viernes, septiembre 28, 2007

El Callao (i)

Las relaciones de una metrópoli con sus ex colonias nunca son fáciles, y España no es en ello una excepción. Tenemos los españoles una actitud hacia los países que un día fueron posesiones nuestras entre ligeramente culpable y básicamente pasota. La mayor parte de la gente que conozco, incluso personas de alto nivel cultural, se podría decir que lo desconoce todo de Latinoamérica; todo lo que no sea fútbol, claro.

España se marchó de América Latina muy tarde. Le costó mucho irse y lo hizo, ya digo, con cierto retraso histórico, pues para cuando tiró la toalla de conservar sus colonias, dicha conservación le había costado mucho sudor, muchas lágrimas y muchas pesetas. Tampoco supo, o no quiso, construir un concepto de comunidad, al estilo de la Commonwealth inglesa. Las cosas, a veces, fueron tan mal como para que brillasen las navajas. Hoy quiero hablar de una de esas ocasiones; un momento en el que España y alguna de sus ex colonias se hicieron la guerra. Aunque esta guerra es muy nuestra, muy hispana pues, al contrario de lo que pasa con las guerras que hacen los angloparlantes, en ésta no se sabe aún, y ya han pasado más de cien años, quién la ganó, o si alguien la perdió.

En 1824, los españoles fueron derrotados por Bolívar en la batalla de Ayacucho, bien conocida por cualquier escolar latinoamericano en general y peruano en particular; aunque espero que entendáis los de allá que no es una acción bélica que se explique muy profundamente en las aulas españolas. Vencedor pues de los españoles, en diciembre de 1826 Bolívar dicta una constitución para el llamado Alto Perú (hoy Bolivia) y el Bajo Perú (o Perú a secas). Esta común norma, sin embargo, escondía una división bastante neta entre bolivaristas (que no bolivarianos) y peruanos. Bolívar le encendió el pelo a los peruanos en la batalla de Sirón (1829), aunque dejó que Perú se gobernase sola. Algo que hizo, desde entonces, con mayor o peor suerte.

España, mientras tanto, tomó la opción de no reconocer a Perú como nación independiente. Los españoles andábamos arriscados con eso de que nos hubieran dado una mano de leches (¡a nosotros!) y, sobre todo, teníamos un problemita de pasta: queríamos que el nuevo Perú, de existir, le pagase el justiprecio a los españoles a los que había expropiado.

Quince años estuvieron España y Perú sin decirse ni buenos días. A ninguno de los dos, sin embargo, le venía bien esta situación. Así pues, se iniciaron gestiones elegantes, de forma que un diplomático peruano destinado en Francia hizo, en 1841, una gestión secreta ante el gobierno español, interesándose por su opinión sobre la posibilidad de que hubiese un arreglo. España contestó que sí, que vale. Prosiguieron contactos en Chile y, finalmente, el general Echenique, al llegar al gobierno peruano, decidió designar a un primera fila, el entonces ex ministro de Exteriores Joaquín José de Osma, para que pilotase unas negociaciones como se debe.

El 25 de septiembre de 1853, De Osma y Ángel Calderón de la Barca llegaron a un acuerdo para el reconocimiento de Perú por España. No obstante, este acuerdo nunca llegó a estar vigente, pues Perú nunca lo firmó. Todo parece indicar que, una vez leída la letra pequeña (España seguía reclamando los duros que consideraba se le debían), encontró el acuerdo imposible de rubricar, y ahí lo dejó morir. En 1859 hubo otro intento, en el que se comisionó un plenipotenciario a Madrid. El problema es que este hombre, Pedro Gálvez, sentía tan plena su potencia que poco menos que no admitía más negociación que con la reina. Isabel II no lo recibió y la posibilidad del acuerdo se fue al carajo una vez más.

Por medio España se anexionó Santo Domingo y se embarcó, por unos meses, en la intervención francesa en México, de la mano de Napoleón III; una de las mayores cagadas bélicas del siglo XIX. El caso es que estos dos movimientos por parte de Madrid inquietaron mucho en la Latinoamérica libre. En todos los países, aquel movimiento se interpretó como una voluntad por parte española de reeditar el imperio y las colonias.

El guión más lógico nos habla de un posterior acercamiento entre las partes, lubricado por el paso del tiempo y de las generaciones, que debería haber culminado en un acuerdo amistoso. Pero no; antes, nos dimos de hostias. Y todo comenzó el 4 de agosto de 1863, en un lugar llamado la hacienda de Talambo.

