sábado, abril 14, 2007

Stalingrado

Winston Churchill, primer ministro británico durante la segunda guerra mundial, escribió una vez que en enero de 1943, durante la batalla de Stalingrado, habían girado los goznes de la Historia. Y no le faltaba razón. Es idea compartida por los historiadores de aquella guerra que fue en Stalingrado donde Alemania, o mejor deberíamos decir Adolf Hitler y sus generales, comenzó a perder la guerra.

Con esta personalidad que tengo, que me hace tener querencia por los pequeños detalles y los hechos de poca importancia aparente, a pesar de que llevo bastantes años interesado por la Historia, Stalingrado nunca me había motivado mucho. De hecho, por ejemplo, jamás he visto ni una sola de las películas que se han hecho sobre esa batalla, que son dos o tres según mis cuentas. No obstante, los hechos, como las personas, te escogen. Hay hechos que son como una novia pesada y te persiguen, de una forma u otra. A mí me suelen perseguir en forma de libros. Hace algunos años, haciendo tiempo en el VIPS del Heron City esperando a entrar en el cine, en las estanterías de libros baratos paseaba yo mis ojos por lomos de best-sellers. No quería comprar una novela; me quejaba en mi interior de que en esos templos del éxito lector no haya libros de Historia, cuando tropecé con el famoso libro de William Craig sobre Stalingrado, Enemigo a las puertas, y me lo compré.

De alguna manera, pensé que los muertos de Stalingrado se habían quedado ya contentos con esa lectura por mi parte. Pero no era así. Hace dos semanas, pateando el caótico montón de libros de un chamarilero del Rastro, encontré un libro verde, razonablemente bien conservado, una edición de Noguer de 1960. El libro se llama El ejército traicionado y es obra de Heinrich Gerlag.

He pasado una semana robándole minutos a cualquier cosa para devorar sus quinientas páginas.

Lamento daros la referencia de un libro descatalogado (según el ISBN, no ha sido reeditado y Uniliber, el buscador de libros usados, exporta una sola referencia) y a continuación deciros que deberíais leerlo. Pero es así. Quizá alguno de los visitantes de este blog que, según me chiva Google Analytics, nos lee desde Alemania, tenga más facilidades para encontrarlo.

En cualquier caso, el hecho de que sea un libro tan poco frecuente, que estuviera en un montón de folletos y cosas de escasísimo valor, y que yo lo encontrase, me ha dado que pensar que, una vez más, los muertos de Stalingrado han querido hablar. Porque ésa, y no otra, es la intención de Gerlag. En el prólogo del libro nos cuenta que lo escribió dos veces: una, estando preso de los rusos, que se lo incautaron; y otra, años después, en Alemania, en ambos casos como homenaje a los muertos y a los vivos. En ese homenaje, Gerlag nos aporta un testimonio para mí extraordinariamente valioso por lo raro: un viaje al interior de las líneas alemanas.

Stalingrado se llama hoy Volgogrado, un nombre bastante insulso (viene a ser como llamarle a Zaragoza Ebroburgo). En una extensión no demasiado grande hacia el oeste de la ciudad, entre los ríos Volga y Don, quedó, el 23 de noviembre de 1942, atrapado el VI Ejército alemán al completo, junto con las divisiones blindadas del IV Ejército; en total, 22 divisiones completas, más de 200.000 hombres. Esto ocurrió tras una acción ofensiva rusa que acabó con dos frentes defendidos por soldados rumanos aliados de los alemanes. La extensión dentro de la cual quedaron los alemanes recibió entonces el nombre de La Bolsa, y el proceso de progresivo deshinchamiento de dicha Bolsa fue el centro de la tragedia de Stalingrado.

Desde el inicio de este asedio a gran escala, la orden de Adolf Hitler fue la misma: resistir. Tenía tanta pasión por la idea de que el ejército alemán no cediese ni un metro de terreno en Stalingrado que, de hecho, todo parece indicar que en los inicios del invierno de 1942-1943, a las 22 divisiones alemanas les habría sido relativamente sencillo romper el cerco ruso por el oeste (el ejército alemán avanzaba hacia el este y se retiraba hacia el oeste). De hecho, un general, Heinz, lo hizo. Fue desposeído del mando y sometido a un consejo de guerra. Hitler había definido cuál era la Hauptkampflinie, la HKL o línea del frente, y nadie más que él podía cambiarla.

Dentro de la Bolsa quedaron entre 250.000 y 300.000 alemanes, rumanos e italianos (incluso algún croata), aunque éstos últimos en proporción muy pequeña. Eran, por lo demás, una mezcla de unidades veteranas y bisoñas y, a finales de noviembre de 1942, estaban razonablemente bien pertrechadas de vehículos, artillería y, en menor medida, carros de combate. Según el ambiente descrito por Gerlag en su novela, de hecho las tropas alemanas, justo antes de producirse el cerco, estaban razonablemente frescas de cuerpo y mente y confiaban en un pronto relevo. Quedar cercadas, por lo demás, tampoco las traumatizó. Disponían de aeródromos, en ese momento sobre todo el de Pitomnik, con capacidad sobrada para el despegue y aterrizaje de los Junkers del ejército alemán; y estaban, además, convencidos de que el ejército alemán, desde fuera de la Bolsa, sería capaz de romper el cerco. Además, estaba el desprecio hacia el combatiente ruso, al que consideraban un combatiente inexperto, cobarde, mal pertrechado y organizado por generales más bien torpes.

