Mostrando las entradas con la etiqueta Weekend. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Weekend. Mostrar todas las entradas

viernes, marzo 16, 2007

Bonnie & Clyde

Lo prometido es deuda. Dije que algún día escribiría la historia de Bonnie Parker y Clyde Barrow, y aquí está. Espero que os entretenga.

Confieso que cuando termino de escribir este post es un poco tarde y tengo muchas ganas de ir al sobre. Así pues, los poemas los reproduzco sin traducir. A ver si alguno de estos días tengo un rato y los traduzco, pero no sé.

Cualquier persona con deseos de ser delincuente querría haber vivido en el sudeste medio de Estados Unidos en los años 30. Aquella zona, nucleada por metrópolis como Chicago, San Luis o Kansas City, era lo mejor de lo mejor para ellos. Eran los años de la Ley Seca y del contabando mansalva. Los años de los médicos que curaban heridas de bala sin hacer preguntas; de los abogados llamados «labios rectos», que se las sabían todas y a menudo eran más delincuentes que sus defendidos; y de las gun molls, concubinas del crimen que eran, a partes iguales, amas de casa y compañeras de atraco. El crimen estaba tan bien organizado en aquella época, y la policía era aún tan bisoña, que incluso había pequeñas capitales del crimen. En una de ellas, la ciudad de Joplin, Missouri, recalaron, en la primavera de 1933, Clyde Barrow y Bonnie Parker.

Barrow había nacido en 1910 y era un chico más bien bajo, no muy atlético y cabello castaño, que se peinaba con la raya en el centro. Tenía un aspecto considerado afeminado en la época; lo más probable es que fuese homosexual. Tenía una gran capacidad de sacrificio, lo cual lo convirtió en un delincuente especialista en enfrentar los peligros. Estando en la cárcel, muy joven, había llegado a cortarse con un hacha dos dedos del pie derecho para no tener que trabajar.

En 1932, poco después de haber salido liberado de la prisión de Huntsville, Texas, Barrow conoció a Bonnie Parker en Dallas. Ella era rubia, muy guapa, tenía un cuerpo al estilo de los que hoy gustan (más bien delgado para la época) y, cuando conoció a Barrow, era camarera y estaba casada, aunque eso no le impedía tener relaciones frecuentes con otros hombres; tan probable es que Barrow tuviese tenencias homosexuales como que Parker fuese ninfómana. Ambos encontraron comunicación en la ambición del crimen, así pues decidieron formar una pequeña banda que se haría legendaria. A los dos miembros de la misma que le dieron nombre se les unió un amigo de Bonnie, Raymond Hamilton.

Bonnie y Clyde eran fanáticos de los coches rápidos y de las armas. La de las armas era Bonnie. Cuando Barrow la conoció, apenas sabía nada sobre las extraordinarias posibilidades que ofrece una escopeta con los cañones recortados: abulta casi tan poco como una pistola y su disparo es tan brutal que deja al personal acojonado. Además de escopetas recortadas, la pareja acumuló pronto pistolas, rifles y metralletas.

Hamilton fue pronto detenido en Michigan, lo cual generó un problema para la pareja; no sólo criminal, sino relacionado con las necesidades corporales de Bonnie. En la misma Tejas, no lejos de la casa de Barrow padre, la pareja reclutó a William Daniel Jones, quien entonces tenía 17 años y ya había robado un par de coches. Pocos días después, los Barrow robaron un coche y Clyde mató a su dueño de un disparo; así que Jones ya no tenía elección, debía quedarse con ellos porque separarse hubiera supuesto tener que responder del cargo de cómplice de asesinato.

Los Barrow, que así se anunciaban en sus crímenes, querían una banda a lo grande, como las de Dillinger o de Ma Barker. Así pues, reclutaron al hermano de Clyde, Buck Barrow, que acababa de salir de Huntsville y se había casado con una mujer llamada Blanche. Ésta fue la banda que en 1933 se fue a Joplin y se dedicó a hacerse fotos, que se hicieron famosas, haciendo poses con las armas en la mano.

No obstante la tranquilidad aparente, un ciudadano responsable acabó por denunciar en la Missouri State Highway Patrol a ese extraño grupo de inquilinos. A las 16 horas del 13 de abril de 1933, el sargento G. B. Kahler, de la MSHP, dirigió una redada. Los coches de policía bloquearon las salidas de los coches. Clyde y el joven Jones, que estaban fuera de la casa, entraron apresuradamente en el garage.

Cuando empezaron los disparos, todo el mundo, salvo Blanche Barrow que no era una delincuente, supo qué hacer. Se armaron hasta los dientes y respondieron a los disparos de la policía. Uno de los cuatro alcanzó con un perdigonazo en el cuello a un policía, que murió en el acto. A un segundo le acertaron en plena cara y también lo mataron. Primero Jones y después Buck Barrow, con riesgo de sus vidas se adelantaron hacia uno de los coches de policía que estaba aparcado para bloquear la salida, con la intención de soltarle el freno de mano. Buck lo consiguió, así pues la banda ya podía huir. No obstante, se les presentó un problema añadido: Blanche Barrow, meándose de miedo, salió corriendo y echó a correr calle abajo. Tuvieron que salir con un coche a perseguirla, en medio de los disparos, y luego meterla en el coche antes de salir echando leches.

Una de las cosas que encontró la policía en el piso abandonado fue el detalle de algo que contribuiría, y mucho, a construir el mito de Bonnie & Clyde. Bonnie Parker era poeta. Escribía poemas que acabaría enviando a los periódicos, y éstos los publicarían, hecho éste que contribuyó a la construcción del mito. El poema que encontraron aquella tarde se llamaba El suicidio de Sal. Apenas estaba empezado, pero relataba la historia, verdadera o inventada, de una chica, Sal, que se suicidaba tras una vida de crímenes y falta de amor. Como he dicho, el poema apenas comenzaba a contar la vida de la tal Sal.

I was born on a ranch in Wyoming
not treated like Helen of Troy,
was taught that rods were rulers
and ranked with greasy cowboys...

Durante las semanas o meses que siguieron a la huida de Joplin, los Barrow comprobaron que también el hampa tiene sus reglas y, en su caso, les jugaban en contra. A los delincuentes no les caían bien los Barrow, probablemente por la personalidad, un poco insultante y soberbia, de Bonnie. Además, la banda de los Barrow siempre fue una banda impulsiva, que hacía las cosas casi sin pensar, lo cual quiere decir dos cosas: la primera, que se exponían a demasiados peligros para realizar atracos poco lucrativos; la segunda, que nunca tuvieron pasta suficiente como para pagar a policías, médicos y abogados corruptos y construirse, como hicieron otras bandas, refugios más o menos seguros.

Así pues, tras la huida de Joplin, los Barrow dieron tumbos por Estados Unidos como verdaderos parias. La policía los perseguía y los delincuentes pasaban de ellos. Así las cosas, era sólo cuestión de tiempo que las disensiones surgiesen. Ya hemos visto que Blanche Barrow no tenía madera para criminal; pero no era la única que quería largarse, porque Jones también estaba básicamente acojonado. Tras la huida de Joplin, estando la banda en Louisiana, Jones robó un coche por su cuenta y se piró a casa de su madre; pero allí lo encontraron los Barrow, quienes le obligaron a volver y, para atarlo más a la banda, lo implicaron más en los crímenes: en unos pocos días, Jones era cómplice del secuestro de dos policías y coautor de media docena de robos en los que se produjo un asesinato, amén de haber estado a punto de morir, con Bonnie, dentro de un coche que se incendió tras una huida.

Con todo, la policía estrechaba el cerco. De hecho, a principios de julio de 1933, los Barrow estuvieron cercados en una zona montañosa pero, tras robar el coche de un médico, consiguieron romper el cordón. El 18 de julio, la policía recibió denuncias de varios atracos a estaciones de servicios perpetrados en la misma zona por tres hombres y una mujer con los brazos vendados (Bonnie se los había quemado en lo del coche).

Ese mismo día, a las diez de la noche, tres hombres y dos mujeres, o sea ellos, llegaron al Red Crown Cabin Camp de Platte City, Missouri, y alquilaron una cabaña de ladrillo, flanqueada por dos garajes. Bonnie, Clyde y Jones tomaron una habitación y Buck y Blanche, la otra. El dueño del campo sospechó de ellos, al parecer porque le pagaron en efectivo, y comunicó con la policía. Ésta junto piezas y no tardó ni dos minutos en llamar a Kansas City para pedir refuerzos.

