lunes, junio 25, 2012

Una noche de bodas que te cagas

En el año del Señor de 1830, un genial escritor francés, llamado Prosper Mérimée, le escribió una carta a su gran amigo, y no menor luminaria literaria, Stendhal. La carta, con toda probabilidad, no estaba destinada a ser conocida por nadie salvo por su autor y su receptor. No obstante, terminó, cuando menos, incluida en un pequeño folleto, publicado en Rotterdam en 1898, titulado Sept lettres de Mérimée a Stendhal. Ignoro, sinceramente, si hay otras ediciones de la misiva; todas las referencias que conozco de esa carta son de fuentes terceras contemporáneas a la publicación que cito.

La carta no tiene desperdicio, a pesar de su brevedad, y viene muy a cuento para hacer patente, en este blog de Historia, la distinta calidad que, en los tiempos pasados, tenía el matrimonio. Y muy especialmente el matrimonio entre personas de sangre real.

El casamiento entre reyes e infantes, en efecto, eran tan sólo negocios. Todo el mundo lo sabía. Cuando Alfonso XII conoció a su segunda esposa, María Cristina la austrohúngara, se quedó tan prendado de su madre que le comentó a su hermana, con total naturalidad: "Ya es mala suerte que, teniendo que casarme con la hija, me guste tanto la madre". Era, para él, una confesión de lo más normal. Ni por asomo se le podía ocurrir que alguien pensara que no iba a tener ojos nada más que por su novia; en la misma medida que ni por asomo se le ocurriría a él poner en peligro los arreglos inherentes a su casorio intentando echarle un quiqui a su futura suegra.

La boda entre reyes, como entre muchos particulares, era, pues, un negocio. Un negocio productivo. Su razón de existencia era sólo una: garantizar la descendencia de la dinastía. Si algo aprendieron pronto los reyes en cualquier nación de Europa, era el enorme follón que se montaba cuando a un rey se le ocurría diñarla sin descendencia. Todos los países eran un hervidero de intereses contrapuestos, enfrentados; y todos ellos afloraban a la superficie cuando se planteaba la cuestión de una sucesión real poco clara. Algún día, si queréis, os cuento con pelos y señales (sobre todo pelos) la tremenda angustia en que vivió la Francia de Luis XVI ante el hecho de que el Delfín, luego Rey, fuese incapaz de dejar preñada a su María Antonieta; mientras los duques de Anjou (rama competidora a la hora de heredar la corona Capeta) parían niños sin problemas.

La Humanidad europea, desde la Edad Media hasta prácticamente los tiempos de Mary Quant, ha admirado a la mujer rotunda, ancha de caderas y bien dotada de mamellas. Ambos elementos eran considerados definidores de la madre prolija; el canon de belleza rubensiano está buscando, o más bien promoviendo, la mujer dotada de un canal de parto anchuroso y fácil, por el cual pudieran salir las sucesivas inseminaciones reales sin grandes problemas. Pues había que inseminar varias veces, que muchos niños morían jóvenes y, de haber sólo uno (recuérdese, sin ir más lejos, el caso del príncipe Baltasar Carlos, cuya muerte, según el doctor Marañón, cambió el rumbo de la Historia de España) la cosa se podía torcer. De hecho, en algunos países, como Francia, era habitual que la novia, por así llamarla, fuese ponderada, inmediatamente antes de la boda, por una caterva de cortesanas que, en unas ocasiones, se limitaban a estimar sus posibilidades como madre; en otras, al modo gitano, comprobaban la persistencia del virgo potens.

Pero la mujer, digámoslo rápidamente, en todo este tema no tocaba puñetero pito. Las hijas, para un rey, no eran sino enganchaderas que, a sus ojos, podían garantizarle honores y reinos para sus nietos; eran pues, conejas cuya función era casarse y parir varones que heredarían las posesiones de sus maridos quienes, además, se verían impelidos a ser aliados de su suegro (aunque esta última jugada no siempre salía bien, la verdad; y, si no, que se lo digan a Federico del Palatinado, quien se casó con una hija de Jacobo de Inglaterra creyendo que así lo tendría por aliado para echar a los Habsburgo católicos de Alemania).

