sábado, octubre 28, 2006

Increíbles parecidos

Hoy en día, cualquier persona medianamente informada sabe que el abuelo del actual presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, fue fusilado durante la guerra civil por el bando franquista. El propio Zapatero suele citar ese hecho e incluso tuvo unas palabras muy especiales para su abuelo en su discurso de investidura como presidente del Gobierno, tras haber ganado las elecciones de marzo del 2004.

Tras dichas elecciones, Zapatero sustituyó a quien había sido presidente del Gobierno los ocho años anteriores, José María Aznar, máximo dirigente del derechista Partido Popular, aunque había decidido no presentarse a dichas elecciones.

La verdad es que es difícil encontrar dos políticos con menos cosas en común que Zapatero y Aznar. Sus ideologías y formas de actuación se adivinan bastante diferentes unas de otras.

Cuesta imaginar, ya digo, que tengan algo en común. Pero lo tienen, o casi. Porque ambos tienen un abuelo que fue condenado a morir fusilado durante la guerra civil. Y, contra lo que pueda pensarse, en ambos casos el pelotón de fusilamiento estaba formado por las mismas personas.

Manuel Aznar Zubigaray había nacido en Navarra en 1894. Durante su juventud, y esto es algo que lógicamente le encanta recordar a los nacionalistas vascos de hoy en día, coqueteó claramente con dicho nacionalismo, quizá porque entonces los sabinianos presentaban un corte ideológico bastante más conservador que actualmente. Sin embargo, su gran oportunidad como periodista le llega de la mano del gran empresario de medios de comunicación español de la primera mitad del siglo XX: Nicolás María de Urgoiti, un inquieto empresario que fundó empresas como Papelera Española o la editorial Calpe (recuérdese Espasa-Calpe); y, sobre todo, un diario, El Sol, de clara vocación progresista dentro del liberalismo español, que acabó derivando hacia el republicanismo. En las columnas de El Sol fue donde Ortega y Gasset escribiría su famosísimo delenda est monarchia (la monarquía debe caer).

El Sol reapareció, por cierto, en los quioscos españoles en los años ochenta, de la mano del dueño del Grupo Anaya, Germán Sánchez Ruipérez. Tuvo corta vida.

Después de dirigir El Sol, a principios de los años veinte, Aznar marchó a Cuba, donde siguió laborando como periodista. Regresó con la avenida de la República a España y se reincorporó al periódico, al parecer de la mano de un monárquico, José Félix de Lequerica, que acabaría con los años siendo ministro de Asuntos Exteriores de Franco. Conforme los republicanos burgueses fueron haciendo inteligencia con la izquierda (la conocida como conjunción republicano-socialista), se fue apartando de las labores de este periódico, como lo fue haciendo Miguel Maura, el líder del Partido Republicano Conservador con el que Aznar se sentía más identificado.

Una vez estallada la guerra, Aznar hizo uso de sus amistades y conocimientos para salir de Madrid a Francia. Una vez allí, sus viejos amigos José María de Areilza y Lequerica le invitaron a pasar a la zona nacional, cosa que él hizo.

En 1972, la editorial falangista Gaudeamus publicó el libro Testimonio de Manuel Hedilla, elaborado por Maximiliano García Venero (también falangista) por encargo del biografiado (así pues, más que una biografía autorizada, es una biografía por encargo). Hedilla fue el segundo Jefe Nacional de Falange (tras la muerte de José Antonio) y fue condenado a muerte por Franco tras los sucesos de Salamanca, de los que otro día hablaremos. Lo importante, a efectos de este post, es que en octubre de 1936, cuando Aznar pasa a zona nacional, Hedilla es un personaje de indudables poder y contactos en el cuartel general de los sublevados, y por ello cabe seguir con interés el relato que nos hacen Venero y Hedilla en el libro de la peripecia del que acabaría siendo abuelo de un presidente del Gobierno.

