lunes, julio 21, 2014

La aventura veneciana

A los ojos de este simple lector de historias pasadas, resulta sorprendente lo poco, por no decir poquísimo, que habitualmente se habla de la república veneciana cuando se tratan los ejemplos del pasado, digamos, meritorios. Quien no encuentra interesante la historia de la aventura veneciana está dando de lado un experimento que consiguió, entre otras cosas, mantener un monopolio económico durante un milenio; esto es algo que está fuera del alcance de la mayoría de los mortales que viven fuera de El Vaticano.
Eso sí, no soy tan estúpido como para no comprender la razón de todo ello, que estriba, de una forma muy obvia, en el hecho de que el pasado lo escriben los vencedores; y el gran error de Venecia, ante los ojos de la Historia, reside, precisamente, en no haber ambicionado, jamás, ganar guerra alguna. Lo cual tampoco quiere decir, ojo, que nos encontremos ante un caso de pacifismo.

La Historia de Venecia merece ser contada, entre otras cosas porque de la misma se pueden sacar muchas en enseñanzas bien presentes.

Eso sí, lo primero que tuvo Venecia a su favor no lo consiguió por sí misma, sino que tiene que ver con su muy especial situación, que la convertía en un enclave de gran importancia para el comercio hacia el Mediterráneo oriental y, a la vez, fuertemente defendido de una forma natural.

Resulta tan difícil acceder a las lagunas del Véneto y sus islas que, dato nada irrelevante, en el siglo V de nuestra era fueron los únicos territorios de lo que hoy conocemos como Italia que no hollaron los hunos. Tampoco pudieron con ella los lombardos, o los húngaros. Los pipínidos y Carlomagno en persona trataron de domeñarlos, pero finalmente tuvieron que negociar. A Génova, por otro lado, le acabaron dando los venecianos para el pelo. En puridad, la aventura veneciana, que comenzó allá por el siglo V, no se frenó sino a finales del XVIII, bajo la espada napoleónica; aunque para entonces hacía 300 años que estaba en decadencia.

La gran virtud del área de Venecia reside en su calidad de conexión entre una ruta terrestre que llega desde allí hasta el mar Báltico con otra marítima que la comunica con todo lo existente en la mitad oriental del Mare Nostrum. A sus espaldas, los Alpes cárnicos y julianos le ofrecían la protección necesitada para conseguir que los impulsos conquistadores llegados de Centroeuropa no le afectasen, cosa que fue así hasta los intentos de dominación austríaca a finales del XVIII. Esto le otorgaba a los venecianos una ventaja clara respecto de sus vecinos costeros croatas, dálmatas, montenegrinos o albanos, que no pudieron, como los venecianos, desarrollarse como comerciantes, siempre preocupados por los sitios y los ataques; lo cual acabó convirtiéndolos en corresponsales del emporio del Véneto.

En su máxima expresión territorial, siglo XVI, Venecia llegó a acumular diez provincias: el centro de ellas era el dogado de Venecia, pero a éste se unían las provincias paduana, la Polesina de Rovigo (delta del Po), la provincia veronesa al sur del lago de Garda, la vicentina (Vicenza y Assagio, ya en la montaña), la provincia bresciana (que, además de la propia Brescia, acumulaba, entre otras poblaciones, la que acabaría siendo sádica y mussolinianamente famosa de Salò), el Bergamasco, el Cremasco, la Marca Trevisiana, el Friul y la península de Istria.

Todos estos dominios le proporcionaron al dogado algo muy importante para poder renunciar a ser una epirocracia como lo fue casi cualquier otro experimento de poder en la Europa premedieval y medieval (epirocracia, por cierto, es aquella forma de organización político-militar por la cual un territorio afirma su poder mediante la invasión y ganancia de terrenos ajenos; hoy lo llamamos, de una forma un tanto imprecisa, imperialismo). La provincia veronesa y el Polesiano eran ricas en arroz, y el Véneto contaba también con trigo, maíz y legumbres en abundancia. También, por cierto, eran abundantes el lino y el cáñamo; un dato importante para alguien que lo que quiere es construir barcos. Para colmo, petada como estaba la zona de moreras, también lo estaba de gusanos de seda, por lo que el área parecía predestinada para ser un hacha en todo lo textil.

Otra característica muy particular de Venecia es su sistema político. La verdad es que la aventura veneciana no es muy útil para ayudar a aquéllos convencidos de que una república siempre es democrática. Venecia fue formalmente una república, aunque, en realidad, era un régimen oligopolístico de monarquía electiva. Su secreto estaba en que el oligopolio tenía unas dimensiones algo más grandes de lo que se suele estilar en este tipo de regímenes de conveniencia.

