viernes, febrero 23, 2007

Notas sobre España y la cuestión religiosa

No hay ni un solo elemento de la vida económica y social de España que defina con mayor claridad el punto de división entre ideologías que la cuestión religiosa. Cuidaros de entender que he escrito la cuestión religiosa y no la religión, pues son cosas diferentes. Los españoles siempre hemos sido partidarios de considerar que los terrenos de las ideas privadas son eso, privados; así pues, no estamos hablando de discusiones sobre la existencia o no de la divinidad, que de ésas también ha habido y habrá, sino de la interminable, y compleja, relación entre la sociedad española y la iglesia católica, apostólica y romana.

El siglo XIX de nuestra Historia se consume en el enfrentamiento básico entre el conservadurismo de los partidarios del llamado Antiguo Régimen y las diferentes formas que adoptan las ideologías liberales, desde el liberalismo más conservador y dinástico hasta el republicanismo protomarxista. Si una cosa identificará a los liberales serán sus ideas sobre la cuestión religiosa. Ya hace ahora 150 años se teorizaba sobre la necesidad de implantar una enseñanza laica y separar claramente el poder espiritual del material. La iglesia católica recibió un duro golpe laicista con la desamortización decretada por Juan Álvarez Mendizábal, en la cual, en todo caso, no se desprendió sino de posesiones de las que obtenía rendimientos más bien reducidos; razón por la cual se consideraba que aquellos latifundios eran manos muertas. Sin embargo, el camino del laicismo estuvo muy lejos de ser recto y continuado. De hecho, dio un notable paso atrás con el llamado Abrazo de Vergara, que no fue sino un pacto por el que se cerró la guerra carlista (o, más bien, una guerra carlista). El convenio de Vergara era lo que le convenía a España, que se estaba desangrando en una guerra entre tradicionalistas y liberales; pero supuso cierto nivel de aceptación para aquéllos, lo cual frenó notablemente las reformas.

Tras la revolución de 1868, La Gloriosa, la reina Isabel II fue puesta en la frontera y el liberalismo triunfante alcanzó, más allá del gobierno de la nación, los resortes del Estado. El punto que en el calendario estaba señalado para el progreso, sin embargo, tampoco lo fue tal, dado que el régimen que detrás vino (aquella monarquía subastada que le cayó a Amadeo de Saboya, AKA non capisco niente; y para qué hablar de la caótica república pimargalliana que la siguió) otorgó todo el margen para la reacción conservadora, liderada por Antonio Cánovas del Castillo, quien armó una Restauración borbónica sobre la base de lo que él llamaba la Constitución Esencial de España, de la que formaban parte algunos elementos, entre ellos, por supuesto, el catolicismo.

Para que nos demos cuenta del cambio: el artículo 21 de la Constitución liberal monárquica nacida de La Gloriosa (1869) declaraba que la Nación debería mantener a los ministros de la religión católica, pero garantizaba el derecho de los creyentes en otros credos al «ejercicio público y privado» de su culto. Más aún: la Constitución de la I República (1873), trataba, a todas luces, de cerrar el capítulo de la cuestión religiosa con tres vueltas de llave. Una: «El ejercicio de todos los cultos es libre en España» (art. 34). Dos: «Queda separada la Iglesia del Estado»(art. 35). Y tres: «Queda prohibido a la Nación o al Estado Federal, o a los Estados regionales o a los Municipios, subvencionar ni directa ni indirectamente ningún culto» (art. 36).

Tan sólo cuatro años después, en 1876, Cánovas escribía, en el artículo 11 de la Constitución restauradora: «La religión Católica, Apostólica, Romana, es la del Estado. La nación se obliga a mantener el culto y sus ministros (…) No se permitirán otras ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado».

La puerta de la cuestión religiosa, abierta. Again.

