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miércoles, noviembre 02, 2022

Off topic estalinista


 


Hola, buenas. 


Esta entrada es un off topic, expresión ésta que creo ya está en desuso en la red pero que yo sigo usando. El caso es que ayer concluí que había una cosa que tenía que consultar con vosotros, los lectores. Y eso es lo que voy a hacer en este momento.

martes, octubre 07, 2014

Los cinco errores de la ministra Mato

Ayer por la tarde me vi, desde la ceca hasta La Meca, la rueda de prensa de la ministra de Sanidad, Ana Mato, con el tema de la infección por ébola de una enfermera. Lo que siguen son algunas reflexiones personales sobre lo que vi, aunque diré, así, de entrada, que difícilmente se puede preparar peor una comparecencia pública como aquélla.

Creo que la ministra, o su equipo, cometió ayer por la tarde muchos errores. Sin embargo, para no aburrir, he intentado resumirlos al máximo y, finalmente, se me han quedado en cinco. Los cinco errores de la ministra Mato. Aquí están, después de la publicidad:

martes, noviembre 30, 2010

¿Por qué tanta WikiSorpresa?

Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord es tenido por muchos como el prototipo del diplomático. Esto es así, sobre todo, por las muchas peripecias que pasó la Francia de la Revolución Francesa, el Imperio napoleónico y más allá, a todas o casi todas de las cuales supo el buen Carlos Mauricio sobrevivir. Una anécdota de Talleyrand cuenta que, en cierta ocasión, cenaba en un acto oficial en compañía de la emperatriz, señora de Bonaparte. Josefina, queriendo poner en un aprieto al siempre correcto diplomático, le planteó la siguiente frequently asked question: «Si vos fuéseis es un barco con el emperador y yo y el barco se hundiese, ¿a quién salvaríais primero»? Talleyrand sorbió su copa, se tomó dos segundos para pensar y, luego, le dijo a la emperatriz: «Estoy seguro, Majestad, de que nadáis como un pez». 

miércoles, noviembre 24, 2010

Un toque pesimista

En los tiempos de la Transición, en Barcelona, como en otros muchos lugares de España, circulaban los manifiestos como churros. Se hacían manifiestos por todo y para todo, manifiestos que tenían más éxito cuantos más firmantes tenían pero, sobre todo, cuantos más firmantes de los habituales conseguían. En Cataluña, según tienen contado personajes de la época, era habitual que, cuando un contacto que pasaba un manifiesto a la firma, te dijera: «Ya lo han firmado Llach y Lluch». En efecto, cualquier manifiesto que se preciase debía llevar la firma de Lluis Lach y su interminable estaca, y el hoy llorado Ernest Lluch.

La realidad no ha cambiado. Hoy por hoy, en España, un manifiesto, para serlo, tiene que llevar firmas como la de Pedro Almodóvar o Willy (sic) Toledo. De lo contrario, la prensa casi ni se ocupa del asunto. Hace pocos días, un grupo de 100 economistas publicó un manifiesto sobre la reforma del sistema español de pensiones y otro sobre la reforma laboral. Apenas se ha tenido noticia del asunto. Días atrás, asimismo, otro grupo de empresarios y académicos ha publicado lo que denominan la Declaración TransformaEspaña, en la que tratan de tomar posición ante la encrucijada histórica en la que, según el manifiesto, está el país. El espacio dedicado por los medios a estos folios ha sido menos de la mitad del que le habrían dedicado a un manifiesto firmado por Pedro Almodóvar y Willy (sic) Toledo contra la extinción del somormujo petirrojo de los bosques de las islas Vanuatu o sobre el cambio climático. Porque, por lo visto, y para pasmo de escépticos, el riesgo de que dentro de cien años la temperatura de la Tierra haya subido en no sé cuántos grados es más cierto que el riesgo de que nuestro mercado laboral o de pensiones descarrilen a causa de esa entelequia metafísica llamada crisis económica.

Ambos manifiestos, y sobre todo el último de los citados, tienen, sin embargo, y casi diría que independientemente de su contenido, importancia. Porque es verdad que España está, hoy por hoy, en una encrucijada histórica. Fundamentalmente histórico-económica, pero también con otros matices. En esta hora, a mi modo de ver, el país se divide en dos partes bien delimitadas: los que son capaces de ver esto, y los que no lo ven. Y en el tamaño de estas dos mitades es mucho lo que nos estamos jugando.

No hablaré de los manifiestos, que cualquiera puede leerlos y sacar sus consecuencias. Creo que lo que compete a este blog, que lo es de Historia aunque de vez en cuando se marque algún off topic, es señalar algunos aspectos que, a mi modo de ver, se observan en el devenir histórico de España como proyecto, y que deben tenerse en cuenta a la hora de analizar la hora presente, que es hora comprometida.

Empezando por el principio, el primer problema de España es que su historia muestra y demuestra nuestra escasa capacidad para el consenso. La otra gran crisis económica mundial se produjo en los años treinta. La reacción en países con hondas tradiciones democráticas, y estoy pensando en Reino Unido, fueron los gobiernos de concentración nacional en los que, bajo el liderazgo del partido más votado, existían amplios niveles de colaboración, todo lo crítica que se quiera, en los aspectos nucleares de la crisis. La Historia de España, sin embargo, se caracteriza por el enfrentamiento entre posiciones. Tuvo que llegar una situación tan especial e irrepetible (esperemos) como el final de la larguísima dictadura militar para que España fuese capaz de quebrar esta tendencia en los Pactos de la Moncloa.

Una crisis como la que vivimos demanda soluciones muy dolorosas. Demanda, fundamentalmente, que cosas que hoy el Estado está dando deje de darlas, o deje de darlas en las condiciones de coste objetivo que hoy tienen. Seamos claros. Lo que el futuro ofrece son cosas como el copago por la sanidad, tasas de sustitución de las pensiones más bajas, tipos impositivos al alza, menos subvenciones, menos ayudas. Al contrario de lo que se pensó en un primer momento de la crisis, cuando se iba a refundar el capitalismo y todas aquellas declaraciones tan rimbombantes, el Estado, de esta crisis, no saldrá más gordo, sino todo lo contrario. Y la cosa tiene su lógica, porque lo que nos ha enseñado la crisis es que hay que evitar los riesgos sistémicos; hay que evitar que alguien (un banco, por ejemplo), por ser muy grande, pueda, al caer, arrastrar en su caída a otros muchos. Pero, si hay que evitar los riesgos sistémicos, ¿por qué pensaremos que los Estados no pueden serlo? O sea, ¿qué haría más daño a la economía mundial: el colapso del Banco Santander, o el colapso del Estado chino?

Ningún partido político, en democracia, suele tener el apoyo de más del 45% de la población, y de ese porcentaje no menos de 15 puntos son volátiles, es decir están formados por personas que pueden perfectamente votar a otro. En estas circunstancias, ningún partido político en su sano juicio electoral abordará la implantación de esas soluciones dolorosas; le va su supervivencia en ello.

España es un país escasamente reformista por esta razón. La Historia nos demuestra que las reformas avanzan a tirones, con frenos y marchas atrás constantes, al albur del momento político-electoral. Esto es así porque cada vez que un partido en el gobierno se ha planteado realizar una reforma profunda ni se le ha pasado por la cabeza acordarla con la oposición; ni a la oposición se le ocurre, siquiera por un minuto, tener otra actitud que esperar su momento en el machito para cargársela. La Constitución de la II República es un muy buen ejemplo de este efecto.

Otra consecuencia de esta desunión calculada es que el país muestra cierta torpeza a la hora de enfrentar las verdaderas crisis, normalmente porque las enfrenta con enormes dosis de populismo. A mi modo de ver, la única crisis económica de gran calado que España supo enfrentar bien, aparte aquélla para la cual los Pactos de la Moncloa fueron la purga, fue la derivada de la pérdida de las últimas colonias; y es por esa habilidad que Raimundo Fernández Villaverde tiene su nombre inscrito en una de las principales vías de Madrid. Sin embargo, la crisis del 29 se afrontó de forma desunida y populachera, fiándolo todo a que las importantes reservas de oro del país daban margen para hacer unas cuantas, que se dice en mi tierra, conachadas, lo que generó un paro obrero de la pitri mitri, especialmente en el campo, fenómeno que no es en absoluto ajeno a lo que luego pasó. La crisis del Yon Kippur, asimismo, se enfrentó con altísimas dosis de populismo. Hagan lo que crean conveniente, les decía Franco a sus ministros en el Consejo, pero no suban el precio de la gasolina. Los españoles pagamos carísimo el hecho de que el viejo general no fuese capaz de entender que cuando los costes de algo suben, su precio ha de hacerlo en consecuencia, o la economía se sangra. El petróleo no es como un recluta, no obedece órdenes de mando.

El segundo problema es que nuestro modelo de competitividad está en crisis. Cada país es un modelo de negocio en sí mismo. No estoy hablando de eso de la vocación sectorial, que si la construcción o las energías renovables. Estoy hablando del modelo ecosocial que permite a un país situarse en el entorno internacional como destino atractivo para la inversión. El modelo tradicional español, que duró siglos, era el de una economía fundamentalmente exportadora que basaba buena parte de su riqueza en los réditos obtenidos en sus riquísimas colonias. En el siglo XIX, los proteccionistas catalanes se desgañitaron escribiendo páginas y páginas clamando por la escasa industrialización del país y anunciando que, yendo como iba el mundo, esa falta de industria nacional sería la debacle. Y no se equivocaron.

España tuvo que reinventarse económicamente hablando después de 1898, en un parto lento y dificultoso. Tras la segunda guerra mundial, con el desarrollo económico de Europa, escogió un modelo económico basado en una mano de obra barata que, tras la llegada de los primeros años del PSOE y de la mano del ministro Boyer, se combinó con una radical liberalización de las condiciones para la inversión extranjera. Ese modelo ha aportado notables dividendos desde que en 1986 entramos en la Comunidad Económica Europea, pero se ha acabado. Hoy por hoy, la hora/hombre hispana empalidece en sus costes frente a la hora/hombre letona, y eso sin entrar en el pequeño detalle de que el letón tiende a trabajar más horas. Si vemos las cosas desde un punto de vista global y metemos a China en el bombo, ya podemos ir suicidándonos.

Teóricamente, todo modelo de mano de obra barata se acaba reconvirtiendo, conforme el país se autofinancia con las ganancias, en un modelo distinto basado en la excelencia. Dicho coloquialmente: un productor alemán de teléfonos empieza por instalarse en España porque los trabajadores cobran poco comparativamente con el alemán, pero termina quedándose porque los ingenieros españoles son capaces de diseñar procesos que fabrican teléfonos mucho mejores en mucho menos tiempo.

Y aquí es donde España, en el entorno del último cuarto de siglo, ha fallado. Los últimos 25 años del siglo XX tenían que haber sido los del despegue del sistema educativo español, pero han sido los de su derrumbe. España no ha solucionado ninguna de las deudas históricas de su educación (la más visible de ellas, el dominio de la koiné internacional, hace décadas el francés, hoy el inglés, como segundo idioma) y ha generado otras nuevas. La apuesta educativa española no sólo ha reducido dramáticamente el nivel de exigencia, sino que ha fallado como modelo porque su output son profesionales focalizados (personas que, básicamente, sólo saben de ciencias, o sólo saben de letras, etc.), cuando para cualquier observador avezado le es palmario, desde hace muchos años, que al profesional de éxito se le exige, cada vez más, que sea multidisciplinar. Como ejemplo claro, en el mundo de la empresa de hoy hay cienes de cienes de cienes de cienes de ejecutivos que tienen que estar adecuadamente versados, a la vez, de temas técnicos (por ejemplo, ingenieriles) y jurídicos.

A mi modo de ver, un buen sistema educativo se asemeja a la pieza de un automóvil. El fabricante de un cigüeñal utiliza la competición deportiva, donde esa pieza es sometida a un estrés muy superior al normal de la carretera, para afinar su diseño. Parte de la base, cierta, de que un cigüeñal que es capaz de soportar 10.000 kilómetros en condiciones extremas será capaz de soportar tranquilamente 500.000 kilómetros en condiciones normales. Puesto que los educandos no hacen otra cosa que estudiar (wishful thinking), la escuela se concibe como esa competición donde el cigüeñal es sometido a un estrés específico, que sirve como garantía de que en el mundo laboral seguirá respondiendo.

