miércoles, julio 20, 2016

La caída del Imperio (y 14: el final)

Ojo, que con este post me piro de vacaciones. Dejo el imperio cautivo y desarmado, pero prometo volver en septiembre con la Historia de los Estados Unidos y, probablemente, también con la crónica de los concilios de Trento. A bientôt.

  1. Las envidias entre Valente y Graciano y el desastre de Adrianópolis.
  2. El camino hacia la primera paz con los godos.
  3. La llegada en masa, y desde diversos puntos, de inmigrantes al Imperio.
  4. La entrada en escena de Alarico y su extraño pacto con Flavio Stilicho.
  5. Los hechos que condujeron al saco de Roma propiamente dicho.
  6. La importante labor de rearme del Imperio llevada a cabo por Flavio Constancio.
  7. Las movidas de Gala Placidia hasta conseguir nombrar emperador a Valentiniano III.
  8. La movida de los suevos, vándalos y alanos en Spain. 
  9. La política de recuperación del orgullo y el poder romanos llevada a cabo por Flavio Aecio.
  10. La entrada en acción de Atila el huno.
  11. La guerra de Atila en Europa oriental, y su consolidación.
  12. La (no muy triunfante) campaña occidental de Atila, y su muerte.
  13. La deriva hacia la nada del Imperio occidental.

Visto cómo se desarrollaron las cosas, no es nada aventurado decir que tal vez el emperador León, consciente de que no tenía muchos más méritos que Antemio para ser emperador oriental y que éste tenía un importante predicamento militar, no pactase con él la solución por la que se hizo emperador con sede en Rávena. Y no sería nada extraño considerar que, tal vez, una de las condiciones que puso Antemio para aceptar fue el apoyo de Constantinopla a sus operaciones africanas. Porque el hecho es que el Imperio Oriental se metió en la expedición de hoz y coz, financiándola con auténticos pastones.

miércoles, julio 13, 2016

La caída del Imperio (13: lo de los hunos se acaba, y los romanos de mal en peor)

  1. Las envidias entre Valente y Graciano y el desastre de Adrianópolis.
  2. El camino hacia la primera paz con los godos.
  3. La llegada en masa, y desde diversos puntos, de inmigrantes al Imperio.
  4. La entrada en escena de Alarico y su extraño pacto con Flavio Stilicho.
  5. Los hechos que condujeron al saco de Roma propiamente dicho.
  6. La importante labor de rearme del Imperio llevada a cabo por Flavio Constancio.
  7. Las movidas de Gala Placidia hasta conseguir nombrar emperador a Valentiniano III.
  8. La movida de los suevos, vándalos y alanos en Spain. 
  9. La política de recuperación del orgullo y el poder romanos llevada a cabo por Flavio Aecio.
  10. La entrada en acción de Atila el huno.
  11. La guerra de Atila en Europa oriental, y su consolidación.
  12. Su paso a la ofensiva en el oeste de Europa.

Si la suerte de Roma después del conjunto de invasiones y guerras a que se tuvo que enfrentar en los primeros años del siglo V no era como para tirar cohetes, el futuro que le esperaba a los hunos tras la muerte de Atila no era mejor. La Historia de los hunos, de hecho, es remarcable tanto desde el punto de vista de su ascensión como del de su caída. Si para la primera apenas necesitaron cuarenta años, para la segunda no se tomarían más allá de quince o dieciséis.

lunes, julio 11, 2016

La caída del Imperio (12: hacia Finis Terrae, y aun más allá)

  1. Las envidias entre Valente y Graciano y el desastre de Adrianópolis.
  2. El camino hacia la primera paz con los godos.
  3. La llegada en masa, y desde diversos puntos, de inmigrantes al Imperio.
  4. La entrada en escena de Alarico y su extraño pacto con Flavio Stilicho.
  5. Los hechos que condujeron al saco de Roma propiamente dicho.
  6. La importante labor de rearme del Imperio llevada a cabo por Flavio Constancio.
  7. Las movidas de Gala Placidia hasta conseguir nombrar emperador a Valentiniano III.
  8. La movida de los suevos, vándalos y alanos en Spain. 
  9. La política de recuperación del orgullo y el poder romanos llevada a cabo por Flavio Aecio.
  10. La entrada en acción de Atila el huno.
  11. La guerra de Atila en Europa oriental, y su consolidación.

La decisión de Atila de ir hacia el oeste no tiene una exégesis fácil. La porción Sálvame de la Historia de la época que nos ha llegado, porción que no es en modo alguno despreciable, nos ha dejado el rumorcillo de que Atila decidió ir a por el Imperio ravenés porque tenía una oferta. Esa oferta provenía de la hermana del emperador Valentiniano III, una mujer muy echada para alante llamada Iusta Grata Honoria. Ambiciosa y por lo que se ve capaz de velar por sus propios intereses, Justa Gracia le habría ofrecido a Atila casarse con él, aportando más o menos la mitad del Imperio occidental como dote. Las tradiciones escritas dicen que le mandó un broche con su retrato, acompañado con una carta explicativa de la movida; y que Atila, cuando la leyó o se la leyeron, dijo ésta es la mía.

