miércoles, octubre 16, 2019

Isabel al poder (6: ¿de qué murió Pedro Girón?

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Tras arduas negociaciones, ambos bandos contendientes en Castilla se encontraron en Coca para una conferencia más. Uno de los temas fundamentales de aquellas discusiones fue el futuro de la infanta Isabel. Ambas partes se encastillaron en sus posiciones pero, finalmente, a base de presión y no levantarse nunca de la mesa (paciencia y saliva, le dijo el elefante a la hormiga), el bando rebelde consiguió aparcar el proyecto de boda portuguesa: Isabel se casaría con el hermano de Pacheco, Pedro Girón, maestro de Calatrava. Toda una transacción, en todo caso: con esa boda, la piedra que era Isabel tendería a caer del lado rebelde del tejado castellano; pero al casarse con un medio pelo (Girón era maestre de la orden de Calatrava, pero poco más), la niña se despedía de jugar un papel medio importante en las querellas dinásticas castellanas. Pacheco y Girón prometieron, a cambio, desactivar la rebelión y la guerra civil larvada. Enrique, como siempre que se dejaba de rifar unas hostias, accedió encantado.

¿Qué pensó Isabel? Probablemente, no gran cosa. Las opciones que tenía (Alfonso de Portugal, o Pedro Girón) eran como elegir entre Guatemala y Guatepeor. Además, estando los rebeldes detrás del acuerdo, pocas oportunidades tenía de oponerse a ello (lo cual demuestra que su primera rebelión ante el matrimonio con Alfonso no fue suya, por mucho que historiadores partisanos y guionistas avant la lettre se empeñen en ver a esta adolescente como una especie de activista feminista tardomedieval). Ella, es obvio, no quería casarse: le entró una depresión de la hueva y se pasaba el día rezando y ayunando, pidiéndole a Dios la muerte para no tener que casarse con el craco que le habían señalado. Nada, en todo caso, que no hiciesen cienes y cienes de infantas antes y después que ella en las mismas circunstancias porque, la verdad, hasta que en las sociedades humanas apareció, ayer por la tarde, el matrimonio por amor, la opinión de las mujeres en los enlaces ha tenido el mismo peso que la de los ácaros que pululaban por sus enaguas. Se dice que Beatriz de Bobadilla, amiga del alma de Isabel, compró una daga y la llevaba en el escote para cargarse a Girón e impedir el matrimonio por la vía rápida; yo, la verdad, no lo creo.

Dios, sin embargo, escuchó las plegarias de la reina Isabel; o, tal vez, al menos es lo que yo creo, toda esta historia de la desesperación de la novia y sus rezos para pedir una solución divina son construcciones posteriores que tienen la virtud de ser coherentes con lo que pasó. El orgulloso Pedro Girón reunió 3.000 lanceros de la orden de Calatrava, y con ellos se aprestó a llegarse a Madrid para cumplimentar a su novia, hacerle regalos, esas cosas. Salieron de Almagro, que era su headquarters, y, llegando la noche, pararon en Barrueco, provincia de Jaén. Allí, Girón cayó enfermo, según las crónicas de un absceso en la garganta y el 20 de abril de 1466, murió en el lecho, literalmente, cagándose en Dios a quien, efectivamente, maldecía, según las crónicas, por haberle hurtado la boda con la infanta de Castilla.

