Una vez más, para empezar este artículo os voy a llamar la atención sobre un efecto que yo llamo
el espejismo del presente. Este pequeño síndrome indoloro y de poca importancia consiste en considerar que lo que pasa en el presente siempre es lo más de lo más de lo que le ha pasado a la Humanidad en toda su existencia. El síndrome del presente tiene una base cierta, desde luego. Es probable que la mayor manifestación en las calles de la Historia de España se haya producido hace relativamente poco tiempo; pero eso es así por la simple razón de que hoy hay más españoles que hace cien años, y que los que hay tienen más posibilidades de allegarse al lugar de la mani que las que tenían sus abuelos. Si alguno de mis amables lectores tiene la paciencia de leerse en la prensa de la época los relatos de una manifestación monstruo que hubo en Madrid en 1930 tras un gravísimo accidente laboral en unas obras de la calle Alonso Cano (manifestación que acrisoló la reacción frente al accidente y otras muchas cosas), encontrará que lo que dicen esas crónicas del espacio que ocupaba la masa de manifestantes es bastante parecido al que ocuparon los que asistieron a la mani contra la guerra de Irak. Pero, claro, no es lo mismo llenar las calles en los albores del siglo XXI que setenta años antes.
Normalmente, para casi cualquier cosa hay precedentes en la Historia y, normalmente, más tochos. También para los fenómenos sociales. Hoy en día, la universalidad y capilaridad de los medios de comunicación permite encumbrar a cualquier pollas a la categoría de fenómeno social. Del rey abajo, cualquiera que cuente con los favores de las habitualmente repugnantes norias de la vida audiovisual, tiene la ocasión de convertirse en lo más de lo más en materia de favores del pueblo. Sin embargo, este fenómeno de quien se convierte en famoso, admirado y seguido, ni nació con Belén Esteban ni se perfeccionó con Justin Bieber. De hecho, estos dos ejemplos son apenas pálidos reflejos de otros grandes fenómenos sociales que, en España y fuera de ella, se desarrollaron.
Tengo por mí, por ejemplo, que si Justin Bieber se dejase caer por Madrid, no montaría en el aeropuerto de Barajas ni la mitad del follón que, en la estación de Atocha si no estoy errado, montó Jorge Negrete cuando vino a cantar a España. Negrete, arrecho tonador cuya voz lo convirtió, para mí, en el Gardel del corrido (inolvidable su
Agua del pozo), era un auténtico fenómeno de masas porque era, se decía entonces, el ídolo de las modistillas. En realidad, en la España de principios de siglo,
modistilla era una sinécdoque que venía a designar, no sólo a las costureras que en su casa ganaban unos chavos zurciendo, arreglando bajos o cosiendo ojales; sino a toda aquella mujer de escasa cultura y aún más modestos recursos; mujer que, bajo el nombre decimonónico de
manola o
cigarrera, fue uno de los motores de aquel Madrid y de aquella España.
Negrete era el ídolo de aquellas chicas jóvenes que caminaban con paso inocente hacia una vejez de mierda, soñando con un buen marido. Este sueño quedaba quintaesenciado en la tradición de las fiestas de San Antonio de la Florida. Dicho día, 13 de junio, tras sacar los sacerdotes una pila bautismal al exterior del templo, en ella se colocaban 13 alfileres. Las modistillas metían la mano y luego, al sacarla, contaban los que se les quedaban prendidos de la palma; ése era el número de los novios que tendrían hasta el próximo 13 de junio.
En esa cultura un tanto pacata, inocente y con bastantes pocos horizontes, creían las modistillas que cosían y cosían escuchando a Negrete, su
sex symbol. Y, cuando llegó a Atocha, fueron allí a decirle lo mucho que le querían. Algunas tomas, parciales, de aquel follón, pueden verse
aquí.
Con todo, no es de esto de lo que escribo hoy, sino del otro gran fenómeno de masas de la España moderna pero antigua: la muerte de la reina María de las Mercedes. Episodio que lo tiene todo: una reina que lo es por amor de su marido, que se casó con ella contra todos y pese a todos porque, entre otras cosas, la madre del rey, reina que fue asimismo, odiaba a la familia de la pretendiente (a pesar de ser ésta sobrina carnal suya) por viejas rencillas y putadas varias. Además del matrimonio por amor, la muerte sobreviene apenas unas semanas después de la boda, acentuando la tragedia; y en la flor de la vida.