¿Qué parte de esta historia es cierta? Es evidente que no lo sabremos nunca pues, aunque con los años aparezcan nuevos testimonios que hoy no conocemos, con toda seguridad adolecerán de la parcialidad de los panegíricos y textos movidos por el odio que hoy forman nuestro corpus de conocimiento sobre el tema. Eso sí, hay cosas que nos permiten hacer alguna que otra especulación. Por ejemplo, no hay que olvidar que Honoria era hija de Gala Placidia, la del útero multifunción, vaginalmente preparada para servir tanto para un roto romano como para un descosido godo. De su madre bien pudo aprender Honoria que no importa demasiado el aspecto ni el olor de un guerrero si es capaz de acopiar y conservar poder. Gala le había dado un hijo al godo Ataúlfo; una buena demostración de que era capaz de llegar donde hiciese falta a cambio de poder jugar el intrincado juego de poder romano.

La cosa es que a Honoria las cosas no le habían ido bien. Se había dedicado a chuscar con uno de los altos funcionarios de la Corte, llamado Eugenio, que la dejó en estado de gravidez. Eugenio acabó ejecutado por esa tontería y Valentiniano, tal vez aprovechando la situación pues es evidente que su hermana era muy ambiciosa, decidió imponerle un matrimonio de conveniencia con un senador de tercera fila, un tal Herculiano. Fue ante la perspectiva de tal matrimonio que Honoria le escribió, al parecer, a Atila para excitarle sus ambiciones territoriales.

Cuando se descubrió lo que había hecho, Honoria fue sometida a arresto domiciliario bajo la atenta vigilancia de su madre; un arresto del que, en todo caso, parece bastante probable que se escapase varias veces.

Como historia no está mal y da para una peli de presupuesto medio; pero es difícil que ésta sea toda la verdad, ni siquiera la verdad más probable. Es un hecho, esto lo sabemos, que cuando Atila decidió atacar occidente lo que hizo fue entrar en la Galia; si realmente hubiese realizado ese ataque para encontrarse con Honoria, lo obvio habría sido marchar hacia Italia. Todo eso sin olvidar el pequeño detalle de que Atila y Honoria no se reencontraron, por lo que cabe estimar que el huno no tenía demasiadas ganas de conocerla.

En mi opinión, pero esto es bastante subjetivo, la forma de actuar de Atila, sus por así decirlo antecedentes estratégicos, hacen pensar que tenía un conocimiento geográfico bastante preciso de Europa y, sobre todo, estaba adecuadamente informado de la distribución de las diferentes fuerzas políticas que en ese momento la poblaban. No es en modo alguno aventurado considerar que Atila pudo tener contactos con Geiserico, el ahora rey vándalo de Túnez, quien por supuesto le pudo dar información muy precisa de dónde terminaba Europa y las posibilidades de avance que ofrecía. Por otro lado, las posibilidades de expansión de Atila hacia el este se concentraban en Persia, y eso ofrecía grandes problemas de toda índole, fundamentalmente logística porque en un área tan fuertemente dominada por el Imperio oriental, más fuerte que el occidental, resultaría difícil aprovisionarse y, en general, hacer gala de la movilidad que era una de los secretos de la armada huna.

Atila, además, conocía bien la posición que ocupaban los visigodos en el imperio occidental, y las posibilidades que ofrecían a la hora de dividir las fuerzas que se le opondrían. Dejó traslucir tanto que quería atacar a los visigodos como aliarse con ellos. Es de suponer, por ello, que tal vez pospuso la decisión final al momento en el que se encontrase en Galia. Además, ofreció generoso asilo a los reyezuelos que se oponían a las tropas de Aecio, en un intento claro de socavar a la oficialidad romana alimentando a sus pequeños enemigos.

Fuesen cuales fuesen las cosas que se cocieron en la mente de Atila, en la primavera del 451 ya estaban suficientemente cocinadas, pues éste fue el momento elegido por los hunos para cruzar el Danubio hacia el oeste, más o menos por los mismos sitios por los que lo hicieron, años antes, los inmigrantes germánicos. Desde el principio, diversos elementos godos estuvieron presentes en sus filas.

Llegados al Rhin, los hunos lo cruzaron más o menos a la altura de Coblenza, y siguieron avanzando. Tras someter a algunas ciudades de la zona, los hunos siguieron avanzando hacia la Galia. En junio, habían llegado a la ciudad de Orléans, que era el lugar de concentración de unas tropas alanas subcontratadas por los romanos, al mando de un alano llamado Sangibano; es probable que Atila contase con pasarlo a su bando, teniendo en cuenta su escaso nivel de vinculación con el poder ravenés. De aquellos tiempos data la tradición según la cual los hunos llegaron hasta las afueras de París, pero allí Santa Genoveva les dio una mano de hostias.