El carácter de negocio del casorio es algo tan evidente que alumbra costumbres que hoy nos provocan la risa. Por ejemplo, la costumbre (que nunca he visto reproducida en ninguna película de época, y la verdad me llama la atención) de reducir la noche de bodas a una ceremonia breve en la cual un pollo llegaba a la habitación de la esposa y metía en la cama media pierna desnuda, hasta la rodilla. Así, en la biografía de Ana de Bretaña, escrita por Le Roux de Ligny, éste nos informa de que el casorio se pactó por poderes mediante un enviado del emperador llamado Polhain; y añade que la ceremonia de la noche de bodas eut lieu d'aprés les coutumes allemandes: la jeune Princesse fut mise au lit, le beau Polhain, mignon du roi Maximilien, introduisit sa jambe nue jusqu'au genou dans la couche nuptiale, en présence, bien entendu, des trois autres envoyés et de Françoise de Dinan, gouvernante de la Duchesse (...)

El autor nos informa de dos cosas: una, de que la costumbre es alemana. Otra, de que Polhain, el representante del esposo, era un guapo mozo... ¿será una señal de que metió algo más que la pierna? En fin, en lo de la costumbre parece acierta, pues esto de la pierna desnuda por poderes entrando en la cama la noche de bodas es costumbre que perduró, fundamentalmente, en Polonia.

Esto los alemanes. Pero los franceses, que a base de tener tan claras las cosas conservaron la misma dinastía casi más siglos que nadie, tenían tan claro que un matrimonio real no tiene nada que ver ni con el amor ni con nada de lo que hoy consideraríamos sustancioso, que incluso impedían el placer sexual. Esto lo hacían, básicamente, no dejando a los reyes solos. Del Rey Sol, hombre cuya vida está muy documentada, se ha llegado a estimar que pasó en toda su vida 8 minutos solo. Y el dato es creíble si acudimos a testimonios como éste del erutito Jean-François Jamet el Joven, quien le cuenta en carta a su amigo Lefranc de Pompignan que, a principios del siglo XVII nos rois et nos reines, dans les premiers jours de leur mariage, étaient accompagnés, à la ruelle du lit, de une vielle dame de qualité, experte et rompue au métier, choisie pour modératrice de leurs plaisirs nuptiaux. O sea, literalmente: en la noche de boda y siguientes, cuando rey y reina empezaban a jincar, tenían a su lado a una vieja que, es de suponer, les llamaba la atención si se emocionaban demasiado.

Así las cosas, no es extraño que los contrayentes, especialmente las contrayentes, llegaran al condumio sin saber muy bien si aquello iba de follar o de jugar el parchís: el hijo de Luis XV, cuando se casó con una hija de Felipe V de España y de Isabel de Farnesio, pasó varios días tras el matrimonio, convencido de que todo lo que tenía que hacer para preñar a su mujer era besarla y abrazarla (indiscreción que le revela la Farnesio a su hijo Felipe, entonces en Italia, en una carta de 10 de marzo de 1746; misiva que tampoco tiene desperdicio).

Y así, como sin quererlo, llegamos de nuevo al motivo de este post. La carta, de indudable corte rabelasiano, que Mérimée le hace llegar a Stendhal, para contarle un chascarrillo de España que le ha llegado. Y vaya chascarrillo.

Entre los variados matrimonios de Fernando VII, crecientemente presididos por la obsesión por tener descendencia, se encuentra el del rey con María Josefa Amalia de Sajonia; ella había muerto, con sólo 25 años, un año antes de la carta de Mérimée.

Josefa tenía en el momento de la boda 16 años y era extremadamente piadosa. Tanto, que se negó a consentir relaciones con el rey hasta que el papa le envió una carta informándola de que hacerlo no era delito a los ojos de Dios (y un huevo no lo era; pero, en fin, el que manda, manda...).