La mayoría de esos 250.000 alemanes, por lo tanto, pensaba, a principios de diciembre de 1942, que estaba en medio de una batalla que ganaría con relativa facilidad. Pero sesenta días después no menos de 170.000 de ellos estaban muertos, algunos por heridas de guerra pero otros muchos de disentería u otras enfermedades y, en su mayor parte, de pura y simple debilidad.

Las claves de la cuestión fueron dos. En primer lugar, el Alto Estado Mayor de Hitler, pecando del mismo pecado de infravaloración que sus propios soldados, creyó que el teniente general Hoth, a quien sus hombres conocían como El Enano Rabioso, integrado en el ejército al mando del general Von Manstein, lograría romper el cerco con su avance desde Kotelnikovo, a unos 150 kilómetros de Stalingrado por el suroeste. Lo cierto es que lo más cerca que llegó a estar fue algunas decenas de kilómetros, y tuvo que retirarse enseguida; de hecho, la operación Hoth nunca intentó otra cosa que establecer una línea de suministro. El 19 de diciembre, llegó a unos 50 kilómetros de La Bolsa y estableció una cabeza de puente. Sin embargo, pocos días después de llegar, tuvo que mover sus tres divisiones al codo del río Don, lejos de Stalingrado, para evitar una catástrofe para el ejército alemán. Y ya no volvió.

La operación de Hoth, en todo caso, contaba con que la presión sería doble, o sea, que mientras él intentaba «entrar», el general Von Paulus, al mando del VI Ejército, intentaría «salir». Cosa que Paulus no hizo. O, más bien, no pudo hacer. ¿Por qué? Aquí llegamos a la segunda cuestión: los suministros.

Porque los suministros, metéroslo en la cabeza, son tres cuartos de guerra. Si tuviésemos una cámara de video mágica que nos permitiese grabar escenas ocurridas en el pasado y filmásemos, un suponer, a los tercios españoles de Spinola avanzando hacia Malinas, veríamos una larga fila de piqueros y caballeros, de respetable longitud, seguida de alguna artillería y, después, otra fila tan larga o más que todo lo anterior formada por cocineros, pajes, artesanos, descuideros, prestamistas y prostitutas. Un ejército, antes que nada, es lo que come, las balas que tiene para disparar y la gasolina de que dispone para moverse. Sin eso, hay soldados, pero no ejército.

A principios de enero de 1943, se produjo una de las mayores rebeliones sin violencia de los generales alemanes contra Hitler. Una de las cosas más injustas que se pueden hacer hablando y escribiendo de la segunda guerra mundial es referirse al ejército alemán o simplemente del bando alemán, como hace mucha gente, hablando de «los nazis». Una cosa era el NSDAP y sus estructuras y otra el ejército alemán, cuyos mandos no siempre eran de ideología fascista, aunque ciertamente profesaban una obediencia total a su jefe, su Führer. Sin embargo, esa obediencia no les eximía de plantarle cara a los planteamientos de Hitler, algo que al Führer le gustó tan poco que comenzó a desconfiar de ellos y es por eso que, más o menos desde la caída de Stalingrado, decidió tomar notas taquigráficas de sus reuniones de Estado Mayor.

En diciembre de 1942, un general alemán, llamado Wagner, había escrito uno de esos memoriales que a Hitler no le gustaba tener que leer. Básicamente, Wagner defendía la idea de que el abastecimiento de la Bolsa de Stalingrado era imposible. La Bolsa contaba con una línea férrea, la línea de Chir, sólo parcialmente adaptada o adaptable al ancho de vía alemán y, además, como el tiempo acabó por demostrar, atacable con relativa facilidad por los rusos. Así las cosas, la única vía fiable de suministro era la aérea y, según Wagner, que era general de Intendencia y sabía de lo que hablaba, ésta nunca alcanzaría los niveles necesarios, que se estimaban en 700 toneladas diarias para una dotación pasable y 1.000 toneladas para una dotación perfecta.

Wagner tenía razón; durante la batalla de Stalingrado, el día que el abastecimiento alcanzó las mayores cifras consiguió descargar 300 toneladas; eso sin contar el aspecto cualitativo del asunto: según Craig, uno de los aviones que logró aterrizar en un asediado aeródromo de Pitomkin, sobre el cual se echaron centenares de soldados que llevaban semanas con una dieta que calculo yo inferior a las 600 kilocalorías diarias, iba hasta las trancas de… condones.

En la Historia militar hay cosas que se rebelan con el tiempo. Cayo Mario, el tío de Julio César, descubrió que se puede hacer un buen ejército a base de muertos de hambre (los miembros del census capiti de la siempre elitista Roma); y con esa estrategia cambió para siempre la faz de los ejércitos. Asimismo, la lucha posterior al desembarco de Normandía descubrió a los estrategas que no hay avance enemigo que no sea susceptible de ser frenado desde el aire si se tienen los aviones y los pilotos adecuados.

Pero hay verdades que permanecen por siempre, porque la guerra es como es. Y una de ellas es ésta: es imposible abastecer a 22 divisiones sólo desde el aire. Máxime cuando las tropas necesitan absolutamente de todo; cuando ni los caballos tienen algo que comer en una estepa pelada. El memorial de Wagner, al parecer, recomendaba la retirada alemana hasta el Donetz, confiando, con bastante lógica, que si los rusos decidían perseguirlos se encontrarían con los mismos problemas de intendencia que ellos mismos, así pues no avanzarían mientras fuese invierno.

