lunes, diciembre 02, 2019

Isabel al poder (13: guerra de bebés)

Otros escalones de esta escalera:

En febrero de 1470, el bando anticonstitucionalista dio un paso más en su estrategia calculada: los físicos le aseguraron a Isabel que estaba embarazada. Ni qué decir que el rey Juan saltó de alegría cuando leyó el email, todo lo contrario que su pariente Enrique de Trastámara, quien recibió la noticia como el problemón que podía llegar a suponer para él, sobre todo si al feto le crecía pene. Isabel y Fernando, por su parte, sabiéndose sobrados, volvieron a escribirle una carta al rey de Castilla con la intención de redoblar sus presiones sobre él. La carta fue enviada el 8 de marzo (alguna historiadora pirada habrá por ahí que dirá que con ello Isabel tuvo presciencia del Día de la Mujer), y tenía unos tonos bastante duros y exigentes. A la par que cínicos, pues ambos esposos se quejaban que, en los cuatro meses que habían transcurrido desde su última misiva, habían desarrollado una actividad totalmente fiel y honorable respecto de su rey (cosa que, le acusaban, él no había hecho). Pero, claro, se callaban en el hecho de que su propio estatus de matrimonio desmentía lo que estaban escribiendo; que Isabel y Fernando firmasen, como mujer y marido, una carta, era la mejor expresión de que en dicha carta estaban mintiendo.


En la misiva, los esposos conminaban al rey a aceptarlos como “sus obedientes súbditos”, que era una manera sutil de reclamarle a Enrique que confirmase lo prometido en Guisando y, consecuentemente, le pusiera a Isabel en la frente el sello de heredera de la corona de Castilla. Si se seguía negando, proponían que sometiese el problema a un consejo formado por las cuatro principales órdenes religiosas de Castilla (franciscanos, dominicos, cartujos y jeromitas). Si no eran escuchados, Isabel y Fernando anunciaban que harían “todo lo que las leyes divinas y humanas autorizan a hacer en defensa de nuestros derechos”; una amenaza velada de hostilidades que movió al rey castellano a contestarlos, esta vez sí; si bien echando mano del manido “lo tengo que consultar con mis asesores”.

El mismo día que Isabel y Fernando enviaron esta carta, se estaban mudando a Dueñas. Valladolid ya no era un lugar seguro para ellos. De una forma tal vez casual, tal vez instigada por algún CNI de la época, la capital castellanoleonesa se convirtió, casi de la noche a la mañana, en teatro de unos violentísimos enfrentamientos entre cristianos y conversos; enfrentamientos en los que se vio envuelto Luis de Vivero, esto es, el anfitrión de los esposos. Su casa, pues, ya no era lugar seguro, por lo que Isa y Nando decidieron abrirse. En Dueñas los acogió Pedro de Acuña, hermano del propio arzobispo Carrillo, lo cual nos da la pista de que, tal vez, los futuros reyes católicos y su gran protector temían algún tipo de puñalada trapera.

Es posible, yo por lo menos lo creo, que el acoso físico a los que propiamente eran, en ese momento, reyes de Sicilia, fuese parte de una estrategia más ancha diseñada en ese segundo trimestre de 1470 por el partido constitucionalista. Lo digo porque vino a coincidir con nuevas decisiones por parte de Enrique; decisiones que iban, claramente, en la dirección de enterrar Guisando. El 30 de abril, el rey de Castilla otorgó a Pacheco la muy rentable ciudad de Escalona, y desde luego no se le pudo escapar el detalle de que la villa era una de las siete que le había prometido en Guisando a Isabel. Pocos días más tarde, los ingresos derivados de Medina del Campo le fueron entregados al conde de Ureña.

El rey Trastámara, por lo tanto, había adoptado la estrategia de responderle a los reyes de Sicilia con sus mismas zalamerías. Si ellos decían postrarse a sus pies y mostrarle el mayor de los respetos, él los apelaba de hijos queridos mientras, usando abogados en lugar de lanceros, batallaba contra ellos desheredando de facto a Isabel. El 18 de junio, el matrimonio le escribió otra carta al rey en la que le decían que, si no les hacía caso, no sería extraño que “se pusieran en libertad los poderosos elementos de la guerra”. Enrique, de nuevo, contestó con el desprecio.

El verano de 1470, que según las crónicas fue enormemente tórrido, no sabemos si a causa del cambio cismático (chiste malo), lo pasaron Isabel y Fernando sudando la gota gorda, sobre todo ella que tenía un bombo de la hostia, en su casa de Dueñas, en medio de una inquietud extrema. Enrique, sin embargo, seguía moviéndose. De hecho, fue en esos meses tórridos, en una Castilla crecientemente encabronada por las durísimas consecuencias que estaban teniendo la sequía y las devaluaciones decretadas por el rey, cuando quiso el Trastámara dar el último paso en el enterramiento de Guisando: devolverle a su hija Juana el derecho de sucesión a la Corona castellana.

