viernes, marzo 28, 2008

¿Boicot? Pues va a ser que sí.

El barón Pierre de Coubertin alumbró a finales del siglo XIX el sueño de resucitar unos juegos deportivos, los olímpicos, que formaban parte de un amplio abanico de celebraciones parecidas que se hacían en la antigua Grecia. A Coubertin le fascinaba la idea, relatada por los historiadores de aquella época, de que la celebración de los juegos era un hecho capaz de detener las guerras en curso, y quiso ver en este detalle la prueba de la capacidad del deporte a la hora de colaborar en la paz mundial.

Lo que el barón apenas llegó a barruntar a lo largo de su vida era que, además de impulsar un sueño intelectualmente atractivo, estaba también alumbrando un gran negocio. Los juegos olímpicos se han ido consolidando, en los últimos 110 años más o menos, como la gran cita de referencia del deporte mundial. Esto ha hecho que para la ciudad que organiza los juegos (son ciudades, no países, las que optan) hacerlo se convierta en un chollo. No siempre sale bien, conste. Hay juegos como los de Montreal que parecen haber reportado escasos beneficios para sus organizadores. Pero, por lo general, organizar los juegos es algo que todo el mundo desea.

Si es verdad que los juegos griegos no se veían influenciados por la política, será porque no eran negocio. En la época moderna ha sido exactamente al revés. Lejos de ser capaces de aplazar las rencillas, no han hecho sino reflejarlas.

El primer boicot de los Juegos Olímpicos se produjo en 1956. Pero antes ya había habido sus conatos. Cabe recordar, en este sentido, el hecho, íntimamente unido a la Historia de España, de que los primeros combatientes internacionales en el bando republicano, una vez declarada la guerra civil, fueron deportistas que se encontraban el 18 de julio de 1936 en Barcelona, esperando los inicios de unos juegos inspirados sobre todo por las naciones y los partidos comunistas como una especie de alternativa a los juegos que se celebraban en la Berlín de Adolf Hitler. No fue sin embargo hasta 20 años después, cuando el premier soviético Nikita Kruschev reprimió a sangre y fuego un levantamiento en Hungría, cuando tres naciones europeas: Países Bajos, Suiza y la España de Franco, decidieron no acudir a las olimpiadas de Melbourne. Paralelamente, algunos países asiáticos boicotearon los mismos juegos por razón de la Crisis del Canal de Suez, uno más de los episodios de la siempre difícil existencia del Estado de Israel.

En los años setenta, los boicot surgieron a causa de las políticas de apartheid. Hay que citarlas en plural porque aunque todo el mundo se acuerda de Sudáfrica, entonces también se tenía una política parecida en Rhodesia, nación africana también gobernada por los blancos. Ambos países, y muy singularmente Sudáfrica, pasaron muchos años fuera del ámbito deportivo a causa de su política de segregación racial. La cosa, en todo caso, se puso fea después de que la selección neozelandesa de rugby, los famosos All Blacks, realizase una gira por Sudáfrica. A partir de entonces, los países africanos exigieron que Nueva Zelanda fuese excluida de los Juegos Olímpicos y, en las olimpiadas de Montreal 1976, tomaron las de Villadiego después de haber comenzado las competiciones. Fue así porque el Comité Olímpico se negó a prohibir la participación de Nueva Zelanda, aduciendo en defensa de dicha decisión que el rugby, es decir el deporte donde el país había roto el bloqueo a Sudáfrica, no es un deporte olímpico.

No fue éste el único problema que ocurrió en Montreal. Aquel año, la República Popular de China presionó para que Taiwán no pudiese acudir bajo el nombre de República de China. Los formosanos se negaron a ir de otra manera y no participaron ni en Montreal ni en los juegos siguientes de Moscú.

Con todo, fue aquí, en Moscú, donde el boicoteo a los juegos alcanzó su punto más elevado. La invasión soviética de Afganistán provocó que los Estados Unidos liderasen un movimiento occidental de boicot a los juegos, que le salió bastante bien aunque con notables deserciones. La URSS contestó en la siguiente convocatoria, en Los Ángeles 1984, boicoteando los juegos en compañía de todos sus países satélite salvo la Rumania de Nicolae Ceaucescu.

