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En 1775, el ambiente ideológico en Francia estaba ya eso que se dice muy crispado. Pero, sin embargo, los franceses todavía se tomaban la llegada de un nuevo rey como una buena noticia y, lo que es más importante, seguían otorgándole al recién llegado las mejores intenciones. El 11 de junio de 1775, Luis fue coronado en Reims, en una ceremonia en la que no se escatimaron, ni medios, ni esfuerzos, sin que dicho dispendio generase protesta alguna sino, más bien, todo lo contrario. Francia siempre ha sido lo mismo, y los franceses no engañan a nadie. Ellos siempre quieren tener el rey más emperifollado, el mejor general de la Historia, la torre más alta. Francia siempre ha aspirado a liderar el mundo; y tanto su rey legítimo como su rey sustituto (mesié le prasidán de la republí) son elementos fundamentales en ese planteamiento. Francia necesita estar siempre bajo el mando de alguien que sea la polla de Montoya. Y los franceses, a unos pocos años de decapitarlo, estaban convencidos de que Luis XVI sería ese alguien.
Tres días después de la coronación, además, el rey de Francia, igual que el Papa medio peruano que hay ahora con los bebés, se dedicó a tocar, uno por uno, a 2.400 escrofulosos. La taumaturgia había vuelto. Francia volvía a tener un rey que confesaba sus pecados, que comulgaba cada domingo, que podía mirar a Dios de frente y decirle: what's up, mate?
Si os paráis a pensarlo, la llegada al reinado de Luis XVI está repleta de símbolos, todos en la misma dirección. Lo cual nos hace de pensar que lo tenía todo muy meditado. La rehabilitación de Maurepas, un viejo chocho probablemente eliminado de la Corte por una jugarreta bastante sucia de la venenosa señora Poisson; la defenestración de Maupeou, el hombre más odiado de Francia; el reinicio del tocamiento de escrofulosos. Luis XVI quería decirle a los franceses: Luc, él será mi padre, pero yo no soy su hijo. Esto es algo que hace especialmente triste el tema de la revolución francesa y cómo evolucionó. Pues los revolucionarios, la verdad, no hicieron otra cosa que hacer caer el hacha que querían para Luis XV en el cuello de Luis XVI.
El rey, sin embargo, había cosas que ya no podía parar. Y una de las cosas que no podía parar era la convicción que los franceses tenían de que el palacio de Versalles era un cubo de basura; el punto más bajo de la nación. En pleno julio de 1774, todo París se hizo lenguas de un rumor según el cual el rey, yendo a almorzar, se había encontrado un breve sobre su plato que decía: Sire, tened cuidado con la reina. Se dijo que no fue el único mensaje que recibió el rey en ese sentido. Se decía que todo aquel plan anti reina estaba montado por dos mujeres: las dos parientes del rey, madame Adelaïde de France, y madame Louise-Marie de France, que tomó los hábitos carmelitas con el nombre Thérèse de Saint Augustin; solas o en compañía de algunos ensotanados.
Todo aquello formaba parte de una estrategia más amplia del denominado Parti Devout, el partido devoto, formado por las personas que querían el retorno de los jesuitas a Francia. Dicho retorno pasaba por la conversión de la monarquía de Luis XVI en un fistro ultra católico que procedería a vengarse de todos sus enemigos, dentro y fuera de las creencias católicas. Los jesuitas habían llegado a la conclusión de que María Antonieta era un obstáculo de primer nivel para sus planes; no es que les fuese rabiosamente hostil, pero sí es cierto que a la reina no le gustaba nada la perspectiva de que su marido se dejase comer la tostada por los ultramontanos. Consideraba que aquéllos no eran tiempos como para seguir orinando en las pilas bautismales, y le preocupaba el desprestigio que, al correr de los tiempos, tendría todo aquello para el puesto de su marido.
Fueron los jesuitas, en el marco de esta campaña, los que comenzaron a difundir rumores sobre los presuntos usos sexuales escandalosos de la reina. El tema comenzó apoyado en el dato de que fuese pelirroja; pues es cierto que en no pocas naciones donde las pelirrojas son poco comunes se pensó durante mucho tiempo que eran, primero, diabólicas; y cuando la cosa brujeril perdió momento, directamente unas guarras. Entre eso y que la María Antonieta venía de fuera, y que se la querían cargar, los jesuitas comenzaron a distribuir bulos a lo bestia. El rumor de que María Antonieta había sido vista de madrugada regresando de una cita con un amante inspiró el libelo más famoso de su época, La belle Aurore.
Todo parece indicar, empero, que aquello a los parisinos no les impresionó demasiado; eso sí, la ponzoña quedó plantada y, cuando los nada virtuosos revolucionarios la necesitaron, la utilizaron sin problema, a pesar de que muchos de ellos más que probablemente sabían que estaban difundiendo mentiras.
