viernes, julio 22, 2011

Santiago Apóstol y el márquetin nacional

Bueno, feliz día de Santiago Apóstol, patrón de las Españas; y muy especialmente a los gallegos. Hoy pasaremos el día bajo un techo de nubes poco amenazadoras y a una temperatura de personas normales, cosa que es muy de agradecer. Y aprovechamos el día para repasar el origen de la tradición de este santo tan activo.



A la muerte de Alfonso I, sucesor que fue del mítico Pelayo, en el año 757 de nuestra era, los méritos de su reinado hicieron recaer la corona en su hijo Fruela. La herencia que recibió Fruela fue, obviamente, una nación, o el embrión de una nación, surgida en Covadonga, que había sabido resistir razonablemente los embates de los musulmanes y que había logrado crear, ya en los años de Alfonso, una especie de marca del sur, un tampón geográfico, que protegía al pequeño norte cantábrico del resto de la península, en manos de aquéllos a los que los españoles de entonces llamaban caldeos.

Aquel embrión de nación, sin embargo, tenía gravísimos problemas de consistencia. Estaba formado por tres grandes partes: Asturias, Vasconia y Galicia, las tres tierras verdes, las tres cristianas, las tres celosas de su independencia. El problema para Fruela, sin embargo, es que las diferencias raciales y de origen existentes entre los pueblos cántabros, que crecían y se desarrollaban muy aislados unos de otros, hacía que ese orgullo de independencia no se produjese sólo respecto de los mahometanos, sino también entre los cristianos en sí. En el reino de Fruela, las tendencias centrífugas a su derecha e izquierda geográficas eran muy fuertes.


Por todo ello sabemos que una de las labores de Fruela durante su reinado fue hacer la guerra a gallegos y vascos, en fechas y circunstancias que no son muy precisas. En ambos terrenos penetraron los marines asturianos, que entonces eran, neto de las armadas del rey Abderramán, el ejército más poderoso que había en España. Hicieron la guerra en Vasconia y en Galicia como si fuesen territorios enemigos, hasta el punto de hacerles prisioneros que se llevaron a casa. De hecho, Fruela se quedó para sí a un pibón vasco, llamado Munia, con quien llegó a congeniar muy estrechamente, hasta el punto de engendrar un niño, que sería, con los años, el rey Alfonso el Casto (Munia, por cierto, es nombre latino. Hubo un cónsul romano llamado Munio que, se dice, es el origen del apellido Muñoz. Así pues, ¿una vasca con nombre latino? Pues sí que estuvieron aislados los euskaldunes, sí...).


La unión entre Fruela y Munia, y el hecho de que con el tiempo tuviese como fruto un heredero del reino, acabó por más que equilibrar la tendencia separatista de los vascones; proceso al que probablemente ayudó un poquito el miedo que le tenían a los musulmanes, bastante aficionados, en aquellos tiempos, a saquear Vitoria.


No nos resulta difícil adivinar que Fruela debía de ser un tipo de armas tomar. En primer lugar, porque trató de meter en vereda a la Iglesia, que es algo que sólo hacen los reyes que tienen redaños. Y, segundo, porque también nos dicen las crónicas que se llevó por delante a su hermano Vimara, al parecer porque éste quería asimismo quitarle el trono. No deben extrañar estos arreglos, pues la monarquía española, en aquel entonces, era más goda que latina, así pues en la misma eran bastante frecuente los enfrentamientos entre lobbies, y también entre lobos.
Fruela, por lo tanto, se llevaba por delante a todo el que le ponía obstáculos, fuese ese alguien su hermano, los gallegos o los vascos. Imagino que sería, además, un tipo de ésos que va dejando detrás gentes a las que ha puteado de diversas formas sin preocuparse demasiado de que esos enemigos puedan rearmarse y actuar. Pero el caso es que finalmente actuaron, porque Fruela fue asesinado en Cangas, en el 768. Su hijo Alfonso tenía que ser apenas un tierno infante, quizás de cuatro años. No podía sucederle porque en la monarquía goda no se estilaban los reyes-niño en manos de regentes (en la monarquía goda, lo más normal es que el regente se hubiese llevado por delante al niño, ya que la condición hereditaria de la corona era un concepto, por decirlo zapaterilmente, discutible y discutido).


El sucesor natural de Fruela habría sido Fruela, o sea su tío, hermano de su padre y general de sus ejércitos; pero para cuando unos ignotos sicarios se cargaron al rey, su lugarteniente había muerto ya. El vacío de poder existente impulsó a la asamblea de nobles asturianos a elegir a Aurelio, hijo de este segundo Fruela. Tuvo suerte este Aurelio de que el gran problema astur, los caldeos, no se le revelase durante el reinado, ya que Abderramán bastante tenía con sofocar la revuelta que yemeníes y bereberes le tenían montada en Sevilla. Así pues, Aurelio murió en la cama, circunstancia ésta que las crónicas destacan bastante.


A la muerte de Aurelio podría haber reinado su hermano Bermudo (que reinaría al fin y a la postre, todo sea dicho). Pero, sin embargo, los nobles, por alguna razón, quizá relacionada con su juventud (tenía quince años), prefirieron la tradición. Adosinda, hermana de Fruela I y, por lo tanto, hija de Alfonso I y nieta de Pelayo, tenía un hijo, Silo, en edad de reinar, y éste fue el elegido.
Es este Silo el asturiano el que se tiene que enfrentar a la rebelión definitiva de los gallegos. Como hemos visto, el tema vasco había quedado más o menos solucionado en el momento en que Fruela introdujo el RH negativo euskaldún en la línea dinástica asturiana a base de apretarse a la Munia por las noches. A los gallegos, en cambio, nada les iba en esto, por lo que se sentirían, probablemente, sojuzgados por una clase dirigente de primos hermanos, sí, pero primos al fin y al cabo.
No sabemos, exactamente, qué disparó la rebelión, pero sí sabemos que fue una rebelión global, de la Galicia entera. En el monte Cupeiro, situado en Castroverde, Lugo, se enfrentaron los dos ejércitos, y ganó Silo; se podría decir que ganó para siempre pues desde entonces, se ponga el Bloque Nacionalista Galego decubito supino o decubito prono, lo cierto es que Galicia pasó a formar parte del Reino de Asturias, y ya nunca dejó de formar parte del caudal relicto que las diferentes protoespañas (Asturias, León, Castilla) fueron dejando en herencia al proyecto final.


Silo debía de tener afición por los olores agradables porque estableció su corte en Pravia, donde murió, también en la cama. Los destinos de la protoespaña quedaron en manos de Adosinda, su mujer, que no le había dado descendencia. En estas circunstancias, es natural que la mujer volviese sus ojos sobre Alfonso, el niño medio asturiano, medio vasco, surgido de los amores apasionados de Fruela I y Munia, la esclava peneuvista. Lo hizo, por lo tanto, proclamar rey.


No obstante, Alfonso era aún muy joven, lo cual excitó las ambiciones de Mauregato, un hombre ya maduro en aquella época, producto de las visitas del rey Alfonso I a una de sus siervas, a la que se pinchaba regularmente. Mauregato, quizás agrupando voluntades a su espalda con el argumento de que Alfonso no era un rey puramente asturiano sino medio vasco, montó una exitosa conspiración que le dio la corona y obligó a Alfonso a huir a Álava, son sus parientes los pues.


Estamos en el año 783. En una posguerra civil en la que los gallegos han tenido que ser seriamente reprimidos y con una jefatura del Estado puesta en solfa, con un enfrentamiento nada larvado entre asturianos y vascos, pues éstos han visto como el joven rey que les animaba a apuntarse a la empresa ha sido expulsado del trono, como digo quizá precisamente por ser vasco. España es muy pequeñita comparada con la de hoy y, sin embargo, ya está en un grave peligro de romperse.


Con todo, hay más problemas. En Europa hay una potencia, el imperio franco. Los carlomagnos ambicionan para sí dominar sobre el mundo conocido, incluido el poder papal que, es, en realidad, el único contrapoder poderoso que tiene por delante. De hecho, la religión tiene un papel importantísimo es su estrategia imperial; Carlomagno quiere que las iglesias cristianas se sometan a la disciplina franca como lo hacen los seglares. De hecho, la idea imperial europea, cautivo y desarmado el Imperio Romano, tendrá la religión católica como leiv motiv. No se olvide que este mismo imperio europeo siempre llevó el apellido de Sacro.