El discurso del dogo Mocenigo (1423), que es una de las más ricas fuentes de información práctica sobre Venecia pues es una especie de balance de gestión, cifra la población de la república en 190.000 personas en aquel momento. Sin embargo, de éstos sólo una parte muy pequeña tenían el poder. El denominado Libro de Oro tomaba nota, cada año, de los donceles de la aristrocracia comercial local que habían llegado a la edad de tener responsabilidades de poder; y nadie más, ni en la teoría ni en la práctica, tenía posibilidad de llegar a ello si no estaba en el librito (sistema que es un pálido reflejo del cursus honorum practicado por Roma). La estricta entrega del poder a los miembros de las 200 familias patricias era, en puridad, más rígido aún que el sistema patricial de la antigua Roma; y no sólo eso sino que, a pesar de su larga duración histórica, Venecia, al contrario que Grecia o Roma, jamás se planteó seriamente democratizar aquello, ni los venecianos reclamarlo. Esto era así porque Venecia tenía un sueño, el Sueño Veneciano, que, como el Americano, era hacer pasta. Y allí nadie, ni extranjero, ni siquiera esclavo liberado, dejaba de tener al menos alguna oportunidad de conseguirlo. Cuando Venecia perdió su supremacía comercial, a partir del siglo XVII sobre todo, se reinventó rápidamente para pasar a ser, en realidad, el primer destino turístico de la Historia, pues ya entonces muchas de las personas notables y ricas de Europa gustaban de viajar a la ciudad de los canales a pasárselo bien, entre otras cosas en sus famosos carnavales; que entonces, por cierto, duraban seis meses, por lo que, en realidad, Venecia se pasaba medio año preparando una fiesta que se desarrollaba durante el otro medio.

Todo lo que presidió siempre los esfuerzos de los venecianos fue el negocio. A mediados del siglo V, Venecia era ya proveedora de los godos. A pesar de mantener dichas relaciones económicas, cuando la presión sobre los griegos bizantinos se hizo mayor, optó por el partido de éstos, convirtiéndose en un baluarte constantinopolitano en la península italiana. Venecia se alió con el último gran general romano, Belisario, y con el eunuco Narsés, general de los griegos en la península. Narsés llega a Aquileia y allí se encuentra con el enorme problema de conducir sus tropas por aquellas marismas para poder llegarse a Rávena. Solicita la ayuda de los venecianos, que se la conceden a cambio de la apertura en su favor del comercio con Constantinopla. Cuando Narsés llama a su lado a los lombardos, éstos son abastecidos de víveres y otros enseres por los venecianos, que con ello consiguen franquicias comerciales en su reino.

Cuando el emperador iconoclasta constantinopolitano León el Isauriano rompe con el Papa Gregorio II, el Santo Padre le manda un emilio a Liutprando, rey de los lombardos, solicitándole que más o menos eche de Italia a los constantinopolitanos. Liutprando coge la Brunete y se va hacia Rávena, de donde echa a Paulo, el exarca bizantino de la ciudad. Paulo se refugia en Venecia y le pide a Orso, uno de sus primeros duci, que le ayude. Orso, no por otra razón que el olor y el sabor del negocio, toma Rávena, Comacchio y Cervia, le reparte unos mangüitis a los lombardos y los deja como la verdura a la que dan nombre, y restaura al exarca. De aquellos polvos vienen esos lodos de que el Dux de Venecia, distinguido en eso de otros mandamases italianos, tuviese el título de hypatos, El Más Alto. Le fue concedido por los emperadores bizantinos.

El Papa, que no se quedó quieto, llamó en su ayuda a Carlos Martel, cuyo hijo, Pipino el Breve, invadirá Italia y acabará con el reino de los lombardos; pero ya no conseguirá echar a los venecianos de Rávena.