Según este tándem de escribidor y escribido, Aznar estrenó la camisa azul de Falange Española el 29 de octubre de 1936, en Zaragoza, durante la conmemoración del acto fundacional del partido. Lamentablemente, dos horas después de estrenar la camisa, y para sorpresa de los falangistas zaragozanos, Aznar fue detenido por la policía, siguiendo una orden que llegaba de Valladolid (o sea, del entorno del general Emilio Mola). Fijaros cómo pintaba la cosa que los falangistas, nada más enterarse de que Aznar iba a ser trasladado esa misma noche a Valladolid por los policías, presionaron para que en el automóvil fuesen también falangistas. Sin duda alguna, temían que a mitad de camino le diesen el paseo. O sea, que le hiciesen lo que a García Lorca.

Manuel Hedilla relata de esta manera la conversación que tuvo con el también periodista (y también falangista) Víctor de la Serna:

«‑A Manuel Aznar lo fusilan esta noche –anunció De la Serna.

‑¿Tenemos algo que ver con eso?

‑No.

‑Así, no creo que podamos hacer nada.

‑Tú –insistió De la Serna –podrías pedirle a Mola que le salvase. Es el único a quien atendería.

‑Tal vez…»

De creer a Hedilla (no se olvide que este relato está escrito en una especie de autohagiografía), el Jefe de Falange le escribió una carta a Mola, que fue la que logró el perdón. Digo que hay que tener cuidado al creer esto porque Aznar tenía más amigos poderosos en el franquismo, además de Hedilla, que no lo conocía. Es probable, por lo tanto, que sea cierto que el falangista terció en su favor; pero también es muy probable que no fuera el único que lo hiciese.

Aznar fue sacado de la cárcel por unos falangistas que lo llevaron en tren a Burgos y, desde allí, en coche a Irán (corrección: querían llevarlo lejos, pero no tanto. Obviamente, quise escribir Irún). Según testimonia uno de sus escoltas, Mariano Tobalina, en el libro de García Venero, nada más cruzar el puesto fronterizo se presentó en el mismo un pelotón de requetés (carlistas) con la intención de detenerlo e impedir que pasase a Francia.

Manuel Aznar tardó sólo un año en volver a zona nacional y, a partir de ese momento, fue bendito por el franquismo. Fue periodista, embajador, autor de una Historia militar de la guerra e, incluso, en la película homenaje al dictador, Franco, ese hombre, aparece una larga entrevista con él.

¿Quién y por qué quiso fusilar al abuelo de Aznar en el 36? Es una pregunta muy difícil de contestar. García Venero alude nebulosamente en su libro a celos profesionales y asevera que se habla de tres o cuatro posibles culpables, sin citarlos. Resulta difícil de creer que se trate de un asunto de celos entre periodistas.

Mi opinión personal es que fue víctima del celo del franquismo, que pretendía ser, y fue, escoba de todo lo que oliese a la República. Es cierto que Miguel Maura, referente político de Aznar (al fin y al cabo, éste había dirigido la campaña electoral de aquél en el 33), era una persona de corte conservador, especialmente en materia religiosa (la primera crisis de la República surgió cuando el propio Maura y Alcalá-Zamora trataron de obstruir la definición constitucional de España como un Estado laico). Sin embargo, Maura había sido actor del Pacto de San Sebastián (cuando las fuerzas republicanas se coligaron para acabar con la monarquía) y, de hecho, quienes iban a gobernar España tras las elecciones municipales de 1931 esperaron acontecimientos, aquel 14 de abril, en su casa, situada en un palacete de la calle Príncipe de Vergara. Como he dicho, el conservadurismo maurista olía demasiado a republicanismo. En 1936, lo que se estilaba en el triángulo Salamanca-Valladolid-Burgos, donde se ventilaba el poder del bando nacional, eran opciones más puras: falangistas, requetés y derechistas de hora vieja, con un importante currículum de resistencia a la República. Para mí, la detención y condena al paredón de Manuel Aznar fue la manera que encontró alguien, probablemente el general Mola, de tratar de dejar claro que los sublevados no harían componendas y no dejarían ni un resquicio a los oportunistas de última hora. El hecho de que Aznar pudiese volver sin problema al escenario de su condena faltando Mola del mundo de los vivos abona esa tesis.

