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jueves, marzo 21, 2024

Cruzadas (y 39): El repugnante episodio constantinopolitano

Decidiendo una corona
La difícil labor de Godofredo de Bouillon
Jerusalén será para quien la tenga más larga

La cruzada 2.0
Hat trick del sultán selyúcida y el rey danisménida
Bohemondo pilla la condicional
Las últimas jornadas del gran cruzado
La muerte de Raimondo y el regreso del otro Balduino
Relevo generacional
La muerte de Balduino I de Jerusalén
Peligro y consolidación
Bohemondo II, el chavalote sanguíneo que se hizo un James Dean
El rey ha muerto, viva el rey
Turismundo, toca las campanas, que comenzó el sermón del Patriarca
The bitch is back
Las ambiciones incumplidas de Juan Commeno
La pérdida de Edesa
Antioquía (casi) perdida
Reinaldo el cachoburro
Bailando con griegos
Amalrico en Egipto
El rey leproso
La desgraciada muerte de Guillermo Espada Larga
Un senescal y un condestable enfrentados, dos mujeres que se odian y un patriarca de la Iglesia que no para de follar y robar
La reina coronada a pelo puta por un vividor follador
Hattin
La caída de Jerusalén
De Federico Barbarroja a Conrado de Montferrat
Game over
El repugnante episodio constantinopolitano 

  



A lo largo de todas estas tomas sobre las cruzadas hemos dejado un poco de lado a Bizancio. Sólo lo hemos tratado en la medida en que era necesario para el interés central del relato, que era contar la aventura de los cristianos latinos en Siria y Tierra Santa. Sin embargo, obviamente Bizancio estaba viviendo tiempos interesantes y, sin duda, convulsos. La monarquía de los Commenos fue un tiempo de enfrentamientos cada vez más duros entre el poder imperial y el poder feudal, en línea con lo que se veía en toda Europa.

miércoles, marzo 20, 2024

Cruzadas (38): Game over

Decidiendo una corona
La difícil labor de Godofredo de Bouillon
Jerusalén será para quien la tenga más larga

La cruzada 2.0
Hat trick del sultán selyúcida y el rey danisménida
Bohemondo pilla la condicional
Las últimas jornadas del gran cruzado
La muerte de Raimondo y el regreso del otro Balduino
Relevo generacional
La muerte de Balduino I de Jerusalén
Peligro y consolidación
Bohemondo II, el chavalote sanguíneo que se hizo un James Dean
El rey ha muerto, viva el rey
Turismundo, toca las campanas, que comenzó el sermón del Patriarca
The bitch is back
Las ambiciones incumplidas de Juan Commeno
La pérdida de Edesa
Antioquía (casi) perdida
Reinaldo el cachoburro
Bailando con griegos
Amalrico en Egipto
El rey leproso
La desgraciada muerte de Guillermo Espada Larga
Un senescal y un condestable enfrentados, dos mujeres que se odian y un patriarca de la Iglesia que no para de follar y robar
La reina coronada a pelo puta por un vividor follador
Hattin
La caída de Jerusalén
De Federico Barbarroja a Conrado de Montferrat
Game over
El repugnante episodio constantinopolitano 

   


Tras la toma de Acre, llegó un momento en el que las epidemias y el hambre pudieron más que la llegada de gente de Europa, por lo que el ejército cruzado comenzó a disminuir. Los caballeros latinos, con ese respeto procedente de la moral de guerra, saludaron a los trescientos musulmanes finalmente rendidos por su resistencia numantina, y los guardaron presos a la espera de que Saladino los rescatase. El rescate, efectivamente, fue importante: 200.000 dinares de oro y 2.500 prisioneros cruzados, más la devolución de la reliquia de la Santa Cruz.

lunes, septiembre 12, 2022

La forja de España (1): La macedonia peninsular

La macedonia peninsular
El merdé navarro
El enfrentamiento fraternal
Se vende finca catalana por 300.000 escudos de oro
El día que los catalanes dieron vivas a la Castilla salvadora
El lazo morado (o Cataluña es Castilla)
A tocar fados con la cobla
Los motivos de un casorio
On recolte ce que l'on seme
Perpiñán, o el francés en estado puro
La guerra civil
El expediente nazarí
Las promesas postreras del rey francés
La celada de Ana de Beaujeu
El rey pusilánime y su sueño italiano
Operación Chistorra
España como consecuencia



La península ibérica, como buena península, tiene algo que mueve o fomenta su posesión global. La quisieron para sí los romanos y, en un detalle que a menudo olvidamos, los godos la poseyeron en una extensión que ni siquiera los Reyes Católicos habrían de alcanzar; extensión que, incluso, sobrepasó la frontera natural de los Pirineos y se extendió por la Narbonense. Así pues, en la península ibérica existe un código geográfico, por así decirlo, que tiende a que toda ella forme parte de unidades de poder unificadas; sí, incluyendo Portugal.

lunes, marzo 15, 2021

Islam (24: el shiismo y la ijtihad)

 El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro


El califato fatimí se fue al carajo en el año 1171, dejando a los ismailitas huérfanos del que había sido su principal stronghold; y entregando el testigo de esta secta a los conocidos como asesinos. Éstos tenían varios puestos fuertes en la zona montañosa del Irán oriental, y allí Hulegu los sitió y venció definitivamente en el 1256, dos años antes de que consiguiera tomar Bagdad. En el 1271, los mamelucos egipcios tomarían la mayoría de los asentamientos asesinos cerca de las costas sirias. Como ya hemos visto, al Islam le costó imponerse entre los mongoles pero, finalmente, Ghazan se convirtió y comenzó a favorecerlos claramente en contra de los budistas, que hasta entonces habían contado con cierta comprensión, como poco, del poder.

viernes, marzo 12, 2021

Islam (23: la mañana que Hulegu cambió la Historia; o no...)

