lunes, enero 09, 2017

Los cátaros (y 3)

No te olvides que ésta es una segunda parte de una primera parte y de una segunda parte.

La primera guerra entre los franceses del norte y los cátaros duró veinte años, y no fue capaz de desalojarlos. La verdad es que los herejes del Languedoc contaban con muchos recursos y, además, muy pronto contaron también con eso que hoy denominaríamos una reacción nacionalista por parte de la nobleza local, ya que tanto Raymond VI como Raymond-Roger de Foix se sintieron casi invadidos por los sucios borgoñones (lo fueron) y excitaron su propia reacción. Además, la nobleza de segundo nivel, sobre todo el muy batallador vizconde de Béziers, estaba completamente a favor de la herejía. Muchos de ellos, además, dominaban poblaciones, como Béziers, Fanjeaux, Duns o Laurac, donde el catolicismo había desaparecido por completo.



Los heréticos contaban con diversos puntos fuertes, como los castillos de Servian, cerca de Béziers, o el de Minerva, cerca de Narbona. Por encima de todos, estaba la plaza inexpugnable de Montségur, una especie de monte Thabor a lo cátaro. Montségur se encontraba dentro de los límites del condado de Foix y había sido, al parecer, una especie de fideicomiso a favor de la princesa cátara Escarmonde de Foix.

La cruzada contra los albigenses fue mucho más que una guerra religiosa, como suele ocurrir con todas las guerras religiosas. Fue también, y yo diría que incluso fue principalmente, un enfrentamiento en el que se dirimió quién dominaría el Midi francés. Carlomagno, un rey franco que tenía muchas tendencias hacia el Este de sus posesiones, lo cual quiere decir que era muy de pasearse por Alemania, había sufrido en sus carnes imperiales el aleve mordisco de las intenciones autonomistas de los normandos, los aquitanos, los mediterráneos y otros muchos que hoy no tienen problemas en identificarse bajo una bandera tricolor, pero que en un tiempo se odiaron como extranjeros. A pesar de la aparente victoria del buen franco, en realidad muchas cosas habían quedado en paso en eso que hoy llamamos Francia, y es por ello que no hemos de extrañarnos que la nación experimentase tendencias centrífugas con el catarismo, exactamente igual que le costaría varios siglos resolver el sudoku hugonote. La nobleza norteña, notablemente la borgoñona, había echado sus ojos sobre aquellas fértiles tierras y tenía una leve idea de unidad nacional para soportar esas ambiciones. Además, estaba el tema de que el Papa decía que si era para Dios y tal. Pero, en el fondo, se trató de una guerra de conquista.

Raymond de Toulouse era un noble en realidad dispuesto a amigarse de nuevo con la Iglesia. Sin embargo, la presión de los nobles del norte le impidió adoptar una posición pragmática. Para la nobleza menor, como Raymond-Roger de Béziers, en realidad no había elección: la composición social de sus dominios era clara. Por otra parte, el rey Pedro II de Aragón, ferviente católico, contemplaba con mucha desconfianza la posibilidad de que territorios de la Francia meridional, como Carcasona, pudieran caer en manos de los norteños. Sin embargo, el problema que presentaban todos estos nobles para la causa cátara era su incapacidad de formar un frente unido. Raymond intentó muchas veces alcanzar coaliciones con Raymond-Roger, que era pariente suyo; o con Pedro, que era su soberano. Pero nunca lo consiguió. Después de Saint-Gilles, el conde tolosano ensayó la unión con Roma, uniéndose a la cruzada y viajando a Roma, lo que no le libró de que Simón de Montfort le embargase sus tierras. Raymond-Roger también trató de llegar a algún tipo de acuerdo, pero no consiguió evitar que, de hecho, la cruzada comenzase por sus tierras. En julio del 1209, de hecho, se produjo en Béziers un verdadero geonocidio. Ese mismo año, Montfort tomó Carcasona, en el corazón de los dominios de Béziers, que declaró embargados.

Hay que decir que durante esa cruzada no hubo piedad para nadie, en un episodio oscuro del papado del que no sabe que haya habido jamás Papa alguno que se haya acordado. Los papas, ya se sabe, cuando rectifican lo hacen diciendo cosas que si lo de Galileo fue caca y tal, en un movimiento que provoca erecciones entre los ateos, que de esa manera se creen que han hecho que la Iglesia doble la rodilla. En realidad, lo que hacen los papas es jugar con la ignorancia y la incultura de sus críticos que, al parecer, parece que creen que la peor cabronada cometida jamás por Roma fue putear a Galileo.

Cuando en julio del 1210 capituló el castillo de Minerva, las condiciones de la rendición estipularon con claridad que los cátaros que estaban en el interior habrían de salvar la vida. Sin embargo, Monfort entró en el castillo a sangre y fuego y no se paró delante de ancianos, mujeres o niños: a todos se los cargó mientras el legado del Papa lo miraba todo. Pero resulta que la Iglesia por lo que tiene que pedir perdón es por haberle dado dos hostias a un astrónomo.