En la madrugada del 19 de julio, los Barrow habrían terminado sus días de no ser por la dolencia de Bonnie. El joven Jones tuvo que ir a la farmacia local a comprar vendas y pomada para sus heridas y, estando allí, escuchó a alguien comentar que había demasiados policías en la zona. Así pues, para cuando la policía llegó a la cabaña, los Barrow estaban todos en la habitación de Buck, armados hasta los dientes, y esperando. Llegó un coche blindado y se instalaron dos escudos de acero. La policía se acercó a la puerta y llamó, identificándose. Bonnie dijo a través de la puerta que los hombres no estaban y que abriría enseguida, pero que estaba desnuda. Cuatro segundos después, se oyó la voz de Clyde Barrow.

‑Shoot’em, bastards!

La suerte se alió con los delincuentes. La descarga que lanzaron no atravesó los escudos de acero pero, increíblemente, si penetró al coche blindado. Una de las balas provocó un cortocircuito en el claxon, que empezó a sonar solo. El resto de la partida de policías creyó que era una señal, y avanzó.

En ese momento, Buck Barrow salió de la cabaña a lo John Wayne, con una pistola en cada mano y disparando, seguido de Bonnie y de Blanche, que se protegían con sendos colchones. Mientras tanto, Clyde entró en el garage y sacó un coche marcha atrás. Una vez que el auto protegió a las mujeres, éstas soltaron los colchones y comenzaron a disparar (ambas; así pues, Blanche había aprendido el oficio). Luego, tuvieron que recoger a Buck, que fue alcanzado por una bala en la cabeza.

Automáticamente, el FBI comenzó en la zona la caza de Buck, en ese momento el miembro más débil del grupo, puesto que estaba gravemente herido. Unos días más tarde, un granjero encontró una hoguera apagada y unos vendajes con sangre en un parque de atracciones abandonado en Dexter, Iowa. Un vigilante, tras conocer el dato, decidió emboscarse en la zona. Pocas horas después vio llegar dos coches y, en ellos, a tres hombres y dos mujeres. El vigilante dio el queo al sheriff local, quien llamó a otros sheriff y a la Guardia Nacional de Iowa.

A medianoche, un pequeño ejército formado por policías, guardias nacionales y una proporción bastante alta de mediopensionistas, rodeó a los Barrow en el parque abandonado. El joven había pasado la tarde encadenado a un árbol, signo inequívoco de que había intentado escapar; Blanche tenía una herida en el ojo izquierdo, al parecer provocada por la esquirla de un parabrisas roto por los disparos, y Buck estaba en calzoncillos.

Fue Clyde Barrow quien vio venir a los policías y dio la alarma. Jones fue a poner el coche en marcha, pero fue alcanzado por un disparo de perdigones. Aún así, Clyde Barrow le metió en coche y lo arrancó. Bonnie se colocó agachada junto al auto para protegerse de los disparos. Pero quien fue alcanzado, en un brazo, fue su compañero, quien no pudo evitar entonces que el automóvil se estrellase contra un árbol. Tras intentar, infructuosamente, coger el segundo coche, Bonnie, Clyde y Jones escaparon, a pesar de que les perseguían decenas de personas, por el bosque.

Mientras, Buck Barrow permanecía de rodillas frente a la policía, sangrando por siete heridas distintas de su cabeza. Esa misma noche, fue desahuciado por los médicos del hospital de Dexter. Lo cual fue terrible para Clyde Barrow pues Blanche descargó contra él toda su inquina, considerándole responsable de todo por haber abandonado a su hermano. Desde entonces, ayudó todo lo que pudo a la policía.

Durante la huida a Minnesota de lo que quedaba de la banda de los Barrow, Bonnie Parker comenzó a escribir el poema que se haría famoso en aquella época, dedicado a contar la historia de la banda. Poema que, como siempre en las historias de bandas de delincuentes de aquella época, acude con prontitud a los mitos de los buenos ladrones de la Historia americana (James), amén de tratar de construir el mito, machacón en la poética de Bonnie Parker, del ladrón de buena esencia, podrido por la acción de la ley.

You’ve read the store or Jesse James
of how he lived and died.
If you still are in need of something to read
here is the story of Bonnie and Clyde.

Now Bonnie and Clyde are the Barrow gang

I’m sure you all have read
how they rob and steal
and how those who squeal
are usually found dying or dead.

There are lots of untruths to their write-ups

they are not so merciless as that;
they hate all the laws,
the stool-pidgeons, spotters and rats.
They class them as cool-blooded killers,
they say they are heartless and mean,
but I say this with pride
that I once know Clyde
when he was honest and upright and clean.

But the law fooled around,

kept trackin’im down
and lockin’im up in a cell
till he said to me:
“I’ll never be free

so I’ll meet a few of them in hell”

This road was so dimly lighted

there were no highway sings to guide,
but they made up their minds;
if the roads were all blind
they wouldn’t give up till they died...

The road gets dimmer and dimmer
sometimes you can hardly see.
Still it’s fight, man to man,
and do all you can
for they know they can never be free.

If they try to act like citizens

and rent’em a little nice flat,
about the third night they’re invited to fight
by a submachine gun rat-tat-tat.

They don’t think they are too tough to desperate,

they know the law always wins,
they’ve been shot before;
but they do not ignore
that death is the wages of sin.

From heartbreaks some people have suffered,

from weariness some people have died,
but take it all in all,
our troubles are small
till we get like Bonnie and Clyde.

Some day they will go down together

and they will bury them side by side.
To a few it means grief,
to the law is relief,
but it’s death to Bonnie and Clyde.

La vida se tornó dura para la banda Barrow tras los sucesos de Dexter. En sucesivas huidas producidas en las semanas anteriores, elevaron la cifra de personas asesinadas a nueve. Esto hizo saltar todas las costuras de la presencia de ánimo del joven Jones, quien se escapó. Cuatro meses después de la muerte de Buck Barrow, Jones fue detenido en Houston. Hizo una confesión completa y solicitó ser condenado a cadena perpetua [sic]. Bonnie Parker y Clyde Barrow, por muchos poemas que escribiesen y muchas películas que les hagan, eran un par de sádicos. La vida de Jones era tan terrible que prefería estar en la cárcel para siempre.

La marcha de Jones puso a los Barrow ante la necesidad de encontrar un compinche. Así que ambos, un día, espiaron la salida de los presos forzados de un establecimiento en el que Clyde había estado internado, la Eastham Texas State Prision Farm. Su objetivo era claro: uno de esos presos era Raymond Hamilton, el primer socio de la pareja, que entonces estaba ya condenado a 263 años de cárcel.

Atacaron a los guardias y provocaron la huida de cinco presos, entre ellos Hamilton. Tenían dos coches escondidos cerca, así que los otros cuatro presos cogieron uno y en el otro huyeron los Barrow con Hamilton. Poco más tarde recogieron a otro delincuente, Henry Methvin.

El 17 de febrero de 1934, los Barrow escaparon de una enorme redada organizada por la policía en las Cockson Hills, al este de Oklahoma, que habían sido ya refugio de malhechores en los tiempos de los hermanos James. En la huida, asaltaron un banco en Texas y luego se dirigieron a Indiana, donde Hamilton los abandonó, después de una violenta discusión sobre el reparto del botín.

Para entonces, vivían en su propio coche. El 1 de abril, dos policías se acercaron al vehículo para hacer una comprobación y fueron asesinados por la pareja. Clyde Barrow fue declarado Enemigo Público Número 1 del Estado de Texas.

Cinco días más tarde, el coche de los Barrow se enfangó en una carretera de Lost Trail, Commerce, Oklahoma. Trataron de atracar a un tipo que pasaba en coche para quitárselo, pero éste no sólo escapó sino que le contó todo a la policía. El jefe de policía, Percy Boyd, y el guardia municipal Cal Campbell fueron a ver qué pasaba. Cuando se encontraron con los Barrow, se inició un tiroteo en el que ganaron los rifles automáticos de los criminales. Los Barrow, una vez conseguido, a punta de pistola, que un camión sacase su coche del fango, acomodaron a Boyd, herido, en el asiento de atrás, y huyeron. En Fort Scott, Kansas, compraron comida y un periódico; por él supieron que Campbell había muerto. Bonnie Parker se cogió un cabreo de mil demonios cuando vio publicada una foto suya con un pitillo en la boca; lo que más le importaba en ese momento es que el país supiera que aquella foto había sido una broma y que ella no fumaba.

El joven Methvin que, como sabemos, era el tercero de la banda, tenía un padre, Iván, que vivía en Louisiana, en una zona denominada Arcadia. Ahí se montó la operación que acabaría con los Barrow, dirigida por un agente especial del FBI, L. A. Kindell; el sheriff de Arcadia, Henderson Jordan; y Frank Hamer, capitán de la Texas Highway Patrol, considerado entonces el revólver más rápido de Texas y del que también se decía que había matado a más de 75 forajidos. Fue colocado en la partida para vengar la muerte de un guardián de la prisión tejana durante la liberación de Hamilton y Methvin.

