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martes, junio 07, 2011
Franco y el poder (3: La pastoral colectiva)
Todas las tomas de esta serie:
domingo, junio 05, 2011
Franco y el poder (2: el trile monárquico)
jueves, junio 02, 2011
La Historia es Grande y Libre, pero no es Una
Luis Suárez, probablemente, tiene en mente dos ideas básicas. En primer lugar, quien realiza una obra histórica concita a la labor a quien le da la gana. Quien, pongamos por ejemplo, desea editar un libro con artículos sobre, digamos, Dolores Ibárruri o la verdad democrática, ya supongo que a la dirección de este blog no escribirá pidiendo una colaboración.
La segunda idea que probablemente tiene Suárez es que el historiador es libre. Que, como intelectual que es su labor, tiene derecho a llegar a las conclusiones a las que los datos y la reflexión le lleven. Tanto derecho tiene el historiador, pensará Suárez, a llegar a la conclusión que le parezca, como derecho retiene el resto del mundo a decirle al historiador que eso que ha concluido es una chorrada o no se compadece con los datos.
Lo que está descubriendo estos días, quizá, es que, en esta España nuestra de la Memoria Histórica, ninguna de estas ideas es cierta. O, cuando menos, no son pocos los que pretenden que no lo sean. El editor de una obra histórica no es realmente libre de contratar a quien le dé la gana. Su primera obligación es, o debería ser para muchos, contratar a quien tenga la capacidad de elaborar una versión adecuada de los hechos. El tipo de versión que el lector debe conocer. No se trata exactamente de imponer visiones únicas, porque mucha gente se da cuenta de que ese tipo de iniciativas chirrían en el mundo moderno. Se trata de eliminar del punto de mira todas aquéllas que, por razones que no se sabe muy bien quién ha de definir, no «cuadran» con lo que se quiere que la gente sepa del pasado.
La procura de una versión adecuada de los hechos ha provocado, inmediatamente, el debate sobre cuál es esa versión adecuada y la conversión del conocimiento histórico en un motivo para el enfrentamiento político. La consecuencia de esta aberración se ve en cosas como la reciente propuesta, verdaderamente pintoresca, de Alejandro Muñoz Molina. Que una persona habitualmente bien amueblaba neuronalmente hablando defienda la idea de que una serie de historiadores deberían formar una comisión... ¡en el Parlamento!, para consensuar una visión sobre «lo que pasó» en la II República, la guerra civil y el franquismo, es, con perdón, de aurora boreal. Los historiadores no tienen que reunirse para «pactar» nada. Los historiadores tienen que interpretar la realidad histórica y someterla al juicio de otros intérpretes. Un historiador sincero y honrado sabe bien que la verdad histórica no existe.
Vaya por delante que yo no estoy demasiado de acuerdo con lo que sé que ha escrito Suárez. Especialmente eso de que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario sino autoritario. Sobre el primer elemento, el historiador se ciñe al significado de la palabra dictador stricto sensu, es decir, aquella persona a la que se le otorga el mando para gestionar la nación durante una situación especial. Éste es, efectivamente, el concepto clásico, romano, del dictator. Pero ni se puede ni se debe desconocer que la palabra ha adquirido otros significados que a Franco le van como un guante.
En el segundo elemento estoy sólo parcialmente de acuerdo. Para mí, el franquismo sí fue un régimen totalitario, que dejó de serlo tras la derrota alemana en la II guerra mundial y los problemillas entre Franco y su cuñado, que acabaron con éste apeado del poder y encerrado en su bufete haciendo bisnes. Tras la etapa totalitaria llegó el proceso que historiadores no precisamente de derechas llaman la desfascistización del régimen, que desde entonces, con mayor o menor acierto, y sobre todo cuando los tecnócratas tomaron el poder, hizo por parecer una especie de democracia spanish way (o sea, orgánica, sin sufragio, sin libertades...)
Pero es que el fondo del asunto no es la discusión histórica. Las reacciones fuera de tono, entre las que cabe incluir la de la ministra de Cultura aseverando que espera que los textos se cambien (a lo que Suárez ha contestado muy en su sitio, diciendo que él no va a cambiar nada, que quiten los editores todo su artículo y lo escriban de nuevo si quieren), han desplazado el ámbito de la discusión.
El ámbito de la discusión ya no es si Franco se rascaba el pie en los consejos de ministros o creía en la existencia de los vampiros. El ámbito de la discusión es si en España es posible, hoy, que alguien escriba un libro defendiendo la tesis de que, un suponer, Franco es el mejor estadista de la Historia de España. Si alguien hiciera eso, como decía antes, lo que debiera pasar es que catedráticos, historiadores y frikis de la cosa nos pusiéramos a discutir, con mayor o menor nivel de apasionamento, sobre la verdad o la mentira de la dicha tesis; y para mí, por cierto, que el autor perdería. Pero el problema no está ahí. El problema está en que hay una España, la España neofranquista de izquierdas, que pretende, de alguna manera, reproducir los esquemas culturales del franquismo, es decir que sólo las ideas que quepan dentro de su particular lecho de Procusto puedan crecer y desarrollarse.
Hay personas para las cuales la guerra civil ha terminado, y otras para las cuales no. En España existió toda una cohorte de españoles de derechas para los cuales la guerra nunca terminaría; españoles como Carlos Luján, el personaje que inventé para mi novelilla, que no están dispuestos a dejar de luchar contra su enemigo mientras quede uno solo de ellos y que, además, al igual que su Caudillo consideraban el país como su finca particular y, por lo tanto, se sentían con derecho a decidir quién, en su finca, publicaba o no, opinaba o no, estudiaba o no, era o no catedrático. La inmensísima mayoría de estas gentes ha fallecido ya, para desgracia del juez Garzón, que quería pedirles cuentas.
Este fenómeno de guerra permanente no se dio, o se dio menos, en las izquierdas perdedoras. La inmensa mayoría de los exiliados, sobre todo de los más singulares por haber ostentado posiciones preeminentes en la República, consumió sus tristes años en la distancia reflexionando acerca de la necesidad de volver a poner el reloj de España a cero y construir una reconciliación nacional. Muchos de los republicanos de los años cincuenta y sesenta, que en su mayoría lo habían perdido absolutamente todo, no odiaban. Consideraban que era precisamente el odio el que les había colocado en un piso de mierda de Buenos Aires, de Ciudad de México, de Londres, de Filadelfia, viviendo una vida de mierda con sus recuerdos de mierda y sus remordimientos de mierda; y, consecuentemente, no quisieron darle a ese odio la oportunidad de volver a jugársela. Hasta el Partido Comunista, después de una invasión de chichinabo en la que nadie les hizo ni puto caso, acabó por caerse del guindo de que el tiempo de las leches había pasado.
Durante décadas, pues, al franquismo irredento, prietas las filas e impasible el ademán, el franquismo que enterraba cada año de nuevo a los muertos de Alcubierre y de tantos otros sitios, el franquismo que reclamaba de la Iglesia que mantuviese encendida la llama votiva de la venganza; a ese franquismo, digo, los perdedores opusieron, en no pocos casos, la comprensión y el deseo de concordia.
Teóricamente, pues, a la muerte de quienes querían mantener el conflicto entre las dos españas en clave bélica, llegaría una nueva etapa. Pero hete aquí que setenta años después, desaparecidos de la faz de la tierra tirios y troyanos o, como escribiría Unamuno, muertos los hunos y los hotros, aparece una nueva casta que, desde el antifranquismo acérrimo, reinventa el franquismo de pensamiento: quien no piensa lo que yo, no merece ni el pan, ni la sal. Sólo hubo una República: la que yo recuerdo. Sólo hubo una guerra: la que yo relato. Sólo hubo una represión: la de Franco. Todo lo demás no tiene derecho a respirar. Si alguien osa, algún día, escribir otra cosa sobre un papel, exigiré que se cambie. ¿Por qué no, ya puestos, no exigimos que el libro se queme en la plaza pública? Si lo exigió Torquemada, si lo hicieron las Juventudes Hitlerianas, ¿por qué no vamos a hacerlo nosotros también?
