jueves, junio 07, 2012

Reflexiones al socaire de la Feria del Libro

He estado en la Feria del Libro de Madrid 2012 dos veces. Dos domingos. En ambos casos, llegué pronto y me marché pronto porque, al menos los domingos, en mi opinión la Feria se convierte en un lugar impracticable para cualquier humano a partir de las 12 de la mañana.

Tengo por mí que la Feria del Libro madrileña pasa por fases alternativas. Cuando menos a mí, en general, me suele ser interesante un año, insulsa al siguiente, interesante el tercero, insulsa al cuarto. Es como si la industria editorial necesitase un año para tomar respiro pero, cuando lo tomase, supiese dar un buen salto hacia adelante.

De forma un tanto preocupante, sin embargo, anoto que el año pasado me aburrí como una cebolla mal pochada; y este año no le ha ido a la zaga. Me ha dado por pensar en los porqués de esta sensación, y aquí va lo que me ha crecido en el cacumen.

En primer lugar, creo que un elemento importante es que los libreros dan toda la impresión de no haberse enterado de la crisis. Por pura casualidad, en el autobús que me llevó al Retiro el conductor llevaba puesta la radio; así pues pude escuchar un anuncio de una marca de coches. Si es cierto lo que prometía el asunto, con tal de que les compres un coche de su modelo (que, además te dejan en 8.500 euros, que es un precio tirando a barato) te tasan el coche usado en, como mínimo, 2.500 euros. Esto, en el caso de más de uno y más de dos coches que se ven por ahí, es todo un acto de caridad. Pero la crisis manda y, si quieres que la gente compre coches, tienes que apretar.

Lejos de ello, sin embargo, los libros siguen costando, mutatis mutandis, lo mismo que costaban el año anterior; y el otro; y el otro. Más aún: cualquiera que se mire un poco los ejemplares en exposición en los stand llegará rápidamente, creo yo, a la conclusión de que la edición de bolsillo permanece ignota, como escondida, cuando no directamente preterida.

La Feria del libro ha sido tomada por los libreros (casetas rojas) en detrimento de las librerías (casetas verdes). En eso, la verdad, la Feria ha ganado con la crisis, porque era un coñazo pasear, caseta tras caseta, viendo siempre los mismos libros en distintos sitios; pues las librerías, salvo que estén especializadas, venden lo que todo el mundo vende.

Así las cosas, con la crisis la Feria se ha convertido en el retrato de la oferta editorial que tienen quienes la construyen. Y un paseo por dicha Feria le enseña a uno, rápidamente, que dicho retrato se basa en un concepto: rigidez. El libro sigue siendo lo que siempre ha sido, y costando lo que siempre ha costado. Algunos stands ofrecen, como cosa de la hostia en verso, libros pequeñitos, cortos, por 10 euros o 10 euros y medio. Pero eso viene siendo lo extraordinario.

Ciertamente, por 10 euros te llevas algo que, si te gusta, te va a procurar una mañana de placer (todo lo más), mientras que casi por el mismo coste la industria del cine apenas te aporta un par de horas. Pero leerse un libro, en España, sigue siendo una experiencia cara, por la simple y pura razón de que es igual de cara que lo era cuando había pasta. Y eso es algo que no se compadece con la realidad.

La Feria del Libro permanece, pues, impasible el ademán. Y, con seguridad, se acabará quejando de que no vende. Porque la culpa de no vender, por supuesto, siempre es de otro.

El libro barato, de crisis, verdaderamente existe: es el libro electrónico. Pero es tal el pánico de la industria editorial hacia el ebook que se monta un pollo de metros y metros de oferta, paseo de coches arriba y abajo, y el libro electrónico no aparece por ninguna parte.

Yo ví un libro ayer que me interesó. Costaba 27 euros. Memoricé el autor y el título, y esta mañana lo he mercado en la tienda de Kindle por 7 euros. No es el mismo libro, pero es exactamente la misma mercancía intelectual.

El libro lo vi en la caseta de su editor. O sea, que su editor me pedía 27 euros por el libro, sin mencionarme siquiera el hecho de que podía conseguirlo por 7.

La semana anterior me compré otro libro; de la vieja biblioteca del Fondo de Cultura Económica. Y si me lo compré fue únicamente porque las posibilidades de encontrarlo en Kindle son remotas, si no inexistentes.

Resulta destacable, en este punto, que ni siquiera los oferentes públicos (casetas amarillas: ministerios, comunidades autónomas -este año bastante ausentes-, CSIC, INE, bla) tengan una política activa en este punto. Lo cual no me extraña, teniendo en cuenta que digitalización es una palabra que los funcionarios, o más bien sus jefes, parecen no entender. Hace ahora ya cinco años que tuve la ocasión de quejarme, en este mismo blog, de que el Congreso de los Diputados español no haya procedido a la digitalización de las actas de sus plenos, como ha hecho el BOE con sus números y un montón de hemerotecas por aquí y por allá. Pero es que, además, la labor de los centros públicos como editores de publicaciones sigue haciéndose, en su mayoría, al modo antiguo, y a unos precios increíbles.