En 1860, contratados por un español llamado Azcárate, llegaron a Perú 300 vascos para trabajar como jornaleros en una hacienda algodonera. Aunque el impulsor de la contratación era Azcárate, en realidad Talambo era de un peruano, Manuel Salcedo.

Hubo problemas, no sé muy bien cuáles exactamente, pero sí relacionados con el presunto incumplimiento, por parte de Salcedo, de las condiciones pactadas con los jornaleros. Azcárate se retiró del negocio. Uno de los obreros agrícolas, Marcial Miner, tuvo un durísimo enfrentamiento con Salcedo. Éste, cabreado, buscó a otro compatriota suyo, Valdés, hombre al parecer de mala reputación. Lo contrató para que detuviese a Miner. El tal Valdés formó una pequeña fuerza de cuarenta hombres, se fue a Talambo, y apresó a Miner, acción en la cual mató a un español e hirió a otros cuatro.

Según la versión española, que es obviamente la que yo tengo a mano, el establishment peruano pasó del asesinato como de deglutir deyecciones. El alcalde de Chepen, localidad más próxima a la Hacienda, tardó muchísimo en tomar declaración a los agresores, amén de no detenerlos. Se instruyó un sumario a la remangillé y de mala gana. Así las cosas, el juez de Chiclayo, con los mimbres que tenía, no pudo sino decretar la inocencia de los acusados, salvo dos, que fueron condenados a cuatro meses de cárcel.

Ocho meses de cárcel en total. Por la vida de un español. Asesinado por una partida de peruanos. No, la cosa no sonó muy bien en Madrid.

Claro que cuando se quieren exagerar las cosas, se exageran. Las crónicas españolas suelen olvidar con facilidad que el Tribunal Superior de Justicia de Perú anuló la sentencia y que, ítem más, la propia prensa local se puso del lado de los españoles. Copio del Mercurio local: «¡Gobierno del Perú! Pesad en buena balanza los hechos de los últimos asesinados cometidos con indefensos españoles residentes en la Hacienda de Talambo. Caiga la cuchilla de la Ley sobre los culpables, por más ricos que sean».

Por si no queríamos más pruebas, el gobierno peruano destacó un regimiento de caballería a Chiclayo, con la orden de aclarar el asunto y poner orden.

La respuesta de España fue invadir las islas Chinchas, importante centro productor de guano, y anunciar que no las devolveríamos hasta que no se diese satisfacción a nuestras reivindicaciones.

Aquí, de todas maneras, hay que hacer también honor a la verdad española. El gobierno de Madrid no quería aquello; el gobierno de Madrid, según todas las trazas, estaba por esperar a que la justicia acabase imperando en el feo asunto de Talambo. Sin embargo, una cosa es lo que mandan los que mandan y otra lo que hacen los que obedecen. Éstos, muy al contrario de lo que hubiera sido su obligación, obraron a su bola bélica.

El encendimiento del conflicto hispano-peruano se produce por la combinación entre un almirante, Luis Hernández Pinzón; y un diplomático, Eusebio Salazar Mazarredo. Hernández Pinzón recibió en aquellos días carta de la embajada española en Washington comunicándole la decisión de retirar la flota española del Pacífico y mandarla a Cuba. Hernández Pinzón no estaba de acuerdo con esta medida pues consideraba que lo de Talambo no estaba resuelto, así pues donde había que quedarse era en Perú. En eso llegó Salazar quien, pese a traer instrucciones de Madrid de amainar las cosas, secretamente quería la guerra. Así pues, se juntó el hambre con las ganas de comer.

El maniobrero Salazar Mazarredo consiguió ser nombrado ministro residente en Bolivia y comisario especial de España en Perú. Con estos cargos bajo el brazo, recibió del almirante la propuesta de ocupar las Chinchas y le transmitió la opinión del gobierno de Madrid al respecto.

