viernes, marzo 12, 2010

Alicante

En los primeros días de marzo de 1939, perdida ya Cataluña y empujada una parte relevante de la fuerza militar de la II República española más allá de los Pirineos, la guerra civil ya tenía un ganador claro. Mi opinión personal, que no deja de ser la opinión de alguien a quien la Historia bélica no se le da muy bien, es que la guerra estaba de hecho perdida ya desde el otoño del 37; eran ya demasiadas las carambolas que tenían que ocurrir a la vez para que el signo de la partida pudiese cambiar. Pero por perder la guerra debemos entender, no lo que un observador más o menos avizorado pueda decir siete décadas después, sino la verdadera impresión general del momento.

Frente a la coalición formada por los militares, iglesia católica, formaciones políticas de derecha social y religiosa y el fascismo español se opusieron casi todas las fuerzas que en febrero de 1936 habían formado el Frente Popular, más el añadido de la CNT y la FAI, que formalmente no formaron parte del mismo. Es cierto que esta adscripción tuvo diferentes niveles de pasión y que las derechas republicanas entraron en el juego más bien de mala gana y las izquierdas burguesas se desencantaron pronto. Con todo, estos grupos no eran los más importantes del Frente Popular, el cual aún tenía apoyos masivos entre los que le garantizaban socialistas, anarquistas, comunistas y nacionalistas catalanes, a lo que hay que unir la alianza táctica de los nacionalistas vascos.

De todos estos grupos, sin embargo, tan sólo uno y medio no se habían cansado de luchar en marzo de 1939. Ese grupo y medio eran los comunistas y los socialistas negrinistas o, si lo preferís, antiprietistas, anticaballeristas y antibesteiristas. Algunas veces se les llama la izquierda del PSOE, aunque yo creo que la definición ideológica es imperfecta en este caso; dudo mucho que los negrinistas fuesen ideológicamente más de izquierda que Largo y sus seguidores.

Con la pérdida de Cataluña, buena parte de la nomenklatura política republicana había abandonado el país. Lo había hecho el presidente Azaña, quien además aprovechó el gesto de Francia e Inglaterra de reconocer diplomáticamente a Franco para dimitir como Presidente de la República. Lo había hecho Diego Martínez Barrio, presidente del Congreso y segundo magistrado de la nación. Lo habían hecho diputados, políticos y hasta militares, como el general Rojo, el cual, en un gesto para unos gallardo y para otros cobarde, se negó a regresar a la zona en guerra cuando Negrín se lo ordenó, por considerar la lucha totalmente inútil.

La República quedó privada de sus figuras más señeras, con la única excepción del propio Negrín, quien volvió, se instaló en Levante muy cerca de un aeródromo (algo que sus críticos no se cansaron en destacar; vivía a escasos kilómetros de un avión que lo pudiera sacar de España) y trató de aplicar su estrategia de aguantar y aguantar en espera del estallido de la segunda guerra mundial.

Durante aquellas semanas o días que siguieron a la caída de Cataluña, los rumores fueron constantes en el sentido de que el general José Miaja, el principal militar que aún quedaba en activo en zona republicana, estaba a punto de tomar el poder para negociar con Franco el final de la guerra. Y, probablemente, es lo que pasó, sólo que por esas cosas de quién da la cara y tal a ese episodio lo llamamos, no el golpe de Miaja, sino el golpe de Casado, por Segismundo Casado, el jefe del Ejército del centro que aglutinó a una extraña coalición de militares no comunistas, anarquistas y socialistas moderados (besteiristas), los cuales, en la noche del 4 de marzo, crean un Consejo Nacional de Defensa (que acabará presidiendo Miaja) que toma el control del lado republicano con la intención de ahorrarle a dicho bando de la guerra el final numantino que los comunistas estaban dispuestos a realizar, y al que, probablemente, no pocos anarquistas tampoco le hacían ascos.

Es lógico que lo más revolucionario de la República quisiera morir matando; pero para entonces, el grueso del ejército que plantaba cara a Franco estaba formado por personas reclutadas obligadamente (de 15 a 45 años, 50 años en el caso de la guarda de fortalezas) y su situación era tan desesperada que durante la inexistente defensa de Barcelona había sido necesario dejar a la policía urbana sin pistolas, porque hasta estas armas fueron necesarias para el frente.

Casado pensó que tanto él como quienes diesen el golpe con él tendrían la posibilidad de hacer borrón y cuenta nueva con el que hasta entonces había sido su enemigo. De hecho, cuando volvió a España, algo más de veinte años después, trató de reingresar en el ejército. Chocó, sin embargo, con la rigidez del general Franco, que no quería componendas ni rendiciones honrosas ni nada que pudiera parecer un pacto entre iguales. Franco quería vencer, sin condiciones, y por eso las negociaciones llevadas a cabo durante el mes de marzo, una vez que los casadistas o miajistas, o más propiamente hablando republicanos no comunistas, consiguieron dominar la reacción del PC y le dijeron bye bye a Negrín, estuvieron abocadas al fracaso.

En realidad, si la guerra no había terminado antes, lo hizo el domingo, 26 de marzo de 1939. Ese día, a última hora de la tarde, el Consejo Nacional de Defensa, embarcado en negociaciones con el bando nacional en el las que básicamente trataba de conseguir un plazo razonable para que todo aquel que pudiera temer represalias saliera de España, dio la orden a todos los frentes de responder a un eventual ataque franquista izando bandera blanca. Claramente, pues, los representantes del bando republicano se resignaron a la idea de que lo poco o mucho (más bien poco) que habían podido sacar de Franco, ya lo tenían y, por lo tanto, ya no había que hablar de luchar, sino de cómo marcharse.