Éste es, más o menos, el modelo Moyano, que imperó en España durante mucho tiempo, aunque con una prevalencia de las Humanidades que hoy tiene menos justificación, más una serie de medidas relativas al maestro, basadas en principios tan sencillos como que aquél que va a examinar es lógico que se examine antes para demostrar que puede. El actual modelo educativo, en cambio, ha dado la vuelta a la tortilla. Hoy, la escuela es la tranquila vida muelle del coche que se limita a ir y volver del trabajo todos los días; y el mundo laboral es la competición rabiosa. Como consecuencia, lo normal es que, a la segunda o tercera carrera, el cigüeñal se parta en dos.

España tiene que modificar su sistema educativo con absoluta urgencia si quiere poder presentar dentro de diez años un entorno de oferta de capital humano distinto al que ofrece hoy. La crisis es un lago muy profundo. El actual sistema educativo ya no nos puede ayudar a salir del agua, pero el futuro sistema educativo sí nos puede ayudar a secarnos pronto cuando hayamos salido. Si otros se secan antes que nosotros, permaneceremos mojados y cogeremos una (otra) pulmonía.

La reforma educativa no es, además, un asunto sólo de conocimientos. Debería ser, en realidad, la espadaña de otra discusión histórica en la que parecemos no querer entrar a fondo, y es la discusión en torno a los valores que queremos defender. Hace décadas, la cuestión religiosa estaba el centro de este debate; hoy yo creo que no, pero eso no quiere decir que no haya debate.

Cabe preguntarse, por ejemplo, por qué, en España, es delito ser rico. A mi modo de ver, éste es un fenómeno que tiene mucho que ver con la aproximación esencialmente ácrata que ha tenido siempre el pensamiento social de izquierdas en nuestro país, y que nos distingue de casi todos nuestros vecinos, excepción hecha de Italia. El éxito económico, en España, no sólo es algo atacable, sino que es inmoral; y éste es un precepto que sonará bien extraño a cualquier británico, holandés o alemán a quien se lo contemos.

Pero en la reforma educativa encontramos otro problema. ¿Reformar el sistema educativo? Tenga usted en cuenta, señor escribidor, que eso es cosa de las autonomías. Lo cual nos lleva al temita del modelo de Estado.

Otro mal histórico de España, de la España contemporánea, ha sido su excesiva dependencia de las reivindicaciones regionales. Ya Felipe IV se encontró en Barcelona con unas instituciones aragonesas abiertamente hostiles a participar en la financiación de sus acromegálicos gastos bélicos. En el siglo XIX, como es bien sabido, crecieron los particularismos nacionalistas, que acabaron convirtiéndose en el lobby de mayor poder en el país. Terminada la primera guerra mundial, en un momento dulce económicamente hablando pero que paradójicamente colocaba al país a las puertas de una crisis económica tan previsible como grave, un ministro con razonables conocimientos hacendísticos, Santiago Alba, diseñó el que pudo ser el primer sistema fiscal a la empresa realmente moderno. Hasta entonces, el gravamen sobre la actividad económica era fundamentalmente indirecto (el odiado impuesto decimonónico sobre consumos), pero en 1919 ya era bastante evidente que la fiscalidad de la actividad también había de ir hacia el generador del valor añadido, es decir la empresa. Vascos y catalanes, que obviamente estaban llamados a ser los principales paganos de la reforma, le pusieron la proa y la enviaron a dormir el sueño de los justos.

Cuando un grupo de españoles se reunió en 1930 en San Sebastián con la intención, no tanto de diseñar la transición a la República, como de discutir la modernización de España, la mayor parte de su tertulia se consumió en una sola cosa: dar suficientes garantías para las reivindicaciones de los nacionalistas catalanes, allí presentes. Y qué decir de la Transición política, proceso en el cual dos grandes elementos como son el sistema electoral y la propia organización del Estado son el resultado de la tensión con los nacionalismos.

Hay que repensar la relación entre Estado central y autonomías. Desde las Bases de Manresa y la Ley Paccionada hasta aquí, hemos ensayado un montón de modelos, y casi ninguno ha funcionado (probablemente, el más exitoso es el Fuero navarro; pero tiene el problema de que no es exportable, y ahí está el conflicto con los vascos, conflicto económico me refiero, para demostrarlo). Tampoco ha funcionado el centralismo: nosotros, los españoles, que le dimos una buena patada en su rojo culo al francés, no somos jacobinos. Somos güelfos, y poco más.

Pero es urgente que definamos quién define en España la política económica y, sobre todo, hasta dónde llegan sus prerrogativas derivadas de ello. Porque de nada sirve decir que es el gobierno central el que debe marcar la estrategia, si luego la ejecución por parte de quienes gastan y actúan en la economía es libre. Un ejemplo muy sencillo: si mañana el gobierno español decide que los tiempos no están como para gastar en un Ministerio de Cultura, ¿tiene o no tiene potestad para cerrar las consejerías de Cultura de las comunidades autónomas? Y qué decir de la urgentísima reforma del sistema educativo...

Yo sí creo, en definitiva, que estamos en una encrucijada histórica. Pero, al contrario que los participantes en TransformaEspaña, la verdad es que no soy optimista. Todo lo contrario. España es un país muy creativo y trabajador. Pero tiene también otra característica, y es que tiene una elevadísima propensión a persistir en sus errores. Para que el repensamiento que es necesario se pudiese llevar a cabo, necesitaríamos ser mil veces más autocríticos de lo que somos.

Un ejemplo de lo que digo. La mayoría de nosotros, los españoles, nos descojonamos de la risa con series como The Simpsons, Family Guy o American Dad; las tres son series enormemente críticas con los Estados Unidos, con su sociedad, con su Historia, con su forma de ser; series que no dejan títere con cabeza y en las que aparece hasta el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, motejado comúnmente de tonto del culo o cosa parecida. E, insisto, nos parecen cojonudas.

Pero de lo que no nos damos cuenta es de que en España sería imposible realizar una serie así. Imagine el lector lo que pasaría al día siguiente de que en un episodio apareciese Montilla robando carteras en el Metro de Madrid; o Núñez Feijóo dando discursos públicos en gallego y luego viendo en casa películas de Xan das Bolas haciendo de pailán de pueblo y riéndose de él; o Cándido Méndez aprovechando que un mendigo parado está dormido para robarle un jersey. Puede argumentarse que ese tipo de humor ácido existe en España, y se suele poner en ejemplo de Vaya Semanita. Pero no olvidemos que en ese programa los vascos se ríen de los vascos. Los mismos vascos que se descojonan viéndolo pondrían la el grito en el cielo si esos mismos sketch los elaborase, un suponer, la televisión andaluza.

Las personas que no repiten sus errores son aquéllas que tienen capacidad de ser autocríticas y de poner en solfa sus propios presupuestos mentales. Lo que, a mi modo de ver, demuestra la Historia, es que no es, desgraciadamente, nuestro caso.

jueves, noviembre 18, 2010

¿El fin del gallardoneo?

Puede que estemos asistiendo al fin del gallardoneo, o puede que no. Todo se reduce a la pregunta de si el peso de 7.000 millones de euros, en este momento impagables, va a hundir o no a la persona de este conspicuo político, que nunca ha escondido la altura y anchura de sus ambiciones. Pero, en todo caso, leyendo las noticias sobre la materia que hoy se publican, yo al menos tengo cierta sensación de final de ciclo. En política el camino nunca se termina porque las instituciones son eternas; pero eso no quiere decir que no haya ciclos. Yo veo en lo que leo el fin del gallardoneo.

El general Primo de Rivera, dictador de España, usaba el verbo borbonear para definir aquellas situaciones en las que Alfonso XIII pretendía metérsela por detrás. «A mí éste no me borbonea», le oían decir sus colaboradores, aunque una cosa es predicar y otra dar trigo, pues, al fin y a la postre, el ilustre coronado se la metió. El gallardoneo puede pensarse como algo parecido, es decir la acción de buscarse la vida en favor de unas ambiciones personales a través del cargo ostentado. Alberto Ruiz Gallardón tiene para sí una ambición política, y es obvio que se cree lo suficientemente capaz y lo suficientemente joven como para perseguirla. Hace ya muchos años que debió concluir que mandar en Madrid, sólo se manda si se manda en España, así pues hizo de las instituciones madrileñas su trampolín particular. Lo intentó con la Comunidad de Madrid pero, como en aquel entonces la CAM tenía menos competencias, ergo manejaba menos pasta, prefirió dar un salto al Ayuntamiento de Madrid, desde donde ha intentado forjarse una imagen de verso suelto de derechas, be water my friend, eficiente logrador de retos difíciles. Lo malo es que los retos no los ha conseguido (la Olimpiada será en Londres y en Río) y ahora tiene que pagarlos. Y, como digo, ya veremos si la hipoteca acaba o no con él.

Pero la cuestión del gallardoneo es bastante más que la ambición de un tipo. De ser sólo eso, no creo que escribiese ni una línea. La cuestión Gallardón es, de alguna manera, la expresión de algo que tiene una honda raigambre en nuestra Historia, que es una enorme asignatura pendiente de España como proyecto: integrar adecuadamente en la estructura esa figura llamada ayuntamiento.

Se podría decir que en la Historia moderna de España los ayuntamientos han sido protagonistas de primer nivel. El hecho de que se nos diga y se nos repita que Móstoles fue la primera institución española que le declaró la guerra al odiado francés (tan odiado que nos ha dejado a una de sus familias colocadas en Zarzuela) demuestra bien a las claras que en la que llamamos guerra de la Independencia el poder local, a falta de otro muy probablemente, tuvo un papel primario. Éste fue el primer gran pecado de los ayuntamientos: demostrar que eran capaces de ser fuertes y hacer cosas. En cuanto Fernando VII, ese rey tan injustamente no decapitado, pisó España y comenzó a albergar el proyecto de volver a rehabilitar España, para entonces una Sagrada Familia inconclusa, para que volviese a ser la pirámide de Keops que siempre había sido, tuvo claro que a los ayuntamientos les tenía que negar el pan, la sal, la playstation y hasta el Hemoal.

En realidad, en el siglo XIX todo conspiró en contra de los ayuntamientos. Por el lado regalista, los borbones tenían muy claro que ellos no le llegaban a Napoleón ni al extremo inferior de los testículos, así pues los movimientos populares que echaron al hermano de Pepe Botella del país bien podrían echarlos a ellos (y no erraban: lo hemos hecho ya dos veces). Por el lado liberal, sus hondas raíces jacobinas, en España bastante jacoboinas, impulsaban al liberalismo patrio a ser, como fue, fuertemente centralista, como bien saben los catalanes decimonónicos, que no se sabe muy bien si eran proteccionistas porque eran nacionalistas, o eran nacionalistas porque eran proteccionistas. Por último, el localismo tuvo la desgracia de ser abrazado por la gran ideología perdedora del siglo, que no es otra que el tradicionalismo trabucaire y meapilas de los diferentes carlismos. Con el foralismo vasco, que al fin y al cabo se basa en los privilegios medievales, cayó el municipalismo, que al fin y al cabo busca su legitimidad histórica en los mismos hechos. Sólo los navarros, y eso por lo paccionadamente listos que son, se libraron de la quema.

Con todo, la gran, gran desgracia del municipalismo español se llama I República. La República Federal Española de 1873 es un sueño de Francisco Pi y Margall. Si hubiese creído en la parapsicología y lo metanormal, quizá don Françesc se habría dado cuenta que tener por apellido un número que llaman irracional era una señal del Cielo. El señor Pi, con sus infinitos decimales que nunca se repiten, era un gran pensador, pero al fin y a la postre un pensador irracional. Nunca reflexionó en serio sobre la diferencia entre describir en un papel la Ínsula Barataria y gobernarla de verdad.