En la reunión en la que a Hitler se le expuso la imposibilidad de suministrar toda la ayuda material al VI Ejército, el Führer reaccionó como solía: gritando que, aún así, había que hacerlo. Existe una posibilidad de que si, a pesar de ello, los generales hubiesen mantenido una posición unitaria, acabase por ceder, cuando menos parcialmente. Pero no fue así, porque hubo un general que rompió el consenso: Hermann Göring, responsable de la Luftwaffe (fuerzas aéreas) se levantó y le prometió a Hitler lo que luego no cumplió, es decir un suministro aéreo adecuado para la Bolsa de Stalingrado.

Ya el 15 de diciembre de 1942, la ración diaria de pan de los soldados fue reducida a 100 gramos. Aparte de eso, los soldados podían aspirar, según lo pícaros que fuesen sus oficiales de cocina (se dio orden de no acaparar suministros, pero nadie o casi nadie la cumplió), a alguna que otra salchicha que llegase por avión y, sobre todo, a sopa de caballo, esto es, nieve fundida al fuego con un hueso de caballo dándole sustancia. Los alemanes se comieron todo lo que tenían de cuatro patas que no era de madera. Según Gerlag, ni siquiera eran los que estaban en peor situación: la novela retrata a los soldados rumanos, sin disciplina, sin mando y sin órdenes, vagabundeado por la Bolsa, unas veces mendigando un trozo de pan, otras robándolo.

Yo, que he estado a régimen severo, sé lo que son 100 gramos de pan; os aseguro que morderse un ratito el labio inferior alimenta más. Pero yo estaba en mi casa. Los alemanes, sobre tener esa dieta, tenían que luchar, hacer caminatas, construir búnqueres, disparar de nuevo, a 20, a 30, a 35 grados bajo cero, algunos de ellos sin contar con otra cosa que las capas y botas de verano que el ejército les había dado seis meses antes, cuando Rusia era cosa de seis semanas y nadie iba a poder con el primer ejército del mundo.

Uno de los grandes aciertos de Gerlag, ya lo he dicho, es retratar todo esto desde dentro de las líneas alemanas. Nosotros, me refiero cuando menos a los españoles aunque supongo que los latinoamericanos no contarán una historia diferente, hemos crecido con la versión de la segunda guerra mundial de las películas americanas. Para nosotros, el soldado alemán era casi siempre un tipo alto; de facciones duras; un tipo que a la hora de gritar ¡Alarma!, interpreta la fonética de un idioma muy suave con las típicas aristas de la prosodia hitleriana; alguien tan cruel como el régimen que defiende, es decir, un trasunto de Hitler en el campo de batalla. Con nombres inventados tal y como confiesa en el prólogo de su libro, Friedich Gerlag despliega en su novela tipologías bien diferentes. El teniente Breuer, posible retrato autobiográfico de un hombre razonablemente cultivado que sólo sabe pensar en la mujer que ha dejado en Alemania; el soldado Lakosh, torturado por la idea de que el régimen por el que él lucha mató a su padre, un sindicalista, y que tras recibir una carta de su madre, repleta de reproches insinuados, decide desertar; el teniente Wiese, poeta, antinazi furibundo, que promete no levantar su arma contra nadie pero finalmente lo hace, por caridad, para matar a dos aviadores alemanes que están ardiendo vivos dentro de la carlinga de su avión; el pastor luterano Peters, que enloquece tratando de creer en Dios en medio de tanta podredumbre y dolor; el brigada, después teniente, Harras, falso héroe de una batalla perdida; el teniente Fröhlich, nacionalsocialista, quien hasta el último minuto, hasta el mismísimo 30 de enero de 1943, aún espera que su Hitler acuda a rescatarlo; y una caterva de jovencísimos soldados, adolescentes apenas, para los cuales cada jornada coloca sobre los hombros la labor de no morir de hambre y después, si queda tiempo, esquivar los tiros de los Iván, como ellos los llaman.

La lectura de la novela tiene, por lo tanto, el mismo efecto que algunos otros productos, como la famosa película Das Boot: mostrar a un ejército formado por hombres de carne y hueso que están lejos de ser ese estólido centinela bien alimentado que encerraba a Steve McQueen en la Nevera (The great escape).

A mediados de enero, como muy tarde, los mandos alemanes sabían muy bien que la batalla estaba perdida. Sin embargo, tenían la orden de Hitler de resistir; orden que, por si no había quedado clara, sería evidentemente ratificada por el Führer a finales del enero con su decisión de nombrar al general Von Paulus mariscal de campo; hasta Stalingrado, ningún mariscal de campo alemán se había rendido jamás. Aún y a pesar de eso, montaron una operación medio propaganda medio contraataque en serio, que fue la creación de lo que llamaron unidades-fortaleza. Su filosofía está clara: en ese momento, en la Bolsa quedarían unos 140.000 soldados, de los cuales sólo 40.000 estaban en los frentes, combatiendo. Las unidades-fortaleza supusieron movilizar a los otros 100.000, o buena parte de ellos.

