viernes, octubre 29, 2010

Sin [más] comentarios

Nunca me ha gustado Fernando Sánchez-Dragó. Esto es, en primer lugar, porque tiendo a no soportar al intelectual que va de intelectual; como si ser un intelectual fuese un hecho en sí, y no, al menos es mi opinión, la consecuencia de algo, sea ese algo escribir, actuar, esculpir, investigar la astrobiología o la medicina. En segundo lugar, porque nunca he entendido la calidad de sus trabajos. Gargoris y Habidis me aburrió sobremanera, y es lo mejor que le he leído con enorme diferencia.

Una noche, hace muchos años, en un programa televisivo de Jesús Hermida, le vi alardear de su pasado iconoclasta durante el franquismo aseverando que en Soria había sido una vez acusado por las autoridades de calvinista. La sola formulación de la anécdota levanta, a mi modo de ver, ciertas dudas sobre su veracidad (empezando por el detalle de que en la Soria del franquismo hubiese una sola autoridad que supiese en qué consiste el calvinismo); y, cierta o falsa, la mera ostentación de la misma por parte del hablante me hizo colocarlo en la estantería mental en la zona de «intelectualitos que ahora van de lo mucho que hicieron contra Franco»; esta zona de la estantería la he tenido que ampliar varias veces en los últimos treinta años.

Me puedo creer, por lo tanto, que toda la famosa anécdota que al parecer ha contado en un libro sea inventada. El problema cuando te inventas constantemente detalles de tu vida es que al final no sabes ya lo que has vivido o has dejado de vivir. Eso lo sabe cualquier persona que haya sido un niño travieso. A mí me da la impresión de que Dragó lleva cuarenta años tratando de ir de eso, de niño travieso del panorama cultural español, y a base de inventarse tontunas para alimentar ese autoespectáculo ha acabado por no tener muy claro qué ha vivido y qué no.

Pero en la famosa anécdota/invención/VUAS (Vaya Usted A Saber) hay algo más que me estomaga especialmente. Me estomaga, como digo, independientemente de que sea cierta o no lo sea. La anécdota «huele» a cierta actitud del intelectual en favor de su superioridad. Los nazis consideraban a los judíos Untermenschen, humanos de baja calidad. Los intelectuales se consideran a sí mismos Übermenschen, superhombres, personas por encima de lo normal. Gentes que perciben lo que otros no perciben, entienden lo que otros no entienden, saben lo que otros no saben y, sobre todo, infinitamente más libres que el común de los mortales; lo cual hace que, quizá, lo que en otros puede ser un error o un dislate, en ellos es un proyecto cultural, o un paso necesario. No es casualidad, a mi modo de ver, que no pocas veces que te aprestas a conocer a fondo la vida de un intelectual, acabes topándote con un tipo que dejó a sus hijos en el arroyo, abandonó a sus mujeres a su suerte, andaba todo el día mamado obligando a los amigos a sacar constantemente la cara por él, o cosas parecidas.

No es el de Dragó el único ejemplo en el que pienso de esa especie de superioridad moral autoadjudicada. Estos días, leyendo las noticias sobre el escándalo de su último libro, he recordado un pasaje de un libro que me escandalizó en su día. He encontrado ese libro en internet y he tomado el pasaje (página 45 de la obra original, en la edición de Seix Barral):

Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.

Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.

El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.

Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia.


Y es que en todas partes cuecen habas.

El pdf lo he encontrado aquí.

martes, octubre 26, 2010

El conflicto de los remensas

Todo el mundo sabe que la Edad Media es la época de la dominación de los señores feudales sobre los siervos de la gleba. Lo que tal vez se conozca menos es cómo se producía esa dominación, así como los graves conflictos que generó su terminación, que fue muy progresiva y, además, nada fácil. En 1986, hace ahora un cuarto de siglo pues, se produjo (no cabe decir que se celebrara) un quinto centenario de gran importancia para esta materia: el laudo arbitral de Guadalupe. En realidad, esta sentencia, impulsada por Fernando el Católico, afectó sólo a los campesinos catalanes, a los payeses. Pero en las vicisitudes que la precedieron bien pueden verse reflejados otros conflictos del campesinado. Aunque, realmente, en estos hechos que aquí relataremos, y que la Historia conoce como la guerra o el conflicto de los remensas, hay elementos muy particulares; por ejemplo, la guerra abierta entre la corona y la Generalitat. Generalitat, esta vez defendía intereses no muy virtuosos que digamos.

La relación entre señor feudal y vasallo tiene algo de mafiosa. El vasallo es en su origen un agricultor que, harto de que vengan gentes de armas a darle por culo y violar a sus hijas, decide juntar pasta con otros de la zona que son como él para mantener al más bruto del pueblo a cambio de que les proteja. Esta forma de organizarse es tan vieja como el mundo, pero digamos que cuando en la Historia del hombre occidental se abre un paréntesis en el que éste parece de repente incapaz de imaginar estructuras estatales centralizadas, adquiere mayor importancia.

La protección genera vasallaje. Eso, cualquier buena peli sobre la Mafia lo demuestra con facilidad. En un entorno de sistemas estatales débiles, con reyes que son, en realidad, primus inter pares, los señores feudales toman verdaderamente la sartén por el mango y aprenden a hacer las cosas de manera que sus privilegios tiendan a eternizarse.

