martes, noviembre 03, 2026

El cabreo (24): La guerra de la fariña

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


 


En 1775, el ambiente ideológico en Francia estaba ya eso que se dice muy crispado. Pero, sin embargo, los franceses todavía se tomaban la llegada de un nuevo rey como una buena noticia y, lo que es más importante, seguían otorgándole al recién llegado las mejores intenciones. El 11 de junio de 1775, Luis fue coronado en Reims, en una ceremonia en la que no se escatimaron, ni medios, ni esfuerzos, sin que dicho dispendio generase protesta alguna sino, más bien, todo lo contrario. Francia siempre ha sido lo mismo, y los franceses no engañan a nadie. Ellos siempre quieren tener el rey más emperifollado, el mejor general de la Historia, la torre más alta. Francia siempre ha aspirado a liderar el mundo; y tanto su rey legítimo como su rey sustituto (mesié le prasidán de la republí) son elementos fundamentales en ese planteamiento. Francia necesita estar siempre bajo el mando de alguien que sea la polla de Montoya. Y los franceses, a unos pocos años de decapitarlo, estaban convencidos de que Luis XVI sería ese alguien.