lunes, julio 22, 2019

Pericles (13: ahí viene la plaga, me gusta bailar...)

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En el año 431, por lo tanto, una masa informe de atenienses de campo, acompañados por lo principal de sus enseres, sus animales y sus pertenencias en general, se abigarró en el espacio existente entre las murallas de la ciudad y el puerto del Pireo, así como dentro de los templos. Este gesto es uno más de los que viene a demostrar que la estrategia bélica es, realmente, una disciplina muy difícil de dominar y que, por lo general, un buen estratega apenas puede aspirar a controlar la mitad de las variables que se mueven en las acciones que diseña. La masificación de atenienses en la ciudad, en unas condiciones de salubridad inexistentes, habría de abrirle un nuevo frente a Pericles: aquél que lo enfrentaba a virus, bacterias y microbios. Se generó una gravísima epidemia que, muy probablemente, mató a muchas más personas que los ejércitos lacedemonios.


Esto, sin embargo, no ocurrió en el corto plazo. Puesto que los espartanos también tenían que encontrar hamburguesas para tanto soldado y eso no era fácil, en realidad estuvieron tan sólo unas semanas en el Ática, momento en el que regresaron a su stronghold, por lo que los refugiados pudieron regresar a sus campos devastados. En términos generales, durante aquella campaña las fuerzas atenienses apenas habían sido capaces de garantizar una estrecha franja de seguridad en el exterior de las murallas de la ciudad; el resto del Ática había quedado allí para que los espartanos hiciesen con ella lo que les apeteciese.

Desmintiendo las lecciones que presuntamente había aprendido ya, Pericles y el mando ateniense se siguió empeñando en mantener varios frentes a la vez, ya que no por haberse producido la invasión espartana cedieron las operaciones ofensivas atenienses en el norte. El sitio de Potidea continuó. Asimismo, usando la flota, Atenas atacó a diversas poblaciones implicadas en el conflicto con Esparta: atacó las costas del Peloponeso, Locris, Eubea, la isla de los egitanos (que colonizó) y, finalmente, Megara.

A pesar de los problemas afrontados, Atenas sacó de aquella primera campaña una impresión bastante positiva. Sus bajas habían sido relativamente pocas; los daños causados en los campos se podían revertir; la polis seguía teniendo la superioridad naval y presupuestaria de la guerra; en realidad, por resumir, la situación era tal que los atenienses asumieron que los espartanos decidirían no volver al Ática, o por lo menos no hacerlo cada año, con lo que Atenas tendría margen de maniobra suficiente como para enfrentarlos. Para ser exactos, en términos estratégicos los generales atenienses parecen haber llegado a la conclusión de que tenían plena capacidad de mantener sus posesiones sin necesidad de tener que aceptar una batalla con los hoplitas a campo abierto. Incapaz de imponerle pérdidas al enemigo, pensaban los atenienses, Esparta se vería crecientemente abandonada por sus aliados.

Sabemos que, pasada la invasión espartana, éste era, más o menos, el sentir de los atenienses, porque aquel año votaron a Pericles para que asumiese la oración fúnebre anual en nombre de los soldados muertos en las guerras. Tucídides reproduce (o se inventa) en su obra dicho discurso, que siempre ha sido considerado como una de las piezas más valiosas de la cultura griega clásica. También es el discurso que ha alimentado a tantos y tantos expertos, profesores y lectores de Historia fascinados por Atenas, y es así porque en él, o bien Tucídides o bien Pericles (porque este matiz no está nada claro, ni creo yo que lo esté ya nunca) decide conscientemente defender la idoneidad de la guerra contra los espartanos, que ha costado las vidas que el orador está glosando y homenajeando, no tanto en el argumento habitual de “son unos cabrones que nos han hecho esto y aquéllo”, sino en el argumento de que Atenas, y los atenienses, son una civilización superior. En este caso, si queréis saber mi interpretación personal, yo considero que este discurso fúnebre tiene más de Pericles que de Tucídides. Para decidir eso me baso en el hecho de que su estrategia básica retórica, que os acabo de describir, es una consecuencia lógica de los hechos. A Pericles le resultaba difícil argumentar en sus palabras que los espartanos tenían la culpa de la guerra, pues él sabía bien que la guerra era algo que se podía haber evitado negociando, y negociando no en gran menoscabo para Atenas. Que él habia querido la guerra y, además, los atenienses lo sabían (como atestiguan cosas como los textos de Aristófanes). Al buen general caracono, pues, no le quedaba otra que tirar de nacionalismo: somos los mejores, y teníamos que hacer que se enterasen, coño.

