jueves, septiembre 20, 2018

Isabel (32: estás podrida por dentro y por fuera)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
El conde de Essex tenía, por fin, la autorización real para hacer lo que siempre había querido hacer y, con ello, seguro que pensaba pasar a la Historia como el más ambicioso, eficiente y exitoso militar inglés de todos los tiempos (verdaderamente, Devereaux era una buena demostración de lo que es eso de think big; y también de las consecuencias que puede acarrear). Esta vez, sin embargo, habría de comprobar un matiz con el que no contaba.

lunes, septiembre 17, 2018

Constantino (2: Augusto, o tal vez no)

Ya hemos corrido por:

El hijo del césar de Occidente.


Sigamos a Constancio, que es quien lógicamente más nos interesa por ser el papá de Nino. En el reparto de responsabilidades y administraciones que se produjo entre los tetrarcas, a Cloro le tocaron la Galia y Britania, razón por la cual estableció su Corte en una ciudad muy importante para la época tardorromana: Trier o Tréveris. Sin embargo, no se llevó consigo a su hijo Constantino, que empezaba a hacer carrera en los rangos militares. Constantino prefirió medrar a la sombra de Diocleciano, el primero de los emperadores. Se había reservado el emperador el que en ese momento era el territorio más prometedor y beneficioso del Imperio, esto es las posesiones asiáticas y Egipto. Para supervisar la administración de estos territorios, Diocleciano se estableció fundamentalmente en Nicomedia, en el antiguo reino de Bitinia, en el norte de Turquía. Allí fue donde sirvió Constantino como tribuno militar.

miércoles, septiembre 12, 2018

Constantino (1: El hijo del césar de Occidente)


Una de las putadas clásicas de los exámenes de Historia es preguntar qué emperador romano le garantizó al cristianismo su prevalencia en el Imperio romano. El estudiante mediocre o poco atento, muy a menudo, suele caer en la trampa cual ratoncillo borracho, y escribir en su examen el nombre de Constantino el Grande. El alumno saldrá del examen contando esta pregunta como una de las “seguras”, de las de “por supuesto que la puse bien, mamá”; sin embargo, días más tarde descubrirá que la preguntita de marras no era sino una sutil tela de araña que había tejido el cabrón de su magister para pillarle. No, no fue Constantino; formalmente hablando, fue Teodosio en el edicto de Tesalónica.

lunes, septiembre 10, 2018

Un discurso republicano

Una vez terminada la serie de posts sobre Gabriel Ciscar, regente de España; y mientras termino de peinar la siguiente serie que os voy a presentar, dedicada al emperador Constantino, os dejo aquí el resultado de una de mis aficiones fiquis, que son los discursos políticos.

Aquí os traigo uno que tengo en versión, por así decirlo, original, puesto que lo que copiado directamente del Boletín Oficial de las Cortes de 1931, del que tengo una copia casi completa que encontré hace ya tiempo en el fondo de una caja del Rastro. Es el discurso de Niceto Alcalá-Zamora por el cual el político de Priego resignaba el gobierno de la II República frente a las Cortes Constituyentes.

Me apeteció copiaros este discurso, en primer lugar, porque creo que puede venirle bien a profes de Historia (que alguno hay por aquí), y también no profes, para demostrarle a sus alumnos, y también no alumnos, que hubo un momento en el que en el Parlamento español se habló, digamos, de otra manera. Ciertamente, hace ahora unos once años ya escribí en este blog que el mito de que en las Cortes de la República todo el mundo hablaba como Cicerón es en buena parte falso;  pero con Alcalá-Zamora tiene un adarme de verdad. Alcalá era jurisconsulto, su tribuna preferida toda su vida fue la Academia de Jurisprudencia y, por lo tanto, como viejo litigante le daba bastante importancia a la labia. Era, además, persona de acendrada cultura, hasta el punto que en tiempos de la II República había gente que, en plan de coña, decía que cada vez que él hablaba, el Diccionario de la Real Academia se ponía cachondo.

También tiene cierto interés el discurso, creo yo, para tomarle la temperatura al segundo primer momento de la República. Digo esto de "segundo primer momento" porque, como es sabido, al verdadero primer momento de la II República, la manifa en la Puerta del Sol, el nuevo gobierno en el balcón, la gente cantando amigos para siempre means you'll always be my friend, no naino naino naino naino naino na..., le siguió un segundo primer momento ya no tan japi, con quemas de iglesias, los anarquistas montándola, la represión de los monárquicos, y aquella patulea.

Además, por cierto, ciertas cosas de este discurso, que verdaderamente se leerá como algo muy lejano incluso por personas valetudinarias, demostrarán que hay preocupaciones que son eternas, como la animadversión de la izquierda española (y eso que Alcalá-Zamora tenía de izquierda lo que Farruquito de ingeniero nuclear) hacia la posibilidad de ser mangoneada por el Ibex 35.

En fin, ahí va. He colocado en negritas las anotaciones no textuales del propio Boletín.

Madrid, 14 de julio de 1931.

Señores diputados:

Anunciada espontánea y públicamente por el gobierno la obligación de resignar sus poderes en fecha próxima ante la majestad única y soberana de las Cortes Constituyentes, ociosa por ello la exposición de un programa para lo futuro; ansiada en nuestra alma la hora de rendiros cuentas de nuestra gestión, hubo instantes en los que pasó por el espíritu del que os habla la sugestión de no interrumpir con su discurso aquel instante, aquel tránsito en que desde la Mesa de edad, desde la ancianidad gloriosa y respetable y la juventud prometedora, polos y enlace de las generaciones, se hubiera de pasar al primer acto de soberano albedrío de la Cámara; a la elección de la Mesa en que se reflejará la expresión del legítimo predominio y la concordia de justas transacciones. Aparecía el acto tal y como yo me lo imaginaba, con una grandeza sencilla que me atraía: el trabajo por rumor en la seguridad como ambiente; la prisa por ritmo, la impaciencia por impulso, la Constitución por objetivo, la certeza plena de vuestros poderes sin límites; un ceremonial sobrio, de solemnidad silenciosa, de emoción muda, en que se reflejara, pura y escueta, la austeridad republicana. Y, sin embargo, para abandonar esta idea tan atrayente, para venir a hablaros, precipitábanse en el alma, como hoy se agolpan en los labios, múltiples emociones. El recuerdo y la llamada de la Historia; la alegría que se desborda en nuestro espíritu; la emoción con la cual tenemos que saludaros y, como último e inesperado acontecimiento, aquella impresión imborrable de la calle; el pueblo aclamando y fortaleciendo la República, que es él mismo, dándonos la sensación de una pujanza superior a cuanto fue nuestro ensueño y una recompensa infinitamente más alta que todo lo que pudimos merecer y todo lo que pudimos anhelar.

