miércoles, octubre 17, 2012

La negociación colectiva nació en Flandes

Los tercios de Flandes son una de esas cosas de la Historia de España de las que todo el mundo ha oído hablar alguna vez. Normalmente para mal porque, dentro de esa tradición tan española de quejarse por ser objeto de la Leyenda Negra pero en el fondo creérsela, la mayor parte de la gente tiene a los tercios como lo más de lo más de la crueldad de los ejércitos para con sus vencidos. Y qué razón tienen. Todo el mundo sabe que en el mundo medieval, renacentista y barroco, los ejércitos se comportaban en los lugares que invadían con una exquisitez tan acendrada que, en realidad, a las poblaciones sitiadas se les hacían los dedos huéspedes para ser tomadas de una vez.

Algo de verdad hay en la cuestión, en todo caso. Los ejércitos anteriores a la edad contemporánea tienen poco que ver con la imagen que estamos acostumbrados a ver hoy en día, es decir la de miles de soldados luchando por su patria. El soldado antiguo lucha, básicamente, por su bolsa; y sus generales son personas más o menos potentadas que sin duda tienen sentimientos elevados, la defensa de la Cristiandad y tal, pero también, en realidad fundamentalmente, contemplan la guerra como un negocio, y los gastos en que incurren como una inversión.

Los tercios de Flandes, esto todo el mundo lo sabe, eran ejércitos mercenarios, en cuyas compañías se mezclaban castellanos, catalanes, andaluces, aragoneses, borgoñones, normandos, bretones, suizos, lombardos, toscanos, sicilianos, sardos, y lo que se terciase que estuviese dispuesto a defender la catolicidad de las Provincias Unidas (entre otras guerras) a cambio de una soldada. En su condición mercenaria estaba la gran debilidad de estas unidades, pues ello hacía que estuvieran formadas por personas a las que, mutatis mutandis, la razón de la lucha les traía completamente al fresco, porque ellos estaban allí para hacer caja.

El hecho de que los tercios fuesen un ejército puramente mercenario provocó una novedad que habitualmente no se señala, y es que fuese en su seno donde, de alguna manera, naciese lo que hoy conocemos como negociación colectiva; esto es, la negociación entre un empleador y unos empleados a través de representantes de éstos que hablan por boca de todos ellos.

Aquí es donde la imagen que tal vez mucha gente tiene se aparta más de la realidad. Las personas imaginan a los tercios amotinándose por no recibir la soldada, y arramblando con las poblaciones que tomaban, a saco, para cobrarse lo debido. En realidad, y ésta es la novedad que se introduce en estas unidades, la cosa estaba bastante más organizada.

Cuando una unidad de los tercios se encontraba en problemas de cobro o de otra naturaleza, aunque la verdad es que casi siempre el origen era el dinero, los soldados votaban a un electo, que se convertía en su representante; hoy diríamos, el presidente del comité de empresa. Además, votaban una pequeña comisión asesora, que solía estar formada por entre tres y ocho soldados, que hacía las veces, pues, de sección sindical. El tema estaba tan organizado que incluso encomendaban a otro miembro del tercio las gestiones, digamos, burocráticas (poner las cosas por escrito, y todo eso).

A partir del momento en que el tercio nombra al electo, éste se convertía en el único interlocutor del mando para cuestiones no militares. El pago de atrasos y de soldadas, por lo tanto, se negociaba con él, y para toda la unidad. Esta figura del electo, española, está al parecer inspirada en los alemanes, que tenían la costumbre de elegir un representante llamado entre ellos bosat.

El electo se convertía, de hecho, en un mando, puesto que la huelga adoptaba la forma de un motín en toda regla: las unidades implicadas se separaban de su ejército, se hacían fuertes en algún área de la plaza (o, si estaban en en el campo, tomaban alguna población) y allí se encastillaban, como digo bajo el mando estricto de su nuevo caudillo. Su autoridad era total, entre otras cosas porque su mayor apoyo solía venir de quienes quedaban más puteados por los problemas de pago o las campañas interminables, los picas secas, soldados que combatían sin coraza. 