En ese contexto Pericles, que ha pasado a la Historia y, sobre todo, sobrevuela las aulas de España y el mundo convertido en una especie de Capitán Atenas de la demokratia, elaboró, la verdad, un discurso un tanto, ejem, fascistoide. El fascismo, entre las variadas cosas que es, es un nacionalismo muy exacerbado que, en su exacerbación, coloca al individuo por debajo de la nación, propugnando que ningún interés individual es defendible si no es compatible con los de la nación. Y esto, más o menos, es lo que Peri le dijo a los atenienses: Atenas es una realidad superior que obliga a sus ciudadanos a amarla, a sacrificarse por ella y, si llega el momento, a morir por ella.

Para apuntalar este discurso, la verdad, Pericles hizo otra cosa a la que los políticos modernos están muy acostumbrados: hablar de una realidad falsa. Para desgracia de tanto hooligan, la verdad es que no es muy probable que la Atenas que describe Pericles en su oración fuese la real. Casi como si supiera que en aquellas palabras se estaba jugando ser admirado por los ciudadanos del futuro, Pericles se chuleó delante de los atenienses de que en Atenas cualquier ciudadano vivía como quería, haciendo, diciendo y pensando lo que quería, sin poder ser por ello molestado por sus congéneres; un concepto con el que personitas como Sócrates tal vez no estarían tan de acuerdo. También dice Pericles en su oración que el ascenso político en Atenas se basaba meramente en el mérito, afirmación que es una mentira tan burda que, la verdad, yo siempre he pensado que ni se atrevió a pronunciarla y que es una interpolación tucididiana. El propio Pericles, pero desde luego todo el resto del gotha gubernativo de su tiempo, es una buena demostración de que, en aquella Atenas, sólo medraban en política los muy pijos, los Grandes de Grecia.

Asimismo, las afirmaciones en el discurso sobre la natural tendencia de los atenienses a la mesura en el consumo de lujos y su poco gusto por lo ostentoso se compadece mal con detallitos como que la ciudad se hubiese gastado una pasta en una estatua de Atenea hecha de marfil y oro. Claramente, al menos para mí, Pericles, o tal vez Tucídides, introdujo estas apreciaciones en la oración para “acercar” a los atenienses a la radical austeridad de sus enemigos los espartanos.

Otro aspecto del nacionalismo de la peor ralea utilizado por Pericles/Tucídides es su afirmación de que Atenas había combatido en solitario contra Esparta. En fin, en lo tocante al combate en tierra era cierto, pues prácticamente toda la infantería ateniense era de la ciudad-Estado; aunque también es cierto que este tipo de enfrentamiento bélico era el que los atenienses siempre estaban evitando. Lo que le molaba a Atenas eran los enfrentamientos navales, esto es, usar sus barcos, la mayoría de ellos movidos por remeros asalariados que no eran atenienses, por no mencionar el leve detalle de que los barcos los había pagado la Liga de Delos, esto es, habían sido financiados con mucha más pasta que la de la propia Atenas. En realidad, y con la única excepción de la acción contra Megara, ninguna de las grandes operaciones militares llevadas a cabo por los atenienses se había realizado en solitario. La mentira, sin embargo, era necesaria en el marco de la imagen que Pericles quiso crear en la mente de sus oyentes: una Esparta que fue a por Atenas con todo lo gordo (lo cual no es cierto), y que fue parada en seco (lo cual tampoco es cierto) por una Atenas que ni siquiera hizo uso de todos sus efectivos (lo cual tampoco es cierto).