Aplausos

Si aquel primer consejo lo hubiera seguido, hoy, lejos de este ambiente, mañana en España misma se hubiera podido pensar que este gobierno de hombres ilustres que tengo la honra inmensa de presidir, y el mismo humilde y modesto que os habla, no habían tenido la sensibilidad bastante para percibir el convencimiento, que me abruma, y la impresión, que me anonada, de que en el día de hoy se escribe con un intenso subrayado una página de la Historia. En el estrato histórico no hay hora perdida, ni hay minuto que su sensibilidad fidelísima no recoja; pero son unas horas, unos días, lugares de llanuras o accesos de cuestas; son pocos los días que constituyen divisoria, y la fecha de hoy es una alta, una suprema cima, una cresta de divisoria en la Historia de España. Por un lado, todo el eco de nuestras luchas civiles, todo el esfuerzo gigantesco y sin igual entre el tesón democrático del pueblo y la obstinación incorregible de la Dinastía; de otro, todo el horizonte que se abre con la promesa de una paz, un porvenir y una justicia que España jamás pudo prever como ahora.

Sería injusto que la República española, al nacer, se circunscribiera sus deudas, se limitara sus obligaciones de gratitud con los mártires que son sus hermanos, si creyera que cuando se escriban en esas lápidas dos nombres que están en la memoria de todos nosotros -que antes de grabarlos en el mármol los llevamos grabados grabados en el alma, con el recuerdo y la protesta contra la iniquidad superflua, innecesaria y estéril que sumará dos mártires más en la cuenta de la libertad española...

Aplausos

… la República española, pagada esta deuda de justicia, todavía habría empequeñecido lo noble y antiguo de su ascendencia. Es toda la historia constitucional de España lo que evocamos hoy. La República española no es sólo la hermana de los mártires de la tragedia pirenaica; la República española es la nieta, la biznieta de Riego, de Torrijos, de cuantos sufrieron la muerte luchando contra las perfidias fernandinas. La República española, en su deuda de gratitud, al surgir potente, segura, sin temor a desaparecer, sin miedo a eclipses, tiene que pagar y paga, por la evocación que yo hago, la deuda que conserva con todos ellos. Gratitud inmensa a aquellos constituyentes ingenuos del 12 que, en medio de toda su sencillez, sentaban el dogma de la soberanía nacional y ponían límites a la potestad de la Corona; a aquellos constitucionales del trienio que tenían que calificar de vesanía la maldad incurable del rey que se negaba a defenderse, porque defenderse era mantener la Constitución; aquellas Cortes del 55, en las cuales surgió ya la idea republicana como la única fórmula de salvación ante la reincidencia incorregible de la dinastía; a los constituyentes del 69, firmes en la defensa de la democracia, torpes en la esperanza de que aún era posible la implantación de una monarquía extranjera; a los republicanos del 73, que dejan para la segunda República dos guías que hacen imposible la perdición. Allí, en la altitud del espacio, luminarias de ideal y estelas de rectitud; y aquí, en los fragores de la tierra, los senderos del peligro amojonados con todas las amarguras de su dolorosa y abnegada exploración.

Muy bien. Aplausos.

Y si me permitís en esta evocación de gratitud,. De hombre que no reniega de su pasado, porque lo cree honrado y lícito, que lo recuerda antes de que nadie lo surgiera; deuda de gratitud de la República española incluso con aquellos hombres que, sin sentir jamás la apostasía de la forma republicana, pero subordinándolo todo al ensueño de la realidad democrática, ofrecieron a la Corona incorregible la última esperanza en aquella obligación que, por recíproca condicional y rescindible, era la fórmula en virtud de la cual los hombres que amábamos la libertad dentro de la Monarquía pudimos abandonarla en su traición, execrarla en su perjurio y hundirla en la sima a que le llevaban las faltas a que voluntariamente se entregaba...

Muestras de aprobación

… pero aquella vertiente del pasado que la divisoria de hoy nos descubre y nos recuerda es lo que fue; gratitud inmensa; esperanza máxima al otro valle, a la otra vertiente que desde la divisoria dominamos.

Para mí, señores diputados, para el gobierno en su conjunto, la revolución triunfante es la última de nuestras revoluciones políticas que cierra el círculo de las otras; y la primera, que quisiéramos que fuera la única, de las revoluciones sociales que abre paso a la justicia.

Grandes aplausos

Es decir, que invocando ante el mundo una ley de compensación histórica, habiendo sufrido más que nadie por la libertad política, habiendo luchado por ella siglo y cuarto con una tenacidad de la que no hay ejemplo en el mundo, habiendo derramado la sangre a torrentes como ningún pueblo lo hiciera, habiendo redimido el nombre de la patria y de la raza, porque después de la tenacidad en la lucha supimos dar el ejemplo de paz y de revolución pacífica más maravilloso que la Humanidad contemplara, la fórmula de compensación a que aspiramos es que, si fuimos los que pagamos más cara la transformación política, seamos los que obtengamos más fácil la transformación social.

Posible es ello porque antes la libertad era la rebelde. Le costó trabajo escalar el Poder. Ahora, la libertad es la gobernante y no tiene el derecho ni tiene el propósito de colocar una valla enfrente del dolor de los oprimidos para poner un dique a las reivindicaciones de la justicia social.

Aplausos.

Esta es la visión de la historia de una vida que no la vivimos, pero de la cual somos los herederos, y de la otra vida que no la viviremos, pero que construye la esperanza del nuevo engrandecimiento de España.

¿Y la alegría nuestra? ¡Ah, señores diputados! No la podéis comprender ni la puede imaginar nadie que no haya compartido nuestras luchas y asociado su existencia a la misma nuestra.

Los espíritus que miden con el criterio del egoísmo creerán que el salto de la zozobra a la alegría y la curva ascendente de la satisfacción se mide desde la cárcel, el destierro o el refugio, hasta el Poder. No; se mide desde el triunfo hasta el día de hoy, el más grande de nuestra vida, el más soñado por nosotros, el anhelo de toda nuestra existencia ministerial. De mí sé decir que haber llegado al 14 de julio, venir al Congreso y dirigiros este saludo, es la cumbre que jamás pude soñar, tras de la cual todas las aventuras de la tierra me parecerán el descenso desde el honor máximo que la Providencia me ha permitido gozar en esta vida.

Aplausos.

