viernes, marzo 05, 2010

Vita Pauli: un apéndice

Aquí está. Un poco aburrido, lo avisé, pero está. como apéndice a la Vita Pauli, aquí tenéis una pequeña guía de urgencia de las diferentes maneras de ser judío en los tiempos de Jesús.

Los sumos sacerdotes

El antiguo Israel ha sido definido a menudo como un Templo-Estado. El Templo de Jerusalén, en efecto, es el centro de Israel y, consecuentemente, sus sumos sacerdotes juegan un papel importantísimo dentro del esquema religioso judío. Hasta la grave crisis producida durante el reinado de Antíoco IV, la condición de sumo sacerdote estaba reservada a una dinastía, la de Zadok. La principal función diferenciadora del sumo sacerdote se producía el llamado Día de la Expiación, que conocemos mejor por su expresión hebrea Yon Kippur, en el que podía entrar a una sala en lo profundo del templo donde sólo podía entrar él, a hacer un sacrificio a Dios como expiación de sí mismo y del pueblo de Israel. La tarea no era fácil: dado que el sumo sacerdote debía entrar impoluto, tenía que estar siete días antes aislado.

El último sumo sacerdote zadokita fue Onías III, que fue depuesto por Antíoco IV el año 174 antes de Cristo. De una forma no muy legítima, fue sustuido durante tres años por su hermano Jasón; pero tampoco éste apareció a los ojos de Antíoco como suficientemente helenista, por lo que fue sustituido por Menelao, que comienza la lista de sumos sacerdotes no zadokitas. Cabe decir, por cierto, que Onías IV, heredero de la familia de Zadok, emigró a Egipto, donde el faraón le autorizó a montar un templo judío zadokita en Leontópolis, el cual permaneció durante más de dos siglos hasta que lo clausuró el emperador Vespasiano.


Los hasidim

Éstos son un poco el origen de todo. Hasidim significa algo así como «gentes de Dios». Eran admiradores y seguidores de la Torah y, consecuentemente, deploraban la penetración tanto helenística como seléucida en los usos y costumbres de los judíos. Así pues, los hasidim eran vistos por muchos judíos, sobre todo jóvenes, como fachas amigos de los viejos tiempos. Sin embargo, adquieren gran importancia para la sociedad judía durante el torpe reinado de Antíoco Epífanes, quien pretende helenizar en exceso a la sociedad judía y, de hecho, desdibujar el concepto de una nación israelita. Antíoco sufrió la rebelión de los asmodeos, que tuvieron el apoyo incondicional de los hasidim.

Esta alianza duró más tiempo aún que los enfrentamientos, pero pronto los hasidim se separarían de la élite asmodea por causa de su intolerancia religiosa. Esto ocurrió, por ejemplo, en el año 152, con la promoción por parte de Alejandro Balas del sumo sacerdocio de Jonathan, un hombre de familia sacerdotal, pero sin suficientes plumas como para merecer la más alta magistratura religiosa.

Es en el reinado de Juan Hircano cuando la alianza entre los hasidim y los asmodeos se rompe definitivamente. Y es posible que de esta escisión nazcan los fariseos.


Fariseos

No está claro cuál es el origen de la palabra fariseo. Quienes quieren ver el origen de este grupo en la ruptura de los hasidim con el poder asmodeo consideran que la palabra proviene del hebreo perusim, separatistas; los fariseos, por lo tanto, serían el grupo resultante de la ruptura entre los puristas religiosos y la dinastía que quería reinar en Israel. Pero hay otras teorías; por ejemplo, se dice que podría querer decir algo así como «persianizadores», lo cual vendría del hecho de que los fariseos creían en algunos conceptos teológicos extraños para otros judíos, tales como la resurrección de la carne, el juicio final, así como la existencia de un reino de ángeles y otro de demonios.

Los fariseos, y aquí hay una pista de su origen de los hasidim, destacan por ser extremadamente puristas en materias como la comida, el respeto del sabbath, etc. La gran importancia de los fariseos para la sociedad judía de los tiempos de Jesús radica en que, a lo largo de los siglos, consolidan una interpretación de las leyes judías, transmitida oralmente, que acaba por tomarse por tan sagrada e infalible como las escrituras mismas. De hecho , mucho tiempo antes de que Jesús naciese presuntamente, ya estaba consolidada entre sus nacionales la idea de que toda esa tradición, que sigue todo un curso de transmisores hasta llegar a Shammai e Hillel, que fundan dos escuelas rabínicas distintas, en realidad procede del mismo Moisés. Según estas tradiciones, en el mismo acto en que Moisés recibió las leyes escritas, recibió esta tradición oral.

Por eso Jesús, en tanto que Mesías que anuncia la llegada de la Edad del Hombre y el fin de los días proféticos, choca frontalmente con el fariseísmo. Sus enseñanzas se dan de leches con el carácter sacro (inamovible) de la interpretación farisea de la ley.

De las dos grandes escuelas fariseas, la de Shammai propugnaba una interpretación estricta de la ley, mientras que Hillel era más flexible. Se ha querido ver en los pensamientos de Hillel el origen de las creencias cristianas; yo no estoy muy de acuerdo con esta afirmación, la verdad, como tampoco lo estoy con quienes quieren ver en Jesús a un esenio. La escuela hillelita es la que acabó imponiéndose, tras la guerra del año 66 después de Cristo, de la mano de Yonahan ben Zakkai, su rabino.