Cuando ser habla de los privilegios de la nobleza, a todo el mundo se le viene a la mente el derecho de pernada. Una idea parcialmente, pero en bastante medida, errónea. El derecho de pernada no existió en todas partes ni durante toda la Edad Media; y, aún existiendo, para muchos señores era un derecho meramente teórico pues, por mucho que en las pelis en las que aparece siempre la mujer del vasallo está buenísima, ello no era demasiado habitual. El malentendido, sobre todo, proviene de la parte del marido. Es un típico ejemplo de incapacidad de ver la Historia con otros ojos que los propios del tiempo propio. Para nosotros, basados en nuestras creencias democráticas, de moral pública y de derechos civiles, que un señor feudal se pase por la piedra a la prometida de un vasallo es un ultraje. Pero no podemos olvidar que el campesinado medieval europeo era un colectivo social apenas epidérmicamente cristianizado que mantenía muchas de sus creencias anteriores, basada en gran medida en la capacidad de una persona u objeto de transmitir sus cualidades por cercanía. El hombre, además, a fuerza de observar cómo los hijos se parecen a los padres, se dio pronto cuenta de que esa transmisión por la sangre (ellos no sabían nada de los genes) estaba más que probada.

Si el señor feudal se tiraba a la mujer de un campesino, por lo tanto, le «donaba» su sangre, una sangre especial, a esa familia. Las posibilidades de dicha familia de tener al menos un hijo robusto y capaz se multiplicaban. El derecho de pernada, de hecho, podía llegar a ser más bien un incordio para quien lo ejercía.

La dominación feudal sobre el vasallo tiene poco que ver con historietas de película de serie B y más con las instituciones de derecho por las cuales la dominación económica del señor tendía a perpetuarse y profundizarse. En Cataluña, la asimétrica relación entre los señores del castillo y los pollos que plantaban alrededor generó toda una serie de instituciones juridicas que son la mejor expresión de por qué, en la Edad Media, ser vasallo era estar más bien jodido. Eran, concretamente, seis instituciones jurídicas.

La primera institución, que da nombre a los vasallos de la época, es la remensa. La remensa era un precio de redención, una especie de indemnización, que el vasallo pagaba al señor por abandonar las tierras.

En segundo lugar, se encontraba la intestia, por la cual el señor feudal percibía entre un tercio y la mitad de los bienes legados por un vasallo que muriese sin testar.

El tercer uso jurídico era la exorquia, que era una intestia automática para el señor en el caso de que el vasallo muerto no tuviese descendencia.

La cugucia era la multa pagada por el payés en el caso de que su mujer cometiese adulterio. Según el derecho catalán de la época, si el adulterio se había cometido sin consentimiento del marido, vasallo y señor se repartían a partes iguales lo bienes de la mujer. Pero si el marido había consentido en dicho adulterio, todos los bienes eran para el señor.

La arsia, quinta institución jurídica, era verdaderamente humillante. En el caso de producirse un incendio en el predio trabajado por el vasallo, éste tenía que transmitir parte de su patrimonio al señor feudal en pago por su negligencia.

Finalmente, la firma spolii, era un impuesto que cobraba el señor feudal si un payés, teniendo unos terrenos en garantía de la dote de su mujer, los hipotecaba.

Ya durante el siglo XIV, las muestras de descontento de los payeses son muchas. Pronto, los agricultores encuentran una alianza táctica con la corona, deseosa de recortar los poderes y privilegios de la nobleza. Tanto Juan I como Martín el Humano adoptan políticas propayeses. Pero el signo cambiará con la llegada a esas tierras de la dinastía Trastámara en la persona de Fernando I de Antequera, el cual concede a los propietarios la constitución Com a molts, que supone una clara marcha atrás a los ya viejos tiempos del vasallaje más intenso.

Alfonso V el Magnánimo, que siguió al antequerano, recupera la política de concordia. En 1455, intenta abolir los llamados malos usos (las instituciones jurídicas antes descritas) a cambio de un pago de 100.000 florines a la corona por parte de los payeses. O sea, da dos veces: jode a los nobles, y cobra de los agricultores. A la muerte de Alfonso, Juan II confirmó su política y abolió los usos.

Los decretos del rey Juan le granjean la total oposición tanto de la Generalitat o Diputación como del Consell del Cent, en ese momento representantes de los intereses de la nobleza terrateniente. En 1462, tras el fracaso de las negociaciones ante la renuencia de la Generalitat a aceptar casi cesión alguna, estalla la guerra. Se trata, por lo tanto, de una guerra de campesinos contra ciudades, aquéllos aliados con la corona y éstas con la nobleza. Lo que se está ventilando, en las últimas boqueadas de la Edad Media, es cómo será la Cataluña renacentista.

La guerra, a causa sobre todo de lo mucho que supieron organizarse los remensas, duró diez años, hasta la Paz de Pedralbes (1472). Juan II impuso sus tesis sobre la Generalitat y la ciudad de Barcelona, aunque con posterioridad, probablemente por querer administrar dicha victoria, estuvo lento y cicatero a la hora de aplicar las mejoras a los remensas. El rey trató de atraerse a los caudillos remensas, sobre todo Françesc Verntallat, el jefe militar con más prestigio y de talante moderado, pero no otorgar las reivindicaciones principales.

