lunes, julio 29, 2019

Pericles (15: a modo de epílogo: atenienses, mentiras y libros de Historia)

[Nos vemos en septiembre]

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Un proyecto imperialista
Por qué ser un alcmeónida no era ningún chollo
Xántipo, Micala y el coleguita Leotícides
Cimón
¡Tora, tora, tora!
Pericles, el demagogo
Ahí viene la plaga, me gusta bailar...
El último espich


La gente, normalmente, cuando se imagina la Atenas de Pericles, se imagina una ciudad pequeña, armónica, llena de los edificios que se pueden adivinar en el Partenón, por la que discurren hombres barbados vestidos por túnicas, filosofando o tocando la lira. Sin embargo, como acertadamente han destacado muchos de los estudiosos que se han dedicado a la Historia Social de la antigua Grecia, la Atenas de Pericles se parecía mucho más a una abigarrada zona de la actual Estambul. Pero, la verdad, era una ciudad única.

Atenas era una ciudad única porque únicos eran, también, sus recursos económicos. En toda la Hélade, nadie tenía tanta pasta para acometer obras públicas; lo realmente curioso, en el caso de Atenas, es que buena parte de esa pasta ni siquiera era suya. Esto, sin embargo, es algo que pudo importar a algunos de sus contemporáneos, pero que ya no tiene importancia para todos aquéllos que estamos a 2.000 años de aquella operación de imperialismo económico. En realidad, la mayoría de los ejemplos de grandes logros culturales están sentados sobre algún tipo de explotación económica, por así decirlo. Atenas era, sin duda, la ciudad más bonita de Grecia, lo cual quiere decir que, para la mayoría de quienes podían verla, personas que tenían la capacidad de llegar no muy lejos a lo largo de sus vidas, era la ciudad más bonita del mundo. También era la ciudad con una mayor actividad intelectual. Sin embargo, es importante recordar que, en la oración fúnebre de Pericles que nos escribe Tucícides, el general, que hace una alabanza generalizada de Atenas y recuerda su prevalencia sobre otras polis griegas, no hace mención alguna ni de los desarrollos educativos, ni de los filosóficos, ni de la situación relativa de su industria teatral. Esto ha hecho pensar a algunos analistas que, tal vez, sobrevaloramos la importancia de estos desarrollos en Atenas o, cuando menos, no parece que los atenienses tuviesen de sí mismos la imagen que nosotros tenemos de ellos.

La indiferencia de los atenienses se extendió hacia el otro gran factor que hace que hoy tanta gente, desde el conocimiento o el mito, se empeñe tanto en encumbrarlos a un lugar preeminente de la Historia, en un beneficio que tiene a Pericles por principal ganador. Me refiero a la democracia. Aunque hay muchos escritores (y muchos más escritorcillos) que tratan de pintarnos a un pueblo ateniense que, en el siglo V antes de Cristo, atesoraba sus libertades colectivas y su capacidad de voto como un tesoro intangible, la verdad es que las trazas de que fuese así son pocas, si es que hay alguna.

Los atenienses no parecen ser conscientes de la importancia y pertinencia de su forma democrática de gobierno hasta que, ya en el año 411, se produjo en la ciudad una revolución oligárquica que colocó por primera vez, por así decirlo, el tema en la agenda política. Fue entonces, y no antes, cuando el pueblo de Atenas se encontró en la tesitura de decidir sobre su forma de gobierno. La revolución reaccionaria del 411, que se reprodujo en el 404, fue la que llevó a muchos atenienses a comenzar a reflexionar sobre las virtudes de su sistema democrático.

Nosotros, desde el balcón del futuro, nos sentimos tentados de considerar que Atenas era una polis poblada por personas que tenían una alta valoración hacia el hecho de que algunos de los mejores filósofos del mundo viviesen entre ellos. Pero debemos recordar: en el momento en que Pericles/Tucícides toma el micrófono para recordarle a los atenienses que no hay ningún otro lugar en la Tierra como Atenas, lo que hace es recordarles la cantidad de festivales que se celebran en la ciudad, sin siquiera citar las obras de teatro que, como ahora sabemos, se representaban durante dichas celebraciones.