Los responsables del movimiento olímpico podrán considerarse por encima del bien y del mal, cosa que probablemente hacen; pero, en la realidad, están absolutamente manchados del polvo del camino como todos nosotros. Para Adolf Hitler, los juegos olímpicos de Berlín fueron una ocasión de oro para vender su nueva Alemania, surgida de las cenizas de una pavorosa crisis económica, de identidad y de ilusión nacional. El movimiento olímpico, de una forma un tanto lerda, colaboró en el apuntalamiento de la imagen mundial de un asesino. Y pretender que el deporte está por encima de estas cosas es, lo repito, una gilipollez.

El movimiento y el negocio olímpicos alcanzaron su punto mayor de paroxismo, en mi opinión, en los juegos de Munich 1972. Tras el asesinato de varios atletas israelíes por parte de un comando palestino, el espectáculo tenía que haberse detenido, simple y llanamente. Pero hace treinta y pico años era ya mucha la pasta que estaba en juego en los juegos, valga la redundancia, y las competiciones continuaron. Me recuerdo a mí mismo, que entonces tenía diez años, viendo en la tele unas eliminatorias de 400 metros lisos y, cuando los locutores cantaron los corredores de cada calle, al llegar a la 6 informaron de que allí no había nadie: era el puesto de uno de los atletas de la delegación israelita. No se puede caer más bajo.

¿Son mala idea los boicot? Lo que me parecen es inevitables. Al menos mientras el movimiento olímpico siga concibiéndose como un ente apolítico, en el sentido de más allá de la política. Si el movimiento olímpico tuviese una dimensión moral de la que en mi opinión carece, tomaría la decisión pura y simple de no otorgar nunca la sede olímpica a lugares que puedan hacer de ello manipulación en contra de los derechos del hombre. Porque eso es lo que hacen las dictaduras cuando organizan olimpiadas. Aceptar regímenes políticos atroces en el seno de los juegos se supone que es respetar la filosofía del barón De Coubertin, todo eso del buen rollito mundial y tal; aunque se les acepta de una forma un tanto curiosa, pues si la Sudáfrica de Pik Botha no podía ir a los juegos porque no otorgaba derechos a las personas de raza negra, la China de Mao, mientras mataba de hambre a 70 millones de personas (y matar es la peor forma de privar de derechos), seguía yendo, que tiene eggs.

En lo que se convierte el movimiento olímpico en manos de una dictadura es en un vehículo de propaganda y de enmascaramiento de muchas realidades que conculcan los más básicos derechos del hombre.

¿Boicot a los juegos olímpicos de Pekín? Por supuesto. Por decencia. Por justicia. Y por salvar lo poco que le va quedando de presentable a ese bonito sueño que se llama, por llamarse algo, movimiento olímpico.

miércoles, marzo 26, 2008

Lola Montes (y 3)

Abordamos hoy el tercer y último capítulo de la rocambolesca vida de Lola Montes, la mujer que lo fue todo y también fue nada. La hemos visto partir de Munich sola, fané y descangallá, abandonada por su otrora protector el rijoso y voluble Luis I de Baviera, AKA Donde dije Digo ahora Digo Que Te Den. Han pasado apenas unos días desde los sucesos revolucionarios en Baviera y Lola llega a Berna, la capital de la Confederación Helvética. Pero ésa es solo una estación. Los suizos suelen decir: nacer en Suiza es un honor y morir en Suiza una suerte, pero, mientras tanto, ¿qué haces? El pequeño país alpino era demasiado aburrido y predecible para Lola, enferma de megalomanía y necesitada de reconocimiento masivo a su persona. En mayo del mismo año decide volver a Londres, fiada en que los tiempos hayan pasado y sus pasados escándalos sean ya agua pasada.