Debido a esta política de paños calientes, Juan II fallece en 1479 sin haber resuelto propiamente el problema. El sucesor de Juan II de Aragón es Fernando de Aragón, un joven y ambicioso monarca, con una sensibilidad política rubalcabiana de gran fineza, a quien su padre, en buena parte, ha estado preparando durante los años de su delfinato para un proyecto de enorme proyección: el ingreso de Aragón en la champions leage del poder planetario, mediante la unión de coronas.

De alguna manera, Fernando está a años-luz de sus predecesores, a causa de las diferencias en su aceramiento al hecho del poder. Hijo del Renacimiento, sus puntos de vista y sus ambiciones son muy distintos a los de otros monarcas que lo han precedido. Él quiere monarquías fuertes, centralizadas. Entiende el proceso centrípeto que se está produciendo ya en buena parte del mundo conocido, y que acabará obrando milagros como que provenzales, francos y borgoñones, al igual que galeses, ingleses y escoceses, dejen de darse de hostias y pasen a sentarse en el mismo consejo de ministros. Sin embargo, como demuestran conflictos como el dinástico castellano del que es centro su mujer, Isabel, uno de los problemas del nuevo montaje es el excesivo poder de la nobleza, poder, por definición, centrífugo. Aquí tenemos la razón fundamental del empleo fernandino en el conflicto de los remensas. No es tanto la justicia social lo que busca, ni siquiera la eficiencia económica, como la justicia monárquica.

Eso sí: en un principio, cede, esperando su momento. Fernando de Aragón, a quien acabaremos conociendo como El Católico, trata de arreglar las cosas, pero se encuentra con una oligarquía cada vez más envalentonada con la idea de volver al pasado. Fruto de esta presión, Fernando acaba estampando su firma al pie de la constitución Com per lo Senyor, que anula, décadas después, las provisiones de Alfonso el Magnánimo. Los remensas, pues, perdían todas las que hoy llamaríamos conquistas sociales obtenidas en la guerra; y, además, todavía debían 60.000 de los 100.000 florines comprometidos en la norma de Alfonso.

Así las cosas, era lógico que entre los remensas los más radicales fuesen los que prevaleciesen. Pere Joan Sala, guerrillero formado a los pechos de Verntallat, inicia una sangrienta revuelta en 1484, que dura un año.

Las tropas de Sala derrotan a capitán real Gilabert Salbá en La Garrotxa, Girona. Luego toma el castillo de Anglés, momento en que la rebelión se extiende por Vic, La Selva y el Vallés.

Fernando, entonces en Sevilla buscando pasta para luchar contra el moro (y zumbándose a ratos a su barragana murciana), se da cuenta de que la cosa es seria, y que plugue negociar. Se llega a redactar un proyecto de acuerdo en 1485, por el cual se eliminan los malos usos pero se mantienen los censos y otras cargas económicas tradicionales sobre los vasallos. Se establecen indemnizaciones para los señores feudales (100 sueldos por casa) a pagar por los remensas, una cuarta parte a ingresar en la corona, eso sí a cambio de que Fernando renunciase a la deuda de los 60.000 florines. Las partes, sin embargo, estaban demasiado radicalizadas como para acordar aquello.

Sala decide no esperar, y toma Granollers, luego Tarrassa, y luego Sabadell, lo cual supone situarse casi a las puertas de Barcelona. Fernando contraataca formando un gran ejército, ahora aliado con sus enemigos de hogaño, y el 4 de marzo de 1485 recupera Granollers. Sala, a pesar de la derrota, tomó Mataró, y luego se dirigió a Tarrassa. En Llerona, las tropas fernandinas le dieron caza y le arrearon tal surtido de capones que la derrota de los remensas fue total. Cuatro días después, Sala fue ejecutado.

Fernando trató de administrar su derrota. Delegó en Luis deMargarit, hermano del entonces obispo de Gerona, para que negociase con los remensas moderados (Verntallat) una solución. La gestión de Margarit, sin embargo, fracasó por la obstinada negativa de los nobles. Ellos también habían ganado; sus mercenarios estaba en el ejército que había ganado en Llerona; y, consecuentemente, reclamaban la reimposición de los usos y la vuelta atrás.

Fernando, probablemente hasta los huevos del problema ya, decidió buscar un primera fila para resolver la cuestión. Así pues, se la encargó a su Rubalcaba particular, Iñigo López de Mendoza, quien cuando no estaba escribiendo poemas oficiaba de consigliere del rey. Fue don Iñigo quien, a base de negociar y negociar, acabó logrando el OK de ambas partes, más expedito desde el momento en que logró resolver el espinoso asunto de los castillos tomados por los remensas y que éstos no querían devolver. Finalmente, fueron devueltos a cambio de que el rey recibiese en persona a una delegación de los líderes más radicales, y les escuchase.

