viernes, mayo 27, 2011

La «normalidad» del 36: epílogo

Una vez que están contados los hechos, de una forma básica, compete, a mi modo de ver, realizar alguna recapitulación y volver al principio. Todo este conjunto de posts fue escrito por una sola razón, confesada en el primero de ellos: la sorpresa que produce, o al menos me produce a mí, lo poco que se sabe, se dice y se comenta sobre estos seis meses de la Historia de España tan importantes para su devenir. Dicho sea con todos los respetos, a veces da la impresión de que hay gente que opina sobre las causas y orígenes de la guerra civil española más o menos con el mismo bagage que un tipo que disertase sobre la Europa de posguerra sin haberse siquiera leído que se celebró una conferencia en Yalta, otra en Teherán, otra en Potsdam, etc.

En torno a los sucesos ocurridos en el tercer periodo de la II República hay un silencio, o un desconocimiento, que yo no sé, la verdad, si es fingido, estudiado, espontáneo o mediopensionista. Pero que existe, existe. Una de las razones puede ser que es inevitable hablar de ese periodo acudiendo en parte a fuentes franquistas, y es un hecho que en este tema de la GCE hay mucho opinador que, simple y llanamente, borra de un plumazo todo lo escrito en la España de Franco reputándolo de mentira. Esto ocurre, sin ir más lejos, con la Causa General. Cierto es que para construir dicha causa, funcionarios de la Nueva España se pasearon por pueblos y ciudades buscando represaliados por el marxismo debajo de las piedras y que, en consecuencia, con casi total seguridad algunos de ellos se los inventaron o, incluso, cabe la posibilidad, apuntada a veces, de que algún mártir del marxismo figurante en los legajos en realidad fuese mártir exactamente de lo contrario. Pero entre sostener esto y sostener que la Causa General describe unos hechos que no se produjeron hay un trecho enorme que repele la racionalidad y que, sin embargo, mucha gente recorre de un solo paso y con notable desparpajo.

Mucha gente considera que entender la Historia en un sentido levógiro o dextrógiro equivale a apartar todo lo que le molesta. Arrarás, cuya obra rezuma sentido vengativo por todos sus poros pero no por ello deja de estar documentada, es una víctima propiciatoria de este proceso; Manuel Benavides, por citar uno, es una víctima del lado contrario. En consecuencia con este modus historiandi, pues, si una persona que se acerca al 36 acepta como fuentes fiables sólo la versión vertida por los periódicos de izquierdas y los políticos y militares exiliados que lo describieron, con mayor o menor acierto, desde sus buhardillas de París, Londres o Ciudad de México, evidentemente lo que le sale es lo que le sale. Nos ha jodido. Y al tipo que se le ocurra historiar la Alemania nazi usando el diario de Goebbels también le saldrá un arbolito de Navidad que te cagas.

Sorprende, por lo tanto, y aquí me repito con mi primer post, que tan poco se sepa del año 36, a pesar de que es, junto con 1808, el año, de largo, más importante para la Historia Contemporánea de España. A partir de esa ignorancia se generan una serie de lugares comunes que, como su propio nombre indica, son de común uso y abuso. Me referiré, para no ser muy pesado, sólo a los, en mi opinión, más importantes.

El Frente Popular fue una coalición democrática. El Frente Popular fue una coalición de fuerzas tradicional y sinceramente democráticas con otras tantas que no buscaban, en lo absoluto, la realización de la obra democrática parlamentaria que España necesitaba. El comunismo estaba en el Frente Popular porque esa estrategia: la formación de coaliciones politico-sociales con fuerzas burguesas y otras sensiblidades obreras, había sido dictada por la Internacional. Pero su objetivo era el que era. Para ellos, y en las decisiones y discursos de dicha Internacional está bastante claro, el objetivo era quemar esa etapa como una más hacia la implantación de la dictadura del proletariado, o «democracia popular» como comenzaron a llamarla cuando se dieron cuenta de que mucha gente fruncía el ceño al oír la palabra dictadura.

En el Frente Popular había, además, grupúsculos de escasa importancia, como el POUM, cuyas intenciones eran bien evidentes, y no hay más que leer sus publicaciones de la época, como Nueva Era, para darse cuenta de lo que querían y pretendían. Bastantes semanas antes del 18 de julio, Jordi Arquer escribía en los cíceros de esa publicación pidiendo el estallido de la guerra civil, por ejemplo.

Con todo, el elemento fundamental de esta ecuación es el largocaballerismo. Los partidarios de este estuquista fundador de una de las tres grandes tendencias estratégicas del PSOE (es mi teoría que el PSOE, desde la II República, ha sido, y sigue siendo, una combinación de largocaballerismo, besteirismo y prietismo) se afanaron, en las décadas subsiguientes a la producción de la guerra, en convencer al mundo de que Largo nunca fue golpista; que eso de El Lenin Español no le gustaba nada; y que las soflamas pronunciadas en sus mitines públicos, que en la posguerra citaban con profusión en sus libros Arrarás, Aznar, Comín, Carlavilla y cualesquiera otros propagandistas franquistas, eran sólo gestos para la galería.

Es una teoría difícil de creer. Largo Caballero conoció a Pablo Iglesias, y lo admiraba. Lo admiraba tanto que aspiraba a ser él: el líder indiscutible del socialismo español. Cuando, en 1917, fracasó la huelga general de Besteiro, vio el cielo abierto, y se las prometió muy felices. Dominaría la UGT, la cual a su vez dominaría el ámbito proletario, y se erigiría en gran líder de las masas obreras. Unos cuantos catalanes de gatillo fácil, más aún tras la muerte del más listo de todos (Salvador Seguí), le aguaron la fiesta. Apareció una cosa llamada CNT que tenía el atractivo de ser, por utilizar una terminología zapateril, la izquierda de la izquierda. Y se llevó a las plantillas de las fábricas de calle.

A partir de más o menos 1923, Largo ya no hace otra cosa que mirar de reojo a los anarquistas. Su obsesión por aplastarlos en el ámbito obrero llega al paroxismo de admitir ser Consejero de Estado en medio de una dictadura militar, gesto por el cual, vaya hombre, las Cortes republicanas, que exigieron responsabilidades hasta a los bedeles que una vez que habían abierto una puerta al general Primo de Rivera, nunca le pidieron cuentas. Tres o cuatro minutos después de proclamada la II República española, los anarquistas deciden que no les va a traer lo que ellos quieren, y se ponen de canto. Tres o cuatro minutos después de fundada la II República, pues, Largo Caballero comienza a pensar que no va a poder ser el gallo más gallo del gallinero revolucionario, y eso le preocupa.

Como en el primer periodo de la II República (1931-1933) las cosas se hacen rematadamente mal, llegan las derechas en el segundo periodo (1933-1936) que lo hacen, si cabe, peor, y, además, le dan la gran oportunidad a Largo. El jefe obrerista con apellido de ponche inventa su mantra particular: «¡Atención al disco rojo!» Busca un pollo de gafitas, con estudios y un par de idiomas, que sea su W. W. Beauchamp (guiño para los fans de Sin perdón), o sea su amanuense culto que le ponga a toda su estrategia de poder un armazón ideológico, y lo encuentra en la persona de Luis Araquistain; de modo y forma que todo aquél que quiera saber cómo veía Largo el mundo no tiene nada más que leerse la colección de Leviatán de aquellos años.