Los Barrow estaban con la mosca detrás de la oreja; entre otras cosas porque el inasequible al desaliento Hamer les había perseguido ya por nueve estados, sin perderles la pista. Así pues, dado que Methvin se obstinaba en visitar a su padre, obligaron a éste a mudarse a una casa en lo más profundo del bosque. Esta presión pudo con el señor Iván Methvin, quien decidió ir a la policía.

El 21 de mayo, cuando la banda visitó la casa de Iván Methvin, éste llamó aparte a su hijo y le explicó sus conversaciones policiales. Henry, que estaba ya tan harto de los Barrow como antes lo estuvo Jones, prometió abrirse en cuanto pudiera.

A la mañana siguiente, la banda se acercó por el pueblo de Shreveport, donde los Barrow encargaron a Methvin que hiciese la compra. La oportunidad buscada. El muchacho fue al almacén, pero no volvió.

A los Barrow esta ausencia no les puso especialmente nerviosos. Estaban acostumbrados a esas cosas y la ausencia no significaba otra cosa que Methvin se había mosqueado por algo y decidido no volver. Así pues, se metieron en el coche y se fueron a una casa abandonada que ocupaban. Dieron órdenes al padre de que buscase al hijo y quedaron al día siguiente, en la carretera entre Sailes y Gibsland, para que les informase.

Era la oportunidad de Hamer, el killer.

Durante un día, Hamer y sus hombres buscaron el mejor lugar de aquella carretera para emboscar a los Barrow. Eligieron una zona arbolada y a las tres de la madrugada del 23 de mayo, seis hombres se colocaron ahí, dispuestos a pasar la noche. Cuando amaneció, apareció Methvin padre en un camión. Hamer le ordenó que parase frente a los arbustos donde los hombres estaban emboscados y que simulase un pinchazo. El sheriff Jordan, que estaba presente, dio la instrucción de capturarlos vivos. Hamer, más pragmático, los condenó a muerte fríamente:

‑Eso será si no echan mano de las armas. Si las empuñan, duro con ellos.

A las nueve y cuarto, apareció el coche con los Barrow; él, conduciendo en calcetines y con gafas de sol; ella, con un vestido rojo. En el coche, una escopeta, once pistolas, un revólver, tres rifles automáticos y 2.000 cartuchos; los policías tenían un rifle automático, tres escopetas automáticas y dos rifles.

El coche aparcó entre el camión y los arbustos donde estaban los policías. Todo perfecto. Sin embargo, en ese momento se acercó por la carretera un camión con dos negros en la cabina. Una vez más la suerte del lado de los criminales pues, si se iniciaba el tiroteo, ese camión les podría ofrecer protección, amén de una vía de escape. Por eso Jordan se levantó, salió de la maleza y conminó a Clyde a rendirse.

Clyde Barrow abrió la portezuela de su lado, dispuesto a disparar. Bonnie blandió una pistola. Los policías lanzaron una andanada. El camión de los negros paró en seco y sus ocupantes salieron de najas campo a través. El coche de los Barrow comenzó a andar hasta que cayó en la cuneta. Los policías fueron detrás con las armas amartilladas; pero los Barrow ya estaban muertos.

Clyde Barrow murió con una escopeta en las manos que tenía siete muescas en la culata. En la culata de la pistola de Bonnie Parker había tres muescas.

En una cosa se equivocó Bonnie Parker, la poeta. Ella y su compañero no fueron enterrados juntos, side by side. Pequeño, insignificante pago para la decena de familias que rompieron, los niños huérfanos, las esposas viudas, todo para llenar su sed de violencia, su incapacidad de adaptarse socialmente y esa pulsión que tienen, de cuando en cuando, algunos americanos pirados por parecerse a Jesse James o Billy the Kid.

Hace años, muchos, muchos años, cuando el uniforme de la policía española cambió de color y pasó del gris (por eso los llamábamos grises) al marrón, en las manis gritábamos: gris o marrón, un cabrón es un cabrón.

Pues eso, familia Barrow: gris o marrón, poeta o prosista, hombre o mujer… lo que sigue.

viernes, marzo 09, 2007

Feliz karma de fin de semana

www.asiabudayrollitosprimavera.blogspot.com Nuevo blog de Tiburcio Samsa (antes Inasequible Aldesaliento)


Los más suspicaces de entre los lectores de este blog ya habrán caído en la cuenta de que el nombre de uno de sus corredactores, Inasequible Aldesaliento, es un seudónimo. De hecho, creo que Yaser Arafat e Inasequible son las dos personas que en el siglo XX han mantenido más sigilo sobre su auténtica identidad. Hoy vamos a desvelar aquí este misterio.

Inasequible Aldesaliento se llama, en realidad, Tiburcio Samsa; un ser relativamente desgraciado que ha tenido una vida compleja. Hace ya años que se aficionó por las filosofías orientales y muy especialmente por el budismo. Yo no sé si es muy creyente pero sí que es muy experto; tal vez es que para ser experto en una religión es necesario no creer mucho en ella, o tal vez, simplemente, es que Tiburcio es así.

La profundización en el budismo llevó a Tiburcio a conocer bastante a fondo toda esa historia de la reencarnación, algo que le provocó algunos desarreglos hormonales y, sobre todo, un problema de reencarnación espontánea por el cual una mañana despertó convertido en un elefante. Tras unos momentos de natural desorientación, Samsa (Tiburcio) comenzó a verle el punto fácil a la cosa: siendo elefante ves mundo si te apuntas a un circo; comes mogollón de pan duro si te colocas en un zoo; y, sobre todo, tienes una memoria que te cagas. Ésta fue la razón por la que Tiburcio empezó a leer y a acumular informaciones, algunas de las cuales vierte en este blog como bien sabéis.

Conocí a Tiburcio en el zoo de Copenhague, en marzo del 2001. Iba yo por ahí con clandestinos trozos de pan, porque hoy está prohibido alimentar a los animales en los zoos, pero yo sigo teniendo nostalgia de mis paseos infantiles por la Casa de Fieras del Retiro y de Perico, el simpático elefante que incluso cogía pesetas del suelo con la trompa. Mientras alimentaba indolentemente a un elefante indio, discutía con mi compañero de paseo sobre la Batalla del Ebro. Cuál no sería mi sorpresa cuando, de repente, el elefante que estaba delante de mí dijo: «Qué equivocado estás, chaval; el ejército republicano jamás supo contraatacar».

Yo no es que sea muy tiquismiquis, pero, la verdad, que un elefante me corrigiese en materia bélica, me jodió bastante. En las guerras los elefantes están para portar a los generales y llevarse las hostias, nada más. Así pues, denuncié a Tiburcio ante las autoridades y conseguí que fuese imputado por ser de naturaleza humana reencarnada; le cayeron siete millones de pesetas por estafa y la expulsión de Dinamarca.

Si os estais preguntando cómo es posible que alguien a quien le has obligado a soltar la mosca por valor siete millones de pesetas sea amigo tuyo, os diré que yo, en el fondo, tampoco lo entiendo. Pero es que Tiburcio es muy raro. Claro que, según mi mujer, yo también soy un tanto raro, pues no son normales los coruñeses que se cartean con elefantes.

Dado que Tiburcio lleva una existencia muelle, alimentado por la caridad y ganándose unas monedas a base de barritar las horas y las medias horas, ha tenido tiempo más que suficiente para seguir profundizando en el budismo. Además de viajar por Asia varias veces y tal. Es por eso que Tiburcio ha abierto un blog y sí, todas las mamonadas que llevo escritas en este post son sólo para recomendároslo.

El budismo es cosa extraña a la Historia de España. Asia, no tanto. Algún día hablaremos de Ali-Bey, el irrepetible catalán que la recorrió haciéndose pasar por moro de toda la vida. Y luego está la evangelización del Japón, básicamente fallida, entre otras cosas. En todo caso, supongo que a no pocos de vosotros, el budismo os generará curiosidad. Pues sabed que en el blog de Tiburcio encontraréis la mejor información.

Eso sí, si le queréis preguntar algo, os recomiendo que le mandéis al tiempo una bolsa de cacahuetes.

viernes, marzo 02, 2007

Historias de Madrid

Como es fin de semana, hoy la cosa va de leer. No es la primera vez que hacemos recomendaciones de lectura y, probablemente, tampoco será la última.

Hoy, Inasequible os trae una selección, muy personal, de novelas sobre Madrid. Personalmente, no acabo de entender que haya preterido a Don Benito y, asimismo, que se haya olvidado de Ramón de Mesonero Romanos (si bien éste excede el espacio temporal del post). Pero la antología es suya, así pues ni quito ni pongo rey. De lo que sí doy fe es de que las recomendaciones que aquí ensaya son pertinentes.