Es, señores, que para residir en la prisión o en el extranjero bastaba la fe inquebrantable que teníamos, nuestro sentido del deber y la energía y la asistencia del pueblo español. Para llegar desde aquella jornada gloriosa del 14 de abril a ésta de esplendor sin igual del 14 de julio, hacía falta un acierto que podía fallar y una suerte que pudo ser adversa. Por fortuna, se venció; ante vosotros estamos, señores diputados, con el ansia paradójica de que tras la jornada de hoy, en que desaparece la plenitud ilimitada de nuestros poderes, venga la de la Constitución en que acabe la integridad total de nuestro mando. Es, señores, que en estas horas no se puede medir con el criterio de la ambición, sino con el criterio del deber y con la noción de responsabilidad. Por eso el gobierno os pide que os acerquéis, no apresurada, pero sí rápidamente, con pausa y al propio tiempo con impulso, al momento en que hayamos de resignar los poderes. Mientras tanto, una de tantas facultades que por la amplitud de su albedrío os abrumará: la convalidación o la repulsa de los mandatos.

Fue norma de gobierno que imponía la delicadeza antes de que la trazara su estructura, abstenerse de toda presión electoral. Mas por esa misma conducta, jamás superada y yo creo que nunca igualada, tenía el sistema el inevitable contrapeso de permitir otras audacias, otras imposiciones y otras ilegalidades.

Sed, señores, severos en el examen de vuestras actas. Podéis serlo, porque la fuerza de la República es tan grande que, por inexorable que fuese vuestro rigor, de cada fallo de severidad vendría un brote de nueva pujanza republicana. Podéis serlo; pero, además, debéis serlo, porque la reputación moral de la República española es tan incólume, está tan inmaculada que sobre ella se dibuja y la afea cualquier mancha de concupiscencia o de flojera que haya en el cumplimiento del deber. Sed severos, porque vais a ser jueces, no sólo de nosotros, cuerpo de vuestra sangre y portavoz de vuestro ideario. Tenéis que ser jueces o al menos acusadores para que en España no se pierda la santa noción de la responsabilidad sin la cual las leyes son nada y el pasado una audacia que puede volver. Tenéis que ser jueces o acusadores de vuestros enemigos y para poder serlo inexorables, sed severos con vuestros propios intereses.

Tal importancia atribuyo a esto que parece cotidiano y modesto que, por primera vez y bajo este aspecto, siento el dolor de lo que ha constituido mi orgullo de no presentarme con medro electoral ante vosotros. Del propósito me apartó el desinterés; de la sugestión me hizo olvidar la delicadeza. Pero tal magnitud tiene la justicia electoral de las Cortes que yo quisiera presentarme con alguna codicia satisfecha y desmedida para ofrendarme, primero, a vuestra severidad, a fin de que la justicia electoral de las Cortes Constituyentes sea un modelo al que nada se pueda reprochar...

Muy bien

… y al término de esa revisión de mandatos encontraréis al gobierno que va a rendiros cuentas de su gestión. El detalle, entonces. La síntesis, hoy.

El gobierno se presenta ante vosotros con las manos limpias de sangre y de codicia. Porque en la revolución fuimos tan abnegados, tan generosos con nuestros enemigos, y en el poder hemos sido tan serenos en el mantenimiento del orden, que la revolución española no tiene una mancha de sangre que pueda imputarse a los hombres que la hicieron y a los hombres que la han regido. Limpia de codicia, porque en pleno goce de atribuciones de excepción, sin nadie que nos fiscalizara, al revisar una obra de arbitrariedad, de agio y de daño, y al iniciar otra de encauzamiento, ninguno de nuestros actos administrativos despertó el recelo, apareció con sombras ni motivó la duda. Pero los hombres que se presentan ante vosotros con las manos limpias no las traen vacías porque, como ofrenda de esta sesión, os aportan dos cosas: la República intacta y la soberanía plena.

¿Sabéis lo que es la República intacta? Es la República segura, indiscutible, afirmada, puesta a prueba, sin esperanza posible de restauración, sin peligros que la perturben, sin desvío en la pausa y en el rumbo, veloz, acelerado o tranquilo, que en el goce de su soberanía se asigne.

La República española no ha sido planta de estufa que no conoció la inclemencia ni vio el ataque de los enemigos. Los recibió a ratos por la derecha, preparados sórdida, callada, egoístamente, amenazando a la Hacienda española, cuyos apuros creara la Dictadura, con tenacidad de bloqueo, que a ratos era conato de asalto por un capital medroso con el que daba a una burguesía asustada el ejemplo desmoralizador del pánico. Y otras veces sintió esos ataques por la izquierda con las impaciencias de extremismos que dejaron desfilar a la arbitrariedad dictatorial como si fuera siempre en campo de llanura, sin preocuparse del flanqueo, y acecharon como desfiladeros cada garganta del dietario electoral que nuestro deber trazaba y nuestra voluntad seguía. Sin embargo, señores, la República ha vencido, no con igual fuerza, con su fuerza acrecentada; porque cada conato de ataque, en su frustración, era confesión de impotencia y reconocimiento de nuestra firmeza. Esta es la República que os traemos.

Y la soberanía plena. Dirá alguno: plena es toda soberanía de Cortes Constituyentes. En el papel, sí; en la realidad, no. En la realidad, soberanía más plena que la de este Parlamento no la conoció ninguno.

Soberanía libre de toda influencia tutelar extranjera. El Estado español renace, no como Estado satélite, sino como Estado soberano que es dueño de sus destinos; sin haber incubado el nido de la revolución fuera del territorio de la Patria; permanece fiel a todas sus amistades, leal a todos sus compromisos y tratados, consecuente en la orientación de su política exterior. Pero por actos de autodeterminación, de soberanía plena, sin que le impulse ningún compromiso de nacimiento que mediatizara la independencia del Poder con injerencias de un gobierno extraño.

Muy bien.

La República española y vuestra soberanía nacen libres de otra influencia mediatizadora, la más frecuente y más innoble: la mediatización del capital usurario que acude a lo focos de conspiración brindando un auxilio que representa la hipoteca económica del país, el compromiso de su orientación financiera. Malditos sean semejantes convenios, quizá preferibles en la forma de usura, al cabo santa en cierto modo, porque es redentora en la limitación numérica del compromiso. Mil veces más execrable cuando comprometen la integridad de una renta, el trato de una industria, el goce de un monopolio, la concesión de un favor ilimitado. Y la República española nace tan libre y dueña de sus destinos económicos que a nadie debe nada ni prometió nada, porque fueron tan honrados todos que, no necesitando comprar a nadie no necesitó venderse nadie; y la generosidad de los que colaboraban, con la modestia de los que otorgaron su concurso, hicieron el prodigio de que la República española no tenga empresario, banquero ni capitalista, sino que sea entera del país la fortuna pública.

Muy bien. Grandes aplausos.