Los editores españoles, pues, públicos y privados, viven como el avestruz, con la cabeza metida en la tierra. Y sólo la sacarán para visitar al gobierno de turno y pedir subvenciones y ayudas, claro.

Otro tema de la feria que me deprimió fue el de las firmas. El problema no es nuevo. Al parecer, el no va más de las colas de lectores para obtener firmita ha sido Mario Vaquerizo, personaje cuyos méritos literarios se resumen, por lo que sé, en su condición de consorte de Olvido Gara. Pero otros años ha sido Boris Izaguirre (otro puntal de la literatura latinoamericana del siglo XXI, directamente comparable con Mario Vargas Llosa: ambos tienen el dedo meñique de menor tamaño que todos los demás) o el potadero de turno, que entre pelea y pelea televisiva, más o menos fingida, se había escrito un libro.

Por lo tanto, la Feria de Madrid se convierte en una ocasión para hacer márquetin ramplón y sustantivar la apuesta estratégica del sector editorial español.

Una de las preguntas eternas que yo me he hecho, y rara vez he encontrado alguien que le aportase una respuesta, es por qué en España no hay autores de best sellers. Entiéndaseme: alguno hay; pero es que sólo en la estantería de libros en inglés de la FNAC de Callao, se anotan, no tres, ni diez nombres, sino decenas. En países como Estados Unidos o Reino Unido hay centenares de personas que, más o menos, viven de escribir historias que le interesan a la gente, sin pretensiones de saltar a las enciclopedias de Historia de la Literatura.

Con los años, he terminado por pensar que dos son las respuestas que justifican esta realidad.

En primer lugar, en España no hay best sellers porque el español que edita desprecia este género. Como lo desprecian los críticos literarios y, en general, todo aquél cuya labor es, más o menos, recomendarle al personal qué leer.

Una vez, hace bastantes años y por invitación de unos amigos, me apunté a un curso de escritura por internet. La primera semana se nos propuso que redactásemos un texto en el que figurase la descripción más o menos puntillosa de un lugar. Yo escribi siete o ocho páginas, en las que imaginaba el principio de una novela que entonces me estaba rondando la cabeza. En dicho principio, un funcionario soviético de vigésimo sexta fila, empleado en la agencia Novosti contestando cartas enviadas desde el extranjero (no sé si lo sabéis; pero la Novosti tenía, en los años de la URSS, centenares de escritores de cartas que contestaban a todos los ciudadanos de Occidente que les escribían, por supuesto para explicarles los inmarcesibles avances de la sociedad y economía soviéticas) era sorpresivamente llamado por Josif Stalin a su presencia. La escena describía el pasillo que aquel tipo atravesaba, paso a paso, antes de llegar al despacho del Jefe.

Cuando llegó el turno de los comentarios del profesor, éste escribió de mi texto que era un típico comienzo de best seller. Lo era, sí. Pero la cosa es que él lo dijo como una crítica. Destacando un defecto. Como queriendo decir: lo podrías haber hecho mejor, macho. El texto podría haber sido más lírico. Más abstruso. Más oscuro. Más hermenéutico. Más puteón con el lector, por decirlo de alguna manera.

Ésta es, tal vez, la razón por lo que tanto escritor español da la impresión de hacer su labor con el María Moliner al lado, o mejor con el diccionario de sinónimos de Roque Barcia, para así poder saber que, en lugar de "mal dicho", puede escribir "gazafatón", que se entiende menos.

Si me hubiese sentado al ordenador y hubiese escrito: «Luz, penumbra herrumbosa; Dimitr contaba sus pasos, enhebrándolos con visiones caliginosas de un distante pasado feliz. Ríspido, el mosquito ronda sus orejas, como burlándose de él. Tiembla hasta la profundidad de sus cápsulas articulares. Nada, en ese estrecho pasadizo, se le hace propíncuo». Si hubiese escrito eso, digo, lo mismo mi profe habría pedido el Príncipe de Asturias de las Letras para mí.

Para toda una casta de escritores (y los editores no son sino escritores que no valen para escribir, pero valen para los negocios), la simplicidad, la sencillez, es un defecto. Consecuentemente, esperan que el lector haga el esfuerzo de acercarse al libro, no al revés. Con lo que volvemos a la actitud de la Feria ya descrita: si no vendo, es porque no compran. Esos cabrones.

