miércoles, febrero 24, 2010

Vita Pauli (2)

Tarso era la principal ciudad de una región de doloroso nombre, Cilicia, y allí había nacido Saulo, se dice que algunos, pocos, años después del teórico nacimiento de Jesucristo. Dominada por varios pueblos, formó parte de la monarquía seléucida, aunque en el 170 antes de Cristo el rey Antíoco Epífanes le dio status de ciudad libre, que conservó hasta que, el año 64, fue absorbida por el imperio romano. Se puede decir que Tarso era una especie de Salamanca del área; una ciudad universitaria (aunque las universidades propiamente no existían aún) con un fuerte nivel formativo. De sus ágoras salieron filósofos de cierto renombre, como Atenodoro el Estoico o Néstor el Académico. El primero de ellos es el más sobresaliente, aunque sólo sea porque tuvo entre sus alumnos al mismísmo Octavio.

La élite de Tarso estaba formada por hombres que tenían el privilegio de la ciudadanía romana. Pablo era un miembro de dicha élite. No sabemos a ciencia cierta por qué, aunque algunos estudiosos han recordado que los suyos eran una familia de skenopoioi, o fabricantes de tiendas (de campaña); lo cual, probablemente, pudo en su momento ser útil para generales que pasaron por Cilicia, como Marco Antonio o Pompeyo, el Warren Beatty y el Brad Pitt romanos respectivamente; y cabe recordar que la capacidad de otorgar a particulares la ciudadanía romana solía ser una prerrogativa incluida en el imperium de los jefes militares en campaña. Como judío, portaba el nombre arameo de Saulo, el primer rey de Israel, de la tribu de Benjamín; a la cual, según las Escrituras, pertenecía el fundador de la Iglesia católica.

Pablo fue siempre, y siempre se sintió, judío. «Hebreo hijo de hebreos» es la expresión que usa para definirse a sí mismo al escribirle a los filisteos. Más en concreto, en Hechos 23:6, le grita al Sanhedrín que él es «fariseo hijo de fariseos»; lo cual, de ser cierto, le colocaría ligeramente en disposición de creer la palabra cristiana, teniendo en cuenta la creencia farisea en la resurrección. Su educación, por lo que se sabe, fue hebrea y bastante coherente con la cosmovisión farisaica, pues el joven Saulo fue enviado a estudiar con Gamaliel, el rabino heredero de la escuela de Hillel. Él mismo reconoce en Hechos (22:3) que fue educado por Gamaliel «en la estricta observancia de la ley de nuestros padres». Al parecer (lo siento, pero en estos momentos no tengo una edición a mano), el Talmud se refiere a un alumno de Gamaliel que se habría mostrado imprudente en materias de aprendizaje. En esta cita, algunos estudiosos han querido ver una referencia al joven Saulo y a ciertas dudas o rebeldías que le habrían surgido. En los Hechos (3:34 y ss) aparece Gamaliel tratando de mover al Sanhedrín hacia la comprensión respecto de los cristianos; pero la referencia del Talmud vendría a explicar que su discípulo se mostrase tan cabestro con ocasión del juicio y lapidación de Esteban, por lo que, dentro de los terrenos arenosos de la especulación, cabe imaginarse a un joven Pablo de Tarso dejándose llevar por los naturales radicalismos, en este caso judíos, propios de la adolescencia; pero, al tiempo, y llevado por su sed intelectual, prestando oídos a ciertas teorías que se acabarían imponiendo dentro de su cabolo.

Como es bien sabido por todos aquéllos que son católicos o han recibido una sólida educación católica (o incluso una educación a secas que tal nombre merezca), en algún momento de la vida de este Saulo que azuzó al personal para apiolarse al buen Esteban y luego lideró la represión de los cristianos de Judea, estando en las afueras de Damasco fue «aprehendido por el Cristo Jesús», por usar la expresión que él mismo usa en su e-mail a los filisteos. Saulo estaba en Damasco junto con una partida de represores, con la orden de detener a todo aquél que perteneciese a El Camino y llevarlo a Jerusalén cargado de cadenas. Estando allí, una gran luz lo rodeó y le provocó un desmayo, dentro del cual oyó la voz de Dios que le amonestaba: «Saul, Saul, ¿ma'at radepinni?» Que creo que quiere decir algo así como por qué narices me puteas, tío. Acto seguido, Dios le dio instrucciones de seguir hasta Damasco y esperar órdenes, cosa que hizo el converso, entre otras cosas porque el flash había sido tan fuerte que tardó tres días en recuperar la vista; y no lo hizo hasta que un devoto del Camino, Ananías, no le visitó, lo saludó como un hermano y le tomó las manos. Es Ananías quien le explica a Saulo que la misión que Dios le ha reservado es ser el mensajero de Jesucristo en el mundo.