Como vemos, tan sólo el republicanismo radical propugnaba entonces la separación entre iglesia católica y Estado español. Si bien fue una idea que fue prendiendo y, de hecho, se convirtió en el primer elemento de diferenciación dentro del Partido Liberal. Diseñado por Sagasta para ser una fuerza monolítica que se turnase con el Partido Conservador canovista, en sus filas comenzaron a surgir políticos, como Segismundo Moret y, sobre todo, José Canalejas, de marcadísimo marchamo anticlerical. Ya hemos comentado en otro post la que montó Canalejas siendo presidente del Gobierno con su Ley de Asociaciones, que no hacía otra cosa que cerrar la puerta a la implantación de más órdenes religiosas en España, pero sin cuestionar las que ya había.

Canalejas y los anticlericales surfeaban sobre una ola quizá no tan grande y alta como la clerical, pero sí, desde luego, de importancia. Cuando Benito Pérez Galdós dio a la imprenta una de sus novelas más anticlericales, Electra, se encontró con que en los dos primeros días de lanzamiento se vendieron 10.000 ejemplares; hay que tener en cuenta que eso es algo que hoy, en una España mucho más poblada, letrada y rica, consiguen poquísimos autores. En los primeros años del siglo XX, la iglesia vio cómo la oposición le llegaba por su flanco más querido: la educación. Una de las tendencias del anticlericalismo fue fundar y mantener escuelas laicas, modernas se llamaban entonces, donde se ofrecía a los niños una educación liberal. Francisco Ferrer, el activista fusilado como consecuencia de los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, era impulsor de una de estas escuelas.

Desde el abrazo de Vergara hasta la Ley de Asociaciones de Canalejas pasa más de medio siglo y en él, con el único paréntesis de la I República, bastante breve, la iglesia católica se las arregló para conservar básicamente sus privilegios; lo cual, paradójicamente, no hizo sino empeorar las cosas. La conservación de privilegios, unida a la, en ocasiones, descarada intromisión en los asuntos temporales a través de esa herramienta de influencia llamada confesionario, enervó los ánimos en exceso. Así las cosas, cuando en los albores del siglo XX algunas capas de españoles, sobre todo de clases bajas, comienzan a escuchar los cantos de sirena de ideologías diversas que aceptan la violencia como herramienta, el anticlericalismo devendrá en agresión a todo lo clerical. En 1906, el político republicano Alejandro Lerroux, líder que fue de un partido llamado no por casualidad Radical, publicó la siguiente arenga (las cursivas son mías): «Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para civilizar la especie». Que la iglesia dominaba en exceso y tenía demasiados privilegios, no me parece negable. Lo que sí me cuestiono es que pueda existir una sola situación social que justifique a alguien para que llame a la violación.

Bakuninianos, estirneristas, marxistas de variado pelaje y también republicanos burgueses rabiosamente anticlericales comenzaron a arder en las brasas de la impotencia y a hacerse empanadas neuronales con la idea de la expulsión del catolicismo. Lógicamente, ni uno solo de estos hombres dejó de apoyar, en abril de 1931, el advenimiento de la República. Y, una vez llegada ésta, reclamaron su botín.

El 10 de mayo de 1931, es decir la República no tenía ni un mes de vida, se produjo un gravísimo incidente entre monárquicos y republicanos. Éstos asaltaron el Círculo Monárquico, situado en el centro de la ciudad, y quemaron los coches del marqués de Luca de Tena, del duque de Fernán Núñez y del duque de Santo Mauro. Ese mismo día, asaltaron la sede del diario ABC, propiedad de Luca de Tena y de significada posición monárquica, y quemaron el quiosco de la Puerta del Sol porque era propiedad de El Debate, es decir el periódico órgano de expresión de la Asociación Católica de Propagandistas.

Esto no era más que el aperitivo. El 11 de mayo se produjo la primera quema de iglesias y conventos, principal, aunque no exclusivamente, en Madrid. En ese momento Miguel Maura, católico, conservador, republicano y ministro del Interior (Gobernación se llamaba), instó al Consejo de Ministros para que le autorizase a sacar a la fuerza pública a la calle a impedir los desmanes.

