viernes, marzo 14, 2008

Lola Montes (1)

Si uno repasa la mitomanía moderna se puede encontrar con casos muy curiosos. Casos de personas que han quedado fijadas en la mente colectiva como arquetipos de formas de actuar o de ser y que, en realidad, no son tan merecedoras de ese mérito; y el contrario, es decir personas que tuvieron una actuación que merecería cierto mérito en el recuerdo de las generaciones venideras, pero que por alguna razón se les niega.

En este segundo grupo veo yo a Lola Montes. Si yo fuese mujer y feminista, se me ocurrirían pocas figuras que expresasen mejor que ella el afán de superación de una mujer en un mundo de hombres y ese mucho de inconformismo que tienen que tener siempre los renovadores. Cierto es que Lola Montes tiene elementos en su personalidad que a muchas personas quizá no la hagan atractiva; en su debe se encuentra, por ejemplo, su extremada megalomanía, que en el fondo fue la causa de su perdición. Pero, no obstante, aunque es evidentemente una figura con claroscuros (quién no los tiene) el relativo olvido de que es objeto hoy me parece, en muchos sentidos, inexplicable.

Para los españoles, además, Lola Montes es un mito rato. Porque es un mito pretendidamente español ostentado por una persona que, que yo sepa, jamás pisó España, aunque no son pocos los indicios de que nuestro país siempre le interesó mucho.

Toda esta historia empieza en 1817, en el pueblo irlandés de Limerick (aunque hay quien sostiene que este dato no es exacto). Ahí reside un alférez del ejército británico llamado Edward Gilbert, que se casa con una mujer de la localidad, miss Eliza Olivier Castle, quien según muchas crónicas era mujer muy bella, además de algo casquivana.

En 1818, el matrimonio tiene una hija, a la que ponen de nombre María Dolores Rosana. Desde el principio, Dolores echará en falta los cuidados y el interés de su madre, ya que la señora de Gilbert, que es prácticamente una adolescente, prefiere estar por ahí de farra con sus amigas a cuidar a su hija. En 1822, y dado que la familia no tiene un mango, el alférez Gilbert no tiene más salida que la que entonces tomaban todos los militares arruinados: pedir un destino en la India, donde cobraría un complemento de sueldo a cambio de estar puteado y en la otra punta del mundo. Tras algunas trancas y barrancas al llegar a la colonia, el militar es destinado a la ciudad de Dinapore, donde la familia sienta sus reales. Las cosas parecen ir bien, pero en 1825 el alférez cae enfermo y, después, muere. Es un momento muy duro para los Gilbert, pero les salvará la solidaridad militar. En su lecho de muerte, el alférez ha pedido a su mejor amigo el capital Craigie que cuide de su familia. Craigie cumple el encargo con creces, puesto que se acaba casando con la viuda; a lo cual probablemente ayudó que la señora, según se nos cuenta, estaba muy rica.

Craigie no era irlandés, sino escocés. En su intento sincero por ayudar a su hijastra de siete años, decide enviarla a Montrose, en la vieja patria, con su padre. Pero la cosa no sale bien. Dolores es una niña que ha crecido haciendo lo que se le salía de las narices, puesto que su madre no la controlaba. En el hogar escocés de los Craigie, acostumbrado al orden y a la gris monotonía, acabará teniendo enfrentamientos hasta con las alfombras, motivo por el cual es de nuevo trasladada, en este caso a Londres, donde será confiada a la familia del general Jasper Nicols. Los Nicols, sin embargo, fracasan como fracasaron los Craigie, así que aún se da un tercer traslado, a un internado de París.

En ese momento, Dolores cuenta 13 años. Los retratos de ella que nos han llegado nos describen a una mujer de indudable belleza que, además, casa muy mal con la tipología irlandesa. Efectivamente, Dolores tiene rasgos, como el color del pelo, más propios de alguien racialmente mediterráneo; y es por eso que sus compañeras de internado comenzarán a llamarla por un mote que, con el tiempo, marcará su vida: la andaluza.

A los quince años, la educación de Dolores ha terminado. En ese momento, se presenta en Europa su madre, extrañamente acompañada por un militar de veinte años, el teniente Thomas James, que va un poco como de ayudante. El encuentro entre madre e hija es bastante frío, y no es para menos; hasta ese momento, aquélla ha pasado de ésta como de comer mierda, así que no hubiera sido muy racional esperar ningún abrazo caluroso. Claro que las cosas son peor de lo esperado. Dolores comienza a mosquearse con cositas que su madre medio le dice y, poco a poco, a base de embaucar con zalamerías al pobre James, acaba enterándose de la verdad: su madre ha ido a Europa para preparar a su hija y casarla con un juez del Tribunal Supremo de la India, sir Abraham Lumley, que en ese momento cuenta sesenta años.