Lo que no sé es qué se siente viviendo décadas siendo condecorado y premiado por aquél que una vez, como poco, hizo más bien nada por evitar que te fusilasen. Quizás es que la Historia, como la política, hace extraños compañeros de cama.

viernes, octubre 27, 2006

La sucesión de Franco

Tengo hace varios días el texto de este post que me ha remitido Inasequible Aldesaliento. He tardado en colgarlo, básicamente, porque no quería terminar de elaborarlo sin hacer algunas notas por mi parte, como veréis no todas coincidentes con las tesis de Ina.

Aborda esta entrada del blog un asunto un tanto marrullero y complicado, cual es la sucesión de Franco al frente de los designios de España, y qué pensó realmente el dictador de ello. Es marrullero y es complicado por dos razones: primera, porque siendo una discusión histórica, también lo es contemporánea, por cuanto al frente del Estado español sigue hoy en día la persona que en su día designó Franco. Segunda, porque las opiniones de todo o casi todo el mundo vienen muy influidas por el hecho de que todos sabemos lo que ha pasado. Cuando se opina del pasado conociendo el futuro que en dicho pasado se desconocía, es difícil, creo yo, separar el grano de la paja.

Dos contribuciones en una, pues, para un debate, cuando menos en el momento presente, interminable.

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La sucesión de Franco

©Inasequible Aldesaliento™

(© JdJ para los textos entre corchetes)

Entre 1954 y 1971 Francisco Franco Salgado-Araujo, primo y asistente del más famoso Francisco Franco Bahamonde, fue recogiendo en un dietario las conversaciones que mantenía con su primo. Es de suponer que en esas conversaciones, que no sabía que estaban siendo registradas, Franco podía permitirse ser más Franco y más franco que nunca. Eran conversaciones en la intimidad con un hombre leal y sin ambiciones políticas. Por ello, las opiniones de Franco recogidas en ese libro seguramente sean más sinceras que cualesquiera otras. Franco era un maestro de la ambigüedad y sabía dulcificar los mensajes y hacer que al final cada cual hubiese oído lo que quería oír. Cuando haya una contradicción entre lo que otros hayan dicho que Franco había afirmado o pensado y lo escrito por Franco Salgado-Araujo, creo que sin dudarlo debemos inclinarnos por el testimonio de éste. Franco Salgado-Araujo, además de ser un hombre leal y sin ambiciones, era un hombre honesto, que nunca pensó en sacar ningún provecho de su dietario. De hecho éste no se publicó hasta que ambos Pacos hubieron muerto.

El tema que aparece más insistentemente en el libro, hasta el punto de que tal vez ocupe la tercera parte de éste, es el de la sucesión de Franco. Ya a mediados de los años 50, cuando Franco apenas había cumplido los sesenta, el problema de la sucesión del dictador aparecía como el tema más candente de la política española. Los partidarios del régimen eran conscientes de que cuando Franco faltase, las cosas cambiarían. Unos intentaban encontrar una fórmula que garantizase que, pasase lo que pasase, los principios del Movimiento no se modificarían. Otros eran conscientes de que algo debería cambiar, pero confiaban en que podrían minimizar los cambios necesarios.