La estricta observancia de la pureza que propugnaban los fariseos es la que está en el origen de la radical separación entre hebreos y gentiles; incluso entre hebreos y samaritanos (la parábola del buen samaritano de los Evangelios es, a mi modo de ver, y sin género de dudas, un cuento inventado para putear a los fariseos o, tal vez, para marcar distancias con ellos).


Saduceos

Precisamente el rechazo del carácter sacro de la tradición es lo que distingue a los saduceos de los fariseos. Los saduceos, precisamente por su fidelidad exclusiva a la ley escrita, se veían a sí mismos como viejos o tradicionales creyentes, en oposición a los fariseos, que eran vistos como creyentes de cuño más nuevo; aún en los tiempos en los que el poder espiritual de Jerusalén había caído claramente en manos de los fariseos.

Los saduceos consideraban que el fariseísmo se había dejado penetrar de ideas extrañas a la ley mosaica. Entendían que la creencia en la resurrección de la carne, en un juicio final con premios y castigos, en ángeles y demonios, era una contaminación zoroastriana, y por eso algunos estudiosos creen que los llamaban «persianizadores». Otro elemento que los separaba era que, mientras que el judaísmo fariseo es tremendamente fatalista y creyente en la predestinación (otro probable detalle mesopotámico, pues las religiones de origen babilónico prácticamente no conceden papel alguno al albedrío humano), el saduceísmo cree en la capacidad individual de buscar o rechazar la salvación.

Los saduceos también tuvieron un papel político importante. Fueron un apoyo decidido de las dinastías asmodeas, cuando menos desde Juan Hircano. Flavio Josefo nos cuenta que Hircano fue primero un seguidor de los fariseos, hasta que una noche, en medio de una cena, les invitó a que le corrigiesen en todo momento en que le viesen apartarse del camino correcto. En ese momento Eleazar, uno de los fariseos invitados, se levantó, le tomó la palabra, y le dijo que, puesto que tenía escasas credenciales para ser sumo sacerdote, si tanto quería seguir el camino correcto debería retener los poderes temporales, pero dimitir de la alta magistratura religiosa. La intervención de Eleazar fue una grosería. La pretendida ilegitimidad de Hircano procedía de las sospechas de que su origen no fuese muy limpio, ya que se decía que su madre había estado prisionera de unos soldados seléucidas (o sea, que lo mismo se la habían beneficiado e Hircano, en consecuencia, podría no ser hebreo propiamente dicho). Como le ocurre a todo el mundo al que acusan en la cara de ser un hijo de puta, Hircano se mosqueó, pero todo lo que consiguió fue que Jonathan, otro comensal, se levantase para aclararle que lo que había dicho Eleazar era lo que pensaban los fariseos todos. Pues entonces, dijo Hircano, los fariseos todos, a tomar por culo. Y se acercó a los saduceos.

El saduceísmo es una tendencia sobradamente más elitista que el fariseísmo. En realidad, su práctica y mando estuvo siempre en manos de un puñado de familias, lo cual provocaba que no fueran muy populares entre el pueblo llano.

Por alguna razón que al menos yo desconozco, en torno al 90 antes de Cristo, durante el reinado de Alejando Janeo, los saduceos cambiaron de bando y decidieron apoyar el del rey seléucida Demetrio III, lo que marcó el principio del fin de su influencia política en Jerusalén. Janeo, una vez sofocada la rebelión, hizo crucificar a los 800 principales saduceos, y el resto huyeron del país en su mayoría.


Esenios

Los esenios son la tercera vía entre saduceos y fariseos. Se supone que son otra derivación de los hasidim surgida en la segunda centuria antes de Cristo; aunque también se ha querido ver en ellos a los seguidores de los llamados recabitas, unos hebreos que habrían decidido en la Antigüedad abjurar el modo de vida «moderno» y retirarse a dedicarse a la agricultura. Según Plinio, los esenios eran célibes, no admitían mujeres entre ellos (aunque Josefo cita a una subclase de esenios supernumerarios, que se casaban y tenían hijos), y no usaban el dinero. El autor latino se extraña de que en una comunidad así, en la que por definición nunca nace nadie, el número no se reduzca, sino todo lo contrario. Es, por lo tanto, fácil de sospechar que el ideal de pureza y vida aparte de los hechos del siglo era notablemente atractivo para muchas personas, así pues es razonable pensar que durante muchas décadas o centurias, los esenios tuviesen más demanda que oferta.

Plinio nos dice sobre el lugar de los esenios que infra hos Engada oppidum fuit; o sea, que debajo de ellos había estado la ciudad de Engada o Engedi. Pero ese «debajo» ha dado para mucha especulación. Caso de que el autor latino nos estuviese diciendo, que el probable, que el centro esenio estaba al norte de Engada, esto abonaría la tesis, bien conocida, de que ese centro esenio es en realidad Khirbet Qmram y, por lo tanto, los famosos judíos del Mar Muerto serían esenios.

Los esenios compartían con los fariseos su pasión por la pureza ceremonial. Pero, como ya hemos insinuado, tenían elementos muy notablemente propios, que han dado para más de una y más de dos pajas mentales de la historiografía marxista, porque guardaban todas sus posesiones en común y no tenían, propiamente hablando, propiedad privada. Tenían prohibido hacer sacrificios animales, jurar, enrolarse en la milicia o realizar actividad comercial. No tenían esclavos y montaron entre ellos una suerte de Estado del Bienestar que se ocupaba de los viejos, enfermos o discapacitados de la comunidad. Sólo los adultos eran admitidos en la comunidad.

