lunes, octubre 14, 2019

Partos (6: y los escitas dijeron: you will not give, I'll take)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano
Fraates y su hermano
Mitrídates
El ocaso de la Siria seléucida

En medio de la presión por la invasión seléucida de sus territorios, y en momentos en los que Fraates se encontró con la imposibilidad de allegar tropas suficientes entre los mismos partos, el rey arsácida llamó en su ayuda a algunos mercenarios cercanos. Entre los pueblos guerreros que tenía cerca, ninguno era tan guerrero ni tan cohesionado como los escitas. Como ocurre siempre cuando hay un político de por medio, los síntomas son de que Fraates les debió prometer a los escitas el oro y el moro (que no tenía) a cambio de su ayuda.

Los escitas, según todos los indicios, llegaron tarde a la batalla que, de todas maneras, Fraates acabó ganando. Pero no por ello dejaron de reclamar la subida de las pensiones que se les había prometido. Conscientes de que quedaba un poco feo pedir retribución por un servicio que en realidad no se había prestado (hay que recordar, en este punto, que los escitas no habían inventado todavía los servicios telefónicos, ni las redes de distribución eléctrica), los escitas trataron de presionar a Fraates para que iniciase alguna guerra, one splendid little war diría un ministro de asuntos exteriores unos dos mil años después, en la que poder gastar algunas flechas para poder así reclamar su movida. Fraates, sin embargo, rechazó esta opción.

Entonces los escitas, recién salidos del cine de ver The Godfather III, película de la que lo que más les gustó fue la escena en la que Joey Zasa dice eso de you will not give, I'll take, decidieron emular al mafioso neoyorkino. Y bien, si el rey de reyes no les pagaba, ellos cobrarían; y se dedicaron a rapiñar las villas de Partia.

A Fraates el tema lo pilló en Babilonia, donde había decidido situar su cuartel general; visto lo visto, dejó allí a un propio, y decidió ir personalmente a encenderle el pelo a los escitas. Concretamente, dejó a un general llamado Himero a cargo de Babilonia, reunió unas tropas de partos y algunos griegos que habían luchado con Antíoco, y entró en su propia nación.

Error. Un error mayúsculo, que sólo cabe adjudicar a la desesperación de Fraates al ser consciente de que sólo con las tropas partas no podía ni soñar con derrotar a los escitas. Es de suponer, o eso es lo que han conjeturado muchos historiadores, que Fraates consideró que, estando el teatro de la guerra muy lejos de Siria, los griegos decidirían luchar por su libertad, conscientes de que si se amotinaban no tenían prácticamente adónde ir. Si fue así, no valoró que las tropas griegas tenían otra opción, que fue la que tomaron: presentarse en la batalla, esperar a que la situación de su bando fuese bastante comprometida y, en ese momento, pasarse al otro, esto es: hacer pandi con los escitas. Ambas tropas, griega y escita, dieron buena cuenta de los partos, que fueron masacrados en la batalla, con inclusión de Fraates, que no salió de allí respirando. Los historiadores antiguos no nos dan noticia de esas compañías griegas después de la batalla, pero lo más lógico es que regresasen a Siria; no estaba en la naturaleza de los escitas masacrar a unos tipos que les habían otorgado una victoria y, además, ni les habían hecho nada ni pretendían hacérselo.

Muerto Fraates, los órganos constitucionales de los partos, a los que ya nos hemos referido, se reunieron y, constatando que el rey fallecido no dejaba heredero viable, nombraron monarca a su tío Artabano, hijo de Priapatio.

La decisión de los megistanes aparece plena de lógica. Artabano, ahora Artabano II, tenía que ser, a su edad, alguien bastante versado en la guerra; justo lo que necesitaba una nación como Partia, después de haber sido derrotada por los escitas. El país seguía bajo la amenaza de este ejército que seguía realizando un pillaje sistemático de todo lo que encontraba a su paso, mientras que las naciones invadidas por los partos en los años anteriores, oliendo la sangre, alimentaban crecientes proyectos de secesión. A todo ello no ayudaba para nada la personalidad de Himero, el general que hemos visto quedarse en Babilonia con ínfulas de virreinato, puesto que se desempeñó como un tirano sin escrúpulos y, de hecho, al parecer cuando Artabano llegó al trono ya se encontraba en guerra contra Mesenia, por lo que difícilmente podía ayudar al rey de reyes a la hora de allegar tropas que pudiesen aspirar a sustituir a las que habían muerto bajo las espadas escitas y griegas combinadas.