Todo esto se monta y se aúpa sobre una triste realidad: el desconocimiento. Vivimos en un país donde por fascista se entienden tantas cosas que la palabra ha terminado por vaciarse de significado; fenómeno que sólo tiene un beneficiario: los fascistas. El personal es dejado a la buena de Dios frente a una realidad histórica complejísima como es la Guerra Civil para que la juzgue con dos de pipas y básicamente sin puta idea. No es algo que sea casualidad. Todo propugnador de una forma única de entender la realidad sabe bien que cuanto más hueco esté el cráneo de su interlocutor, más fácil le será moldearlo.
Luis Suárez tiene todo el derecho a escribir que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario. Como lo han tenido, y lo tienen, otros de escribir que Stalin era un devoto demócrata, si quieren. Las fronteras de lo que no se puede decir en Historia son muy pocas. Ciertamente, negar el Holocausto es ofensivo para el pueblo judío, y es por ello que en muchos países es delito. Pero imaginemos que mañana un historiador se dedica a estudiar documentación inédita y descubre que americanos y rusos inflaron las cifras de fallecidos en los campos de concentración; ¿acaso no podría publicar su obra?
Este orden de cosas, este pretender que un académico no pueda dar su opinión profesoral sobre hechos históricos, es, además, el mejor alimento para los radicales. Que pasen cosas así es lo que esperan, de hecho, para poder echarse al monte intelectual. Cuanto más de izquierdas es un opinador, más se extraña del arrollador éxito editorial de autores sobre Historia de un exacerbado radicalismo de derechas. Yo, la verdad, no sé de qué se extrañan. Si esos osos son tan grandes, es porque ellos, con su actitud, los alimentan.
Es posible, yo no lo sé, que toda la polémica parta de que la publicación del polémico artículo se haya producido en un libro subvencionado con dinero público. Vaya, éstas son las cosas que pasan cuando el dinero público se utiliza en cosas que no debería, tales como pagar todo o parte de la edición de libros, películas, y otros productos culturales.
No hay una sola Historia. Si merece la pena coleccionar biografías de Napoleón es por la cantidad de visiones distintas que se pueden descubrir leyéndolas. Lo que los españoles piensan de los Reyes Católicos va del blanco nuclear al negro negrísimo. La Historia es así. Y pretender que quien dice cosas que nosotros no decimos deba callarse; pretender que una Academia, por el hecho de ser Real, va a tener que rechazar todas las versiones del pasado que no sean del agrado del Consejo de Ministros; intentar, en suma, que el país piense, recuerde y analice, todos a una como Fuenteovejuna, no es más que un signo de inseguridad, y de cobardía.
Quienes están seguros de sus tesis, no temen el debate.
martes, mayo 31, 2011
Franco y el poder (1: Sin «pole», y por la zona sucia)
lunes, mayo 30, 2011
Un diario del quintacolumnismo
José María Taboada Lago era, en 1932, empleado de la oficina del Banco Pastor en Ribadeo. A raíz de su militancia católica, en febrero de 1932 dio una conferencia en el teatro Rosalía de Castro de La Coruña. Esta acción provocó una nota admonitoria de Ricardo Pastor, dueño del banco (y consecuente responsable de que, aún hoy, se llame Banco Pastor). Aquella llamada de aviso impulsó a Taboada a pasarse a la política profesional, por lo que se convirtió en secretario de Acción Católica, la formación política que crecía alrededor de la figura de Ángel Herrera Oria.
El 18 de julio del 36, Taboada vivía en Madrid, en la confluencia de las calles Prim y Barquillo. Desde el primer momento tuvo problemas por su militancia católica. Una de las cosas que se decretó tras las primeras horas del golpe de Estado, cuando menos en Madrid y Barcelona que yo sepa, fue que las casas deberían tener las ventanas abiertas y las luces puestas. Esto se hizo así para evitar en lo posible la acción de los pacos, es decir de los francotiradores que, a menudo desde los balcones y usando las celosías para permanecer ocultos, disparaban hacia la calle. Según cuenta el propio Taboada en sus memorias, tenía en la pared de su salón colgado un crucifijo tan enorme que se veía desde la calle. Los amigos le aconsejaron que lo descolgase, por un siaca.
En ese domicilio fue detenido por García Atadell y su tristemente famosa Brigada del Amanecer. El propio Taboada confiesa que, sin embargo, Atadell le salvó la vida; en lugar de llevarlo a la checa de Bellas Artes, donde probablemente lo habrían asesinado aquella misma noche, ordenó al chófer -y no sabemos bien si porque le dio la gana, o porque ésas eran sus órdenes- que pasara de largo y lo llevase a la Dirección General de Seguridad en la Puerta del Sol. Allí, tras unos días, fue puesto en libertad, es posible (al menos en mi opinión) que tras alguna mediación vaticana.
Tras este episodio, montó una especie de comité de ayuda para los sacerdotes y monjas, que llevaban casi todos una existencia clandestina y difícil. No obstante, su papel más importante en la guerra llegó tras la unificación de Falange y Tradicionalistas, en la primavera del 37. Desde Salamanca se impulsó la creación de una especie de comité conspirador, cuya función principal era captar información de interés para los nacionales, esto es trabajar de Quinta Columna, no tanto saboteando la retaguardia como transfiendo datos sobre la misma. Quizá la acción más descollante de dicho comité fue pasarle a los nacionales un voluminoso fajo de documentación sobre las posiciones del ejército republicano durante la conocida como batalla del Ebro, operación que realizó personalmente Taboada atravesando las líneas sentado sobre los pliegos.
Como acabo de decir, alguna de las acciones se realizó traspasando las líneas. Un aspecto difícil de historiar sobre la guerra civil, sobre el que que yo sepa escasos datos hay, es la permeabilidad de los frentes de guerra. Ésta, evidentemente, tuvo que ser una realidad diferente según el lugar. En la guerra civil hubo frentes en los que uno y otro bando estaban tan cercanos que sus contactos eran bastante habituales. Además, hay que tener en cuenta que contra lo que se quiso hacer creer en los tiempos del franquismo, y lo que se quiere hacer creer en los actuales memoriohistóricos, a la inmensa mayoría de las gentes que hicieron la guerra civil los motivos de la misma se la traían ondulante penduleante; ellos estaban allí, básicamente, porque les había tocado.
Cercanía de muchos frentes y masa crítica de combatientes más o menos hueros de motivaciones ideológicas, hecho éste presente en el bando nacional desde el principio y en el republicano crecientemente conforme la guerra avanza, provocaron la permeabilidad de muchos frentes. De los testimonios que he leído he sacado la conclusión que el principal motivo de dicha permeabilidad fue la correspondencia. Soldados cuya familia estaba en la otra parte le escribían cartas a dichos familiares, que eran pasadas, bien por los profesionales en atravesar los frentes, bien por soldados del bando contrario, en el marco, casi siempre, de una relación quid pro quo. Algunos libros hablan de la existencia de esta práctica ya en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en el otoño del 36, por lo que cabe estimar que la permeabilidad de los frentes es tan antigua como los frentes mismos.
El Comité de Taboada no estuvo exento de problemas. Se llevaron de puta pena con los avanzados del SIPM, servicio de inteligencia militar franquista, destacados en Madrid, a los que acusaron de no ayudarles en lo absoluto. También tuvieron problemas cuando, tras la creación de FET y de las JONS, tamnbién se nombró en Madrid una especie de jefatura provincial del partido en la clandestinidad, pues ambos «órganos» compitieron de alguna manera por el mando de uno sobre otro. Algunos de los miembros del Comité, además, intentaron, al final de la guerra, que Franco los reconociese como mando natural del partido en Madrid también en tiempos de paz, a lo que Franco se negó.
