Brest-Litovsk 2.0
La ratonera de Kiev
Cambian las tornas
El deportador que no pudo con Zhukov
La sociedad Beria-Malenkov
A barrer mingrelianos
Movimientos orquestales en la cumbre
El ataque
El nuevo Beria
La cagada en la RDA
Una detención en el alambre
Coda
Beria se destacó aquella mañana por su actitud ganadora y chulesca; tanto Khruschev como Aliluyeva lo recogen en sus recuerdos. Estaba, literalmente, encantado de que Stalin se estuviese muriendo, y o no quiso o, más probablemente, no pudo ocultarlo. Avanzada la mañana, dejó la dacha para irse al Kremlin, donde más que probablemente saqueó la caja de caudales personal de Stalin, llevándose y es de suponer que destruyendo los documentos más comprometedores que guardaba. Se ha especulado, de hecho, con que en esa caja podían estar ya las instrucciones de Stalin para labrar la perdición de su paisano. Khruschev, por su parte, cuenta en sus memorias que estaba muy preocupado por la composición del Politburo que dejaba Stalin, y la posición preeminente de Beria. Khruschev sabía que muchos de sus compañeros, y muy notablemente Malenkov, no verían en Beria el riesgo que veía él; y por eso era consciente de que primero tendría que convencerlos. Khruschev cuenta, en este sentido, que durante aquellas horas en Kuntsevo habló con Bulganin y le previno de que Beria podía tomar el control de las fuerzas de seguridad y acabar con todos ellos, los compañeros del Politburo. Bulganin, parece ser, era de la misma opinión. Sin embargo, ni siquiera logró hablar privadamente con Malenkov, quien le dijo, secamente, que lo que tuvieran que discutir, lo discutiesen en el Presidium.