La pareja Largo-Araquistáin, a la que les unirá con el tiempo ese apóstol de las libertades del hombre que se llamó Julio Álvarez del Vayo (que quería, en la guerra, eliminar el derecho de asilo en las sedes diplomáticas, sabiendo como sabía que, de hacerse así, centenares de civiles serían masacrados), perpetra una teoría distinta de la de los comunistas. Si éstos piensan, en 1934, que la revolución no está madura y que es el momento de montar Alianzas Obreras y, con el tiempo, un Frente Popular con los burgueses, pero sin ir a las armas, Araquistain dice que el país ya está maduro para la dictadura del proletariado y que, ítem más, si los obreros no se andan listos les pasará lo que a Thälman en Austria, o sea que llegarán los fascistas, se los apiolarán y se pondrán en el machito.

Este endeble y sencillito poso ideológico es el que anima el estallido del golpe de Estado revolucionario del 34, cuyo primer objetivo era Madrid y la gobernación del país. Largo, sin embargo, falla, porque si en algo se parece a Besteiro es en que ambos no tenian ni puta idea de agitación social; cualquiera que se estudie las movidas anarquistas de la época llegará, creo yo, a la convicción de que los de la FAI sabían mucho más de agitación obrera que Besteiro, Largo Caballero, Pasionaria y McGyver amalgamados en un solo Mazinger.

Lo que le queda a Largo del 34 es más miedo. Habiendo fallado él, la cosa se queda a huevo para que los anarquistas se hagan con el movimiento obrero. Por eso, en el 36, entra en el Frente Popular; en su visión, se está rodeando de aliados. Por eso, en el 36, se deja querer por los comunistas y su idea de la unificación socialcomunista. Por eso deriva su discurso hacia una apuesta total por la dictadura del proletariado y la anulación de la derecha.

Por eso, en suma, abandona todo presupuesto democrático serio y, en ese abandono, puesto que en el platillo no democrático está él además de los comunistas, los grupúsculos marxistas y el apoyo tácito inicial al FP de los anarquistas; en ese abandono, digo, inclina al propio Frente Popular, que no dudo que inicialmente fuese una fuerza de esencia democrática, hacia una identidad revolucionaria, sectaria, guerracivilista y propendente a la dictadura. Largo Caballero es el gran culpable, en el terreno de la práctica, de que el Frente Popular fuese lo que fue. En el terreno de los pensamientos, las teorías y, por qué no decirlo, las chorradas, el mayor culpable es Manuel Azaña, sorprendente compañero de viaje de todo lo descrito quien, además, se dejó hacer por Largo, quien lo desactivó y encerró en la Jefatura del Estado para que se hiciese allí todas las pajas que le diese la gana y, con el tiempo, le dictase a su secretaria páginas autocompasivas hasta la arcada.

El Frente Popular, por lo tanto, pudo ser una coalición democrática, y eso con dudas, hasta el 15 de febrero. Pero el 16 de febrero por la noche deja de serlo y ya, hasta finales de julio, no siente la necesidad de cambiar.

El golpe de Estado se apoya en intereses minoritarios. En una escena abracadabrantente estúpida de la ínclita serie de TVE La República, el general Sanjurjo le escribe una carta a otro militar invitándole a unirse a un golpe de Estado contra el régimen para defender los privilegios de la patronal y de la Iglesia. Ésta es la visión básica de la versión histórica Ricitos de Oro contra Fascistéitor: había unos tipos en España que vivían de narices aplastando al pueblo, llegaron los Lobeznos democráticos, pusieron en peligro esos privilegios y, automáticamente, estos cresos y purpurados montaron un golpe de Estado militar para no perder sus tan queridas ventajas.

Esta verdad es un subconjunto de la verdad. Es evidente que los intereses patronales, sobre todo terratenientes, y de la Iglesia católica española, operaron a favor del golpe de Estado del 36. Aunque no deja de ser sorprendente que Franco tuviese que embargar en zona nacional hasta los aparatos de dentista que tenían alguna porción de oro; si todos los ricos de España estaban con él, ¿por qué le faltaba el dinero?

Con todo, sin embargo, estos hechos son verdad. Pero lo que no lo es, y aquí reside la gran, yo casi diría que dolorosa, tergiversación del 36, es que fuesen el único apoyo de los conspiradores.

Hay una cosa de la que José Antonio alardeaba mucho, y con razón: Falange no era un partido de señoritos. Girón de Velasco, Sancho Dávila, Hedilla et altera, estaban lejos de ser catedráticos de Metafísica pertenecientes a rancias familias de abolengo. Lo mismo cabe decir del tradicionalismo y del carlismo, formaciones extremadamente populares en Navarra, que es una esquina del mundo donde, como en todas, hay un porcentaje nada desdeñable de pringaos.

Los seis meses que transcurren entre las elecciones del Frente Popular y el golpe de Estado tensionan a la sociedad española hasta límites insostenibles. Como ya he escrito, en la sesión de la Comisión Permanente de las Cortes del 15 de julio, Gil Robles afirma que, de celebrarse elecciones en dicho día, las derechas fascistas ganarían de calle. Él lo tenía que saber bien, que para entonces apenas tenía juventudes japistas, que se habían pasado en masa, con armas y bagages, al falangismo (aunque el estallido de la guerra descubrirá que, en realidad, las fuerzas falangistas son más magras de lo que todos pensaban). En la universidad, el SEU presentaba dura batalla a la FUE, cosa que no se puede hacer si en tu militancia sólo tienes a los cuatro hijos de papá.

En toda sociedad hay gente que grita mucho, que acampa en la Puerta del Sol y tal, cosa que está bien; pero hay otra mucha gente que ni acampa, ni grita, ni nada, pero no por eso deja de tener una opinión. Es error común en el análisis político trabajar como si esa mayoría silenciosa no existiese. La mayoría silenciosa de la España de la II República, sin embargo, es extraordinariamente importante para explicar su historia. La mayoría silenciosa, cuando fue llamada por Largo Caballero a apoyar el golpe de Estado revolucionario, se quedó en casa, haciendo fracasar el movimiento. La mayoría silenciosa, en aquellos lugares en los que el golpe de Estado del 36 triunfó, también se quedó en sus casas. Los dirigentes obreros confiaban en que la posición de los alzados se vería minada por un rosario de huelgas generales en zona nacional que, sin embargo, no se produjeron. Se puede pensar: eso es por causa de la represión. No parece, sin embargo, que a los manifestantes de Tiananmen, de la plaza Tahir, de tantos lugares, les haya callado la represión. Los movimientos pueden ser sofocados, pero se producen. En el caso de la zona nacional, sin embargo, no los hubo. La razón, además de que eran ciudades encañonadas, es que la gente estaba harta. Hasta los huevos. Así de sencillo.

Los golpistas del 36, por lo tanto, puede que, a la hora de ser apoyados de palabra y obra, lo fuesen por ese estrecho círculo de oligarcas que se nos quiere hacer creer. Pero de omisión, fueron apoyados por media España. Y suponer que media España, en 1936, era rica y poderosa, terrateniente o gran industrial, es, por decirlo mal y pronto, desconocerla.