Evidentemente, Dolores se niega. Y la madre se niega a que se niegue, amenazándola con obligarla. Aquí comienza propiamente dicho la vida rebelde de Lola Montes, vida en la cual repetirá varias veces el mismo recurso: el enamoramiento de hombres. De dedica a encoñar al teniente James, consigue que el joven se pirre por sus huesitos y le organice una fuga romántica. La pareja deja a la madre con un palmo de narices y se va a Irlanda, donde James deja a Dolores con unos parientes suyos. El 23 de julio de 1837, Dolores se casa por primera vez, en este caso con Thomas James, en la localidad irlandesa de County Meath.

Se repite la historia del padre de Dolores. La pareja se traslada a Dublín, pero allí son pobres como ratas. La salida que encuentra James es pedir un traslado en lo más profundo de la India. Pero Dolores tiene 19 años, ha vivido en Londres y en París, se ha fugado por amor. No es ya mujer que se vaya a acomodar con un destino selvático. Acompaña a su marido porque no tiene más remedio, pero comenzará a hacerle la vida imposible.

La pareja acaba residiendo en Karnal. Allí Lola comenzará, un poco al estilo de su madre, a dar fiestas entre la minoría inglesa local, fiestas en las que interpreta bailes y canciones que empieza a decir que son españoles. En la primavera de 1841, abandona a su esposo y se va a Calcuta, curiosamente a casa de su odiada madre. Es ley de vida que las hijas rebeldes acaben pareciéndose al objeto de su rebeldía. Por consejo de su padrastro, Lola es enviada a Londres; en el barco del viaje conocerá a un hombre, un tal Lennox, con el que vivirá una pasión tórrida (ambos se instalarán juntos en el mismo hotel a su llegada a la ciudad), relación que será la base para la presentación por parte del marido de una demanda de divorcio. Demanda que, sin embargo, sólo fue presentada en plan amenaza, cosa que Lola no llegará a saber y que tendrá su importancia dentro de algunos párrafos.

Tras la demanda de divorcio, en la prensa india se publican algunas esquelas con el nombre de Dolores. Las ha hecho publicar la madre, que así quiere dejar claro que para ella su hija ha muerto.

En Londres, Dolores conoce a una ex actriz que dirige una academia de interpretación, llamada Fanny Kelly. Kelly es la primera persona que le dice que tiene aptitudes para el teatro. Asimismo, le recomienda que tome lecciones de baile, concretamente con un profesor español, Francisco Montes alias Paquiro, célebre torero. Será Paquiro quien, tras ponderar las capacidades de la joven aprendiza, le aconseje que cambie su nombre por el apodo español, Lola; y lo complete con su propio apellido, Montes. Sin lugar a dudas, el torero estuvo enamorado de su alumna, aunque lo más probable es que no tocase pelo.

Lola Montes debuta el 3 de junio de 1843, ejecutando varios bailes más o menos españoles en el intermedio de una representación de El Barbero de Sevilla, que era el gran éxito de la época. Esa primera noche Lola Montes, que según todos los testimonios estaba que crujía, se movía más que decentemente y además llevaba unos vestidos acojonantemente bellos, puso el teatro patas arriba. Y así debiera haber seguido siendo si no fuera porque Londres, entonces, estaba en plena era victoriana y su sociedad, en consecuencia, no estaba en condiciones de aceptar según qué cosas.

Una noche acudió a una representación donde bailaba Lola Montes un tal lord Raleigh, quien había conocido a Lola en la India. Nada más verla bailar, gritó:

‑Pero… ¡si es María Dolores James, la esposa divorciada del teniente James!

Lo siguiente fue un silencio sepulcral, y lo siguiente una bronca monumental. ¡Una divorciada ejecutando bailes en un teatro! ¡Divorciada de un teniente de Su Majestad!

Lola Montes acababa de ser enterrada bajo varias toneladas de convencionalismos y, en realidad, Londres ya nunca más volvería a ser ni medio cálido con ella.

Pero la Montes era una luchadora. Sabiendo que en Inglaterra no tenía nada que hacer, se traslada a Bruselas, donde consigue alguna actuación. Una cosa trae la otra y en Bruselas firma un contrato para actuar en Varsovia. Estamos en 1844 y Polonia está bajo la bota del zar ruso, que tiene un dictador local, Paskievitcht, al frente de un régimen duro y represor. En Varsovia, Lola se hace amiga de la mujer del banquero más rico de Polonia, la señora Steinkiller, quien la introduce en la alta sociedad. No tarda en inspirar el interés del propio Paskievitcht. De la entrevista entre ambos sabemos poco, aunque un síntoma bastante claro es que Lola sale de su despacho poco menos que expulsada con cajas destempladas y mientras dedica una serie de epítetos y dicterios irreproducibles al viejo. No es difícil imaginar el contenido de la conversación.

