sábado, mayo 21, 2011

Antiguos velos

De vez en cuando le pregunto a algún amigo mío jurista sobre de qué forma se derogan las leyes en España. En sistemas sin Constitución, como el inglés, las leyes se perpetúan en el tiempo. En España, sin embargo, supongo que las distintas constituciones han ido derogando toda ley contraria a sus principios, por lo que entiendo que no quedan normas de hace siglos que aún sean aplicables en el día de hoy.

Y comento esto porque, si no fuera asi; si en España siguiesen, de alguna forma, vigentes leyes de hace siglos, nosotros no tendríamos que plantearnos, como los franceses, si ilegalizamos el uso del burka o velo musulmán. Por la sencilla razón de que dicho uso ya está prohibido.

En los siglos XVI y XVII, fue moda en España que las mujeres católicas llevasen velo que les tapase el rostro. La idea, por supuesto, la sacaron de las mujeres moriscas, que ya entonces, como hoy, usaban esta prenda en ocasiones. Entonces, las mujeres musulmanas utilizaban un velo blanco llamado almalafa.

Esta costumbre de el tapado, como entonces se llamaba, encuentra su razón en la rigidez de la sociedad y de las costumbres de la época. Son los años del pos-Renacentismo, en los que la mentalidad de cruzada católica choca con una sociedad acostumbrada a ciertas licencias. Ya he comentado en varios post que existen multitud de testimonios que dibujan, para los años contemporáneos de Felipe II, unas semanas santas en cuyas iglesias pasaba de todo. La reacción catolizante movió a algunas damas a buscar parcelas de libertad vistiendo de una manera que les permitiese no ser reconocidas fácilmente por la calle.

El tapado era un disfraz de señoras y niñas pijas que, según las crónicas, se ponían encima ropajes modestos de sirvientas y, con el rostro hurtado a la vista, se iban al paseo del Prado o a las orillas del Manzanares a buscar galán. Por su parte los burladores que iban a esos mismos lugares a encontrarse con sus amantes podían vestirse para ellos de mujeres pues, al llevar el rostro tapado, nadie podría reparar en que aquellas señoras tan corpulentas no tenían, en realidad, nada de señoras. Incluso está documentado el caso de un amante, hijo de un importante canónigo de Valladolid, que fue muerto en Alcalá de Henares por el marido despechado de su amante, el cual encontró a la parejita hincando, ambos dos vestidos de mujer.

Un viajante francés a la España de Carlos V relató a su vuelta el fenómeno con escándalo, escribiendo: «No enseñan sino un ojo y van buscando y provocando a los hombres con tanta desfachatez que tienen a afrenta cuando no se quiere ir más lejos que la conversación». Esta descripción nos da una clave del problema que supuso el uso del velo. Automáticamente , por lo que se ve, los hombres se acostumbraron a clasificar toda mujer con el rostro velado como follable, por decirlo mal y pronto; de modo y manera que aquella mujer que salía de aquella guisa a la calle por galanteo se veía abocada a acosos más, digamos, profundos de lo esperado. Según algunos testimonios, llegó a darse el caso de la dama que, yendo tapada a ver a su amante, fue importunada por algún hombre en la calle y, reclamando auxilio para sí, se encontró con que su marido la defendiera sin saber que era ella, con lo que era finalmente el cornúpeta el que ponía los medios para que su señora se fuese a zumbar con el suplente.

Aquellas mujeres llevan un manto negro que les llegaba a los pies y que sujetaban a la altura de la coronilla con un broche. Las mujeres licenciosas doblaban el manto para dejar a la vista el ojo izquierdo, mientras que las que dejaban caer el velo sobre su rostro todo (al estilo un poco del Emperador de Star Wars) lo solían hacer por beatería, y para evitar las miradas concupiscentes del personal.

Las Cortes de 1586 elevaron una petición al rey en esta materia, aseverando que «ha venido á tal extremo el uso de andar tapadas las mujeres, que dello han resultado grandes ofensas á Dios, i notable daño de la república, á causa de que en aquella forma no conoce el padre á la hija, ni el marido á la mujer, ni el hermano á la hermana; y tienen la libertad, tiempo y lugar, á su voluntad; y dan ocasión á que los hombres se atrevan á la hija o mujer del más principal, como á la del más vil y bajo, lo que no sería si diesen lugar, yendo descubiertas, á que la luz discerniese las unas de las otras; porque entonces cada una presumiría ser y sería de todos diferentemente tratada, i que se viesen diferentes obras en unas que en las otras. Demás de lo cual se excusarían grandes maldades i sacrilegios que los hombres vestidos como mujeres, i tapados, sin poder ser conozidos, han hecho i hazen, i finalmente se evitarían tanto número de pecados, hechos por este mal uso, que respecto dellos no son de consideración algunas buenas obras que señoras i mujeres honradas hazen tapadas, ni la comidad que esto les es de hazer para que se deje de remediar un daño tan universal i evidente». Las Cortes solicitaban del rey «que ninguna mujer ande tapada, debajo de la pena, por la forma que pareciere más conveniente, para que esta ocasión de daño cese».

En 1590, Felipe II convierte esta petición en pragmática y, por lo tanto, la hace ley. Se imponía a la mujer tapada una multa de 3.000 maravedíes. Sin embargo, el hecho de que de nuevo legislase en tal sentido Felipe III (1594) y Felipe IV (1639), y que Carlos II siguiese con la costumbre de prohibir el uso varias veces, denota que las señoras y señores no le hicieron a los reyes, en este punto, ni puto caso. Dado que el tapado era una cosa de mujeres ricas, a estas mujeres les pasaba como a aquel burdel de por donde Barajas al que el alcalde Álvarez del Manzano dio por multar por no tener licencia: les era mejor negocio pagar la multa, y seguir a lo suyo.