El 21 de abril de 1486, en Guadalupe, se promulgaba el laudo arbitral. Se suprimirían los malos usos, a cambio de una indemnización a los nobles equivalentes a 60 sueldos barceloneses por predio. Una vez pagada esa indemnización, el remensa quedaba lire de comprar, vender o permutar sus tierras, sin permiso ni pago al señor. Eso sí, debía prestar homenaje al señor y pagarle los censos y otras exacciones tradicionales a contar desde 1480. Ambas partes declaraban una tregua de 101 años y renunciaban expresamente a reclamación alguna, fuera de las establecidas en el documento, relacionada con las guerras; es decir, acordaron una amnistía en toda regla. Se establecieron unas indemnizaciones por daños a favor de los nobles por valor de 6.000 libras. Sólo los cabecillas más radicales fueron condenados por sus acciones.

La sentencia de Guadalupe hizo mucho por el corporativismo agrario catalán, ya que para cumplir la sentencia los remensas crearon un sindicato que existió durante 20 años y los colocó, como digo, en el carril del asociacionismo.

El gran ganador en Guadalupe fue la corona de Aragón. Fernando el Católico aplicó durante el conflicto esa estrategia del pescador que da sedal a su presa. Inició su reinado aplacando a los terratenientes y llegó a aliarse con ellos cuando los remensas se radicalizaron; algo que, con seguridad, él sabía que iba a pasar tomando las medidas que estaba tomando. Así pues, manipuló el conflicto con habilidad, y en su momento, tras dos guerras, puso sus cartas boca arriba y demostró a los nobles que no estaba dispuesto a permitir una simple vuelta atrás; postura altamente racional, pues el tiempo pasa para algo. Ayudando, pues, a los nobles a vencer, fue él quien venció. Había conseguido lo que sus antecesores no pudieron: demostrar a las partes implicadas, y muy especialmente a los nobles, que ya no podían soñar con mover fíchas en el tablero del poder sin contar con el rey.

A partir del conflicto de los remensas, cuestionar el papel arbitral y superior de la monarquía se convirtió en misión difícil, cuando no imposible.

Ficcionar la Historia

Leo en Meneame algunos comentarios relativos al estreno, en la noche de ayer, de la serie Hispania (que no vi; estuve pegando tiros en el mercado de Kandahar, por cortesía de Medal of Honor). Alguno de esos comentarios me lleva al blog de su coordinador de guiones, en el que su autor se felicita de que nazcan este tipo de propuestas y, lo que es más importante, lista al principio de tu texto una serie de preguntas, cuestiones y retos a los que se enfrentan, dice, los guionistas de la reciente serie de Antena 3.

Estas dos fuentes que cito hablan de cosas que, de una forma u otra, orbitan alrededor de la siguiente cuestión primigenia: ¿tiene sentido hacer espectáculo de la Historia, y con qué reglas de precisión?

Yo tengo algunas ideas bastante claras al respecto, y es por ello que me he decidido a exponerlas.

Voy a la primera pregunta del guionista hastiado: ¿se pueden hacer series históricas con los presupuestos que se manejan hoy? Y cuando menos mi respuesta es: la cortedad de un presupuesto no puede ser nunca disculpa para hacer las cosas mal, o hacerlas a medias.

El año que yo hice el examen de Selectividad, allá por el Jurásico Gallego (o sea, el Xurásico), los dos temas de desarrollo a escoger en Historia fueron la vida del zar Alejandro y la Europa de la preguerra mundial (primera). Quizá sólo por casualidad, los diseñadores del examen de Selectividad escogieron dos temas que estaban siendo desarrollados, en aquel momento, por otras tantas series de televisión. Siempre he pensado que nuestros examinadores, que aunque nosotros estábamos mejor formados ya empezaban a gestionar un sistema educativo putomiérdico, se debieron decir: «al menos, pillando de lo que recuerden de los episodios, algo podrán escribir; cosa que no les pasará si les preguntamos por la Comuna o los Cien Mil Hijos de San Luis».

La Historia filmada, por lo tanto, no es asunto baladí. Vale que es una gilipollez pretender que, puesto que los curricula escolares sólo valen para ser procesados en Valdemingómez, tienen que ser los guionistas y productores de series de televisión los que resuelvan el problema. El problema, desde luego, lo tienen que resolver los que descojonaron nuestro sistema educativo. Pero los productos de entretenimiento no pueden ser ajenos a ese proceso y mucho menos, como a mí me parece que insinúan un poco las preguntas del guionista, sentirse beneficiarios de una patente de corso que les permite tratar la realidad histórica a través de la licencia poética.

La pregunta de si es más importante el rigor histórico, por una parte, o la credibilidad y el entretenimiento, me parece una pregunta de un insondable cinismo. Es la misma pregunta que se hace un político cuando se cuestiona si lo que debe hacer con los ciudadanos es dejar que sigan felices o contarles la verdad. En realidad, no existe tan dicotomía. El rigor histórico, en el relato de algo pasado, no es algo que sea negociable. El creador tiene herramientas que son perfectamente lícitas; por ejemplo, puede ocupar cuatro horas de acción en hechos que apenas ocupan un mes de tiempo histórico, y luego resumir 30 años en apenas media hora, en aras de la intensidad dramática. De hecho, que un narrador, lo sea escrito, fílmico o de cualquier tipo, cuente siempre con herramientas para hacer que su relato tenga tensión e interés (si es que sabe hacerlo, claro), es el mayor abono de que no tiene ninguna necesidad de hacer trampas con la trama histórica, cambiándola a su gusto o necesidad.