Frente a sus acciones, Atila tenía a Flavio Aecio, quien todavía era el commander in chief de las tropas romanas occidentales. Aecio, inmediatamente, trató de formar una coalición lo suficientemente fuerte como para parar lo que se venía encima. El entonces rey de los godos de Aquitania, Teoderico, aceptó aliarse con él, como hicieron los burgundios; y juntos se fueron a por Atila desde el sur de la Galia hacia el norte. El 14 de junio, en efecto, le obligaron a levantar el sitio de Orléans. A finales de mes, los romanos perseguían a los hunos a la altura de Troyes.

Entonces se produjo una batalla cuyo teatro no ha podido ser nunca definido con exactitud. La conocemos como la batalla de los Campos Catalaúnicos o campus Mauriacus (los franceses, muy suyos, la llaman batalla de Châlons). La batalla fue la pera limonera de las batallas y en la misma Teoderico perdió la vida. Pero los romanos habían ganado. Y era la primera vez. Atila había terminado el día retirándose y realizando un círculo defensivo, cosa a la que no estaba demasiado acostumbrado. Tan poco acostumbrado estaba, que su primera reacción fue formar su propia pira funeraria. Sus lugartenientes, sin embargo, parece ser le explicaron la diferencia entre una batalla y una guerra, y lo convencieron de que permaneciese en el mundo de los vivos. Y no les faltaba razón, porque los romanos, a pesar de ganar la batalla, no avanzaron. Pasaron días ambos ejércitos uno frente al otro, a prudente distancia, sin decidirse ninguno de ellos a atacar, hasta que los hunos comenzaron a retirarse. Aecio no les persiguió; si lo hubiera hecho, habría tenido que mantener la coalición de fuerzas que había formado, y eso era algo de lo que, en ese momento, no podía estar seguro. Los visigodos de Aquitania habían perdido a su rey, y eso significa que, en ese momento, lo principal para ellos era regresar a casa para elegir uno nuevo. Los hunos no pararon hasta llegar a Hungría, su cuartel general.

Atila, ya lo hemos dicho, no era ningún tonto. Y, como todas las personas inteligentes, aprendía de las adversidades. En la campaña del 451 aprendió que la Galia era un territorio demasiado amplio, y demasiado lleno de suficientes recursos militares, como para ser un terreno propicio para presentarle batalla al romano. Además, hechos como la fidelidad de Sangibano, probablemente, le enseñaron que había sobrevalorado su capacidad de inclinar a los galos y godos de su lado.

No. Si quería atacar a los italianos, debería ser en su casa.

Es por esto que, en la primavera del 452, Atila dirigió los trancos de su caballo hacia los Alpes.

Las cosas no empezaron bien. En la localidad udinesa de Aquileia encontró una resistencia tan resiliente que incluso llegó a pensar en desconvocar la invasión. El historiador Prisco nos cuenta que, en ese momento, vio a una cigüeña, que había anidado en una de las torres de la ciudad, que se estaba llevando, uno a uno, a sus retoños todavía incapaces de volar. Eso le convenció de que algo terrible iba a pasar en la ciudad (y, por lo visto, lo sabía una cigüeña, pero no sus habitantes), así pues decidió quedarse. Y lo que pasó es que los hunos acabaron por romper las defensas de la ciudad, y la tomaron.

Abierta la lata italiana por el Udine, los hunos se dirigieron a las llanuras del Po, donde fueron tomando ricas ciudades romanas una a una: Padua, Mantua, Vicentia, Verona, Brescia, Bergamo. De esta manera, se llegó a Milán, la sitió y, cuando consiguió someterla, la saqueó.

Tras el saqueo de Milán, Atila regresó a Hungría. La propaganda vaticana ha sostenido durante siglos que eso fue por la habilidad del Papa León, que le envió una embajada que lo convenció, formada por un prefecto llamado Trigetio y un antiguo cónsul llamado Avieno. La verdad es otra: Atila regreso a sus llanuras húngaras por la misma razón que también regresaban los germánicos décadas antes que él: por razones logísticas. Plenamente ingresado en un territorio hostil, el ejército huno tenía serios problemas para encontrar hamburguesas suficientes y, para colmo, parece ser que había sido pasto de algún tipo de epidemia. Quedarse habría sido suicida, y el general huno lo sabía. Además, hay algunos indicios de que el Imperio oriental les estaba atacando en sus cuarteles generales, y hubieron de regresar para defenderse.

Así que aquí tenemos la verdad de las cosas: Atila, el temible general de los hunos que ha pasado a la Historia como jefe de una horda invencible que se llevaba todo lo que encontraba a su paso, era, en el año 452, un general tenido por acabado. Por dos veces había atacado el imperio occidental, y por dos veces había tenido que volver grupas con el rabo entre las piernas. Si a cualquier ciudadano informado de la elite romana de aquel año le hubiésemos dicho que su Imperio estaba dando las últimas boqueadas, probablemente se habría carcajeado en nuestra cara. Las apuestas eran las contrarias. La apuesta era que el huno, cualquier día de ésos, se podía quedar hasta sin sus posesiones húngaras.

