viernes, marzo 11, 2011

Cuaresma

Puesto que no dudo del natural virtuoso de mis lectores, sé que no les descubro nada especial si les informo que esta semana hemos entrado en cuaresma, es decir en el tiempo de recogimiento y medio gas que sigue al carnaval, cuya función teórica es darle una alegría al cuerpo antes de entrar en este periodo de ayuno.

Debo confesar que yo nunca he respetado la cuaresma, aunque puedo aducir en mi defensa que tampoco respeto, por así decirlo, el carnaval, dado que es una fiesta que no entiendo. Como digo, el carnaval se supone que está ahí porque, antes de los cuarenta días de privaciones y la austera Semana Santa, es preciso calentar el cuerpo con una última juerga. Sin embargo, las lecturas históricas vienen a demostrar, a mi parecer, que maldita la falta que ha hecho nunca el carnaval, porque lo que la gente ha hecho mayormente ha sido pasarse la cuaresma y la Semana Santa por el arco del triunfo. Ahí están, sin ir más lejos, las crónicas de la época de Felipe II, en las que se nos cuenta que incluso el buen rey tuvo que intervenir en favor del recato en el vestir de muchas damas en las misas de Semana Santa, a las que acudían a varias cosas además de a llorar la muerte de Jesucristo y celebrar su resurrección. Así pues, si el personal lo que hacía era holgar y privar, no se entiende muy bien por qué necesitaba hacerlo en carnaval.

Originalmente, aunque sólo lo respetaban los muy radicales, la cuaresma católica suponía la abstinencia de la comida y también de la bebida salvo a ciertas horas (regulación corporal que, como vemos, se parece bastante al Ramadán musulmán), sumada a otra medida que es la que más extensión ha tenido e incluso tiene, como es no comer en los días de abstinencia ciertos alimentos.
La cuaresma tradicional prohibía, en los días de abstinencia, la carne, la grasa animal de todo tipo, los huevos y los lácteos. Pero hace mucho tiempo que los españoles, por el hecho de serlo, podemos tomar en cuaresma huevos y lácteos, pues disfrutamos de permiso papal para ello.
Se tiene por claro que la Cuaresma, como todos los ritos católicos, tiene orígenes precristianos. Al igual que la Navidad tiene su origen en las fiestas romanas y la Semana Santa se parece bastante a otras celebraciones paganas (como el entierro de Adonis), se sabe que los judíos cuaresmaban, según algunos por costumbre instituida por Moisés, según otros por costumbres que adquirieron cuando todo el mundo los llamaba apiru, es decir cuando vivían en Egipto. Nada hay de extraño en ello porque, como ya hemos dicho, casi todas las sociedades organizadas religiosamente tienen cuaresmas de diverso tipo. Los musulmanes la tienen y en algún sitio tengo leído que los budistas también (aunque esto es algo que Tiburcio puede adverar o negar con mucho más conocimiento de causa que yo). Se ha dicho también a veces que la cuaresma es una medida tendente a generar, siquiera indirectamente, una parada biológica para la caza y, de esta manera, sostener la población de las especies que los hombres se comen. A mí me cuesta creer en esta tesis; si la cuaresma es inmemorial, entonces fue instituida en unos tiempos en los que el hombre, por mucho que quisiera cazar, no estaba en condiciones de diezmar nada.

Lo que sí parece lógico es que la cuaresma tenga un origen de higiene corporal trasnmigrado en motivo religioso para así poder extenderlo entre la población. Hemos de recordar, en este sentido, que nuestros tatarabuelos comían mucho peor que nosotros; sin ir más lejos, tenían un aporte de grasas animales y colesterol muy superior al nuestro, por no mencionar la bastez de sus bebidas alcohólicas. La medicina premedicinal, por llamarla de alguna manera, se basa a menudo en concebir la salud como una situación de equilibrio que se rompe con la enfermedad; así pues, es lógico concebir, desde esa mentalidad, que los desequilibios provocados por la gula se equilibren eliminándola durante un tiempo. Al fin y al cabo, el hombre moderno es así cada vez que, llegando a casa en la tarde tras una comida opípara, decide no cenar para compensar (cosa que, parece ser, los nutrólogos consideran sirve de más bien poco).

Fue en el Concilio de Nicea, verdadero eje y pivote de nuestra religión católica, donde la cuaresma se discutió por primera vez de una forma sistemática. Pero eso no quiere decir que Nicea estableciese la cuaresma; en rigor, lo que hizo fue canonizar una práctica ya totalmente extendida en el orbe de la iglesia romana. Los doctores teólogos decidieron que era una creación apostólica como pudieron decidir que se le había ocurrido a Cristiano Ronaldo pues, como digo, ni ellos ni nadie tenían ni vulpeja idea del origen de la costumbre. La instituyeron, por cierto, algo más lenitiva que la posterior, pues sólo duraba 36 días. Lo de los cuarenta días, con sus cuarenta noches, no llegó hasta el siglo IX.

