lunes, abril 22, 2013

La ciudad que recibió el regalo de una olla de sopa

La amistad entre ciudades tiene diversos motivos y una Historia muy larga. En realidad, data de los tiempos de la Antigua Grecia, puesto que aquella nación, como bien saben todos los que no son víctimas de la LOGSE, se creó a partir de la unión de ciudades libres, las famosas polis. Desde los inicios de las naciones estructuradas, pues, las colectividades han tendido a organizarse en ciudades; las provincias, regiones y nacionalidades, no digamos ya la identidad trasnacional en plan Europa y tal, son muy, muy posteriores.

La organización en ciudades tiene un pequeño problema: es ineficiente. Los colectivos que se organizan en forma de ciudades libres, libremente apuntadas a un pacto con otras ciudades (éste es, sin ir más lejos, el dibujo del federalismo de Francisco Pi i Margall), acaban en un plan en el que todo dios hace más o menos lo que le sale del pingo, lo que los hace notablemente débiles ante regiones o naciones centralizadas. Por ello, el nacimiento de las naciones modernas es, en buena parte, una historia de lucha de un naciente poder central contra el poder municipal establecido.

En esa lucha cayeron la inmensa mayoría de los fueros y estatutos propios de las ciudades, o fueron convertidos en meros elementos simbólicos. Algunas ciudades, sin embargo, sobrevivieron en su orgullo durante bastante tiempo. Entre dos de estas ciudades se produjo, y es la anécdota de da pie a este post, el regalo quizás más extraño que jamás se han hecho dos ciudades: una olla de sopa caliente. Regalo extraño, sí, pero de un simbolismo casi estremecedor.

La ciudad libre de nuestro relato es Estrasburgo. Semisede del Parlamento Europeo, a pachas con Bruselas, y sede de una catedral de notable gusto que se debe visitar. Esta capital alsacia no ha tenido una Historia fácil y, de hecho, el logro de sus libertades no resultó sencillo. Para ello, hubieron los estrasburguenses de enfrentarse con un señor feudal bastante violento y ambicioso, llamado Walter de Geroldseck.

Estamos en 1262. De Geroldseck, que ya poseía extensas tierras en la zona, había puesto sus ojos en Estrasburgo, y decidió reclamar la ayuda de la Iglesia para tomarla como suya. Logró, así, ser nombrado obispo de la ciudad por el arzobispo de Mayence, tras lo cual, inmediatamente, hizo entrada en la ciudad acompañado de sus tropas. Así que don Walter entró en la ciudad, fortísimamente escoltado, subido sobre un caballo blanco, con armadura y un manto episcopal. Dicen las crónicas que por aquella zona de la vieja Austrasia no se había visto un desfile igual, que incoporó a todos los señores de espada de Alsacia,  desde los tiempos de Carlomagno.

Instalado en el hotel de la ciudad, Walter de Geroldseck comenzó a legislar. Ambicionaba poseer Estrasburgo porque sabía que era ciudad de paso, cercana a la frontera natural del Rhin, y eso significaba muchos burgueses, comerciantes y artesanos, a los que se podía sangrar. Constituido él en troika en sí mismo, comenzó a dictar una cascada de impuestos que, ordenó, se impondrían inmediatamente sobre los pobladores de la ciudad. Los magistrados (hoy diríamos, concejales) intentaron convencerle, con buenas palabras, de que todo lo que pretendía iba en contra de los usos y constumbres de la ciudad (una forma elegante de decir sus privilegios), pero él los mandó a la mierda displicentemente.

Así las cosas, los magistrados convocaron asamblea pública (otra costumbre griega que permanecía en las ciudades que se gestionaban a sí mismas) e informaron al personal de lo que había. Los habitantes de Estrasburgo sólo tuvieron una respuesta para aquello, y gritaron al unísono: "¡A l'arsenal!" Lo he escrito en francés, pero creo que se entiende. Dicho y hecho. Los distintos gremios artesanos y comerciantes de la ciudad formaron una milicia, y se armaron rápidamente. En unos pocos días, echaron al obispo de la ciudad. Obviamente, Geroldseck condenó a la ciudad y reunió un ejército para tomarla a sangre y fuego. Pero en la batalla de Hausbergen, aquella tropa de toneleros, herreros y abogados, les dio tal mano de hostias a los nobles alsacianos que a éstos se les quitaron las ganas de volver a intentarlo. Aquellos soldados y caballeros tan chulescos se habían preparado para la batalla atando a sus sillas unas cuerdas con las que, gritaban antes de la batalla, atarían las manos de los manants (patanes) estrasburgueses. En la noche, sin embargo, fueron ellos los que entraron en la ciudad atenazados con esas cuerdas. Apenas consiguió el obispo sobrevivir a la batalla, pero murió pronto, unos dicen que de pena, otros que de vergüenza.

Estrasburgo, situada en una tierra que no fue completamente francesa hasta la revolución del mismo nombre (y que en el siglo siguiente, tras la batalla de Sedán, sería alemana), permaneció durante siglos siendo un ejemplo de ciudad autogestionada con relativa profesionalidad y sabiduría. Lo cual le engendró la simpatía y solidaridad de otras ciudades que tenían más o menos el mismo estatus. Una de estas ciudades hermanas fue la suiza Zurich, y fueron los magistrados de Zurich los que, en 1576, decidieron regalarle a Estrasburgo una olla de sopa caliente.

La corporación zuriquesa en pleno fletó una barcaza y, por los ríos Limago y Rhin, se allegó a Estrasburgo, en sólo un día. Se bajaron de la barca con gran pompa y, ante los ojos atónitos de los estrasburgueses, les entregaron una olla de sopa caliente.

Cuando la primera sorpresa, y, por qué no decirlo, las risas, de los habitantes de Estrasburgo, se calmaron un poco, el primer magistrado de la ciudad suiza habló, más o menos con estas palabras: "Esto sólo es un símbolo. Si alguna vez, no lo quiera Dios, Estrasburgo se encontrase angustiada, los zuriqueses volaremos en su ayuda con tanta rapidez que un plato de sopa de mijo no llegará a enfriarse".

Los suizos, por cierto, cumplieron su palabra. Tres siglos después, durante la guerra francoprusiana, en 1870, Estrasburgo fue bombardeada sin piedad por los prusianos. Y, en medio de aquella acción artillera, el único respiro que tuvo Estrasburgo fue la llegada de una delegación de Zurich, que negoció con los alemanes un breve alto el fuego, y entró en la ciudad a darles alguna ayuda en forma de comida y medicinas... además de la noticia de que Francia estaba cayendo y aquella guerra estaba perdida.

Como digo, no pudieron ayudarlos. Pero cumplieron su promesa.

[Tomado del delicioso, tanto como tristememente olvidado, Les grandes légendes de France, de Edouard Shuré, Paris, Librairie Académique Didier, 1895.]