La guerra civil española del siglo XX tiene muchos mitos. De todos ellos, quizás el más grueso sea ése que nos dice que la ayuda militar que recibieron los contendientes fue desinteresada. Las cosas como son, los tiempos se prestan a ello, pues hoy en día, de la mano de la ciencia política y su aplicación en la comunicación pública, están muy de moda los discursos según los cuales, en las guerras, hay Estados que tienen gestos altruístas. Esta afirmación, sin embargo, es más falsa que un duro de madera. Tanto Alemania como Italia le pasaron factura al bando nacional por las ayudas recibidas, a pesar de haber sido realizadas muchas de ellas, teóricamente, por voluntarios. Y la URSS, las cosas como son, no se quedó a la zaga. Los soviéticos, a cambio de su ayuda, consiguieron dos cosas. La primera de ellas fue forrarse. La segunda fue conseguir, no sin resistencias, una influencia política total en el Estado republicano. Algo que fue extremadamente tóxico para la Historia de España, puesto que tuvo la consecuencia de hacer que en demasiadas esquinas del mundo, y sobre todo las esquinas que mandan, se tuviese la sensación, por otra parte bastante cierta, de que debían elegir entre Franco y el comunismo. Y escogieron a Franco, claro; porque la gente puede ser tonta, pero no gilipollas.
“No podía entender yo que entre los cooperadores que Rusia nos mandó en 1936, nos enviase policías. Estaba justificado enviar aviadores, técnicos industriales, marinos y militares. Pero policías, ¿para qué? ¿Qué utilidad la de éstos en un país que desconocían y cuyo idioma ignoraban?” Estas palabras son de Indalecio Prieto, que fue ministro de Marina y Aire, después de Defensa. Y más adelante zanja: “Luego me expliqué lo inexplicable”. Lo entendió, claro, tras anécdotas, que también terminó contando, como que los soviéticos exigiesen quedarse ellos con activos militares, como aviones, capturados al enemigo; o que le dictasen las operaciones militares que, como director de la guerra, Prieto debía ordenar.
En aquella caterva de “asesores” que llegaron del frío a España estaba un hombre a quien todos conocían como Orlov. Una prueba interesante del secretismo que siempre rodeó su figura es que, si uno la rastrea en los testimonios de quienes conocemos, se encuentra con una tesitura de galones que va de capitán a general; esto hace bastante obvio que era una persona que, ni ella misma, ni sus patrocinadores, tenía demasiadas ganas de contar cosas sobre sí misma.
Alexander Milhailovitch Orlov llegó muy pronto a España, procedente de la vieja GPU, rebautizada NKVD, y fue rápidamente nombrado jefe de Seguridad del conglomerado soviético presente en España. Algunos testimonios hablan de que la república le otorgó un cargo público como asesor en materia de espionaje.
Orlov estableció una red policial, una especie de “mini KGB” para entendernos, que operaba en todas las ciudades importantes de la España republicana. Según Valter Germanovitch Krivitski (nacido Samuel Gersevitch Guinsberg), un espía y miembro de la GRU soviética cuyas memorias son lo primero que intentará desacreditar siempre un licenciado en Historia zurdo cuando discuta de estas cosas; según Krivitski, digo, la misión de Orlov era reproducir en las escalas de soviéticos y comunistas en general operando en España la purga de trotskistas que estaba ya en todo lo gordo en casa. De hecho, a finales de 1936 el propio Pravda anunció oficialmente que la limpieza de trotskistas que se estaba realizando en la URSS había comenzado también en España.
Dejemos continuar a Prieto en lo escrito en sus Entresijos de la guerra de España: “Luego me expliqué lo inexplicable. Stalin había mandado a agentes secretos para exterminar a los trotskistas españoles. De dirigir esta cacería hallábase encargado Orlov, significadísimo jefe de la policía soviética”. A partir de aquí, Prieto establece la principal responsabilidad histórica de Orlov: “él dispuso que fuera detenido en Barcelona, sin conocimiento del gobierno, Andrés Nin, dirigente del POUM, a quien, tras terribles martirios, hizo asesinar en los alrededores de Madrid”. Krivitski, por su parte, le acusa de haber organizado la guerra dentro de la guerra ocurrida en mayo de 1937 en Barcelona, hecho éste que ya es más difícil de adverar, hasta el punto de que, si sirve de algo mi opinión, yo no termino de creérmelo; aunque sí es cierto que un análisis de qui prodest nos lleva, rápidamente, a entender que, sin mayo del 37, probablemente nunca habría tenido la NKVD el poder suficiente como para detener a Nin.