[En realidad, yo no creo que a mediados de los 50 hubiese demasiados franquistas que, al estilo de lo que terminaron siendo Adolfo Suárez y otros azules, pensasen que el franquismo tenía que evolucionar. A mediados de los cincuenta, el régimen había terminado prácticamente con los maquis; culminado una negociación elegante con la URSS para la devolución de los prisioneros de la División Azul (llegada del Semíramis a Barcelona, en 1956); superado los peores años de la crisis económica de posguerra; iniciado en serio los amistosos contactos con los Estados Unidos; y, sobre todo, aún contaba con los anhelos de paz de la mayoría de la sociedad española. El franquismo aún parecía eterno. Empezó a dejar de serlo, paradójicamente, cuando comenzó a dar réditos y a favorecer el desarrollo de España, en los años sesenta.]

Resulta interesante comprobar que ya en 1954, Franco tenía pensada la fórmula para su sucesión y que se mantuvo fiel a la misma durante más de veinte años. Él no cambio de opinión. Fueron los demás que, engañados por su ambigüedad y su zorrería, no se dieron cuenta de que las cartas ya estaban repartidas desde una fecha tan temprana.

Para Franco, el sucesor legítimo era Don Juan de Borbón. Desgraciadamente, Don Juan se había desautorizado con el manifiesto de 19 de marzo de 1945, en el que hacía un llamamiento a favor de la restauración monárquica y advertía que el régimen de Franco, por su inspiración en el totalitarismo de las potencias del Eje y vínculos con éstas, ponía en peligro el porvenir de España. Aparte de ese manifiesto, Franco critica a Don Juan de rodearse de malas compañías e incluso de masones y de no estar bien informado sobre la realidad española. Aunque Franco da muestras ocasionales de cierto aprecio por Don Juan, los recelos hacia sus ideas políticas y el recuerdo del malhadado manifiesto siempre pesaron más. Franco estaba convencido de que Don Juan traería una monarquía liberal que acabaría dando paso a la república.

Descartado Don Juan por lo motivos aducidos, el candidato claro era su hijo Don Juan Carlos. Franco pensaba que cogiendo pronto al Príncipe y formándole en España con tutores escogidos y una buena pátina de educación militar, conseguiría el objetivo de que su sucesor fuese un Rey bien formado en los principios del Movimiento.

[De hecho, el principal punto de fricción en las elegantes cartas que se intercambiaron en aquellos años Franco y Juan de Borbón fue la educación del príncipe. Juan de Borbón quería para su hijo un programa muy al estilo del que luego tuvo el actual Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón. Esto es: tutores españoles pero amplias estancias en el extranjero –como hizo Felipe en Georgetown. Franco, sin embargo, quería que la educación se hiciese toda ella en España, por razones obvias.]

Franco nunca consideró a los príncipes tradicionalistas como candidatos a la sucesión. Consideraba que no tenían ningún arraigo entre la población, para la cual eran unos desconocidos, y que eran príncipes extranjeros. Hubiera querido ver que todas las ramas monárquicas se uniesen detrás de la figura de Don Juan Carlos.

[En mi opinión, no se puede hablar exactamente de preferencias, sino de descartes. Quiero decir que las preferencias de Franco tenían que ver, sobre todo, con las preferencias imposibles o implanteables. En primer lugar, no podía entregar España a la Falange, porque ésta era una formación fascista y la deriva de España hacia un estado puramente fascista, años o décadas después de la caída de Hitler, además de anacrónica habría movilizado a la oposición activa de Europa contra la dictadura española. No podía entregar España a la Comunión Tradicionalista porque era una opción ideológica minoritaria en el país, salvo en Navarra; y, además, para colmo, como los años Carlos Hugo de Borbón-Parma, heredero de la pretensión carlista y finalmente pretendiente, fue derivando hacia posiciones democráticas y constitucionalistas bastante lejanas del franquismo e incluso, en los años sesenta, se colocó de minero en Asturias para conocer de cerca los problemas de la clase trabajadora. No podía entregar el país al Ejército (probablemente su opción más querida) porque la generación posterior a la suya no alumbró militares con la cercanía al dictador que tenían los Carrero o Alonso Vega, que difícilmente podían suceder a Franco si tenían su edad. No podía introducir la querella dentro de los borbones porque el otro gran pretendiente de la familia, en infante Jaime de Borbón, vivía en París desde donde le mandaba cartas a Franco instándole a convocar un referéndum para que los españoles decidiesen libremente su régimen político. En estas circunstancias, Juan de Borbón era, literalmente, lo que quedaba. Y, si no debía ser él, sólo quedaba el hijo.]

