viernes, julio 24, 2026

La caída de Arias

 

Hoy empiezo mis vacaciones. Así que ya nos veremos de nuevo en septiembre.


En 1976, las cosas no estaban tan claras. Es lo que Ricardo de la Cierva llamó “el triple cortocircuito” que afectaba al concepto de moda desde la muerte de Franco: la Reforma. El primer obstáculo era la figura del primer ministro, Carlos Arias Navarro. Arias, o más bien Antonio Carro, había sido, meses atrás, el pim pam pún de los franquistas del búnker, los irredentos de la dictadura, por haber impulsado la Ley de Reforma Política que creaba asociaciones políticas e incluso pretendía que los alcaldes fuesen votados por sus vecinos. Pero eso eran cosas pasadas. Ahora que se daban cuenta de que Franco había nombrado un sucesor que no era de su palo, a los del búnker, el hombre otrora odiado se les había convertido en la última esperanza blanca. Y Arias, un franquista convencido, jugaba ese papel con fruición.

El segundo cortocircuito provenía de la decisión por parte de Juan Carlos de colocar como presidente de las Cortes a Torcuato Fernández Miranda; una figura que no podía sino exacerbar las inquietudes de los más conservadores. Y, por último, estaba la oposición política, que también se convertía en obstáculo para la evolución a causa del primer cortocircuito, ya que pronto tuvo claro que de Arias no podía esperar gran cosa.

En medio de todo esto, la economía se derrumbaba. En 1976, la crisis del petróleo estaba en todo lo gordo, y lo cierto es que en los años anteriores España, por orden de su jefe del Estado (“hagan ustedes lo que quieran, pero no toquen el precio de la gasolina”), no había hecho los deberes, que ahora se le acumulaban. Para colmo, en aquel gobierno Arias el elegido para pilotar la política económica no fue la mejor idea. Juan Miguel Villar Mir sabía hacer dinero y, de hecho, consolidó una carrera muy provechosa como empresario; pero, quizás precisamente por eso, no tenía madera de ministro de Economía. En términos actuales, se podría decir que gobernaba para el Ibex (cosa que han hecho y hacen, todavía, muchos dirigentes empresariales; Garamierdi, sin ir más lejos); eso quiere decir que se dejaba bastante más de medio país por fuera del radar, como si se tuvieran que buscar la vida. A Villar Mir le dimitían los altos funcionarios de su ministerio a capazos y, de hecho, la inmensa mayoría de los economistas le ponía a parir. Villar Mir parecía no entender (sólo lo parecía, pues lo sabía bien) las muchas cosas que un país se juega en su balanza de pagos; o que hacía falta una política monetaria restrictiva para parar la inflación desbocada. La información de que el IPC había crecido el 4% en un solo mes estuvo congelada en las cajoneras del poder durante quince días. Pocas veces como entonces, cuando menos hasta la famosa Champions League de José Luis Rodríguez Zapatero, se divorciaron más la economía y oficial y la real. El gobierno se empeñaba en sacar buenas cifras del cajón de la macroeconomía, mientras la gente veía que perdía su empleo y, si lo conservaba, tenía que enfrentarse al hecho de que sueldo no era capaz de crecer al mismo ritmo que los precios.

En medio de todo este ambiente, 1976 se acabaría desplegando como uno de los años más sangrientos de nuestra Historia, como ya he contado. El logro de un marco de convivencia en el País Vasco cada vez se aventuraba más complicado, en medio de un enfrentamiento cainita entre extremas izquierda y derecha. Algunas voces hablan de un regreso de las evasiones masivas de capitales que ya se produjeron algunos años antes.

En este contexto es en el que se produjo un hito del que hoy se habla poco, pero que en su momento fue fundamental: el viaje de los reyes a Washington, Nueva York y Santo Domingo. Juan Carlos intervino ante las cámaras estadounidenses reunidas en sesión conjunta, y triunfó con un discurso en el que anunciaba los cambios de su país. Hubo un escándalo, porque la revista política Cambio 16 publicó una portada en la que se veía a Juan Carlos bailando en plan Fred Astaire; interpretación que no le gustó nada a La Zarzuela; lo dice todo de la sicología felpúdica que el rey no se diese cuenta del favor que intentaron hacerle, y le hicieron, Juan Tomás de Salas, Ricardo Utrilla y José Oneto, los hombres que estaban en ese momento al frente de la revista.