Conocer la guerra civil, entender la guerra civil, pasa, en mi opinión, por tratar de comprender los porqués de esa media España para apoyar el golpe de Estado, de palabra, obra o, sobre todo, omisión.

En el relato de los meses de febrero a julio está, a mi modo de ver, no menos del 80% de esa explicación.

La violencia de las izquierdas fue reactiva, o, dicho de otra forma, yo pegué porque me pegaban.

Es cierto que, cuando llegan las elecciones de febrero del 36, las derechas gobernantes han «pegado». Decenas o cientos de activistas de izquierdas están en la cárcel, la autonomía catalana no existe, y los sindicatos, aunque legales, se mantienen a medio gas. Pero eso no es una «provocación», sino una actuación lógica.

Lo que los hagiógrafos del Frente Popular olvidan con elegancia es que lo que ellos llaman Revolución de Asturias fue, en realidad, un golpe de Estado. Un golpe de Estado montado por Largo Caballero, con notable torpeza eso sí, medio amalgamado con otro de parecido jaez que querían dar las izquierdas en Portugal (las armas acumuladas para el golpe luso acabaron en la casa del doctor De Buen en Moncloa), montado para tomar el poder de los centros neurálgicos de Madrid (no de Oviedo), y por el que sus impulsores, como poco, pretendían subvertir la voluntad libremente expresada por los españoles en unas elecciones de que gobernasen los radicales y la CEDA. Largo Caballero decidió que la CEDA era una organización fascista y que, por lo tanto, cuando llegase al gobierno convertiría el país en una dictadura (cosa en la que se equivocó, y esto es algo que los historiadores suelen ser renuentes a reconocer); y, en consecuencia, decidió, asimismo, que era lícito alzarse en armas contra dicho gobierno. Esto es, como digo, lo mínimo que pretendía Caballero; porque si analizamos sus discursos públicos y el poso de Leviatán y Claridad, veremos que el estuquista no se escondía a la hora de aseverar que lo que buscaba era la dictadura del proletariado.

Cuando las izquierdas, o el Frente Popular, reclamaron, en febrero del 36, la salida de la cárcel de sus correligionarios, exigieron, no lo olvidemos, la liberación de personas que habían sido condenadas por golpismo. Su actitud, por mucho que joda, era exactamente la misma que la de aquél que, hace unos años, fuese a unas elecciones proponiendo en su programa electoral el indulto (y el reingreso en la Guardia Civil con el mismo grado) del teniente coronel Antonio Tejero. Y no sólo la reclamaron, sino que la ejercitaron, sin mediación de juez alguno; simplemente, en un acto de ilegalidad flagrante, abrieron las puertas de las cárceles para que corriese el aire.

Alguna gente, a veces, me pregunta en correos privados qué me ha hecho Azaña para que lo tenga en tan poca estima. Pues bien: esto me ha hecho. Ya es jodido que unos tipos obreristas se lancen cuesta abajo por la pendiente del hago lo que me da la gana, subvierto la legalidad y todo eso. Pero que un tipo que se consideraba lo plus de lo plus del pensamiento hispano; un tipo sedicentemente defensor de la buena libertad y el orden democrático; un tipo que se llenaba la boca aseverando que sus ideas eran las correctas para el devenir de España en libertad; que un tipo, por lo tanto, llamado Manuel Azaña, se prestase, sin un pestañear, sin un siquiera amago de dimisión o de no colaboración, a este juego ilegal, no tiene, sinceramente, pase. Se pongan sus hagiógrafos, que los tiene en ambas orillas del río español, decubito prono, o decubito supino.

Así pues, el 16 de febrero las izquierdas españolas no estaban agredidas por las derechas, porque las derechas hicieron lo que tenían que hacer, esto es sofocar un golpe de Estado y reimponer la legalidad democrática; porque, como recuerda Mariano Ansó en su libro Yo fui ministro de Negrín, Gil Robles, sofocado el golpe en Asturias, con Franco en el Estado Mayor y la sociedad española con la sensación de necesitar ser protegida frente a la subversión obrerista, lo tuvo a huevo para construir esa dictadura que Largo temía, y no lo hizo. Avaló, ciertamente, una represión durísima. Pero los hechos dirigidos por la pareja Doval/Reparaz, con ser enormemente criticables, no lo son menos que la reacción de las izquierdas, que antes y después de obtener el poder mintieron sobre la materia afirmando cosas como se les habían arrancado ojos a niños a lo vivo; con lo cual, por cierto, le hicieron un flaco favor a los auténticos represaliados.

La violencia del 36 es, siendo generosos, tan culpa de las izquierdas como de las derechas. Y eso, digo, es ser generoso, porque cuando hay dos partes que son violentas y una gobierna, ésta última es, por definición, más responsable, pues al que gobierna se le exije que propenda al orden público.

La desesperación de obreros y campesinos justifica su violencia. Éste es un argumento moral y, por lo tanto, pertenece a la subjetividad. Puede haber personas que consideren que nada justifica la violencia y, en efecto, puede haber otras que sí vean justificación en que una persona sea violenta cuando está especialmente puteada.

Pero el problema que no ven muchos de los que esgrimen este argumento, en la calle, en los foros de internet o en los libros universitarios, es que aquí no estamos hablando de la opinión de Manuel o de Hermenegildo, sino de la actuación de un gobierno.

Los teóricos de la democracia la definen como aquel estado de cosas político en el que las minorías son respetadas. Un gobierno no democrático gobierna sólo para los que le interesa: los arios, los ricos, los pobres, los tontos, los listos. Un gobierno democrático gana gracias al apoyo de los arios, o de los ricos, o de los pobres, de los tontos o los listos; pero gobierna para todos. Quien no hace eso, estando en el gobierno, peca de sectarismo y difícilmente puede ser calificado como demócrata de facto.

Las minorías no fueron respetadas en el 36. Fueron agredidas, y en esa agresión, además, perdieron la ocasión de disputarle el liderazgo de dicha minoría a quienes nadaban como pez en el agua en aquella atmósfera de violencia, porque era la suya. Las minorías no fueron respetadas, en gran parte, porque el gobierno, las personas que se llamaban ministros, directores generales, gobernadores civiles, diputados de la mayoría, se erigieron en tertulianos de bar y decidieron obrar no como responsables públicos, sino como si tuviesen todo el derecho a regirse por su sola, mera e individual opinión. Así las cosas, si un gobernador civil, en su fuero interno, consideraba que estaba bien que un derechista recibiese una mano de palos, y si al final lo mataban mala suerte, pues entonces pasaba de protegerle.

Esto es un problema de derechos y deberes. Alguien que está puteado tiene todo el derecho a sentirse puteado e, insisto, a los ojos de algunas personas puede incluso adquirir el derecho moral a coger una estaca y liarse a leches. Pero a ese derecho se contrapone el deber de unas autoridades a garantizarle al señor contra el que el otro tipo levanta la estaca su derecho a caminar libremente por la calle sin ser agredido.