Acto seguido, comenzaba el expolio. Eran unidades acuarteladas en algún lugar pero que por definición no recibián soldada, así pues todo lo que necesitaban, comida, vestido, etc., lo tenían que tomar prestado de los alrededores. Algunos motines llegaron a ser tan nutridos que incluso las unidades en huelga llegaron a desplazarse de pueblo en pueblo con su artillería para convencer a los locales de que les prestasen lo que necesitaban.

Aquella negociación colectiva no se diferenciaba demasiado de la que se plantea hoy en día en cuando se ha producido algún tipo de conflicto, como una huelga. Obviamente, los electos y resto de representantes nombrados por los soldados no tenían Constitución, Estatuto de los Trabajadores y Ley Sindical que los amparase; razón por la cual, en cuanto las negociaciones se enconasen (en realidad, si comenzaban era porque la situación ya estaba enconada), pasaba a formar parte del frontispicio de la misma la demanda de los soldados de que no hubiese ningún tipo de represalias ni contra los negociadores, ni contra cualesquiera otros; reivindicación que solía incluir la extensión de pasaportes para quien quisiera salir de las Provincias Unidas tras las negociaciones. Luego veremos cómo, en realidad, se resolvía esto.

La principal reivindicación de los tercios era, desde luego, el salario. Pero no la única. Estas negociaciones intraejército, en realidad, sirvieron en ocasiones para lograr, o cuando menos pedir, auténticos paquetes sociales, que diríamos hoy. Los soldados reclamaban a veces, por ejemplo, un capellán para la compañía; hoy nos parecerá una gilipollez, pero para muchos de aquellos mercenarios, creyentes sinceros por mucho que se follasen a todo lo que se meneaba por los Países Bajos y jugasen a los dados hasta el amanecer mientras se petaban de vino; para estos tipos, digo, que además podrían morir cualquier jornada, la limpieza de espíritu era fundamental.

Muchas peticiones, de todas formas, tenían que ver con la sanidad. La adscripción a la unidad de un sanador, por ejemplo. O el montaje de algo parecido a un hospital de campaña. Todo esto lo tenían que conseguir mediante la presión porque, no se olvide, la guerra era un negocio. Si Spínola o cualquier otro general de la corona española podía tomar sus objetivos pagando apenas las soldadas, mejor para él; no tenía ningún aliciente para gastarse la lana en comodidades para las tropas, a menos que éstas se las demandasen.

En una nueva identificación con las negociaciones colectivas actuales, alguna vez los tercios amotinados incluyeron entre sus reivindicaciones el montaje de un economato, aunque ellos no lo llamasen así. Reclamaban que se habilitase un almacén de víveres a precio especial para los soldados.

Una vez alcanzado el acuerdo, que solía concentrarse en la regularidad de pagos a partir del momento y el abono de atrasos (en ocasiones copiosísimos), y tras un complejísimo proceso de fabricación nóminas y finiquitos, soldado a soldado, se buscaba una iglesia para firmarlo y ejecutarlo. Los templos, pues, hacían las veces del Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación actual. Allí, en sagrado, a los soldados les eran perdonadas su faltas y se les pagaban los atrasos, venidos de España, en el sombrero (una costumbre ésta de pagar al soldado que ha permanecido en la Armada inglesa). En la puerta de la iglesia esperaba una nube de acreedores, y los mandos supervisaban que los soldados enfrentasen sus deudas on the spot. Alguno había, por lo tanto, que salía rico de la iglesia para volver a ser pobre; e incluso el que acababa en galeras por deber más de lo cobrado.

Otro elemento común con la actual negociación colectiva era que los acuerdos afectaban a amotinados y no amotinados. Era una imposición de Madrid, que no quería lanzar a los mercenarios el mensaje de que para cobrar tenían que ponerse en su contra.