El origen de todo era la escasa capacidad de Atila a la hora de planificar campañas complejas. Sin embargo, el huno decidió seguir siendo fiel a sí mismo. En el año 453 preparó una nueva campaña de invasión europea. Sin embargo, cometió el error (dirán algunos) de casarse, probablemente una vez más pues es probable que tuviera varias esposas. En la noche de bodas se pilló un moco de la hostia y, de repente, escupió sangre, y murió. Su nueva esposa se quedó tan acojonada con el espectáculo que se quedó tumbada junto a él toda la noche, sin dar la alarma. En la mañana la encontraron así, durmiendo con un cadáver.

De esta forma tan poco edificante, con una borrachera, se acabó uno de los principales peligros que habían enfrentado al Imperio romano, tanto de oriente como de occidente. Una amenaza que había seguido a la de los visigodos y los vándalos, en un auténtico tren de problemas que, sin embargo, Flavio Aecio supo gestionar para dar al viejo sueño romano la oportunidad de vivir durante una generación más.

Los grandes ganadores de este proceso fueron los tipos que se quedaron más apartados de todo: los suevos.

Estos tipos rubios, altos y bigotudos habían tenido la inteligencia, o más bien se habían visto forzados, a escoger para establecerse el puñetero culo del mundo, un lugar hostil, frío, húmedo coo pocos, y que hoy llamamos Galicia. Entonces falto de autovías y del indudable atractivo que le aporta O Rei das Tartas, Galicia era entonces un lugar que ni por esfuerzo bélico, ni por expectativa de beneficio por la vía del cobro de tributos, ofrecía demasiados alicientes. Si los suevos se querían quedar allí, allá ellos.

Rekila sucedió a su padre como rey de los suevos en el año 438, esto es en el momento en el que Aecio dedicaba el 80% de su tiempo a pensar en el norte de África y el cabrón de Geiserico. Consciente de que eso dejaba España en un lugar de relativa poca importancia. En el año 439, guió a sus hombres por la ruta de la Plata hasta Mérida, que entonces era la metrópoli de la Lusitania. En el 440, vencieron y capturaron a Censorio, el principal comandante romano en la península. En el 441, tomaron Sevilla, pasando a controlar la Bética y la Cartaginense, en un punto de máxima expansión territorial que hace salivar a muchos nacionalistas gallegos, tanto de corazón como adecuadamente subvencionados, a la hora de hablar de un viejo imperio gallego, que tiene de gallego más o menos lo mismo que de imperio.

Tanto los suevos como otros grupos establecidos en la península ibérica se aprovecharon, claramente, del hecho de que Flavio Aecio no pudiese ni soñar con realizar una gran expedición al territorio para encenderles el pelo. El comandante romano envió varios generales a la zona con tropas: Asturio, Merobaudes, Vito. La mayoría de sus acciones se concentró en tratar de recuperar el control sobre la Tarraconense, aunque Vito, que contaba con tropas godas, intentó recuperar la Cartaginense y la Bética. Pero Vito fue derrotado por los suevos, e Hispania se perdió, como se había perdido el norte de África, como fuente de recursos para Rávena.

Britania no estaba mejor. Ya en una famosa carta, el entonces emperador Honorio le había escrito a los britanos en el 410 que fuesen pensando en lamerse ellos mismos los pies. El Imperio no estaba por la labor de intentar incrementar su poder y control sobre aquellas islas tan relapsas, por mucho que algunos obispos, como Germano de Auxerre, se dejaran caer por ahí para tratar de luchar contra el pelagianismo. En todo caso, el principal problema para la civilización romana británica era la presión que del oeste le llegaba de los gaélicos irlandeses, y del norte (Escocia) de los pictos, por no mencionar las expediciones sajonas del Mar del Norte.

Al parecer, las islas cayeron en poder de una especie de tirano llamado Vortigerno. Vortigerno decidió defenderse de los peligros que lo acechaban contratando mercenarios sajones. Pero los mercenarios pidieron más, y más, y más, hasta que se cansaron de pedir y saquearon todas o casi todas las ciudades del reino. Los romanos de Britania le escribieron una carta a Aecio en solicitud de ayuda; pero, que se sepa, ni les contestó.

Recapitulando: en el año 453, el Imperio había logrado repeler el peligro huno hasta que el propio Atila la palmó. Pero, por elcamino, había perdido: todas las Islas Británicas; la península ibérica hasta el Ebro; el norte de África, el área Aquitania que ahora formaba un reino visigodo avant la lettre, y la Galia sureste, que había sido cedida a los burgundios.


Más que un imperio, era una mierdilla.

miércoles, julio 06, 2016

Estados Unidos (35)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo.

De todas formas, eso que conocemos en Europa como la lucha obrera pronto encontró un escollo relativamente inesperado: la actitud frente a los trabajadores inmigrantes.

lunes, julio 04, 2016

La caída del Imperio (11: Atila y Constantinopla)

  1. Las envidias entre Valente y Graciano y el desastre de Adrianópolis.
  2. El camino hacia la primera paz con los godos.
  3. La llegada en masa, y desde diversos puntos, de inmigrantes al Imperio.
  4. La entrada en escena de Alarico y su extraño pacto con Flavio Stilicho.
  5. Los hechos que condujeron al saco de Roma propiamente dicho.
  6. La importante labor de rearme del Imperio llevada a cabo por Flavio Constancio.
  7. Las movidas de Gala Placidia hasta conseguir nombrar emperador a Valentiniano III.
  8. La movida de los suevos, vándalos y alanos en Spain. 
  9. La política de recuperación del orgullo y el poder romanos llevada a cabo por Flavio Aecio.
  10. La entrada en acción de Atila el huno.