Una prueba de lo sobrados que se sentían los conspiradores clandestinos de Madrid es una carta que Taboada le escribió a Franco en el 37, cuando la famosa estancia de Negrín en Suiza para un congreso médico que disparó todos los rumores en el sentido de que en el seno de la Sociedad de Naciones, republicanos y franquistas iban a pactar una solución para el conflicto (los tiempos, pues, del famoso «paz, piedad, perdón», de Manuel Azaña, AKA El Moñas). Taboada le escribió una carta a Franco mostrándose contrario a esta posible componenda, y lo hizo en unos tonos respetuosos pero que rozan la neta superioridad. Conociendo a Franco, es probable que fuese leyendo esa carta cuando decidió prescindir de Taboada en el futuro.
Las actas del citado Comité son una fuente histórica de gran interés, sobre todo por los datos que aportan sobre las negociaciones y contactos con el coronel Casado y con Julián Besteiro en las últimas semanas de la guerra. El Comité, de hecho, muta de función a partir de algún momento en la segunda mitad del 38. Deja de ser un grupo con la labor encomendada de pasar información a los nacionales, y pasa a ser un grupo destinado a estudiar el gobierno franquista sobre Madrid a partir del día cero, es decir del final de las hostilidades. Las subsiguientes divisiones del Comité, con un miembro dedicado Transportes, otro a Infraestructuras, etc., pasa a tener el mismo contenido, sólo que ahora los encargados lo que hacen es acopiar información sobre lo que hay, lo que queda y, por lo tanto, puede ser utilizado en el momento en que los nacionales entren en la ciudad, cosa que para entonces es ya segura para todo aquél que esté mínimamente informado. Como decía, elemento de gran importancia tiene la función del Comité en la realización de contactos, sobre todo con un médico amigo de Casado y que le hará de correo con los falangistas.
Taboada fue nombrado Consejero Nacional del Movimiento, pero no tuvo mayor actuación dentro del Estado franquista. Probablemente fue arrastrado por la desafección de importantes elementos católicos respecto del régimen (como Gil Robles), por lo que permaneció en una posición crítica, pero de total fidelidad al fin y a la postre.
Ignoro las circunstancias de su muerte, si es que se ha producido, cosa que es altamente probable.
Por una España mejor. José María Taboada Lago. Madrid. G. del Toro, 1977.
viernes, mayo 27, 2011
La «normalidad» del 36: epílogo
miércoles, mayo 25, 2011
La «normalidad» del 36: coda
En la calle Velázquez buscan a Gil Robles en su casa, pero no lo encuentran porque no está (otros testimonios dicen que la visita fallida a Robles la hace otra camioneta). Entonces siguen unas manzanas más arriba, hasta el chaflán del número 89 donde vive otro diputado de las derechas, José Calvo Sotelo. Entran en su casa de madrugada. Le informan de que debe acompañarlos para ser interrogado en la Dirección General de Seguridad. Calvo Sotelo protesta. Su mujer entra en un ataque de nervios. Los policías realizan una especie de registro en el despacho del diputado, en el curso de la cual se cargan una banderita de España que tenía encima de la mesa. Calvo Sotelo dice que va a llamar a la DGS. Victoriano Cuenca, que es por cierto un civil y no tiene autoridad para hacer algo así, arranca el teléfono para que no pueda hacerlo. La situación es tensa pero, cuando Condés le informa a Sotelo de que es miembro de la Benemérita, el diputado se aviene a ir con él. Sale al balcón y pregunta a los escoltas, que están en el portal, si la camioneta y sus ocupantes son de verdad agentes del orden. Finalmente, y frente a la oposición firme de su mujer, se aviene a ir con ellos. Tranquiliza a su esposa. Le dice que no se preocupe, que la llamará pronto, «a no ser», añade lúgubremente, «que estos señores me maten».
Muy probablemente, Calvo Sotelo sabía que iban a matarlo. Fernando Condés tuvo que identificarse como guardia civil, puesto que iba de paisano; pero Condés no tenía el carné reglamentario, pues había sido rehabilitado días atrás y aún no se lo habían dado. Así pues, toda la identificación que pudo enseñarle a Calvo Sotelo fue una copia del boletín oficial con su nombramiento; por lo tanto, es prácticamente imposible que el diputado del Bloque Nacional no fuese consciente de que Condés era uno de los guardias civiles revolucionarios, apartados del cuerpo por su participación en el golpe revolucionario del 34 y rehabilitados tras la victoria del Frente Popular.
Hay testimonios de que en la camioneta 17, sentado en la fila de asientos de enmedio entre dos policías, Sotelo no paraba de hablar y quejarse del atropello del que estaba siendo objeto; la actitud típica del hombre desesperado. Quizá se imaginó a sí mismo contra la tapia del cementerio, recibiendo una ensalada de tiros. Pero no hay nada de eso. Victoriano Cuenca, que está sentado detrás de él, y cuando la camioneta está aún en la calle Velázquez, le dispara dos tiros en la nuca, mortales de necesidad.
Pero eso es lo que se sabe. Son más las cosas que no se saben. La principal de ellas: ¿fue la muerte de Calvo Sotelo una muerte organizada?
Hay argumentos para todos los gustos. En primer lugar, porque no era el primer objetivo. En segundo lugar, porque uno de los indicios manejados por algunos historiadores, el extraño cambio de su escolta días antes del atentado, tampoco cuadra del todo. Es cierto que, días antes del asesinato, se cambió la escolta del ministro, ante lo cual él protestó airadamente, y que tras la llegada del franquismo se afirmó que esos escoltas suplentes habían sido conminados a cargarse a Calvo Sotelo o colaborar en su asesinato. Si eso fuese cierto, ¿cómo es posible que uno de esos dos escoltas, Rodolfo Serrano de la Parte, tuviese simpatías por las derechas?
Otros testimonios, como el del guardia de Asalto Aniceto Castro Piñeiro, que fue de la partida, nos dicen que la camioneta 17 partió de Pontejos después de unas y antes que otras; que sus integrantes fueron designados al azar; y que se les entregó una orden escrita. Lo que pasa es que dicho testimonio bien puede ser exculpatorio. Si Castro participó en una acción para cargarse a un diputado, es lógico que, a toro pasado, y puesto que no pocos de los protagonistas de la movida murieron poco tiempo después que Calvo Sotelo, al principio de la guerra, declarase que si estaba allí era por sorteo, y que todo se hizo legal. Además, aún siendo cierto lo que cuenta, aún cabe la posibilidad de que no todos los integrantes de la camioneta estuviesen en el secreto de lo que iban a hacer. Una vez hecho, a los demás les habría sido muy difícil oponerse, o denunciarlos. Pero, de todas formas, es un hecho que en la noche del 12 al 13 de julio, de Pontejos salieron varias camionetas con órdenes para practicar detenciones.
Otro elemento inquietante de la historia es la presencia de Condés. Teniente de la guardia civil, en 1934 decide algo tan increíble como alzarse contra su propio cuerpo, de modo y forma que es el alma del plan para atacar el Parque de Automovilismo del cuerpo en Madrid, donde de hecho estaba destinado. Como el golpe de Estado revolucionario del 34 fue un fracaso total en Madrid, tuvo que esconderse, pero el 16 de octubre, para sorpresa de todos que lo suponían huyendo, se entrega y arrostra las consecuencias de su acción revolucionaria. En febrero de 1935, es condenado por un consejo de guerra a cadena perpetua en el castillo de San Julián, en Cartagena.
El 23 de febrero del 36, tras la victoria del Frente Popular, sale libre por la puerta del castillo tras lo cual, de forma quizá un tanto inexplicable, remueve Roma con Santiago para recuperar su empleo en la Guardia Civil. El 1 de julio fue readmitido, y el 2 ascendido a capitán. Los historiadores de la guardia civil destacan el hecho inusual de que el preceptivo informe del mando, previo a nombramiento y ascenso, fue redactado el mismo día del segundo y que, de hecho, el general Pozas lo revisó cuando la decisión ya había sido tomada y publicada. Había, pues, mucha prisa por volver a vestir a Condés de verde.