Libre, señores, la soberanía de todo caudillaje militar, que fuera el amparo indispensable, pero también la sombra amenazadora de todos los conatos liberales de nuestra Historia. ¡Ah! El sabio extranjero que quiera definir la política española por diccionario, tendrá ya que innovar la llamada que decía: “Pronunciamiento: voz anticuada, despectiva, militar y española, sin traducción posible”; y tendrá que decir: “Pronunciamiento: voz moderna, civil, popular, de comicio legal, republicana, típica de España, sin traducción posible”.

Grandes y prolongados aplausos.

De suerte que, entendedlo bien: con el Ejército español, hijo del pueblo y alma del pueblo, la deuda histórica de gratitud, de herencia, que no renunciamos; la deuda reciente, porque hubo el martirio bastante para sellar la amistad, pero no ha sido necesario el concurso que engendrara el peligro del predominio. En el Ejército, la República tiene soldados seguros; si llega la hora, servidores leales, héroes sin disputa. ¡Ah!, pero, protectores, innecesarios. Dominadores, imposible. Rebeldes, inverosímiles.

Muy bien, muy bien. Los señores diputados, puestos en pie, aplauden durante largo rato.

Por eso precisamente, porque la supremacía no, la existencia única del Poder civil está afirmada ya, sin llegar al momento en que se afirme en la Constitución. Porque Ejército y pueblo en España no admiten el distingo. Cuando termine estas palabras, con la venia de la Mesa, con la protección de su alta autoridad, yo, en prueba de efusión, de abrazo de la representación nacional con las instituciones armadas, os invito a que desde la escalinata de este edificio presenciéis el desfile del Ejército, que viene a rendir honores a la única soberanía de la Nación.

Muy bien. Grandes aplausos.

Soberanía libre de oligarquías políticas. Porque en el juego espontáneo, tornadizo, voluble o constante de las fuerzas electorales, no existe la simetría aritmética igualitaria de un cociente gubernativo entre las facciones políticas, pero ninguna es capaz de imponer a la Cámara el predominio de sus solas decisiones sin la voluntad de las otras. Y, por último, soberanía libre del caudillaje político, a veces más peligroso por ser más invisible y más astuto que el caudillaje militar. Porque este gobierno, que ante vosotros aparece, es todo él heterogéneo, fundido por una cordialidad sin igual, por una concepción uniforme del espíritu del deber, pero incapaz de producir un caudillo. Y fue, no sé si un acierto, una bondad o una inspiración de la benevolencia de estos hombres insignes, cada uno de ellos capaz de presidirme a mí, el que (para dar idea exacta del Poder en la pirámide republicana, en que lo amplio y lo total es la base, y la jefatura del Poder, que se asienta en el cruce de las aristas, es lo más alto pero lo más invisible, casi imperceptible) tuvieran la bondad, que me abrumará eternamente, de confiar la dirección a uno de los hombres más humildes, a uno que muchas veces se dice que la naturaleza pudo con él ser más pródiga y la providencia más espléndida en otorgarle facultades; porque todas las habría entregado al servicio de su país sin que, fuera cual fuese la posición a que le exaltaran, sintiera la tentación del poder personal, por parecerle la más absurda de las demencias y la más infame de las vilezas.

Muy bien. Aplausos.

De suerte que esa es la soberanía y esa la República que os entregamos. ¿Como halago a vuestro albedrío lo he dicho? No: como recuerdo de vuestra responsabilidad. Porque el fruto de nuestro trabajo es el capital del establecimiento de la Cámara, y esas facilidades con que vais a actuar son las que miden la posibilidad del acierto. Vais a ser escultores de pueblos, ¡obra inmensa! Escultores de pueblos como Costa los definía, y la escultura del pueblo español, que esculpirle es labrarle una Constitución, tiene que buscar sus derroteros, perdido el sentido de la continuidad histórica, extinguida con esas dos figuras que el gobierno provisional no ha confundido con los últimos titulares de una realeza a extinguir. Desde esas figuras, la escultura del pueblo español se detiene, se desvía, se aparta de su cauce. A las regiones, que en la guerra de la Independencia, como ahora, afirman su voluntad de permanecer juntas porque quieren su autonomía indestructible, pero dentro de su efusión indisoluble, se las separa unas de otras con la soberbia de los Habsburgos, que aporta el nieto de Maximiliano, y luego con la centralización y la egolatría, que aporta el nieto de Luis XIV. Y, sin embargo, fue tan grande la herencia de aquel primer periodo escultural de España que todavía produce la aventura de su hegemonía transitoria en Europa y de su influjo permanente en el Nuevo Mundo.

Muy bien.

Vosotros tenéis que rehacer, con rumbos nuevos, perdida la continuidad histórica, roto el hilo de la tradición, la escultura constitucional de España. Hacedlo, señores diputados. No olvidéis que la dificultad del esfuerzo consiste en que en esas esculturas no se maneja arena maleable ni barro que se preste al capricho del escultor: se talla sobre roca que ahonda en el suelo, que se eleva a las cimas y vive el transcurso de los siglos. Podéis, sí, con el martillo de la soberanía, hundir picos, ahondar resquebrajaduras, quitar ruinas, que caiga lo caduco o lo dañoso; para esculpir, con amplitud y con precisión, los rasgos que se vean en todo el mundo de la traza que deis a la constitución política de España.

Muy bien.

Deseamos vuestra suerte más que la nuestra, vuestra gloria más que nuestra fortuna. En épocas normales, en momentos tranquilos, cuando la Humanidad siente el tirón de los bajos impulsos, las únicas emulaciones que se conciben son las emulaciones de la codicia que, en su embriaguez insaciable, siente la sed en el momento en que está harta; de la ambición que, en su fantasía quimérica, sueña grandezas que no existen por encima de las reales; de la envidia, la más baja de las pasiones, que, siendo el reconocimiento de la superioridad ajena, hace el castigo innecesario y la retorsión imposible. Pero en la hora de los grandes momentos, cuando la conducta se rige por el deber, hay una emulación más veloz, más competidora que ninguna, y es la emulación de las abnegaciones. Tenemos, sin inmodestia, la conciencia tranquila del deber cumplido y de la fortuna lograda, y queremos que obscurezcáis nuestra obra con otra que perdure por encima de ella. Y, así, van a ser mis últimas palabras, sin halago porque seréis nuestros jueces, sin tristeza porque vayáis a ser nuestros sucesores, sin altivez y sin abatimiento porque tenéis que regir nuestra conducta con vuestras inspiraciones. Sed bien llegados. Sentid el patriotismo por impulso. Tened el acierto en vuestros designios y, como máxima recompensa, sed dignos de recibir la gratitud de la Patria y de gozar la paz de la propia conciencia, néctar y sentido exquisitos del orden moral que son el paladeo anticipado del eco de la inmortalidad y del sabor de la gloria.