Ciertamente Dios, si tenía entre sus planes favorecer la formación de la nación española, algo que han creído muchos, de Donoso Cortés a Menéndez Pelayo, de Cánovas a Vázquez de Mella, de Feijóo a Santiago Abascal, éste era el momento en que tenía que bajar de sus alturas metafísicas e intervenir, como en un poema homérico, cambiando el presente de la Tierra. Y lo hizo. La muerte de Pedro Girón fue tan oportuna, tan importante a la hora de enderezar las cosas en una dirección concreta, que se parece, en ello, a del general Emilio Mola y, sobre todo, de José Sanjurjo, hechos ambos que, como sabemos, pavimentaron la carrera del general Francisco Franco. Y, tal vez por eso, es un hecho que, también, está, cuando menos para mí, salpimentado con las especias de la sospecha. Las muertes oportunas son siempre sospechosas, y ésta, para mí, lo es. ¿De qué murió Pedro Girón, quien sufrió un problema en la garganta que no se le había presentado antes, pero que se lo apioló con eficiencia en unas pocas horas? Isabel, sola o en compañía de quien terminaría por ser su marido, nunca dejaría del todo, a lo largo de su vida, de explotar este milagro o prueba fehaciente de que Dios estaba con ella. Y eso es, a mi modo de ver, muy, muy sospechoso. Había muchas personas interesadas en deshacer el acuerdo de Coca sin quedar como los que lo rompían. Isabel tenía que seguir siendo el as en la manga de los que querían acabar con el Trastámara. Para la especulación queda, pues, la pregunta: ¿de qué, por qué, por quién murió Pedro Girón?

Isabel, tras convertirse en viuda sin haberse casado, regresó por ello a Segovia, donde hubo de someterse a la autoridad del rey Enrique de nuevo. Sin embargo, muy poco tiempo después (tan poco tiempo que es lícito preguntarse si unas cosas no estarán conectadas con otras), la infanta de Castilla recibió una nueva oferta de matrimonio: esta vez era el rey Juan de Aragón quien le ofrecía el condumio con su hijo Fernando, entonces de quince años.

La propuesta de Juan era la propuesta de un rey desesperado que trataba de alcanzar una alianza con Castilla a pelo puta que salvara para él sus posesiones catalanas. Luis XI, el taimado rey francés (esta expresión, en realidad, es un pleonasmo, pues en Francia a los reyes que no son taimados les separan la cabeza del cuerpo, y a otra cosa), había probado las mieles catalanas, como ya hemos visto, cuando se tomó provisionalmente (ja) la Cerdaña y el Rosellón. Aquello le gustó bastante; los jordis, de toda la vida, han sido gente productiva (sobre todo a ojos de un francés), y en Cataluña había varios puertos, lógicamente el de Barcelona el primero de ellos, que a un rey francés le garantizaban el liderazgo comercial en el Mediterráneo occidental frente a la potencia genovesa. Francia siempre ha querido quedarse con Cataluña; tantas ganas tiene, que hasta le exporta políticos acabados. Por esta razón, Françesc Cambó decía que los catalanes nunca debían tirar en exceso de la cuerda que les une a España, porque romper esa cuerda supondría caer en manos de los franceses, momento en el que aprenderían a valorar a los españoles. Una de las ocasiones para los gabachos se presentó en la segunda mitad de aquel siglo XV, cuando las querellas entre el rey de Aragón y su hijo les permitieron meter el cuezo en tierras catalanas. De hecho, tomaron Gerona y medio sitiaron Barcelona.

Juan de Aragón, él solo, no podía con aquello. Necesitaba la ayuda de Pacheco y de Carrillo, en mayor medida que la de Enrique, que era más magra. Así que en el verano de 1467 encomendó a su mejor hombre, Pierres de Peralta, para que se llegase por Castilla a coser un pacto. Entre los encargos de Peralta, Juan le había encomendado que pactase el matrimonio de su hijo Fernando, o bien con Isabel, o bien con Beatriz Pacheco, la hija de Pacheco. La orden exacta fue: casa al puto niño con la que ofrezca una dote mejor.

En Castilla las cosas, sin embargo, andaban revueltas. La muerte de Girón había alejado a constitucionalistas y rebeldes, probablemente, creo yo, porque a los primeros les costaba creer que todo aquello fuese el producto de la divina providencia. Ese desencuentro provocó que Castilla se colocase en situación de guerra civil larvada, con patotas de soldados sin órdenes ni salario que caían sobre las poblaciones para robar todo lo que podían. El comercio se resintió y en las ciudades se hizo crecientemente difícil encontrar cualquier alimento que no fuese producido en su entorno.