Cómo marcharse, sin embargo, era un problema. La República ya no tenía con qué. Había contado, hasta el 5 de marzo, con la flota republicana, surta en Cartagena. Sin embargo, la creación del Consejo de Defensa había provocado extraños movimientos en la ciudad murciana. A veces se dice que hubo una sublevación profranquista; yo más bien creo que hubo dos rebeliones paralelas de signo distinto: una, efectivamente, franquista; y la otra republicana, en el mismo sentido que el golpe de Casado. En medio de una situación muy confusa (algún día tendríamos que contar estos hechos) unidades comunistas llegaron a la ciudad para retomarla, aunque, en realidad, las órdenes que tenían eran ser conciliadores, porque lo principal era conseguir lo que no se consiguió, es decir conservar los barcos. Finalmente, el almirante Buiza, comandante de la flota, y el socialista Bruno Alonso, comisario político general de la misma, deciden hacerla a la mar y poner proa hacia Bizerta, en el norte de África, donde se entregaron.

La marcha de la flota republicana fue un golpe durísimo para los planes de evacuación republicanos. Aunque había otros resortes. La República había impulsado la creación de una compañía naviera en Francia, la Mid-Atlantic, básicamente para poder realizar a través de la misma buena parte del comercio de la zona republicana. El diputado socialista besteirista Trifón Gómez fue encomendado de dirigirse en Marsella a las oficinas de dicha empresa para coordinar el envío de barcos (algunas fuentes hablan de que la empresa poseía capacidad de transporte para 150.000 toneladas) hacia los puertos de Valencia y Alicante para allí recoger a esos republicanos que querían huir de España.

La semana que comenzó el 27 de marzo de 1939 lo hizo con muchas prisas en Madrid. Todo aquél que en la ciudad se creía significado como miembro del Frente Popular, o que simplemente temía la llegada de las tropas de Franco, se marchó de la ciudad en algún momento entre la madrugada y más o menos las dos de la tarde del día 28. Sabemos, por ejemplo, por Eduardo de Guzmán, periodista anarquista que dirigía el periódico
Castilla Libre, que los anarcosindicalistas fijaron las once de la mañana de dicho día como hora tope para estar en la sede sindical de la calle de la Luna, prestos a irse. La única persona que se quedó, como es bien sabido, fue Julián Besteiro; moriría en las cárceles franquistas. Antes, en la tarde-noche del 27, se produjo lo que estuvo a punto de ser un colapso total de las líneas republicanas. La reacción, a mi modo de ver lógica, de los soldados al anuncio en la noche del domingo en el sentido de que de ser atacados debían izar bandera blanca y entregarse sin luchar, hizo que los soldados, a su bola, abandonaran los frentes y se dirigieran a Madrid para irse a sus pueblos. Esto, sin embargo, no era lo que quería el Consejo Nacional de Defensa, que los necesitaba en sus puestos para seguir teniendo algo con lo que negociar sus pretensiones, que, al parecer, eran una ocupación de la zona republicana por Franco que tomase unos quince días para dejar tiempo a la huida masiva de frentepopulistas. Así pues, en las calles de Madrid, sobre todo las lindantes con la Casa de Campo, se producen encuentros improvisados de los líderes políticos con los soldados, tratando de convencerles de que vuelvan a las trincheras. Sólo con gran esfuerzo, y parcialmente,lo consiguen.

En la noche del lunes 27, según los indicios, incluso miembros del Comité de Defensa creen que tienen 72 horas para dejar Madrid; creen que los nacionales han dado su placet al plan de evacuación y han prometido no entrar en Madrid hasta el día 30. Al final de la tarde, sin embargo, ya son ciertas las noticias de que van a entrar el 28, pero por la tarde. Se dice que en Valencia, Alicante, Cartagena y Murcia hay barcos de sobra para la evacuación.
Ese día 27, hay en Madrid dos madrides. Por un lado, están las personas que se saben o consideran significados frentepopulistas, que preparan frenéticamente su huída de la capital. Y está el resto de la ciudad, que hace su vida. El día 27, de hecho, los comercios abren con total normalidad e incluso circulan los tranvías.

Durante aquel día, nadie sabía a ciencia cierta por qué las tropas franquistas no aparecían. No había obstáculos para que lo hicieran. Los ejércitos republicanos habían recibido la orden de rendirse y, de hecho, las calles de Madrid seguían, pese a todos los esfuerzos, repletas de soldados, más o menos desharrapados, que emprendían el camino de regreso a sus casas. Entre las últimas horas del 27 y toda la mañana del 28, las diferentes carreteras por las que se podía llegar a Valencia se preñaron de coches y camiones repletos de gente, como si se tratase de la salida de un buen puente. Los huidos, al menos hasta donde yo he leído, no fueron especialmente hostigados por los franquistas. Sin embargo, no faltaron los episodios de enfrentamientos pues para entonces ya en buena parte de la zona republicana, los franquistas, los famosos quintacolumnistas, se mostraban sin recato. El domingo 26 y el lunes 27 ya hubo, según los testimonios, vehículos que se pasearon por Madrid agitando la bandera bicolor, y en no pocos pueblos de Guadalajara y Cuenca, al paso de los republicanos que huían el 28, la gente no se recataba en ir colgando de las ventanas enseñas nacionales. En algún caso, estos profranquistas, hasta entonces escondidos, agredieron a tiros a los vehículos que pasaban pero, como digo, al menos que yo sepa no hubo unidades del ejército que como tales trabajasen para impedir el paso de los que huían de Madrid hacia el refugio, considerablemente más seguro, de la provincia de Valencia.