Grandes y prolongados aplausos.

miércoles, septiembre 05, 2018

Ciscar (y 12: game over)

Abajo y otra vez arriba

En junio de 1823, cuando Ciscar fue nombrado miembro de la Regencia por segunda vez, las tropas del duque de Angulema se encontraban ya avanzando en España como el cuchillo caliente en la mantequilla, y las Cortes tenían muy claro que el rey Fernando las estaba esperando y ambicionaba contactar con ellas. Por ello, en un último gesto para salvar su régimen, declararon al rey transitoriamente enajenado y designaron una regencia.

lunes, septiembre 03, 2018

El regente Ciscar (11: abajo y otra vez arriba)

Vamo' a hasé un sistema métrico
En París
España, contra el francés

El 4 de mayo de 1814, Fernando VII decretó el regreso de España a un régimen absolutista; regreso que comportaría el arresto de la mayoría de los prohombres liberales y, en ese mismo día, el decreto de nulidad sobre todos los nombramientos realizados por la Regencia y las Cortes sin su expresa aprobación; o sea, todos. El acto jurídico del 4 de mayo fue clandestino; el rey todavía estaba en Valencia y, consecuentemente, no las tenía aún todas consigo. La oportunidad, sin embargo, no tardaría en llegarle.

miércoles, agosto 29, 2018

Isabel (31: De nuevo al ataque)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Para Robert Deveraux, la verdad es que la expedición a Cádiz, en su conjunto, había sido, si no un fracaso, sí una mala idea. El problema es que, lógicamente, no pudo participar en ella sin ausentarse de las islas, y eso dejó un espacio importante a su gran oponente en el favor de la reina, Robert Cecil, quien se quedó en casa. Cecil, un hombre más moderno en el sentido lato de la palabra, ya no era uno de esos pares de la Corte que basaban su predicamento ante el rey en su poder o capacidad militar. Poco a poco, en los Estados europeos el señor feudal con mesnadas a disposición era sustituido por eso que hemos terminado por llamar un tecnócrata. Cecil, como su padre, era de esta clase, y en la ausencia bélica de Essex no hizo otra cosa que maniobrar en su contra a favor de sí mismo. Cuando lord Hundson se murió, Cecil cantó bingo al conseguir el nombramiento de su suegro, lord Codham, como lord Chamberlain.

martes, agosto 28, 2018

Lo de Franco

Todo este verano, conforme veía, leía o escuchaba las noticias en las que el debate sobre la tumba de Francisco Franco iba tomando momento, me decía a mí mismo que tendría cierta lógica que compartiera con mis lectores algunas notas sobre la materia. El tema, sin embargo, me daba bastante pereza; difícilmente se puede encontrar un debate más embarrado y con una mayor densidad de contertulios presentes que tienen dos o tres informaciones muy básicas para ir tirando. Finalmente, me decidí a escribir el post porque, la verdad, es un proceso que se me hace preocupante. Y supongo que seré capaz de escribir por qué.

Por delante, el concepto principal: personalmente, yo creo que el general Franco debería salir del Valle de los Caídos. No tengo muy claro adónde (ya volveré sobre eso), pero debería salir. Sin embargo, tener esta idea no me ayuda a evitar la desazón, porque mi desazón no tiene que ver con el qué, sino con el cómo.

Franco debería salir del Valle de los Caídos. Pero no así, y no sacado por quienes lo van a sacar. Aquí, para mí, está la clave del chirrido que se oye en la lontananza. Esta situación que estamos viviendo tiene, para mí, dos culpables, que se llaman José María Aznar y Mariano Rajoy Brey. Los gobernantes son gobernantes y tienen fuerza jurídica para gobernar; pero los gobernantes, además, tienen fuerza moral para gobernar; y ésta no todos los tienen, ni en la misma medida, ni sobre las mismas cosas. Pensad, por ejemplo, en la reconversión industrial de los años ochenta del siglo XX. Era necesaria, fue muy buena para recuperar la competitividad de la industria española, pero lo cierto es que envió a centenares de miles de obreros españoles al paro, y colapsó grandes pilastras de nuestro edificio industrial (y minero). Imaginemos que quien gana las elecciones en 1982 hubiera sido Manolo Fraga; ¿hubiera podido hacer aquella reconversión como la hizo Felipe González? Ni modo; y eso es porque FG, además de la capacidad jurídica de gobernar la reconversión, tenía también la capacidad moral. La capacidad de reunirse con los suyos y decirles: es lo que hay, compañero.

Con las mismas, a Franco debió sacarlo del Valle, o bien Aznar, o bien Rajoy. Vale que para cuando gobernó Aznar en España hablaban de Franco cuatro friquis, y para que Rajoy tomase una decisión así haría falta que lo dejásemos gobernar unos sesenta o setenta años ininterrumpidos. Pero a uno le debió faltar la inteligencia y a otro el coraje de, como se dice en espanglish, grabear al bul por los jorns. Y eso cabe anotarlo en su debe.

Si el proceso de salida de Franco lo hubiese abordado quien debía, también se podría haber hecho bien, mediante una negociación discreta con la familia, con la Iglesia yendo al Nespresso a por los cafés. Una negociación personal que le hubiese permitido a los Franco hacer lo que paradójicamente yo creo que hubieran preferido hacer. Hay bastantes testimonios, en la tortuosa historia de la enfermedad del dictador, de que al final de la situación la familia estaba hasta los pelos de que su padre, su marido, su abuelo, tuviera que ser un puñetero muerto de Estado. La última operación de Franco la decidió su yerno, el marqués, más que probablemente contra el deseo de la familia carnal, que quería que el general la diñase ya de una vez en paz. Hay, pues, ya de inicio, una corriente, absolutamente lógica, que reclamaba respeto para los sentimientos familiares. Una corriente que, tal vez, hubiera sido sensible a la posibilidad de un re-enterramiento discreto, sin taquígrafos; a una solución mucho más racional que convertir todo este tema en una charlotada.

Pero, claro, quien está impulsando la exhumación ni tiene esa fuerza moral, ni la quiere tener ni por supuesto, esto es lo importante, tiene interés alguno en que el proceso sea un proceso discreto. La exhumación de Franco se ha convertido en un elemento más de una estrategia cuyo objetivo es mejorar en las encuestas, y uno no mejora en las encuestas si no le cuenta a los encuestados lo que está haciendo.