Por todo ello, Francia envía a un obispo, Egila, a España, a hacerle una OPA a la iglesia patria, dirigida por Elipando, arzobispo de Toledo, al cual la idea no le va mal. No tuvo mucho éxito el obispo franco, sin embargo, con lo que, tal vez, fue uno de los primeros de su extracción geográfica que en la Historia probó la sempiterna desconfianza hispana hacia lo francés. Visto que no podía por las buenas, lo intentó por las malas, así pues se alió con una especie de Ronald McDonald monacal hispano, un tal Migecio, y juntos elaboraron una serie de teorías heréticas, y se fueron a un concilio celebrado en Sevilla en el 784, y presidido por Elipando, a dar por culo.


Los ecos de aquella rebelión llegaron a un lugar muy bonito llamado Liébana. En algún cenobio de aquella zona hay un fraile llamado Beato, que se convertirá en el gran Capitán España de la monarquía astur. Beato es uno de esos pitagorines tan comunes en la vieja Iglesia, dedicado al estudio y la alabanza de Dios. Cuando Beato lee las proposiciones de Sevilla esponsorizadas por Elipando, casi le da un elipando ventricular con afección al fistro aórtico. Fibrila Beato sin control hasta que decide contestar toda aquella patulea argumental. Elipando, que lee la denuncia de Beato, se pone como el puma de Baracoa y encarga a otro fraile, Fidelio, que ataque con armas y bagages las teorías de Beato que, dice, niegan la humanidad de Jesucristo. Esto supuso la denominada querella del adopcionismo que, como se puede deducir de lo escrito, fue en parte, sólo en parte, una querella teológica; en mayor medida, fue una lucha de poder de una iglesia nacional que se resistía a ser fagocitada por otra que tenía un proyecto imperial.


Aquello convirtió a Beato en algo así como el gran teólogo de la futura España que era el reino asturiano. En sus funciones de tal, nuestro amigo de Liébana rescató una tradición extraña al cristianismo gótico (San Isidoro, sin ir más lejos, la desconoce), que es la predicación de Santiago en España. Es, efectivamente, Beato quien, en el 786, pone por escrito la noticia de que el apóstol estuvo en España predicando; y es en un himno de los mismos tiempos, en honor de Mauregato, donde se le cita por primera vez como patrón y protector de la península. Lo que hay detrás de este movimiento es la intención de colocar a la monarquía cristiana española (asturiana en realidad) bajo la advocación nada menos que de un apóstol de Jesucristo, o sea un miembro pata negra de ese claustro de notables cristianos que llamamos santoral con lo que se afirmaba la importancia de la nación protegida.


El apóstol Santiago, una vez que su tumba fuera descubierta en un paraje gallego y la noticia de tal maravilla generase la subcultura compostelana de las peregrinaciones, serviría, fundamentalmente, para cohesionar a los cristianos hispanos contra el enemigo musulmán común. Así, se creó el mito de Santiago Matamoros, el cual habría bajado del cielo en el curso de la inexistente batalla de Clavijo para masacrar islamitas.


Pero eso es muy posterior. En mi opinión, el mito de Santiago no nació por casualidad sino mediando cálculo, pero con otro origen. Su origen se produce en los años de Mauregato, años de paz con el moro, y por motivos diferentes. Siempre a mi modo de ver, es perfectamente defendible que mayor importancia en la generación del mito hayan tenido dos factores como la desafección gallega y la presión imperialista francesa.


Los estrategas astures impulsan el mito de un apóstol que habría predicado en España buscando la cohesión de la misma. Tratando de definir un mito que identifique a todos los españoles cristianos en una sola comunidad, en unos tiempos en los que la nación astur siente duras tensiones centrífugas, tanto en el Este como en el Oeste. Especialmente este último. No es casualidad que el mito de Santiago surja poco tiempo después de que Galicia haya intentado sacudirse el yugo, o el mando, precisamente de quienes lo abrazan. No será casualidad, por lo tanto, que, aparecida la tumba del apóstol en nuestras tierras, lo haga precisamente en Galicia. La jugada bien pudo ser parecida a encontrar los restos de Cervantes en Mundaka.


El mito de Santiago, además, creó una iglesia nacional española que, con el tiempo, llegaría a ser mucho más fuerte que la francesa, con los siglos mucho más afectada de presiones protestantes. Generar y defender un santo español, patrón de las Españas e identificado con ellas, fue una manera de ponerle un dique a los intentos franceses de fagocitar a los cristianos españoles.
Como operación de márquetin, hay que reconocer que no tiene precio.

Memorias de un revolucionario


Si hay un fenotipo político propio del siglo XX, ése es el revolucionario reconvertido. El camino habitual de todo hombre o mujer que hace una revolución es uno de dos: o convertirse en un burócrata de dicha revolución, un hombre del aparato, un fiel votante de los congresos de partido en los que nada se deja a la improvisación; o un ser con la venda caída de los ojos que, al darse cuenta de los errores de la revolución, al contemplar su cara oculta, se convierte en su peor enemigo.

Luego hay un tercer fenotipo: el revolucionario que acaba, mediante una evolución más o menos larga, integrado en otras tendencias políticas, sin abjurar de sus creencias revolucionarias y pretendiendo que esas nuevas creencias, más moderadas, en realidad representan las ambiciones de la revolución que un día abrazó. El ejemplo claro de esto en España lo tenemos en las cohortes de ex-comunistas integrados en el PSOE. Pero, para mí, este no es fenotipo de revolucionario; en realidad, se corresponde con alguien que nunca, ni al principio, ni al final, verdaderamente lo fue.

Hay muy pocos revolucionarios que puedan decir que siempre lo han sido; que han resistido tanto a la burocratización de sus ideas como a su total revisión. Estos revolucionarios eternos concitan nuestra simpatía por varias razones, pero la fundamental de ella es que no nos pueden hacer daño; el revolucionario eterno, permanente, nunca toca poder. Su destino es consumir su vida soñando el sueño que soñó el primer día que decidió darle la vuelta a las cosas, y acabar aperreado, a partes iguales, por sus correligionarios de otrora y sus enemigos de siempre.

El ruso Víctor Serge pertenece a esta estirpe. Prácticamente nació revolucionario y murió siéndolo, en ese refugio de comunistas apestados en que se convirtió el México donde mataron a León Trosky. Contrariamente a la mayoría que fueron como él, sin embargo, Serge tenía una ambición por escribir, y una habilidad innata para ello, que le permitió dejar un rastro largo e impagable de sus experiencias, vertidas tanto en sus novelas como en estas memorias.

Las Memorias de un revolucionario son, desde el punto de vista, una lectura casi imprescindible para todo aquél que esté interesado en los hechos de la revolución rusa, y no tan recomendable para quienes sepan poco de la misma, pues si un pero se le puede encontrar a esta obra, común a muchas autobiografías, es la cantidad de cosas que da por sabidas.

Quien finalmente lea ese libro editado en España por Veintisieteletras, encontrará la historia de alguien que, como decía, es revolucionario desde la cuna. Victor Serge, hijo de un padre peripatético y trotamundos, parece destinado desde el primer momento a ser, al mismo tiempo, pobre de recursos e inesperadamente rico en experiencias. Su capacidad de retratar no tanto lugares como momentos, será de especial interés en las primeras páginas de la obra, las dedicadas a su infancia, adolescencia y primera juventud en Bruselas y París; momentos en los cuales, a lomos de una memoria prodigiosa, hará un repaso meticuloso de las múltiples y variadas tendencias del revolucionarismo obrerista de principios de siglo, fundamentalmente anarquista, convirtiéndose en una especie de Linneo de eso que entonces se llamaba el lumpenproletariado.

Los ya de por sí muchos datos aportados por el autor en su texto se ven, además, completados por la edición de Jean Rière, otro profundo conocedor del mundo que Serge está describiendo. De hecho, Memorias de un revolucionario es, probablemente, el libro mejor editado que he leído nunca, profuso en notas al pie (desgraciadamente situadas al final de la obra; es un lamentable error del editor español, en mi opinión) que nos dan noticia prácticamente de todo el mundo a quien Serge cita en sus memorias. Lo cual asevera más aún, si cabe, la veracidad del relato.

El lector español encontrará de interés el breve episodio de un joven Serge en la Barcelona de la huelga de la Canadiense y los principios del pistolerismo. No esconde el autor su admiración por Salvador Seguí, El Noi del Sucre, efectivamente el más inteligente de los anarquistas españoles, de largo. Nos relata el inesperado fracaso de la revolución barcelonesa, causada por la defección de última hora de la Solidaridad Catalana.