El relato que hizo el propio Maura en el Parlamento (Diario de Sesiones del 11 de enero de 1932) es, sucintamente, éste: desde el día anterior, el ministro del Interior tenía la certeza de que el 11 iba a haber follón en Madrid, motivo por el cual forzó una reunión del Consejo de Ministros a las diez de la mañana. Tras dos horas de dimes y diretes en plan que esto va en serio y que no, que no, a mediodía llega la primera noticia de atentado: el convento jesuita de la calle de la Flor está ardiendo. Maura pide permiso para sacar a la Guardia Civil a repartir leches. Y, en ese momento, un ministro (eso es lo que dice Maura en el Parlamento; pero hoy sabemos que ese ministro fue Azaña) pronuncia la famosa frase: «todos los conventos de España no valen la vida de un republicano; si sale la Guardia Civil, yo dimito». Declaración miope donde las haya porque un Estado ha de serlo de Derecho, y en un Estado de Derecho el personal no va por ahí quemando los edificios que le peta, sean dichos edificios propiedad de la iglesia, del Real Madrid o de Otorrinolaringólogos Sin Fronteras.

No es hasta las doce de la noche de aquel día, siempre según Maura (pero cierto es que quienes podrían desmentirle le estaban escuchando, y no lo hicieron), cuando el Gobierno se da cuenta de que la cosa lleva camino de ser un auténtico merdé y de que hay que sacar a la fuerza pública a la calle.

El 14 de mayo, el presidente del Gobierno (aún no de la República) Niceto Alcalá-Zamora, también católico y de derechas como Maura, haría unas bochornosas declaraciones a la prensa extranjera, en las que justificaba que las iglesias y conventos hubiesen ardido sin participación de la fuerza pública porque en Madrid había más de 200 edificios religiosos y, dijo, carecía de ejército suficiente para protegerlos.

Claro que, para llegar a esto, la iglesia también había puesto su granito de arena. Era en 1931 cardenal primado de España el cardenal Pedro Segura y Sáez. ¿Cómo recibió su eminencia a la República, que había llegado, debemos recordarlo, mediante un movimiento ciudadano absolutamente pacífico? Pues mediante una famosísima pastoral que lleva fecha de 1 de mayo (antes de los disturbios, pues) y que no tiene desperdicio.

Vamos con algunas citas, con cursivas mías:

«Algunas disposiciones recientes, en daño de los derechos de la Iglesia, y otras más graves que ya se anuncian y que, por ser de todos conocidas, no enumeramos, dan a los momentos actuales una gravedad extraordinaria e imponen a la conciencia de todos los católicos españoles gravísimas responsabilidades, que no podrán eludir, ni ante la historia de la Iglesia ni, lo que más importa, ante el Tribunal de Dios».

«El Sumo Pontífice Pío X reprobó la doctrina que afirma que es un abuso de la autoridad eclesiástica el que la Iglesia prescriba al ciudadano lo que debe hacer».

«No se preocupa la Iglesia de intereses puramente temporales, y no quiere invadir ajenas jurisdicciones ni privar a sus hijos de la legítima libertad en aquellas cosas que Dios dejó a las disputas de los hombres; pero tampoco puede consentir que se desconozcan o se mermen sus derechos, ni los derechos religiosos de sus hijos. Cuando esto suceda, cumplirá un deber, al que no puede sustraerse sin faltar a su misión divina, advirtiendo a los católicos el peligro, excitándolos a conjurarlo y dándoles normas para el mejor logro de sus fines superiores. A los católicos toca el acatar y cumplir los mandatos y normas de la iglesia que, con la asistencia del Espíritu Santo, que la gobierna, y con la experiencia de veinte siglos, sabe hallar siempre, en medio de las mayores oscuridades, el camino de la verdad y del acierto.»

«En las circunstancias actuales todos los católicos, sin distinción de partidos políticos, deben unirse en apretada falange».

«Es urgente que en las actuales circunstancias los católicos, prescindiendo de sus tendencias políticas, en las cuales pueden permanecer libremente, se unan de manera seria y eficaz para conseguir que sean elegidos para las Cortes Constituyentes candidatos que ofrezcan plenas garantías de que defenderán los derechos de la Iglesia y del orden social».