Valencia fue, durante toda la guerra, un lugar un tanto chirriante para muchos republicanos. No fueron pocos los reproches vertidos por los valencianos, ya que éstos, durante casi toda la guerra, vivieron a distancia respetable de cualquier frente, así pues en Valencia, muchas veces, parecía como si no hubiese guerra. Parte de la propaganda republicana se dedicó precisamente a recordar a los valencianos que debían pensar en el frente. En aquella última semana de marzo de 1939, la ciudad se convirtió en un hervidero de refugiados. Allí se residenció el Consejo de Defensa, amén de las distintas fuerzas políticas del Frente Popular, pues el exilio se convirtió también en una discusión entre grupos políticos para lograr sus correspondientes cuotas en los barcos.

Hay diversos indicios de que en la ciudad no faltaba lo básico; había, probablemente, mucha comida, lo cual es lógico teniendo en cuenta que cada vez hacía menos falta sacarla de la ciudad para enviarla a unos frentes inexistentes; pero, por lo demás, la ciudad era un caos ingobernable. En la noche del 28, el Consejo Nacional de defensa oculta a la opinión pública, que abarrota las calles sin tener propiamente adónde ir, que el general Miaja ha tomado un avión y ha abandonado España.

En el puerto de Valencia hay un barco inglés. Pero las fuerzas militares, a las órdenes del Consejo Nacional de Defensa, no dejan a la gente subirse a él; de hecho, es probable que el propio capitán del barco se negase a ello. Los vehículos vuelven del puerto repletos de gentes encabronadas que en casos sospechan del capitán del barco, en casos del Consejo, en casos de los dos. En la tarde de ese día ya se habla en la ciudad de que un barco ha llegado a Alicante, pero no hay confirmación oficial. Con las horas va llegando: en Alicante, donde en ese momento apenas hay gente, hay un barco, el Marítima, que desea zarpar en unas horas. Comienza a darse la orden de que la gente se desplace allí, ante los problemas que plantea el atraque de barcos en Valencia.

A media tarde de ese día 29, sin embargo, las cosas se ponen muy duras para los republicanos. Ahora ya no es sólo el ejército del Centro es que colapsa; las unidades del de Levante también abandonan sus puestos. Esto convierte el éxodo levantino de los frentepopulistas en angustioso, porque recorta notablemente los plazos. Los coordinadores de la evacuación, que primero creyeron contar con ocho o diez días y luego con tres o cuatro, temen que, en realidad, Franco tarde apenas 48 horas, o incluso menos, en respirarles en la nuca.

Por todo ello, ya el 29 está claro para todo el mundo que Alicante es el puerto básico de la evacuación; es, simple y llanamente, el que está más lejos de los frentes. Muchas personas hacen ese viaje cantando y de buen humor, convencidos de estar participando en una evacuación reglada y organizada. Pero cuando lleguen a Alicante, el mismo 29, recibirán el primer, aunque no último, jarro de agua fría: el
Marítima se ha largado, casi vacío.

Tanto Casado, que no ha salido de Valencia, como la Comisión de Evacuación que coordina la misma y está presidida por el diputado francés Charles Trillon, aseveran que en la tarde del 30 habrá en Alicante barcos de sobra para que la gente se marche. Es probable que no mientan y que lo crean a pies juntillas, al menos en ese momento. En la noche del 29 ya hay varios miles de personas en el puerto de Alicante esperando la llegada de al menos un buque que, según la Comisión de Evacuación, está a dos o tres horas de allí. Y, de hecho, es así. Hay un barco, que llega más o menos a medianoche. Pero, inexplicablemente, se detiene a 500 metros del puerto, sin entrar, y da la vuelta.

La Comisión de Evacuación y la formada por los partidos para coordinar la salida se reúne en el consulado francés, en la calle de Castaños, en plena noche. A las dos de la madrugada se conocen noticias optimistas: vendrán más barcos. Durante ese día, la cifra de candidatos que llenan el puerto supera ya probablemente las 15.000 personas. En la mañana, otro buque se acerca al puerto. Pero, igual que el primero, se para antes de llegar a la bocana y luego da la vuelta.

Estos dos hechos, que son una bomba atómica para la moral de las gentes que se encuentran en el puerto, disparan las acusaciones entre frentepopulistas. Será en esas horas cuando se empiece a hablar de que la famosa Mid-Atlantic está dominada por los comunistas, que, según sus enemigos, no querrían salvar a los exiliados para así incrementar las dimensiones del martirio español, a la conveniencia de su propaganda. Esta especie es difundida tanto por socialistas como por anarquistas. Ese mismo día 30, la Comisión de Evacuación ofrece una plaza en el avión francés que hace la ruta entre Casablanca y Marsella, con escala en Alicante, para que vaya a Francia a comprobar en la Mid-Atlantic qué narices está pasando. El motivo de esta medida es que la propia Comisión cree que ha sido el armador el que ha dado la orden a los barcos de no entrar en el puerto. Este enviado, sin embargo, no servirá para nada.

A la una de la tarde, otra bomba: la Comisión de Vigilancia informa de que el general italiano Gambara y sus tropas, la división Littorio, están a la entrada de Alicante, y quieren parlamentar. El acuerdo ofrecido es: que se les deje entrar sin lucha en Alicante, a cambio de que los italianos dejen a la gente del puerto permanecer allí hasta que se puedan marchar. Muchos no creen al italiano; recuerdan el asunto de Santoña. Pero lo cierto es que los huídos poco margen de decisión tienen. Así pues, se llega a un acuerdo. Acuerdo que provocará una escena completamente surrealista, digna de filmarse en una película: las tropas italianas entrando en Alicante y pasando junto al puerto, en formación; mientras los que han sido sus enemigos les miran desde los muelles, con desconfianza. Dos enemigos en la misma ciudad, y ni un tiro.

