viernes, julio 15, 2011

Franco y el poder (7: el fascismo, en la cima)

En el marco del franquismo, la postura respecto de la guerra era algo más que una mera discusión en torno al papel internacional del país o sus obligaciones ideológicas. Era un grave problema en clave interna, del cual Franco no estaba completamente seguro de sobrevivir siendo el jefe máximo e indiscutido de la nación, tal y como él pretendía; pues, esto es claro al menos para mí, contra lo que puedan pensar algunos, el objetivo primero y final del franquismo, a la luz de los hechos, no fue sustantivar la ideología fascista de Estado, ni defender el catolicismo, ni servir de coraza frente al comunismo, sino, única y simplemente, perpeturarse. De hecho, la generación de azules, los nietos del franquismo que construyeron la transición a la democracia, no estaba intentando otra cosa que eso mismo: perpetuar el franquismo. Para Franco, su prioridad siempre fue permanecer en el poder. Y, quizá, la polémica sobre la entrada o no en la guerra mundial fue el momento en el que esa permanencia estuvo (más bien, pudo estar) más en entredicho.

El falangismo irredento, en ocasiones identificado, en otras simplemente utilizado por Serrano Súñer, suponía una presión constante a favor de la guerra (tan fuerte que, meses después, fue necesario inventar la División Azul para que el sistema perdiese parte de esa presión), que Franco no siempre conseguía remansar. En junio de 1940, el general tuvo una prueba fehaciente de hasta qué punto las cosas se enconaban.

Uno de sus más fieles generales, el general Yagüe, en ese momento ministro del Aire, siempre había sido falangista. Al caudillo esto no le importaba demasiado; soportaba que sus generales fuesen monárquicos (Kindelán, Orgaz), falangistas (Yagüe, Muñoz Grandes) o tradicionalistas (Varela); pero, eso sí, a todos los reclamaba ser más fieles a su figura que a sus ideas, y es por eso que siempre se apoyó, en realidad, en militares simple y llanamente franquistas, como Luis Carrero Blanco o Camilo Alonso Vega.

No obstante Franco supo, probablemente a través de sus terminales en el ejército, que obviamente eran muchas, que Yagüe había elegido ser más falangista que franquista. Yagüe es, de hecho, uno de los especímenes que, supuestamente, vigila el inspector Ismael Rebollo de mi novela La oportunidad de Judas. En junio de 1940, la situación hace crisis, y a decir verdad nunca sabremos si Franco fue un pasivo espectador del inicio del problema o, en realidad, lo provocó.

Un capitán del ejército, por iniciativa propia o telegirigido, eso es algo que como he dicho no creo que sepamos, denunció al general Yagüe ante la Dirección General de Seguridad. Los cargos, gravísimos: el general estaría, teóricamente, organizando un golpe de Estado contra Franco, contando con la ayuda del ejército alemán, que en esos momentos entraba como Pedro por su casa en Francia. Yagüe, en efecto, había estado visitando la embajada germana con mucha periodicidad, aunque ni de coña era el único.

¿Era verdad? Sinceramente, lo dudo. Apoyos más explícitos de los que pudo tener Yagüe en su momento de Berlín los tuvo, sin duda, Muñoz Grandes algo más tarde; y, sin embargo, siendo este segundo personaje de amplia ambición, nunca se atrevió a mover un dedo contra Franco, probablemente porque sabía a lo que se podía enfrentar. Lo que sí ocurrió, más que probablemente, es que el general Yagüe se dedicó a visitar determinados salones de Madrid para poner a parir al gobierno español, del que él formaba parte, y al propio Franco, por no entrar en la guerra, decisión que consideraba poco menos que obligada.

