lunes, julio 20, 2026

Franco y EEUU (y 31): … Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones




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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones



Garrigues, como no puede ser de otra manera, viajó a Estados Unidos con unas instrucciones de negociación del propio Franco. Esas instrucciones eran: tratar de alejar en lo posible a “los españoles” (esto quiere decir las grandes ciudades) de las bases, o mejor dicho las bases de los españoles; mantenimiento por parte de Estados Unidos de los gastos extraordinarios de apoyo militar a España; y obtención de un apoyo para la participación activa de España en el esquema occidental de defensa. Esto tenía que pasar por que Washington equiparase por completo a España con los aliados de la OTAN. Organización en la que, entonces, el caudillo tenía ya muy claro que no le iban a invitar a entrar.

Estas instrucciones olvidaban la reclamación de ayuda económica. Franco parecía haber asumido que no habría Plan Marshalito; lo cual también quería decir que Estados Unidos no pensaba repetir el gesto que tuvo cuando Eisenhower pisó Madrid.

Garrigues comenzó las negociaciones en el mes de julio. Por parte estadounidense, Tyler fue el primer interlocutor, pero fue rápidamente sustituido por Uendell Alexis Johnson, que era subsecretario adjunto para asuntos europeos. Tyler se había trasladado a la negociación de reducción de armas nucleares con la URSS.

El día 22, Garrigues presentó a Johnson un memorando con los aspectos fundamentales de las reivindicaciones españolas. Este memorando venía a defender que España era una democracia sui generis que había apostado por la estabilización económica y el desarrollo, y que por todo ello ameritaba la recepción de ayudas. Además, se recordaba que todavía quedaban pasos por dar en la modernización del ejército. España, declaraba Garrigues, estaba plenamente comprometida con el atlantismo, con la construcción de Europa y también con Na y Uni; es decir, los principios de Naciones Unidas.

En su memorando, el gobierno español se auto inscribía en el ámbito atlantista sin haber sido invitado a ello; lo hacía, evidentemente, porque necesitaba ese paso para poder defender la idea de que estaba siendo discriminado respecto de otros socios que eran mejor tratados por Estados Unidos. Franco, claramente, ya no buscaba ser un país OTAN; pero aspiraba a ser como un país OTAN.

El memorando, en suma, era un documento eficiente y bien redactado. Eso quiere decir que podría haber tenido cierto éxito y, de hecho, fue ampliamente leído en Washington, pues no fueron pocos quienes consideraron que tenía cosas muy de tener en cuenta. El cumplimiento de estos deseos, sin embargo, devino imposible; y fue el presidente francés Charles de Gaulle quien obró tal cosa. Su empeño en negarse a la entrada de Gran Bretaña en la Comunidad Económica Europea, y el abandono francés de la estructura militar de la OTAN, enrarecieron el ambiente de forma suficiente como para que las reivindicaciones de España pasaran a un segundo plano en la lectura estratégica de los Estados Unidos.

Los funcionarios estadounidenses contestaron al memorando español el 30 de agosto. En dicha oferta se ofrecía la renovación del acuerdo defensivo, con el añadido de una declaración política en la que la Administración Kennedy se avenía a reconocer la “relación singular” con la España de Franco. Esta declaración admitiría, bien que no en términos muy precisos, que, además de las bases, Estados Unidos también estaría interesado, y hasta cierto punto concernido, en el caso de que España fuese de alguna manera amenazada por alguien. Se sugería la creación de un comité bilateral en materia militar con sede en Madrid.

España no tragó. La oferta contenía muchas palabras bonitas, pero escasos compromisos; especialmente en el ámbito militar. España hizo notar, además, que la oferta estadounidense nada decía de adaptar los acuerdos técnicos entre ambas partes a los que Washington ya tenía con sus socios de la OTAN. Tampoco se decía nada de la ayuda económica. En suma, era una oferta excesivamente rácana, que seguía negándole a los españoles su principal reivindicación, que era ser equiparados con el resto de aliados. 

Garrigues regresó el 7 de septiembre a España. Inmediatamente se fue a San Sebastián, donde se cocía toda la política española durante el verano a pachas con Meirás, y allí comenzó una serie de reuniones con Castiella. Los españoles desmenuzaron la documentación facilitada por Uendell Johnson y comenzaron a realizar enmiendas sobre la misma, con el objetivo de bosquejar lo que querían: un salto adelante en la cooperación entre ambos países.

Tras estas reuniones técnicas, Agustín Muñoz Grandes, Castiella, Pedro Nieto Antúnez y el propio Garrigues se fueron a Meirás a hablar con Franco. En dichas reuniones, los dos militares presentes: Muñoz Grandes y Nieto Antúnez, consideraron que las propuestas estadounidenses debían ser rechazadas. Castiella y Garrigues, en mi opinión con los pies más en el suelo, desdeñaban esta posibilidad. Según ellos, el problema era que no se podría conseguir de los estadounidenses más de lo que ponía en esos papeles; ya que conseguir más supondría alcanzar un estatus de alianza, y algo así debería votarse en el Senado. John Kennedy nunca se presentaría en la cámara alta para defender una alianza con un Estado como España.