En el atardecer del día 30, Radio Macuto asegura que el mismísimo Estado francés está dispuesto a garantizar la evacuación y, más aún, que un barco está a punto de llegar; de hecho, se realiza, no sin dificultades, la selección de las 150 personas que embarcarán en un crucero francés que se supone presto a llegar, y que nunca embarcarán. A esas mismas horas llega a Alicante la noticia de que del puerto de Gandía ha salido un barco-hospital inglés, con unos 200 españoles a bordo, entre los cuales están los integrantes del Consejo de Defensa.

A la una y media de la mañana del día 31, el muelle de Alicante hierve. Se dice que llegan barcos. En efecto, en la noche se distingue lo que parecen ser siete u ocho. A las dos de la mañana, tres de estos barcos parecen tomar rumbo hacia el puerto. Pero, una vez más, el barco que va por delante se para a unos 300 metros de la bocana y luego vira y se va. Los dos mercantes que lo acompañan le imitan.

A las seis de la mañana, nueva conmoción: tres barcos más. La historia es exactamente la misma: las embarcaciones bailan un rato la yenka, y se largan. Por lo que yo sé, es tras esta nueva decepción cuando comienza en el muelle el goteo de suicidios. Personas que aún conservan sus armas se vuelan la cabeza; otros que no saben nadar se tiran al agua y se ahogan. Un alcalde frentepopulista se corta la yugular y se sienta para vivir los últimos segundos de su vida con un puro en la mano.

Trillon anuncia la llegada de un nuevo barco, pero ya nadie le cree. Según las explicaciones que aporta, el crucero francés que tenía que recoger a los 150 elegidos dio media vuelta al saber que muchas de las gentes que están en el muelle están armadas; ha temido la posibilidad de un pandemonium generado por el deseo de todos de poder subir al barco. Los tres buques que llegan detienen sus máquinas a respetable distancia de la costa. En ese momento, el Comité de Vigilancia convoca en el mismo puerto una reunión con los representantes de todos los partidos, reunión que despierta la angustia de las gentes del puerto. Finalmente, tras la conferencia, se hace público el resultado: se trata de barcos franceses que podrían llevarse refugiados. Pero no entrarán en el puerto a menos que todos los que tienen armas las entreguen. El general italiano Gambara asegura que no se inmiscuirá. No sin dificultad, los inquilinos del puerto son desarmados, y a mediodía los camiones se van con lo que quizá son las últimas armas en manos de combatientes republicanos.

Y, sin embargo, a la una de la tarde, los barcos arrancan sus máquinas, viran y se van, como todos los anteriores.

Más o menos media hora después, el puerto bulle de nuevo. Los barcos regresan. Hay incluso cierto júbilo. Hasta que, conforme se acerca el buque de guerra que comanda la pequeña flota que navega hacia el puerto, se dan cuenta de que es un barco de Franco: el minador Vulcano. Éste sí que entra en el puerto. En la cubierta, los soldados comienzan a cantar el himno de la Legión; en el muelle, grupos de republicanos cantan A las barricadas, la Internacional. Ellos no lo saben, pero pasarán muchos años antes de que esas tonadas vuelvan a oírse en suelo español.

Los soldados de Franco anuncian a los inquilinos del muelle que, si a las cinco no se han entregado, comenzarán a disparar. Entre los del muelle se discute, sin acuerdo. Finalmente, los legionarios disparan una ametralladora, al menos dos veces, por encima de las cabezas de los republicanos. Eso es el fin. Hartos, muertos de miedo, engañados por todos, abandonados, los republicanos del puerto de Alicante comienzan, poco a poco, a sacar pañuelos blancos y agitarlos. El puerto, que de todas formas está desarmado, se rinde. Las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos.



Tengo la sensación, pero claro es una sensación limitada por las lecturas que la vida me ha dado para tener hasta el momento, de que este episodio, el final del final del final de la guerra, el último punto de rebelión o si se quiere de huida de la República, no ha sido suficientemente estudiado a día de hoy. El juicio de lo ocurrido en Alicante es enormemente vidrioso porque los testigos del mismo son testigos de cargo y, por lo tanto, están teñidos de sus propias filias y fobias.

La primera cuestión que cabe plantearse es la actitud del Consejo Nacional de Defensa. Sus miembros se quedaron en Valencia cuando todo el mundo se iba a Alicante, en un gesto que se valoró como de heroísmo; pero, por esas cosas que tiene la vida, fueron ellos, los que se quedaron sacrificándose presuntamente por los demás, los que consiguieron salir, gracias al providencial barco inglés de Gandía. ¿Qué sabían los miembros del Consejo Nacional el día 29, cuando comienzan a dirigir a la gente a Alicante? ¿Traicionaron quizás a toda esa gente indicándoles una salida equívoca; o tal vez creían sinceramente que Alicante era la mejor opción pero se equivocaron? ¿Fueron ayudados por Inglaterra, con o sin la permisividad de Franco, para abandonar el país? ¿Lo reclamaron ellos?