Y bien: es un proceso absolutamente lícito. La política es así. Los políticos suelen decir, en su mayoría, que están en ello por voluntad de servicio al ciudadano y que la única cosa en la que piensan desde que por la mañana se arrancan los pelillos de la nariz en el espejo hasta que en la noche se ponen talco en sus conjunciones cutáneas conflictivas, es el bien común. Pero todos, absolutamente todos, mienten, siquiera parcialmente. El político no se diferencia mucho de, ejem, el propio general Franco (quien, por cierto, también decía que todo lo que le movía era el bienestar de los españoles) en que todo, absolutamente todo, lo que le importa, es obtener, conservar o recuperar el poder. Y si para eso tiene que desenterrar cadáveres o untarse de chocolate delante de un nido de avispas, lo hará. Y, como digo, no sólo es lícito, sino que quien se eche las manos a la cabeza, o es verdaderamente una persona muy naïf o estará, con perdón, mintiendo como un político.

Es, lo repito, un proceso legítimo: cada uno busca los hechos que cree que le van a bienquistar con los votantes, sobre todo con aquéllos que no lo son pero podrían serlo; esto es, de hecho, lo que más le interesa a un político inteligente de las encuestas: cuántos votantes hay que no me votan, pero podrían hacerlo con un pequeño empujón. El problema, sin embargo, es el de siempre. El asunto que el político medio nunca domina y que, de hecho, incluso suele desconocer: el principio de acción-reacción. O el efecto mariposa, si lo preferís. El hecho de dejar volar a una mariposa en Francia no es baladí; acaba provocando un terremoto en Colombia.

Esto es lo que, de hecho, me preocupa más de este proceso. En primer lugar, es un proceso que ha terminado de poner las cosas al revés. Estamos, de alguna manera, en un 56 inverso. El año 1956 es fundamental para la Historia de España por muchas cosas, pero entre ellas descolla la decisión del Partido Comunista de España de hacer público un manifiesto en el que viene a decir que abandona el objetivo de echar a Franco de España y que, a partir de entonces, entiende que en la guerra civil hubo cosas que se hicieron mal, y decide propugnar la superación de esa situación desde la reconciliación. En términos muy bastos, el manifiesto del 56 es una llamada de atención de los jóvenes a los viejos. Los hombres políticos más jóvenes, muchos de ellos ya no fogueados en la contienda, tienen una visión distinta de las cosas, y le dicen a los viejos que abandonen sus ilusiones vanas de acabar con el franquismo (porque es hecho comprobado que la inmensa mayoría de los exiliados de la guerra civil se marcharon convencidos de que Franco duraría dos o tres años lo más).

Ahora las cosas están al revés. Ahora no son los jóvenes los que le dicen a los viejos que abandonen el radicalismo; son los viejos los que se lo dicen a los jóvenes. Las personas que hicieron la Transición (porque la Transición la hicimos todos, yendo al cine a ver Siete días de enero y decidiendo no darnos de hostias con los guerrilleros de Cristo Rey que estaban esperando a la salida) hoy asisten desbordadas a la radicalización de unas personas mayoritariamente jóvenes que no es que no vivieran la guerra civil, es que ni siquiera vivieron la mentada Transición y algunos de ellos ni siquiera los fastos del 92. La juventud que en el 56 cumplió la labor de acallar la polémica, ahora la atiza. ¿Eso está bien? Habrá quien se sienta orgulloso de ese proceso; ¡la gente por fin despierta! Pero, una vez más, está el principio de acción-reacción.

No existe forma de conseguir que, cuando se pone en marcha un proceso en el que "la gente despierta", despierten sólo los que tú quieres ver levantados. La polémica sobre la exhumación de Franco ya nos dirá Tezanos cuántos votantes le ha dado al gobierno actual; pero lo que yo tengo por cierto es que está multiplicando el número de franquistas. Es un proceso muy sencillo que, paradójicamente, son quienes no lo pueden soportar quienes lo han trazado. La admiración por el general Franco es una dolencia que se cura fácilmente con datos. Pero, claro, llevamos cuarenta años propugnando en España la fabricación de sucesivas "generaciones mejor formadas de la Historia de España" que, en realidad, tienen dos o tres informaciones muy esquemáticas sobre todo, incluido el franquismo. La guerra civil española y su posguerra, además, tienen la característica, lo he dicho muchas veces, de que se ha escrito tanto sobre ellas que cualquiera que quiera sostener una idea puede encontrar bibliografía que la soporte. En suma: entre no lectores y lectores epidérmicos, el público susceptible de fabricar una conclusión apuntalándola con sus prejuicios es legión. Y cuando uno concluye cosas basándose en sus prejuicios (por ejemplo, el clásico de opinar justo lo contrario de lo que opina tu padre), la pelota puede caer en cualquier lado del tejado.

Hoy en día, además, es más fácil hacerse franquista, porque el poder constituido no quiere que lo hagas. Este es un argumento de gran fuerza si eres mínimamente influenciable y todo lo que tienes en el córtex es una difusa voluntad de rebeldía, de ir a la contra.

Imaginemos este escenario: ¿qué pasaría si algún terrateniente sin complejos le ofrece a la familia Franco el cementerio particular de su finca para enterrar al dictador y, a partir de ese momento, los partidarios y neopartidarios comenzaren a peregrinar allí para saludar la lápida brazo en alto? Lo que pasaría, supongo, es que el gobierno trataría de prohibir dicha práctica, supongo que argumentando que es contraria a la Ley de Memoria Histórica. Y los removedores de avisperos, encantados con la prohibición. Ninguna iglesia capta más adeptos que aquélla que está siendo perseguida por el emperador.

A mí no me gusta nada lo que estoy viendo porque aprecio que mi entorno (me refiero al entorno débil, no a mis íntimos, obviamente) ha cambiado de una forma radical y desde luego no positiva. En un pasado reciente, yo era el friqui que, en la tertulia improvisada con unas birras y unas patatas, pronunciaba nombres como Francisco Franco o Indalecio Prieto. La gente me miraba con cara conmiserativa, y no pocos, sobre todo los que me tenían confianza, se reían. Yo siempre he sido muy aficionado a buscar paralelismos en la Historia (por ejemplo, entre el actual procés y el generado en la República con cierta sentencia del Tribunal de Garantías sobre una ley catalana); pero cuando los trazo de viva voz, la gente me mira con ese fruncido de ceño del que piensa: pero, ¿qué dice éste?