Cinco años después de haber salido de la capital británica dando un portazo, Lola Montes regresa a la misma y se establece en una vivienda más bien modesta de la calle Hamilton. Pronto, su círculo de amigos la animará a regresar al teatro. Porque Lola siempre ha tenido tablas; pero ahora tiene otra cosa, que es una historia que contar. Así nace Lola Montes, reina de Baviera, la pieza de teatro en la que se relata su periplo bávaro. No obstante, cuando ya tenía apalabrado nada menos que el Covent Garden, el gobierno prohíbe el estreno: demasiado contenido político.

Poco a poco, Lola Montes se va haciendo idea de lo que realmente pasa: ya no le importa una mierda a nadie. Sabemos, lo he escrito ya varias veces, que esa es la peor noticia para los oídos de esa mujer. Es por eso, probablemente, que Lola urde un plan para volver a ser famosa, un plan que demuestra que, en el fondo, en los últimos 150 años no han cambiado demasiado las cosas: como una famosilla cualquiera, decide casarse para obtener notoriedad.

El elegido es un oficial del ejército llamado George Trafford Heald. Se casan en San Jorge, el 19 de julio de 1849. Desde el principio, el enlace tiene serias oposiciones dentro de la familia y los amigos del marido. Este partido es liderado por una de sus tías, lady Susan Heald, la cual, en su intención por hacerle la puñeta a la nueva esposa de su sobrino, se pone a escudriñar en su vida a la búsqueda de algo con que putearla. Le lleva tiempo, pero acabará por conseguirlo.

¿Recordáis al teniente James? Sí, el anterior marido de Lola Montes. Aquél con el que las cosas terminaron tan mal y que llegó a enviarle una demanda de divorcio. La cosa es que Lola siempre había vivido con el convencimiento de que dicho movimiento por parte de su marido iba en serio. Pero no fue así. En realidad, el capitán James estaba enamorado de Lola Montes hasta las trancas (y las barrancas), así pues, en realidad, aquella demanda sólo había sido una amenaza que no había llegado a la mesa del juez. Esto Lola no lo sabía; pero lady Susan acabó por averiguarlo.

La tía de George Trafford presentó una denuncia contra Lola Montes antes incluso de que la pareja hubiese terminado su luna de miel. Lola fue fulminantemente detenida por la policía inglesa el 6 de agosto de 1949, esto es, apenas medio mes después de la boda. Inicialmente, Lola fue absuelta por falta de pruebas, pues en la vista judicial nadie pudo certificar la real existencia del capitán James. Pero, claro, nadie había contado con la inasequible al desaliento Susan Heald, la cual removió Roma con Santiago hasta conseguir del ejército británico un certificado que afirmaba su existencia. Lola fue, de nuevo, detenida y encarcelada por bígama. En la segunda vista, fue condenada a abandonar Inglaterra ipso facto. La rígida sociedad victoriana había ganado de nuevo.

Con los ahorros que le quedan, Lola se va a París, su otra gran referencia. Pero allí se encuentra con el mismo síndrome que en Londres, pues ya no es recordada. Después de muchos tumbos, una tarde conoce a Eduard Willis, empresario teatral estadounidense. Son tiempos en los que las tablas estadounidenses tienen dinero y ganas de absorber cualquier cosa que en Europa se haya hecho famosa alguna vez, así que Lola le viene al pelo. El 20 de noviembre de 1851, Lola Montes embarca en Southampton camino de Nueva York, puerto donde el trasatlántico Humbolt en que viaja queda surto el 5 de diciembre de 1851. El 27 de diciembre de 1851 es la fecha de su presentación en el populoso Broadway. La expectación es grande y el teatro está lleno. Lola se presenta vestida de presunta andaluza y hace lo que puede, pero, sin embargo, no logra encender las pasiones yanquis.

Entre enero y mayo de 1852 hace una gira por diversas ciudades americanas que le reporta algunos beneficios. Pero está cansada, o tal vez simplemente se da cuenta de que, si bien nunca fue una bailarina de la hostia, con los años se está haciendo cada vez menos atractiva. Así pues, decide seguir los consejos que ya le habían dado en Londres y reciclarse a actriz. Monta una compañía propia, destinada a representar la obra que cuenta su historia bávara. No obstante, el siempre exigente Broadway acoge la novedad con frialdad.