Don Eusebio tenía dos oficios de Madrid. En el primero se le conminaba, negro sobre blanco, a conseguir «paz y buena inteligencia». En el segundo, se le instruía para que presentase la reclamación «en términos enérgicos, pero de todo punto pacíficos»; aunque, decía este segundo papel, mediante esta apelación al buen rollito «queda más justificado el empleo de la fuerza en el peor caso». «Si contra todo lo que es de esperar», decía el papel, «la reclamación fuese desechada in limine, expresando V.S. supesar de la precisión a recurrir a demostraciones de fuerza, que nadie querría evitar con más cordial resolución que el gobierno de S.M., anunciará V.S. que se retira a la goleta, dirigirá V.S. su ultimátum (…) con término de treinta horas para contestar, psado el cual sin verificarlo o ceder a las satisfacciones pedidas, levará V.S. anclas o adoptará sus disposiciones para la adopción de la escuadra».

No son pocas las opiniones según las cuales, de haber conocido Hernández Pinzón el primer papel, aquél que urgía una solución pacífica al conflicto a toda costa, no habría procedido a colocarse surto en las Chinchas. Pero nunca lo conoció. Eusebio Salazar, pícaro él, dijo haber extraviado la segunda instrucción de Madrid, instrucción que, dijo además, tenía poca importancia. Visto que las instrucciones del comisario especial eran las que eran, el marino actuó en consecuencia, y tomó las islas. Prueba de que Salazar sabía bien que las instrucciones que mostraba, tras haber perdido las otras, no se correspondían con lo que sus jefes esperaban de él, es que jamás alzó ante el gobierno peruano el ultimátum al que se refiere el papel. De hecho, probablemente por la inseguridad en que se movía en su secreto belicismo, Salazar fue incapaz de ordenar que se impidiese la extracción de guano, que los peruanos continuaron a buen ritmo.

No contento con haber enmerdado así la situación, el comisario especial redactó una declaración para las potencias extranjeras (ingleses y franceses) en la que el asunto daba un giro radical. El conflicto, que hasta entonces era la reclamación por parte de España de que se hiciese justicia en un asesinato, se convirtió en una reivindicación territorial. La declaración de Salazar, en este sentido, establecía que España tenía derechos sobre las islas Chinchas muy similares a los que había reclamado durante años Inglaterra sobre las islas de Fernando Poo, Annobón y Corisco; es decir, se daba el salto cualitativo de reclamar el derecho a poseer unas islas que entonces eran del Perú.

En Madrid alguien debió darse cuenta de que aquello era una locura, porque do Eusebio fue finalmente repatriado. También, en diciembre de 1864, el almirante Hernández Pinzón perdió el puesto. Ambas partes, Perú y España, desarrollaban arduas negociaciones, pero por medio se interponía el honor. España estaba por la labor de devolver las Chinchas, pero había una reclamación peruana que no estaba dispuesta a atender: que, en el momento de entrar el primer barco peruano en el puerto, la escuadra española disparase un primer cañonazo, en señal de desagravio. No sé mucho de protocolo marino, pero al parecer ese primer cañonazo venía a equivaler a un «Vale, tío, me pasé y merezco una colleja»; y España no estaba dispuesta a reconocer cosa tal.

El 25 de enero de 1865 el nuevo jefe de la escuadra española, almirante Pareja, fondea en el puerto de El Callao y lanza un ultimátum al gobierno peruano: cuarenta y ocho horas para decir sí a la solución propuesta por España. Nosotros decíamos que vale, que dispararíamos el puto cañonazo; pero sólo después de que el barco peruano hubiese disparado cuatro de saludo. La mediación francesa consiguió que nos arreglásemos con dos disparos; pero de esa burra no nos bajamos. Finalmente, y tras la llegada de un plenipotenciario peruano (el general Vivanco, según mis notas), se acordó lo siguiente: sería el fuerte de El Callao el que dispararía el primer cañonazo y, después, españoles y peruanos se saludarían disparando al mismo tiempo. Eso, más una indemnización de tres millones de pesos para España.

No hace falta explicar que a la mayoría de los peruanos aquel acuerdo les sentó como a Classius Clay las hostias de Joe Frazier. La cosa se puso muy caliente, tanto que el 5 de febrero, en El Callo, hubo un motín antiespañol en el que resultó muerto un cabo, Esteban Fradera. El gobierno de Perú actuó con prontitud en el castigo del crimen.