Hoy en día, Franco es tema de conversación por parte de personas que, hasta hace unos meses, no parecían conocer a fondo nada más que la táctica preferida de su equipo de toda la vida. Esto, en sí, no es malo; pero cuando los argumentos, por llamarlos de alguna manera, se despliegan, es cuando te das cuenta de la vertiente tóxica del asunto. Lo realmente importante, por preocupante, del debate actual en torno al cadáver de Franco es que rompe la idea fundamental de la posguerra civil, que alimentó la Transición, de aceptar como axioma previo a toda la geometría histórica el hecho de que la guerra civil fue un proceso del que todos fueron culpables. Esta fue la clave de bóveda del manifiesto del Partido Comunista del 56; fue el catalizador sine qui non del llamado por el franquismo contubernio de Munich; y es, además, la verdad. Una verdad incómoda para quienes necesitan que su relato personal, o su estudio universitario directa o indirectamente subvencionado, cuente otra historia: la historia de un grupo muy reducido de plutócratas, obispos y cabrones que, contra la voluntad de una España que apoyaba en apretada falange (ejem) al Frente Popular, decidió, aun sabiendo que con ello destruía el futuro del país, dar un golpe de Estado. Lo que ya he denominado otras veces como la historiografía Ricitos de Oro versus Fascistéitor.

En los viñedos de la historiografía española, una historiografía que demuestra a las claras que si malo es que la Historia la escriban los ganadores no mucho mejor es que la escriban los perdedores, hay un problema. Un problema que se resume con una sola pregunta: si el golpe de Estado del 18 de julio del 36 fue un fracaso, en algunos casos incluso una chapuza, ¿cómo es posible que triunfase? Pregunta que tiene otra íntimamente ligada, que es: ¿cómo es posible que Franco durase cuarenta años? Muchas de las cosas que se están haciendo en el año 2018 tienen como objetivo orillar esta pregunta; una pregunta que, por cierto, muchos de los viejos socialistas, republicanos, anarquistas y comunistas de la guerra no regatearon, y para la que tenían respuesta. Para poder gestionar adecuadamente este problema, es necesario destacar que el franquismo es un genocidio (la idea es: los españoles no aceptaron a Franco; lo sufrieron como los judíos sufrieron el nacionalsocialismo); un concepto que, si bien tiene elementos de soporte, no está del todo claro (cuando menos, para mí). Esta es la idea que hace pandán con la exhumación; no, de nuevo, con la exhumación en sí, sino cómo se ha planteado.

Yo ya sé que considerar la Transición, y sus supuestos filosóficos básicos, como una ideología ajada e incluso tóxica para España, está muy de moda. Pero el problema, tal y como yo lo veo, es que en el momento en que se rompe su lógica interna; en el momento, muy particularmente, en el que se rompe el concepto de que el juicio de la Historia sobre la guerra civil no deja ni un solo imputado libre, se abre un tubo que tiene dos extremos, y no es posible abrir uno y cerrar el otro.

En suma: la principal ventaja que aporta, al mundo de cuatro décadas después, la Transición española, es que cauteriza la herida por la que podría supurar el fascismo. El fascismo de verdad, no el que se maneja en discusiones en Twitter o en tantas y tantas valoraciones que han provocado que el término se desvalorice. El fascismo que hoy es muy presente en Europa, incluyendo al país que supusimos eternamente vacunado contra él. Pero, por el carrilito que vamos, lo mismo el tiempo verbal habrá de cambiar del presente de indicativo al pretérito imperfecto.

Y, si tengo razón, nos vamos a hacer, literalmente, un pan con unas tortas. Y no precisamente de harina.

lunes, agosto 27, 2018

El regente Ciscar (10: la involución)

Comenzando en año 1814, en todo caso, las cosas tienen otra pinta. En ese momento, quien teórica o formalmente se está imponiendo es la Regencia, que ha dejado ya meridianamente claro que no respetará los actos del rey mientras éste no respete recíprocamente la labor legal y constitucional que se ha realizado en España durante su ausencia. Pero las primeras semanas del año también fueron el teatro del despliegue de la estrategia diseñada en Valençay, donde rápidamente el objetivo de firmar el tratado con Napoleón se olvidó y se pasó, directamente, a diseñar una conspiración, o más bien deberíamos decir una serie de conspiraciones encadenadas.

martes, agosto 21, 2018

A ver, Francisco...

A ver, Francisco...

Está bien que le escribas una carta a toda tu grey y que en esa carta digas que estás contrito en modo Dios (nunca mejor dicho) por las apretadas falanges de porculeros que has criado en tu seno y lo poco que has hecho para controlarlos e impedir sus desmanes. Pero eso, tú lo sabes, no es nada. Hay tres cosas que podrías hacer y que me da a mí que no vas a hacer.

miércoles, julio 25, 2018

Isabel (30: Essex pasa al ataque)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto


El principal objetivo de Devereaux en Londres era trabajar en contra del resto del Consejo de Guerra o estado mayor de la expedición, y muy especialmente Ralegh. Como ya hemos contado, fue el experimentado marino el que le puso la proa (nunca mejor dicho) al proyecto de Essex de pasar por Azores para interceptar un convoy mercante español. Y lo cierto es que el conde tenía razón: los barcos pasaron por las Azores, llevaban una carga muy parecida a la que habían vaticinado los espías. Y lo hicieron dos días antes de que pasaran los ingleses a causa de las dudas y retrasos provocadas por las tribulaciones de Ralegh. Así pues, en este tema, Essex remaba a favor de corriente, porque la reina tenía un cabreo del cuarenta y dos, como siempre que un inglés pierde la oportunidad de quedarse elegantemente con algo que no es suyo.

lunes, julio 23, 2018

El regente Ciscar (9: el primer enfrentamiento)

Como es bien sabido, el periodo de negociaciones entre Napoleón, a través de La Forest, y Fernando VII, fue en buena parte un duelo de trileros. El emperador francés tenía prisa por cerrar el problema español, puesto que los tenía mucho más acuciantes. Fernando, sin embargo, a pesar de que tenía una información muy fragmentada, y normalmente de parte, sobre la evolución de los hechos en España, era consciente de que debía gestionar cambios importantes en el entorno desde el momento en que la familia real se había marchado del país. Consecuente con lo que sabía que había pasado, contestó a Napoleón que él no podía por sí solo pactar con él, puesto que tenía que contar con la Regencia para cualquier decisión.

jueves, julio 19, 2018

El regente Ciscar (8: maniobras orquestales en la oscuridad de Valençay)

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Como es bien sabido, a finales de 1813, que es más o menos el momento en el que se comienza a vislumbrar con claridad la posibilidad de ganarle la guerra al francés, todo ha cambiado en España. La labor de la Regencia y de las Cortes de Cádiz ha supuesto la puesta en marcha de una serie de medidas liberales que han cambiado completamente la faz del país. Muy notablemente, se ha puesto en marcha una administración del Estado basada en órganos constitucionales que en nada se parece a la forma que tenía España de organizarse con el Antiguo Régimen. A ello hay que añadir que en la zona ocupada el propio José Bonaparte también había aplicado políticas muy parecidas, por lo que se puede decir que toda España había tenido la ocasión de acostumbrarse a la nuevas formas. Como medida de gran importancia, yo citaría la tomada en materia de comercio y actividades económicas. El planteamiento liberal había servido para introducir la libertad de acción, apartando progresivamente los esquemas gremiales rígidos del pasado; ya, muy posteriormente, los gremialistas inventarían la socialdemocracia y su consabida combinación de subvención/impuesto, para volver a matizar eso; pero para eso quedaba todavía mucho tiempo.