Esta pastoral fue una declaración de guerra. O, más en concreto, una salida de pata de banco de una jerarquía eclesiástica que no parecía haberse enterado de nada; que no hizo, además, nada por calmar las cosas, sino todo lo contrario. Tan sólo en los párrafos citados el cardenal Segura, cráneo previlegiado por decirlo de forma valleinclanesca: 1) Advertía a los católicos de que, de no obecederle, se condenaban; b) sustentaba la idea de que tenía todo el derecho a meterse en lo que sus feligreses votaban o dejaban de votar; c) afirmaba la superioridad intelectual de la jerarquía eclesiástica sobre las personas, aseverándole a los católicos que él sí que sabía lo que había que hacer y no ellos; d) reclamaba una unión católica suprapartidista; e) como colofón, adornaba su pastoral con una más que descarada llamada al voto para las derechas.

La reacción del Gobierno fue solicitar del Papa la remoción del cardenal primado, que no se produjo, aunque Segura salió de España. Eso sí, volvió clandestinamente algunos días después y, al ser descubierto en Guadalajara, fue de nuevo expulsado.

Luego llegaría la ilegalización de los jesuitas y el anticlericalismo visceral de la quema de conventos y de cosas como la posición de la diputada socialista Margarita Nelken, citada por Raymond Carr en su fundamental España 1808-1975 (editada por Ariel), según la cual era mejor no regular el trabajo doméstico porque, de hacerse, se le reconocerían derechos a las costureras de los conventos. Y, por la otra parte, la deriva de la iglesia hacia lo que denominamos nacionalcatolicismo, es decir una amplia identificación, sin ambages, de la jerarquía católica con la derecha más radical.

Cinco años después del nacimiento de la República, llegaría la guerra civil: el péndulo daba otro bandazo.

Y para mí que sigue moviéndose.

miércoles, febrero 21, 2007

Razones sociales endecasílabas

Hace ahora prácticamente cien años, en 1908, nuestros responsables públicos cayeron en la cuenta de que España, poquito a poquito, se convertía en un país moderno. Tras las reformas de Fernández Villaverde, de las que algún dia hablaremos, España comenzaba, lentamente, a modernizarse en la línea deseada, entre otros, por la interminable pléyade de intelectuales krausistas que pululaban por universidades y cafetines. Una de las consecuencias de esta modernización fue la vida económica y mercantil, que comenzó, ya en el siglo XIX, a ser adecuadamente regulada.

En 1908, le tocó a los seguros. Hasta entonces, el seguro había sido, en España como en Europa, una disciplina cada vez más tecnificada, aunque con su punto amateur. En el siglo XIX y en España, asegurador era cualquiera, y las autoridades se fueron dando cuenta de que cuando una compañía de seguros se la pega, el morrazo es de alivio, porque las personas confían a las compañías cosas de gran valor, tales como su propia vida, o su casa.

Se podría decir que, ahora hace cien años, los seguros se desarrollaban en tres grandes vías. La primera, su entorno tradicional, eran los transportes, sobre todo los marítimos. Por asegurar los barcos cargados de mercancías es por lo que nació el Lloyd's de Londres, un curioso sindicato de reaseguro en cuya sala central, si no me equivoco, los británicos, tan amigos de las tradiciones, todavía conservan la campana que tañían cada vez que recibían la noticia del hundimiento de un barco. O sea, oír la campana y ponerse a pagar, era todo uno.

La segunda vía eran los incendios. La mayor parte de las casas antiguas de nuestras ciudades suelen llevar sobre su dintel la inscripción Asegurada de Incendios. Hace cien o más años, no era mala cosa tener la casa asegurada, porque las ciudades ardían que era un gusto.