Éste es el primer caso en el que la actuación de Lola Montes empieza a tener tintes políticos. La anécdota es rápidamente conocida en Varsovia y le granjea la simpatía de los polacos. Aunque todo dictador tiene siempre sus recursos. En las representaciones de Lola Montes, a partir de ese día, comienza a haber en el teatro grupos de espectadores, cada vez más numerosos, que la molestan, tratan de interrumpirla y le silban. Pronto se hace evidente que las representaciones se han vuelto poco menos que imposibles. En ese momento, Lola Montes toma una decisión que dice mucho de su recio carácter.

Una noche detiene la representación mientras se la están boicoteando. Se acerca al borde del escenario y pide silencio. Una vez que lo obtiene, asevera que sabe bien cuál es la razón de esos abucheos, y acusa directamente al dictador de Polonia de instigarlos y de coartar la libertad de su pueblo. El público estalla en una ovación y, ante los impotentes ojos de la policía, saca en volandas a Lola Montes del teatro y la lleva a su hotel en manifestación, dando vivas a Polonia y mueras al dictador.

Al día siguiente, la policía se presenta en la habitación de Lola Montes para prenderla. Ella esgrime su condición de extranjera y consigue ganar tiempo. El suficiente para que el embajador de Francia en Varsovia le ofrezca el refugio de la embajada. Esto la salva de la cárcel, aunque no de abandonar Polonia.

La decisión que toma en ese momento Lola Montes es difícil de entender. Ella sabía bien que se habría enfrentado con los corifeos del gran poder ruso pero, aún así, el destino que decidió fue San Petesburgo, la ciudad del zar. Debía de sentirse muy segura de sus encantos. Y lo cierto es que no falló.

Poco tiempo después de llegar a San Petesburgo, Lola Montes actúa en el teatro imperial de aquella ciudad, donde acude a verla el zar Nicolás I. Todos los indicios son claros de que, nada más verla bailar, el rijoso padrecito de todas las rusias se quedó hondamente encoñado con la presunta andaluza. Al día siguiente la recibió en palacio y le ofreció el oro, el moro, el eslavo y lo que hizo falta.

Muchos biógrafos de Lola Montes destacan algo que es realmente cierto, y es que aquella mujer, como todos los megalómanos, se aburría pronto de que siempre fueran los mismos los que le alabaran y comiesen la oreja. De esta manera se suele justificar el hecho de que, teniendo un zar a sus pies, decidiese marcharse. Yo, sin embargo, tengo otra teoría. Es evidente de Nicolás estaba dispuesto a muchas cosas por un polvo o dos. Pero la corte rusa estaba fuertemente jerarquizada y, además, los eslavos son muy suyos, así pues nunca aceptarían realmente el poder de una presunta andaluza en realidad nacida en Irlanda. Lola sabía todo eso pero, al tiempo, había probado las mieles del poder. Se había dado cuenta de lo que es capaz de ceder un hombre poderoso cuando está encoñado. Siempre he pensado que fue por eso por lo que abandonó San Petesburgo, engañando al zar prometiéndole un pronto reencuentro que nunca se produjo. Quería más. Y sabía dónde conseguirlo.

¡A Berlín!

Alemania es la verdadera segunda patria de Lola Montes. Allí, una vez dejada la fría San Petesburgo, comenzará su carrera de gran artista que labró su fama y la convirtió en algo así como la Madonna de hace 150 años (claro que para completar la imagen deberíamos imaginar a Madonna ligándose a George Bush y dictándole los decretos presidenciales). También dispara su vida amorosa. En 1844, en Dresden, asiste a un concierto de un famoso músico. Bueno, bastante más que un famoso músico.