Creían en la predestinación aún mucho más que los fariseos. Para ellos, todo estaba en manos de Dios. Creían en la inmortalidad del alma y consideraban que la vida biológica era un proceso en el cual la obligación del ser humano es caminar hacia la perfección virtuosa (un concepto sólidamente extendido entre todas las creencias espirituales, desde los eremitas hasta los budistas). Ofrecían sus sacrificios fuera del Templo de Jerusalén, porque sus reglas propias de pureza eran tan estrictas que no podían hacerlo dentro de la liturgia común.

Ser plenamente admitido en la comunidad esenia era un curro de tres años. El primer año, iban a todas partes vestidos de lino blanco, algo así como el uniforme esenio, con la sola posesión de la estaca que, según dicta el Deuteronomio (23:12-14) ha de llevarse para cavar un agujero cuando el vientre aprieta, cagar dentro y luego taparlo (se ruega a los dueños de algunos perros se sirvan repasar el Deuteronomio). Finalizado el primer año, el novicio era admitido a los rituales con agua purificadora, pero no era hasta pasados tres años que podía participar en las comidas comunales.

Los esenios se levantaban antes del amanecer para recitar sus oraciones en común y trabajaban en la agricultura hasta medio día. Entonces se bañaban, se ponían el uniforme de lino y los miembros plenos participaban en una modesta colación, en la que podían hablar sólo por turnos, respetando la jerarquía. Después se ponían de nuevo las ropas de trabajo y volvían al tajo hasta la noche, cuando había una cena comunal en la que sí podían asistir no miembros.



Zelotes

Según Hipólito, los esenios se dividieron en cuatro partidos distintos, dentro de los cuales había uno que rechazaba completamente el contacto con los gentiles. Este partido fue llamado de los Zelotes o Sicarios. El modelo zelote es Phineas, de quien nos habla, por ejemplo, el libro de los Números (25) cuando describe la apostasía de los judíos de Baal-peor, que fue reprimida por Moisés con la ayuda de Phineas, que asesina a un judío que ha traído a una madianita a la que se está pasando por la piedra pómez, y luego ensarta a la madianita también, deteniendo con ello la maldición de Jehová sobre su pueblo descastado. Esa ira divina se denomina en griego zeloo o zelos, y de ahí el nombre.

Si la tradición zelote nace de la historia de Phineas, que es una historia violenta, es lógico que se trate de un grupo de judíos gustosos de coger el cuchillo, y usarlo. Zelote es un tal Menahem que trata de comandar a los judíos en su revuelta contra Roma, en el 66 después de Cristo; y más que probables zelotes son los ladrones (lestai en griego) de los que habla Josefo y que en el año 67 tomaron el control del Templo, liderados por un tal Juan de Gischala. Como es bien sabido, esta confusión flaviana entre zelotes y ladrones es de gran importancia para los cristianos, porque abona la tesis de que los famosos compañeros de tormento de Jesús (como decía una respuesta de la Antología del Disparate: «Jesús fue conducido al monte Calvario, donde fue crucificado junto con otros dos ladrones») no eran cortabolsas, sino zelotes. Como lo era Barrabás, de quien se nos dice que estaba en la cárcel por haber matado a alguien durante una insurrección, y es aclamado por el personal cuando lo liberan (esto, por cierto, hace aún más increíble la historia del juicio de Jesús, puesto que ningún prefecto en sus cabales liberaría a un tipo de esa calaña ni aunque se lo pidiera Inés Sastre vestida de lagarterana y montando un caballo blanco con alas).

Los exégetas tienden a considerar que los zelotes se consolidan como grupo propio más o menos en el año 6 de nuestra era, tras la deposición de Arquelao. En este momento es cuando Judea se convierte en provincia romana y, consecuentemente, el legado de Siria, Publio Sulpicio Quirino, decreta un censo para establecer el tributo que se deberá pagar. Según las fuentes, un tal Judas, zelote, unido a un tal Sadduk, fariseo, inspiraron una revuelta causada por el rechazo a la idea de que los hebreos debieran pagar tributo a gentiles.

Ésta es la gran diferencia de los zelotes que los convierte, a ojos de muchos, en algo así como la ETA hebrea del tiempo: mientras otras escuelas del judaísmo son puras y estrictas, pero dicha pureza judaica no les lleva a rechazar el hecho de vivir bajo la administración de no hebreos, los zelotes no admiten esta posibilidad. La persona que, en los Evangelios, le pregunta a Jesús si deben los judíos pagar tributo a los romanos (y Jesús responde aquello de dad al César lo que es del César bla bla bla), es más que probablemente, si no un zelote, un simpatizante de ellos. Los zelotes, teológicamente hablando, son básicamente fariseos. Lo que pasa es que los fariseos se sientan a esperar la llegada de los tiempos divinos, mientras que los zelotes se sienten en la obligación de provocarlos.

Los zelotes, por cierto, se hicieron famosos por llevar dagas, sicae en latín, escondidas entre sus ropajes. De ahí que también les llamasen sicarii, que es de donde viene nuestro sicario.


La comunidad de Qmram

El descubrimiento de los rollos del Mar Muerto afloró la existencia de estos judíos, que han despertado mucha curiosidad desde entonces. Parece ser que su origen son los maskilim de que habla el libro de Daniel, es decir los virtuosos.