Con todo, cuando el relato de Serge adquiera tensión, valor y testimonio sublimes es cuando el autor regrese a su querida Rusia; la Rusia de la primera revolución, la Rusia que todo lo que ha hecho ha sido deshacerse del Zar y despertar la hidra de los rusos blancos. El país que ya idolatra y admira a Vladimir Lenin pero que aún lo ve como un primus inter pares y donde el bolchevismo convive con alternativas, a derecha e izquierda.

Sin hacer un libro analítico, es decir sin salir del terreno de la vivencia personal y el relato de las cosas que el autor pudo ver y oír por sí mismo en la nueva Petrogrado, Víctor Serge va diseccionando, etapa a etapa, el proceso por el cual ese pájaro cuco bolchevique asentado en el nido de la revolución, a cuyo frente está Lenin, va desplazando, poco a poco, a las crías de otras ideologías, y echándolas del nido. Los mencheviques por poco revolucionarios; los social-revolucionarios por serlo demasiado. Lentamente, ante los ojos de un Víctor Serge que sigue contemplando el proceso con inocentes ojos de indignado, el bolchevismo, que cada vez más cabe indentificar como leninismo, se oficializa y va tomando los resortes del poder. La vida de los burgueses es difícil desde el primer momento en todos aquellos lugares de los que los rusos blancos se retiran; pero, asimismo, comienza a serlo también para quienes, siendo rojos, no lo son del tono que el futuro Partido único ambiciona y está dispuesto a tolerar.

La descripción de cómo la primera guerra mundial, la actitud de Alemania, y la relación de todo esto con un país enfangado en una guerra civil, influyen en los acontecimientos, está en este libro hecha diría yo que con más precisión que en los libros de Historia. Es un proceso por el cual los revolucionarios bolcheviques se van haciendo progresivamente imprescindibles para pilotar una dinámica en la que hay que combinar sueño y praxis. Es en este punto donde emerge la figura de León Trosky, infatigable organizador constante, pieza fundamental a la hora de garantizar que siga en pie una nación comunista que no tiene de nada y que, por decirlo mal y pronto, no funciona. Porque no funciona, a la victoria del bolchevismo se seguirá el periodo de comunismo de guerra, de pavorosas consecuencias para casi todo el mundo.

Siendo Serge un revolucionario de libro que mantiene tantos contactos y recuerdos de la patria elfa anarquista, vive el revolucionario especialmente pendiente de la suerte de sus antiguos camaradas hoy unidos bajo la bandera negra; y, consecuentemente, cuenta en sus memorias, en párrafos amargos, el proceso, lento pero constante, por el cual la revolución que él apoya los va apartando y, finalmente, arrastrando a la clandestinidad de los sotanos de las chekas. La teoría de Serge, atractiva, es que este conflicto estalla en la conocida como sublevación de Kronstadt, que relata con mucha precisión; un movimiento cuya solución, o más bien cuyo sofocamiento, abrió una brecha imposible de llenar entre anarquistas y comunistas, que acabaría por hacerse evidente, dice Serge, en la guerra civil española. No deja de ser curiosa la tesis de que el bando republicano español perdió la guerra en las radas de Krondstadt.

La ilusión de Serge dura exactamente diez años. El 7 de noviembre de 1917, la revolución rusa inicia en Petrogrado sus victorias de la mano del presidente de su soviet, León Trosky. También en noviembre, pero de 1927, el mismo Trosky pronuncia un discurso frente al Comité Central del PCUS protegido físicamente por sus partidarios y mientras es imprecado por la masa de dirigentes comunistas. En diez años, por lo tanto, el bolchevismo se ha roto; ha sido imposible conciliar su derecha burocrática y de poder con la izquierda revolucionaria de Trosky. «La revolución», nos dice Serge, «se ha vuelto contra sí misma». A partir de ahí, se iniciará una lucha sin cuartel entre el sovietismo y el troskismo que es como una monumental demanda judicial en la que ambas partes reclaman la nuda propiedad de la revolución rusa. Ambas partes se sienten continuadoras de la labor de Lenin e intérpretes de sus intenciones. Y porque Lenin, ya lo siento por sus hagiógrafos, no dejó páginas escritas que eliminasen de su cosmovisión estratégica el uso de la violencia inmoderada, más bien todo lo contrario, en ese enfrentamiento la parte que tiene el poder, el bolchevismo oficial, no dudará en utilizar cualesquiera artes burdas e inhumanas. Al troskismo, sin duda, la toca jugar el papel de víctima en esta historia; pero tampoco hay ni un solo clavo al que agarrarse en los escritos de Trosky que no nos haga pensar que, si hubiese podido, habría detenido, torturado y fusilado estalinistas con la misma saña con que Stalin se desempeñó con los suyos.

Con la caída definitiva de Trosky, para Serge, al fin y al cabo miembro conspicuo de la denominada Oposición de Izquierdas, comienzan tiempos muy duros; la descripción de dichos tiempos es de enorme valor para el lector. Página a página, el estalinismo se construye, sin prisa pero sin pausa. El propio Serge lo describe: «Una vez terminados los troskistas, se habían lanzado sobre los kulaks; luego sobre los técnicos; luego sobre los ex burgueses, comerciantes y oficiales privados del derecho inútil de voto; luego sobre los sacerdotes y los creyentes; luego sobre la oposición de derecha...» Hay una famosa frase de Bertold Brecht [actualizaçao: aunque en realidad, como muy acertadamente recuerda MacManus en un comentario infra, es de Pastor Niemöller] que habla de aquello de que cuando la policía vino a por los bla, no me preocupé, como no me preocupé cuando vino a por los blabla, y luego a por los blablabla, hasta que vinieron a por mí. Es una frase que le encanta pronunciar a los comunistas y aficionados al comunismo; quizá será porque nadie la ha aplicado ni tanto ni tan sistemáticamente como ellos.

Como es bien sabido, a partir del asesinato de Kirov (según no pocos autores, realmente esponsorizado por Stalin), el stalinismo se quita la careta y baja ya sin frenos por la pendiente. La muerte de Kirov es al estalinismo lo que el incendio del Reichstag es al hitlerismo. Serge, al fin y al cabo troskista, es acusado de haber participado en el atentado en las reuniones de escritores revolucionarios (porque, en general, en las reuniones de escritores revolucionarios, antifascistas se llamaban fuera de Rusia, se habló más bien poco de libertad, por mucho que se diga lo contrario... por parte de los escritores revolucionarios, claro).

Serge, siempre con un ojo puesto en España, huésped de Seguí, amigo de Pestaña, más amigo aún de Andreu Nin y de Joaquín Maurín (el POUM era su seña española de identidad), llama la atención en sus recuerdos sobre un hecho que no se destaca mucho en los libros de Historia. El estallido de la guerra civil en España y, consecuentemente, las llamadas de ayuda de la República a Moscú, que comenzaron apenas días después del 18 de julio, coinciden con una purga masiva de troskistas y, finalmente, con la apertura, el 4 de agosto de 1936, del denominado Proceso de los Dieciséis por el cual los restos de la guardia pretoriana de Lenin (Kamenev, Zinoviev, Smirnov), fueron fusilados. Pero, claro, los únicos intereses foráneos que jugaron en el tablero español fueron, según nos dice la corriente histórica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, los de Hitler y Mussolini...

Finalmente encarcelado, deportado y esas cosas, Víctor Serge se salvará por el hecho de la cantidad de peña que lo conoce en París, y que monta el típico movimiento de solidaridad que acaba por convencer a Stalin de que es mejor expulsarlo que dejarlo morir en Siberia de hambre, de frío, de tristeza y de asco, como murieron centenares de miles de ciudadanos soviéticos que jamás han encontrado ni un solo intelectual en Occidente que tuviese tiempo y ganas para dedicarles siquiera la esquinita de un manifiesto. En el periplo final de su vida, Serge romperá hasta con el troskismo exiliado, al comprobar que es tan duro con sus disidencias como lo pueda ser el propio estalinismo; insinuando con ello la idea que decía antes, esto es que si el troskismo no fue un movimiento asesino, fue sólo porque la cuchilla de capar la tenía otro.