Los monarcas estaban de nuevo en España el 5 de junio. Durante ese viaje, aunque esto obviamente sólo lo sabe él, Juan Carlos tejió compromisos y con seguridad hizo promesas. Y para entonces tenía muy claro que Carlos Arias no era persona en la que pudiese confiar para llevarlas a cabo. Los periodistas mejor informados, pues, comenzaron a publicar que el presidente del gobierno estaba acabado.

El 9 de junio, sin embargo, el búnker dio un postrer rabotazo, hoy olvidado: las Cortes (ésas que acabarían, con Suárez, por aprobar la Ley de Reforma Política) esta vez rechazaron el proyecto de ley de reforma del Código Penal. Este tema puede parecer baladí, pero no lo es, porque el Código Penal era la principal herramienta que tenía el franquismo para reprimir la existencia de partidos o movimientos políticos organizados fuera del Movimiento. España, pues, entraba en una abierta contradicción, llamando a una pluralidad que su legislación condenaba con la cárcel. La votación, en puridad, no se perdió. Arias se hizo un Pedro Sánchez y, viendo que no tendría los votos, retiró la papela. Pero esto es algo que Juan Carlos yo creo que nunca le perdonó, pues hasta las votaciones perdidas tienen la virtud de poner negro sobre blanco qué culos están limpios y cuáles no.

Evidentemente, aquellos tiempos no eran éstos. Un gobierno pos franquista no sobrevivía fácilmente a una derrota parlamentaria. De hecho, en la democracia orgánica las Cortes no tumban gobiernos. Aquello fue el segundo contradiós: primero generar una situación de legalidad schrödingeriana (según la ley que leyeses, formar un partido político era legal, o no); y, ahora, se daba la situación antidemocrática de que unas Cortes orgánicas (porque no eran democráticas) se cargaban un gobierno.

El búnker seguía aprovechando las esquinas de poder que le quedaban. El Consejo Nacional del Movimiento, un órgano que todavía formaba parte de la legalidad seudo constitucional del país, se reunió para dar notaría de la propuesta de disolución del Movimiento; y la rechazó. No han faltado historiadores e historiatrices que se hayan refocilado en este detalle, que si la ceguera del franquismo, que si tal. Pero, la verdad, paraos a pensarlo: una cosa que se llama Consejo Nacional del Movimiento... ¿va a asumir ante la Historia la responsabilidad de disolver el Movimiento? Hombre, a mí me parece que la actitud lógicamente gallarda aquí es decir: a mí, que me disuelvan.

En el final del mes de junio, la atención informativa se centra en Italia, donde hay elecciones. Se habla de que la Democracia Cristiana se va a dar una hostia (nunca mejor dicho) del cuarenta y dos; pero, finalmente, los católicos aguantan bastante bien el envite, con el resultado de mantener la inestabilidad política crónica. El relativo no-fracaso de la DC italiana tiene su importancia porque sirvió un poco de trampantojo en España sobre las posibilidades de la democracia cristiana española. Los hechos posteriores, que nosotros conocemos pues somos sus hijos y nietos, han demostrado que el experimento demócrata cristiano, al fin y al cabo un meconio muy propio de la pos guerra mundial, llegó a España muy tarde y, por lo tanto, nunca tuvo más posibilidad de tocar poder que escondido dentro de montajes partidarios más generales; como esas lajas de salchichas que le pones al perro en las rajas de su pelota de goma. Pero eso no se sabía en aquel momento. En aquel momento, todo el mundo era consciente de que la democracia cristiana española era una ideología cuyas posibilidades eran ignotas, porque había sido preterida por Franco y por el odio personal que le tenía a la primera figura de dicho partido, el siempre porculero José María Gil-Robles.

Cuando resultó que la democracia cristiana aguantaba en Italia, hubo personas que pensaron que desde la caja de Giulio Andreotti, presidente del denominado “gobierno Andreotti III”, que se formó con los comunistas casi lamiéndole la nuca, podría manar la pasta y el apoyo internacional hacia la democracia cristiana española.