El Frente Popular dibujó una España de derechos asimétricos que fue oro molido para quienes querían alzarse contra su gobierno, puesto que recibieron la callada y pasiva aquiescencia de todos aquéllos, que eran muchos, que se rebelaban contra ese orden de cosas. Y lo que le pasa a mucho juzgador de este periodo es que eso no le parece mal porque, al fin y al cabo, esa asimetría de derechos favoreció a gentes que le caen simpáticas.

Pero la democracia es otra cosa. La democracia va de reconocerle sus derechos al que te cae mal.

miércoles, mayo 25, 2011

La «normalidad» del 36: coda

¿Quién mató al teniente de Asalto José Castillo, instructor de las milicias socialistas y jefe de las fuerzas que reprimieron la manifestación final del entierro del alférez De los Reyes? Esta pregunta permanece, 75 años después, sin una respuesta aceptada por todos, lo cual quiere decir que, probablemente, ya no podrá haber una sola explicación. Por mi parte, y que quede claro que es una opinión personal, creo que hay algo que decir sobre quién lo mató, quién lo quiso matar y gracias a quién fue muerto.

¿Quién lo mató? Probablemente, pistoleros tradicionalistas. La acción de Castillo que reclamaba venganza era su disparo contra el joven Llaguno, tradicionalista, en la plaza de Manuel Becerra, el 17 de abril de 1936. Puestos a pensar en un asesinato político, los terroristas de derecha podían haber pensado en otros objetivos más pintones que el propio Castillo. Sin embargo, en el terreno de quién lo quiso matar, es posible que haya que añadir a los falangistas. Ángel Alcázar de Velasco, falangista de primera línea y de primer momento, cuenta en uno de sus libros que estuvo preparado para matar a Castillo, pero que José Antonio dio la contraorden; contraorden que tendría todo el sentido si Primo de Rivera tenía una mínima información sobre los preparativos golpistas, pues no era cuestión de exacerbar los ánimos. Si concluimos, pues, que los asesinos de Castillo tenían que ser personas que tuviesen algo que vengar y, al mismo tiempo, no estuviesen demasiado informados de la ensalada que se estaba montando, es imposible no pensar en los tradicionalistas.

¿Gracias a quién fue muerto? Sin ningún lugar a dudas, a Casares Quiroga. El republicano gallego ofició de ministro del Interior en funciones tras los incidentes del entierro de De los Reyes y, para cuando Castillo fue asesinado, era presidente del Gobierno. Por dos veces, pues, en su mano habría estado retirar a Castillo de la circulación, como es lógico hacer con un miembro de las fuerzas de seguridad mientras se investigan las circunstancias en las cuales ha disparado, casi a quemarropa, sobre un manifestante. Lo que hizo tan singular, y terroristamente apetecible, a Castillo, fue el hecho de que, a pesar de estar implicado en hechos gravísimos que incluso habían provocado muertes, no había sufrido la menor consecuencia, así pues caminaba tranquilamente por la calle, camino de su curro, cuando alguien, váyase a saber quién, se cruzó con él, y se lo apioló.

Horas después, en la noche del 12 al 13 de julio, se producirá otro de los misterios sin resolver de la Historia reciente de España. Hay muchas cosas que se saben. Se sabe que en el cuartel de Pontejos, auténtico hervidero de elementos marxistas de las fuerzas del orden, el personal está más que cabreado por el asesinato de un compañero, el teniente Castillo. Se sabe que un grupo de guardias de Asalto, inexplicablemente liderado por un guardia civil a la expectativa de destino, Fernando Condés, toma una camioneta, la 17, y se marcha del cuartel en dirección al barrio de Salamanca.

En la calle Velázquez buscan a Gil Robles en su casa, pero no lo encuentran porque no está (otros testimonios dicen que la visita fallida a Robles la hace otra camioneta). Entonces siguen unas manzanas más arriba, hasta el chaflán del número 89 donde vive otro diputado de las derechas, José Calvo Sotelo. Entran en su casa de madrugada. Le informan de que debe acompañarlos para ser interrogado en la Dirección General de Seguridad. Calvo Sotelo protesta. Su mujer entra en un ataque de nervios. Los policías realizan una especie de registro en el despacho del diputado, en el curso de la cual se cargan una banderita de España que tenía encima de la mesa. Calvo Sotelo dice que va a llamar a la DGS. Victoriano Cuenca, que es por cierto un civil y no tiene autoridad para hacer algo así, arranca el teléfono para que no pueda hacerlo. La situación es tensa pero, cuando Condés le informa a Sotelo de que es miembro de la Benemérita, el diputado se aviene a ir con él. Sale al balcón y pregunta a los escoltas, que están en el portal, si la camioneta y sus ocupantes son de verdad agentes del orden. Finalmente, y frente a la oposición firme de su mujer, se aviene a ir con ellos. Tranquiliza a su esposa. Le dice que no se preocupe, que la llamará pronto, «a no ser», añade lúgubremente, «que estos señores me maten».

Muy probablemente, Calvo Sotelo sabía que iban a matarlo. Fernando Condés tuvo que identificarse como guardia civil, puesto que iba de paisano; pero Condés no tenía el carné reglamentario, pues había sido rehabilitado días atrás y aún no se lo habían dado. Así pues, toda la identificación que pudo enseñarle a Calvo Sotelo fue una copia del boletín oficial con su nombramiento; por lo tanto, es prácticamente imposible que el diputado del Bloque Nacional no fuese consciente de que Condés era uno de los guardias civiles revolucionarios, apartados del cuerpo por su participación en el golpe revolucionario del 34 y rehabilitados tras la victoria del Frente Popular.

Hay testimonios de que en la camioneta 17, sentado en la fila de asientos de enmedio entre dos policías, Sotelo no paraba de hablar y quejarse del atropello del que estaba siendo objeto; la actitud típica del hombre desesperado. Quizá se imaginó a sí mismo contra la tapia del cementerio, recibiendo una ensalada de tiros. Pero no hay nada de eso. Victoriano Cuenca, que está sentado detrás de él, y cuando la camioneta está aún en la calle Velázquez, le dispara dos tiros en la nuca, mortales de necesidad.

Quizá la camioneta tuvo que pasar un control policial más o menos a la altura de las Escuelas Aguirre. Quizá lo evitó, o quizá los policías del control les dejaron pasar. El caso es que siguieron hasta el cementerio, donde tiraron el cadáver. El tipo que lo recogió dijo que se dio cuenta enseguida de que tenía que ser alguien importante por los zapatos que llevaba.

Pero eso es lo que se sabe. Son más las cosas que no se saben. La principal de ellas: ¿fue la muerte de Calvo Sotelo una muerte organizada?

Hay argumentos para todos los gustos. En primer lugar, porque no era el primer objetivo. En segundo lugar, porque uno de los indicios manejados por algunos historiadores, el extraño cambio de su escolta días antes del atentado, tampoco cuadra del todo. Es cierto que, días antes del asesinato, se cambió la escolta del ministro, ante lo cual él protestó airadamente, y que tras la llegada del franquismo se afirmó que esos escoltas suplentes habían sido conminados a cargarse a Calvo Sotelo o colaborar en su asesinato. Si eso fuese cierto, ¿cómo es posible que uno de esos dos escoltas, Rodolfo Serrano de la Parte, tuviese simpatías por las derechas?