Consciente de que aquélla era una banqueta muy pesada que, por lo tanto, no podía sostener él sólo, Enrique buscó apoyos, para rebajar las posibles ínfulas que podrían tener los aragoneses de oponerse a la medida. Buscando, por lo tanto, un compañero de viaje de pocos escrúpulos y mucha ambición, adónde iba a mirar si no es a París; siempre hay un francés veletois a mano, como bien saben en Barcelona. En esas semanas, pues, Enrique de Trastámara pactó con Luis XI el casamiento de su hermano con su hija Juana, como un medio de reforzar sus derechos como futura reina de Castilla.

Para colmo de males de los esposos, el 2 de octubre de 1470, Isabel dio a luz a un ser; cuando las ayas le observaron la entrepierna, comprobaron, contritas, que no tenía la correcta.

Que Isabel siempre quiso a su hija primogénita es algo que está fuera de toda duda. Pero que Isabel la amase con locura no quiere decir que la niña, por decirlo mal y pronto, sirviese para lo que tenía que servir y, por lo tanto, contentase con su existencia a los miembros del partido isabelista. Todo el mundo, literalmente, esperaba que el vástago fuese un niño, el heredero de las coronas de Castilla y de Aragón; una especie de Alfonso 2.0. Tras el parto, a todos se les quedó cara de gilipollas; menos a la niña, claro.

El rey Enrique, sin embargo, aliviado por la noticia, vio el cielo abierto para continuar en la línea de despojo en la persona de Isabel de todos sus derechos dinásticos y, sobre todo, anunciar públicamente, apenas diez días después del parto, el compromiso de su hija Juana con el duque de Berry; la otra, pues, entraba en la competencia de alumbrar un heredero varón.

Charles de Berry presentó repentinamente la novedad de no ser heredero a la corona francesa. Precisamente durante el nuevo viaje del obispo de Albi a la península para concertar el matrimonio, la reina había dado a luz a un varón, quien de hecho sería rey con el nombre de Carlos VIII. Esto hizo que el planteamiento de Jouffroy cuando llegó a Castilla fuese bien diferente. El obispo que había salido de París relajado y confiado estaba ahora contrito y nervioso, y le dijo a Enrique que había una conditio sine qua non para apañar el matrimonio: que la princesa Juana fuese oficialmente declarada heredera de la corona castellana. Enrique, así presionado, cruzó el Rubicón, y aceptó.

El 26 de octubre, en un claro de Val de Lozoya, muy cerca de la frontera de Castilla con Aragón, se celebró algo así como un Guisando II, sólo que con distintos protagonistas: ahora no fue Isabel de Castilla quien fue proclamada heredera de la corona castellana, sino Juana de Castilla, la hija del rey Enrique. El rey, tras leer un escrito en el que se desdecía, una a una, de todas las promesas hechas en Guisando, mostró además una dispensa del Papa Pablo II que anulaba todos aquellos juramentos. Luego Jouffroy, consciente de cuál era el punto más débil de todo aquel montaje, pidió a la reina Juana que jurase solemnemente que el ADN de La Beltraneja era el de Enrique de Trastámara. Juana lo juró, y lo volvió a jurar tres días después en sagrado (en la catedral vieja de Segovia).

La noticia de los hechos de Val de Lozoya y Segovia cayó en Dueñas como caería en Can Barça el anuncio de Leo Messi de dedicarse profesionalmente al Scrabble. La noticia, además, llegó en un momento jodido para ellos desde el punto de vista físico, pues Isabel se recuperaba del embarazo y Fernando sufría fiebre alta tras una caída del caballo que los médicos llegaron a temer, sin razón, le dejase secuelas. Con todo, el principal problema que se le presentaba a la pareja, además de la descarada estrategia de Enrique en el sentido de desheredar a su hermana, era la creciente distancia respecto de Carrillo. Aunque el arzobispo había sido el factótum de su traslado a Dueñas y allí los protegía, cada día más el muñidor del partido isabelista se apartaba más de los esposos, especialmente el esposo, al cual tragaba con la misma dificultad con la que Fernando lo tragaba a él.  El 12 de noviembre, en carta de Fernando a su padre, éste se quejaba de que Carrillo se empeñase siempre en que todo pasara por él.