Aquella cuaresma de los primeros tiempos del cristianismo, puesto que estaba tomada de las costumbres judías como las que el propio Jesucristo respeta en la última cena, tiene un hondo sabor hebreo, a sabbath. Los fieles habían de abstenerse de comer carne y beber vino en todo caso, y sólo podían tomar una colación, a las seis de la tarde, compuesta de alimentos permitidos (pan, hortalizas y frutas). Pero, además, debían vestir de forma modesta, dar limosnas, velar (privarse del sueño), absternerse de todo recreo e incluso del trato demasiado estrecho con gente. A los esposos se les pedía continencia, aunque no exactamente que no hiciesen nada.

El pescado siempre fue alimento permitido en cuaresma, pero eso, a partir de un par de cientos de kilómetros de la costa, era ciencia-ficción, porque no llegaba. Este verano hará 28 años de un estío en el que gasté unos días de mis vacaciones en la hospedería monástica de Santa María de Huerta, que está, si no me equivoco, cerca de la raya de Aragón. Allí los frailes me contaron varias historias de lo que habían leído en los legajos de sus archivos, entre las cuales me decían que allá por la Edad Media el poderoso abad de Santa María, por cuaresma, fletaba un convoy non-stop desde Santander que traía pescado para los frailes y para el pueblo entero. El carro, me decían, era un rápido que iba a toda hostia desde su origen, parando tan sólo para cambiar las postas, con el objeto de que el pescado llegase razonablemente fresco. Ignoro si la historia es cierta o no, pero la verdad es que, puesto que los frailes no tenían motivos para mentirme, tampoco los tengo yo para no creerles.

Contra lo que pueda parecer y defiende la imaginería hispana, siempre tan proclive a la iconoclastia, España no fue un país que se distinguiera por su dureza a la hora de imponer la cuaresma. En Francia, Luis XIV, en 1671, ordenó a la policía que realizase registros domiciliarios desde el Miércoles de Ceniza hasta Pascua, para requisar cuantos alimentos prohibidos encontrase en los hogares. En esa misma época la marquesa de Montpensier, que cruzó la raya de los Pirineos para asistir a las extrañas bodas de Luis XIV con María Teresa, hija de Felipe IV, se escandalizaba de que los aristrócratas españoles invitasen a cenar a los franceses y les diesen carne en viernes. Otras crónicas anteriores nos pintan a Felipe III cenando sólo en viernes porque tenía la costumbre de cenar carne.

El asunto de qué es o no es alimento de vigilia ha dado siempre para mucho. Ya he contado en este blog que la duda afectó en su día al chocolate bebido, que fue finalmente declarado alimento de vigilia. La principal duda, sin embargo, ha afectado siempre a los anfibios, tales como las ranas, o a las tortugas, al caracol, la nutria, el castor... animales, en general, que viven más en el agua que en la tierra. Tras sesudas reflexiones, los doctores teólogos acabaron por dictaminar que la grasa de todos esos animales no es en modo alguno comparable a la grasa de, un suponer, el cordero o el cerdo (en esto les doy la razón), y que, por lo tanto, podían ser considerados alimentos de vigilia.
De hecho, os puedo dar aquí la instrucción que la Iglesia católica le facilitó a Victoria, infanta de Francia e hija de Luis XV, cuando ésta, que era extremadamente religiosa a la vez que toda una Arguiñano, mostró sus reticencias sobre la posibilidad de poder o no comer en vigilia cierto pájaro acuático.

Se ha, le dijeron, de asar el pájaro o lo que se quiera comer. Una vez asado, se pincha con una aguja larga, como de punto, y se vierte el jugo que salga en un plato que ha de estar helado (hoy diríamos: un plato que haya estado un buen rato en el congelador).
Si al cuarto de hora de haber vertido el jugo, éste ha cuajado y aparece espeso, es grasa animal, así pues no se puede comer en vigilia. Pero si permaneciese líquido, entonces delata su condición aceitosa, no grasa, y se puede comer.

Pues, hala, a disfrutar (en la medida que se pueda).

miércoles, marzo 09, 2011

La Armada del gobernador De Silva

Hoy visita el blog Tiburcio, el elefante asiático. Como bien sabéis los lectores antiguos de este blog, Tiburcio y yo hemos firmado nuestro particular Tratado de Tordesillas, por el cual, como castellanos y portugeses, nos hemos repartido el mundo. Él habla de las cosas que pasaron de La Meca para allá, y yo de La Meca para acá. Es una entente cordiale que suele funcionar, aunque a veces tenemos, para qué negarlo, nuestros escarceos. Sin ir más lejos, Tiburcio es autor del que a día de hoy sigue siendo el post más consultado de este blog, en el que especula sobre si Hitler pudo ganar la guerra. Aunque está perdiendo irremisiblemente, porque desde hace un año sube como la espuma el número de lectores que se interesan por uno mío sobre el origen de la expresión quedar como Cagancho en Almagro, y que está a punto de ascender a la categoría de best ever blog post.