El problema, en realidad, fue otro; aunque ya os lo he contado. El problema para los franceses era que, en 1775, llevaban cinco años esperando que el rey les diese un heredero. La incapacidad del Delfín de procrear, que además se convirtió en prolongada ausencia del tálamo de su mujer, hizo pensar a muchos que si era maricón; labró el absoluto desprecio de su padre, que no se cortaba en la Corte de demostrar que consideraba que su hijo era un nenaza que sólo se empalmaba viendo los Teletubbies; y embarcó a Francia entera en la búsqueda de soluciones, a cuál más peripatética, a su problema. Al final, todo era un problema de romper el frenillo, cosa que el rey acabó por conseguir.
Con todo, el problema fundamental para la relación del rey con sus súbditos no fue ése. Turgot, el flamante ministro de Economía, era el Javier Milei de su época. Había llegado allí para introducir una liberalización salvaje de la economía; pero, obviamente, se encontró con el problema de que las liberalizaciones, en sus inicios, suelen tener efectos negativos para la gente. En efecto, cuando en septiembre de 1775 Turgot (que, recordad, como fisiócrata consideraba que la sangre de la economía era el cereal) liberalizó el mercado del trigo, el precio del pan subió. La hogaza de cuatro libras, que costaba 11 sous, pasó a costar 13,6. Una subidita del 25%, más o menos. El personal se cogió tal mosqueo que hubo que destinar patrullas militares permanentes en los mercados.
Estamos a las puertas de la guerre des farines. Que en Galicia es darse de hostias por una raya de coca, pero aquí es exactamente lo que significa: la guerra de la harina.
Una de las costumbres que instituyó Luis XVI fue la de incluir preámbulos, en ocasiones muy largos, en sus edictos. Hasta el momento, los reyes franceses sólo se habían visto compelidos a informar de que ésta o aquélla era su voluntad, sin intención de explicarla. El nuevo rey, sin embargo, quería dejar claro las razones de algunas de sus decisiones; y lo hizo, por ejemplo, en el caso del edicto de 13 de septiembre de 1774, liberalizando el comercio del grano. Obviamente, el redactor de ese preámbulo fue Turgot; y preparó un largo texto que es, en sí, un pequeño tratado de fisiocracia.
Tal y como explicó el ministro por boca del rey, la búsqueda de valor por parte de los operadores del mercado generaría eficiencia en términos de acceso al producto con mucha más rapidez y eficacia que el gobierno y la policía. Por lo demás, argumentaba que el intento de controlar los precios no haría sino desanimar la oferta, echando gasolina a la hoguera de los mercados imperfectos.
Siento decepcionar a los fans de las actuales formaciones de izquierda, ésas que son enemigas del capitalismo casi en la misma medida en que lo practican en sus vidas privadas; pero la cosa es que los franceses, padres y abuelos de quienes harían la revolución, cuando no revolucionarios ellos mismos, recibieron aquel edicto, y sus explicaciones, en un sentido abiertamente positivo. Había dos palabras mantra en el preámbulo de Turgot: libertad, y propiedad. Ambas estaban íntimamente ligadas porque las gentes del siglo XVIII, gentes por lo que ve bastante raras, entendían que el primer teatro en el que se dirime la libertad de un hombre es el reconocimiento de lo que es de su propiedad.
En ese ambiente, Turgot sucedió a Terray como interventor general de las finanzas del reino; y su nombramiento fue aplaudido por la Francia toda, con la única excepción del Partido Devoto, entre otras cosas porque los curas se maliciaban que aquel ministrito tan liberal no tenía ninguna gana de creerse el cuento del cupo eclesial que le habían colocado a Mournay. Como esta vez no contaban con una meretriz con título que se trabajase la voluntad del rey a base de hacerle pajas, sabían que el tema estaba tope jodido.
Turgot, efectivamente, era lo más parecido a un liberal que se podía encontrar en aquella Europa. Había trabajado codo con codo con Vincent de Gournay, un señor a quien conoce poca gente pero que, sin embargo, fue el padre de una frase bien conocida: laissez faire, laissez paser, que no por casualidad se cita en francés.
Lo verdaderamente sorprendente del edicto de 1775 es que no tenía nada de original. En casi todo lo que se maneje o se estudie en ese siglo en Francia y su famosa revolución, uno se encuentra siempre con esto: cada idea, cada frase, cada planteamiento con que te encuentras, resulta que siempre hay alguien que lo formuló antes. En realidad, el decreto de Turgot está casi calcado de otro de 25 de mayo de 1763, que fue una norma que liberalizó el comercio y el precio del grano en toda Francia salvo en París; una medida, ésta última, que el gobierno de entonces tomó para poder pensar que podía controlar las revueltas populares capitalinas por el precio del pan.
