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lunes, marzo 07, 2011

La crisis del papelito

Casi siempre que un político cae en desgracia, hay algún correligionario suyo que tiene algo que ver. En política, eso lo saben bien los políticos, hay que guardarse mucho de los enemigos; pero los realmente peligrosos son los amigos y correligionarios.

Si os digo que hay un montón de gente en la Historia del mundo que ha probado la política como modo de vida y ha salido asqueada, supongo que no os descubro nada. En todas partes cuecen habas y hasta en la ocupación más gilipollas puede uno encontrarse con la envidia y la ambición de otros haciendo de las suyas. Pero lo de la política rompe moldes. Los ciudadanos solemos pensar que los políticos nos maltratan; pero eso es porque no tenemos ni idea de cómo se maltratan entre ellos.

Siendo así las cosas, en la Historia tiene que haber, y de hecho los hay, puñados de episodios que son canónicos a la hora de expresar las metíferas consecuencias de la ambición política. Hoy os quiero hablar de una de la que, quizá, nunca hayais oído hablar: la crisis del papelito.

La crisis del papelito es una crisis ministerial que provocó la que quizás es una de las dos o tres broncas parlamentarias más sonadas de la Historia de España. Pero antes de llegar a la crisis propiamente dicha, que es corta, deberemos contar algunos antecedentes.

Necesito que os transportéis al año 1903. La Restauración española, es decir ese montaje político de Cánovas que pretendía exportar el modelo bipartidista inglés a nuestro país a base de dejarse la democracia por el camino, ha perdido ya a sus dos principales arquitectos: Cánovas y Sagasta. Tras la desaparición de estos dos políticos, y en medio de algunos titubeantes experimentos, los conservadores son los primeros en encontrar un líder neto: el político entonces de 50 años de edad Antonio Maura. Desde el 4 de diciembre de 1903 es Maura presidente, y la autoridad de su liderazgo partidario hace pensar en una estabilidad que España está pidiendo a gritos.

La estabilidad, sin embargo, tenía un problema. Como consecuencia de la temprana muerte de Alfonso XII, que era quien había sido llamado por la Historia a ser el Juan Carlos de Borbón de la Restauración, reinaba en España un chavalote, un niño pijopera bastante caprichoso, que la Historia conoce como Alfonso XIII. El rey Alfonso era poco menos que un adolescente, fuertemente influenciable y dotado de cierta ambición de poder que le llevó, en su juventud como en su madurez, a exprimir sus soberanías de rey constitucional al máximo. El hecho de que la Constitución canovista hubiese sido redactada en unos términos blandi-blub para que todo le cupiera dentro, le ayudó bastante en la acción.

El 14 de diciembre de 1904, cuando el gobierno Maura caminaba hacia la inusitada marca de un año seguido de administración, el ejecutivo cayó por una gilipollez de su majestad. Una de esas cosas que cualquier rey sinceramente constitucional se cortaría un dedo antes que hacer. Alfonso XIII, sin embargo, la hizo, y con ello marcó un jodido precedente para el reinado que apenas comenzaba.

Quedó vacante la jefatura del Estado Mayor del Ejército. Algún día, alguno de los lectores expertos en el tema militar de este blog, que sé de buena tinta que los hay, ha de explicarme la verdadera importancia que, en el intrincado laberinto de la jerarquía militar, ejercen los estados mayores; pero, aún sin dicha explicación precisa, es obvio que es un puesto de gran importancia. De tan gran importancia que los gobiernos ni por asomo quieren tener un JEM que no sea de su estricta obediciencia, conocimiento y confianza.

Propuso el gobierno Maura al general Loño, militar, al parecer, de impolutos hoja de servicios y prestigio. Como digo, era su prerrogativa realizar tal nombramiento, jugando el rey, teóricamente, apenas un papel sancionador. Pero no fue así. El rey tenía otro candidato, casualmente el jefe de su Cuarto Militar, el general Polavieja, también muy valorado de la opinión pública. Por mucho que porfió Maura, el jovenzuelo Borbón no se bajó de la burra. Había de ser Polavieja, y a él la soberanía gubernamental no le iba a joder el capricho. Reunido el consejo de ministros, sus miembros decidieron darle una lección al niñato anunciando su dimisión si no era nombrado Loño. Alfonso XIII, en lugar de recular inteligentemente, tiró de su carácter voluble y, por qué no decirlo, un poco gilipollas, y, simple y llanamente, aceptó la dimisión.

Como digo, fue un conflicto favorecido por la evanescencia constitucional de la Restauración. La Constitución canovista concedía a Alfonso XIII la suprema jerarquía del ejército; cosa que también hace la actual, aunque en términos que dejan más claro que se trata de un mando constitucional y por lo tanto el rey, por muy supremo jefe de los ejércitos que sea, no le puede ordenar mañana por la mañana que invada Bielorrusia porque a él le de la gana. La Constitución canovista, sin embargo, le dejaba margen al rey para pensar, sobre todo si era tan tonto como para pensarlo, que su supremo mando era efectivo y, por lo tanto, el nombramiento de un JEM era cosa suya (o, más bien, de su camarilla).

Con este detalle, Alfonso XIII sumió al país en el pozo de los gobiernos provisionales que habría de caracterizar su reinado. El día que el rey juró como tal 17 de mayo de 1902, se había formado un gobierno Sagasta que cayó en diciembre del mismo año. El 6 de dicho mes juró como presidente del Consejo de Ministros Francisco Silvela, que dimitiría en julio del año siguiente. Todavía antes de Maura, durante los cuatro meses y medio que tardó en gobernar él, gobernó Raimundo Fernández Villaverde. Por lo tanto, entre mayo de 1902 y diciembre de 1904 había habido la friolera de cuatro gobiernos.

Alfonso XIII había demostrado con la anécdota del general Loño que le gustaba trabajar con gente que o le bailase el agua o le dejase en paz. En ambas cosas era bastante experto el general Marcelo Azcárraga, y probablemente fue por eso que el rey pensó en él para encargarle la sustitución de Maura. De hecho, casi el primer acto de gobierno de Azcárraga fue, por supuesto, firmar el nombramiento de Polavieja como Jefe del Estado Mayor del Ejército, tal y como quería el Borbón. No era la primera vez que la personalidad afable y acomodaticia de este militar le había valido la alta magistratura gubernamental. En 1897 había ya sustituido a Cánovas, superando a rivales teóricamente mejor colocados, por las mismas razones. En 1900 repitió.

El problema que tenían don Alfonso y don Marcelo es que, probablemente, eran los únicos que pensaban que aquello podía ser estable. Azcárraga cayói pronto en la cuenta de que, en cuanto pasadas las Navidades se abriesen las Cortes, y puesto que no tenía partido ni facción que estuviese dispuesta a inmolarse con él, los señores diputados le iban a dar un cañete en todo el colodrillo. Solución: las Cortes no se abrieron. No obstante, Azcárraga comprendió que aquélla era una situación que no podía mantenerse. Una cosa es que la Restauración fuese un pastiche caciquil en el que, sólo por casualidad, las elecciones siempre las ganaba el partido que las convocaba; y otra muy distinta que se convirtiese en una dictadura con todas las de la ley.

El 23 de enero 1905, apenas unas semanas después de nombrarse el gobierno pues, se abren las Cortes y Cobián, ministro de Marina, considerando que el Ejecutivo no es sostenible con el Parlamento abierto, dimite, y dimitiendo abre un portillo por el que se cuela, sin perder minutos tres, el titular de Guerra (o sea, Defensa), Villar y Villate, estrechísimamente ligado al monarca. Es evidente que los ministros militares, en un gobierno formado bajo los auspicios de un rey que quería hasta jefes de Estado Mayor que le molasen, eran de la camarilla real. Así pues Azcárraga, tras la marcha de los Chaconos de la época, interpretó que el rey no quería gobiernos que abriesen parlamentos y les dejasen votar, y se fue a su casa, pues hombre tan afable como él no tenía, desde luego, madera de dictador.

Tras este modélico gobierno de 40 días llegó, de nuevo, ese señor que hay mucha gente que piensa que ha sido una calle toda su vida: Raimundo Fernández Villaverde. Villaverde era conservador, es decir teórico correligionario de Maura. La elección del rey era toda una muestra de mala leche o, si se prefiere, de una forma de actuar, que Alfonso sacaría a pasear bastantes veces en los siguientes años, por la cual el monarca llamaba a formar gobierno, no a los líderes partidarios, sino a aquellos, que decimos hoy, barones del partido que consideraba más proclives a sus peripatéticos puntos de vista. Lo cierto es que el gobierno Villaverde no sirvió para otra cosa que para consolidar el liderazgo de Maura en el partido conservador, lo cual llevó al gobierno a cerrar el Parlamento, una vez más, durante meses, para poder legislar sin que le votasen en contra. Pero como aquello no podía durar eternamente, a los cinco meses de haber jurado, se abrieron las sesiones y el gobierno cayó.

Visto que si encargaba gobierno a los conservadores tendría que ser Maura, que era algo que el rey no quería, probó con los liberales en la persona de Eugenio Montero Ríos. Dimitió unos cinco meses después.

Estamos en el 1 de diciembre de 1905. Hace un año ya de caída de Maura, y nos parece que han pasado ocho años. El rey sigue erre que erre con los gobiernos liberales, y llama a Segismundo Moret, quien jura como primer ministro en tal día y dimite en julio de 1906, ante el hecho palmario de que carece de más apoyo que el regio para gobernar.

El rey llama a formar gobierno a un mediana fila en este partido, militar además: el general José López Domínguez, a quien definen el Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro de esta manera: «genuina representación de la mediocridad discreta, ni victorioso ni vencido jamás en ninguna batalla, campal o parlamentaria, orador poco elocuente, aun cuando supiese hablar seguido, y escritor nada brillante, aún cuando fuese capaz dar forma gráfica a sus ideas sin ayuda de secretario». Sobrino del famoso general Serrano y liberal canalejista, era tenido por lo que entonces se llamaba, pero que nadie se asuste, la extrema izquierda dinástica.

Pero que el rey llame a López Domínguez, no creais, tiene su lógica.