Este artículo ha sido publicado también, en el día de hoy, en el blog de Tiburcio. Muy, muy recomendable. Todavía no le he pagado los derechos de autor por la reproducción, pero está muy lejos para pagarle unas birras; de momento.

Con él os dejo.

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La Armada del gobernador De Silva

By Tiburcio Samsa


A los españoles lo de montar armadas nunca se nos ha dado muy bien. 27 años después de que se nos hubiera hundido la Armada Invencible en aguas inglesas más por incompetencia que por el fuego enemigo, organizamos otra armada en Filipinas que se nos fue al garete y esta vez sin haber llegado ni a ver al adversario.

A comienzos del siglo XVII, los holandeses de la Compañía de las Indias Orientales (VOC, según sus siglas en holandés) hicieron su presencia en el Océano Índico. Sus objetivos eran tener acceso directo a las islas que producían las especias y desarticular las redes comerciales de españoles y, sobre todo, portugueses en la región. En ambas cosas tuvieron éxito.

Los portugueses habían llegado al Océano Índico a comienzos del siglo XVI. Durante todo ese siglo se dedicaron a partes iguales a comerciar y a rapiñar en la zona y fundaron una serie de enclaves por toda Asia. Ese conjunto de enclaves fue lo que se dio en llamar el Estado da India, que era gobernado desde Goa, en la costa occidental de la India. Dentro del conjunto de enclaves portugueses Malaka, en la costa sur de la Malasia continental ocupaba un lugar especial, al ser una escala clave para el comercio que circulaba entre Macao y el Mar del Sur de China y la India, así como para quienes operaban en el Golfo de Siam, en Sumatra y en las islas de las especias.

Los holandeses advirtieron rápidamente que los portugueses estaban sobreextendidos y que difícilmente podrían defender todo su imperio colonial. La estrategia que siguieron fue identificar unos cuantos cuellos de botella en sus rutas comerciales y cebarse con ellos. El principal cuello de botella que identificaron fue Malaka. Conquistar, o al menos neutralizar Malaka, supondría prácticamente cortar la ruta que llevaba del Mar del Sur de China a Goa.

En la primera década del siglo XVII llovieron los capones en el Océano Índico entre españoles, portugueses y holandeses. En esos intercambios los portugueses tendieron a llevarse la peor parte: no tenían suficientes recursos para defender todas sus posesiones y sus navíos y hombres, acostumbrados a luchar contra enemigos asiáticos, no estaban preparados para hacer frente a buques europeos de gran calado y muy artillados. Dado que desde 1580 Portugal y España estaban unidas bajo un mismo monarca, los portugueses hubieran podido solicitar ayuda a los españoles de Manila, pero casi preferían que los holandeses les atacasen. Se temían que con la excusa de la asistencia, los españoles acabasen metiéndose en sus mercados. Y no les faltaba razón. Había grupos de comerciantes en Sevilla que se habían dado cuenta de que las islas Molucas eran un negoción y andaban pinchando para que España se metiese más a fondo en esas islas.

A comienzos de la segunda década del siglo XVII el Gobernador español en Filipinas era Juan de Silva. En los años anteriores había conocido algunas victorias contra los holandeses y el cuerpo ahora le pedía más. Según quién hable de él, era el deseo de gloria o el deseo de dinero el que le movía. Como quiera que fuere, De Silva era de los que todo lo piensan a lo grande. Eso es muy bueno salvo por una cosa: cuando los planes se tuercen, las cagadas también resultan ser de grandiosas proporciones.

A De Silva se le ocurrió que lo mejor que se podía hacer era mandar una gran flota hispano-portuguesa contra las Molucas y a estos efectos pidió al Virrey portugués en Goa que le mandase a Manila diez galeones y seis galeras. El Virrey le respondió que qué se había fumado para pedir tantas fuerzas, que se conformase con cuatro galeones y 300 soldados, que irían a las órdenes de Francisco de Miranda Enríquez. Hay que reconocer que en el contexto de escasez de recursos en el que se movía el Estado da India, la petición de de Silva era una pasada.

De Silva no se limitaba a gorronear, sino que quería también cumplir con su parte y se propuso construir en las Filipinas una gran armada para la empresa que se había marcado. Que no tuviera hombres ni materiales no fue obstáculo para un hombre tan animoso, o tan irresponsable.

Para empezar, logró que el Virrey de Nueva España le enviase tres navíos y 500 hombres. Dado que muchos de los materiales necesarios no se podían fabricar en Manila, hizo una colecta entre los habitantes de la ciudad y mandó a su ayuda de campo Cristóbal de Azcuete con 16.000 pesos en oro a que comprase los bienes necesarios en los mercados asiáticos. De De Azqcuete y sus compañeros no se volvió a saber. O bien naufragaron, o bien se jubilaron en alguna isla paradisiaca a cuenta de los 16.000 pesos.