El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro


Aunque en los párrafos anteriores ya hemos agotado la descripción de las diferentes facciones fundamentales en que se ha ido dividiendo el shiismo, todavía quedan algunas otras realidades que pueden considerarse seudo shiíes, de alguna manera. Por ejemplo, remontándonos a la conquista musulmana de Iraq, en el primer tercio del siglo VII, encontramos a los ghulat, es decir, los exagerados o extremistas; mote éste que no se pusieron ellos, sino que se lo pusieron sus enemigos, lógicamente.

viernes, marzo 05, 2021

Islam (20: las tribulaciones de ser un shií duodecimano)

El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro


En el califato búyida había dos grandes fuentes de soldados para las fuerzas armadas, que eran, al fin y a la postre, las garantes del poder. Por un lado, estaban los daylamíes, que eran los mercenarios caspianos que los habían acompañado en su extensión hacia el sur. Y, por otro, estaban los turcos que, como hemos contado, ya habían sido el backbone de la fuerza de los antiguos califas. Los daylamíes eran shiíes y los turcos suníes; así pues, en los cuartos de banderas no era muy común que se sentasen juntos a cantar Margarita se llama mi amor. Más bien, se hacían putaditas y putadones, que fueron aguantando más o menos hasta el 972, que decidieron que ya no podían más, y que se iban a dar de hostias de una puta vez. 

lunes, junio 26, 2017

1453 (1)

1453 es una de esas fechas mágicas de la Historia. Esto es así porque alguien decidió que había que tomarla como punto de partida del Renacimiento; lo que ha hecho a muchas personas creer desde entonces que la Edad Media terminó por decreto en Constantinopla el día que los turcos la tomaron. La verdad es que esa afirmación es muy aventurada y discutible pero, qué le vamos a hacer, algo hay que decirle al educando que todo lo que quiere es que le den una pregunta que tenga que contestar acertadamente para pasar un examen.

lunes, febrero 06, 2017

Cuando el criminal es un animal (literalmente)

La actitud del hombre medieval hacia los animales no es la misma que tenemos nosotros; algo que es importante comprender para todo aquél que se acerque a esa civilización y forma de ver el mundo. Para empezar, para muchos hombres medievales los comportamientos antropomorfos de los animales no eran algo imposible. Hay que entender que el hombre medieval creía que la serpiente le había hablado a Eva (aunque también hay que reconocer que mucha gente que tiene perro y gato cree que les entienden). Por otra parte, los animales formaban parte de la cotidianeidad de la gente. Los villanos vivían con sus animales, no los tenían apartados en establos, por lo que tenían una cotidianeidad con ellos. Una cotidianeidad que, por otra parte, también hacía que la posibilidad de que los animales les hiciesen daño era más elevada.

lunes, enero 09, 2017

Los cátaros (y 3)

No te olvides que ésta es una segunda parte de una primera parte y de una segunda parte.

La primera guerra entre los franceses del norte y los cátaros duró veinte años, y no fue capaz de desalojarlos. La verdad es que los herejes del Languedoc contaban con muchos recursos y, además, muy pronto contaron también con eso que hoy denominaríamos una reacción nacionalista por parte de la nobleza local, ya que tanto Raymond VI como Raymond-Roger de Foix se sintieron casi invadidos por los sucios borgoñones (lo fueron) y excitaron su propia reacción. Además, la nobleza de segundo nivel, sobre todo el muy batallador vizconde de Béziers, estaba completamente a favor de la herejía. Muchos de ellos, además, dominaban poblaciones, como Béziers, Fanjeaux, Duns o Laurac, donde el catolicismo había desaparecido por completo.

martes, enero 03, 2017

Cátaros (2)

No te olvides que ésta es una segunda parte de una primera parte.

En 1179, con ocasión del concilio de Letrán, el Papa Alejandro III renovó la condena de la herejía languedociana. Como resultado, envió una nueva misión a la zona, dirigida por Henri de Claraval, que se había convertido en cardenal obispo de Albano. Henri desplegó en la zona una labor de años de predicación y sobre todo de reforma de la Iglesia. Buena parte de la base herética de la zona, en efecto, tenía una base simple y puramente anticlerical, pues en pocos lugares y en pocos momentos de la Historia ha deshecho el clero las bases de sus promesas como en el Languedoc medieval. Los casos de obispos y párrocos que se dedicaban abiertamente a la caza y a otros placeres de la carne, llegando a faltar al cumplimiento de los preceptos litúrgicos por ello (así, el capellán de Saint-Michel de Lanes, que dejaba a los feligreses en la iglesia sin misa porque estaba cazando), eran muy numerosos. Henri llegó allí para cambiar eso, pero pronto se dio cuenta de que, por mucho que reformase, aquello sólo se podía solucionar a hostias, y no precisamente de las consagradas.