He dejado para el final una petición muy común en aquellas negociaciones, que tiene que ver con lo antedicho de la evitación de represalias. Era muy común, en efecto, que los negociadores de la soldadesca impusieran en las condiciones del acuerdo una revista general, esto es, una cláusula por la cual cuando menos algunos soldados podrían elegir la unidad a la que querían adscribirse. Esta demanda tenía dos motivos: uno, darle la oportunidad a los soldados de liberarse de un mando cabrón; otro, el más importante, ofrecer una salida eficiente para quienes, o bien habían negociado los términos del acuerdo, o bien se habían destacado en el enfrentamiento con la patronal durante las jornadas en que había sido negociado, por ejemplo lanzando vituperios o amenazas en público.

Hoy en día, las personas que se apuntan a estas cosas de militar en sindicatos, presidir secciones sindicales o comités de empresa y tal, lo hacen por conciencia o, si se prefiere, ideología. Tienen una concepción del mundo y las relaciones laborales y están dispuestos, en aras de esa concepción a trabajar para los demás, pues no otra cosa es lo que hace un (buen) representante de los trabajadores. Pero, si os paráis a pensarlo, aquellos portavoces de los tercios no tenían nada de eso. Marx no había escrito todavía sus libros (y, aunque los hubiese escrito, muchos de ellos no habrían podido leerlos), a lo que hay que unir que un mercenario es ejemplo de persona amoral, exenta de convicciones y por lo tanto con nulos deseos de construir un mundo mejor, más justo, más solidario, más bla. Esto lo digo porque es la mejor forma de apoyar la idea de que aquellos tipos que daban el salto de representación de sus compañeros, lo hacían porque eran líderes natos. Y el líder nato de un grupo de puteros violentos, capaces de matar a alguien de una hostia por la única razón de que no quiere darles un collar o una bolsa de monedas, no es otro que el más bestia de todos. Los mercenarios de Flandes no eran sino ladrones, asesinos y violadores encauzados en una misión militar; su líder natural había de ser el más cabrón de entre ellos. Por esto eran tan importantes las cláusulas relativas a la ausencia de represalias porque, normalmente, quienes de ellas se libraban sabían bien que había mucho que represaliar.

Y porque lo sabían también las autoridades españolas, la bien engrasada burocracia española enviaba rápidamente a la metrópoli informes sobre estos tipos intocables, que muy habitualmente dejaban la unidad tarde o temprano, de modo y forma que el brazo secular de la Justicia hiciese lo posible para hacerlos desaparecer, para siempre, cuando eran pillados robando, matando o violando como civiles o como militares de alguna otra unidad. Cosa que, por lo que sé, ocurría bastante a menudo porque, como dice el dicho español, la cabra siempre tira al monte.

Muchísimo mejor que yo, toda esta historia la cuenta Geoffrey Parker en una obra recientemente reeditada, El Ejército de Flandes y el Camino Español. Que disfrutéis su lectura.

lunes, octubre 15, 2012

Fra Girolamo (16)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercer y décimo cuarto capítulo.



Carlos VIII se las dio de reformador de Roma, aunque, en realidad, lo que hacía era negociar en secreto con Ludovico Sforza una alianza que les pudiese convenir a ambos. Mientras tanto, sin embargo, convocó a los profesores de la Sorbona, a los que sometió tres cuestiones:
  • ¿Obligaban al Papa, o no, los decretos de Pisa y Costanza, a convocar un Concilio General cada diez años; y puede exigírsele tal cosa ahora, teniendo en cuenta los graves conflictos que atraviesa la Iglesia?
  • ¿Pueden los miembros de la Iglesia, con la asistencia de los príncipes de la Cristiandad, convocar ese Concilio si el Papa no lo hace; y representaría dicho Concilio a la totalidad de la Iglesia?
  •  Si otros príncipes rehusasen participar, ¿podría el rey de Francia tomar esta decisión por sí solo?
La respuesta de los doctores de la Sorbona, que sabían bien que nunca hay que morder la mano de quien nos da de comer, fue positiva. Carlos VIII podía, si sentía tal deber, iniciar la reforma de la Iglesia; y así lo creyó Savonarola.