No os fijéis en López Domínguez. El pobre general es sólo un peón. Un peón canalejista porque José Canalejas es, en realidad, su padre político, y el hombre cuya labor el general se compromete a llevar a cabo al frente del gobierno. Lo que hay detrás del gobierno López Domínguez es una guerra de altos vuelos entre los dos personajes que quieren dominar en el Partido Liberal. Porque si en el conservador el liderazgo de Maura está claro en ese momento (diez años más tarde, ya la cosa cambia), en el Partido Liberal hay dos culos para la misma silla: el de Segismundo Moret y el de José Canalejas. Moret tiene a su favor una larga labor ministerial en los diferentes gobiernos liberales de la Restauración; es, pues, una especie de Rubalcaba de la época. Canalejas, sin embargo, es un político más joven, que mira hacia el futuro, que tiene aún escasa experiencia en el poder y que maneja conceptos que el liberalismo antiguo tal vez maneja con más torpeza: laicismo, política económica liberal, convergencia con republicanos e incluso socialistas... Canalejas es, pues, un poco la Chacón de esta historia.

Moret cometió un error. Le hemos visto dar un paso adelante en diciembre de 1905 aceptando ser presidente del Gobierno, y marcharse con el rabo entre las piernas 7 meses después. En parte es, claro, por la oposición monolítica que le hacen los conservadores, pero, en parte, es también porque su propio partido no pone toda la carne en el asador defendiéndolo, porque hay una mitad de la formación que no lo quiere como líder. El nombramiento de López Domínguez, a sus ojos, le presenta la oportunidad de devolver el golpe.

Así pues, nos encontramos ante un panorama que hoy tenemos por inusitado: un gobierno liberal al que le hacen la guerra parlamentaria los propios liberales moretistas. Las fuerzas de Canalejas eran muchas: no sólo su hombre era presidente del Gobierno sino que él mismo era presidente de las Cortes. Juntos, ambos cargos urdieron una derrota parlamentaria de Moret y, consecuentemente, dieron instrucciones al partido de que votase en contra de una proposición de los conservadores que Moret había ya apoyado públicamente. Moret tuvo que conseguir de sus contrincantes que retirasen la dicha proposición a pelo puta para no ser derrotado. El siempre maniobrero Conde de Romanones, siempre atento a todo movimiento que le pudiese dar poder, aprovechando su presencia como ministro en el gobierno López Domínguez, redactó una proposición parlamentaria para darle la puntilla a su correligionario y sin embargo enemigo; pero López Domínguez se acojonó, pensó que quizás si la presentaban el Partido se iba a tensionar en exceso, y decafeinó la proposición de tal manera que hasta Moret pudo votarla a favor.

El general López Domínguez tenía entonces 77 años, y un carácter afable. Al ver a Moret votar la proposición de Romanones, en su ingenuidad senil, consideró las viejas rencillas acabadas, por mucho que hubo quien le advirtió de lo contrario; y no me refiero a Romanones, pues Romanones, en sus memorias, siempre dice que lo sabía todo de antemano, pero eso, claro, lo escribe a toro pasado.

Moret, de hecho, hizo algo más para que López Domínguez pensase que el movimiento liberal había entrado en fase Viva la Gente, pues el 20 de noviembre de 1906 vota campanudamente una proposición de apoyo al gobierno.

Al día siguiente, un relajado López Domínguez va al palacio real a despachar con el rey. Confiado, le dice al monarca que no tiene gran novedad que comentarle. Y el rey, torciendo el gesto, le dice que él, en cambio, sí tiene algo que contarle.

Alfonso XIII ha recibido una carta. Una carta que será el «papelito» que dé nombre a esta historia.

Una de las obsesiones de José Canalejas era el laicismo, qué el consideraba condición necesaria para un Estado moderno. En momentos posteriores, cuando llegase a la presidencia del Gobierno, dejaría buena marca de ello, pero ya entonces, cuando era presidente del Congreso y alma mater del Gobierno, tenía las mismas intenciones. Por esa razón, en las semanas anteriores al papelito, Bernabé Dávila, ministro de Gobernación, había preparado un proyecto de ley de Asociaciones que suponía un recorte notable del poder de las órdenes religiosas. De hecho, el conocimiento del borrador había provocado una cascada de misivas desde el Episcopado.

¿Era Moret contrario al laicismo? Como buen liberal, en modo alguno. A lo que era contrario era al éxito de Canalejas. Ambos eran correligionaros, miembros de la misma mayoría formada en ese momento, pero Moret no podía soportar que aquel proyecto saliese adelante, así pues tomó la decisión, de una inconstitucionalidad flagrante, de saltarse el escalafón partidario y gubernamental y enviarle una carta directamente al rey. Fue un felón Moret por enviar la carta y un idiota el rey por darle pábulo. Ninguno de los dos tuvo con sus gestos el más mínimo respeto por el orden constitucional.

En su carta, Moret auguraba que el proyecto de Asociaciones rompería al Partido Liberal, y añadía: «Tal vez sean exagerados estos patrióticos temores; pero el rey tiene el medio de aquilatarlos, llamando a los representantes caracterizados del Partido Liberal y contrastando sus juicios con el que respetuosamente someto a Vuestra Majestad».

Moret, por lo tanto, invitaba al rey a operar de árbitro en una discusión partidaria, y lo que es más acojonante aún, el rey hizo algo distinto de limpiarse el sobaco con aquella carta. No sólo no la rompió, ni la quemó, ni la olvidó; sino que, a la llegada del primer ministro liberal, se la leyó, y debió de dejarle bien claro que le pensaba hacer lo que Moret le recomendaba, porque López Domínguez, noqueado pero gallardo, dimitió al instante.

Hay, por cierto, un tercer conspirador en esta milonga: Santiago Alba, político de larga trayectoria que acabaría incluso presidiendo las Cortes republicanas, y que en ese momento era gobernador civil de Madrid, nombrado durante el gobierno de Moret. Él fue quien llevó en mano la carta y se aseguró de que acabase en regias manos, sin intermediarios.

El 28 de noviembre, por si eran pocoas las sospechas de que pudiese haber una conjunción entre el monarca y Moret, es a éste a quien Alfonso XIII encarga la formación del gobierno. Así las cosas, toda la conspiración palaciega, toda una movida de camarilla a las que Alfonso XIII era desgraciadamente muy aficionado, quedó en evidencia. La política española avanzó hacia un episodio vergonzoso.

El 3 de diciembre, en doble sesión, compareció el gobierno Moret ante el Congreso y el Senado. Según las crónicas, fue recibido como el Real Madrid en el Camp Nou. Ni siquiera los liberales no canalejistas, teóricos ganadores de la movida, apoyaron a Moret, conscientes de que lo que había hecho el político liberal no había sido en beneficio de facción alguna, sino en el estricto beneficio propio.

Ya de camino al Congreso desde Palacio tras haber jurado, el personal les iba llamando de todo a los ministros. Moret estuvo torpe en su discurso, lo cual no es de extrañar porque le interrumpieron varias decenas de veces coreando gritos prostibularios. En cambio, a López Domínguez, erguido y noble, lo escucharon con reverencia y saludaron el final de su discurso con una cerrada salva de aplausos.

Al día siguiente, esto es al tercer día de vida del gobierno, un senador presentó una moción de censura contra el Ejecutivo. No creo que haya muchos precedentes de esto en la Historia parlamentaria del mundo. La moción, en cambio, no se votó. El gobierno Moret dimitió inmediatamente, tres días después de haber jurado.

Dado que en ese momento nadie se fiaba del rey ni para comprar un caramelo, el monarca tuvo que nombrar primer ministro a Antonio de Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo, marqués de Mos, conde de Bobadilla, vizconde del Pejullal, Grande de España. El marqués era un viejo político liberal que entonces tenía la friolera de 80 años y que había sido ministro de Isabel II. La pollada de Alfonso XIII fue, por lo tanto, del mismo calibre que si mañana dimitiese Zapatero y el rey llamase a formar gobierno a alguno de los ministros del último gobierno del general Franco.

Ciertamente, el marqués de la Vega de Armijo fue echado del poder por los conservadores en sólo tres sesiones parlamentarias. Pero para la Historia ha quedado un gesto de este pizpireto aristócrata liberal, que mostraba un optimismo incurable. De regreso a su casa, ya habiendo tenido que dimitir, en enero de 1907, encontró a sus parientes y clientes compungidos y contritos. Él, en cambio, se quitó el sombrero y el gabán, y les gritó.

- No os desaniméis, amigos. ¡El porvenir es nuestro!

lunes, marzo 26, 2007

Los sucesos de Cullera

Comenzar agosto y pararse España ha sido así de toda la vida de Dios. Sin embargo, el 1 de agosto de 1911, hace pues ahora noventa y pico años, no fue tan tranquilo. Vivía entonces España uno de esos gobiernos desgraciados, relativamente comunes en nuestra Historia, incapaces de contentar a nadie: el gobierno del liberal José Canalejas. Ya sabemos cómo termina esta historia pues, algunos meses más tarde de lo que ahora relato, Canalejas sería muerto de un disparo a quemarropa en la madrileña Puerta del Sol. En parte, las incógnitas sobre la muerte de este primer ministro parten del hecho de que son varios, por lo menos dos, los bandos interesados en su muerte; pues Canalejas jodió por igual a derechas y a izquierdas. Teóricamente subido al poder para hacer una política anticonservadora, en parte la hizo con sus medidas anticlericales (o secularizantes, en nuestro punto de vista actual); pero también se dio cuenta, muy pronto, de que cuando se está en el poder es imposible entenderse con organizaciones obreras, algunas muy radicales, como los anarquistas y buena parte de los socialistas. En esos mismos meses que ahora se relatan había nacido la CNT (Confederación Nacional del Trabajo, anarcosindicalista) y la UGT (Unión General de Trabajadores, socialista) estaba ya bastante implantada.

Fue un caso extraño porque las izquierdas (o sea, marxistas y republicanos) habían dejado vivir en relativa tranquilidad al anterior gobierno conservador de Antonio Maura y, cuando llegaron «los suyos», se cebaron con ellos. Es extraño, pero no imposible. En un pasado más cercano, encontramos que con ningún presidente del gobierno se llevó peor Nicolás Redondo padre cuando era secretario general de UGT que con… Felipe González.