Y es que aquí está el gran error de Serge en sus apreciaciones. Como bien nos promete el autor en el título de su texto, es un revolucionario hasta el último minuto. El pobre Serge, a pesar de haber visto a los otrora burgueses o pequeños propietarios rusos tratados como basura; a pesar de haber visto a los social-revolucionarios y anarquistas a los que él admiraba marcharse por el sumidero de la Historia; a pesar de haber podido ser testigo de primera fila del sistemático apisonamiento de la figura de Trosky, de su familia, de todo lo que representaba; a pesar de haber vivido para ver a su líder de siempre, Kamenev, frente al pelotón de fusilamiento; pese a haber visto a la revolución matar de hambre a las mujeres, a los niños, a los judíos, a los tontos, absolutamente a todos; a pesar de haber visto cómo la revolución creaba cárceles pavorosas, asesinaba el arte, la imaginación, la creatividad, la ilusión; a pesar de haber visto a centenares de miles de personas acabar viviendo como perros bajo cero por auténticas futesas; a pesar de haber visto todo eso, de haberlo conocido, de haberlo sufrido, y de contarlo en su libro, a pesar de todo, Víctor Serge nunca deja de ser un revolucionario, ni de creer en las bondades del proceso.

Así pues, Víctor Serge es un testigo de primer orden de la revolución comunista, al tiempo su víctima, y también su alimento. Porque una de las cosas de las que ha vivido, y vive, el sueño leninista, es de la cantidad de gente que, aún sabiendo que, lejos de ser imperfecto, lo que es, es una puta mierda, además de un monstruoso atentado a los derechos del hombre, aún la defienden. No creo que haya en toda Europa ni 100.000 personas (obviamente, no cuento a los que son nazis) que piensen que, neto de lo que le hizo a los judíos, el nazismo es defendible. Sin embargo, en cualquier tertulia, presencial o viral, será bastante normal que te encuentres a uno o varios contertulios que piensen que, hombre, el comunismo ha hecho burradas, pero en el fondo mola; que, bueno, es que yo, cuando hablo de comunismo, no incluyo al estalinismo (ni a los jémeres rojos, ni a la familia Jong, ni a Hoh-Chi-Minh, ni a Mao, ni...); que dónde están las pruebas de la Holodomor ucraniana, o de los traslados masivos de pueblos enteros como el georgiano, o de los campos de concentración siberianos; que si las violencias perpretradas por el comunismo en España fueron cosa de incontrolados...

A esto lo podemos llamar la filosofía Víctor Serge: la revolución es algo bello, una hermosa doncella que, un día, un grupo de burócratas y ambiciosos mancilló. Siendo estas memorias un libro de asombrosa lucidez, esa lucidez no alcanza como para ver que las semillas de la revolución como infierno no están solo en quienes la gestionaron, sino en la revolución misma, que nació para expulsar del mundo a quienes no le cabían dentro. A un revolucionario eterno no se le puede pedir tamaño nivel de clarividencia.

Así pues, las Memorias de un revolucionario componen un libro muy recomendable, especialmente para aquellos que, además de creer en la revolución, la defendieron, o la defienden incluso. Encontrarán en la página 404 una admonición muy interesante. Una admonición que, desde el pasado, surge para todos aquéllos que una vez defendieron al régimen soviético y sus distintas expresiones: «Explíquenme ustedes la conciencia de los grandes intelectuales y de los jefes de partido occidentales que se tragan todo eso, la sangre, el absurdo, el culto al jefe, una constitución democrática cuyos autores son fusilados inmediatamente».

Cada palo, que aguante su vela.

miércoles, julio 20, 2011

La cuestión sinóptica

Imaginemos por un momento que, tras la celebración de un gran concierto de rock, diversos grupos de personas que no pudiesen contactar unos con otros se dedicasen a comentar entre los miembros de cada grupo las vicisitudes de dicho concierto. Todos ellos serían aficionados al rock, pero cada grupo, lógicamente, tendría sus preferencias. Unos serían más partidarios de un rock más duro y, consecuentemente, tenderían a comentar en sus correos las intervenciones de aquellos grupos duros; y otros gustarían más de las baladas rockeras, por lo que destacarían más éstas.

Pasado el tiempo, y conforme aquel concierto fuese haciéndose mítico, personas, cada vez más personas, interesadas en él, no habrían asistido directamente. Con el tiempo, incluso, muchos ni siquiera estarían vivos o serían muy niños cuando el concierto tuvo lugar. Estas personas (en un entorno sin música grabada, claro), todo lo que tendrían para rememorar el concierto serían los viejos correos electrónicos que sus padres, y los amigos de sus padres, escribieron un día contando lo que vieron en el concierto. Pronto, los partidarios del rock duro comenzarían a buscar y acopiar los correos, o trozos de correos, que hablasen del rock duro; y los de las baladas, los que tratasen sobre las baladas. Y un día, cuando ya fuesen muchos los interesados en aquel concierto mítico y ya no quedase gente viva que pudiese contarlo, alguien, o varias personas, acabaría por asumir la tarea de compilar y resumir los materiales que tuviese a mano, muchos de ellos relatos de relatos de relatos, y los convertiría en una historia coherente de cómo se desarrolló y en qué consistió aquel concierto.

Acabamos de describir, mutatis mutandis, el proceso de creación de los cuatro evangelios que nos cuentan la vida de Jesús, el Hijo de Dios y Mesías de la Humanidad. Y se parecen, probablemente, a la vida real de Jesucristo (si es que existió, claro), lo mismo que el relato final de aquel concierto se parecería al concierto real.

Conste que en el fondo da igual. La mayoría de quienes hemos dejado de creer lo hemos hecho, al menos en parte, a causa de la presión proselitista de la Iglesia para que creyésemos; y sería del género idiota responder a ello tratando ahora nosotros de convencer a quienes creen para que no lo hagan. Personalmente, la imagen del no creyente que parece pasarse el día entero preocupado por que otros crean me parece patética. Para los cristianos, lo realmente importante de la buena nueva, es decir de los evangelios, es que portan la verdad revelada; si sus autores, realmente, fueron apóstoles, personas cercanas a Cristo o mediopensionistas; y si los detalles de la vida de Jesús que cuentan son o no verídicos, son cosas que les importan poco, o deberían al menos. Éste es, al menos, el enfoque discutido en el Vaticano II, que renunció definitivamente a mantener la teoría, bastante endeble, de que los cuatro evangelios son la obra de cuatro hombres.

Los expertos en la materia saben, en realidad, pocas cosas de los evangelios en su origen. Saben, por ejemplo, que, en las primeras versiones que se conservan, los cuatro evangelios son reproducidos aparte, por lo que parece insinuarse que cada uno de ellos procede de creencias, o sub-creencias distintas. Esto se aprecia en diversos episodios evangélicos, como por ejemplo aquél en el que Jesús cura las fiebres de la suegra de Pedro, que aparece en dos de los evangelios sinópticos (Marcos y Mateo) como un milagro taumatúrgico (Jesús le toma la mano a la enferma y al instante cura), mientras que en Lucas aparece como un rito de exorcismo (Jesús le increpa a la fiebre que, acojonada, escapa del cuerpo de la enferma). Estas pequeñas variaciones pueden estar relacionadas con la demanda habitual en las iglesias para las que fueron escritos los evangelios.

También saben los expertos, y hasta los que no son, que la consideración canónica de los cuatro evangelios es relativamente tardía, del siglo IV; y que, hasta entonces, estos textos o prototextos hubieron de convivir con multitud de tradiciones orales, otros textos que hoy ya no tenemos, y aproximadamente una decena más que conocemos hoy, en todo o en parte, y que forman el mundillo de las escrituras apócrifas de los primeros tiempos.

Los evangelios, canónicos o apócrifos, responden claramente a una necesidad. Las primeras misas o reuniones de la ecclesia precisaban de este tipo de materiales pues algún testimonio nos ha llegado (así, el de Justino) de que el centro de dichas reuniones era la lectura de los recuerdos de los apóstoles y los escritos de los profetas. No parece existir, por lo tanto, un culto tan centrado en la figura de Jesús ni otros elementos hoy de gran importancia, como la Eucaristía. El caso es que, obviamente, la lectura de textos sobre la vida y enseñanzas de los primeros cristianos exigía la existencia de éstos.

Aunque pueda ser seductora la posición de colocar a los evangelios apócrifos a la misma altura que los canónicos, ello no respondería totalmente a la verdad. En primer lugar, algunos evangelios apócrifos no son propiamente evangelios en tanto que biografías del personaje Jesús, unidas a la formulación de algunas de sus máximas morales. Así, el llamado Evangelio de la Verdad es una especie de cábala gnóstica que apenas tiene elementos biográficos. Pero el gran argumento, sin lugar a dudas, es el hecho de que, ya antes de la llegada del año 200, los cuatro evangelios canónicos, en su expresión del momento, eran ya los textos mayoritariamente utilizados por los cristianos occidentales; mientras que en Oriente Medio se prefería, eso es cierto, el llamado Diatessaron de Taciano, que de todas formas era una especie de evangelio ecléctico de los otros cuatro.