A veces, la mejor Historia no se encuentra en los libros de Historia, sino en las novelas. Una novela bien ambientada puede hacernos comprender mejor un momento histórico que la más sesuda de las monografías. Por eso se me ha ocurrido hacer un recorrido de los últimos 125 años de Historia de Madrid recurriendo a las novelas.

Empezaría con Pequeñeces, del Padre Luís Coloma, que refleja muy bien los ambientes aristocráticos madrileños de la segunda mitad de la década de 1870. El Padre Coloma la escribió con intención moralizadora, pero se nota que en algún momento el escritor pudo con el religioso y que en el fondo la frivolona protagonista, Currita, le caía bien. La infame Currita acaba recibiendo el castigo que merece por sus pecados, la tragedia se ceba sobre ella y al final la vemos en una iglesia, a punto de convertirse. Sin embargo, hay momentos en los que me pareció que lo que el Coloma-escritor hubiese querido, habría sido terminar la novela con Currita tomando las aguas en Biarritz del brazo de algún apuesto gigoló.

Para el Madrid de fines del siglo XIX, la novela a leer es Las noches del buen Retiro, de Pío Baroja. A Baroja, como a Cela, le pasaba que no sabía contar historias, levantar la estructura narrativa de una novela. En cambio, era un maestro en la creación de estampas y en la ambientación. Las noches del buen Retiro es eso: una sucesión de estampas del Madrid de fines del XIX, que nos lleva desde los jardines del Buen Retiro, donde en las noches veraniegas se lucían los aristócratas y los burgueses, hasta el barrio de Chamartín de la Rosa, que entonces se estaba construyendo y que albergaba a bohemios, proletarios y gentes de toda calaña. Una curiosidad, que muestra que la Historia se repite: Baroja menciona como caso muy señalado de aquellos años, el de las andanzas del estafador Mariano Conde. No señala si el señor Conde realizó sus fechorías en el sector de la banca. Aunque literariamente La Busca es mejor, me quedo con Las noches del buen Retiro, porque ofrece una visión más panorámica de la sociedad madrileña y no centrada únicamente en los ambientes pequeñoburgueses y proletarios.

Utilizo mis prerrogativas de antologista para cometer la arbitrariedad de eliminar de mi lista al gran escritor sobre Madrid, Benito Pérez Galdós. Mi justificación para hacerlo es: porque me da la gana.

Para las tres primeras décadas del siglo XX, el mejor libro es La novela de un literato, de Rafael Cansinos Asséns. El libro es una crónica del Madrid bohemio de aquella época. En él asistimos a las tertulias del legendario revolucionario y tragacuras José Nakens, director del mítico El motín; a la aparición del ABC, que supuso una nueva manera de hacer el periodismo; a la boda del Rey Alfonso XIII y el atentado de Mateo Morral; al suicidio de Felipe Trigo, que era el Arturo Pérez-Reverte de aquellos días; a la irrupción en la escena madrileña del rompedor Ramón Gómez de la Serna y sus greguerías; a la construcción de la Gran Vía madrileña, cuando edificar aún no era sinónimo de corrupción y pelotazos urbanísticos; al pronunciamiento del General Primo de Rivera; al final de la dictadura que, al decir de Cansinos Asséns, se debió sobre todo a «las extravagancias, demasías y plebeyeces del general alcoholico y chulo»; al fin de la monarquía con su aire de farsa carnavalesca, y al estallido de la guerra vivil, que puso fin a ese Madrid bohemio. Es un libro lleno de nostalgia que revela un Madrid mucho más moderno y divertido de lo que nos imaginaríamos, un Madrid que no volvería a recuperar esa alegría de vivir hasta cincuenta años después.

Para el Madrid republicano y de los primeros meses de la guerra, tenemos una novela peculiar, Madrid de Corte a checa, de Agustín de Foxá. Foxá tenía talento para ser buen escritor, pero encontró más agradable disfrutar de la vida y emborronear cuartillas sólo cuando le apeteciera. La literatura perdió posiblemente a un gran escritor, pero en el cambio Agustín de Foxá salió ganando.

Madrid de Corte a Checa es una obra irregular. Arranca con brío, con un algo que recuerda al Valle Inclán de La Corte de los milagros pero, a medida que se adentra en el período republicano, las ganas de saldar cuentas con el enemigo se revelan más fuertes que el instinto literario y la novela entra en barrena, casi entrando en lo panfletario. Eso sí, sus descripciones del Madrid del verano del 36, una vez descontada la mala baba, siguen siendo insuperables.

La novela del Madrid franquista es La Colmena. Camilo José Cela no sabía construir el armazón de una novela y tenemos que agradecerle que en esta novela hiciese lo que hacía mejor: escribir pequeños episodios, escasamente hilados entre sí, y ponerlos en forma de libro.

Del Madrid de la Transición no encuentro ninguna novela notable. Tal vez sea que los escritores que hubieran debido escribirla se perdieron en las nieblas de la Movida y no encontraron sus cuartillas. Hay, sin embargo, un libro interesante sobre esta época: Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, de J. Benito Fernández. Es la biografía del hijo poeta de Eduardo Haro Tecglen. Su vida le sirve al autor para mostrar como telón de fondo la Movida madrileña: Alaska y los Pegamoides con su Bailando, los happenings de Rock Ola, la primera Orquesta Mondragón, el incendio de la discoteca Alcalá 20…

El último libro sería Madrid ha muerto, de Luís Antonio de Villena. Huele a obra de encargo y literariamente no vale gran cosa, pero cuando uno lo termina, cierra los ojos y se dice: «La Movida, ¡qué de recuerdos!...»

Madrid, ¡qué de novelas!

viernes, febrero 09, 2007

Hace 4.000 años que queremos saber cuántos somos

En la torpe programación mental que me voy haciendo para estimar los asuntos que podría tratar en estos post estaban, esta semana, el juicio político al que la República sometió al rey Alfonso XIII, y que culminó en una sentencia por alta traición; así como unas notas que voy recopilando para construir la crónica de la triste jornada de septiembre en la que fue derrocado el presidente de Chile, Salvador Allende. No obstante, hoy me ha podido otro de mis impulsos.

Alguna vez os he hablado de algún blog cuya lectura disfruto. Uno de éstos, que nunca he comentado, es Wonkapistas. La sociología fue mi segunda opción de carrera universitaria; no la estudié porque soy muy buen chico, tenía buenas notas y, por lo tanto, no se me pudo negar la primera elección. Pero este dato debe bastar para demostrar que es una disciplina que, en algún momento de mi vida, captó mi interés. Hoy capta mi curiosidad. Allí, en Wonkapistas me refiero, encontraréis quienes aún no conozcáis ese espacio un trabajo muy pulcro de análisis social en el que su autor, me parece a mí, se desquita del hecho de que su vida oficial y laboral tenga que transcurrir por unos derroteros concretos, así pues drena su curiosidad por otras movidas a través de sus anotaciones. Creo que esto es lo que hace grande internet en general y la blogosfera en particular; en buena parte, es una manera de aprovecharse de los conocimientos, con perdón, residuales, de auténticos intelectuales. Una manera inexistente hasta hoy.

Yo las cosas que admiro tiendo a imitarlas. Así pues, hoy quiero hablaros de cosas de las que estoy seguro que Wonka os disertaría mucho mejor. Porque todo tiene historia en esta vida, y la ciencia que está en la sala de máquinas de la sociología, es decir la estadística, no es una excepción.

La estadística nace por dos necesidades claras: el censo y el catastro. El censo cuenta personas y el catastro patrimonios, sobre todo tierras. Podemos decir que, desde el momento que existen organizaciones administrativas razonablemente complejas, existen cosas como la leva militar y la cobranza de impuestos; realidades, ambas, para las que es necesario saber cuántas personas y cuántas riquezas hay en un país. Veintidós siglos antes de nacer Jesucristo, ya hubo un emperador en China, de nombre Yao, que abordó la división de su país en provincias, nueve, empresa que complementó con una medición de las tierras, así como un censo de sus equipamientos y de sus habitantes. Así pues, la estadística, de alguna manera, lleva entre nosotros ya más de 4.000 años.

Los pueblos antiguos no tenían transportes adecuados y, además, carecían de personal suficientemente cualificado para ser encuestador. Por este motivo, en la antigüedad los censos se valían de mecanismos intermedios para los arqueos o inventarios, especialmente la religión. Por ejemplo, en la Atenas de los tiempos aristotélicos, los habitantes tenían la arraigada costumbre de ofrecer una medida de trigo a la diosa Minerva por cada hijo nacido y una de cebada por cada fallecido; motivo por el cual los estadísticos del tiempo, que eran los sacerdotes, no contaban personas, sino donaciones de trigo y de cebada, información con la cual estimaban el movimiento natural de la población.