La pista, sin embargo, estaba más cerca. En abril de 1976, las elecciones en Portugal las había ganado el Partido Socialista, con Mario Soares a la cabeza. Pero el verdadero paso se dio en aquel mes de junio de 1976, cuando el país escogió como presidente al general Antonio Ramalho Eanes, que contó, en la campaña, con el apoyo de los socialistas, del PPD, partido de centro-derecha, y del CDS (democristianos). Esta coalición un poco contra natura consolidó lo que en su momento se llamo “el giro atlántico-derechista” de Portugal. Porque el país, desde la revolución de los claveles, estaba como sobre un tejado de dos aguas. Podía caer del lado de las políticas revolucionarias que propugnaba la poderosa izquierda lusa (el comunismo de Alvaro Cunhal sería el último apoyo del sovietismo en Europa occidental); o podía convertirse (en términos históricos: seguir siendo) una nación atlantista, integrada en la OTAN, con un sistema parlamentario liberal, respeto a la propiedad privada y tal. En junio de 1976, la elección de Ramalho Eanes dejó claro de qué lado “caía” Portugal. Y todo el mundo con dos dedos de frente entendió que por esa pendiente acabaría deslizándose España, pues hasta Franco defendía la idea de que lo que pasaba en Portugal, acababa pasando en el resto de la península.

Carlos Arias fue cesado el primero de julio. Un ejemplo más de que los tiempos de la política, como los de la guerra, son diferentes a los de la calle. En junio, todo el mundo había esperado el cese de Mr. “Españoles, Franco ha muerto”. Como la gente que no tiene ni puta idea (y es que todos tenemos miles de ámbitos de los que no tenemos ni puta idea) tiende a pensar que las cosas, en materia política, se pueden apañar en dos minutos, el hecho de que en junio no había pasado nada les convenció de que el rey y Fernández Miranda, o no querían, o no podían, con Arias; o que, tal vez, habían pensado que podían pilotar el cambio. Como la cosa se prolongó, la mayoría de los cronistas políticos del momento se acabó por bajar de la teoría, con la quizá única excepción de Yale, Felipe Navarro García, padre de la escritora Julia Navarro, quien nunca dejó de decir y de escribir que el rey estaba presto a soltar el aldabonazo.

Las razones del cese yo creo que han quedado claras en los comentarios anteriores. Arias Navarro nunca comprendió que un primer ministro nunca triunfa si no tiene al ministro adecuado en el caserón de Alcalá 9 o en Castellana 162 (porque el ministro de Economía, según cómo se conforme el gobierno, puede tener ese privilegio de elegir). Villar Mir hizo mucho por segar la hierba que pisaba su jefe, alejado de eso que hoy llamamos los interlocutores sociales, cuando casi lo primero que hizo Enrique Fuentes Quintana fue sentarlos en la misma mesa. Por lo demás, cuando los procuradores en Cortes enviaron el nuevo Código Penal al corral y el Consejo Nacional del Movimiento se negó a certificar la donación del piso, a Juan Carlos le quedó claro que aquel tipo no le servía para lo que él lo necesitaba. Como guinda del pastel, Arias no era un tipo mediático. Esto no cabe reprochárselo, porque era de otra generación. Pero lo cierto es que en su última aparición en televisión española como presidente del gobierno estuvo, como era normal en él, perifrástico, nebuloso y desordenado, como un catedrático próximo a la jubilación que ha vivido mejores horas; y el país entero se lo reprochó.

La competición era otra que la que hoy se imagina. O, dicho de otra manera, ni Adolfo Suárez ni los que con el tiempo se considerarían suaristas tuvieron algo que ver en el fulgor y muerte de Joaquín Murrieta-Arias Navarro. Suárez, en ese momento, calentaba banquillo sin saber, en puridad, qué banquillo calentaba. La jugada era otra.

Juan Carlos tenía encima de la mesa tres nombres: Fraga, Areilza y Osorio. A Areilza, Fraga le había hecho la envolvente aquel año, dejándolo fuera de la pista, pero no muerto. El eterno candidato, que se rascaría las heridas fundando la Alianza Popular, de casada Partido Popular, tenía, sin embargo, menos posibilidades de las que creía tener. Tanto aquellos momentos como los que vendrían con el tiempo yo creo que han dejado claro que el Borbón y Fraga nunca tuvieron lo que se dice una relación especialmente estrecha; y Juan Carlos no quería gentes que pudiera manejar, entre otras cosas porque creo que no tenía muy claro, en ese momento, adónde pretendía ir; pero lo que sí quería, al menos, era personas que no intentasen manejarle a él.