¿Por qué era necesaria esa liberalización? Por buscaros un ejemplo actual que pueda servir de símil, al comercio francés del grano en el siglo XVIII le pasaba un poco como a las medidas relativas al uso y gestión de las masas forestales, los parques naturales y los campos comunales; que en el momento de escribir estas líneas están en fuerte discusión a causa de los incendios. Se dice que en España no está prohibido gestionar el campo y limpiar el monte; pero los agricultores retrucan que, aunque no está prohibido propiamente hablando, existen una serie de trabas prácticas que desaniman enormemente la realización de las labores de limpieza que serían necesarias.
Con el mercado del pan pasaba un poco lo mismo. En la práctica, el tráfico de grano de una provincia a otra estaba muy constreñido; no os ha de extrañar en modo alguno que los jacobinos revolucionarios acabasen por ser los políticos más centralistas de los últimos 200 años: estaban obsesionados con las ineficacias que generaban las trabas al intercambio. Lo que es peor: ni agricultores ni molineros intervenían directamente en el mercado. El régimen había generado todo un ejército de intermediarios, que negociaba, evidentemente en su interés, todo tipo de acuerdos, negociación en la que además solían estar investidos de extraños privilegios surgidos del pasado. Cuando ese sistema, obviamente ineficiente, acababa generando un precio excesivo para el pan, el gobierno, a través de la policía, intervenía el mercado, embargando los almacenes que lograba encontrar, y fijando precios por edicto.
El planteamiento del francés del Antiguo Régimen era sencillo: él formaba parte de una monarquía que tenía el compromiso natural de salvarlo del hambre. La mejor manera de garantizar que el súbdito no moriría de hambre es que todos los días tuviese una hogaza de pan encima de su mesa, para lo cual ese pan tenía que tener un precio pagable. Cada vez que ese precio crecía en demasía, se producían conflictos y manifestaciones, que eran una mezcla de rebelión contra el sistema y contra la propia monarquía, pues estaba, por así decirlo, incumpliendo sus obligaciones constitucionales.
Para los franceses, el concepto de precio justo era algo tan importante que, en periodos de escasez de grano, fueron bastante frecuentes los conflictos en los que las turbas tomaban una panadería, arramblaban con todo el género que había dentro pero lo pagaban, eso sí, al precio que consideraban justo. Este detalle no deja de ser curioso, pues demuestra que los ciudadanos del siglo XXI hemos olvidado algo que nuestros tatarabuelos siempre tuvieron claro: que nada es gratis; que lo que tú no pagas, alguien lo tiene que pagar.
La vida de un francés de baja cualificación a mediados del siglo XVIII se puede resumir en el dato de que raramente podía aspirar a ganar más de 20 sous diarios; aunque normalmente tanto su mujer como sus hijos algo más traían a casa, así que digamos 25. En ese entorno, se consideraba que lo justo era pagar 2 sous por cada medio kilo de pan, aproximadamente. Era, como digo, aproximadamente el 10% del salario, y si os paráis a pensarlo era bastante pasada (porque una persona que hoy gana 2.000 euros al mes ni de coña se gasta 200 pavos en pan; eso son seis euros de pan al día). Como podéis ver, incluso el precio que se consideraba justo para el pan era el fruto de un mercado que funcionaba extraordinariamente mal y que, por lo tanto, generaba precios artificialmente elevados. La esperanza de acabar con eso a través de la liberalización es la gran idea de los fisiócratas.
El problema de un mercado tan imperfecto es que, cuando el clima originaba escasez de grano, bien total, bien particular (porque recordad que no existía compensación entre mercados), el precio del pan podía alcanzar fácilmente los 15 sous. En otras palabras, esa barra que os compráis en el Lidl y que os cuesta 70 céntimos, y que en realidad ya valía como 3 euros, pasaba a costar unos 20 pavos. Vosotros, ¿qué haríais en una situación así?
El edicto de mayo de 1763 había seguido a diez años de excelentes cosechas en Francia. Sin embargo, eso se acabó pronto; y en ese momento, los enormes defectos del sistema de aprovisionamiento, que permitía el acaparamiento por parte de los intermediarios, hizo que el pan de cuatro libras, que costaba unos 8 sous, se fuera a 13 en enero de 1767, y llegó a su máximo de 16 en diciembre; de forma que hasta el verano de 1769 no bajó de los 13.
La subida del pan generó la ira de los parisinos que, inmediatamente, comenzaron a hablar de una conspiración. El precio de la baguete, decían en las calles, está siendo artificialmente elevado por Versalles, para así poder devolver la deuda de la guerra de los siete años. Los franceses, pues, estaban convencidos de que su Rei Lui estaba en la tesitura de “cuando peor, mejor”.
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