Como de Silva se había dado cuenta que para combatir a los holandeses (al igual que para tantas otras cosas), el tamaño sí importa, se emperró en construir unos galeones inmensos. Lástima que los bosques de Filipinas no dieran para tanto, aunque quienes más se enteraron de eso fueron los pobres filipinos a los que reclutó para la tala y transporte de los troncos. Necesitó dos años para forjar 150 piezas de artillería en bronce, pero por la falta de dominio en la técnica, los cañones que salieron servían más para decorar que para otra cosa.

De Silva era un hombre de recursos: ordenó que se retirasen las piezas de los fuertes para dotar a los barcos. Desnudó a un santo para vestir a otro. También ordenó que se hiciera acopio de comida para la expedición, pero lo ordenó con tanta antelación que para cuando partieron, una buena parte de los víveres ya se había estropeado. El agente manileño Hernando de los Ríos Coronel, que no le tenía mucho aprecio, escribió cinco años después de los hechos que unos bandidos no habrían causado mayor expolio en las islas del que causó De Silva con sus ideas.

El 12 de mayo de 1615 zarpó de Goa la expedición portugesa más con pintas de ir de farra que de partir en combate. Los 110 soldados que llevaban los cuatro galeones se habían llevado cosa de 600 personas como acompañamiento, entre servidores y prostitutas. El tránsito hasta Malaka fue penoso: se les acabaron las provisiones, las peleas fueron infinitas y hubo epidemias azuzadas por el hacinamiento de los viajeros. Llegaron a Malaka en agosto, cansados y con pocas ganas de combatir.

A los habitantes de Malaka les faltó tiempo para ponerlos en los barcos y mandarlos rumbo a su destino final de Manila. A la altura de los estrechos de Singapur, la expedición dio media vuelta, ya fuera porque les diera pereza hacer la travesía hasta Manila o porque les diera todavía más pereza ir a combatir a las islas Molucas. De los Ríos Coronel es menos piadoso que yo y dice que el capitán Miranda «no se atrevió» a continuar; si hubiera escrito hoy en día, habría dicho que «se acojonó». Regresaron a Malaka y tuvieron la suerte del tonto. Su llegada se produjo justo cuando el rey de Aceh estaba atacando la ciudad y contribuyeron a rechazar el ataque, perdiendo uno de sus barcos. Durante veinticuatro horas fueron los héroes de la jornada.

Apenas habian derrotado a los acehneses, una escuadra holandesa de cinco barcos apareció ante Malaka. Los barcos portugueses estaban mal situados para recibirlos y en la batalla que siguió se hundieron todos y los portugueses tuvieron 100 bajas entre muertos y heridos y perdieron 92 piezas de artillería.

A Manila llegaron noticias de que la escuadra portuguesa iba a pasar el invierno en Malaka. No está claro por qué, el Gobernador De Silva cambió entonces de planes. Decidió que iría a Malaka, enlazaría allí con los portugueses y luego se dirigirían todos juntos a atacar Java, Banda y finalmente las Molucas. Los historiadores están de acuerdo en que, si en ese momento hubiese atacado las Molucas, las habría encontrado desprotegidas y habría obtenido una fácil victoria. No sólo no siguió el curso de acción que parecía más obvio y prometedor, sino que cuando se puso en marcha la estación de navegación estaba ya demasiado avanzada.

El 28 de febrero de 1616 (casi todas las fuentes que he consultado dan como fecha para la partida la del 9 de febrero de 1616; no sé de dónde procede esa fecha; a falta de nada más convinvente yo me atengo a la del Memorial que escribió de los Ríos Coronel, que es la del 28 de febrero) Juan de Silva partió de Manila con diez galeones, cuatro galeras y cuatro pequeños barcos de acompañamiento, a bordo de las cuales había 5.000 hombres entre soldados y marineros y 300 piezas de artillería. Atrás quedaban las islas filipinas, apenas protegidas por unos cuantos milicianos mal armados y algunas piezas de artillería obsoletas.

Al llegar a los estrechos de Singapur Juan de Silva se enteró de la suerte que había corrido la escuadra portuguesa. Algunos le aconsejaron que procediera inmediatamente contra las islas Molucas. En lugar de eso, se quedó allí anclado durante un mes, tocándole un poco las narices al sultán de Johor, cuyas lealtades no estaba claro con quién estaban. Finalmente, a finales de marzo se dirigió a Malaka con parte de sus barcos. Dentro de los sinsentidos de la expedición éste fue el máximo: Malaka no estaba amenazada en esos momentos y aparte de animar a sus habitantes y devolverles la moral, no había nada más que de Silva pudiera hacer.