En los meses siguientes, de nuevo de gira. En Nueva Orleáns, y me temo que nunca sabremos a ciencia cierta por qué ni cómo, Lola Montes comienza a sentir la llamada de la espiritualidad y la religión. Ello se nota en que se vuelve extraordinariamente generosa con los menesterosos; lo cual, por cierto, le servirá para ser más querida y vender más entradas de teatro, así pues es la suya una generosidad que se retroalimenta.

De nuevo acomodada y con una respetable suma de dólares en la cuenta bancaria, Lola Montes sigue sus viajes por aquel país que es en realidad casi un continente. En uno de esos viajes conoce a un periodista llamado Patrick Purdy. El 18 de julio de 1853 se casan en San Francisco. No obstante, Lola se engaña. Está empezando a experimentar las fuerzas opuestas de dos sentimientos distintos: por un lado, la humildad religiosa y, por otro, la megalomanía de que siempre ha adolecido. En realidad, todavía puede más lo segundo que lo primero. Lola se aburre pronto del joven Purdy, así pues pocas semanas tras la boda la encontramos echando polvos con un médico alemán llamado Adler. Cuando abandona al alemán, perseguida por el escándalo, decide poner tierra, y mar, de por medio, así que forma una compañía de teatro y se va nada menos que a Australia.

Australia es el último mojón exitoso de la carrera artística de Lola Montes. El público australiano es más proclive aún que el americano a consumir glorias europeas, y Lola lo es. Al parecer, también ella les ayuda mucho a que la valoren; cuentan algunas historias que Lola Montes, en Australia, gustaba de bailar una danza llamada La Araña, en la que se levantaba tanto las faldas que el público podía ver (o creía ver)… pues eso: la araña.

Después de un año de éxitos y pasta, el 1 de julio de 1856, Lola Montes regresa a Europa.

Ya lo hemos dicho: todavía es lo suficientemente joven para que la megalomanía pueda en ella. París la decepciona por segunda vez. Ni siquiera sus amigos la recuerdan. Prueba de que está desesperada de no ser nadie es la estúpida movida que monta tras marcharse a San Juan de Luz, desde donde escribe una carta a los periódicos desmintiendo que el suicidio de un actor, Mauclerc, se deba a desavenencias entre ambos; carta en la que además informa de que son pareja y están casados.

Ni qué decir tiene que cuando Mauclerc, que está vivito y coleando, se entera, pone las cosas en su sitio en los periódicos: ni se ha suicidado, ni conoce a Lola Montes ni, por supuesto, está casado con ella. Abochornada, Lola sigue huyendo. A Nueva York, de nuevo. Debuta en el Green Theatre el 2 de febrero de 1857, con escaso éxito. Así pues, disuelve la compañía y se sume en la melancolía y la depresión, sentimientos ambos que la cambian, y mucho. La megalomanía pierde terreno. Lola se hace vieja, poco a poco. Nunca ha sido una persona muy nostálgica, pero ahora se sorprende a sí misma pensando interminablemente en los lugares de su pasado. Y los sentimientos que le provocan son tan fuertes que tomará una decisión inusitada en su vida: volver a Irlanda. Es la primera vez que lo hace por sí misma, pues la otra vez que regresó a su tierra fue por razón de matrimonio.

Es 1858. Lola Montes tiene cuarenta años; pero hay que tener en cuenta que hace 150 años se estaba mucho más ajado con cuarenta tacos que hoy. Ya no es la que era. Actúa en Dublín, en el Round Room, y luego en Londres, y luego en otras ciudades de Inglaterra. Su éxito es, por decirlo amablemente, escaso. Además, está arruinada, y carece de amigos. Yo siempre he pensado que es la vergüenza la que le impulsa a volver a Nueva York. Es una ciudad enorme, una ciudad que avanza a un ritmo distinto del de Europa, con distintos mitos y prioridades. Por primera vez en su vida, Lola Montes no quiere ser nadie, no quiere que la conozcan, e intuye que Nueva York es (y es que lo es) el lugar del mundo más apropiado para las gentes que no quieren ser molestadas.