Entre la actitud de aquella izquierda y la que le puso la proa a González con su reforma de las pensiones hay una diferencia; una diferencia que, no me cansaré de repetirlo, se empeñan en no ver quienes quieren oír en el presente los tambores de guerra civil: la acción revolucionaria. La respuesta de las izquierdas a un gobierno liberal que no les daba todo lo que querían no fue combatirlo en el Parlamento, sino en la calle. Agosto de 1911 fue el aperitivo.

En la noche del 1 al 2, se produjo un motín en una fragata llamada Numancia, surta en Tánger con funciones de guardacostas. Fue una acción revolucionaria que actuaba en el mismo centro del orden constitucional, es decir las fuerzas del orden. Así pues, el gobierno no flaqueó. El día 9 (eso sí que era justicia rápida), cinco tripulantes de la fragata fueron juzgados y condenados a muerte. Cuatro de ellos fueron indultados pero el quinto, el fogonero Antonio Sánchez Moya, fue fusilado.

A partir de ahí, se montó la mundial.

La provincia de Cádiz paró casi totalmente. El día 27 hubo una manifestación bastante violenta en Barcelona, seguida de un mitin libertario en el que habló un seudolíder ácrata, Cristóbal Litrán, miembro de la Escuela Moderna de Francisco Ferrer, el mártir de la Semana Trágica de Barcelona. Con todo, España estaba a medio gas. La cosa esperó hasta septiembre pero, una vez pasado el verano, estalló. Especialmente en Bilbao.

A principios de mes, se declararon en huelga los carreteros (o sea, los camioneros de la época). Se le fueron uniendo gremios hasta que el personal de Altos Hornos de Vizcaya decidió unirse. El 11 de septiembre se declaró huelga general en toda la cuenca.

El Gobierno declaró el estado de guerra y llegó a militarizar a algunos obreros (la llamada Ley del Brazalete). Se suspendieron las garantías constitucionales. Incluso Pablo Iglesias subió al mismo Bilbao por ver de amansar las cosas. Lejos de eso, la huelga se extendió, en los días siguientes, a Asturias, Zaragoza, Málaga, La Coruña, Santander, Sevilla, Huelva, Gijón, Ferrol y Barcelona. El 18 de septiembre, la UGT declara la huelga general en todo el país.

En este ambiente de huelga generalizada ocurrieron los sucesos de Cullera, que dan título a este post.

El 18 de septiembre, llegan a Valencia noticias de los hechos más caóticos en diversas poblaciones de la provincia. El juez de instrucción de Sueca, López de Rueda, se desplaza a Cullera para instruir un sumario sobre los hechos. Antes de entrar en el pueblo, el juez y sus acompañantes fueron rodeados por diversas turbas, que reclamaban la libertad para quienes ya habían sido presos. Según las crónicas de la época el juez, con un par, les hizo frente con un revólver… pero sin la guardia civil, porque ésta estaba concentrada en Valencia capital. De esta guisa, más propia de Gary Cooper que de un funcionario de Justicia, entró en el pueblo, mientras cada vez se juntaba más gente y las mujeres gritaban: «¡Matarlo, arrastrarlo!»

Aún temerosos del revólver del juez, los amotinados estaban cada vez más cerca y, finalmente, uno de ellos sacó la navaja y le asestó una puñalada al escribiente del juez, a la altura de la clavícula pero por la espalda. El juez cargó con su funcionario y comenzó a buscar una casa donde refugiarse; sólo una, la residencia del juez municipal, le abrió la puerta.

Una vez que dejó allí al escribiente, el juez López de Rueda se dirigió al edificio del Ayuntamiento de Cullera, desde cuyo balcón trató de hablar al pueblo para tranquilizarlo. Pero no lo consiguió, pues sus palabras fueron acalladas por las pedradas y los insultos.

Tarde se percató el juez de lo inútil de su gestión. Se parapetó dentro del Ayuntamiento pero, para cuando hizo eso, las turbas ya estaban intentando tirar la puerta del edificio a hachazos.

La escena era lo suficientemente violenta como para que todo el mundo mínimamente relacionado con la autoridad sintiese miedo de su integridad física. Eso le pasó al alguacil del Ayuntamiento cullerense, un hombre ya viejo el cual, viendo ya perdidos a quienes se quedasen en el edificio del Consistorio, resolvió huir corriendo hacia el río cercano, el Júcar. En su persecución, los amotinados le hieren de un balazo, pero el alguacil, aún así, sigue corriendo y se tira al río. Pero avanza poco, y sus perseguidores pronto le rodean en la orilla.

El alguacil ruega por su vida.

Lo matan a palos, a pedradas, lo cosen a puñaladas.

Son las dos de la tarde. El juez, preso en el Ayuntamiento, decide apostar una última carta por su vida. La avalancha de amotinados está a punto de romper la puerta. Él espera a mitad de la escalera, con el revólver en la mano.

Suena un tiro.

En una de las piernas del juez, estalla una rosa roja. Le han dado. Los amotinados no son tontos y no han querido exponerse a que el juez muriese matando.

Su señoría retrocede, reptando. Llega a un salón de la planta alta donde se encuentra el secretario del Ayuntamiento y un niño. Juez y actuario resuelven que no pueden dejar morir al infante. Le obligan a esconderse debajo de un diván, y, luego, el juez se dirige a la puerta, la abre, y allí mismo recibe la muerte, como el alguacil, a hostias, a puñaladas, a golpes, a patadas, a pedradas, a hachazos. Arrastran el cadáver escaleras abajo. Cuando fue recuperado, su estado era tal que fue imposible hacerle la autopsia.

Dentro del salón queda el secretario. Rodeado de amotinados, los mira, tembloroso, y murmura:

‑Me entrego a vosotros, no me hagáis daño. Soy un pobre que no hizo nada más que cumplir con su deber. Perdonadme la vida.

Silencio. Parece que el indulto llegará. Hasta que da un paso adelante el líder de los amotinados, otro más de los grandes nombres de ese anarcosindicalismo primario y rural que algunos (pocos, cierto es) quieren ver tan heroico. Es el Chato de Cuqueta y lleva una piedra en la mano. De un gesto se la estampa en la cara al funcionario, vaciándole un ojo. El hombre cae, y en la caída ya le están abriendo decenas de heridas en la piel.

Hubo 22 procesados por estos hechos. Un mes después, el 25 de octubre, ya estaban denunciando malos tratos en la cárcel, acusación de la que se hicieron eco los diputados republicanos Lerroux, Azzati y Barral. Una comisión nombrada por el Parlamento, presidida por un catedrático valenciano de apellido Machi, dictaminó la inexistencia de malos tratos. Lo cual no paró las denuncias en la prensa de izquierdas.

Siete de los participantes en estos sucesos fueron condenados a muerte. Siete. Seis fueron inmediatamente indultados. Sólo quedó el Chato de Cuqueta. Pero éste también sería finalmente indultado y, sinceramente, desconozco qué fue de él.

Cuando uno lee historias y reseñas, alcanza a leer, a veces, descripciones de los sucesos de Cullera. Pero nadie, jamás, las asume. Nadie, jamás, dice: «los míos hicieron esto». Los sucesos de Cullera, población que hoy es un bellísimo pueblo turístico en el que no pocos madrileños moran sus noches agosteñas, no los quiere recordar nadie, menos aún reivindicarlos. Y eso no está bien (me refiero a olvidarlos). Por muchas razones pero, sobre todo, por una fundamental: recordar los sucesos de Cullera nos ayuda a entender que los españoles tenemos, o tuvimos que no sé, un punto en el que nada, absolutamente nada, nos paraba. En el que no había autoridad que mereciese respeto ni argumento que pudiera ser escuchado. Hecho éste que tiene su contraargumento, a mi modo de ver, y es éste: no hay injusticia social, no hay bandera, no hay idea; no hay nación ni misión ni himno ni protesta tan valiosa que valga el tembloroso pánico de un niño, bajo un diván, llorando, meándose, pidiendo por su vida y viendo morir, por una rendija, a sus seres queridos, como cerdos en día de San Martín.

No he conseguido encontrar en la prensa de la época referencias a ese niño. No sé si se salvó; si el Cuqueta le vio, le creo capaz de apiolárselo. Viviera o muriera, en su memoria he querido escribir estas líneas.

Nunca mais, por supuesto.

viernes, febrero 23, 2007

Notas sobre España y la cuestión religiosa

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva



No hay ni un solo elemento de la vida económica y social de España que defina con mayor claridad el punto de división entre ideologías que la cuestión religiosa. Cuidaros de entender que he escrito la cuestión religiosa y no la religión, pues son cosas diferentes. Los españoles siempre hemos sido partidarios de considerar que los terrenos de las ideas privadas son eso, privados; así pues, no estamos hablando de discusiones sobre la existencia o no de la divinidad, que de ésas también ha habido y habrá, sino de la interminable, y compleja, relación entre la sociedad española y la iglesia católica, apostólica y romana.

miércoles, enero 24, 2007

1888:España se enseña

Al llegar el siglo XIX, a España la miró un tuerto. El siglo empezó con el follón de los españoles con Godoy y la invasión francesa (por fin, España en manos de quien siempre la había ambicionado), situación que sólo se enderezó mediante una rebelión nacional, durante la cual se inventó la guerra de guerrillas. En un ejercicio de esquizofrenia muy español, quienes combatían al francés, al tiempo, redactaban una Constitución basada en los principios de la revolución francesa. Tras la marcha del invasor pensaron que esos principios liberales alumbrarían la vida de España, pero no fue así. El país comenzó a vivir una longa noite de pedra (frase que da título a un bellísimo poema), con algún que otro intermedio liberal, durante la cual se desangró en la más duradera guerra civil que jamás se haya vivido en nuestro país.

Por medio, a España se le fueron cayendo los últimos adornos de ese vestido repujado que había sido su imperio. A hombros de gigantes llamados Bolívar, San Martín, O’Higgins, la joya de nuestra corona, Latinoamérica, se independizó, de forma que, a finales del siglo, apenas nos quedaban Filipinas, Puerto Rico y Cuba, amén de las posesiones africanas.