Pero Carlos nunca reformó nada. No tenía, de hecho, la menor intención de hacerlo. Como no tenían la menor intención de impulsarle a hacerlo los teólogos franceses, que nunca le reprocharon su inactividad final. Entre septiembre y octubre, el rey francés y Sforza llegaron a un acuerdo que incluía una tregua entre ambas partes, y la nueva invasión francesa quedó pospuesta sine die.

Es probable que los florentinos savonarolianos fuesen los únicos se sorprendiesen de ello. Francia es Francia, siempre lo ha sido y siempre lo será. Aunque ahora la veamos unida bajo los principios de la grandeur, la Revolución Francesa y tal, Francia, como nación, ha tenido tantas tensiones centrífugas como cualquier otra. Francés quiere decir amalgama de francos, borgoñones, aquitanos y normandos, eso como poco; una diversidad tan grande como la que podamos tener en otros países, sólo que gestionada de otra manera. Los castellanos nunca han cometido genocidios como los cometidos por franceses con los habitantes de la Vendée; mucho menos los celebran hoy en día, ufanos, por las calles, como sí hacen los anglicanos con los irlandeses.

Francia es un país con territorio y situación como para aspirar a ser potencia. Pero su grandeza ha sido también su problema, pues lo ha convertido en un país relativamente fácil de invadir, como bien saben los reyes medievales ingleses, o Hitler. Por esta razón, Francia es, de alguna forma, la cuna y génesis de la diplomacia, esto es de la mentira, el engaño y la traición. La palabra de Francia, en la Historia, nunca ha valido gran cosa. Francia basculó, tras la revolución luterana, entre protestantismo y catolicismo, hasta que se decidió por uno de ellos por un simple cálculo político. Una parte nada despreciable de las desgracias de España durante sus siglos decadentes tiene que ver con la estrecha dependencia de nuestra política exterior respecto de París, lo cual nos hizo víctimas de las ciclotimias del Louvre y sus inquilinos. Carlos VIII no es una excepción a esta regla enormemente pragmática, a la vez que falta de escrúpulos. Lo que nunca entiendieron los revolucionarios florentinos es que a París le importaban un cojón. Que a los doctores de la Sorbona, en el fondo, la polémica moral sobre la fiabilidad del papado les traía completamente al fresco. Quien sí lo entendió muy bien fue Ludovico Sforza, quien como buen lombardo estaba medio hecho de la misma pasta y quien, en consecuencia, mientras seguía azuzando la Liga italiana contra Francia, negociaba con ella en secreto, para llegar a un acuerdo que dejó a Florencia, literalmente, en bragas.
Para colmo, Alejandro Borgia, haciendo uso de un fino sentido político, renovó la oferta a Florencia de retornarle Pisa a cambio de su unión a la Liga. Fue un torpedo en la línea de flotación de los frateschi y un movimiento claramente favorable a los arrabbiati.

La situación para el bando de Savonarola era tan crítica que el fraile se vio impelido a tomar una decisión de gran calado: desafiar la prohibición vaticana, y volver al púlpito. En realidad, fue una decisión más fácil de lo que parece pues, perdido ya el apoyo francés que era su principal aval político, Savonarola sabía que no le quedaban más que dos opciones: obedecer como un buen hombre de la grey divina, y hundirse de por vida en lo más profunda de algún priorato de la campiña toscana; o animar el enfrentamiento total, la rebelión contra el Papa. En la Navidad de 1497, el fraile celebró una misa y dio de comulgar a 300 personas. El domingo de Epifanía, fue la Signoria en pleno la que acudió a su oficio. No nos hacemos mucha idea, pero aquel gesto fue, nunca mejor dicho, la hostia: el gobierno de Florencia prestaba homenaje a un fraile excomulgado por el Vaticano, gesto que quedó confirmado, días después, con su decisión de abrir el Doumo (mientras las iglesias donde predicaban críticos a Savonarola permanecían cerradas) para permitirle predicar.