Las cosas no van mal con Perú. Pero, ¡ay!, España es, o era, mucha España. Si estuvimos a punto de ir a la guerra por negarnos a disparar un cañón antes que otro, tampoco podíamos dejar sin castigo las ofensas que se nos habían proferido, durante estos enfrentamientos, en el principal aliado de Perú, que había sido Chile. El almirante Pareja, en un oficio, reclamaba satisfacciones al gobierno de Chile por las injurias proferidas contra España en diversas manifestaciones y en la prensa local, así como por haber ayudado descaradamente al rearme de buques peruanos y haber obstaculizado el abastecimiento de carbón por parte de los españoles.

Y volvemos con los cañoncitos. Pareja exigía de Chile un saludo de 21 cañonazos al enarbolar nuestro pabellón (que, en lenguaje marino, debe de ser como pedir perdón reptando a los pies del agraviado), más tres millones de reales. El gobierno de Chile contestó que ni de coña. Así que España fondeó el buque Villa de Madrid en Valparaíso el 17 de septiembre de 1865, presentó el consabido ultimátum (cuatro días) y decretó el bloqueo de Chile (bloqueo de cachondeo, porque había tan sólo cuatro fragatas para vigilar un país que, como todo el mundo sabe, casi no tiene costa).

Hasta ese momento, España se había portado, por unas razones o por otras, como un matón de barrio. Y le pasó lo que a algunos matones: que, inesperadamente, le crecieron los enanos.

Si España se metió con Chile fue por considerar que el flanco peruano estaba resuelto. Pero en Perú, España había impuesto un acuerdo vergonzante que los peruanos no estaban dispuestos a admitir. El 28 de febrero de 1865 había estallado la revolución en Perú. El coronel Prado se sublevó contra el presidente Pecet; la primera acción del nuevo gobierno fue llevar al anterior ante los tribunales. El primer gobierno tras la revolución, comandado por Canseco, fue descabalgado por el coronel Prado, que tenía más ganas de declararnos la guerra que yo de cenar con Elle McPherson.

A finales de 1865, la escuadra española estaba enfangada en un bloqueo imposible de Chile y ante la perspectiva, más que probable, de que este país y Perú le hiciesen la pinza y le declarasen la guerra a la vez. Por si no andaban bien de moral los latinoamericanos, la corbeta chilena Esmeralda cobraba la goleta Covadonga. A principios de 1866, Perú, Chile, Ecuador y Bolivia le declaraban la guerra a España.

miércoles, septiembre 26, 2007

Saludos a «Público»... o casi

Esta mañana, en los quioscos de España, nos hemos encontrado con una sorpresa, sorpresa siempre agradable: un nuevo periódico.

La aparición de un nuevo periódico diario fastidia a una estricta minoría de la población, formada por los quiosqueros que se ven obligados a buscar sitio en un espacio ya abigarrado; y complace, o debería complacer, al resto.

El saludo a Público desde este blog me parece obligado porque ha tenido una idea o iniciativa que aquí no podemos sino aplaudir: dedicar a la Historia una página específica. Bueno, deberíamos decir que media página específica, pues en el número de hoy, el primero, la mitad del conocimiento histórico que Público podría regalarnos ha sido okupado por un anuncio de zumos de verduras. Quiere ello decir una de dos cosas: a) o bien los de Público tienen un estudio de mercadotecnia que demuestra una correlación entre la afición por la Historia y el consumo de zumos de verduras, en cuyo caso podría informarles de que, en mi caso, dicho estudio yerra (en el de Tiburcio también, pues los elefantes no consumen zumos); b) o bien tenían el anuncio, no tenían dónde ponerlo y eligieron la página de Historia. Vosotros mismos, decidid la que más os guste.

No obstante, hacer una página de Historia es cuestión batallona y en la que se puede, a mi modo de ver, meter la pata con facilidad. En su estreno, Público nos ofrece cuatro piezas, a saber:

- Un texto principal dedicado a la odisea del cadáver de Benito Mussolini que, dado que sólo tiene siete párrafos, no se mete nada más que en la Historia que cuenta, sin analizar el entorno (cómo cayó Mussolini y algunas otras cositas interesantes).

- Una efemérides.

- El anuncio de una exposición.

- Un suelto titulado «Pasaron por aquí», destinado a hacer, en unas pocas líneas, un perfil urgente de algún personaje histórico que, entiendo yo, hubiera estado en España.

Para el estreno de esta última sección o minisección, Público ha escogido a Abd-el-Krim, o sea el líder de las cabilas marroquíes que tanto disgusto nos provocó, especialmente en Annual. A mí lo primero que me ha costado entender es lo de hablar de Abd-el-Krim en una sección que se titula «Pasaron por aquí». Cierto es que este hombre estudio en Melilla y Salamanca; pero yo creo que es más cierto que «Nosotros pasamos por allí». Pero, en fin, eso son opiniones.