La única persona que hubiera podido hacer sombra a Don Juan Carlos era Don Alfonso de Borbón Dampierre. En la entrada del 4 de febrero de 1963, Franco comenta: «(…) el infante Don Alfonso de Borbón Dampierre, que es culto, patriota y que podría ser una solución si no se arregla lo de Don Juan Carlos.» Ya en otra entrada de 27 de octubre de 1960, Franco menciona que ha conocido a Don Alfonso y que le había parecido inteligente y culto. No obstante, son sólo dos alusiones elogiosas en el espacio de casi veinte años. Nada comparable con el casi centenar de referencias a Don Juan Carlos. En todo caso, Franco parecía respetar bastante los principios de legitimidad dinástica y encontraba que la abdicación y renuncia a sus derechos de Don Jaime, padre de Don Alfonso, eran bastante motivo para preferir a la línea de Don Juan.

Visto que desde el principio Franco se había decantado por Don Juan Carlos, la siguiente pregunta sería: ¿qué tipo de régimen tenía pensado Franco que le sucedería?

De las muchas referencias que trae el libro, entresaco dos, que no dejan lugar a dudas: «(…) la nueva monarquía será establecida sobre los postulados de la Falange» (22 de abril de 1955) y: «una monarquía basada en los principios del Movimiento, no en una que sea igual o parecida a la que cayó el 14 de abril, pues no duraría ni un año y ocasionaría el caos en España, haciendo inútil la Cruzada» (14 de marzo de 1959). Franco pensaba que la monarquía liberal no era un régimen que se adaptase bien al carácter español y, como muestra la cita de 1959, pensaba que una monarquía de ese tipo daría paso irremediablemente a una república, régimen del que Franco abominaba especialmente al verlo como equivalente al caos. Franco pensaba que su sucesor debería ser un Rey social, un Rey paternalista dentro de una democracia orgánica, ese peculiar tipo de democracia que inventó Franco.

No han faltado comentarios de personajes de aquellos años que dicen que Franco les habría dicho que a su muerte necesariamente Don Juan Carlos tendría que liberalizar el régimen. Dado que la última anotación de Franco Salgado-Araujo es de enero de 1971, no resulta posible seguir la evolución del pensamiento de Franco sobre su sucesión en los cuatro últimos años del régimen. Es posible que la gran presión internacional de aquellos años y los cambios evidentes de la sociedad española le llevasen a Franco a replantearse la cuestión y a aceptar que tras su muerte el régimen tendría que hacer algo más que meros cambios cosméticos.

[A mí la idea de un Francisco Franco que, a eso de los ochenta años de edad, se cae del guindo y se da cuenta de que España debería retornar a esquemas de participación política cercanos o iguales a la democracia se me hace una idea bastante inconcebible. Creo que las personas, por lo general, tendemos a instalarnos en nuestras ideas más queridas. Y los gobernantes más. Si existe, porque existe, el llamado Síndrome de La Moncloa, es decir el gobernante que cada vez ve menos la calle y más a una camarilla de asesores que tienden a no cuestionar sus decisiones, por estúpidas que sean; si existe, digo, con mayor razón existirá el Síndrome de El Pardo, pues en una dictadura la alabanza del Jefe es algo que va de suyo.