El impacto social de la muerte de María de las Mercedes fue tal que, aún décadas después, un actor español, Vicente Parra, asciende al Parnaso de ser el George Clooney español básicamente por una sola película:
Dónde vas, Alfonso XII; título que reproduce el primer verso de una tonadilla (Dónde vas, Alfonso XII/dónde vas, triste de ti,/Voy en busca de Mercedes/que ayer tarde no la vi) que cantaban hasta los niños en los recreos. Aquel film, un tanto o un mucho flatulento y pringoso de merengue, encumbró a los dos novios de ficción, Parra y Paquita Rico, ejerciendo un efecto social al lado del cual
Los puentes de Madison aparece como un torpe contrometraje de festival de arte y ensayo.
Veamos lo que pasó.
Tras la restauración borbónica, el ya rey Alfonso XII marcha
hacia el norte, a terminar con la guerra carlista; con lo que se convierte, que
yo sepa, en el último rey de España que, además de ser el comandante en jefe de
las Fuerzas Armadas, realiza personalmente la labor que otrora fue
imprescindible en los reyes: estar presente en la batalla. Pero mientras esto
ocurría, se planteaba, a toda leche, el problema de la futura sucesión y,
consecuentemente, de su matrimonio.
Isabel II venía preocupada por el asunto de antiguo. Siendo
el rey un niño, ya había iniciado incluso contactos con Carlos, su rival
dinástico; contactos en los que, al parecer, se llegó a plantear el matrimonio
de Alfonso de Borbón con Blanca, la hija mayor del pretendiente
tradicionalista. De esta manera (en esos momentos aún no había nacido Jaime, el
hijo varón que continuaría la rama carlista), Alfonso sería rey consorte. Sin
embargo, no se llegó a nada. Ni se habría podido llegar, entiendo yo, porque el partido alfonsino habría montado en cólera.
Francia, siempre atenta a los movimientos de la monarquía
española con la indisimulada intención de controlarlos, comenzó a marear con la
cuestión del casorio. El marqués de Molíns, embajador en París, tuvo que ir a
palacio a decir que vale, que el rey era joven y que había tiempo.
Cánovas albergó pronto la idea de tirar del tronco de
los Montpensier, siempre dispuestos a ser reyes de España, para resolver la
cuestión. Incluso consultó en Londres y en Bonn que tal caía la cosa. Sin
embargo, donde encontró mayor oposición era en España, y entre los alfonsinos
de toda la vida. Había muchas razones para hacer reproches a los Monty, y los
monárquicos lo sabían. El reproche era, fundamentalmente, uno. Durante el comprometido periodo en el que España estuvo buscando un rey que sustituyese a la dinastía borbónica representada por Isabel II, a su pariente Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, no le dolieron prendas de presentarse como candidato, aunque quedó descartado por unas razones
que ya hemos contado. Evidentemente, esto dolió muchísimo entre los alfonsinos, pues se encontraban con unos (teóricos) alfonsinos que rápidamente negaban la legitimidad alfonsina cuando les convenía. De donde se deduce que el monárquico medio no cuenta entre sus vicios el de leer Historia; porque, si la leyera, podría cabrearse, pero no extrañarse.
Visto el problema que daba la candidatura montpensierina, se pensó en Beatriz, princesa inglesa, hija de la reina
Victoria; pero, sin embargo, España no estaba preparada para casar a su rey con
una protestante (aunque, como las dinastías reales están todo el día mareando
en el mismo tablero, la cosa acabó volviendo, porque Beatriz, casando con el
príncipe de Battenberg, alumbró a Victoria Eugenia, o sea la que sería churri
de Alfonso XIII). Tampoco sirvieron otras dos famosas solteras de sangre azul prusianas:
Isabel Carlota, hija del príncipe imperial, y Luisa María, hija del príncipe
Federico Carlos; no servían por la misma razón de las creencias religiosas que traían montadas de
serie. Así pues, se pensaba en candidatas católicas, tales como la princesa
Estefanía de Bélgica o Isabel Luisa de Baviera. Hasta la hija de los herederos
del zar, Anastasia Michailovna (ortodoxa, como Sofía de Grecia), entró en la ruleta.
Las cosas, sin embargo, iban a ir por otro camino.