No existe ningún trazo, entre el 2 y el 12 de julio, de que Condés ingresase en ningún servicio concreto. Lo cual quiere decir que la noche del 12 es un capitán sin mando que, sin embargo, y con la extraña aquiescencia del oficial que está controlando la salida de las camionetas de Pontejos, teniente Andrés León Lupión, todo el mundo en el vehículo 17 asuma que él es el jefe. Es decir: teóricamente, nos encontramos ante algo tan normal como que un cuerpo policial es convocado para hacer unos servicios rutinarios (detenciones, registros...); pero, sin embargo, uno de estos grupos es colocado bajo el mando de un capitán de otro cuerpo que, además, no tiene destino, es un capitán sin mando. ¿Algún policía o guardia civil entre el público que nos pueda decir si esto es normal?
Más aún: ¿y Cuenca? Victoriano Cuenca, panadero de profesión, se había ganado la vida de guardaespaldas del presidente cubano Machado y, en aquel momento, lo era de Indalecio Prieto. No era ni policía, ni guardia civil, ni leche que le fundara. ¿Quién lo colocó detrás de Calvo Sotelo? ¿Hacia dónde estaban mirando sus compañeros de asiento que le dejaron hacer, no uno, sino dos disparos en su nuca? ¿No nos dice este detalle que, de alguna manera, Cuenca ostentaba algún tipo de autoridad, algún tipo de mando, sobre los agentes? ¿Acaso el hecho de que fuese una de las tres personas que subió a casa del diputado a hacer el registro no abona esta tesis? Pero si es así, ¿qué tipo de autoridad, y quién se la había otorgado?
Se dice que Casares se entrevistó, aquella noche, con destacados policías marxistas, como Condés. Es difícil de creer, teniendo en cuenta que estaba en una recepción diplomática. Sí parece, sin embargo, que Condés estuvo, junto con el también marxista teniente Moreno y José del Rey, guardia de Asalto de la misma cuerda que sobreviviviría a la guerra y acabaría declarando sobre este asunto (y en esos momentos guardaespaldas de Margarita Nelken), en el despacho de Alonso Mallol, director general de Seguridad. Fueron, lógicamente, calentitos con la noticia del asesinato de Castillo, cuyo cadáver, aquella noche, aún estaba caliente. Fue Mallol, probablemente, el que ordenó la redada a la cual salieron las camionetas.
Al domicilio de Calvo Sotelo sólo subirán tres integrantes de la partida: Condés, Cuenca y Del Rey. Los tres más significados políticamente, pues, y dos de ellos (Condés y Cuenca) técnicamente carentes de toda autoridad, máxime si han de hacerla ejercer frente a un aforado.
Existen varios testimonios de que, ya en la calle, cuando el diputado sube a la camioneta, Condés duda en hacerlo, ante lo cual Calvo Sotelo protesta, afirmando que si el guardia civil no le acompaña «me tienen ustedes que matar aquí mismo». Como digo, que esto ocurrió es casi incontrovertible, y este detalle abona la teoría de que no hubo premeditación en la acción. Si Condés no quiere ir en la camioneta es porque ha terminado su misión; pero si su misión ha terminado, ésta sólo puede ser detener a Calvo Sotelo, no matarlo.
Ni Fernando Condés, capitán de madera sin mando en plaza; ni Victoriano Cuenca, pistolero de fortuna al servicio de la revolución, fueron jamás detenidos, ni siquiera un minuto de sus vidas, por la muerte del diputado de la nación José Calvo Sotelo.
Prieto contó, a finales de los cincuenta, que Fernando Condés le confesó que sus órdenes (¿de quién?) eran practicar la detención de Calvo Sotelo, que no sabía que lo iban a matar, y que iba a suicidarse por el deshonor en el que había incurrido, pero que el político socialista le convenció de no hacerlo. Esta versión cuadraría con la pronta muerte de Condés nada más empezar la guerra. Pero no cuadra con otras cosas. Si tan alto concepto del honor tenía, ¿por qué no, simple y llanamente, confesó, aunque sólo fuese por escrito y ante la posteridad? Más claro aún. Supongamos que el asesinato es un calentón de Cuenca, como hemos dicho. Si tan respetuoso era Condés de los acendrados valores de la disciplina castrense y policial, y puesto que parece fuera de toda duda que tenía mando en aquella camioneta, ¿por qué no llega Victoriano Cuenca detenido a Pontejos? ¿Acaso no le habría sido más fácil a Condés, amén de más coherente con su supuesto honor, subir a Cuenca esposado al despacho de Burillo y dejarle a él el marrón de liberarlo si quería?
Se anuncia también el nombramiento de dos jueces y la práctica de muchas detenciones; la verdad del asunto es, más bien, que a esas horas del día, medio Madrid sabe ya hasta la marca de gayumbos que llevaban los ocupantes de la camioneta 17, algunos de los cuales, sin embargo, proseguirán limpios de polvo y paja tras esa supuesta ola de detenciones.
El mismo día 13 por la tarde, socialistas, comunistas y dirigentes de la JSU se reúnen y deciden armarse para contrarrestar la reacción esperable, además de pedir al gobierno la ilegalización de los partidos derechistas; propuesta, ésta última, que es, como poco, curiosa. La ETA mata a un general del Ejército de Tierra y, por lo visto, la reacción lógica es... disolver el Ejército de Tierra. Indalecio Prieto, que antes de que el gallo cante tres veces llenará en México páginas y páginas tratando de demostrar que Calimero nunca ha roto un plato y que siempre fue más bueno que las pesetas, preside la comisión que se va a ver al ministro para proponerle estas exigencias intolerables para el momento.
Las Cortes suspenden sus sesiones dada la crispación existente. Pero el 15 la Comisión Permanente debe reunirse para prorrogar el estado de alarma, que lleva vigente, ojo al dato, desde las elecciones de febrero.
Triste coincidencia. Los días 15 y 16 de julio de 1936, por primera vez en mucho tiempo, nadie muere en España como consecuencia de atentados políticos o sindicales. Como dicen en mi tierra: tarde piaches.
El pastor alavés
Enhorabuena a los premiados, pues.
martes, mayo 24, 2011
Ejercicio de agudeza visual
Debo pedir perdón por la mala calidad de esta foto. Está tomada con el móvil.
La imagen proviene de un libro que a finales del siglo XIX estaba presente en muchas casas pudientes francesas. Se trata de La Tierra a vuelo de pájaro, una encliclopedia en un tomo, descriptiva de los diferentes lugares y pueblos del mundo, que escribió el famoso geógrafo Eliseo Reclus. El libro aún no tiene fotografías puesto que presenta grabados; aunque algunos de estos grabados, según nos dicen los pies de las ilustraciones, están ya tomados de fotos.
Uno de los grabadores que colaboraron con la publicación fue Gustave Doré, buen conocido de España por haberla visitado personalmente, y que está estrechamente ligado a El Quijote de
Cervantes. Doré, en efecto, realizó diversas obras de ambiente español.
El grabado de la foto figura en la introducción del libro, y en el pie de foto se nos dice que Doré reprodujo en el mismo a dos pastores españoles, padre e hijo. Es, pues, una foto de nuestro remoto abuelo.
La pregunta que os dejo es: ¿seríais capaces de adivinar en qué provincia de España tomó Doré este retrato? Es una lotería, lo sé. Pero, bueno, lo mismo entretiene un rato pensar en ello.
lunes, mayo 23, 2011
Las encrucijadas del 22-M
La encrucijada de Zapatero. El presidente del Gobierno tiene su propia encrucijada, que no es, necesariamente, la del partido. Ahora, Zapatero tiene, teóricamente, dos caminos posibles. Puede escuchar el clamor de sus votantes, que claramente lo han castigado por ser poco de izquierdas. O puede escuchar los consejos, sino algo peor, por parte de los grandes gobiernos del mundo y sobre todo de Europa, que le están reclamando, cada vez más, una profundización en las reformas de la economía española, mucho más ambiciosas que las hasta ahora iniciadas o anunciadas.