A mí, el testamento político de Franco, esas cuartillas que tal vez redactó personalmente antes de morir pero que en cualquier caso llevan su impronta, siempre me ha sonado a algo así como: «Bueno, chavalines, ahora que me voy yo, no se os ocurra volver a pelear, ¿eh?» Franco era muy paternalista con los españoles; nos consideraba, o más bien consideraba a nuestros abuelos, una pandilla de personas bienpensantes en el fondo que, sin embargo, no eran capaces de dominar sus emociones y querencias y por eso propendían al enfrentamiento. No creo que nunca superase la idea de que la única forma de gobernar adecuadamente a un país es disciplinándolo como se disciplina a la gente que está en el patio de un cuartel. Y alguien que piensa que lo que hay que hacer con el díscolo no es escucharlo sino arrestarlo, reprimirlo, difícilmente desarrollará ninguna idea mínimamente liberal.]

miércoles, octubre 25, 2006

Sic transit Gloria Hispaniae

Barcelona, again. Esta vez, me ha sobrado hora y media entre la llegada y mis obligaciones. Además, había quedado en el centro, así pues me he dado una vuelta por la plaza de Cataluña, donde han instalado medio huevo impresionante que a saber qué tiene dentro. La he mirado un rato, tratando de imaginarla llena de cadáveres de caballos. Algún día, cuando escriba el post que un día comprometí sobre el golpe de Estado de Franco en Barcelona y los porqués de su fracaso (o éxito republicano, pues todo puede verse de diversas maneras), os colgaré la foto que tengo y que demuestra que fueron los pobres caballos los principales paganos de los tiroteos entre los milicianos en la calle y los golpistas en el edificio de la Telefónica.

Tras un paseo generoso, me he tomado un café en un Dunkin Donuts (mientras caía en la cuenta de que tengo 44 años y en mi vida me he comido un donuts), donde he tenido que porfiar con la camarera porque me estaba cobrando de menos (a veces cuesta ser honrado) y luego he cruzado la plaza en diagonal y me he metido en la FNAC. No tenía libro para el avión de vuelta, porque el que llevaba lo he terminado con los retrasos y esas historias. Después de mirar por aquí y por allá, me he comprado éste: Física de las noches estrelladas. Astrofísica, relatividad y cosmología. El autor es Eduardo Battaner y está editado en Metatemas, la colección auspiciada por el Museo de la Ciencia de La Caixa.

Como veis, una lectura poco histórica.

Y unas narices.

¿Quién pensáis que es el ciudadano inglés más homenajeado y admirado en dicho país? Yo creo que hay dos posibilidades: o William Shakespeare, o Isaac Newton. Y yo creo que la balanza se inclina ligeramente a favor del segundo, por una simple razón de actualidad. El gusto moderno recela un poco de la literatura de Shakespeare; pero los escolares del siglo XXI siguen aprendiéndose la ley de la gravitación universal como lo hicieron sus tatarabuelos (si es que fueron al colegio, claro).

De Isaac Newton se dicen muchas cosas: que nació (1642) tan escuálido que nadie pensó que pudiese medrar. Que, en realidad, ocupó mucho más tiempo de su vida a las cuestiones religiosas y alquimistas que a las propiamente científicas. O que, según recuerdo que cuentan Carlos Solís y Manuel Sellés en su Historia de la Ciencia (Espasa), apenas se rió dos o tres veces en su vida. Una de ellas cuando, al prestarle a un amigo la geometría de Euclides, le preguntó si eso servía para algo.

Newton estableció los principios de la mecánica llamada, claro, de Newton. El primero de ellos lo recuerdo bien de los tiempos de la escuela, porque a mi profesor le costó mucho hacérmelo entender: un cuerpo que no es sometido a fuerza alguna mantiene una trayectoria rectilínea y una velocidad uniforme. A mí me parecía (y me sigue pareciendo, creo yo), que un cuerpo sobre el que no actúa ninguna fuerza lo que está es quieto. Pero eso es, como me dijo mi profe hace ahora ya más de 30 años, porque tengo un fondo excesivamente rural.