En el siglo VIII, cuando Carlomagno invade la Lombardía, Venecia, consciente de que la ideología imperial del rey franco y de sus descendientes acabará por coartar su libertad, mantiene el pacto de hierro con Bizancio (que es, además, mucho mejor cliente, dónde va a parar). A finales del siglo X, cuando los carolingios y los pipínidos se extinguen, el dux Pedro II Orseolo se apresura a enviar embajadas al emperador germano Otón, que le confirma sus privilegios. Pocos años más tarde, tras utilizar la flota para oponerse a los musulmanes que habían tomado Apulia y estaban cercano Bari, ambas plazas de obediencia bizantina, y enfrentarse a la invasión normanda en Durazzo, Orseolo conseguirá del emperador Alejo Commeno los derechos venecianos sobre Istria y Dalmacia y, algo más tarde, de Basilio II y Constantino VIII la confirmación y ampliación de sus derechos comerciales en las costas de Grecia, Tracia, Chipre y Creta. A partir de la primera década del siglo XI, pues, Venecia es la dueña del Adriático, pero en modo alguno exige tomar tierras o hacer suya tal o cual colonia sino, simplemente, hacer negocios. Especial importancia tiene para Venecia el dominio de la ruta comercial hacia Constantinopla, que retiene en exclusiva hasta el 1346; lo que hace que el Dux de la ciudad lleve, entre otros, el título de «Señor de cuarto y medio del Imperio Griego».

Un poco antes de lo que acabamos de relatar, en el año 997, se produce el hecho histórico que más identifica a Venecia, mucho más que el Carnaval en su tiempo, como es la tradición del Sponsalizio col Mare.

En aquel año, el dux Pedro II Orseolo, hasta los huevos de pagar tributos a los eslavos y encima aguantar sus putaditas corsarias, se hizo a la mar el día de la Ascensión (La Sensa, la llaman los venecianos), con el cuchillo de capar gorrinos entre los dientes, y lo usó a gusto en toda Istria y en la costa Dálmata hasta Ragusa o, como decimos hoy, Duvrovnik. En 1002 la cosa estaba tan clara que los duci comenzaron a llamarse «de Venecia y Dalmacia».

Unos doscientos años después, poco después de la embajada en la que el dux Vitel Faliero había regresado de la corte de Commeno con todos los privilegios necesarios para dominar el Adriático, llegó la gran prueba del poderío naval veneciano: enfrentarse, bajo la dirección del dux Ziani, con la flota más poderosa de Europa: la de Federico I Barbarroja, en ayuda del Papa Alejandro III.

El encuentro fundamental se produjo en cabo Melloria, y los venecianos le dieron al emperador hasta en el cielo de la boca. Federico, tras aquella inesperada derrota, hubo de ir a Venecia, donde, delante de los representantes de todas las naciones continentales, o sea del mundo entero cristiano, se sometió a la autoridad del Santo Padre, en esa famosa escena en la que, tras rendir el emperador su espada y su pleitesía, Alejandro le puso un pie encima de la cabeza y dijo: et mihi et Petrus.

Aquel favorazo de Venecia al papado no fue fácilmente olvidado. En parte por el orgullo de los venecianos, en parte por el impulso de la propia Roma, La Sensa se convirtió en una fiesta muy especial en la república: la fiesta en la que el dux, montado en un buque especial llamado bucentauro, navega por las aguas venecianas hasta arrojar a ellas un anillo de oro, en esponsal simbólico entre el Primer Hombre de Venecia, y La Mar, sellado por el patriarca de Venecia con las palabras desposamus te, mare, in signum veri perpetuique dominii, que fueron pronunciadas, cada año, hasta que en 1797 el general corso, que ahora dicen que no era bajito, cerró las bocas de la Historia.

Las relaciones entre Venecia y Bizancio, en todo caso, distaban de ser perfectas. Los emperadores de Constantinopla, es bien sabido, se creían la Polla en Verso, y no al fin y a la postre, firmar acuerdos como los exigidos por los venecianos, que les imponían, entre otras cosas, la instauración de barrios propios con tratamientos que rozan el concepto de extraterritorialidad, no les gustaban demasiado. Así pues, hubo de ser necesario, también, que la república les diese alguna lección. Y la lección que le dieron es buena prueba del poder veneciano en aquella Europa, pues logró nada menos que quebrar el la trayectoria y el sentido de una cruzada.

En 1200, el Papa Inocencio III aprueba la predicación de la Cruzada por Foulques de Neully y se forma la liga comandada por Balduino IX, conde de Flandes; Bonifacio II, marqués de Monferrato; y Enrique Dandolo, Dux de Venecia y, de largo, el más listo de los tres.