jueves, diciembre 29, 2016

Cátaros (1)

La herejía cátara es la última gran herejía maniquea medieval que viene a hacerle compañía a paulicianos, bogomilos y patarinos. De todas ellas es la que más curiosidad ha despertado a causa de su occidentalismo. Ya lo he insinuado en este blog: no hablamos del maniqueísmo como una religión incluso dominante en la Edad Media por el simple hecho de que su teatro de desarrollo fueron los Balcanes, esto es, una zona de Europa de Historia poco conocida y que por lo general no solemos considerar relevante para la del continente. La herejía cátara, sin embargo, se desarrolló en el corazón de lo que hoy es Francia. El halo de misterio que rodea su desaparición total, además, ha disparado la curiosidad de estafadores culturales, mistabobos y otras formas de tontoculez que, de cuando en cuando, sacan un libro en el que especulan con que si los cátaros eran bla o bla. Me atrevo a recomendarle al lector mucha prudencia a la hora de leer sobre los cátaros, que le pueden dar un pedazo de mierda que parece una liebre por liebre a las primeras de cambio.

lunes, octubre 24, 2016

Patarinos

De alguna manera, o de muchas, estas notas has de contemplarlas en relación con algo que ya hemos escritoaquí sobre los paulicianos; y. sobre todo, los bogomilos.


No hace mucho rato hemos asomado por la ventana de este blog a dos de las mayores herejías maniqueas de la Edad Media europea: los paulicianos y los bogomilos. A los bogomilos los dejamos, de hecho, amplia y sólidamente establecidos tanto en Constantinopla como en Bulgaria, que verdaderamente parecieron, en algún momento del siglo XII, sus sedes centrales permanentes. Pero las cosas iban a cambiar un poco; el bogomilismo estaba llamado a ser más multinacional.

lunes, julio 21, 2014

La aventura veneciana

A los ojos de este simple lector de historias pasadas, resulta sorprendente lo poco, por no decir poquísimo, que habitualmente se habla de la república veneciana cuando se tratan los ejemplos del pasado, digamos, meritorios. Quien no encuentra interesante la historia de la aventura veneciana está dando de lado un experimento que consiguió, entre otras cosas, mantener un monopolio económico durante un milenio; esto es algo que está fuera del alcance de la mayoría de los mortales que viven fuera de El Vaticano.

lunes, abril 22, 2013

La ciudad que recibió el regalo de una olla de sopa

La amistad entre ciudades tiene diversos motivos y una Historia muy larga. En realidad, data de los tiempos de la Antigua Grecia, puesto que aquella nación, como bien saben todos los que no son víctimas de la LOGSE, se creó a partir de la unión de ciudades libres, las famosas polis. Desde los inicios de las naciones estructuradas, pues, las colectividades han tendido a organizarse en ciudades; las provincias, regiones y nacionalidades, no digamos ya la identidad trasnacional en plan Europa y tal, son muy, muy posteriores.

La organización en ciudades tiene un pequeño problema: es ineficiente. Los colectivos que se organizan en forma de ciudades libres, libremente apuntadas a un pacto con otras ciudades (éste es, sin ir más lejos, el dibujo del federalismo de Francisco Pi i Margall), acaban en un plan en el que todo dios hace más o menos lo que le sale del pingo, lo que los hace notablemente débiles ante regiones o naciones centralizadas. Por ello, el nacimiento de las naciones modernas es, en buena parte, una historia de lucha de un naciente poder central contra el poder municipal establecido.

En esa lucha cayeron la inmensa mayoría de los fueros y estatutos propios de las ciudades, o fueron convertidos en meros elementos simbólicos. Algunas ciudades, sin embargo, sobrevivieron en su orgullo durante bastante tiempo. Entre dos de estas ciudades se produjo, y es la anécdota de da pie a este post, el regalo quizás más extraño que jamás se han hecho dos ciudades: una olla de sopa caliente. Regalo extraño, sí, pero de un simbolismo casi estremecedor.

jueves, octubre 25, 2012

Masones



La tabla de Van Eyck retratando a Santa Bárbara reproduce, tras la santa, una catedral en construcción. A la derecha de la perspectiva del espectador, adosado al edificio religioso, se ve un cobertizo. Un cobertizo modesto cuya función era guardar las herramientas de los canteros, reunirlos antes y después del trabajo, y facilitar la labor de los escultores en los días de lluvia. Ese cobertizo tan modesto, llamado por los italianos loggia, es el origen de la masonería.

Las logias, pues, no son, en su origen, sino el lugar donde se reúnen los artesanos, a descansar y discutir de sus cosas; así pues, cualquiera de nosotros que se acerque por cualquier bareto de España a la hora de comer y se encuentre a un grupo de gentes de mono, mecánicos, pintores, fontaneros, etc., comiendo juntos y hablando de sus cosas, está contemplando una logia. En ocasiones, en esos sitios se discutía de la leche. En 1283, en la logia llamada de la Asunción, anexa a las labores de Notre-Dame, ser montó una mundial de tal calibre que tuvo que intervenir el ejército.