Otros testimonios, como el del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que fue de la partida, nos dicen que la camioneta 17 partió de Pontejos después de unas y antes que otras; que sus integrantes fueron designados al azar; y que se les entregó una orden escrita. Lo que pasa es que dicho testimonio bien puede ser exculpatorio. Si Castro participó en una acción para cargarse a un diputado, es lógico que, a toro pasado, y puesto que no pocos de los protagonistas de la movida murieron poco tiempo después que Calvo Sotelo, al principio de la guerra, declarase que si estaba allí era por sorteo, y que todo se hizo legal. Además, aún siendo cierto lo que cuenta, aún cabe la posibilidad de que no todos los integrantes de la camioneta estuviesen en el secreto de lo que iban a hacer. Una vez hecho, a los demás les habría sido muy difícil oponerse, o denunciarlos. Pero, de todas formas, es un hecho que en la noche del 12 al 13 de julio, de Pontejos salieron varias camionetas con órdenes para practicar detenciones.

Otro elemento inquietante de la historia es la presencia de Condés. Teniente de la guardia civil, en 1934 decide algo tan increíble como alzarse contra su propio cuerpo, de modo y forma que es el alma del plan para atacar el Parque de Automovilismo del cuerpo en Madrid, donde de hecho estaba destinado. Como el golpe de Estado revolucionario del 34 fue un fracaso total en Madrid, tuvo que esconderse, pero el 16 de octubre, para sorpresa de todos que lo suponían huyendo, se entrega y arrostra las consecuencias de su acción revolucionaria. En febrero de 1935, es condenado por un consejo de guerra a cadena perpetua en el castillo de San Julián, en Cartagena.

El 23 de febrero del 36, tras la victoria del Frente Popular, sale libre por la puerta del castillo tras lo cual, de forma quizá un tanto inexplicable, remueve Roma con Santiago para recuperar su empleo en la Guardia Civil. El 1 de julio fue readmitido, y el 2 ascendido a capitán. Los historiadores de la guardia civil destacan el hecho inusual de que el preceptivo informe del mando, previo a nombramiento y ascenso, fue redactado el mismo día del segundo y que, de hecho, el general Pozas lo revisó cuando la decisión ya había sido tomada y publicada. Había, pues, mucha prisa por volver a vestir a Condés de verde.

No existe ningún trazo, entre el 2 y el 12 de julio, de que Condés ingresase en ningún servicio concreto. Lo cual quiere decir que la noche del 12 es un capitán sin mando que, sin embargo, y con la extraña aquiescencia del oficial que está controlando la salida de las camionetas de Pontejos, teniente Andrés León Lupión, todo el mundo en el vehículo 17 asuma que él es el jefe. Es decir: teóricamente, nos encontramos ante algo tan normal como que un cuerpo policial es convocado para hacer unos servicios rutinarios (detenciones, registros...); pero, sin embargo, uno de estos grupos es colocado bajo el mando de un capitán de otro cuerpo que, además, no tiene destino, es un capitán sin mando. ¿Algún policía o guardia civil entre el público que nos pueda decir si esto es normal?

Más aún: ¿y Cuenca? Victoriano Cuenca, panadero de profesión, se había ganado la vida de guardaespaldas del presidente cubano Machado y, en aquel momento, lo era de Indalecio Prieto. No era ni policía, ni guardia civil, ni leche que le fundara. ¿Quién lo colocó detrás de Calvo Sotelo? ¿Hacia dónde estaban mirando sus compañeros de asiento que le dejaron hacer, no uno, sino dos disparos en su nuca? ¿No nos dice este detalle que, de alguna manera, Cuenca ostentaba algún tipo de autoridad, algún tipo de mando, sobre los agentes? ¿Acaso el hecho de que fuese una de las tres personas que subió a casa del diputado a hacer el registro no abona esta tesis? Pero si es así, ¿qué tipo de autoridad, y quién se la había otorgado?

Se dice que Casares se entrevistó, aquella noche, con destacados policías marxistas, como Condés. Es difícil de creer, teniendo en cuenta que estaba en una recepción diplomática. Sí parece, sin embargo, que Condés estuvo, junto con el también marxista teniente Moreno y José del Rey, guardia de Asalto de la misma cuerda que sobreviviviría a la guerra y acabaría declarando sobre este asunto (y en esos momentos guardaespaldas de Margarita Nelken), en el despacho de Alonso Mallol, director general de Seguridad. Fueron, lógicamente, calentitos con la noticia del asesinato de Castillo, cuyo cadáver, aquella noche, aún estaba caliente. Fue Mallol, probablemente, el que ordenó la redada a la cual salieron las camionetas.

De ser así las cosas, aquí ya hay, como poco, una irregularidad. ¿Por qué un suprajefe policial como el director general de Seguridad tiene que discutir las medidas a tomar con un, una vez más, guardia civil sin destino, un panadero con pistola y un guardia raso? ¿Acaso no es lógico pensar que, lo mismo que recibe a quien no tiene que recibir, le otorgase un mando que no le correspondía?

A la camioneta 17 suben, tras saber por Lupión que están al extraño mando de Condés (que, para colmo, viste de paisano; por eso tuvo que informar a Calvo Sotelo de que era guardia civil): los guardias de Asalto Amalio Martínez Cano, Enrique Robles Rechina, Sergio García, Bienvenido Pérez Rojo, Ismael Bueso Bela, Ricardo Cruz Cousillos, Aniceto Castro Piñeiro y José del Rey Hernández; Victoriano Cuenca, pistolero y guardaespaldas de Indalecio Prieto; y, finalmente, dos militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, Santiago Garcés y Francisco Ordóñez.

Al domicilio de Calvo Sotelo sólo subirán tres integrantes de la partida: Condés, Cuenca y Del Rey. Los tres más significados políticamente, pues, y dos de ellos (Condés y Cuenca) técnicamente carentes de toda autoridad, máxime si han de hacerla ejercer frente a un aforado.

Existen varios testimonios de que, ya en la calle, cuando el diputado sube a la camioneta, Condés duda en hacerlo, ante lo cual Calvo Sotelo protesta, afirmando que si el guardia civil no le acompaña «me tienen ustedes que matar aquí mismo». Como digo, que esto ocurrió es casi incontrovertible, y este detalle abona la teoría de que no hubo premeditación en la acción. Si Condés no quiere ir en la camioneta es porque ha terminado su misión; pero si su misión ha terminado, ésta sólo puede ser detener a Calvo Sotelo, no matarlo.

De vuelta a Pontejos, después de dejar el cuerpo, Condés sube a ver al comandante Ricardo Burillo y le confiesa lo que ha hecho. El jefe del cuartel, quizá tras una primera sorpresa, decide taparlo todo. Ordena que se limpie la sangre de la camioneta, tarea que encomienda a un guardia de máxima confianza, llamado Tomás Pérez. Burillo llama al teniente coronel Sánchez Plaza, jefe de los guardias de Asalto, quien se presenta en Pontejos, convoca una reunión de guardias, y allí mismo, en un gesto bastante repugnante en un mando de las fuerzas de seguridad, decreta la ley del silencio.