Algún día, espero que no muy lejano, os contaré por qué la calle de Madrid que registra más intensidad de tráfico se llama de Raimundo Fernández Villaverde. Como adelanto, os diré que la situación que este hacendista hubo de enfrentar al final del siglo no le desmerece nada a la de los países hoy endeudados y empobrecidos. España se pasó el siglo XIX desangrándose y, en las últimas boqueadas del siglo, estaba para los restos. Nadie apostaba un duro por ella como nación moderna y capaz.

Nadie, no. Hubo dos personas que sí apostaron por España. Y ganaron. Su victoria queda oculta por la Historia porque, diez años después, la pérdida de Cuba nos sumiría en el más profundo pesimismo sobre nosotros mismos. Pero antes, en 1888, fuimos grandes. Y lo fuimos gracias a Práxedes Mateo Sagasta y, sobre todo, a Francisco de Paula Ríus y Taulet, alcalde de Barcelona.

En 1851, inaugurando una edad moderna aún no acabada, se celebró en Inglaterra la primera Exposición Universal. Fue todo un espectáculo organizado por los ingleses para mostrar al mundo las maravillas de la revolución industrial, aquellas máquinas que eran capaces de realizar como si tal cosa el trabajo esforzado de decenas de hombres forzudos. Quienes tuvieron la suerte de acudir a aquella exposición pudieron verla incluso tras caer la tarde, bajo la iluminación de gas que allí se estrenó.

A la exposición de Londres siguió la de París, la cual, según las crónicas, fue invadida por expositores alemanes, muy empeñados en demostrar la grandeza de su nación. Luego llegó la de Filadelfia, de la que en Europa se contaron bondades sin fin, Viena, Turín… Todo aquél que quería ser algo en el concierto internacional parecía tener que demostrarlo montando una exposición.

Ésta fue la idea que se le ocurrió a Eugenio R. Serrano de Casanova, un extraño hombre de negocios español que editaba una revista para turistas en Bélgica. Acostumbrado al negocio de generar visitantes para que se gasten pasta, albergó la idea de organizar una gran feria de muestras en España, y se decidió por Barcelona porque, de todas las capitales españoles, era la que estaba más cerca de la frontera que los visitantes deberían traspasar. En Amberes, Casanova contactó con otro español, Alejandro Sallé, que se movía por esos mundos de las ferias y, de hecho, poseía varios edificios desmontables, stands los llamamos hoy. Ambos se asociaron para montar la feria y abrieron despacho de influencias en la calle de Escudillers de Barcelona.

Casanova montó una junta directiva de lo que hasta entonces sólo era una feria de muestras con algunos de los grandes personajes del todo Barcelona empresarial del momento: Juan Pujol, Francisco López Fabra, Manuel Durán i Bas, Manuel Porcar, José María Nadal, Félix Maciá Bonaplata, Román Macaya i Gilbert, Ramón de Manjarrés y Francisco Sitjá. Al alcalde de Barcelona, Ríus y Taulet, le ofreció la presidencia honorífica, por aquello de que figurase y pusiera algo de pasta. A principios de 1887, toda esta parafernalia se había ido al carajo, el dinero no aparecía por ningún lugar y el proyecto, por la vía de los hechos, estaba abandonado.

Éste debería haber sido el destino de la Exposición Universal de Barcelona de no haber sido por Ríus y Taulet. Al alcalde de Barcelona, con mucha probabilidad, lo movieron dos razones para tirar para delante: la primera, sus convicciones políticas: era muy liberal, muy dinástico y muy español. Y las tres cosas: el liberalismo, la casa reinante y España entera, necesitaban, en aquel momento, de un empujoncito. El segundo factor que probablemente valoró fue la visión de que el proyecto le podría ayudar en sus proyectos de cambiar Barcelona. Porque si alguien cree que los cambios que operaron en la ciudad los Juegos Olímpicos de 1992 son grandes, eso sólo significa que no tiene 150 años de edad para recordar cómo puede una Exposición Universal cambiar una ciudad.

En 1887, el Borbón regresado, o más bien restaurado, Alfonso XII, había muerto. Era regente de España María Cristina de Habsburgo-Lorena, una extranjera de escaso carisma, cuyo hijo, el futuro rey, era aún tan sólo un niño. Para colmo, en Barcelona ya comenzaban a percibirse los problemas derivados del enfrentamiento entre un Estado centralista y una sociedad crecientemente regionalista. Esto se notaba, sobre todo, a través del teatro, que era el espectáculo de masas de la época. La mayoría de los autores de éxito catalanes se dedicaron entonces a la parodia. Se pusieron de moda las gatadas, que eran obras satíricas que ridiculizaban algún estreno patrio, normalmente dedicado a ensalzar las virtudes de lo español. Son ejemplos La Esquella de la Torratxa o El Castell de Tres Dragons, de lectura deliciosa aún hoy en día (traducidas, en mi caso), que escribió Federico Soler, o Serafí Pitarra, como solía firmar. Prueba de cómo se pusieron las cosas es la orden de 27 de enero de 1867, dada por el gobernador civil de Barcelona, Cayetano Bonafós, y que dicta lo siguiente (las cursivas son mías): «En vista de la comunicación pasada a este Ministerio por el Censor interino de teatros del Reino con fecha 4 del corriente, en la que se hace notar el gran número de producciones dramáticas que se presentan a la Censura escritas en los diferentes dialectos, y considerando que esta novedad ha de contribuir a fomentar el espíritu autóctono de las mismas, destruyendo el medio más eficaz para que se generalice el uso de la lengua nacional: la Reina (q.D.g.) ha tenido a bien disponer que en adelante no se admitan a la Censura obras dramáticas que estén exclusivamente escritas en cualquiera de los dialectos de las provincias españolas».

Hecha la ley, hecha la trampa. Pitarra y los demás empezaron a escribir obras bilingües. En ellas, todos los personajes imbéciles, avaros, vagos, feos, gordos, malolientes y flatulentos hablan en español; y George Clooney y Angelina Jolie, indefectiblemente, hablan la lengua de los jordis.

A Ríus, estas situaciones le escocían. Y, por eso, tuvo, como diría Luther King, un sueño: soñó con el espacio dejado por un feo cuartel ya derruido convertido en un hermoso parque, el parque de la Ciudadela, y dentro de él, una Exposición Universal. Soñó que la familia real acudía a Barcelona a inaugurar la exposición, y era vitoreada por las calles. Y, nada más despertarse del sueño, decidió que lo haría. Quizá, quizá, se dijo eso que dice mi nunca-suficientemente-admirada Eva Longoria: porque yo lo valgo.

Después de algunos contactos previos con comerciantes e industriales de la zona, Ríus, consciente de que nada era posible sin el concurso de Madrid, a Madrid se vino. Visitó al presidente del gobierno, el liberal Sagasta, quien le dio buenas palabras, pero, probablemente, no estaba pensando sino en darle largas. Sagasta argumentó la delicada situación creada en España con la muerte del rey, que eliminaba toda posibilidad de andar con cachondeos. Ése era el momento que esperaba Ríus: cuando le respondió que lo que él quería era a los Borbones en Barcelona, inaugurando la Exposición, al viejo político liberal le hicieron los ojos chiribitas. Aún así, no dio su brazo a torcer. Citó a Ríus para dos días después, quizá para decirle que se lo había pensado y que pasaba. Pero a los dos días, el alcalde de Barcelona se presentó en el despacho del presidente con el proyecto de la Exposición completo. Hasta el último detalle. Sagasta cedió. El Estado contribuyó a la Exposición Universal con una subvención directa de dos millones de pesetas (un pastón) y la autorización al Ayuntamiento para celebrar un sorteo de la Lotería Nacional a beneficio de la Exposición.

Ríus montó un equipo organizador a su imagen y semejanza, donde era figura cimera su más estrecho colaborador Carlos Pirozzini; y el gobierno, por su parte, nombró comisario regio al más prominente banquero catalán de la época, Manuel Girona. Sin embargo, la organización no fue fácil. En primer lugar, Barcelona y España entera se tomaron aquella historia a beneficio de inventario. La mayoría de los barceloneses pensaban que la Exposición era una cáscara vacía, una iniciativa sin contenido (sí, sí, la Historia se repite constantemente: como el Fórum de las Culturas). Alguien redactó un manifiesto aseverando que la Exposición iba a arruinar a la ciudad, lo tradujo a varios idiomas y lo distribuyó en el extranjero, buscando que los diferentes países decidiesen no venir. Quizá el punto más peligroso para la Exposición fue la defección del líder catalanista Valentí Almirall. Almirall había sido nombrado consejero de la Exposición, pero dimitió en septiembre de 1887, menos de un año antes de la celebración, mediante un durísimo manifiesto público en el que renegaba de la convocatoria por considerar que suponía un triunfo del españolismo (que lo fue, por cierto).

Otro frente de críticas para el Ayuntamiento fueron, cómo no, las obras. Se pensó en levantar un monumento a Colón y, a partir del mismo, abrir un agradable paseo lleno de palmeras. A los barceloneses de hoy les parecerá que la idea es brillante y hermosa; pero han de saber que sus tatarabuelos bautizaron a aquella avenida Paseo de las Escobas, dijeron que las palmeras eran feísimas, que morirían de frío en invierno, y unas cuantas cosas más. Impasible el ademán, el ayuntamiento barcelonés seguía con sus obras y, expandiéndose hacia el Tibidabo, se encontró con un albañal, un barrizal infecto donde además a nadie se le ocurría aventurarse con algo de valor encima, no sé si me entendéis. En aquel lugar lóbrego y asqueroso se levantó la Rambla de Cataluña, y fue obra tan capital e importante que, cuentan las crónicas, los propietarios de la zona, a quienes su urbanización medró en buena medida, quisieron regalarle un solar en la calle a Ríus, que se negó a tomarlo.

La fiebre de la Exposición fue fiebre constructora. En nada menos que 53 días se levantó el Hotel Internacional, en el mismo paseo de Colón. Un edificio de cinco plantas al estilo de los grandes hoteles europeos diseñado para dar alojamiento a los visitantes extranjeros en una ciudad que todavía lo era de fondas y hostales, repleta, pues, de eso que se denomina hoteles de tres arañas. Se convocó un concurso para construir el hotel, pero era tan poco el tiempo que sólo se presentó, en plan sietemachos, un arquitecto, Luis Doménech i Montaner, que cumplió, eso sí, a base de contratar a 222 albañiles y 440 peones, que se dice pronto. Los barceloneses se hacían lenguas. ¡El Hotel Internacional tenía un chef francés! Se llamaba Bourgeois y trabajaba en una cocina enorme, en una de cuyas planchas se podían hacer 400 filetes a la vez. Dado que la concesión para levantar el hotel sólo llegaba al tiempo de la Exposición, al terminar ésta fue derribado.