En la práctica, esto supuso mandar al frente a soldados que nunca tenían que haber peleado: cocineros, ingenieros, soldados de plana mayor, ordenanzas, chóferes. Los rusos los mataron como a chinches; hubo unidades-fortaleza que desaparecieron virtualmente antes de que su primer día de combate se acabase. Los siguientes refuerzos que enviaron fueron los heridos. En el libro de Gerlag se retrata vivísimamente la llegada a una primera línea de fuego de un contingente de 200 soldados tullidos, heridos, enfermos, al mando de un capitán que no puede ni levantar la mano. Y allí los deja, arrastrando los pies por la nieve, camino de la muerte.

Las órdenes impartidas en Stalingrado fueron tan crueles, reflejan con tanta claridad ese punto sádico que puede llegar a tener una cúpula militar que no respete a sus soldados, que se produjeron casos como la HKL del ferrocarril Voronovo-Gumrak, línea de frente que se estableció ya durante la retirada de las tropas a la ciudad de Stalingrado. El plan de dicha línea establecía que sería defendida por soldados heridos y enfermos que aún pudiesen andar, a los que no se les informaría de que su función era morir allí para permitir la retirada de su división.

Sobre una imagen satélite actual (Google Maps) del área de Volgogrado, el Don, el Volga y el Mar de Azov, os he preparado una imagen de la rápida evolución de los frentes en enero de 1943. La línea roja marca el estado en el que se consolidó el frente tras el 23 de noviembre de 1942. La línea amarilla explica los progresos de los rusos el 14 de enero (claramente decididos a cortarle a la Bolsa el cordón umbilical, esto es tomar Pitomnik). Y las dos almendras naranjas son la situación tan sólo 10 o 12 días después.



A mediados de enero ya se había producido la instrucción de que los soldados heridos no fuesen alimentados (o sea: se les retiró la ración diaria de... ¡sesenta gramos de pan!); aún a pesar de una medida tan necesariamente cruel y las muertes que provocó, a finales de enero Von Paulus se referiría en un cablegrama a Hitler de 16.000 soldados heridos a los que nadie estaba atendiendo. Gerlag nos los pinta, diseminados dentro de habitaciones de edificios semiderruidos de Stalingrado, viviendo entre sus excrementos, sin narcóticos para el dolor, comiendo nieve derretida. Buena parte de ellos ya habían estado, más muertos que vivos y mal alimentados, en el monumental tanatorio en que se convirtió el hospital de Gumrak o las instalaciones del mando en Stalingrazki. Cuando estas poblaciones fueron tomadas, los heridos simplemente peregrinaron, arrastrándose, hacia la ciudad.


El saldo final de la batalla de Stalingrado, para los alemanes, fue de unos 5.000 supervivientes de una población inicial no inferior a 250.000. El sitio de Stalingrado duró setenta y seis días, durante los cuales desaparecieron tres divisiones acorazadas, una división antiaérea, dos divisiones rumanas y trece divisiones de infantería. En noviembre de 1943, según la intendencia alemana, había en la Bolsa 270.000 soldados, de los que 35.000 la abandonaron por avión enfermos o heridos. Los rusos contaron, tras la batalla, 142.000 cadáveres en la estepa.

En La Bolsa actuaron 34 generales. De ellos siete la abandonaron por avión, cinco de ellos sin herida alguna, uno con una herida leve y el último con una herida grave. Un general murió en combate, otro se suicidó y otro desapareció.

La mayor parte de los prisioneros de guerra alemanes murió en la primavera de 1943, víctima de una epidemia de tifus, en los campos de prisioneros de Beketovka, Kranoarmeisk y Frolov. Otros murieron en los trenes que los transportaban a Asia Central o en campos de trabajo.

De los generales presos, sólo murió uno; de un cáncer de estómago que ya había contraído antes de la derrota.

Ciertamente, Hitler podía estar satisfecho, pues un solo ejército alemán había conseguido tener empantanados, durante dos meses, cinco ejércitos rusos. Pero pagó un altísimo precio de vidas por ello, precio que, según todos los indicios, nunca le pesó. Una vez, en 1943, llegó a decir que la obligación de los soldados de Stalingrado era estar muertos. Para él, al parecer, un soldado alemán que se dejaba ganar no tenía derecho a la vida; los relatos de su vida en el búnquer de Berlín, en las últimas jornadas de la guerra, dejan entrever que no sentía dolor alguno por Alemania, pues se había dejado vencer y los pueblos cobardes no merecen compasión; el mismo sentimiento reservaba, según las actas de sus reuniones de Estado Mayor, para rumanos e italianos, no así, curiosamente, para españoles ni para musulmanes; a éstos últimos los consideraba excelentes combatientes.


En contraprestación, a nosotros también nos importa un bledo que se volara los sesos.

jueves, abril 12, 2007

El Alcázar II: las razones políticas de una decisión estratégica

Señores, Inasequible se ha picado. Los que hayáis leido el anterior post mío sobre el Alcázar de Toledo recordaréis que en él dejaba yo una cagadita instando a Ina a documentarnos, desde el punto de vista militar, sobre la decisión de Franco de desviar su avance hacia Toledo. Ina ha respondido al llamamiento, fruto de lo cual es es este post, repleto de enjundia y explicaciones y en el que Ina vuelve a demostrar, como ya ha hecho otras veces, que se puede disertar sobre temas de pura estrategia bélica pariendo con ello textos de lo más interesante.

Paso atrás por mi parte, que la tarde es suya.