En el año 152 antes de Cristo, cuando Jonathan, hijo de Judas el Macabeo, accedió al sumo sacerdocio de la mano de Alejandro Balas, los fariseos lo consideraron un ultraje. Pero los maskilim, que ambicionaban términos de virtud aún mayores, se opusieron con mayor fuerza. Ellos, como virtuosos, eran zadokitas; nadie podía ser sumo sacerdote a menos que perteneciese a la saga de los Zadok. Como consecuencia de estos enfrentamientos, una parte de estos maskilim pudo decidir irse a alguna zona solitaria a vivir bajo sus propias reglas de voluntarios de la pureza y la santidad. Se configuraron como personas eternamente preparadas para ser los hombres de Dios cuando éste regresase a la Tierra y reclamase sus servicios. Por ello, su vida consistía en purificarse y llevar una vida recta.

La comunidad de Qmram estaba estrictamente jerarquizada, con los sacerdotes en el vértice. Sin embargo, tenían una asamblea general que era la que debía aceptar a los nuevos miembros. Esos miembros pasaban entonces dos años de noviciado. En el primero retenían su propiedad privada y en el segundo debían entregarle todo al tesorero, aunque el caudal permanecía separado hasta que el miembro era totalmente admitido.

Las faltas en la comunidad se castigaban con un año sin poder estar en contacto con la pureza de los demás, además de la reducción de las raciones en un cuarto. Las faltas muy graves se castigaban con la incomunicación, tras la cual el castigado debía de pasar un periodo de reaprendizaje de dos años para poder volver a tener el carné.

No existen grandes evidencias de que los comunitarios de Qmram fuesen célibes, aunque resulta probable que muchos de ellos lo fuesen.

El fariseísmo más estricto, el shammaíta, es considerablemente más blando que las reglas de Qmram. Por ejemplo, el respeto del sabbath era mucho más estrecho. La regla de la comunidad llega al punto de decir que si un animal pariese a su cría con la mala suerte de que ésa cayese en un hoyo o en un pozo, si era sabbath, el comunitario debía dejarla morir sin hacer nada.

Los hombres de Qmram estaban convencidos de estar viviendo los años finales de la Humanidad predichos por los profetas, y esperaban la señal que les mostrase la llegada de la nueva era. Estas creencias proféticas los ligarían con algunas de las principales creencias de los primeros cristianos. Pero, dee todas formas, las mayores coincidencias se dan con los esenios.

jueves, marzo 04, 2010

De pajas, y de vigas

El martes pasado por la noche estuve viendo el debate de Madrid Opina en Telemadrid. El primer asunto que se trató a fondo fue el de la muerte del disidente Orlando Zapata en Cuba; un tema siempre espinoso porque España, en general, siempre ha tenido problemas a la hora de aclararse sobre lo que piensa acerca del régimen cubano.


Decidí escribir estas líneas porque me sorprendió que, por encima de todas las intervenciones, cada una de colores distintos como es lógico y positivo, sonaba un bajo continuo, como en los conciertos barrocos, consistente en esta idea: lo que se haga, que se haga sin poner en peligro las relaciones con Cuba. Hay que respetar a Cuba. Tenemos muchos negocios en Cuba. Hay demasiados intereses como para tirar de la cuerda. Como digo, incluso flamantes portavoces del anticastrismo, de una forma más o menos velada, aceptaban esta idea.


Cuando el próximo verano esté dando sus últimas boqueadas, hara 35 años que el régimen del general Francisco Franco fusiló a unos activistas de ETA y del FRAP. Fue un acto extemporáneo en el que lo peor de lo peor del régimen franquista se empeñó en revivir los usos de décadas atrás y demostrar que a la España franquista nadie le jugaba, no un órdago, tres míseras piedras.

El franquismo, por cierto, argumentó que aquellos tipos eran terroristas y que, por lo tanto, bien fusilados estaban. Llama la atención el extraño parecido que tiene este argumento con otros que se oyen por aquí últimamente. Y es que, como dijo el maestro Muñoz Seca, los extremeños se tocan.


Traigo a colación a este post dos fotos que he encontrado por ahí, precisamente de aquel final del verano de 1975. Olof Palme era jefe de gobierno en Suecia. En Europa se montó la mundial contra la dictadura española; especialmente en Portugal, que acababa de derribar la suya, donde la embajada española fue poco menos que saqueada.


Grupos antifranquistas suecos montaron cuestiaciones por la calle para pedir dinero que enviar a las familias de los fusilados. Y Palme, sabiendo con seguridad que su imagen sería foto mundial, salió a la calle, se colocó el cartel peticionario, y participó en la cuestación como uno más.


Sólo dejo aquí una pregunta: ¿qué habríamos pensado los españoles demócratas si Palme hubiera decidido quedarse en su despacho porque: a) no hay que poner en peligro las relaciones con España; b) hay que respetar a España; c) al fin y al cabo, tenemos negocios en España?






miércoles, marzo 03, 2010

Vita Pauli (4)

Pasa el tiempo. La labor evangelizadora en Asia Menor cada día va mejor. Llega un día en el que incluso cabe sospechar que la iglesia cristiana, en realidad, tiene ya más fieles gentiles que judíos. Es el momento, que decimos hoy en día, que llega el peligro de morir de éxito. La palabra mágica es: sincretismo.