Ni Fernando Condés, capitán de madera sin mando en plaza; ni Victoriano Cuenca, pistolero de fortuna al servicio de la revolución, fueron jamás detenidos, ni siquiera un minuto de sus vidas, por la muerte del diputado de la nación José Calvo Sotelo.

Bien pudo ser el asesinato un calentón de Cuenca. A mi modo de ver, es una teoría que viene abonada por la intensa necesidad que inmediatamente siente el pistolero de confesar lo que ha hecho, puesto que se va escopetado a ver a Julián Zugazagoitia y al propio Prieto y confesarles los hechos. Pero también es un hecho que ese calentón fue, si no compartido, sí, cuando menos, aceptado por los demás. Al parecer, siempre según los testimonios disponibles, algún guardia, tras los disparos, expresó su temor por que se supiera lo ocurrido, ante lo que José del Rey espetó, bien claro, que a quien se fuera de la lengua se lo cargarían.

José del Rey, un simple guardia de Asalto, parece tener un papel extrañamente importante en los hechos. Entra en el despacho de Mallol, o sea que está allí cuando recibe las órdenes. Es el guardia de Asalto designado para subir al domicilio de Calvo Sotelo. Y es el elemento de la partida que da el paso al frente de amenazar a los posibles chivatos, una vez realizada la acción. Y es que Del Rey era un simple guardia, pero era, también, un devoto marxista.

Prieto contó, a finales de los cincuenta, que Fernando Condés le confesó que sus órdenes (¿de quién?) eran practicar la detención de Calvo Sotelo, que no sabía que lo iban a matar, y que iba a suicidarse por el deshonor en el que había incurrido, pero que el político socialista le convenció de no hacerlo. Esta versión cuadraría con la pronta muerte de Condés nada más empezar la guerra. Pero no cuadra con otras cosas. Si tan alto concepto del honor tenía, ¿por qué no, simple y llanamente, confesó, aunque sólo fuese por escrito y ante la posteridad? Más claro aún. Supongamos que el asesinato es un calentón de Cuenca, como hemos dicho. Si tan respetuoso era Condés de los acendrados valores de la disciplina castrense y policial, y puesto que parece fuera de toda duda que tenía mando en aquella camioneta, ¿por qué no llega Victoriano Cuenca detenido a Pontejos? ¿Acaso no le habría sido más fácil a Condés, amén de más coherente con su supuesto honor, subir a Cuenca esposado al despacho de Burillo y dejarle a él el marrón de liberarlo si quería?

A las 10 de la mañana del 13 de julio, se produce el hecho histórico de que se celebre, en la España democrática, un consejo de ministros cuyo orden del día es la ocultación de un crimen, para colmo en la persona de una persona a la que, en teoría, no se le puede poner ni una multa de tráfico sin autorización parlamentaria. De aquel consejo de ministros, si al Frente Popular le quedaba una micra de equilibrio democrático, tendrían que haber salido más de una decena de órdenes de detención, el nombramiento de un fiscal y un juez especial, el cese del director general de Seguridad y del ministro de Gobernación, de todos los mandos de Pontejos y hasta de las señoras de la limpieza, el decreto de tres días de luto, y una orden policial estricta imponiendo la tolerancia cero con cualesquiera manifestaciones. Casi ninguna de las medidas aquí descritas fue tomada, sin embargo. La reacción de aquel consejo de ministros fue simple: menudos hijos de puta los asesinos, sí; pero son nuestros hijos de puta. El único, levísimo atenuante que puede aparecer ante la Historia es que las decisiones finales sobre el caso tardaron cuatro horas y media en tomarse, de donde cabe deducir que aún había en aquel gobierno gentes, no sabemos cuáles, con la cabeza razonablemente amueblada.

Finalmente, el Ejecutivo hará pública una nota dedicada, en conjunto, a las muertes de Castillo y Calvo Sotelo, que califica de «hechos de notoria gravedad»; expresión con la que se inicia toda una tendencia de juicio, que llega hasta el día de hoy a través de según qué historiografía, consistente en poner al mismo nivel el asesinato de un teniente de la policía y el de un diputado de la nación. Todos los asesinatos son execrables pero, nos pongamos como nos pongamos, no es lo mismo.

Se anuncia también el nombramiento de dos jueces y la práctica de muchas detenciones; la verdad del asunto es, más bien, que a esas horas del día, medio Madrid sabe ya hasta la marca de gayumbos que llevaban los ocupantes de la camioneta 17, algunos de los cuales, sin embargo, proseguirán limpios de polvo y paja tras esa supuesta ola de detenciones.

El mismo día 13 por la tarde, socialistas, comunistas y dirigentes de la JSU se reúnen y deciden armarse para contrarrestar la reacción esperable, además de pedir al gobierno la ilegalización de los partidos derechistas; propuesta, ésta última, que es, como poco, curiosa. La ETA mata a un general del Ejército de Tierra y, por lo visto, la reacción lógica es... disolver el Ejército de Tierra. Indalecio Prieto, que antes de que el gallo cante tres veces llenará en México páginas y páginas tratando de demostrar que Calimero nunca ha roto un plato y que siempre fue más bueno que las pesetas, preside la comisión que se va a ver al ministro para proponerle estas exigencias intolerables para el momento.

Ese mismo día, por cierto, un grupo de anarquistas asesina en Madrid a un ugetista que había decidido terminar la huelga de la construcción (recordemos que UGT, haciendo uso de su teórico derecho sindical, había aceptado el laudo gubernamental) y se había incorporado a la obra de una carretera.

Garcerán, el pasante de José Antonio y su correo con Mola, le anuncia al general en Pamplona que si en 72 horas no se subleva el ejército, lo hará Falange en Alicante.

El día 14 por la tarde, la masa que vuelve del entierro de Calvo Sotelo choca en Becerra con los guardias de Asalto. Quedan dos muertos en el suelo. En la calle Torrijos, un nuevo enfrentamiento entre izquierdistas y derechistas deja dos muertos más. Entre el 12 y el 14 de julio, pues, mueren en Madrid siete personas, de las cuales uno es diputado y otro miembro de las Fuerzas de Seguridad.

Todo ello, normal que lo flipas.

Las Cortes suspenden sus sesiones dada la crispación existente. Pero el 15 la Comisión Permanente debe reunirse para prorrogar el estado de alarma, que lleva vigente, ojo al dato, desde las elecciones de febrero.

Aquella Comisión Permanente es la última oportunidad, bastante remota ya, todo hay que decirlo, que tiene el Frente Popular de evitar su descarrilamiento en la Historia. El conde de Vallellano, portavoz monárquico, comienza su intervención anunciando la marcha de las derechas, su desafección de la República. Gil Robles continúa con palabras bien evidentes: «la ley de excepción, en manos del Gobierno, se ha convertido en elemento de persecución contra todos aquéllos que no tienen las mismas ideas que el Frente Popular». En un retrato tan rápido como certero y triste, define: «Las sentencias de los Jurados Mixtos no se cumplen; el ministro de la Gobernación puede decir hasta qué punto los gobernadores civiles no le obedecen; los gobernadores civiles pueden decir hasta qué punto los alcaldes no hacen caso de sus indicaciones». En España, se queja, todo Dios hace lo que le sale de los cojones.

