miércoles, julio 24, 2019

El cisma (y 19: las últimas boqueadas)

Sermones ya pasados

La declaración de Salamanca
El tablero ibérico
Castilla cambia de rey, y el Papado de papas
Via cessionis, via iustitiae y sustracción de obediencia
La embajada de los tres reyes
La vuelta al redil
Partiendo peras


El intento de que los poderes temporales tomasen el control del problema conciliar se concretó en una estrategia por parte de acercamiento de la dupla Castilla-Francia hacia Segismundo. Como he dicho, los intereses de ambos bandos habían sido antagónicos hasta ese momento; pero en ese momento, por así decirlo, les acercaba, si bien no les unía, la preocupación de que la bula papal convocando concilio en Ferrara y la violenta reacción de los reunidos en Basilea abría la posibilidad de que se produjese un cisma, aún de raíces y consecuencias mucho peores que la división que teóricamente se estaba cerrando. Así pues, las partes comenzaron a hablar, con un intermediario de gran importancia que fue Alfonso de Santa María.


El 8 de enero de 1438, las fuerzas papales, por así decirlo, celebraron la solemne ceremonia de inauguración del concilio de Ferrara. Eugenio supo mover sus hilos y consiguió una rápida victoria: los ingleses, malquistos desde el conflicto de la prelación en los asientos, anunciaron que se iban en bloque de Basilea. Así las cosas, la única cosa que podría forzar al Papa a negociar con los padres de Basilea era que Castilla, Francia y el Imperio presentasen una posición común. Para ello, la idea era ofrecerle una ciudad alemana como sede conciliar de consenso; tal vez Constanza otra vez, o si no Maguncia o Estrasburgo.

Dentro de la coalición, sin embargo, los puntos de vista, y los objetivos, eran distintos. Castilla era claramente propapal, mientras que Segismundo era el baluarte del concilio, y los franceses se colocaban en medio. Por lo demás, en octubre de 1437, apenas unas semanas antes de la apertura del concilio ferrarense pues, las cosas se habían puesto más complicadas una vez que Segismundo había dado su último suspiro; no fue sustituido hasta marzo de 1438, en la persona de Alberto de Habsburgo.

En medio de ese proceso, un concilio de Basilea sobreactuado por la rebelión contra el Papa y por el miedo que introducían las novedades del momento, entre ellas, como he dicho, la pérdida del principal apoyo temporal a la rebelión, hizo que los padres conciliares, por así decirlo, se podemizasen, se radicalizasen, todavía más de lo que estaban. Se produjo una situación en la que el concilio perdió, por así decirlo, el respeto a las delegaciones nacionales; cada vez más, cualquier piquito de oro, aunque sólo se representase a sí mismo, valía más en una polémica que aquéllos que representaban a las iglesias nacionales. En estas condiciones, casi convertido el concilio en la despedida de soltero de un militante de las CUP, los diferentes representantes de naciones hispanas se acojonaron de tal manera (porque en los concilios, ya he tenido ocasión de contarlo varias veces, se han repartido muchas hostias, y no precisamente consagradas) que comenzaron a desfilar más allá de los portazgos de Basilea.

El 24 de enero, dos semanas después de haberse abierto el concilio de Ferrara, los prelados de Basilea, exentos ya de todo freno objetivo, decretaron la suspensión del Papa de sus funciones, fijando un plazo de sesenta días para su deposición efectiva. Aquello fue demasiado para el partido nacional más favorable a Eugenio, que era el castellano. Los representantes del voluble rey Juan presentaron una protesta formal, y solicitaron, con bastante racionalidad creo yo, que cuando menos el concilio se esperase hasta que la Dieta hubiese nombrado un nuevo emperador. Probaron también con el estímulo positivo, asegurando que, si se hacían las cosas de esa manera, ellos mismos apoyarían al concilio. Sin embargo, el 25 la decisión fue firme, y los castellanos abandonaron en bloque la ciudad suiza.

Los hombres de Juan, en todo caso, nadaban a favor de corriente. Entre mayo y julio de aquel 1438, la típica asamblea de prelados franceses, convocada por el rey Carlos VII, deliberó sobre las decretales de Basilea. La postura adoptada por esta asamblea fue, la verdad, muy inteligente. De todas las normas que había aprobado el concilio, los franceses tomaron las que más les gustaban y las que les parecían más aplicables en el caso del clero francés, y con ellas elaboraron una especie de ordenanza general, que es lo que la Historia conoce como la Pragmática Sanción de julio de 1438. Sin embargo, su valoración sobre la actitud de los padres de Basilea tampoco dejó lugar a dudas. Condenaban, pues, a los reformadores, aunque trataban de salvar su labor.