El sincretismo es aquel proceso por el cual un creyente de la creencia A se convierte en acólito de la creencia B, pero se trae, por así decirlo, elementos de la creencia A consigo. En realidad, el sincretismo será más que probablemente practicado por la propia Iglesia católica dentro de algunos siglos, cuando decida jugar en la Champions League de ser la iglesia universal del ser humano occidental y necesite, por lo tanto, absorber a miles y miles de mitraístas, baquianos, creyentes en Cibeles, en Atis, en Thot, en Osiris; y lo que haga sea transliterar algunos de sus mitos y de sus ritos para convertirlos en ritos cristianos, como ocurre con la Navidad. Pero estamos en un momento muy previo para eso. De momento, el cristianismo es tan sólo un prometedor Alcorcón F.C. que parece apuntar maneras para ser algún día, con mucha suerte, club de primera.

El problema para un cristianismo que cada vez es más gentil y menos judío es que, en realidad, la creencia en Jesucristo es una creencia judía. La consideración de Jesús como un Mesías, un enviado, es una creencia judía que está en las profecías de dicha religión. A los gentiles este montaje teológico les sonó tan extraño que incluso confundieron en nombre griego del Mesías, Christos, con un nombre de pila, Chrestos, habitual en los esclavos; y es por ello que Cristo comenzó a ser tomado como un nombre de persona, como si fuera el primer apellido de Jesús (Cristo) o parte de su nombre (Jesucristo); en lugar de ser lo que es, que es un apelativo. Jesús es el Cristo porque es el Mesías. Es como si mañana le dijera yo a un amigo que no hable español: «Yo soy Juan y soy tu confidente», y mi interlocutor sacase la conclusión de que mi nombre es Juan Confidente.

Es por esta razón de que los gentiles tendían a no saber lo que es un Mesías que Jesús y Dios comenzaron a ser llamados Señor (Kyrios... remember Kyrie Eleison) o Jesús Hijo de Dios (Theos Hypsistos), conceptos que los no judíos entendían mejor. Es por la dicha razón que hoy cantamos en la iglesia aquello de «El Señor hizo en mí maravillas/gloria al Señor».

Lo mismo ocurre con la promesa de la llegada del Reino de Dios. Para los judíos, pasados, presentes y futuros, esta expresión tiene un significado bastante claro. Pero no para los gentiles. Aquellos gentiles que no habían pisado nunca una sinagoga no sabían una mierda de las visiones de David que están en el fondo de esta promesa; y es por eso que la religión cristiana tuvo que hacer tanto hincapié en la resurección de la carne, algo en lo que no todas las teologías judías creían.

Esta necesaria «des-judaización» del cristianismo, sin embargo, tuvo como consecuencia que el cristianismo cayera en el peligro del sincretismo; en el peligro de acumular, como en un enorme sumidero intelectual, todas y cada una de las creencias que estaban en el sustrato culturo-religioso de sus nuevos prosélitos. Con ello, el cristianismo se veía en peligro de encontrarse en esa situación paradójica de las empresas que producen por encima de costes, es decir la situación por la cual, cuanto más vendes, más pierdes.

Evidentemente, esta situación acojonó, especialmente, a los máximos guardianes de la pureza, es decir la iglesia cristiana de Jerusalén, y muy probablemente también a las hermandades fariseas que eran, si no su apoyo, sí su comprensiva vecindad; pues es bien sabido lo extraño que resulta que los Evangelios hagan de los fariseos los grandes enemigos de Jesús cuando éstos, precisamente por creer en la resurección en una medida no alcanzada por los saduceos, en realidad estaban más cercanos a la doctrina cristiana (una más de las preguntas sin respuesta acerca de la labor de los evangelistas). Y es por esta razón que la iglesia de Jerusalén contraatacó.

Lucas nos cuenta en los Hechos (capítulo 15) que unos tipos de Judea subieron a Antioquía para predicar que todo aquél que no se circuncidase según la ley mosaica, no se salvaría. La expresión usada por el cronista es muy genérica, pero tengo yo por racional sospechar que lo que hubo aquí fue una delegación en toda regla de la iglesia de Jerusalén para tratar de poner las cosas en su sitio. Un pequeño golpe de Estado circunciso que se basaba en dejarse de hostias (nunca mejor dicho) y hacer que fuese claro como el caldo de un asilo, y para todos, el principio de que ser cristiano implicaba seguir las leyes milenarias de los judíos. Más que probablemente, se trataba, además, de una manera de evitar la entrada dentro de la iglesia cristiana de elementos sincréticos o sólo medio creyentes. Esto fue así incluso a pesar de que los propios teólogos judíos no se ponían de acuerdo en la materia. En las disputas teóricas entre dos de las principales corrientes del judaísmo, por ejemplo, la escuela de Shammai sostenía que todo gentil que se convirtiese debía circuncidarse; mientras que la escuela de Hillel, más comprensiva, establecía que no, siempre y cuando las obligaciones espirituales ligadas a la circuncisión fuesen respetadas.

Algo antes de la llegada de los predicadores de Judea, Pedro estaba ya en Antioquía; no sabemos si para tratar este tema u otro. Lo que sí nos cuentan los exégetas es que, cuando llegaron los predicadores, éstos traían un mensaje de Santiago para Pedro/Piedra, en el que más o menos le decía que habían llegado a Jerusalén noticias de que se sentaba con gentiles e incluso compartía comida con ellos; que eso había causado sorpresa entre los cristianos e indignación entre los judíos no cristianos con los que convivían. Y que se cortase un pelo.