La tercera vía es la previsión, o sea la vejez y la enfermedad. Hace ya muchos siglos que el hombre se preocupa por el hecho de que, al llegar la senectud, ya no puede valerse por sí mismo y, por lo tanto, ha de tener peculios para sobrevivir. Quizá ésta es la porción del seguro que se desarrolló más tarde pues, en España y a finales del siglo XIX, todavía seguían existiendo operaciones de poco rigor técnico y financiero, tales como las operaciones tontinas y chatelusianas; que son, además, métodos de ahorro colectivo que, en algunas de sus posibles presentaciones, incluso estimulan el asesinato. ¿Por qué? Pues porque en una operación tontina un grupo de inversores pone un capital y percibe los dividendos, pero cada vez que uno de los inversores muere, su pasta se reparte entre los que quedan. ¿Lo vais pillando? Si quedas el último, te llevas el bote.

Una operación tontina entre supuestos amigos que, en realidad, lo que buscan es matarse los unos a los otros es lo que describieron Robert Louis Stevenson y Lloyd Osbourne en un libro divertidísimo, The wrong box, que podéis encontrar en la red, incluso gratis (pero en inglés). La novela inspiró una comedia británica que también os recomiendo: The wrong box (Brian Forbes, 1966), con dos jovencísimos Michael Caine y Dudley Moore (entre otros). Creo que en España se exhibió con el título La Tontina, pero no estoy seguro.

En fin. En 1908, las autoridades españolas decidieron que había que poner un poco de orden en el patio y dictaron una norma por la que se creaba el registro de entidades aseguradoras. La lista de las que presentaron solicitud para formar parte de dicho registro fue publicada por la Gazeta el 4 de diciembre de 1908.

Su lectura nos demuestra lo mucho que han cambiado los tiempos.

Aunque no tanto. Barcelona es hoy uno de los dos grandes polos económicos de España, y hace cien años la inmensa mayoría de los cientos de sociedades que se inscribieron estaba allí; al desarrollo de la ciudad se unía su devoción católica (pronto veremos por qué) y el hecho de que estaba cerca de la frontera, lo cual era más cómodo para las sociedades extranjeras que se establecían en nuestro país. Otra cosa que queda clara es que ya hace cien años, la penetración del capital extranjero en el seguro era importante; y son ejemplo de ello compañías como La Manheim, de Manheim; la Nord Deutsche, de Hamburgo; El Alto Rihn, también de Manheim; o la compañía de seguros Nacional Basilea, de Suiza, entresacadas de varias decenas de nombres que podría citar. Alguna hay muy conocida y existente hoy en día, como Assicurationy Generaly [sic] o la Zurich.

Otra característica de las aseguradoras es su longevidad. Entre la lista de hace cien años hay algunas que aún existen, tales como la Unión Alcoyana (de Alcoy), el Banco Vitalicio (de Barcelona), la Mutua General de Seguros (de Barcelona), La Mutua Universal (de Valencia), la Agrupación Mutua del Comercio y la Industria o la extinta no hace mucho La Unión y el Fénix Español. También figura la Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorro, de Barcelona, que como sabéis llegó muy lejos.

Lo que sí ha cambiado es la radical identificación de buena parte de las compañías con el entorno religioso. Esto tiene lógica: seguro es previsión y ayuda y la ayuda al menesteroso es terreno habitual de la iglesia católica. Yo diría que en torno a la mitad o más de las compañías de la lista declaran, en su nombre, una vinculación religiosa; y la inmensa mayoría de ellas, además, está en Barcelona.