¿Habéis sido alguna vez, o sois, fans de algún rockero? ¿Habéis esperado alguna vez, en la edad del pavo, a las puertas de un hotel esperando a que se asomase, y os habéis meado encima de tanto gritar cuando lo ha hecho? En fin, ésta es la típica cosa que nadie confiesa jamás que ha hecho, pero que evidentemente muchos hemos tenido que hacer porque, si no, a ver de dónde salen esas tropas histéricas que siguen a los cantantes famosos. Lo que quizá no sepáis es que ese fenómeno no es tan moderno como parece. En el siglo XIX había, en efecto, un concertista que era capaz más o menos de lo mismo. Las mujeres no gritaban como posesas en su presencia, pero sí se desmayaban, muy a menudo, en mitad de sus conciertos, subyugadas por la tremenda fuerza de sus interpretaciones. Franz Lizst era, además, un hombre extraordinariamente guapo, con una mirada muy penetrante y muchas ganas de follar. Federico Chopin es a los melancólicos lo que Lizst a los histéricos. Así las cosas, los destinos de este sex symbol pianístico y el de la bella bailarina andaluza estaban poco menos que condenados al embroque.

Fue en Dresde, ya lo he dicho. Se conocieron, se encoñaron y se mataron mutuamente a polvos. La cosa sólo dura unas semanas porque Lizst es así, como una rapsodia húngara: muy intensa, sí, pero dura lo que dura (dura).

No fueron nueve semanas y media. Sólo cinco. Pasado el tiempo del encoñe, el pianista se larga a la francesa. Será por eso que Lola se va a París.

En París, Lola Montes se convertirá en miembro de pleno derecho de uno de los grupos intelectuales más interesantes de las últimas décadas. París tiene tradición como foco de irradiación de cultura y, en aquel momento, vivían en la ciudad verdaderos pesos pesados de la Historia de las letras. En el viejo café de París, en la calle de Taibout, Lola comenzará a frecuentar las tertulias literarias de los Hermanos provenzales, presididas por Alejandro Dumas padre y en las que se sientan personas como su hijo Alejandro, Honorato de Balzac, Lamartine o Alfred de Musset. Es posible que Alejandro hijo, que entonces tenía veinte añitos, llevase a la tertulia a su amiga la asténica Alfonsina de Plessis, que le servirá de modelo para su archifamosa Dama de las Camelias. Los contertulios levantan sus copas ante Lola Montes, que está en lo mejor de su belleza, y declaman: ¡Vive la danseuse espagnole!

Dumas consigue que Lola sea contratada para participar en una importante representación. La Montes debuta el 30 de marzo de 1844. Fue un fracaso. Probablemente, la pudieron los nervios; incluso llegó a perder alguna pieza de su vestuario por causa de algún movimiento torpemente realizado. Otro grande de las letras francesas, Teófilo Gautier, le dedicó al día siguiente una crítica absolutamente acerada y decepcionante.

Para entonces, la decepcionada y rabiosa Lola se consuela en los brazos de Alejandro Dumas padre, que siempre permanecieron abiertos para mujeres de buen ver. Entre cañete y cañete, Dumas le presenta a Méry, un millonario aficionado a la literatura. Cree en Lola, no parece excesivamente obsesionado con tirársela (para delicia de Dumas) y está forrado de millones. Así que con el dinero de su amigo, Lola Montes podrá montar espectáculos a medida que la salvarán del olvido y la convertirán en una gran protagonista de la vida del todo París. La vida le sonríe de nuevo.

Pero pronto llegará el amor. Sempiterno obstáculo. El amor hace a las gentes hacer cosas extrañas e incluso, como es el caso, aceptar la muerte. La tragedia está llamando a las puertas de la vida de Lola Montes, aunque ella no lo sepa.

Continuará, pues.

miércoles, marzo 12, 2008

Empieza por M...

¿Eres tú mismo catalán o tienes catalanes cerca? Si es así, puedes hacer una pequeña prueba o encuesta. Se trata de hacer una pregunta muy sencilla y esperar la respuesta. Una pregunta que ha de servir para saber qué es lo que sabe un catalán sobre la Historia de Cataluña. Cuanto más nacionalista sea, más divertido será el juego.

La pregunta es: el primer presidente moderno de Cataluña tuvo un primer apellido que empezaba por M. ¿Cuál era?

La inmensa mayoría, por no decir todos, de los catalanes mínimamente versados en su Historia responderán al punto: Macià. Y ése es el momento que tú estás esperando para exclamar: ¡Error!

1874. En España está a punto de llegar un rey joven que trata de colocar las cosas en su sitio después del convulso periodo de la I República. Alfonso XII no las tiene todas consigo. Sabe que su permanencia en el trono no está de ningún modo asegurada. Excelente símbolo del ambiente que se respira entonces en España es una conocidísima anécdota según la cual, desfilando un día el rey por Madrid, observó a un grupo de obreras que lo vitoreaban, con tanta pasión que se acercó a ellas para saludarlas. Cuando les agradeció que gritasen con tanta fuerza sus vítores, ellas le contestaron: «Mucho más alto gritamos cuando echamos a la puta de tu madre».