La segunda respuesta está relacionada con la primera. Los editores en España nunca han apostado por crear una casta escritora, que pudiese enorgullecerse de tal ser, y que escribiese cosas sencillas, fáciles de entender. Pero el público de ese tipo de cosas siempre ha existido. Hace décadas, era el público de los sainetes de los Quintero o de Muñoz Seca, editados en fascículos baratos por Novelas y Cuentos, donde el personal se lo pasaba en grande con esos personajes que, siendo incultos hasta la raíz de los pelos, se creen la hostia, y dicen cosas como aquélla que escribiera Muñoz Seca: "Ayer se llegó la señora, acompañada de su hijagénita". Como ese público siempre ha existido, ha llegado un momento en el que ha habido que darle de comer. Y, además de traducir las creaciones de fuera (en escandalosa deslocalización de los beneficios de la producción cultural) se hubo de entrar en este terreno a capón, o sea malamente. Y entonces tenemos lo que tenemos, es decir el boom de una novela histórica que comete errores históricos de bulto con total desparpajo (fenómeno éste, para mayor desgracia, en modo alguno existente sólo en España) y, sobre todo, la edición de textos de mayor o menor calidad vinculados al famoseo.

La industria editorial española, por lo tanto, vive pendiente del último tipo que le tira un centollo por la calle a Urdangarín, o se casa con la momia de Concha Piquer, o sale en la tele explicando cómo se caza las ladillas con un soplete; para ofrecerle que escriba alguna cosita y, si ni a eso llega, ponerle ipso facto, supongo, un negro a su disposición que escriba para él una novelita sobre los sindicatos pesqueros peruanos (pequeño homenaje al pobre Martín Romaña, que se escribió una para poder echar un polvo). Mientras tanto, escritores de bastante valía, por no decir mucha, comienzan a editar libros electrónicos y a venderlos en plataformas por unos céntimos. No tardarán los otrora reyes de la distribución en exigir que eso se prohíba. No hay más que pasarse por la Feria del Libro, y olfatear el aire.

Como los editores no tienen medida, ahora pasamos al otro extremo del péndulo. Si antes firmaban sólo los consagrados y alguno más, ahora firma todo dios. Un domingo de Feria del Libro, a las doce y media de la mañana, habrá como cincuenta pollos y pollas (y mujeres) firmando, de los cuales el nombre de apenas cuatro o cinco le suena a más del 20% de los presentes. Como la mayor parte de los libros que se editan son de calidad cuestionable, se le pone el valor añadido de la firma del autor, a ver si cuela. Un día de éstos tengo yo que hacer lo mismo con mis libros. ¿No te interesa leer De los concilios al Black Power? Oye, pero te lo mando a casa firmado. ¿Entonces sí? Macho, te lo tienes que hacer mirar...

En suma: la Feria del Libro de Madrid lleva camino de convertirse en el embroque anual de una industria ambiciosa, un punto timadora, amarrada a márgenes de beneficio incompatibles con la realidad, endogámica, encantada de haberse conocido, marquetinianamente mal concebida, culturalmente pobre, propendente a la subvención, rígida a la renta, rígida a todo, que se está pegando una  hostia del cuarenta y dos y que lleva camino de pegársela del setenta y siete; y que, con más que probable seguridad, acabará buscándose alguna terminal con sotabarba y/o pipa en la boca que vaya por los periódicos y el Facebook y tal diciendo aquello de "quieren acabar con la cultura" o cosas parecidas. Y es de esperar que los portaestandartes guay de turno les hagan de eficientes corifeos.

La Feria del Libro está llena de polvo, de momento. Pero algún día lloverá; y, el día que llueva, los polvos ya sabemos en qué se acaban convirtiendo.

martes, junio 05, 2012

Pirámides mistabobas

Me asomo un momentito a ésta mi ventana para solidarizarme. Para solidarizarme con las varias personas que, antes que yo y con mucho más conocimiento también, se han escandalizado en la red por el reciente otorgamiento de excelente cum laude por una universidad española (o, si lo preferís, catalana: la Politécnica de Barcelona) a la tesis de un arquitecto, Miquel Pérez-Sánchez, según la cual la pirámide de Keops fue construida para conmemorar el milenio del Diluvio Universal y estaba, entre otras cosas, coronada por una esfera con el ojo de Horus. Aquí y aquí podéis leer algunas "respuestas" a este "hito" de la intelectualidad hispano-catalana que, como digo, hablan del tema con mayor conocimiento que yo.

Como también señalan estos otros cronistas de la cosa, esto de la piramología mistaboba es cosa que viene de antiguo. En este blog ya hemos tenido la ocasión de aportar nuestro pequeño granito de arena a las interpretaciones estúpidas sobre la pretendida imposibilidad que los egipcios habrían tenido de construir las pirámides. En realidad, desde el siglo XIX los egiptólogos, y los arquitectos serios, han demostrado que todo eso son caralladas. El lector serio tiene acceso a libros que le explicarán cómo construían los egipcios; y le costará encontrar hombrecillos verdes mezclados con las cuadrillas de fellah asalariados (que no esclavos; otra imagen distorsionada que medio mundo compra de forma acrítica), aplicando en las pirámides conceptos superavanzados.