El arco de triunfo que conmemora la Exposición costó 125.000 pesetas. El Palacio de Bellas Artes, 600.000. El enorme Palacio de la Industria (50.000 metros cuadrados de modernidad), 1.700.000 pesetas. Incluso se construyó un puente, que comunicaba las instalaciones del mar con las de la tierra. Medía 145 metros de largo. Además de palacios, se construyeron quioscos y restaurantes varios, tres montañas rusas, fuentes, cascadas, lagos y estatuas.

La Exposición fue un éxito sin paliativos. Acudieron 6.233 expositores españoles. Lógicamente, quien más aportó fue Barcelona (2.074), seguida de Logroño (456) y Tarragona (302). Hubo pabellones de Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Bolivia, Chile, China, Ecuador, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Japón, Paraguay, Portugal, Turquía, Rusia, Suecia, Noruega, Uruguay y Suiza. La exposición se inauguró el 20 de mayo, pero la familia real española se quedó hasta el 6 de julio. Ríus y Taulet había tenido un sueño, y no había despertado.

A todos nos hace gracia el pasado. Miramos en la tele o en el cine las imágenes de hace casi un siglo, esas tomas de cine aceleradas en las que la gente anda de una forma tan graciosa, y nos da la impresión de estar viendo un mundo pacato, infradesarrollado, en el que no pasaba nada. Sin embargo, esto es incierto no pocas veces, y ésta es una de ellas. La Exposición Universal de 1888 fue para Barcelona y para España un escaparate de oro. Una forma de decirle al mundo que en un país en el que nadie creía, en un lugar que todo el mundo más allá de los Pirineos imaginaba poblado de toreros, navajeros, salteadores de caminos y majas, había muchas personas, físicas y jurídicas, tan hermanadas con el progreso como cualquier otra sociedad europea. En la Exposición de Barcelona, España enseñó sus productos agrícolas, su maquinaria, sus procesos de producción, enseñó sus telas, su siderurgia, su industria de armamento; España enseñó y se enseñó, lo cual quiere decir que dejó bien clara su vocación de subirse al entonces aún débil, traqueteante tren de Europa.

Eso, con todos los respetos, no hay olimpiada que lo iguale.

miércoles, enero 10, 2007

¿Quién mató a Canalejas?

En un reciente post hemos hablado del asesinato de Luis Carrero Blanco, presidente del gobierno en el momento en que la ETA acabó con él. Si alguien repasa los comentarios que provocó este post habrá visto que las teorías conspirativas en torno a este hecho están al cabo de la calle y no son pocos los que creen en ellas. Quizá sea verdad o quizá no. Lo que sí está claro es que cuando un alto dignatario muere inesperada y violentamente, casi siempre cabe esperar que surja la interpretación de que dicha muerte no ha sido ni casualidad ni fruto de las causas que, en un primer análisis, parecen haberla provocado.

Hoy quiero hablaros de otro magnicidio, en la actualidad menos recordado: el de José Canalejas Méndez quien, al morir, en la madrileña Puerta del Sol, era también presidente del Gobierno, como Carrero. Su muerte, como espero explicaros, también está teñida de ciertas sospechas conspirativas.

Canalejas formó gobierno el 9 de febrero de 1910. Su llegada a la máxima magistratura fue consecuencia de la pérdida de confianza del rey, Alfonso XIII, en el anterior presidente, también liberal, Segismundo Moret, a quien ya hemos leído en estos comentarios interviniendo, como ministro, ante las Cortes para presentar la ley que acabó con la esclavitud humana en España. Moret había llegado a la jefatura del gobierno tras echar del mismo a los conservadores de Antonio Maura por la actuación de éstos en la Semana Trágica de Barcelona y, sobre todo, el fusilamiento de Francisco Ferrer Guardia. Sin embargo, en muy poco tiempo Moret, que tenía algo de torpe, dilapidó su capital político, siendo necesario un cambio de gobierno sin que éste perdiese el tinte liberal (de izquierdas, para que nos entendamos).

En realidad, Canalejas no era, como cabría esperar, el número uno de su partido. La Restauración canovista partía de la base de que, en cada turno de gobierno entre los partidos conservador y liberal, gobernaría siempre el líder de cada formación; pero en 1910, así como en el Partido Conservador aún era indiscutido (por poco tiempo) el liderazgo de Antonio Maura, en el Liberal, sin embargo, la cosa ya no estaba tan clara. El partido liberal dinástico, en 1910, había ya olvidado los años del liderazgo único, que prácticamente se circunscriben a aquéllos en los que vivió el fundador de la formación, Práxedes Mateo Sagasta (el único político español que ahora mismo recuerdo con nombre de personaje de culebrón venezolano). El liberalismo dinástico, en los últimos años, acusaba de diversos e intensos personalismos y tenía, en realidad, no uno, sino cuatro líderes: Moret, el conde de Romanones, Canalejas y García Prieto. Tras la caída del primero, como hemos dicho, Canalejas maniobró y pactó con García Prieto su nombramiento como ministro de Estado (hoy Asuntos Exteriores, un destino muy suculento); y con Romanones su ingreso en Instrucción Pública, que llevaba añadida la presidencia de las Cortes algunos meses después (desde donde, como veremos pronto, el conde no tuvo reparo en tocarle los cojoncillos a su teórico jefe de partido).

Según algunos contemporáneos, fue el conde de Romanones, auténtico confidente de palacio en aquellos años, quien lubricó la llegada de Canalejas al poder, pues a Alfonso XIII aquel tipo no le gustaba demasiado por excesivamente, que diríamos hoy, progre. Sobre todo, anticlerical. Se dice que Doña María Cristina, la madre del rey, le dijo a Romanones, el día de la jura de Canalejas: «Por Dios, en usted confiamos». Cabe sospechar, por decirlo mal y pronto, que en Palacio estaban acojonados con la que les podría montar aquel carbonario ferrolano.

Tenemos, pues, a un presidente del gobierno que frisa los cincuenta años, en edad agraz para la política por lo tanto, de convicciones más demócratas que liberales (o sea, a la izquierda de la izquierda, aunque sin dejar de ser burgués). Por todo ello, candidato a entenderse más con la izquierda de su espectro político que con la derecha. Pero no será así. Todo el mundo sabe que la política hace extraños compañeros de cama. El problema de Canalejas no era la oposición, o sea el partido conservador; el problema de Canalejas era su propio partido, en el que había, por lo menos, dos o tres patricios que se sentían con tanto derecho y capacidad para liderar la formación como el propio Canalejas. Factor al que hay que unir su propia evolución, puesto que está bastante claro que, tanto más ejerció el poder Canalejas, más republicano avant la lettre se volvió, y más se convenció de que era necesario colaborar con las fuerzas conservadoras.

Quizá por eso Canalejas, nada más celebrarse las elecciones del 8 de mayo de 1910 (que ganó, claro, porque en aquel entonces las elecciones siempre las ganaba quien las convocaba) lanzó un discurso en el que aseguró al partido conservador que su ministerio se regiría por el riguroso respeto de la ley; afirmación que puede parecer inocente y fatua, pero que ante unos políticos que habían sido apeados del poder por haber, en su opinión, defendido la ley y el orden durante la Semana Trágica, tenía mucho significado.

Ante un parlamento mayoritariamente liberal, con elementos republicanos y aún socialistas, Canalejas dirá cosas tan propias del partido que teóricamente combatía como ésta: «Yo, que no he perdido la serenidad de juicio, hablo desde aquí a todos los obreros españoles y les digo: Os engañan conscientemente los que dicen que estamos preparando una campaña, una guerra. Estamos, sí, haciendo Ejército, robusteciendo instituciones militares, con el apoyo y la fuerza de las Cámaras, para que España no sea débil». El mismísimo José María Aznar firmaría estas palabras, a pesar de que, de haber existido en 1910, habría estado muy alejado de las bancadas de Canalejas en el Parlamento.

Así pues, las palabras de Canalejas, muchas veces, sonaban un poco como si Zapatero hubiese respondido a su victoria electoral del 2004 declarando… su compromiso con la invasión de Iraq.

Que Canalejas tendió una mano al partido conservador lo demuestra también que la afirmación de que sostendría el imperio de la ley recibió la respuesta del líder de la derecha, Antonio Maura, declarando: «Nosotros no somos de aquéllos que cuando les toca no gobernar impiden que los demás gobiernen».

Canalejas, aún así, no renunció a su política liberal. Dictó una real orden sobre libertad de cultos que escandalizó a las fuerzas católicas. Luego continuó con una ley, denominada «del candado», por la que limitaba el crecimiento de las órdenes religiosas, y que provocó la ira del Vaticano, ello a pesar de su moderación de base, pues se limitaba a impedir la creación de nuevas órdenes religiosas en un país, como aquella España, en el que dabas una patada en el suelo y salían veinte órdenes religiosas distintas.

De consecuencias de esta polémica, Canalejas hubo de retirar de Roma al embajador de España ante la Santa Sede, Emilio Ojeda; tan mal se pusieron las cosas. En el fondo de la cuestión estaba la voluntad de Canalejas de renegociar el Concordato entre España y el Vaticano, y ya se sabe que el Vaticano, en cuanto le quieren tocar los concordatos, se pone siempre muy nervioso.

La ley fue aprobada en una maratoniana sesión de las Cortes, de 18 horas, donde los carlistas, y muy especialmente el gallego Vázquez de Mella, practicaron cuanto obstruccionismo fueron capaces. Al final, por cierto, le metieron un gol por la escuadra: en medio de las negociaciones conciliadoras con el Vaticano, Canalejas aceptó una enmienda aparentemente inocente según la cual la ley perdería vigencia si en dos años no se aprobaba una nueva Ley de Asociaciones; cosa que, en una España tan convulsa como aquélla, fue imposible de cumplir.