El verdadero tapadillo del momento fue Antonio Osorio. De hecho, se diría que toda la crisis que dio con los huesos de Arias en la oficina del Inem, se hizo para hacerlo presidente, de iure o de facto. Osorio le caía bien al ejército, con todas las reservas que ponen siempre los generales a la hora de sentir simpatía por alguien que no sabe desmontar un Cetme. Le caía bien a la gran banca, siendo como era un hombre, diríamos hoy, del Ibex de toda la vida de Dios. Y le caía bien a “los lópeces”, como en ese momento se conocía a la vertiente más joven de la tecnocracia del tardofranquismo. Vuelve el Opus, anunciaba, por esas fechas, La Gaceta Ilustrada; de nuevo ese error de establecer una causalidad entre la tecnocracia y el movimiento religioso de Josemaría Escrivá de Balaguer; cuando, en realidad, lo que había era correlación. Los lópeces (Jose María López de Letona y Gregorio López Bravo al frente) representaban a una parte fundamental del franquismo más maleable, de la goma Eva del general. Los tipos que lo mismo podían ser buitre que palomi. La oferta, para Zarzuela, era seductora. Esa gente se podía entender muy bien con el Departamento de Estado estadounidense; y si algo tenía claro Felpudo tras su viaje, era que eso resultaba fundamental.

Los osorios, como podríamos denominarlos (pues, como te acabo de decir, ese candidato era muchas personas detrás de él; siempre lo son, pues el mundo está petado de Koldos); los osorios, digo, pensaron que, caído Arias, sería posible nombrar un presidente del gobierno de su cuerda, y que ni Fraga ni Areilza tendrían cuerda para reaccionar. Fraga, al parecer, se las tuvo tiesas en las reuniones del consejo de ministros con el vicepresidente, teniente general Fernando de Santiago y Díaz de Mendivil; a De Santiago no le gustaban nada las formas fraguistas, forjadas en su embajada londinense, de buen rollito frente a la oposición al franquismo. Los osorios, pues, probablemente calcularon que, si tumbaban a Fraga, el ejército ayudaría a tomar la píldora en Moncloa y que Areilza (cuando peor, mejor) apoyaría el movimiento.

El conde de Motrico, sin embargo, con gusto o sin él, había tragado mucha bilis con el franquismo. Empezando por un discurso en Bilbao nada más terminar la guerra, de retórica infumable, que si no recuerdo mal suele recensionar mucho Iñaki Anasgasti; y terminando por las muchas mierdas que como ministro y embajador tuvo que gestionar.

Areilza creía sonada su hora. Sabía que el montaje del juancarlismo vivía, en gran medida, de la solidaridad y el apoyo internacionales; y él era, junto con Castiella, el hombre que más sabía de esas lides en la España de las cuatro décadas anteriores. Claro, la palabra clave es anteriores.

Por qué Osorio no entró o no quiso entrar en la batalla final, eso es algo que no termino de tener claro. Pero siempre cabe la posibilidad de que, tras jugar sus cartas y perder, porque JC no lo quería, Areilza se las arreglase para, en venganza, bajarlo de la terna. Quizás tenga también que ver con que Osorio siempre tuvo la ambición de gobernar sin exposiciones; también hay que tener en cuenta que, tras la experiencia Arias-Villar Mir, cabe pensar que Juan Carlos no era muy partidario de un candidato enmoquetado. Sea como sea, la terna final fue: Adolfo Suárez, Federico Silva Muñoz y Gregorio López Bravo. La supervivencia del régimen residía, sobre todo, en López Bravo; el hombre destinado a construir el sueño de la tecnocracia: un seudo franquismo sin Falange, con el rey recibiendo flores de las cofradías marianas y celebrando los goles de España en el mundial en plan Sandro Pertini.

Silva Muñoz era un señor del régimen; pero era una incógnita. Ni los demócratas sabían hasta dónde podía llegar; y ése mismo era el pensamiento del búnker.

La jugada de Fernández Miranda se ha analizado muchas veces. Y más que deberán analizarse, porque, verdaderamente, la peripecia de un político que casi pasó de gobernador civil de segunda a presidente del gobierno, tiene su aquél. Yo creo que la realidad es muy simple. Quien tenía un proyecto era el rey con Miranda. Con ninguno de los otros posibles colaboradores: Osorio, Fraga, Areilza, López Bravo, Silva, podían aspirar a tener a alguien maleable.

Eso sí, con Suárez en el gobierno, habrían de descubrir que nunca se encuentra un político maleable. Pero eso, literalmente, es otra historia.

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