lunes, abril 27, 2015

Un gitano, unos diamantes y el camarada primer secretario general del Partido Comunista de la URSS

Recién os he colocado una larga biografía de Leónidas Breznev, camarada primer secretario general del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; y, sin embargo, pese a lo largo del relato, no dejo de tener la impresión de que se me quedaron cosas por contaros. Aquí va una perla de éstas, que tiene que ver con su muerte y sucesión. En puridad, ya no estamos hablando de Breznev, sino de quien lo sucedió, esto es Yuri Andropov; y de quien sucedió a éste, esto es Konstantin Chernenko.

miércoles, abril 22, 2015

Richelieu (7: la Valtelina)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey. La estrategia da sus frutos pues Richelieu, no sin esfuerzo, consigue alcanzar la cumbre del poder.

En el texto del Testament Politique de Richelieu, dirigido, como casi todo, a su monarca, podemos leer: «En el punto en que SM resolvió, al tiempo, permitirme la entrada a sus Consejos y disfrutar de su confianza, yo le prometí ocupar todo mi trabajo, y toda la autoridad que me quisiese delegar, en procurar la ruina del partido hugonote, rebajar el orgullo de los nobles, y colocar su nombre entre las potencias extranjeras en el lugar que debía ocupar». Estas líneas resumen, de forma mucho más eficiente que podríamos hacerlo nosotros, el plan de ataque, y plan de gobierno, de nuestro cardenal, que ahora se siente llamado a una labor histórica que ha de cumplir.

Y todo comienza por el problema de la Valtelina.

martes, abril 21, 2015

El hispanista sin aspavientos





España es un país que fascina. El franquismo y su ministro Manolo Fraga lo petaron con aquel eslógan que decía Spain is different, porque si no es verdad, lo parece. No hay más que ver las primeras escenas de Misión: imposible 2, para darse cuenta de la atribulada admiración extrañada con la que otras culturas nos contemplan a la hora de sacar santos a la calle, quemar fallas y correr delante de los toros (todo lo cual está resumido en los inicios de la dicha película, en una procesión alucinógena).

La fascinación por España es el portillo por el que se entra a ciertos niveles de admiración hacia nuestra cultura, nuestra Historia, y también, a veces, nuestro presente. Exactamente igual que uno se acerca a la India, por ejemplo, inicialmente fascinado por su misterio y su exotismo. Pero, también exactamente igual, si uno quiere convertirse en un indiólogo comme il faut, antes o después tendrá que darse cuenta y asumir que la India es muchas más cosas que los marajás dando suntuosas fiestas y las viudas tirándose a las piras ardientes. Es en este punto en el que el extranjero deja de serlo un poquito, y adquiere la capacidad de entender esa cultura que trata de investigar.

Ocurre que en el tema éste de la Historia de España es relativamente común la figura de eso que hemos dado en llamar un hispanista; pero, sin embargo, buena parte de los que se colocan esa medalla, en realidad nunca logran superar esa fase de fascinación primera en la que creen estar hablando de un país que es diferente en todo. Durante muchas décadas de nuestra vida hemos valorado mucho la labor de los hispanistas, sobre todo angloparlantes, porque eran casi todo lo que teníamos de una historiografía sobre nuestro pasado más reciente exenta de la casposidad de nuestra Historia oficial. Fue durante aquellos años que aprendimos a pensar que la labor de los hispanistas era lo más de lo más, y algunos incluso tuvimos años en los que recibíamos sus libros de una forma acrítica, sin poner en cuestión ni las erratas de los pies de imprenta. Si estaban ahí, es porque tenían que estar.

El hispanismo del siglo XX, sin embargo, resiste mal el tiempo. Como digo, el problema de muchos de sus autores es que llegaron allí desde la fascinación por un país diferente al suyo, y se han quedado anclados a esa convicción, lo que les ha obligado a convertir los hechos de la Historia de España, que no están verdaderamente tan lejos de los ocurridos en otros lugares del resto de Europa y del mundo, en situaciones únicas, en situaciones históricas en el puro y simple significado de la expresión, dotándolas de la imagen mítica que hoy, en buena parte gracias a ellos, a sus traductores, y a sus turiferarios locales, existe en la mente de muchos.

Raymond Carr se libraba de buena parte de estos peros. Fundamentalmente, por su empeño en abarcar la Historia de la España contemporánea partiendo de la base de que todo Nuevo Testamento ha seguido a un Antiguo Testamento que, en buena parte, lo explica. La España moderna no nace en 1931, sino en 1808; y esta afirmación, que puede parecer de perogrullo, ha sido ninguneada por muchos hispanistas, empeñados en buscar en la Historia de España tan sólo los episodios brillantes y tensos, los que ellos consideran mejores minutos del partido. Donde otros han rastreado el espectáculo, Carr rastreó, con mayor o menor fortuna, los motivos.

No hay nadie en Historia de quien se pueda decir que leyéndolo se sabe todo. El historiador total es una figura imposible. Además, la historiografía va por escuelas y por enfoques y también, no se olvide, está en la cabeza del propio lector, porque muchos lectores de Historia leen libros como quien lee periódicos, esto es esperando que le digan lo que él ya piensa; lo cual tiene la consecuencia de que, no pocas veces, la tesis del autor, en realidad, tenga poca importancia. Sin embargo, si hay alguien que, desde la distancia de no ser de aquí, ha intentado una explicación integral de los triunfos y de los males de España, ese alguien es, probablemente, Carr. Uno de los pocos comerciantes sajones del conocimiento histórico español que ha entendido que lo que nos aparta a nosotros de, por ejemplo, Estados Unidos, no es haber tenido una guerra civil; es haber tenido cuatro.

