martes, abril 30, 2024

Stalin-Beria. 2: Las purgas y el Terror (13): Un macabro balance

El día que Leónidas Nikolayev fue el centro del mundo
Los dos decretos que nadie aprobó
La Constitución más democrática del mundo
El Terror a cámara lenta
La progresiva decepción respecto de Francia e Inglaterra
Stalin y la Guerra Civil Española
Gorky, ese pánfilo
El juicio de Los Dieciséis
Las réplicas del primer terremoto
El juicio Piatakov
El suicidio de Sergo Ordzonikhidze
El calvario de Nikolai Bukharin
Delaciones en masa
La purga Tukhachevsky
Un macabro balance
Esperando a Hitler desesperadamente
La URSS no soporta a los asesinos de simios
El Gran Proyecto Ruso
El juicio de Los Veintiuno
El problema checoslovaco
Los toros desde la barrera
De la purga al mando
Los poderes de Lavrentii
El XVIII Congreso
El pacto Molotov-Ribentropp
Los fascistas son ahora alemanes nacionalsocialistas
No hay peor ciego que el que no quiere ver
Que no, que no y que no  

  



En el conjunto de purgas de 1936-1939, Stalin no se paró en barras porque las personas le fuesen cercanas o conocidas. De hecho, los extraños casos de clemencia que pudo tener parece que no se refirieron a gentes que le fuesen cercanas. Dimitri Volkogonov encontró en su archivo una instrucción, de marzo de 1936, ordenando la inmediata liberación de un tal A. S. Kuklin, condenado a diez años pero enfermo terminal de un cáncer esofágico. En el otro fiel de la balanza, Stalin ordenó fusilar, o supo del fusilamiento, de su asistente Amayak Nazaretyan; de Nikolai Petrovitch Gorbunov, amigo suyo (y de Lenin) y antiguo secretario del Comité Central; Yenukidze; Alexander Kosarev, hombre al que el propio Stalin había descrito como “un auténtico líder de las juventudes”; su profesor de filosofía, Yan Sten; Aaron Solts, viejo compañero de los años duros; Semen Petrovitch Uritsky, oficial de inteligencia y colaborador muy cercano; Lev Karahan, a quien Stalin solía poner de ejemplo ante terceros; Yakov Agranov, también muy cercano; Andrei Bubnov, con quien había trabajado codo con codo durante la guerra; Iosif Vareikis, un hombre a quien Stalin siempre ponderó; Grigory Isaakovitch Boido, su adjunto en el Comisariado de Nacionalidades, aunque sólo fue detenido y sobrevivió a Stalin; la mujer de Poskrebishev, o la de Molotov.

lunes, abril 29, 2024

Stalin-Beria. 2: Las purgas y el Terror (12): La Purga Tukhachevsky

El día que Leónidas Nikolayev fue el centro del mundo
Los dos decretos que nadie aprobó
La Constitución más democrática del mundo
El Terror a cámara lenta
La progresiva decepción respecto de Francia e Inglaterra
Stalin y la Guerra Civil Española
Gorky, ese pánfilo
El juicio de Los Dieciséis
Las réplicas del primer terremoto
El juicio Piatakov
El suicidio de Sergo Ordzonikhidze
El calvario de Nikolai Bukharin
Delaciones en masa
La purga Tukhachevsky
Un macabro balance
Esperando a Hitler desesperadamente
La URSS no soporta a los asesinos de simios
El Gran Proyecto Ruso
El juicio de Los Veintiuno
El problema checoslovaco
Los toros desde la barrera
De la purga al mando
Los poderes de Lavrentii
El XVIII Congreso
El pacto Molotov-Ribentropp
Los fascistas son ahora alemanes nacionalsocialistas
No hay peor ciego que el que no quiere ver
Que no, que no y que no  

 



Voroshilov convocó una reunión del Comisariado de Defensa, con la asistencia de unos 2.000 mandos. Radio Macuto comenzó a especular con el arresto de Tukhachevsky, pero los rumores fueron desmentidos oficialmente. En abril, el general estuvo en una cena ofrecida por el embajador estadounidense a un grupo de oficiales, y ese mismo mes fue designado para estar en la delegación soviética que acudiría a la coronación de Jorge VI en mayo. El 4 de mayo, sin embargo, el gobierno soviético comunicó a la Embajada británica que Tukhachevsky se encontraba indispuesto y no iría a Londres; extraoficialmente, se filtró que los soviéticos habían descubierto una conspiración para atentar contra él en Varsovia. El 1 de mayo, en la parada militar, el general había estado presente y a la vista de todos.