Pi y Margall soñó una España proudhoniana que nunca había existido, y nunca existió. Una España formada por la acumulación de libres contratos de adhesión de las personas, los barrios, las aldeas, las ciudades, las provincias y finalmente las regiones. El poder estatal, lejos de ser lo que había sido hasta entonces, es decir un poder en sí mismo que irradiaba a sus ciudadanos, era tan sólo el resultado de las pequeñas cesiones de poder hechas por los individuos desde la base; y quien da, puede quitar. En la práctica, el pimargalismo venía a suponer un municipalismo exacerbado. El poder residía en los ayuntamientos.

A Pi, como a todos los intelectuales de alguna forma influidos por las ideas anarquistas, que son más roussonianas que las mismísimas obras de Rousseau, las cuentas le salían porque creía que los actores del Estado Federal serían fieles y, por lo tanto, respetarían el contrato con el Estado. Pero la deriva de la I República, incluyendo el asuntillo de Cartagena, la proclamación nocturna de la república sevillana, los varios intentos de irse a tomar vientos por parte de los catalanes et altera, demuestra a las claras que erraba.

La caída de la I República entierra el municipalismo español bajo una losa de granito cuyo epitafio dice: «tengo problemas más graves». Desde aquel día no ha levantado cabeza. Ya en la propia República, el pimargalismo es barrido por el castelarismo. Castelar creía que la República Federal es un régimen en el que el Estado, fuente primera y única del poder, lo cede, de una forma más o menos graciosa, a otras instituciones que están más abajo en la pirámide. El autonomismo actual es vástago de esa rama; quizá sólo por casualidad, la avenida Pi i Margall de Madrid se llama hoy Gran Vía, pero la plaza de Castelar conserva su nombre.

Durante gran parte del siglo XX, y muy especialmente durante el franquismo, ser alcalde no era gran cosa. Que hubo alcaldes que fueron realmente famosos, como el inolvidable edil condal Porcioles, nadie lo duda. Pero en los tiempos de la Restauración, de la II República y, sobre todo, en los tiempos de Franco, todo el mundo sabía que para medrar, lo que había que ser es gobernador civil. Los gobernadores civiles eran mucho más necesarios porque en sus manos estaba la manipulación electoral; y, cuando dejó de haber elecciones, sus funciones dentro del Movimiento Nacional, o sea sus prerrogativas como mandamases locales del partido único, hacían que, cuando gentes ambiciosas como Adolfo Suárez buscaban acomodo, no pensaran en ser alcaldes, pese a la estabilidad en el empleo, sino gobernadores civiles; Suárez lo fue de Segovia, si no me falla la memoria. Es obvio que hubo alcaldes que cambiaron la fisonomía de sus ciudades. Pero era un empleo que lucía poco y que, sin embargo, se prestaba a múltiples críticas de las que la nomenklatura franquista se libraba. Hoy nadie recuerda a Arespacochaga, el alcalde que cavó el túnel bajo la plaza Mayor de Madrid; pero él, allá donde esté, seguro que se sigue acordando de los progenitores de todos los que le pusieron a parir.

Para alcalde valía cualquiera. Cuando Franco entró en Barcelona, hizo nombrar alcalde a un capitán del ejército. Anécdota que se presta al chiste de que tal vez fue así porque la cabra de la Legión estaba, como de costumbre, demasiado mamada.

La llegada de la democracia cambió las cosas. Aunque menos. Ya en las postrimerías del franquismo, en su entonces famoso Espíritu del 12 de febrero, AKA El cambio lampedusiano hacia la democracia dictatorial, Moisés Franco Bahamonde, por boca de su portavoz Aarón Arias Navarro, ofreció a los españoles ávidos de libertad la zanahoria de que podrían elegir directamente a sus alcaldes. El dato lo dice todo de la importancia que se le daba en El Pardo a la institución local, que hasta pensaban que podía ser electiva (ergo pestilente). Por razón de este trato entre desinteresado y malintencionado, cuando llegó la democracia, a los ayuntamientos los pilló sin demasiada tradición de mando, carentes de una Hacienda propia, totalmente dependientes de Madrid y sin atractivo para la clase política. Para colmo la Transición, al reinventar un castelarismo con suficientes elementos de pimargalismo como para mantener contentos a vascos y catalanes, saca a pasear el concepto de autonomía, a ratos histórica a ratos no, y lo mete en medio. A los ayuntamientos, ahora que podían tocar pelo, van y les ponen una carabina. Y la carabina empieza a zampar bollos y a engordar que lo flipas.

Esta situación, en extremo negativa, fue cambiada, dada la vuelta diría yo, por los dos inventores del gallardoneo, ambos políticos en mayor o menor medida preteridos por los centros de poder de sus partidos. Pasqual Maragall en Barcelona, y Enrique Tierno Galván en Madrid. El caso más evidente es el de Tierno. Es colocado en la cúspide de la lista socialista por Madrid porque quienes mandan en el PSOE no quieren zascandileando por la política nacional a un tipo que puede contar muchas cosas de los tiempos en los que resistir al franquismo era un riesgo auténtico y a ellos, los jefes del momento, no se les veía por asambleas y cenáculos. Tierno estorba, y como es un tipo al que le gustan mucho las jugadas estéticas y representativas, se piensa que el papel de ir por la vida inaugurando fuentes le gustará. Además, lo designan para perder.

Pero Tierno gana. De una forma un tanto extraña y bipartita, pero gana. Y no sólo gana, sino que descubre que, cuando se manda en una ciudad suficientemente grande, en realidad se cuenta con resortes mil para convertirse en un personaje de alta relevancia.

Es evidente que Tierno jamás pensó en competir contra González por el liderazgo del PSOE. Pero también es evidente que el día que González o Zapatero tengan la desgracia de dar el último suspiro, no tendrán, ni de coña, los funerales que tuvo Tierno, con todo el pueblo de Madrid llorándole. El Viejo Profesor, como era llamado este extraño socialista que recibió al Papa en Madrid hablándole en latín, labró un nuevo modo de gobierno municipal. Bueno, no tan nuevo, pues uno de sus pilares básicos, que es gastarse la pasta gansa organizándole a los madrileños unas fiestas de puta madre, no se aparta ni medio milímetro del panem et circenses de hace 2.000 años.

Tierno, que quería ser joven, se debió comprar un día un disco de los Kinks y escuchó aquella canción que se llama Give the people what they want. Y allí encontró su mantra. Bajo la presión de Tiernos, Margalles, tiernitos y margallitos, los ayuntamientos se convirtieron en plataformas de servicios dependientes de la demanda de los ciudadanos. Una política que ha generado una confusión de la pitri mitri entre los poderes públicos españoles, pues ha provocado que todos hagan de todo, y es por eso que en España hay ministerio nacional de Educación, consejerías regionales de Educación, y concejalías locales de Educación; obvio es que dos de estas tres administraciones están haciendo algo que no deben; pero, en puridad, no sabemos bien cuáles. Y así nos va en la España de hoy, un país en que podemos encontrar, en cualquier ciudad de tamaño mediano, hasta cinco tipos distintos de residencias de ancianos; de dependencia estatal, de dependencia autonómica, de dependencia local, de dependencia privada sin ánimo de lucro, y de dependencia privada con ánimo de lucro.

Esta tendencia, en todo caso, alumbró el gallardoneo, es decir, el aprovechamiento del poder local en beneficio de la carrera política de quien lo ostenta. Pasqual Maragall acabó gobernando Cataluña, sin ir más lejos. Rosa Aguilar tampoco puede decir que le haya ido mal. Mi paisano Paco Vázquez es embajador del Estado del que supongo le gustaría ser jefe (si Dios hubiese querido). Qué decir de Jesús Gil (if I say you are black, then you are black), o su replicante Julián Muñoz. Hasta el Dioni, si no recuerdo mal, quiso ser alcalde de El Molar... Es lógico que Gallardón se mirase al espejo y dijese: «Espejito, espejito, ¿por qué no yo?»

La clave de todo, sin embargo, está donde siempre: en la caja. La autonomía municipal sólo es posible, en puridad, si existe autonomía fiscal. Si no existe autonomía fiscal, los ayuntamientos tiran con pólvora del rey, con lo que se condenan a sufrir crisis de financiación periódicas, como de hecho ha pasado ya varias veces desde 1976. La primera norma contra la demagogia del gobernante nos dice que, para que pueda comprar caramelos para los niños, deba antes cobrárselos a sus padres. Si puede comprar los caramelos sin subir los impuestos, entonces, en lugar de comprar humildes peta-zetas, comprará pasteles de la mejor calidad.

Los 7.000 millones de deuda del Ayuntamiento de Madrid son el reflejo, además de una gestión en cuya calificación no entraré, el fin de ese ciclo. La crisis ecofinanciera, que ha acabado con tantas cosas, parece querer acabar con el gallardoneo.

Puede, por lo tanto, que esté sonando la hora de alcaldes quizá más oscuros, quizá menos vistosos para debates televisivos y entrevistas en la radio, pero más dados a tener las calles limpias, las fuentes manando agua, los perros con correa, los botellones bajo control...; esas cositas que hacen las gentes que gestionan.

O puede que lo haya pasado tan bien escribiendo este post que ahora mismo esté siendo objeto de un ataque de optimismo.

viernes, noviembre 05, 2010

Lectura electrónica

La lectura electrónica es una cosa que, para mí, tiene luces y tiene sombras. Pero que tiene potencial para cambiar completamente el panorama de la cultura, es algo que no tiene, a mi modo de ver, discusión.

Vaya por delante que mi experiencia como consumidor es bastante negativa. A principios de octubre, por mi cumpleaños, mi costilla me compró un lector de libros electrónicos. El último modelo de El Corte Inglés. Conseguí conectarlo a mi wi-fi pero jamás conseguí darlo de alta en una cosa que se llama Adobe-no-sé-qué, y que era imprescindible para poder bajarme libros sin conectarme a ningún ordenador ni leches. Por alguna razón que no supe explicarme, la máquina no ingresaba la contraseña correcta. El servicio de atención al cliente de El Corte Inglés tampoco fue capaz de averiguar la causa. Ignoro si era un problema de mi aparato o de toda la gama. Lo devolví (ventajas del emporio Areces; con otros eso no puedes ni soñarlo).

Con la tarjeta-regalo que me dieron me compré otro lector. De Samsung. Éste daba un problema aún más estúpido. La ventana para ingresar la contraseda de wi-fi tenía 9 espacios; la contraseña de Movistar tiene 12. Llamé a la atención al cliente. Me dijeron que el producto era muy nuevo y que hablarían con los ingenieros; que al día siguiente me llamarían. Al día siguiente, como no me llamaban, llamé yo. Me dijeron que la persona que me había atendido se había puesto enferma. Debe de ser un tifus jodido, porque ha pasado un mes, y sigo sin saber de ellos. También devolví el lector.

Mi experiencia personal, por lo tanto, es clara: esto de los lectores electrónicos todavía tiene que avanzar mucho. Los que hay son un poco, algunos bastante, caros para lo que hacen. Yo mismo, sin ir más lejos, he renunciado a la lectura electrónica, al menos de momento. Pero, tratándose de tecnología, ¿quién duda de que en cuatro o cinco años valdrán 150 euros y darán saltos mortales?

Como autor, ya la cosa cambia. Aquí sí que me indigno. Los grandes autores, con nombre y campanillas y bla, van por ahí diciendo que los lectores no han hecho otra cosa que multiplicar las descargas y joder el negocio. Pero eso lo hacen, primero que nada, porque se creen que el mundo de los creadores son ellos, los que ganan premios, van a la radio a opinar absolutamente de todo y, de vez en cuando, plagian.

Cuando publiqué La oportunidad de Judas en este blog, coloqué un botón de donación de Paypal para que todo aquel lector que considerase que mi esfuerzo creador valía dinero, y que además podía y quería pagarlo, lo pudiese hacer. Los ingresos derivados de la novela han sido modestos si los comparamos con lo que gana Le Bron James por botar un balón. Pero es que la comparación no es con eso. La comparación ha de hacerse con los cero euros que mi creación, por así decirlo, estaba condenada a recaudar en un mundo de papel.

