martes, marzo 19, 2024

Cruzadas (37): De Federico Barbarroja a Conrado de Montferrat

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Hattin
La caída de Jerusalén
De Federico Barbarroja a Conrado de Montferrat
Game over
El repugnante episodio constantinopolitano 

   



A principios del año 1188, el rey de Francia y el de Inglaterra, ambos franceses, eran los dos jefes de Estado más directamente implicados en los asuntos de Tierra Santa. El emperador había sufrido muchas y dolorosas pérdidas de nobles, caballeros y soldados en pasados experimentos (aunque, como veremos pronto, cuando se animó, se animó del todo) y en lo tocante a los otros grandes poderes continentales, los peninsulares ibéricos, desde el principio habían dejado claro su escaso interés por la movida con la famosa frase “no faltan moros en mi tierra”, o sea, yo la cruzada la llevo de serie en mi país, no necesito cruzar el Mediterráneo para encontrar un musulmán al que vencer.

Ambos reyes andaban a leches entre ellos. En aquellos momentos, ni la britanicidad de Inglaterra estaba tan clara, ni la galicidad de Francia, sobre todo de sus territorios septentrionales. Los mandamases en Londres y en París tenían en su vecino al otro lado del Canal a su principal enemigo y destino de sus flechas y venablos. Sin embargo, la caída de Jerusalén, las predicaciones de Heráclito el putero, los coñazos del PasPas, cambiaron eso, y en Gisors, el 21 de enero del 1188, ambos monarcas aparcaron sus muchas diferencias para hacer un juramento común.

Ninguno de los dos reyes tenía ganas de agarrar el portante personalmente y dirigirse a Tierra Santa. Enrique de Plantagenet era viejo y estaba enfermo, aparte de muy cansado por la situación de guerra constante contra el rey de Francia y contra sus propios hijos. Felipe II de Francia, sin embargo, era joven, pero gobernaba un puto polvorín. Desde que Luis VII y Eleanora de Aquitania se habían divorciado, la rama Plantagenet había recibido territorios que triplicaban el tamaño de Francia propiamente dicha; esto hacía que los Capetos, que en teoría eran los soberanos de los Plantagenet, corriesen un riesgo permanente de acabar convirtiéndose en algo así como unos condes con ínfulas. Por eso mismo, los taimados franceses habían iniciado una estrategia basada en soliviantar a los Plantagenet contra su padre, y a los súbditos de los reinos norteños contra sus señores del otro lado del Canal. Lo que pasa es que estas rebeliones también se habían extendido a los propios territorios franceses, con lo que Felipe Augusto se enfrentaba a sus propias movidas.

Felipe Augusto, por lo tanto, por mucho que los obispos le hablasen de montar su caballo y tirar para Jerusalén, no tenía ni puta gana de hacer ese viaje. Tenía el rabillo del ojo fijo en Ricardo, el hijo de Enrique de Plantagenet, y estaba convencido de que, marcharse él del país y bajarse Ricardo al francés a dar por culo, iba a ser todo uno. Sin embargo, la inacción cada vez lo estaba haciendo más impopular entre sus vasallos, que consideraban que su obligación como rey era partir a la batalla contra Saladino.

En el caso de los ingleses, la cosa, como he dicho, estaba bastante clara. Todo el mundo sabía que al rey Enrique le quedaban dos telediarios y, de hecho, las espichó en 1189; consecuentemente, y para regocijo de la corte de París, habría de ser su hijo Richie quien hiciese el viaje, falto ya de argumentos y disculpas para quedarse en Inglaterra.

Entre 1188 y 1190, muchos barones franceses partieron hacia Tierra Santa sin esperar el gesto de sus reyes. Es el caso de los condes de Bar, de Champaña o de Brienne. Pero también salieron flotas de Génova y de Pisa, luego los normandos de Sicilia, ingleses, daneses, noruegos y flamencos.

Todos ellos fueron más o menos a la estrecha franja de costa cristiana donde todavía resistía Tiro al mando de Conrado de Montferrat. Muchos desembarcaron en el área de Acre, donde recordaréis que estaba Guy de Lusignan en un campamento bastante sólido.

Y, ¿qué pasaba con el emperador de Occidente? Pues el emperador, superados algunos problemas, se convirtió en un hombre más proclive a la cruzada que sus vecinos los reyes francés e inglés. Federico de Hohenstaufen, normalmente conocido como Federico Barbarroja, había lanzado una leva en sus dominios con la que había conseguido levantar un ejército muy profesional que se estima en unos 50.000 efectivos. Federico I ya había estado en Asia Menor acompañando a su tío Conrado. Así pues, tenía una imagen bastante precisa de lo que no había que hacer.