Creer esta versión de los hechos es, como tantas otras cosas, cuestión de Fe y, por lo tanto, entrar a valorarla sería insultante. Cabe la posibilidad, en todo caso, de que lo que se produjese en Pablo fuese una evolución de pensamiento que él revistió luego de conversión fantástica o mágica, dentro de una estrategia para impetrar su misión de divinidad. Como ya hemos insinuado con anterioridad, dentro de las muchas y variadas formas de pensamiento judío de la época, y que sólo de una forma excesivamente simplista podemos dividir en: saduceos, fariseos, esenios, zelotes, ruegos, preguntas, despedida y cierre, existían no pocas escuelas que consideraban que la llegada del Mesías, algo que era esperado y que es repetidamente telegrafiado en el Antiguo Testamento, supondría el final de la Era de la Ley (Mosaica). No es intención de este amanuense dar el coñazo más de lo estrictamente necesario; pero si queréis que algún día hablemos de las diferentes formas de ser judío en los tiempos de Jesús, no tenéis más que pedirlo; lo que pasa, ya digo, es que es un asunto un tanto cansino (o, al menos, a mí se me lo hace).

En la madurez de su apostolado, Pablo escribirá (Romanos, 10:4): «Cuando vengo a Cristo por salvación, esto pone fin a mi búsqueda de encontrar y obtener justicia por medio de la observancia de la ley». Esta simple frase es la expresión de un cambio radical, sin el cual el cristianismo no habría pasado, a mi modo de ver, de ser una secta judía, y no precisamente de pata negra. En esta convicción paulina, o saulesca, está la clave de por qué los que no somos judíos, y probablemente nunca seríamos aceptados por los judíos como tales aunque quisiéramos serlo, podemos hacer nuestra una creencia que, en realidad, parte del mismo corpus moral y filosófico que la religión hebrea: la creencia en que la ley, las costumbres, todas las reglas en las que se han creído hasta el momento, son sustituibles por una nueva lista de obligaciones y derechos. La creencia judía sostiene la existencia de un pacto de hierro, tan sólido como eterno, entre Dios y su pueblo. Pablo, como Mahoma siglos después, supo ver que el siglo estaba agraz para proponer la firma de un nuevo contrato. Y nada de esto es fruto de la casualidad, sino del importante cultivo filosófico del apóstol, y su inteligencia estratégica.

De Damasco, Pablo fue a Arabia. Muchos creyentes han dicho que este movimiento fue para hacer como Moisés, es decir retirarse a pensar, chatear con las zarzas ardientes, y tal. Pero es probable que no sea así, porque se nos cuenta que, a su vuelta a Damasco, fue perseguido por el etnarca nabateo Aretas, persecución por cuya causa tuvo que ser sacado por el hueco de una muralla escondido en una cesta (o sea, más o menos como Vito Andolini de Corleone, vaya). No sabemos a ciencia cierta, en todo caso, qué tipo de milonga se montó Saulo durante su visita a los futuros pozos de petróleo.

Mi teoría personal es que Pablo, ya convertido a la teoría de superación de lo mosaico que está implícita en casi cualquier forma de creencia en el Cristo y su resurreción, fue, sin embargo, consciente de que en Jerusalén, donde estaba todo lo gordo del cristianismo, le iban a hacer tragar su propio talón izquierdo; pues, al fin y al cabo, hasta antesdeayer él mismo estaba porculizando a los cristianos. Quizá por esa razón se marchó a Arabia, para intentar hacer la guerra por su cuenta; pero allí los futuros musulmanes no le debieron hacer mucho caso y algo haría para que el etnarca, además, quisiera ponerse sus huevecillos por collar.