Para reconquistar el Santo Sepulcro, y porque la pela es la pela, los venecianos establecen en 80.000 marcos oro el precio del transporte de las tropas en sus barcos hasta Egipto, más su mantenimiento durante un año (o sea, el cáterin). Los jefes de la Cruzada, a pesar de que llegaron a vender sus fortunas, apenas reúnen 50.000. El Senado veneciano, que ve el cielo abierto, propone que ese saldo a su favor sea empleado en garantizarle totalmente la seguridad en el Adriático y en Constantinopla; dicho de otra forma, que sean los nobles cruzados los que le digan a Bizancio con quién pacta, o sea con ellos. Fruto de este acuerdo, la flota cruzada, en lugar de dirigirse a Egipto (con cuyos mamelucos, oh casualidad, Venecia sostenía ya un próspero comercio), la flota se dirige a Constantinopla, no sin ir sometiendo por el camino las ciudades costeras que se habían rebelado contra Venecia animadas por los húngaros.

El Papa, enfurecido porque los cruzados, en lugar de ir a hostiarse con los musulmanes, van a tomar una ciudad cristiana, amenaza con excomulgarlos. Pero la coalición pasa de él, llega a Constantinopla, la toma a hostia limpia y, una vez dentro, corona emperador a Balduino... porque Dandolo, inteligentemente, se quita de en medio, renunciando al honor que sin duda merecía; porque los venecianos, ya lo hemos dicho, no quieren conquistar terrenos, sino hacer negocio. Inmensamente rica, entre otras cosas por el saqueo de la capital bizantina, que fue sistemático, incluso se permite Venecia comprarle por 1.000 marcos oro la isla de Creta a Monferrato. Una ganga.

El acuerdo de octubre de 1204, por otro lado, le da a los venecianos todo lo que querían, entre otras cosas las tres octavas partes de Constantinopla, incluida la iglesia de Santa Sofía. Sólo se quedó, no obstante, con aquello que le servía para comerciar.

Los siglos XIII y XIV son, también, los de la rivalidad de Venecia con Génova. En 1258 ya se produjo la primera victoria veneciana, pero tres años después los genoveses hicieron un interesante gambito de ajedrez al apoyar, y conseguir, la restauración de Miguel Paleólogo en el trono de Bizancio, con lo que la alianza entre Venecia y el imperio se tambaleó. En 1264, los venecianos destruyen la flota genovesa en Trapani, Sicilia. En 1294, les vuelve a ganar, esta vez en el golfo de Alexandreta, rompe los Dardanelos y saquea el barrio genovés de La Gálata, que les había sido cedido por Paleólogo. Sin embargo, en 1299 es Génova quien se anota una victoria en Curzola. La primera mitad del siglo XIV se suceden las batallas navales hasta 1354, con la gran derrota veneciana de Sapienza. Finalmente, en 1381, los venecianos bloquean la flota genovesa en Chioggia y le infligen una derrota brutal de la que los moros blancos (como les gustaba llamarles a los catalanes) no se recuperarán nunca.

En el siglo XIV veremos la ampliación de las miras venecianas hacia el Extremo Oriente. Es aquél el tiempo de la lectura de los viajes de Marco Polo, cuyo relato se devorará por muchas gentes en Europa, dentro y fuera de Venecia, excitando las ambiciones. Con todo, es en el siglo XV cuando se produce una novedad que bien sabemos de gran importancia para los venecianos, como es la toma de Constantinopla por los turcos. Los venecianos, una vez más, se adaptan, pagando tributo al Turco. En 1454, un año después de la toma, Venecia acepta pagar un fielato del 2% por entrar sus mercancías en Constantinopla, a cambio de la cesión de las islas de Lemmos, Imbros y Samotracia. Asimismo, acepta la prelación de la justicia musulmana en los conflictos entre islámicos y venecianos. Como consecuencia, poco después el barrio comercial veneciano en la ciudad está abierto de nuevo. No obstante, la enorme potencia turca hará que Venecia vaya perdiendo poco a poco sus posesiones: Lepanto, Modon y Coron en 1499; en 1537, Dalmacia y Grecia; y, en 1540, en toda Grecia ya sólo le quedan Tynos y Mikonos.

La de Venecia es una experiencia notable de lo que hoy denominamos colaboración público-privada. Su comercio era realizado por particulares pero estaba estrictamente organizado con una importante supervisión estatal. Las rutas consolidadas por los venecianos eran atendidas por dos caravanas anuales, que regresaban para las tres ferias anuales de Pascua, septiembre y Navidad. Eran cuatro estas rutas: hacia Constantinopla o Dalmacia; hacia Alejandría; hacia Siria; y una cuarta hacia Tana (Arzov). Mientras los cristianos dominaron Jerusalén, fueron también los touroperadores de los peregrinos. Por tierra, los venecianos metían en Europa todas las mercancías que traían estos barcos, hacia el norte, a través de Ratisbona, Ausburgo, Ulm y Nuremberg, ciudades donde nunca faltaron oficinas venecianas. A partir del siglo XIV, se abrieron rutas hacia Francia y Flandes.