Uno de los lugares que el monarca mira con el rabillo del ojo es Cataluña. Sabe que los catalanes ambicionan recuperar sus fueros. En marzo de ese mismo año, en Olot, una junta de representantes de las cuatro provincias catalanas se ha reunido y ha decidido reclamar los fueros de Cataluña, petición que han reafirmado en Vich. Alfonso piensa en qué hacer. Pero no piensa muy rápido.

En el fondo de esta actuación late el problema carlista. Yo sé que es fácil caer en la tentación de ver en el siglo XX, con su guerra civil, a la época en que España hirvió como una olla a presión. En realidad, esa realidad le corresponde mucho más al siglo anterior, siglo en el que se produjeron no una, sino tres guerras civiles, casi seguidas, y en el que se generó la pelea entre la España liberal y la conservadora que, de alguna manera, sigue vigente hoy en día. Enfrentamiento que, además, al llegar Alfonso al trono estaba en plena ebullición en su tercer fascículo.

El carlismo es un fenómeno dinástico muy complejo. No se trata sólo de una mera querella sobre quién tiene derecho de sangre a reinar. Simplificando mucho, es una cebolla que, como poco, tiene dos capas más. Por un lado está el tradicionalismo, pues los carlistas decimonónicos son defensores del orden antiguo frente a los cambios de la monarquía liberal (no digamos ya de la república), que consideran peligrosos. No son pocos los momentos de nuestra Historia en los que carlismo y tradicionalismo, siendo en principio ideologías distintas, se han confundido.

La segunda capa, que es la que aquí nos interesa, es la defensa de los fueros. El carlismo propugna el orden antiguo y ésa es una idea especialmente atractiva para todos aquéllos que, en aquellos antiguos tiempos, tuvieron autogobierno. El terreno natural del carlismo es, pues, el País Vasco y Navarra pero, sobre todo, el conglomerado Aragón/Cataluña, centro que fue de una monarquía con fuerza propia, tanta fuerza o más que Castilla. Así las cosas, al rey Alfonso le cayó, con la corona, el marrón de tratar de cerrar esa esclusa para que no se escapase por ahí el agua de la fidelidad dinástica catalana.

Ya hemos dicho que Alfonso piensa demasiado despacio. El 2 de agosto de ese mismo año, la Secretaría de Guerra de Carlos VII, el pretendiente carlista, autoriza la creación de la Diputación catalana.

Aquella Diputación no tuvo una vida fácil. Quede anotado para la Historia que su primera sede estuvo en San Juan de las Abadesas, aunque luego varió mucho de headquarters hasta recalar en Camprodón. Se compuso sólo de siete diputados, a pesar de que la cifra inicialmente pensada fue de 16. Sus nombres eran: Francesc X. Subirá, Joseph Solà, Francesc J. Sitjar, Josep Macià, Joaquim de Rocafiguera, Josep Coronas y Lluis de Cuenca y de Perino.

Al frente de todos ellos, el President. Joan Mestre i Tudela.

Sabemos de Mestre que fue alcalde de Lérida, puesto del que sería destituido tras la revolución de 1868 que conocemos como La Gloriosa. El cese, obviamente, se debió a que Mestre cojeaba del pie carlista, que no fue precisamente el más favorecido con la victoria del liberalismo en España. Así que, una vez cesado como alcalde, pasó a ser jefe de la Junta Provincial ilerdense del carlismo. En aquellos tiempos fue objeto incluso de un atentado contra su vida.

Al crearse la Diputación o Generalitat, Mestre se encontraba retirado de la vida política, tal vez a causa de las lecciones aprendidas tras el atentado, pero fue llamado por los siete diputados.

La figura de Mestre estaba incluso llamada a experimentar cierto paralelismo con el gran protomártir del nacionalismo catalán, Casanova. En 1875, los generales carlistas llamaron a defender la Seo de Urgel, población que había sido tomada por los carlistas algunos meses antes y que estaba cercada por los alfonsinos. El 22 de julio de 1875 los centralistas, un poco hartos de tanta resistencia, tomaron la dura decisión de bombardear la población (con los civiles dentro, por supuesto), bombardeo que provocó un gravísimo incendio. Intentando apagar las llamas y salvar a la gente en la barriada de Castellciutat, Mestre sufrió graves quemaduras.

Una vez caída Seo de Urgel, Mestre fue detenido, si bien, al parecer, fue bien tratado. Y digo al parecer porque, por lo que he podido leer, a partir de ese momento la Historia se lo traga. Hay quien dice que aún vivió quince años más ejerciendo de abogado, pero no lo podría afirmar.

