viernes, octubre 13, 2023

Stalin-Beria. 1: Consolidando el poder (29): El retorno de la servidumbre

La URSS, y su puta madreCasi todo está en Lenin
Buscando a Lenin desesperedamente
Lenin gana, pierde el mundo
Beria
El héroe de Tsaritsin
El joven chekista
El amigo de Zinoviev y de Kamenev
Secretario general
La Carta al Congreso
El líder no se aclara
El rey ha muerto
El cerebro de Lenin
Stalin 1 – Trotsky 0
Una casa en las montañas y un accidente sospechoso
Cinco horas de reproches
La victoria final sobre la izquierda
El caso Shatky, o ensayo de purga
Qué error, Nikolai Ivanotitch, qué inmenso error
El Plan Quinquenal
El Partido Industrial que nunca existió
Ni Marx, ni Engels: Stakhanov
Dominando el cotarro
Stalin y Bukharin
Ryskululy Ryskulov, ese membrillo
El primer filósofo de la URSS
La nueva historiografía
Mareados con el éxito
Hambruna
El retorno de la servidumbre
Un padre nefasto
El amigo de los alemanes
El comunismo que creía en el nacionalsocialismo
La vuelta del buen rollito comunista
300 cabrones
Stalin se vigila a sí mismo
Beria se hace mayor
Ha nacido una estrella (el antifascismo)
Camaradas, hay una conspiración
El perfecto asesinado



El resultado final de la colectivización fue cerrar el círculo. Es evidente que el mayor trile conceptual de los muchos que comete el comunismo es ése consistente en convencerte de que es una ideología progresista que, por lo tanto, vela por el desarrollo libre y personal de la gente. Lejos de ello, el comunismo, esto es lo que terminaron por creer la mayoría de los agricultores colectivizados, era el regreso a la servidumbre contra la que presuntamente se había alzado. En muchas zonas rurales, los campesinos comenzaron a usar las siglas VKP constantemente. Era una cosa parecida al grito de ¡UHP! (Unión de Hermanos Proletarios) que hacían las izquierdas obreristas en la II República española. Oficialmente, VKP significaba Vsesoiuznaia Kommunisticheskaia Partiia, es decir, Partido Comunista de la Unión. Pero, en realidad, para los campesinos significaba Vtoroe Krepostnoe Pravo que, como ya habréis adivinado, significa La Segunda Servidumbre.

miércoles, octubre 11, 2023

Stalin-Beria. 1: Consolidando el poder (28): Hambruna

La URSS, y su puta madreCasi todo está en Lenin
Buscando a Lenin desesperedamente
Lenin gana, pierde el mundo
Beria
El héroe de Tsaritsin
El joven chekista
El amigo de Zinoviev y de Kamenev
Secretario general
La Carta al Congreso
El líder no se aclara
El rey ha muerto
El cerebro de Lenin
Stalin 1 – Trotsky 0
Una casa en las montañas y un accidente sospechoso
Cinco horas de reproches
La victoria final sobre la izquierda
El caso Shatky, o ensayo de purga
Qué error, Nikolai Ivanotitch, qué inmenso error
El Plan Quinquenal
El Partido Industrial que nunca existió
Ni Marx, ni Engels: Stakhanov
Dominando el cotarro
Stalin y Bukharin
Ryskululy Ryskulov, ese membrillo
El primer filósofo de la URSS
La nueva historiografía
Mareados con el éxito
Hambruna
El retorno de la servidumbre
Un padre nefasto
El amigo de los alemanes
El comunismo que creía en el nacionalsocialismo
La vuelta del buen rollito comunista
300 cabrones
Stalin se vigila a sí mismo
Beria se hace mayor
Ha nacido una estrella (el antifascismo)
Camaradas, hay una conspiración
El perfecto asesinado 



Stalin, en realidad, necesitaba esa teoría para explicar por qué en el Cáucaso septentrional y en Ucrania hubo en 1932 un auténtico rosario de revueltas campesinas, si resulta que la colectivización era el compendio de todo Bien sin mezcla de Mal alguno. En aquel entonces, Kaganovitch, por ejemplo, hizo un raro viaje a la ciudad de Krasnobar, en el Cáucaso septentrional. Teóricamente iba a resolver algunos asuntillos; pero parece que la razón real de su viaje fue una huelga general monstruo de los cosacos de la región de Kuban (o sea, los cosacos kubanos, aaaassucar) que se negaban a cultivar su tierra. El tema terminó con el exilio de toda la comunidad a Siberia, aunque no se sabe de ninguna organización de memoria histórica ni democrática ni dictatorial que se acuerde de ellos. Pero, bueno, que quince poblaciones cosacas tuvieron mejor suerte y no fueron exiliadas; sólo fueron castigadas con la detención total de la fabricación de manufacturas en su entorno, el cierre de todas las tiendas, el cobro inmediato de todos los impuestos y el adelanto de la ejecución de todos los préstamos (ese tipo de cosas que según los comunistas sólo hace el Estado de Israel). La mitad de los cuadros comunistas de Kuban fue purgado, y no precisamente con Fave de Fuca. Kaganovitch, solo o en compañía de Molotov, repitió la jugada en Ucrania y en la región del Don. Stalin, asimismo, se podría decir que militarizó, aunque en realidad lo que hizo fue “policializar”, la administración, tanto de las propias granjas como de las unidades que había creado para fabricar y distribuir maquinaria agrícola. Estas unidades fueron colocadas bajo la gestión de unos órganos de nueva creación, a cuyo frente siempre estaba un miembro de la OGPU; un miembro de la policía política, pues. Estas unidades, llamadas “secciones políticas”, fueron el principio del fin del PCUS como una institución dominada por los políticos, por así decirlo; a partir de entonces, los que verdaderamente cortaban en bacalao eran los polis.