¿Y la inasistencia de los barcos en Alicante? ¿Se debió, como se dijo en aquellas horas en el muelle, a que los capitanes no quisieron entrar en un puerto donde había 300 candidatos para cada puesto de salida en un barco; candidatos que, además, tenían pistolas y sabían usarlas? ¿Se debió a que Franco jugó un macabro juego con ellos, dejando que los barcos llegaran y haciéndoles saber luego que los bloquearía o atacaría si subían un solo republicano a bordo? ¿Se debió a algún tipo de conspiración por parte de alguna de las formaciones del Frente Popular, buscando una masacre de civiles que le hiciese pandán a su propaganda? ¿Traicionó alguien a alguien? Eso parece seguro. Pero, ¿quién, a quién, cuándo, cómo, por qué?

Quizá alguno de vosotros, conspicuos lectores, contéis con referencias mejores de las mías. Mejor: donde escribí «quizá», leed «ojalá».

miércoles, marzo 10, 2010

Cuando no hay salida

Cuando no hay salida, absolutamente ninguna, se produce la tristísima realidad del suicidio. Suicidarse, es decir acabar con la vida propia, es una de las cosas más tabú de nuestra sociedad. Desde las personas individuales hasta los medios de comunicación, todo el mundo oculta el suicidio como realidad y, quizá por eso, es una realidad difícil de aprehender.

Por ejemplo: ¿vosotros sabríais decirme cuánta gente se suicida en España hoy en día?

Pues os quitaré la curiosidad: una persona cada dos horas y media, aproximadamente. Según el INE, en el año 2007 algo más de 3.200 personas fallecieron por suicidio o lesiones autoinflingidas.

Y la segunda pregunta: eso, ¿es mucho, o es poco?

Para contestar dicha pregunta, podríamos acudir a la comparación internacional. Pero eso es para otro tipo de blogs. Este es de Historia, así pues, y en consecuencia, este esforzado amanuense, sin cobraros IVA ni nada por ello, se ha picado picadito los datos de los fallecidos por suicidio en los primeros 94 años del siglo XX. ¿Por qué 94? Pues porque a partir de ese año, más o menos, los datos de las defunciones por causa de muerte están colgadas año a año, y me rallaba un poco tener que ir bajándome ficheros uno a uno para coger tan sólo un par de datos.

La serie histórica, tal y como queda, es tal que así:




De estos datos cabe hacer una interpretación epidérmica bastante sencilla. En los primeros años del siglo XX, los españoles se suicidaban poco, tal vez porque eran pocos o porque se morían tan pronto que no tenían tiempo de matarse a sí mismos. La cosa cambia radicalmente en los albores de la cuarta década del siglo, justo cuando se proclama la II República (y la supercrisis económica del 29, que yo creo que es bastante más responsable de esta tendencia que los hechos políticos). La Guerra Civil parece ser algo parca en suicidios, probablemente a causa de la enorme gama de posibilidades de morir que siempre alumbra una guerra (aparte las naturales dificultades de hacer estadísticas fiables); pero en la inmediata posguerra se produce un repunte muy breve pero muy brutal, hasta el punto de que el volumen de suicidios al inicio de los cuarenta no se vuelve a ver hasta mediados de los ochenta. Por último, el franquismo marca una tendencia suavemente descente en los suicidios, que repuntan al iniciarse la década de los ochenta, con subidas muy bruscas.

No obstante, el número bruto de suicidios no es una cifra muy fiable. Así que para afinar un poco más, lo que he hecho ha sido calcular la tasa de prevalencia de los suicidios sobre el total de fallecimientos, en tanto por 1.000. Esto es: número de suicidios por cada 1.000 fallecimientos totales. El resultado es un tantico sorprendente.


La serie histórica de la ratio confirma el carácter notablemente dramático de la crisis del 29 y la República sobre los suicidios en España, aunque matiza notablemente el pico de la posguerra. A mi modo de ver, nos viene a decir que en los primeros años cuarenta hay muchos suicidios porque hay muchas muertes en general, probablemente como consecuencia de la pobreza generalizada y la represión política.

Observar la ratio, en todo caso, matiza mucho, a mi modo de ver, la impresión primera de que los años del franquismo (tramado en rojo en el gráfico) marcaron un descenso de los suicidios. Así vistos, lo que muestran éstos es cierta tendencia a subir y, además, a colocarse en «suelos» del entorno de 6 suicidios por cada 1.000 fallecimientos, estratosféricamente superiores a lo observado con anterioridad.

Con todo, lo que la ratio confirma es que, claramente, los años de democracia (en verde) y muy especialmente la década de los ochenta, marcan un repunte de la situación hacia límites realmente desconocidos en el pasado reciente.

¿Por qué? Bueno, eso es pregunta para sociólogos, porque conocen la materia; y, en ausencia de éstos, para actores y cantantes, porque a éstos les da igual Juana que su hermana y tienen opinión de lo que caiga. Como ninguno de los tres es mi caso, no sé si decir algo; pero creo que echaré mi cuarto a espadas.

Es evidente que no es la democracia en sí lo que es tóxico para la estabilidad emocional y psicológica de las personas, hasta el punto de disparar su tasa de suicidios. Sí lo es, más bien, el hecho de que las dictaduras parecen ejercer en muchas capas de la población el efecto sedante de aportarles un modo de vida reglado, predecible, en el que se sienten cómodos; y, al fin y al cabo, los regímenes de libertades no hacen sino romper esa estabilidad. La democracia de los años ochenta significó reconversión industrial; significó, ahora que tanto se habla del tema, reformas en el sistema de pensiones (que forzaron la retirada del Parlamento del secretario general de la UGT, Nicolás Redondo padre, hasta entonces diputado del PSOE); significó un entorno laboral en el que eso del contrato y la empresa para toda la vida se fue el garete. También cabe preguntarse si es que eso de que la mujer haga lo que quiera no ha puesto al hombre de los nervios y/o no ha colocado a la mujer ante problemáticas que joden bastante.