En Nueva York, la mujer que era capaz de despertar turgencias entre los muslos de media Europa (la masculina) con sólo salir al escenario ricamente vestida, camina por la calle pobrísimamente vestida. Ella, que ha escrito un libro sobre los secretos de la belleza, no se arregla y lleva una extraña vida de beata, de iglesia en iglesia, con parada en los asilos de pobres. Un día, en medio de una populosa calle céntrica, Lola se siente terriblemente cansada (probablemente sufría de alguna dolencia coronaria) y se sienta en la acera. Así, vestida como una mendiga y más muerta que viva, la encuentra lady Buchanan, una vieja compañera de colegio de Escocia que se ha casado con un americano, y que la reconoce. Lady Buchanan será la última, modesta, mecenas de Lola Montes. Será quien la cuide y le procure lo imprescindible para vivir.

1860. Lola tiene sólo 42 años, pero está hecha la puñeta. En diciembre de dicho año, en plena calle, sufre un ictus y se queda paralizada. El día 17 de enero de 1861, Lola Montes muere en el hospital Asteria de Nueva York. Nadie acompaña el féretro el día que es enterrado en el cementerio de Greenwood. Allí, supongo, seguirá. Cuando menos hace unas décadas, que yo sepa, todavía había allí una tumba con una lápida en la que se leía:

Elisa Rosana Gilbert. 1818-1861.

¿Os percatáis del detalle? Lola Montes se llamaba Dolores Elisa Rosana Gilbert, y era condesa de Lansfeld, baronesa de Rosenthal y dama de la Orden de Santa Teresa. Por supuesto, su morir humilde disolvió sus títulos. Pero borró algo más. Borró su primer nombre de pila, que no era cualquier nombre, sino el nombre que la hizo famosa, el único nombre que tuvo durante muchos años.

Alguien, no sabemos si ella misma, quiso que en la puerta de la última morada de Lola Montes no apareciese la más mínima traza de que aquél había sido su nombre en vida. Como si antes de marcharse, hubiese querido deshacerse de un pesado fardo.

lunes, marzo 24, 2008

Lola Montes (2)

Hemos dejado, en el anterior capítulo, a nuestra bailarina española de pacotilla tras un sonoro fracaso parisino, que le ha granjeado las más acercadas críticas de una pluma por otra parte por lo general amargada y batallona, como era la de Teófilo Gautier. Gautier era crítico de uno de los principales periódicos de París, La Presse. Montes trama su venganza haciendo uso de sus armas de mujer. En las tertulias de los Hermanos Provenzales se hace la encontradiza con un joven periodista llamado Dujarier, que es el jefe de la sección literaria de La Presse; es, pues, el jefe de Gautier. Pronto se hacen amantes. Juntos se adjuntarán a una tertulia literaria entonces famosísima en París, llamada la Tertulia de los treinta y cinco porque era norma que ninguno de sus miembros superase dicha edad.

Aquella tertulia es un ejemplo más que se ha dado y se dará en la historia de la literatura y el periodismo. Era una tertulia antisistema, formada por amantes de las nuevas formas, enemigos de lo convencional (por eso era tan importante que todos fuesen jóvenes), lo cual está bien desde el punto de vista de la estética, pero es siempre una fuente potencial de conflictos en las relaciones personales. Formaba parte también de la tertulia de los treinta y cinco un personaje, Jean de Beauvallon, que se encargaba de la crítica teatral de El Globo, otro periódico parisino propiedad de Granier de Cassagnac. De Beauvallon era un tipo pendenciero y un poco plasta. Además, con cuatro copas en el cuerpo apenas era capaz de refrenar su lengua. Una noche pasa lo que tiene que pasar, y realiza un comentario sobre Lola Montes en términos tan soeces que Dujarier se levanta y le arrea una hostia. Como consecuencia de ese gesto, a su llegada al día siguiente a la redacción de La Presse, Dujarier se encuentra con dos visitantes, el vizconde de Ecquevillez y el conde de Fleurs. Le visitaban en su condición de padrinos del ofendido para pactar las condiciones en que se celebraría el duelo entre ambos.