En 1211, en el concilio de Montpellier, Inocencio III, vicario en la Tierra del señor ése que dicen que dijo que pusieras la otra mejilla y amases a tu enemigo y bla, aprobó hasta la última coma el programa de los matones del norte de Francia, que por virtud de las decretales papales se establecieron en el Midi como policía genocida.

Así las cosas, cuando Raymond regresó de Roma, adonde había ido a echarse a los pies de un hijo de puta y pedirle perdón, fue recibido como un liberador. Para entonces el rey aragonés, muy temeroso de perder sus tierras (los súbditos parece que le importaban algo menos) se había declarado totalmente contrario a la cruzada; tonto él, había intentado pactar un fin de la guerra con la ayuda del Papa, pero el Papa no le ayudó nada porque probablemente consideraba que todavía no había muerto suficiente gente. Él no pararía hasta que no quedase un cátaro sobre la Tierra.

Pedro de Aragón, Raymond de Toulouse, Raymond-Roger de Foix y el conde de Comminges unieron sus fuerzas. Sin embargo, sufrieron una dura derrota en el castillo de Muret, en 1213. Raymond y Raymond-Roger huyeron a Inglaterra y Pedro de Aragón murió en la batalla.

Inocencio, ante las presiones recibidas en Roma y por el rey francés, optó por la moderación. En el concilio de Letrán, los nobles del Mediodía fueron reconciliados con la Iglesia. La presión cedió bastante en junio de 1218, cuando Simón de Montfort murió ante los muros de Toulouse. Ciertamente, los nobles se habían comprometido a luchar contra la herejía, pero lo cierto es que ésta se practicaba de nuevo libremente en sus tierras ya en 1220.

Poco tiempo después murió Inocencio III. Honorio III, su sucesor, llegaba al Vaticano falto de un campeón por la muerte de Montfort. El partido católico decidió entonces apoyarse en Luis VIII, el rey de Francia. En 1222 murió Raymond VI. Lo sucedió su hijo, Raymond VII, conocido por su mayor cercanía a la ortodoxia católica. Pero no le sirvió de nada, porque en 1226 los nobles del norte volvieron a invadir el Midi, a las órdenes de Luis VIII en persona. En tres años, se apiolaron la región. Raymond VII se vio obligado a firmar el tratado de Meaux, abril 1227, con un joven Luis IX y su mamá, la regente Blanca de Castilla, ya que Luis VIII murió en la guerra. Raymond tuvo que aceptar fuertes indemnizaciones de guerra, así como aceptar que su hija y heredera se casase con Alfonso, el hermano del rey, y asegurar la persecución de los cátaros. Sus aliados, los condes de Foix y de Comminges, los vizcondes de Béziers y de Béarn, firmaron también el acuerdo, pero nunca prometieron combatir a los herejes.

Después de esto hubo en el Languedoc un periodo de diez años de tensa paz. Los dominicos establecieron tribunales de la Inquisición en Toulouse, en Albi y en Narbona. Muchos cátaros fueron detenidos y finalmente quemados. Pero en los territorios del vizconde de Béziers y del conde de Foix eran protegidos, y sus predicadores circulaban libremente. En 1232, negociaron con el señor de Pérelle la continuidad en la cesión de Montségur, a lo que el padre de Eclarmonde accedió.

En 1239, Raymond de Toulouse y Raymond Trencavel, el vizconde de Béziers, trataron de sacudirse el yugo que les habían impuesto los acuerdos. Sin embargo, el levantamiento liderado por Trencavel fue derrotado cerca de Carcasona, y Raymond de Toulouse fue sometido en dos años. El tolosano regresó a la obediencia católica, mientras que Trencavel se refugió en Cataluña.

La primera labor impuesta a Raymond tras su regreso al redil fue solucionar lo de Montségur. Si alguna vez pensó en tratar de escamotearla, probablemente se convenció de lo contrario después de que su gran aliado, Roger-Bernard de Foix, muriese en 1241, para colmo reconciliado con la Iglesia en su lecho de muerte. Roger IV, el heredero de Foix, estaba más interesado en conservar sus posesiones que en proteger a los herejes.

En 1242, una patota de cátaros venidos de Montségur se juntó con otros albigenses de la villa de Avignonet para emboscar a unos inquisidores dominicos que se dirigían al lugar. Los mataron a todos. Aquel crimen acabó de clavar el último clavo en el ataúd donde serían enterrados los cátaros. Eso que hoy llamamos la opinión pública, acordándose del asesinato de Pierre de Castelnau, se decantó rápidamente por considerar los asesinatos como obra de Raymond de Toulouse, como había hecho su padre. Raymond lo negó y le envió a Blanca de Castilla todo tipo de mensajes prometiendo mano dura con los asesinos y con los albigenses en general. Durante los años 1243 y 1244, los albigenses fueron apresados y quemados a cascoporro. La represión no se paró con la nobleza, pues a la pira fueron gentes como Pierre-Robert de Mirepoix, Arnaud de Massa, Pierre de Navidals e incluso Eclarmonde de Pérelle. Los cátaros huyeron a los Pirineos e incluso lejos de Francia, a Lombardía e incluso a los Balcanes. Pero buena parte de ellos se hicieron fuertes en Montségur. Para Raymond, destruir aquel enclave se convirtió en una conditio sine qua non. Los encastillados acudieron antes al señor de Foix, pero éste les dio la espalda.