La hipótesis de la existencia, 2.000 o 1.000 años antes de Jesucristo, de una civilización no sólo más avanzada que su entorno, sino más avanzada que nosotros, que los contemplamos 4.000 años después, es una gilipollez del tamaño de la propia pirámide que toma como disculpa para desarrollarse. La razón para ello es que la tecnología no se desarrolla de forma selectiva. Aunque es posible que una civilización haga algunas cosas mejor que otras, el hecho de que todas las tecnologías se toquen un poco, se entrelacen, hace que, en términos generales, el avance técnico no pueda ser unívoco. Un pueblo, por lo tanto, no puede ser la hostia construyendo y no tener ni puta idea de cómo curarse los pies porque, como digo, todos los conocimientos técnicos están conectados. Queriendo ir al espacio desarrollas sistemas de gestión de datos, desarrollando sistemas de gestión de datos desarrollas las hojas de cálculo, desarrollando las hojas de cálculo mejoras tu capacidad de gestión en tiempo real de la información, y mejorando tu capacidad de gestionar en tiempo real la información generas sistemas de corrección automática de los movimientos excesivamente volátiles de los mercados financieros. Rápidamente, pues, lo que empezó preguntándose cómo impulsar un objeto más allá de la atmósfera termina en la prima de riesgo.

Cuando uno se encuentra con tanta y tanta momia como se ha descubierto con los dientes destrozados, tiende a pensar que entre aquellos egipcios se daban con mucha frecuencia los flemones y los abscesos en las encías (por lo que he podido leer, creo que en el clásico de Flinders Petrie sobre la vida cotidiana en el Antiguo Egipto, aunque bien pudo ser también en el monumental manual de Etienne Drioton, se especula con que los egipcios fueran primitivos fabricantes de pan, que llevaría restos de arena, que provocarían esos problemas). Cuesta creer que un pueblo sea capaz de construir edificios teóricamente imposibles para su tecnología, mientras que agarra el moflete porque, por no saber, no sabe ni luchar con eficacia contra la piorrea y los flemones. Y, como he escrito ya muchas veces, si recibió la visita de romulianos de Alpha Centauri, menuda panda de cabrones fueron, que les enseñaron a levantar edificios en lugar de a vivir sin que les doliese la boca.

La entrevista con el autor de esta investigación en La Vanguardia (enlazada más arriba) no tiene desperdicio. Obsèrvese de qué formas más sutiles se construyen las convicciones: "Como en el vértice de la pirámide había una relación con el número e, la base de los logaritmos neperianos, pensé que el diámetro de la esfera podría ser e. Hice la simulación y me di cuenta de que el perímetro en codos reales de la plataforma que trunca la pirámide en su parte superior era el número Pi. Eso me confirmó la hipótesis de trabajo. Además, la altura del vértice me salía muy próxima al cociente de dividir un millón por 3.600. Para los egipcios, el millón era el número del infinito, y 3.600 son los segundos de una hora y un grado. Podría representar lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño".


Antes nos ha dicho el mismo autor que la altura de la pirámide es exactamente una división de la altura entre la Tierra y el Sol en el momento del perihelio. Ahora nos dice que hay "una relación" con el número e; que no debe de ser muy exacta cuando no nos habla de "una relación exacta". Y también nos dice que "la altura del vértice me salía muy aproximada al cociente de dividir un millón por 3.600". Y nos dice también: pensé que el diámetro de la esfera podría ser e; entonces descubrí que el perímetro de la pirámide truncada era Pi. O sea: pènsé que aquel tipo se podía parecer a George Clooney; entonces, dobló la esquina y ví que era igualito que Laurence Fishburne... ¿y?

Obsérvese, además, que el autor utiliza la expresión "esto es igual a (n veces) Pi", sin explicarla. Que algo sea igual a Pi puede significar que es casi 3, que equivale a 3,1, o que equivale a 3,14. O que es igual a 3,1416, que es la ristra de números que casi todos sabemos. Pero, si recuerdo bien las clases de mates, nada es igual a Pi, salvo Pi claro, porque Pi es un número inabarcable. 3,1416 está asumiendo una desviación del 2,3 por millón respecto de Pi expresado con 50 decimales. ¿Poco? Para tí, sí. Pero para unos pollos que son capaces de levantar un edificio que es divisor exacto de la distancia al Sol, y que está (esto afirma el autor) relacionado con un sistema de coordenadas cuyo referente es nada menos que el monte Everest, pues es, o sería, un error de la hostia.

En todo caso, como explica José Miguel Parra en el enlace que pongo más arriba, los papiros matemáticos egipcios demuestran que desconocían el número Pi; y la aproximación de la Gran Pirámide a dicho número se debe al uso de un triángulo o seqed de unas dimensiones concretas para determinar la inclinación (triángulo que se puede ver aquí). Por lo tanto, el uso de determinadas proporciones para establecer la inclinación de la pirámide resulta en una determinada relación, pero no se basa en ella.