En todo caso, no son pocos los estudiosos de Canalejas que rechazan la imagen del político como un hombre rabiosamente anticlerical. En primer lugar, su entorno privado era profundamente religioso, a través de su mujer. En segundo lugar, está comprobado que no fueron pocas las iniciativas que tomó para amigarse con el Vaticano (una de ellas a través del líder catalanista, Françesc Cambó, que hizo un viaje a Roma sólo para eso). En tercer lugar, su ausencia de voluntad revanchista, tan usual entre los anticlericales, quedó clara cuando, tras aprobarse la ley del Candado, se negó a secundar la iniciativa de Moret para que se secularizaran los cementerios y la educación. Y cuarto, porque dijo en público cosas como no que no concebía Estado sin religión. Canalejas tiene toda la pinta de ser un político convencido de la esencia católica de España (al estilo de su oponente Cánovas del Castillo, que decía que el catolicismo formaba parte de la Constitución Natural de España), a la vez que empeñado en establecer una separación clara entre Iglesia y Estado. Suya fue la primera norma, si no me equivoco, que estableció la potestad de jurar o prometer en público (excepción hecha de los militares, que siguieron jurando sí o sí).

Una de las frases preferidas de José Canalejas era, me parece a mí, una gran verdad política: «Todo lo que sea forzar la evolución, es destruirla». Quería cambiar España, pero no pintarla de nuevo.

Pues bien: aún y con ésas, aún y a pesar de enfrentarse frontalmente con la bestia negra del progresismo español de inicios del XX, o sea el Vaticano, Canalejas no vio sino acrecer los problemas a su izquierda. En primer lugar, la oposición le llegaba de su propio partido, de Segismundo Moret, que había perdido la presidencia del gobierno y ahora le hostilizaba en las Cortes a través de sus partidarios. Cuando estaba en componendas con Moret para que no le tocase las narices, otro prohombre liberal, Montero Ríos, la emprendió con él por su decisión de facilitar la aprobación de la Mancomunidad Catalana, reivindicada por los nacionalistas de allí.

De hecho, el asunto de Cataluña fue la segunda gran piedra de toque para Canalejas, unida a la ley del Candado y al problema de Marruecos (que, dado que los que iban a la guerra eran los obreros, venía a mezclarse con la creciente movilización proletaria). No sé si porque su padre era oriundo de Barcelona o por convicción política, me parece evidente que los intentos de Canalejas por resolver la cuestión catalana fueron sinceros y hasta valientes. Prat de la Riba, cuando llegó a Madrid para entregarle el proyecto de Mancomunidad, se lo dijo bien claro: «Por la moderación de esta fórmula [la Mancomunidad, en la que el catalanismo se desdijo de sus veleidades soberanistas], por su gubernamentalismo, por su concordia con la opinión general de España, Cataluña ha concebido grandes esperanzas. Que no se conviertan en desengaños».

Por su parte, Cambó lloró la muerte de Canalejas aseverando que España perdía a un gran hombre de Estado y Cataluña a un gran amigo.

En el debate parlamentario, la oposición al proyecto fue orquestada por Romanones (o sea, para que lo pilléis bien: Zapatero se presenta en el Congreso con un proyecto de ley, al que le pone la proa un grupo de diputados … ¡azuzados desde la tribuna por Manuel Marín!). Según diversos relatos, los conspirados liberales llegaron al acuerdo de que, si veían a Canalejas débil, Romanones, que presidía la sesión, se rascaría el sobaco. En ese momento, otro liberal, el diputado Burell, pediría la palabra, que el presidente le otorgaría con generosidad, para atacar frontalmente y a degüello al presidente y a su proyecto de Mancomunidad. Al parecer, la intervención de Canalejas fue tan rotunda que Romanones, calculando la posibilidad de una derrota, se aguantó el picor de la axila sin rascarse. Probablemente, también ayudaron dos emisarios que el presidente del gobierno envió a la tribuna presidencial a decirle cositas al oído al siempre maniobrero conde.

El paroxismo anticanalejista llegó a tal punto que, en esa misma sesión, un diputado liberal demócrata (o sea, como hemos dicho, la izquierda de la izquierda burguesa) realizó un vibrante discurso en el que invocó a los Reyes Católicos, artífices, dijo, de la unidad de España que la Ley de Mancomunidades iba a poner en peligro. Poned Estatuto donde dice Ley de Mancomunidades y seguro que os suena. ¡Ah! ¿Que queréis saber qué diputado era? Pues era don Niceto Alcalá-Zamora, el futuro presidente de la República. Let’s tie this fly by the tail.

Como podéis ver, y ya cantaban los payasos de la tele, no hay nada más lindo que la familia unida...

Los llamados demócratas, gérmenes de los futuros republicanos, así como los socialistas, le reprochaban a Canalejas que se entendiese con los conservadores. Y es que la Semana Trágica había provocado un movimiento de aislamiento del conservadurismo, el famoso ¡Maura, no!, que recuerda mucho al Pacto del Tinell tras las penúltimas elecciones catalanas. Ahora, sin embargo, el ejecutor de dicho pacto parecía entenderse con la formación a la que se buscaba aislar. La actitud de las izquierdas fue violenta, hasta el punto de mediar en ella la convocatoria de tres huelgas generales (en Bilbao, Sevilla y Valencia) y la generación de un clima de agitación social que provocó sucedidos como la huelga de Cullera, que merece que cualquier día le dediquemos un post específico. La declaración por la UGT de la huelga general en toda España (18 de septiembre de 1911) hizo necesario suspender las garantías constitucionales.

En agosto de 1911, una fragata se había rebelado en Tánger, motín de resultas del cual el gobierno decretó (y llevó a cabo) el fusilamiento de un fogonero, Antonio Sánchez Moya. Por aquel entonces, en Barcelona se dieron mueras al rey.

Canalejas se comió el marrón. Por los mentideros periodísticos circuló el rumor de que, de no haber estado el rey en Inglaterra durante los sucesos, Sánchez Moya nunca había sido fusilado. Es decir, toda la responsabilidad recaía en Canalejas. A ello se unió la condena a muerte en la persona de Juan Jover, alias el Chato de Cuqueta, cabecilla de la insurrección de Cullera. A finales de año, Canalejas le dijo a Romanones: «no puedo continuar como un muñeco de pim-pam-pum». A todas luces, se creía, se sabía la piñata de las izquierdas. Y añadió algo muy inquietante a la luz de lo que luego pasó: «Los que inducen a mi asesinato, que lo hagan personalmente, pues sería más digno».

El problema de Marruecos estaba, en 1911, al rojo vivo. Si algo necesitaba, no Canalejas, sino el presidente del gobierno español, era apoyo interno para conseguir respeto externo. Pero no lo tenía. Le faltaba dicho apoyo y le faltaba, además, de los suyos. En no menos de cuatro discursos lo pudo decir más alto, pero no más claro.

El rey, claramente preocupado por la situación revolucionaria, solicita, en noviembre de 1911, su opinión al líder de la oposición conservadora, Antonio Maura. Maura, tal era su costumbre, le responde por escrito, con un papel, conocido como el Memorando de Maura, escrito en su estilo ampuloso y alambicado, pero en el que, sucintamente, repasa los errores que el sistema político ha cometido dando pábulo a las fuerzas más radicales y lejanas de la monarquía (a los que llama facciosos en el documento) y defendiendo, ante el rey, el regreso al viejo sistema de la Restauración, es decir el turno pacífico de dos grandes partidos dinásticos, insinuando la exclusión de los demás al solicitar el fin de «la situación de condescendencia para con las diversas especies de revolucionarios».

Según Juan de la Cierva, que era algo así como el Alfonso Guerra del Felipe González que fue Antonio Maura, por aquel entonces tanto él como su jefe tuvieron preparada una lista completa de ministros y gobernadores, pues les fue anunciado que Canalejas caería y ellos ocuparían el gobierno. El 22 de enero de 1912, el rey recibió a Maura en Palacio, entrevista de la que está comprobado que Canalejas no tenía ni zorra idea (se lo dijeron los periodistas mientras almorzaba en el Ritz con unos políticos santanderinos, y se quedó de piedra). Todo parece indicar que el rey apoyaba un cambio de orientación.

Y Canalejas, además, está cansado. En julio de 1912 se lo confesó a Eduardo Dato, político conservador que acabaría, como él, siendo presidente del gobierno; y acabaría, como él, asesinado. En mayo, en las Cortes, la conjunción republicano-socialista, por boca de Gumersindo de Azcárate, le ha dado la puntilla: en discurso público, los republicano-socialistas han aseverado que, de no ser por la Semana Trágica, el gobierno conservador de Antonio Maura habría sido considerablemente mejor que el de Canalejas.

O sea: Zapatero llega al gobierno. En el gobierno, saca a las tropas de Iraq, legaliza el matrimonio homosexual, elimina la asignatura de religión en las escuelas, aprueba una ley de la memoria histórica, saca adelante el Estatuto catalán, subvenciona siete millones de guarderías, aprueba la ley de dependencia y le declara la guerra a los Estados Unidos. Y todo lo que consigue, después de eso, es que el ala izquierda de su partido se levante en el Congreso y diga que, de no ser por la guerra de Iraq, ¡los gobiernos de Aznar habrían sido mucho mejores que el suyo!

No me digáis que no es como para pensar: que os den por el c…

A las nueve de la mañana del 12 de noviembre de 1912, José Canalejas está en su casa, afeitándose (o, más bien, le están afeitando) mientras departe con sus amigos y colaboradores los asuntos del día. A las diez menos algo, se traslada en automóvil al Palacio Real con el alcalde de Madrid, Ruiz Giménez. A las diez y media, estaba de nuevo en su casa, y se dirigió al ministerio de la Gobernación, a presidir el Consejo de Ministros. Eran otros tiempos: fue a pie, y sin escolta (no le gustaba); o, más exactamente, con una exigua escolta siguiéndolo a prudente distancia. Remontó Huertas hasta la plaza del Ángel, luego la calle de Espoz y Mina hasta la Puerta del Sol, donde se paró a estudiar el escaparate de la librería San Martín.