Federico Barbarroja se distinguió de sus colegas de otros países, además, por el hecho de que decidió no trasladarse por mar, sino hacerlo atravesando la planicie húngara y los Balcanes, esto es, pasar por Constantinopla. En teoría, esto no tenía por qué suponer problema alguno, pues Federico no tenía animadversión por los griegos que, de hecho, al ser enemigos mortales de los normandos, resultaban ser enemigos de los enemigos del Imperio. En Constantinopla, sin embargo, era emperador Isaac Angelo. Isaac era un hombre muy temeroso de casi todo y, sin duda, carecía de formación en las technicalities de la diplomacia. En aquel entonces el sultán anatolio selyúcida de Rum, Izz ad-Din Kilij Arslan bin Masud, o sea Kilij Arslan II, estaba presionando duramente a los griegos en Asia, lo que había movido a Constantinopla a concluir una alianza con Saladino. Isaac, obviamente, consideraba que si recibía con simpatía a la tropa de Federico, esto podría suponer problemas graves con su aliado.

Estos posicionamientos llevaron a los dos imperios a una situación muy comprometida; sin embargo, Federico no estaba interesado en Constantinopla; se limitó a amenazar a los griegos lo suficiente como para conseguir que no se opusieran a su paso del Bósforo.

A partir de ahí, todo fue al revés que en el 1147, cuando Conrado había estado por allí. Los griegos, esta vez, trabajaron de espías de Saladino, al que fueron manteniendo constantemente informado de lo que hacían los alemanes; pero, al mismo tiempo, éstos, que en su momento habían sido atacados por los selyúcidas de Rum, esta vez encontraron en ellos a unos poderosos colaboradores, encantados de ver cómo la posición de Saladino capotaba, que, por lo tanto, les dejaron atravesar su territorio sin problemas. Ciertamente, esto ocurrió tras una batalla que los europeos ganaron por goleada; pero digamos que Arslan supo sacar de ello las enseñanzas adecuadas.

Federico, pues, entró en Cilicia con su ejército completo y tras haber suscrito una alianza anti-Saladino con Arslan, y habiendo dejado a los griegos atrás. Sin embargo, la Parca hizo su trabajo. Un día que el emperador, tras una jornada agotadora a caballo, decidió bañarse en un río, se metió en el agua fría y se quedó él mismo frío; le petó la patata.

Tras la muerte de Federico Barbarroja, el ejército quedó en manos de su hijo, Federico de Suabia; pero la copia carbón no era el original, y pronto la armada se disolvió. Según le fue petando a los diferentes barones de la partida, unas partes tomaron el camino de vuelta a Europa, mientras que otras tiraron para Antioquía, que no estaba lejos. No pocos, a causa del obvio debilitamiento de la disolución, acabaron en manos de Saladino. En Antioquía los pilló una epidemia, lo que tiene la consecuencia de que, de unos 50.000 efectivos que llegaron a tener, cuando Federico de Suabia llegó a Acre, apenas eran 2.000 todo lo más. Estos hechos alimentaron la leyenda medieval, que no es por nada pero hechos más modernos como El Alamein parecen confirmar, de que a los alemanes les está vedado pisar Tierra Santa. Su primer ejército había sido destruido en el 1101, el segundo en el 1147, y ahora esto. Eso sí, la calavera de Federico Barbarroja acabaría llegando a Jerusalén, tres años después del tiempo que relatamos.

En el tiempo en que Federico Barbarroja moría en Oriente Medio, los otros reyes europeos todavía no habían comenzado su jornada. Esto convertía al emperador en el único monarca latino que se había tomado realmente en serio la tercera cruzada. La cosa es que el francés y el inglés iban a paso de tortuga porque se vigilaban mutuamente; ninguno de los dos quería precipitarse al viajar y dejar al otro atrás con capacidad de dar por culo. Ricardo paró en Sicilia, donde había una pelea dinástica que afectaba a una hermana suya, Joanna, la viuda de Guillermo II de Sicilia. Después de eso, finalmente se embarcó hacia Acre, donde llegó el 20 de abril acompañado por Hugo III de Borgoña y Felipe de Alsacia, conde de Flandes. Antes, sin embargo, Corazón de León paró en Chipre, isla que quería arrebatar de las manos de Bizancio. La conquista no fue difícil, pues el poder griego en la isla era más teórico que práctico; y, la verdad, fue un movimiento muy lógico desde el punto de vista militar, pues, teniendo Chipre, los cruzados ganaban muchísima capacidad logística.

Hijo de Enrique II de Inglaterra y Eleanora de Aquitania, Ricardo Corazón de León descendía de los condes de Blois y los duques de Aquitania. La parte, escasa, de sangre normanda que le daban estos antecedentes, y que lo emparentaba de alguna manera con Bohemondo de Antioquía, le permitía compensar su baja inteligencia, pues era más bien lerdo para muchas cosas, pero con un liderazgo al nivel de un Patton. Durante el sitio de Acre estuvo gravemente enfermo (como también lo estaba Felipe Augusto), pero eso no le impidió comandar diversas operaciones de éxito.

Cuando los nuevos cruzados llegaron a Acre, la ciudad llevaba ya un año desconectada del resto del mundo por la inesperada acción de Guy de Lusignan. Saladino había acampado alrededor de los cristianos, pero no podía con ellos. Los cruzados bombardearon las torres de la fortaleza hasta que colapsaron y sometieron a los soldados de la ciudadela a enormes privaciones hasta que se rindieron, el 12 de julio del 1191, tras un asedio que, en total, acumuló dos años.