La tropa enviada desde el Imperio Oriental a Sicilia con la intención primera de participar en una expedición contra los vándalos no logró llegar a tiempo de contrarrestar la invasión de los hunos. Cuando Naisuus, o Nis, cayó en poder de los soldados de Atila, el Imperio tuvo que parlamentar y alcanzar un acuerdo de paz, porque sus tropas estaban todavía muy lejos de poder plantar batalla.

miércoles, junio 29, 2016

Estados Unidos (34)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU.

Pues, sí: Su Majestad, La Vaca.

La explotación a lo bestia del ganado bovino en Estados Unidos comenzó en 1845, con la anexión de Texas. Cuando comenzó la guerra civil, sólo en ese Estado había cinco millones de longhorns paseando. Hasta entonces, lo que los famosos cow boys hacían era llevar sus rebaños hasta los confines que eran capaces a base de pastorearlos; pero esto cambió radicalmente cuando el ferrocarril de Missouri Pacífico llegó a la localidad misuriana de Sedalia. A partir de ese momento, en la primavera de 1866, los granjeros podían llevar sus cabezas de ganado hasta allí y, una vez en Sedalia, distribuirlas a distancias muy largas usando el tren.

Llevar el ganado a Sedalia, como ya se ha encargado de contarnos el cine, a veces bueno, a veces no, no era tarea fácil. Los indios, los cuatreros, y la dificultad del camino, conspiraban para poner las cosas difíciles. Pero el premio lo merecía: en Sedalia, una cabeza de ganado razonablemente entera se pagaba a 35 dólares. Todo aquel sistema le debe mucho a un comerciante de carne de Illinois, Joseph G. McCoy. McCoy se hizo de oro organizando, por así decirlo, todo aquel comercio. Promovió la construcción de hoteles en todas las poblaciones por las que pasaba el tren, favoreciendo así el encuentro entre los ganaderos que llevaban el ganado y los intermediarios que lo compraban. Su primer hotel estuvo situado en Abilene, en Kansas, ciudad por la que pasaba el Kansas Pacific. Recordad, los muy cinéfilos, que Abilene es la población que cita el sheriff Little Bill Dagget (Gene Hackman) como epítome de lugar frecuentado por cuatreros y ladrones, mientras le está dando una mano de hostias a a Will Munny (Clint Eastwood), en Unforgiven.

El segundo gran arreón del negocio vaquero vino con el desplazamiento de los indios de las planicies del norte. Los terneros salían de Texas prácticamente recién nacidos y luego pasaban cuatro años en el antiguo hogar de los indios, alimentándose de los ricos pastos sin costarle nada al dueño.

La hierba no escaseaba; pero el agua, sí. El agua, de hecho, es el origen y la razón de la mayoría de los enfrentamientos a tiros que se vivieron en aquella época. Este ambiente de negocio dificultoso es el que hizo a muchos granjeros unirse en gremios cerrados, que buscaban monopolizar las fuentes de agua para impedir la llegada de nuevos competidores (el cerril capitalismo neoliberal es lo que tiene). A menudo, todo eso terminaba a tiro limpio. Eran muchos los que llegaban a la zona, atraídos por las Efantásticas (pero ciertas) historias que se publicaban en los periódicos del Este y del Oeste sobre los enormes beneficios que hacían los granjeros al norte de Texas. Sin embargo, en el invierno de 1885 la cosa cambió radicalmente. Fue un invierno durísimo que se siguió por un verano tórrido; el ganado, que ya se ha dicho no era cuidado por sus granjeros sino que vivía una vida salvaje a la buena de Dios, a su bola, murió en masa. Además, algunos granjeros, sobre todo de nuevo cuño, comenzaron a vallar sus propiedades, lo que era un golpe en la línea de flotación de estos granjeros transhumantes, que estaban acostumbrados a que su livestock comiese de lo que había por ahí sin pedirlo. El granjero científico, esto es el que establecía una granja y rutinas de producción, cuidaba de sus vacas y eso. era, además, capaz de producir más carne y de mejor calidad. Como consecuencia, en cinco años el precio de la carne en el Este cayó de 9,35 dólares las cien libras a 1,90 dólares (labrando con ello, por cierto, toda una tradición barbacoo-culinaria americana que pervive hasta el día de hoy). Eso terminó completamente con los granjeros tradicionales; con, podríamos decir, esa primera Mesta americana con sombrero de ala ancha.