Carlos III, rey viudo y muy virtuoso que no hacía bromas con estas cosas, estableció la prohibición definitiva, con fecha 28 de junio de 1770. Estableció multas severísimas y, además, impuso sin miedo las multas prometidas. Fue esta prohibición la que fue realmente efectiva y la que, vaya usted a saber, lo mismo sigue vigente a día de hoy...

jueves, mayo 19, 2011

15-M y M-68

Me preguntan por correo electrónico si el 15-M será como el Mayo del 68. Yo, la verdad, no lo veo claro. Hay cuatro grandes razones que me nublan la vista.

Razón 1: Contra lo que pueda parecer, el Mayo del 68 no es recordado por las famosas consignas, entre geniales y lerdas, de aquel movimiento. Todo aquello de «prohibido prohibir» (que anda que los herederos del 68 le han hecho mucho caso) o «seamos realistas, pidamos lo imposible», y bla. Mayo del 68 se recuerda porque fue un órdago en toda regla al estatus político vigente en aquel momento (que siguió vigente después, y lo sigue ahora en gran parte). Pero ese órdago no lo plantearon los estudiantes con sus eslóganes hippies y cantando Blowing in the wind, sino líderes y grupos de izquierda absolutamente organizados (especialmente el troskismo que orbitaba alrededor de Alain Krivine); y, sobre todo, se produjo desde el momento en que el movimiento estudiantil se convirtió en un movimiento estudiantil-sindical.

Si Mayo del 68 fue tan importante no fue por parar las clases en Nanterre, sino por parar la Renault. Esto es bastante evidente por el hecho de que, desde el momento en que los sindicatos llegan a un acuerdo con el gobierno (a espaldas de los estudiantes), el globito se pincha a marchas aceleradas.

¿Puede devenir el 15-M en un movimiento sindico-estudiantil? Hombre, como poder, puede; pero para que sea así, antes las asambleas de la Puerta del Sol tienen que decidir exactamente lo contrario de lo que defienden ahora mismo, en el punto y hora que los sindicatos (que, que yo sepa, no han aparecido por Sol; todo un síntoma) son, para los acampados, parte del problema que denuncian. En este aspecto, pues, Mayo del 68 y el 15-M se parecen, al menos de momento, como un huevo a una castaña.

Razón 2: Mayo del 68 tenía una ideología. Es posible que no la tuviese en su inicio, que son los momentos en los que más se parecen a lo vivido hasta ahora en España. La movida parisina comienza por la formación de un grupo contra la guerra de Vietnam (ambos movimientos comparten, pues, la tendencia pacifista) y reivindicaciones puramente estudiantiles. Cuando el ministro de Educación francés visita, creo recordar que en marzo, una de las facultades donde el M-68 está comenzando a fraguarse, y se encuentra con un portavoz de los estudiantes llamado Daniel Cohn-Bendit, éste le espeta, como principal reivindicación, una que no tiene nada que ver ni con la pobreza, ni con la democracia, ni con casi nada: los estudiantes están cabreados porque en los colegios mayores no se pueden llevar personas del otro sexo a la habitación.

Pero eso fue en marzo y Mayo del 68, como su propio nombre indica, ocurrió en mayo. En esos dos meses, el movimiento se impregna de una decidida ideología de alternativa al modo de vida, y al modo político, burgués. Es, mal que le pese a Cohn-Bendit, un movimiento de hondas raíces marxistas (lo cual no quiere decir soviéticas; si a algún comunismo «oficial» se parece M-68, es al maoísmo).

Así pues, el movimiento del 68 tenía una ideología, mientras que el 15-M pretende, creo yo, no tenerla. Ayer ví en la tele como tres o cuatro entrevistas con portavoces del movimiento. Todos ellos dijeron, más o menos: «Lo que yo reivindico es Bla y Bla y Blabla. Pero hay otra gente». Valientes portavoces que sólo hablan de lo que quieren ellos mismos, pero, en fin, es lo que hay. Mis amigos más cercanos al movimiento me insisten: la plantaforma reivindicativa más o menos unificada llegará. Yo siento disentir con ellos. A mí me parece que las plataformas reivindicativas deben ser previas a la movilización. En esto, sí es verdad, 15-M y M-68 se parecen un poco. Lo cual, a mi modo de ver, no es ninguna buena noticia, porque viene a decir que el 15-M es una revolución altamente manipulable, como lo fue, de hecho, la parisina.

Tener una ideología le permitió a M-68 poder convertirse en un conflicto obrero, es decir presentar reivindicaciones concretas en el ámbito económico (aunque esto también fue su perdición: una vez resueltas estas reivindicaciones, a tomar por saco el movimiento). El sustrato del pensamiento económico del 15-M, si no me he liado con las [por cierto, escasísimas] declaraciones que he visto, es el movimiento antiglobalización. Los antiglobi llevan años montándola acá y acullá, con diferentes grados de violencia, pero nunca, que yo sepa, han expresado qué es lo que harían si mañana llegase la ONU y les regalase un país para que lo gobernasen. Yo, cuando menos, sé lo que no quieren, pero no sé lo que quieren. Por ejemplo, eliminar el principal eje de la globalización, que es el libre movimiento de capitales, ahogaría la financiación de muchos países en desarrollo, que no pueden aspirar a financiarse en su propia moneda. De momento, aún no he conseguido averiguar cómo se formula en la teoría antiglobalización una solución para este problema.