Lo que me ha descubierto Battaner, y yo no sabía, es que Newton formuló este principio, pero tuvo precursores. El primero de ellos, un español: Juan de Celaya o, como se le conoce mejor, Juan de París.

Curiosamente, si navegáis un poco en busca de información sobre Celaya, encontraréis que las referencias que sobre él hay son básicamente filosóficas y teológicas, pues Celaya, antes que nada, lo que fue, fue escolástico. Los que sepáis algo de escolástica o la recordéis, sabréis que esta escuela filosófica desarrolló muchas ideas relacionadas con la lógica (quizá os suenen conceptos como daraptí, felapton o tautología; yo los estudié el año de la escolástica). La lógica tiene mucho de matemática, por lo que no ha de extrañarnos este maridaje entre teología y física.

Battaner sostiene que fue Juan de Celaya el que, a principios del siglo XVI (esto es, cien añitos antes de que el esquelético Newton llegase al mundo), enunció adecuadamente el primer principio de la mecánica newtoniana.

Lo que sabe todo Dios de Newton (lo sé yo, así que…) es lo de la ley de la gravitación universal. La atracción de los cuerpos en relación a su masa y al cuadrado de sus distancias (a la quinta vez que le pregunté a mi profesor por qué el cuadrado y no el cubo, me llamó pagano y me echó de clase. Y allí sigo). La ley de la gravitación destiló toda una inquietud científica, milenaria, que los libros de historia de la ciencia suelen denominar la caída de los graves. La gran pregunta que se hacían los científicos durante siglos es si la velocidad de los graves al caer (por ejemplo, las famosas piedras que tiró Galileo desde el Campanile de Pisa) es proporcional al tiempo o a la distancia (esto demuestra lo rural que soy en realidad, pues esta pregunta ha ocupado en mi vida, hasta el avión de hoy, el mismo espacio que los donuts). Las ciencias avanzaron mucho cuando se logró demostrar que la respuesta correcta es la primera (la velocidad se relaciona con el tiempo).

Y me dice Battaner: ley que fue descubierta por otro español. También escolástico. También teólogo. También filósofo: Domingo Soto. Enunció esta ley en 1604.

Sencilla reflexión: os hartaréis de contar, en Reino Unido, diversos monumentos que homenajean a sir Isaac Newton. Pero mucho me temo que ni en Valencia, donde nació Celaya; ni en Segovia, origen de Soto, vamos a encontrar muchas estatuas en su honor.

Sic transit gloria Hispaniae.


ACTUALIZACIÓN 7/2/2007
Chus me escribe para informarme de que en Segovia hay un colegio universitario que lleva el nombre de Domingo de Soto, donde hay una estatua de él. Incluso aporta el dato que es deporte nacional entre los estudiantes descabezar la dicha estatua.

Dicho queda, pues, que un homenaje icónico sí que hay.

lunes, octubre 23, 2006

Vamos atrasaos (o adelantaos, no sé)

Hoy voy a hacer una cosa que ya he hecho otras veces y que ojalá tenga meninges para volver a hacer: tocarle las narices a Omalaled, o sea el autor del blog que me inspiró para empezar éste, aunque yo hable de la Historia a secas y él lo haga de la Historia de la Ciencia.

Voy a hablar un poquito de ciencia.

El caso es que he estado leyendo un libro muy interesante, «España en hora», en el que se ubica un artículo de Joseph Collin titulado «Reconciliar trabajo y familia: la solución pasa por Greenwich». Un artículo, ya digo, bastante interesante, en el que el autor explica por qué los españoles comemos a las dos de la tarde y no a las doce, como todos los demás.

La cosa tiene que ver con una reunión de 25 países que se celebró en octubre de 1884 en Washington. Se llamó la Conferencia Internacional del Meridiano. Hasta que llegó esta conferencia, en realidad, nuestro mundo era un mundo en el que los palentinos, por poner un ejemplo, vivían a una hora, y los vallisoletanos, quizá, a otra. La vida de las personas se regía sobre todo por los tañidos de las campanas, a las horas en punto, pero los sacerdotes no son máquinas de precisión.