En el asalto todos los cátaros, incluidos mujeres y niños, colaboraron en la defensa comandada por el señor de Pérelle y por Guillebert de Castres, el obispo más admirado de entre los cátaros. Pero pronto se vieron desbordados por la magnitud del ataque que Raymond lanzó contra ellos. Cuando lo vieron todo perdido, los fieles recibieron el consolamentum, esto es la extrema unción a lo cátaro, y se resignaron a su destino. En medio de una noche oscura de marzo, cuatro perfectos, como se llamaban entre ellos después de recibir el dicho rito, se escabulleron del castillo, llevando los libros sagrados de los cátaros, camino de los Pirineos. Al día siguiente, Montségur se rindió.

La fortaleza fue destruida y buena parte de las gentes que estaban en ella, unos doscientos, fueron quemados sin siquiera hacerles juicio. El resto fueron encarcelados; muchos de ellos se libraron del fuego mediante pago de multas y penitencias. De todas formas, la Inquisición se tiró todavía unos cincuenta años encontrando comunidades cátaras aquí y allá.

Con la caída de Montségur, los cátaros comenzaron una existencia clandestina y, la verdad, putomiérdica. Los huidos con los libros llegaron al castillo pirenaico de So, pero incluso de ahí debieron huir; y en cada huida su pequeño tesoro se hacía más pequeño.

En 1249, a la muerte de Raymond VII, Alfonso de Francia, que heredó su condado, quiso ser clemente. Prometió restituirle los bienes a los descendientes de los albigenses que se hubiesen arrepentido. Pero la Iglesia le dijo que un cojón de mico. La represión continuó, y en 1274 la Iglesia católica pudo decir, con orgullo genocida, que no quedaba ni un solo obispo cátaro en Francia. De esto, que se sepa, nunca han pedido perdón; lo mismo hasta están orgullosos.

En 1296, sin embargo, hubo en Béziers y en Carcasona matanzas de inquisidores, lo cual demuestra que el problema cátaro era, además, un problema anticlerical. Algunos predicadores cátaros lombardos se dejaron caer por Languedoc, a revivir viejas glorias. Pero Felipe IV el Hermoso se encargó, entre 1304 y 1312, de bajarle los humos a ese neocatarismo incipiente. En 1330, la iglesia cátara podía considerarse desaparecida.

La Iglesia, ésa que escribimos con mayúsculas porque su papel histórico es inigualable para nosotros a cualquiera otra; la Iglesia, digo, no aprendió una mierda de todo aquello. El catarismo, como todas las creencias dualistas, era el fruto de una diferencia teológica. En realidad, era el fruto de una religión dizque cristiana aunque en realidad no lo era. Pero, en lo tocante a su vertiente francesa, el catarismo, era mucho más; y dentro de ese mucho más era el enorme espacio para el escándalo que había dejado el catolicismo. Se podría pensar que Roma podía haber aprendido a ser más modesta, más humilde y menos corrupta tras haber tenido que sojuzgar una rebelión tan importante. Pero lo cierto es que muy poco tiempo después de desaparecer los cátaros, en términos históricos, Lutero tuvo que sacar a pasear sus tesis y montarla. De hecho la Iglesia de Roma, a principios del siglo XIV, estaba lejos de reformarse; en realidad, estaba a punto de entrar en una de sus etapas más corruptas y asquerosas. Roma no masacró a los cátaros para defender una ortodoxia. Lo hizo por acumular poder. Como lo hubiera hecho cualquier otro hijo de puta sin creencias.

La que sí salió ganando de la cruzada de los albigenses fue Francia. Hoy en día es evidente para cualquiera que dentro de Francia hay muchas francias. Los franceses del norte y del sur no comen lo mismo, no hablan el francés igual, no votan igual. Son diferentes, pero ya no son partes distintas. Ese fenómeno, como ya he tenido ocasión de comentar en estas notas, no comenzó, como dicen los que creen que saben algo, con los jacobinos. Comenzó el lejano día en que la diligencia de un legado papal, Pierre de Castelnau, se aprestaba a cruzar el inquieto Ródano, y fue atacada por un oscuro hombre armado que acabó con la vida del prelado. Ese día comenzó a construirse Francia y comenzó, por cierto, a perder fuelle el sueño de Cataluña de ser algún día una potencia europea, pues el centralismo parisino la dejó sin unas tierras que geográficamente tal vez le pertenecen. La dejó sin esos lugares con anfiteatros romanos y afición a los toros que hubiera necesitado para ser grande.

La cruzada de los albigenses es mucho más que un suceso religioso. Da mucho que pensar, da para muchas ucronías. Lo mismo, algún día, te mola pensar en ello.