En las últimas semanas de 1470, todo el mundo, y muy particularmente el rey Juan de Aragón, temía que Enrique organizase una operación de comando, ahora que podía contar con los SEAL franceses, para llegarse a Dueñas y detener a la pareja. Y no se equivocaban: el 8 de diciembre, Enrique le escribió a Berry precisamente en este sentido. Así pues, los reyes de Sicilia y su hija se trasladaron a Medina de Rioseco, terreno de la familia Enríquez, los tíos de Fernando pues. Carrillo, por cierto, se negó al traslado; yo creo que estaba ya en modo Gata Flora, así pues, si se hubieran quedado en Dueñas, también se habría quejado.

Hay un factor en toda esta movida, sin embargo, con el que nadie había contado: la opinión pública. La Castilla de finales del siglo XV era una Castilla profundamente religiosa. Sus miembros y miembras, no se olvide, se sentían embarcados en una guerra que duraba ya 700 años por recuperar su territorio de las manos de lo que ellos, desde luego, no veían, como en un acceso de estupidez políticamente correcta hace cierta historiografía contemporánea, como “otros españoles”, no digamos ya “otros castellanos”. Los veían como aliens, como invasores, como mierdecillas infieles a las que había que barrer de la encimera de Castilla con una bayeta bien empapada de amoniaco. Además de la Reconquista, que es un factor que mucha gente conoce, hay otro que ya se conoce menos, y es que apenas unas décadas antes del tiempo que ahora relatamos, Castilla había pasado por la experiencia de apoyar una Iglesia universal propia, regida por sus reglas; y, por lo tanto, tenía un hondo sentimiento en el sentido de que esas creencias formaban parte de su ser esencial. Un sentimiento tan fuerte, tan enraizado, que, aún cuatrocientos años después de lo que aquí repasamos, todavía lo defenderá en sus escritos Cánovas del Castillo.

Para Castilla, pues, la ortodoxia religiosa, el cumplimiento de las reglas, la limpieza, eran elementos fundamentales de su civilización. Y no pocos de esos castellanos de andar por casa, analfabetos la mayoría, brutos y simples, sí, pero también tercos y orgullosos y, no se olvide, libres en su inmensa mayoría, no estaban dispuestos a ser gobernados por una reina que podría proceder de una relación ilegal y pecaminosa a los ojos de Dios. Si los castellanos se pasaron siglos exigiéndole a todo el mundo estatutos de limpieza de sangre, es por algo. ¿Era limpia la sangre de Juana? Mucha gente pensaba que no. Por otra parte, la capacidad del castellano medio de decidir su postura a partir de impresiones y sentimientos, no de datos, era la misma en 1470 que en el 2019. Exactamente igual que hoy cualquier españolito en Twitter se cree un tuit de su influencer de turno simplemente porque quiere creerlo, en la Castilla de aquellos tiempos, y éste era, en realidad, el mayor activo con que contaba el partido isabelista, un montón de gente creía que Juana era La Beltraneja; y con eso, con creerlo, le bastaba.

Hay otro elemento importante de la opinión pública castellana tardomedieval. Como muy poco tiempo después de éstos que relatamos demostrará claramente la eclosión de la novela picaresca, el español siempre está dispuesto a interpretar que, cuando las cosas van por donde no le gusta, eso es el resultado de una conspiración de los poderosos. El hispano medio, desde la primera Edad Media, ha creído en el Club Bildemberg, aunque le ha puesto nombres diferentes. Por esta razón, todo conflicto que implique al poder, cuando se basa en una decisión de dicho poder que no nos gusta, se lee en términos de conspiración de los ricos contra los pobres, de los poderosos contra los pecheros, de la seda contra la estameña. Y, en una evolución que Pacheco y Enrique no supieron ver, esto fue lo que pasó con Val de Lozoya. Personalmente considero que la presencia en el acto de un embajador del rey francés fue ponzoña pura para el acto, que rápidamente fue visto como la intentona de los poderosos por imponerle al sabio pueblo castellano una reina adulterina. Los territorios de Vizcaya y Guipúzcoa, cuando supieron la nueva, se rebelaron contra el rey; en diversas regiones, ciudades se negaron a jurar pleitesía a la nueva heredera.

Para poner las cosas peor, de forma inesperada para el partido cortesano, el duque de Berry también se puso de canto. El hermano del rey francés había llegado a la conclusión de que su hermano le estaba vendiendo una mula ciega y, además, acabó perdiendo la confianza en él. Por esta razón, Berry se convenció de que su futuro político no estaba tanto en ser rey consorte de Castilla, algo que reputaba difícil, sino en aliarse con el enemigo declarado de su hermano, es decir el duque de Borgoña, Carlos el Temerario.

Aunque pudiera parecer lo contrario, que lo parecía, en realidad para Isabel y Fernando todavía había partido.

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