Bueno, sí que hubo algo más que de Silva pudo hacer: morirse. En Malaka le recibieron bajo palio, como a un salvador. A poco de llegar, entre banquete y banquete, le dieron unas fiebres que se lo llevaron en once días. El 19 de abril murió, al parecer bastante desmoralizado y convencido de que la empresa había fracasado. Sus últimas órdenes fueron que la armada se volviese a Manila con su cuerpo embalsamado. Tal vez ésas fueran sus órdenes más atinadas, porque las fiebres habían empezado a hacer presa de los componentes de la armada, que estaban muriéndose como chinches. Según de los Ríos Coronel, cada día tenían que echar por la borda entre 40 y 50 cuerpos de víctimas de las fiebres.

La armada, que iba a realizar tantas hazañas y borrar a los holandeses de las Indias orientales, regresó a Manila a comienzos de junio de 1616. No había pegado un solo tiro, pero estaba tan destartalada como si hubiera pasado un año en el mar.

Y es que los españoles sólo deberíamos hacer expediciones por tierra.

lunes, marzo 07, 2011

La crisis del papelito

Casi siempre que un político cae en desgracia, hay algún correligionario suyo que tiene algo que ver. En política, eso lo saben bien los políticos, hay que guardarse mucho de los enemigos; pero los realmente peligrosos son los amigos y correligionarios.

Si os digo que hay un montón de gente en la Historia del mundo que ha probado la política como modo de vida y ha salido asqueada, supongo que no os descubro nada. En todas partes cuecen habas y hasta en la ocupación más gilipollas puede uno encontrarse con la envidia y la ambición de otros haciendo de las suyas. Pero lo de la política rompe moldes. Los ciudadanos solemos pensar que los políticos nos maltratan; pero eso es porque no tenemos ni idea de cómo se maltratan entre ellos.

Siendo así las cosas, en la Historia tiene que haber, y de hecho los hay, puñados de episodios que son canónicos a la hora de expresar las metíferas consecuencias de la ambición política. Hoy os quiero hablar de una de la que, quizá, nunca hayais oído hablar: la crisis del papelito.

La crisis del papelito es una crisis ministerial que provocó la que quizás es una de las dos o tres broncas parlamentarias más sonadas de la Historia de España. Pero antes de llegar a la crisis propiamente dicha, que es corta, deberemos contar algunos antecedentes.

Necesito que os transportéis al año 1903. La Restauración española, es decir ese montaje político de Cánovas que pretendía exportar el modelo bipartidista inglés a nuestro país a base de dejarse la democracia por el camino, ha perdido ya a sus dos principales arquitectos: Cánovas y Sagasta. Tras la desaparición de estos dos políticos, y en medio de algunos titubeantes experimentos, los conservadores son los primeros en encontrar un líder neto: el político entonces de 50 años de edad Antonio Maura. Desde el 4 de diciembre de 1903 es Maura presidente, y la autoridad de su liderazgo partidario hace pensar en una estabilidad que España está pidiendo a gritos.

La estabilidad, sin embargo, tenía un problema. Como consecuencia de la temprana muerte de Alfonso XII, que era quien había sido llamado por la Historia a ser el Juan Carlos de Borbón de la Restauración, reinaba en España un chavalote, un niño pijopera bastante caprichoso, que la Historia conoce como Alfonso XIII. El rey Alfonso era poco menos que un adolescente, fuertemente influenciable y dotado de cierta ambición de poder que le llevó, en su juventud como en su madurez, a exprimir sus soberanías de rey constitucional al máximo. El hecho de que la Constitución canovista hubiese sido redactada en unos términos blandi-blub para que todo le cupiera dentro, le ayudó bastante en la acción.

El 14 de diciembre de 1904, cuando el gobierno Maura caminaba hacia la inusitada marca de un año seguido de administración, el ejecutivo cayó por una gilipollez de su majestad. Una de esas cosas que cualquier rey sinceramente constitucional se cortaría un dedo antes que hacer. Alfonso XIII, sin embargo, la hizo, y con ello marcó un jodido precedente para el reinado que apenas comenzaba.

Quedó vacante la jefatura del Estado Mayor del Ejército. Algún día, alguno de los lectores expertos en el tema militar de este blog, que sé de buena tinta que los hay, ha de explicarme la verdadera importancia que, en el intrincado laberinto de la jerarquía militar, ejercen los estados mayores; pero, aún sin dicha explicación precisa, es obvio que es un puesto de gran importancia. De tan gran importancia que los gobiernos ni por asomo quieren tener un JEM que no sea de su estricta obediciencia, conocimiento y confianza.

Propuso el gobierno Maura al general Loño, militar, al parecer, de impolutos hoja de servicios y prestigio. Como digo, era su prerrogativa realizar tal nombramiento, jugando el rey, teóricamente, apenas un papel sancionador. Pero no fue así. El rey tenía otro candidato, casualmente el jefe de su Cuarto Militar, el general Polavieja, también muy valorado de la opinión pública. Por mucho que porfió Maura, el jovenzuelo Borbón no se bajó de la burra. Había de ser Polavieja, y a él la soberanía gubernamental no le iba a joder el capricho. Reunido el consejo de ministros, sus miembros decidieron darle una lección al niñato anunciando su dimisión si no era nombrado Loño. Alfonso XIII, en lugar de recular inteligentemente, tiró de su carácter voluble y, por qué no decirlo, un poco gilipollas, y, simple y llanamente, aceptó la dimisión.