Razón 3: Mayo del 68 tenía un enemigo. Un enemigo que ocupaba el palacio del Elíseo. El 15-M dice que tiene mil enemigos (todos los políticos, los medios de comunicación, los herederos de Torrebruno...) y, si algún día llega a escoger uno, visto el perfil ideológico de la mayoría de sus activos participantes, elegiría al Partido Popular. O sea, problema, porque es que resulta que, en este caso, De Gaulle no está en el Elíseo, sino en la oposición.

Razón 4: Mayo del 68 es un movimiento que respira Guerra Fría. Sin ese componente en el aire, habría muerto. El sustrato de la revolución parisina, habilísimamente utilizado por las organizaciones a la izquierda del PCF y por supuesto del socialismo, es la existencia de una alternativa y de un enemigo en términos ideológicos, que es el sistema liberal capitalista. El 15-M parece tener claro el mismo enemigo, y escribo parece tener porque, de momento y en mi nivel de información, peca del mismo pecado que su sustrato antiglobalización, esto es carecer de una alternativa como tal estatuida y, paradójicamente, se limita a manejar como propios argumentos construidos precisamente por ésos contra los que va, es decir los políticos. Pues, que yo sepa, el mantra ése de que la culpa de todo la tienen los mercados no se inventó en la biblioteca de un cotolengo carmelita.

Otra comparación que ha surgido es la comparación con las revueltas en el mundo musulmán. Ésta segunda me parece, sinceramente, repugnante, y si yo tuviese algún poder de opinión, recomendaría a todo aquél que sienta la tentación de echar mano de ella que se lo pensase dos veces.

Un español de veinte años que abre su portátil y se conecta a Facebook hoy, puede cagarse en la madre de cualquier miembro del Gobierno. Puede redactar un escrito solicitando del presidente del Congreso que expulse del hemiciclo a los diputados del partido que no le guste, y presentarlo en el registro del Congreso. Puede salir a la calle y gritar que Zapatero debe dimitir, o que debe seguir. Y, sobre todo, puede votar.

Un sirio de veinte años que va a una manifa se está jugando que le revienten la cabeza con munición de guerra.

Ésos son los términos de la comparación.

Con todo, a mí lo que más me atrae o ilusiona del movimiento es la posibilidad de que abra un portín a las reformas del sistema que lo hagan más participativo. Creo que el 15-M estaría plenamente justificado con sólo conseguir una reforma del sistema electoral, que en mi opinión debería migrar a un sistema a la americana, es decir distritos electorales pequeños, listas abiertas, y el personal a votar a un candidato, no a 37. O una reforma de la financiación de los partidos políticos. O una reforma del reglamento del Congreso que impida que el control al gobierno sea un control teledirigido y que, sobre todo, el Gobierno conoce con antelación.

Habrá que esperar, en todo caso, a esa plataforma reivindicativa que, según me dicen quienes saben de esto, va a llegar.

Y una coda: por muy atractivas que sean las movidas, por muy excitante que sea la perspectiva de pasar una noche al raso con los colegas en el kilómetro cero, hay una cosa que comparten los activistas del 15-M, los estomatólogos licenciados en Zaragoza, los blogueros que escriben sin acentos y el cardenal Rouco Varela: todos ellos, por muy distintos que sean unos de otros, están sometidos al imperio de la ley. No se puede ir por la vida pidiendo democracia efectiva y acto seguido vulnerar la ley en nombre de dicho principio, pues en ese caso se está negando lo que se defiende.

España tiene una ley democrática, votada por los españoles, que dice que las 24 horas antes de unas elecciones no se pueden celebrar actos de índole política. Así pues, el sábado, a casa. La profundización de la democracia no puede comenzar por socavar los principios que informan la que ya existe.

martes, mayo 17, 2011

La "normalidad" del 36 (15: ¿que narices puedo poner para ser original?)

El mismo día 16 que se celebra el debate parlamentario, hay 100.000 trabajadores en huelga sólo en Madrid. En varias provincias agrícolas, la quema de cosechas ha acabado con la práctica totalidad de ellas. En Cádiz se declara la huelga general y el pan debe ser elaborado por el Ejército. El día 18, la CNT llama a una huelga de dependientes de comercio que deja los mostradores de toda España sin servir. Ese mismo día dos falangistas, José Luis Obregón Siurana y Luis Cabañes Abarca, son asesinados. Más muertos de junio: uno en Valladolid, otro en Albacete, otro en Orihuela (Alicante), y un último en Sevilla, en el curso del asalto a un almacén de cereales. El día veinte estallan en Madrid once bombas. Once.

Se muere el comandante Pedro Romero, instructor de las milicias izquierdistas. A su entierro va al presidente del Gobierno, cuatro ministros y varios generales; frente al féretro desfilan las milicias comunistas, en un acto castrentoide bastante extraño a los ojos del presente.