El por qué de ese éxito es, a mi modo de ver, bastante fácil de explicar. Mientras que algunos de los evangelios apócrifos llegan tan lejos en la reproducción imaginativa de la vida de Jesús que se hace imposible creerlos (así, muchos textos que tratan su infancia, y que lo convierten en una especie de Harry Potter con mala leche), los evangelios canónicos no sólo reproducen escenas más o menos creíbles sino que, además, dibujan a un Jesucristo que es algo así como el paso a la excelencia del judaísmo. Al engarzar cristianismo y judaísmo, pero sin hacer depender a aquél de éste, estamos encontrando, siempre según mi opinión, la huella honda del paulismo. Pablo de Tarso es, efectivamente, el teórico que se da cuenta de que no se puede construir una religión universal (o sea, católica) a partir del rigorismo hebreo, y la supera, pero sin abandonar sus raíces para que la creencia no sea en exceso radical. El éxito de los evangelios radica en gran parte en ser el instrumento de esta estrategia, que ha durado 2.000 años.

En la formación del cristianismo, aquéllos que consideraban el judaísmo un elemento menor o incluso no relacionado, como es el caso de Marción, acabaron por fracasar; y las crónicas que hablaban de un Jesús descendiente de la estirpe de David, rey de los judíos y protagonista del mito mesiánico de los hebreos, es decir los evangelios, acabaron por triunfar. Entrado el siglo IV, Eusebio de Cesarea puede afirmar ya, sin mácula de error, que el proceso de consolidación de los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan está terminado.

No obstante lo dicho, pervive la cuestión sobre la prevalencia, en el tiempo, entre los evangelios, pues éstos no son en modo alguno fruto del mismo tiempo. Como cualquier lector atento del Nuevo Testamento descubrirá, en realidad entre los evangelios hay dos grupos. Tres de las versiones de la vida de Jesús se parecen bastante entre sí mientras que una cuarta, el llamado evangelio de Juan, tiene un objetivo bien distinto y un estilo diferenciado, más discursivo y menos narrativo. Por esto, la exégesis ha tratado siempre los tres evangelios en conjunto, razón por la cual los llama sinópticos, y ha tratado aparte las semejanzas y diferencias del llamado evangelio de Juan. Si os quedan ganas después de leer este post, otro día nos podemos meter con la versión Johnny de la vida de Jesús.

Así pues, tenemos los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas; los cuales, eso lo podemos tener por seguro, no son, tal y como los conocemos hoy, como fueron en su origen, los escribiesen las manos que los escribiesen (que ésa es otra). ¿Por qué estamos tan seguros? Pues por la simple razón de que, hoy por hoy, la investigación está bastante segura de que los evangelios fueron escritos unos 40 años después del día hipotético en que Jesucristo fue crucificado y resucitó de entre los muertos. Es decir, más o menos la distancia que media entre el día presente y la muerte (afortunadamente, no seguida de resurrección alguna) de Francisco Franco.

Si las personas que hoy tenéis veinte o treinta años no contaseis ni con libros ni con reportajes de la tele para conocer aquellos días; si todo lo que tuviéseis fuesen las rememoraciones de vuestros abuelos y padres, repetidas una vez y otra en la barra del bar cuando se hablase del tema, es bastante obvio que lo que existiría serían versiones muy diferentes de lo ocurrido que, sin embargo (éste es el argumento de hierro de la mayoría de los exégetas, puesto que son creyentes), no diferirían en lo fundamental. En todos los relatos, Franco se moriría en la madrugada del 20 de noviembre de 1975; en todos los relatos, habría unas exequias y una proclamación de Juan Carlos de Borbón como rey de España. Sin embargo, es probable que en unas versiones Franco muriese de un ataque al corazón, en otras de un cáncer, en otras de un susto. Con 40 años de por medio para rememorar y especular, es lo menos que podría ocurrir.

La vida de Jesucristo fue, durante cuarenta años en los cuales la práctica mayoría de sus contemporáneos fallecieron, cuestión de repetición oral. Incluso décadas después, todavía muchas reuniones de fieles concedían más importancia y veracidad a lo que los ya ancianos contemporáneos del Mesías contaban de sus tiempos que a lo que estaba escrito en los papiros, raramente en los códices porque entonces editar libros era carísimo. Allá por el año 70 de nuestra era, una o varias personas, en mi opinión probablemente obispos o dirigentes eclesiales en general, decidieron dar carpetazo a aquella variedad estragante y, además, responder a la creciente demanda de los fieles por saber cosas de la vida de Jesucristo. En efecto, aquellos gentiles, de bajo nivel cultural al tiempo que sólidas ambiciones creyentes, con seguridad atosigaban a sus padres eclesiales, conminándoles a contarles si Jesús vestía de rojo o de verde, si Jesús hablaba con acento galileo, o qué tal se le daba a Jesús la Playstation. Es ésta una demanda muy humana que hoy en día conocemos como fenómeno fan.

Para saber si hubo un texto, un único texto que lo empezó todo, la Antigüedad debería ser un periodo más conocido de lo que lo es. Lamentablemente, hoy no disponemos nada más que de una pequeñísima parte de los papiros que un día circularon por iglesias y comunidades del orbe conteniendo los primeros relatos de la vida de Cristo, y esto es algo que la arqueología podrá mitigar, pero no solucionar, porque las cosas son como son. Nuestra antigüedad es hoy, literalmente, polvo.

En los tiempos en los que Agustín, el obispo de Hipona, andaba dándose paseos por la orilla del mar, el evangelio más común y popular era el que llamamos de Mateo (y a mí, al menos, paréceme lógico. Es el más divertido de leer); lo cual hizo pensar al buen prelado que aquél era el texto original del que habían bebido Marcos y Lucas. Con los años, no obstante, la cosa ha ido cambiando.

Mateo, Marcos y Lucas comparten aproximadamente unos 300 versículos que son casi literalmente iguales. Eso es como la mitad de la descripción de Marcos y un tercio de la de Mateo y Lucas. Mateo y Marcos comparten 180 versículos más, y Lucas y Marcos, 100 versículos. Mateo y Lucas comparten 230 versículos que no se encuentran en Marcos y que, es un dato importante, casi en todos los casos describen dichos de Jesús o anécdotas de su vida. En Marcos hay 51 versículos que no se encuentran en ninguno de los otros dos evangelios; en Mateo, 330; y Lucas, finalmente, cerca de 500.

El evangelio, por lo tanto, que más puede encontrarse en los otros evangelios, es el de Marcos. Eso, unido a que es notablemente más corto que los otros dos, ha abonado desde hace mucho tiempo la tesis de que Marcos es el primer evangelio, que sirve como fuente a los otros dos. El argumento es lógico: cuando otros relatores escriben nuevas vidas de Jesús, lo normal es que amplíen los datos sobre la misma, no que los reduzcan, como de hecho ocurriría si Agustín de Hipona tuviese razón.

Existe otro factor que han destacado los exégetas: cuando Mateo y Lucas relatan las cosas que relata Marcos, lo hacen con la misma estructura y orden (indicio de que lo que hay es, prácticamente, una copia, o intertextualidad como se dice ahora, apenas aderezada con tradicionales nuevas o locales); sin embargo, cuando Mateo y Lucas cuentan ambos lo mismo, pero eso que cuentan no está en Marcos, no coinciden en la estructura; lo cual hace pensar que esos materiales, si están tomados de una fuente común, tienen que serlo de una fuente común menos elaborada que el evangelio de Marcos; menos novelada, diríamos hoy.

Cualquiera que se tome la molestia de leer una versión sinóptica de estos tres evangelios, por lo tanto, acabará encontrando tres tipos de versículos o materiales narrativos: los que aparecen en los tres evangelios, que parecen seguir casi a rajatabla lo escrito en Marcos; los que se encuentran en Mateo y Lucas que, como ya he dicho, se corresponden con dichos y anécdotas; y los que son propios de cada versión y no aparecen en las otras dos.

Este entramado de contenidos se explica razonablemente bien si aceptamos la hipótesis de que Marcos fue el primer texto, del que surgieron los otros dos en buena parte, aunque sus redactores incluyeron otros materiales, materiales que no pocas veces son divergentes. Por ejemplo, el evangelio de Marcos no dice nada de la infancia de Jesús que, sin embargo, sí es tratada en Mateo y Lucas, aunque de formas bastante diferentes (de todas formas, la existencia de apócrifos dedicados a la infancia del Cristo demuestra que era un tema muy demandado por los fieles, así pues fácil fruto de las elaboraciones diversas).