El papel de Alexander Orlov en España, en todo caso, es histórico. Nunca antes, una policía había “invadido” un país extraño para realizar acciones directas de represión usando su propia autoridad. Imaginaos a Trump estableciendo agencias del FBI por todo Venezuela, deteniendo, extraditando y liberando a naturales del país por su cuenta y sin la colaboración de la policía venezolana. Ésta es una de esas cositas que pasaron durante la guerra civil española pero que, vaya usted a saber por qué, no forman parte de la memoria. Por supuesto, a las víctimas de este montaje (no pocas de ellas comunistas, por cierto) les pueden ir dando, pues ni Franco quiso obviamente rehabilitarlos, ni la democracia exhumarlos.
Alexander Orlov se llamaba en realidad Nikolski; pero cuando llegó a España ya estaba acostumbrado a usar diferentes remoquetes. Había sido Schwed, y Lyova. Aparentemente, en 1936 tenía ya 41 años, y era un revolucionario de primera hora. El anarquista García Pradas lo responsabiliza de haber convertido las Brigadas Internacionales en “un instrumento peligrosísimo de la intervención soviética en España”. “Nadie”, añade, “sabe más que él de los asesinatos y secuestros de muchos antifascistas extranjeros y españoles”. Justo Martínez Amutio, un socialista largocaballerista que fue gobernador de Albacete al principio de la guerra y, por lo tanto, holgó en el mismo sitio donde estaba un poco el alto estado mayor de las brigadas, cuenta también en sus memorias cómo los comunistas, allí, realizaron una limpia en la formación, sobre todo, de anarquistas. Limpia que, para que se entienda, significa que, a los que encontraron, los fusilaron. Fusilamientos en los que no hubo lawfare, más bien porque ni siquiera hubo law.
Dentro de las obvias dificultades que comporta moverse por ámbitos secretos por definición, la mayoría de quienes han estudiado la guerra civil española en serio, y no para sustentar leyes estúpidas, entienden que Orlov tuvo que ser, si no el fautor y ordenante, sí, cuando menos, conocedor de todas las operaciones que hubo dentro del bando republicano contra miembros considerados incómodos por los comunistas. Esto incluye a Nin; o al anarquista italiano Camilo Bernieri; o al trotskista checo Irwin Wolf; el austríaco Kurt Landau; Marc Rhein (periodista que era hijo de un dirigente menchevique, al que volveremos a encontrar en estas notas); Bob Smile, que militaba en el Partido Laborista Independiente británico; o José Robles, amigo íntimo del escritor norteamericano John dos Passos, colaborador estrecho de la red de espionaje soviética en España. Robles tenía un mentor, el general Vladimir Efimovitch Gorev. Yo siempre he pensado que Robles quedó aplastado en medio de la lucha entre dos gallitos soviéticos, Gorev y Orlov. Éste último aprovechó que Gorev estaba hasta arriba por la defensa de Madrid para detener y asesinar a Robles, acto éste que provocó el cambio de actitud de Dos Passos hacia la guerra española; lo cual quiere decir que abandonó su posturita de alfombra roja de los Goya para terminar por darse cuenta de lo que estaba pasando allí de verdad. Para todos estos nombres, nombres de hombres muertos durante la guerra civil y no por causa de la propia guerra, me parece a mí, sin embargo, que no hay mucho derecho a reparación de la memoria histérica; y que nadie está buscando sus fosas.
La jugada de Stalin fue clara. La guerra civil española era como una llamada irresistible para todos los revolucionarios europeos. En ningún sitio los iba a encontrar tan concentraditos. Así que le impuso al gobierno español, a cambio de su ayuda, el derecho a establecerse en el país y cargarse a quien le pareciese. Pero, ojo, que aquí el único que subvirtió la legalidad fue Franco.
Con el tiempo, la represión soviética practicada en España se convirtió en dos represiones. En un proceso no masivo pero sí imparable, diferentes peones, álfiles, torres y caballos de la estrategia represora soviética en España comenzaron a ser llamados a Moscú, de donde nunca regresaban, no sé si me explico. Éste fue el destino del principal activo soviético en España en su momento, el embajador Marcel Izrailevitch Rosenberg; pero también Vladimir Alexandrovitch Antonov-Ovseenko, el todopoderoso cónsul soviético en Barcelona; y militares como Gorev, Grishin (Janis Berzins, AKA Ian o Yan Karlovitch Berzin), o Manfred Zalmanovitch Stern, conocido en España como Emilio Kleber. El diplomático Leónidas Yakovlevitch Gaykis. O el periodista Milhail Efimovitch Koltsov.