Jesús Hernández, en el congreso del Partido Comunista madrileño, perpetra esta perla: «Bien cerca de nuestros Pirineos, en la Francia de 1879, los trabajadores franceses cargaban carretas de nobles para llevarlos a la guillotina. Hay que deplorar que la República española no haya cargado todavía ninguna carreta de nobles». Años después, cuando se cayese del guindo estalinista, Hernández engrosaría la fila de plañideras que escribirían páginas y páginas sobre sus burradas como dando la impresión de que quien las había cometido fue otra persona. La verdad es que Hernández, por mucho que se arrepintiese después, fue un dedicado recadero moscovita. Él mismo confiesa en sus memorias que estuvo a punto de matar a Prieto, antes de la llegada de la República. Su momento dulce llegó con la guerra civil, cuando, junto con Vicente Uribe, copó la cuota comunista en los gobiernos republicanos y, desde allí, se dedicó a trabajar por la dirección comunista de la guerra. Suyo es el discurso de Valencia en el que desgranó un florilegio de dicterios contra Largo Caballero, que sirvieron para echarlo del gobierno cuando se enfrentó con los comunistas (echó al embajador soviético en España, Rosemberg, de su despacho). Luego, como digo, le daría por hacer repaso crítico de su pasado; una benicarlada más.

El 23 de junio, es cosa archisabida, Franco le dirige su famosa carta al presidente Casares. La carta de Franco es, antes que cualquier otra cosa y dijese lo que dijese la propaganda franquista, una carta corporativa. Lo primero de lo que se queja Franco en la misiva es de la reincorporación al Ejército de militares implicados en la chorrada del 34 en Cataluña, la eliminación de la antigüedad como elemento para el ascenso y su sustitución por dosis crecientes de arbitrio ministerial. Cierto es que los políticos se quedan solos cuando se trata de nombrar ejecutivos, sean ellos magistrados del Tribunal Contitucional, consejeros de RTVE o lo que se tercie; pero, la verdad, yo nunca he entendido muy bien la prelación de la antigüedad en el Ejército. Un idiota de la vida de 55 años no deja de ser bastante más idiota que él mismo con 30 años. Pero aquí lo importante, a mi modo de ver, es que lo primero de lo que Franco quiere hablarle al presidente no es del caos, sino de la falta de orden en los ascensos. También protesta, justo es reconocerlo, por conflictos como el de Alcalá de Henares; pero lo hace en un segundo plano.

Hace la carta profesión de respeto constitucional castrense pero, acto seguido, y como buen gallego, plantea las cosas de modo y forma que lo primero dicho no tenga, en realidad, importancia alguna: «La falta de dignidad y justicia de los poderes públicos en la Administración del Ejército en 1917 hizo surgir las Juntas Militares de Defensa. Hoy podría decirse, virtualmente, que las Juntas Militares están formadas». Una vez más, no nos encontramos con un discurso basado en el clima de violencia, sino en la ausencia de una adecuada administración de lo militar. Una vez más, pues, el mensaje es corporativo.

Cabe preguntarse por qué escribió Franco a Casares aquella carta. Cuando el general era el jefe del Estado, y puesto que la historiografía oficial iba de demostrar que sus pedos olían a rosas, se trató esta carta como un signo de fidelidad constitucional hasta el último segundo que, lamentablemente, fue traicionada por la deriva de la República y, sobre todo, por el asesinato de Calvo Sotelo. Una teoría bastante endeble, pues a finales de junio ya está Mola dándose de cabezazos contra el difícil muro tradicionalista y, por lo demás, lleva ya muy adelantados los planes para el alzamiento, que de hecho tiene ya fechas tentativas.

Desde un punto de vista antifranquista, por otro lado, se puede pensar que la carta de Franco es la típica carta nenaza del que quiere ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. De quien sabe que es pieza fundamental en el golpe de Estado, que su prestigio militar le es muy necesario a los conspiradores; pero que, al mismo tiempo, quiere quedar bien con el gobierno de la República por si acaba siendo el vencedor de la movida, como de hecho lo fue, puesto que si los nacionales ganaron la guerra civil, el ganador del golpe de Estado del 18 de julio es, sin duda alguna, el Gobierno. Franco, que algo sabía de estrategia, bien podría tener la mosca detrás de la oreja.

Yo, personalmente, me decanto por otra teoría. Una teoría que creo consistente con la personalidad de Franco, un tipo que tenía muchos defectos, pero que contaba con una de las principales virtudes de los líderes políticos: un sentido especialmente desarrollado para la gestión de los tiempos. Esto es algo que pretendo explicar en la próxima serie que quisiera escribir, dedicada a cómo escaló Franco hasta el poder omnímodo en la España nacional, y cómo lo conservó; pero baste con formular hoy que esta maestría en la gestión de los tiempos es un cornerstone de su estrategia. En junio de 1936, es mi teoría, Franco sabe que van a pasar muchas cosas, y muy deprisa. A mi modo de ver, y esto es algo desde luego muy discutible porque son muchos los que lo discuten, las fidelidades del general están absolutamente claras. Franco piensa, probablemente mucho antes de junio del 36, probablemente ya desde las desilusionantes respuestas que le da Portela Valladares a sus admoniciones, que ya sólo hay una salida para la situación. A mi modo de ver, la carta a Casares es una pequeña cortina de humo.