Con lo que la pandilla de esforzados pagadores han donado (y gracias a todos, en verdad), he podido pujar en subastas por un par de libros que me interesaban; uno me lo pisaron, pero el otro lo pillé. Ahora lo veo en mi estantería y pienso que, si no existiese el fenómeno de la lectura electrónica, simplemente no lo tendría. Mi mejora no ha sido del 100%, ni del 200%. Ha sido infinita. De cero a cien.

Todos esos intelectuales de himplan en los medios sobre la gran catástrofe del libro electrónico podrían parar a pensarse cuántas pildoritas como la mía suma la edición electrónica. Cuántos creadores, condenados al ostracismo total por un mundo editor que no tiene sitio para ellos a menos que se hagan de un partido político o le hagan la pelota a algún osito, han conseguido sacar la cabeza, ser leídos, apreciados en mayor o menor manera y, además, por qué no, han recibido algo a cambio.

Yo creo que los escritores tienen miedo, porque miran de reojo al mundo del periodismo. Cuando contar historias era carísimo, porque había que tener rotativas, y repartidores, y la de Dios, aquellos que las contaban podían aspirar a que la gente creyese que eran los que más sabían de su tema en el mundo. Internet, y muy especialmente la blogosfera, cambió eso. En la blogosfera hemos aprendido que hay gentes, desde Wonkapistas a Omalaled, de los Gaussianos a las Historias de la Historia o el mítico CPi, que saben un huevo más de lo que saben que los periodistas. Hoy ha aparecido la figura del blogoculto: ciudadano que toda la cultura que adquiere, poca o mucha, la obtiene de los blogs.

Los escritores temen lo mismo. Tienen nostalgia del mundo en el que publicar era carísimo, porque entonces poca gente publicaba y entonces parecía que lo único que merecía leerse era lo que estaba en las librerías. Tienen miedo de que el mundo comience a poblarse, con el tiempo, de personas que digan: yo sólo leo libros electrónicos que voy pillando por la red. Porque ese día, Dios lo quiera, un agregador bien montado será más opinion maker que el premio Planeta.

¿Tú te haces una idea de la pasta que cuesta apostar por la novela de un escritor?, suelen preguntar estos editores asustados. Cabe responderles a la gallega, con otra pregunta: entonces, ¿por qué apuestas por novelas que son una mierda? ¿Por qué apuestas por gentes que escriben historias de espías ambientadas en la guerra civil española con escenas en las de dos comunistas van en un coche y paran a repostar... en Burgos? Hay una ley inexorable del mercado libre, y es que cuando te dedicas a vender mierda, más tarde o más temprano el personal te cala, y te castiga. No son pocos los casos en los que la mal llamada revolución de los libros electrónicos no es más que una mera aceleración de ese proceso.

El libro electrónico es una realidad inevitable. No sólo es más barato y resuelve el problema del espacio; es que para personas como yo, que solemos buscar libros descatalogados y raros, el día de mañana bastará que una sola alma caritativa, en una sola biblioteca del mundo, la haya escaneado y colocado en su web, para que podamos leerla. Quien no quiera ver esto, es que quiere forzar el mercado editorial para que no sea lo que lleva camino de ser. Imagine el lector un mañana en el que el estudiante de la ESO cargará en su lector la lección del día de su libro de matemáticas; y podrá, con su puntero, hacer los ejercicios en la misma pantalla, mientras el propio lector le va corrigiendo si se equivoca y explicándole el error. Al lado de eso, ¿verdaderamente habrá algun tonto'los'cohone que prefiera seguir estudiando con libros en papel? Pues sí: el que los vende. No sólo defenderá el papel, sino que intentará que el gobierno de turno impida que se pueda leer/estudiar de otra manera.

Cuando la creación es un oligopolio, se llama academicismo. Los historiadores de la cultura han demostrado mil veces que no hay periodos menos creativos en la Historia del hombre que aquéllos en los que el academicismo ha sido el modo dominante de crear. El buen creador no tiene nada que temer del libro electrónico. Eso, claro, si es que tal cosa existe.

jueves, mayo 06, 2010

Pros y contras

Con vuestro permiso, dado que mi blog económico lo tengo prácticamente abandonado, me animo a colocar este off-topic aquí, en medio de la historia de los comuneros.

El caso es que me he fijado, supongo que como mucha gente, en la declaración de ayer del Presidente del Gobierno, en el sentido de que es necesario reducir el déficit público, pero piano piano, para no comprometer el crecimiento económico.

Dice bien el presidente. Lo que teme que le pase a él le ocurrió a Roosevelt en la crisis del 29: la atacó creando el Estado social y mediante un programa de obras públicas que hizo declarar a uno de los miembros de su gobierno que EEUU tenía varios millones de personas empleadas sin que, en realidad, se supiera muy bien qué estaban haciendo. Aquello recuperó el tono de la economía estadounidense pero, precisamente cuando Roosevelt consideró que la cosa ya había madurado y que podía cerrar la espita, a la retirada del gasto público le siguió una coyuntura casi peor que la anterior.

Lo que quizás no le guste tanto oír a Zapatero es que esta confesión suya de ayer, de alguna forma, le quita la razón, a él y a tantos keynesianos como él que consideran que de las crisis de confianza se puede salir a base de poner a funcionar en las oficinas públicas la máquina de gastar. El hecho de que ahora la economía española esté atrapada en una pretendida dependencia del gasto público, y que lo haga sin haber salido de la crisis, es la mejor demostración de que no se puede salir de ésta exclusivamente con recetas de gasto público.

Pero, en todo caso, me gustaría hacer dos o tres reflexiones un poco más en profundo, con la ayuda de la Contabilidad Nacional. ¿Tan importante ha sido el papel del sector público?

He dividido España (o, más concretamente, los sectores institucionales de su economía) en sólo dos partes: Administraciones Públicas, y resto. En el resto, por lo tanto, están los hogares, las empresas financieras y las no financieras. Para este análisis, he juzgado que su tratamiento diferenciado apenas aportaría nada.

Empezando por el valor añadido bruto, o si lo preferís la riqueza generada, la evolución reciente de estas magnitudes es como sigue:



En los años inmediatamente anteriores a la crisis (años muy buenos económicamente), el VAB de las Administraciones Públicas se situó en un 11,7%, más o menos, del VAB total de la economía. Dicho de otra forma, de cada 100 euros de riqueza generados, 11,7 lo eran por el actor público. En el conjunto del 2009, concretamente, se ha ido al 13,7%, es decir ha ganado dos puntos porcentuales de PIB, que son algo así como 20.000 millones de euros. Aquí tenemos, pues, la contribución del gasto público al evitamiento de la crisis. Podríamos decir que si el Estado no hubiera hecho nada; si no hubiese modificado su actuación por el estallido de la crisis y se hubiese obstinado en mantener su papel como era antes de comenzar, la caída del PIB habría sido mucho más grave, en torno a dos puntos de riqueza que el PIB del 2009 sí tiene y no habría tenido si las AAPP no hubiesen reaccionado.
¿Se ha sustantivado este mayor papel de las AAPP a través del consumo final?




El consumo final de las AAPP rozaba, antes de la crisis, el 10% del consumo final de la economía, y en el 2009 se situó en el 11,4%. Según mis cálculos, el consumo añadido por las AAPP como consecuencia de la crisis (o sea, esos 1,4 puntos porcentuales de más) vienen a suponer unos 11.250 millones de euros.
Donde, para mi gusto, ha estado la participación verdaderamente relevante de las AAPP, sobre todo en términos relativos, ha sido en la formación bruta de capital fijo o, como la llamábamos de soltera, inversión. Sumemos las magnitudes de las AAPP y del resto de la economía.



En primer lugar, hay que darse cuenta de que la curva de la formación bruta de capital presenta diferencias respecto de las otras que hemos visto: en este caso, la quiebra de la tendencia observada hasta el 2007 es muchísimo más radical. La inversión ha caído mucho más que el consumo o el VAB. Hay que tener en cuenta, desde luego, que los proyectos inversores de las empresas no financieras se han frenado, como también lo ha hecho la FBCF de los hogares, que está compuesta casi exclusivamente por compra de vivienda.

Aquí es donde se ha dado un relevo más claro. En el año 2006, último completo de la larga expansión económica que ha precedido a esta crisis, la inversión pública fue exactamente del 12% de la inversión total de la economía. En el año 2009 ha trepado hasta el 17,6%. Las AAPP han puesto en juego 14.600 millones de euros adicionales de inversión, según mis cálculos, inducidos por la crisis. Evidentemente, si esto se frenase, y si no hay cambio en la tendencia descendente del resto de la economía, el resultado sería complejo.

Existen, pues, muchos elementos para sustentar la afirmación hecha de que no se puede parar la máquina de gastar sin comprometer el crecimiento económico. Pero aún hay otro dato.

La Contabilidad Nacional por sectores institucionales calcula una última línea que es la capacidad o necesidad de financiación de cada sector; es decir, en qué medida cada sector, o la economía en su conjunto, es capaz de generar los recursos que necesita para financiar la actividad que está realizando. Una vez más, veamos el gráfico con la serie histórica de esta magnitud.

El principio de la serie (año 2000) define muy bien la situación de la economía española en sus años buenos: una economía suavemente deficitaria, con necesidad neta de financiación, a la que puede responder, sin embargo, con facilidad merced a su elevado ritmo de creación de riqueza, y con un sector público que es prácticamente superavitario o en todo caso está muy cercano al equilibrio. En los años de economía acelerada, 2005 y siguientes, la posición de financiación de los sectores privados (resto de la economía) se deteriora notablemente; tanto empresas como, sobre todo, familias, se sobreendeudan, en un proceso que no será por veces que instituciones como el Banco de España destacaron alarmados, a lo cual el actor público reacciona convirtiéndose en un ente superavitario en materia de capacidad de financiación.

En los años 2008 y 2009, la situación cambia radicalmente. Los sectores privados, que estaban endeudándose a mansalva para financiar su expansión porque la economía iba bien, reaccionan con inmediatez al deterioro de la situación económica iniciando una corrección radical de su posición de endeudamiento que, asimismo, es una reacción a la restricción del crédito. La curva cambia de dirección de una forma brusca, de manera que apenas necesitan año y medio para pasar de una situación de profundo déficit de financiación a situación cero o, como dicen los comerciantes del Rastro, ni p'a ti ni p'a mí.

Las Administraciones Públicas toman el camino contrario, en una estrategia anticíclica, como decía, de corte keynesiano. El Estado gasta cuando la economía ahorra, consciente de que tiene que operar de contrapeso para matizar las consecuencias de la crisis.

El problema es dónde sitúa esto a las AAPP el final del 2009. Con una necesidad de financiación de 117.000 millones de euros, el actor público se encuentra con unas altísimas necesidades de conseguir recursos, lo cual lo convierte en un competidor de primera magnitud en los mercados de capitales, no desde luego como demandante de préstamos bancarios sino, fundamentalmente, como emisor de deuda, así como mediante la gestión de sus propias deudas comerciales, pues pagar con retraso no deja de ser una forma de financiarse a corto plazo.

Hay, pues, un balance: el balance entre la vertiente traumatúrgica del gasto público, que es innegable y se traduce en su evidente rol de sostén de la economía para que no caiga más de lo que ha caído; y la vertiente tóxica, que consiste en las distorsiones y frenos al propio crecimiento que introduce el Estado como ente necesitado de una financiación que por ello deja de recibir el resto de la economía. Esta vertiente tóxica es la que sitúa, además, en sus justos términos las consecuencias de los eventuales downgrading de la deuda española, pues a menos rating, más spread, luego la deuda es más cara (hay que ofrecer más tipo para venderla) y se produce un efecto explosivo, autoalimentado, que hace que cada vez cueste más cubrir esa necesidad de financiación.