Lo que ya no es tan opinable, o a mí no me lo parece, es la urgente descripción de su caída. Dice Público (las negritas son mías): «Fundó la República del Rif en 1921. Los franceses contraatacaron y el dirigente capituló en 1926».

A ver. Si alguien le tenía ganas a Abd-el-Krim, éramos nosotros. Entre otras cosas, porque este caudillo jamás pudo hacerle a los gabachos una putada del tamaño de la que nos hizo a nosotros en Annual (independientemente de que nosotros nos la buscásemos haciendo la guerra a la remanguillé o, como se dice en mi tierra gallega, d'aquela maneira). Por lo demás, en España, desde 1923, existía una dictadura militar, la comandada por el general Miguel Primo de Rivera, que en gran parte se alzó para poder tapar las vergüenzas del ejército en Annual, que estaban a punto de ser públicamente discutidas en las Cortes a raíz del famosísimo Informe Picasso. Evidentemente, lo primero que hizo Primo nada más hacerse con el poder fue cerrar el Parlamento. No Martini, no party. Si no hay tribuna, no hay discusión.

Por la dicha razón, uno de los objetivos que Primo se fijó claramente desde el primer día en que comenzó a gobernar España con su especial estilo, entre caudillo y despachador de quesos de oveja, fue terminar con la guerra de Marruecos. Porque la guerra de Marruecos estaba detrás de casi todo lo que había hecho tambalearse España en el pasado reciente, pues no sólo está el desastre de Annual, que acabó con la restauración; también hay que recordar la Semana Trágica de Barcelona, que empezó por el embarque de tropas hacia África.

Así pues, la acción bélica que marcó el inicio del fin de la guerra de Marruecos y la capitulación de Abd-el-Krim fue el desembarco de Alhucemas, en el que unos 10.000 soldados españoles fueron transportados por una armada, eso sí, en la que había barcos hispanos y franceses, porque en esto ibéricos y galos íbamos de la manirri. El desembarco de Alhucemas, en el que algunos han creído ver (ampulosamente, en mi opinión; aunque ya sabéis que el que sabe de ejércitos no soy yo sino Tibur) un antecedente de D-Day de Normandía, fue un éxito militar y acabó por forzar la capitulación del cadí.

Éste fue lo que, al parecer, Público considera un contraataque francés.

Quizá tenga algo que ver en esa valoración que el comandante en jefe de la operación portase el apellido Primo de Rivera. O que el general en jefe de las tropas «francesas», lejos de llamarse Du Pont o Duplessis o Neprendslait, se llamaba Sanjurjo, José Sanjurjo. El mismo José Sanjurjo que en 1932 se alzó en armas contra la II República, y en el 36 de nuevo, aunque en este último caso no vivió para comprobar las consecuencias. O que en la operación de Alhucemas y adláteres fuese donde se ganó los galones de general un joven coronel llamado Francisco Franco.

Quede claro: los apellidos Primo de Rivera, Sanjurjo y Franco no están, precisamente, en mi lista privada de coleguitas. Pero es que la Historia es la Historia. Muchas, muchísimas veces es opinable, pero hay cosas que no entran ni con calzador. Y eso de que la guerra de Marruecos terminó gracias a un contraataque francés, con todos los respetos, no se lo creen ni en París.

Así pues, bien empezamos.

lunes, septiembre 24, 2007

El nacimiento del Sindicato del Crimen

En la totalidad de los tres scripts de El Padrino, nadie pronuncia una sola vez la palabra Mafia. Fue, al parecer, una imposición a Francis Ford Coppola, provocada por algún tipo de demanda en tal sentido, presentada por alguna de las varias asociaciones de italonorteamericanos que existen en Estados Unidos. Y es que la Mafia es un algo poderoso, a la vez que atractivo. Y bastante universal pues, a pesar de ser un fenómeno de nacimiento en Italia y desarrollo fundamentalmente en los Estados Unidos, su desarrollo a través de todo un subgénero fílmico ha hecho que, de una forma o de otra, todos sepamos un poco de los mafiosos.