En la misma línea el rey romano Servio Tulio, el primero que creó una organización que de verdad tuviese datos fiables de su pueblo, estableció que cada barrio de Roma levantase un monumento a su deidad propiciatoria. En el día del patrón, cada vecino estaba obligado a dar como donativo una moneda al sacerdote, y se establecía el tipo de moneda a entregar si se era hombre o mujer o según la edad que se tuviese; luego el sacerdote (además de forrarse) contaba las monedas, y elaboraba el censo del área. Para poder medir el movimiento natural de la población, Servio Tulio estableció que las familias deberían hacer una donación determinada a la diosa Lucina por el nacimiento de un hijo, otro a la diosa Libitina por el fallecimiento, y uno especial a la diosa Juventus por cada varón que llegaba a la edad de vestir la toga viril. Independientemente de ello, el pueblo romano era contado cada cinco años, tras haber sido oportunamente convocado para ello al Campo de Marte; actividad que era dirigida por un magistrado especial, el Censor, que no viene de censurar, sino de censo.

El censo más famoso de la Historia de Roma es el de Augusto, puesto que fue el que obligó a José a llevarse a su mujer embarazada, María, desde Nazaret hasta Belén. El matrimonio se encontraba allí cuando el parto de Jesucristo precisamente para cumplir con el censo augustiano. En los tiempos imperiales, el plazo intercensos se dilató: de cinco pasó a diez años (es el plazo que tenemos nosotros ahora, por ejemplo) y, tras la reforma de Constantino, quince.

Existen otros métodos de contabilización en el mundo antiguo que no dejan de ser curiosos. Por ejemplo, Robert Graves nos refiere en El conde Belisario que, en Constantinopla, era costumbre reunir al ejército que marchaba de campaña en alguna campa, donde cada soldado clavaba una estaca en el suelo. A la vuelta de la batalla o de la guerra, los soldados se reunían en la misma explanada y cada uno arrancaba una estaca. Luego se contaban las que quedaban clavadas para conocer las bajas.

En la Europa medieval fue especialmente famoso, complejo y meritorio el censo y catastro realizado por Guillermo el Conquistador en Inglaterra, más o menos a mediados del siglo XI. Era una operación política, pues don William le había encendido el pelo a los sajones, antiguos inquilinos de la isla, y necesitaba contabilizar (y dar con ello estabilidad jurídica) a los cambios de propiedad a favor de los suyos. Será por eso que los sajones conocieron este censo como Doomsday Book, literalmente Libro del Juicio Final.

Los habitantes originarios de la América que hoy habla español parecen ser los primeros inventores de los gráficos. Hernán Cortés dice haber visto en México registros pintados, donde se expresaban los cambios de población y las riquezas de los habitantes. Y en Perú, según Garcilaso de la Vega, los indígenas tenían un conocimiento exacto de su población, distribución geográfica, edades, condición civil, etc., mediante censos sistemáticos que expresaban mediante un complejo sistema de cordones de colores. Combinando los colores y los nudos de los cordones conseguían expresar gráficamente los guarismos. O sea, como el Excel, pero sin Excel.

En España tampoco esperamos al nacimiento de la estadística en sí para hacer estadísticas. En 1351, las Cortes castellanas, convocadas por Pedro I (ya sabéis, el alanceador de reyes moros refugiados), dispuso la creación del Becerro de las Behetrías (una behetría, según he podido saber, es un terreno propiedad de un campesino libre que tiene, además, la libertad de elegir señor feudal, siempre y cuando lo haga dentro de un determinado linaje). Este censo recogía los señoríos de las merindades de Castilla. Los Reyes Católicos, siempre atentos a las novedades del Estado renacentista, dictaminaron el empadronamiento de los habitantes de Castilla y Aragón, trabajo del que surgió una estimación cercana a los 8 millones de habitantes. No obstante, cuando sesenta años después, en 1541, Carlos V hiciera un censo por razones fiscales, sólo le salieron 4,2 millones de contribuyentes, lo cual hace pensar que Isabel y Fernando sumaron mal (frase ésta que, ahora que la he escrito, veo que tiene más de un significado). En aquellos años, no obstante, no quedó terreno en Hispania por censar. Cataluña, Vascongadas, Navarra y el Reino de Valencia tuvieron sus censos.

Felipe II, por su parte, realizó dos empadronamientos. Uno, en 1587, le dio 6,630 millones de ciudadanos. El otro, en 1594, le dio 6,888 millones, aunque esta cifra probablemente sea más baja que la real, porque dicho empadronamiento se hizo para fijar el servicio de los millones (un impuesto) del que había personas que estaban exentas y, probablemente, no fueron contadas.

Con esa afición tan suya a los proyectos acromegálicos a la par que irrealizables, Felipe II albergó el plan de compilar una descripción minuciosísima de España, pueblo a pueblo. En siete años, de los 13.000 pueblos que había entonces en España, Felipe II había conseguido que le contestasen 636, y hubo de abandonarse.

En 1748, siendo rey Fernando VI, el Marqués de la Ensenada hizo un nuevo censo, del que salieron 7,473 millones de habitantes. Al conde de Aranda, ministro que lo fue de Carlos III, le salieron, veinte años después, 9,307 millones de habitantes. En 1787, Floridablanca repitió el ensayo, y ya calculó 10.409.879 habitantes. Los españoles, a las puertas de la Revolución Francesa, éramos ya two digits.

Ahora la cosa iba en serio. En 1802 se crea la primera Oficina de Estadística existente en España, la cual no pudo hacer gran cosa porque fue invadida, junto con el resto del país, por el pérfido francés, que traía en el zurrón, sin embargo, las ideas que luego nos pasaríamos cien años intentando imponer. José Bonaparte, el triste Pepe Botella tan odiado por el pueblo de Madrid, abordó en 1810 un censo de vecinos.

De 23 de junio de 1813 data la obligación a los ayuntamientos de llevar un registro de nacimientos, matrimonios y defunciones, confirmada por la ley de 3 de febrero de 1823. En 1833, cuando se dividió España en 49 provincias, se calculó la población en 12.286.941 habitantes. En 1836 se hace el primer padrón de extranjeros. De 1844 es la primera estadística criminal.

En 1856 se crea la Comisión Estadística General del Reino, el primer organismo centralizado para la realización de censos y otros trabajos. En 1857 había terminado ya su primer censo (15.464.340 habitantes), que repitió en 1860 (15.673.536).

En 1873 nace el Instituto Geográfico y Estadístico, que será el germen de lo que hoy conocemos como Instituto Nacional de Estadística.

El INE tiene algunas malas costumbres y otras muchas buenas. Entre las buenas está la decisión de escanear su biblioteca de publicaciones estadísticas y ponerla a disposición de los lectores ávidos en su página web. A ello y, más concretamente, a la introducción a la Memoria Estadística de 1912, le debéis buena parte de estas torpes notas.

viernes, enero 26, 2007

Cómo somos en Historias de España

Estos días ando bastante liado y tengo poco tiempo para leer, que es la preescritura, y para escribir. Por eso, el ritmo de publicación de artículos se ha tenido que ralentizar un poco, o al menos ésa es la impresión que yo tengo.

En todo caso, trato de imponerme la norma de pasarme por aquí, bien para escribir, bien para colocar algún escrito de Inasequible, una vez cada dos días, más o menos. Hoy me toca pero, como es viernes, y ya sabéis que los post de los viernes me los tomo un poco para salir de la norma, no os voy a hablar de Historia. Os voy a hablar de vosotros.

Alguien me habló hace poco de Google Analytics. Es un servicio gratuito con el que, tras colocar oportuna rutina en el código de la página, consigues obtener datos sobre tu página. No muy convencido, pues yo soy bastante descreído para estas cosas porque no las conozco, tiré para delante. Esto fue hace cinco días. Ahora que ya han pasado, puedo deciros lo que este servicio dice de nosotros.

Acuden a esta tertulia aproximadamente unos 150 visitantes cada jornada. Hay días que nos hemos quedado a piques de ser 200 (nuestro very best es de 197 visitantes en un día) y los fines de semana descansamos (en torno a 60 visitas). Uno de cada tres visitantes es recurrente, aunque tengo para mí que este dato es un poco más elevado en la realidad y está influido por el hecho de que la recogida de datos lleva sólo unos días.

El usuario medio de este blog lee, cada vez que viene, 1,4 páginas. Lo cual quiere decir, o así lo interpreto yo, que con la oferta que tiene el blog en su portada conseguimos que buena parte de los visitantes pinchen en algún otro enlace y se lean algún artículo ya antiguo. Esto me alegra.