Por una vez y sin que sirva de precedente, los civiles convencieron a Franco. Castiella supo jugar sus cartas explotando la inseguridad de amarrategui que siempre tuvo el caudillo, amenazándole con que, si se partía peras con Estados Unidos, España volvería al aislamiento internacional (cosa que, las cosas como son, cuando menos yo creo que estaba muy lejos de pasar).

En el consejo de ministros celebrado el 19 y 20 de septiembre, los ministros militares todavía pusieron pie en pared; algunos ministros tecnócratas, fuertemente ligados a la personalidad de Carrero, también les hicieron hilo. Si aquello hubiera sido una democracia, habría ganado el no, es decir, el rechazo al acuerdo. Pero no lo era. Allí, lo único que valía era la palabra de uno. Y ese uno estaba convencido de que había que firmar.

Garrigues y Ángel Sagaz regresaron entonces a Washington. Pero no se encontraron las cosas nada fáciles. Los estadounidenses, yo creo que excelentemente bien informados de la voluntad de Franco, dijeron que no aceptaban ni la menor enmienda. Castiella llegó el 21 a Nueva York para participar en la Asamblea de Naciones Unidas, y se encontró todo completamente bloqueado. Es obvio que llamó a Madrid y preguntó qué margen tenía para ponerse chulo. Y la respuesta también es obvia, porque dos días después se reunió con Dean Rusk y le dijo que España se bajaba de todas sus burras. De todas. Sólo pedía que quedase claro que ambas partes mejoraban su cooperación.

Rusk, o sea Kennedy, entendió que había sonado la hora de mostrarse calculadamente magnánimo. Ese mismo día, le dijo a Castiella que la asistencia militar a España sería de 100 millones de dólares en cinco años, siempre y cuando el Congreso lo aprobase, y manteniendo la famosa condición de que la mitad debería consistir en compras de armamento por parte española. Estados Unidos, pues, no se había movido ni un adarme de lo que ofreció en el minuto uno.

El día 25, Castiella y Rusk se vieron una vez más. Castiella hizo un último intento. ¿No podrían ser 250 millones?

Finalmente, ambas partes firmaron una prórroga de cinco años el 26 de septiembre de 1963. El documento incluía una declaración que vinculaba los acuerdos con España a la defensa atlántica y mediterránea; es decir, se venía admitir, como principio, que España era uno más de los aliados occidentales de la Guerra Fría. Y se añadía: “una amenaza a cualquiera de los dos países, y a las instalaciones conjuntas, afectaría conjuntamente a ambos países, y cada país adoptaría aquella acción que considerase apropiada dentro del marco de sus normas constitucionales”. Ese “adoptaría aquella acción que considerase apropiada” fue lo máximo que Franco le pudo sacar a Kennedy para enseñarle a los marroquíes si algún día decidían recuperar Ceuta y Melilla; y seguía ahí cuando el rey Hassan II decidió lanzar la Marcha Verde.

La prórroga hablaba de que Estados Unidos le aportaría a España “apoyo a los esfuerzos de defensa a un nivel apropiado”, sin más explicaciones. También se establecía que el Banco de Importación y Exportación seguía abierto a dar créditos “que podrán sobrepasar los 100 millones de dólares durante el periodo de los próximos años”.

En documento secreto, y además firmado el 8 de octubre para desvincularlo de la prórroga en sí, Washington se comprometió a apoyar la candidatura española para entrar en el Banco Mundial, el GATT, la OCDE y otras organizaciones.

Agustín Muñoz Grandes hizo, tras la firma, un lobby de la hostia para conseguir que los mandos militares franquistas tuvieran el control del comité conjunto. Y lo consiguió. Eso sí, fue para nada, porque aquel comité a los estadounidenses no les interesaba una puta mierda. Así, como dos no se reúnen si uno no quiere, el comité tuvo una existencia fantasmagórica durante un año, y terminó chapando.

Muy contrariamente a lo que la gente piensa, la prórroga de los acuerdos de 1963 no hizo de Franco ningún pro americano de ídem. La firma de 1963 fue una humillación para España. Complicó enormemente el lanzamiento de los planes de desarrollo, para los cuales los ministros económicos tecnócratas ya habían contado con la ayuda Next Generation de los estadounidenses. Y, lo que es peor, profundizó las diferencias entre España y la Comunidad Económica Europa, de tal forma que la entrada en el club por parte española se dilató hasta once años después de la muerte de Franco. Algunas de las bases, como Zaragoza o Torrejón, siguieron emplazadas muy cerca de grandes capitales españolas; algo que siempre le angustió a Francisco Franco el amarrategui. Con la prórroga de 1963, además, Estados Unidos dejó de financiar a la economía española; algo que le costó enormes sin sudores a centenares de miles de españoles que tuvieron que emigrar de su país para buscarse las habichuelas, muchos de ellos en lugares donde les trataron como la mierda (porque eso de que tenemos que ser buenos con los inmigrantes porque los europeos fueron buenos con nuestros abuelos, se lo vais contando a las manadas de gallegos que acabaron trabajando en barracones infectos en Paderborn o en Sttutgart).