A pesar de estas diferencias, el tener un lugar concreto donde reunirse y preocupaciones comunes (allí se discutía mucho sobre la mejor manera de tallar la piedra, así como de otras cosas) generó pronto, en los albañiles y canteros, en los masones al fin y al cabo, el sentido de corporación. En la segunda mitad del siglo XIV, ya existe en Londres el embrión de un colegio profesional de masones. De hecho, es en Inglaterra donde la profesión se va definiendo mejor, y son los ingleses los primeros que distinguen al tallador de piedra que se encarga de las molduras de la iglesia del que tiene habilidades para realizar trabajos delicados. Los talladores dedicados a las obras más bastas solían trabajar una piedra del condado de Kent conocida por su dureza y eran, por ello, denominados hard hewers. Los canteros capaces de realizar trabajos más delicados sabían esculpir piedras más blandas y eran por ello llamados freestone masons.

Cada vez más, el freestone mason fue denominado, por economía, freemason. En el siglo XVIII, cuando surja la moderna masonería en Francia, esta palabra se maltraducirá por francmasón; palabra ésta que es totalmente desconocida en la Edad Media europea.  Aunque cierto es, sin embargo, que en el Medievo había artesanos que eran conocidos como sculptores lapidum liberorum, que los franceses traduccían como tailleur de pierre franche, o sea algo así como piedra franca. 

Sé que lo que mola al escribir de los primeros masones es inscribirlos en una novela de Dan Brown y hacerse un par de pajas con la idea de que pudieran ser guardianes de secretos arcanos donados por extraterrestres o así. Pero la verdad es mucho más prosaica y, a la vez, interesante. Con la pérdida de conocimientos adquiridos por las sociedades europeas provocada por la gotificación del continente, la construcción se convierte en un problema, especialmente desde el momento en el que una serie de dinámicas socio-religiosas impulsan la multiplicación de construcciones monumentales. Edificios enormes que han de sostenerse, lo cual no es fácil. Como dice el gran experto en construcción medieval Violet le Duc, en realidad no podemos saber cuántos ensayos fallidos están detrás de cada una de las iglesias que conocemos; pero debieron de ser muchos. En la Europa posromana, debieron de derrumbarse iglesias y edificios a puñados antes de que sus arquitectos comprendiesen los porqués.

Los masones no son sino las personas, profesionales les llamaríamos hoy, que en virtud de su curiosidad aprendieron esas claves que a los demás se les escapaban. Y no se lo contó ningún descendiente oculto de Jesucristo ni nada que se le pareciese, sino la simple, pura y universal técnica de la prueba y el error: se te caen 27 arcos de medio punto hasta que, en el 28, aprendes lo que tienes que hacer para que se sostenga.

El masón medieval es el artista total renacentista en mucha mayor medida que éste. Resulta curioso que en el mundo moderno todo el mundo conozca el nombre de Leonardo da Vinci pero no el de Villard de Honnecourt, quien en su cuaderno de viajes mostró una curiosidad ecuménica y una capacidad de penetración intelectual, como poco, comparable a la del artista italiano. Los dibujos de Honnecourt demuestran bien a las claras que sabía pintar; pero es que, además, en su cuaderno, concebido como una especie de libro de instrucciones para constructores, se plantea un montón de problemas prácticos de la construcción, retos ingenieriles les llamaríamos hoy, y dibuja los planos de los aparatos que construye para solventarlos. No contento con esto, a lo largo de sus viajes anota información sobre la fauna y la flora que se encuentra a su paso.

Este cuaderno de Villard de Honnecourt es, además, de gran valor para hacernos entender a las personas de hoy el que es el centro de la sabiduría masónica: la comprensión de las proporciones.

Exactamente igual que Leibnitz (y Pitágoras) pensaba que la música son sólo números, en realidad la construcción es sólo cuestión de proporciones. Si una columna soporta un peso es porque ese peso es proporcional a las dimensiones y material de la columna; y así mucho. El arte románico es como es, con esas paredes tan anchas y ausencia de ventanas al exterior, como consecuencia del conocimiento deficiente que los constructores medievales tenían de las proporciones, que les impedía ambicionar diseños más elegantes.

Además, hay que tener en cuenta que los constructores y artistas medievales (en realidad, ésta última es una expresión moderna; en la Edad Media no existe el artista como tal) no eran libres. Una de las muchas decisiones tomadas en ese momento crucial para la Historia de Occidente que fue el Concilio de Nicea, fue canonizar el concepto de que los artistas no son libres de pintar o esculpir lo que quieran, sino que han de fabricar la obra bajo los cánones de la Iglesia. En realidad, el fenómeno no es nuevo. También los artistas del Antiguo Egipto sabían pintar La Gioconda; pero servían a una estética superior, estatal.