Quizá lo único que tenga claro, o que tendría yo de ser él, es la decisión de no adelantar las elecciones. Un adelanto electoral sería catastrófico para él. Hoy por hoy, el PSOE puede alcanzar en unas generales un resultado que haría pasar a Zapatero como el líder más nefasto de su Historia; y esto es algo que alguien como el presidente, que siempre ha soñado con pasar a la Historia (como, por ejemplo, el hombre acabó con ETA), no podría soportar. Además, un adelanto electoral hoy se las pondría al PP como a Fernando VII: en los cien primeros días de gobierno se monta un plan de austeridad de la pitri mitri y se le echa la culpa al que acaba de irse. Quien piense que Zapatero puede irse ahora y dejarle «el marrón» de la economía al PP, que se fije en la actitud del gobierno Mas en la Generalitat.
La pregunta es: la primera opción, es decir recuperar el tono de izquierdas, ¿existe realmente? ¿O quizás, dejó de existir en mayo del año pasado, cuando el señor Jintao llamó a Zapatero y le dijo tu pone olden tu economía o yo polculizo a ti con miemblo de bisonte?
La encrucijada del PSOE. Para bien o para mal, el PSOE ha seguido a su líder en este viaje, con el agravante de que dar ahora marcha atrás y dárselas de progre le va a ser especialmente difícil por causa del movimiento 15-M que es, claramente, mucho más atractivo para quienes se sienten progresistas. Por eso, creo que lo primero que va a intentar el PSOE en las próximas semanas va a ser hacerle una OPA al 15-M, ofrecerle una fusión por absorción aprovechando que, hermano, ambos hemos salido de la misma matriz proletaria.
Se van a multiplicar los guiños a la Puerta del Sol, en la calle y aquí en la red. El próximo argumentario del PSOE, ya lo apuntó Zapatero en su creo que última entrevista en la SER antes de las votaciones, será: sí, he dicho lo contrario hasta ahora para no acojonar, pero estamos al borde de la intervención. Me lo ha dicho Merkel, y el moreno, y el Jintao, y su repostera madre también me lo ha dicho. Estamos al borde del abismo y yo, colegas, estoy haciendo lo posible para que no caigamos definitivamente en el Lado Oscuro Liberal. Sauron nos vigila y no veais lo que tira; pero yo sigo llevando el anillo. Eso sí, es carga pesada, y tenéis que ayudarme. ¿Apestamos los socialistas? Como nos caigamos en el barro del FMI, ya vais a ver lo que es apestar, machos.
Y de todo esto, por cierto, la culpa la tienen los orcos.
Joaquín Almunia trató de huir hacia adelante cuando vio que Ansar iba a llevarse las elecciones metiendo menos de medio glande, y pactó una entente con Izquierda Unida. Ahora, probablemente, el PSOE intentará lo mismo, lo que pasa es que intentará puentear a IU (cuyos resultados ayer no son como para pensar que sea un partner con demasiadas madalenas en el zurrón) para pactar con los que ahora mismo molan.
Otra encrucijada importante para el PSOE es aprender a vivir, cuanto antes, con la idea de que no tiene suelo. Aquí siempre se ha hablado del techo de la derecha. Por dos veces (años 2000 y 2011), el PP ha demostrado que ese techo lo tenía Fraga, no la derecha. Ahora, en el 2011, se ha demostrado que el PSOE, contra lo que siempre se había pensado, no tiene suelo; que puede caer más bajo de lo imaginado. Ahora el PSOE tiene por delante la labor de demostrar que ese no-suelo no es cosa suya, sino de Zapatero.
La encrucijada del PP. Los populares tienen que saber que lo que ha pasado el 22-M es que el PP tiró un penalty, chutó demasiado a la derecha de la portería pero, inexplicablemente, el portero, camarada Zapatero, se lanzó hacia ese lado, atrapó la bola en el aire, y luego la empujó dentro de la portería. Poco ha conseguido el PP ayer en términos de votos nuevos; lo que pasa es que como el PSOE se ha quedado con dos de pipas, parece lo que no es.
No tiene el PP que saber administrar su victoria. Tiene que entender, más bien, que no ha ganado tanto como parece. Esto ha sido así por razones tres: una, porque la estrategia de Rajoy de no dar ni los buenos días durante dos años ha tenido, claro, la consecuencia de que nadie le pueda reprochar ninguna mala idea (ni buena); dos, porque uno de los dos grandes hechos de la campaña, Bildu, le ha favorecido claramente ante su electorado fiel e indeciso (y le va a seguir favoreciendo); tres, porque el otro hecho, el 15-M, es inocuo para ellos. Es una guerra en la que los populares no tienen nada que ver... de momento (véase la encrucijada del PSOE).
Ahora, el PP gobierna en la mayor parte de España. Está, pues, en la encrucijada de qué hacer en materia económica, pues una parte no desdeñable de la política económica, sobre todo la de gasto, está en sus manos. Una de sus posibles estrategias es la que podríamos denominar estrategia Mas, puesto que es la que se ha aplicado en el Gobierno catalán: aplicarle a la ciudadanía a toda hostia la purga de Benito para poder echarle la culpa al anterior. Todo el mundo sabe que de todo lo malo ocurrido en los cien primeros días de gobierno tiene la culpa el gobernante anterior. A partir del día 101, sin embargo, el nuevo gobernante ha de asumir que las culpas son suyas. Así pues, el PP debería sacar a pasear las miserias de los presupuestos que gestiona por primera vez. Pero eso, ojo, es incompatible con la estrategia de low profile que el partido se ha dado al máximo nivel. ¿Cuál de las dos ganará?
La encrucijada del movimiento 15-M. Si los de la DRY quieren sobrevivir, tendrán que aprender a hacer política. Ayer salieron sobradamente derrotados ante la ciudadanía, por mucho que ahora se hagan cuentas en las que sumando abstencionistas, votos en blanco, nulos, peras, manzanas y escubidubidúas, se nos pretenda convencer de que el peso del 15-M fue abrumador en las municipales. Tener peso en unas elecciones es mucho más que cuadrar una hoja de cálculo. Es un problema de sensaciones, y ayer fueron cienes y cienes los colegios electorales sobre los cuales el 15-M sobrevoló más o menos lo mismo que el miedo a los vampiros.
Cometió el movimiento el mismo error que Franco. Franco también llenó una plaza, la de Oriente, de apasionados partidarios, en los albores del otoño de 1975; y creyó, y con él todo el Régimen, que todo el monte era orgasmo. La manifestación del millón, la llamó la prensa afecta, haciéndose la ilusión vana de que en la plaza de Oriente cupiese un millón de personas. El pasado viernes en la noche, a pesar de ser día grande para la captación de visitantes más o menos mediopensionistas y de mediar la teórica amenaza de disolución policial, sólo el PP, y sólo en el Palacio de los Deportes, juntó tanta o más gente que la acampada de Sol.
Hace una semana del inicio, y sigue sin haber un programa estatuido, coherente, jerarquizado (esto irrenunciable, esto posible, esto bla) y ampliamente conocido. En mi caso, confieso que hace ya tiempo que he pasado de buscarlo; a mí, que me lo traigan, porque no tengo porque darle un tratamiento especial a nadie; y los demás me lo traen. El movimiento se ha masturbado en asamblearismos utópicos (España no es la Atenas ática; para bien, y para mal), portavoces de sí mismos, el pecado de la negación (en política, además de decir no, hay que decir sí) y un romanticismo que quedará bien para las fotos que algún día verán los nietos de los acampados (si es que les interesa verlas, claro), pero es ineficiente para un movimiento que pretende cambiar las cosas.