Supongo que sabéis que para los judíos la comida no es cosa baladí. Las restricciones que tenemos los católicos, eso de no comer carne los viernes y tal, son caralladas al lado de los escrúpulos de la religión hebrea a la hora de definir qué alimentos son kosher. Para los judíos, que un judío compartiese comida gentil con gentiles era la hostia. Los cristianos de Jerusalén, que necesitaban como el comer la comprensión y el apoyo de los judíos oficiales, se encontraban ante el problema de que éstos, ahora, no les veían como personas pías y observantes de la ley, porque un hebreo que tal sea no se sienta a la mesa de unos mediopensionistas y se come lo que le ponen en el plato. Ni de coña.

Pablo, sin embargo, no podía dar marcha atrás. Llevaba entonces varios años predicando a los gentiles, cada vez más gentiles totalmente alejados de la teología y la moral hebreas. Gentes a las que, por lo tanto, no podía contarles que salvarse consistía en respetar una sedicente ley mosaica inventada por unos tipos de otra nación y otra cultura. Eso sería como predicar el cristianismo en Palencia sosteniendo que para salvarse hay que practicar las costumbres del pueblo azerbaiano. Como decirles a los valencianos que no pueden tirar petardos porque resulta que el Dios auténtico habló en el Cáucaso y allí consideran que los petardos con cosa del diablo. Pablo, en resumen, sabía que, si aceptaba la ligazón mosaica del cristianismo, conforme más se alejase de Jerusalén, menos colines se iba a comer, hasta llegar a un punto en el que no se comería ninguno. Él le contaba a sus prosélitos que para salvarse sólo hacía falta el perdón de Dios y la Fe en Él. Si ahora tenía que introducir una disposición adicional que dijese «y además rajarse la cebolleta», sabía que podía haber problemas o, lo que es peor, retrocesos.

Esto generó el segundo gran concilio del cristianismo, aunque no se llame así. Delegados de la iglesia de Antioquía se desplazaron a Jerusalén para un gran debate sobre la materia. Los Hechos nos dicen que los judíos, apoyados por fariseos, presentaron la moción de que la circuncisión tenía que ser conditio sine qua non para la salvación. Pero perdieron. Según los Hechos, fue Santiago el que intervino finalmente para aportar el argumento final: vista la exposición de Barnabás y de Pablo sobre sus logros entre los gentiles, resultaba obvio que Dios había entrado en ellos. Pero si Dios había entrado en ellos, ¿como podrían los hombres negarlo?

Evidentemente, no tenemos forma de contrastarlo, pero yo diré aquí que se me hace difícil tamaña prueba de comprensión en Santiago. O, mejor dicho: la narración que conocemos es sincrética, como un acta de una junta de accionistas que sólo recogiese la constitución de la misma y los acuerdos aprobados, sin información alguna de los debates intermedios. No podemos saber, por lo tanto, cuáles fueron los argumentos, y sobre todo las amenazas, que se vertieron en medio de la discusión. No podemos saber hasta qué punto lo que pasó allí fue, simple y llanamente, que la iglesia de Pablo y Barnabás era ya tan grande que, en realidad, la de Santiago, Pedro y Juan no podía aspirar a imponerse sobre aquélla. No podemos saber si hubo amenaza de escisión y, si la hubo, quién la blandió. No podemos, por lo tanto, saber si las sabias palabras de Santiago son fruto de la amorosa comprensión, o una simple y pura cesión.

Pero eso sólo significaba que los gentiles no tendrían que circuncidarse. Quedaba la otra cuestión: ¿podían gentiles y judíos comer juntos? ¿Podía un judío sentarse una mesa con tipos que comían alimentos sanguiñolientos? ¿Podía un judío aceptar la relativa mayor laxitud gentil en lo que al contacto de los dos sexos se refiere?

Esta discusión, probablemente, fue mucho, muchísimo más agria, larga y jodida que la del pito. Una vez más, si hemos de creer a las fuentes que tenemos, fue Santiago el que encontró una fórmula de compromiso: los gentiles serían aceptados en la mesa de los judíos, siempre y cuando se abstuviesen de practicar ciertas cosas especialmente rechazables por parte hebrea: básicamente, comer alimentos asociados de alguna manera a alguna idolatría, y carne que aún contuviese sangre, así como respetar las reglas judías del contacto entre sexos.

El decreto de Jerusalén supuso una victoria sin paliativos de los gentiles. Cierto que se les impusieron ciertas restricciones. Pero consiguieron lo que Pablo y Barnabás habían ido a buscar a Jerusalén, y es que fuesen reconocidos miembros de pleno derecho de la iglesia cristiana.

Esta fue la segunda, y más importante, victoria del cristianismo. Lo hiciesen de buen grado o presionados, fruto del convencimiento o la transacción, con el decreto de Jerusalén los judíos cristianos aceptaron un status quo que, suponía, colocar las semillas de una religión universal. Pablo había ganado su partida. Suyo era el gobernalle de la nave. Era su interpretación de las cosas la que se había impuesto y, como él había previsto, esa victoria tuvo como consecuencia, en las siguientes décadas, el crecimiento constante del cristianismo, la formación de un tsunami de conversiones que acabaría teniendo su clímax, siglos más tarde, en la solemne chorrada que conocemos como herencia de Constantino.