Soluciones, sólo hay dos: o el Estado gasta menos, o el resto de la economía toma el relevo y comienza a invertir, recupera su tono de consumo y creación de valor añadido. En puridad, hay una tercera vía, y es que el Estado recaude más, es decir, mejore su posición de financiación aumentando sus ingresos, que es lo que persigue la subida del IVA. Pero si veis la curva del consumo final acabaréis por llegar a la conclusión, o al menos a mí me ha pasado, de que a menos que la curva descendente que se ve en la gráfica deje de serlo, subir el IVA puede ser hacerse un pan con unas tortas, porque la base imponible del impuesto, que al fin y al cabo es el consumo, al ser menor, podría incluso revertir menos recaudación.

El problema que yo tengo es que, a día de hoy, no sé cuál de las dos soluciones, o las dos, se ha tomado.

miércoles, abril 14, 2010

Consulta

Un fuera de tiesto total.

En el caso de que alguna de las personas que leen este blog sea versada en la ciencia de generar ficheros en formato legible para libros electrónicos, y además se sienta capaz de explicárselo a alguien para quien bit son las siglas de Bureau of Industry Trade, sírvase escribirme a mi correo electrónico, granmiserable arroba hotmail punto com.

Fin del mensaje

martes, noviembre 03, 2009

Barometreando

Off topic total, mientras preparo un articulito sobre Franco.

Supongo que todos sabréis que ayer salieron los primeros datos del barómetro del CIS de octubre en los que, entre otras cosas, se valoraba, como es habitual por estas fechas, la labor de los ministros de la nación. Así que me dio por preguntarme qué es lo que había pasado en este terreno «históricamente», es decir desde el primer barómetro de Zapatero. Tomando octubre como base, eso supone mirarse los correspondientes a octubre del 2004, 2005, 2006, 2007, 2008 y 2009.

Desde el barómetro de octubre del 2004, es decir desde que ganó las elecciones, Zapatero ha usado 34 ministros; de ellos, 19 buitres y 15 palomis. El periplo de valoraciones de 1 a 10, como en el cole, lo copio en la siguiente tabla, que espero (no puedo saberlo hasta que no cuelgue el post y pruebe) que se pueda ver razonablemente pinchando en la imagen, porque así, a bote pronto, hay que ser astronauta para distinguir las cifras.




Esta es la parte fría, o sea la de los datos. A partir de aquí, el análisis, que es algo más enjundioso.

Según estos datos, el ministro más popular de todos los que ha usado Zapatero es José Bono, quien se retiró, después de dos octubres, con una nota promedio de 5,46. No sé si este dato le gustará a Zapatero. A Bono seguro que sí (de hecho es probable que ya lo sepa). Eso sí, Bono fue un ministro relativamente efímero. Mucho más mérito tiene María Teresa Fernández de la Vega, que lleva en el tajo desde el primer día y aún así tiene un promedio ligeramente por encima del aprobado.

En el capítulo de nefastos se encuentran dos mujeres que hoy son ministras: Bibiana Aído tiene un promedio de 3,52, después de dos exámenes; y lo abracadabrante es lo de nuestra ministra seminal, Ángeles González-Sinde, que sólo ha pasado una preevaluación como quien dice y ya le han puesto, así, de salida, un 3,46. Para comprobar la crueldad de la nota baste que comprobéis en la tabla que Magdalena Álvarez, ministra polémica donde las haya a la que se le cayeron túneles y la de dios es su hijo, dejó el machito ministerial con una nota de 3,69. No parece que haya sido muy buena idea nombrar a la señora Querubines.

Otra cosa que veo es que hay una diferencia notable, amén de lógica, entre haber sido ministro en la primera legislatura de la ceja o serlo/haberlo sido en la segunda. Los que llevan ya dos años o así siendo ex-ministros pueden exhibir, por lo general, carreras muy aseaditas, con promedios por encima de 4, que para un político es como para hacer fuegos artificiales, y alguno (véase Pedro Solbes, sin ir más lejos) con notas que ya las querrían para sí sus sucesores.

La columna de desviación típica nos da una idea de con qué ministros ha sido la opinión más variable. Si no me he liado con las líneas, esta reflexión nos lleva a darnos cuenta de que los tres ministros en los que la opinión ha variado más bruscamente son ministras: Magdalena Álvarez, María Antonia Trujillo y Carme Chacón. Yo que tú, Carmen, me quitaba de ahí, que, no es por nada, pero en menuda foto estás posando...

En el capítulo de los más estables hay que tener cuidado porque hay algunos que tienen poca desviación porque tienen pocas calificaciones, pues fueron ministros durante pocos octubres. Es el caso de los catalanes Clos y Montilla, por ejemplo. O del propio Bono, Bernat Soria, César Antonio Molina... Personalmente, creo que el la desviación típica más meritoria es la de Alfredo Pérez Rubalcaba, muy baja, lo cual denota opinión estable, a pesar de que lleva ya bastante tiempo siendo ministro.

Por último, otro cálculo que he hecho, columna de la derecha, se refiere a la distancia existente entre la última calificación recibida por cada ministro (o bien octubre del 2009, o bien el último octubre en que fue ministro) y su mejor registro de la serie. Esta columna, pues, podría considerarse la columna de análisis sobre quién ha caído más bajo.

Esta vez, tenemos a un hombre al frente de la lista Quién te ha visto y quién te ve: Pedro Solbes, que subió bastante arriba (su promedio lo denota) pero también bajó lo suyo antes de irse, quizá por aquello de negar la crisis y tal. Eso sí, el ticket Álvarez/Trujillo le anduvieron cerca.

Por fin, he hecho un último cálculo: hallar los promedios de calificación por sexos. El resultado está en el gráfico que os copio aquí y que demuestra que, históricamente hablando, los ministros han tendido a tener una imagen media mejor que la de las ministras. En octubre del 2004, primer barómetro considerado, la imagen de los hombres del gobierno era en torno a un 5% superior a la de las mujeres, ratio que trepó más allá del 8% en el 2005, descendiendo bruscamente por debajo de la mitad al año siguiente y volviendo a ascender en el 2007. En el 2008 es el primer barómetro en el que la imagen colectiva de las ministras supera a la de los ministros, pero en este último barómetro ellas vuelven a estar por debajo, aunque en un leve 1,3%. La cuesta abajo parece que iguala bastante las cosas, quizá porque hay mucha menos buena imagen que repartir.


viernes, julio 31, 2009

Agostados

Ayer, como de costumbre en estas fechas; en la entrada de la FNAC de Preciados, también como de costumbre, me cité con Tiburcio Samsa, que llegó algo tarde por culpa, al parecer, de ciertas ordenanzas, cuya existencia desconocía, sobre el tamaño máximo que pueden tener los seres vivos que viajan en metro.

Hablamos del sudeste asiático. Me explicó que Singapur es una nación sin nacionales, o sea un ente independiente formado por personas que no tienen en excesivo cariño su independencia. Hablamos sobre hasta qué punto el sistema político actual español no es, en el fondo, el canovismo reinventado. Hablamos sobre los problemas del primer franquismo a la hora de inventar una nueva clase política.

La cita con Tiburcio, este año como otros, marca el inicio de las vacaciones blogueras. Agosto es mes para otros menesteres. Seguiré editando comentarios cuando encienda el ordenador, cosa que haré con cierta habitualidad porque este mes debería dar los últimos retoques a una novela que, de forma más o menos dedicada, llevo cuatro años escribiendo. Pero no creo que escriba ningún post y, si lo escribo, para qué negarlo, le pondré fecha de publicación en septiembre, para así garantizarme eso que los sajones llaman un soft landing.

Hermosas y provechosas vacaciones para todos los que las tengáis. Coherentemente con mis aficiones, os deseo que leais muchos libros, estrenéis muchos videojuegos y veais mucho cine o, mejor, televisión (es mi opinión que hoy en día las series de televisión son mucho mejores que las películas).

Por lo que a mí se refiere, lo que está en la agenda es lo siguiente:

- La lectura del libro que editó la Generalitat de Cataluña en 1934 analizando el conflicto de la Ley de Contratos de Cultivo y que es (a día de hoy) el mayor enfrentamiento (no armado) entre Barcelona y Madrid que registra la Historia.

- La lectura del libro escrito por los asesinos del almirante Carrero Blanco.

- La lectura de las memorias de Harold MacMillan.

- La lectura de una biografía del general Gutiérrez Mellado.

- Continuaré con el PES 2009. Sigo en el Athletic de Bilbao donde, a pesar de no ser vasco, ya me pasan el balón. Por alguna extraña razón que los programadores japoneses conocerán bien, siendo el máximo goleador de la liga a unos 30 goles de diferencia de Eto'o, el puesto que me han dado en la roja es el de Xavi (sic). Así pues, mi destino es pasarle balones a Tamudo (sic) para que los remate. Me hicieron una oferta en el Madrid pero, la verdad, siendo el máximo goleador y habiendo llevado al Athletic a ganar el triplete, me toca los cojones ganar menos que Guti.

- Tele: segunda temporada de Los Soprano, segunda de The Wire y quinta de Curb your enthusiasm.

Que disfrutéis estas semanas.

martes, julio 21, 2009

La vida de Chorlito

Just a respite...


La vida de Chorlito comienza cuando tenía 8 años. Ese día, sus padres tenían que ir a visitar a un tedioso pariente al que Chorlito odiaba: su tía Abigail. Él dijo que no quería ir. Sus padres dijeron que tenía que ir. Chorlito se puso a berrear, a llorar y a gritar. Entonces comenzó la negociación. Primero, sus padres intentaron razonar con él: tu tía te quiere mucho, hay cosas que hay que hacer, etc. Pero Chorlito no se movió ni un ápice. Entonces su padre le ofreció un trato: si les acompañaba sin rechistar, ese fin de semana le llevaría a Faunia. Chorlito aceptó.

Ese día, Chorlito aprendió dos cosas. Una, que todo es negociable. Otra, que hasta la mayor de las gilipolleces del mundo tiene valor, y en ocasiones un valor inusitadamente elevado. Porque una entrada en Faunia, que lleva anexos un helado de fresa, pipas, una comilona de pizza y algún que otro regalito, sale por una pasta.

Un día, cuando Chorlito tenía diez años, un compañero de clase le cogió de la taquilla unos cromos de futbolistas. Cuando Chorlito los quiso recuperar, el amigo pretendió hacer valer que ésos no eran los de Chorlito, sino suyos. La respuesta de Chorlito fue arrearle una hostia a su compañero y saltarle sangre en la nariz.

Los profesores anunciaron a Chorlito que iban a llamar a su madre. En ese momento, Chorlito aprendió otra lección importante: en la vida, cuando das una hostia, te contestan inmovilizándote. Pero no te contestan como en el mundo infantil del que él provenía, es decir: devolviéndote la hostia.

Cuando llegó la madre de Chorlito le echó una bronca de la leche en el pasillo. Pero no le arreó ninguna hostia, con lo que Chorlito siguió considerando que, en la transacción, había un beneficio para él; tenía los cromos y además había arreado una buena hostia. Además, como la puerta del jefe de estudios se quedó entornada, escuchó con claridad a su madre preguntar, con malos modos, cómo era posible que las taquillas de los alumnos no tuviesen candados para impedir los robos.

Así pues, Chorlito acabó aprendiendo de aquella anécdota que él era un justiciero que había reclamado lo suyo, y su compañero, el de la nariz escachiforciada, un ladrón que con toda probabilidad se merecía lo que le pasó.

Cuando Chorlito aún tenía 11 años, sus padres se separaron. Eso cambió su ritmo de vida y también cambió a sus padres. Su padre siempre había sido sanguíneo y visceral; desde que Chorlito tiene memoria, lo recuerda al volante de su coche, motejando a todo aquél que no circulaba como es debido de gilipollas, hijo de puta, cabronazo, y otras expresiones de parecido jaez. Pero ahora ya no se trataba de la gente que se saltaba un ceda el paso. Se trataba de su madre, y de su padre. A todas luces, sus padres trataban de mantenerlo aislado de las cosas que decían. Pero es que sus padres, como todos los padres, no eran conscientes de las cosas de las que se entera un niño pequeño; que es pequeño, pero no gilipollas.