Hay, pues, que desmontar al ateniense clásico, y traerlo hacia nuestro terreno. Asumir, lo cual es una opción plenamente lógica por otra parte, que ese ateniense no se diferenciaba mucho de ese gañán con el que coincidimos cada mañana en el autobús, que tanto favor nos haría aprendiendo que los putos móviles se pueden escuchar con cascos y que, como decía Jardiel Poncela, el agua sólo es peligrosa cuando se presenta en grandes masas llamadas océanos. Sí, ese gañán que va escuchando en el autobús espectáculos de Los Morancos o divertimentos de El Rubius, es el ateniense clásico. Y si algo valora de esa Atenas de la que es ciudadano es que es una ciudad donde se puede comprar de todo y hay mucha juerga. Por supuesto, también valora la extrema belleza de algunos de los edificios públicos construidos o en construcción, pero, mayoritariamente, lo hace con la misma actitud del madrileño de hoy hacia la “extensa oferta cultural de la ciudad”: no yendo nunca a visitarlos. En corto, pues, si pudiésemos viajar en el tiempo y nos enfrentásemos al ateniense medio, le expresásemos nuestra envidia por su posición y le ponderásemos las maravillas de la ciudad en la que vive, él, probablemente, pensaría de nosotros que somos tontos del culo.

La Atenas que nosotros, o algunos de nosotros, creemos mayoritaria, era en realidad minoritaria. Estaba formada por un número muy reducido de personas, normalmente de clase alta, que sí que eran las que estaban, de alguna manera, interesadas en las grandes polémicas filosóficas que albergó la ciudad, y eran capaces de entender todas las sutilezas de las tragedias. Estamos, en muy buena parte, tomando la parte por el todo. Lo que estamos haciendo, en buena parte, es como si alguien juzgase en el año 4.000 a la sociedad española presente, y lo hiciese fijándose únicamente en lo que pensaban, leían, veían o discutían las personas que se reunían en el golf de Sotogrande, o en la Real Academia de Historia.

Considerar Atenas como lo que verdaderamente era, enfocarla a través del foco de la Historia social, es algo incómodo porque lleva a una conclusión compleja con la que muchas personas no quieren convivir: la (por otra parte, presunta) superioridad de la ciudad sobre Esparta no se basó en que los atenienses filosofasen y los espartanos, no. No se basó en que los atenienses tuviesen una “excelente oferta cultural” y a los espartanos todo eso se les diera un mango. Se basó en una prevalencia imperialista, en el hecho de que Atenas fue más lista que Esparta a la hora de generar su proyecto de dominación territorial, un proyecto basado en la invasión de recursos comerciales y económicos y en la dominación de los mares circundantes. Decir las cosas que normalmente se dicen en este entorno, que Atenas se sobrepujó sobre Esparta porque era intelectualmente superior, es como decir que Estados Unidos le ganó a la URSS la guerra fría porque William Faulkner era mejor escritor que Maiakovsky. Es, mutatis mutandis, una imbecilidad. Lo que pasa es que es una imbecilidad repetida tantas veces, y con tanta convicción, que se ha producido el efecto göbelsiano de convertirla en una verdad.

El principal ganador de esta visión, como he dicho, es Pericles. La gran virtud de este hombre ha sido estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Si la historiografía lo pintase como lo que tal vez fue, como lo que de hecho es muy probable que fuese, el montaje maniqueo en el que se quiere ver a una ciudad-Estado comprometida con la democracia, amante de las artes, las letras y la civilización humana, tratando de salvar a la Hélade del empuje de unos bárbaros comedores de niños, se vendría abajo. Por eso es tan importante blanquear a Pericles.

Pero Pericles, ya lo he dicho, cuando menos según mi opinión, fue, como poco, un personaje cuyas virtudes fueron más grises. Para empezar, fue un halcón belicista. Un tipo de ésos que van a los parlamentos a llamar a la guerra blandiendo discursos de pretendidas superioridades raciales o locales. Un estratega que tuvo en su mano evitar una guerra que, sin embargo, lanzó hacia delante, convencido como estaba de que la iba a ganar con dos de pipas; lo cual también despierta serias dudas sobre qué tipo de demente le extendió a este tío el diploma de Estado Mayor.

Fue una persona, además, cuyas convicciones democráticas, sobre todo si jugamos al peligroso juego de ver el pasado con los ojos del presente, son más que dudosas. Su discurso a los atenienses en plena plaga, y eso a pesar de que, como ya he escrito, cuando menos para mí es un discurso más de Tucídides que suyo y, por lo tanto, está más que probablemente blanqueado por el paso del tiempo; su discurso a los atenienses en un momento durísimo, digo, no es, desde luego, el discurso de alguien que esté dispuesto a reconocer errores ni que implore el apoyo de los demás. No es, por lo tanto, el discurso de alguien que crea firmemente en que son esas personas que lo están escuchando los que tienen la última palabra. Para él, quien tiene la última palabra es Atenas como concepto, como proyecto; la idea de Atenas, la nación ateniense. Eso está por encima, él lo dice bien claro, de las voluntades individuales; lo cual, la verdad, dice poco de sus presuntas convicciones democráticas, pues la democracia no es sino el conjunto de las voluntades de los individuos.