A mi modo de ver, esta teoría la confirma el hecho de que cuando Saulo se encontró solo, fané y descangallao, por decirlo en modo tango, no le quedó otra que irse a Jerusalén y pedir plaza en el cotolengo que hasta hacía poco había intentado quemar. Y fue al llegar allí cuando el chipriota Barnabás, quizá ya de antes su amigo Barnabás (¿o su conversor? Yo, de hecho, me pregunto si la luz blanca no será en el fondo Barnabás), terció por él. Una vez salvada la cabeza, Saulo vuelve a Tarso, donde desaparece de la vista durante casi diez años. Poco o nada sabemos de esa época. Es probable que sufriese algún tipo de atentado, quizá por parte de partidarios de Esteban que no olvidaban su pasada inquina hacia él pero, según todos los indicios, queda apartado de la misión apostólica. Pedro y Santiago, tal y como yo lo veo, aceptaron barco como animal acuático y asumieron que Barnabás no mentía cuando decía que Saulo era buen chico en el fondo; pero, aún así, lo apartaron del headquarters cristiano, por lo que pudiera pasar.

La suerte de Pablo no cambia hasta el año 45, cuando el único vicepresidente de la cosa cristiana que parece creer en él, Barnabás, es designado para evangelizar Antioquía, y le llama.

Aunque esto no afecte directamente a Pablo, es importante, para aprehender la progresiva radicalización del cristianismo hebreo de Jerusalén, entender que más o menos por aquel tiempo se produjo un gran conflicto con el poder central romano, a cuenta de un emperador que ha sido largamente versionado en el papel y en la pantalla: Cayo Calígula.

Calígula sucedió a Tiberio, tras lo cual tomó varias medidas hasta cierto punto rompedoras. De todas ellas, la que nos interesa es su decisión de liberar a Herodes Agripa de la prisión a la que le había sometido Tiberio por haberle ofendido. Calígula y Herodes se llevaban muy bien (aunque el verdadero amigo del judío era el cojo y tartamudo Claudio), tan bien que el emperador le hizo rey. Uniendo los territorios que Felipe, el tío de Herodes, había gobernado como tetrarca hasta su muerte, y los que en su día gobernó Lisanias, formó Calígula un reino al frente del cual colocó a Herodes (detalle que provocó que Herodias, hermana de Herodes, instase a su marido Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, a reclamar la misma dignidad real para sí, con lo que consiguió que su marido se llevase un cañete imperial).

Como bien saben quienes han visto o leído Yo, Claudio, o se han entretenido con ese curioso periodista del corazón de la Antigüedad que se llamó Cayo Suetonio, Calígula tuvo un momento en el que, quizás por una enfermedad que le afectó a la cabeza, cambió de forma de ser y comenzó a convertirse en un tipo algo despótico. Entre otras cosas, dentro de sus nuevas decisiones hizo caer en desgracia a Macro, el jefe de los pretorianos que quizá, si hemos de creer algunos rumores en los que también creía Robert Graves, hizo bastante más que mucho para animar a Tiberio a morirse para dejarle sitio a Cayo.

Cuando en el año 38 Macro cayó en desgracia, con él lo hicieron varios personajes amigos suyos, entre los cuales se encontraba un tipo venal y corrupto, llamado Aulio Avilio Flaco, que había sido nombrado por Tiberio prefecto de Egipto cuando el otrora imperio pasó a ser provincia romana después de que, tras la batalla de Actium en el 31, las tropas egipcias quedasen laminadas y Cleopatra cometiese suicidio. Por razones que probablemente tienen que ver con sus contactos con los habitantes autóctonos de Alejandría, que odiaban a los judíos que allí había en gran número porque siempre fueron prorromanos, Flaco decidió hacerse valer ante Calígula desplegando una política antijudía. Es cierto que las manifestaciones y rebeliones que siguieron terminaron con el arresto de Flaco, que fue llevado a Roma. Pero la inquina con la que el prefecto romano se desempeñó contra los hebreos, despojándolos de casi todos sus derechos, despertó las reticencias entre éstos y el joven emperador.