De la ciudad condal, en efecto, eran entidades como: Montepío de Jesús Crucificado de Sans; San Marcial Mártir; Hermandad de San Antonio de Padua (bueno, ésta es de Vilanova i la Geltrú, donde también estaba la Hermandad de la Vera Cruz y el Montepío de Señoras Nuestra Señora de la Providencia); El Mártir del Gólgota; La Sagrada Familia (cómo no); Los Doce Apóstoles; San Roque; San Juan Bautista; Amigos de San Macario Abad [sic]; Jesús Sacramentado; Nuestra Señora de la Misericordia, Santa Inés y Santa Irene; Santo Cristo de Nuestra Señora de los Dolores; San Isidro Labrador (¡en Barcelona!); El Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen; Unión y Defensa de los Montepíos de Barcelona (Glorioso San Vicente); San Mus ('¡toma ya! ¡órdago!); Montepío de Señores de la Cofradía de la Minerva de la parroquia de San Francisco de Paula; La Aflicción de María; Virgen de los Dolores al pie de la Cruz; Paso del Pilar o Azotamiento del Señor; el Montepío de Portantes del Santo Cristo de la Agonía; y una aseguradora llamada Paso de Jesús con sus Discípulos en el Acto de la Cena.

¿Echais en falta una? Pues no, que no podía faltar. En 1908, por supuesto que los catalanes podíais comprar una póliza en la aseguradora Nuestra Señora de Montserrat, Patrona de Cataluña.

Otras dos de Barcelona, por cierto, son La Defensa del Pueblo Español y La Verdadera Unión Española. Toda una declaración de principios...

El segundo gran vivero de compañías de seguros es el mutualismo corporativo; o, lo que es lo mismo, la unión de los oficios para la previsión. Encontramos en la lista ejemplos como la Mutua Marina de Descargadores del Puerto de Barcelona; la Asociación Benéfica de Auxilios Mutuos de Empleados Municipales de Madrid; los Seguros Mutuos de Labradores, también de Madrid; la Mutua Asturiana de Accidentes de Trabajo; los Seguros Mutuos de Santander de Accidentes de Trabajo; la Sociedad de Socorros Mutuos de Viajantes y Representantes de Comercio del Norte de España; la Protección de la Agricultura Española, de Guadalajara; La Alianza de los Vigilantes de Barcelona; el Montepío de Hortelanos de Barcelona; la compañía Fraternal Obrero, también de Barcelona; Asociación de Maestros Públicos de Barcelona; y Unión Obrera de Socorros Mutuos, de Barcelona. Y una que veo que no acabo de entender el origen del nombre: El Nuevo Gasómetro, de Barcelona.

Tampoco hay que desechar la pulsión clara que, al ponerle nombre a sus aseguradoras, tuvieron muchos españoles en aquella época para declarar que aquel paso era un paso de modernidad. Es, sin duda, la idea que tenían en la cabeza quienes impulsaron la creación de la aseguradora Los Progresistas Españoles (Barcelona); la Fraternal Barbastense (de Barbastro, claro); El Fomento del Ahorro; El Progreso Fabril Humanitario (que no me digáis que no es un pedazo de razón social); La Constancia (Barcelona); La Equidad; La Confianza Ibérica; Los Previsores del Porvenir (Madrid); La Humanitaria de Barcelona; El Protector del Enfermo, también de Barcelona; La Amistad o El Protector Fabril, en Barcelona; o El Progreso Humanitario, también en la ciudad condal. Incluso había una entidad, por supuesto en Barcelona, con un nombre tan poco dado a interpretaciones extrañas como éste: Paz y Justicia.

De todas estas, calculo a ojo que entre 400 y 500 compañías, queda bien poca cosa. Aunque habrá quien pueda pensar que, en realidad, todo lo que han cambiado son los nombres. Cuatro generaciones después, la vida sigue, como cantaba Julio Iglesias, básicamente igual. Aunque, desgraciadamente, en este mundo nuestro en el que palabras como Nike o Microsoft resultan ser buenas marcas, hemos perdido la poesía. Hoy no habrá ni un solo consultor de imagen que nos aconseje llamarle a nuestra empresa La Humanidad, bajo la Advocación de Santa Casilda; o Los Compañeros del Socorro; o ésta que trae lo suyo: La Vasco Belga. Vivimos en un mundo más eficiente; y también más aburrido.

domingo, febrero 18, 2007

La Primi

Una de las consecuencias que tiene esto de leer libros de Historia o históricos es que te conviertes en proveedor de preguntas más o menos idiotas. A mi sobrino le encantan, porque las utiliza para putear a su profesor de Sociales. Supongo que debería sentirme mal; al fin y al cabo, soy adulto y la natural regla de solidaridad generacional debería llevarme a hacer piña con el profesor. La carne, sin embargo, es débil; y el intelecto, en lo que a mí respecta, prácticamente no existe.

