sábado, octubre 25, 2008

Corpus de sangre (2)

Los segadores que habían presenciado la agresión, entre ellos un hermano del agredido, se fueron a la Rambla, donde comenzaron a referir la historia a otros compañeros. Es de suponer que funcionaría el teléfono escacharrado y que, al poco rato, a base de contar la historia de una historia que te han contado sobre una historia que te han contado, los hechos comenzasen a magnificarse. Cuando la olla llegó al punto de ebullición, los segadores decidieron ir al Plá de Sant Françesc (si mis datos no son erróneos, hoy creo que se llama plaza de Medinaceli), donde se encontraba la residencia del virrey.

En ese momento los segadores, que hoy son adalides de la independencia de Cataluña, daban mueras al traidor (Santa Coloma) y vivas a la fe cristiana y al rey de España.

De hecho, las noticias que se tienen sobre los primeros que protegieron su culo dan poco pábulo a pensar que nadie creyese que estaba ante una rebelión catalanista. Los que se ocultaron, además de Santa Coloma (que mandó a su familia a casa de su primo Ramón Cagarriga, a la que podían pasar sin pisar la calle), fueron fiscales, jueces y otras personas de orden, conscientes de que los segadores, muchos de los cuales, aunque no conociesen a Lou Reed, no le hacían ascos a un buen paseo por el lado salvaje de la vida, irían a por ellos (y no se equivocaron). Y, sobre todo, fueron los que los catalanes llamaban moros blancos, o sea los prestamistas genoveses.

Rodeada la casa de Santa Coloma por unos doscientos segadores vociferantes, la cosa que podía haber arreglado. Pero se puso peor cuando un alabardero, imprudente alabardero, se asomó a una ventana para echar un vistazo. Los temporeros sacaron sus pedreñales e hicieron fuego. Como era de esperar, se lo llevaron por delante. Todos los guardias que estaban dentro de la casa comenzaron a disparar. Ante la agresión, los segadores respondieron tomando la estrategia que durante aquella jornada tomarían varias veces: comenzar a juntar leña para quemar la casa, empezando por su puerta. Y lo habrían hecho (quemaron otras). Sólo les detuvo su devoción y la decisión del prior del convento de San Francisco situado en la misma plaza, Pere Oliva, el cual salió en procesión con dos frailes y un crucifijo, lo cual obligó a los temporeros a desistir de sus intenciones.

Santa Coloma encomendó entonces a un miembro de su equipo, Enric de Sentmenat, para que reclamase al Consejo del Ciento, o sea el jefe de las milicias gremiales, que le protegiesen.

El Consejo del Ciento, aunque así se llamaba, en realidad era un gobierno de 24 consejeros o consellers, que se iban turnando en la labor. De entre estos 24, se nombraba un minigobierno formado por cuatro consejeros y un jefe para ellos, el denominado, ya entonces, conseller en cap; cargo que entonces ocupaba Lluis Joan de Calders. Un tipo ya mayor y bastante asténico. Cuando se leen cosas sobre el Corpus de Sangre, es difícil sacudirse la impresión de que, de haber estado en el puesto de Calders alguien que supiese ponerse mejor las bragas, quizá los hechos no habrían sido tan dramáticos.

Sentmenat se encontró con el Consejo en la catedral, donde asistían a un oficio religioso en el que también participaba el obispo de la diócesis, García Gil Manrique; el cual, por cierto, era castellano. Calders aceptó proteger al virrey, pero no hizo nada por ir a sofocar el motín, quizá porque lo infravaloró.

La iglesia católica, que como hemos visto por la anécdota de Oliva era la única fuerza capaz de apaciguar a los segadores, echó el resto para detener aquello. En no más de dos horas, se presentaron frente a la casa de Santa Coloma todos los que eran algo en representación de Cristo. El propio Gil Manrique; Pau Durán, obispo de Urgel; el padre Fenoll, provincial de los jesuitas; Ramón de Sentmenat, obispo de Vich. Detrás de ellos, llegó la Generalitat, que entonces era una comisión de las Cortes encargada de administrar la región, formada por un representante de la nobleza, otro de los municipios y un tercero de los curas. Era presidente de aquella Generalitat el sacerdote, como era tradición. Se llamaba Pau Clarís.