En la Puerta del Sol estaba también Manuel Pardinas, un anarquista llegado de América, según la policía, para matar a Alfonso XIII. Esa mañana, los reyes iban a ir al Retiro, a una exposición de crisantemos (sic) y tenían que pasar por ahí. Podría ser que Pardinas quisiera matar al rey (aunque, como veremos, también se consolidó la teoría de que siempre fue a por Canalejas), pero vio al presidente del gobierno ahí, tan cerca, y decidió llevárselo por delante. Le disparó en la sien, a quemarropa, y luego inició una corta huida, pues tras dar unos pasos se suicidó.

Hasta ahí la Historia. Más allá, quedan las dudas, las preguntas, y las teorías. Veamos.

¿Era común que un terrorista anarquista que matara con pistola se suicidase, inmolase decimos hoy, en el mismo lugar del crimen? Bueno, esto sí que tiene su lógica, porque lo cierto es que Pardinas disparó contra sí mismo cuando se vio medio rodeado y comprobó que un transeúnte (Víctor Galán, conserje de La Filarmónica) se le echaba encima y que un policía le daba caza. Quizá se mató para evitar un posible linchamiento.

¿Por qué hablaba Canalejas, antes de su muerte, de las personas que querían su asesinato, y les conminaba a que diesen la cara públicamente? No podía referirse a los anarquistas, pues la voluntad de los anarquistas de cargarse a los mandamases burgueses no era cosa que estuviese oculta al conocimiento de nadie, así pues no demandaba de publicidad alguna.

¿A quién quería dejar Canalejas el gobierno? ¿A Moret, que le había puesto todas las zancadillas posibles? ¿A Romanones, que le negó el apoyo a su Ley de Mancomunidades hasta que a la cuenta atrás no le quedan ni diez segundos? ¿A Montero Ríos, que había maniobrado para echarle? ¿A los republicano-socialistas, que le habían montado una tangana en 1911 de la que resultó la suspensión de garantías constitucionales y el fusilamiento de dos activistas y, además, le echaban flores a Maura?

¿O, tal vez, al partido conservador que, con la lógica excepción de la cuestión religiosa, se había mostrado más bien no beligerante con él, tratándole de dejar gobernar; al partido conservador, que, según todos los indicios, era el que estaba en el deseo del rey?

Y, por cierto: ¿quién gobernó tras el asesinato de Canalejas? Pues los liberales, es decir, el partido que iba a perder el poder, según todas las trazas.

A las preguntas cabe añadir las inquietantes cosas que con el tiempo destapó la investigación del asesinato. A todas luces, Canalejas se sabía amenazado, y amenazado además por la persona de Pardinas, pues algunos días antes de su muerte le confesó a su mujer que estaba cabreado porque la policía española le había perdido la pista. Sin embargo, como suele ocurrir en estas cosas, este tal Pardinas, a pesar de estar buscado por la policía en España y en el mundo, pudo colocarse sin problemas como pintor en las obras del hotel Palace e incluso, según le confesó a su amigo y casero Emilio Corona, unos días antes había estado en el Congreso, sin que se llegase a averiguar, a ciencia cierta, quién le franqueó el paso. Asimismo, también se supo que el día anterior, a las dos de la tarde, Pardinas fue visto vigilando la puerta del chalet que en la calle Abascal tenía el escultor Mariano Benlliure. Y es un hecho que aquel mediodía los Canalejas visitaron al artista; pero lo que no se pudo saber es cómo llegó a Pardinas, insistimos un anarquista sin oficio ni beneficio y, además, perseguido por la policía, una información tan precisa.

Pardinas había llegado a España tras un amplio y costoso periplo por Europa y América, cuya financiación nunca quedó clara. Además, existen indicios de que el día antes de matar a Canalejas podría haber recibido una cantidad de dinero: a pesar de confesarse no fumador ni bebedor ni amigo de ningún vicio (algo típico de algunos anarquistas de la época, que querían ser puros como cartujos), la tarde-noche antes del asesinato se presentó en el café Mercantil, en la calle Ancha de San Bernardo, donde se apioló un vermú carísimo (francés, marca Susinis), varios coñás y, no contento con todo eso, amagó con invitar a copas a los 22 músicos de la banda que allí estaba tocando. Tampoco se sabe nada de la misteriosa mujer con que estuvo en el bar Sol, justo al lado del lugar donde mataría a Canalejas, pocos minutos antes de perpetrar el crimen.

Los indicios más claros hablaban de una reunión en Tampa, Florida, en la que elementos anarquistas y, diríamos hoy, antisistema, debatieron la posibilidad de matar al rey Alfonso. Decidieron que ese asesinato no serviría de nada, pues habría regencia, y por eso decidieron ir a por algún político principal, y eligieron a Canalejas.

Esa es la versión más o menos oficial. Pero, ¿quién mató a Canalejas? Otra preguntilla para el que quiera calentarse la cabeza.

lunes, diciembre 11, 2006

La Semana Trágica de Barcelona

Una de las categorías del conocimiento, del histórico también, son esos hechos de cuya existencia todo el mundo sabe, aunque pocos sabrían decir exactamente en qué consistieron. Entre estos casos se encuentra, creo yo, la Semana Trágica de Barcelona. Mi experiencia me dice que casi todo el mundo ha oído hablar de ella, pero apenas sabe el par de cosas que de ella se decían en su libro de Historia del bachillerato. La Semana Trágica fue de gran importancia para la Historia de España, y es por ello que merece la pena repasarla un poco, aunque sea por encima.

Esto fue, pues, muy telegráficamente, lo que pasó.

En el año 1909, pues tal fue el que albergó esta algarada, la Restauración cuenta con más de treinta años ya de existencia. Es cierto que el rey que reina ya no es el mismo, pues Alfonso XII ya está muerto y ha sido sucedido por su hijo, Alfonso XIII, aún joven. Pero permanece el sistema puesto en marcha por Cánovas del Castillo, muy de corte anglosajón, basado en el turno pacífico de dos grandes partidos, el conservador y el liberal. Los dos arquitectos del bipartidismo civilizado, Cánovas y Sagasta, han muerto ya. Al frente del liberalismo se encuentra un político provecto, Segismundo Moret, quien siente ya en su nuca el aliento de otro político liberal entonces joven que aprovechará, en los próximos años, su gran cercanía con el rey para urdir mil maniobras; se trata de Álvaro de Figueroa, conde de Romanones.

En el campo conservador, a la herencia de Cánovas y de Francisco Silvela se ha seguido la de un político originariamente liberal: Antonio Maura. Maura manda en el partido conservador y el partido conservador es el que gobierna. La segunda gran pieza de ese gobierno, tras su cabeza, es el ministro que hoy denominaríamos del Interior, Juan de la Cierva. De la Cierva es un hombre de ideas claramente conservadoras y muy amigo del orden; es, un poco, el Fraga Iribarne de su tiempo.

Hasta 1909, y aunque ha habido algunos episodios chuscos (algún día escribiremos sobre el debate de investidura más corto de la Historia y de la inacabable moral del marqués de la Vega de Armijo), el turno entre los dos partidos más o menos se ha respetado. Pero se romperá en 1909. Y será a causa de la Semana Trágica.

España es un país hasta cierto punto agostado. Hay síntomas muy preocupantes. Por ejemplo, los ejércitos modernos, como el inglés, el francés o el alemán, registran entonces una tasa de un oficial por cada 20 soldados, más o menos; en el español hay un oficial por cada 5 o 6 soldados. El país tiene una caterva de 60.000 funcionarios, un montón, de los cuales la mitad son… sacerdotes, pues España es un país católico y confesional en el que quienes dicen misa cobran por ello, como cobra quien extiende los certificados de penales. La nómina pública tiene a un maestro o catedrático por cada seis curas. Se hace un padrón en Madrid, del que resulta una población de 595.586 personas.

España sestea. Hasta el 9 de julio, cuando estalla la guerra.

Ese día, un grupo de marroquíes ataca y mata a unos obreros de las obras del ferrocarril de Melilla. El comandante de las tropas de Melilla contesta atacando a los moros hasta hacerlos retroceder, no sin antes sufrir la muerte de un oficial y de varios soldados. Esta acción provocará el inicio de la guerra de Marruecos, cuyo clímax, el desastre de Annual, provocará, dentro de 14 años, el golpe de Estado del general Primo de Rivera.

La guerra de Marruecos, como problema social, no es, como podría serlo hoy, un problema entre pacifistas y belicistas. Lo que emponzoñará la vida de España desde aquel día hasta el final de las hostilidades es la intrínseca discriminación existente en la recluta de soldados.

Unos ochenta años antes de los hechos que relatamos, un personaje bastante conocido de la Historia de España, Juan Álvarez Mendizábal (el de la desamortización), había llegado a la presidencia del gobierno (1835) en unas condiciones harto complicadas a causa de la sangría de la primera guerra carlista. En el intento de allegar recursos para dicha guerra, Mendizábal inventó una medida transitoria que habría de durar décadas: un impuesto sobre el servicio militar. El sujeto pasivo de dicho impuesto era quienes, debiendo combatir, no lo hacían, e importaba la suma (fabulosa) de entre 1.000 a 4.000 reales, más un caballo en buen estado. En la práctica, esta medida transitoria provocó que, durante todo el siglo XIX y parte del XX, la guerra (o el servicio militar, en tiempo de paz) fuese un sangrante ejemplo de clasismo: los ricos, que podían pagar el impuesto, se quedaban en casa; y los pobres pechaban con el fusil y con la muerte. De estos tiempos son la costumbre de algunos padres de poner a sus hijos nombre de mujer (Cruz o Rosario eran nombres de hombre relativamente comunes) y un seguro de vida específico, el seguro de quintas, que era un producto de capitalización que los padres comenzaban a acopiar al nacimiento del hijo varón con el objetivo de que, pasados los años, el ahorro hubiese alcanzado la magnitud del impuesto, para librarle de la guerra. En el lenguaje de la época se comenzó a hablar de los cuotas, tal era el nombre que recibían los jóvenes burgueses que se libraban del servicio mediante el pago del impuesto.

El primer error del gobierno fue disponer, el mismo día 10 de julio, la movilización de la Brigada Mixta de Cataluña.