¿Y por qué? Pues, en primer lugar, porque como insinuaba algunos párrafos más arriba, el cine y la televisión tienen una misión educativa, les guste o no. I, Claudius es, probablemente, el único contacto que miríadas de personas de mi generación tuvieron, tienen y tendrán con ese periodo tan interesante de la Historia de Roma en el que la República se abrocha con el Imperio. En realidad, Robert Graves tiró en exceso en sus libros de las historietas contadas por Suetonio, muchas de ellas bastante cuestionables, pero estos matices quedan ya para los latinofrikis. Lo que no hubiese tenido sentido es que el guionista de la serie, por ser por ejemplo vegetariano o un furioso opositor de la libre venta de armas, fuese a convertir a Claudio en un comedor compulsivo de berros o en un emperador cuyo máximo deseo fuese colocar bolitas de cera en la puta de los pepla para que no hiciesen daño.

Estas conversiones extrañas son bastante habituales en las series históricas o seudohistóricas españolas. Demasiados personajes de las series históricas españolas no son lo que fueron, lo poco o mucho que sabemos que fueron, sino lo que los guionistas, los productores o el director hubiesen deseado que fuesen, en aras de una idea, o de lo que se piensa que puede dar audiencia. Este efecto es palmario en todas las series españolas que abarcan la Historia del siglo XX, cuyos personajes no son los personajes que vivieron los tiempos descritos, sino sus nietos, que lo están escribiendo.

Los guionistas de malas series históricas no parecen entender, a mi modo de ver, que lo que en ellos quizá es falta de capacidad de ser más meticulosos, otros lo pueden convertir en manipulación. Cuando nos acostumbramos a que contar la Historia es en realidad recrearla, la hemos cagado, con perdón. En una historia fílmica se pueden cometer errores cuya única consecuencia es delimitar la torpeza de quien perpetra la escena. En el inicio de El capitán Alatriste, por ejemplo, los españoles avanzan por un lago cenagoso, en plena noche nebulosa, para pillar al enemigo por sorpresa. Van, como digo, en mangas de camisa, caminando por unas aguas que con suerte estarán a cinco o seis grados, y no tiritan. Éste es el tipo de error que uno calificaría de error friki, porque sólo afecta a los muy meticulosos. Pero cuando un guionista escribe una escena de los años sesenta en la que la esposa de un bedel pluriempleado se va a cenar sola con otros hombres mientras el marido la espera en casa (Cuéntame), ya la cosa cambia. Aquí pasan una de dos cosas, o las dos: o bien es que el guionista quiere hacer de ese script una reivindicación de la igualdad de la mujer, o bien no tiene ni puta idea de en qué dirección corría el viento en la España de los años sesenta.

Algunos años antes de la acción de aquella escena, en una ciudad de España hubo un alcalde que prohibió a las mujeres sacar la basura por la noche sin medias. España era así, nos guste o no. Y, a mi modo de ver, los guionistas tienen dos opciones: o contar la Historia de España, en cuyo caso habrán de sujetarse a ciertas normas; o contar la Historia del País de Ajofrín, en cuyo caso ya pueden montar las tramas que les salga del pingo.

Esto requiere, con perdón, de cierto conocimiento. No es de recibo que el coordinador de guiones de una serie ambientada en los tiempos de la invasión de la península ibérica por los romanos se plantee la pregunta de si en esa época había gays. Con que se hubiese leído en la escuela el Fedón, ya le habría quedado claro.

El argumento de la audiencia es otra chorrada. Al narrador siempre le cabe la posibilidad de construir una trama interesante que no tenga nada que ver con la Historia, no tenga vínculos con hechos históricos reconocibles o apenas los use como telón de fondo. Incluso puede combinar ambas cosas: la acción histórica y la trama inventada con personajes ignotos, como ocurre, por ejemplo, en Roma. Las herramientas del narrador, pues, son interminables. Precisamente por eso, ¿por qué tiene que forzar los hechos? Nunca existió un paladín cristiano llamado El Capitán Trueno, que se ligase al pibón Sigrid de Thule. ¿Qué habría ganado su guionista diciendo que aquel tipo era Rodrigo Díaz de Vivar o Fernando Álvarez de Toledo en su juventud?

Ficción histórica quiere decir rellenar los huecos, que en Historia los hay a puñaos, y realizar una interminable labor de ambientación en la que siempre, eso sí, habrá errores, porque es materialmente imposible reproducir todos los detalles. El obispo malo de Los pilares de la Tierra aparece en muchos minutos de la serie blandiendo un libro, que se supone es una Biblia, que tiene una encuadernación que, para mí, tardó aún bastante tiempo en realizarse. Pues qué le vamos a hacer. Ahora bien, hacerle decir ¡Por las barbas del Profeta! al mercader árabe que se sorprende de la habilidad de Ben-Hur a la hora de llevar una cuádriga, con todos los respetos, no tiene pase.

Ciertamente, la Historia es interpretación. Dos guionistas cultos y profesionales escribirán dos guiones completamente distintos de una serie cuyo protagonista sea Felipe II. Pero eso es así porque las visiones de Felipe II son variadas; porque, dentro del mundo del conocimiento histórico, hay quien concibe al Rey Prudente de una manera, y quien lo concibe de otra muy diferente. Pero si los dos guionistas son, como digo, cultos y profesionales, ninguno de ellos hará su labor traicionando la verdad histórica.