¿Y si Franco no se hubiese detenido a liberar el Alcázar? By Inasequible Aldesaliento

El 21 de septiembre de 1936, el Ejército de África llegó a Maqueda, a 72 kilómetros de Madrid. Ante Franco se abrían dos posibilidades: seguir en línea recta hacia Madrid o progresar por el valle del Alberche hacia el Escorial, desbordando por el flanco a los combatientes republicanos de la sierra y, una vez hundido el frente de la sierra, lanzarse sobre Madrid en unión de las tropas de Mola. El primer plan era más arriesgado, aunque podía resultar contundente contra un enemigo desmoralizado y en retirada, como eran los republicanos en esos momentos. El segundo plan resultaba mejor y más seguro desde un punto de vista estratégico. Franco no escogió ni el primero ni el segundo; optó por desviarse hacia Toledo para liberar el Alcázar. Desde un punto de vista estratégico, algo tan lógico como reventarse una espinilla en la nariz a ladrillazos.

Creo que Carlos Blanco Escolá acierta cuando señala que la razón del parón de Maqueda y el subsiguiente desvío a Toledo fue política. Franco no quería entrar en Madrid como un mero primus inter pares. Su gran baza era el Ejército de África, pero esa baza sólo podía jugarla mientras hubiese guerra. Era razonable pensar que la caída de Madrid comportaría el final de la República y de la guerra. Franco quería entrar en Madrid como el Generalísimo indiscutible del bando nacional, es decir, alcanzar una posición de preeminencia tan importante que nadie pudiese discutir su liderazgo cuando llegase la paz. No le interesaba una conquista rápida de Madrid, sobre todo si se producía antes de que su liderazgo entre los nacionales se hubiese consolidado.

El mismo 21 de septiembre que el Ejército de África se detuvo en Maqueda, los generales con mando y los miembros de la Junta de Defensa se reunieron en Salamanca y acordaron establecer el mando único, mando que recaería en la persona de Franco. El general Cabanellas, que era el Presidente de la Junta y era el único que no había votado por Franco (se había abstenido), intentó demorar los efectos de la votación. Cabanellas hubiera preferido la constitución de un triunvirato para alejar el peligro de una dictadura. En los días siguientes Nicolás Franco, los generales Kindelán y Millán Astray y el coronel Yagüe intrigarían en Salamanca, Burgos y Cáceres para consolidar la posición de Franco. La liberación del Alcázar de Toledo el 27 de septiembre fue la pieza que faltaba para que la decisión del 21 de septiembre se hiciese realmente efectiva. Ese mismo día, al anunciarse la liberación, el pueblo de Cáceres congregado en la Plaza Mayor da vivas a Franco y le llama Caudillo y salvador de España.

Que Franco era consciente del valor propagandístico y moral del Alcázar es evidente, pero pienso que ese factor tuvo un peso secundario en su decisión. Hugh Thomas dice que si Franco no hubiese hecho un esfuerzo para liberar el Alcázar y éste hubiese caído y sus defensores hubiesen sido fusilados, le habrían vilipendiado. Tal vez, pero creo que el vilipendio habría sido menor de lo que piensa Hugh Thomas. La mejor prueba es la del santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, que resistió hasta abril de 1937 como un enclave en territorio republicano. Ahí a Franco le importó una higa el valor propagandístico y moral y el vilipendio. En los nueve meses que resistió el santuario no se hizo ningún intento serio de liberarlo.

En la decisión de Franco de desviarse hacia Toledo, a pesar del tiempo precioso que perdería, creo que jugó un papel el desprecio que sentía por las milicias republicanas, cuya ejecutoria había sido menos que brillante. Las tropas africanas habían cubierto los 42 kilómetros entre Talavera y Maqueda en sólo diez días y quitando las defensas de Talavera y Maqueda, que fueron algo más empecinadas, en ningún momento las milicias republicanas habían ofrecido una defensa efectiva. Franco tenía, pues, motivos para pensar que un retraso de unos pocos días no cambiaría las cosas.

La ofensiva sobre Madrid se reanudó el 7 de octubre, con Franco ya designado como Generalísimo de todos los Ejércitos. El desvío hacia Toledo tuvo la consecuencia perniciosa de que el frente de avance sobre Madrid se amplió y su centro de gravedad se trasladó hacia el sur. Esto supuso la necesidad de cubrir más frente con el mismo número de tropas y que a partir del 18 de octubre se renunciase al ataque sobre El Escorial y se optase por el ataque directo sobre la capital sobre un frente más estrecho. Este frente además ofrecía un tentador y extenso flanco derecho, que hubiese sido menos tentador y extenso si los nacionales hubiesen tenido Maqueda como punto de partida y no Toledo.

Los dieciséis días que transcurrieron entre el parón de Maqueda y el reinicio de la ofensiva sobre Madrid resultaron cruciales y tal vez determinaran que Madrid no cayera en 1936. Entre finales de septiembre y comienzos de noviembre, el bando republicano recibió envíos de armas y dio pasos para la constitución del Ejército popular, que posiblemente fueron los que salvaron Madrid. Veamos: el 28 de septiembre se dan los primeros pasos para la incorporación de los oficiales milicianos al Ejército popular; el 30 de septiembre se movilizan las quintas de 1932 y 1933 y se ordena la militarización de las milicias, que en la zona centro ocurrirá a partir del 10 de octubre; el 7 de octubre se crean tres centros de instrucción para la formación de oficiales y cuadros de mando; el 14 de octubre empiezan a formarse las Brigadas Internacionales; durante el mes de octubre se constituyeron las primeras brigadas mixtas, que tendrían un papel muy destacado en la defensa de Madrid; a mediados de octubre se forma una agrupación de blindados, con tanques soviéticos recién recibidos, que empezaría a operar en la zona de Madrid el 28 de octubre; durante el mes de octubre la República recibió 16 cazas mosca, a los que el 4 de noviembre se sumaron quince más y todos ellos combatieron en Madrid a partir del 7 de noviembre…