Sí: es el siglo XIX, estúpidos. Y otras tantas cosas más. A Raymond Carr le horrorizaba que lo llamasen hispanista. Y, la verdad, no me extraña.

lunes, abril 20, 2015

Noticia de la cerveza

El  proceso, en su inicio, era bastante sencillo. Consiste en preparar jarras de agua en la que se colocan dátiles que nadan en la misma durante días, hasta darle al líquido el punto dulce buscado. Una vez conseguido esto, se coloca dentro de este agua pan de cebada, hecho por fuera pero no del todo por dentro. Después de mezclar todo muy bien y dejarlo fermentar, probablemente sólo unos días, el líquido de cuela a un segundo recipiente. Con algo más de tiempo, se podrá lograr un líquido con mayor apariencia de espesura y un color más tostado, amén de una gradación alcohólica superior (en puridad, bastante superior a la que hoy se produce), mediante la adición de semillas de cebada, azafrán, trigo joven, centeno o avena. Todavía queda mucho tiempo hasta que a alguien se le ocurra utilizar el lúpulo para corregir el excesivo gusto agridulce de la bebida resultante (de momento, para eso se usan lentejas o algarrobas).

jueves, abril 16, 2015

Juego de ignorantes

Entendámonos: a mí, el gesto de un líder político, que además va de radikal alternativo y bla, de regalarle al rey de su país, obvio epítome de lo tradicional y de toda la vida, la serie de televisión que le gusta, no me parece ni bien, ni mal. A lo largo del tiempo se han regalado cosas peores, por lo inútiles.

Lo que me preocupa del famoso gesto de Pablo Iglesias con Felipe VI es que viene precedido de diversas tomas de posición por parte del regalando, comentarios en tertulias, entrevistas y mitines, en el sentido de ensalzar esta serie creo que de la HBO, elevándola a la condición de fuente del Derecho en política. Algo de lo que hay que aprender. Eso sí que ya me preocupa más.

lunes, abril 13, 2015

Richelieu (6: la llegada al poder)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey.

Lo que Richelieu no pudo evitar en la pacificación de las cosas en la familia real francesa, pacificación que se obró en beneficio del rey, fue que el favorito y valido de éste, es decir Luynes, lo reclamase como una victoria propia. Luynes, en efecto, entendió la nueva Francia debía, antes que a nadie, beneficiarle a él y a los suyos; razón por la cual, durante los meses que siguieron al tratado de Angulema, sobre los Luynes comenzó a llover una auténtica cascada de distinciones, títulos y prebendas; una cascada de tal calibre que, para encontrar algo parecido en España, deberíamos referirnos a la figura de Manuel Godoy.

jueves, marzo 26, 2015

Microhibernación primaveral

Este blog entrará en una fase letárgica durante las próximas dos semanas. La primera de ellas, la siguiente, encuentra su obvia razón en que es tiempo de solaz que tengo la intención de aprovechar. La segunda, bueno, tiene que ver con cierta afición que he adquirido últimamente a perforarme la próstata de cuando en cuando. No sé si me explico.

No obstante, para drogodependientes varios, aquí queda la información de que en la biblioteca del blog he colgado un pdf con el texto completo de las veintipico entregas que en su día tuvo la biografía de Leónidas Breznev, camarada primer secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Así pues: lo pilláis, lo metéis en el ebook, y lo mismo tenéis para un rato.

Hay otra novedad, pero la verdad es que no me decido. Me explico, aunque creo que ya lo he hecho con anterioridad. He terminado la traducción (amateur) de un texto que fue publicado por la Atlantic Review norteamericana en un número editado en 1936. Su autora es Megan Laird, persona sobre la que he intentado, sin éxito, averiguar cosas. En 1936, Megan estaba casada con un italiano y llevaba una vida indolente entre Barcelona y la playa de Sitges, sin preocuparse demasiado, por lo que se ve, de su hijo casi recién nacido, de quien se ocupaba una mucama española que tenían alquilada en la ciudad condal.

El caso es que a la pobre Megan el estallido de la guerra civil casi la pilla en la playa y casi, como quien dice, en bragas. Todo ocurre cuando ellos están en su casa, muy cerca del convento de los Carmelitas (uno de los centros de la resistencia golpista). La cosa es que al final lograron salir de Barcelona, pero después de bastantes días y no sin dificultades. A su regreso, como digo, Laird publicó un relato de lo vivido que, si no es de mucha calidad literaria, tiene el valor de ser un testimonio de primera mano de las primeras horas de la guerra civil en Barcelona.

El problema que tengo es que este texto pertenece a Atlantic Review, que es una publicación que todavía existe. La traducción, entiendo, me pertenece a mí, que la he hecho, pero el texto es propiedad de la revista y, consecuentemente, entiendo que no lo puedo publicar sin su consentimiento. Les he escrito varias veces, pero nunca he conseguido que me contestasen.

En fin, voy a ver si estos días de asueto prostático tengo un rato para repasar este tema desde el punto de vista jurídico legal y, si veo que hay posibilidades, os lo cuelgo.

Richelieu (5: dimes, y también diretes)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia.

La caída en desgracia de Concino Concini fue un grave peligro para Richelieu, puesto que, por primera y única vez en su vida, había elegido el bando equivocado en un enfrentamiento. Sin embargo, también le vino bien porque Luis XIII no quiso prescindir completamente de él, a pesar de que era bastante evidente que no se fiaba del obispo; lo cual tuvo como consecuencia que le encomendase la misión de ser el negociador entre él mismo y su madre. Fue Richelieu, en efecto, quien negoció con la Corte las condiciones del exilio de María de Medicis a Blois; fue él el nombrado jefe del Consejo de la Reina; y fue él, finalmente, quien la vio partir de París, un 3 de mayo, para acompañarla algunos días después.