¿Sabe Franco, en el momento de escribir esta carta, que más o menos desde mediados de abril, cuando muchos de los militares obrantes en el entierro del alférez De los Reyes comenzaron a ser trasladados, el general Mola controla la Unión Militar Española y cuenta con una actitud, si no comprensiva, al menos no abiertamente contraria, de Falange? Sería difícil decir que no. Y hay otro factor importante. La propuesta que yo le hago a mis lectores es que lean la carta de Franco a Casares colocándola junto a las admoniciones remitidas a Portela meses antes. Si las neuronas del lector emiten en la misma onda que las mías, observará algo que no tiene mucho sentido. En febrero del 36, la obsesión de Franco es convencer al presidente del gobierno de que hay un intento comunista por hacerse con el poder, que la calle es un caos, y que hay que hacer algo para defender el orden. Cuatro meses después, su obsesión es el desorden interno en el ejército, la resurrección de las Juntas Militares a través de la UME, y los desplantes sociales al Ejército. De haber una lógica en ambas argumentaciones, debieran haber ido en orden inverso. Si en febrero del 36 había un peligro en la calle, en junio, después de centenares de muertos, incendios, asaltos, etc., ese peligro se había multiplicado por sí mismo. A mi modo de ver, pues, la carta de Franco tiene un punto absurdo que hace que haya que pensar que fue redactada por motivos más o menos laberínticos.

¿Qué pretende Franco con la carta? ¿Ir de acusica? Sostener esa teoría es propio de un guionista histórico de televisión; con ello quiero decir que es una chorrada. Cuando uno le quiere contar al presidente del Gobierno que la Brunete va a bombardear la Cibeles mañana por la mañana, no le manda una carta. Franco, a mi modo de ver pues, no quería ganar puntos ante el Gobierno; más bien creo que quería añadir presión a su manera, extremadamente prudencial. Mi teoría es que Franco, en junio del 36, no es que no esté decidido a unirse al golpe, como se ha dicho y escrito alguna que otra vez; de lo que no está convencido es de que el golpe vaya a tener éxito. Pero, estratégicamente hablando, está comprometido con el movimiento y, por ello, le escribe la carta a Casares Quiroga.

Porque yo le veo una utilidad a la carta: desviar el punto de mira de Casares. Meticulosamente estudiada para no hacerla aparecer como una amenaza relacionada con el clima de violencia en la calle, quizá hizo que el primer ministro retirase parte de su mirada del capitán general de Canarias. Por dos veces en los dos últimos meses antes del golpe de Estado llamó Casares al teniente coronel Yagüe a Madrid, probablemente para pulsar lo que más le preocupaba: el ambiente en el ejército africano. Por este detalle podemos apuntar la idea de que, tal vez, Casares se equivocó. Recordad el consejo de Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Si Casares quería tener cerca a Yagüe, al que, como teniente coronel que era, podía haber enviado sin problema de agregado militar a la embajada de España en Indonesia, es porque le temía. Si esto es cierto, entonces hemos de concluir que si no llamó a Franco, es porque no le temía.

Probablemente, Casares pensaba que controlando a Yagüe, controlaba al ejército de África. No se dio cuenta de que quien, realmente, mecía la cuna de las harkas era el enano de Canarias; el tipo que le había escrito aquella carta. Si a eso unimos el famoso episodio de la visita de Alonso Mallol a Pamplona, con la intención de pillar a Mola, y que éste conocía de antemano por un comisario local (haber sido director general de Seguridad tiene estas gavelas), podemos entender por qué a Casares le montaron un golpe de Estado en sus mismas narices, un golpe del que muchos le avisaron, sin que él lo creyese nunca. Bueno, claro, hay un tercer factor, para qué negarlo. Casares, como Azaña, sólo se escuchaba a sí mismo.

El 1 de julio, un socialista llamado Diego Robledo sale de la Casa del Pueblo de Huelva cuando es acribillado hasta morir. En La Coruña, en esos días, los izquierdistas paran un autobús, obligan a todos los viajeros a bajar, localizan a los hermanos derechistas José y Francisco Freire Caamaño, y los matan a tiros. De paso que disparan, ya van y se cargan a una señora que estaba por ahí, demasiado cerca de los cerdos fascistas.

En el Congreso, Calvo Sotelo califica los partidos políticos de «cofradías cloróticas de contertulios». Se informa a los señores lectores de que por cloróticas quiso decir, probablemente, anémicas.

Bilbao y Burgos se unen a la huelga de la construcción. Dos falangistas, Claudio Fernández y Juan Martínez Pichardo, son asesinados; uno en Ciudad Real, y el otro en Villanueva de San Juan. En Villarrubia de los Ojos, Ciudad Real, la guardia municipal se dirige a la casa de un falangista local para deternerlo, pero no lo encuentran. Discuten con el padre y, como el viejo se pone bravo, se lo apiolan. Es lo que tiene no darle la razón a los municipales.

El día 3, el Gobierno dicta un laudo para terminar con la huelga de la construcción en Madrid: cuarenta horas semanales, aumento de salarios y vacaciones pagadas. La UGT responde que sí. La CNT responde haciendo estallar cuatro bombas en las conducciones de agua de la ciudad.

En Atarfe, Granada, un cachondo mental hace una lista con todos los izquierdistas importantes del pueblo y los suscribe a El Ideal de Granada, periódico católico. A la recepción de los primeros ejemplares, se celebra una asamblea que decreta la huelga general. Las fábricas quedan desiertas, la siega se para en seco y el pueblo se queda sin pan ni alimentos.

En la calle Torrijos de Madrid, dos militantes del SEU falangista, Miguel Ariola y Jacobo Galán, toman sus colaciones en la terraza, cuando son tiroteados y muertos. Al día siguiente, un coche sigue a un grupo de izquierdistas que pasea por la calle Gravina y les saluda a balazos. Dos muertos y varios heridos. Horas después, en la madrugada, en la carretera de Carabanchel aparece el cadáver de Justo Serna Enamorado, teniente y militante de Falange, con setenta y tres puñaladas.