Las cosas, sin embargo, se puede decir que se solucionaron solas. En primer lugar, como ya he comentado lo que los griegos querían, según todos los indicios, no era quedarse en Partia dando por saco, sino volver a casa de una vez por todas. Por lo que se refiere a los escitas, si bien eran guerreros temibles, no tenían apenas pulsiones imperialistas y, por lo tanto, no mostraron aparentemente interés alguno por invadir Partia o quedarse allí permanentemente; una vez que robaron lo que podían robar, se marcharon.

Las cosas dentro de Partia, pues, se arreglaron. Y esto le dio a Artabano la posibilidad de centrarse un poquito más en los asuntos que se desarrollaban al norte de su imperio. Allí, en la Asia septentrional, siempre han, y habían, vivido pueblos más o menos dispersos. A finales del tercer siglo antes de Cristo, parece ser que se empezaron a producir concentraciones de población justo al norte del río hoy conocido como Sir Daria, y que las fuentes latinas conocen como Jaxartes, que fluye al noreste del actual Uzbekistán. En ese tiempo, el Sir Daria parece haber hecho para los pueblos al sur del mismo la misma función que haría el Danubio para el Imperio Romano de occidente algunos siglos después; esos pueblos de alguna manera amogollonados cerca del río comenzaron a cruzarlo y a realizar razzias. Inicialmente, los partos, muy al sur, no se mostraron muy preocupados por el problema, porque todos aquellos mataos tenían que cruzar un desierto, el Kharesm, para llegarse a Hircania y la propia Partia.

Los partos, sin embargo, no contaban con los viajes del IMSERSO, que llegan a todas partes por muy poco dinero. Llegó un día en que esos pueblos dispersos se bajaron del ALSA, y comenzaron a rapiñar los verdes valles hircanos y los campos de Partia.

Da la impresión, aunque todo esto es fruto de la imaginación además de los datos, que los reyes partos acabaron dándose cuenta de que no podían luchar contra aquellas hordas, así pues acabaron por preguntarles cuánto pedirían por dejarlos en paz y acabaron pagando este semi tributo, semi soborno. Como casi siempre ocurre con este tipo de soluciones (de esto saben mucho los judíos de ciudades españolas, que pagaron fuertes sumas a cambio de que les dejasen en paz), la cosa sólo sirvió para que los invasores se extendiesen cada vez más.

Artabano, como hemos dicho, se encontró con este pastel en su reino y, cuando vio que se solucionaba el tema griego y propiamente escita (y digo propiamente escita porque a estas tribus invasoras también las suelen llamar escitas las fuentes existentes), decidió hacer algo con los mondongos éstos que estaban todo el día en su nación, ahora haciendo uso de los pastos merced a un acuerdo allegado con ellos. Así pues, Artabano formó una armada con la que invadió el país de los Tochani, que parecen ser unos de los miembros de este grupo de tribus invasoras, y que ahora estaban emplazados en tierras que habían formado parte de la nación bactriana.

Desafortunadamente para Artabano, en una de esas batallas recibió una herida en un brazo, herida que se complicó malamente de forma muy rápida y que lo llevó a la muerte de una forma casi supersónica. Partia, pues, se enfrentaba a una situación nueva para el reino: dos reyes muertos en muy poco tiempo, ambos en batallas, y ambos frente a tribus del entorno que habían decidido invadir el reino.

En el año 124 antes de Cristo, esto es cuando falleció Artabano, los nobles partos se apresuraron a nombrar a su hijo, Mitrídates II, como nuevo rey. No estaban las cosas para muchas discusiones entre carlistas e isabelinos; hacía falta mantener el momio como fuese. Y parece que eligieron bien: los historiadores apelan a este Mitrídates II con el sobrenombre reservado para los mejores: El Grande o El Magno.

Nuestra idea de cómo se lo montó Mitrídates es muy pequeña, como suele pasar con episodios de la Antigüedad que, por esa lotería que es la conservación de testimonios de la época, no nos ha llegado bien documentada que digamos. Pero lo que sí que es obvio es que, allí donde su padre y su tío la habían cagado, él se quedó a gusto. Los partos superaron su desmoralización y comenzaron a ganarle una batalla tras otra a los escitas e, incluso, se quedaron varias zonas de la Bactriana que habían ocupado. Aunque no podamos decir mucho más sobre esta materia, todo parece indicar que lo primero que hizo Mitrídates, y lo hizo bien, fue pacificar las cosas en casa y hacer que los partos volviesen a concebir que su país era un lugar seguro.

