miércoles, junio 13, 2012

Gobierno de concentración

El primero fue el político catalán Josep Antoni Duran Lleida. Pero no ha sido el único. Catedráticos, ex gobernantes, etc., abogan porque España tenga un gobierno de concentración para resolver la situación que está cayendo. Yo, personalmente, así, de primeras, no tengo nada que oponer a la petición, que hasta me podría parecer bien. Sin embargo, tengo mis dudas sobre su practicabilidad.

El gobierno de concentración es una figura ajena a la Historia de España. En dicha Historia se cuentan, en mi opinión, tres concentraciones que de tal se puedan reputar, eso sí, retorciendo el concepto para que "concentración" pueda aparejarse con "coalición de amplio espectro" que, en realidad, son cosas distintas.

La primera es la concentración (que, más bien, fue una alianza estratégica, pues no significó la actuación coordinada de los pactantes) de las fuerzas republicanas y socialistas con el ala izquierda dominante del liberalismo dinástico, tras la Semana Trágica de Barcelona, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia y todo lo que vino detrás, que se concretó en el grito ¡Maura, no! Aquella concentración terminó como el rosario de la aurora. Canalejas, poco tiempo antes de su desgraciada muerte, estaba ya literalmente hasta los cojones de la alianza con las fuerzas más a la izquierda de él; y, de hecho, alguna de ellas no tardaría mucho en montar una huelga general, en 1917. Sin embargo, aquella fue una concentración que yo reputo exitosa, porque, básicamente, bloqueó el acceso al poder gubernamental de Antonio Maura (y de su alter ego, Juan de la Cierva), pues el viejo político conservador presidió muchos menos gobiernos que los que, por lógica, debería haber encabezado en un turnismo normal. La coalición antimaurista, en efecto, provocó que los conservadores aceptasen la idea de otros liderazgos (notablemente, el de Eduardo Dato); y, lo que es más importante, al Borbón le entró en la cabeza la idea de que mantener a Maura lejos de la presidencia era lo que había que hacer.

La segunda concentración es la unidad de acción, más o menos coordinada, que se produce entre las derechas españolas en el año 33, que las lleva a la victoria frente a un ámbito republicano muy desgastado por la "anécdota" de Casas Viejas, entre otras. Esta especie de concentración conservadora provoca la definitiva desafección de parte del radicalismo (el de Martínez Barrio), que se acerca a las izquierdas; pero, básicamente, permanece unida en torno, primero, al Partido Radical, y después la CEDA (y fin de la historia, porque sólo dos personas tan desconectadas con la realidad como Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Portela Valladares pudieron pensar que éste último sería capaz de aglutinar una parte significativa de ese efecto a su favor).

La tercera concentración que yo veo es la que sigue a la victoria del 33, esto es la del 36: el Frente Popular. El Frente Popular es, de hecho, el mayor ejemplo de concentración que al menos yo veo en la Historia de España, porque se trató, en buena medida, de una coalición bastante organizada y discutida, aunque, finalmente, fueran sólo los partidos republicanos burgueses los que formasen gobierno; y, sobre todo, una coalición muy amplia, pues englobó desde posiciones claramente burguesas hasta el radicalismo marxista del Bloc Obrer y Camperol (al que reputo, en ese tiempo, situado bastante más a la izquierda que el Partido Comunista).

Como tercer ejemplo y medio, habría que citar la Solidaridad Catalana que, en la segunda década del siglo XX, dio la espantá del Parlamento español. Y paro de contar, porque no quiero contar en esta lista los gobiernos de concentración producidos durante la guerra civil, puesto que se montaron, obviamente, en medio de situaciones bélicas y, además, más abajo comentarmos sobre eso, fueron una concentración, digamos, bastante diluida. 

Si aceptáis los párrafos anteriores (que no tenéis por qué), tendréis que aceptar dos hechos:

1) Las concentraciones en España siempre han sido imperfectas. Lo cual quiere decir que los que se concentran no se someten a una disciplina común. Se limitan a unirse porque el momento lo demanda, pero todos ellos conservan su autonomía. No hay más que ver los ejemplos que yo mismo he desechado, es decir los gobiernos del lado republicano durante la guerra civil, que se combatieron con saña entre ellos (hasta llegar a matarse unos a otros, literalmente) y se caracterizaron por cosas tan poco edificantes en gobiernos de concentración como que unos estuviesen haciendo levas mientras otros, sus socios, recomendasen a sus jóvenes no atenderlas.