Así pues, las obras de la Edad Media responden a conceptos teológicos y sociales que no tienen que ver con un Moneo haciéndose una paja mental en su estudio, sino con el respeto de determinados objetivos y necesidades litúrgicas. Si Girolamo Savonarola pudo liderar un proceso revolucionario en Florencia fue por la capacidad de impactar con sus sermones. Y si podía impactar con sus sermones es porque casi toda Florencia cabía en el Duomo. Y es que las iglesias y catedrales medievales, no lo olvidemos, están conceptuadas para ser capaces de albergar a todos; para ser la sede de auténticas asambleas (ecclesiae) de creyentes. Para construir una catedral hoy en Madrid con principios medievales, habría que concebir un edificio del tamaño de Eurovegas, con un majestuoso altar de unos 100.000 metros cuadrados desde donde la imagen de los oficiantes se transmitiese por Skype a las más de 50.000 megapantallas que, en la monstruosa nave central de más de un kilómetro y las decenas, sino centenares, de capillas, permitiesen seguir la ceremonia a los más de cinco millones de asistentes.

El concepto de simetría y proporción es intrínseco a la búsqueda de la belleza, como bien sabían los artistas griegos que, desde su laicismo, perseguían la proporción áurea en sus obras. El creador medieval, el masón, es bastante más básico porque sus conocimientos también lo son (así pues, para desgracia de mistabobos, lejos de ser intelectualmente privilegiados, eran todo lo contrario), y es por ello que las proporciones que se encuentran en sus construcciones son bastante más sencillas.

Bastante más sencillas, sí. Pero muy por encima de la media de tu tiempo.

El gran secreto masón por excelencia es el de la duplicación del cuadrado. Es un problema que hoy, en realidad, nos parece bastante sencillo, gracias a nuestra amiga la hipotenusa.

La duplicación del cuadrado es compleja porque las cosas en las superficies no van como intuitivamente se podría pensar. O sea: si dos metros son el doble de un metro, para tener el doble de un cuadrado de un metro de lado hay que tener un cuadrado de dos metros de lado. Pero eso, en realidad, no es así, porque el cuadrado de dos metros de lado tiene cuatro metros cuadrados de superficie; el cuádruple, no el doble.

Para los masones medievales como Hannecourt, la proporción doble era muy importante porque marcaba la elegancia básica de muchos edificios; por ejemplo, los claustros. El claustro tenía que tener un jardín central importante (sin el cual la iluminación de las estancias resultaba complicada) pero, al mismo tiempo, tenía que tener espacio suficiente para el claustro propiamente dicho, el pasillo bajo, las celdas, etc. Si se utilizaban proporciones elevadas (uno a cuatro, por ejemplo) se obtendrían edificios carísimos y excesivamente suntuosos (los monjes, en lugar de celdas, tendrían suites).

El cuaderno de Hannecourt, en su comentadísima plancha 39, contiene instrucciones precisas para construir un claustro en proporción de 1 a 2, esto es: que su superficie sea el doble que la del jardín central. Está esquematizada en la pollada que os he pegado.

Un cuadrado de lado uno tiene superficie 1. Si trazamos la diagonal del cuadrado, el teorema de Pitágoras nos dice que la longitud de esa diagonal será raíz de dos. Entonces, creamos un cuadrado a partir de esa diagonal; un cuadrado todos cuyos lados medirán raíz de dos. Cuando lo tengamos, si hallamos su superficie, veremos que es el cuadrado de raíz de dos, ergo dos. Dos, que es el doble que uno. Ya no tenemos más que coger el cuadrado nuevo y el antiguo, y colocarlos uno encima del otro.

Bueno, Villard lo anotó de otra forma...








 De Hannecourt explica este hecho en su cuaderno porque él es un arquitecto medieval. Esto quiere decir que ni se considera arquitecto ni tiene espíritu corporativo alguno; toda su voluntad es que otros no se vean obligados a tropezar donde ha tropezado él. Pero esto cambia rápidamente. La duplicación del cuadrado, y el nivel de dominio geométrico que presupone, es una herramienta fundamental para la elevación del plano, que es, al fin y a la postre, el conocimiento que acaba distinguiendo a los masones de los que no lo son. Como explica muy bien el dibujo de Hannecourt, si inscribes un cuadrado dentro de otro vas creando cuadrados más pequeñitos y proporcionales; si los colocas uno encima del otro, acabas teniendo una torre que, por mor de la proporcionalidad, es estable; y, lo que es más, dibujando esos cuadrados inscritos, estás dibujando la torre.

Conforme el mundo se fue haciendo más complejo, en el Renacimiento, poseer ese secreto pasó a valer dinero.

Tanto es así que en 1459, durante una reunión multinacional de corporaciones de masones centroeuropeas, convocadas para unificar sus estatutos, se toma una decisión, que se pone por escrito, de que nul ouvrier, nul maître, nul "parlier", nul journalier, n'enseignera à quiconque n'est pas de notre metier et n'a jamais fait travail de maçon, comment tirer l'elevation du plan.

Voilá el auténtico, prosaico, origen del mito de los masones como tesoreros de conocimientos arcanos: protegerse de la competencia. Hay que entenderles. Si los taxistas poseyesen el conocimiento monopolístico de cómo conducir un vehículo a motor, con seguridad también establecerían la norma interna de no contárselo a nadie, y convertirían su gremio en un oficio de padres a hijos, en el que se sería difícil, cuando no imposible, entrar.