Stalin no quería testigos que pudiesen hablar. A los pocos que se le escaparon entre las manos, como Krivitski, se los cargó ya fuera de la URSS en operaciones encubiertas. Orlov no iba a ser una excepción a la regla. De hecho, en su caso, si es cierto que, como todo indica, ordenó y coordinó toda la operación relacionada con la desaparición de Nin, para el estalinismo era fundamental que Orlov no terminase haciéndose un Enrique Castro Delgado (por decir uno) y empezase a largar.
Ya que tanto me reprocháis (con cariño, eso sí) que nunca recomiendo lecturas, aquí tenéis una que, si os interesan estos temas, no deberíais perderos: Poretsky, Elisabeth K.: Los nuestros: vida y muerte de Ignace Reiss, agente soviético (de segunda mano se suele encontrar barato). Poretsky era la mujer de Nathan Markovitch Poreckij, normalmente conocido como Ignace Reiss, un espía que finalmente rompió con Stalin, algo que le costó la vida inmediatamente. Poretsky escribe en sus memorias: “tanto Krivitski como yo estábamos convencidos de que Orlov, como los demás, había sido llamado de España a Moscú, y fusilado”. Veramente, para cualquiera que haya estudiado un poco a Iosif Stalin, su sicología, los porqués y los cómos del proceso que inició precisamente en 1936, y las necesidades que generó dicho proceso; para cualquiera que, digo, haya profundizado un poco en esas cosas, está bastante más que claro que no existe ninguna razón, y ninguna es ninguna, para practicar un genocidio general entre toda la escala de funcionarios policiales soviéticos que realizaron su labor en el bando republicano español de la guerra civil, pero salvar a Orlov. Orlov podía ser el jefe de todos ellos; pero eso no le garantizaba nada, porque el estalinismo, en realidad, tenía un solo jefe.
A pesar de todo esto, a finales de 1938 apareció en Estados Unidos alguien que dijo ser Alexander Orlov. Algunos autores que han investigado la guerra civil, como José Luis Alcofar Nassaes (otra referencia bibliográfica bien interesante), compraron esta teórica. Según Alcofar, Orlov se dio cuenta de que sus conmilitones estaban cayendo como los diez negritos. Según este autor, Sergei Milhailovitch Spiegelglass, alto ejecutivo de la policía secreta soviética en el exterior de la URSS (de hecho, siempre se le ha responsabilizado del asesinato de Reiss) estuvo en Barcelona para visitar a Orlov. En ese encuentro, Spiegelglass le habría dicho que lo iba a sustituir, que debía regresar a Moscú tomando un barco en Marsella. Siempre según este relato, Orlov fingió obedecer, pasó a Francia pero, una vez allí, tomó otro barco y se fue a Canadá para pasar a EEUU y pedir asilo.
En Estados Unidos, este Alexander Orlov se convirtió en escritor de cierto éxito. A la muerte de Stalin, en 1953, publicó una serie de artículos en Life sobre lo hijoputa que había sido el dictador. Luego escribió un libro, The secret history of Stalin's crimes, y en 1966 publicó un artículo sobre el oro de Moscú y España (Orlov siempre se ha considerado el gran organizador del traslado por parte soviética). Sin embargo, Krivitski siempre se consideró a sí mismo el único superviviente del grupo de espías soviéticos de los años treinta y cuarenta durante el estalinismo; así pues, si su idea fuese cierta, el Alexander Orlov que campaba por Estados Unidos sería un Miguel Lacambra de la vida.
Hay un argumento que parece darle la razón a Krivitski, aunque no del todo, puesto que las memorias personales siempre son selectivas. Este dato es: el autor de The secret history of Stalin's crimes, a pesar de haber tenido la prudencia de publicar su libro ya a la muerte de Stalin, no parece saber nada muy preciso de su propia actuación en España. Hugh Thomas, por ejemplo, siempre consideró que las memorias de Orlov eran falsas, por el simple detalle de que no parecía saber nada de Andreu Nin.