Resulta curioso que este episodio, el que podríamos denominar la Generalitat carlista, sea relativamente poco conocido en los tiempos que corren. Parece lógico que un nacionalismo exalte todos aquellos episodios de su Historia que se parezcan a sus objetivos ideológicos básicos; y éste, me parece a mí, cumple perfectamente esta característica a los ojos de un nacionalista catalán. Prueba de este desconocimiento es un dato tan simple como éste: si le consultamos a Google sobre «Antoni Mestre i Tudela», no nos aparecerá ni una sola página (bueno; a partir de ahora, si el algoritmo de Google funciona bien, ya habrá una, así pues, todos los que en el mundo mundial estén intentando documentarse sobre Antoni Mestre... ¡tendrán que pasar por aquí!). Y con respecto a la actual Generalitat de Cataluña, que yo haya visto ni siquiera lo cita en su repaso de la Historia de Cataluña; aunque cierto es que puedo estar equivocado, porque uno tiene dos ojos, pero no puede leerlo absolutamente todo.

Así que ya sabéis: la respuesta acertada no es Macià, sino Mestre. Antoni Mestre i Tudela. Un hombre que, una vez, fue considerado por los catalanes, o cuando menos por buena parte de ellos, como su President, y así fue tratado y respetado.

lunes, marzo 10, 2008

¿Requiem? por el Partido Comunista de España

Uno de los lugares comunes que uno lee de cuando en cuando en artículos de prensa, opiniones blogueras, y demás, es que uno de los hechos más sorpresivos del regreso de las elecciones libres a España, en 1977, fueron los escasos resultados del Partido Comunista. Esta tesis parte de considerar que, en aquel momento, el PCE lideraba el antifranquismo y, por lo tanto, estaba llamado a liderar la España democrática.


Pocas opiniones puedo imaginar más equivocadas que ésta.


En realidad, los resultados obtenidos por el PCE tras el advenimiento de la democracia fueron cojonudos. Esto sólo podemos sospecharlo porque el término de comparación, las elecciones del 36, es equívoco por varias razones. La primera de ellas, y no es razón baladí, porque no existen resultados oficiales de las mismas. Sí, como lo leéis. Sé que os parecerá increíble, pero de las famosas elecciones de febrero del 36, ésas que casi todo el mundo conoce como Las del Frente Popular, no hay resultados oficiales. Así de limpias y claras fueron.


Es cierto que este obstáculo ha sido saltado por los historiadores, especialmente Javier Tusell en una monografía que es de consulta imprescidible en este campo. Existe alguna literatura, pues, donde se pueden consultar resultados más o menos oficiales. Pero aún nos queda la segunda dificultad: los comunistas acudieron a las elecciones en coalición, el famoso Frente Popular, así pues es difícil dirimir cuántos de sus votos fueron suyos y cuántos para la coalición. Sin ir más lejos, hoy es verdad histórica prácticamente aceptada por todos que las elecciones del 36 las ganó el Frente Popular (también los comunistas) gracias a la actitud de votantes activos de los seguidores del anarcosindicalismo. Y el anarcosindicalismo y el comunismo eran como agua y aceite.


Sean las cosas como sean, lo cierto es que los comunistas fueron una fuerza más bien mierdilla dentro de un Frente Popular en el que la gran parte de los votos la pusieron el PSOE, los partidos de izquierda burguesa y los nacionalistas catalanes, que arrasaron en sus provincias (aunque Companys, el líder de Esquerra, no fue el nacionalista más votado; eso, con tiempo, ya lo contaremos otro día). Así pues, históricamente hablando, el Partido Comunista, cuando se ha tratado de meter papeles en urnas, no puede decir que haya conseguido nunca resultados mucho mejores que los que ha obtenido al regresar la democracia tras la muerte de Franco.


Es cierto que los comunistas lideraron el antifranquismo. Cierto, pero con matizaciones. La primera de ellas es el tamaño en sí del antifranquismo. Aunque no nos guste reconocerlo ni recordarlo, es imposible que un régimen se mantenga cuarenta años por la única vía de la represión. Un régimen que tiene cuatro décadas de vida tiene que haber contado, sin lugar a dudas, con determinadas tasas, no bajas, de apoyo social. El franquismo tuvo al principio mucho apoyo social activo (personas que eran franquistas, que querían a Franco en el poder y que identificaban un régimen de libertades con el caos republicano) y luego, cada vez más, apoyo social pasivo, formado por personas que no creían en el franquismo pero lo aceptaban como lo que había, además de comprar el discurso de la creciente prosperidad económica y todas esas cosas (discurso bastante mentiroso: soltando más de medio millón de emigrantes por la sentina, hasta yo soy capaz de conseguir crecimiento económico).