Pero siempre hay "traidores". Un cuarto de siglo después de la reunión de Ratisbona, un arquitecto alemán, Matías Roriczer, escribe un libro dedicado a la arquitectura de pináculos, Büchlein von der Fialen Gerechtigkeit, en el que describe, con diseños muy parecidos a los de Hannecourt, el proceso.

Los secretos de los masones, pues, no tenían nada de esotéricos. Eran secretos del oficio. Es cierto que los masones desarrollaron todo un lenguaje propio de signos, que tallaban en la piedra, que también ha dado para muchas hipótesis y, sin embargo, se basa en la misma realidad.

La práctica de marcar los masones sus trabajos con extraños pictogramas nació en Escocia. Los canteros escoceses se dividían en varias categorías, una de ellas inexistente en otros mercados: los entered apprentices, una especie de becarios de la piedra; además de los cowans, nombre que recibían los canteros bastos sin demasiado expertise. A ello hay que unir que en  Escocia no se daba la freestone, la piedra blanda que reclamaba para ser trabajada de masones especialmente habilidosos.

Puesto que no había piedra blanda, a la hora de contratarse canteros para una obra, era muy difícil, en ocasiones imposible, distinguir a aquellos becarios de los masones experimentados. Fue por esta razón que éstos comenzaron a firmar sus obras con signos especiales. De esta manera, los masones se reconocían entre ellos, y evitaban que les diesen cowan por liebre. De aun a principios del siglo XVIII se conservan estatutos masónicos escoceses que recuerdan que ningún cowan deberá ser empleado sin habérsele preguntado una contraseña.

El mundo masónico es apasionante; aunque no por las razones que los pollas piensan. De hecho, es que el hombre, el mundo, la Tierra, no necesitan de misterio alguno para ser interesantes.

lunes, diciembre 26, 2011

Impuestos en España (hasta los Reyes Católicos)

Informo a la amable audiencia de este blog que el pasado sábado Papá Noël tuvo el detalle de dejar al lado de mi calcetín la última toma de Call of Duty. Por el dicho motivo, mi intensidad bloguera se verá resentida, porque la carne es débil y yo, al fin y al cabo, tengo que alimentar a esa parte de mí que todavía tiene doce años. No obstante, trataré de responder en fondo y forma al ritmo habitual de posts del blog. A ello, ya lo puedo anunciar, me va a ayudar Tiburcio el año que viene con un post de gran, gran calidad.

En fin, al torrao.

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Seguro que piensas que pagas muchos impuestos, y demasiado. Ni te culpo ni te desmiento. Algunos economistas dicen que el 9% del PIB marca el techo de lo que se puede llegar a cobrar en impuestos; pero, sea como sea, el Estado, cualquier Estado, se aplica siempre en alcanzar esa frontera en la medida de lo posible.

Este post no busca demostrarte que pagas muchos impuestos, ni pocos. Sólo pretende demostrarte que esto de pagar impuestos es tan antiguo como las sociedades mínimamente organizadas. En éste y en otros posts futuros, iré desarrollando las principales figuras fiscales de las que al menos yo tengo noticia para que te puedas ir dando cuenta de qué va la movida. O, más bien, de qué iba. Mejor dicho: de qué sigue yendo.

La historia de las naciones, como tal, es una historia impositiva. Si los Estados centralizados nacen y se reproducen, es por la necesidad de recaudar impuestos con eficiencia. Los impuestos están ahí para hacer fuertes a las naciones. Y, como Hispania ha sido una nación fuerte de tiempo atrás, de tiempo atrás está gravada con impuestos.

En la España romana, como es lógico, se cobrarían los mismos impuestos que gravaban al resto de la república o el imperio. Por lo tanto, hemos de entender que se cobraría la indicción, un impuesto sobre la renta de la propiedad rural; así como la superindicción, un impuesto especial recaudado en momentos de especial necesidad por parte del Estado (o sea, cuando había hostias). Para recaudar este impuesto, la propiedad rural era censada cada quince años.

Los agricultores pagaban la vigésima, o contribución del 5% de sus cultivos. Y era ésta una tasa fundamental para el funcionamiento de Roma, porque se pagaba en especie, y es, por lo tanto, la contribución que permitía la supervivencia de uno de los pilares de la civilización romana desde la Lex Frumentaria de los Gracos, merced a la cual el Estado facilitaba a los ciudadanos trigo a precio político. Medida ésta que fue la que alimentó durante siglos al lumpenproletariado romano, hacinado en barrios como la Subura, permitiendo con ello la pervivencia del régimen político hípercensitario, en el cual sólo eran políticos los patricios con pasta.

Romano es también el impuesto de sucesiones, del 5%, aunque dejó pronto de cobrarse a las sucesiones entre parientes cercanos, así como a las herencias medias y pequeñas. Existía el IVA en Roma, en forma de un impuesto del 1% sobre las ventas, así como una especie de IRPF: la capitación que, sin embargo, se aplicaba sólo a los hombres libres, los cuales la repartían, asimismo, entre los colonos que explotaban sus tierras.

Aquellos labradores que trabajaban tierras cedidas por el Estado pagaban el ager publicus: un décimo del grano cosechado y un quinto de la leña cortada. En lo que se refiere a cobros públicos ligados a los monopolios, el principal, en el caso de Roma, era el impuesto derivado por operar en el comercio de sal, establecido como de titularidad estatal.

