jueves, julio 07, 2011

De salarios reales

He leído en un reciente estudio patrocinado por Edad & Vida (accesible aquí), dedicado a las necesidades de jubilación, dos tablas que desplegaban los incrementos salariales medios producidos en la economía española desde 1920, así como la evolución estimada de los precios desde la misma fecha; combinación de datos que permite inferir el crecimiento real de los salarios, esto es con, o sin, ganancia de poder adquisitivo. Esto me ha llevado a mirarme las cifras un poco más a fondo y hacer algún que otro calculín.

El gráfico que sigue es la expresión de la evolución de los salarios reales (esto es, descontada la inflación) en el periodo considerado. De alguna manera, por lo tanto, este gráfico «dibuja» la evolución del poder adquisitivo de los salarios del trabajador español medio por cuenta ajena.




Bueno, este gráfico, supongo, responde a una cuestión que tal vez alguien se haya hecho una vez, y es la referente a la evolución del nivel de vida del español medio. Si por nivel de vida entendemos capacidad de compra, podemos entender que el español, o trabajador, español medio del año 2009 quintuplica en nivel de vida al de 1920. Viéndolo en términos históricos, pues, una explicación de por qué en los años veinte existían el pistolerismo, las ideologías revolucionarias y la lucha de clases en una intensidad distinta a la actual, ello tiene que ver con que los trabajadores eran cinco veces más pobres que sus homólogos del tiempo presente.

En el gráfico se aprecia perfectamente, por otra parte, el impacto que supuso la llegada de la II República que, como sabemos, actuó en el terreno de los salarios, sobre todo de los rurales, a través de la famosa Ley de Términos Municipales, que en no pocos lugares del sur de España multiplicó los jornales por dos. La citada ley impedía que los contratadores (o sea, los terratenientes; porque esa dinámica retórica de decir que se hacían leyes contra los ricos ya se daba entonces, mucho más incluso) pudiesen especular a la baja con los jornales que ofrecían a los eventuales del campo amenazándolos con irse a otro pueblo a buscar gente más necesitada que ellos. En suma, un empleador de Bollullos de Abajo no podía ir a Bollullos de Arriba a buscar jornaleros mientras quedase un solo parado en la plaza de su pueblo. A esta ley, llena de buenas intenciones, le pasó lo que a muchas otras normas bienintencionadas, y es que fue agarrada por las hojas por algunos, más concretamente los sindicatos; los cuales, en muchos lugares, la convirtieron, en la práctica, en una Ley de Términos Municipales y Afiliación Sindical; esto es, no sólo has de contratar a los del pueblo, sino, con prevalencia, a los afiliados al sindicato fuerte de la comarca.

El poder adquisitivo de los salarios cae dramáticamente al iniciarse la pavorosa década de los cuarenta, es decir los años de las privaciones, las cartillas de racionamiento, la autarquía y los errores. A España, ser fascista le sentó de pena, y los trabajadores españoles pagaron la autarquía franquista con veinte años de comida de mocos, durante los cuales hubieron de vivir con el mismo nivel de vida que habían tenido veinte, treinta o cuarenta años antes; o sea, como si hoy tuviésemos que vivir como vivíamos en 1971.

El gran momento de la recuperación de los salarios reales se produce durante la famosa, por muchas causas, década de los sesenta; que aquí lo es, fundamentalmente, por dos fenómenos: los planes de desarrollo, que impulsan la economía no agrícola a cotas hasta entonces inimaginables; y la emigración masiva, sobre todo hacia una Europa que va también como un tiro, que eliminó de la economía española el fenómeno del paro obrero masivo; España no tenía parados porque los parados, en España, se iban a Alemania, como el pariente aquél con el que hablaba Josele por teléfono en su famoso sketch Vente p'España, tío.

La gráfica explica perfectamente el baby boom. Es lógico que los trabajadores jóvenes de los años sesenta hiciesen caso de la máxima católica -hijos, los que Dios te de-, puesto que estaban en un entorno histórico de ganancia de poder adquisitivo; los años en los que llegó la capacidad de comprarse la tele, el coche, las vacaciones en la costa de Tarragona, y esa gitana de porcelana que compró tu padre en Málaga y que tú todavía tienes en tu salón, no sabes muy bien por qué dado que es de dudoso gusto. Aquello no se volvió a repetir ni, probablemente, se repetirá. Y es una lástima, porque, en realidad, al menos en mi opinión, es una tontería discutir sobre políticas de apoyo a la familia. La mejor política de natalidad es empinar esta gráfica.

Hasta que se murió, en 1975, Franco le repetía en los consejos a sus ministros económicos la misma cantinela cada vez que le contaban lo mal que estaba la cosa: ya, pero no suban la gasolina. Desde 1973 había una crisis de mil demonios pero el franquismo, cuya economía tenía multitud de precios sometidos a decisión pública (el teléfono, la gasolina, etc.), consideraba que había que mantener la baratura del carburante y que así se le evitarían males mayores a la gente corriente. Franco, pues, tuvo una grave laguna teórica, consistente en pensar que una crisis económica se puede superar a base de hacer como que no está ahí, y así nos fue.

Aquello era algo lógico del carácter militar de nuestro caudillo. En la monumental Historia de los Forrenta Años, de Forges, hay una viñeta impagable en la que se ve a Franco estudiando los planos de un Valle de los Caídos en construcción, rodeado de arquitectos falangistas que sudan la gota gorda. Uno le musita: «Excelencia, dicen los ingenieros que el terreno no tiene consistencia». Y Franco, sin despegar los ojos del plano, contesta: «Díganle a la consistencia ésa que venga». Igual que se creía con capacidad de darle órdenes a la consistencia del terreno, también la creía tener para darle órdenes al precio de la gasolina.

La consecuencia, en términos de salarios, es que a partir de 1976, cuando la cosa cambia, el ritmo de ganancia de poder adquisitivo se frena. No se para, desde luego, y esto es algo que es atribuible a los Pactos de la Moncloa, primero, y a la política realista practicada por los primeros gobiernos socialistas, después. El crecimiento de los salarios se frena aún más en los años noventa, a pesar de que son años expansivos; y, en lo que se refiere a la presente crisis, puesto que es presente, la serie carece de datos que permitan juzgar adecuadamente la cosa.

He hecho el ejercicio de simular carreras salariales continuadas de 30 años, para ver cuál es la ganancia de poder adquisitivo en cada una. Luego las he ordenado de mayor a menor. El resultado es que el chollo total de ganancia de poder adquisitivo del siglo XX en España es la carrera laboral 1952-1982. El pollo o gallina que curró esos años obtuvo, en términos medios, un nivel de vida en el año de Naranjito que era 3,87 veces el del primer año que curró; seguido muy de cerca por la carrera 1951-1891, con un multiplicador de 3,81, y la carrera 1960-1990 (3,71).

El cagao maravillao de la serie es el español que comenzó a trabajar en 1934 y terminó en 1964, pues lo hizo, según los datos, con un nivel de vida que era, mutatis mutandis, la mitad de cuando era joven (y el modelo no tiene en cuenta, además, que se retiró prácticamente sin derechos de pensión).

En el largo plazo, las volatilidades de las dos magnitudes básicas (aumento de salarios y aumento de precios) son bastante parejas. La desviación estándar de la serie 1920-2009 de incrementos salariales es 0,0864, mientras que la de los precios es 0,0733.