A mi modo de ver, uno de los grandes goznes de discusión, uno de esos puntos en los que a los historiadores significados se les puede ver bien el plumero, está aquí, es decir en la discusión sobre la actitud de Clarís. La Generalitat, en ese primer momento, estuvo lenta en sus deliberaciones, lo cual ha dado siempre pábulo a teorías conspiratorias de variado pelaje. Lo que sí se sabe es que, en el momento de la rebelión de los segadores, Clarís llevaba ya meses negociando con Madrid una retirada de tropas de la actual Cataluña (con destino, sobre todo, en el Rosellón); aunque poniéndole, al tiempo, una vela a París, por si el conde-duque se ponía burro.

Como se ha dicho, la Generalitat estuvo lentorra: para cuando decidieron salir de la plaza de Sant Jaume camino del Plá de Sant Françesc, hacía ya una hora que los sacerdotes estaban allí jugándose el gañote. Y, además, para cuando fueron, lo hicieron solos, fiándose de que su prestigio era suficiente armadura. Nunca se preocuparon de ir bien protegidos lo cual, como veremos pronto, ayudará a alimentar la tragedia.

Antes de la llegada de los generalitatos, Miquel de Torrella i de Sentmenat, a la sazón jefe de las milicias de la ciudad, había conseguido que tres compañías le siguieran a la plaza y se desplegasen en la misma; pero eso sólo lo consiguió a base de que garantizarle a sus miembros que no tendrían que atacar a nadie. Ante la demostración de fuerza, sin embargo, los segadores decidieron retirarse. Para entonces ya había llegado Clarís, el cual, acompañado por el conseller tercero, el comerciante Josep Massana, decidió acompañarlos por ver de convencerles de que saliesen de Barcelona.

Justo cuando Clarís y Massana tenían a los segadores a punto de caramelo en la plazuela de El Carmen, jodidos pero en el fondo dispuestos a marcharse, alguien entre los temporeros recordó que cerca de allí vivía Gabriel Berart, fiscal de la Audiencia que se había ocupado de conseguir impedimentos y pertrechos para los militares en Salces. Por mucho que los diputados les trataron de convencer de lo contrario, quemaron la puerta de la casa (que estaba vacía, pues Berart quizá fuera tonto, pero no gilipollas) y luego la saquearon; sólo dejaron los cuadros de temática religiosa.

Mientras tanto, Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, comenzaba a escuchar a aquellos de sus consejeros que le decían que no podía quedarse en su casa; aunque los segadores se habían marchado, las noticias de sus correrías por la ciudad ya se conocían, y para cualquiera era evidente que lo mejor era no escupir al cielo. El virrey escogió para refugiarse la más sólida fortaleza de la ciudad: las Atarazanas, que formaba conjunto con el denominado baluarte de Santa Eulalia.

Los más juiciosos de aquellos catalanes proespañoles (mejor debiéramos decir procastellanos) se apresuraron a intentar convencer a Santa Coloma de que lo mejor que podía hacer era embarcarse y salir a la naja de la ciudad hasta que la cosa se calmase. Pero don Dalmau, orgulloso él e incapaz de concebir un mundo en el que una pandilla de gentiles muertos de hambre puede poner en peligro a todo un señor virrey, se negó. Fue su primera negativa; su primer pasito hacia la muerte.

Finalmente, tras mucha porfía, consiguieron convencer a Santa Coloma del plan. El miembro de su staff Bernardí de Marimón, entonces, comenzó a hacer señales a una galera real surta en el puerto. No tardó mucho el barco en despachar un esquife destinado a recoger al orondo virrey. Pero, mientras la barquita se acercaba, en la camarilla del virrey comenzó a dar por culo Cristofol d’Icart, un jovencito de 16 años, de muy buena familia noble catalana (de los d’Icart de toda la vida) y, por lo que se ve, terco, terco, como si fuese del mismo Calatayud. Cristobalito comenzó a comerle la oreja al virrey con que si él se marchaba no quedaría ninguna autoridad en Barcelona, así pues él sería responsable ante la Historia de haber dejado aquella perla de España en manos de las turbas. Santa Coloma, a base de tanta brasa, se reconvenció, así pues dio orden de que le comunicasen al esquife que se diese la vuelta.