En todo caso, alguien que, desde las orillas del Nilo, es capaz, como en el crimen de los Urquijo, sólo o en compañía de otros, de construir un edificio cuya altura es exactamente una división de la distancia entre la Tierra y el Sol... ¿cómo es posible que sólo realice aproximaciones más o menos felices al número e y, sobre todo, a una división tan sencilla como 1.000.000/3.600?  ¿Es que los romulianos se dejaron el iPad con calculadora en Alpha Centauri, o mandaron a los becarios, o qué?

Otra cosa que es enternecedora es el asunto del múltiplo de 888. Resulta que el autor de la tesis ha encontrado que un montón de dimensiones de la pirámide se relacionan con este número. Como no hay tradición en ninguna parte sobre él, el entrevistador periodístico, con su culturilla, saca el famoso asunto del 666, el número del Diablo. Y atenta la compañía con la respuesta: "El análisis del 888 nos lleva seguramente a entender que lo del 666 es un mito, como tantas cosas que nos llegan de la antigüedad. No he encontrado a nadie que me sepa explicar esta ley a nivel matemático. El dios único se oculta tras el 888. Es un tema complejo y apasionante. Utilizaron el 888 como confirmación del espacio y el tiempo del monumento."

O sea, empiezo por destrozar una gilipollez mistaboba (la del 666) para construir otra (la del 888) a pesar de que yo mismo reconozco que no tengo ni puta idea de cuáles son las relaciones o secretos que puede portar dicho número; y, a pesar de no tener ni puta idea, hago afirmaciones categóricas: "está", "utilizaron".

Eso sí, doy el aldabonazo mistabobo: "el dios único se oculta tras el 888". Pero... ¿por qué único? ¿Eran monoteístas quienes construyeron esa pirámide que se rige por las dimensiones del 888? ¿Acaso no eran muchos de ellos rígidos creyentes de la Enéada Helipolitana que, como su propio nombre indica, está formada por nueve pollos divinos?

Pero... ¡un momento! Si dividimos 888 (la proporción egipcia) entre 9 (los dioses de la Enéada) nos da aproximadamente 98, que es... ¡la distancia entre Madrid y el monasterio de El Paular!

¡Dios mío! ¿Qué sabían los egipcios que también sabían los cartujos medievales castellanos? ¿Quién es, hoy, el secreto guardián de esos adelantadísimos conocimientos piramidónico-numerales-gnóstico-astrofísicos? ¿Rouco Varela, Perales? ¿Acaso murieron con Torrebruno?

Acto seguido, el autor hace una serie de calculines relativos a la edad de la pirámide y, "con la ayuda de un avanzado programa informático" (que no falte la cita al uso de herramientas supersofisticadas, como para darle mayor empaque al mensaje) descubre que "una de las fechas en las que se cumplían los datos de Plutarco, era exactamente 1.000 años antes del día señalado por el canal que fijaba el final de las obras". ¿Una de cuántas? No nos lo dice; tal vez porque autor tan avezado en las matemáticas sabe bien que si una de dos fechas da lo que queremos, es como para sospechar; pero si es una de 25.000, ya la cosa se acerca más al concepto de lo científicamente endeble.

De ahí concluye que la pirámide celebra algo que pasó 1.000 años antes de su construcción (pero que parece ser habría que mantener en secreto, porque ningún testimonio lo indica), y ese algo es el Diluvio Universal. Como digo, lo más extraño de esta hipótesis (como la de que la pirámide estuviese coronada por una esfera que nadie reproduce ni describe, ni en la de Keops, ni en ninguna pirámide) es que nadie la cite. Siendo lo cierto que los egipcios son bastante dados a describir las grandes catástrofes de que son objeto, como bien sabe cualquiera que se haya leído el papiro de Ipuwer, incluso en diagonal, como hizo Abraham Velikowsky.

Considera el autor que Osiris, el moderno Onofre, era un pollo físico, un extranjero que trajo a Egipto la agricultura; o, tal vez, la metáfora de un pueblo entero. Llama la atención al teoría cuando antes ha dicho que "el génesis egipcio es diluvial", como lo son otros muchos; frase en la que está apuntando algo a mi modo de ver más preciso, como es la conexión del mito osiríaco con otras creencias religiosas, que se desarrollan durante milenios y acaban instilándose en el propio cristianismo. El principio del mundo se explica mediante un diluvio en las tradiciones trazables en: Australia, Babilonia, entre los indios canadientes, las razas originales bolivianas, en Borneo, en China, entre los masai, en las islas Fiji, Guayana, Polinesia, la antigua Grecia, Persia, Islandia, la India, Malasia, Nueva Zelanda, México, Perú, la península itálica, Vietnam...