De todas las regiones de España, Cataluña era la más indicada para la movilización (tenía muchas tropas, un puerto grande y barcos en él), pero la menos, al mismo tiempo. La guerra era cosa de pobres y si había un lugar en el que los pobres estaban organizados y tenían conciencia de clase, ése era la industriosa y relativamente próspera Cataluña (relativamente próspera porque en 1909 vivía una situación de paro endémico, causado por el bajo precio internacional de los productos textiles, que también le echó gasolina a la hoguera). Para colmo, el coordinador de toda la historia bélica había de ser el ministro de la Guerra, el general Linares, quien antes de ser ministro había sido… capitán general de Cataluña. Tiró de donde sabía que había.

El 14 de julio, embarcó hacia Melilla el Batallón de Cazadores de Barcelona, al que siguieron los batallones de Mérida, de Alba de Tormes, de Alfonso XII y de Cazadores de Estella. El día 18 embarcó, por su parte, el Batallón de Cazadores de Reus, compuesto íntegramente por soldados catalanes. Se armó la de Dios.

Era domingo (otra torpeza gubernamental). En un muelle tomado por la policía, las esposas de los soldados, pues muchos estaban casados, lloraban a gritos. Desde la popa del barco, los mismos soldados que iban movilizados gritaban mueras a la policía, a Maura, a Romanones y a la guerra, siendo aclamados por el público en los muelles. Los obreros, desde los muelles, gritan: «¡Tirad los fusiles! ¡Que vayan los cuotas! ¡Que vayan los hijos de Comillas y Güell! (alusión a dos de los principales accionistas del ferrocarril de Melilla)». Ya el día 14, en el primer embarque, unas damas católicas habían llevado medallas de santos a los Cazadores de Barcelona y éstos las habían tirado al mar, desdeñosamente. En los mitines que inmediatamente celebraron socialistas y anarquistas en toda Cataluña, los discursos se ven acompañados por los gritos desgarradores de las mujeres.

El gobierno, en todo caso, no se toma en serio las cosas. El 21 de julio, los diputados de la Esquerra piden la apertura urgente de las Cortes, y La Cierva les contesta tomándolos a chirigota. En realidad, no es desprecio, sino antigüedad: hasta el siglo XX, todo lo que apañaba un gobierno para empezar una guerra era la opinión de los países vecinos y del propio ejército; a eso que llamamos el pueblo no se le había preguntado nunca y aquella vez tampoco se le preguntó.

El 18 de julio (de 1909, obviously), la Federación Socialista de Cataluña votó la huelga general. El día 20, socialistas y anarquistas convocaron juntos un histórico mitin en Tarrasa, del que salió un comunicado en el que se afirmaba el derecho de los marroquíes a su independencia, se llamaba a la huelga general, se decían cosas como que a los reunidos se la sudaba que en Marruecos prevaleciese la media luna sobre la cruz y se hacían propuestas como, cito textualmente, «que se formen regimientos de curas y frailes, que a más de estar interesados en los triunfos de la religión católica, no tienen ni familia ni hogar, y no producen la menor utilidad al país». Era gobernador de Barcelona Ossorio y Gallardo, un liberal de mente abierta que acabaría en las filas republicanas. Prohibió las reuniones preparatorias de la huelga, pero aún así éstas se celebraron de forma más o menos clandestina y el domingo 25 bajaron a Barcelona obreros de Sabadell, de Tarrasa, de Igualada y de Badalona, que estaban, a las doce de la noche, todos apiñados en la sede de la Casa del Pueblo, en la calle Nueva de San Francisco. Los activistas obreros, consiguieron, a eso de la una, dar esquinazo al policía que les vigilaba, que se fue a redactar un informe bastante tranquilizador, mientras ellos se reunían en una chocolatería para preparar, nunca mejor dicho, el pastel.

El lunes, 26 de julio, amanece la Semana Trágica de Barcelona con un montón de líderes obreros estratégicamente dispuestos por la ciudad, pasando a todo el mundo la consigna de no trabajar. La SEAT del momento, o sea la Hispano-Suiza, se declara en huelga ese mismo día. Los piquetes logran acojonar a los carreteros, con lo que la huelga consigue paralizar el tráfico de la ciudad. De Madrid se exige represión. Ossorio se niega. Su negativa se convierte en dimisión. En Barcelona manda el ejército. A primera hora de la tarde, los tranvías vuelven a las cocheras. La huelga general es del cien por cien. Comienza la violencia. En los barrios extremos de la ciudad y en la Barcelona gótica se levantan barricadas.

A pesar de ser la Semana Trágica un movimiento sin cabeza ni planificación (sus propios impulsores no creían en las posibilidades de triunfo de la huelga), de lunes a jueves, hasta que llegan tropas de refresco, la calle es de la protesta. Primero, la huelga se extiende a Sabadell, a Mataró, a Granollers, Manresa y Tarrasa; luego se vuelan puentes y vías férreas, en un intento de incomunicar Cataluña del resto de España para evitar el envío de tropas. Los huelguistas vuelan las estaciones eléctricas, dejan Barcelona sin gas, rompen casi todos los 7.000 faroles públicos. Se quemaron conventos e iglesias. Sin embargo, no hay una estrategia; los huelguistas no tienen una acción coordinada para hacerse con los edificios cruciales, o con las fábricas. Al revés que otras movilizaciones que vivirá España bien pronto, ésta de la Semana Trágica es, tan sólo, un puñetazo en la mesa. Y, después de eso, nada.

En total, entre alzados y paseantes, murieron 104 personas. Hubo 296 heridos. Sólo en el barrio de Gracia se levantaron 76 barricadas. 21 de las 56 iglesias de la ciudad fueron incendiadas, y 30 de los 75 conventos. El único barrio por donde no pasó la Semana Trágica fue Sarriá, defendido, desde el primer día, por el entonces relativamente numeroso carlismo catalán.

Se practicaron centenares de detenciones, algunas de las cuales pasaron a la jurisdicción militar. Pero, de todos los procesos, uno destacará especialmente: el de Francisco Ferrer Guardia.

Ferrer Guardia era un anarquista que dirigía una denominada Escuela Moderna y de quien se dijo, en la época de los sucesos que hoy cuento, que había tenido algunas connivencias con Mateo Morral, el anarquista que trató de matar a Alfonso XIII; incluso se insinuó que había participado en dicho atentado, pero que su rastro había desaparecido misteriosamente de las actuaciones judiciales realizadas sobre el mismo.

Ferrer participó en la Semana Trágica; pero de ahí a decir que la organizó hay un trecho muy difícil de recorrer que el gobierno Maura-La Cierva, sin embargo, recorrió sin problemas. El programa de Ferrer, que escribió en un pasquín, recoge todos los tópicos del anarquismo vehemente de la época: abolición de las leyes, expulsión de las órdenes religiosas, disolución de los tribunales y del ejército, derribo de las iglesias, expropiación de la banca… No obstante, Ferrer no tenía madera de Lenin, ni de lejos.

La condena a muerte de este conspirador fue, a todas luces, exagerada. Así lo entendió media Europa y, de hecho, dicha condena provocó en todo el continente una corriente de solidaridad con el condenado y de antiespañolismo que no tiene nada que envidiarle a los años de Olof Palme recogiendo firmas contra Franco por los fusilamientos de militantes de ETA y FRAP, o, algunos años antes, el escándalo organizado en torno al fusilamiento de Julián Grimau. Para muchos europeos, Ferrer fue fusilado, en la madrugada del 13 de agosto de 1909, por defender la escuela laica; la leyenda negra española en estado puro.

La Semana Trágica, o más concretamente el fusilamiento de Francisco Ferrer, marca un antes y un después para España. Son un montón las cosas que no vuelven a ser iguales. En primer lugar, el anarcosindicalismo será dotado de un mártir y de una voluntad de organización de la que antes carecía. Sobre el cadáver de Ferrer comienza a construirse la CNT que diseñará, en buena parte, el triste futuro de España en las tres décadas siguientes. En segundo lugar, el escándalo de la ejecución de Ferrer acabará con el gobierno Maura y acabará, de hecho, con algo mucho más importante: con el turno pacífico pues, desde entonces, el partido liberal, que hasta ese momento ha sido un aliado de los conservadores contra los partidos republicanos y obreros, construirá una conjunción con los primeros que cristalizará en 1930 en el Pacto de San Sebastián. Ni siquiera Cataluña se libra de las consecuencias. La muerte de Ferrer supone la voladura de Solidaritat Catalana, la conjunción de fuerzas nacionalistas generada alrededor del catalanismo altoburgués de la Lliga, que no sólo no hizo nada por apoyar la Semana Trágica, sino que celebró su represión. El nacionalismo de izquierdas nace de esa decepción y, durante el resto del siglo, ya no hará otra cosa que crecer.

El 20 de octubre de aquel año, en las Cortes, Segismundo Moret reclama a Maura que dimita. Maura se niega, seguro en su mayoría, pues la matemática parlamentaria está de su lado. Moret ataca al ministro La Cierva, acusándole de ser excesivamente cruel con Barcelona. Éste le contesta que la política de blandenguería ante la revolución la practicó Moret en 1906 y le acusa de haber conseguido, con esa actitud, provocar el atentado de Mateo Morral contra el rey (debe recordarse que esta bomba mató a 23 personas del público). Una acusación muy dura. Los liberales nunca la perdonarán.

A las palabras de La Cierva se sigue un gran escándalo. Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, espeta: «Yo hablaré mañana, porque no hay más remedio que hablar, y ya veré si es el último discurso que hago como monárquico». El general Luque, que luego será ministro de la guerra, afirma: «yo no tengo de monárquico ni el canto de un duro y, a poco que me aprieten, tiro también el duro».

Ya he dicho que la matemática parlamentaria estaba con Maura. Pero en la España de 1909 había algo de más importancia que los votos de las Cortes.

Cuando, algunas horas después, Antonio Maura se encuentra frente al rey Alfonso XIII, éste le estrecha la mano y le dice: «¿Viene usted solo? Ya sabía yo que iba usted a prestar un gran servicio a la Patria y ala monarquía. ¿Qué le parece Moret como sucesor?»

La suerte está echada. Desde ese día, el turno de partidos de la Restauración está ya, de alguna manera, muerto, y en España comienza otro ciclo histórico, que acabará causando centenares de miles de muertos.

Y todo eso por no saber, por no querer entender un grito muy sencillo: no a la guerra.