Otro elemento que ha llamado la atención de los estudiosos más afinados es la escasa, en realidad, nula, posición de Pericles en el sentido de ser escéptico frente a los durísimos y estrechísimos pies forzados generados por la religión en la civilización griega y ateniense. En realidad, en los discursos de Pericles nada se dice que pueda generar la ira de cualquier oyente con hondas convicciones religiosas. Esto, desde luego, está directamente relacionado con su pasado, pues Pericles, como alcmeónida, no podía permitirse ninguna ofensa religiosa, pues corría el peligro de que su público lo viese como que su familia volvía a las andadas. Pero también revela una posición bastante conservadora por su parte. A pesar de que la democracia, al fin y a la postre, acaba generando escepticismo religioso aunque sólo sea por la vía de respetar el punto de vista de los escépticos, en este terreno Pericles se demuestra como un hombre absolutamente tradicional, que no pretende enmendarle la plana al viejo status quo en lo absoluto. Este factor, unido a su voluntad de colocar la grandeza de Atenas por delante de todo lo demás, aleja al personaje de la imagen que se le ha querido dar de demócrata, siquiera avant la lettre.

Atenas, no hay que dudarlo, fue un faro en la Historia del mundo para muchas cosas. Pero el color de esa luz es algo que cuando menos yo creo que no está tan claro. La ciudad y su general Pericles se benefician, en gran manera, de los deseos de quienes la observan. La admiración y adoración histórica de Atenas no por casualidad es algo que nace, sobre todo, en el momento en el que las formas democráticas de gobierno se van a abriendo paso en las sociedades modernas; no poca de su fama presente, por ejemplo, se debe a la admiración sin ambages que profesaron hacia esos tiempos los padres de la nación estadounidense. En este punto, por ello, el aficionado a la Historia, aquella persona que aspire a desarrollar una visión sobre el pasado nacida del conocimiento y la reflexión, tiene un doble camino que seguir. El de la izquierda, anchuroso, es el que consiste en contemplar la Historia de Atenas como un ejemplo temprano de lo que el hombre acabaría por desarrollar con los siglos. Es un camino éste que ha sido empedrado primero, y asfaltado después, por miles y miles de teóricos de la interpretación mayoritaria, interpretación que presenta la ventaja de ser útil para el presente.

El otro camino, estrecho, pedregoso y perlado de los ñordos que van dejando lo perros vagabundos que lo percorren, nos llevaría a concluir que Atenas fue uno más de los experimentos imperialistas de su era, y uno de los más exitosos de su tiempo. Fue un Estado invasor y colonialista que basó su grandeza en dominar a otros, y cuando los dominaba, la verdad, que fuesen democracias le importaba un cojón. Para Atenas resultó una desgracia la rebelión de los griegos de Asia Menor contra los persas. Esa rebelión movió a los persas a apretar la presión de la bota sobre toda aquella costa, mercado natural de la talasocracia ateniense. La pérdida o matización de su gran mercado exterior movió a los atenienses a mirar hacia el oeste, hacia la península italiana, un terreno en el que prácticamente no se les había ocurrido entrar y que se encontraron ya explotado por otros. La intención de expandirse hacia el Mediterráneo occidental colocó a los atenienses enfrentados con los corintios, y esto fue lo que lanzó la chispa de la guerra con Esparta.

Esparta y Atenas, como soñó Cimón, podrían haberse entendido. Yo, desde luego, lo creo así. El terreno interior de los espartanos estaba claramente delimitado por la geografía con la península del Peloponeso. El teatro de Atenas era otro: la Grecia central y septentrional. Por lo demás, los atenienses podrían haber buscado un acuerdo de esferas de influencia marítimas con Esparta/Corinto; si castellanos y portugueses encontraron ese acuerdo siglos después, ellos también habrían podido. En realidad, el único contrincante relapso que había entonces eran los persas. Atenas, sin embargo, escogió el enfrentamiento porque ambicionaba el Peloponeso; era la pieza que les faltaba en su colección de territorios. Como teorizó Paul Kennedy, todo imperio alcanza un momento en su Historia en el que ambiciona más territorio del que realmente puede gestionar. Le pasó a Alejandro, o más concretamente a sus diádocos; le pasó a Roma; le ocurrió a España, al Sacro Imperio, a la URSS... Atenas, en esto, no fue innovadora. El salto le salió rana (pero rana coja) y, en gran parte, fue por la torpeza estratégica y política de un hombre, Pericles de Xántipo, al cual, sin embargo, las necesidades de alimentar una interpretación histórica maniquea y prodemocrática, una interpretación, pues, que de histórica tiene muy poco, ha acabado por convertir en la pera limonera.