A Franco, aquella vez, como otras tantas, no le tembló la mano. Cesó fulminantemente a Yagüe, sustituyéndolo por el también general Juan Vigón (lo que mosqueó muchísimo a los borbones, conscientes de que el candidato natural era Ramón Kindelán, bloqueado por la sola razón de ser monárquico). Las notas que tomó Franco de la reunión entre él mismo, Yagüe y el general Varela para comunicar el cese (publicadas por Luis Suárez), son de una violencia inusitada en el personaje. «En tu despacho», le escupe Franco a su viejo amigo y compañero, «se habla mal del gobierno, de mí y de tus compañeros en él». Y le añade, con una prosodia propia de El secreto de Puente Viejo: «donde crees que hay un disgustado, allí vas a hacer simpatía». Los reproches, que prácticamente ni se refieren a la pretendida conspiración con Alemania (posible prueba, a mi modo de ver, de que nada había de cierto en ella) se acercan al centro de la diana cuando Franco le dice a Yagüe: «No hay disidente o rebelde que no sea amparado en el Ministerio del Aire e incluso pagado con fondos nuestros». Más categórico aún: «Donde hay alguien que mee sangre, ahí estás tú».

Las lecturas de que disponemos, las de Franco-Salgado por ejemplo, nos dejan bien claro que Franco no hablaba así. No era su estilo. Frases tan cargadas de violencia y de reproche están indicando hasta qué punto estamos ante una persona que se siente ampliamente traicionada por alguien a quien exige una lealtad sin mácula. Pero, sobre todo, a mi modo de ver este cese, esta conversación y estas notas están revelando a un Franco sinceramente preocupado por la actitud de los disidentes de Falange, y el hecho de que hayan encontrado su punto débil en las muchas razones que tiene, como estadista, para no entrar alegremente en la guerra, por mucho que lo desease. Que lo deseaba.

Yo no sé, ya lo he dicho, si Franco planificó el cese de Yagüe. Lo que sí sé es que la denuncia recibida tiene bastantes puntos de duda de que pueda tratarse de una acción individual; que la entrevista del cese le cogió a Franco con toda la munición contra su antiguo amigo preparada, pues durante la misma incluso esgrimió una carta que había recibido y que denunciaba a Yagüe por crueldad innecesaria tras la toma de Badajoz (las famosas matanzas de la plaza de toros); y sé, sobre todo, que el principal beneficiado de dicho cese fue el propio Franco. El cese de Yagüe, junto con la dimisión, algún tiempo antes, de Muñoz Grandes en la Secretaría General del partido único, marca el cortocircuito entre Falange y el Ejército; una entente que Serrano necesitaba para poder llevar a cabo sus planes de meter a España en la guerra y dirigir todo el proceso. A partir de ese momento, en el seno de las Fuerzas Armadas franquistas los aliadófilos comenzaron a ser legión. Nosotros, se decían unos a otros, ya hemos ganado nuestra guerra. Franco, como ya dijimos, no compartía ese punto de vista; consideraba que de la entrada en la guerra se podían sacar suculentos beneficios, pero temía malquistarse, sobre todo con Londres; y terminaría por acojonarse cuando los aliados desembarcaron en África, porque eso significaba que podían aplicarse las Canarias cuando les saliese del pingo.

En diciembre de 1940, un almuerzo en El Pardo entre el generalísimo y su corte de generales dejó bastante claras las cosas. Franco sólo permitió que sobre la mesa sobrevolasen los temas de política internacional, pero, al parecer, no fueron pocos los generales que utilizaron los temas de geopolítica para traslucir con transparencia su repugnancia por el proyecto bélico-falanjo-fascista de Serrano.

Al franquismo le surgió otro problema. El 28 de febrero de 1941, fallecía en Roma Alfonso de Borbón, con lo que los derechos dinásticos pasaban a su hijo Juan; mal momento, la verdad, para colocar derechos tan delicados sobre los hombros de un señor tan veleta, tan torpe y tan intelecualmente ajado, pero la institución del mayorazgo es lo que tiene. En todo caso, el hombre que había acrisolado el debate antimonárquico estaba muerto, así pues nada impedía, a decir de los borbónicos, la restauración de la monarquía española. Este hecho ocurrió, no lo olvidemos, cuando todavía España era un proyecto de nuevo Estado fascista, así pues se introducía una nueva distorsión en el proceso que amenazaba con crear un nuevo punto opositor desde dentro del franquismo.