Días antes del sermón de Savonarola, en Florencia comenzaron a verse las figuras, siempre prostibularias y chulescas, de los mercenarios. Soldados pagados que comenzaron a contar, a quien les preguntaba, que habían sido contratados por los frateschi. Para colmo, con las horas se supo que el dinero de las soldadas había sido obtenido mediante un préstamo contra los activos del Monte de Piedad. Si el partido de Savonarola no estaba preparando un golpe de Estado, se parecía mucho.
El escándalo del préstamo de los mercenarios aconsejó a Savonarola anunciar que anulaba su sermón, para el cual se estaban instalando tribunas de madera en la nave del Duomo. Nunca sabremos con certeza si ese gesto venía a significar que el fraile se daba cuenta de que su lucha era inútil y estaba, por ello, dispuesto a claudicar. Nunca lo sabremos porque, en realidad, el proceso ya no lo controlaba él. Lo controlaba su partido político. Había pasado demasiado tiempo desde la revolución florentina, demasiado tiempo en el que los frateschi habían cargado con buena parte del gobierno de la ciudad, como para que no se hubiese creado ya una tupida red de intereses que hacía que muchos de los partidarios de Savonarola no pudiesen permitirse un paso atrás por su parte. Él anunció que no predicaría, pero, casi automáticamente, la Signoria anunció que lo haría el domingo 11 de febrero. Había elecciones en marzo, y el gobierno popular necesitaba desesperadamente que Savonarola actuase antes para cambiar el sentir de los votos.

El vicario del arzobispado de Florencia intervino cerrando el púlpito y prohibiendo a todos los eclesiásticos acudir al sermón. La Signoria respondió dándole dos horas para cambiar de idea, bajo amenaza de echarlo de la ciudad.

Finalmente, el domingo 11, el sermón de Savonarola no decepcionó.

Fue un sermón muy metafórico, sin decir nombres, pero en el que el fraile dejó clara su intención de no obedecer a quien no se rige por los principios de la caridad, porque en ese caso es, dijo, una herramienta rota.

Savonarola recordó el espectáculo automático que se había producido en Florencia el día que se le comunicó la excomunión; la apertura inmediata de tabernas y burdeles, y la orgía en que se convirtieron las calles. Consiguientemente, acusó al Vaticano, sin nombrarlo, de estar dispuesto a disolver toda la virtud de Florencia.

El problema para Savonarola fueron las alusiones, muchas, que hizo en su sermón a la proximidad de un momento divino, mágico, milagroso. Sus adversarios, que no eran tontos, reaccionaron como siempre se reacciona ante un mistabobo que dice ser capaz de realizar actos sobrenaturales: exigiéndole que los lleve a cabo.

Savonarola contraatacó como de hecho hacen muchos engañabobos: generando un milagro negativo. El último día de Carnaval, reunió a los florentinos en la Piazza y los bendijo, mientras les pedía que rezasen a Dios para que, si no consideraba sus gestos y su labor suficiente, enviase en ese momento una columna de fuego que lo hundiese en el Infierno. Cosa que, evidentemente, no pasó. Pero, como también pasa a menudo (menos a menudo de lo que debería, pero bueno…), la promenade apenas convenció a los florentinos, que habían esperado ver un caballo blanco bajar del cielo, o algo así. Entonces, los frateschi lo intentaron organizando una nueva hoguera de las vanidades, pero hubo escaso entusiasmo esta vez.

En las elecciones de marzo, el partido arrabbiati consiguió la mayoría. También se quedaron con la casi totalidad de los Diez y de los Ochenta.

El principio del fin.