No, no da igual precisión que entretenimiento. Nadie entendería que mañana una televisión realizase una serie sobre la vida de Fernando Alonso y metiese cosas en el guión como que se hiciese que su etapa en McLaren la pasara en Red Bull (por ejemplo, por razones publicitarias); o que, por razón de que los guionistas están muy concienciados contra el racismo y la xenofobia, el personaje de Louis Hamilton fuese convertido en un ser angélico que dona sus ganancias a Intermon y se dirige a Alonso apelándolo siempre de «mi muy querido amigo».

Los personajes históricos, desde Viriato hasta Zapatero, merecen el mismo nivel de respeto.

domingo, octubre 24, 2010

El Jarabo

1958 fue el año de la muerte de Pío XII, Papa; así como del famosísimo, en su momento, nacimiento en Madrid de cuatrillizos. También fue el año de un sonoro Prison Break en la cárcel de El Puerto, en cuya persecución acabarían muertos los también famosos atracadores de la joyería Aldao. Pero 1958 fue, por encima de todo, para la España toda, el año de El Jarabo.

El año 1958, en efecto, y más concretamente el 21 de junio, la policía encuentra en una tienda de empeños del número 19 de la calle Sáinz de Baranda de Madrid a Félix López Robledo, a la sazón propietario del establecimiento, con dos balas en la nuca. López tenía 43 años en el momento de ser pasaportado. Esa misma tarde, muy cerca de ahí, en Lope de Rueda 57, fueron encontrados los cadáveres de Emilio Fernández Díaz, 46 años, copropietario de la tienda; de su mujer, María de los Desamparados Alonso Bravo, 30 años; y de la sirvienta, Paulina Ramos, quien no había sido muerta a tiros como sus empleadores, sino de una puñalada.

A la mañana siguiente, esto es en apenas unas horas, efectivos de la Brigada de Investigación Criminal de la Policía detenían en una tintorería de la calle Orense al asesino, José María Manuel Jarabo Pérez-Morris, que tenía entonces 33 años.

José María Jarabo había nacido en algún lugar de España y en 1936, poco después de estallar la guerra civil, se marchó con su madre a Puerto Rico. Allí dispuso de una modesta fortuna en propiedades, que le permitió vivir a muy buen tren. A pesar de que se casó, es decir teóricamente sentó la cabeza, muy joven, manejar dinero le puso en contacto con el siempre complicado mundo de lo que no es legal: prostitución, drogas, etc. En Estados Unidos fue detenido y condenado a nueve años de prisión, de los que cumplió dos. Durante ese tiempo, en la cárcel de San Luis Misouri, empleó el tiempo como ayudante del médico psiquiatra del establecimiento penitenciario. En 1950 salió bajo palabra a condición de volver a España.

Su madre se preocupó mucho de que su joven hijo José María no sintiese la mordedura de la pobreza. Alto, siempre bien vestido y muy buen parecido (las mujeres de la época lo reputaban un pibón), el Jarabo no tenía problemas para vivir. Su madre le enviaba cada mes de 500 a 1.000 dólares y una tía suya, residente en Madrid, lo subvencionaba con 7.000 pesetas. Eso sin embargo no evitó que Cuqui, como se le conocía familiarmente, se metiese pronto en problemas. A los dos meses de estar en España, fue denunciado por lesiones. Al año siguiente, por el mismo delito y por agresiones a mujeres. En 1952 fue acusado de estafa. En el 54, por chantaje. En el 55, por hurto. En el 56, dos veces más por estafa. En el 57, por allanamiento de morada.

En su época se llegó a estimar que, en los ocho años que vivió el Jarabo en España en libertad, pudo gastar uno 15 millones de pesetas, que viene a ser más de 200.000 euros de hoy en día [un lector anónimo me ha hecho notar que este cálculo es notabilísimamente conservador; en realidad, 15 millones de pesetas de aquel entonces son algo más de 3 millones de euros de hoy en día]. El Jarabo se levantaba a las seis de la tarde, gastaba sin tasa, conocía a una tía cada día y, cuando se quedaba sin dinero, mentía. Si no mentía a las mujeres, aprovechando su atractivo, mentía a los médicos, aprovechando una habilidad nata que tenía de fingir desmayos y ataques epilépticos.

En 1958, sin embargo, su situación económica llegó a un punto sin retorno. Él, que había epatado a medio Madrid con su Cadillac (un coche que entonces muy poca gente podía permitirse) apenas poseía ahora un cuatro-cuatro de mala muerte. Cuando su familia le redujo el flujo de pasta a 7.500 pesetas mensuales, candidad más modesta de la que Jarabo estaba acostumbrado a recibir, inició la cuesta abajo de empeños típica en todo toxicómano. Hipotecó el chalet de su padre en Ciudad Lineal. Luego empeñó sus trajes, sus sombreros, sus plumas estilográficas. Incluso sus gafas.

El Jarabo conocía a Robledo y Fernández, los copropietarios de la casa de empeños Jusper, desde 1955. Aunque no podemos asegurarlo, en aquellos primeros empeños que realizó tuvo que haber ya sus problemas, porque es un hecho comprobado en el curso de las investigaciones que los peristas [tal y como me hace notar Van Brugh, llamar a los dueños de Jusper «peristas», esto es comerciantes de objetos robados, es una apreciación subjetiva mía. Lo es, en efecto, aunque algún elemento de juicio tengo para pensar que podrían serlo] le tenían miedo.