Prueba del importante desarrollo diferencial que había conseguido Venecia es que ya en la Edad Media, cuando en toda Europa el mercado era una institución ferial que se celebraba en días señalados (como los mercadillos de hoy en día), el mercado de Rialto en Venecia era permanente. El flujo de mercancías era tan constante e importante que, en realidad, Rialto era el gran centro comercial de Europa, y nunca cerraba. Tal actividad generó la creación de los fondachi, instituciones especiales destinadas a guardar a los comerciantes y sus mercancías, cada uno dedicado a los compravendedores de distintas nacionalidades. Mocenigo afirma en su discurso que en 1423 el tráfico de mercancías veneciano era de unos 10 millones de talentos, de los que 4 millones eran ganancias para los comerciantes locales; un margen de beneficio, pues, del 40%, que hoy nos parecería abusivo, y que es directa consecuencia de que trabajaban sin competencia.

Porque sí. Para Venecia, la existencia, y explotación, de monopolios, fue decisiva en su desarrollo.

Los tres productos fundamentales del comercio veneciano eran la sal, el ámbar y el pescado salado. De los tres, el más impresionante ejemplo lo constituye el primero, puesto que Venecia se las arregló para disponer de su monopolio durante unos mil años, que se dice pronto.

Todo empieza en el siglo V con el famoso ruego del godo Teodorico de Rávena a los nobles venecianos: «Podemos vivir sin oro, pero no podemos vivir sin sal». Aparte de problemas con la tensión arterial, que entonces no se conocían, tenía razón. La sal, en tiempos premedievales y medievales, era fundamental para garantizar la conservación de algunos alimentos.

Teodorico se dirige a los venecianos porque éstos, en sus lagunas, pueden obtener sal en condiciones de coste muy ventajosas. A lo que hay que añadir que sus flotas mercantes, capaces de la navegación fluvial, introducían un segundo descuento en el precio final inducido por los bajos fletes. A partir de esta ventaja inicial, Venecia fue consolidando otras, hasta quedarse con el mercado de la sal al completo. Alquiló a los boloñeses las salinas de Cervia, en el siglo VIII. En la misma época, creó salinas en Istria y Dalmacia, conforme fue obteniendo el control comercial de estas plazas, para luego pasar a Sicilia, África del Norte y el Mar Negro. En Croacia y Alemania, se hicieron con explotaciones de sal gema.

Venecia mantuvo, como digo, este monopolio de facto durante unos mil años. Sin embargo, hay dos factores que hacen específica su experiencia, y que deben ser tenidos en cuenta.

El primero de los factores es el perfeccionamiento del concepto de colaboración público-privada. Un monopolio sólo se puede mantener en el largo plazo si quien lo paga (en este caso, quien compra la sal) no tiene la sensación de que se la están cobrando demasiado cara porque, si es así, pensará que le compensa: o bien buscar otros vendedores; o bien, más fácil, invadir el monopolio y arrearle cuatro hostias. Esto bien podría haber pasado en Venecia si la república hubiese puesto el monopolio y sus beneficios en manos de una sola cabeza: el sector público, o sea, el rey, dux, mediopensionista, o como se llame.

A pesar de que haya en este mundo moderno gentes que admiran a machamartillo todo lo público, en la Historia hay ejemplos a capazos de que lo público tiende a ser ineficiente y, cómo decirlo, un poquillo corrupto. Si un ticket tipo Felipe IV-conde duque de Olivares, que se construyeron un casoplón en el Retiro mientras el imperio se iba a la mierda, hubiese sido dueño de las rentas generadas por los monopolios venecianos de producto y de ruta, con seguridad habrían construido una Torre Espacio en la puerta de Alcalá mientras, de paso, encareciendo los productos comercializados, penalizaban el crecimiento económico del mundo mundial. Pero, sin embargo, cuando uno visita Venecia y sus asombrosos edificios, acabará por descubrir, si tiene una buena guía, que, en realidad, aquéllos de impulso público son la minoría; es la gente de pasta la que levantó esas maravillas, los empresarios privados que, merced al muy especial esquema político y económico del Véneto, competían entre ellos, intramuros de los monopolios, tirando hacia abajo los precios y, consecuentemente, haciendo dichos monopolios aceptables para quienes los sufrían como consumidores.