En ocasiones, la reproducción de los relatos es imperfecta, revelando que ha habido copia pero que, por alguna razón, se han cometido errores en la misma. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el milagro de la curación del leproso. En Marcos, Jesús realiza este milagro y, tras hacerlo, advierte al ya ex leproso de que no lo vaya contando por ahí. Mateo, sin embargo, sitúa el milagro tras el sermón de la montaña y dice que Jesús lo realizó cuando estaba rodeado de gente; aún así, reproduce la advertencia al leproso, lo cual no tiene mucha lógica teniendo en cuenta que, de creer este evangelio, la curación se produjo delante de centenares, si no miles, de personas. Parece obvio que el texto más lógico sea el original.

A partir de la investigación, la cuestión sinóptica, esto es la relación entre los evangelios, ha sido explicada de formas diversas.

Una teoría, quizá la más exitosa, defiende que los evangelios son el fruto de la influencia de dos documentos: el propio evangelio de Marcos y el denominado documento Q, o documento fuente (la Q viene de Quelle, fuente en alemán), que sería una colección de dichos de Jesús que se ha perdido (al menos de momento). Así, el documento Q había influido en Mateo y Lucas, pero no en Marcos, el cual, asimismo, sería la base de los mismos Mateo y Lucas. Esta teoría presupone la existencia de dos documentos más, que contendrían las tradicionales propias de Mateo y Lucas que sólo son citadas en cada uno de los evangelios.

Esta teoría es notablemente atractiva, especialmente para quienes no tienen ni idea porque todo eso de un Documento Q perdido para siempre que sería el origen de todo ha hecho que un montón de mistabobos, paranormales y cuartomilénicos de vía estrecha hayan salivado por las esquinas imaginándose chorradas a lo Dan Brown. Lejos de ello, el documento Q sería un documento no narrativo, es decir carente de la ambición del evangelio de contar la vida de Cristo de la A a la Z, sino un simple florilegio de dichos del Salvador, quizá concebido para ser leído en las asambleas de creyentes. Uno de los consejos de Jesucristo que se supone formaba parte del famoso Q es ése tan famoso de «dejad que los muertos entierren a sus muertos». Y parece lógico considerar que, siendo los redactores evangélicos como eran apasionados creyentes de la primera iglesia, reprodujesen en los textos que hoy conocemos todo aquello del Q que considerasen relevante. Así pues, el documento, si existe y, además, es encontrado algún día, difícilmente desvelará que Jesucristo era, en realidad, un representante de ropa interior de Ganímedes en viaje de negocios por la Tierra. Lo lamento por las gentes proclives a las medias verdades o las mentiras procaces, pero así está el tema.

Los investigadores modernos que prescinden del Documento Q proponen una interpretación relativamente simple, por la cual de Marcos sale Mateo, y un tercer redactor, o equipo de redactores, conociendo ambas obras, redacta el evangelio de Lucas.

Otra de las teorías sostiene que, en realidad, las diferencias entre Mateo y Lucas se explican por la existencia de una versión perdida del evangelio de Marcos, que se denomina, según la teoría, Protomarcos o Deuteromarcos.

El que conocemos como evangelio de Marcos sería una copia del Protomarcos realizada por alguien que conocía el Documento Q. Mateo provendría directamente del Protomarcos mientras que, para poder explicar ciertas diferencias que hay en Lucas para la recepción de algunos materiales, el evangelio de Lucas sería el resultado de una copia del Protomarcos realizada por alguien que también conocía Q y tomó materiales de él. Esta teoría, a poco que se mire, parece estar insinuando, que no sería ninguna idiotez por otra parte, la existencia de más de un documento Q.

El Deuteromarcos, por su parte, sería una versión surgida del evangelio de Marcos y, por lo tanto, intermedia; la cual, junto con el Q, sería la fuente combinada tanto de Mateo como de Lucas.

Estas dos teorías tienen la especial virtud de explicar algo que la teoría del doble documento deja en el aire, y es el hecho de que en el evangelio de Marcos hay materiales propios no tomados por Mateo ni por Lucas. En la teoría del Protomarcos, estos materiales habrían sido añadidos al texto de Marcos, digamos, «al mismo tiempo» que Lucas y Mateo se estaban escribiendo, y de forma descoordinada con dicha escritura (es decir, el redactor de Marcos desconocería que Mateo y Lucas estaban siendo escritos). Y, en el segundo caso, el Deuteromarcos habría eliminado esos materiales para ser posteriormente utilizado por los redactores de Mateo y Lucas. Esta última hipótesis es, para mí, la más endeble, porque supone admitir que se dio un paso de resumen (o sea, se creó un segundo texto más incompleto que el primero).

La llamada hipótesis de los dos evangelios es la de Agustín de Hipona y algún investigador moderno. Según ella, el evangelio original sería el de Mateo. Marcos sería una especie de versión resumida de Mateo y Lucas la obra de un redactor que conocía ambas obras. Los primeros exégetas, asimismo, creían que esta teoría era cierta, sólo que consideraban que el evangelio surgido de Mateo fue el de Lucas, y que Marcos era el escrito realizado con materiales de los otros dos. Como ya he dicho, esta teoría no tiene mucha solidez, teniendo en cuenta que supondría aceptar que el redactor del evangelio de Marcos desechó mogollón de tradiciones y materiales de sus evangelios fuente; a pesar de que, como buen creyente, consideraba a esos escritos portadores de la Verdad de Dios. Cuesta imaginar a un amanuense piadoso de Dios cercenando sus palabras, hechos y enseñanzas.

Con todo, la investigación de una realidad tan inaprehensible como ésta tiene que tener en cuenta el hecho de que, como decía párrafos más arriba, las cosas que no sabemos son muchas más que las que sabemos. Admitir este hecho supone ingresar en un proceloso mundo de hipótesis que implican la existencia, una vez, de documentos que hoy no podemos ver. Así, se postula que, en los tiempos realmente cercanos a la muerte de Jesús, existiría el famoso documento Q y otros tres más, denominados A, B y C, con relatos evangélicos; si bien no serían documentos totalmente independientes puesto que, para que la teoría cuadre, es necesario que B sea, de alguna forma, una nueva versión de A.

La conjunción de B y A habría generado un evangelio de Marcos hoy perdido; la de A y Q el de Mateo, también perdido; y B, C y Q serían el origen de un primer evangelio de Lucas, que tampoco hemos encontrado nunca; lo cual explicaría, efectivamente, que Lucas, sin perder su vinculación primigenia con la fuente marquiana, sea tan largo y «libre».

Finalmente, el evangelio de Mateo que conocemos sería el resultado del Mateo desconocido y el Marcos desconocido. El evangelio de Marcos conocido sería una versión resumida del Mateo que no conocemos. Y, finalmente, el evangelio de Lucas que conocemos habría sido escrito por alguien que conocía el evangelio perdido de Marcos y el evangelio perdido de Lucas.

De alguna manera, por lo tanto, la exégesis opera como la química en su día cuando se elaboró la tabla periódica, o la física de partículas. Presupone, a partir de la lógica de sus análisis, la existencia de documentos que nunca ha visto ni localizado. Esto es lo que, a mi modo de ver, la hace tan interesante: un nuevo descubrimiento, mañana mismo, lo mismo puede confirmar las teorías, que ponerlas patas arriba.



En fin, si has llegado hasta aquí, tal vez estés en el mismo punto en que estabas en la primera línea. Pero consuélate pensando que, la próxima vez que tengas frente a ti a un diletante gilipollas de ésos que todo lo saben, podrás interrumpirle y preguntar con cara inocente: «Oye, y tú... ¿qué opinión tienes de la cuestión sinóptica?»

De nada.



Post Scriptum: Si eres creyente, aficionado a la Teología, eres sacerdote o te has cambiado, ya mayor, el nombre de pila por Benedicto, ¿podrías recomendarme en privado alguna sinopsis evangélica en español y/o inglés y/o francés y/o latín? Caprichitos que tiene uno...

lunes, julio 18, 2011

El por qué de los aniversarios

Yo lo de los aniversarios no lo llevo muy bien. Según se mire, hoy estamos en una fecha redonda, o no. Hoy hace, efectivamente, 75 años del golpe de Estado del 36. O sea, fecha redonda. Pero, al mismo tiempo, hoy hace 27.393 días de aquellos hechos, que es un número más complejo de memorizar. Medido en días, deberíamos celebrar, cosa que no haremos, el 6 de septiembre del 2018, día en el que hará exactamente 30.000 del golpe de Estado.

Sean como sean los aniversarios, lo importante es de qué se visten y cuál puede ser su utilidad. Habitualmente, los aniversarios tienen una utilidad bastante definida, pero lo cierto es que éste, el de la guerra civil española, carece de ella.