Como podemos ver, los romanos, como civilización muy compleja, cobraban también un número elevado y complejo de impuestos. En España, la llegada de los godos dio un giro a esta situación, aunque sólo en parte porque, como es bien sabido, los reyes visigodos permitieron que los hispanorromanos mantuviesen su organización e instituciones, con lo que se creó una sociedad dual: por un lado, los antiguos hispanorromanos seguían pagando impuestos; y, por otro, los godos casi no pagaban nada, porque, al ser la corte visigoda pequeña y sencilla, no reclamaban los reyes demasiados ingresos. Los reyes godos, por lo tanto, vivían de los productos de las tierras que les habían tocado, de los impuestos pagados por los ciudadanos hispanorromanos, y de una pequeña contribución de sus pares, llamada eudo. El Fuero Juzgo prohíbe que romano pueda vender tierras a godo, en una medida que, claramente, está buscando evitar que la producción agrícola que está pagando impuestos deje de hacerlo.

Existían algunos impuestos ligados a la situación de cada momento, como las angarias y los bagages, pero los sucesivos concilios de Toledo se preocuparon mucho de que los obispos refrenasen su imposición (probablemente, como medida anticorrupción).

Esta estructura permanece básicamente inalterada hasta que estos godos originales, convertidos en reyes cristianos de la Reconquista, comienzan a gobernar sobre un terreno cada vez mayor, lo que les obliga a realizar crecientes exacciones fiscales para poder financiarse. Así pues, los tiempos de la primera reconquista generan una muy variada casuística fiscal.

Empecemos por la justicia, por la cual el rey se hacía dueño de multas impuestas a los súbditos por causas diversas.

La moneda o señoreage, que era un impuesto que cobraba la corona por acuñar moneda.

La fonsadera era un impuesto pagado por aquéllos a los que el rey concedía tierras en las zonas reconquistadas y que, al ser llamados a guerrear con él, preferían no ir y equilibrar su obligación en metálico.

Tampoco podemos dejar de citar los yantares, que eran servicios y pagos que tenían que hacer los pueblos de la zona donde se encontrase el rey y/o su familia (piénsese que entonces la Corte era poco menos que nómada) para mantenerlo. Esta contribución debió dar para protestas bastante ruidosas, porque Juan II de Castilla retiró a la reina y al príncipe el derecho a reclamar yantar por su cuenta y, al tiempo, eximió a los pueblos de menos de 100 habitantes de pagarla. Los yantares estuvieron en vigor hasta que las Cortes de Castilla establecieron un estipendio anual fijo para la Casa Real.

Según el Fuero de León, aquellos taberneros que hubieran de servir al rey, por encontrarse éste en su ámbito de residencia, le tenían que pagar seis dineros por día, a cambio de lo cual, durante el tiempo de servicio, el rey les mantenía, tanto a ellos como a sus asnos; los panaderos habían de pagar una pieza de plata cada semana, y los carniceros venían obligados a satisfacer un convite para todo el Concejo de la población; el fuero 37, por último, establece la obligación de toda mujer de amasar pan para el Rey, aunque exime a las féminas que no sean siervas. Eso sí, de amasar pan o amasar otras cosas para Urdangarín, no dice nada.

El rey se hacía dueño, asimismo, de los bienes de los condenados a muerte, salvo en algunas poblaciones que, como Córdoba, tenían fuero para conservarlos. Este derecho fiscal era una fuente de corrupción en sí misma; por ejemplo, no pocos historiadores consideran que Isabel de Castilla, a la hora de impartir justicia, solía tener cierta tendencia a apiolarse a acusados que tuviesen pasta, porque de esa manera financiaba las campañas de reconquista de su marido.

La martiniega era un impuesto que se cargaba sobre las tierras entregadas por la corona con dicho gravamen (una especie, por lo tanto, de ager publicus, que muchos nobles no habían dejado de cobrar en los tiempos feudales). Su nombre deriva de que su tasa era 12 maravedíes por cada plebeyo residente en el dicho terreno el día de San Martín. Asimismo, la marzadga era un impuesto satisfecho por los explotadores de las behetrías a sus señores; pago que se realizaba en marzo, de ahí el nombre.

También existía, en aquellos tiempos tardomedievales, un complejo sistema de impuestos de sucesión. La mañería era un impuesto que se pagaba por los que morían sin sucesión, incluidos los clérigos y frailes; consistía, simplemente, en que los bienes del mañero fallecido pasasen a manos de la corona, o del señor de las tierras donde residiese. Por mor de la aubana, albana o albinagio, el rey se quedaba con los bienes de un extranjero que falleciese en Castilla sin haberse naturalizado castellano o, aun habiéndolo hecho, no testase a favor de un castellano o extranjero naturalizado; este derecho, por cierto, existía en casi toda Europa, y en Francia no fue abolido hasta la Revolución Francesa.

Los moros residentes en Castilla satisfacían la morería, así como la aljama o judería los judíos. La base imponible de dicho impuesto era la protección prestada por el rey a estos ciudadanos, aunque, la verdad, mucho, mucho, no los protegía. Moros y judíos pagaban, asimismo, la alfarda, alfardón o lafardilla, que se les imponía por permitirles el rey vivir en sus tierras. Los moros, asimismo, pagaban los llamados diezmos morunos, de los cuales el principal era el alfarafe.