El fascismo español nacionalsindicalista seguía mientras tanto, y nunca mejor dicho, impasible el ademán. Desde el sindicato único, Gregorio Salvador Merino enviaba circulares a los trabajadores comunicándoles avances como que les serían pagados los festivos, apelándolos de «camaradas obreros de la revolución nacional-sindicalista» y terminando con una admonición ecléctica , muy del gusto de aquella Falange: «¡Con Franco hacia la Revolución; por la Revolución hacia el Imperio!». El 31 de marzo de 1940, este sindicalismo fascista vivió su gran día de gloria, y comenzó a labrar, probablemente, su desaparición. Aquel día se celebró algo parecido a lo que con los años se conocería como demostración sindical. En los años sesenta, la demostración sindical venía a ser una fiesta casposa durante la cual, en el Bernabéu, diferentes grupos realizaban ejercicios gimnásticos y otro tipo de inocuas demostraciones folklóricas. Pero la concentración de marzo del 40 fue todo menos inocua. Con ella, el nacionalsindicalismo quiso decir: éstos son mis poderes. Así pues, la cosa fue lo más parecido a Nuremberg 1936 que se vio jamás en España.

Y digo que aquella demostración, miles de disciplinados productores desfilando al cornetín del falangismo, fue el principio del fin, porque a decir de muchos fue el momento en que el Ejército se dio cuenta de que tenía un competidor en su mismo terreno; y decidió aplastarlo. A pesar de ello, el 6 de diciembre de aquel mismo año el nacionalsindicalismo dio otro paso con la Ley de Constitución de Sindicatos, que reguló su estructura y, sobre todo, su papel como organizaciones extendidas a toda la actividad económica con la función de proponer al gobierno medidas en estos terrenos. Un gobierno económico, pues, dentro del gobierno.

Aquella ley, sin embargo, ya no estaba en el punto más alto de la colina alcanzada por el fascismo español; había comenzado el descuelgue del franquismo respecto del fascismo. Aquél comenzaba a aflorar por detrás de éste. El nombramiento de presidentes de los sindicatos nacionales quedó, en el texto legal, en manos del Jefe Nacional del partido, o sea Franco; y no en las de Merino, como pretendía éste. Otra batalla importantísima que perdió Salvador en el texto legal fue que se le negase la función de dictar las reglamentaciones de trabajo, lo que le habría dado un poder casi omnímodo a la hora de regular el bienestar o malestar laboral no salarial; es evidente que los empresarios jugaron fuerte para lograr de El Pardo que embridara esta historia comme il faut. Poco tiempo después, la CRASS fue disuelta, y el gran proyecto financiero del falangismo, el Banco Sindical, se fue, en forma de proyecto, a dormir el sueño de los justos en algún archivador, donde supongo que seguirá; el papel del sindicalismo falangista como proveedor y actor de la economía, por lo tanto, fue eliminado, apostándose definitivamente por la iniciativa privada.

A finales de 1940, al falangismo integrista que sustentaba el serranismo no le quedaban amigos. La clase empresarial, renuente al férreo control que pretendía ejercer el sindicato y asqueada del discurso radical-revolucionario de Merino y Sotomayor, se colocó definitivamente de canto y, a través de Demetrio Carceller, ministro de Industria desde octubre de aquel año, comenzó a segar la hierba que pisaba el proyecto fascistizante; y no se olvide que empresarios quiere decir banqueros y que, desde que llegó a España la Restauración alfonsina, y con el único paréntesis de la guerra civil, no ha habido en España un solo gobierno que no haya escuchado a los banqueros. El Ejército ya tenía claro lo que tenía que hacer. Y la Iglesia no perdonaba la fagocitación de sus organizaciones rurales, a pesar que todas ellas le profesaban a Franco una fidelidad total.

En su ceguera totalitaria, al fascismo español todo esto le daba igual. Serrano seguía confiando en su capacidad de manejar a su cuñado, o tal vez pensaba que el general aun consideraba impagables las deudas de gratitud adquiridas con él durante su ascenso al poder en la guerra; o sea, no conocía muy bien el percal, pues son muchas las pruebas que nos deja la Historia de que Franco era de ésos del antes de meter todo es prometer, pero después de haber metido, no hay nada de lo prometido. El sindicalismo falangista seguìa pensando en sí mismo como el ente de poder más importante de España, y no es un sentimiento que deba ridiculizarse, pues hasta el final del propio franquismo, los restos de ese nacionalsindicalismo controlaron instituciones fundamentales del régimen, como las Cortes.