5 de julio. En Castrillón, Asturias, tirios y troyanos se encuentran, con resultado de dos muertos. En Madrid, un centenar de falangistas rodea el coche oficial del director general de Seguridad y saluda brazo en alto. Según denuncian los derechistas en las Cortes, para ese momento uno de cada dos trabajadores de Madrid está en huelga.

En Montalvo, Cuenca, una chica joven ve pasar a unos marxistas dando vivas a Rusia. Ella da un viva al fascio. Clin clin, negocio para la funeraria.

El 11 de julio alguien vuela el puente que une las provincias de Pontevedra y La Coruña (se ignora si la razón era que se trataba de un puente de derechas, o de izquierdas). En Valencia, cuatro falangistas asaltan, pistola en mano, la sede de Unión Radio, toman el micrófono y lanzan un saludo nacionalsindicalista a las ondas. El alcalde se presenta en la emisora y da una arenga. Se monta una manifa, durante la cual se destroza una cafetería. Los manifestantes tratan de asaltar un periódico de derechas, pero son repelidos por la guardia civil. Se desfogan quemando el centro patronal.

El 12 de julio son las famosas maniobras de Llano Amarillo. Me han contado mil veces la escena de Azaña presente en estas maniobras, repentinamente rodeado de militares gritando: «¡Café, café, cafë!» Sin embargo, Azaña no estuvo allí, que yo sepa. Pero algo hay. El general Gómez Maroto, comandante general de las fuerzas de África, anda mirando el cielo; es posible que alguien medio le contase que Franco iba a venir desde Canarias (como de hecho acabó yendo). Y está lo del café, que no es exactamente como muchas veces se cuenta. Por lo que yo he podido leer, durante el almuerzo terminadas las maniobras, muchos militares pedían café constantemente a los camareros, en medio de los platos, a destiempo. Obviamente, ese «¡café!» quería decir «Camarada, Arriba Falange Española». Pedir café en aquella comida, pues, equivalía a declarar: yo me sublevaré.

«Pues ya estamos para que nos fusilen», dicen que dijo, más o menos por esas fechas, don Manuel Azaña. Pero se equivocaba. Toda situación es susceptible de empeorar.


Faltaba, aun, la coda final.

domingo, mayo 15, 2011

La "normalidad" del 36 (14: ... y Calvo Sotelo)

El líder del Bloque Nacional no se muerde la lengua. Nada más comenzar su perorata, brama hacia los escaños del gobierno y de la izquierda: «Vosotros, vuestros partidos o vuestra propaganda insensata, han provocado el sesenta por ciento del promedio del desorden público, y de ahí que carezcáis de autoridad». En las últimas semanas, continúa más adelante, ha ocurrido además que el Frente Popular se ha roto, refiríendose a la postura de la CNT. A pesar de ser contestado por diputados de izquierda en el sentido de que la CNT nunca formó parte del Frente Popular, Calvo Sotelo insiste en que el millón de votos aportado por los anarquistas en febrero fue el que dio la victoria a las izquierdas; y, consecuentemente, puesto que ahora la CNT se ha separado de la coalición, ésta tiene apenas una representación minoritaria.

«Aquí», continúa el diputado, «hay diputados republicanos elegidos con votos marxistas. Diputados marxistas partidarios de la dictadura del proletariado y apóstoles del comunismo libertario; aquí y allí hay diputados con votos de gentes pertenecientes a la pequeña burguesía y a las profesionales liberales que a estas horas están arrepentidos de haberse equivocado el 16 de febrero al dar a sus votos el camino de perdición por donde nos lleva a todos el Frente Popular». Como se ve, la opción estratégica de Sotelo aquel 16 de junio es tratar de arrastrar a los políticos no obreristas fuera del Frente Popular, explotando la sensación de ahogo que sabe que sienten. Apenas unos días después de este debate, según recuerda Sánchez Albornoz, el propio Azaña apostilla un informe que le acaban de presentar sobre los conflictos de la calle con un lúgubre: «pues ya estamos listos para que nos fusilen». «Nos», sin duda, se refiere a los republicanos burgueses.

Distinguió en su discurso Calvo Sotelo dos tipos de desorden: el económico y el militar. El primero era causado, según él, por la lucha de clases, y el segundo por «la generación de un concepto democrático que arruina todo sentido de autoridad nacional». A su modo, un tanto simbólico, Calvo Sotelo elaboró en este punto del discurso una advertencia que parece bastante clara a la luz de los hechos: la inexistencia de autoridad es el fulminante que hará que los cuartos de banderas se alcen.

Frente al caos económico, Calvo Sotelo defiende un Estado integrador, administrador, dice, de justicia económica, sin capitalismo abusivo, sin salarios de hambre, sin «libertad anárquica» ni «destrucción criminal». Y, una vez que ha horneado el pastel, le pone la guinda: «a este Estado le llaman muchos Estado fascista. Pues si ese es el Estado fascista, yo, que participo de la idea de este Estado, yo que creo en él, me declaro fascista».

Contra lo que pueda parecer, la reacción que registra el diario de sesiones es más bien tibia. Los diputados de la izquierda, de hecho, se limitan a comentar, jocosamente, que la confesión del diputado no es ninguna novedad. Impertérrito, Calvo Sotelo continúa desarrollando su discurso, hablando ahora del principio de autoridad y del Ejército, contra el cuál, añade, se han producido recientemente ejemplos de desprecio intolerable. En un momento de su intervención realmente polémico, Calvo Sotelo afirma que no cree sinceramente que en España haya un solo militar dispuesto a alzarse a favor de la monarquía; pero la misma convicción guarda también para la idea de que «sería un loco el militar que no estuviera dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjera». Esta frase provocó un broncón en las bancadas de la izquierda y una admonición del presidente: «no haga su señoría invitaciones que fuera de aquí puedan ser mal traducidas».