Segundo pasito.

Para entonces los segadores ya daban paseos por Barcelona dando pruebas de que entendían a la perfección su Alta Misión Histórica. Al parecer dirigidos por uno de ellos, Ramón Goday, se apiolaron la casa del juez Rafael Puig, de la que no quedaron ni los rodapiés. La llegada de un grupo de consellers consiguió salvar parte de los muebles (literalmente hablando). Más o menos a la misma hora, también ardía la entrada de la casa del padre Guerao de Guardiola, recaudador de impuestos.

En ese momento llegó Massana, el cual comenzó una larga discusión con los segadores tras la cual, consiguió medio apaciguarlos y, probablemente, comenzó a acariciar el plan de sacarlos de Barcelona. La cosa funcionó más o menos hasta que los segadores pasaron por la casa del marqués de Villafranca, jefe de la flota real del Mediterráneo y hombre riquísimo. Unos pocos que se extrañaron del grupo que controlaban Massana y un grupo de milicianos que había conseguido aglutinar lograron forzar un portalón de la casa, tras el cual descubrieron una multitud de animales de carga y unas carretas y diligencias de gran lujo. Para qué querían más. Los carruajes los sacaron y los tiraron a las hogueras donde ya ardían las pertenencias de Berart; los caballos y las mulas, simplemente los robaron.

Cerca de la casa de Villafranca estaba otra de su propiedad donde vivía, realquilada, la condesa de Quirze. La buena señora no estaba, pero sí estaban unos marinos que la guardaban y que, viendo lo que pasaba con la casa del casero, se imaginaron que serían los siguientes. Así pues, conforme los segadores se acercaron, ni cortos ni perezosos, comenzaron a disparar por las ventanas, matando a uno de los temporeros.

Luego llegó Massana. Cuando le estaban rodeando los segadores para contarle lo ocurrido, hubo otra andanada desde la casa. Otro segador cayó. El caballo de Massana se asustó. La calle era estrecha, y estaba atestada. El animal debió de sentirse muy acojonado. Tanto como para tirar a su dueño al suelo. Massana se arreó un piñazo de tal calibre que todo el mundo le creyó muerto (cosa que no ocurrió, pues lo volvemos a encontrar cosa de doce horas después, en la reunión de madrugada del Consejo del Ciento).

El mártir estaba servido en bandeja. Nada más, y nada menos, que un diputado de la Generalitat.
El Corpus de Sangre acababa de alcanzar un punto de no retorno.

jueves, octubre 23, 2008

Corpus de sangre (1)

Los mitos son tan connaturales a las sociedades y a las naciones que a veces resulta difícil dirimir si unos son consecuencias de las otras o, en realidad, las han creado. Entre los mitos nacionales, las rebeliones ocupan un lugar primordial. No hay nada como la rebelión de un pueblo contra otro para sustantivar la idea de nacionalidad. Esto es así, además, porque, por pura lógica, toda rebelión se produce siempre contra pueblos cercanos que, de alguna manera, han sido dominadores. Los romanos nunca se rebelaron contra los britanos porque no les hizo falta; eran más poderosos que ellos. Con las mismas, los polacos nunca se han rebelado contra los neozelandeses, puesto que una y otra nación quedan a tomar por culo una de la otra.

Uno de los mitos de Cataluña es una rebelión, la denominada rebelión de los segadores o, también, Corpus de Sangre. En realidad, esto de llamarlo Corpus de Sangre es una invención relativamente moderna, debida a un periodista folletinesco del siglo XIX, Manuel Angelón. Sin embargo, la rebelión de los segadores es alto tan presente en el alma catalana que incluso se rememora en su himno, que así se llama: Los Segadores.