Aún nos quedaría seguir los pasos del viejo Saulo hasta su probable decapitación, quizá en el lugar marcado por la tradición y ocupado hoy por la iglesia romana de San Paolo fuori le Mura. Pero en estos tiempos descreídos, tal vez sea demasiado cristianismo.

Le dedico esta serie a Chiky Orange, más que nada porque me da la gana.

lunes, marzo 01, 2010

Vita Pauli (3)

Desde que, en el año 200 Antes de Cristo, Judea fuese incorporada al imperio seléucida, que tenía su capital en Antioquía, esta ciudad se convirtió en destino principal de los judíos que abandonaban Palestina. Era una ciudad con una gran actividad comercial.

A pesar de la importante colonia judía, en la ciudad había grandes masas de no judíos, y fue entre éstos donde la estrategia del ticket Barnabás-Pablo comenzó a conseguir creyentes a manos llenas. Y esto fue gracias al radical cambio estratégico que ambos predicadores defendían como necesario para que la iglesia pudiese convertirse en universal.

El judaísmo, ya lo hemos dicho antes, es una religión que se basa en la existencia de un pacto entre Dios y su pueblo, que no son los seres humanos, sino el subconjunto de seres humanos pertenecientes a las tribus de Israel. En los tiempos que relatamos, al igual que hoy en día, se podía creer en la religión judía sin pertenecer al pueblo elegido y, en ese caso, el judaísmo consideraba a los creyentes personas con temor de Dios y les daba un puesto intermedio entre los no creyentes y los judíos puros; puesto intermedio que impedía, por ejemplo, el acceso de estos creyentes gentiles al templo de Jerusalén.

Los no nacidos judíos, si querían integrarse plenamente en el judaísmo, debían, fundamentalmente, circuncidarse. Esta operación un tanto grimosa es la expresión simbólica del pacto entre Dios y los israelitas; así pues, circuncidarse equivale a hacer pública fe de judaísmo y aseverar que se acepta ese pacto con Elohim. La persona que quería entrar en la comunidad religiosa israelita, pues, debía circuncidarse, realizar un sacrificio en el templo y, posteriormente, allá por los tiempos de Jesucristo más o menos, es probable que se introdujese un rito de bautismo.

La gran novedad barnabo-paulina consistió en aceptar a los gentiles como miembros de pleno derecho de la iglesia, que aquella creencia que tenía notabilísimas raíces judías, pero sin exigir la circuncisión. Esto, en aquellos tiempos, era poco menos que imposible para un hebreo hijo de hebreos, educado en la estricta observancia de las leyes de los mayores, como Pablo se define a sí mismo. Sin embargo, fue él quien tuvo la inteligencia de darse cuenta de que esa rigidez, esa pequeña capucha de piel, era el gran obstáculo para el crecimiento del cristianismo. Parece ser que no fue el primero que lo pensó. Pedro, sin ir más lejos, aceptó dentro de la iglesia a un centurión de Cesarea, Cornelio, sin exigirle circuncisión; pero esto no pasa de ser un detallito individual, que no tiene nada que ver con aplicar la regla sistemáticamente.

En el año 46, durante la prefectura de Tiberio Julio Alejandro, se produjo una sequía de la hueva que provocó una especie de corriente de solidaridad por Judea, dado que ésta era un área especialmente pobre cuyos habitantes no podían pagar los altos precios que habían alcanzado los alimentos. Esta coyuntura fue aprovechada por Pablo para poder marcar con claridad ante la metrópoli de Jerusalén la importancia y poder que había alcanzado la iglesia de Antioquía.

Entre los fieles de la ciudad se hizo una cuestación de dinero para Jerusalén y Barbabás/Pablo fueron designados para llevar la pasta.

En esta visita a Jerusalén del año 46, el cristianismo se jugó por primera vez su futuro. Jerusalén era, como lo es aún hoy en día, una de las ciudades del mundo más reacias al cambio. A ella llegaron, sin embargo, dos personas para contar que estaban teniendo un éxito de proselitismo sin precedentes, pero que lo estaban consiguiendo a base de mandar a tomar por culo algunas de las grandes reglas de juego de las creencias judaicas, a las que aún pertenecían de hoz y coz. Para demostrar la capacidad de su misión, llegaban a la ciudad con las bolsas llenas de monedas, demostrando con ello que eso que decian de que les salían los acólitos por las orejas no era algo que se inventasen. Pero les preocupaba el futuro. Santiago, Pedro y Juan seguían, formalmente, al frente de la iglesia. De una iglesia que no quería ser poco más que una derivación judaica más. Pero el juego ahora era distinto. Barnabás y Pablo creían haber encontrado la fórmula para hacer que el mensaje del Camino le interesase a cualquiera (y era verdad que lo habían encontrado); habían entendido la enorme fuerza que tenían y tienen el mensaje de la resurrección, la reinvención de las doctrinas mesiánicas en una teología eucarística, y, sobre todo, la idea de construir una religión desde y para los gentiles. Pero temían que eso provocase una escisión dentro del cristianismo, y para eso, precisamente, fueron a Jerusalén: para impedirlo.