Si el inicio del asalto final sobre Madrid hubiese ocurrido el 22 de octubre, antes de que las nuevas armas hubiesen llegado al frente y las nuevas brigadas hubiesen estado preparadas, hay muchas posibilidades de que Madrid hubiese caído. La ironía es que tal vez el Alcázar se hubiese salvado en todo caso, porque el Gobierno republicano habría tenido que concentrar toda su atención en la defensa de Madrid. Eso sí, sin liberación del Alcázar tal vez Franco no habría podido entrar en Madrid a finales de octubre como Generalísimo de todos los Ejércitos. Y eso era lo que contaba.

lunes, abril 09, 2007

El Alcázar de Toledo

En enero de 1943, cuando a través de cablegramas y del testimonio de algún alto mando del VI Ejército alemán evacuado en avión de la Bolsa de Stalingrado, Hitler supo de las ideas de sus generales favorables a la rendición, se negó. Dentro de su negativa, exigió de sus militares que Stalingrado fuese, literalmente, el Alcázar el ejército alemán. Esta anécdota demuestra hasta qué punto el máximo mandatario nazi admiraba la gesta del cuartel toledano y conservaba su historia en la cabeza, como demostración del valor que había, según él, de tener todo militar: resistir hasta el último suspiro.

El Alcázar de Toledo, en efecto, fue, sin duda alguna, el mayor de los mitos del bando golpista en la guerra civil. Sería estúpido decir que perdiendo la batalla de El Alcázar, la República perdió la guerra, pues cuando Franco liberó al coronel Moscardó (hay que ser precisos: Franco le nombró general, pero mientras defendía el Alcázar, Moscardó era coronel) aún quedaba mucha guerra. Pero también es cierto que la suerte de este asedio fue jodida para la moral republicana y, sobre todo, enormemente alimenticia para la moral franquista.

Hasta más allá de la vida del propio Franco, uno de los principales periódicos franquistas se llamó así: El Alcázar.

El coronel Moscardó tenía, en 1936, 58 años de edad. Si alguien tuvo la oportunidad clara de librarse de la guerra, fue él. El 18 de julio estaba en Madrid, concentrado, como se dice hoy, con el equipo de deportistas españoles que estaba a punto de volar a las Olimpiadas de Berlín, ésas en las que el puto negro Jesse Owens le amargó a Hitler la pública celebración de la superioridad de la raza aria. Moscardó era director de la Escuela de Gimnasia de Toledo y en calidad de tal formaba parte de la expedición olímpica. Con haberse quedado ahí, sin hacer nada, probablemente le habría bastado. Pero es que Moscardó estaba mosqueado, y no es juego de palabras. Era uno de esos militares que no tenía nada que agradecerle a la República y a su a ratos acertada, a ratos vacilante, política militar.

El 5 de abril de 1929, o sea un año antes de la llegada de la República, Moscardó había ascendido a coronel. O sea, ya tenía tratamiento de usía (así me lo enseñaron en la mili: de usted hasta teniente coronel, usía los coroneles y los generales y tenientes generales, vuecencia) y estaba en el vestíbulo de ser general, que es lo que quiere ser todo militar de carrera, claro. No obstante la República, algunos meses después, en su lucha contra la inflación de mandos del ejército, anuló aquella real orden, con lo que Moscardó fue, junto con muchos otros, degradado de facto. Aunque fue repuesto después al empleo de coronel, ya no lo perdonaría.

Por lo demás, Moscardó no mandaba sobre rifles o morteros, sino sobre muchachos que se dedicaban a saltar sobre plintos o a tratar de parecer ucranianos colgados de las anillas; nadie, por lo tanto, se había acordado de él: ni Mola lo contactó para ganarlo para el alzamiento ni a la República le importó un carajo de qué lado pudiese estar. Quizá por eso, porque Moscardó era un militar experimentado y lo sabía (había guerreado en Marruecos y antes incluso, con apenas 21 años, en Filipinas), tomó el camino de Toledo y, una vez allí, asumió la comandancia militar de la plaza; él estaba destinado en la ciudad y el mando le correspondía por antigüedad. Inicialmente se hizo pasar por leal con el orden establecido, pero pronto se le vieron maneras. Cuando Madrid le ordenó que trasladase a la capital un millón de cartuchos que estaban en el polvorín toledano, puso mil pegas y se los quedó.

Aunque Madrid era una ciudad netamente frentepopulista, el Toledo de 1936 era francamente golpista. Tenía una honda tradición monárquica y, sobre todo, religiosa, consecuencia de que en Toledo residiese la sede primada de España. Como en muchas partes de España, la ausencia de grandes concentraciones de trabajadores fabriles hacía que el fiel de la balanza, una vez producido el golpe, fuese la guardia civil, que tenía en la ciudad unos 600 hombres, al mando del teniente Romero Balart. El mismo día 18 apenas hay incidentes, tan sólo un ataque a un cuartelillo de la guardia civil obrado por un grupo de obreros que se ha concentrado primero en Zocodover, y se ha calentado tras escuchar en Unión Radio las soflamas de la diputada comunista Dolores Ibárruri, Pasionaria. En la noche del 18 al 19 diversos militares y, sobre todo, cadetes de la Escuela Militar de Toledo suben, la mayoría de Madrid, a la ciudad.