Pero no sólo el matrimonio era casi una violación, sino que, además, presentaba el agravante de que, en palabras de Mérimée, la novia desconocía cosas que savent en Espagne las petites filles de 8 ans; se refiere, obviamente, a las cositas del acoplamiento entre hombre y mujer. Para evitar estos desconocimientos, el corresponsal informa en la carta de la costumbre española de que, un cuarto de hora o así antes de empezar la noche de bodas, la princesa de sangre ya casada más cercana en categoría al rey pase quince minutos con la novia explicándole the basics sobre lo que va a pasar. O sea, lo común: te la va a meter, si te duele no te quejes, tú tranquila que luego no es tan malo... esas cosas.

Al llegar la noche de bodas de MJA, esa princesa de sangre debía ser la cuñada del rey, María Francisca de Braganza, mujer de D. Carlos, quien se negó a darle dichos consejos. Esta princesa era hermana de Isabel de Braganza, la anterior esposa de Fernando, lo cual fue, según todos los indicios, el motivo para que pusiese pies en pared. De hecho, Mérimée así lo afirma, afirmando que no quiso colaborar en el buen fin de la noche de bodas de "aquella alemana que venía para sustituir a su hermana".

A falta de la princesa, la función había de ser cumplida por la camarera mayor. Pero ésta, de quien Mérimée no nos da el nombre, era, nos refiere el francés, una mujer vieja y religiosa que, una vez convocada, argumentó que elle n'avait jamais fait assez d'attention à ce que son mari lui faisait, o sea que nunca se había fijado en las cosas que su marido le hacía en la cama, así pues difícilmente las podría describir.

Como conclusión, pues, la jovencita de 16 años María Josefa Amalia de Sajonia fue colocada en la cama nupcial en un estado mental y de conocimiento en el que no distinguía un pene de la prima de riesgo.

Entra el rey, grueso, entrado en años y, es posible (Mérimée no lo dice, pero de lo que sigue se sospecha), empalmado como un mandril. MJA, que lo ve, trata de salir de la habitación, pero el rey la trinca y le empieza a meter mano. Pequeño dato sin importancia: el novio no habla ni una palabra del único lenguaje que habla la novia, o sea el alemán. A la hora de magrear a su esposa, Fernando sabe que cuenta con la indudable ventaja de que ella, que recordamos apenas es una niña, es su posesión; hasta el Papa ha dicho, negro sobre blanco, que se la puede follar y, de hecho, sabe bien que si a ella se le ocurre escribirle la típica carta a su madre o su padre quedándose del hombre que le mete los dedos por donde se le antoja, todo lo que va a recibir es una respuesta de sus prócederes animándola a sonreír mientras lo haga.

Finalmente, ella se zafa y comienza a correr por la habitación. El rey, que la persigue, fofo y viejo, se arrea unas hostias como panes contra los muebles. En ese momento, dice Mérimée, Fernando VII, entra en un estado de colère épouvantable. Llama a su cuñada y a la camarera mayor y, cuando acuden, les traita de P. et B. (confieso que mi francés no me llega para hacer conjeturas sobre el significado de las siglas) y las conmina a preparar a la novia en un cuarto de hora. Vestido en camisón, se sienta a esperar en el pasillo, fumándose un puro.

¿Qué le cuentan las dos pobres señoras a la niña sobre lo que va a pasar? Pues lo suficiente, estima el autor de la carta, para que sa digestion fut troublée. O sea, que al contarle a una niña, apresuradamente, los secretos del sexo, a ésta, probablemente, se le cortó la digestión.

Cuando el rey vuelve y retoma la noche de bodas donde la dejó, relata Mérimée, no encuentra resistencia alguna, pero à son premier effort pour ouvrir un porte, celle d'à coté s'ouvrit naturellement et tacha les draps d'un couleur tour autre que celle que l'on attend après une première nuit de noces... o sea, que la reina, la niña, literalmente se caga, de miedo y quizás de dolor, encima del rey. Tras lo cual, Fernando se limpia como puede y, nos dice la carta, no vuelve a tocar a su esposa en ocho días.




Sic transit gloria Monarchiae.