Tiene tres destinos posibles el 15-M: el primero, una alianza estratégica política, en la cual todo lo que puede hacer es perder, desaparecer, diluirse en la escisión de la escisión de la escisión. El segundo, avanzar en la definición de sí mismo y dejar claro qué es lo que considera que debe cambiar, y cómo; punto éste en el que no todo lo que se ha visto merece la pena, como ocurre con la propuesta de expropiar las viviendas que no se venden (y, ¿por qué no expropiar los yogures que no se venden, y los coches que no se venden, y los libros que no se leen?). Tercero, seguir como está hasta que, dentro de n días, sólo queden en Sol veinte irreductibles que, el día que sean desalojados, merecerán dos o tres líneas en algún que otro periódico, y un puñado de twitteos. Haga lo que haga, ya tarda. Ha llegado la hora de dejar de caer simpático, y empezar a resultar interesante. Sigo diciendo que el 15-M del martes o miércoles pasado era un movimiento muy interesante, porque pedía muy pocas cosas pero a las pocas cosas que pedía les otorgaba un tono de irrenunciabilidad que hacía pensar en un cambio. Luego, a mi modo de ver, se perdió marxistamente, es decir contaminado por sus propias contradicciones. Ahora mismo, para el futuro de DRY, cada minuto cuenta.
sábado, mayo 21, 2011
Antiguos velos
jueves, mayo 19, 2011
15-M y M-68
Razón 1: Contra lo que pueda parecer, el Mayo del 68 no es recordado por las famosas consignas, entre geniales y lerdas, de aquel movimiento. Todo aquello de «prohibido prohibir» (que anda que los herederos del 68 le han hecho mucho caso) o «seamos realistas, pidamos lo imposible», y bla. Mayo del 68 se recuerda porque fue un órdago en toda regla al estatus político vigente en aquel momento (que siguió vigente después, y lo sigue ahora en gran parte). Pero ese órdago no lo plantearon los estudiantes con sus eslóganes hippies y cantando Blowing in the wind, sino líderes y grupos de izquierda absolutamente organizados (especialmente el trotskismo que orbitaba alrededor de Alain Krivine); y, sobre todo, se produjo desde el momento en que el movimiento estudiantil se convirtió en un movimiento estudiantil-sindical.
Si Mayo del 68 fue tan importante no fue por parar las clases en Nanterre, sino por parar la Renault. Esto es bastante evidente por el hecho de que, desde el momento en que los sindicatos llegan a un acuerdo con el gobierno (a espaldas de los estudiantes), el globito se pincha a marchas aceleradas.
¿Puede devenir el 15-M en un movimiento sindico-estudiantil? Hombre, como poder, puede; pero para que sea así, antes las asambleas de la Puerta del Sol tienen que decidir exactamente lo contrario de lo que defienden ahora mismo, en el punto y hora que los sindicatos (que, que yo sepa, no han aparecido por Sol; todo un síntoma) son, para los acampados, parte del problema que denuncian. En este aspecto, pues, Mayo del 68 y el 15-M se parecen, al menos de momento, como un huevo a una castaña.
Razón 2: Mayo del 68 tenía una ideología. Es posible que no la tuviese en su inicio, que son los momentos en los que más se parecen a lo vivido hasta ahora en España. La movida parisina comienza por la formación de un grupo contra la guerra de Vietnam (ambos movimientos comparten, pues, la tendencia pacifista) y reivindicaciones puramente estudiantiles. Cuando el ministro de Educación francés visita, creo recordar que en marzo, una de las facultades donde el M-68 está comenzando a fraguarse, y se encuentra con un portavoz de los estudiantes llamado Daniel Cohn-Bendit, éste le espeta, como principal reivindicación, una que no tiene nada que ver ni con la pobreza, ni con la democracia, ni con casi nada: los estudiantes están cabreados porque en los colegios mayores no se pueden llevar personas del otro sexo a la habitación.
Pero eso fue en marzo y Mayo del 68, como su propio nombre indica, ocurrió en mayo. En esos dos meses, el movimiento se impregna de una decidida ideología de alternativa al modo de vida, y al modo político, burgués. Es, mal que le pese a Cohn-Bendit, un movimiento de hondas raíces marxistas (lo cual no quiere decir soviéticas; si a algún comunismo «oficial» se parece M-68, es al maoísmo).
Así pues, el movimiento del 68 tenía una ideología, mientras que el 15-M pretende, creo yo, no tenerla. Ayer ví en la tele como tres o cuatro entrevistas con portavoces del movimiento. Todos ellos dijeron, más o menos: «Lo que yo reivindico es Bla y Bla y Blabla. Pero hay otra gente». Valientes portavoces que sólo hablan de lo que quieren ellos mismos, pero, en fin, es lo que hay. Mis amigos más cercanos al movimiento me insisten: la plantaforma reivindicativa más o menos unificada llegará. Yo siento disentir con ellos. A mí me parece que las plataformas reivindicativas deben ser previas a la movilización. En esto, sí es verdad, 15-M y M-68 se parecen un poco. Lo cual, a mi modo de ver, no es ninguna buena noticia, porque viene a decir que el 15-M es una revolución altamente manipulable, como lo fue, de hecho, la parisina.
Tener una ideología le permitió a M-68 poder convertirse en un conflicto obrero, es decir presentar reivindicaciones concretas en el ámbito económico (aunque esto también fue su perdición: una vez resueltas estas reivindicaciones, a tomar por saco el movimiento). El sustrato del pensamiento económico del 15-M, si no me he liado con las [por cierto, escasísimas] declaraciones que he visto, es el movimiento antiglobalización. Los antiglobi llevan años montándola acá y acullá, con diferentes grados de violencia, pero nunca, que yo sepa, han expresado qué es lo que harían si mañana llegase la ONU y les regalase un país para que lo gobernasen. Yo, cuando menos, sé lo que no quieren, pero no sé lo que quieren. Por ejemplo, eliminar el principal eje de la globalización, que es el libre movimiento de capitales, ahogaría la financiación de muchos países en desarrollo, que no pueden aspirar a financiarse en su propia moneda. De momento, aún no he conseguido averiguar cómo se formula en la teoría antiglobalización una solución para este problema.
Razón 3: Mayo del 68 tenía un enemigo. Un enemigo que ocupaba el palacio del Elíseo. El 15-M dice que tiene mil enemigos (todos los políticos, los medios de comunicación, los herederos de Torrebruno...) y, si algún día llega a escoger uno, visto el perfil ideológico de la mayoría de sus activos participantes, elegiría al Partido Popular. O sea, problema, porque es que resulta que, en este caso, De Gaulle no está en el Elíseo, sino en la oposición.
Razón 4: Mayo del 68 es un movimiento que respira Guerra Fría. Sin ese componente en el aire, habría muerto. El sustrato de la revolución parisina, habilísimamente utilizado por las organizaciones a la izquierda del PCF y por supuesto del socialismo, es la existencia de una alternativa y de un enemigo en términos ideológicos, que es el sistema liberal capitalista. El 15-M parece tener claro el mismo enemigo, y escribo parece tener porque, de momento y en mi nivel de información, peca del mismo pecado que su sustrato antiglobalización, esto es carecer de una alternativa como tal estatuida y, paradójicamente, se limita a manejar como propios argumentos construidos precisamente por ésos contra los que va, es decir los políticos. Pues, que yo sepa, el mantra ése de que la culpa de todo la tienen los mercados no se inventó en la biblioteca de un cotolengo carmelita.
Otra comparación que ha surgido es la comparación con las revueltas en el mundo musulmán. Ésta segunda me parece, sinceramente, repugnante, y si yo tuviese algún poder de opinión, recomendaría a todo aquél que sienta la tentación de echar mano de ella que se lo pensase dos veces.
Un español de veinte años que abre su portátil y se conecta a Facebook hoy, puede cagarse en la madre de cualquier miembro del Gobierno. Puede redactar un escrito solicitando del presidente del Congreso que expulse del hemiciclo a los diputados del partido que no le guste, y presentarlo en el registro del Congreso. Puede salir a la calle y gritar que Zapatero debe dimitir, o que debe seguir. Y, sobre todo, puede votar.
Un sirio de veinte años que va a una manifa se está jugando que le revienten la cabeza con munición de guerra.
Ésos son los términos de la comparación.