El concilio, sin embargo, rechazó la Pragmática Sanción como, por así decirlo, obra intermedia de sus trabajos. Y resulta interesante preguntarse qué podría haber pasado en la Historia de la Iglesia, lo cual es decir la Historia de Europa y del mundo, si los padres conciliares hubiesen tenido la inteligencia de aceptar aquel programa reformador, que llegaba además con la anuencia de Castilla. La Ordenanza, en efecto, tenía puntos de gran interés. Decretaba la suspensión de todas las sentencias de una parte o de otra hasta que se llegase a una concordia. Se suplicaría del Papa la aceptación de los decretos conciliares pero, ante la más que previsible negativa, se trabajaría para que fuesen aceptados por los poderes temporales en sus ámbitos (lo cual casi garantizaba su vigencia en Francia, Castilla, el Imperio y probablemente Navarra). Se procuraría que el concilio se pudiera mover a Aviñón. En todo caso, concilio y Papa podrían nombrar cuatro árbitros que decidirían en última instancia el lugar del concilio. En suma, eran condiciones que, indirectamente, tendrían a perpetuar lo fundamental de la labor reformadora que se había elaborado en Basilea.

El rey castellano Juan, consciente de que tras su salida y la de Francia del concilio el emperador era ya el único valedor de importancia del mismo (también estaba Aragón, pero no era suficientemente fuerte como para sostenerlo solo), se apresuró a enviarle embajadores a Alberto II para intentar consensuar una posición. Después de un largo periplo, molestado por los enfrentamientos armados con los husitas, los embajadores consiguieron llegar a Breslau, donde estuvieron varios meses. Desde allí tuvieron que cruzar Bohemia, lugar difícil por la penetración husita; de hecho, fueron objeto de al menos una emboscada en la que alguno de los embajadores estuvo a punto de dejarse la vida. Finalmente, lograron llegar a Maguncia, donde se tenía que celebrar una Dieta que sería la versión imperial de la asamblea del clero francés del año anterior. Dicha Dieta produjo más o menos el mismo resultado, ya que los principales resultados de Basilea se incorporaron al Derecho canónico alemán. Tras hacer esto, los prelados imperiales conminaron oficialmente a los padres de Basilea a que se sometiesen a la autoridad papal. Nos encontramos, pues, ante un caso típico de sintaxis revolucionaria: una serie de elementos, de forma totalmente sincera, inician un proceso de cambio radical; hay poderes temporales que apoyan, de diversas maneras y por conveniencias geopolíticas, dicho cambio; pero llega un momento en el que esos mismos poderes tienen la sensación de que ya han conseguido lo que quieren y, por lo tanto, si siguen cebando el horno pueden encontrarse con que incluso pierden lo que ya tienen y, por lo tanto, tascan el freno. Abandonan la revolución.

Todavía esperaron en Maguncia los castellanos, vanamente, la noticia de que, llegada a Basilea la comunicación de las decisiones de la Dieta, el concilio decidiese regresar a la disciplina papal. Esto, sin embargo, no pasó. El concilio de Basilea, ahora ya en manos de prelados totalmente radicalizados y partidarios de la huida hacia delante, decidió no transar con nadie, sostenella y no enmendalla, prácticamente huero de apoyos.

A partir de 1439 comienza el proceso, digamos, de normalización de relaciones entre Castilla y el Papa. Eugenio, preocupado siempre por lo más importante, que no era en modo alguno la salvación de los castellanos y el lavado de su pecado original o esas cosas sino la pasta, siempre la pasta, envió rápidamente a un representante y nuncio, Bautista de Padua, quien llegó a Castilla con la instrucción de restablecer las rentas papales; si bien también es cierto que Eugenio siguió financiando parcialmente la guerra contra los moros e incluso rebajó el montante de la décima que Castilla había de pagar para la unión de las Iglesias y para la guerra contra el turco. El pescado estaba ya vendido. El 8 de julio de 1439, el concilio de Basilea nombró a un Papa, Amadeo V de Saboya, pero cuando menos en Castilla no le apoyaron ni los ratones.

Y fue de esta forma tan aparentemente sencilla como se cerró el cisma de occidente. Un suceso que hoy no parece importar demasiado, tal vez porque la mayor parte de la gente que lo contempla o sabe algo de él lo ve como lo que fue en su superficie, esto es como un conflicto dentro de la religión.

Lejos de ello, me parece a mí que el cisma de occidente, igual que el follón de Trento, que no es otra cosa que la tentativa de cerrar los problemas que esto que contamos hoy dejó abiertas, sólo que ya en plan jodido pues la Reforma estaba ahí; o igual que el follón entre arrianos y oficialistas en tiempos de Constantino; el cisma de occidente, digo, no es en modo alguno un conflicto dentro de la religión, entre otras cosas porque tal cosa no existe. El cisma de occidente fue una consecuencia de la Guerra de los Cien Años y las alianzas geopolíticas que generó, muy notablemente la convergencia entre Castilla y Francia, que fue un pacto que funcionó razonablemente bien mientras Castilla fue Castilla, pero que se acabaría por ir a la mierda cuando Castilla se convirtió en España, y Francia comenzó su larga carrera de recelo ante el poder español; carrera que sólo terminaría con la colocación en la corona de España de una terminal francesa, la dinastía Borbón.