En suma y en el fondo, lo que había en la España de 1941 era dos bandos ganadores de la guerra civil que estaban convencidos de que dicha victoria se les debía en el exclusiva. Uno era el falangismo y el otro era la clase militar. En mi opinión, Franco tenía una idea de su régimen muy parecida al famoso experimento biológico del pulpo, la anguila y la langosta. Los tres animales se odian a muerte entre ellos, pero tienen un problema: el pulpo mata con facilidad a la a langosta, pero la anguila, escurridiza entre sus tentáculos, puede con él. La langosta acaba fácilmente con la anguila gracias a sus pinzas, pero teme al pulpo. Y para la anguila, matar al pulpo es cosa de niños, pero sabe que eso la dejaría a merced de la langosta. Conclusión: tres animales que desean ardientemente matarse entre ellos conviven sin agredirse en un acuario.

En aquel acuario que era España, Franco creía ser el hombre capaz de garantizarle al ejército la morigeración de Falange. Tenía muy claro que el ejército, si quería, podía sacarlo del trono (yo te puse, yo te quito); pero jugaba claramente la carta de ser el garante de que Falange no se lanzara a la conquista del Estado. Su idea era que eso duraría la vida entera sin generar grandes conflictos. Pero se equivocó y, porque se equivocó, se vería abocado a echar mano, en tiempos de paz, de soluciones de guerra.

En 1941, en todo caso, había muchas razones para que el falangismo exhibiera prudencia. Pero decidió hacer exactamente lo contrario. En la primavera de 1941, con un par, cortó el mus de la posguerra e, inesperadamente, cantó órdago.

miércoles, julio 13, 2011

Calvo Sotelo en Telemadrid

La Historia no es cosa que atraiga demasiado a las televisiones, motivo por el cual siempre es interesante, y loable, que se produzcan iniciativas como la de ayer en la noche de Telemadrid; cadena que, aprovechando que era el 75 aniversario del asesinato de José Calvo Sotelo, convirtió su programa Madrid Opina en un debate sobre Historia, más concretamente sobre aquel hecho; debate lanzado, por así decirlo, un poco como en formato La Clave, por un documental previo realizado por historiadores del CEU.

Desde mi punto de vista, el debate sirvió para confirmar dos cosas que no son nada positivas. La primera de ellas, que en esto de lo que podríamos llamar R+GC+F (República + Guerra Civil + Franquismo) sigue habiendo mucha gente que toca de oído. La segunda, que, 75 años después de los hechos, la historiografía sigue polarizada y sirviendo a precondiciones de todo tipo. La Historia de la Guerra Civil, tres cuartos de siglo después, sigue siendo una mierda que se enfanga en detalles que no son nimios, pero cuya discusión impide la profundización hacia temas más interesantes.

Los contendientes (porque así hay que formular las cosas en España cuando se debate cualquier cosa que tenga que ver con R+GC+F) estuvieron, cada uno, en su línea. A Alfonso Bullón y Luis Togores, del Instituto CEU de Estudios Históricos y autores del documental, les tocó defender su trabajo; morlaco que les fue fácil de torear teniendo en cuenta la blandura de los tornillazos que tiraba.

A Julio Aróstegui, historiador, le tocó el papel de juzgar el documental desde la técnica y el conocimiento histórico, cosa que hizo con pulcritud pero dejándose en el tintero los elementos a mi modo de ver más flojos de dicho documental (apuntados, sin embargo, por Antonio Elorza) y centrándose en los asuntos que menos cuadraban con su propia visión de la guerra civil y la defensa de su tesis principal sobre la misma.