Dujarier, probablemente, pertenecía a esa nueva sociedad moderna para la cual los duelos eran una rémora del pasado. Sin embargo, le pudo el orgullo. Lejos de permitir que se pudiera decir de él que era un cobarde, designó a sus amigos Arturo Bertrand y Jean de Boigne como padrinos y, por mucho que le rogaron tanto Lola como sus otros amigos, siguió adelante con el duelo. Fue un duelo entre dos personas y también entre dos periódicos, una vieja rivalidad solucionada de la peor forma posible.

El duelo se celebró a las once de la mañana de un 11 de marzo nevado, en el lugar más apropiado de París para estas cosas: el bosque de Bolonia. Dujarier no tenía ni media oportunidad frente a un hombre tan experimentado con la pistola como era su rival. Dujarier disparó primero, y falló. Luego le llegó el turno a De Beauvallon, que le metió a su rival una bala justo encima de la nariz. Aunque debemos consignar que el asunto terminó en los tribunales. Según se pudo probar en el juicio que acabó celebrándose, De Beauvallon había pasado un par de horas antes del duelo probando su pistola, algo que estaba radicalmente prohibido por las reglas de los duelos; motivo por el cual fue condenado por asesinato y enviado ocho años a prisión. Pero esa reparación ya no significaba nada para Lola Montes. Se había visto en el centro de un escándalo que había terminado por costarle la vida a su amante. Las murmuraciones eran muchas y, por eso, decidió abandonar París.

Aprovechando la respetable cifra de 25.000 francos que le había legado Dujarier, Lola se pierde en Alemania, en diversos lugares hasta llegar a Munich, la capital de Baviera. Allí intentó trabajar, pero se encontró con la oposición rotunda del director del teatro de la Corte, el cual le dijo, simplemente, que sus condiciones artísticas eran deficientes y que era bastante mal bailarina.

Así las cosas, Lola tenía dos opciones: o emigrar de nuevo, y ya le iban quedando pocos destinos; o buscar un favor que ni el director del teatro pudiese obviar. Es por eso que, pasados unos días y haciendo uso de sus artes, consigue colarse en la cámara del rey Luis de Baviera.

Dicen los relatos contemporáneos de aquel encuentro que no llevaba Lola Montes ni cinco minutos en presencia del monarca y éste ya estaba babeando. Tanto es así que el relato que nos ha llegado es pelín escabroso: entre alucinado y decididamente rijoso, Luisito le preguntó a Lola si todos los encantos que se adivinaban eran reales, a lo que la apelada respondió desciñéndose el vestido y quedándose frente a su majestad en pelota picada, para que ponderase libremente las artes que la naturaleza había esculpido en su piel.

Por supuesto, entre casquete y casquete, Luis I de Baviera comunicó al director del teatro de la Corte que Lola Montes estaba contratada, sí o sí. Lola Montes fue anunciada, en este caso, como bailarina madrileña (sic) y el rey, que no daba hilo sin puntada, especialmente cuando la cosa iba de ganarse el próximo polvo, hizo que en la primera representación y subsiguientes el público estuviese convenientemente salpimentado de miembros de las fuerzas de orden público que estaban ahí para aplaudir a rabiar las actuaciones de la bella danzante otrora andaluza y ahora presuntamente castiza.