En ese momento, Moscardó hace planes. Han quedado, tras el golpe, del lado de la República todos los territorios cercanos: Madrid, Guadalajara, Cuenca o Ciudad Real. Esto supone que, según sus cálculos, las tropas alzadas tardarán por lo menos quince días en contactar con Toledo. Sin embargo, al oír en la radio las noticias sobre el difícil avance franquista en Badajoz, se da cuenta de que tal vez la lucha llevará más tiempo. La clave estaba, pues, en conseguir alimento; y en no dejar salir el millón de cartuchos.

En Madrid, las milicias populares tenían armas, pero poco que disparar con ellas. Durante dos días, Moscardó recibió innumerables llamadas exigiendo la salida de los cartuchos. Primero dijo que necesitaba una orden firmada y sellada; cuando ésta llegó, adujo que no tenía camiones, y de Madrid le enviaron cuarenta. Con estas tonterías, el coronel de gimnastas ha conseguido que den las siete de la mañana del día 21 de julio, momento en el que, sin poder disimular más, Moscardó declara el estado de guerra en el patio del Alcázar, declaración que las tropas repiten por las calles de Toledo; en ese momento, hay una columna de milicianos avanzando ya desde Madrid hasta Toledo.

El mismo día 21 y el 22 se producen los primeros bombardeos republicanos sobre el Alcázar. El 22 llega la columna de milicianos. Las puertas del establecimiento siguen abiertas hasta la noche de aquel día, en que Moscardó las cierra; no las volverá a abrir hasta que llegue Franco.

Dentro del Alcázar quedaron: 100 jefes y oficiales, 800 guardias civiles, 150 miembros de la tropa de la Academia militar; 40 de tropa de la Escuela de Gimnasia; 200 miembros de Falange y de Acción Popular (el partido de Gil-Robles); 550 mujeres y 50 niños. Para defenderse, contaban con 1.200 fusiles, dos piezas de artillería de 7 milímetros, 13 ametralladoras, 13 fusiles ametralladoras y un mortero. Además de los 800.000 cartuchos que lograron traer de la Fábrica de Armas tenían 50 granadas rompedoras, 50 granadas de mortero, cuatro cajas de granadas de mano, unos 100 petardos de trilita y un detonador.

Los víveres escasearon desde un principio. Dado que el golpe de Estado había sido en periodo vacacional, el economato del Alcázar no tenía casi de nada. Agua, sin embargo, tenían de sobra, porque el fuerte tenía varios pozos aljibes. Con objeto de economizar, no se fabricaba pan y, de hecho, los inquilinos tomaban el trigo agorgojado que se guardaba para el ganado. Sin embargo, hubo un golpe de suerte porque, cerca del establecimiento, se descubrió un depósito de 2.000 sacos de trigo, propiedad de un banco (siempre me he preguntado para qué narices quería un banco acopiar 2.000 sacos de trigo, pero supongo que es otra historia). La carne estaba estrictamente racionada, ya que cada día que se comía carne los inquilinos se apiolaban un equino entero. Cuando finalizó el asedio, sólo quedaban vivos cinco mulos y el mejor caballo de competición que había en el Alcázar, que había sido respetado hasta el final.

La resistencia del Alcázar es, de hecho, un mito; ya hemos visto cómo concitaba incluso la admiración de Hitler, a quien le costaba admirar a los militares de carrera y, en general, las gestas de otros. Sin embargo, como siempre en los mitos, hay, como mínimo, una parte de truco. Ciertamente, el Alcázar resistió. Pero también es cierto que las tropas republicanas, al mano del general Riquelme, no organizaron un ataque al fuerte desde el primer día, como el mito nos quiere hacer creer. La República trató, básicamente, de negociar con Moscardó, negociación que llegó a su punto más alto a las nueve de la mañana del día 9 de septiembre de 1936 (cuando, por lo tanto, habían pasado muchos más de los quince días que Moscardó había calculado), cuando se presentó en la denominada puerta de Capuchinos del Alcázar Vicente Rojo, que llegaría a jefe del Estado Mayor de la República. Según el testimonio de Rojo, éste cumplió la misión encomendada, entregar a Moscardó una oferta de rendición, con escaso ánimo; sabía que no la aceptaría, es más, había advertido a los mandos que, de estar él en la posición de Moscardó, tampoco lo haría. Según Javier Fernández López (General Vicente Rojo: mi verdad, Zaragoza, Mira Editores, 2004), uno de los dos militares que fueron comisionados para hablar con Rojo, el capitán Alamán, le rogó que protegiese a su esposa y sus dos hijas, que estaban en Madrid; cosa que Rojo hizo, acogiéndolas en su domicilio del número 50 de la calle Guzmán el Bueno.

La liberación del Alcázar por parte de las tropas franquistas no fue fruto de un acuerdo total. Había generales, como Yagüe o Kindelán, que eran más partidarios de avanzar directamente hacia Madrid, pasando de la plaza toledana, que tenía una obviamente menor importancia estratégica. Franco, sin embargo, valoró el elemento de moral y propaganda que supondría auxiliar el Alcázar sin que hubiese sido tomado por las tropas republicanas, las cuales hicieron de todo, hasta provocar incendios, para debelar la voluntad de los sitiados. Sin embargo, tampoco se lo tomaron demasiado en serio, pues estamos hablando de los primeros tiempos de la guerra, aquéllos en los que no existía, propiamente, un ejército republicano como tal. De hecho, el número de combatientes contra el Alcázar variaba mucho, entre 1.000 y 5.000 personas, con puntas los fines de semana; lo cual demuestra que había mucho combatiente-turista.