Estamos ya en los albores de la quinta década del siglo. Para entonces, Calígula ya se ha toleado bastante y anda haciéndose empanadas mentales, día sí, día también, con el asuntillo de si es un dios o deja de serlo. La megalomanía del emperador va a peor casi con los días. En la ciudad palestina de Jammia, un grupo de no judíos levanta una estatua del emperador revestido de sus dotes divinas y los judíos, considerando el hecho sacrílego, la derriban. Cuando el emperador se entera, monta en cólera y ordena al legado de Siria, Publio Petronio, que marche hacia Jerusalén con sus tropas y eleve manu militari una estatua gigante del propio Cayo en el Templo. O sea, más o menos como construir un minarete en todo el medio de la plaza de San Pedro, o decorar la Ka'aba sagrada de los musulmanes con retratos del Pantócrator. La situación alcanzó una gravedad tal como no se conocía desde los tiempos en los que el memo de Antíoco Epífanes poco menos que quiso convertir el templo en un altar a Zeus, que hay que ser tonto de los cojones con siete balcones a la calle, dos trienios de antigüedad y pilas de repuesto.

En Ptolemais, Petronio fue interceptado por una delegación de judíos, entre los cuales había incluso miembros de la familia de Herodes, que le dijeron que todo el pueblo judío se levantaría, y moriría si era preciso, como un solo hombre, para impedir tamaña blasfemia. Tanto le dieron la brasa a Petronio que éste escribió a Roma sugiriendo que, al menos, la cosa se aplazase hasta después de las cosechas, ganando tiempo. Calígula le contestó preguntándole qué parte de «¡Obedece!» no había entendido.

Herodes Agripa sufrió probablemente un pequeño ictus cerebral cuando le contaron la noticia de lo que el emperador quería hacer. Tardó días en recuperarse, pero cuando lo hizo le escribió a Calígula una carta plañidera y convincente que, tal vez, tuvo la suerte de llegar a Roma cuando el niño estaba con el biorritmo ascendente, porque el caso es que decidió hacerle caso y paralizar su proyecto.

La carta de Cayo a Petronio en la que le daba instrucciones de volver grupas se cruzó con otra, desesperada, del propio Petronio, en la que éste instaba al emperador a dar marcha atrás por el gran desastre que se avecinaba si seguía adelante. Cuando el emperador leyó esta última carta, quizá ya con el biorritmo decubito prono, se cogió un mosqueo del cuarenta y dos y le escribió a su legado una misiva en la que le anunciaba que le había condenado a muerte y le ofrecía, como era costumbre, la opción de suicidarse para que su familia conservase el patrimonio.

Petronio es uno de los tipos con más suerte de la Historia. Esta carta encontró muy mal tiempo y tardó tres meses en llegar a sus manos. Para cuando llegó, hacía unos veinte días que Petronio sabía del asesinato de Calígula.

Las cosas, pues, estuvieron a punto de definir una guerra civil en Palestina en la que, los episodios ocurridos décadas después en Masada lo demuestran, los judíos habrían muerto, uno tras otro, bajo la espada romana, antes de permitir que su templo sagrado se convirtiese, como Calígula quería, en un templo dedicado a Zeus Epiphanes Neos, el joven Zeus manifestado, pues tal era lo que se consideraba el muchacho. El suceso, en todo caso, radicalizó a los judíos de Jerusalén, haciéndolos, si cabe, más arrimados a la tradición. Y ésta es la parte importante del asunto, como acabaremos por ver.

Paciencia.

lunes, febrero 22, 2010

Vita Pauli (1)

Hace algunos días, Tiburcio el elefante colocó en su blog un post en el que sostenía que el triunfo del cristianismo se debía, en gran parte, a hechos azarosos. Yo le dejé un comentario breve diciéndole que no creía en esa tesis y le prometía responderle. La cosa es que pensando en esa respuesta primero me di cuenta de que no podría hacer sólo un comentario y luego me di cuenta de que ni siquiera me bastaría con un post. Contestar a Tiburcio, esto es explicar que el triunfo del cristianismo no es en modo alguno fruto de la casualidad, equivale a explicar las habilidades, la historia, y la vida, del gran arquitecto de esta creencia, que no es otro que Pablo de Tarso, conocido por los creyentes como San Pablo.