Pablo nos cuenta estos encuentros en la cumbre cristiana, algo que podríamos denominar el primer concilio de la Historia de la Iglesia, en su mensaje a los gálatas, y lo hace en unos términos de buen rollo que, desde luego, no se pueden desmentir, a falta de más fuentes. Nos dice el apóstol que los tres dirigentes de Jerusalén entendieron a la primera que Barnabás y Pablo habían sido llamados a evangelizar a los gentiles, lo aceptaron, les felicitaron y se limitaron a trazar una línea roja: vosotros les llevaréis el mensaje a los que no se circuncidan, nosotros a los que sí. No obstante, el hecho de que las relaciones entre la iglesia cristiana judía y la cristiana gentil no fuesen siempre fáciles hace pensar que, tal vez, la versión de Pablo es un poco políticamente correcta y que los hechos, quizá, no fueron tan fáciles. Cabe imaginar al trío de la bencina jerusalénico, Santiago, Pedro y Juan, contestándole a los visitantes que qué era eso de considerar a la misma altura a un creyente judío de uno que no lo es (y es que si ya es prácticamente imposible que a un hebreo educado en la tradición hebrea como Pablo no comulgue con este radicalismo exclusivista, que no le ocurra a cuatro, es decir el mismo más los tres de Jerusalén, es simple y sencillamente imposible). No me parece nada extravagante imaginar que el reparto final de misiones, tú los gentiles y yo los míos, fuese una transacción para no acabar como el rosario de la aurora.

El caso es que Barnabás y Pablo volvieron a Antioquía contando con el nihil obstat de la iglesia de Jerusalén para extender su palabra. Lo más probable es que su estrategia se basara en visitar las sinagogas, contactando allí con los gentiles que asistieran como hombres temerosos de Dios, a los cuales ofrecerían formar una iglesia gentil. De Antioquía pasaron a Chipre, y de ahí a Asia Menor hasta llegar a Galacia, entre otros lugares. En alguno de ellos, por cierto, como es el caso de la Antioquía Pisidiana, los predicadores fueron a la sinagoga y lanzaron sus mensajes claramente dirigidos a los gentiles. A éstos todo lo que les dijeron les pareció de pila máster y pasaron la semana comentándolo con todo cristo, motivo por el cual a la semana siguiente la sinagoga estaba petada de gentiles que les habían ido a escuchar, lo cual provocó problemas con los judíos, que consideraban su templo invadido. Esta anécdota nos sirve para entender que ambas maneras de entender el cristianismo no convivían con tanta facilidad como el propio Pablo nos quiere dar a entender.

Cuanto más tiempo pasaba, más cuenta se daba Pablo de que esos gentiles acercados al judaísmo, los temerosos de Dios, eran material de primera para fundar una iglesia distinta. Y, por ello, dio un paso más. Otra de esas jugadas geniales que en el ajedrez se marcan con uno o varios signos de admiración: desarrolló el mensaje de que el cristianismo tenía que ver con las profecías mesiánicas del judaísmo pero, al mismo tiempo, comenzó a predicar que todo ese mesianismo había, por así decirlo, cristalizado en la persona de Jesús y que, consecuentemente, tras su muerte y, sobre todo, su resurrección la distinción entre judíos y no judíos había desaparecido.

Éste es un mensaje central del cristianismo. El pueblo cristiano es una simple asamblea de creyentes. Sin más distinciones. Todos cabían, como todos caben. Pero eso no es, no puede ser, judaísmo. El judaísmo, ya lo hemos dicho, se basa en la existencia de un pueblo elegido, de unos tipos de primera que, por mucho que amen y acojan a los de segunda, no dejan de ser de primera (y los otros de segunda). Y hay algo incluso social aquí. Porque es un hecho, un hecho que probablemente no cambiará nunca, que en toda humanidad hay siempre más puteados que puteadores. Siempre son más los pobres, los preteridos. Pablo, como Mahoma algunos siglos después, se dio cuenta de que el triunfo de una religión no está en la verdad, porque la verdad es opinable. El triunfo es el número. El número puede ser incluso más poderoso que el ejercicio del poder, como bien saben los emperadores romanos que quisieron apiolarse a los cristianos (o los españoles que se pasaron cuatro siglos limpiando España de judíos y, terminado el proceso, aún los tenían en su seno).

Si lo importante es el número, hay que lanzar mensajes que suenen allí donde hay más número. El cristianismo paulista cautiva a los gentiles que se sienten soportados pero no respetados por los judíos; como acabará fascinando a los esclavos poseídos por otros seres humanos, a los ciudadanos sin nombre ni patrimonio del censo por cabezas y, sobre todo, a la subespecie humana por definición más preterida durante los siglos: las mujeres.

Para todos estos grupos o colectivos humanos acostumbrados a tener que esperar en la cola de la salvación, el mensaje de Pablo es la leche. Los últimos serán los primeros, bla bla bla. Ya no hay diferencias. Esto va de participar en el banquete sacrifical del Hijo de Dios, y aquí participan todos por igual. Que la Iglesia reinventase finalmente las diferencias, es otra historia.

Antioquía dejó de ser la hija de Jerusalén y pasó a ser la madre de las iglesias de Cilicia, de Chipre y de Galacia. Había una creencia sustancialmente nueva que, sin embargo, pretendía seguir siendo la antigua. Había una aceptación total de los no hebreos, pero todo el momio se basaba en teorías e ideas judías. Todo esto era el germen de un enfrentamiento y, quizá, de una escisión.

En aquellos tiempos, el cristianismo se la jugó defintiivamente, pero supo ganar. Para explicarlo, en el próximo capítulo deberemos hablar del Decreto de Jerusalén.