Sin embargo, cuando uno lee libros en los que los mafiosos hablan en primera persona (os recomiendo, por ejemplo, Murder machine, escrito por Gene Mustain y Jerry Capeci, libro basado sobre todo en las confesiones de Dominick Montiglio, integrado dentro de la banda de Carlo Gambino; me temo que no hay versión en español), éstos se suelen burlar de esas pelis. Especialmente de El Padrino, saga que los mafiosos suelen considerar falsaria y exagerada. Por lo que yo sé, en parte no les falta razón. Todo parece indicar que en los argumentos inventados por Mario Puzo hay alguna que otra cagada. Por ejemplo, la matanza perpetrada por Joy Zasa (Joe Mantegna) en Atlantic City (El Padrino III); una acción que podrá servir para que Andy García se luzca montando a caballo cuando se carga a Zasa; pero que es, simple y llanamente, inconcebible dentro del Sindicato del Crimen.


Y es que el crimen organizado es algo bastante complejo de comprender. Una realidad dentro de la cual caben situaciones muy diversas y variadas, algunas de ellas incluso incongruentes. Las pelis, por necesidad, tienen que ser de lectura simple, y eso hace que cometan errores al describir esta realidad. La realidad está mucho mejor expresada, como casi siempre, en los libros.


Hoy quiero traeros aquí la historia, o lo que yo sé de la historia, de cómo nació el crimen organizado en los Estados Unidos.


El Sindicato del Crimen nació en 1932, en un hotel de Nueva York. Fue, fundamentalmente, invento de Albert Capone, el italiano que un día emigró de Nueva York a Chicago y, una vez allí, se dedicó a barrer pacientemente a las bandas irlandesas que dominaban la ciudad. Al Capone era un hombre extraordinariamente sanguinario, pero también era un calculador muy frío. En los años treinta, se dio cuenta de dos cosas: una, que la Ley Seca no duraría siempre, así pues los negocios no podrían basarse eternamente en el contrabando de alcohol. Y dos, que la Mafia tal y como se conocía hasta entonces estaba condenada al fracaso.


Los primeros mafiosos llegados a Estados Unidos eran los mafiosos sicilianos y, en menor medida, calabreses o napolitanos, que ya lo eran en Italia. Para los sicilianos, la creación de un Estado italiano unificado no fue muy buena noticia, así pues muchos tomaron las de Villadiego o, mejor dicho, las de Nueva York. Pero, una vez en EEUU, mantuvieron sus principales costumbres. La primera, el numerus clausus racial, esto es: nadie que no fuese siciliano podía entrar en la Mafia (y medio siglo después, la regla sigue vigente en Goodfellas, para mi gusto la mejor película jamás filmada sobre el crimen organizado). La segunda, la rivalidad entre bandas. Porque la ética mafiosa es la ley del más fuerte: si yo chuleo a mis prostitutas en la acera izquierda y tú chuleas a las tuyas en la derecha, entonces es claro que un día vamos a hacer tú y yo que las navajas hablen, y el que quede vivo chuleará las dos aceras.

En sus comienzos, además, las organizaciones criminales italianas no se organizaron demasiado. Son los tiempos de la denominada Mano Negra, a la que pertenece Don Fanucci, el mafioso a quien Vito Corleone se carga en sus primeros años en América, según se nos refiere en el flashback de la segunda parte de El Padrino. La Mano Negra no fue una organización como tal. Se la conocía así porque quienes escribían cartas extorsionando a los inmigrantes italianos las firmaban con un dibujo de una mano negra. Pero, en realidad, nunca hubo una organización centralizada, como demostró claramente el que quizás fue el primer policía de Nueva York que investigó seriamente a la Mafia: el teniente Joe Petrosino.


A Capone ninguna de las dos reglas de funcionamiento de la Mafia le servía. La primera, porque sabía que su fuerza se basaba en contratar para sí los mejores pistoleros, y el mejor pistolero no tiene por qué ser necesariamente siciliano. La segunda, porque un sistema de selección natural es, como dicen los mafiosos del cine, malo para el negocio.

En realidad, no fue exactamente Capone quien inventó el Sindicato. En realidad, según se dice, fue Johnny Torrio. Torrio fue, durante los años previos a la Ley Seca, un mafioso de medio pelo pero, sin embargo, con la llegada de la prohibición fue enviado a Chicago para gestionar allí los intereses de un capo conocido como Big Jim Colosimo. No obstante, Torrio quería volar solo y fue por eso que, tras unos tratos con su amigo Frankie Yale (en su día lugarteniente de Masseria) logró, digamos, quitarse de encima a Big Jim. Una vez que tuvo libertad de acción, se trajo a Capone a Chicago.