Pablo de Tarso no fue apóstol de Jesús. No lo conoció (si es que alguien conoció a Jesús, claro). De hecho, en su juventud Saulo fue un furibundo anticristiano que, tras la lapidación de Esteban, se aplicó a reprimir a los creyentes incluso con saña. Sin embargo, al fin y a la postre, Pablo de Tarso es el inventor de la iglesia cristiana, y el hombre que la dota de las características necesarias para ser una iglesia mundial y superar los estrechos limites de Palestina. A mi modo de ver, Pablo de Tarso y Mahoma son los dos grandes estrategas de la Historia de la religión, dos figuras admirables de difícil parangón en la Historia de la Humanidad, pues ambos, a su manera, construyeron imperios mucho más amplios que cualesquiera otros y, además, considerablemente más duraderos en el tiempo. No hace falta creer en sus palabras para valorarlos. Cualquier aficionado a la Historia de los hombres, a la Historia hecha por hombres, debiera saber de ellos, leer sobre ellos y estudiarlos.

Empiezo hoy, pues, unas notas sobre la vida de Pablo, vita Pauli, con la intención de entretenerte allí donde estés mirando esta pantalla y de conseguir que al final, cuando leas el último capítulo, te digas: «pues tenía razón este JdJ; este Pablo fue todo un tío».

Beberemos de las pocas fuentes que hay para beber. Hablamos de Historia Antigua y, por ello, nuestras referencias son escasas. Habremos de hacer algo que no me parece del todo correcto, que es dar por buenas las Escrituras que nos cuentan esta historia. En todo caso, al revés de lo que a algunos nos pasa con el propio Jesucristo, de la historicidad de Pablo no cabe dudar.

Comencemos, pues, con los primeros tiempos del cristianismo. Aquellos tiempos en los que Pablo era un cabrón.



Cualquiera que sea la verdad que probablemente no podemos conocer; fuese Jesucristo quien las Escrituras dicen que fue, con esos mismos atributos; fuese un mito sin correspondencia con un hombre real; o fuese un hombre real, uno de tantos sucesos mesiánicos de la época cuyo recuerdo fue posteriormente alterado o mitificado, lo que sí parece más claro es que el primer éxito de la futura religión cristiana es conseguir expandir entre algunos judíos la historia de que un hombre fue ajusticiado por decir que era el hijo de Dios, el Hijo del Hombre que había llegado a la Tierra para enseñarse al género humano el auténtico Camino, y que, tres días después de haber sido salvajemente asesinado, resucitó. No se puede, en ese sentido, negar en lo absoluto que más o menos en las fechas en las que debió producirse la crucifixión de Jesús, si es que se produjo, en Israel se compactó una comunidad de creyentes en su resurrección; comunidad que fue conocida desde el principio como qahal (asamblea) o edah (congregación) y, para los griegos, ekklesia.

Uno de los factores del crecimiento de esta primera iglesia es el hecho de que en el entorno religioso, social y cultural en el que nació, el judío, algo así era esperado. El Antiguo Testamento, al igual que los textos sagrados mosaicos y rabínicos, están trufados de anuncios mesiánicos que prometen al pueblo de Israel el regreso de los good old days de los reyes Salomón y, sobre todo, David (los Evangelios ponen tanto énfasis en demostrar que José el carpintero procedía del linaje de David porque dicha procedencia es parte de la profecía). En los tiempos en los que Jesús, si hemos de creer a los Evangelios, vivió, predicó y fue asesinado, era generalizada entre los judíos la creencia de la llegada inminente de la Edad del Espíritu que dichas profecías señalan. En Joel 3, por ejemplo, Yahvé promete que algún día dejará caer su espíritu sobre todos los hombres, incluso los esclavos, y que realizará grandes prodigios. La creencia en estas profecías puede ser comprobada, por ejemplo, en los archifamosos rollos del Mar Muerto, concretamente los llamados Himnos de Acción de Gracias. Marcos, por lo demás, nos cuenta que Juan el Bautista, en el acto de bautizar, anunciaba a los bautizados que aquello sólo era un primer acto, porque el verdadero bautismo llegaría cuando Dios derramase sobre ellos su espíritu. A mi modo de ver, la muerte y resurrección de Jesucristo se da la mano con todas estas profecías mediante los hechos relatados con posterioridad a dicha muerte, como la conocida escena del Espíritu Santo derramando sabiduría sobre los apóstoles que todos los niños de mi generación hemos estudiado (más de una vez, y más de dos).