Ya en 1874, una vez
restaurada la monarquía, Isabel II comenzó a hablarse de nuevo con su hermana,
Luisa Fernanda, con la cual se había construido una enorme distancia después de
los mentados movimientos monárquicos en la oscuridad del duque de Montpensier. Luisa Fernanda, condesa de Montpensier,
había compartido la suerte de su casa frente a la reina expulsada. Una vez que
ambas hermanas se amigaron, los Orleans visitaron a Isabel II en su palacio
parisino, y ella hizo lo propio, acompañada por sus hijos Isabel y Alfonso, al
palacio de Randam. Allí, en esa casona, el que sería Alfonso XII conoció a su
prima Mercedes, y se quedó prendado de ella. En ese momento, sólo se lo dijo a
su hermana mayor, la cual, al parecer, guardó celosamente el secreto.
Ya rey, la cosa continuó. Aunque con problemas. En su
diario, la infanta Paz, hermana de Fonsi Twelve, relata, en una entrada de 13 de septiembre de 1877, que
ha dado un paseo con su hermano en El Escorial, y que éste le ha contado que
está colgado de su prima. “Pero”, anota lúgubremente la infanta, “ni al
gobierno ni a mamá les gusta ese casamiento”. Esta misma fuente nos relata que
dos días después, el 15, su hermano le anuncia que va a hablar seriamente del tema con su madre.
Todas las trazas son de que tuvieron una discusión mundial pues, horas después,
Paz se encuentra a su madre con los ojos rojos de haber llorado. Consultado su
hermano Alfonso, éste le contesta secamente que todo está bien y que los primos
Montpensier van a venir de La Granja.
Los Montpensier fueron, efectivamente, a El Escorial algunos
días después, el 23 de septiembre, donde, según relata en una carta Luisa
Fernanda, Isabel II se desplegó con todo tipo de zalamerías con su sobrina. Pero eso no quiere, en realidad, decir nada. Al mismo tiempo le estaba confesando a sus íntimos que “no quiero nada
en común con los Montpensier” y que, además, esa boda le parecía “repugnante
para el país”.
La reina hizo más. Según relata Manuel Silvela, entonces
ministro de Asuntos Exteriores, a finales de septiembre Isabel se entrevistó en
El Escorial con los embajadores francés, alemán y ruso (por separado), a los que expresó “su
repugnancia hacia el matrimonio [del rey] con doña Mercedes”. Al embajador
alemán le pidió una lista de princesas casaderas alemanas (la monarquía, a
ratos, es lo más parecido a un mercado de conejos que se puede encontrar) y le
aseguró que lo único conveniente para su hijo era casar con teutona (con u
intercalada). Al ruso le enseñó una foto que tenía de una hija del gran duque
Milhail, mientras aseguraba que el problema de su religión ortodoxa sería fácil
de librar. Y, por último, al embajador francés le dio la brasa con la
posibilidad de que la boda de su hijo con una Montpensier reavivase el
conflicto francoprusiano.
Isabel II, como vemos, no perdonaba que los Montpensier, en
su día, en lugar de hacer piña con su exilio, se apuntasen a la almoneda de la
corona de España.
Alfonso, sin embargo, estaba decidido. Y, aunque no hubiese
entonces encuestas demográficas, es fácil dirimir, leyendo la prensa de la
época, que la gente le apoyaba. El asunto del amor entre Alfonso y María de las
Mercedes es, de hecho, y como ya he dicho, el hecho social de mayor calado e impacto de
la Historia de España. Al lado del interés con el que los españoles, sobre todo
los más humildes (enferma la reina, las verduleras de la calle Toledo abrirían
una modesta suscripción para pagar su curación), pusieron en aquella historia,
las chorradas de Belén Esteban parecen un dossier secreto que no conoce nadie.
Nada ni nadie, ni Gran Hermano ni hostias, ha sido capaz, en España, de
movilizar a una sociedad como la española finisecular con el asunto de la boda
del rey.
El 7 de diciembre, Alfonso de Borbón le pone un telegrama al
duque de Montpensier, anunciándole la partida de su mayordomo mayor (el celebérrimo Pepe Alcañices, duque de Sesto)
con una carta muy importante. Alcañices, en efecto, entraba al día siguiente
por el umbral del palacio sevillano de San Telmo. El día 10, está en
Madrid con la respuesta positiva (nos ha jodido mayo con las flores) de Antonio de Orleans.
Para entonces, Cánovas ya trabaja a pleno rendimiento para
el proyecto alfonsino. El mismo día 10, le pasa al rey a la firma el decreto
que convoca a las Cortes justo un mes después. El mismo día sale para Roma la
solicitud del rey al papa Pío IX para obtener una dispensa que le permita
casarse con su prima.