Para la identidad catalana, ciertamente, no se puede encontrar otro caso en el que la voluntad por parte de Cataluña de ser otra cosa (independiente, dependiente, federada o mancomunada, esos son matices posteriores) distinta de Castilla (hoy diríamos España), se manifestó de una forma más fuerte, al tiempo que violenta. Aunque también puede pensarse que no deja de ser una humorada de la Historia que los héroes de esta movida fuesen, en realidad, un poquito impresentables.

Voy a intentar contaros, no sé si lo que pasó; al menos, lo que yo sé de lo que pasó.

La culpa de todo la tuvieron un par de personajes que, en realidad, vienen a tener la culpa de más del 90% de los males de España en aquel tan difícil siglo XVII: nuestro rey, Felipe IV; y su ministro para todo, el conde-duque de Olivares. El cuarto Felipe que reinó España vivía presionado y superado por el recuerdo de aquel segundo Felipe que había dominado el mundo; todavía en su corte había miembros provectos que habían servido al Rey Prudente y le recordaban, día sí día también, que no le llegaba ni a la suela de los zapatos. En esas circunstancias, lo que debería haber hecho Felipe es darse cuenta de que los tiempos eran otros, tomar conciencia de la decadencia de España y, si bien era inevitable que el país se viese envuelto en las guerras en que se vio, tener un planteamiento pragmático más dirigido a salvar los muebles que a la pretensión de conservar toda la mansión, cuando era obvio que ya no podíamos mantenerla. En este esfuerzo debería haberle ayudado y aconsejado el conde-duque, como más o menos primer ministro que era. Pero, lejos de ello, Olivares se emperró en actuar como si España pudiera hacer las cosas que ya no podía. Olivares, a mi modo de ver, no es culpable de haberse metido en los charcos que se metió; pero sí de haber permanecido en ellos.

Jefe y lacayo pensaban, allá por 1621, que era fundamental para Castilla mantener el prestigio internacional, y por eso decidieron montar una guerrita, a splendid little war como llamaron los estadounidenses a la guerra con España por la dominación de Cuba, y rompieron la tregua con Holanda, creyendo a los Países Bajos enemigo fácil. Análisis que podría haber sido adecuado de haber sido todas las cancillerías europeas anormales; los franceses, y sobre todo Richelieu, no lo eran en lo absoluto, y prestos corrieron a aliarse con los holandeses y plantar batalla. Una guerra que duró, nos dice la Historia y su propio nombre, treinta años.

Había, empero, un asunto en el que Olivares había medido mal las posibilidades. Jurídicamente hablando, sus decisiones de ir a la guerra con unos y con otros vinculaban a la corona castellana; mientras que los territorios de la de Aragón, que gozaban de sus privilegios e instituciones, no tenían la obligación de cumplir dotando tropas o subiendo sus impuestos. Es por ello que el conde-duque tuvo que iniciar una larga y difícil negociación, sobre todo, aunque no sólo, con los catalanes, a fin de recabar su ayuda para el esfuerzo bélico común. Históricamente hablando, en todo caso, tampoco es lo justo presentar este pleito como una discusión entre una siempre pedigüeña Castilla y un Levante siempre en posición de pago. Las ambiciones aragonesas en el Mediterráneo fueron, tras el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, ampliadas, defendidas y conservadas gracias al concurso de las espadas de generales y soldados que no siempre eran del Barça. En realidad, en los 200 años que aproximadamente habían transcurrido de unión coronaria entre aragoneses y castellanos, muchos lazos se habían construido, tantos que sería injusto decir que Cataluña se limitara a mandar al conde-duque a freír espárragos. Los catalanes querían participar en la guerra. Pero, como todo dios en sus cabales, querían algo a cambio. Porque el gobierno de España (y, lo que es más importante, de sus colonias) estaba en manos de castellanos. ¿Por qué no podían los aragoneses participar en él? De hecho, durante las negociaciones con las Cortes aragonesas, éstas hicieron algunas propuestas interesantes, como que el cargo de Inquisidor General rotase entre un castellano y un aragonés.