El escritor catalán Jaume Miravitlles, que en los cincuenta del siglo pasado estaba exiliado en EEUU, reaccionó a la publicación de los artículos de Orlov en Life escribiéndole a la revista para preguntarle si había adverado la filiación real de su autor. La revista contestó que le había preguntado al autor, y que éste había dicho que era “el mismo Orlov que cita en su libro Jesús Hernández [ministro comunista durante la guerra, que acabó desertando del comunismo soviético y escribió su libro por esos años], pero que no tenía nada que ver con la muerte de Nin, y que nunca había organizado el asesinato de Prieto (como le acusa Hernández).”
Según dice Life que le dijo Orlov, en la época en que desapareció Nin, él ya estaba en el punto de mira de Moscú y, por lo tanto, resultaba absurdo sostener que le habrían encargado la operación. Según él, dado que tenía estatuto diplomático, no se podía involucrar en asesinatos porque ello podría poner en peligro dicho estatuto. Por ello, continuaba, Stalin perpetraba dichos asesinatos mediante grupos de clandestinos, entre los que citaba a un tal Bolodin, que sería el asesino de Nin. Y que, también, tendría orden de matar al propio Orlov.
Esta versión tiene varios peros. Peros de fechas que no cuadran (Nin murió en el verano del 37 pero Orlov siguió en su puesto hasta el otoño de 1938... ¿en “situación precaria”? ¡Anda ya!) pero, sobre todo, tiene el gran pero de que eso de que los asesores soviéticos se tenían que andar con melindres diplomáticos para no arriesgar su posición, es bastante difícil de creer. Si hemos de creer a testigos como Amutio, la represión soviética en España fue, si no masiva, sí, desde luego, lo suficientemente nutrida como para que no pasara desapercibida. Las acciones cometidas por “incontrolados” sirven para cargarse a uno, o a dos. Pero no a decenas de personas alineadas en un paredón.
El “Orlov americano”, pues, era un tipo que decía que era el jefe de la GPU en España entre 1936 y 1938; pero, al mismo tiempo, decía que, si alguien quería saber algo sobre los asesinatos cometidos por soviéticos en dicho tiempo en España, tendría que preguntarle a otro. Por esta razón, somos algunos (porque yo soy de ellos) los que pensamos que aquel Orlov no esperó, o no esperó solo, a 1953 para publicar sus meconios porque esperaba la muerte de Stalin; lo que realmente esperó Orlov fue la muerte de Krivitski (1941), y sobre todo la monumental operación de descrédito de sus escritos que practicaron los soviéticos con la complicidad de los cejudos del momento; porque Krivtiski sí que podría haberle desmontado el chiringuito argumental.
Por lo demás, tanto Jesús Hernández como Elisabeth Poretski describen a Orlov como un hombre de unos dos metros de altura. Sin embargo, cuando el menchevique Raphael Abramovitch Rhein viajó a Estados Unidos para entrevistarse con el Orlov reaparecido para buscar datos sobre su hijo desaparecido, se encontró con un hombre que no respondía a esa descripción: era bajito, y tenía como unos diez años más que los que debería tener Nikolski.
Es bastante evidente, por otra parte, que no es un argumento muy a favor de la veracidad de Orlov el hecho de que, a pesar de haber sido un disidente contemporáneo de Stalin durante quince años (eso sí, sin publicar ni una línea), la NKVD no se ocupase de él, como sí hizo con otros. Por otra parte, quien sí hizo mucho por alimentar el mito de que Orlov era Orlov fue la CIA, deseosa de apuntarse un tanto.
Nikita Khruschev, en su famoso informe ante el XX Congreso, se limitó a decir que “casi todos” los asesores importantes enviados por la URSS a España habían sido asesinados. Y así ha quedado la cosa, en medio de una literatura que, por lo general, ha comprado la versión de que el hombre que apareció en Estados Unidos era Orlov; si bien hay casos, como el mentado de Thomas, en los que las dudas eran muy fuertes.
Mi idea personal es que el Orlov de España y el de los Estados Unidos eran personas diferentes, quizá efectivamente llamada Orlov la segunda de ellas, lo que le llevó a aprovechar la circunstancia. Para mí, las dudas sobre que no fuera la misma persona y, como ya he dicho, la lenidad con la que Stalin se tomó su aparición nada menos que en Estados Unidos, me mueven a pensar que, por lo que sea, Moscú sabía que no tenía nada que temer de aquel tipo. Y eso no casa demasiado con la personalidad que cabe adivinarle al hijo de puta que vino a España.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario