecho éste que encabronó bastante a Lumumba, quien tomó la decisión inesperada de cesar a todo el cuerpo de mando y sustituirlo por congoleños, entre otros con la ayuda de un militar de su confianza, Mobutu Sese Seko, que terminaría siendo dictador de la nación.

Tras el cambio en las fuerzas de seguridad, las agresiones, robos y violaciones en la persona de los blancos se multiplicaron, provocando su salida masiva del país; salida masiva que, como hemos insinuado antes, supuso dejar el país seco de cuadros, de funcionarios, de ejecutivos. Bélgica respondió enviando al país tropas para mantener el orden, incluso cuando Lumumba se negó a aceptarlo. La respuesta del primer ministro fue aseverar que, en lo que a él le concernía, Bélgica y Zaire estaban en guerra.

Y entonces Bélgica jugó su carta escondida.

El 11 de julio de 1960, Moisés Tsombe proclama la independencia de Katanga, proceso en el que contó con el apoyo de los belgas. Lumumba, acorralado por la pérdida de hecho de su territorio más rico, pidió ayuda a las Naciones Unidas, que es esa organización a la que siempre llaman los que van perdiendo y desprecian los que van ganando. Aunque no fue ése el único movimiento de Lumumba. Hizo otro que elevaría la tensión del conflicto hasta límites hasta entonces insospechados: anunció que, de no marcharse los belgas de su jardín, pediría ayuda a la Unión Soviética. En el espacio de pocas horas, por lo tanto, un líder anticolonialista de ideas difusas se convirtió en un comunista más, y el conflicto del Zaire pasó de ser un conflicto colonial a un episodio más de la Guerra Fría; y no cualquier episodio, pues en Washington se dieron cuenta, acojonados, de que si a la URSS le salía bien aquel órdago a pares, colocaría una pica en el mismo centro de África y con seguridad pillaría cacho en otras muchas naciones de la zona, algunos de cuyos líderes no le hacían ni el más mínimo asco al socialismo científico.

Los belgas, comprendiendo que la cosa se ponía fea, retiraron las tropas. Pero Lumumba, ya lo hemos dicho, contaba entre sus defectos el de ser enormemente vehemente y terco. Bajando ya por la cuesta, de culo y sin frenos (podría decirse: cual conductor de la EMT sobreacelerado), el primer ministro exigió entonces que las tropas de Naciones Unidas, en su inmensa mayoría africanas, invadiesen Katanga y se apiolasen a los secesionistas. La ONU, lógicamente, se negó. Los cascos azules no dan hostias de ningún color. Envalentonada por esta prueba de debilidad del gobierno central, la región de Kasai, sede de casi todas las minas de diamantes del país, anunció que se akatangaba, o sea que también quería ser independiente.

Desesperado y sin opciones, Lumumba se echó en brazos de la URSS.

Existen evidencias de que, al igual que el presidente Kennedy dio autorización para que Fidel Castro fuese asesinado, su antecesor el general Dwight Eisenhower dio la orden de que Lumumba fuese removido de esta dimensión. Mientras tanto, Lumumba ordenaba una operación militar en Kasai en la cual centenares de balubas fueron masacrados y se creó un cuarto de millón de refugiados. La ONU acusó a Lumumba de genocida, y es que lo fue. Eso sí, en el Juicio Final todavía está el pobre en lista de espera, porque genocidas, en África y en el siglo XX, hay unos cuantos.

En esas circunstancias, apareció Mr. President. Porque quizá lo hemos olvidado, pero Pepiño Vasa-Kubu sigue por ahí, de presidente florón; no tan florón desde el 5 de septiembre cuando, en una alocución de radio, dijo de Lumumba un montón de cosas, ninguna de ellas que fuese guapo, y anunció que lo cesaba. La respuesta de Lumumba fue presentarse en la misma emisora donde había estado Vasa, anunciando que era él quien le cesaba. Aquello dividió el país: por un lado estaban los que podrían haber gritado Lumumba a la tumba, o sea los partidarios de Vasa-Kubu, apoyado por las potencias occidentales; y, por otro, los que podrían haber gritado Pasa de Vasa, o sea los amiguitos de Lumumba, con la URSS detrás.

Dice el refrán: a río revuelto, ganancia de pescadores. Mobutu, que hasta entonces había estado cercano a Lumumba pero sin destacarse políticamente, convenció a la CIA y a la ONU de que lo que había que hacer era apartar a los políticos (típico discurso fascista), y garantizar el orden y el negocio. Esto, en Washington, siempre ha gustado. Desde Kinsasha, el territorio que Mobutu controlaba mejor, se declaró dictador del país. Eso sí, conocedor de los deseos del casero, casi su primer acto en el poder fue enseñarles a los cooperantes soviéticos la puerta de salida.

Mobutu mantuvo a Vasa-Kubu pero depuso a Lumumba, el cual se convirtió en un preso en su mansión de primer ministro, de donde no podía salir. Sin embargo, el 27 de noviembre, sabiendo que su situación no era ninguna maravilla y que la CIA seguía haciéndose pajas con la idea de cargárselo, logró huir hacia Stanleyville, su territorio de apoyo. Sin embargo, el 1 de diciembre fue detenido en Kasai, a medio camino. La detención no evitó que los seguidores de Lumumba, encabezados por Antoine Gizenga, estableciesen su propio Estado, con lo que en Zaire había cuatro gobiernos diferentes: Mobutu en Kinsasha, con apoyo de Occidente; Gizenga en Stanleyville, con apoyo de la URSS, y Tsombe en Katanga y Albert Kalonji en Kasai, ambos apoyados por Bélgica.

Otra cosa no sabrían los soviéticos, pero ayudar en la guerra se les daba de cine. Los partidarios de Lumumba comenzaron a tener un éxito detrás de otro. Tomaron la provincia de Kivu y luego la de Lualaba, en el norte de Katanga. Aquello acojonó a los belgas. Pero mucho.

El 17 de enero de 1961, Lumumba y otros dos partidarios fueron recogidos del campamento militar de Thysville y llevados al aeródromo de Moanda, desde donde volaron durante seis horas hasta Elisabethville, la capital de Katanga. En el avión fueron encerrados con seis soldados de Kasai cuidadosamente elegidos por su odio hacia Lumumba. A lo largo del vuelo, los tres detenidos fueron apalizados salvajemente por sus torturadores. Una vez en Elisabethville, donde bajaron del avión con las ropas empapadas de su propia sangre y fueron recibidos por tropas katanguesas y belgas, fueron llevados a una casa a dos kilómetros del aeropuerto, donde fueron torturados de nuevo. Luego fueron llevados por el mismísimo Tsombe y algunos mandos belgas a un descampado a unos 45 kilómetros, donde fueron ejecutados. 24 horas después de aquello, los cuerpos fueron desenterrados, llevados a donde Cristo perdió la camiseta de la selección española, desmembrados y sumergidos en ácido sulfúrico; los cráneos y huesos sobrevivientes fueron pulverizados.

Durante 40 años, Bélgica sostuvo con entera seriedad la chorrada de que Lumumba había conseguido escapar y que había muerto a manos de aldeanos enfurecidos (todo el mundo sabe que el pigmeo medio guarda siempre entre 200 y 300 litros de ácido sulfúrico en el jardín trasero de su choza). No fue hasta el año 2001, y eso porque se vio acorralado por los investigadores, cuando aceptó que lo de Lumumba fue un asesinato y que, además, contó con su participación.

La muerte de Lumumba no es sólo la creación de un mártir. Entre 1960 y 1965, las cosas salieron tan rematadamente mal en Zaire que esa crisis colocó el destino de África en el difícil camino en el que se encuentra. El conflicto presidido por Lumumba y sus escasos 67 días de gobierno polarizó África en los términos de la Guerra Fría; a partir de ese momento no hubo teatro pequeño para las puyitas entre yanquis y leninistas y mucha gente ha pasado y pasa hambre, o ha perdido su casa, o su pierna, o su vida, por culpa de ello. Personalmente considero que, también, la deplorable gestión que entre belgas y congoleños hicieron de la independencia del Zaire, la deleznable estrategia belga y la enorme desunión de los propios políticos negros, dio alas a quienes, en países como Rhodesia y sobre todo Sudáfrica, apostaban por mantener a los negros fuera del poder y, por lo tanto, crear estados africanos independientes en los que sólo mandasen los blancos. Es la política del apartheid, que también creó unas cuantas decenas de miles de víctimas.

Otro día, si yo tengo tiempo, vosotros ganas y los autobuses de la EMT paran de vez en cuando, os contaré la tristísima historia de los hutus y los tutsis; quizá una de las historias más tristes que contarse puede.

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miércoles, julio 02, 2008

Off Topic

Lo primero que quiero hacer es pediros disculpas. Este blog va de Historia y, aunque yo lo que voy a contar hoy es una historia, así, con minúsculas, no tiene nada que ver con la temática de este diario. Hoy tocaba hablar de Patrice Lumumba y de su asesinato; será pronto, en todo caso. No obstante, me asomo brevemente cambiando el asunto para contar una pequeña experiencia, no sin antes advertirte, lector, que si todo lo que buscas en este blog, y es normal que así sea, sean historias de la Historia, este artículo de hoy te va a decepcionar. Deja de leerlo en este punto.

Viernes, 27 de junio. Estoy en la marquesina del autobús de una avenida de Madrid. En esa parada sólo para un autobús, el X. Son las 7 y cuarto de la mañana. Entro en el curro a las ocho y el autobús no tarda en llegar ni veinte minutos. Así que voy sobrado.

He pasado mucho frío en esa marquesina. En invierno, es como esperar el autobús al lado de un monumental frigorífico cuya puerta Zeus se obstina en dejar abierta. Pero en verano mola. La temperatura es agradable y hay luz. Así pues, aquí pequé, aquí cometí yo mi primera agresión al Consorcio Madrileño de Transportes: me senté en el banco de la marquesina, saqué de mi mochila mi libro, y me puse a leer mientras llegaba el autobús.

Puede que algunos de vosotros, los más cretinos desde luego, hayáis pensado alguna vez que los bancos de las marquesinas están puestos ahí para que los viajeros se sienten. Pero no es verdad. Ya os dije que erais estúpidos. Como comprobarás pronto, pobre lector idiota, los bancos de las marquesinas están para que se sienten los paseantes, pero no los viajeros. Los visitantes de las marquesinas, pero no las personas que quieran tomar el autobús. Quizá pienses: pero, ¿es que tienen visitantes las marquesinas? Sigue leyendo. Según la EMT, sí. Según la EMT, sus marquesinas son una especie de bibliotecas ambulantes.

A las siete y cuarto pasadas, pasa una ráfaga. Supongo que delante iba Hamilton en su McClaren y, detrás, el autobús X persiguiéndole. No iba deprisa; iba muy deprisa. Luego me he informado, por una conductora de la EMT, que la velocidad de los autobuses está limitada. Pues no sé cuál será ese límite, porque os aseguro que fue visto y no visto, y dudo mucho que en condiciones de seguridad. La avenida es una avenida que mucha gente suele cruzar haciendo jogging o paseando a sus perros. Si los autobuses se obstinan en recorrerla así, cualquier día tendremos una desgracia.

El caso es que yo me quedé sin autobús.

Cojo el móvil y llamo al 010. Le pregunto a un muchacho que cómo puedo reclamar a la EMT. Me da un teléfono 902. Allí me informan de que la reclamación tiene que ser por escrito. ¿Por escrito?, le digo yo. ¿En el siglo XXI? Le pregunto al amable informante: ¿no ha oído hablar el Consorcio de lo que es un call center? Un call center es un servicio estudiado para que todas las gestiones puedan hacerse por teléfono; y esto es posible porque todas las conversaciones se graban y, de esta forma, la grabación tiene el mismo valor jurídico que el papel firmado, y el declamar tu DNI el mismo valor jurídico que tu firma. Pero eso es demasiado para el Consorcio de Transportes de Madrid. Existen call center que graban las conversaciones más o menos desde que el Australopitecus Afariensis montó el primero en África. Pero el CMT, a lo suyo. A pedalillo. Como veremos pronto, todo tiene su sentido. Es la mejor forma de pasar de las reclamaciones.

Bueno, el caso es que, algunas horas más tarde, entré en la web de la EMT y presenté mi reclamación. Hasta hoy. Algo tan sencillo como darle un capón a un conductor por saltarse una parada con viajero ha sido imposible hacerlo en cinco días. Y eso, teniendo en cuenta que lo denuncié por velocidad excesiva. O sea: le imputo un ilícito de tráfico, y el CMT a verlas venir.

A eso le llaman Atención al Usuario.

Esta mañana, miércoles, ha pasado lo que tenía que pasar. Si el perro se mea en la alfombra y nadie le da una hostia, pues lo lógico es que siga meándose ahí. La escena se ha repetido a las siete y media: viajero en la marquesina, banco, libro, y autobús que pasa. O sea, pasa. Del verbo pasar de. Pasa de mí como de deglutir deposiciones orgánicas.

010. Que me de usted otra vez el teléfono para reclamar a la EMT. Respuesta del O10: eso no se puede hacer por teléfono. ¡Coño! ¿El viernes sí y el miércoles no? El Cyborg despejabalones de Gallardón contesta: usted puede reclamar por correo ordinario o por correo electrónico, ¿cuál de las dos vías quiere que le facilite? Yo me callo el pequeño detalle de que también se puede reclamar a través de la web, dato éste que el robot gallardonita parece no tener grabado en su disco duro averiado. Le digo: lo que quiero es que me de usted el teléfono que su compañero me dio hace cinco días, más o menos a esta hora. El 010 reflexiona brevemente. Dice: le daré el teléfono del Servicio de Atención al Cliente.

Cráneo previlegiado.

SAC de la EMT. Al habla Fulano. Oye, Fulano, quiero que utilicéis esas emisoras tan bonitas que tenéis para darle un capón al conductor de la línea X que ha pasado por la parada de la avenida Tal a las siete y media y se ha dejado al viajero en tierra; entre otras cosas, porque es la segunda vez que pasa en cinco días. Fulano que si sí, que si no, que si reclame por escrito. Eso ya lo hice el viernes y me habéis contestado con el más insondable de los silencios, le contesto yo. Entramos en una conversación sobre cómo ha ocurrido el sucedido. Yo, sincerote que soy, le digo que estaba sentado en el banco leyendo cuando ha pasado el autobús.

Es el momento en el que Fulano ha visto la luz.

Respuesta del SAC de la EMT: el autobús se ha pasado porque usted estaba leyendo. O sea, porque no estaba pendiente de que pasara el autobús. Yo: ¿o sea, que la culpa es mía? Fulano: yo no he dicho eso. Yo: pero, entonces, ¿qué es lo que ha dicho? Porque resulta que, en mi estulticia de contribuyente, yo lo que entiendo que me está diciendo es que el conductor no ha parado porque yo, en lugar de estar en la marquesina en actitud pendiente y avisatoria, estaba leyendo un libro. Y aquí es donde Fulano se ha adornado como los mejores lidiadores. Me ha dicho:

‑ Si el conductor llega a la parada y ve a alguien en ella leyendo, puede pensar que no es un viajero, sino simplemente alguien que está leyendo ahí.

¡Acabáramos!

Tú estás en casa y dices: me voy a dar un paseíto. Te llevas un libro. Cuando te cansas de andar, te dices: pues me voy a sentar a leer. Tienes la opción de buscar una terraza, donde, además de la lectura, tendrás una cervecita y aceitunitas. O de irte al parque y sentarte en un banco, diseñado para eso. Pero, no: ¿adónde va la gente a leer? ¡A las marquesinas de la EMT! ¡Y a las siete y cuarto de la mañana! De verdad, ahora entiendo las colas y colas de gentes que se ven por todo Madrid, nada más despuntar el alba; personas con la última obra de Ruiz Zafón en el sobaco, esperando que les llegue el turno de poder sentarse en una marquesina de la EMT y leer a gusto.

Y, ¿qué me decís de la insondable inteligencia del conductor? El común de los mortales, el conjunto de paralíticos mentales que formamos la sociedad española, pensamos que la combinación de Parada de autobús + Persona en la parada equivale a Viajero esperando el autobús. Pero, no: según la EMT, si alguien está en una marquesina de autobús, lo más probable es que esté pasando el rato; pero de esperar el autobús, nada. La gente que espera el autobús, por lo general, se sube a la copa de los árboles o camina por las alcantarillas, como todo el mundo sabe.

Finalmente, llega el X. Conducido por una conductora. Nada más subir, le digo: el compañero que llevas delante se ha saltado la parada y me ha dejado en tierra. Y entonces llega ya la explicación metafísico-epistemológica. La guinda que le faltaba al pastel. La conductora sentencia, muy seria.

‑ Es que es un correturnos.

Cojonudo. Si llevas un autobús y ves un viajero en su parada, paras para recogerlo. Salvo que seas un correturnos. Si eres un correturnos, entonces te lo puedes saltar. Esta teoría es de gran profundidad y, de hecho, explica algunos de los enigmas de la Historia.

¿Por qué los Albertos no fueron a la cárcel? Porque son correturnos.

¿Por qué Bush nunca será juzgado por el Tribunal Penal Internacional? Porque es un correturnos.

¿Por qué el árbitro Al Gandur nos guindó el partido contra Corea en el Mundial? Porque era un árbitro correturnos.

And so on.

Cosas que he averiguado tratando, infructuosamente, de conseguir que se me diese una mínima reparación por llegar tarde a currar, tan sólo moral (de indemnizarme por el retraso ya ni hablamos).

1) El 010 es una lotería. Lo mismo te dan una información buitre, que palomi. Un día te dan un teléfono, al otro te lo esconden. Genial.

2) Como ya os he dicho, el SAC de la EMT no graba las conversaciones. Inteligente medida. De esta manera, por muy cabreado que esté el cliente, tiene que reclamar por escrito; se quitan de en medio las reclamaciones de los que se enfríen por medio. Y si la reclamación, como es el caso, es también contra la persona del SAC que ha atendido al viajero, es su palabra contra la tuya. Tú dices que dijo, él dice que no dijo.

3) Los conductores de la EMT, según he sido informado, NO TIENEN LA OBLIGACIÓN DE PARAR EN LAS PARADAS, INCLUSO AUNQUE HAYA ALGUIEN EN ELLAS. Es lo que me cuentan gentes del oficio, porque en el SAC (¿no lo habíais adivinado?) no me han informado; me han contado la chorrada ésa de que un tío leyendo en una marquesina puede ser cualquier cosa menos un viajero que espera leyendo.

O sea: el conductor parará si le das la señal de parar, como un taxi. Si no, tiene derecho a pensar que no eres un viajero, sino sólo un mediopensionista que está visitando la marquesina porque le gusta la decoración. ¿Alguno de vosotros está, quizá, pensando, que no tiene sentido igualar un autobús, que tiene paradas, con un taxi, que no las tiene, y es por eso que hay que señalarle que pare? Pues si lo estáis pensando, lamento deciros que en el Consorcio Madrileño de Transportes no tendríais futuro ni para llevar los cafés.

4) Los autobuses de la EMT no llevan tacógrafo. Eso es, al menos, lo que me han dicho sus conductores. Yo pensaba que sí, más que nada porque el tacógrafo es algo que faltó un pelo de Yul Brynner para que lo inventase Galileo, o sea que es más viejo que la tos; y porque es una medida básica para controlar lo que los conductores hacen con sus máquinas, que son de todos. Así las cosas, no me extraña que mi denuncia del viernes no haya tenido respuesta. Yo digo que el autobús iba follado, mas, ¿cómo lo demuestro? Solución: no sólo hay que estar en las marquesinas atento a que pase el autobús para hacerle ver que no somos gentes de paso sino viajeros; es decir, que no somos uno más de los millones y millones de personas que cada día se sientan a leer en las paradas de autobús, sino miembros de la estricta minoría de ciudadanos que utiliza las paradas de autobús para esperar el autobús. También es recomendable ir provistos de una cámara de video para, en el caso de que el autobús haga alguna pirula, poder grabarle para demostrarlo. Porque el interés de la EMT por saber lo que hacen sus conductores es nulo. Nulo. Ojos que no ven, viajero que se jode.

Así las cosas, he denunciado:

- Al conductor del viernes.
- Al conductor del miércoles.
- Al operador del Servicio de Atención al Cliente de la EMT que me atendió esta mañana.

¿Alguien apuesta sobre el resultado de estas gestiones?

viernes, junio 27, 2008

Rehabilitar a Negrín

Leo con cierto retraso (se publicó el día 22) una noticia de El País sobre la intención del PSOE de rehabilitar la figura de Juan Negrín.

Según dicha noticia, los socialistas canarios (es decir, socialistas como Negrín; y canarios como Negrín) presentarán en el próximo congreso una moción, o como quiera que eso se llame, para rehabilitar a Negrín como miembro del Partido Socialista, cosa que no es desde 1946, cuando el partido, que entonces estaba dominado por Indalecio Prieto, le echó. Gesto en el cual Prieto se la devolvió a Negrín, pues antes Negrín había echado a Prieto del gobierno, en plena guerra. Aunque en este último caso yo, desde luego, le doy la razón a Negrín: un gobierno en guerra no puede tener como ministro de la guerra a una persona que dice que es imposible ganar la guerra.

Lo que me ha impulsado a escribir este comentario es algunas cosas que leo en esa noticia y que creo que, sin llegar a no ser verdad, son tan sólo aparentes verdades parciales, con las que, obviamente, difícilmente se podrá llegar a una imagen fiel del personaje histórico.

Dice la noticia que la razón de que Negrín fuese expulsado del PSOE fue su fama de agente a servicio de los comunistas. Lo cual merece dos comentarios.

El primero es que eso no es verdad. Los socialistas que mandaban en el PSOE, del ala más moderada prietista, querían, desde luego, olvidar que el PSOE fue durante la guerra un partido connivente con el PCE; que ambos llegaron a hablar de fusión según los comunistas; y que la propia formación había tenido veleidades revolucionarias del más puro marxismo, dictadura del proletariado y tal. Ahí está el famoso discurso de Prieto en México en el que pedía perdón por haber colaborado en la organización de la mal llamada Revolución de Asturias (mal llamada porque debería llamarse Golpe de Estado Revolucionario). En ese viaje hacia la moderación, que probablemente buscaba tener una mejor imagen en las cancillerías europeas donde claramente se prefería a Franco que a los comunistas, Negrín les estorbaba.

Pero, con ser ese un motivo cierto, no es el único. En mi opinión, ni siquiera el más importante. Cuando en una discusión entra a formar parte el asunto del dinero, entonces el dinero suele ser el principal argumento. Y en el enfrentamiento entre Prieto y Negrín había mucha pasta de por medio. Algo que ya hemos contado. El principal problema entre Prieto y Negrín, pues así hay que formularlo, era la pasta. La enorme pastizara que había, fruto de incautaciones del Estado republicano, y que ambos querían dedicar para subsidiar a los miles de exiliados españoles... pero cada uno por su lado. A los suyos.

A Negrín se lo apiola el PSOE por un problema político, cierto. La relación con los comunistas es la gran asignatura pendiente del PSOE en vida de Franco y, una vez llegada la Transición, en gran parte sigue siéndolo; sólo se ha resuelto, de hecho, con la desaparición de facto de la influencia política comunista. Pero se lo apiola también, y ya digo que en mi opinión principalmente, por un simple y puro problema de pelas.

En la información se cita a diversos historiadores que, dice el periódico, llevan tiempo intentando rehabilitar la figura histórica de Negrín. Al que yo he leído es a Moradiellos. Y, como ya he tenido la ocasión de comentar, en su biografía de Negrín hay detalles que me parecen como poco curiosos, y que de hecho me reafirman en mis tesis. Por ejemplo, el propio Moradiellos describe a un Negrín en el exilio que tiene una casa en Londres con servicio, y tal. Luego llega el momento de la expulsión (o sea, el momento en el que Prieto se queda con la pasta). Sin solución de continuidad, el autor pasa a describirnos a un Negrín con serios problemas económicos que tiene que vender la casa de Londres. En fin...

Tan fuerte fue el enfrentamiento entre Prieto y Negrín que éste último se negó sistemáticamente a rendir cuentas, no ante el PSOE, sino ante el gobierno y el parlamento republicanos en el exilio, sobre el asuntillo del oro de Moscú. En 1956, muerto Negrín, su hijo entregó todos los papeles relativos al traslado del oro y su gasto en armas... a Franco. No sé cómo van a poder orillar los socialistas canarios esta cosita en su propuesta de rehabilitación, teniendo en cuenta el hecho de que, para los campeones de la memoria histórica, y los socialistas lo son, todo lo que toca a Franco, todo lo que tiene relación con Franco, todo lo que se impregna siquiera lejanamente con el olor del after shave de Franco, está maldito.

El segundo comentario es sobre el hecho en sí de la connivencia de Negrín con los comunistas. Yo sinceramente dudo de que Negrín fuese un agente de los comunistas, en el sentido de una persona de total obediencia comunista colocada como un submarino dentro del PSOE y del gobierno de la República. Sus convicciones ideológicas, no lo dudo, eran más socialistas que comunistas. Pero lo que sí tengo por cierto es que los comunistas fueron, claramente, el apoyo de Negrín en el gobierno de la República, que hizo uso de ese apoyo y, consecuentemente, se fue haciendo tributario de él hasta que fue lo único que le quedó.

En el otoño de 1936, cuando se produjo la salida del oro del Banco de España de Madrid hacia Cartagena y, después, hacia Odessa, Negrín era ministro de Hacienda. Fue él, por lo tanto, quien diseñó dicha operación. Sobre quién trasladó el oro a Cartagena hay, que yo sepa, dos versiones. Según Valentín González El Campesino, un general comunista que luego abjuró del estalinismo y fue convenientemente puteado por ello, el oro fue sacado de los depósitos de Madrid por personas de estricta obeciencia comunista y trasladado por él mismo y por sus hombres tras que así le fuese ordenado por José Díaz. Y Díaz no era ni ministro ni leches. Era el seceretario general del Partido Comunista de España.