El mundo de hace seis o siete siglos todavía estaba en buena parte dominado por el concepto principal que introduce, filosóficamente hablando, ese monumental ejemplo de falsificación y campaña de intoxicación que llamamos la Donación de Constantino. El principio de dicho documento es claro: el único soberano del mundo es Jesucristo (y mira que el tipo dijo que su reino no era de este mundo; pero ni caso, vaya) y, consecuentemente, el único rey, que es rey del mundo, de la Cristiandad, es su vicario, o sea el Francisquito de turno. Como Francis se tiene que dedicar a dar misas y lavar pies y redactar bulas y tal, y como los papas, por definición, son muy humildes, el primer pobre de la Tierra y todas esas mandangas, lo que hace el vicario de Cristo es subcontratar el poder temporal en los príncipes; que son gobernantes, claro, pero se intitulan muy católicas majestades, reyes cristianísimos y todas esas hipérboles que vienen a significar que ellos no son Amancio Ortega sino Pablo Isla, so to speak.

Este principio es un principio desequilibrado y desequilibrante, como bien apreció Constantino que, sin ser siquiera miembro de la Iglesia cristiana ni nada, jamás permitió que la misma tuviese un prelado con suficiente fuerza como para hacerle sombra como líder espiritual. La inteligencia de Constantino la perdieron los reyes cristianos posteriores, quienes fueron aceptando, algunos apasionadamente, otros arrastrando el escroto, un sistema mucho más complejo en el que los poderes temporales aceptaban que la Iglesia, si no tuviese poder temporal (neto de los Estados Pontificios), sí lo tenía económico. Todo esto empezó ya con los reyes de la Alta Edad Media, esos que firmaron todos los documentos que hoy se guardan en los archivos cediéndoles a ésta o aquélla comunidad religiosa la heredad de tal para que montasen un monasterio y cobrasen las rentas y los pechos correspondientes; que aquí lo importante no es tanto lo de la casa de monjes como eso de enriquecer la sede. Este principio, en la Baja Edad Media, cuando se va perfeccionando el mecanismo de los impuestos, se va convirtiendo en una parte para el poder temporal y otra para la Iglesia. En este contexto, Roma se convierte en una potencia económica, capaz entre otras cosas de tener sus propias tropas o de financiar la leva de otras nuevas, con lo que el Papa se convierte en un señor temporal más del tablero geopolítico europeo, que para nosotros es casi como decir mundial.

El cisma de occidente es el resultado de una estrategia desplegada por Francia, la primera nación continental europea que resuelve razonablemente los problemas a la hora de definir su perímetro y su fuerza, para debilitar al Papa. En puridad, el intento de Francia fue más bien un intento de quedarse con el papado, de hacerle una OPA y crear una dinámica de continuos papas franceses o profranceses; pero, como quiera que el tema se le puso de canto por la obstinación de los italianos, que pueden ser tontos pero no gilipollas, no les quedó otra que inventarse un Papa propio.

Toda la pelea del cisma que aquí os he intentado contar es, en realidad, una pelea por el poder en Europa; el poder económico y también político. El intento, fallido, es el intento de debilitar el poder del inquilino del Vaticano. Francia y Castilla no lo hicieron del todo mal, pero es que el Papa es mucho Papa. Y, además, en el fondo a los conspiradores, por llamarlos de alguna manera, les faltaba dar un paso. El concilio de Basilea, por muy radical que se mostrase, lo que quería era mantener las cosas como estaban; quedarse dentro del perímetro de la Iglesia. Rechazaba, por así decirlo, el camino que le trazaban los husitas.

Faltaba alguien que se diese cuenta de que ese tipo de rebeliones tienen que llegar hasta el final, porque, si no, al final el Papa te atrapa con su palabrería, su pasta y el indudable atractivo que, para el humano medio, tiene lo que ya existe. Sólo hay un sentimiento más poderoso que el de continuidad, y es el de la revolución. Esto fue lo que entendió Lutero; y, entonces, sí que la lió parda.

4 comentarios:

  1. Lester Burnham10:25 a. m.

    Extraordinario, muchas gracias por estos artículos. No sé cómo en su cabeza cabe tanto conocimiento.

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  2. Lorenzo V.9:05 a. m.

    Un tema muy interesante. Llevo años leyendo este blog (desde 2011, según creo), nunca he escrito ningún comentario, y quería aprovechar para darte las gracias por esta labor de divulgación que haces.

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