La posición, sin embargo, tenia sus problemas. Era un terreno relativamente pequeño, en el que se había acumulado un gran número de soldados y una flota crecida. Sólo tuvieron que pasar algunas semanas antes de que las epidemias se presentasen, y luego llegó el hambre. En julio del 1190, unos mil soldados de infantería perdieron la paciencia, se amotinaron y cargaron contra el campamento de Saladino, lo que les sirvió para perecer hasta el último hombre. Seguían llegando cruzados de Europa, pero eso, en el fondo, no hacía sino deteriorar las condiciones sanitarias. El conde de Flandes falleció pocos días después de haber llegado a Acre, y a los dos reyes no les faltó mucho. Entre los que murieron luchando se encontraron nobles importantes como el conde Andrés de Brienne, el mariscal de Francia Aubrey Clement y Gerardo de Ridfort, nuestro viejo amigo y Gran Maestre del Temple. Fue hecho prisionero por los musulmanes, again, pero el caso es que esta vez le separaron la cabeza del cuerpo.

Los cruzados, además, estaban arrasados por un virus muy jodido, que era el virus de la desunión y la desconfianza. Todos reconocían que el objetivo de estar allí era retomar Jerusalén. Pero la cuestión era: ¿en nombre de quién? Había dos candidatos claros para ocupar el puesto de rey de Jerusalén: Conrado de Montferrat y Guy de Lusignan. El primero le molaba a los barones franco-sirios, es decir, a la que se había consolidado como nobleza local; mientras que el segundo era el candidato de los cruzados europeos. Por lo que se refiere a los dos reyes, Ricardo el inglés estaba por Guy, y Felipe Augusto, por Conrado. Federico Barbarroja, de haber vivido, habría apoyado al de Montferrat muy probablemente, pues eran parientes; pero ya no estaba allí, ni lo estaban sus soldados.

Ricardo estaba medio emparentado con Guy y, además, le debía una, pues el de Lusignan y sus hermanos le habían ayudado en lo de Chipre. Corazón de León, de hecho, contemplaba su apoyo a Guy como una forma de colocar un títere en Jerusalén. Felipe Augusto, por su parte, no tenía especiales vínculos con Conrado, pero le parecía una ventaja que fuese el candidato de la nobleza local y, lo que es más importante, lo conceptuaba como un peón importante a la hora de debilitar la fuerza del inglés. Los derechos dinásticos de Guy, sin embargo, eran muy débiles desde octubre del 1190, en medio de sitio de Acre, cuando tanto la reina Sibila como sus dos hijas hubieron desaparecido de la faz de la Tierra. Toda la reivindicación de Guy se basaba en su matrimonio, aunque un día había sido coronado. Eso sí, Conrado tampoco tenía muchos más mimbres que no fuesen su fuerza militar. En sus demandas dinásticas titilaba una tenue vela, puesto que Conrado de Montferrat, si hacéis las cuentas bien hechas, os daréis cuenta de que era hermano del primer marido de Sibila de Jerusalén. Sin embargo, esos mimbres, en realidad, no valían gran cosa, ya que la legitimidad dinástica, en este caso, no provenía de la rama masculina de aquel matrimonio, sino de la femenina.

Todo el mundo parecía haber olvidado que el heredero legítimo del trono, muerta Sibila y su descendencia, era Isabela, la hija menor de Amalrico I. Así pues, los partidarios de Conrado decidieron que la mejor manera de terminar aquello sería casarlo con Isabela. La hija de Amalrico, las cosas como son, estaba ya casada; pero su marido era Humphrey de Toron, es decir, el mismo tipo que ya una vez había rechazado ser rey porque esas cosas de la alta política no le iban. Humphrey era un hombre cultivado y educado; pero era tan afeminado que nadie se creía que su papel como líder pudiera tomarse en serio, por no mencionar sus obligaciones en el tálamo nupcial. A pesar de todo esto, marido y mujer protestaron vivamente; aparentemente, se amaban como la mayoría de las parejas no se llega a amar nunca. Sin embargo María, la madre de Isabela, casada, ya lo sabéis, con Balián de Ibelin, el hombre que entregó Jerusalén a Saladino, acabó por convencer a su hija de todo aquello no era sino un bisnes. El matrimonio se anuló, tras forrar con la correspondiente pasta a los curas que lo anularon, con el argumento de que la esposa nunca había consentido al casamiento (tenía ocho años cuando se casó; pero, vaya, como otras muchas cuyos matrimonios se tenían por ultra legales). Isabela, entonces, se casó con Conrado, lo que convirtió a éste en el primer candidato a ser rey de Jerusalén si los cristianos la recuperaban alguna vez. Estos conflictos, sin embargo, no mellaron la solidaridad interna de los cruzados en su misión mayor de recuperar la capital de la cristiandad. De hecho, Guy de Lusignan llegó a salvar durante un enfrentamiento a Conrado de una situación comprometida, en la que llegó a estar rodeado de musulmanes. Por lo tanto, si Conrado fue Willem Dafoe, Guy de Lusignan no quiso ser Tom Berenger.

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