Como digo, fue un conflicto favorecido por la evanescencia constitucional de la Restauración. La Constitución canovista concedía a Alfonso XIII la suprema jerarquía del ejército; cosa que también hace la actual, aunque en términos que dejan más claro que se trata de un mando constitucional y por lo tanto el rey, por muy supremo jefe de los ejércitos que sea, no le puede ordenar mañana por la mañana que invada Bielorrusia porque a él le de la gana. La Constitución canovista, sin embargo, le dejaba margen al rey para pensar, sobre todo si era tan tonto como para pensarlo, que su supremo mando era efectivo y, por lo tanto, el nombramiento de un JEM era cosa suya (o, más bien, de su camarilla).

Con este detalle, Alfonso XIII sumió al país en el pozo de los gobiernos provisionales que habría de caracterizar su reinado. El día que el rey juró como tal 17 de mayo de 1902, se había formado un gobierno Sagasta que cayó en diciembre del mismo año. El 6 de dicho mes juró como presidente del Consejo de Ministros Francisco Silvela, que dimitiría en julio del año siguiente. Todavía antes de Maura, durante los cuatro meses y medio que tardó en gobernar él, gobernó Raimundo Fernández Villaverde. Por lo tanto, entre mayo de 1902 y diciembre de 1904 había habido la friolera de cuatro gobiernos.

Alfonso XIII había demostrado con la anécdota del general Loño que le gustaba trabajar con gente que o le bailase el agua o le dejase en paz. En ambas cosas era bastante experto el general Marcelo Azcárraga, y probablemente fue por eso que el rey pensó en él para encargarle la sustitución de Maura. De hecho, casi el primer acto de gobierno de Azcárraga fue, por supuesto, firmar el nombramiento de Polavieja como Jefe del Estado Mayor del Ejército, tal y como quería el Borbón. No era la primera vez que la personalidad afable y acomodaticia de este militar le había valido la alta magistratura gubernamental. En 1897 había ya sustituido a Cánovas, superando a rivales teóricamente mejor colocados, por las mismas razones. En 1900 repitió.

El problema que tenían don Alfonso y don Marcelo es que, probablemente, eran los únicos que pensaban que aquello podía ser estable. Azcárraga cayói pronto en la cuenta de que, en cuanto pasadas las Navidades se abriesen las Cortes, y puesto que no tenía partido ni facción que estuviese dispuesta a inmolarse con él, los señores diputados le iban a dar un cañete en todo el colodrillo. Solución: las Cortes no se abrieron. No obstante, Azcárraga comprendió que aquélla era una situación que no podía mantenerse. Una cosa es que la Restauración fuese un pastiche caciquil en el que, sólo por casualidad, las elecciones siempre las ganaba el partido que las convocaba; y otra muy distinta que se convirtiese en una dictadura con todas las de la ley.

El 23 de enero 1905, apenas unas semanas después de nombrarse el gobierno pues, se abren las Cortes y Cobián, ministro de Marina, considerando que el Ejecutivo no es sostenible con el Parlamento abierto, dimite, y dimitiendo abre un portillo por el que se cuela, sin perder minutos tres, el titular de Guerra (o sea, Defensa), Villar y Villate, estrechísimamente ligado al monarca. Es evidente que los ministros militares, en un gobierno formado bajo los auspicios de un rey que quería hasta jefes de Estado Mayor que le molasen, eran de la camarilla real. Así pues Azcárraga, tras la marcha de los Chaconos de la época, interpretó que el rey no quería gobiernos que abriesen parlamentos y les dejasen votar, y se fue a su casa, pues hombre tan afable como él no tenía, desde luego, madera de dictador.

Tras este modélico gobierno de 40 días llegó, de nuevo, ese señor que hay mucha gente que piensa que ha sido una calle toda su vida: Raimundo Fernández Villaverde. Villaverde era conservador, es decir teórico correligionario de Maura. La elección del rey era toda una muestra de mala leche o, si se prefiere, de una forma de actuar, que Alfonso sacaría a pasear bastantes veces en los siguientes años, por la cual el monarca llamaba a formar gobierno, no a los líderes partidarios, sino a aquellos, que decimos hoy, barones del partido que consideraba más proclives a sus peripatéticos puntos de vista. Lo cierto es que el gobierno Villaverde no sirvió para otra cosa que para consolidar el liderazgo de Maura en el partido conservador, lo cual llevó al gobierno a cerrar el Parlamento, una vez más, durante meses, para poder legislar sin que le votasen en contra. Pero como aquello no podía durar eternamente, a los cinco meses de haber jurado, se abrieron las sesiones y el gobierno cayó.