Antonio Elorza hizo de embajador en el programa de la cosmovisión hecha decreto con la Ley de la Memoria Histórica. Cabreado desde el primer momento, según él porque pensaba que se iba a hablar de otra cosa en el programa, se encontró con que el tema era el asesinato de Calvo Sotelo, ergo, de alguna manera, la responsabilidad del PSOE en el mismo; tema que a todas luces no le gustaba y que le hizo exclamar al final del debate, en una salida de pata de banco que no venía a cuento y que le hizo, por cierto, flaco favor al citado, que al documental sólo le había faltado decir que «Rubalcaba iba en la camioneta» donde los asesinos de Calvo Sotelo se desplazaron a su domicilio. Esta nebulosidad de sus puntos de vista debilitó la crítica del documental, puesto que al menos yo saqué la conclusión de que era el que tenía las cosas más claras sobre sus puntos débiles. Pero se explicó mal y se enfangó en un asunto indefendible, tal cual es colocar el asesinato de Calvo Sotelo y el intento de asesinato de Jiménez de Asúa al mismo nivel.

Justino Sinova estaba allí para hablar, como Umbral, de su libro (sobre la prensa durante la II República) y, consecuentemente, hizo una intervención al respecto de escaso interés, porque no es la prensa, precisamente, el elemento más interesante de la ecuación de la preguerra civil.

Por último, Gabriel Albiac llegó al estudio de Telemadrid levitando y allí permaneció, a unos siete metros del suelo, durante todo el programa. Es probable que aún siga allí.

Digo que el documental salió vivo de la crítica porque en dichas críticas apenas se apuntó su gran punto débil. En el documental, Calvo Sotelo es presentado como un leal servidor de la dictadura de Primo de Rivera, perseguido por la República, líder en los últimos estertores de ésta de una heterogénea coalición de derechas. Un análisis, a mi modo de ver, demasiado superficial.

Calvo Sotelo, en primer lugar, era un político de convicciones democráticas más bien tenues. Por eso colaboró sin problemas con una dictadura. Era, además, un líder de derechas sin liderazgo, a causa (el documental lo dice) de su larga ausencia de España entre 1931 y 1934 pero, sobre todo, a causa del nacimiento de la CEDA de Gil Robles y la ocupación por parte de ésta del espectro de voto católico conservador, que es el voto de derechas español de toda la vida. La necesidad de buscar un espacio al sol de las derechas, escaso, le hizo radicalizar su discurso y coquetear con soluciones totalitarias. Esto es lo que hace que a su Bloque Nacional se una gente como Albiñana, que es presentado en el documental como «independiente», cuando el apelativo que mejor le cae, históricamente hablando, es el de primer fascista español.

El documental, por lo tanto, dejó intocado el asunto de por qué las izquierdas odiaban tanto a Calvo Sotelo. Por qué lo amenazaban de muerte en sede parlamentaria (por cierto: absurda la discusión que pretendió iniciar Aróstegui en torno al hecho de que la amenaza sólo fue una, la de Ángel Galarza. Primero, no fue la única; segundo, ¿y si lo fuera?); y por qué las izquierdas, a pesar de ser plenamente conscientes de que la muerte del diputado precipitaba la guerra civil, la festejaron. Ocurre a menudo en la Historia que cuando alguien muere fruto de la violencia política, la Historia se retrae de analizar las causas y motivaciones del asesinato, como si hacerlo supusiera justificarlo. Si esto le ocurre a los historiadores más de derechas con Calvo Sotelo, a los de izquierdas les pasa, por ejemplo, con Salvador Allende.

Como digo, este importante matiz, es decir la ideología y actuaciones totalitarias de Calvo Sotelo; el propio hecho de que el político orensano, sin ser centro ni pieza del golpe de Estado, algo sabía de los movimientos en los cuartos de banderas; los coqueteos retóricos con el fascismo realizados en sede parlamentaria, son todos elementos que no aparecieron en el documental ni en el debate; como decía, Elorza los esbozó pero Aróstegui, empeñado en sus propias embestidas, no le siguió.

Más allá, tomé nota de algunas cosas que tienen que ver con la forma simplista, tremendamente estereotipada, con que se enfrenta el problema de historiar, entender y analizar un periodo histórico como éste.

Julio Aróstegui, en este caso, creó el principal debate de la noche, que es un debate muy querido de la historiografía, digamos, progresista, del periodo R+GC+F. Según su teoría, el origen de la guerra civil hay que buscarlo en la intención de una serie de grupos de detener la labor democratizadora del Frente Popular. Teoría que, a mi modo de ver, olvida algunos elementos.