Con todo y que la ganadería es una imagen fundamental para la historia del desarrollo de las nuevas tierras de los Estados Unidos, no creo que a nadie le quepa duda de que la imagen realmente tradicional del colono americano es la de un agricultor. Sin embargo, el desarrollo de la nueva agricultura no fue nada fácil. Ya hemos visto cómo el Estado federal, a través sobre todo de la Homestead Act de 1860, había fomentado la implantación de los colonos con ventas de parcelas de 160 acres cada una (más la ya comentada política de forty acres and a mule en favor de los negros). Sin embargo, esta ley incumplió, en buena medida, sus objetivos, dado que, al fin y a la postre, venía a suponer unas condiciones excesivamente gravosas para los colonos más modestos. Sin ir más lejos, en aquella época se calculó que sólo la madera y los trabajos necesarios para vallar una parcela de 160 acres venían a costar unos 1.000 dólares, a todas luces una cifra fuera del alcance del agricultor modesto (1.000 dólares, en aquella época, vienen a suponer como esperar que un trabajador recién parado que capitaliza su prestación de desempleo va a tener dinero suficiente como para alquilar un local en la mejor zona comercial de su ciudad y poner una tienda). Mientras tanto, 160 acres eran más bien poco para quien tenía capacidad económica de jugar a lo grande.

En la primera década completa después del final de la guerra civil, el legislativo se aplicó a aprobar nuevas leyes que facilitasen la adquisición de tierras, en parcelas normalmente más grandes, aunque el sistema siguió funcionando de mala manera. En realidad, la rentabilidad de la colonización no llegó hasta 1874. Aunque es difícil de creer, la novedad que cambió las cosas fue que, ese año, tres personas, sin conexión entre ellas, desarrollaron y patentaron formas de alambre de espino. El más importante de estos tres inventores, Joseph F. Glidden, comenzó rápidamente la producción en masa de este producto que, de golpe y porrazo, hizo las granjas mucho más rentables. 50 kilos de alambre costaban 10 dólares, pero el precio llegaría a 4. Ahora se podía cerrar una granja por mucho menos dinero.

Ese mismo año, también se desarrolló el entonces denominado corn binder, que revolucionó la capacidad de cosechar cereal. Hasta la existencia de este maquinillo, un colono que sólo se tuviese a sí mismo para realizar la cosecha de maíz apenas plantaba ocho acres, porque sabía que ésa era la capacidad de recogida que aportaban su cuerpo y su mula. A partir del corn binder, un solo granjero podía aspirar a cosechar 135 acres de maíz.

Más avances. Para los agricultores de las North Plains, un lugar bastante agreste y sometido a los caprichos del clima, plantar cereales era un problema. El cereal plantado en aquella zona en primavera, puesto que tenía que protegerse de muchas inclemencias del tiempo, era un cereal muy duro que a menudo daba problemas a la hora de ser pulverizado en harina. Sin embargo, en aquella década se desarrollaron sistemas de fabricación de harina que eran capaces de aprovechar aquellos cereales tan duros, con lo que, inmediatamente, la plantación de mayo a septiembre comenzó a ser más rentable. En la misma época, además, comenzó a implantarse en Kansas una variedad de cereal de invierno, conocida como Turkey Red, mucho más propia para el proceso de fabricación de harina.

Para hacernos una idea del cambio que supusieron todas estas novedades, nos bastará el dato de que, en 1879, Illinois era el primer Estado cerealero de los EEUU y, sin embargo, veinte años después no estaba ni entre los diez primeros. Los principales productores habían pasado a ser los Estados de los North Plains, esto es, las Dakotas, Kansas y Nebraska, junto con Minnesota y California, zonas ambas, también, de plantación del hard wheat.

Todo este proceso, además, fue paralelo al de intensa industrialización en Europa, que redujo el tamaño de sus sectores agrícolas y, en consecuencia, generó una demanda de alimentos importados que, precisamente, esta incipiente agricultura estadounidense estaba llamada a colmar. Sin embargo, no todo eran buenas noticias. En realidad, la entrada en el comercio mundial cerealero de nuevos grandes jugadores, como India o Australia, así como las tendencias proteccionistas en algunos países de Europa, amenazaban el modelo económico agrícola del Oeste.

En el campo de la industria, por su parte, nada representa la revolución estadounidense de la época mejor que el desarrollo de ese nuevo sector surgido alrededor del refino del petróleo. A mediados del siglo XIX, el principal aceite para iluminación en el mundo era el aceite de ballena; pero se había convertido en un bien tan escaso que alcanzaba precios de hasta 5 dólares el galón. Para entonces, los científicos y hombres de negocios eran conscientes de las posibilidades que ofrecía el petróleo de servir de sustituto para estas necesidades; pero todavía no se sabía dónde se podrían encontrar reservas de este combustible lo suficientemente grandes.

En 1857, un grupo de lo que hoy llamaríamos emprendedores envió a un explorador, E. L. Drake, a las cercanías de la localidad pensilvana de Titusville. Allí se hizo el primer intento de la Historia por sacar petróleo del subsuelo. Aquel movimiento generó una pequeña fiebre del oro (negro), y en cuatro años había 2.000 millas cuadradas en aquel Estado, Virginia occidental y Ohio cubiertas por pozos de petróleo. Se producían 40 millones de barriles al año, de los cuales una quinta parte eran refinados por una compañía llamada la Standard Oil, propiedad de John D. Rockefeller.