La Montes manejó con gran destreza los múltiples babeos bávaros por sus huesos. Porque siendo el rey quien visitaba su tálamo a nadie se le ocurría hacerle sombra; pero babeaban igual. Así, Lola se granjeó la admiración (por llamarlo de alguna manera) del influentísimo médico real, el doctor Curtius; sí como el teniente Nüssbaum, ayudante de campo del rey, quien tanto la amaría que acabaría acompañándola incluso en los peores momentos. Por lo que se refiere a la esposa del rey, la princesa Teresa de Sajonia Hildburhausen, también dispensaba un trato cariñoso a Lola Montes, quizá por creer a su marido cuando decía y repetía que sólo eran buenos amigos (ja), quizá por alguna otra razón que desconocemos.

Las cosas, sin embargo, comenzaron a ir mal. En parte, como ya he insinuado, Lola Montes era una enferma. Enferma de megalomanía. Todo indica que, cuando tuvo poder, un poder real y efectivo, no supo ni administrarlo ni dosificarlo. El rey Luis hacía lo que Lola le decía; pero no sólo eso: asismismo, a Lola le gustaba que eso se notase. Esto generó problemas internos y externos. Externamente, fue sobre todo el poderoso canciller austrohúngaro Metternich quien le puso la proa. Internamente, fueron diversos grupos nucleados alrededor de los movimientos estudiantiles, que ya se estaban movilizando, en Baviera como en toda Europa, a favor de la revolución liberal.

En 1846, las presiones e intrigas de Lola Montes alcanzan un punto bastante importante: Abel, un consejero del rey muy reputado, es relevado de su cargo, en parte por los consejos en tal sentido de la falsa española, a la cual el señor consejero le cae de puta pena. En la tangana política que se monta, a la que no son ajenas las acusaciones de que el rey está siendo manejado por una extranjera, el monarca, hemos de suponer que ante la amenaza de perder muchas noches dulces caso de ceder, toma una decisión curiosa. Si bien lo lógico hubiera sido que hubiese rebajado la influencia de la mujer extranjera, lo que decide es… que deje de ser extranjera.

Luis de Baviera presenta a su gobierno el proyecto de nacionalización de Lola Montes. El Ejecutivo en pleno pone pies en pared y le contesta a su rey que ni de coña. Contestan con un documento semipúblico (destinado originalmente sólo a los ojos del rey, acaba, por extrañas casualidades, publicado en los periódicos) en el que dicen cosas tan categóricas como ésta: «Los sentimientos nacionales han sido profundamente heridos. Baviera no quiere ser gobernada por una mujer cuya propia vida particular está condenada por toda la opinión». O ésta: «No son solamente la gloria y el bienestar del Gobierno de Su Majestad lo que está en juego, sino la verdadera existencia de la Corona».

Dicho de otra forma: acusan al rey de calzonazos, de estar al mandado de una tipa que, además de tipa (quedaban aún 150 años para la paridad), era, a su modo de ver, un pendón desorejado.

El rey cesó a los ministros rebeldes (Von Seinsheim, Von Gruppenberg y Von Schvenk) y formó un gobierno más proclive a Lola. Dicho ejecutivo aprobó no sólo su nacionalización, sino la concesión en su persona de los títulos de condesa de Landsfeld y baronesa de Rosenthal; con grandeza de Baviera, supongo. Cabe destacar que, en el momento de la nacionalización, Lola Montes dice ser María Dolores Porris y Montes, hija de un militar carlista español y una mujer cubana. Según todos los indicios, pues, hizo una especie de tutti-frutti con los lugares comunes que tenía en la cabeza sobre España y los españoles. El rey la dotó con una pensión que le permitía no tener que morirse para ir al cielo. Poco tiempo después, la Montes comenzaba la construcción de su suntuoso palacio de la Barerstrasse de Munich.

Fue, sin embargo, tan sólo una victoria provisional. Los enemigos de Lola contaban con la siempre proverbial capacidad de los estudiantes de montar follón. Cuando un catedrático de la universidad bávara, Lassolx, fue cesado, surgió el rumor de que había sido por imposición de Lola, lo cual provocó una macromanifestación estudiantil por el centro de Munich que acabó delante de la casa de la falsa española, donde los estudiantes lo más suave que le dijeron fue puta. A Lola no se le ocurrió otra cosa que salir al balcón y brindar con champán por los «simpáticos estudiantes de Munich». Aquello no hizo sino empeorar las cosas. Por lo demás, la reacción del rey Luis, muy democrática, fue disolver la manifestación a hostia limpia y cesar a todos los catedráticos que consideró implicados en el affaire.