Otra vía de pensamiento, creo yo que más acertada (al menos intuitivamente) se basaría en considerar que los tiempos políticos, en nuestro caso, vienen a coincidir, casi por casualidad, con corrientes evolutivas sociales más profundas, que nos habrían pillado de una forma u otra. Según esta hipótesis, la creciente importancia de los suicidios en las muertes registradas por la población española estaría más correlacionada con el hecho de que la vida, en general, se ha hecho más difícil. Éste es un factor que recuerdo bien que, cuando yo era un crío, en los años sesenta, se señalaba mucho de los Estados Unidos: un país donde era extremadamente importante tener dinero y capacidad de consumo, lo que provocaba que quienes no alcanzaban dichos estándares fuesen unos, por así decirlo, hiperfracasados. ¿Se habrá convertido España en un sistema social que expulsa a sus fracasados, abocándolos, en proporciones históricamente desconocidas, al suicidio?

Se podría pensar: es que, mal que nos pese, la tasa de suicidio no deja de ser cierto signo de desarrollo. En apoyo de esto, siempre se puede aducir la famosa leyenda urbana, que mi experiencia me dice que hay cienes y cienes de personas que creen a pies juntillas, de que Suecia es el país más suicidal de Europa y tal vez del mundo. Lo malo es que la dicha leyenda es mentira. En el año 2007, se mataron 11,4 suecos por cada 100.000 habitantes. Esta tasa es desde luego superior a la de España (6,1). Pero empalidece ante la mostrada por países como Lituania (28), Hungría (21,4) o Eslovenia (18,4). Eso sí, en las estadísticas se observa que los países con menor prelación del suicidio son mediterráneos: Chipre (2,2 suicidados por cada 100.000 habitantes) y la quebrada Grecia (2,6). Si tenemos en cuenta que la tasa italiana es también muy baja (5,2), plugue que nos preguntemos si no será que los mediterráneos se suicidan menos.

En todo caso, parece claro que en el último cuarto de siglo hemos trepado, y no es, desde luego, buena noticia esta trepada. Quizá debiéramos cantar, con Presuntos, aquello de ah/cómo hemos cambiado...

domingo, marzo 07, 2010

Vita Pauli (y último apéndice: los reyes)

Bueno, pues que parece que os va la marcha, aquí os dejo un segundo, y último, apéndice a la vida de Pablo de Tarso, dedicado a las vicisitudes políticas de Judea en los tiempos inmediatamente anteriores a Jesús. Que la disfrutéis.

Aviso de que el pdf completo de Vita Pauli está ya colgado en la biblioteca. En lo alto del menú de la izquierda tienes el vínculo para llegar allí.

El rey histórico más antiguo que es citado en la Biblia es Darío. Por lo tanto, los exégetas siempre han creído que algunos de los escritos del Viejo Testamento datan del tiempo en que Judea era parte del imperio persa. Entre el imperio persa y la dominación romana, que es la verdadera gran protagonista de los tiempos de Jesús, ocurre la dominación del imperio macedonio alejandrino. Como supongo que sabréis, tras la temprana muerte de Alejandro Magno, sus generales se dividieron su imperio creando con ello varias dinastías reales, la más importante de las cuales fue la de los ptolomeos en Egipto, que tuvo por capital Alejandría; seguida del imperio fundado en el 312 antes de Cristo en Siria por Seleuco I, con capital en Antioquía, y que conocemos como dinastía seléucida. Judea fue ptolemaica hasta el 198 antes de Cristo, año en el que la victoria seléucida en Paneion hizo que cambiase de manos.

En el 198, los seléucidas se las prometían muy felices, pero lo cierto es que estaban a punto de chocar con el primo de Zumosol. Ocho años más tarde, en la batalla de Magnesia, fueron derrotados por los romanos. La posterior Paz de Apamea dejó al imperio seléucida sin sus posesiones en Asia Menor y, además, le impuso unas reparaciones de guerra tan costosas que forzaron la caída de sus reyes en la corrupción. Dado que este proceso coincide en el tiempo con el fin de la costumbre de reservar el sumo sacerdocio judío a la dinastía zadokita, la intensa necesidad de dinero de los reyes seléucidas influirá notablemente a la hora de encumbrar a dicha posición a tipos no muy religiosos, pero ricos.

Antíoco VI Epífanes, que como su propio sobrenombre indica se creía la encarnación de Zeus en la Tierra (sólo superado, algún siglo más tarde, por Cayo Calígula, que se creía Zeus mismo), intentó anexionar Egipto a su imperio para volver a ser grande, pero fue frenado por los romanos en el 168 AC. En Jerusalén, las noticias de su derrota animaron a los puristas a intentar derribar al sumo sacerdote Menelao, bastante helenizante, en la persona de Jasón, hermano de Onías III y, por lo tanto, descendiente de la estirpe de Zadok. La rebelión hizo aque Antíoco considerase a Jerusalén una ciudad traidora y, a su vuelta, la saquease, Templo incluído.