Toda esta riqueza y capacidad de riqueza, sin embargo, se asentaba sobre un factor, un solo factor: el acceso a la madera. Hasta antes de ayer, los barcos han sido de madera, y sin bosques adecuados una potencia naval no lo es. Venecia tuvo ese problema básicamente resuelto desde que, en el siglo XI, dominó el Adriático, tras las franquicias concedidas por Basilio II y Constantino VIII. En los siglos XIV y XV, perfeccionó sus fuentes de madera mediante acuerdos con otras zonas productoras tierra adentro. Así, se hizo con los bosques de Treviso, Friul, la Carniola, Istria y Dalmacia, sin olvidar Albania e incluso algunas zonas productoras de Alemania. Como dato curioso, diremos que aquellas maderas, una vez medidas y cuidadosamente estampilladas (hoy diríamos: con su código de barras) eran sumergidas en el mar durante diez años, y sólo entonces eran utilizadas en los arsenales para construir barcos; barcos que nacían, literalmente, del mar (y, por cierto, con técnicas de producción en masa, ya que muchas piezas se construían en serie y luego se ensamblaban en el astillero). La marina veneciana era la propietaria de los bosques, y, de hecho, fue la primera institución del mundo y de la Historia que practicó la explotación sostenible de la madera. El Senado veneciano tenía una comisión especial dedicada a la gestión de los bosques, con un intendente mayor, el Capitano alle Valle, que era uno de los inquisidores de la ciudad. La ciudad contó con una Escuela de Montes desde 1.500.

Como una consecuencia lógica de todo lo que acabamos de decir, en 1104 el dux Ordelapo Faliero decreta la creación del primer arzanà, vocablo veneciano procedente del árabe dar sina, o lugar de construcción, que derivará en nuestra lengua, en la palabra arsenal para designar el astillero de cierto fuste (de los vocablos árabes citados proviene también la costumbre catalana de llamar a estos astilleros drassanes, de donde derivarán las atarazanas). Siendo Venecia una república dedicada a la mar, que practicaba técnicas de construcción naval enormemente avanzadas en astilleros de promoción pública, no ha de extrañarnos la machada que se marcaron en la batalla de Lepanto, cuando fueron capaces de construir 100 galeras en otros tantos días. Una por día, pues.

¿Quién se cargó el modelo veneciano? Pues muy sencillo: los portugueses y, en menor medida, los españoles. Enrique el Navegante y todas las expediciones que patrocinó acabaron abriendo la lata de donde saldría la desgracia para el Véneto, pues, al encontrar otra ruta para llegar a los mercados orientales, labró el primer mojón de la carretera que minaría para siempre el poderío comercial veneciano que, como ya hemos dicho, se basaba en la explotación monopolística. Su error estratégico de no hacer caso de Colón y, con ello, permitirle descubrirle otro gran mercado a explotar para los españoles, acabó de darles la puntilla.

Justo es decir que Venecia no se rindió, y ésta es la causa de que entre el momento del descubrimiento de América y la caída definitiva de la república pasaran nada menos que 300 años. Porque Venecia siempre tuvo visión de futura y adaptabilidad, sabemos que, en 1504, doce años después del descubrimiento, llegó a proponerle al sultán nada menos que el perforamiento del istmo de Suez; pero el sultán, como el gilipollas ése del anuncio televisivo, dijo que no lo veía.

Ésta es, sucintamente, la aventura veneciana, que hemos dejado por escribir pues apenas hemos apuntado sus relaciones con los mamelucos egipcios, o su comercio en Siria o, más allá, sus relaciones con los tártaros y con el gran Tamerlán. Más de 1.000 años de dominación comercial durante los cuales los venecianos vieron cómo los demás, a su alrededor, se peleaban por tierras que a ellos no les interesaban; ellos todo lo que querían era venderles cosas a quienes viviesen en ellas.

Haciendo cálculos con las fuentes de que dispongo, he estimado que en los mejores momentos de Venecia, aquéllos que describió Mocénigo, la renta media de una noble familia comercial de la ciudad era, en euros de hoy en día, de unos 525.000 euros. El PIB de aquella Venecia, hoy en día, sería aproximadamente un 26% del español. Será difícil que encontréis otros ejemplos más prósperos en lugar alguno de aquella Europa, y ésta es una de las razones de la rara y exuberante belleza de esa lacustre ciudad renacentista.


Son, yo así lo veo, los frutos de tener las cosas claras.