En una estrategia que no puede ser espontánea, Calvo Sotelo va de menos a más. Comienza con anécdotas de poca monta, como un problema surgido en Toledo con unos militares que asistían a un curso de gimnasia. Luego saca a pasear el asunto de Alcalá de Henares, que ya hemos visto terminó con el traslado de dos regimientos y un caso de grave insubordinación por parte de los mandos, y que provoca protestas mil entre los diputados del Frente Popular por lo que suponen las palabras de Sotelo de amparo parlamentario a un delito; y, finalmente, llega el diputado del Bloque Nacional al caso de Palenciana, donde un guardia civil, brama, «fue decapitado con una navaja cabritera».

Ahí se monta la mundial. Los diputados del FP se levantan de sus asientos y fremen. Acusan a Calvo Sotelo de mentiroso y aseveran que esa acusación es falsa. Entonces, Calvo Sotelo dice: «¿Que no es cierto que el guardia civil fue internado en la Casa del Pueblo y decapitado? El que niegue eso es....».

Las actas del pleno no recogen la expresión concreta, así pues tuvo que ser de hijo de puta para arriba. Por supuesto, el presidente le insta a retirar esas palabras, a lo que Calvo Sotelo se niega porque dice que sólo son su respuesta a una afirmación dicha por el diputado Carrillo (Santiago) de que su acusación había sido una canallada. En medio de un follón de mis demonios, Martínez Barrio da por retirados lo insultos de Calvo Sotelo, ante lo cual los diputados de la derecha exigen a gritos que se retiren los de Carrillo (el cual, por cierto, responde con más insultos). No es hasta que Martínez Barrio le reconviene al dirigente de las JSU su lenguage y da también por retirados sus insultos, que la cosa puede continuar.

Como puede verse, el mito es cierto: las Cortes republicanas son un dechado de prístina habilidad retórica y cortesía parlamentaria.

Termina Calvo Sotelo dirigiéndose directamente al presidente del Consejo de Ministros, Casares Quiroga. Ante las contestaciones de éste, un tanto sobradas, Calvo Sotelo se refiere al «estilo de improperio propio del antiguo señorito de La Coruña», lo cual inicia otro sub-debate en torno a la condición proletaria o altoburguesa del presidente del Gobierno.

Este rifirrafe final, con seguridad, influyó en la decisión de Casares, quien cambió de idea y, en lugar de esperar a la intervención de otros oradores como era su primera intención, decidió levantarse para contestar a Calvo Sotelo inmediatamente. Negó haber tomado medidas por imposición del Frente Popular, afirmación que queda elegante pero es poco creíble, porque no fueron, desde luego, las necesidades tácticas del Ejército español las que forzaron el traslado de los dos regimientos alcalaínos. Y después pronunció la que puede considerarse La Frase. La gran frase que ha pasado a la Historia, y que se produjo comentando las insinuaciones de golpismo realizadas anteriormente por el diputado de las derechas:

«Yo no quiero incidir en la falta que cometía su señoría, pero sí me es lícito decir que, después de lo que ha dicho su señoría ante el Parlamento, de cualquier cosa que pudiera ocurrir, que no ocurrirá, haré responsable ante el país a su señoría».

Después, el discurso de Casares se dedicó a quitarle importancia a los disturbios de la calle y a echar mano de un recurso bien conocido y, como decía anteriormente, en parte cierto: echarle la culpa al gobierno anterior, de otro color. Para Casares, lo que hacían las derechas criticando la anarquía de la calle era «examinar su propia obra»; más aún, culpó a los patronos de los excesos de los obreros.

En otras palabras: Calvo Sotelo, que en mi opinión algo sabía de los movimientos en los cuartos de banderas (pero no todo; de haber estado bien informado, sus asesinos no le habrían encontrado en casa y en bata, sino que se habría ausentado de su domicilio, como Gil Robles o Goicoechea), hizo un discurso destinado a enervar a los bancos de la izquierda y dirigido a quienes no estaban en el Parlamento. Calvo Sotelo intentó que su voz llegase hasta los cuarteles pues, probablemente, el 16 de junio ya estaba convencido de que la única salida a la situación era la iniciada el 18 de julio.

Por su parte, Casares Quiroga hizo algo que es bastante habitual en las izquierdas gobernantes, que es tratar de actuar como si fuesen oposición. Se olvidó de que, cuando uno es el que gobierna, en realidad el origen de los disturbios da igual; lo importante es que demuestre que está haciendo todo lo posible por sofocarlos y, en este sentido, su discurso se quedó retóricamente cojo (cosa que no debe extrañarnos, teniendo en cuenta la rampante mediocridad de su autor).

Después de Casares habló Dolores Ibárruri, como siempre sustantivando un compromiso de hierro con la verdad de las cosas. Habló, cómo no, de Asturias, y citó casos de revolucionarios que habían visto extirpados sus testículos, o de mujeres colgadas vivas, niños fusilados, madres obligadas a contemplar las sesiones de tortura en la persona de sus hijos, y hasta niños a los que se les habían saltado los ojos. Pasionaria, como digo, siempre en su mundo. Que yo sepa, jamás pidió la menor disculpa, ni la han pedido sus herederos, por soltar una sarta de mentiras tan grave en sede parlamentaria.