En estas circunstancias, Peralta se encontró con unos interlocutores que le dijeron que no le podían prestar tropas. La reacción del maniobrero embajador aragonés fue excitar los ánimos en ambos bandos para hacer que una situación más o menos larvada hiciese crisis y, efectivamente, en agosto de 1467 ambos bandos se encontraron en Olmedo para hostiarse. La producción de esta batalla en mayor medida que su desenlace (que no está muy claro, la verdad) provocó la reacción de Pablo II, el inquilino del Vaticano, quien resolvió que la situación en Castilla tenía que estabilizarse (no lo hizo por altruismo; lo hizo por lo de siempre: la inseguridad en Castilla se cebaba con los recaudadores y servía de acicate a los nobles para quedarse con las derramas cobradas en sus predios, lo cual suponía que la Iglesia estaba dejando de ingresar pasta. Repetimos, una y mil veces: la pasta, siempre la pasta). El Papa envió a un legado, Antonio Jacobo de Veneris, para que fuese a España a restablecer la paz entre los contendientes y, claro está, volviese a poner en funcionamiento el grifo de los diezmos y las gabelas. Veneris, como Pablo, era claramente contitucionalista; es lo lógico, pues Enrique, gracias a su estrecha relación con la iglesia castellana, construida ya en los tiempos del rey Juan, era quien estaba en condiciones de garantizarle a Roma lo que a Roma le interesaba de verdad, que no era el culto mariano ni la devoción a los santos sino los diezmos. En consecuencia, Antonio Jacobo se presentó en el aeropuerto Adolfo Suárez con una bula papal de excomunión dirigida a los rebeldes, que el Papa estaba dispuesto a activar si no se avenían a un acuerdo.

Veneris, sin embargo, habría de encontrarse, para su sorpresa, con que nadie en Castilla, y nadie es nadie, esperaba que metiese la casulla en el tema; y, consecuentemente, nadie lo recibió con una sonrisa. El rey Enrique, cuando fue intimado por el legado a ser clemente y perdonar a sus contrarios, estalló en uno de sus escasos episodios de cólera hitleriana. Por lo que respecta a los alzados, como no podía ser de otra manera en unos tipos cuyos padres y abuelos habían montado una Iglesia propia que le había hecho burla a la oficial de Roma, se descojonaron en las barbas de Veneris de sus amenazas. En una posición que yo veo clara reminiscencia de los cercanos tiempos cismáticos, los nobles le dijeron a Veneris que aquello era un asunto interno de Castilla, que el Papa no tocaba pito en él, y que dejase de dar por culo.

Tengo yo por muy probable que, en el momento en que Pacheco, Carrillo y su gente se entrevistaron con Veneris, tenían que tener algo más que pistas de algo que pasó muy poco tiempo después y que justifica su posición chulesca ante el Papa. En efecto, apenas unos días después los hermanos Arias, guardianes de la fortaleza segoviana y, por lo tanto, anfitriones dirán unos, carceleros otros, de la infanta Isabel, cambiaron de bando. Dejaron entrar en Segovia a los rebeldes, quienes, como primera provisión, liberaron a la persona de Isabel de su encierro.

Aquello fue un golpe de mano y una demostración de poder impresionante por parte de los rebeldes. Habían conseguido golpear en el mismo centro del poder del Trastámara, quien, como sabemos, incluso guardaba en Segovia el tesoro real. Y, sobre todo, aquella acción vino a suponer que Isabel, por fin, se quitó la careta. Hasta entonces, por mucho que en privado llorase o gimiese o se cabrease, la infanta había mantenido una posición lo más equidistante posible entre las pretensiones de su medio hermano y las de su hermano completo. Sin embargo ahora, libre y, no se olvide, escoltada por los rebeldes alfonsófilos, adoptó sin ambages la postura proclive a las pretensiones de éste.