La mayor parte de vosotros llega al blog directamente escribiendo la dirección en la barra de navegación. Aunque, según Google, el buscador Google está ganando peso en la forma de llegar aquí. Esto a mí me ha gustado especialmente, pues he de confesar que a veces, cuando he pensado en escribir sobre algún tema, me he preguntado a mí mismo: ¿no estarás abordando algo que no le interesa a nadie? Y no es así: uno ve luego que hay personas buscando en internet referencias sobre los asuntos que ha escrito; comunidad de intereses que se me hace enormemente placentera.

De las 897 visitas producidas en los últimos días, 707 se han realizado desde España. La mayor parte de vosotros está en Madrid (192 visitas). A continuación nos siguen los barceloneses (63 visitas) y vallisoletanos. La cuarta ciudad es Mejorada del Campo (hola, colegas, aqui al lado estamos), Valencia, Sevilla, Palma, Reus, Rota y... ¡cómo no! La Coruña, sí, a minha terra. Y aquí debo parar porque, cuando he expandido la lista, me he encontrado con 169 emplazamientos más. Confieso que he tenido que tirar de atlas para saber dónde están Samper del Sal, Nuevo Rocío, Pozán de Vero, Corralejo, Poblete, Flechilla, Cuatretonda o Asprillas.

¿Tenéis curiosidad por saber qué pais sigue después de España? Pues es México lindo y querido, seguido de su vecino del norte, los Estados Unidos de Norteamérica (espero que no sean los herederos de Dillinger, en cuyo caso voy dado). Luego está Francia (¿será por lo de las campañas napoleónicas?), Colombia, Venezuela, Argentina, Reino Unido, Alemania, Italia, Tailandia, Perú, Chile, Ecuador, República Dominicana, Países Bajos, Bolivia, Taiwan, Rumanía, Polonia, Guatemala, Brasil, la República Checa, Filipinas, Cuba, Japón, Marruecos, Honduras, Suiza, Noruega, Irlanda, El Salvador y Camboya. He querido citar todos los países porque a todos, si leeis este post, os quiero saludar. Hola, colegas.

Dado que Google Analytics es una herramienta de marketing, estoy en condiciones de informaros de los ingresos que me habéis reportado: 897 visitas, a cero dólares cada una, resultado cero dólares. Y así pienso continuar.

Bienvenidos todos.

viernes, diciembre 15, 2006

Cuando las guerras empiezan a ser mediáticas

Si algo caracteriza las guerras de los últimos cuarenta años del resto de las guerras de la Historia del hombre, ese algo es la influencia que en las mismas ejercen los medios de comunicación. Se dice que la primera guerra del golfo (1991) fue la primera guerra retransmitida por televisión; pero no fue la primera en la que la televisión tuvo un papel decisivo.

Hoy, y cara al fin de semana que es momento propio de lecturas algo más distintas, Inasequible nos trae uno de los primeros ejemplos de, si no guerra, sí batalla perdida a causa de la televisión.

Se trata de la acción del Tet, en Viet Nam.

Le cedo la palabra.

--------

El Tet: una victoria televisiva

Por Inasequible Aldesaliento



El Tet es el año nuevo vietnamita y se celebra, según las fases de la luna, entre la segunda quincena de enero y la primera de febrero. Durante la Guerra de Vietnam era un momento en el que las hostilidades paraban en virtud de una suerte de acuerdo tácito. Y así fue hasta 1968.

1967 no había sido un buen año para Vietnam del Norte. La guerra llevaba ya alargándose muchos años y existía el peligro de que el desánimo se extendiera entre la población. Desde 1966 EEUU había empezado a aplicar una estrategia en la que las fuerzas survietnamitas se ocupaban de la seguridad de las poblaciones, protegidas por un escudo formado por fuerzas norteamericanas con gran movilidad y potencia de fuego. Esta estrategia había disminuido la eficacia de las tácticas habituales de los norvietnamitas, de golpes rápidos a objetivos muy concretos. Para salir del callejón sin salida al que parecía que los norteamericanos les estaban llevando, el alto mando norvietnamita optó por ejecutar durante el Tet de 1968 una gran ofensiva general/levantamiento general en el sur. En términos militares españoles, un órdago a la grande.

El plan norvietnamita preveía la ocupación de centros urbanos por parte de la guerrilla comunista survietnamita del Viet Cong, con el apoyo de tropas norvietnamitas. Esto debería desencadenar un levantamiento popular y la caída del gobierno de Saigón. El plan estaba tan cogido por los pelos, que preveía incluso el uso de artillería que se capturaría al enemigo; brillante, pero primero había que capturarla. La ofensiva Tet no sólo fue osada; también supuso una ruptura con las tácticas que hasta entonces habían empleado los norvietnamitas. Por primera vez el Ejército norvietnamita no golpearía y huiría, sino que se haría fuerte en los objetivos que ocupase, aunque ello implicase esperar a que los norteamericanos les machacasen con su artillería y su aviación.

La ofensiva comenzó la noche del 30 de enero de 1968. Cuarenta poblaciones fueron atacadas. Para no entrar en un relato de batallas casa por casa, combates entre francotiradores y tanques demoliendo los reductos desde los que disparaban los comunistas, pasaré mejor al resultado de la ofensiva. Los norteamericanos perdieron unos 4.000 hombres y sus aliados survietnamitas entre 4.000 y 8.000. Frente a ellos el Ejército norvietnamita y la guerrilla del Viet Cong perdieron de 40.000 a 50.000. No hubo levantamiento popular y el Viet Cong, que perdió a muchos cuadros y combatientes en la batalla, quedó prácticamente desmantelado.

La ironía de la historia es que cuando el General Westmoreland anunció que el Tet había sido un triunfo, nadie le creyó en Estados Unidos. Las imágenes de los cadáveres del Viet Cong en el césped de la Embajada de Estados Unidos en Saigón contrastaban tanto con las promesas anteriores del Presidente Johnson de que la guerra de Vietnam se estaba ganando, que nadie le creyó. La opinión pública y los medios de comunicación hacía tiempo que habían dejado de confiar en los pronósticos optimistas de sus políticos y sus militares y, para una vez que decían la verdad, no les dieron crédito.

Así, mientras que lo lógico hubiera sido terminar este relato con lo sucedido en Hanoi tras la derrota de su ofensiva, es con los norteamericanos con quienes lo terminaremos.

El 27 de febrero, el influyente periodista Walter Cronkite comentó en su crónica que la negociación era la única manera de salir de la guerra. Un miembro de la Administración Jhonson comentó: Si hemos perdido a Cronkite, hemos perdido la guerra. Dos días después fue reemplazado el Secretario de Defensa estadounidense, Robert McNamara. El 20 de marzo, una encuesta de Gallup mostró por primera vez que en EEUU había más partidarios de la paz que de seguir la guerra. El 16 de abril, EEUU anunció la progresiva vietnamización del conflicto, es decir, que las tropas survietnamitas volverían a ocupar posiciones de primera línea. Era el primer paso hacia la retirada definitiva.

En la guerra clásica, la victoria se consideraba que correspondía al lado que al final del día hubiera quedado dueño del campo de batalla, con independencia de que hubiera sufrido más o menos bajas que el contrario. Los norvietnamitas en el Tet no consiguieron hacerse con las ciudades contestadas y tuvieron unas cinco veces más bajas que sus enemigos. Sin embargo, al final del día, fueron los vencedores. Gracias a la televisión.

viernes, diciembre 08, 2006

Una visita obligada

Aquellos de entre los que leeis este blog que residais en Madrid, o vayais a visitar el Foro antes del 14 de enero próximo, tenéis la oportunidad, yo diría que la obligación, de visitar la exposición El proceso de Nuremberg; el archivo Kaplan; que se expone, hasta dicho día, en la sala Juana Mordó del Círculo de Bellas Artes.

Digo que es casi una obligación y estoy pensando en las personas más jóvenes porque quizá, hoy me he dado cuenta, el mundo cambia y quienes estamos en él tendemos a no darnos cuenta de ello (es lo que se llama hacerse viejo, supongo). Yo he ido hoy a visitar la exposición en compañía de un adolescente de 14 años. Él iba a ver una exposición sobre los nazis; lo cual quiere decir que iba engañado. Porque, aunque supiese, como ya sabía, que el origen de los movimientos nazis y skin que conoce (o sea: que critican en sus canciones los raperos a los que admira) estaba en algo que pasó hace bastantes años, apenas tenía ideas muy genéricas sobre el nazismo y sus porqués. En realidad, él creía estar yendo a una exposición sobre el mundo skin, cuando lo cierto es que no hay ni una cabeza rapada en toda la exposición (salvo las de los prisioneros de los campos de exterminio).