Con todo, a mí lo que más me atrae o ilusiona del movimiento es la posibilidad de que abra un portín a las reformas del sistema que lo hagan más participativo. Creo que el 15-M estaría plenamente justificado con sólo conseguir una reforma del sistema electoral, que en mi opinión debería migrar a un sistema a la americana, es decir distritos electorales pequeños, listas abiertas, y el personal a votar a un candidato, no a 37. O una reforma de la financiación de los partidos políticos. O una reforma del reglamento del Congreso que impida que el control al gobierno sea un control teledirigido y que, sobre todo, el Gobierno conoce con antelación.
Habrá que esperar, en todo caso, a esa plataforma reivindicativa que, según me dicen quienes saben de esto, va a llegar.
Y una coda: por muy atractivas que sean las movidas, por muy excitante que sea la perspectiva de pasar una noche al raso con los colegas en el kilómetro cero, hay una cosa que comparten los activistas del 15-M, los estomatólogos licenciados en Zaragoza, los blogueros que escriben sin acentos y el cardenal Rouco Varela: todos ellos, por muy distintos que sean unos de otros, están sometidos al imperio de la ley. No se puede ir por la vida pidiendo democracia efectiva y acto seguido vulnerar la ley en nombre de dicho principio, pues en ese caso se está negando lo que se defiende.
España tiene una ley democrática, votada por los españoles, que dice que las 24 horas antes de unas elecciones no se pueden celebrar actos de índole política. Así pues, el sábado, a casa. La profundización de la democracia no puede comenzar por socavar los principios que informan la que ya existe.
martes, mayo 17, 2011
La "normalidad" del 36 (15: ¿que narices puedo poner para ser original?)
El mismo día 16 que se celebra el debate parlamentario, hay 100.000 trabajadores en huelga sólo en Madrid. En varias provincias agrícolas, la quema de cosechas ha acabado con la práctica totalidad de ellas. En Cádiz se declara la huelga general y el pan debe ser elaborado por el Ejército. El día 18, la CNT llama a una huelga de dependientes de comercio que deja los mostradores de toda España sin servir. Ese mismo día dos falangistas, José Luis Obregón Siurana y Luis Cabañes Abarca, son asesinados. Más muertos de junio: uno en Valladolid, otro en Albacete, otro en Orihuela (Alicante), y un último en Sevilla, en el curso del asalto a un almacén de cereales. El día veinte estallan en Madrid once bombas. Once.
Se muere el comandante Pedro Romero, instructor de las milicias izquierdistas. A su entierro va al presidente del Gobierno, cuatro ministros y varios generales; frente al féretro desfilan las milicias comunistas, en un acto castrentoide bastante extraño a los ojos del presente.
Jesús Hernández, en el congreso del Partido Comunista madrileño, perpetra esta perla: «Bien cerca de nuestros Pirineos, en la Francia de 1879, los trabajadores franceses cargaban carretas de nobles para llevarlos a la guillotina. Hay que deplorar que la República española no haya cargado todavía ninguna carreta de nobles». Años después, cuando se cayese del guindo estalinista, Hernández engrosaría la fila de plañideras que escribirían páginas y páginas sobre sus burradas como dando la impresión de que quien las había cometido fue otra persona. La verdad es que Hernández, por mucho que se arrepintiese después, fue un dedicado recadero moscovita. Él mismo confiesa en sus memorias que estuvo a punto de matar a Prieto, antes de la llegada de la República. Su momento dulce llegó con la guerra civil, cuando, junto con Vicente Uribe, copó la cuota comunista en los gobiernos republicanos y, desde allí, se dedicó a trabajar por la dirección comunista de la guerra. Suyo es el discurso de Valencia en el que desgranó un florilegio de dicterios contra Largo Caballero, que sirvieron para echarlo del gobierno cuando se enfrentó con los comunistas (echó al embajador soviético en España, Rosemberg, de su despacho). Luego, como digo, le daría por hacer repaso crítico de su pasado; una benicarlada más.
El 23 de junio, es cosa archisabida, Franco le dirige su famosa carta al presidente Casares. La carta de Franco es, antes que cualquier otra cosa y dijese lo que dijese la propaganda franquista, una carta corporativa. Lo primero de lo que se queja Franco en la misiva es de la reincorporación al Ejército de militares implicados en la chorrada del 34 en Cataluña, la eliminación de la antigüedad como elemento para el ascenso y su sustitución por dosis crecientes de arbitrio ministerial. Cierto es que los políticos se quedan solos cuando se trata de nombrar ejecutivos, sean ellos magistrados del Tribunal Contitucional, consejeros de RTVE o lo que se tercie; pero, la verdad, yo nunca he entendido muy bien la prelación de la antigüedad en el Ejército. Un idiota de la vida de 55 años no deja de ser bastante más idiota que él mismo con 30 años. Pero aquí lo importante, a mi modo de ver, es que lo primero de lo que Franco quiere hablarle al presidente no es del caos, sino de la falta de orden en los ascensos. También protesta, justo es reconocerlo, por conflictos como el de Alcalá de Henares; pero lo hace en un segundo plano.
Hace la carta profesión de respeto constitucional castrense pero, acto seguido, y como buen gallego, plantea las cosas de modo y forma que lo primero dicho no tenga, en realidad, importancia alguna: «La falta de dignidad y justicia de los poderes públicos en la Administración del Ejército en 1917 hizo surgir las Juntas Militares de Defensa. Hoy podría decirse, virtualmente, que las Juntas Militares están formadas». Una vez más, no nos encontramos con un discurso basado en el clima de violencia, sino en la ausencia de una adecuada administración de lo militar. Una vez más, pues, el mensaje es corporativo.
Cabe preguntarse por qué escribió Franco a Casares aquella carta. Cuando el general era el jefe del Estado, y puesto que la historiografía oficial iba de demostrar que sus pedos olían a rosas, se trató esta carta como un signo de fidelidad constitucional hasta el último segundo que, lamentablemente, fue traicionada por la deriva de la República y, sobre todo, por el asesinato de Calvo Sotelo. Una teoría bastante endeble, pues a finales de junio ya está Mola dándose de cabezazos contra el difícil muro tradicionalista y, por lo demás, lleva ya muy adelantados los planes para el alzamiento, que de hecho tiene ya fechas tentativas.
Desde un punto de vista antifranquista, por otro lado, se puede pensar que la carta de Franco es la típica carta nenaza del que quiere ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. De quien sabe que es pieza fundamental en el golpe de Estado, que su prestigio militar le es muy necesario a los conspiradores; pero que, al mismo tiempo, quiere quedar bien con el gobierno de la República por si acaba siendo el vencedor de la movida, como de hecho lo fue, puesto que si los nacionales ganaron la guerra civil, el ganador del golpe de Estado del 18 de julio es, sin duda alguna, el Gobierno. Franco, que algo sabía de estrategia, bien podría tener la mosca detrás de la oreja.
Yo, personalmente, me decanto por otra teoría. Una teoría que creo consistente con la personalidad de Franco, un tipo que tenía muchos defectos, pero que contaba con una de las principales virtudes de los líderes políticos: un sentido especialmente desarrollado para la gestión de los tiempos. Esto es algo que pretendo explicar en la próxima serie que quisiera escribir, dedicada a cómo escaló Franco hasta el poder omnímodo en la España nacional, y cómo lo conservó; pero baste con formular hoy que esta maestría en la gestión de los tiempos es un cornerstone de su estrategia. En junio de 1936, es mi teoría, Franco sabe que van a pasar muchas cosas, y muy deprisa. A mi modo de ver, y esto es algo desde luego muy discutible porque son muchos los que lo discuten, las fidelidades del general están absolutamente claras. Franco piensa, probablemente mucho antes de junio del 36, probablemente ya desde las desilusionantes respuestas que le da Portela Valladares a sus admoniciones, que ya sólo hay una salida para la situación. A mi modo de ver, la carta a Casares es una pequeña cortina de humo.