Visto que si encargaba gobierno a los conservadores tendría que ser Maura, que era algo que el rey no quería, probó con los liberales en la persona de Eugenio Montero Ríos. Dimitió unos cinco meses después.

Estamos en el 1 de diciembre de 1905. Hace un año ya de caída de Maura, y nos parece que han pasado ocho años. El rey sigue erre que erre con los gobiernos liberales, y llama a Segismundo Moret, quien jura como primer ministro en tal día y dimite en julio de 1906, ante el hecho palmario de que carece de más apoyo que el regio para gobernar.

El rey llama a formar gobierno a un mediana fila en este partido, militar además: el general José López Domínguez, a quien definen el Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro de esta manera: «genuina representación de la mediocridad discreta, ni victorioso ni vencido jamás en ninguna batalla, campal o parlamentaria, orador poco elocuente, aun cuando supiese hablar seguido, y escritor nada brillante, aún cuando fuese capaz dar forma gráfica a sus ideas sin ayuda de secretario». Sobrino del famoso general Serrano y liberal canalejista, era tenido por lo que entonces se llamaba, pero que nadie se asuste, la extrema izquierda dinástica.

Pero que el rey llame a López Domínguez, no creais, tiene su lógica.

No os fijéis en López Domínguez. El pobre general es sólo un peón. Un peón canalejista porque José Canalejas es, en realidad, su padre político, y el hombre cuya labor el general se compromete a llevar a cabo al frente del gobierno. Lo que hay detrás del gobierno López Domínguez es una guerra de altos vuelos entre los dos personajes que quieren dominar en el Partido Liberal. Porque si en el conservador el liderazgo de Maura está claro en ese momento (diez años más tarde, ya la cosa cambia), en el Partido Liberal hay dos culos para la misma silla: el de Segismundo Moret y el de José Canalejas. Moret tiene a su favor una larga labor ministerial en los diferentes gobiernos liberales de la Restauración; es, pues, una especie de Rubalcaba de la época. Canalejas, sin embargo, es un político más joven, que mira hacia el futuro, que tiene aún escasa experiencia en el poder y que maneja conceptos que el liberalismo antiguo tal vez maneja con más torpeza: laicismo, política económica liberal, convergencia con republicanos e incluso socialistas... Canalejas es, pues, un poco la Chacón de esta historia.

Moret cometió un error. Le hemos visto dar un paso adelante en diciembre de 1905 aceptando ser presidente del Gobierno, y marcharse con el rabo entre las piernas 7 meses después. En parte es, claro, por la oposición monolítica que le hacen los conservadores, pero, en parte, es también porque su propio partido no pone toda la carne en el asador defendiéndolo, porque hay una mitad de la formación que no lo quiere como líder. El nombramiento de López Domínguez, a sus ojos, le presenta la oportunidad de devolver el golpe.

Así pues, nos encontramos ante un panorama que hoy tenemos por inusitado: un gobierno liberal al que le hacen la guerra parlamentaria los propios liberales moretistas. Las fuerzas de Canalejas eran muchas: no sólo su hombre era presidente del Gobierno sino que él mismo era presidente de las Cortes. Juntos, ambos cargos urdieron una derrota parlamentaria de Moret y, consecuentemente, dieron instrucciones al partido de que votase en contra de una proposición de los conservadores que Moret había ya apoyado públicamente. Moret tuvo que conseguir de sus contrincantes que retirasen la dicha proposición a pelo puta para no ser derrotado. El siempre maniobrero Conde de Romanones, siempre atento a todo movimiento que le pudiese dar poder, aprovechando su presencia como ministro en el gobierno López Domínguez, redactó una proposición parlamentaria para darle la puntilla a su correligionario y sin embargo enemigo; pero López Domínguez se acojonó, pensó que quizás si la presentaban el Partido se iba a tensionar en exceso, y decafeinó la proposición de tal manera que hasta Moret pudo votarla a favor.

El general López Domínguez tenía entonces 77 años, y un carácter afable. Al ver a Moret votar la proposición de Romanones, en su ingenuidad senil, consideró las viejas rencillas acabadas, por mucho que hubo quien le advirtió de lo contrario; y no me refiero a Romanones, pues Romanones, en sus memorias, siempre dice que lo sabía todo de antemano, pero eso, claro, lo escribe a toro pasado.

Moret, de hecho, hizo algo más para que López Domínguez pensase que el movimiento liberal había entrado en fase Viva la Gente, pues el 20 de noviembre de 1906 vota campanudamente una proposición de apoyo al gobierno.

Al día siguiente, un relajado López Domínguez va al palacio real a despachar con el rey. Confiado, le dice al monarca que no tiene gran novedad que comentarle. Y el rey, torciendo el gesto, le dice que él, en cambio, sí tiene algo que contarle.

Alfonso XIII ha recibido una carta. Una carta que será el «papelito» que dé nombre a esta historia.