Otro ejemplo de imperfección en la concentración, hasta el punto de no citarlo en la lista porque no puede considerarse tal, es la pretendida convergencia republicana tras la caída de Isabel II. A pesar de que los progresistas republicanos eran conscientes de que la I República estaba amenazada por todas partes (carlistas y alfonsinos) y que eso sólo se podía contrarrestar con una república fuerte, se dividieron en federalistas y unionistas, en intransigentes y benévolos, y se combatieron unos a otros de tal manera que, en la realidad, el momento en que Salmerón sucede a Pi i Margall, se produce al frente del gobierno de España un cambio mucho más radical que el que pudo operarse cuando Felipe González dejó sitio a José María Aznar.

Las concentraciones españolas, pues, no son concentraciones. El mejor ejemplo es el Frente Popular: un club al que todos los que se apuntan lo hacen para manipular al resto de los socios, y laminarlos. Azaña entró en el FP para controlar primero, y capitidisminuir después, a los revolucionarios marxistas; Prieto entró en el FP para usarlo de trampolín para ganarle a Largo la batalla por el poder en el PSOE; Largo entró en el FP para usarlo de escudo en su procura del liderazgo total del obrerismo español, dictadura del proletariado mediante, y que no le volviera a pasar lo del 34; y los comunistas entraron en el FP porque se lo ordenó la Internacional, para establecer una alianza táctica con la burguesía, a la que con posterioridad iban a asestar el rejón de muerte (o ésa, por lo menos, era la estrategia de Dimitrov).

Ni uno solo de los socios del Frente Popular se apuntó al mismo para sacar a España del marasmo en que estaba a finales de 1935. A mi modo de ver, el espíritu de unión del Frente Popular está bien quintaesenciado en el gesto de Felipe Sánchez Román, que una tarde redacta la carta programática de la coalición y, horas después, se niega a firmar lo que él mismo ha escrito.

2) Las concentraciones, en España, se hacen contra alguien. No a favor de nada ni para resolver nada. Los progresistas de principios del XX se unen para servir de dique de contención del maurismo. La Solidaridad Catalana se une contra Madrid. Las derechas del 33 se unen contra la coalición constitucional republicana y, según los integrantes de ésta, contra la propia República. El Frente Popular se crea contra las derechas.

No hay en España demasiados ejemplos, si es que hay alguno, de una concentración a la británica: un momento en el que, a causa de una situación comprometida o desesperada, todas las fuerzas políticas relevantes se ponen a las órdenes de una de ellas, la mayoritaria, sacrificando en ello todos (incluyendo quien les encabeza) posiciones partidarias y reivindicaciones de toda la vida, en aras de ofrecer una sola política que dé imagen de unidad. Como ya he dicho líneas arriba, ni siquiera en medio del mayor y más urgente de los motivos de concentración, la guerra, los españoles han mostrado capacidad para realizar estas premisas.

No sé si hace falta recordar que durante la guerra civil española hay un caso de un gobernante asesinado minutos antes de tomar posesión: Antonio Sesé; y jamás a ningún historiador serio se le ha ocurrido siquiera insinuar que los franquistas o la quinta columna tuviesen algo que ver en su asesinato, porque es bien evidente que fueron quienes hasta bien poco antes compartían "concentración" con él quienes se lo cargaron. De aquellos tiempos es la enternecedora escena que cuenta Diego Abad de Santillán en la que, reunidos los anarquistas con sus socios en el palacio de la Generalitat, es tal el clima de buen rollo y colaboración que se respira en la reunión que, una vez en contacto con una batería artillera situada en la costa controlada por anarquistas, les da orden de llamarle cada diez minutos... y bombardear el palacio si no se pone (o sea, si lo han detenido, o se lo han apiolado). La escenita de marras, en ¿Por qué perdimos la guerra? Página 98 en esta versión.

Típicamente ácrata, por cierto, eso de decirle a los artilleros "obrad como queráis".

Ni siquiera el, para muchos, y por ello no muy bien documentados, monolítico bando franquista, se salva de este juicio. La coalición ganadora de la guerra civil, a pesar de que se formuló como un proyecto militar y se colocó bajo un mando único inicialmente bélico, pero rápidamente reconvertido a mando político; a pesar de todo eso, digo, incluso el bando franquista registró en el seno de su "concentración" unas tensiones de tal calibre que acabaron a tiros.