Yo apenas he reparado, al entrar en la pequeña sala en la que se exhiben los fondos custodiados por la fundación José María Castañé y que proceden, casi todos, del archivo de quien fuera juez en Nuremberg, el teniente coronel Benjamín Kaplan, apenas he reparado, repito, en las imágenes relativas a los crímenes contra la humanidad. Para mí son algo cotidiano con lo que crecí, de una u otra forma. Con esa soberbia que tiene el que sabe, en el fondo pensaba, aunque no lo supiera, que por saberlo yo todo el mundo tiene que saberlo. En un momento me di la vuelta y me fijé en mi compañero adolescente, que estaba detrás de mí. Lo noté algo pálido y como troquelado en la vista de una foto que colgaba del techo. Cuando miré la instantánea, vi el primer plano de un hombre muerto sobre el suelo, desnudo. Un hombre ya sólo piel y huesos muerto con los brazos en cruz, como un Cristo, con el último suspiro agotado impreso aún en el rostro.

Fue en ese momento cuando comprendí la utilidad de la memoria. Cuando comprendí que han pasado los años y que, quizá, y no digo que eso sea negativo en sí, ciertas imágenes van perdiendo vigencia.

Tengo un sabor agridulce en la boca, pues. Es dulce porque, sinceramente, me alegro de que hoy, aquí, se pueda crecer sin saber en realidad gran cosa sobre el hombre y su corte de fanáticos que decidieron acabar con los locos, con los subnormales, con los homosexuales, con los judíos, con los gitanos, con los marxistas; y en ello, especialmente en su cruzada antijudía, obraron la matanza colectiva más repugnante que recuerda la Historia. Agria, porque no hay que olvidar aquello de que los que desconocen la Historia se condenan a repetirla.

Aquellos de vosotros que peinais ya casi canas o que, como yo, ya peinais bien poca cosa, por favor, si vivís en Madrid, id a verla, y llevad a vuestros hijos. La mayor parte de la exposición, que por otra parte no es muy grande y se puede visitar en algo más de media hora con bastante atención (eso contando con ver entero el video resumen que allí mismo se proyecta) se refiere a los archivos de Kaplan, esto es son legajos ligados a los juicios de Nuremberg. La exposición tiene mucho menos morbo del que este post quizá transmite.

Llevad a vuestros hijos porque la Historia, esta Historia, hay que conocerla. Porque es la mejor manera de expresar lo que hay al final de esa cuesta que empieza el día que un tipo le mete un gol al equipo de tus amores y tú te dejas llevar por la fácil tentación de reaccionar llamándole puto negro. Y porque es una historia que, por una vez, termina bien. En Nuremberg, por mucho que su juicio haya recibido críticas de parcialidad (ciertas, pues algún juzgador estaba, en el momento de juzgar, masacrando a miles de inocentes en sus propios campos de concentración), la Humanidad estuvo a la altura. Si el hombre hubiera pasado página de los crímenes cometidos por la Alemania nazi, crímenes de guerra y también crímenes contra la humanidad, habría descendido dos peldaños en la evolución.

Nuremberg fue un aviso para navegantes. Una forma de decir que en la guerra y en la dominación no vale todo. Que cuando se tiene el poder sobre una nación o sobre un pueblo pueden dictarse leyes inanes con los crímenes propios, pero hay otra legalidad por encima de esa legalidad, que es la del género humano. Sí, ya sé que después de Nuremberg, en estos sesenta años que han pasado, ha habido genocidios y crímenes de guerra que se han ido de rositas. Pero el camino está trazado.

Aquellos que leais en alemán podéis deteneros en las cuatro o cinco cartas de prisioneros que se exponen. Cartas casi telegráficas, muy formales, obviamente censuradas. No os costará leer entre líneas, porque todas tienen un triste aroma de despedida. También podréis ver los certificados de pureza aria, las estrellas de David que los judíos debían llevar cosidas en lugar visible de su ropa, la propaganda que identifica a los judíos con las ratas. Ein Volk, ein Reich, ein Führer.

Y el juicio, claro. Obviamente, la documentación se refire a los principales encausados, los de la primera hornada, esto es: Hermann Göring, ministro del Aire, condenado a muerte aunque se suicidó antes de la ejecución; Rudolf Hess, el lugarteniente de Hitler en el NSDAP que sería condenado a cadena perpetua y que se convertiría en el último preso de este juicio en la cárcel berlinesa de Spandau; Joachim Ribentropp, ministro de Asuntos Exteriores (gran amigo de Ramón Serrano Súñer), condenado a muerte; Wilhelm von Keitel, mariscal de campo, condenado a muerte; Ernst Kaltenbrunner, nazi austríaco que ocupó puestos en materia de policía y seguridad, condenado a muerte; Alfred Rosemberg, uno de los propagandistas del nazismo a través del Volkische Beobachter, condenado a muerte; Hans Frank, abogado nazi, condenado a muerte; Wilhelm Frick, ministro del Interior con Hitler, condenado a muerte; Julius Streicher, propagandista nazi antijudío, condenado a muerte; Walther Emanuel Funk, ministro de Economía, cadena perpetua; Hjalmar Schacht, también ministro de Economía, absuelto; Karl Dönitz, responsable de la marina alemana, condenado a 10 años de prisión; Erik Raeder, almirante de la armada, cadena perpetua; Baldur von Schirach, jefe de las juventudes hitlerianas, condenado a 20 años de prisión; Fritz Sauckel, ministro de Trabajo, condenado a muerte; Alfred Jodl, militar de alta graduación, condenado a muerte; Franz von Papen, político conservador que ayudó al ascenso de Hitler al poder, absuelto; Arthur Seyss-Inquart, jefe del nazismo en Austria y propulsor de la Anchluss, condenado a muerte; Albert Speer, arquitecto y hombre muy cercano a Hitler, además de ministro de Armamento, condenado a 20 años de prisión; Konstantin von Neurath, diplomático, condenado a 15 años de prisión; y Hans Fritzsche, propagandista a las órdenes de Joseph Goebbels, absuelto.

A algunos de estos caballeros la vida les daría una segunda oportunidad. Quizá el caso más claro es el de Albert Speer , que encandilaba a Hitler con sus maquetas del nuevo Berlín que construiría una vez terminada la guerra, quien saldría de la cárcel y se dedicaría a escribir artículos y libros autojustificativos. De hecho, el pero más gordo que le veo yo a la película El hundimiento es, precisamente, lo mucho que se deja llevar por la versión que tenía Speer de las cosas, lo cual hace aparecer a su personaje como un tipo bastante equilibrado y casi consciente del mal cometido por el régimen nazi. Lo cierto es que Speer era un hombre de la estrecha confianza de Hitler y que Hitler, en confianza, no se cortaba un pelo diciendo las cosas. Así pues, Speer tenía que saber muy bien de qué era capaz su jefe.

Como a los niños y adolescentes bastante les llegará con ver las fotos y los recuerdos de la exposición, es a los más mayores a los que os recomiendo la monumental biografía de Hitler escrita por Ian Kernshaw, editada ya en España en libro de bolsillo (barato, pues); y un clásico editado por Alianza Universidad para quienes querais profundizar en serio en los porqués del nazismo: La dictadura alemana (dos tomos), obra de Karl Dietrich Bracher.

Y dos películas; para equilibrar, una comedia y un drama. La comedia se llama Un, dos, tres, y fue filmada en 1961 por el maestro Billy Wilder, director de origen austríaco que decía que los austríacos eran los tipos más inteligentes del mundo, porque habían conseguido convencer a la humanidad de que Beethoven era austríaco (nació en Bonn, Alemania) y que Hitler era alemán (nació en Austria). En esta comedia, James Cagney es el delegado de la Coca-Cola en Berlín y descubre que la hija de su super-jefe, durante una breve visita a Alemania, se ha enamorado de un comunista de Berlín Este (Horst Buchholz, en el mejor papel de su vida, y es decir mucho). Un personaje secundario, el secretario de Cagney, Schlemmer, no tiene desperdicio.

El drama es Vencedores y vencidos (Judgement at Nuremberg) y fue filmada el mismo año, 1961, por uno de los grandes genios de Hollywood, Stanley Kramer. Se han hecho más películas sobre los juicios de Nuremberg, pero ésta es la película sobre Nuremberg. Aunque su planteamiento es sorprendente: uno de los mejores actores de todos los tiempos, pareja de la mejor actriz de todos los tiempos, es decir Spencer Tracy, es un juez americano jubilado a quien le ofrecen, de cuarto o quinto plato, ser el magistrado-presidente de uno de los últimos tribunales de Nuremberg. El tiempo ha pasado, los grandes juicios terminaron, aquellos condenados están fusilados o encerrados, y ahora tocan los personajillos menores de la Alemania nazi. En el mundo, además, se respira otro ambiente: llega la guerra fría y los americanos empiezan a barruntar que los alemanes, ahora, son sus amigos. En ese entorno, Tracy juzgará a un destacado profesor alemán, el doctor Ernst Janning, interpretado por Burt Lancaster.