Buena parte de la enseñanza religiosa se centra, por supuesto que aparte de en Jesús, en los doce apóstoles. Son ellos quienes fueron encomendados de la tarea de evangelizar el mundo y, por lo tanto, son los cimientos de la misma. Especialmente Pedro, de quien su maestro dice que es la piedra sobre la cual edificará su iglesia. La realidad histórica, sin embargo, sugiere que la dirección eclesial de este primer protocristianismo no estuvo necesariamente en manos de los apóstoles (de hecho, de la mayoría de ellos apenas se tiene información, y son varias las teorías según las cuales doce es un número simbólico que no designa a otras tantas personas reales). Parece que, por ejemplo, desde el primer momento tuvieron importancia los hermanos de Jesús, que son citados ya en Hechos 1:14. Pablo de Tarso nos dice en su primera carta a los corintios que Jesucristo se apareció también a su hermano Santiago o Jacobo el Justo, quien de hecho aparece ante la Historia como uno de los tres grandes soportes de la iglesia cristiana judía de Jerusalén, junto con los apóstoles Pedro y Juan; es decir, la comunidad que vamos a ver, en estas notas, seriamente enfrentada con Pablo y su iglesia cristiana gentil.

En esos primeros momentos, en realidad los creyentes en Jesús no pueden, ni deben, ser llamados propiamente cristianos. Esa primera iglesia de Jerusalén se mueve en un ambiente totalmente judío que durante mucho tiempo rehusará negar, y que le causará no pocos problemas teológicos, quizá el principal de los cuales que, para cualquier creyente en los textos tradicionales judíos, la imagen de un Mesías muriendo crucificado era un contrasentido, una blasfemia incluso; motivo por el cual esos creyentes hicieron tanto hincapié en el hecho de la resurrección pues, por decirlo así, la resurrección es necesaria para «devolver» al Mesías la condición de tal a los ojos de su público, que en ese momento, no lo olvidemos, es un público judío. Los primeros cristianos se llamaban a sí mismos El Camino (Hechos, 11:26) y los demás les llamaban nazarenos; no fueron sino más tarde los griegos de Antioquía quienes empezaron a llamarles crestianos o cristianos.

Sea como sea, esta comunidad protocristiana, judía mesiánica con elementos nuevos (mesianismo basado en la resurección de un mensajero inmolado), tuvo un éxito fulgurante, probablemente gracias a su capacidad de captación entre las muchas comunidades y sub-creencias existentes en el área racial y culturalmente judía, que esperaban la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Sin embargo, quien les puso la proa desde el primer momento, señalando los primeros hitos de una inquina y un enfrentamiento que se ha llevado por delante a mucha gente, son eso que podríamos denominar los «judíos oficiales», mayoritariamente los saduceos y las autoridades del Templo de Jerusalén, por definición refractarias a las cosas excesivamente novedosas.

Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (6:1), introduce abruptamente una novedad sin más explicaciones. Nos dice: «Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana.» Ésta es la primera noticia fiable que tenemos del fenómeno que labrará el éxito indiscutible del cristianismo como ideología religiosa planetaria: su superación del entorno judío. En puridad, esos helenistas no son creyentes en Zeus; son, aún, judíos, pero judíos helenizados, y la cita de Lucas nos viene a informar de que, en algún momento muy primitivo de la iglesia, estos judíos no hebreos fueron aceptados en la ekklesia. La propia narración de Lucas nos dice que la queja de los helenistas se resolvió mediante la elección de siete hombres que se encargarían de una adecuada distribución de los bienes; y entre estos hombres cita a un tal Nicolás o Nicolaus, «prosélito de Antioquía», en quien algunos estudiosos han querido ver al líder de toda una facción de judíos helenizados, de visión más liberal que la de los hebreos.

Pero no es el único elemento interesante de esa lista, porque en la misma hay líderes espirituales de gran importancia para la evolución de la iglesia primitiva. Esteban, «hombre lleno de Fe y de Espíritu Santo», nos dice Lucas, es el primer rompedor de la ekklesia protocristiana y el generador del primer gran, gran conflicto con el establishment judío. Influido, probablemente, por una concepción «hipermesiánica» de Jesús, Esteban terminó por ser incapaz de conciliar la tradición judía con la nueva religión, motivo por el cual comenzó a predicar que la venida y resurrección de Jesús debía de tener como consecuencia la destrucción del Templo, pues éste no tenía ya sentido. Siguiendo la misma lógica, también condenó la ley mosaica; según él, ésta ya no tenía que ser respetada, sino que únicamente debían seguirse sus lecciones espirituales. En su juicio, que se relata en el capítulo 7 de los Hechos, Esteban vierte serios vituperios contra el Sanhedrín, al que acusa de haber dado la espalda a Jesús, haberlo matado y haber derrochado la ley eterna; un reproche que nos da la medida de hasta qué punto no estamos, en ese momento, ante una creencia propiamente cristiana, pues ésta sostiene que todo eso no ocurrió tanto por traición de los judíos sino porque tenía que pasar, porque para eso mismo es para lo que el Cristo había bajado a la Tierra. Esteban muere lapidado a las afueras de la ciudad, ejecución en la que participa un joven entonces llamado Saulo.