Entre las varias réplicas habló Calvo Sotelo de nuevo. Y lo hizo, entre otras cosas, para contestar a la apelación de Casares, con palabras multrirrepetidas en los libros de Historia:

«Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde el banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Pues bien, señor Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de su señoría. Me ha convertido su señoría en sujeto y, por tanto, no sólo activo, sino pasivo, de las responsabilidades que pueden nacer de no sé qué hechos. Bien, señor Casares Quiroga. Lo repito: mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ni una de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria y para gloria de España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más!»

Mientras continuaba el debate, diputados de izquierdas redactaron una proposición incidental que fue la que finalmente se aprobó. En la misma se decía que no había lugar a votar la proposición presentada por las derechas (esto es: ni siquiera la derrotaron, sino que la dieron por no presentada) y añadían un voto de confianza en el Gobierno «para la realización del programa del Frente Popular».

La sesión de 16 de junio del 36 es histórica, aunque no por los motivos que habitualmente se han manejado. Teóricamente, es el momento, el franquismo dixit, en el que el gobierno del Frente Popular anunció su presunta intención de acabar con la vida de Calvo Sotelo. Es una teoría poco creíble. En primer lugar, en un parlamento en el que se habían escuchado amenazas de muerte tan simples como directas (así, la de José Díaz hacia Gil Robles), las palabras de Casares Quiroga se han querido intepretar como una amenaza, pero para mí que no lo fueron. Si analizamos la frase del sectario republicano gallego, creo que lo racional es sostener que la intención más probable de sus palabras era advertir a Calvo Sotelo de que si algún día los militares se alzaban, le consideraría como parte actora e impulsora de dicha conspiración; lo cual está muy lejos de definir lo que finalmente le pasó a Sotelo. A mi modo de ver, pues, las palabras de Casares Quiroga no tuvieron nada de proféticas ni fueron pronunciadas pensando, a un mes vista, en una acción de asesinato presuntamente ya decidida o discutida; entre otras cosas, porque dudo mucho de que a Casares le diese la neurona como para planificar ni el color de su calcetín derecho a un mes vista.

Lo importante de la sesión, por lo tanto, no está en la tan traída y llevada condena en avance de Calvo Sotelo, sino en el hecho en sí de que el Gobierno del Frente Popular, en las horas que duraron los debates, decidió taparse los ojos. Las izquierdas, en ese punto, ya sólo sabían decir dos cosas: en primer lugar, que los hechos denunciados eran falsos, como hicieron los diputados cordobeses con los hechos de Palenciana; a pesar de que, como con notable desparpajo les recordó Calvo Sotelo, en España la censura de prensa podía funcionar, pero no con ello había impedido que el asesinato de Palenciana fuese publicado en periódicos franceses, por lo que era de general conocimiento. La segunda cosa que dijeron las izquierdas era que la culpa era de sus enemigos. O sea: no había violencia y, si la había, era cosa de los patronos.

Manuel Azaña, en su repugnante, por lo autocomplaciente, Velada de Benicarló, abordará este mismo hecho a su manera, tratando de presentar a los gobernantes republicanos como pobres hojitas de pino arrastradas por la corriente violenta del río de las dos españas. Olvida Azaña en sus lacrimógenos repasos de lo que hizo y de lo que no hizo como gobernante que esas tiernas hojitas de pino fueron, en realidad, señores que tenían en su poder los resortes del Estado. Tenían, pues poderes que usaron cuando usaron, y no usaron cuando no usaron; y cuando no los usaron, los únicos responsables de ello, proveniesen los disturbios del egoísmo patronal, de la cabestrez anarcosindicalista o del terrorismo de camisa azul, fueron esos mismos gobernantes, que se quedaron tan tranquilos, en sus palcos de ópera, haciéndose pajas mentales a base de imaginar las grandes cosas que la Historia acabaría por decir de ellos.

El mensaje del 16 de junio no es: en España hay un caos. El mensaje es: en España hay un caos, y el Gobierno no está dispuesto a sofocarlo. Es más: está dispuesto a alentarlo, de palabra, obra o, sobre todo, omisión, cuando quienes alimenten la mala leche sean socios de su club. Por decirlo de otra manera, las izquierdas, el 16 de mayo, no le dieron al general Emilio Mola ni una sola razón, por pequeña que fuese, para romper sus instrucciones y cesar en los contactos que ya estaba desarrollando.

Las derechas, por su parte, se echaron al monte aquel día de junio. Quizás Gil Robles, que lo montó todo con su proposición, pensaba en tener un debate de acoso al Gobierno. Pero, tras pedir la palabra Calvo Sotelo, la cosa cambió. Las izquierdas no tienen un poco de razón en sus reproches; la tienen toda. Calvo Sotelo sobrepasó aquella tarde todas las líneas rojas e hizo un discurso que no tenía por destino los diputados de la nación, sino los cuartos de banderas. No fue un discurso golpista, pero tampoco lo fue legal. Quiso el Bloque Nacional dejar claro que las derechas estaban agraces para estar en un golpe de Estado contra el gobierno, y lo dijo sin sutilezas.

El 16 de junio del 36, al cierre de aquel debate estéril, aún antes de la muerte del teniente Castillo y del propio Calvo Sotelo, de alguna manera, el plano inclinado que llevaba a la guerra civil adquirió una pendiente tan pronunciada que ya no era posible no caer.