Son dos caminos, digo. A partir de aquí, tú escoges el tuyo.

8 comentarios:

  1. Lo curioso es que esa gloria de Atenas es relativamente reciente. Durante los siglos posteriores no era raro que se consideras que la democracia era un gobierno de la plebe sin control y que irremediablemente conducía a la tiranía de la mayoría, citando muchas veces la condena de los almirantes de las Islas Arginusas y, sobretodo, la de Sócrates. En general se tendía a considerar a Esparta moralmente superior (Es posible que fuera por eso por lo que los Macedonios decidieron pasar de ellos, cuando podrían habérselos merendado sin problemas) y se alegaba como prueba su victoria en la Guerra del Peloponeso (Curiosamente, nadie saca lecciones morales de la derrota de estos a manos de los tebanos pocos años después)

    La cosa siguió durante bastantes siglos y cuando en la ilustración se empezó a buscar un modelo de gobierno normalmente se fijaban en Roma. Creo que fue James Madison el que dijo que lo que estaban montando era "Una república, no una democracia" para dejar claro que su ideal era Roma y no Atenas (Por mucho que lo suyo no tuviera mucho que ver ni con una ni con otra)

    No fue hasta unos años más tarde que se empezó a asociar ese sistema de gobierno con la democracia. Curiosamente, con presidentes que tendían al populismo, Jackson o Lincoln y hoy en día solo citan esa diferencia entre república y democracia políticos de tendencia conservadora y/o libertaria (En el sentido que le dan en USA) cuando se oponen a políticas que tienen el apoyo de la mayoría pero que a ellos no les gustan (Lógicamente, cuando la mayoría apoya las políticas que ellos defienden no suelen citar ese argumento)

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    1. Ya lo mencioné en una parte de las anteriores a propósito de Frank Miller y 300, y es que los estadounidenses también tuvieron sus buenos episodios de laconofilia, como demuestra el artículo de la Wikipedia. No os perdáis la crítica que le hizo Alexander Hamilton.

      https://en.wikipedia.org/wiki/Laconophilia

      Hoy en día, a lo mejor te encuentras por Twitter a un paleto racista de Oklahoma que te llama italiano y que asegura que no existe una cultura global y que ellos tienen "algunos elementos europeos". Hablando inglés y llamándose cristiano, por cierto.

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    2. Esa laconofilia viene a ser otra idealización sin tener mucha idea. Si luego les cuentas que los espartanos perdían su condición de tales si no podían pagar su parte de los banquetes comunales, que vivían acojonados con la posibilidad de las revueltas de los ilotas (pero que dependían de ellos para comer) o que durante las Guerras Médicas arrastraron las piernas todo lo que pudieron (dejando a los atenienses comerse la mayor parte del marrón) igual les da un cortocircuito.

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    3. Bueno, te lo puedo resumir en que en 300, tanto en el tebeo original como en la película de marras, ni salen los pobres ilotas porque, claro, en ese caso no puedes asegurar que esa gente defendió la democracia (que los atenienses tampoco eran lo que llamamos hoy en día, pero ya me entiendes).

      Puedo entender que la idealización lleva consigo cierto grado de hagiografía, pero hay casos y casos y este pertenece a los de tener muy poca vergüenza o valor (creo que fue más debilidad que cinismo, pero es una opinión personal).

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  2. Por cierto, que la historia de Atenas en la Guerra del Peloponeso es uno de los mejores contraejemplos que se me ocurren a la boutade aquella de que "La historia la escriben los vencedores" No solo esa historia fue mayormente escrita por gentes de la ciudad derrotada, sino que el principal de ellos fue un derrotado dentro de la política de Atenas en la que terminó exiliado.

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  3. Nada, que me ha apetecido invitarte a unas estrellas de Galicia mediante un donativo (si no te llega, dime), que aunque últimamente tengo poco tiempo para leerte, siempre que consigo hacerlo lo disfruto mucho.
    Abz y felices vacaciones; y gracias.

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    1. ¡Gratitud! A tu salud las libaré.

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    2. Muchas gracias de nuevo. En efecto, siendo como soy de hábitos eremíticos, me llega hasta la jubilación:-DDD

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