La sesión de Cortes del 11, que fue cuando se leyó el
comunicado, no fue un lecho de rosas. En contra del anunciado matrimonio habló,
por ejemplo, el general Pavía; un diputado sevillano, Lorenzo Domínguez, que
hizo de portavoz de las muchas inquinas que había en la capital andaluza contra
Montpensier AKA El Pollas de la Pistolita; y Claudio Moyano, el reformador del sistema español de
educación quien, sin embargo, comenzó su discurso con un requiebro elegante en el que dejaba claro que su enemiga no tenía nada que ver con la pretendiente, a la que encontraba de belleza y elegancia sinpares. La sesión, sin embargo, no llegó a mayores porque la oposición más numerosa, es
decir los hombres de Sagasta, asistió al espectáculo como si no fuera con
ellos.
Por cierto que en esa misma sesión Alfonso XII presentó una
comunicación en la que, basándose en la crisis económica y en las subidas de
impuestos que se habían tenido que ejercitar, solicitó que, como medida de
austeridad, no le fuese señalada renta particular alguna a la futura reina que,
por lo tanto, debería vivir, literalmente, del sueldo del rey (aunque se le
fijó una cantidad de 250.000 pesetas anuales si enviudaba).
Se ve que hay
monarquías que van para delante, y otras que no.
Aunque no es oro todo lo que
reluce, pues cabe recordar que, para la salida de Mercedes del palacio de
Aranjuez, camino de Madrid, se construyó un ramal de ferrocarril para la
ocasión. Cabe anotar, en este terreno y como cosa curiosa, que con motivo de aquella
boda se instaló por primera vez, e inauguró, la iluminación eléctrica en la
Puerta del Sol.
Inmediatamente tras el bodorrio, ambos personajes, rey y
reina, se enfangan en un rosario de actos públicos, donde son vitoreados por la
gente, que está encantada con esa historia de que el rey vaya y se case con
quien le salga del güaino. Sin embargo muy pronto, aunque no sabemos con
exactitud cuándo, comienzan a producirse síntomas preocupantes.
La reina está cansada. Muy cansada. La infanta Paz, hermana
del rey, anota en su diario que el primer día de mayo, la familia real se ha
ido a Aranjuez. El príncipe Adalberto de Baviera, su hijo, que editó y anotó
las memorias de su madre, añade un dato revelador: aquel viaje se hizo porque
María de las Mercedes estaba cansada. Sin embargo, el día 8 ya están de nuevo
en Madrid, cumpliendo con sus obligaciones.
El día 20 de mayo pasea por la feria de Madrid, en el
Botánico. Es su última aparición en medio de grandes masas. Aunque aún va al teatro el 21;
pero el 26 falta a la corrida de Beneficencia. El 28, se deja ver por el
hipódromo.
Paz de Borbón escribe, en la entrada de su diario del 18 de
junio: “La reina tiene calentura. Hace ya
un mes que no se siente bien”. Esa calentura causa el primer parte médico
del facultativo de palacio, marqués de San Gregorio. Dicho parte dice, entre otras
cosas, que “la reina viene aquejada, desde fines del mes anterior, de las
molestias que anuncian, algunas veces, el principio del embarazo”.
Joder con el embarazo. La reina tiene fiebre, mucha fiebre;
y en los días sucesivos, no le cede. El marqués informa, en el parte del día
20, que es una fiebre de origen gástrico. Por la tarde se informa de que está
mejor, pero al día siguiente se anuncia que podría llegar a un estado grave;
que la reina tiene una fiebre muy alta, y sopor (o sea, que está tostada). El
día 22 se informa de “una intensa perturbación del sistema nervioso y
hemorragia intestinal”. En una escena verdaderamente de película, mientras en
el patio de Palacio resuenan los cañones que se disparan en honor a los 18 años
que cumple, el cardenal Moreno, arzobispo de Toledo y primado de España, está
administrándole los Santos Sacramentos.
En la tarde del 25, dicen los partes, “se exacerban todos
los síntomas” y a medianoche “la situación es gravísima”. El parte de la
madrugada del 26 dice: “la vida de S.M. se halla en peligro inminente”.
Falleció a las 12 de la mañana, rodeada de todos sus sirvientes arrodillados,
que rezaban por lo bajo, coordinados por el arzobispo, y mientras el rey le tomaba una
mano. Diagnóstico final: “fiebre gástrica-nerviosa, acompañada de grandes
hemorragias intestinales”.