Olvida que el franquismo duró 40 años; lo cual, en sí, es una demostración de que el golpe de Estado del 36 fue realizado, apoyado o tolerado, no por «grupos», sino por masas enteras de españoles.

Olvida que no todos los integrantes del Frente Popular querían realizar una labor democratizadora. Es más: no son pocos los que piensan que las fuerzas democratizantes en el FP eran minoritarias, puesto que, aún sin tener en cuenta a la CNT-FAI, la suma del POUM, el PC y el PSOE caballerista (que no puede afirmar su voluntad democratizadora después de haber dado en 1934 un golpe de Estado para implantar en España la dictadura del proletariado) podría entenderse superaba a la suma de las izquierdas burguesas, el PSOE besteirista y el prietista; sobre todo en la calle.

En todo caso, esta teoría precisa de la desactivación del asesinato de Calvo Sotelo como elemento actuante en el estallido del golpe. Considerar que el asesinato influyó en la producción del golpe de Estado equivale a admitir que, en fecha tan tardía como el 13 de julio, el golpe de Estado era evitable; y esto no cuadra con la teoría de que estaba montado de antiguo, incluso antes, tal es la tesis de Aróstegui, de la victoria del frente popular.

Éste, a mi modo de ver, es un debate ajado e inútil; lo cual quiere decir que el programa se acabó enfangando en un debate ajado e inútil. Yo creo que para cualquier persona medianamente cultivada en los hechos de la República y la Guerra Civil y que no los analice redactando el fallo antes que los fundamentos de Derecho (cosa que siempre tengo la sensación de que hacen muchos; la mayoría, incluso) están claros dos hechos: uno, que el asesinato de Calvo Sotelo no genera un proceso ex novo de realización de un golpe de Estado. Otro, que no es un hecho inocuo para la producción, el 17 de julio, de la sublevación de Melilla.

Lo que pasa es que, a mi modo de ver, los «defensores» de la importancia del asesinato para la guerra, el dúo Bullón-Togores, no estuvieron muy finos defendiendo su tesis. En mi opinión, el principal modo de desmentir la versión de cierta historiografía, representada por Aróstegui en el debate, es afirmar que lo que hizo el asesinato de Calvo Sotelo no fue generar el golpismo, sino colocarlo más allá de la masa crítica de partidarios teóricamente necesaria para triunfar (teóricamente porque el golpe, de hecho, fracasó). Esto es: matar a Calvo Sotelo tuvo la consecuencia de que, a partir de ese hecho, y sobre todo tras el entierro, los golpistas tuviesen la sensación de que, una vez que se alzasen, la gente en la calle les recibiría con los brazos abiertos como los garantes del orden que demandaban.

¿En enero había ya militares conspirando? Por supuesto. Y, antes de enero, conversaciones en Roma para ganar a Mussolini para el golpismo monárquico. El golpismo antirrepublicano comienza el día que las clases propietarias, agrarias o industriales, se dan cuenta de que la República no les va a aportar nada; nómina de indignados a la que rápidamente se unió la Iglesia (y estuvo aquí hábil Bullón recordándole a Aróstegui que estaba intentando minimizar las quemas de iglesias como factor de la ecuación golpista) y, poco a poco, el ejército.

Porque el hecho de que ya exista golpismo antes del Frente Popular no quiere decir que ese golpismo fuese viable. De hecho, esto es algo que Franco le confesó a Portela cuando le instó a poner orden en el país tras las votaciones del 16 de febrero del 36, y Portela le espetó, de gallego a gallego, que mejor que lo hiciese el ejército. Por Franco, pues, sabemos que en febrero del 36 los militares que, aceptemos la versión arosteguiana, querían acabar con la labor democratizadora del Frente Popular (que, por cierto, ¿cómo se puede querer frenar la labor de alguien que todavía no gobierna?), sabían bien que carecían de músculo social para dar un golpe de Estado. Pero el 17 de julio sí tenían la sensación de tenerlo. Y sostener que el asesinato de Calvo Sotelo no tiene algo que ver con eso es, en mi modesta, de aurora boreal historiográfica.