El único ejemplo de concentración real que ofrece la Historia de España, y limitado a la parcialidad de lo económico, son los llamados pactos de la Moncloa. Es el único momento en el que se llega a un pacto de gobierno en el que no gana nadie; en el que todos ceden y, consecuentemente, todos consiguen. Sin embargo, las diferencias de tono del discurso político y el día de hoy dan que pensar que la argamasa que unió a las fuerzas que firmaron los pactos de la Moncloa no fue, como se ha podido pensar, la gravedad de la situación económica, sino el miedo a una involución. Si no fuese así, entiendo yo, los Pactos de la Moncloa II ya se estarían negociando, con luz y taquigrafos.

Por eso dudo tanto de que un gobierno de concentración sea la solución para el momento presente. Léase el punto 1). No sería un gobierno de concentración. Cualquier tentativa de este calibre, a mi modo de ver, respondería más al modelo estratégico del Frente Popular: una reunión pretendidamente justificada por algún hecho importante (en el 36, el avance del fascismo; en el 2012, la crisis económica) en la que todos los participantes se unirían con un interés espurio al oficialmente declarado.

Además, en el caso español, también desde el punto de vista histórico, existe otro elemento que no hay que olvidar: el papel de los interlocutores sociales y, muy especialmente, de los sindicatos. El sindicalismo español, tanto el de clase como el orgánico, está acostumbrado a ser parte del gobierno. Lo fue durante la guerra civil, incluso llegando al paroxismo de que organizaciones que rechazaban la autoridad, como las anarquistas, la ejercieron de hecho en regiones enteras, como Cataluña o Aragón. Lo fue durante el franquismo, que hizo de la Organización Sindical un centro de poder tan importante que luego se pasó veinte años desactivando la bomba que él mismo había cebado. Esto ha introducido históricamente en las diferentes coaliciones (pues no se puede hablar de concentraciones casi en ningún caso, como este post argumenta) un elemento extraño: unos miembros que no lo son por la fuerza de los votos, sino por la fuerza de la calle, de la Constitución o de normas de corte fascista corporativo y que, por lo tanto, no están sometidos a ningún cedazo sobre su actuación. Pueden hacer, decir y defender lo que quieran, porque no hay referendo que los apee en el caso de que se equivoquen; y lo saben. Cualquier partido político que se mete en una coalición y la petardea sabe que corre un riesgo: el riesgo de que el personal se cosque de la estrategia, no le guste, y a la próxima no le vote. Pero cuando no se está en una coalición por la fuerza de los votos sino por mor de otras fuerzas de valoración más compleja, la cosa cambia.

Por todas estas razones, cabe pensar, por lo tanto, que un gobierno de concentración, lejos de ser una salida, podría ser todo lo contrario: un desastre.

Mejor la dejamos como está, que así es la rosa.

lunes, junio 11, 2012

Fra Girolamo (3)


Savonarola, entre debilitado por su martirio voluntario y sugestionado por sus lecturas y reflexiones, comenzó a tener visiones que le decían que el Azote que limpiaría la Iglesia estaba a punto de llegar. Otros padres tiene la medicina que sabrán contestar a este cuestión mejor que yo; pero, a mi modo de ver, todavía no está muy estudiado el punto de hasta qué ídem una persona autosugestionada (como claramente lo era Savonarola, tras sus apocalípticas lecturas) y sometida a un entorno físico de debilidad constante (pérdida de sangre causada por sus mortificaciones, unida a una alimentación voluntariamente pobre) pudo ser objeto de visiones más o menos alucinógenas.

Pronto compartió el fraile estas experiencias, entre filosóficas, místicas y paranormales, con un novicio suyo, Fra Silvestro Maruffi, que era sonámbulo. En realidad, muy sonámbulo: una noche había entrado en la habitación del prior y lo había desnudado, y en otra había echado polvo y ceniza en los labios de sus compañeros de dormitorio. Maruffi había terminado por ver esta especificidad suya, que hay que recordar en el siglo XV se explicaba malamente y mucho menos se veía como algo normal, como un signo de algo sobrenatural. Su lector, Fra Girolamo, alimentó esa visión y, asimismo, alimentó sus convicciones de que algo especial estaba a punto de ocurrir.