Fue durante aquellos años chicaguianos, cuando Torrio vivió en primera persona el estrecho cerco al que fue sometido Capone (entre otros por el famoso Elliot Ness y sus untouchables), cuando Torrio comenzó a maquinar la mejor manera de conseguir que la bofia dejase en paz a los mafiosos. Y llegó a la conclusión de que la solución estaba en matar lo menos posible; en hacer pasta pero sin dar demasiados problemas.


Así pues, Capone inventó el Sindicato del Crimen, que se basa en un crimen organizado, es decir en una estructura de criminales, respetada por todos ellos, en la que había un centro directivo formado por los cappi o jefes, que asimismo eran jefes de otros jefes, que eran jefes de otros jefes y estos de los soldados; un poco al estilo de las legiones romanas, nos dice Frankie Pentangelli (Michael V. Gazzo) en la segunda parte de El Padrino.


Las grandes novedades del Sindicato del Crimen, que lo hicieron superior a la Mafia, son dos:


1) Un estricto reparto de los territorios, merced al cual cada banda recibía la designación de ciertos lindes dentro de los cuales sólo ellos podían ejercer su actividad.


2) Una estricta regulación de los asesinatos. Nadie perteneciente al Sindicato podía ser asesinado por nadie sin permiso del Consejo Director, el cual solía concederlo después de un juicio en el que el acusado tenía las garantías habituales (alguien que lo defendiese, llamar testigos, etc.) Si recordáis, el psicópata Tommy de Vito (Joe Pesci) se mete en un lío de mil demonios en Goodfellas precisamente por cargarse a un miembro del Sindicato, Billy Batts (Frank Vincent; por cierto, un excelente actor de comedia, que en esta peli lo borda, porque nadie, absolutamente nadie, sabe dirigir actores como Martin Scorsese). Finalmente, Pesci será ejecutado y, tras volarle la tapa de los sesos, Vinnie (Charles Scorsese) declamará: «Venganza cumplida». O, lo que es lo mismo: a ver si te enteras, mamón, que en el Sindicato nadie mata a nadie sin permiso.


Para estos nuevos criminales, los mafiosi de toda la vida eran unos caducos. Los llamaban «los tíos de la barra de hierro» (por la afición que tenían a dar palizas con ella) o «los bigotudos» (porque, en un gesto ya entonces anticuado, solían llevar bigotes historiados, al estilo del que porta Daniel Day Lewis en Gangs of New York. Al frente de esta Mafia tradicional estaba primero Ignazio Saieta, más conocido como Il Lupo (El Lobo) y,más tarde, Giuseppe Masseria. Masseria llegó a la categoría de Amo de Nueva York al viejo estilo de la Mafia, es decir cargándose a sus oponentes, como hizo con Umberto Valenti. Sin embargo, lo que don Giuseppe no esperaba es que la oposición le fuese naciendo en su propio seno. Necesitado de lugartenientes para gestionar negocios cada vez más complejos, Masseria acabó seleccionado para ser su hombre en el bajo Manhattan a un siciliano con pocos escrúpulos llamado Carlo Lucania o, como le llamaban en América, Charlie Lucky Luciano.

Mientras trabajaba para Masseria, Luciano trababa conocimiento con otros mafiosos con nuevos criterios. Es el caso de Lepke y su socio Gurrah, o de la sociedad que ya entonces formaban el dandy Bugsy Siegel (que con el tiempo acabaría poco menos que inventando Las Vegas) y Meyer Lansky, personaje en el que está directamente inspirado el de Hyman Roth de la segunda parte de El Padrino (de hecho Lansky vivió, al final de sus días, una odisea muy parecida a la de Roth en la película, viajando de un país a otro y siendo expulsado de todos).

A Massseria le gustaba Lucky. Le sabía hacer la pelota y, además, era muy bueno en lo suyo. Así pues, solían cenar juntos. En abril de 1931, más o menos mientras en España nacía la II República, Lucky invitó a su jefe a cenar a uno de sus restaurantes preferidos, Scarpato's. Esa noche, Masseria comió como un elefante y bebió como Tiburcio. Casi ni se dio cuenta de que el restaurante se iba vaciando. Cuando ya estuvo vacío, Luciano se excusó y se fue al lavabo. Mientras se lavaba las manos, tres tipos entraron en el restaurante y le metieron a Masseria veinte balas en el cuerpo.