Otra cosa que eché de menos en el documental fue el golpe del 34, luego citado en el debate como de pasada. A veces me da la impresión de que los historiadores españoles tenían todos gripe el día que en la carrera se explicó el golpe del 34, porque pasan por él sin romperlo ni mancharlo, cuando es el gran elemento que anima el debate sociopolítico del 36. Casi todo lo que hacen las izquierdas en el 36 tiene por frontispicio el golpe del 34; y la violencia obrerista del último año de la República se justifica, a sus ojos, como respuesta de equilibrio ante la violencia ejercida por el gobierno de las derechas al reprimir el golpe del 34. El odio a Calvo Sotelo tiene mucho que ver con las cosas que decía sobre aquella asonada revolucionaria y sobre la actitud de las izquierdas hacia ella. Pero en el documental, como digo, el golpe ni se cita.

Más allá, algunos de los argumentos habituales de la historiografía más de izquierdas.

Primer argumento: aquella violencia era normal en el marco de una Europa en la que todos andaban a tiros unos con otros (Elorza). Según y cómo. Esta teoría genera una especie de fatalismo sociohistórico en el que al menos yo no creo; en realidad, si analizamos el mundo de entreguerras, descubriremos que eran mucho más los países que no se dieron de leches que los que sí. La postura contraria es fuertemente eurocéntrica.

Y es que la Europa de los años treinta era el escenario de una serie de estrategias muy concretas; estrategias de las que sus animadores y ejecutantes son históricamente responsables. Esos tiros se pegaban por la acción de una serie de movimientos de agitación, fascistas en las derechas y comunistas (o sea, fascistas de izquierda) al otro lado. Los comunistas seguían instrucciones muy concretas de la Internacional, que están sobradamente documentadas y que le permitieron a Elorza decir, según mis notas, que el PC no era un partido revolucionario. Supongo que se refería a que el comunismo, en aquel entonces, obedecía a la orden de Moscú de colaborar con los partidos burgueses. Pero que lo hacía para darles un hachazo final también es obvio. Además, decir que no era revolucionaria una formación que apoyó el golpe del 34, que fue revolucionario, no sé muy bien cómo se come: ¿PRTP (Partido Revolucionario a Tiempo Parcial)?.

Segundo argumento: el asesinato de Calvo Sotelo no tiene demasiado de inusual en el marco de la violencia del 36. En este terreno, de nuevo Elorza sacó a relucir varias veces el caso del penalista socialista Jiménez de Asúa, también diputado, ponente de la Constitución del 31 y abogado defensor de las malas bestias de Castilblanco. A don Luis, efectivamente, lo intentaron matar unos falangistas en la calle Goya disparándole desde un coche (que, mira que hay que ser mindundi, se les gripó unas calles más abajo). Se cargaron a su guardaespaldas, pero Asúa salió vivo.

Una vez, y otra, y otra, y otra, y las que te rondaré, morena, cierta historiografía lleva décadas empeñada en no entender una diferencia esencial: si una persona es asesinada por la ETA, está mal; pero si sus asesinos son miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado; si son policías y guardias civiles, que, además, para poder asesinar a la víctima se escudan en el hecho de estar realizando una detención oficial, la cosa es mucho, mucho, muchísimo más grave.

Un asesinato por terroristas genera la duda sobre la protección efectiva que las fuerzas del orden. Un asesinato por miembros de las fuerzas del orden genera dudas sobre el orden en sí. No entender esto, evidentemente, es no entender la importancia del asesinato de Calvo Sotelo. Es natural que las personas que no comprenden este elemento miren sin comprender cuando se les dice que el cadáver del político gallego alimentó la convicción de media España de que estaba más segura alzada en armas que en casa jugando al julepe.

El tercer gran elemento del argumentario que se vio en el debate fue el intento de aislar, como en compartimentos estancos, el atentado contra Calvo Sotelo y el PSOE. Esto es algo, ya lo hemos dicho muchas veces, que es sempiterno en la historiografía de izquierdas, y las propias memorias de los republicanos de dicha ideología. Todo lo malo hecho por el bando republicano, desde el propio asesinato de Calvo hasta las matanzas de la Modelo de Madrid o los fusilamientos de obispos, fue siempre obra de incontrolados. La memorabilia republicana divide a sus propios partidarios, por lo tanto, en controlados, que son los republicanos buenos que estaban realizando esa labor democratizadora contra la cual se alzaron los militares; e incontrolados, que son unos tipos chulos, violentos, revolucionarios, de cuyos desmanes nadie responde; ni siquiera los gobiernos que se los permitían, formados por controlados.