Así pues, mi sobrino y sus compañeros utilizan mis preguntas idiotas para dejar en evidencia a su profesor. Le preguntan, por ejemplo: ¿contra quién libró Granada la última guerra de su Historia? La mayor parte de profesores responde, como un loro, que contra los reyes católicos. ¡Ñeeeeeeeec! Bocina de error. Granada no sólo se declaró independiente durante la enloquecida I República española, a finales del siglo XIX, sino que se declaró en guerra contra Jaén. Así pues, la respuesta correcta (de momento) no es los reyes católicos, sino Jaén.

Hoy el comentario va a otra pregunta estúpida. Tal que ésta: ¿por qué la lotería primitiva se llama primitiva? ¿Qué razón existe para considerarla como tal? ¿Acaso quienes la juegan son considerados neardentales?

Pues bien: la lotería primitiva se llama así porque fue la primera. Hay quien piensa que por eso, porque fue la primera forma de lotería usada en España, fue por lo que los funcionarios del Ministerio de Hacienda de los años ochenta del siglo XX, siendo ministro Carlos Solchaga, decidieron llamarla así. Pero eso es inexacto, porque ya en el siglo XIX, durante los años en que convivieron la lotería primitiva y esa otra que conocemos todos, la de los niños de San Ildefonso, ya se llamaban, una primitiva, y la otra moderna. Lo de Lotería Nacional es posterior, como lo es la historia del sorteo de Navidad, que tiene apenas 115 años.

Entre la lotería primitiva de hoy y la antigua hay sus diferencias. En primer lugar, la hoy distante en el tiempo se jugaba con noventa números; no soy gran jugador, pero me parece que son bastante más que los que se juegan hoy. Asimismo, el sorteo que más se jugaba exigía acertar menos números aunque, eso sí, había que dar con el orden en que salían del bombo, cosa que creo que hoy no es necesario. Se jugaban, sobre todo, combinaciones de dos números, lo que se llamaba un ambo; o de tres, que se llamaban ternos. Sin embargo, podía haber combinaciones de más números, extremadamente complicadas por lo tanto; el de cinco se llamaba quina.

No soy matemático, pero las meninges me llegan para pensar en esto: era un juego de noventa números en que había que acertar combinaciones de dos o de tres sin repetición y por su orden. A ello hay que añadir que, en un país de menos de 20 millones de almas, los jugadores por fuerza tendrían que ser muchísimos menos que los que juegan hoy (hay que tener en cuenta, además, que la primitiva se jugaba menos que la moderna). Conclusión: debía de ser bastante difícil pillar un premio. Por eso, la ilusión de todo jugador era acertar lo que llamaban un terno seco: una combinación de tres números que les diese acceso a la consabida fortuna.

Existían las administraciones de lotería, y en ellas las gentes compraban los números deseados. Debían de esperar hasta el día siguiente, cuando en el mismo lugar se les entregaba un billete impreso en papel de seda. Otra cosa distinta de lo que vemos hoy es que el sorteo no tenía precio; cada uno pagaba su voluntad y los premios se establecían en proporción de la recaudación. Esta característica de billetes sin precio es la que hacía que la lotería antigua fuese la auténtica lotería de los humildes.

De lo que no se libró nunca la lotería antigua fue de rumores sobre favoritismo o fraude descarado. Que llegaron a lo más alto. A mediados de siglo, todo Madrid se hizo lenguas con un golpe de suerte que había alcanzado a la mismísima reina Isabel II la cual, según las murmuraciones, se había interesado por un terno seco que, casualmente, había sido el mismo que había salido en el sorteo siguiente. Al parecer, la reina hizo una sustanciosa donación económica a una casa de beneficencia, no se sabe si para tapar el escándalo, pero lo que consiguió con ello fue echar gasolina al fuego. El político progresista Eduardo Asquerino le dedicó a este asunto un folleto, que corrió profusamente por los cafetines de Madrid.