La Mafia había muerto. Y había nacido el Sindicato.

O no del todo. Para sorpresa de propios y extraños, y sobre todo de la Unione Siciliana fundada por Luciano y que era la sala de máquinas del Sindicato, un grupo de delincuentes se aferró todavía a la vieja guardia. Eran los llamados Greaser o Handlebar Guys, y estaban dirigidos por un tipo terrible: Salvatore Marrizano, a veces conocido también como Maranzano.

Al principio, Charlie Lucky Luciano creyó a Maranzano cuando éste le prometió una especie de no beligerancia. Pero entonces estalló uno de los grandes conflictos de los negocios criminales de aquellos tiempos, es decir el conflicto de la Amalgamated, donde varias facciones, cada una apoyada por distintos pistoleros, lucharon por hacerse con el control de aquella empresa, que era una especie de Zara de la época. Una de las facciones, la de Philip Orlovsky, contrató a una de las bandas del Sindicato, la de Lepke. Sydney Hillman, el otro contendiente, respondió contratando a Maranzano. Hubo tiroteos. Quedó bastante claro que éste estaba intentando hacerse con todo el pastel.

Las tres partes de El Padrino tienen varias cosas en común. Quizá el nexo más claro es que todas las películas, las tres, terminan con una matanza, con una serie de acciones en las que muere un montón de gente, en general de mala manera. Yo estoy convencido de que esas matanzas de final de película las inventó Mario Puzo inspirándose con la matanza del 11 de septiembre de 1931, la más audaz operación jamás organizada por la fría mente de Luciano.

El 11 de septiembre por la tarde, cinco hombres penetraron en las oficinas de Salvatore Maranzano en el Grand Central Building de Nueva York. Comandaba la partida uno de los tipos más sanguinarios de aquella partida, Bo Weinberg, el siniestro pistolero de Arthur Fregenheimer, más conocido como Dutch Schulz. Lo acompañaban un asesino de la banda de Sieger y Lansky y otros dos sicarios de Longy Zwillman, magnate de los bajos fondos de New Jersey, más un quinto hombre que no fue identificado. O sea: el Sindicato del Crimen en estado puro. Varias bandas colaborando para acabar con otra.

Los cinco hombres se hicieron pasar por policías. Los doce guardaespaldas de Maranzano se dejaron colocar de espaldas a la pared. Varios de los asesinos entraron entonces en el despacho de Maranzano, le pegaron dos tiros y le cortaron el cuello.

Más o menos en el momento en que esto estaba ocurriendo, entre treinta y cuarenta jefes menores de la vieja Mafia estaban siendo asesinados en distintos puntos de Estados Unidos. Luciano había cumplido su palabra. Los Greaser habían dejado de existir.

Finalmente, el Sindicato del Crimen quedó formado (en Nueva York; además, hay que tener en cuenta a Capone) por los denominados Seis Grandes aunque, en realidad, eran siete:

En primer lugar estaba Frank Costello, considerado el jefe, un hombre que había hecho una gran fortuna con la Ley Seca y que tuvo la inteligencia de ver antes que nadie las posibilidades de explotar el negocio del juego. Se trasladó pronto a Nueva Orleans, desde donde comandaba el sindicato.

Luego estaba Charlie Lucky Luciano, el poder mafioso por definición, el fundador de la temible Unione Siciliana.

Joey Adonis, un auténtico especialista en cultivar las relaciones políticas.

Lepke y Gurrah, asesinos a sueldo que, además, explotaban el negocio de la extorsión a empresarios.

Bugsy Siegel y Meyer Lansky.

Abner Longy Zwillman.

Y, por último, Dutch Schultz.

Pero Schultz moriría pronto. Y moriría a manos de ese Sindicato al que pertenecía. Y la razón de que lo matasen fue que quería matar... a un fiscal que estaba metiendo mafiosos en la cárcel.

¿Difícil de entender? Bienvenidos a la poliédrica realidad del crimen organizado.

A ver si un día tengo tiempo y ganas, y vosotros paciencia, de escribiros la increíble historia de Dutch Schultz y, quizá, de algún otro mafioso de leyenda.