Así pues, Chorlito, que de alguna manera aún estaba en la edad en la que se adora a los padres, comenzó a escuchar cómo esos mismos padres se ponían de vuelta y media entre ellos. El gran clásico era la llamada al móvil de la madre en las últimas horas que le tocaban a su padre de estar con él; esa típica llamada de cuándo lo vas a traer, viene cenado, viene bañado, qué. El tono de su padre en la conversación lo decía todo. Y luego, los comentarios en voz baja al colgar. Al principio, sólo suspiros. Con el tiempo, palabras cada vez más gruesas. Hasta que, con el tiempo, su padre acabó por utilizar al colgar los mismos epítetos que siempre había dedicado al resto de conductores.

Por su parte, su madre, en los momentos en que estaba en casa tomando café y fumando con sus hermanas o sus amigas, solía hablar del padre de Chorlito. Delante del niño nunca lo citaba, pero a Chorlito le costaba medio segundo decodificar las miradas de presunta inteligencia que las contertulias se lanzaban al referirse a él para darse cuenta de que estaban hablando de su padre. Con apelativos bien parecidos a los que él utilizaba tras colgar el móvil.

Esto le sirvió a Chorlito para darse cuenta de que la violencia es una forma de relación, incluso entre quienes se aman, o se amaron. También aprendió que insultar no puede ser algo deplorable, pues las personas menos deplorables del mundo, sus padres, lo hacían constantemente, y refiriéndose el uno al otro.

Con trece años, le llegó a Chorlito la hora de estudiar medio en serio. Hasta entonces, la escuela le había dado la impresión de ser un sitio donde siempre se estaban repasando conocimientos ya conocidos, con alguna que otra novedad. Ahora, sin embargo, las novedades comenzaron a multiplicarse. El colegio compró los libros con que Chorlito tenía que estudiar. Los recibió nuevos el primer día de clase y, automáticamente, se aplicó a pintarrajearlos y dibujar imágenes, normalmente obscenas, por las esquinas en blanco del libro. Un profesor que le vio un día le regañó por guarrear el libro. Pero para entonces Chorlito ya había aprendido, a base sobre todo de centenares de negociaciones varias con sus padres, que al final, si aguantas un poco la brasa y la moralina de los cojones, acabas haciendo lo que te sale de los huevos. Aquella vez no fue una excepción: cuando el profesor se cansó de argumentar con él o simplemente se fijó en otra cosa, lo dejó en paz, y él siguió pintando en su libro.

Ese mismo profesor, en clase, les iba explicando la materia y, en cada momento, les señalaba la frase exacta del libro donde se describían las explicaciones. Chorlito aprendió pronto que estudiar consistía en demostrar que se habían leído esos subrayados. Demostrar que se habían leído, no que se hubieran comprendido o asimilado. Así, en el examen de lengua, repetía por escrito la frase de la página 76, según la cual la poesía del Movimiento Tal era «lírica y centrada en los problemas morales del hombre»; frase de la que entender, entender, lo que se dice entender, entendía más o menos un 30% de las palabras. Pero para él, examinarse era demostrar que se había leído la tal frase y se recordaba. Un día, la profesora de literatura les hizo leer en voz alta un poema del Movimiento Tal y trató de que los chicos explicasen qué quería decir la frase de la página 76 del libro aplicada a aquel poema concreto. No lo consiguió. A la semana siguiente lo intentó de nuevo, otra vez sin éxito. A la semana siguiente, ya estaban dando otra unidad.

Con trece años, Chorlito tenía sólo dos obsesiones: follar y pillarse una buena curda. En su mundo, las clases sociales se dividían prácticamente así: los vírgenes y abstemios, prácticamente personajes de ficción; los vírgenes bebedores, normalmente chicos poco agraciados o directamente guarros; los abstemios folladores, una estricta élite de chicos deportistas que cuidaban el cuerpo; y los bebedores folladores, la inmensa mayoría de creer sus relatos.

Cada vez que Chorlito se sentaba en casa frente al televisor a ver alguna de sus series de adolescentes preferida, aprendía que para triunfar en la vida hay que conseguir ser un bebedor follador. Factor común tabaco, obviamente, porque, desde luego, con trece años Chorlito había empezado a fumar, porque lo de no fumar es para deportistas, venusianos y algunos, no todos, ni siquiera la mayoría de los asmáticos. El día que su madre descubrió que Chorlito fumaba le quitó el tabaco y el mechero y los tiró a la basura; pero la segunda vez que se lo encontró, comenzó la negociación. Tal y como Chorlito había previsto, el resultado final del pacto fue, básicamente, que no fumase en aquellos lugares donde estaba su madre o estaba con su madre.

Chorlito sigue viendo la tele. En la tele, los bebedores folladores consumen más minutos de pantalla que nadie. Argumentalmente hablando, son los personajes más netos, los interpretados por los actores más populares o atractivos. Además, los bebedores folladores de la tele pueden ser malos, pero siempre el argumento se preocupa de dejar claro que hay alguna buena razón para que lo sean; son cabrones, pero cabrones con corazoncito. Y, a estas alturas de la vida, Chorlito ya ha aprendido que si tienes una razón de peso para ser un hijo de puta, estás perdonado. El malo no eres tú, sino tu pasado, o la sociedad que no te entiende, o sabe Dios quién; cualquiera, menos tú.

Así pues, Chorlito aprende con rapidez que hay que ser bebedor follador para estar en la casta adecuada. Todo eso requiere tiempo. Como el que tienen los personajes de la tele, a los que Chorlito ve pasar aventuras por la mañana, por la tarde, por la noche y en la madrugada, sin que exista la menor apariencia de que su vida esté constreñida por la más mínima regla. En la vida real, todo ese asunto de los horarios es, en realidad, muy fácil. Igual que lo de la visita a la tía coñazo aquélla de cuanto tenía ocho años. Todo consiste en dar la barrila hasta que la figura de autoridad, en el caso de Chorlito su madre, entra en la dinámica de negociar. Negociar, ya de por sí, supone establecer un mismo nivel para dos personas que antes estaban a distinto nivel. Chorlito, además, tiene la ventaja de tenerlo mucho más claro: para él, el beneficio alternativo tiene que superar a la putada de no dejarle salir. La que da la orden es su madre pero, de alguna manera, es él quien decide. Entre otras cosas, porque ahora es él quien domina los tiempos. En una orden, el que manda dice cuándo se ha acabado la discusión. Pero una negociación no termina hasta que los dos negociadores están de acuerdo en que termine. Así pues, todo consiste en prolongar las conversaciones hasta que la otra parte se canse.

En un viaje del colegio, a Chorlito y un grupo de amigos los pillan haciendo un botelloncito en una habitación del hotel. A la vuelta del viaje, los echan tres días. Chorlito no puede creerlo. Es como castigar a un asesino regalándole un Cadillac.

Con 16 años, Chorlito se enfrenta un día a su profesor en plena clase. El maestro les ha dicho que son todos unos vagos y Chorlito, que está opositando a líder de la manada, se levanta y le dice que a él no le insulta un puto reprimido de mierda. El maestro le dice que no le consiente que le hable así. Chorlito abre los brazos y le dice que qué va a hacerle, provocándolo. Y no le falta razón. Haciendo uso del derecho comparado, si un botellón en un viaje de paso del Ecuador vale tres días, llamarle a un profesor reprimido de mierda tiene que valer más o menos salir de clase y dar una vuelta a la manzana. Eso Chorlito lo sabe y, además, sabe otra cosa: que su profesor también lo sabe.

En consecuencia, se vuelve hacia sus compañeros y los solivianta. Todos se ponen contra el maestro. A duras penas, el profesor los acalla. Se marcha y vuelve con el jefe de Estudios. Tras veinte minutos de caótica explicación por parte de los alumnos de lo que ha pasado, explicación liderada por Chorlito, el jefe de estudios entra en la fase de negociación. Chorlito se frota las manos metafóricamente. Ya está en su terreno. Lleva la mitad de su vida negociando, y ganando las negociaciones a la postre. Ésta no es una excepción. El gran argumento de Chorlito es obvio: el profesor insultó primero. Siguiendo una técnica que tiene ampliamente depurada, de esta forma Chorlito consolida una doble argumentación: en primer lugar, establecer la relación entre el maestro y los alumnos como lo que es, es decir una relación entre iguales; en segundo lugar, colocar el hecho de que un maestro diga que sus alumnos son unos vagos y el hecho de que un alumno apele a un profesor de puto reprimido de mierda al mismo nivel de gravedad.

Chorlito sabe bien que la mejor forma de que un menor gane una negociación es conseguir que todos los argumentos se igualen. Y no se equivoca. El jefe de estudios no desautoriza a su compañero profesor; pero tampoco desmiente con efectividad el argumento de que fue el primero en insultar. Finalmente, la solución es hacer como que nada de esto ha pasado. Pero sí ha pasado para uno, que es el maestro: ya no puede volver a llamar vagos a sus alumnos, pues eso sería reincidir en un error. Por lo que se refiere a los alumnos, saben que, si vuelven a llamarle puto reprimido de mierda, pasarán una de dos cosas: o un castigo leve (recuérdese el derecho comparado); o una nueva negociación.

Este Chorlito es el Chorlito que cualquier noche de su vida se va a un botellón a cualquier parque, observa a una titi que le hace tilín, se le acerca y, cuando ella lo manda a la mierda, se dedica a beber más, ponerse al borde del coma etílico, seguirla cuando se marcha a su casa de madrugada, trincarla en un rincón solitario del parque y violarla. ¿Por qué? Pues por razones cuatro:

1) Porque lo que quiere es follársela. Y a Chorlito lo que le ha enseñado la vida es a hacer lo que quiere.

2) Porque no tiene sensación de proporcionalidad de las acciones. Para él, violar a una tía es hacerla suya. Goger un polvo. Como ha cogido y hecho suyas un montón de cosas en los últimos diez años de vida, empezando por los cromos, siguiendo por el derecho a ver la tele hasta las doce, siguiendo por el derecho a fumar, siguiendo por el derecho a salir hasta la madrugada, etc., etc., etc. Si nunca ha tenido problemas para tomar todo eso, ¿por qué va a ser problemático echarle un cañete a una tía que no quiere follar con él?

3) Porque no tiene sensación de que sus acciones tengan consecuencias. Ni para él, ni para los demás. El día que insultó al maestro, Chorlito reflexionó exactamente dos nanosegundos sobre la posibilidad de que al maestro aquel insulto pudiera afectarle de alguna manera. Chorlito es un bebedor follador; el resto del mundo, los que no lo son, son pringaos. Y nadie piensa en los sentimientos de los pringaos.

4) Porque no se siente responsable. La vida le ha enseñado que todos los problemas terminan en negociaciones. Ha negociado tanto a lo largo de su vida que sabe ganarlas hasta dormido. No problemo. Si alguien se mosquea por la violación, ya negociará.

Eso sí: que nadie se altere, porque a Chorlito le han explicado, mil veces mil veces, tres cosas:

1) La importancia de no ser racista.

2) La importancia de respetar las opciones sexuales.

3) La importancia de conservar el medio ambiente.

Sic transit gloria mundi.

jueves, mayo 07, 2009

No le digas a mi madre que soy blogger

Me he parado esta mañana en uno de los muchos nervios de la red de redes y he leído el resumen de una conferencia de Juan Luis Cebrián, consejero delegado del Grupo Prisa. Dice Cebrián un montón de cosas sobre el cambio de modelo de negocio que supone para la prensa la existencia de internet y los cambios en los usos de los consumidores que ha supuesto esta oferta acromegálica de contenidos. Hace bien en fijarse en esto. Alvin Toffler se hizo famoso hace un porrón de años con un libro que se llamaba La tercera ola, y que en su momento fue la pera limonera de Lérida; libro en el que, entre otras cosas, invita al lector a reflexionar sobre el hecho de que un niño apenas crecido de finales del siglo XX había recibido ya más información que la que había tenido que procesar un ciudadano medio del siglo XIX en toda su vida. Luego llegó internet y dejó a Toffler allá, allá lejos.

Pero la cosa viene de una frase que ha dicho Cebrián. Ha dicho que le parece muy preocupante el fenómeno de ganancia de lectores por parte de los blogs, donde sus autores escriben «la primera cosa que se les pasa por la cabeza sin contrastarla».