En 1482, actuando como representante del convento de San Marcos en un capítulo dominico, en Reggio Emilia, Savonarola despertó el interés general por primera vez en su vida. En el curso de aquel encuentro le tocó hablar, y su tema elegido (en realidad, ya rara vez disertaría sobre otra cosa) fue la corrupción en la Iglesia. Por primera vez, miembros de su audiencia (si exceptuamos los soldados de la barca) se sintieron cohibidos por sus palabras. Y entre ellos uno que la Historia haría famoso: Giovanni Pico, conde de la Mirandola, por todo ello conocido como Pico della Mirandola (aunque en esta España nuestra, que de toda la vida ha estudiado el Bachillerato más o menos de canto, no son pocos los examinandos que lo han llamado Pico de la Miérdola; hoy en día, el problema se ha solucionado, pues los alumnos bachilleres ni siquiera saben de su existencia).

Los dominicos, sin embargo, seguían sin creer en sus capacidades como predicador y, por eso, acabaron destinándolo a púlpitos de menor cuantía. Así, en 1484 y 1485, Savonarola predica en San Gimignano; algo así como en la segunda B de la palabra de Dios. Allí, en un ambiente no muy exigente, es donde desarrolla las tres grandes proposiciones de su retórica.

  • Una, la Iglesia merece ser laminada.
  • Dos, tras la laminación, será regenerada.
  • Tres, eso va a pasar cagando leches.

Por supuesto, Savonarola se benefició de lo mismo de lo que se benefician siempre todos los Rappel de la vida, es decir del hecho de que, si uno hace predicciones razonablemente probables, alguna acaba cumpliéndose, despertando la admiración de todos, y el olvido de todas las veces que tiró el dardo y no encontró diana. Así, Savonarola predijo en San Gimignano la destrucción de Brescia; profecía que se cumplió, ejem, 26 añitos después.

Conforme estas pequeñas predicciones y sus predicaciones eran más escuchadas, más seguro estaba Fra Girolamo de estar contándole al mundo la puta verdad jodida. Comenzó a moverse como Jesucristo (sólo que sin apóstoles), de ciudad en ciudad, predicando. En 1489, sin embargo, su admirador Pico della Mirandola consiguió que fuese llamado de nuevo a la metrópolis pulpitera: Florencia.

Pico había llevado una existencia un tanto curiosa los últimos años. Tras una juventud perfectible, en un episodio, la verdad, no muy claro, se dejó llevar por la pasión de una mujer madura, y casada, y se escapó con ella. Cuando el marido legal protestó, Pico devolvió a la dama sin pestañear, en un gesto que fue el puro cachondeo de toda Florencia y le forzó a abandonar casi toda vida pública por vergüenza. Se zambulló entonces en sus estudios gnósticos y parió son famosas 900 tesis, que quiso discutir en Roma sin conseguirlo y por lo que fue finalmente castigado por el Papa Inocencio VIII, aunque de forma un tanto suave pues intervino en su favor Lorenzo de Medici. Pico se volvió crecientemente devoto, y tomó como obligación vital la conversión de los judíos; minoría, la hebrea, que habitualmente los no italianos solemos infravalorar en su importancia histórica para Italia. Pero, además, se volvió extremadamente crítico hacia los desórdenes del clero, y muy especialmente la vida disoluta del Papa; proposición mental en la que convergía con el propio Savonarola. Por eso, cuando recordó el sermón de Reggio Emilia, le recomendó a Lorenzo el fichaje de aquel monje.

Fra Girolamo se puso en marcha hacia Florencia a pie, pero se desmayó por el camino, a causa de la debilidad inducida por sus frecuentes mortificaciones. Un tipo que pasaba por allí lo recogió y lo llevó a una posada, donde lo recuperaron y trasladaron a las puertas de Florencia. Después, volvió a San Marcos, donde se reencontró con Fra Silvestro, el sonámbulo, que ya no era novicio sino su hermano.

Savonarola retomó la formación de los novicios y, teóricamente, mantuvo su decisión de no predicar en Florencia. Pero sólo a medias. Los domingos por la tarde, en medio de la enorme paz de ese patio de San Marcos en el que todavía suspira el alma de Fra Angelico, Fra Girolamo impartía algo así como una especie de Biblia-fórums, a los que eran admitidos civiles y militares; pronto, el patio del convento comenzó a petarse. Y, cuando se quedó pequeño, le empezaron a preguntar por qué no volvía al púlpito y a la grandeza de las iglesias. Savo se dejó querer, pero al final cedió, porque tenía unas ganas de cojones de volver a darse baños de multitudes; y, además, tenía un Mensaje que transmitir. La primera vez que predicó en la iglesia de San Marcos, aquello parecía la final de la Eurocopa; la iglesia, hasta las ternillas, y gente en la calle, empujando para dentro. Para ese re-estreno, Savonarola escogió un pasaje de la Apocalipsis, que le permitió desarrollar sus tres proposiciones. Hacía calor en la iglesia atestada. Era el 1 de agosto de 1489.