Más parece que Osiris es una realización de la sociedad egipcia de una serie de mitos genéticos y religiosos que se repiten en el ámbito mediterráneo, por no decir en el mundo entero.

Lo más triste de toda esta milonga, en todo caso, es el hecho de que esta sarta de teorías, digamos, no exentas de cierto folklorismo, haya merecido un cum laude por parte de una universidad española. Es más que posible que alguno, si no todos, de los miembros del tribunal que han concedido dicha calificación luego salgan a la calle con una camiseta verde pidiendo una enseñanza de calidad. Pero ellos, pidiendo eso, son un oxímoron con pies. Porque una universidad que de tal se precie no puede dar cabida a este tipo de desarrollos intelectuales. Es más: el detalle es una demostración de que la enseñanza de calidad no es, desde luego, un problema de dinero. Porque si el dinero se gasta en pagarle el sueldo a un pollas para que dé clase. más que invertir en enseñanza de calidad, lo que sirve es para ampliar el pudridero.

No puedo confirmar plenamente las noticias que llegan de que las próximas tesis doctorales que juzgará la universidad española estén dedicadas a demostrar:

Que Jenofonte se llamaba, en realidad, Jenaro Fontenova, y era de Madrigal de las Altas Torres.

Que Lluis Companys era descendiente directo de una dinastía ostrogoda emparentada con Zoroastro, escondida durante siglos en los sótanos de una posada de Ametlla del Mar, donde al parecer aprendieron el catalán.

Que el número 3 es la representación simbólica de las trompas de Falopio de Santa Ana.

... y que la mediana estadística del número de toques de balón que hace la Roja por partido, dividido por la magnitud gnóstica representada por el número de pliegues de la túnica del rey David del pórtico de Platerías de la Catedral de Santiago, resulta ser un múltiplo aproximado de la proporción áurea que, dividido por el número de polvos que se estima echó Felipe V, demuestra fehacientemente que el pico Aneto estuvo una vez situado en las coordenadas aproximadas donde hoy está la villa de Nightmute, Alaska.

lunes, junio 04, 2012

Fra Girolamo (2)

En efecto; con su gesto de entrar en el convento dominico, Girolamo Savonarola creía haber ingresado en un cotolengo de pureza divina y, sin embargo, se encontró con una prolongación del mundo externo del que huía. Sus superiores no se preocupaban de rezar y santificar sus actos, sino de incrementar, en la medida de lo posible, la riqueza e influencia conventuales. Él creía que encontraría santos en vida en los claustros de la casa de Dios; pero los únicos santos eran los que vivían en los libros. Como respuesta, incrementó, todavía más, su austeridad e inmolación. En un mundo como el renacentista, que tendía a superar exageraciones ascéticas como la de los monjes y monjas medievales que dormían sobre el ataúd en el que algún día dormirían su sueño eterno, poco a poco, su extrema austeridad y autocrueldad le ganó fama de santo.


No obstante, es importante hacer una matización. Normalmente, los predicadores milenaristas, como Girolamo Savonarola sin duda lo fue, tienen una imagen de personas constantemente rabiosas y violentas tanto en la voz como en el trato. El cura que cree en la próxima llegada del Anticristo es habitualmente, tanto en relatos escritos como filmados, un tipo sanguíneo que, como cree que todo se va a ir a la puta mierda, trata a todo el mundo de forma atrabiliaria e, incluso, irrespetuosa. En el caso de Savonarola, sin embargo, no faltan retratos que nos dejan sus contemporáneos y que describen a una persona tan virulenta y apocalíptica desde el púlpito como suave, comprensiva y hasta dulce en el resto de la vida. A Girolamo Savonarola la práctica totalidad de sus acólitos lo adoró, por la dureza justa con que los reprendía, y la forma que tenía de combinar ésta con un trato racional y humano. Cualquier persona que sepa dos palabras de sicología del trabajo en equipo sabrá que, en la frase anterior, acabo de describir lo que hoy se tiene por retrato ideal del líder. Es posible que la gran habilidad de Savonarola, por lo tanto, fuese el liderazgo.


Seis años pasó así Savonarola con los Perros de Dios (Domini cani), que con el tiempo recordaría como los más felices de su vida. Consumidas las etapas para convertirse en un fraile primero y en un erudito después, su salida natural era la predicación. Sin embargo, ahí se encontró con la primera fatalidad de su vida. Girolamo era un torpe hablador y, además, le costaba encontrar su voz, su yo personal e intransferible, capaz de galvanizar a las audiencias de feligreses. Tomó clases de retórica en la universidad; sus profesores le dijeron, casi todos, que sus argumentos teológicos y filosóficos eran excelentes; pero que los explicaba como el culo.