martes, octubre 10, 2023

Stalin-Beria. 1: Consolidando el poder (27): Mareados con el éxito

La URSS, y su puta madreCasi todo está en Lenin
Buscando a Lenin desesperedamente
Lenin gana, pierde el mundo
Beria
El héroe de Tsaritsin
El joven chekista
El amigo de Zinoviev y de Kamenev
Secretario general
La Carta al Congreso
El líder no se aclara
El rey ha muerto
El cerebro de Lenin
Stalin 1 – Trotsky 0
Una casa en las montañas y un accidente sospechoso
Cinco horas de reproches
La victoria final sobre la izquierda
El caso Shatky, o ensayo de purga
Qué error, Nikolai Ivanotitch, qué inmenso error
El Plan Quinquenal
El Partido Industrial que nunca existió
Ni Marx, ni Engels: Stakhanov
Dominando el cotarro
Stalin y Bukharin
Ryskululy Ryskulov, ese membrillo
El primer filósofo de la URSS
La nueva historiografía
Mareados con el éxito
Hambruna
El retorno de la servidumbre
Un padre nefasto
El amigo de los alemanes
El comunismo que creía en el nacionalsocialismo
La vuelta del buen rollito comunista
300 cabrones
Stalin se vigila a sí mismo
Beria se hace mayor
Ha nacido una estrella (el antifascismo)
Camaradas, hay una conspiración
El perfecto asesinado 



Las cosas, en 1932, estaban ya maduras para pasar al siguiente estadio, es decir, la represión generalizada. Ocho años antes, Dzerzhinsky había comenzado el proceso que culminó en las purgas, al recomendar en un congreso de oficiales de justicia marxistas (los únicos que había en la URSS) que los campos de concentración de prisioneros fuesen emplazados en lugares remotos de la URSS. Esta red de campos, diseñada desde el principio para provocar la muerte y la desesperación de sus internos, fue puesta bajo la administración de una nueva agencia de la OGPU, la Alta Administración de Campos de Trabajo Correctivos o GULAG. En 1928, los campos del Gulag tenían una modestísima población de 30.000 internos; tres años después, eran dos millones. Buena parte de ellos fueron convertidos en mano de obra forzada y gratuita (para que luego vengan los comunistas a hablar del salario mínimo) en grandes proyectos industriales o de infraestructuras, como el canal entre los mares Blanco y Báltico, obra en la que murieron centenares de veces más personas que en la construcción del Valle de los Caídos, pero nadie, claro, los recuerda ni le importa una mierda dónde están enterrados sus cuerpos (si es que los enterraron).

lunes, octubre 09, 2023

Stalin-Beria. 1: Consolidando el poder (26): La nueva historiografía

La URSS, y su puta madreCasi todo está en Lenin
Buscando a Lenin desesperedamente
Lenin gana, pierde el mundo
Beria
El héroe de Tsaritsin
El joven chekista
El amigo de Zinoviev y de Kamenev
Secretario general
La Carta al Congreso
El líder no se aclara
El rey ha muerto
El cerebro de Lenin
Stalin 1 – Trotsky 0
Una casa en las montañas y un accidente sospechoso
Cinco horas de reproches
La victoria final sobre la izquierda
El caso Shatky, o ensayo de purga
Qué error, Nikolai Ivanotitch, qué inmenso error
El Plan Quinquenal
El Partido Industrial que nunca existió
Ni Marx, ni Engels: Stakhanov
Dominando el cotarro
Stalin y Bukharin
Ryskululy Ryskulov, ese membrillo
El primer filósofo de la URSS
La nueva historiografía
Mareados con el éxito
Hambruna
El retorno de la servidumbre
Un padre nefasto
El amigo de los alemanes
El comunismo que creía en el nacionalsocialismo
La vuelta del buen rollito comunista
300 cabrones
Stalin se vigila a sí mismo
Beria se hace mayor
Ha nacido una estrella (el antifascismo)
Camaradas, hay una conspiración
El perfecto asesinado 



La carta de Stalin buscaba dos cosas, y las dos las encontró. En primer lugar, se estableció a sí mismo como primer historiador de la URSS. En segundo lugar, levantó el mito de la infalibilidad de Lenin; un mito que él necesitaba, pues el culto a la personalidad que había diseñado para sí mismo no era el culto al primer marxista-leninista, sino al mejor intérprete de ese primero, que era Lenin.