Una de las obsesiones de José Canalejas era el laicismo, qué el consideraba condición necesaria para un Estado moderno. En momentos posteriores, cuando llegase a la presidencia del Gobierno, dejaría buena marca de ello, pero ya entonces, cuando era presidente del Congreso y alma mater del Gobierno, tenía las mismas intenciones. Por esa razón, en las semanas anteriores al papelito, Bernabé Dávila, ministro de Gobernación, había preparado un proyecto de ley de Asociaciones que suponía un recorte notable del poder de las órdenes religiosas. De hecho, el conocimiento del borrador había provocado una cascada de misivas desde el Episcopado.

¿Era Moret contrario al laicismo? Como buen liberal, en modo alguno. A lo que era contrario era al éxito de Canalejas. Ambos eran correligionaros, miembros de la misma mayoría formada en ese momento, pero Moret no podía soportar que aquel proyecto saliese adelante, así pues tomó la decisión, de una inconstitucionalidad flagrante, de saltarse el escalafón partidario y gubernamental y enviarle una carta directamente al rey. Fue un felón Moret por enviar la carta y un idiota el rey por darle pábulo. Ninguno de los dos tuvo con sus gestos el más mínimo respeto por el orden constitucional.

En su carta, Moret auguraba que el proyecto de Asociaciones rompería al Partido Liberal, y añadía: «Tal vez sean exagerados estos patrióticos temores; pero el rey tiene el medio de aquilatarlos, llamando a los representantes caracterizados del Partido Liberal y contrastando sus juicios con el que respetuosamente someto a Vuestra Majestad».

Moret, por lo tanto, invitaba al rey a operar de árbitro en una discusión partidaria, y lo que es más acojonante aún, el rey hizo algo distinto de limpiarse el sobaco con aquella carta. No sólo no la rompió, ni la quemó, ni la olvidó; sino que, a la llegada del primer ministro liberal, se la leyó, y debió de dejarle bien claro que le pensaba hacer lo que Moret le recomendaba, porque López Domínguez, noqueado pero gallardo, dimitió al instante.

Hay, por cierto, un tercer conspirador en esta milonga: Santiago Alba, político de larga trayectoria que acabaría incluso presidiendo las Cortes republicanas, y que en ese momento era gobernador civil de Madrid, nombrado durante el gobierno de Moret. Él fue quien llevó en mano la carta y se aseguró de que acabase en regias manos, sin intermediarios.

El 28 de noviembre, por si eran pocoas las sospechas de que pudiese haber una conjunción entre el monarca y Moret, es a éste a quien Alfonso XIII encarga la formación del gobierno. Así las cosas, toda la conspiración palaciega, toda una movida de camarilla a las que Alfonso XIII era desgraciadamente muy aficionado, quedó en evidencia. La política española avanzó hacia un episodio vergonzoso.

El 3 de diciembre, en doble sesión, compareció el gobierno Moret ante el Congreso y el Senado. Según las crónicas, fue recibido como el Real Madrid en el Camp Nou. Ni siquiera los liberales no canalejistas, teóricos ganadores de la movida, apoyaron a Moret, conscientes de que lo que había hecho el político liberal no había sido en beneficio de facción alguna, sino en el estricto beneficio propio.

Ya de camino al Congreso desde Palacio tras haber jurado, el personal les iba llamando de todo a los ministros. Moret estuvo torpe en su discurso, lo cual no es de extrañar porque le interrumpieron varias decenas de veces coreando gritos prostibularios. En cambio, a López Domínguez, erguido y noble, lo escucharon con reverencia y saludaron el final de su discurso con una cerrada salva de aplausos.

Al día siguiente, esto es al tercer día de vida del gobierno, un senador presentó una moción de censura contra el Ejecutivo. No creo que haya muchos precedentes de esto en la Historia parlamentaria del mundo. La moción, en cambio, no se votó. El gobierno Moret dimitió inmediatamente, tres días después de haber jurado.

Dado que en ese momento nadie se fiaba del rey ni para comprar un caramelo, el monarca tuvo que nombrar primer ministro a Antonio de Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo, marqués de Mos, conde de Bobadilla, vizconde del Pejullal, Grande de España. El marqués era un viejo político liberal que entonces tenía la friolera de 80 años y que había sido ministro de Isabel II. La pollada de Alfonso XIII fue, por lo tanto, del mismo calibre que si mañana dimitiese Zapatero y el rey llamase a formar gobierno a alguno de los ministros del último gobierno del general Franco.

Ciertamente, el marqués de la Vega de Armijo fue echado del poder por los conservadores en sólo tres sesiones parlamentarias. Pero para la Historia ha quedado un gesto de este pizpireto aristócrata liberal, que mostraba un optimismo incurable. De regreso a su casa, ya habiendo tenido que dimitir, en enero de 1907, encontró a sus parientes y clientes compungidos y contritos. Él, en cambio, se quitó el sombrero y el gabán, y les gritó.

- No os desaniméis, amigos. ¡El porvenir es nuestro!