En estos temas, sin embargo, el conde-duque, más que corto de vista político, era un auténtico Mr Magoo de la diplomacia, con menos mano izquierda que Mussolini. El valido estuvo detrás de las reformas que Felipe IV introdujo en los proyectos de ley redactados por los catalanes, que los dejaban completamente inservibles; putada que se combinó con la exigencia de que armasen y financiasen 16.000 soldados, aparte de pagarle todas las rentas que se habían dejado de cobrar desde Felipe II.

Para los catalanes, poner las cosas en ese plan era no querer negociar. Primero, sus fueros no les obligaban a enviar, no un soldado; ni siquiera un caballo escrofuloso. Para seguir, la exigencia de las rentas era un torpedo en la línea de flotación del PIB regional, por mucho que entonces no se llamase así. Aún así, lejos de mandarlo a freír gárgaras, aprobaron una ayuda de dos millones de ducados, pagaderos en quince años.

En 1635, cuando Francia declaró la guerra a España, el conde-duque pensó que los catalanes no le negarían nada. Por increíble que parezca hoy en día, la tradición en Cataluña manda que se sienta al francés como un enemigo; como un enemigo, de hecho, peor que España, y para mí que este juicio tiene mucho de lógico teniendo en cuenta cómo se han portado los gabachos con los catalanes; y quien lo dude, que se vaya a los territorios franceses que un día fueron catalanes a preguntar en las escuelas cuántas horas de catalán se imparten.

El conde-duque, especulando con esta animadversión telúrica del catalán medio, pensó que en Barcelona el personal se daría de hostias para alistarse. Pero se equivocó. Cataluña estaba arriscada contra Madrid (o sea, Castilla) por los sucesos de años antes, así pues permaneció como si la cosa no fuera con ella. En este punto, al primer ministro le dio por probar con el buen rollito, y se le ocurrió la idea de ofrecer a los catalanes que su gobernador, con cargo de virrey, en lugar de ser castellano, fuese catalán. Y fue por esta razón que llegó a ser virrey de Cataluña el desgraciado conde de Santa Coloma, o sea Dalmau de Queralt.

En 1639, los franceses invadieron el Rosellón, que entonces era español (o catalán, si lo preferís así). Las tropas españolas estaban en la otra punta de la frontera y, de haber empujado, habrían desbaratado dicha invasión. Pero no se movieron. El conde-duque, en una prueba más de su escasa fidelidad hacia todo lo que no fuera él y su rey, prefirió que una parte de España fuese invadida a impedirlo, pues juzgó que así los catalanes no tendrían más remedio que apoyar la guerra.

Finalmente, los españoles consiguieron parar a los franceses en la batalla de Salces, lo cual acercó bastante a los catalanes a su rey. Pero, una vez más, Felipito demostró su escasa falta de tacto, convocando unas Cortes en Poblet que levantaron la expectativa de solucionar todos los conflictos existentes… pero que nunca se celebraron, pues el tándem formado por el rey y su mamporrero no logró encontrar tiempo en sus agendas. Finalmente, y presionado por los muchos frentes bélicos, el conde-duque decretó unilateralmente una leva de 6.000 hombres en Cataluña, además de anunciar que las tropas reales hibernarían en la región.

Lo peor fue lo de la hibernada. Los ejércitos en aquel entonces no eran como los de ahora. Los soldados recibían una soldada, y no siempre, y no existían las organizaciones logísticas que hoy garantizan al soldado cama, comida, pertrechos, etc. Los soldados establecidos en Cataluña debían ser alojados y mantenidos por los ciudadanos de cada lugar, con la excepción de la nobleza, el clero y la burguesía, que estaban exentos. Eran los obreros, por lo tanto, los que corrían con las consecuencias de la estancia de los soldados. A lo que hay que añadir que aquellos soldados españoles eran, en su mayoría, matones patibularios que tomaban aunque no fuese suyo, abrían las piernas de la moza que les gustaba sin preguntarle, y otras cosas de parecido jaez. Esto ocurría con asiduidad; pero, conforme el rey se retrasaba en el pago de las soldadas, se convertía en un problema de grandes dimensiones.

En la práctica, por lo tanto, muchos catalanes tuvieron perfecto derecho a considerar aquello una ocupación extranjera. No se diferenció mucho de esas escenas que estamos acostumbrados a ver en las pelis sobre la Francia ocupada por los nazis.