Cuando se decidió acabar con la lotería antigua, circularon dos versiones distintas para justificar dicho final. Según una de ellas, un individuo acertó un terno seco, con lo que el Estado debía pagarle un millón de pesetas más o menos, motivo por el cual el ministerio de Hacienda decidió suprimir el concurso. La segunda versión parece mucho más creíble, sobre todo porque donde la he leído yo se cita como fuente informativa a los propios funcionarios del ministerio, a saber: Celestino Rico, director de Rentas y Contribuciones; Antonio María Fabié, subsecretario; y, por fin, Pedro Salaverría Charitu, que era el ministro en aquel entonces (durante uno de los gobiernos de O’Donell, 1858-1863). Esta versión indica que, en 1862, los funcionarios del ministerio tuvieron noticia de una conspiración dirigida a manipular el resultado de la lotería y estafar al Estado unos cinco o seis millones de pesetas. Ante lo cual Salaverría, además de deshacer el entuerto, debió de hartarse de aquel sorteo, en el que por lo que se ve los engaños estaban al cabo de la calle y eran frecuentes, y suspendió sine die la extracción de números de la lotería.

Esta segunda teoría la creo yo abonada por el breve texto c0on que el propio Salaverría anuncia en La Gazeta, en su número de 10 de febrero de 1862, la suspensión de sorteos de la primitiva. En dicho escrito, el ministro reconoce haber recibido un escrito del Director General de Loterías que ha sometido al criterio de la reina; escrito en el que se analiza el «incremento que recientemente ha tomado el juego de la lotería primitiva»; frase ésta que parece designar algún tipo de operación especulativa.

Considerando el límite al que han llegado la cosas, asevera el ministro (las cursivas son mías), «no es posible consentir que en combimaciones de poca probabilidad para los jugadores comprometan éstos la fortuna de sus familias, ni tampoco que se expongan los intereses del Tesoro hasta el grado que suponen puestas [hoy decimos apuestas] tan importantes como las hechas en las últimas extracciones y en la que ha de celebrarse próximamente». Por proximamente hay que entender el día siguiente; sorteo que ya no se celebró, siendo reembolsasos los apostantes.

Hay algo de cinismo en este texto. En primer lugar, si una administración de loterías se preocupa de que la gente no se juegue los cuartos en combinaciones de poca probabilidad, la lotería no existiría; y tiene narices que, poco menos de cien años después de haber comenzado con la lotería estatal, un ministro fuese y se diese cuenta de que algo así comprometía los peculios de muchas familias. No. Eso suena a disculpa. La razón de fondo está en el resto de la frase, esa parte en la que el ministro confiesa, básicamente, que está acojonado porque las apuestas son cada vez más fuertes (es más: viene a decir que ese incremento se ha producido hace poco tiempo) y, consecuentemente, lo es también el abono por parte del Tesoro del premio correspondiente, muy elevado caso de que alguien acertase alguna combinación muy poco probable. ¿Muy poco probable? ¿Y si el sorteo estaba amañado?

La primitiva permaneció muda más de cien años hasta que los avances técnicos (que hoy hacen, digo yo, imposible el fraude) hicieron posible recuperarla.

Entre pitos y flautas, fraudes y demás historias, lo cierto es que llevamos la friolera de diez generaciones jugando a la lotería. El padre del tatarabuelo del tatarabuelo de un español que, aún en minoría de edad, haya comprado estas navidades su primer decimito o haya rellenado cualquier semana el boletín de la bono-loto, ya jugaba. Suponiéndole a la lotería, que no es mucho suponer, la capacidad de cambiar radicalmente, para bien, la situación económica de 100 españoles cada año, serían unas 25.000 las familias agraciadas. De una forma primitiva que, sucintamente, y por mucho software que pongamos por medio, sigue siendo la misma entonces que ahora.