Robles asevera: «Cuando habléis de fascismo no olvidéis, señores del Gobierno y de la mayoría, que, en las elecciones del 16 de febrero, los fascistas apenas tuvieron unos cuantos miles de votos en España; y si hoy se hicieran unas elecciones verdaderas, la mayoría sería totalmente arrolladora». Más aún: «cuando la vida de los ciudadanos está a merced del primer pistolero, cuando el gobierno es incapaz de poner fin a este estado de cosas, no pretendais que las gentes crean ni en la legalidad ni en la democracia». «Dentro de poco», terminó la alocución del político cedista, «seréis el Gobierno del Frente Popular del hambre y de la miseria, como ahora lo sois de la vergüenza, del fango y de la sangre».

¿Qué pudo hacer la izquierda en esa situación? Cualquier cosa, menos nada. Si tan cierto es que se habló de una dictadura republicana, aquél de la Comisión Permanente fue el momento de declararla. Aquél fue el momento de dejarle claro al país y al mundo que ya estaba bien. Que con la muerte de un aforado, se había colmado el vaso.

El Frente Popular, lejos de ello, actuó como si aquél fuese otro obstáculo que se puede saltar. Pero se olvidó de dos cosas.

La primera, que el cadáver de Calvo Sotelo era, en realidad, el pico de una pirámide de cadáveres en la que se amontonaban obreros de izquierdas y derechas acribillados, un juez asesinado por los falangistas, miembros de las fuerzas de seguridad muertos a tiros, degollados, derechistas asesinados a hostias, iglesias quemadas, edificios privados asaltados, simples paseantes asesinados.

La segunda, el significado, en sí, de que, en España, se pudiese sacar a un diputado de su casa, detenido sin mostrarle siquiera un papel, ni una triste orden judicial, y matarlo de dos tiros en medio de la calle. Creo que ha sido Stanley Payne quien lo ha definido mejor:

El 13 de julio nadie decidió dar un golpe de Estado contra la República, porque los preparativos se llevaban haciendo de meses atrás. El verdadero significado de la muerte de Calvo Sotelo es que enseñó a los conspiradores que, en realidad, estaban más seguros alzados que respetando el orden constituido. Si algún obstáculo se presentaba ante el general Mola para obtener la aquiescencia de mandos militares indecisos, del carlismo, etc., quedó allanado por la sangre de Calvo Sotelo.



Triste coincidencia. Los días 15 y 16 de julio de 1936, por primera vez en mucho tiempo, nadie muere en España como consecuencia de atentados políticos o sindicales. Como dicen en mi tierra: tarde piaches.



Los hechos están contados.

El pastor alavés

Pues sí. El pastor era alavés. Bien mirado, el grabado tiene sus pistas. Dan Brown haría maravillas con él. Aparecen unos pajarillos en el cielo que pueden ser indicativo de que no es invierno pero, aún así, los pastores están abrigados hasta las orejas; o sea, que en el sur no es. La figura de la vaca indica, asimismo, ganadería norteña. Y el pelo a lo afro es, o fue, signo euskaldún.

Enhorabuena a los premiados, pues.

martes, mayo 24, 2011

Ejercicio de agudeza visual



Debo pedir perdón por la mala calidad de esta foto. Está tomada con el móvil.

La imagen proviene de un libro que a finales del siglo XIX estaba presente en muchas casas pudientes francesas. Se trata de La Tierra a vuelo de pájaro, una encliclopedia en un tomo, descriptiva de los diferentes lugares y pueblos del mundo, que escribió el famoso geógrafo Eliseo Reclus. El libro aún no tiene fotografías puesto que presenta grabados; aunque algunos de estos grabados, según nos dicen los pies de las ilustraciones, están ya tomados de fotos.

Uno de los grabadores que colaboraron con la publicación fue Gustave Doré, buen conocido de España por haberla visitado personalmente, y que está estrechamente ligado a El Quijote de
Cervantes. Doré, en efecto, realizó diversas obras de ambiente español.

El grabado de la foto figura en la introducción del libro, y en el pie de foto se nos dice que Doré reprodujo en el mismo a dos pastores españoles, padre e hijo. Es, pues, una foto de nuestro remoto abuelo.

La pregunta que os dejo es: ¿seríais capaces de adivinar en qué provincia de España tomó Doré este retrato? Es una lotería, lo sé. Pero, bueno, lo mismo entretiene un rato pensar en ello.

lunes, mayo 23, 2011

Las encrucijadas del 22-M

Casi por definición, toda convocatoria electoral que no se produzca en un momento de especial remanso o desinterés provoca encrucijadas. Las votaciones marcan un antes y un después, máxime si sólo se producen cada cuatro años, como ocurre en España, donde las elecciones municipales y generales están tan juntas que, realmente, aquéllas se convierten en una especie de primarias de éstas. Las encrucijadas que yo veo son las siguientes:

La encrucijada de Zapatero. El presidente del Gobierno tiene su propia encrucijada, que no es, necesariamente, la del partido. Ahora, Zapatero tiene, teóricamente, dos caminos posibles. Puede escuchar el clamor de sus votantes, que claramente lo han castigado por ser poco de izquierdas. O puede escuchar los consejos, sino algo peor, por parte de los grandes gobiernos del mundo y sobre todo de Europa, que le están reclamando, cada vez más, una profundización en las reformas de la economía española, mucho más ambiciosas que las hasta ahora iniciadas o anunciadas.

Quizá lo único que tenga claro, o que tendría yo de ser él, es la decisión de no adelantar las elecciones. Un adelanto electoral sería catastrófico para él. Hoy por hoy, el PSOE puede alcanzar en unas generales un resultado que haría pasar a Zapatero como el líder más nefasto de su Historia; y esto es algo que alguien como el presidente, que siempre ha soñado con pasar a la Historia (como, por ejemplo, el hombre acabó con ETA), no podría soportar. Además, un adelanto electoral hoy se las pondría al PP como a Fernando VII: en los cien primeros días de gobierno se monta un plan de austeridad de la pitri mitri y se le echa la culpa al que acaba de irse. Quien piense que Zapatero puede irse ahora y dejarle «el marrón» de la economía al PP, que se fije en la actitud del gobierno Mas en la Generalitat.

La pregunta es: la primera opción, es decir recuperar el tono de izquierdas, ¿existe realmente? ¿O quizás, dejó de existir en mayo del año pasado, cuando el señor Jintao llamó a Zapatero y le dijo tu pone olden tu economía o yo polculizo a ti con miemblo de bisonte?

La encrucijada del PSOE. Para bien o para mal, el PSOE ha seguido a su líder en este viaje, con el agravante de que dar ahora marcha atrás y dárselas de progre le va a ser especialmente difícil por causa del movimiento 15-M que es, claramente, mucho más atractivo para quienes se sienten progresistas. Por eso, creo que lo primero que va a intentar el PSOE en las próximas semanas va a ser hacerle una OPA al 15-M, ofrecerle una fusión por absorción aprovechando que, hermano, ambos hemos salido de la misma matriz proletaria.