En enero de 1640, una unidad especialmente cabrona, los jinetes napolitanos a las órdenes de Federico Spatafora, perpetró el saqueo de una población denominada Palautordera. A partir de ese momento, comenzaron a multiplicarse las hostias en el norte de Cataluña entre soldados y payeses. La respuesta de Santa Coloma fue decretar la inmunidad penal de los soldados reales los cuales, por lo tanto, no podían ni siquiera ser llevados ante los tribunales. Esta medida, junto con otras, radicalizó tan notablemente a muchos catalanes rurales que, en abril, salió el gordo del bombo: en Santa Coloma del Farnés, las turbas quemaron vivo al alguacil real, Miquel Joan de Monrodon. Como respuesta, las tropas reales entraron en una de las barriadas del pueblo y no dejaron una piedra sobre otra.



El 22 de mayo, una fuerza de 2.000 guerrilleros, que se dice pronto, entró en Barcelona para liberar de la cárcel a un diputado, Françesc Tamarit, que estaba engrilletado por orden del virrey.

Justo es reconocer, en todo caso, que en el sur de Cataluña no se produjeron incidentes. Curiosamente, ésa era la zona donde las tropas que estaban establecidas estaban formadas por españoles (o sea: por otros españoles).

En éstas llegamos al 7 de junio, día del Corpus. En la muy, muy religiosa Barcelona, esto suponía la multiplicación de las procesiones. Los primeros días de junio eran también el momento en el que se comenzaban a preparar las grandes siegas de lo crecido durante la primavera. Los temporeros que realizarían estas labores eran contratados masivamente en esos días en la ciudad condal, motivo por el cual ésta se llenaba de aspirantes al curro: los segadores que, hoy, han hecho famosos la Historia, el mito y el orgullo.

Los segadores se reunían en la parte alta de las Ramblas y eran contratados mediante ofertas que se presentaban de viva voz en la plazuela de El Carmen; la cual, honradamente, no sé si existe en la Barcelona de hoy.

A los barceloneses les gustaban los segadores lo que a mí el marisco; o sea, entre nada y absolutamente nada. Eran pendencieros, bebedores y prostibularios; así pues, todos los años, en llegando el Corpus y las contrataciones de la plazuela, siempre acababa habiendo follón en la ciudad. Santa Coloma había intentado, sin éxito, que la autoridad municipal barcelonesa, conocida como el Consejo del Ciento, decretase que los temporeros deberían permanecer extramuros (en aquel entonces, Barcelona aún estaba rodeada por una muralla, al estilo medieval). Pero el Consejo no se atrevió, porque los segadores eran, dicen las crónicas, más de medio millar, y eso hubiera sido demasiado cabreado para los posibles con que contaba la ciudad. Aunque, finalmente, fue peor el aceite de ricino que la indigestión.

Un grupo de estos segadores, que iba cantando y montando bulla, pasó por delante de la residencia de Santa Coloma, donde, al parecer, gritaron algo así como «¡muerte a los traidores!» (aunque parece que también dieron vivas al rey). Pero no pasó nada. Un poco más tarde, ése u otro grupo, que no se sabe, llegó a la casa del difunto Monrodón, donde aún residía su familia. En la puerta había tres milicianos gremiales, pertenecientes, por lo tanto, a la única fuerza pública que existía entonces en Barcelona, en la cual las distintas compañías eran alimentadas por distintos oficios.

Los segadores y los polis discutieron. Aquéllos se jactaron malamente del asesinato de Monrodón, hasta que uno de los milicianos, que dijo haber sido testigo de aquellos hechos, acusó a uno de ellos de haber participado en el asesinato. Una cosa llevó a la otra, segador y miliciano se empujaron, se retaron, y acabó por pasar lo que tenía que pasar: el miliciano sacó una daga y le asestó una estocada bajera al segador. No está claro, pero es posible que se tratase de Joan Tarascó, natural de Dosrius; quizá el primer herido de aquel día, el que, de alguna manera, lo empezó todo.



De culo, cuesta abajo, y sin frenos.