Resbalando en su propio babeo, el rey Luis ya no se recata de nada, y llega a consultarle a Lola graves asuntos de Estado delante de sus ministros. Ella es propietaria de su palacio, tiene la nacionalidad y el rey come en su mano. Todo parece ir bien. Pero un día el jefe del partido revolucionario, el que apoyan los estudiantes anti-Lola, Görres, fallece. En un primer momento, la policía cree poder reprimir los actos en su honor, pero no hace sino prender la mecha que, como sabréis bien todos los que hayáis estudiado la Historia del siglo XIX en Europa, estaba pronta a estallar al final de la quinta década de dicha centuria. Movilizados por la represión policial, los estudiantes montan movidas de creciente contenido revolucionario. Como en el mayo francés de 1968, esas movidas llaman a otras movidas que asimismo provocan otras movidas y así, como sin quererlo, en unos pocos días lo que eran manifestaciones de estudiantes ahora lo son de estudiantes, obreros y pequeñoburgueses: toda la sociedad que, de alguna manera, está siendo discriminada por don Luis, que tenía de demócrata lo que yo de neurocirujano sudmoluqueño. Uno de los puntos más calientes son las puertas del palacio de Lola Montes. Y allí Lola, llevada probablemente por su megalomanía que le haría reputar como imposible ser odiada por la turba, sale a la calle a enfrentarse con los manifestantes y, al comprobar su cerrazón, anuncia:

‑Bien, bien, caballeros. Mañana cerraremos la Universidad.

Fue un gesto soberbio y estúpido. Lola Montes, por lo que he leído, nunca se dio cuenta de que no era nadie. Vale, mataba a polvos al rey. Pero eso no la convertía en miembro del Gobierno ni cosa parecida. Su anuncio fue una chulería y la confirmación para todos sus opositores de que las cosas que sobre ella se contaban eran plenamente ciertas. Si salió viva de allí fue gracias a una pequeña guardia pretoriana de estudiantes monárquicos que la protegía, aunque tuvo que salir de najas.

Al día siguiente, ¿lo adivináis? Pues sí: el rey clausuró indefinidamente la universidad de Munich. Y aunque luego intentó arreglarlo (un decreto de 10 de febrero de 1848 establecía que el cierre se produciría sólo en verano), ya dio igual. Los periódicos bajaban en barrena contra la Montes, recordando todos los carísimos regalos que había hecho el rey. El 11 de febrero de aquel año, estalló la revolución en Munich, y una impresionante multitud de estudiantes, obreros y burgueses se presentó frente al palacio real, exigiendo la reapertura de la universidad, la readmisión de los catedráticos; y que se mandase a Lola Montes a tomar por culo.

¿Qué vale más, un polvo o una corona? Luisito El Coherente debió pensar que lo segundo pues, ni corto ni perezoso, dio orden a su ministro del Interior de que firmase la orden de expulsión de María Dolores Porris. La mujer que lo ha sido todo en Baviera, que ha poseído palacios y joyas, ya sólo tiene la compañía de tres estudiantes, Peisner, Hertheim y Laibinger, y la del siempre fiel teniente Nüssbaum. Sale de Baviera, aunque vuelve unas semanas después, disfrazada de hombre. Desde su escondite le escribe una carta al rey y éste le contesta mandándole dos policías que la expulsan de nuevo.

Nos queda el consuelo de que al rey Luigi Vendeculos nada le sirvió para salvar sus propias posaderas. Con Lola Montes fuera de juego, el 2 de marzo los revolucionarios le montan otra promenade al señor rey el cual, con fecha 21 del dicho mes, abdica a favor de su hijo Maximiliano.



Los reyes, siempre tan amigos de sus amigos.