Tras algunos años en Bolonia, fue enviado a Ferrara, a continuar sus estudios. Estando allí, el padre Vincenzo Bandelli, que había sido su lector en Bolonia, apareció en la ciudad, donde fue implicado en una competición retórica, que ganó por goleada. Para Girolamo, el ejemplo de un gran orador, que todos los ferrarenses pudieron saborear y conocer, fue tóxico; a su lado, sus balbuceos, que profería con una vocecilla distante de puro débil, parecían bromas.


Quién sabe si, de haber continuado esta situación, Girolamo Savonarola no habría terminado por ser tan sólo uno más de los centenares de miles, si no millones, de frailes de las edades antiguas, sin nombre, oficio ni beneficio, ni, por supuesto recuerdo. Pero quiso el destino que un día el joven fraile se encontrase en una barca acompañado de un grupo de soldados, que iban jugando a los dados y blasfemando. Ofendido en lo más profundo, el bajito Savonarola se levantó, imprecó a los milites y les montó un pollo de aquí te espero, en medio del río. Tan convincente estuvo en su papel de hombre de Dios encabronado (una vez más, el liderazgo...) que los soldados le pidieron perdón y le rogaron su bendición.


Aquella tarde, Savonarola tuvo una pista muy clara de por dónde debía ir su vida. Su voz. Había nacido para hacer del púlpito un arma de destrucción masiva.


En 1481, a causa de la guerra, el prior de Bolonia hubo de dispersar a su grey, y Savonarola fue enviado a San Marcos en Florencia, donde ostentaba el priorato su maestro de antes, Fra Bandello. Le nombró lector de los novicios. Un año más tarde, le fue encargada una predicación en la iglesia de San Lorenzo. Quedó como el culo. Parece ser que estuvo más dubitativo, más insulso, y más debilucho de voz, que nunca. Sus amigos, con sinceridad, le dijeron que no poseía ni la voz, ni los gestos, de un buen predicador. Especialmente en una plaza como Florencia, donde actuaba nada menos que Fra Mariano de Gennazzano, que era algo así como el Justin Bieber de los predicadores renacentistas. El personal hacía kilómetros a pie para oír hablar a este fraile agustino. El contraste con aquel Lobezno de la predicación hacía a Savonarola, si cabe, más insípido, más feo. Más pollas. Desanimado, el buen dominico anunció a sus superiores, y a sus íntimos, su decisión de dejar el púlpito. Como si de un Casey Stoner del Verbo de Dios se tratase, Fra Girolamo, en la flor de su formación y su predicación, anunciaba su retirada de los circuitos pulpiteros.


Volvió a la formación de sus novicios y a la Biblia; cada vez más, a una parte de la Biblia: el Apocalipsis.


La Apocalipsis es, con mucho, el libro más simbólico de las Escrituras. Yo tengo por mí que es un gran error de los padres de la Iglesia católica no haber retirado su texto del compendio llamado Biblia, estudiado y concebido para ser leído por todo el mundo; desde la estricta minoría que está en condiciones de entender el fuerte sentido metafórico, gnóstico, de sus páginas; hasta cualquier mediopensionista que pase por ahí y se haga cristiano. Es probable que los primeros padres de la Iglesia dejasen ese libro ahí porque les venía muy bien; al fin y al cabo, hasta prácticamente el Vaticano II, la praxis de la Iglesia católica ha sido hurgarle al personal la conciencia con la idea del Infierno, el castigo eterno, un Juicio Final a mala leche, esas cosas. Y, la verdad, a la hora de convencer al personal de que si no se porta le van a pasar cosas jodidas de cojones, no  hay nada como la Apocalipsis; porque, de hecho, si uno lee sólo los Evangelios y los Hechos, le puede dar por pensar que las puertas del Cielo son más anchas lo que a la Curia le conviene que se piense.


El problema de la Apocalipsis, sin embargo, es que es un texto del que es muy fácil, si se quiere, aun siendo persona culta y leída (como era Girolamo), llegar a la conclusión de que describe un punto concreto de la Historia del mundo; y que ese punto es el presente. Porque el hombre, si es adecuadamente pesimista, siempre piensa que vive en el punto más bajo de la Historia, y que ningún tiempo pasado fue peor. En correcta teología cristiana, es al menos mi opinión, la conclusión de que la Apocalipsis describe un concreto día de castigo que está al llegar es, simple y llanamente, herética o, como diríamos hoy de una forma más blanda, errónea. Por decirlo de una forma coloquial, hemos de suponer que el Dios Padre algo aprendió en Sodoma y Gomorra, fábula moral una de cuyas enseñanzas es que hasta en una pandilla de cabrones se puede encontrar un corazón hermoso, dulce y generoso. Más aun: las palabras del Cristo tras resucitar parecen ser bastante claras en el sentido de que la divinidad, con su marcha, da por terminada su misión, que a partir de entonces queda encomendada a los hombres (razón por la cual, es de nuevo mi opinión, la Iglesia debería abominar tanto de los milagros como de las pretendidas apariciones marianas, pues todas ellas son remakes de la acción divina en las que, a mi modo de ver, un auténtico creyente en la Resurección de Cristo no debería creer).