No sabemos a ciencia cierta qué relación tenía Saulo de Tarso con las teorías de Esteban, pero lo que sí parece claro es que fue uno de los directores de la enorme represión contra sus seguidores que siguió a su muerte; campaña en la que, entre otras cosas, la mayoría de los judíos helenizados fueron expulsados de Jerusalén, pues eran los más susceptibles de despertar los recelos de una institución tan judíamente conservadora como el Sanhedrín. Esta expulsión tuvo dos consecuencias muy importantes para la historia que aquí estamos contando. La primera es que la ausencia de los helenistas convertiría la iglesia judía cristiana de Jerusalén en una iglesia de tintes totalmente hebreos, por lo que algún día, pronto, su convergencia con las iglesias gentiles se hará problemática. Y la segunda consecuencia es que los helenistas expulsados se dedicaron a hacer proselitismo allá donde fueron, con lo que el protocristianismo comenzó a expandirse, sobre todo por Asia Menor, bajo el liderazo de Felipe , otro de los siete hombres sabios de los Hechos, que es el verdadero primer distribuidor de la palabra de Jesús más allá de las fronteras del judaísmo. Tanto Pedro y Juan como el propio Felipe, por ejemplo, realizaron tareas de evangelización en Samaria, buscando contrapesar la influencia que allí tenían los llamados dositeanos, entonces comandados por Simón el Magno, considerados como un grupo que había absorbido tan sólo algunos elementos del cristianismo para elaborar una teoría pagana de importantes elementos gnósticos que dejaba poco sitio para Jesús como Dios.

En todo caso, la primera evangelización ambiciosa realizada fuera el entourage de Jerusalén se realiza en Antioquía, al parecer realizada, según los propios Hechos, por hombres de Chipe y Cirene que no tienen más nombre (véase 11:20). Allí fue donde por primera vez los oyentes del mensaje cristiano comenzaron a interpretar el nombre de Cristo como eso, un nombre de pila, en lugar de lo que realmente es, es decir un título característico (Jesús es el Cristo). Por ello, se empezó a escuchar la palabra cristiano.

Antioquía es la primera metrópoli lejana de Jerusalén a la que llega el mensaje cristiano y obtiene cierto éxito. Por esta razón, entre los apóstoles se hace evidente la necesidad de controlar de alguna manera ese movimiento para mantenerlo dentro de la ortodoxia. Deciden, pues, enviar a un delegado, y escogen a un miembro fundador de la iglesia de Jerusalén, llamado Barnabás. Sabemos que Barnabás era originario de Chipre, así pues es posible que fuera helenista y no hebreo.

Barnabás, cuyo verdadero nombre era José, es el segundo gran misionero de la palabra cristiana, un hombre de gran empuje y capacidad organizativa, lo cual se hace sentir casi inmediatamente en la iglesia de Antioquía, que crece exponencialmente. Tanto, tanto crece que llega un momento en el que hasta él se da cuenta de que ya no puede llevar las cosas por sí solo. Necesita un deputy, un adjunto. Un hombre con dotes organizativas tan evidentes como las suyas, que no se arredre ante nada y, sobre todo, un hombre que entienda que Antioquía no es ni de coña Jerusalén. Que entienda que es una ciudad muy cosmopolita, donde no todo lo que se huele es la cosmovisión judaizante y donde, en consecuencia, para explicar la palabra de Dios hace falta hablar lenguajes distintos, defender enfoques distintos. De alguna manera, construir una iglesia distinta.

Barnabás no lo duda. Viaja a Tarso, donde vive un viejo conocido suyo. Donde vive Saulo, que se hace llamar por su nombre romano: Pablo.