Franco avanzó por Extremadura, una vez que consiguió cruzar el Estrecho, para conseguir a través de allí conectar sus ejércitos del sur (él mismo) y del norte (Mola). Que lo consiguiera con tanta rapidez, apenas unas semanas, fue un golpe mortal para la República, por mucho que luego la guerra durase tres años. Con Extremadura conquistada y teniendo en cuenta que en Portugal sonaban campanas fascistas, el ejército franquista podía avanzar, como aquel que dice, con la espalda contra la pared (la frontera portuguesa) sin temer ataque alguno por ese flanco (más bien todo lo contrario). Fruto de esa estrategia relativamente cómoda fue la toma de Talavera de la Reina, enclave de gran importancia para garantizar la subida de los ejércitos del sur hacia Madrid; de hecho, la pérdida de Talavera hundió al último gobierno burgués de la República, el gobierno Giral, que fue sustituido por Largo Caballero; los partidos obreros ya no abandonarían el gobierno de la República en el resto de la guerra, cosa que fue así, entre otras razones, para insuflar moral a los milicianos de izquierdas tras la pérdida de Talavera.

Una vez en Talavera, Franco tenía tres alternativas: avanzar por el curso del río Alberche y tratar de tomar El Escorial, para así crear un nuevo contacto con el ejército del Norte y poder drenar tropas a mogollón hacia Madrid para tomarla; avanzar hacia Maqueda y luego hacia Madrid siguiendo más o menos el trazado de la actual autovía de Extremadura; o desviarse hacia la derecha, liberando Toledo y avanzando hacia Madrid sólo después de haber perfeccionado esta acción. Aquí el que sabe de tácticas y cosas de ésas no soy yo, sino Inasequible. Aún así, y a despecho de que me desmienta, yo creo que la estrategia más acertada hubiera sido la primera.

Según los testimonios contemporáneos, Franco dudó mucho, pero finalmente decidió ir a Toledo valorando, como se ha dicho, el efecto propagandístico de liberar a unos resistentes que se habían hecho bastante famosos dentro y fuera de España. No fue, por lo tanto, la compasión hacia los sitiados; fue que le venía bien desde el punto de vista de la propaganda.

Francisco Largo Caballero, que tenía tan claro como Franco el elemento propagandístico del Alcázar, estuvo el 20 de septiembre en Toledo exigiendo que el fuerte cayese sí o sí. Pero se quedó con las ganas. El día 26, los franquistas cortaron la conexión por carretera entre Toledo y Madrid. El 27 por la mañana atacaron y los milicianos abandonaron la plaza. No se hicieron prisioneros e, incluso, milicianos que estaban heridos en sus camas de hospital fueron asesinados. Incluso, en los postreros momentos de la batalla se produjo un sacrificio horroroso.

Era el 30 de septiembre y habían pasado, por lo tanto, tres días desde la llegada de los franquistas a Toledo. En un seminario de la ciudad, no obstante, resistía una treintena de milicianos, a pesar de que el edificio estaba ya medio en llamas y acosado por legionarios.

La Legión trató de romper la enorme puerta del seminario al estilo de la Edad Media, usando una viga de hierro como ariete. Sin embargo, los republicanos dispararon desde las ventanas y mataron a dos soldados. Finalmente, los atacantes rompieron la puerta y entraron. Ante ellos, sólo quedaban siete supervivientes. Uno de ellos se apoyó en la pared y se pegó fríamente un tiro en la boca. Tres más intentaron huir y fueron apresados. Los otros tres comenzaron una resistencia inútil por los pasillos hasta que se encerraron en una habitación al final del segundo piso. Cuando los atacantes iban a entrar, los tres milicianos hicieron estallar una bomba Lafitte, que los destrozó.

Dentro de la habitación, escrito con carbón en la pared, los legionarios encontraron el siguiente texto:

Manuel Gómez Cota, miliciano de Izquierda Republicana de Madrid, el día 27 se hizo cargo de este Seminario. Después de luchar duramente con el enemigo y poner en libertad a mujeres, niños y ancianos, decidimos incendiar el edificio. Son las cinco de la tarde. El incendio sigue: sólo quedamos nosotros.

Manuel Gómez, jefe de los Leones Rojos.
Tomás Parques, Sargento.
Eduardo Ruiz, Socialista.
¡Viva Azaña! ¡Viva la República!



Según nos cuenta Fernández López, el 9 de septiembre de 1936, el día que Rojo se presentó a parlamentar en el Alcázar, nació un niño dentro del fuerte. Ese niño recibió el nombre de Restituto del Alcázar y sería utilizado por la propaganda franquista en tiempos posteriores. Con el tiempo, Restituto siguió su destino puesto que ingresó en la Academia General Militar y se hizo, por lo tanto, militar de carrera. Sólo que el guión cambió puesto que, siendo capitán, Restituto ingresó en la Unión Militar Democrática, la UMD, que fue el primer germen de defensa de la democracia en el ejército franquista.

La Historia usa, a veces, caminos verdaderamente extraños para ajustarse.