De una forma torpe, se intentó contestar el argumentario del documental, que dice sin decir (la verdad, no sé por qué esos melindres; lo que es, es) que el PSOE, si no estuvo en la organización del atentado, conoció sus autores y los encubrió. Lo primero es algo que no se ha demostrado nunca ni se desmostrará, entre otras cosas porque la anécdota del cambio de escolta de Calvo Sotelo es mucho más confusa de como la cuenta el documental. Lo segundo está fuera de toda duda. Tanto Zugazagoitia como Prieto, y esto como mínimo, sabían perfectamente quiénes habían matado a Calvo Sotelo apenas horas después de producido el asesinato. Y se callaron. Esto es algo, y aquí sí que tuvo razón el profesor Bullón al comentarlo, que no está sujeto a interpretación o mayores confirmaciones; es algo confesado por ambos protagonistas.

La historiografía, de ambos bandos, nunca ha valorado suficientemente, a mi modo de ver, la importancia de este factor. Los dos grandes sentimientos que, es mi opinión, animaron a media España a volverse golpista, empiezan por i. Uno es, ya lo hemos dicho, la inseguridad: en un país en el que la policía se llevaba aforados en una camioneta y les descerrajaba la nuca, nadie estaba a salvo. Pero el otro es la impunidad. Siempre he pensado, y sigo pensando, que el gran error sectario de Casares Quiroga en el 36 fue permitir que un tipo que había ametrallado a unos manifestantes y disparado a quemarropa en el pecho de un joven, el teniente José Castillo, anduviese tan tranquilo por la calle, sin causa formada, expediente ni mínima sanción. La inseguridad es un sentimiento jodido; pero la impunidad, o si se prefiere la impotencia ante la impunidad, es un sentimiento estragante, que pone de muy mala hostia. El tipo que se siente inseguro quizá huye; el que, además, tiene sensación de impunidad en su contrario, no huye; se queda y pelea, aunque sea a mordiscos.

Como quizá, espero, se ha podido ver en los párrafos de este comentario, el debate histórico fue, más bien, un debate histérico, centrado en aspectos menores del problema, matices incomprobables (como la exégesis de por qué Azaña entrecomilló el sintagma «Frente Popular» en una carta a Cipirano Rivas, que es algo que pudo hacer por varias razones distintas) y elementos muy relacionados con la polémica política presente. Hubo, incluso, quien se quejó de que se sacara este tema ahora con la que está cayendo; olvidando, elegantemente, que la que está cayendo ahora, en este tema, es fruto de la invención de la Memoria Histórica, esto es, es el fruto de un proceso iniciado por quienes ahora, parece, lo quieren parar. En el paroxismo de centrarse en detalles estúpidos se llegó a criticar que el documental hubiese utilizado un corte de una «película fascista» sobre el Alcázar; cuando la citada escena no hace sino reproducir, coma a coma, las actas de las Cortes.

Como consecuencia de un debate de tal mala calidad, hubo elementos cruciales de la polémica histórica que quedaron ignotos. Citaré, porque me parecen los más importantes, la personalidad de los asesinos, tanto Condés como Cuenca y el guardia José del Rey. La entrevista previa con Alonso Mallol, que es de todo punto irregular por participar en ella Condés (que no era guardia de asalto) y más aún Cuenca, que era panadero. Un documental relativamente largo y un debate de hora y media no hicieron el menor esfuerzo por esbozar la mínima hipótesis, o ramillete de hipótesis, sobre quién, cuándo, cómo y por qué decidió matar a José Calvo Sotelo.

Un ejemplo, pues, triste, de lo inmadura, sectarizada y, al fin y a la postre, tuerta, por decirlo elegantemente, que está nuestra historiografía de la República, la Guerra Civil y el Franquismo.