A mí me parece que esta manera de decir las cosas es, aparte de una agresión gratuita con la que el agresor no gana nada, una forma de ombliguismo, por llamarla de alguna manera.

No hay ninguna razón, así, en frío, para que un blog tenga más credibilidad que un periódico. Ambos son lo mismo: un tipo o tipa escribiendo lo que hay. Los blogs, por lo demás, no pueden hacer nada para ganar prestigio como no sea exponer su trabajo; todo su márquetin, salvo escasas excepciones, es viral. Así las cosas, ¿no será que el prestigio es un a modo de vaso comunicante? O sea, que si los blogs tienen prestigio, a pesar de escribir lo primero que se les pasa por la cabeza, quizá sea porque la prensa se lo ha cedido.

De toda la vida de Dios, las personas han necesitado algo en lo que creer y alguien a quien creer. Algo sobre lo que decir: lo he visto ahí, lo he leído ahí, me lo ha contado el Hombre-Memoria, cosas así. Cebrián, y todos los cebrianes de este mundo, deberían quejarse menos y reflexionar más sobre cuándo, cómo y, sobre todo, por qué saltó tanta gente del «lo dice el periódico» o «lo he oído en la radio» al «lo leí en un blog». En mi opinión, si reflexionasen sobre ello acabarían por descubrir, más temprano que tarde, que ellos tienen algo que ver en dicha conversión.

Los medios de comunicación siempre han tenido la oportunidad, supongo yo, de contratar colaboradores como Wonka u Omalaled, por citar dos de mis bloggers preferidos. Las personas que escriben hoy en buenos blogs siempre han estado ahí, no nacieron con la revolución tecnológica. De hecho, en el mundo siempre ha habido gente que sentía como suyo el reto del conocimiento, en muy diversas materias, desde la jardinería hasta la alta política, desde el aeromodelismo a la Historia del Vaticano. Lo que a mi modo de ver demuestra el fenómeno de los blogs es que, además, muchas de esas personas saben escribir que lo flipas de bien. Así las cosas, el problema será, en todo caso, de los medios y su apuesta por una información muy average, ni chicha ni limoná, simple simple, quizá nacida de cierto concepto del consumidor de información como alguien medio anormal incapaz de entender conceptos abstractos o complejos.

Vale que en el mundo de los blogs hay mucha mierda. Es que teniendo en cuenta que hay millones, si fuesen todos buenos no seríamos la raza humana sino la elfa. Si en España se editasen cinco millones de periódicos, seguro que el 99,9% de los mismos serían una caka de la vaka. Pero harían bien los responsables de la prensa, en mi opinión, despreciando menos a los blogs y fijándose más en ellos.

Los blogs son libres. No se trata exactamente de que los bloggers escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; muchos de nosotros necesitamos cientos de páginas de lectura para que se nos pasen por la cabeza algunas de las cosas que escribimos. Como digo, no es que escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; es que escribimos los que nos sale del pijo. Quizá esté equivocado, pero creo que eso es algo que el lector de blogs agradece. Cuando entra en su blog preferido y ve que hay un nuevo post, las más de las veces, si no todas, no tiene ni puñetera idea de lo que se va a encontrar; y eso es algo que le agrada. La libertad genera variedad y novedad. La escritura al servicio de algo, sea ese algo el liberalismo, el progresismo orteguiano o la identidad majorera, genera ofertas de contenidos altamente predecibles. Uno coge un periódico y, sin abrirlo, ya se imagina lo que va a contar y cómo. Porque los medios de comunicación generan una realidad, la realidad sobre la que informan, que no siempre coincide con la realidad de la vida de las personas. Los blogs, puesto que son libres, se apegan más a estas necesidades de conocimiento, llamémoslas reales. Pero eso es así porque la prensa les ha dejado el espacio libre.

Los blogs son participativos. Pocas secciones han sido más maltratadas en los periódicos que la de cartas al director (eso suponiendo que exista). Si son ciertas las estadísticas de Google Analytics, apenas un 3% o 4% de los lectores que paran en este blog comentan algo; pero el otro 96% sabe que puede hacerlo, y ahí está el secreto. Los medios de comunicación «tradicionales» son un viaje de ida: el Conocimiento le habla a la Ignorancia. Y, ¿a quién diablos le puede importar la opinión que tenga la Ignorancia sobre nada? Lejos de este concepto, muchos blogs crean comunidad y se perfeccionan a través de las aportaciones de los paseantes que los visitan.

Luego está eso de que en los blogs se publica sin contrastar. Acabáramos. Y en la prensa no, por lo visto.

Otra característica de los blogs de la que adolece la prensa, pero porque ha querido, es que se especializan. Por decirlo de alguna forma, la prensa es una especie de Gran Compromiso de Conocimiento, mientras que el blog es un microcompromiso. El blogger todo lo que quiere es compartir una porción de su conocimiento en la que cree que puede aportar algo. Los blogs abarcan muy poco, lo cual los hace, cuando son buenos, extremadamente eficientes. Cuando quiero aprender cosas sobre cómo es Asia, cómo evoluciona, leo a Tiburcio. Sinceramente, es difícil que un periódico, menos aún un informativo audiovisual, puedan competir con él. No se trata de que Tiburcio escriba lo primero que se le pasa por la cabeza. Se trata de que Tiburcio sólo tiene un compromiso con aquello de lo que sabe y, consecuentemente, firma un pacto tácito de su lector por el cual éste acepta que, si quiere conocer cosas que el blog no le cuenta, lo que hará será buscarse otro blog, no darle la barrila a Tiburcio para que se la cuente. Los medios de comunicación se han dejado llevar por la ambición de aportar un conocimiento global; pero quien mucho abarca poco aprieta y, consecuentemente, que sabe muchas cosas de casi todo no puede decir que tenga muchos conocimientos de casi nada.

Así las cosas, me cuesta entender esta inquina contra el mundo de los blogs, como no sea por esa pulsión tan humana de buscarle a nuestros problemas un responsable distinto de nosotros mismos. Probablemente, la prensa es en estos momentos el sector económico en España que está viviendo una crisis más grave y más profunda; más incluso que la construcción. Pero estas cosas no ocurren nunca sólo por acción de agentes externos.

Echarle la culpa de todo a internet y quienes en la red pululan es una generalización. Y se supone que la prensa nunca hace generalizaciones.

miércoles, abril 29, 2009

Irresponsabilidad televisiva

Debo advertir una vez más, como hago siempre, de que este post es un off-topic total. De vez en cuando, a mis neuronas les da por sinapsearse en terrenos que no me son habituales y tengo un rato para elaborar unas notas y, como un blog no deja de ser un diario (algo que nunca he mantenido, aunque ahora, mira por donde, me mola), pues utilizo la ventana para opinar, que es algo sano.

En este texto voy a escribir dos palabras sobre un asunto que últimamente me hace, como dicen en la calle, de pensar.

¿Qué es lo que educa hoy a la gente? En mi opinión, casi nada más que la televisión. La gran mayoría de las ideas, de los puntos de vista, de los análisis de la realidad, que absorbe un ciudadano de hoy en día, le llegan a través de la televisión. La televisión es un referente para la ética personal, para las ambiciones del ciudadano medio y para su cosmovisión. Por eso es tan peligroso que la televisión se deje llevar por la tentación de lo fácil, lo mal hecho, o lo torvamente diseñado para explotar el hecho, palmario, de que siempre lo prohibido ejerce una atracción casi irresistible sobre las personas.

A la televisión española (así, con minúsculas, para que las abarque todas) le pasa lo que al cine: tiende a ser muy mala. A estar mal hecha. A ser un producto bastamente recauchutado, quizá escrito por guionistas estajanovistas que producen siete episodios en el tiempo que Aaron Sorkin se toma para perfeccionar una escena. Tal vez, lo digo por adelantado, no es culpa suya. Pero lo cierto es que los guiones españoles suelen ser una puta mierda salvo, quizá, en un terreno que siempre se nos ha dado bastante bien, que es el de la comedia con toques surrealistas (7 Vidas no tiene nada, pero nada, que envidiarle a Enredo, Las chicas de oro o cualquier gran comedia USA, ni Javier Cámara a, un suponer, Steve Urkel) o la adaptación de obras en sí perfectas (y estoy pensando en Los gozos y las sombras, por ejemplo).

Quitando excepciones, pues, los guiones españoles suelen ser lentos, dubitativos y, sobre todo, imperfectos. El último ejemplo que he visto ha sido Acusados, una serie creo que de Tele 5 que ha terminado recientemente su primera temporada. Debo confesar que le he dado en exceso el coñazo a mi mujer con mis cabreos. El argumento tiene más hilos sueltos que una chaqueta de punto tricotada por Franco cuando ya tenía Parkinson.


[Si no la has visto y quieres verla, déjalo aquí y vete a otro blog]


Un millonario político de campanillas, por supuesto casado, está liado con una menor y sufre el chantaje de la amiga de ésta. Un día, en una discoteca de su propiedad, y tras amenazarle la amiga con contarlo todo y chantajearle, el hijo del político se presenta allí y se la carga. Para tapar los hechos, el niño quema la discoteca, incendio en el que mueren cinco personas más.

Todo esto ocurre después de que la menor, cuando el político le haya dicho hasta aquí hemos llegado, se haya cortado las venas. En la serie se nos dice que el político cogió a la chica tras la tentativa de suicidio y la llevó a urgencias. Pero, por alguna extraña razón, nadie le vio. La trama consiste en que nadie puede vincular al político con la discoteca y, efectivamente, si alguien le hubiese visto en el hospital cuando la llevó para que le parasen la hemorragia, no habría serie. Pero el guión ni se molesta en buscar algún retruécano argumental para justificar esto.

Cuando el político, José Coronado, se entera de que su hijo se ha apiolado a la amiga chantajista y ha quemado la discoteca para tapar los hechos (otra cosa curiosa; yo habría atrancado la puerta del servicio donde estaba el cadáver y hubiera simulado un apagón), decide taparlo todo. Para taparlo, necesita tres cosas: una, comprar al policía científico que investigue el incendio, para que no diga en su informe que fue provocado. Otra, comprar al forense para que no diga en su autopsia que uno de los seis cadáveres es de alguien que no murió en el incendio sino antes. Y, por último, comprar a una fotógrafa de prensa que estuvo haciendo fotos en la discoteca y, por lo tanto, puede tener imágenes de él o de su hijo en la misma, con lo que serían situados en el lugar del crimen. En fin, el caso es que Coronado, al que le sale la pasta por las orejas, compra al científico, compra al forense… pero, por alguna extraña razón que no se nos explica, se «olvida» de comprar las fotos. La razón es que la presunta fotógrafa (en realidad las imágenes las tomó una amiga suya) es una de las protas de la serie; hay que meterla en la trama, hacer que sufra un secuestro; y, si las fotos se hubiesen vendido desde el principio, pues no habría trama alguna. Pero no se nos da explicación alguna de tamaño lagunón.

En esto entra en escena el personaje central de la trama, que es la jueza. La jueza es madre de la chica enamorada de Coronado y que se intentó suicidar. Se empeña en llevar el caso del incendio a la discoteca como una venganza personal contra el hombre que ha cagado la vida de su hija (la cual, efectivamente, acaba suicidándose). La serie es, pues, un choque de trenes: el político superpoderoso contra la jueza incorruptible. Y, sin embargo, el político tiene la partida ganada desde el primer momento. Esa jueza no puede instruir ese caso, pues tiene obvias conexiones con el mismo. Sin embargo, durante semanas y semanas, vemos a Coronado y a su gente sufrir porque la jueza les estrecha el cerco; pero nunca hacen lo primero que haría cualquiera en su situación, que es enviarle a la jueza el mensaje, claro y diáfano, de que como me sigas tocando los cojones yo tiro de manta y a ti en el Consejo del Poder Judicial te meten un cuerno por el talón derecho y te lo sacan por el ojo izquierdo. El argumento sigue, se desarrolla como una partida de póker; sólo que uno de los jugadores tiene en la manga la carta que le falta para rellenar la escalera real pero, por razones que nunca se nos explican, no la usa.