En todo caso, el papel del Partido Comunista en la Historia de España no se debe menoscabar. En la guerra civil española, y dado que la URSS fue el único apoyo exterior de importancia para la República (hubo otros, como México, pero lógicamente de mucha menor enjundia bélica), los comunistas tuvieron creciente importancia. Colocaron dos submarinos en el gobierno, Jesús Hernández y Vicente Uribe (el primero de los cuales acabaría apostatando de la URSS), cuyas carteras ministeriales estaban de adorno; ellos estaban ahí para marcar de cerca a los gestores de la guerra.


Los comunistas echaron a Largo Caballero del gobierno. Personaje de varias caras y difícil exégesis, don Francisco, a pesar de ser conocido como el Lenin español (apodo que, al parecer, no le gustaba nada), dentro del enfrentamiento entre ácratas y comunistas tiraba más por los primeros. Aunque, en realidad, lo que acabó con él no fue estrictamente esa predilección sino el hecho, más simple si se quiere, de que siendo el presidente del gobierno quería dirigir la guerra como le pareciese mejor. Los comunistas, apoyados en la creciente ayuda soviética, querían tomar parte cada vez más en la dirección de la guerra, y esto provocó el enfrentamiento. Largo labró su desgracia el día que echó de su despacho, al parecer con muy malos modos, al embajador soviético Rosemberg. Jesús Hernández pronunció un discurso en Valencia, poco tiempo después de cesado Largo, explicando dicha salida del gobierno. Yo lo tengo en un folleto de la época que encontré en Buenos Aires. Calificarlo de insultante no es hacerle justicia.


En un artículo periodístico recogido en un libro que he comprado recientemente, Indalecio Prieto cuenta historias alucinantes del poder dentro del poder que acabaron siendo los comunistas en la República en guerra. Cuenta, por ejemplo, que en los últimos estertores de la campaña del Norte, cuando Franco había tomado ya el País Vasco; cuando ya había ocurrido la cosita ésa de la que el PNV no quiere saber nada y que se llama Pacto de Santoña; cuando, por lo tanto, Santander se había perdido y sólo quedaban porciones de Asturias, Prieto, que era ministro de Defensa y el máximo responsable de la guerra en el bando republicano dio la orden de que un destructor republicano abandonase el puerto de El Musel, sometido a graves bombardeos franquistas. Algunos mandos comunistas le dijeron que no estaban de acuerdo porque querían que aquel barco fuese utilizado para algunas evacuaciones. Prieto contestó que comprendía las necesidades de evacuación, pero que el barco era muy valioso y temía perderlo con los bombardeos. Así pues, cursó la orden de que se pirase a Casablanca y allí esperase instrucciones.


Lo siguiente que supo Prieto de aquel barco es que se había hundido en El Musel bajo las bombas franquistas. Nunca salió del puerto. Según él, los comunistas dedicieron que tenían más razón que el máximo responsable de la guerra así que, simple y llanamente, le desobedecieron.


Otro de los aspectos de la actuación de los comunistas que, que yo sepa, permanece aún relativamente virgen, es el reparto de armamento. Llegó la mal llamada ayuda soviética (y digo mal llamada porque la República la pagó religiosamente, y la palabra ayuda parece querer decir como que fue un regalo o algo así), pero lo que no sabemos exactamente es cómo se repartió. Un largocaballerista acérrimo como Justo Martínez Amutio, gobernador civil de Albacete durante la guerra, nos habla de que había un órgano teóricamente coordinador de las compras y distribución de armamento, pero que no coordinaba una mierda. Y luego tenemos las quejas que perlan las memorias de los combatientes anarquistas, los cuales se burlan de mitos como los de Modesto o Líster como grandes militares ya que, según ellos, la efectividad de esas unidades se basaba, sobre todo, en que eran los destinatarios de todo el material nuevo que llegaba. Quien parte y reparte...


Tras la derrota bélica, el comunismo español se encastilla en Moscú, a pesar de algunas defecciones como la de Hernández o Valentín González El Campesino. En los años cuarenta, el PCE adopta una posición partisana contra el franquismo, manteniendo partidas de guerrilleros en el interior, los famosos maquis, y propugnando algunas operaciones de «invasión» de España que no pasaron de ser cuatro petardos.