Rockefeller había nacido en 1839 en Richford, NY. Ya en la guerra civil, cuando apenas tenía 26 años, había montado un negocio relacionado con el comercio de grano y carne, que le hizo rico. Con aquellos 50.000 dólares que había acumulado, decidió invertir en una pequeña refinería que había comprado en Cleveland. Para ello se asoció con un hombre muy experto en el sector del petróleo llamado Samuel Andrews. En 1867 se les unió Henry M. Flager, así como un destilador de bebidas alcohólicas de Ohio, Stephen V. Harkness. Estas personas, junto con William, el hermano de John, fundaron en 1879, la Standard Oil, con un capital de un millón de dólares.

La fama de Rockefeller como mal empresario o empresario venal está muy justificada. En realidad, se hizo grande a través de la práctica generalizada del dumping (venta por debajo de costes) y abuso de posición dominante. Sobre lo primero, en cada zona en la que se establecía su estrategia consistía en vender por debajo de costes, a precios ultracompetitivos, hasta que echaba del mercado a sus competidores; momento en el que reajustaba los precios. Sobre lo segundo, fueron comunes sus demandas a las empresas de ferrocarriles para que le cobrasen fletes especialmente bajos (para ser más exactos: dado el carácter semipúblico de las líneas de tren, que les impedía hacer eso, pagaba los fletes normales, pero luego exigía reembolsos).

Una vez que hubo limpiado Cleveland de competidores, Rockefeller decidió expandirse por todo el país. Su plan era convencer a las empresas de ferrocarriles de que incrementasen sus tarifas a las petroleras y no sólo no se las aplicasen a la Standard, sino que de hecho le abonasen parte del nuevo beneficio. Evidentemente, cuando esto se supo públicamente se montó la mundial, y la Standard debió abandonar el plan; sin embargo, lo llevó a cabo, cobrando jugosas cantidades, en el caso de las líneas de ferrocarril menos rentables. En 1879, la Standard acumulaba el 95% del refino en los Estados Unidos y prácticamente todo el mercado mundial. Para entonces, los oleoductos estaban sustituyendo al transporte sobre la tierra, pero la compañía tenía el monopolio en la práctica de los mismos.

Sin embargo, a principio de la década de los ochenta los yacimientos tradicionales, sobre todo los de Pensilvania, comenzaron a dar muestras de agotamiento. En 1885 se descubrió un gran yacimiento en Lima, Ohio, y otro en la frontera con Indiana. Se trataba, sin embargo, de un petróleo muy sulfuroso (muy característico por su mal olor, lo que le ganó ser conocido como skunk juice, zumo de mofeta). Rockefeller, sin embargo, estaba convencido de que era posible eliminar aquel olor nauseabundo, y en 1887 fundó la Ohio Oil Company, en la que empleó a un ejército de químicos. Estos químicos, efectivamente, lograron eliminar el indeseable efecto.

Otro producto que quintaesencia el desarrollo industrial decimonónico de los Estados Unidos es el acero. Hasta 1847, el acero era un producto escaso y caro cuya producción llevaba semanas de complicados procedimientos. En dicho año, sin embargo, William Kelly de Kentucky descubrió un método simple que podía fabricar toneladas de acero en apenas unos minutos. Sin embargo, por diversas razones este método no se popularizó hasta diez años después, cuando Kelly debió litigar con un inglés, Henry Bessemer, que pretendía patentar un procedimiento similar.

En 1872, un constructor de ferrocarril y de puentes para el mismo, Andrew Carnegie, decidió meterse de lleno en el negocio del acero. Viajó a Inglaterra, donde se convenció de la viabilidad de lo que ya se conocía como el Bessemer Steel, y al año siguiente construyó la mayor planta siderúrgica del mundo en Pittsburgh (patria de los que, no por casualidad, se llaman Steelers).

La planta de Pittsburgh llevaba el nombre de J. Edgar Thomson, uno de los magnates del ferrocarril, con quien Carnegie tenía tratos muy estrechos. Gracias a esta relación, en 1879 la planta producía 930.000 toneladas de acero, de los que dos tercios eran elaborados en forma de raíles. En 1890 la producción era de 4 millones de toneladas, con nuevos competidores entrando en el negocio.

Por lógica, y como no podía ser de otra manera, la industrialización americana trajo consigo el problema de la relación entre empleadores y trabajadores.

Tras la guerra civil se impusieron en el ámbito laboral estadounidenses dos grandes organizaciones de trabajadores o, como diríamos nosotros, sindicatos. Se trataba de The Noble Order of the Knights of Labor y la American Federation of Labor.

Los KoL fueron fundados en 1869, pero no adquirieron fuerza hasta 1878, cuando fue nombrado Gran Maestro de la unión un maquinista de Scranton, Pensilvania, llamado Terence V. Powderly. Powderly era un anticapitalista (o, más bien, acapitalista) que pretendía crear una organización de ámbito nacional que esquivase el capitalismo mediante la producción cooperativa. De hecho, creó más de una treintena de cooperativas en todo el país. Aunque el jefe de la KoL estaba en contra de las huelgas, fue una huelga patrocinada por su organización en la Pacific Railroad la que les dio fama nacional y elevó su militancia a las 700.000 personas.