¿Sabe Franco, en el momento de escribir esta carta, que más o menos desde mediados de abril, cuando muchos de los militares obrantes en el entierro del alférez De los Reyes comenzaron a ser trasladados, el general Mola controla la Unión Militar Española y cuenta con una actitud, si no comprensiva, al menos no abiertamente contraria, de Falange? Sería difícil decir que no. Y hay otro factor importante. La propuesta que yo le hago a mis lectores es que lean la carta de Franco a Casares colocándola junto a las admoniciones remitidas a Portela meses antes. Si las neuronas del lector emiten en la misma onda que las mías, observará algo que no tiene mucho sentido. En febrero del 36, la obsesión de Franco es convencer al presidente del gobierno de que hay un intento comunista por hacerse con el poder, que la calle es un caos, y que hay que hacer algo para defender el orden. Cuatro meses después, su obsesión es el desorden interno en el ejército, la resurrección de las Juntas Militares a través de la UME, y los desplantes sociales al Ejército. De haber una lógica en ambas argumentaciones, debieran haber ido en orden inverso. Si en febrero del 36 había un peligro en la calle, en junio, después de centenares de muertos, incendios, asaltos, etc., ese peligro se había multiplicado por sí mismo. A mi modo de ver, pues, la carta de Franco tiene un punto absurdo que hace que haya que pensar que fue redactada por motivos más o menos laberínticos.
¿Qué pretende Franco con la carta? ¿Ir de acusica? Sostener esa teoría es propio de un guionista histórico de televisión; con ello quiero decir que es una chorrada. Cuando uno le quiere contar al presidente del Gobierno que la Brunete va a bombardear la Cibeles mañana por la mañana, no le manda una carta. Franco, a mi modo de ver pues, no quería ganar puntos ante el Gobierno; más bien creo que quería añadir presión a su manera, extremadamente prudencial. Mi teoría es que Franco, en junio del 36, no es que no esté decidido a unirse al golpe, como se ha dicho y escrito alguna que otra vez; de lo que no está convencido es de que el golpe vaya a tener éxito. Pero, estratégicamente hablando, está comprometido con el movimiento y, por ello, le escribe la carta a Casares Quiroga.
Porque yo le veo una utilidad a la carta: desviar el punto de mira de Casares. Meticulosamente estudiada para no hacerla aparecer como una amenaza relacionada con el clima de violencia en la calle, quizá hizo que el primer ministro retirase parte de su mirada del capitán general de Canarias. Por dos veces en los dos últimos meses antes del golpe de Estado llamó Casares al teniente coronel Yagüe a Madrid, probablemente para pulsar lo que más le preocupaba: el ambiente en el ejército africano. Por este detalle podemos apuntar la idea de que, tal vez, Casares se equivocó. Recordad el consejo de Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos. Si Casares quería tener cerca a Yagüe, al que, como teniente coronel que era, podía haber enviado sin problema de agregado militar a la embajada de España en Indonesia, es porque le temía. Si esto es cierto, entonces hemos de concluir que si no llamó a Franco, es porque no le temía.
Probablemente, Casares pensaba que controlando a Yagüe, controlaba al ejército de África. No se dio cuenta de que quien, realmente, mecía la cuna de las harkas era el enano de Canarias; el tipo que le había escrito aquella carta. Si a eso unimos el famoso episodio de la visita de Alonso Mallol a Pamplona, con la intención de pillar a Mola, y que éste conocía de antemano por un comisario local (haber sido director general de Seguridad tiene estas gavelas), podemos entender por qué a Casares le montaron un golpe de Estado en sus mismas narices, un golpe del que muchos le avisaron, sin que él lo creyese nunca. Bueno, claro, hay un tercer factor, para qué negarlo. Casares, como Azaña, sólo se escuchaba a sí mismo.
El 1 de julio, un socialista llamado Diego Robledo sale de la Casa del Pueblo de Huelva cuando es acribillado hasta morir. En La Coruña, en esos días, los izquierdistas paran un autobús, obligan a todos los viajeros a bajar, localizan a los hermanos derechistas José y Francisco Freire Caamaño, y los matan a tiros. De paso que disparan, ya van y se cargan a una señora que estaba por ahí, demasiado cerca de los cerdos fascistas.
En el Congreso, Calvo Sotelo califica los partidos políticos de «cofradías cloróticas de contertulios». Se informa a los señores lectores de que por cloróticas quiso decir, probablemente, anémicas.
Bilbao y Burgos se unen a la huelga de la construcción. Dos falangistas, Claudio Fernández y Juan Martínez Pichardo, son asesinados; uno en Ciudad Real, y el otro en Villanueva de San Juan. En Villarrubia de los Ojos, Ciudad Real, la guardia municipal se dirige a la casa de un falangista local para deternerlo, pero no lo encuentran. Discuten con el padre y, como el viejo se pone bravo, se lo apiolan. Es lo que tiene no darle la razón a los municipales.
El día 3, el Gobierno dicta un laudo para terminar con la huelga de la construcción en Madrid: cuarenta horas semanales, aumento de salarios y vacaciones pagadas. La UGT responde que sí. La CNT responde haciendo estallar cuatro bombas en las conducciones de agua de la ciudad.
En Atarfe, Granada, un cachondo mental hace una lista con todos los izquierdistas importantes del pueblo y los suscribe a El Ideal de Granada, periódico católico. A la recepción de los primeros ejemplares, se celebra una asamblea que decreta la huelga general. Las fábricas quedan desiertas, la siega se para en seco y el pueblo se queda sin pan ni alimentos.
En la calle Torrijos de Madrid, dos militantes del SEU falangista, Miguel Ariola y Jacobo Galán, toman sus colaciones en la terraza, cuando son tiroteados y muertos. Al día siguiente, un coche sigue a un grupo de izquierdistas que pasea por la calle Gravina y les saluda a balazos. Dos muertos y varios heridos. Horas después, en la madrugada, en la carretera de Carabanchel aparece el cadáver de Justo Serna Enamorado, teniente y militante de Falange, con setenta y tres puñaladas.
5 de julio. En Castrillón, Asturias, tirios y troyanos se encuentran, con resultado de dos muertos. En Madrid, un centenar de falangistas rodea el coche oficial del director general de Seguridad y saluda brazo en alto. Según denuncian los derechistas en las Cortes, para ese momento uno de cada dos trabajadores de Madrid está en huelga.
En Montalvo, Cuenca, una chica joven ve pasar a unos marxistas dando vivas a Rusia. Ella da un viva al fascio. Clin clin, negocio para la funeraria.
El 11 de julio alguien vuela el puente que une las provincias de Pontevedra y La Coruña (se ignora si la razón era que se trataba de un puente de derechas, o de izquierdas). En Valencia, cuatro falangistas asaltan, pistola en mano, la sede de Unión Radio, toman el micrófono y lanzan un saludo nacionalsindicalista a las ondas. El alcalde se presenta en la emisora y da una arenga. Se monta una manifa, durante la cual se destroza una cafetería. Los manifestantes tratan de asaltar un periódico de derechas, pero son repelidos por la guardia civil. Se desfogan quemando el centro patronal.
El 12 de julio son las famosas maniobras de Llano Amarillo. Me han contado mil veces la escena de Azaña presente en estas maniobras, repentinamente rodeado de militares gritando: «¡Café, café, cafë!» Sin embargo, Azaña no estuvo allí, que yo sepa. Pero algo hay. El general Gómez Maroto, comandante general de las fuerzas de África, anda mirando el cielo; es posible que alguien medio le contase que Franco iba a venir desde Canarias (como de hecho acabó yendo). Y está lo del café, que no es exactamente como muchas veces se cuenta. Por lo que yo he podido leer, durante el almuerzo terminadas las maniobras, muchos militares pedían café constantemente a los camareros, en medio de los platos, a destiempo. Obviamente, ese «¡café!» quería decir «Camarada, Arriba Falange Española». Pedir café en aquella comida, pues, equivalía a declarar: yo me sublevaré.
«Pues ya estamos para que nos fusilen», dicen que dijo, más o menos por esas fechas, don Manuel Azaña. Pero se equivocaba. Toda situación es susceptible de empeorar.
Faltaba, aun, la coda final.