Ya nada volvería a ser igual en la vida de Girolamo Savonarola.

Por lo que sabemos de las crónicas de la época, Girolamo Savonarola no sólo desarrolló una temática propia para sus sermones sino que, finalmente, encontró una voz. Una voz que podríamos considerar minimalista. En la retórica religiosa renacentista, era común convertir los speeches desde el púlpito en auténticas lecciones de filosofía, acompañadas de floreados adornos prosódicos, con abundancia de preguntas retóricas (de ahí el nombre) o postulación de problemas o dudas que el propio discursero acababa por contestarse. Savonarola, en cambio, utilizaba un estilo directo, casi zafio. Directamente al tema, sin adornos ni hostias, sin entonaciones teatrales, sin conachadas. Vamos a la catástrofe, vamos de culo; Le hemos ofendido, y Él nos lo va a hacer pagar.

En 1491, dos años después de comenzar su carrera de preacher exitoso, encontramos ya a Savonarola más allá de los muros de San Marcos; se le han quedado pequeños. Predica en el Duomo, y hay días que en la iglesia hay 10.000 personas escuchándole. Rápidamente, se ganó fama, entre los envidiosos y enemigos, de truquero, de fraile-farsante, de lanzador de maldiciones, como lo pudieran ser los muchos timadores que en aquel entonces acechaban en los cruces de caminos y en las esquinas de los mercados. Para contestar estas acusaciones que querían ver en él a alguien de escasa cultura que engañaba al personal, escribió y publicó varios opúsculos de contenido religioso, que fueron agradablemente recibidos por la comunidad pensante y que leídos, hoy, apuntan claramente la idea de que Girolamo Savonarola no era ningún talibán radicalizado de ésos que se montan una Teología con dos de pipas.

Aun así, los críticos no dejaron de atacar aquella forma tan efectista de predicar (efectista, curiosamente, por su falta de efectos), y comenzaron a llamar a sus seguidores Piagnoni, algo así como lloriqueadores. Se lloraba mucho en los sermones de Fra Girolamo, cierto. Y eso era, en buena parte, por una razón: el, ejem, alto porcentaje de mujeres que había entre su audiencia.

En efecto, Savonarola era un predicador especialmente exitoso entre las féminas. En primer lugar, por su estilo; ya hemos dicho que el suyo era directo, del tipo al pan pan, y al vino vino, estudiado o desarrollado para llegar al intelecto de personas de escasa cultura; y las mujeres renacentistas no andaban sobradas de eso, pues la mayoría en aquella Toscana finisecular (del quince), apenas sabían leer.

Así pues, una de las novedades que introdujo Savonarola fue el creciente interés de las mujeres por escucharlo. No lo hacían, desde luego, porque aquel hombre les pareciese atractivo, que ya hemos dicho que era más bien retaco y ruraloide. A las mujeres les encantaban esos sermones porque, primero, y como ya hemos dicho, eran muy directos; y, segundo, atacaban todos los defectos que ellas veían en sus casas, y amargaban su vida de casadas: afición al alcohol, al juego, a las putas, impiedad, falta de respeto… Savonarola era un hombre que subía al púlpito para decirles a los hombres que no debían hacer todo aquéllo que en realidad hacían y que a ellas, como esposas suyas, las despreciaba. El hombre renacentista, dueño de su hogar, afilaba su lápiz en los matojos que le apetecía, era bebedor, jugador, se gastaba muchas veces sin tasa la dote de su mujer delante de sus narices mientras ella tenía que callar; y, si no callaba, le arreaba un estacazo en los riñones. Esa mujer cornuda y apaleada era la que llenaba el Duomo el día que hablaba Fra Girolamo. Otros oradores con mayor fama podían desarrollar largos periodos hermenéuticos con enorme elegancia; podrían citar a Cicerón, a Aristóteles, a los padres de la Iglesia, con notable elegancia y erudición. Pero todos esos jueguecitos, para la mujer toscana, eran polladas. Ahora tenían un predicador que le decía a sus maridos algo que ellas ya pensaban: que arderían por toda la eternidad si seguían follando y bebiendo como lo hacían. Y, por eso, aquel hombre era su Campeón.