lunes, julio 16, 2018

El regente Ciscar (7: y regente de nuevo)

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La discusión en torno a las pretensiones inglesas no sirvió sino para ahondar las diferencias entre la Regencia y las Cortes, lo cual quiere decir que la convicción dentro de éstas sobre la necesidad de neutralizar aquélla se hicieron cada vez más fuertes. El ambiente de la opinión pública gaditana operaba claramente como caja de resonancia para este fenómeno, con una actitud anti-Regencia cada vez más acusada. En julio de 1811, esta situación se acrisoló mediante una serie de rumores muy fuertes en el sentido de que la Regencia proyectaba disolver las Cortes, rumores de los que se hicieron eco varios diputados en sede parlamentaria. El 17 de aquel mes, el gesto de Císcar de presentar su carta de dimisión hizo pensar en una rebelión en toda la regla.

lunes, julio 09, 2018

El regente Ciscar (6: regente, y puteado)

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Gabriel Ciscar fue, efectivamente, nombrado como miembro de la Regencia de España el 28 de octubre de 1810. Esta vez no fue nombrado como cuando le designaron ministro de Marina, es decir con un cargo más cara a la galería que otra cosa; de él se esperaba, esta vez, que ejerciese sus funciones, porque la Regencia era el gobierno supremo de España en ausencia de la real familia. Así pues dos semanas después, el 11 de noviembre, Ciscar resigna el mando, o más bien deberíamos decir sus mandos, en Cartagena, y lo hace, además, en manos de un marinero de sonoros nombre y apellido: Marcelo Spínola. Se establece en las afueras de la ciudad como necesaria cuarentena a causa de la epidemia de fiebre amarilla que hay en la ciudad y, por fin, el 20 de diciembre se sube a una corbeta, de nombre La Paloma, para poner proa a Cádiz. Llegó el último día del año y juró su cargo el 4 de enero.

miércoles, julio 04, 2018

El regente Ciscar (5: la Junta Militar)

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Dado que en este blog ya hemos dado cabida a las tribulaciones del militar escocés sir John Moore en su desgraciado paso por España, hay algunas cosas que ahora deberíamos decir pero ya la hemos dicho. De frente y por derecho: el movimiento insurreccional español, desde el punto de vista militar, era una mierda. El alto mando estaba formado por personas que en algunos casos tenían una dudosa fidelidad a la causa, en otros casos estaban seriamente enfrentados entre ellos y, en todo caso, hasta el propio concepto de “alto mando” era algo un tanto inventado.

lunes, julio 02, 2018

El caso Grimaldos (o crimen de Cuenca)

Estamos en la tarde calurosa del 21 de agosto de 1910. En las trochas de Veguilla, en el municipio conquense de Osa de la Vega. Un hombre está pastoreando las ovejas de una finca. Se llama José María Grimaldos. En medio de su labor, de natural esforzada y silenciosa, ve aparecer detrás de una trocha a León Sánchez. Sánchez es el mayoral de la finca de Veguilla y amigo personal de Grimaldos. Dado que el pastor suele estar siempre más o menos en los mismos lugares, Sánchez está acostumbrado a buscarlo cuando quiere compañía, compartir con él algo de picadura y de conversación.

miércoles, junio 27, 2018

El regente Ciscar (4: España, contra el francés)

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En 1808, cuando toda España se sacudió como por una corriente eléctrica cuando fue sabiendo de las abdicaciones de Bayona, Gabriel Ciscar podía decir que era un prohombre consolidado del régimen. Era comandante general de la artillería de Marina, lo cual quiere decir que tenía mando sobre todas las instalaciones y hombres dedicados a dicha actividad en toda España; y, además estaba al mando de la compañía de guardias marinas de la ciudad murciana. Condecorado con la cruz pensionada de la orden de Carlos III, no se podía decir, desde luego, que fuese un mindundi cualquiera; en Cartagena poca gente se podía considerar más principal que él.

lunes, junio 25, 2018

El regente Ciscar (3: en París)


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Ufano se encontraba Gabriel con su nuevo nombramiento, pero pronto hubo de probar en sus carnes ese mal tan español que nos dice que una cosa es que te nombren algo, y otra diferente que ejerzas ese nombramiento. La encomienda concreta, en efecto, se hacía de rogar. La alta política se metió por medio. Como es bien sabido, por aquel entonces un grupo de ilustrados del que formaban parte Cabarrús y Jovellanos consiguieron descabalgar a Godoy de la secretaría de Estado. En el fondo de aquel movimiento se encontraba la indecisión en los escalones elevados del poder sobre si consolidar una alianza con Francia o, todo lo contrario, alejarse de la gran potencia continental del momento. El tema llegó a estar tan enfrentado que el propio Ciscar, en sus cartas, llega a dudar que que nunca pueda realizar la comisión parisina.

miércoles, junio 20, 2018

Isabel (28: Que vienen los españoles, otra vez)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
El libelo de Parsons tuvo el efecto de un mazazo en el Londres isabelino. Suponía poner negro sobre blanco una cuestión que la reina de Inglaterra siempre había querido considerar únicamente suya y por lo tanto ajena al escrutinio de la opinión pública. De hecho, en el estricto entorno donde tenía total poder, que era su propio palacio, Isabel decretó en su día un cierre a cal y canto, tras el cual fuerzas especiales de policía buscaron en cada rincón todas y cada una de las copias del folleto que había dentro.

lunes, junio 18, 2018

Isabel (27: Felipe II, rey de Inglaterra)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
La reina Ana, a pesar de que no existe duda de que pensó, como pensó todo el mundo, que los regalos que llegaron de Londres para su vástago eran una mierda, le escribió la típica carta diplomática a Isabel en la que se deshacía en halagos hacia aquel gesto de indiferencia, pero se tomaba cumplida venganza recordándole que ese hijo del que ahora pasaba la vieja portaba el destino de sucederla. Para dejar las cosas claras, los reyes escoceses ya se ocuparon de que el obispo de Aberdeen, que ofició el bautismo del queco, se embarcase en una larga retahíla de disquisiciones históricas sobre los muchos vínculos que unían a Jacobo con los reyes de Inglaterra. Un poema de celebración publicado en Edimburgo, sin duda con la aprobación expresa de Jacobo, lo apelaba de King of all Britain in possession.