Ejemplos hay muchos, pero creo que la guerra civil española y la invasión japonesa de Manchuria durante la segunda guerra mundial son dos de los episodios históricos en los que el consenso superador es más difícil a día de hoy. Hace algunos meses leí en el International Herald Tribune que algún bienintencionado instituto cultural que no recuerdo había promovido una reunión en China entre historiadores de aquel país y de Japón para hablar sobre dicho episodio y alcanzar alguna que otra conclusión histórica conjunta; reunión que acabó como el rosario de la aurora. Los japoneses tienen una visión de aquello, los chinos otra, ambas son exactamente contrarias y mutuamente eliminatorias. O se tiene una, o se tiene otra.

A la guerra civil española le ocurre lo mismo, y el elemento causante de este hecho es claramente el franquismo. El franquismo es la mejor demostración posible de que la Historia no sigue un trazo regular ni se rige por reglas evolutivas más o menos inmanentes. En la Historia es posible dar pasos atrás, es posible frenar y es posible, sobre todo, distorsionar la visión del pasado, del presente y del futuro. Los cuarenta años de franquismo fueron concebidos por quienes los administraron como una purga necesaria para regenerar España. Hacía falta, según esa visión, vaciar la médula espinal del país de todo lo que tenía dentro, arrastrando así la leucemia de los errores, para volver a vivificarla con nuevas/viejas esencias, excluyentes de todo lo demás. El franquismo es, ante todo, un experimento de reingenería del alma española que fracasa por sus cuatro costados; porque si algo no han entendido ni entienden los fascismos, sean éstos de derechas o de izquierdas, es que la evolución de la sicología social no es algo que se pueda proyectar en una hoja de cálculo.

El franquismo interviene en la mayoría de las cosas que hoy pensamos sobre nuestro pasado. Si a los españoles de hoy nos gusta coquetear con la Leyenda Negra, es decir comprar esa idea según la cual la España de hace siglos fue más violenta, más discrimatoria, más torturadora, más violadora que ninguna otra civilización dominante, es porque ello nos permite zaherir tiempos que el franquismo, al fin y al cabo ideológicamente de raíz joseantoniana, admiraba y quería repetir; ahí están las admoniciones eclesiales de la época, considerando a Franco Espada de Trento, que tiene melendrines, para demostrarlo. Si a los españoles nos gusta autoflagelarnos con lo malos malísimos que fuimos en América (a pesar del dato objetivo de que hoy en día quedan sobre el mundo muchos más quechuas o miskitos que navajos, arapahoes o pies negros) es por rechazo consueutudinario a la idea imperial, que fue el demiurgo del fascismo español, que en esto copiaba de Mussolini y sus delirios abisinios, y que luego, una vez que el franquismo dejó de ser fascista, mutó en aquella cosa tan rara de la exaltación de la raza (y digo rara porque si hay un pueblo en el mundo que es un escándalo genético, ésos somos nosotros; euskaldunes incluidos, por cierto).

El franquismo afecta, por supuesto, a la guerra civil y su interpretación. Le afecta, en primer lugar, en el hecho de que, al ligar GCE y franquismo estrechamente, se hace necesario que los antecedentes de la guerra no se demoren demasiado más tarde que el momento en que Franco accedió al generalato, que es el momento, se supone, en que pudo empezar a dar por culo. Las personas que saben cosas sobre la guerra civil, en este sentido, no suelen saber gran cosa sobre la Restauración, que aparece ante ellos como una marea histórica gris de la que nada o casi nada saben. Los conocimientos de la mayoría de personas no dedicadas a la Historia con la que he hablado, o cuyos mensajes he leído en foros históricos de internet, comienzan en el momento en el que el rey Alfonso XIII da un golpe de Estado (sic) para ocultar sus responsabilidades en el desastre de Annual.

Así las cosas, en apenas diez años esta España Año Cero que comienza en 1923 pasa de la mayor de las ignominias a la perfección angélica. La dictadura de Primo de Rivera es lo peor de lo peor (AF, o sea Antes de Franco, claro), mientras que la II República es la pera limonera; una especie de régimen político que trae a España todo lo que España se merecía para ser un país moderno: divorcio, derechos laborales, autonomías... El hecho, por otra parte innegable, de que el franquismo da carta de naturaleza a un oligopolio militar-político-financiero que domina el país durante décadas, lleva a considerar que dicho oligopolio ya existía durante la República, que decidió hacerse con el poder y que provocó el golpe de Estado del que hoy hace 75 años.

Esta es una visión, como digo, fuertemente influida por el franquismo. En realidad, toda ella es tributaria de la dictadura; sin la dictadura, es al menos mi convicción que la visión sería muy otra.

Cuando uno se lee libros de recuerdos directos de la guerra civil y de la posguerra, se encuentra con una realidad que no cuadra muy bien con lo antescrito. Los veteranos combatientes y políticos de la República odiaban a Franco, pero no le reservaban a él todas las culpas de lo acontecido. En realidad, esta teoría de que Franco y sus mariachis son los únicos responsables del estallido de la guerra civil no es una visión republicana; es una visión comunista. Lo que pasa es que, como el comunismo ganó claramente la batalla de la opinión pública en la segunda mitad del siglo XX, logrando cautivar a centenares, si no miles, de periodistas, escritores, pintores, escultores, actores, biólogos, geógrafos, físicos, químicos, sexadores de pollos, por supuesto historiadores e, incluso, diletantes varios, parece como que esa opinión es la opinión de todo el mundo, siendo, sin embargo, una opinión parcial. A la muerte de Diego Martínez Barrio, cuando en la República en el exilio había que elegir sucesor al frente de la misma, se hicieron todos los arabescos necesarios para impedir que Dolores Ibárruri, que era vicepresidenta del Congreso hace hoy 75 años, accediese a la magistratura. En puridad, yo no sé si la República en el exilio consumió, durante sus años de existencia no fantasmagórica, más esfuerzos en demostrar a las cancillerías occidentales que Franco era un cabrón, o que lo eran los comunistas.

La posguerra española, en el bando de los perdedores, es una inmensa rueda de prensa de Mourinho donde todos o casi todos, por turnos, van preguntando: ¿Por qué? Si las cosas fuesen tan fáciles como pretende la teoría historiográfica Ricitos de Oro contra Fascistéitor, no habría por qué hacerse esa pregunta. Mientras el comunismo oficial, que escribió una historia oficial de la guerra civil en este sentido, no tenía problema alguno al interpretar los hechos, otros no lo veían tan claro. El pistoletazo de la salida lo da el malogrado Julián Zugazagoitia, que no era plenamente consciente de estar entonando su canto del cisne al escribir Guerra y vicisitudes de los españoles, pero que con dicho libro inaugura, de alguna manera, la era de los balances críticos sobre la guerra. Luego le sigue Indalecio Prieto son su continuado ejercicio de contricción revolucionaria a través de decenas de artículos escritos en la prensa latinoamericana, y otros muchos, prendidos por supuesto de su ideología. El extremo de este fenómeno es la memorabilia anarquista que, directamente y sin ambages, acusa al comunismo de haber perdido la guerra.

Con todo, eso que podríamos denominar republicanismo consciente, una fuente de material historiográfico que obviamente la historiografía simplificadora por la izquierda suele olvidar, tiene sus fallos. En términos generales, el republicanismo consciente ve con claridad los errores cometidos durante la guerra, pero es renuente a considerar los errores cometidos que generaron la guerra. Estos errores son muchos y se cometieron durante un periodo histórico en todo caso muy largo, que para unos comenzará antes (para los catalanes, por ejemplo, comienza ya en los inicios del siglo XVIII) y para otros después; pero, en todo caso, tiene que ver con el hecho de que la Historia de España, durante más de cien años, se basa en el enfrentamiento entre dos grandes visiones enfrentadas, entre las cuales media un ejército de raíz golpista y una monarquía torpe cuando no venal, que cada vez son más incompatibles entre sí.

La violencia ejercida en el contrario ideológico no es un fenómeno nuevo de la GCE; esto es algo que sostienen quienes, juzgando la Historia de España con dos de pipas, nunca se han acercado a los relatos de las guerras carlistas ni de la represión ejercida durante los periodos conservadores del siglo XIX, que están repletos de gente apaleada sin piedad o de mujeres mirando a Cuenca a punta de bayoneta. Los soldados cristinos y sus oponentes que bajaban la colina cantando el Oriamendi no eran ningunos santos. Aún así, el abrazo de Vergara fue posible; pero fracasó y, un siglo después, ya fue, simple y llanamente, imposible, hubiese redactado Juan Negrín 13 puntos, o 13.000.