De hecho, Savonarola definía la Fe como “un sueño de frailes y de mujeres”, como señalando que sólo esos seres eran lo suficientemente inocentes y limpios como para entenderla.

Con todo, el verdadero core capital de su predicación era la inmoralidad del clero, a la que responsabilizaba de aquellos tiempos de relativismo y malas costumbres; de alguna manera, pues, sostenía que los civiles se entregaban a una vida disoluta como lógica consecuencia de ver a los hombres de Dios hacer lo mismo. Ellos, que estaban destinados a ser el faro de la virtud del hombre común, lo conducían en la dirección contraria; y el hombre común, en respuesta, multiplicaba los latrocinios a los que era impelido. En esas circunstancias, continuaba el curso argumental del predicador, ¿cómo no iba a haber gobiernos venales, impíos, enemigos de la libertad, siempre con la bota puesta en el cuello del pobre?

Ese viaje argumental casi imperceptible, desde la inmoralidad de un modesto fraile de la campiña italiana que entra un jueves por la tarde en una taberna a meterse vino hasta por las orejas hasta la calculada impiedad de un gobernante que explota a sus vasallos sabiendo que los mata de hambre, es la gran aportación de la retórica savonaroliana.

El éxito como predicador le hizo albergar la idea, que probablemente ya le rondaba desde los lejanos años de adolescente lector compulsivo de la Biblia, de ser una especie de líder religioso, de conductor de una grey. Su imposición en tal sentido sobre los monjes de San Marcos no fue fácil. El propio Silvestro Maruffi, el sonámbulo, le reputó de loco gilipollas por pretenderlo. Silvestro, en realidad, estaba en desacuerdo con la estrategia tomada por Savonarola, siempre hablando de visiones divinas durante las cuales decía sentir como si la cruz y el Dulce Nombre de Jesús se imprimiesen en su pecho; pero otro fraile de la comunidad, Fra Domenico da Pescia, ya decidido partidario de Savonarola y sus visiones, le convenció; dinámica de la que salió todo un tridente predicador.

Lentamente, las muchas burlas y acusaciones que recibía Savonarola, en el sentido de ser un charlatán mistagogo, fueron aconsejándole virar sus predicaciones hacia temas más tangibles. Como consecuencia, cada vez ocuparon más tiempo en sus sermones las peroratas sobre política. Y, de forma lógica, sus constantes críticas hacia los muchos impuestos que pagaban los pobres mientras los ricos estaban exentos, lo convirtieron en el portavoz de todos los que, en aquella Florencia mítica, militaban, por así decirlo, en el partido anti-Medici.

Lorenzo el Magnífico estaba, en verdad, preocupado con la forma en la que aquel enano le tenía revoloteado el gallinero. Pero no se atrevía a hacer como su antepasado Cosimo, que había exiliado a un tal Fra Bernardino por predicar en exceso contra la usura. Así que, como buen italiano gobernante, esto es echando mano de su mitad mafiosa (“ten cerca a tus amigos, pero más cerca aun a tus enemigos”), invitó a Savonarola a predicar en su palacio.

El fraile, con un par, se marcó un discurso sobre la tiranía. Y le dijo a Chencho, en su puta cara: “Todo lo que te diré es esto: el bien y el mal de una ciudad depende de su líder, cuya responsabilidad es grande, incluso por los pecados más insignificantes; si él sigue el camino correcto, toda la ciudad será santa (…) Los tiranos son incorregibles, porque les encanta la adulación, porque nunca devolverán lo que consiguieron de forma injusta (…) ellos nunca ayudan al pobre ni condenan al rico; consideran que sus paisanos deben trabajar gratis para ellos, y permiten que sus oficiales les maltraten; corrompen las votaciones; cultivan los impuestos para oprimir a la gente más y más. Tu obligación es eliminar la discordia, hacer justicia, y trabajar para el bien común”.

En suma, Savonarola le dijo al dueño, más que gobernante, de Florencia, aquello de #nonosrepresentas. Su predicación se diseñó para cauterizarlo, para llamarlo al Lado Oscuro y, allí, ocultarlo a los ojos de las gentes que empezaban a valorarlo. Pero consiguió exactamente lo contrario.