En algún momento, más o menos a mediados de los cincuenta, el comunismo español, sólo o en compañía de otros (sustancialmente, de Kruschev) se acaba dando cuenta de que se está gastando en una guerra imposible, y cambia de estrategia. A partir de entonces defiende la reconciliación nacional y la convergencia antifranquista. Aunque los comunistas no estuvieron presentes en el contubernio de Munich, el espíritu de esta reunión es muy parecido al sostenido por el propio PCE.


Lentamente, en el seno del PCE ganan los posibilistas y pactistas. En los años sesenta, el comunismo español coqueteará con el socialismo, con los monárquicos, con todo dios que se les ponga a tiro. Asimismo, cambiará radicalmente su vieja filosofía de combatir al franquismo por otra, más eficiente, de dinamitarlo desde dentro, haciéndose presente en el movimiento obrero (Comisiones Obreras) y estudiantil, los dos grandes lobanillos de Franco en la época. En 1962, el comunismo está detrás de la primera gran huelga vivida por el franquismo, que merece ser contada cualquier día en esta ventana.


En paralelo con este fenómeno, el líder del comunismo español, Santiago Carrillo, se va convirtiendo, junto con el italiano Enrico Berlinguer, en el principal representante del eurocomunismo, una especie de comunismo elegante desligado de sus ropajes soviéticos, destinado a participar lealmente en las democracias parlamentarias liberales y no a hacerles la revolución, que es para lo que, en teoría, existe el comunismo.


A mediados de los años setenta, el posibilismo del PCE facilitará la generación de la denominada Platajunta, donde se fusionan dos grupos opositores al franquismo: la Junta Democrática de España, patrocinada por el PCE y en la que estaban el Partido Socialista Popular de Enrique Tierno, CCOO y el Partido de los Trabajadores, entre otros; y la Plataforma de Convergencia Democrática de España, liderada por el PSOE y donde estaban grupos socialdemócratas, democratacristianos y el Movimiento Comunista. ¿Que qué hacía el PSP con los comunistas y el Movimiento Comunista con los socialistas? Bienvenido a la Transición y sus misterios, amigo.


El PCE realizó, en los primeros años de nuestra democracia, impagables servicios a su construcción. El primero de ellos, aceptar la bandera constitucional, una decisión que estaba radicalmente en contra de la mayoría de los militares y dirigentes, que sentían como suya la bandera republicana. El segundo, proceder a su plena integración en el juego parlamentario, con lo que Santiago Carrillo hizo para la izquierda social lo mismo que Manuel Fraga hizo para la derecha: incluir en el esquema democrático a capas de ciudadanos que, en principio, no le hacían ascos a la idea de que nos volviésemos a dar de hostias. El tercer gran servicio fue favorecer la firma de los Pactos de la Moncloa, que permitieron una evolución económica racional para España en unos años durísimos. El cuarto, y más doloroso de todos, fue enterrar en enero del 77, en silencio, puño en alto, a sus muertos de Atocha; sin tirarse al monte, sin organizar razzias de fascistas, sin responder al golpe con golpe.


Hay una cosa que el comunismo español no supo entender, sin embargo: la caída del muro de Berlín. Ciertamente, para cuando el modelo soviético se derrumbó los comunismos europeos llevaban muchos años bastante desligados del Kremlin; pero, aún así, desde un punto de vista ideológico seguían siendo muy dependientes de la alternativa soviética que, repentinamente, desapareció.


El comunismo siempre se ha nutrido de dos tipos de simpatizantes: por un lado, el comunista sincero, el tipo que lo que quiere es la dictadura del proletariado y esas cosas. Y, por otro lado, la persona que es, básicamente, un perseguidor de utopías como, por decirlo en francés, la libertad, la igualdad y la fraternidad. En un creciente proceso de desideologización, para el comunismo estos simpatizantes no propiamente comunistas son, cada vez, más necesarios. Lo cual nos lleva a la conclusión de que el comunismo, para permanecer, tiene que ser cada vez menos comunista.


Fruto de este proceso es la desaparición formal del Partido Comunista en diversos países europeos para mutar en experimentos más o menos exitosos, olivos y otros cultivos. Pero no en España. El PCE sigue existiendo como tal partido y condicionando con su existencia a la coalición de que forma parte (en realidad, que lidera), Izquierda Unida.


Los últimos años han sido los de la reflexión, más o menos soterrada, sobre si existe un espacio político en España para un Partido Comunista y para una coalición liderada por él. Esta idea recibió un fuerte rejonazo con la decisión de su líder histórico, Santiago Carrillo, de integrarse en el PSOE, de donde saliera hace ya muchas décadas en su condición de dirigente de las Juventudes Socialistas. En las elecciones de ayer ha recibido un segundo rejonazo. Si es de muerte, el tiempo lo dirá.