La almocatracía gravaba la producción textil lanera, motivo por el cual los vestidos debían llevar el correspondiente sello (como hoy en día las cajetillas de tabaco, por ejemplo).

Por supuesto, cuando se habla de la recaudación impositiva en los tiempos tardomedievales, no se pueden olvidar los montazgos, pontazgos o portazgos, todos ellos impuestos por el tráfico aduanero entre provincias, ciudades y aun pueblos.

Todos los citados eran los impuestos regulares, sobre los cuales los reyes castellanos podían pedir ayudas o pedidos de carácter extraordinario; o la moneda forera, un pecho quinquenal que cobraba el rey sobre sus tierras.

Las necesidades crecientes de los reyes de la Reconquista les obligaron a sumar diversos impuestos. Así, en el siglo XIII nacen los derechos de cancillerías, especie de tasas cobradas sobre actos de la Administración (gracias, títulos, nombramientos…)

De tiempo muy antiguo, además, se cobraran en la Castilla cristiana los diezmos, tal y como prescribe la Iglesia. Durante mucho tiempo, Corona e Iglesia se repartieron este impuesto, hasta que el concilio lateranense prescribió la naturaleza plenamente eclesial de este impuesto. A partir de ese momento, los reyes españoles iniciaron un lobby superpresionante sobre Roma para que se aceptase una participación de la corona en estos dineros, que suponían una recaudación muy regular, dado que nadie o casi nadie osaba no pagarla y enfrentarse a los fuegos del Infierno. Finalmente, el papa Alejandro II reconoció que dos novenas partes del diezmo debieran corresponder a la corona, momento a partir del cual esta exacción comenzó a conocerse como tercia real.

Con todo, en esos tiempos es cuando nace quizá el impuesto más importante de la Historia fiscal española: la alcabala. Era la alcabala el IVA tardomedieval, y gravaba un porcentaje sobre las ventas producidas. Es bastante claro que el origen de la alcabala es está ya en Roma pero, en lo que a León y Castilla se refiere, se puede decir que nace formalmente en 1342, año en el que las Cortes le conceden su recaudación a Alfonso XI para que así pueda financiar el sitio y toma de Algeciras.

En 1393 la alcabala pierde su carácter coyuntural pues, en la declaración de mayoría de edad de Enrique III por las Cortes de Madrid, éstas declaran: «El reyno vos otorga alcabala veintena, que son tres miajas al maravedí é mas seis monedas por este año, é face cuenta que montara la alcabala veintena doce cuentos é mas las rentas vuestras viejas, que son foreras é salinas, é diezmos de mar e tierra, é juderias, é morerias, é montazgos, é portazgos, é algunos pechos tales, siete cuentos, é tienen que es asaz». Al declarar las Cortes, pues que el reino consideraba «que es asaz» la recaudación de las rentas del rey más la alcabala, venía a integrar dicho impuesto dentro de los de recaudación continuada. Y hasta hoy.

Las Cortes de Burgos que concedieron alcabala a Alfonso XI la establecieron en el 5%. Los Reyes Católicos la subieron al 10%. En 1539, las Cortes de Madrid la llevaron a su primer tipo de nuevo. No sé por qué motivo y medio, a finales del siglo XVIII era del 14%, y fue reducida a la mitad, y al 4% cuatro años más tarde.

¿Más impuestos? Pues sí. Cada vez que un rey castellano se casaba, los vecinos de la nación pagaban 150 millones de maravedíes, impuesto denominado chapín de la Reina. Asimismo, el alesor, impuesto que se pagaba al propietario de un terreno en el que se levantaba un edificio, se satisfacía a favor del Estado (o sea, el rey) cuando el edificio se construía sobre tierra recuperada a los moros.

La maquila, que era la porción de grano que el molinero tomaba por sus servicios, también sirvió de base para crear una proporción de lo producido para el rey (maquila del Rey, pues).

Las leyes leonesas, asimismo, establecían una contribución anual de los viticultores al rey, consistente en «tres buenos cueros con sus arretas de sebo».

Los censos, que yo interpreto algo así como exacciones sobre la propiedad, eran de muchos tipos: silvático (sobre los bosques), montático (montes), pascuario (pastos), annonario (sobre las tierras de pan llevar, o sea cerealeras); censos paráticos, mansionáticos, también llamados fredas, paradas o albergas, satisfechos por los posaderos. Censos estáticos o estaciones (pagados por los tenderos). Así como el censo portático, también conocido como carrigamiento o tragina, que era una exacción pagada en aduana de acuerdo con la carga llevada.

Puesto que el censo pudiera ser pagado por el arriero, el carretero o un peón, tenía distintos nombres: respectivamente, tasca, censo rotático o pedaje. Cito esto porque entiendo que es de la última acepción, es decir de la tragina pagada por un peón, de donde viene el término peaje.

Y, bueno, preparar los bolsillos, que otro día los iré rascando. Especialmente, atentos los zaragozanos, valencianos y catalanes, que a la próxima iremos, seguramente, con el reino de Aragón.