En esta película hay grandes actores, como Marlene Dietrich o Maximilian Schell, y otros algo más mediocres a los que, sin embargo, Kramer sabe sacar lo mejor de sí mismos (es el caso de Richard Widmark). La escena del interrogatorio de Rudolph Petersen (Montgomery Clift) es, en mi opinión, antológica, y una pequeña lección de interpretación para estos actorazos que tenemos hoy en día, que cuando lloran no sabes muy bien si están llorando o les pica un testículo.

¿Se me ha olvidado comentar que la exposición es gratuita y que el Círculo está en el centro de Madrid, excelentemente comunicado por lo tanto?

Id a verla. Se lo debéis.

viernes, diciembre 01, 2006

San Francisco, 1906

Hace ya algunos meses, el 18 de abril de este año, se produjo el centenario de un suceso que, sin ser el peor en su especie, sí que ha quedado hondamente grabado en la mitología catastrófica humana: el terremoto de San Francisco. Se trató de un sismo de 7,8 grados en la escala de Richter que se ensañó con la que ya entonces era una de las ciudades más prósperas de Estados Unidos, ergo del mundo entero. A las 5 horas 12 minutos de la madrugada de aquel día, los habitantes de la ciudad, en su mayoría, dormían plácidamente en sus camas, pero la Historia les sacó de ellas violentamente; y a unos 3.000 de ellos les segó la vida.

Sin embargo, formular así los hechos es un poco desenfocado. Las grandes catástrofes naturales no matan y generan pobreza sólo por sí mismas; en realidad, lo más dañino de ellas suele ser la reacción en cadena que provocan y su capacidad de hacer que lo que funciona bien lo haga mal. Esto pasó también recientemente con el Katrina, pues no fue tanto el huracán el que inundó a un estado, sino la rotura de diques que provocó. En la misma medida, el gran problema del terremoto de San Francisco no fue el movimiento de tierras, sino los incendios.

A principios del siglo XX, no eran pocos los expertos que en Estados Unidos sostenían que San Francisco era una yesca y que corría serio peligro de ser pasto de un incendio pavoroso. Sólo dos años antes del terremoto, un incendio ocurrido en la ciudad de Baltimore se había llevado por delante más de 1.500 edificios. Esto demuestra que ni siquiera en Estados Unidos, líder del mundo, estaba solucionado el problema de los incendios. Pocas décadas antes, en Barcelona, un orgulloso parque de bomberos privados mantenía su local abierto por temporadas para que el público pudiese admirar los cubos y las escaleras que poseía; poseer cubos y escaleras era visto como la leche merengada en materia de incendios. Sin embargo, los edificios eran iguales que ahora; en realidad, más inflamables aún. Éramos pulgas luchando contra un regimiento de artillería.

A este factor cabe añadir otro que, según no pocos expertos, está en el fondo de la virulencia que adquieren hoy en día muchas catástrofes naturales, tales como el huracán Andrew o no pocos desbordamientos de ríos, como el Missouri. Se trata del hecho de que el hombre lleva unos 150 años estableciéndose donde no debe. Hasta más o menos la mitad del siglo XIX, las decisiones de implantación de casas, villas y ciudades ha sido básicamente racional. El hombre, por así decirlo, tenía a su disposición toda la Tierra, motivo por el cual escogía las zonas más cálidas o las más húmedas, los puertos naturales más resguardados y los mejores cauces de los ríos. Paulatinamente, sin embargo, hemos aprendido a ganarle a la Naturaleza algunas manos. Hemos aprendido a ganarle terreno al mar (véase los pólderes de Holanda) o incluso a establecernos en él, como ocurre con algunas localizaciones japonesas, levantadas sobre islas artificiales. Los pesimistas sostienen que, aunque puedas ganarle una mano a la Naturaleza, ésta siempre gana la partida y acabará recuperando lo que es suyo. Sin necesidad de ser tan negativos, es lo cierto que ese tipo de actitudes, unido al crecimiento de la población y del bienestar económico, haya provocado establecimientos en lugares en los que nuestros antepasados no habrían levantado una casa ni hartos de vino; por ejemplo, cerca de cauces de ríos que tienen la mala costumbre de desbordarse cuando llueve demasiado.

En el mundo de hoy hay todo un debate sobre las catástrofes naturales. Hay quien dice que son absolutamente naturales; que lo que entendemos como una virulencia inusitada (Andrew, Katrina, etc.) lo entendemos así porque no tenemos, obviamente, series estadísticas que abarquen miles de años, que son los períodos que se deben manejar para estas cosas. Hay quien defiende que todo esto lo provoca el cambio climático. Y hay quien recuerda el factor que acabo de describir, es decir que parte de la virulencia está provocada por el hombre y su escasa sensibilidad catastrófica.

Algo de esto último hay. En San Francisco y a principios de siglo, había gentes que no estaban muy tranquilas con el hecho de que una de las zonas urbanísticas que entonces se estuviese impulsando fuese el área ganada al mar cerca de la bahía de Yerba Buena. Y el terremoto les dio la razón.

Explicando los terremotos en cristiano converso (o sea, con las palabras de un no científico al que le gusta leer de estas cosas), digamos que vivimos sentados sobre una serie de placas que se mueven. Se mueven muy despacio, menos de 5 centímetros al año, pero se mueven. Como las placas son distintas y se mueven, se rozan; o sea, no van tan deprisa como para chocar, pero sí se rozan. Los puntos de encuentro se producen en las fallas y, además, hay que tener en cuenta que los, por así decirlo, bordes de la placas no son, obviamente, lisos. Estos perfiles rugosos hacen que, a veces, el movimiento se bloquee (como ocurre siempre que frotamos una superficie rugosa contra otra). Con el tiempo (años, siglos) se acumula ahí una tensión que se libera cuando se produce una fractura en la roca. Y la tierra tiembla. En 1906, la fractura se produjo en un espacio de unos 430 kilómetros de la falla de San Andrés, con un desplazamiento máximo de 6 metros 40 centímetros. Sé también que el terremoto de San Francisco le sirvió a un científico, Harry F. Reid, para formular una teoría sobre la formación de terremotos que se conoce como teoría de ruptura de Reid; pero no sé más y, además, si supiera más, la verdad, no sé si me atrevería a explicároslo.

La gran tragedia del terremoto fue la ruptura masiva de las conducciones de gas. Casi inmediatamente, se produjeron nada menos que 52 focos de incendio distintos en el área. Además, la ruptura simultánea de los conductos de agua dejó a los bomberos, si llegaban, sin materia con la que apagar el fuego (las tuberías se rompieron por 23.000 sitios distintos). A eso de las ocho de la mañana, el fuego había avanzado tanto que los 52 focos iniciales se habían convertido en tres grandes incendios que devastaban la ciudad al oeste, al norte y al sur. San Francisco ardió durante tres días enteros y perdió uno de cada cinco de sus edificios, unos 28.000. Las pérdidas pueden calcularse en unos 550 millones de euros, de la época. El daño producido a la economía estadounidense fue casi el doble que el generado por Katrina.

Todo lo que falló hace unos meses con Katrina funcionó en el caso de San Francisco. También es cierto que eran otros tiempos, porque la principal medida dictada por el alcalde, Eugene Schmitz, para garantizar el orden social, sería hoy impensable: autorizó a la policía a disparar a los saqueadores sin previo aviso. Sin embargo, hay que decir que los primeros trenes de socorro llegaron a San Francisco apenas unas horas después de ocurrido el siniestro y que centenares de miles de personas fueron evacuadas en menos de una semana.

¿Volverá a ocurrir? Hay estudios que sostienen que la probabilidad de un nuevo terremoto de San Francisco son, en el primer tercio de este siglo, superiores al 50% (en torno al 60%). No se espera en la falla de San Andrés porque los geólogos están bastante más preocupados por otra falla, la de Hayward. Lo que sí ha avanzado es la prevención contra incendios y, muy especialmente, el abastecimiento de agua.

Podríamos decir: jugamos con más cartas marcadas en la baraja. Pero, a pesar de todo, seguimos básicamente como hace cien años: jugando una partida con la Naturaleza. Tratamos de descubrir cuál es su jugada, pero ella, como ocurre siempre con los buenos jugadores, jamás abandona su cara de póquer.