Ítem más. Llega un momento en que el político descubre que la jueza ha manipulado una prueba. Tiene incluso un testigo que lo corroborará. ¿Ordena a su abogado que dicte una providencia reclamando un juicio nulo y acusando a la jueza de prevaricación? Pues no. Deja que la cosa siga su curso hasta que le trincan y le detienen. Lo que se dice un verdadero gilipollas (y es que es habitual que los personajes de las series españolas serias hagan casi tantas gilipolleces como los de las comedias).

Al final, cuando ya está detenido, en el fondo relajado porque sabe que el asesino no es él sino su hijo y, por lo tanto, lo está protegiendo, lo admite todo ante la jueza y le dice que, en sus declaraciones oficiales, no va a citar a la hija/amante para protegerla. Generoso Coronado. Claro que el mismo tipo que en ese capítulo es generoso a la hora de proteger a una chica que ya se ha suicidado no dudó en el capítulo anterior en intentar chantajear a la misma jueza amenazándola con hacer público que su otra hija está haciendo guarreridas con su propio hijo. Esto es otra cosa propia de los argumentos de series españolas: el mismo personaje es un cabrón en la semana 11 y un cartujo no violento en la semana 12. Según vaya cuadrando para la trama, los personajes van cambiando. En las series españolas son inconcebibles personajes como Jebb Barlett (West wing), que es el mismo Barlett durante años y al cual, a partir de la tercera temporada o así, ya lo conoces tanto que hasta eres capaz de adivinar cuáles van a ser sus reacciones.

Todo esto, sin mencionar que la señora jueza no sé si tiene demasiada idea de Derecho. En el último capítulo, el niño que quemó la discoteca se suicida, y en la siguiente escena se ve a la jueza en una reunión con los padres de las víctimas de la discoteca, en las que les dice: no os preocupéis, porque el chico tenía bienes de su propiedad, así pues habrá dinero para las indemnizaciones. Digo yo que un juez debería saber que un muerto no posee bienes; que el niño podría tener propiedades, pero dichas propiedades, desde el momento en que la bala le perforó el cráneo, ya no son suyas, sino de sus herederos. Todo eso sin mencionar el pequeño detalle de que es la jueza instructora, no la que le juzga. Y, ¿qué juez querrá juzgar a un muerto? Hasta Garzón sabe que Franco no es imputable ante un tribunal.

De todas formas, lo que más me preocupó de esta serie es el mensaje subliminal (bueno, nada subliminal en realidad) que porta. El personaje de la jueza no tiene desperdicio. Asume un caso que sabe que no debe instruir. Engaña al policía científico que ha sido untado para manipular el informe prometiéndole inmunidad y luego lo mete en la cárcel. Hace que personas de su equipo cometan tropelías, entre las cuales se encuentra el allanamiento de morada, para que algún personaje se crea que las han cometido los partidarios de Coronado. Manipula una prueba obtenida ilegalmente para que aparezca como legal. Y, en el colmo de los colmos, cuando el hijo de Coronado se dirige en coche a Madrid con una grabación de video de él con su otra hija (grabación con la que quieren chantajearla), simplemente envía a dos policías de paisano que paran al chico en la carretera, le dan una mano de hostias y le roban la cámara.

El mensaje de la serie es claro: si lo que persigues es justo (o tú crees que es justo), los medios tienen poca importancia. ¿Estado de derecho, libertades civiles, habeas corpus y esas mandangas? Pues son eso, mandangas; aquí lo que importa es la justicia.

No seré yo quien niegue el, por así llamarlo, derecho de un guión de televisión de desarrollar personajes poliédricos o con aristas negativas. Lo otro sería hacer series en plan Viva la Gente o El mundo es cascada de colores, que tampoco es el caso. Pero el problema, a mi modo de ver, es que el guionista apueste por estos personajes. Blanca Portillo (la jueza) paga, efectivamente, un alto precio por su obsesión, pues una de sus hijas acaba suicidándose. Pero consigue lo que quiere, es decir culminar la instrucción del caso; algo que, por lo demás, se da de hostias con el derecho procesal. El resultado es la tesis que acabo de comentar: el fin justifica los medios. Como serie de entretenimiento, pues, bastante mala. Y, desde el punto de vista de la vertiente socioeducativa, además de mala, irresponsable.



Otro ejemplo que quiero comentar es el de Física y Química. Confieso que esta serie me tiene anonadado casi desde el primer día. Me la encontré ya en la primera temporada zapeando por casualidad (es obvio que yo no soy su target de audiencia) y no he dejado de verla de cuando en cuando, un rato (la verdad es que no soy capaz de aguantarle un capítulo; lo cual es lógico pues esta serie habla de gladiolos y a mí lo que me gusta son los pinos).

Tengo la sensación de que en la segunda temporada sus guionistas han bajado un poco el pistón y han hecho los argumentos un poco más presentables. Aunque, aún así, la cosa sigue sorprendiéndome por muchos sitios.

La primera cosa que me sorprende es que en una serie colegial, sus protagonistas jamás estudien. Es como si toda la acción de Hospital Central se desarrollase en la puerta de urgencias durante las pausas que médicos, ATS y celadores se toman para echar un cigarrillo; dando con ello la sensación de que ser médico consiste básicamente en fumar en la calle. Lejos de tener que realizar el más mínimo esfuerzo, los escasos casos en los que una escena muestra a los profesores currando lo que se ve es a un adulto explicándole a bigardos de 17 años imbecilidades que se aprenden en la educación básica. Y, para colmo, la mayoría de los profesores lo son de asignaturas que siempre se han considerado marías, del tipo de dibujo, música, teatro… El título de la serie, de hecho, no sé a qué narices viene.

Los personajes tienen una vida muy curiosa. Fulano y Fulana tienen un folloncete amoroso y Fulano le dice a Fulana: «esta noche lo hablamos». En la siguiente escena están los dos en la noche de Madrid, siendo en no pocas ocasiones más que evidente que son las dos o las tres de la mañana, zascandileando por ahí y charlando sus cositas. Y al día siguiente están en clase. El mensaje lanzado es bastante claro: uno vive la vida, y la vida es el ocio. Las clases están para rellenar la mañana; eso de tener una disciplina vital para estar despejado en clase es cosa de abueletes. Lo mismo es que lo es y yo no me he enterado.

Hay asuntos que son, como todo, opinables. Me refiero, por ejemplo, a la moral sexual inherente a la serie. A mí me da la impresión de que en esto los españoles hemos sido pendulares y, por lo tanto, hemos ido de un extremo a otro, lo cual tiene la consecuencia de seguir siendo desgraciados. Si hace treinta años el escolar (y, sobre todo, la escolar) que le daba vidilla a su aparato sexual era denostado, hoy en día el denostado es el que no lo hace. A mí me parece que la mejor forma de hacer las cosas es no denostar a nadie pero, como digo, es cuestión de gustos.

Pero por lo que me cuesta pasar es con la actitud respecto de otras cosas. En la primera temporada había un estudiante que tenía la desgracia de ser trabajador y responsable, además de chino. El tontolaba de la clase, pues en toda clase hay siempre un tontolaba que se cree Kennedy, la toma con él y le hace de todo; hasta lo pinta de verde. ¿Apuestan los guionistas por el chino? Pues no. Apuestan por el idiota que, de hecho, no hace falta darse muchas vueltas por internet para descubrir que está entre los personajes con más fans; y eso nunca es fruto de la casualidad, sino de los guiones.



Alguien debería haberle explicado a los guionistas de esta serie (aunque parece que en la segunda temporada lo han medio entendido) que el bullying es una cosa muy seria; que la historia de no pocas mujeres con la garganta seccionada por su ex marido empezó el día que ese ex marido pintó a un chino de verde y no pasó nada; y que, consecuentemente, se puede hacer las cosas bien, se puede reventar las audiencias, sin necesidad de dar golpes éticos bajos.

Eso sí, mis personajes preferidos de la serie son los adultos. Los profesores. Aparte de tener los típicos problemas de siempre en las series de enredo, o sea noviazgos y embarazos entrecruzados (en toda serie española que dure más de cuatro temporadas es axioma matemático que todos acaban acostándose con todos en algún momento), son tan angélicos que asustan. Con la única excepción de una profesora que se ha traído de Camera Café su papel de borde, son tipos que todo lo entienden, todo lo negocian y en todo, al fin y a la postre, acaban abatiéndose. No sé, tal vez es que sea así. Tal vez es que hoy en día, en el mundo de la educación, no tienes más remedio que darle la razón a los alumnos en nueve ocasiones de cada diez (y en la que queda empatas). Pero el asunto es que ellos no sólo lo hacen; es que, además, les parece de pila máster. Les mola el rollo de que les traten, mutatis mutandis, como una puta mierda.

Especialmente relevante me parece la relación de una de las maestras con una de las alumnas, de la cual es tutora. Por razones que se me escapan porque deben de haber sido explicadas en los muchísimos minutos de la serie que no he visto, esta niñata es una especie de imbécil asilvestrada que está contra el mundo y, sobre todo, contra su tutora, que es su tía creo, a la que trata peor de lo que yo trato a mis trapos de cocina. Una niña que, por decirlo rápidamente, tiene un bofetón faraónico casi cada vez que abre la boca. La otra, en cambio, cada vez que tienen bronca la mira y la remira, trata de razonar; la niña no razona (más que nada porque el personaje es como medio lerdo) y suele terminar las conversaciones con alguna referencia hiriente a la mierda de vida de su tutora. Y ella la ve marchar con sus ojos bóvedos; porque en las discusiones entre adulto y adolescente, ojo al dato, éste siempre tiene, por lo visto, la última palabra. La niña jamás se queda sin postre, o sin salir. Lejos de ello, si el problema es que a la tutora no le gusta el novio que se ha echado (el tontolaba acosador) la solución acaba siendo que la tutora le dé al chico una llave de la casa para que se puedan ir a follar cuando les apetezca.

En general, cada vez que en ese colegio algún adulto toma una decisión mínimamente polémica surge la voz de algún otro adulto que dice algo así como: «Pero eso, ¿lo vamos a decir, así, sin discutirlo, sin negociar?» Con esa actitud, los profesores dejan de ser responsables de la educación para convertirse en meros gestores de la misma. Que lo mismo es el mensaje que se está buscando.



Hace ya mucho que el tiempo de las series de cartón-piedra se acabó. Hace años, en efecto, las series de televisión era puras moralinas que escondían la realidad. Pero eso hoy se ha acabado. La mejor serie que he visto últimamente, The wire (primera temporada) es un buen ejemplo de este cambio. Los policías que persiguen a un mafioso drogadicto negro no son mucho mejores que el tipo al que persiguen. El personaje central de la serie es un tipo impresentable al que el 90% de la humanidad clasificaría a la tercera conversación (como mucho) en la carpeta de machitos gilipollas. Los policías, cuando manejan pasta de la droga, sufren la tentación de robarla, y en ocasiones la roban. Por lo demás, el politiqueo de las altas esferas policiales es verdaderamente repugnante. No obstante, en medio de todo eso la serie no olvida algunos principios fundamentales, tales como que el que vende droga es el malo de la historia, nos pongamos como nos pongamos.

Lejos de ello, la televisión española se instala en un relativismo moral que no puede sino ser algo buscado y pretendido. Da la impresión de que esto lo hacen los guionistas amparados por el argumento mayor de «yo es que estoy reflejando la realidad». Argumento totalmente falso porque la inmensa mayoría de las tramas de las series españolas tienen una relación con la realidad apenas anecdótica (a los médicos de urgencias, por ejemplo, les suele llamar la atención, y les divierte, que los personajes de Hospital Central se pasen la vida gritando y corriendo de un lado a otro). Y quizás es que piensen que están sólo entreteniendo. Luego los gestores televisivos, cuando alguien en un foro público los tacha de irresponsables, se dan golpes de pecho y dicen aquello de Calimero de nadie me comprende.

Y, por el camino, subido en la grupa de la irresponsabilidad de nuestras showpersons, el personal aprende lo que aprende.