Así las cosas, Jerusalén fue declarada ciudad no judía (manda huevos) y su templo, aún controlado por Menelao El Pelota, dedicado a Zeus Olímpico. Como resultado, todos los judíos se levantaron como un solo hombre, y encontraron como líderes a Matatías, sacerdote asmodeo, y sus cinco hijos, entre los cuales sobresalía Judas Macabeo. La enorme habilidad de este último como jefe militar de guerrilla hizo que, finalmente, los planes helenizantes hubieran de ser abandonados, y el Templo dedicado de nuevo al culto de su Dios. En todo caso, los asmodeos no se quedaron tranquilos con esta victoria, y continuaron la lucha hasta el año 142 AC, cuando el último hijo vivo de Matatías, Simón, consiguió la plena autonomía de Judea. Los judíos eligieron a Simón como su líder político y religioso «por siempre, hasta la llegada del Mesías».

Simón el asmodeo y su descendencia habría que abrir una etapa de más o menos un siglo de gobierno autónomo de Judea y de ocupación del sumo sacerdocio. Su hijo, Juan Hircano, unió al reino Idumea, Samaria y parte de Galilea. Sus hijos Aristóbulo y Alejandro Janeo continuaron el expansionismo judío hasta que el reino de Judea casi alcanzó el tamaño que había tenido en los good old days de David y Salomón. Estos últimos miembros de la dinastía simoníaca, además, adoptaron el título de rey. Rey de los judíos, como rezaba el sarcástico cartel que había sobre la cabeza de Jesús cuando fue crucificado.

El problema para la monarquía simoníaca es que su último miembro, Sandrito, había montado un Estado militar imperialista de tales dimensiones que tenía al país agotado. A su muerte, ocurrida en el 76 AC, fue sucedido por su hermana, Salomé Alejandra; con su hijo mayor Hircano II ocupando el sumo sacerdocio y el más joven, el muy ambicioso Aristóbulo II, la capitanía general del ejército. En el 67 AC, a la muerte de Salomé, ambos hermanos se enfrentaron en una guerra civil. En realidad, Hircano no era sino la fachada que estaba utilizando el noble idumeo Antipater para llevar a cabo sus ambiciones de descabalgar a los asmodeos y hacerse con el reino. Antipater se dio cuenta de que el que manda, manda; así, cuando en el año 63 Pompeyo se presentó en la zona procedente de la guerra contra Mitrídates, rey del Ponto, y para anexionar Siria al imperio romano, en lugar de enfrentársele, como hizo Aristóbulo, se puso de su lado. De esta manera, consiguió que el bello e infatuado Pompeyo le hiciese el trabajo sucio, esto es someter a Jerusalén a sitio y someterlo, anexionando Judea al imperio. Pompeyo llegó a Judea teniendo poderes absolutamente plenos, que le habían sido concedidos por la Lex Manilia. Estaba tan seguro de sí mismo (bueno, la verdad es que siempre fue así de chulo) que cuando se enteró de que en el Templo judío había un sancta sanctorum en el que nunca entraba nadie, salvo el sumo sacerdote el día del Yon Kippur y tras siete días de purificación, se empeñó en visitarlo personalmente. Y lo hizo.

Hircano II fue confirmado en el sumo sacerdocio de la provincia romana de Judea, con Antipater manejando los hilos detrás de él. En los siguientes años, Antipater se trabajó a los romanos y muy especialmente a Julio, el cual le hizo ciudadano de pleno derecho y lo nombró prefecto de Judea. Consiguió sobrevivir políticamente al asesinato del César, pero fue asesinado en el año 43 AC, con lo que su labor debió ser continuado por su hijos Fasael y Herodes. Cuando Marco Antonio adquirió el control de la zona tras la batalla de Philippi, los nombró co-tetrarcas.

Dos años más tarde, en el 40, los partos invadieron Judea y colocaron un rey asmodeo, concretamente Antígono, hijo de Aristóbulo II. Fasael Antipater fue capturado y asesinado, pero Herodes Antipater huyó a Roma, donde el Senado lo proclamó rey de los judíos. En el año 37, con la ayuda del ejército romano, Herodes Antipater entraba en la Jerusalén reconquistada.

Herodes Antipater, que reinaría 33 años, hizo todo lo posible porque los judíos no le viesen como un idumeo usurpador. Repudió a su mujer, Doris, para poder casarse con Marián, la nieta de Aristóbulo. Pero aún así no consiguió ser querido por sus súbditos. Además, tenía el problema de que una de las mayores amigas de Cleopatra, la faraona de Egipto, era Alejandra, hija de Hircano y suegra de Marián. Cleopatra, que estaba en ese momento en lo mejor con Marco Antonio, ambicionaba que Judea volviese a ser, como en los viejos tiempos, parte del imperio egipcio, y trataba de convencer a su novio de que la apoyase, lo cual amenazaba con destrozar a Antipater.

En el año 36, siempre intentando llevarse bien con los judíos, y sobre todo con Alejandra, Herodes accedió a nombrar a Aristóbulo III, hijo de Marián y por lo tanto hijastro suyo, sumo sacerdote. El pobre Aristóbulo, sin embargo, se ahogó algunos meses después mientras se bañaba. No fueron pocos los que creyeron que su padrastro había tenido algo que ver. Marián, indignada, habló con su suegra, ésta con Cleopatra y ésta con Marco Antonio, quien accedió a investigar el hecho.

Afortunadamente para Antipater, que fue imputado y conminado a presentarse ante Antonio en Laodicea, éste en paralelo, como bien sabemos, estaba conspirando junto con Cleopatra contra Octavio, el cual le mandó la flota al mando de Agripa y le infligió una derrota definitiva en Actium, el año 31. Ambos se suicidaron poco después, como también es bien sabido.

Octavio se reunió con Antipater en Rodas y, contra lo que éste pensaba (al fin y al cabo, había sido uno de los aliados de Marco Antonio), le confirmó como rey de los judíos e incluso le otorgó alguna tierra más, como la comarca de Jericó.