El problema de la Historia de España no es el fracaso del franquismo, sino el hecho de que España, desde 1808, va, con escasísimas y cortísimas excepciones, de fracaso en fracaso; y, muy especialmente, comienza con la I República una serie específicamente desgraciada de errores en la que las dos grandes visiones del país, más el anexo nacionalista, descarrilan gravemente.

La I República despierta al progresismo español del suelo proudhoniano o roussoniano de que lo que es bueno de por sí, es bueno de por sí, así pues se implanta sin problemas ni traumas. Lejos de ello, cuando los republicanos toman la vieja España y la convierten de la noche a la mañana en una titi poligonera tope enrollada, a la pobre vieja se le saltan las costuras de la faja al segundo bakalao, y España va y se rompe. En el after hours de la Historia, una sociedad desesperada que concibe el progresismo como una vena varicosa se echa en brazos del canovismo, que es una ideología convencida de que puede regresar al pasado disfrazándolo de pitufo.

En la Restauración, de la mano de un tipo bastante estúpido y de nula sensibilidad política, amigo de las camarillas y del basto correveidile cortesano; un tipo llamado Alfonsito Ordeno y Mando, que hace el número en la Historia de España que rima con míramela a ver si me crece; de la mano de este tipo, digo, en la Restauración se incuban buena parte de los problemas que, en tal día como hoy de hace 75 años, se convertirán en sacos de balas. Los primeros discursos de Pablo Iglesias, en el siglo XIX, son de advertencia. Ojo, que si no me dais ficha para jugar yo también, al final no habrá parchís. Veinte o treinta años después, como los propietarios, los abogados y los honrados comerciantes siguen a lo suyo sobre el tablero, esa parte de España para la que se reserva un banquillo eterno se cansará, y ese cansancio tendrá dos expresiones: por un lado, la estrategia de conjunción socialista, que lo llevará al parlamento de la mano del republicanismo oficial; por otra, la estrategia Rambo, ejercida por los anarquistas, que directamente se echarán al monte a matar charlies.

Todos estos problemas, y otros muchos, van quedando eternamente aplazados por un sistema de monarquía constitucional a la remanguillé basada en el fraude electoral y en el turnismo de unas sensiblidades políticas que, lejos de representar a los españoles, representan únicamente a aquellas ideologías con las que monarquía y ejército se avienen a convivir. Hay un famoso discurso de Alfonso XIII en Córdoba, en las postrimerías del régimen, que lo resume mejor de lo que yo podría hacerlo ahora.

El izquierdismo, por su parte, también hace su travesía; mala travesía. Los republicanos o progresistas, fuertemente influidos por la conjunción electoral, cada vez se sentirán más identificados con los ideales revolucionarios y, a pesar de que a partir más o menos de 1921 ya tienen bastantes pruebas de a lo que conduce esta revolución de nuevo cuño, proseguirán en su línea de adjuntarse al obrerismo, quizá considerándolo una tabla de surf sobre la que se van a subir ellos para cabalgar la ola de la Histoira; sin darse cuenta de que eso mismo es lo que los marxistas piensan de ellos. Los socialistas, por su parte, contando como cuentan con ejemplos en Europa de corte socialdemócrata, optarán, de la mano de su líder histórico y, después, de la extraña conjunción entre un catedrático de Ética y un estuquista, por la vía revolucionaria. En la sesión que aprobó la Constitución del 31 el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, se marcó un discurso que fue, en términos generales, una larga alabanza del posibilismo laborista británico. Si Besteiro hubiese pensado en 1920 lo que pensaba en 1931, tal vez la Historia del PSOE habría sido otra. O tal vez no, porque Largo era muy ídem.

Los anarquistas, por su parte, hicieron lo que les pedía el cuerpo. Filosofía Clemente: patadón p'alante, y si hay que dar [Censored], se dan. Así les fue y así le ha ido a España, país que ha tenido, a mi modo de ver, dos grandes noticias en el pasado siglo, que son la muerte de Franco, y la desactivación de facto de la CNT.

En los cotolengos de derechas y de izquierdas, pues, los cabrones cada vez tenían más predicamento. Los partidarios de los cordones sanitarios, del Tinell anulador del contrario, del guerracivilismo, en una palabra, eran cada vez más, y más poderosos, en sus organizaciones. Los que pudieron atemperar estos fenómenos y colocarlos por carriles adecuados, los Gil-Robles, Alba, Azaña, Alcalá, prefirieron seducirse masturbatoriamente con todo aquello de bueno que veían en sus correligionarios ultramontanos o bolchevizantes y, hasta el minuto 89 del partido, vivieron convencidos de que podían controlarlos.

En medio de este pastiche de torpezas demagógicas, surgieron los nacionalismos y su visión aldeanamente limitada de las cosas, que les lleva a ser eternos reivindicadores de lo suyo. Desde el momento en que, con razón o sin ella, existiendo para ello basamento histórico o no existiendo, que esto es algo que en política poco importa, los nacionalismos comenzaron a protagonizar la vida política española, los temas se enfangaron todavía más.

España tenía de tiempo atrás un problema con su concepción de sí misma; un problema que provocó tres guerras civiles en el siglo XIX, que se dice pronto. En el primer tercio del siglo XX, sin embargo, este problema adquiere tintes mucho más elevados con la llegada de Cambó y su estrategia de interpenetrar el debate sobre España y el debate sobre las nacionalidades. Cambó y la Lliga Regionalista, basados en un extraordinario pragmatismo nacionalista («¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!»), convierten la política española en un orden del día con un último punto de ruegos y preguntas que, en la práctica, supone que, una vez que se ha cuadrado todo lo demás, hay que cuadrar la participación de los nacionalismos. Si el foralismo vasco es el gran tema que acompaña a la pelea entre progresistas y conservadores del siglo XIX, el enfrentamiento en el XX entre las dos Españas se ve acompañado por la eterna cuestión catalana; tan eterna que ahí sigue. En 1930, durante la reunión del Pacto de San Sebastián, los coloquios para diseñar la futura España republicana se consumen, en la mayor parte de su tiempo, discutiendo las reivindicaciones catalanas.

La Cataluña del siglo XX, y ya veremos si la del XXI, se asemeja a ese vecino silencioso que jamás acepta la presidencia de la comunidad, pero que, sin embargo, acude a todas las asambleas de la misma, bloqueando cada decisión importante porque, como se ocupa de recordar cada vez que lo hace, todavía no se ha solucionado lo de la humedad de su terraza. Paso adelante, bloqueo, paso atrás. Una actitud legítima desde el punto de vista del nacionalismo catalán y exasperante para el nacionalismo español. Por lo tanto, al vector de enfrentamiento social entre las dos españas se une otro vector secante, que es el enfrentamiento territorial. Léase el lector de estas notas los debates constitucionales del 31 en torno a la autonomía catalana, y comprobará que no hay nada nuevo bajo el sol de España; hace 75 años ya existía el concepto de balanza fiscal, y se discutía sobre él.

No olvidemos, en cualquier caso, que si el foralismo vasco (y en parte también el autonomismo catalán) provocaron, en cóctel con otras cosas, tres guerras civiles en el XIX, la reivindicación de los derechos de Cataluña ha provocado dos golpes de Estado: uno contrario, el de Sanjurjo del 32; y otro partidario, que es el de Companys en el 34.

Si llenamos una olla de errores y la ponemos al fuego que genera el contacto entre dichos errores, lo normal es que estalle. Esto es lo que pasó el 18 de julio de 1936 pero, curiosamente, nadie parece querer admitirlo en sus recuerdos y memorias. Así las cosas, el análisis de estos errores quedó, durante décadas, en manos de la historiografía franquista; la cual realizó dicho análisis de una forma parcial (analizó, exactamente, la mitad de los problemas) y exagerada, viendo errores donde no los hubo y olvidándose de que la incubación de una pelea suele comprometer a ambos boxeadores.

A mi modo de ver, no sirve de nada celebrar aniversarios si no es para centrar estas cositas. Celebrar aniversarios para darse un baño de gilipollez es estúpido, porque al fin y al cabo eso de ver los errores del de enfrente y ser extraordinariamente tenue con los propios es lo que hacemos los días de diario.

Chinos y japoneses deberán esperar, tal vez, a que haga cien, o doscientos años, de la invasión de Manchuria, para poder hablar de ello con reposo y equilibrio. Nosotros deberíamos hacerlo antes. Pero, la verdad, no soy muy optimista.