En suma, la oración fúnebre de Pericles, y lo siento mucho por lo que voy a decir, desde muchos puntos de vista no es Historia. En realidad, es una de dos cosas, o las dos a la vez: o bien es la instrumentación de unos recuerdos de parte, de una determinada visión pro-pericleana que es la que sostiene Tucídides, un tipo que quiere creer en la existencia de una Atenas que nunca existió como él la pinta; o bien es la expresión más o menos fiel de la visión de un político no exento de demagogia que elabora su discurso bajo la presión de no haber perdido, pero tampoco haber ganado, la guerra en la cual él ha embarcado a sus conciudadanos, pues obvio es que él la quiso igual que la pudo evitar. Muchos de los atenienses a los que habló Pericles en aquella oración fúnebre habían ellos mismos o sus parientes perdido todo lo que tenían en el Ática, destrozado por las antorchas lacedemonias. Algo les tenía que dar para que considerasen aquello por bien empleado, y lo que les dio fue un sueño imperial de superior entidad al que, les dijo, tenían que plegarse porque lo verdaderamente importante no eran sus vidas ni su bienestar sino la grandeza de Atenas. Para poder defender este principio, Pericles tuvo que inventarse una Atenas de cartón piedra, una ciudad-concepto hecha de retales de orgullo, Historia (mítica) y cuarto y mitad de datos. Atenas no es aquí la protagonista, sino la materia prima; y nos es mostrada detrás de un velo tan denso que casi es opaco. Yo ya lo siento por todos los que creen totalmente probado que Atenas era una democracia en la que la gente se besaba por la calle y cantaba Amigos para siempre means you'll always be my friend, no naino naino naino naino naino naaaaa en dorio culto; pero es lo que hay.

Hay un factor, en todo caso, que es fundamental para entender la oración fúnebre del 431, y es la plaga o epidemia que se había declarado en la ciudad en la primavera del año anterior, como consecuencia de la concentración de refugiados por todas partes, y que había causado una gran mortandad. Como no podía ser de otra forma en Atenas, la plaga había sido muy democrática y había afectado a todo dios; Pericles, de hecho, perdió en ella a sus dos hermanos mayores, Xántipo junior y Paralo. Pericles, cuando pronunció la oración fúnebre, estaba plenamente decidido a animar a los atenienses a continuar la guerra, tal vez porque ya tenía informaciones que le decían que, contra lo calculado inicialmente, los peloponésicos tenían la intención de volver al Ática por segundo año consecutivo. Por eso le tuvo que vender todos esos caramelos de menta a su audiencia.

Y, efectivamente, cuando llegó el buen tiempo, los lacedemonios salieron de su península, y Atenas recomenzó sus raids apoyados en la flota. Esto significa que, por segundo año, los propietarios rurales áticos vieron como sus campos y sus animales eran masacrados. Una segunda vez comenzó a alimentar eso que los teóricos llaman cansancio de guerra, esto es el sentimiento por el cual la sociedad que sostiene un enfrenamiento bélico comienza a preguntarse si verdaderamente merece la pena. Un sentimiento que, como sabréis los que jugáis a menudo a juegos de estrategia, crece más, y más rápidamente, cuando el régimen político es una democracia. Por eso, es una recomendación, no es buena idea tirarse en plancha hacia los sistemas democráticos en esos juegos.

Aparentemente, pues en Historia Antigua todo es aparente, las cosas llegaron a estar tan jodidas para Pericles que ni siquiera fue capaz de impedir que los atenienses, o por lo menos algunos atenienses, patrocinasen el envío de una embajada negociadora a Esparta. Eso sí, los espartanos les dijeron que se cogieran el AVE de vuelta antes de que les dieran dos hostias. En ese momento, muy probablemente, los lacedemonios consideraban que estaban en una posición muy parecida a la de los atenienses cuando se produjo el terremoto en el Peloponeso. La epidemia de Atenas se había extendido por todo el Ática; incluso las tropas que cercaban Potidea estaban enfermas.

Fue en estas circunstancias cuando Pericles pronunció el tercero, y último, de los discursos que nos refiere su propagandista Tucídides. Es un discurso del que se pueden decir muchas cosas; pero no, desde luego, que sea un discurso cobarde. El general caracono, situado en medio de una situación desesperada con dos frentes: el sanitario, y el bélico, no hace ningún esfuerzo por aliviarse a los atenienses las cargas que todo esto supone. En ese sentido, es un discurso un poco en plan blood, toil, sweat and tears.

Comienza Pericles por afirmar “yo no estaba preparado para la indignación de la que he sido objeto”, afirmación de la que cabe imaginar que, tal vez, los atenienses, encabronados, lo habían escrachado o algo. Sigue diciendo que ha convocado una asamblea (dato importante) para poner algunos puntos sobre las íes y explicarle a los atenienses que están “irritados conmigo sin razón”.

Continúa argumentando: “soy de la opinión de que la grandeza de la nación es lo más ventajoso para los ciudadanos privados, que cualquier bienestar individual producido en el marco de una humillación nacional”.