Otra versión, truquera y mentirosa en mi opinión, es la de Orlov, uno de los muñidores soviéticos en la España republicana, que también apostató del comunismo en su día y huyó a los Estados Unidos. Orlov dejó dicho que el traslado fue ya realizado por personal soviético, versión que yo no creo por pura lógica jurídica: la Unión Soviética podría ser muy poderosa, pero no era quién para transportar las riquezas de España por territorio español.

Existen, por lo tanto, versiones de que, ojo, ya en el otoño de 1936, ya antes de ser presidente del Gobierno, Juan Negrín se apoyaba en los comunistas para lo que verdaderamente importaba. Y luego fue presidente del Gobierno. Sobre lo que han dejado escrito los protagonistas de aquellos tiempos en torno a la capacidad que tenían los representantes soviéticos de influir en la estrategia bélica, hasta el punto de llegar a desobeceder órdenes estrictas del ministro español, no creo que deba extenderme porque son datos muy conocidos. Y, en gran parte, dicha influencia se produjo durante el mandato de Negrín. Negrín, además, como presidente del Gobierno, no puede ser ajeno a cosas como la creación del SIM o las actuaciones de la policía política soviética en España, cuyo ejemplo más aspaventoso es el secuestro y más que probable ejecución de Andreu Nin. A ambas iniciativas no fueron ajenos los comunistas, y la segunda les es privativa.

En mi opinión, es posible que Negrín no sea responsable de connivente con los comunistas. Pero el problema es que si no era connivente con los comunistas, entonces es culpable de un delito mucho peor: el de, siendo presidente del Gobierno, no haber sido capaz de garantizar un poder estatal efectivo. Ciertamente, esta responsabilidad la comparte con otros muchos: con Giral, que no impidió que los civiles fuesen armados en las primeras jornadas de la guerra; con Largo, bajo cuyo gobierno se multiplicaron las atrocidades de tantos y tantos grupos y grupúsculos de animales haciendo la guerra por su cuenta; con Azaña, ese deprimidillo que lo miraba todo sin hacer nada y que creyó (, al parecer, con acierto) que se ganaba la absolución de la Historia a base de dictar sollocitos en La velada de Benicarló; y, sobre todo, con el señor Companys, presidente electo y ejecutivo de una comunidad autónoma donde anarquistas y, en menor medida, poumistas y luego comunistas hicieron de su capa un sayo y se llevaron por delante a quien les salió de los cojones mientras él miraba, a otro lado, por supuesto.

La comparte con otros muchos. Pero, de todos ellos, salvo Companys, él es el que estuvo más días sentado en el sillón desde el cual podía haber acabado con todo eso, o por lo menos intentarlo; y, si no fuere posible, haberse marchado. Cosa que no hizo. Así las cosas, si yo fuese Negrín, casi preferiría ser culpable de connivencia con los comunistas.

Por último, otra cosa que me llama la atención de la noticia de El País es que diga que Negrín es el último político que queda por rehabilitar en el PSOE. La imagen que el PSOE mismo tiene de su propia historia durante los años de la República y la Guerra Civil la podéis leer aquí. En dicho texto se menciona a tres ministros socialistas en el primer bienio de la República: Largo Caballero, Prieto y Fernando de los Ríos. Extraña forma de rehabilitar a Largo y Prieto es ésa que se olvida de que uno de ellos llegó, no a ministro, sino a presidente del Gobierno, tras el estallido de la guerra; y que el segundo fue el ministro encargado de la dirección de la propia guerra.

Por supuesto, el texto se refiere a «el fuerte impacto popular de la represión causada por la revolución de Asturias», pero nada dice sobre la Revolución de Asturias en sí. Y, claro, se olvida de decir que fue un golpe de Estado, y que fue organizado por Largo Caballero.

Indudablemente, en esta versión que el PSOE hace de su propia Historia, el más imperdonable olvido es el del hecho de que Juan Negrín fue presidente del Gobierno. Pero no es el único. Rehabilitaciones formales o no, parece que la relación del PSOE con su propia Historia no es muy fluida.

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