Se van a multiplicar los guiños a la Puerta del Sol, en la calle y aquí en la red. El próximo argumentario del PSOE, ya lo apuntó Zapatero en su creo que última entrevista en la SER antes de las votaciones, será: sí, he dicho lo contrario hasta ahora para no acojonar, pero estamos al borde de la intervención. Me lo ha dicho Merkel, y el moreno, y el Jintao, y su repostera madre también me lo ha dicho. Estamos al borde del abismo y yo, colegas, estoy haciendo lo posible para que no caigamos definitivamente en el Lado Oscuro Liberal. Sauron nos vigila y no veais lo que tira; pero yo sigo llevando el anillo. Eso sí, es carga pesada, y tenéis que ayudarme. ¿Apestamos los socialistas? Como nos caigamos en el barro del FMI, ya vais a ver lo que es apestar, machos.

Y de todo esto, por cierto, la culpa la tienen los orcos.

Joaquín Almunia trató de huir hacia adelante cuando vio que Ansar iba a llevarse las elecciones metiendo menos de medio glande, y pactó una entente con Izquierda Unida. Ahora, probablemente, el PSOE intentará lo mismo, lo que pasa es que intentará puentear a IU (cuyos resultados ayer no son como para pensar que sea un partner con demasiadas madalenas en el zurrón) para pactar con los que ahora mismo molan.

Otra encrucijada importante para el PSOE es aprender a vivir, cuanto antes, con la idea de que no tiene suelo. Aquí siempre se ha hablado del techo de la derecha. Por dos veces (años 2000 y 2011), el PP ha demostrado que ese techo lo tenía Fraga, no la derecha. Ahora, en el 2011, se ha demostrado que el PSOE, contra lo que siempre se había pensado, no tiene suelo; que puede caer más bajo de lo imaginado. Ahora el PSOE tiene por delante la labor de demostrar que ese no-suelo no es cosa suya, sino de Zapatero.

La encrucijada del PP. Los populares tienen que saber que lo que ha pasado el 22-M es que el PP tiró un penalty, chutó demasiado a la derecha de la portería pero, inexplicablemente, el portero, camarada Zapatero, se lanzó hacia ese lado, atrapó la bola en el aire, y luego la empujó dentro de la portería. Poco ha conseguido el PP ayer en términos de votos nuevos; lo que pasa es que como el PSOE se ha quedado con dos de pipas, parece lo que no es.

No tiene el PP que saber administrar su victoria. Tiene que entender, más bien, que no ha ganado tanto como parece. Esto ha sido así por razones tres: una, porque la estrategia de Rajoy de no dar ni los buenos días durante dos años ha tenido, claro, la consecuencia de que nadie le pueda reprochar ninguna mala idea (ni buena); dos, porque uno de los dos grandes hechos de la campaña, Bildu, le ha favorecido claramente ante su electorado fiel e indeciso (y le va a seguir favoreciendo); tres, porque el otro hecho, el 15-M, es inocuo para ellos. Es una guerra en la que los populares no tienen nada que ver... de momento (véase la encrucijada del PSOE).

Ahora, el PP gobierna en la mayor parte de España. Está, pues, en la encrucijada de qué hacer en materia económica, pues una parte no desdeñable de la política económica, sobre todo la de gasto, está en sus manos. Una de sus posibles estrategias es la que podríamos denominar estrategia Mas, puesto que es la que se ha aplicado en el Gobierno catalán: aplicarle a la ciudadanía a toda hostia la purga de Benito para poder echarle la culpa al anterior. Todo el mundo sabe que de todo lo malo ocurrido en los cien primeros días de gobierno tiene la culpa el gobernante anterior. A partir del día 101, sin embargo, el nuevo gobernante ha de asumir que las culpas son suyas. Así pues, el PP debería sacar a pasear las miserias de los presupuestos que gestiona por primera vez. Pero eso, ojo, es incompatible con la estrategia de low profile que el partido se ha dado al máximo nivel. ¿Cuál de las dos ganará?

La encrucijada del movimiento 15-M. Si los de la DRY quieren sobrevivir, tendrán que aprender a hacer política. Ayer salieron sobradamente derrotados ante la ciudadanía, por mucho que ahora se hagan cuentas en las que sumando abstencionistas, votos en blanco, nulos, peras, manzanas y escubidubidúas, se nos pretenda convencer de que el peso del 15-M fue abrumador en las municipales. Tener peso en unas elecciones es mucho más que cuadrar una hoja de cálculo. Es un problema de sensaciones, y ayer fueron cienes y cienes los colegios electorales sobre los cuales el 15-M sobrevoló más o menos lo mismo que el miedo a los vampiros.

Cometió el movimiento el mismo error que Franco. Franco también llenó una plaza, la de Oriente, de apasionados partidarios, en los albores del otoño de 1975; y creyó, y con él todo el Régimen, que todo el monte era orgasmo. La manifestación del millón, la llamó la prensa afecta, haciéndose la ilusión vana de que en la plaza de Oriente cupiese un millón de personas. El pasado viernes en la noche, a pesar de ser día grande para la captación de visitantes más o menos mediopensionistas y de mediar la teórica amenaza de disolución policial, sólo el PP, y sólo en el Palacio de los Deportes, juntó tanta o más gente que la acampada de Sol.

Hace una semana del inicio, y sigue sin haber un programa estatuido, coherente, jerarquizado (esto irrenunciable, esto posible, esto bla) y ampliamente conocido. En mi caso, confieso que hace ya tiempo que he pasado de buscarlo; a mí, que me lo traigan, porque no tengo porque darle un tratamiento especial a nadie; y los demás me lo traen. El movimiento se ha masturbado en asamblearismos utópicos (España no es la Atenas ática; para bien, y para mal), portavoces de sí mismos, el pecado de la negación (en política, además de decir no, hay que decir sí) y un romanticismo que quedará bien para las fotos que algún día verán los nietos de los acampados (si es que les interesa verlas, claro), pero es ineficiente para un movimiento que pretende cambiar las cosas.

Tiene tres destinos posibles el 15-M: el primero, una alianza estratégica política, en la cual todo lo que puede hacer es perder, desaparecer, diluirse en la escisión de la escisión de la escisión. El segundo, avanzar en la definición de sí mismo y dejar claro qué es lo que considera que debe cambiar, y cómo; punto éste en el que no todo lo que se ha visto merece la pena, como ocurre con la propuesta de expropiar las viviendas que no se venden (y, ¿por qué no expropiar los yogures que no se venden, y los coches que no se venden, y los libros que no se leen?). Tercero, seguir como está hasta que, dentro de n días, sólo queden en Sol veinte irreductibles que, el día que sean desalojados, merecerán dos o tres líneas en algún que otro periódico, y un puñado de twitteos. Haga lo que haga, ya tarda. Ha llegado la hora de dejar de caer simpático, y empezar a resultar interesante. Sigo diciendo que el 15-M del martes o miércoles pasado era un movimiento muy interesante, porque pedía muy pocas cosas pero a las pocas cosas que pedía les otorgaba un tono de irrenunciabilidad que hacía pensar en un cambio. Luego, a mi modo de ver, se perdió marxistamente, es decir contaminado por sus propias contradicciones. Ahora mismo, para el futuro de DRY, cada minuto cuenta.