La Apocalipsis, en todo caso, y su interpretación, juegan a favor de la más que evidente proclividad del ser humano por creer que The End is coming. Ahí está la célebre polémica, que dos minutos en Facebook aflorará a los ojos de cualquiera, sobre si puede ser que unos mataos que ni siquiera sabían sondarse la próstata pudieron hacer los cálculos pertinentes para descubrir que el mundo se acaba en el año 2012 (en el caso de aceptar las teorías de los pollas mistabobos y encima se crea que esos cálculos se los pasaron unas inteligencias superiores, queda la pregunta de por qué aquellos tipos tan listos, en lugar de pasarles la información sobre el 2012, que a los mayas les importaba un cojón, no les enseñaron a sondarse la próstata, que es una cosa cien mil veces más útil).


Todo esto tiene que ver con una cosa que le ocurre a las personas muy habitualmente, que es no darse cuenta de que el ámbito de recuerdos directos que pueden abarcar, aun sumando a sus experiencias las de sus padres y las de sus abuelos, es insignificante. Esto ocurre mucho con el calentamiento global; es normal encontrarse personas que viven convencidas de que la Tierra se está calentando porque, dicen, no pueden recordar un verano más caluroso, o un invierno más frío, o un lo que sea, que el presente. Ante tal afirmación sólo cabe improvisar una tosecita y disimular, no sea que se vayan a dar cuenta que piensas que la tal afirmación es una Gilipollez con Balcones a la Calle y Trienios de Antigüedad.


El ciudadano del Renacimiento bien podría estar convencido de que estaba en el momento más bajo de la existencia del hombre. Para empezar, para él (sobre todo si era fraile) la Edad Media estaba lejos de ser esa etapa oscura, brutal, sucia y violenta que nosotros concebimos hoy en día. Más bien todo lo contrario. La Edad Media, para un ciudadano renacentista, para colmo italiano, aparecería como una era de certeza vital, aunque la vida fuese una mierda, que estaba lejos de reproducirse en el presente. Además, el Renacimiento, a pesar de la propaganda positiva que ha tenido en los últimos doscientos años, que tiende a concebirlo como una época luminosa, alumbramiento del Humanismo y la recuperación de la filosofía clásica y bla, es, desde muchos puntos de vista, un enorme retroceso social en Europa:


Primero, porque la guerra pierde su carácter medianamente civilizado. La guerra medieval la hacen los nobles y su objetivo no es machacar al enemigo, sino capturar su plaza, o su barco, o su príncipe, para exigir el correspondiente rescate. La guerra concebida como una competición a ver quién mata o invalida a más pollos (que ya no son nobles, sino pringaos) nace en el Renacimiento.


La Edad Media reconvenía y, todo lo más, aislaba a las brujas. El Renacimiento las quemó.


Igualmente, la Edad Media le negó a los judíos la condición de ciudadanos de primera, y hasta de segunda. El Renacimiento les quitó la vida.


Muy importante para el universo de Savonarola: en la Edad Media la Iglesia era un contrapoder más de un tridente complejo que completaban la nobleza y la corona. En el Renacimiento, el penúltimo de estos elementos pierde la partida contra el último, con la inestimable colaboración para ello del primero, y la Iglesia recibe enormes recompensas que la convierten en una multinacional y en un actor geopolítico de Europa. Añadamos, además, que en la Italia de Savonarola las cosas son aún más complejas, pues la fuerza de las coronas más poderosas (la española y la francesa), junto con el Papado, pone en peligro (de hecho, a la larga se carga) el sistema de principados existente hasta el momento.


Last, but not least: la Europa cristiana del Renacimiento se ve a sí misma como amenazada por una fuerza con la que no puede: el Turco. Por lo tanto, vive preguntándose si todo lo que ha construido no desaparecerá bajo la espada del Infiel; que es algo que, realmente, para quien piensa que defiende una Verdad Absoluta, es una idea jodida, milenarista.


Si se es un buen católico, no se debería creer en que la Apocalipsis describe algo que algún día pasará tal y como lo cuenta el libro. Pero, como digo, para alguien convenientemente autogestionado por sus creencias y sus ambiciones, y viviendo en un tiempo tan convulso y violento, es fácil caer en ese error. Girolamo Savonarola fue uno de ellos.


El buen fraile acabó por concluir que el libro describía su siglo. La Fe desaparecida. El nombre de Dios vilipendiado y subastado en almoneda. La Iglesia, podrida de raíz. Encontró en la propia Biblia hasta siete razones que explicaban que la venida del Anticristo estaba a puntito de producirse.


Conclusión: predicar no podía ser repetir amables frases sobre la virtud y el pecado y bla. Predicar debía consistir en gritar bien alto: arrepentíos, el fin está cerca.