En 1956, el Jarabo se encoñó con una tía llamada Beryl Martín Jones, mujer casada pero en busca de eso que dicen a walk on the wild side, tu-turú, con la que ocupó muchas de las noches de aquel Madrid de posguerra, donde puede que fuese más difícil conseguir talco para la pituitaria, pero no imposible. A la parejita, a base de champán, gambones y más cosas, se le terminó el dinero, momento en el que el Jarabo convenció de que empeñase un anillo que poseía, donde había engarzada una joya de cierto tamaño y calidad, anillo que, según el propio Jarabo, podría valer hasta 200.000 pesetas.

El 26 de octubre de 1957, el Jarabo vendió el anillo en Jusper, por 4.000 pesetas; precio que, en sí, ya nos está diciendo hasta qué punto los peristas le estaban apretando las tuercas.

La tal Beryl se arrepintió pronto de lo que había hecho, probablemente por ciertos problemas con su marido, y le reclamó a su amante la joya. Pero él no se la devolvió. No se la podía devolver, porque el Jarabo, en cuanto tenía 4.000 pesetas en la mano, o bien las esnifaba, o bien se las bebía, o bien las transmutaba en líquido seminal.

El 19 de julio de 1958, el Jarabo llamó a Jusper y concertó una cita con sus dueños en la tienda. Les dijo que había concebido una operación para recuperar la joya de Beryl y otros objetivos que había empeñado en el establecimiento, aunque, en realidad, lo que tenía era un plan para recuperar el anillo por la fuerza.

Tengo por mí, en todo caso, que la primera idea de Jarabo fue simplemente robar el anillo. Los copropietarios esperaron en vano la cita, y se fueron. En realidad, el Jarabo llegó tarde, a eso de las diez menos cuarto, a propósito. Intentó abrir la tienda, pero no pudo con la cerradura. Entonces, decidió ir al domicilio de Fernández, Lope de Rueda 53, cuarto izquierda, donde creía que estaría la joya (verdaderamente, muchos peristas solían guardar en sus casas los objetos más valiosos).

Para entonces, eso sí, Jarabo ya sabía que iba a matar a alguien. Fue armado de una pistola del calibre 7,65. En el ascensor, se cuidó de abrir las puertas con los codos, para no dejar huellas; llamó al timbre con la articulación de las falanges de un dedo. Le abrió Paulina, la sirvienta. Jarabo preguntó por don Emilio, que estaba en casa. Le hicieron pasar al comedor, donde Fernández fue a su encuentro.

Discutieron sobre el anillo. Fernández se airó y lo echó de la casa. El Jarabo hizo intención de obedecer. El perista, confiado, se dirigía hacia su cuarto de baño y no tuvo tiempo de darse cuenta de que el Jarabo daba la vuelta en el pasillo, se acercaba, le colocaba el cañón de la pistola en una sien, y pum.

Paulina, en la cocina, preparaba la cena. Salió al pasillo y lo vio todo. Echó a correr, gritando, hacia la puerta. El Jarabo la atacó por la espalda, le puso una mano en la boca y con la otra, que asía la pistola, le arreó una hostia culatera en la frente. Eso sí, o bien Jarabo estaba muy nervioso o bien Paulina era bien recia, porque no perdió el conocimiento. La arrastró a la cocina y, como no dejaba de zafarse, el Jarabo tomó un cuchillo de la cocina y se lo hundió en el corazón.

Depositó el cadáver de la sirvienta en una cama. A las diez y media, el Jarabo todavía estaba en el piso cuando oyó el chasquido del cerrojo en la puerta de la calle y se encontró de bruces con María de los Desamparados Alonso Bravo, la mujer de Fernández, quien no le conocía. Le preguntó qué hacía allí. El Jarabo, con total aplomo, se presentó como inspector de Hacienda e informó a la mujer que su marido estaba siendo investigado por un caso de tráfico de oro y divisas; que otros inspectores habían estado allí con él hasta unos minutos antes; que se habían llevado a su marido y a Paulina; y que él se había quedado completando el registro. El truco tenía sus visos de realidad. La España de los años 50, una España de posguerra, sufría aún las consecuencias de que el país se hubiese quedado seco de reservas de oro; durante la guerra, Franco llegó a incautarse incluso de pequeños utensilios médicos con pequeñas cantidades de oro. Por ello, en aquella época la fuga de capitales, y sobre todo de oro, era una de las obsesiones de la seguridad del Estado, e incluso en algunos casos los nombres de los culpables fueron hechos públicos para general escarnio. A nadie podía extrañar, por lo tanto, que si la policía sospechaba de una fuga, se desempeñase con total celeridad.

En principio, la mujer le creyó. Pero cuando vio unas manchas de sangre en su camisa cayó en la cuenta del engaño, comenzó a gritar y corrió hacia su dormitorio. Fue allí donde Jarabo le dio alcance y le disparó en la cabeza.