Absolutamente sobrado, este Pericles campeón de la democracia que, sin embargo, parece ser incapaz de ver a sus ciudadanos uno a uno y sólo los concibe como pueblo, tiene los santos huevos (o los tiene Tucídides, que la verdad sería más fácil) de decir cosas como (cursivas mías): “sin duda, es la obligación de todo el mundo defender al Estado, y no, como hacéis vosotros, preocuparse por los sufrimientos particulares hasta el punto de abandonar todo pensamiento sobre la seguridad común, y acusarme a mí de haber apoyado la guerra y a vosotros por haberla votado". En otras palabras: Atenas no guerrea por vosotros sino que vosotros guerreáis por Atenas, nenazas; aquí no se queja ni dios hasta que dios lo diga; y de qué me tocáis los huevos, esto es una democracia y todo lo que está pasando vosotros lo aprobasteis.

Apuntalando este tono acusador, Pericles le dice a la asamblea de atenienses: “el error aparente de mi estrategia no es otro que la endeblez de vuestra resolución”. Acto seguido, les pone la zanahoria, inventando con ello otro gran recurso del político moderno: el discurso tipo “esto ahora escuece, pero ya verás cómo a la larga te gusta”. Así, Pericles, sin negar cercanos reveses que los atenienses han sufrido, le dice a sus conciudadanos que las ventajas de todo esto “son todavía remotas y oscuras para todos”. O sea: en el futuro, esto será la hostia; pero, por el momento, lo que toca, querido votante, es vomitar sangre entre estertores de dolor, cascarla en cualquier batalla naval, y pasar hambre, mucha hambre. Eso sí, les dice que “siendo como sois ciudadanos de un gran Estado, habiendo sido educados, como lo habéis sido, con hábitos parangonables a vuestro nacimiento, deberíais estar dispuestos a enfrentar los peores desastres”. O sea: que no te quejes, nenaza de mierda. ¿Qué somos: leones, o huevones?

De nuevo, debo decir que yo, personalmente, considero que la mayoría del tercer discurso de Pericles salió más bien de la cabeza, ni siquiera de los recuerdos, de Tucídides. Creo que, desde un punto de vista sicológico, es imposible darle tanta caña a una masa que ha visto morir a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos, como consecuencia de una guerra que, no me cansaré de repetirlo, se podía haber evitado; y que esa masa no acabe tirándote al agua por el Pireo. O sea: de Temístocles había sospechas sin pruebas y lo exiliaron, y resulta que Pericles, con la ciudad petada de hogueras en cada esquina donde arden decenas de cadáveres, ¿encima se pone gallito, les dice que son unos flojos por no aguantar la presión, que hay que seguir la guerra, y encima le aplauden?

No me lo trago, la verdad.

5 comentarios:

  1. No se, yo tiendo a fiarme de Tucídides en lo que respecta a los hechos (las interpretaciones son otra cosa, no hay más que ver cuando habla de Cleón) No es solo que hablase de acontecimientos recientes (y que hubiera sido testigo de muchos de ellos) sino que, además había más testigos vivos que podían replicarle y me parece mucho riesgo ponerse a inventarse cosas, sobretodo por parte de un tío que miraba por encima del hombro a todos sus predecesores (Heródoto, incluido)

    Por menos que eso, Aristófanes te crucificaba en una de sus comedias.

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    1. Por cierto, lo mismo que Tucídides me parece más de fiar que Heródoto, también diría que se me hace un poco tostón. Me parece mucho más entretenido el segundo.

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    2. Entiendo lo que dices, pero Tucídides, cuando escribe su Historia, ya no reside en Atenas (estaba en la Magna Grecia); y, por otra parte, en su tiempo la historiografía encomiástica y hagiográfica era lo normal.

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    3. No, si las intenciones de Tucídides son evidentes, pero, mientras que no tengamos una fuente o evidencia similar que los contradiga, creo que es mejor aceptar los hechos que cuenta. Además, un orador potente como Pericles (Y, por su carrera podemos sospechar que era uno de esos que te sodomiza en menos de un minuto, pagas la cama y le das las gracias) bien pudo habérsela jugado con un discurso así confiando en que su popularidad y sus apoyos serían suficientes para salirse con la suya (Y, además, tal y como se cuenta en la siguiente entrega, probablemente le salió regular, por más que Tucídides lo omita)

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  2. ¿Pero no fué en plena crisis cuando se puso de moda lo de echar la culpa al vulgo por "haber vivido por encima de sus posibilidades"?

    Yo sí me creo a Pericles culpando a todos menos a él mismo y que la gente tragase. Era un político democrático a fin de cuentas.

    Saludos

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