María de las Mercedes, nacida en el Palacio Real de Madrid
el 24 de junio de 1860 y fallecida, por lo tanto, en la flor de la juventud,
tenía una larga lista en su familia de desgracias personales. Su padre, Antonio
de Orleans, moriría años después a los 65 años, de un ictus cerebral. Por su
parte su madre, la infanta Luisa Fernanda, sufrió en el año 1893 una
endocarditis reumática. Muchos médicos han sospechado que sufría algún tipo de
enfermedad respiratoria crónica. Por otra parte, Cristina, la hermana de
Mercedes, murió también muy joven, de tuberculosis.
Los estudios médicos realizados en torno a la enfermedad y
muerte de María de las Mercedes coinciden en señalar la fiebre tifoidea como la
causa más probable de su muerte. Sin embargo, como hemos visto, en los
prolegómenos de la enfermedad, el médico de palacio (que era eso que el lenguaje coloquial español ha bautizado como un tocoginólogo) cometió
el enorme error de confundirlos con los síntomas de un embarazo incipiente. Si
bien, en ninguno de los partes médicos conservados se hace notaría alguna de
amenorrea; sin la cual, el embarazo es dificilillo que se produzca.
Con posterioridad, los partes médicos calificaron las
fiebres de la reina como gástricas, que era un término entonces muy habitual
para todo proceso febril que cursara con temperaturas relativamente moderadas
(hoy hablaríamos de salmonelas, por ejemplo).
Un aspecto interesante del análisis histórico-médico es
señalar también que, por lo general, los facultativos suelen destacar la
rapidez con que los síntomas graves de la fiebre tifoidea se desarrollaron
durante los días informados en los partes.
Si hemos de creer a los partes oficiales, toda la enfermedad
de la reina cursó en ocho días, lo cual es muy rápido. La hemorragia intestinal
del 22 por la tarde, por ejemplo, es un síntoma que ya los libros de la época hacían notar no se
presentaba hasta el vigésimo día de morbo.
Estos datos hacen surgir la cuestión de si la gestión de la
enfermedad de la reina fue todo lo diligente que podía haber sido. Cierto es
que a finales del siglo XIX la medicina no sabía cosas que averiguó después;
pero también lo es que los partes médicos, y testimonios como el de la infanta Paz, parecen insinuar que hubo días, o más
bien semanas, durante los cuales la reina ya tenía que estar mal, si sufría
unas fiebres tifoideas, y durante los cuales se la obligó a mantener su
actividad normal (así fue hasta el 28 de mayo). El primer diagnóstico del
marqués de San Gregorio sugiere la posibilidad de una simple y pura estulticia
médica, en la que, sin embargo, a los facultativos que se han acercado a este
periodo de nuestra Historia les cuesta creer. Más parece que hubo censura,
autocensura, y un poco de política del avestruz; estrategias todas ellas que
pudieron llevarse por delante a la reina.
Queden como epílogo de estas notas las enigmáticas frases
escritas por el dramaturgo y premio Nobel Jacinto Benavente, en la biografía de
su padre, el primer pediatra que hubo en España. Cuenta amargamente Benavente
que, cuando se planteó la enfermedad de la reina, muchos especialistas fueron
llamados a Palacio, pero no su padre; e insinúa que los celos y enemigas personales
podrían ser la causa. “No es que mi padre se doliera de ello”, nos dice, “porque
detestaba la etiqueta palatina y conocía demasiado a los que rodeaban a los
reyes para desear acercarse a ellos”. “Yo estoy seguro”, confiesa, “de que si
mi padre se hubiera encargado de la asistencia de la reina, pero él solo, sin
intromisiones de otros médicos, la reina Mercedes no habría muerto en plena
juventud”. Los médicos que la atendieron, remacha, “no entendieron la
enfermedad”.
La puntillosa burocracia palaciega contó los visitantes a la
capilla ardiente con total precisión: 53.254. Más del 10% de la población de
Madrid de aquella época. Estamos hablando de una manifestación popular de no
menos de 300.000 personas en el día de hoy. Eso sin contar los llantos privados en las alcobas, las inútiles cuestaciones entre las personas más humildes del país, el luto de la prensa, en los teatros, en los restaurantes; y el mito que nació inmediatamente, dónde vas, Alfonso XII/dónde vas, triste de ti; un mito nacional, interclasista, atormentado como gustan de ser los mitos hispanos.
No seré el primero, ni el último, en escribir que, en España, para ser querido, lo mejor que puede hacer uno es morirse.