Como lo más urgente es lo más urgente, lo primero que hizo Isabel tras salir de Segovia fue coger el jamelgo de las tres y media camino de Arévalo, donde poco más pudo hacer que comprobar que su madre se bañaba ya de cuerpo entero en los lodos de la esquizofrenia. Allí, en Arévalo, habría de visitarla su hermano de sangre, Fonsi, quien la concedió los pechos de la ciudad de Medina del Campo (que para aquellos tiempos era como regalarle a su hermana una comunidad autónoma, y de las rentables), acto jurídico que firmó como rey de Castilla y León. Aquel acto, bien conocido en Castilla, vino a decantar a Isabel del lado rebelde, no sólo en sus preferencias sino en su realidad, lo cual la preocupó, pues comenzó a pensar que, tal vez, si las tropas del rey Enrique la pillaban durante alguno de sus desplazamientos, tal vez le pudieran hacer alguna guarrerida castellana.

La verdad, por mucho que Isabel de Castilla aparece ante la Historia como mujer decidida y capaz de defender sus ideas, sus filias y sus fobias hasta las últimas consecuencias, en este punto hay que decir que jugó un poco de logrera, con una baraja en cada mano, sin perder nunca el contacto con la Corte de Enrique, al que solicitó garantías de su seguridad pour si jamais. En noviembre de aquel año, todavía Enrique le concedía a Isabel un salvoconducto para moverse por Castilla, lo cual nos da la medida de que se creía, o se quería creer, las cucamonas que su medio hermana le hacía por carta para que se creyese que todavía podía ganarla. Tal vez, es mi teoría, es que, en ese momento, Isabel consideraba que tenía tantas posibilidades de ser reina por razón de la muerte de su hermano como por razón de que su otro hermano decidiese promocionarla a ella en lugar de a su hija Juana. Por eso jugaba las dos manos, a ver en cuáles de ellas salía antes el solomillo.

Ante la necesidad de recuperar la gestión y vigilia del tesoro de Castilla tras la toma de Segovia por los rebeldes, Enrique accedió a una tregua de medio año. Dicha tregua supondría, first and foremost,  el traslado del tesoro a Madrid, donde Enrique pudiera verlo y tasarlo. A cambio, y como condición de la paz, el rey aceptó que su mujer, la reina, pasase a ser una medio rehén, pues debía residir en el palacio que tenía en Alaejos el arzobispo Fonseca. Enrique, en realidad, mató dos pájaros de un tiro pues para entonces, segunda mitad del año 1467, se llevaba con su mujer de puta angustia. Según crónicas contemporáneas, los reyes ya nunca yacían juntos y, básicamente, no querían saber ninguno del otro.

Ciertamente, las relaciones entre ambos eran tan malas que, cuando encima el rey utilizó a Juana como moneda de cambio o garantía del pacto, Juana dijo, probablemente, eso tan socorrido, de “ancha es Castilla”; y, aun suponiendo que no hubiese practicado con anterioridad la apertura de sus muslos, con seguridad se aplicó a ello en ese momento. En Alaejos, bajo la atenta mirada del arzobispo, Juana, que todavía era una piba de muy buen ver, se enamoró del sobrino del prelado, Pedro de Castilla. Como de aquella en Alaejos todavía no había farmacias de guardia ni servicios de urgencias donde ir a trincar la píldora del día después, tanto yacieron Juana y Pedro que ésta acabó por darle un hijo. Aun un par de años después, la reina tuvo otro queco, que obviamente no fue inseminado por el rey.

Suele pasar en muchos momentos de la vida que, cuanto más se triunfa, peor están en realidad las cosas. Como la mayor parte de la gente, además de no saber perder, tampoco sabe ganar, ocurre muy a menudo que, cuanto más se impone uno, más sienta las bases de su perdición. Esto le pasó un poco al bando rebelde de aquella guerra civil. Estaban en la cresta de la ola: habían tomado Segovia, forzado al rey a una tregua, liberado a Isabel, y paseaban por toda España al infante Alfonso como si fuera un ganador de Moto GP. Alguien, sin embargo, acabó pensando que ese limón ya no podía dar más zumo, pero que él, sin embargo, seguía teniendo sed.

Siempre hay alguien así, en todas las partidas.

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