La cosa cambió con la llegada del primer medio de transporte que era capaz de recorrer distancias razonablemente abultadas en relativamente poco tiempo: el tren. Para tener un tren Palencia-Valladolid hace falta tener una hora de salida de Palencia y otra de llegada en Valladolid. O sea, hace falta que ambos lugares no vayan a su bola. Como para finales del siglo XIX ya había relojes y viajes largos tipo Phineas Fogg y demás, en realidad los científicos se dieron cuenta de que el problema era de orden mundial. De ahí la conferencia, a la que España envió tres representantes.

Fue allí donde se estableció el meridiano de Greenwich como referente mundial y 24 husos horarios que delimitarían las horas del mundo. Sin embargo, ésta fue la labor de los científicos. Luego llegaron los políticos.

A finales del XIX, un nuevo gigante político y militar nacía en Europa: la Alemania unificada por Bismarck. El eje político, que en el Renacimiento había estado en Madrid, se había desplazado a París y luego a Londres, pero ahora aparecía Berlín como referente de importancia. La ciencia estableció los husos horarios, pero los países pudieron decidir con quién acompasar sus relojes. Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia decidieron, a pesar de que en buena lógica les tocaba el huso horario de Greenwich, acompasarse con Berlín. Y España, a pesar de estar aún más al oeste, hizo lo propio. Por eso, entre otras cosas, en España llevamos una hora más que las Islas Canarias, que están aquí al lado; pero tenemos la misma hora que Praga, que está donde Cristo perdió el Libro de Familia.

Por eso comemos a las dos de la tarde: porque todo Dios, también los españoles, come con el mediodía. Lo que pasa es que nuestro mediodía ocurre dos horas después de lo que debiera, porque es un mediodía berlinés, no londinense. A la hora de Greenwich, en invierno se haría de noche un poco más allá de las cuatro de la tarde. O sea, con el descafeinado en la mano.

España tiene un récord, ¿lo sabíais? Es el país del mundo en el que el sol sale más tarde. En mi Galicia, o sea el far west de la península, el mediodía llega a eso de las tres de la tarde.

Yo, que ya me vais leyendo que soy bastante cinéfilo, siempre he estado mosqueado con esas pelis y series americanas en las que invariablemente sale una escena en la que el prota está en la cama, suena el despertador y son las seis y media de la mañana… ¡y en la habitación hay una luz que lo flipas! Siempre pensé que eran juegos de atrezzo pero no, es que es así. Somos nosotros los que hemos retrasado la salida del sol.

La propuesta de Collins tiene su aquél. Propone que en el próximo cambio de horario de verano, no lo cambiemos y lo dejemos como está. Eso sí, lo que adelantaremos serán los horarios oficiales, o sea: si los funcionarios han de ir a trabajar a las ocho, que vayan a partir de ese día a las siete (¡eh, que también se irán una hora antes!), aunque sin afectar a los horarios laborales privados y a la escuela (pero sí se debe reducir el periodo de almuerzo de dos horas a una). Según el autor, medio año después, al llegar el horario de invierno y el cambio de hora, seremos europeos, por la simple razón de que nadie se quedará tomando una manzana asada de postre mientras se hace de noche. Desayunaremos en casa y no en el colmao más cercano al trabajo, un ratito después de haber llegado; veremos el telediario de la tarde a las 13 horas, y el de la noche a las 20 horas.

En fin. Lo suyo es quedarse con la idea de cómo una decisión de claro índole político puede llegar a quebrar lo natural.

En esto como en tantas cosas, si hubiésemos dejado decidir a los que saben, otro gallo nos habría cantado. A la misma hora, eso sí, porque los gallos no tienen reloj.