Pero en la Antigüedad, esto debe de quedar claro, la paz no era un bien en sí mismo. La paz sólo era una manera de poder empezar otra guerra. Mitrídates, como todo rey medianamente importante del mundo en aquellos tiempos, sólo estaba resolviendo el problema escita para poder ocuparse de otro problema; y éste era el problema armenio.

En el momento en que Mitrídates reinaba en Partia, su colega en Armenia era Ortoadisto, un tipo al que le pusieron nombre sus padres después de ver rebotar una pelota de ping-pong. Ortoadisto es una especie de Joseph Jackson de la Historia Antigua. Si no te suena el nombre de Joseph Jackson, probablemente deba decirte que fue el padre de los Jackson Five y, consiguientemente, de Michael Jackson. Ése fue su destino: ser conocido como el padre de. Ortoadisto, por lo tanto, fue el rey que antecedió, y tal vez el padre, de un gran rey armenio del que ya hablaremos: Tigranes.

El rey armenio tenía mando en plaza sobre lo que los romanos llamaban Armenia Magna, un territorio que se extendía desde el Éufrates en el oeste hasta la boca del Araxes (pero, ojo, no el que nace en Navarra, que eso sería mucho imperio; me refiero al río normalmente conocido como Aras); y desde el valle del Kur (más conocido como Kurá) en el norte hasta el monte Nifates, cerca del Tigris, en el sur.

Como sabéis aquéllos que hayáis recibido una sólida educación religiosa a la europea, Armenia, como nación, es citada por primera vez en las fuentes humanas en la Biblia, concretamente en el Génesis, puesto que este libro nos informa que es allí donde reposan los restos del Arca de Noé; anda que no ha habido tontopollas que han ido allí a buscarlos. Algunas tradiciones dicen que los faraones de las dinastías más poderosas del Egipto antiguo tuvieron relación con ellos, y también hay bastantes indicios de que los asirios tenían algún tipo de contacto con este pueblo, contacto que parece ser fue bastante problemáticos; lo cual no debe de ser raro, teniendo en cuenta la afición asiria por las hostias.

Unos 700 años antes de Cristo, Armenia estaba habitada por tres tribus; los nairi, los urarda y luego los más bajitos, los minni. De los tres, los urarda parecen ser los más numerosos y poderosos, y tenían establecida su capital en la ciudad de Van. Éstos fueron los que guerrearon contra los asirios durante siglos incluso, hasta que en el año 640 el famoso Asurbanipal parece haber sometido a la nación, entonces bajo el reinado de Bilat-duri.

Aunque no tenemos mucha información, parece que durante la época de la dominación persa, algo pasó en Armenia que revolucionó las conciencias. Las tres tribus que he citado no eran arias, sino turanias. Esto quiere decir que, racialmente, eran parientes de los primeros babilonios y de los susaniánidas, pero no de los persas, los medos, los frigios (ni, por supuesto, los alemanes), todos ellos arios. A pesar de todo esto, en los tiempos en los que Heródoto escribió sus líneas, Armenia parece haber sido ya casi plenamente arianizada. Bajo la dominación persa aparentemente las denominaciones nairi, urarda y minni habían desaparecido a favor del denominador armenio que, por ello, en su origen, parece ser una denominación genérica para un conjunto de pueblos distintos, como ocurrirá, siglos después, con los godos. Para entonces, los nombres y topónimos del país ya eran básicamente arios. Todo esto sugiere la inmigración hacia el país de hordas nuevas de habitantes, con origen, lengua, costumbres arias y también, al parecer, un sistema religioso también distinto.

Estos nuevos armenios, por así llamarlos, puesto que tenían muchos más puntos de conexión con los principales pueblos del área (quién sabe si, en su origen, no serían miembros de dichos pueblos), resultaron por ello tener unas ínfulas independentistas de menor calibre que en los tiempos en los que eran turanios conscientes de tener muy poco que ver con las gentes de las estepas. En los tiempos de la dominación de los medos, por ejemplo, parece que se convirtieron en súbditos de ellos sin grandes resistencias.

Seguiré amenizándoos, bueno, armenizándoos, sobre este tema en la próxima toma.

1 comentario:

  1. Muy interesante, sobre todo para los que apenas recordamos nuestras lecciones de Religión

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