Tras los tres asesinatos, el Jarabo se apoderó de quinientas pesetas que llevaba encima Fernández, varios objetos de oro y las llaves de la tienda. Limpió los lugares que creía haber tocado (incluido el mango del cuchillo que se quedó clavado en Paulina), recogió los casquillos de las balas, se quitó la camisa manchada de sangre, la tiró en el dormitorio y se puso una limpia de su víctima. Luego colocó vasos mediados de alcohol en el bar del salón, algunos de dichos vasos mezclados con el carmín de la señora de la casa que encontró en el dormitorio, para dar pistas falsas a la policía. Colocó sillas para que pareciese que allí había habido una reunión de varias personas, dejó un disco puesto en el tocadiscos y, finalmente, fue al dormitorio de Paulina y le rasgó el vestido hasta dejarla medio desnuda.

Jarabo, por lo tanto, trató de colocar las cosas de modo que la policía pensara que una pequeña banda, conocida de Fernández, había ido a su casa y había tenido una pequeña fiesta alcohólica que terminó mal, con la violación o intento de violación de la asistenta y el asesinato de ésta y de los dueños. Recogió los casquillos para que la policía pudiera pensar que se habían disparado varias pistolas y, así, se garantizaba que no se buscase a un solo asesino. Todo esto revela una mentalidad estratégica para el crimen, unida a una notable desorientación con los detalles, lo que siempre me ha hecho pensar que todo aquello lo debió hacer el Jarabo ciego de coca.

En primer lugar, el Jarabo no podía aspirar a que la policía se diese cuenta de que marido y sirvienta, por una parte; y mujer, por la otra, habían muerto en momentos diferentes. Eso son cosas que los forenses establecen con cierta facilidad; aún más, probablemente la mujer había estado con alguien antes de ir a casa, así pues no sería difícil establecer que no llegó antes de las diez y media. Con mayor facilidad aún, habrían establecido que en el cuerpo de Paulina no había signos de violación ni de tentativa de la misma. Y, más aún, Jarabo dejó una camisa suya, manchada de sangre quizás incluso suya (es bastante normal, en los asesinatos por arma blanca, que el agresor se hiera), en la escena del crimen. Manchada de sangre y tirada al lado de la cama, no podía ser más que del asesino.

Con total frialdad, Jarabo siguió en el piso hasta las nueve de la mañana del día siguiente, domingo 20, en que salió con las llaves que había robado. Pasó el día entero de guardia en los alrededores de la casa. Incluso se preocupó de llamar por teléfono a una mujer llamada Ángeles Mayoral, la amante de Félix López, con la que mantuvo una conversación insulsa para que ésta sacase como conclusión que no sabía nada de lo ocurrido. Esta conversación, en su cabeza, cerrada el círculo de su inocencia. Y, sin embargo, lo llevó al garrote vil.

Durmió en una pensión de la calle de Escosura y el lunes, a las ocho de la mañana, fue a la tienda y la abrió con las llaves que ahora poseía. A las nueve y media llegó Félix López Robledo, cuando Jarabo todavía buscaba la joya. Jarabo le disparó dos veces en la nuca. El asesino arrastró el cadáver al fondo de la trastienda y trató de tapar la hemorragia con serrín, ya que la sangre era abundante y amenazaba con fluir por debajo de la puerta del portal. Luego se lavó las manos y buscó infructuosamente la llave de la caja de caudales; la llave estaba allí, colgando de una alcayata, pero en un lugar bastante inaccesible de la trastienda. Incapaz de dar con la joya, le robó al muerto 800 pesetas. Después robó varios objetos de oro, un maletín y un traje. Puso en el maletín las joyas, la pistola y su traje manchado de sangre, y, vestido con el traje empeñado, salió de la tienda.

Nada más encontrar los cadáveres, la policía inició sus pesquisas. Interrogó a fondo a Ángeles Mayoral, que fue quien les dio la clave. Ella les dijo que su amante temía especialmente a un hombre llamado Jarabo; el mismo hombre que, por casualidad, le había llamado a ella unas horas antes. La policía, que tiene por costumbre no creer en las casualidades, no tardó en localizar su ficha, y la científica tampoco tardó mucho en comprobar la coincidencia entre las huellas de la misma y algunas de las logradas en la tienda y en el piso, pues la limpieza del criminal no había sido perfecta.

El Jarabo, tras salir de la tienda, se había ido a una tintorería de la calle Orense, donde había encargado la limpieza urgente de su traje, que, dijo, necesitaba para el día siguiente. Luego pasó todo el lunes viviendo su vida de vivalavirgen, metiéndose de todo por la nariz, de copa en copa y de puta en puta; ajeno al hecho de que la policía, ya en la madrugada del martes, lo buscaba por todo Madrid. A primera hora de la mañana, no obstante, fue en la tintorería donde lo pillaron, cuando fue a recoger su traje.

El Jarabo sabía que toda posesión es empeñable. Por eso mismo, un drogadicto nunca deja atrás una posesión mínimamente valiosa. Cualquier otro se habría deshecho del traje. Pero no él. Para él, el traje era la oportunidad de empeñarlo y pagar un tirito más. A ello hay que añadir que le gustaban mucho los trajes; tanto, que durante su juicio estrenó uno cada día. Por eso quiso limpiarlo, y labró su perdición.

Fue el último convicto ejecutado en España por acciones de la justicia ordinaria. Dicen quienes la vieron que fue una ejecución larga y muy desagradable.