Herodes Antipater fue un buen administrador y constructor, que mejoró las instalaciones de Jerusalén y construyó algunas fortalezas defensivas, entre las cuales se encuentra la de Masada, que acabaría siendo crítica para la identidad judía porque ahí se inmolarían decenas de zelotes rodeados por los romanos.

Su política, además, había sido la de no buscar enfrentamientos con el fundamentalismo judío. Ni siquiera tomó medidas contra los ciudadanos, sobre todo fariseos, que rehusaron realizar el juramiento de fidelidad a su persona que instituyó en el 17 AC. Pero en sus últimos años esto fue cambiando y los castigos a los actos farisaicos fueron siendo cada vez peores.

Herodes declaró herederos suyos a Aristóbulo y Alejandro, ambos hijos suyos con Marían y, consecuentemente, al menos medio asmodeos, lo cual hacía fue que fueran mejor vistos por los judíos ortodoxos que su propio padre. No obstante, a ambos los ejecutó en el año 7 AC por conspirar contra él; algo que ya había hecho con su madre años antes. En estas circunstancias, Herodes tuvo que asociar al trono a Antipater, su primer hijo, fruto de su matrimonio con Doris, la mujer en su día repudiada por él. Sin embargo, a éste también lo despojó de todos sus oropeles, también por sospechas de conspiración.

Antipater se estaba quedando sin herederos. Literalmente, tenía que optar por las sobras. Y las sobras eran el joven Herodes, hijo de la conocida como segunda Marián, hija del sumo sacerdote Simon Boethus, con la que se había casado el rey en el año 23 tras apiolarse a la primera Marián. Pero en el año 5 también este Herodes cayó en desgracia; Herodes Antipater se divorció de su madre e incluso le quitó a Simón el sumo sacerdocio. Así las cosas, fue nombrado heredero del trono el hijo de este Herodes caído en desgracia, de nombre Antipas.

Antipas ni siquiera era hijo pata negra de Herodes; era el producto de un polvete con una esposa menor, la samaritana Maltake. Tenía un hermano mayor y más importante, Arquelao, pero por alguna razón Antipater no se fiaba de él.

Herodes Antipater murió en marzo del 4 AC; no sin antes, según los cristianos, haber decretado la matanza de los inocentes, que valiente chorrada es. Probablemente enloquecido por décadas viendo conspiraciones en todas partes, apenas unos días antes de su muerte decretó la ejecución de Herodes Antipater junior, el hijo de Marián la segunda y, en lugar de dejárselo todo a Antipas, dividió el reino en tres: a Herodes Antipas le dejaba Galilea y Peraea como tetrarca; a Herodes Arquelao le dejaba Judea, Samaria e Idumea con título de rey; y una serie de territorios al Este del lago de Galilea a Herodes Felipe o Filipo, el tercer hermano por la vía de otro matrimonio de Herodes Antipater junior, en este caso con la denominada por la Historia Cleopatra de Jerusalén (para distinguirla de la de la nariz y la leche de burra).

Los tres hermanos se fueron flechados a Roma a defender sus derechos para ser los verdaderos reyes de todo. Entre medias, un tal Judas, cuyo padre había sido ejecutado por Antipater, lanzó una rebelión en Galilea en el curso de la cual llegó a tomar la ciudad de Séforis. En Roma, Augusto confirmó los términos del testamento de Antipater, pero muy pronto, en el 6 DC, tuvo que destituir a Arquelao por los enormes problemas que causaba su etnarcado (porque le negó el título de rey), entre ellos su matrimonio con la princesa capadocia Glafira, que había sido la mujer de su medio hermano Alejandro; algo que estaba en contra de la ley judía, que prohibía, no sé si sigue prohibiendo, el matrimonio con la viuda de un hermano. Es tras esta destitución en el año 6 cuando Judea se convierte en una provincia romana bajo el mando de un prefecto.

Herodes Antipas, de lejos el más listo de toda esta panda, se las arregló para que en su tetrarcado no se le presentasen problemas a Roma. No se puede decir lo mismo, sin embargo, de sus relaciones con los judíos. Se casó primero con una princesa nabatea, hija del rey Aretas, pero pasó de ella cuando conoció a Herodias, tía suya y al tiempo hermana política, puesto que era hija de su medio hermano Aristóbulo y estaba casada con su tío Herodes Felipe (no confundir con el Herodes Felipe que recibió una parte de la herencia de Antipater; éste era ciudadano privado y vivía en Roma).

La crítica de este matrimonio, impío a ojos de los judíos, es la que le costó la cabeza a Juan el Bautista.

El principal problema que le supuso este matrimonio a Herodes Antipas fue Agripa, el hijo anterior de Herodias que estaba en Roma. En la capital del imperio, Agripa se había hecho muy amigo de Antonia y de sus hijos Druso y Claudio (el cojo tartamudo que sería emperador). Esta amistad no gustaba al emperador Tiberio y, consecuentemente, a la muerte de Druso, Agripa cayó en desgracia y fue pseudodesterrado a Idumea. Herodias le comió la oreja (y quién sabe si otras cosas) a su nuevo marido para conseguir un mejor tratamiento para su hijo, cosa que consiguió; fue trasladado a Tiberias y acabó de nuevo en Roma, donde intentó poner a Tiberio contra Antipas, pero no lo consiguió. Fue adscrito a la guardia personal de Tiberio Gemelo, donde pudo labrar una gran amistad con Cayo Calígula. No obstante, sus críticas a Tiberio dieron con él en prisión.