En el May Day de 1886, la KoL y otras organizaciones impulsaron una manifestación monstruo en defensa de la jornada de ocho horas. En Chicago, donde se estaba produciendo una huelga contra la McCormick Harvester Company, la manifestación fue seguida por una serie de mítines más o menos espontáneos celebrados en diversos puntos de la ciudad, y en los que brillaron los oradores anarquistas. En una reunión celebrada el 3 de mayo en la plaza Haymarket, alguien tiró una bomba a la policía, matando a uno de los uniformados. Siguió un grave tumulto en el que murieron siete policías más y cuatro civiles. El lanzador de la bomba nunca apareció, pero se montó un juicio contra siete anarquistas, que fueron condenados; cuatro de ellos resultaron ejecutados. Otro de los acusados se suicidó y, en lo que se refiere a los otros dos, su condena a muerte fue conmutada por cadena perpetua. Seis años más tarde, sin embargo, el entonces gobernador de Illinois, John P. Altgeld, los liberó, tras haber acusado al tribunal de “ferocidad maliciosa”. O sea, que habían ido a por ellos.

A pesar de esta injusticia, la movida de Haymarket comenzó a separar a la KoL de algunos de sus miembros, a pesar de que no había sido instigadora de los disturbios.

Por lo que respecta a la AFL, en realidad era una organización diferente, lejana del concepto que tenemos de sindicatos. En su origen, la AFL era una federación de organizaciones de artesanos. Era una organización mucho más profesional, que exigía de sus federados la contratación de gestores a tiempo completo y recaudaba sistemáticamente cuotas para tener siempre fondos de resistencia para huelgas. No tenía ambiciones políticas ni tampoco era su prioridad influir en la legislación. Con un espíritu que ha impregnado para siempre el sindicalismo estadounidense, en realidad el objetivo fundamental de la AFL (muy heredado de la esencia gremial de las asociaciones de artesanos) era lo que ellos llamaban una close shop, una tienda cerrada: el establecimiento que se comprometía a emplear sólo a miembros del sindicato.

A principios de la década de los noventa, la AFL tenía un cuarto millón de afiliados y un futuro prometedor, especialmente después de un acuerdo con Carnegie. Sin embargo, a principios de esa década su crecimiento se retrasó a causa de dos huelgas.

La primera de estas huelgas surgió cuando, estando Carnegie de viaje por Europa, el presidente de la compañía, Henry Clay Frick, decidió recortar los salarios. Cuando la AFL rechazó el cambio, Frick se preparó para los conflictos cerrando la planta de Homestead y contratando a 300 detectives de la firma Pinkerton para que la protegiesen. Sin embargo, aquel pequeño ejército pronto se vio superado por la fuerza de los obreros, y el 6 de julio Frick pidió ayuda a la milicia estatal a través del gobernador de Pensilvania. El conflicto duró cinco meses. En principio, la opinión pública estuvo del lado de los huelguistas, pero cuando un anarquista (no relacionado con la fábrica) intentó asesinar a Frick, el sentimiento cambió.


La segunda huelga se produjo dos años después en la Pullman de Chicago, pero pronto se extendió a otras líneas férreas. En medio de un problema de rentabilidad grave, la compañía recortó los salarios más de un 20%. Los trabajadores solicitaron que la compañía se apretase también el cinturón reduciendo sus beneficios, pero fueron poco menos que despedidos de la mesa de negociación. Entonces, los trabajadores apelaron a la American Railway Union, un sindicato organizado por Eugene V. Debs poco tiempo antes y al que muchos de los trabajadores de la Pullman pertenecían. Debs consiguió, por primera vez, una huelga por solidaridad: pararon todas las líneas.

lunes, junio 27, 2016

La caída del Imperio (10: Atila)

Recuerda que esta serie se compone de:
  1. Las envidias entre Valente y Graciano y el desastre de Adrianópolis.
  2. El camino hacia la primera paz con los godos.
  3. La llegada en masa, y desde diversos puntos, de inmigrantes al Imperio.
  4. La entrada en escena de Alarico y su extraño pacto con Flavio Stilicho.
  5. Los hechos que condujeron al saco de Roma propiamente dicho.
  6. La importante labor de rearme del Imperio llevada a cabo por Flavio Constancio.
  7. Las movidas de Gala Placidia hasta conseguir nombrar emperador a Valentiniano III.
  8. La movida de los suevos, vándalos y alanos en Spain. 
  9. La política de recuperación del orgullo y el poder romanos llevada a cabo por Flavio Aecio.

En efecto, el formidable ejército acopiado por Flavio Aecio con ayuda de Bizancio en Sicilia nunca pudo salvar el charco hacia la vieja Cartago, para poner a los vándalos en su sitio. Las fuentes disponibles, muy escasas, nos hablan de una amenaza producida en el continente que se concretaría en la llegada de hordas desde Escitia disparando flechas de fuego. Esta cita se considera mayoritariamente como relacionada con algún tipo de invasión por parte de los hunos.