Franco desarrolló, de hecho, en los últimos diez años de su vida, un anti americanismo apenas disimulado. Episodios como el de la bomba de Palomares no le ayudaron, precisamente, a cambiar de idea. La renegociación de verdad de las relaciones militares bilaterales se convirtió en un deseo permanente que el caudillo se llevó a la tumba.

Siempre quiso hacerlo, pero nunca pudo. Y la culpa fue suya. Retrasando el fin de la autarquía, retraso que Franco hizo todo lo posible por eternizar, el caudillo retrasó la estabilización económica de España y, con ello, malbarató los años en los que el dinero estadounidense sí que estaba entrando en España. Para cuando quiso jugar a eso, Estados Unidos estaba empezando ya a gastarse lo que no tenía en Viet Nam, y había dejado de tener el coño para ruidos.

Como decimos los gallegos: tarde piaches, meu rei.

En resumen, cuando menos mi opinión es que la relación entre España y Estados Unidos es, a la vez, la gran jugada y la gran cagada de Franco. Es la gran jugada porque fue esa pequeña grieta que casi ni se ve al principio con la que Franco consiguió romper el parabrisas de su aislamiento internacional. Siempre en mi opinión, una de las razones de mayor peso que justifican que la actitud de los bisnietos de la media España que perdió la guerra civil sea tan levantisca y vengativa, es que esas partes no soportan tener que convivir con la idea de que Franco se libró. Efectivamente, a mediados de los años cuarenta del siglo pasado, cuando nacieron las Naciones Unidas, había un guion escrito. Ese guion decía que la España de Franco se habría de convertir en el apestado de occidente, una situación que haría que el régimen colapsase marxistamente bajo el peso de sus contradicciones. Franco, sin embargo, fue una de las personas que antes se dio cuenta de que Harry Truman no era Franklin Roosevelt, y que esa diferencia, adecuadamente explotada, podía suponer su eternización en el poder, travestido desde un fascismo de libro a una especie de democracia seudo formal atrapada dentro de una dictadura militar personal (lo que podríamos llamar una disforia de régimen) caracterizada por su rabioso anti comunismo. Quienes creían en la caída de Franco en los quince años posteriores a la guerra civil no contaban con los notables avances de los partidos comunistas de posguerra en Francia, en Italia, en Grecia. Stalin siempre quiso dominar la Europa occidental; su plan maestro, de hecho, era que los países europeos se destrozasen en una guerra en la que él no participaría, para luego poder echarse encima de los despojos. En cuanto Roosevelt y los imbéciles que lo asesoraban abandonaron la Casa Blanca, ese miedo se hizo real. Para que las formaciones comunistas de las democracias europeas tuviesen claro que podían salpicar pero no chapotear, hacía falta una presencia militar. Y ahí estaba Franco para alquilar tres o cuatro patios.

Como digo, los bisnietos de la media España perdedora tienen problemas para convivir con la idea de que el occidente democrático les falló; de ahí el anti americanismo esencial de estas gentes y su OTAN no, bases fuera; que, claro no pueden ni imaginarse hasta qué punto es un eslógan que Franco, en determinados momentos de su vida, habría podido firmar. 

Franco, sin embargo, no supo administrar esa victoria. Para el general, todo liberalismo era libertinaje. Su esencia era corporativa, porque Franco, en el fondo de su corazón, era un fascista de libro. A finales de los años cuarenta, cuando mal que bien había conseguido, por lo menos, que el barco navegase sin hundirse, tenía que haber tomado la salida que le señalaban los americanos: un modelo económico basado en el consumo privado, disciplina con los grandes equilibrios macroeconómicos, liberalización de mercados. España tenía que haber hecho en los años cincuenta lo que hizo en los ochenta: poner cachondo al capital internacional. Pero no lo hizo porque el gallego tenía otro conceto. Franco quería controlar todo y a todos los que se habían quedado dentro de las fronteras del país; y eso incluía a la economía, una disciplina que, estaba convencido, se podía gestionar a golpe de corneta, tararí, no subas la gasolina, tararí, sube los salarios. 

Los años en que el dinero estadounidense llegó, bastante rácano, pero llegó, se perdieron. Agobiado por una balanza de pagos pútrida (que en buena parte él mantenía así con sus políticas), Franco pretendió hacer el milagro de los panes y de los peces de estimular la inversión extranjera en una España en la que el inversor extranjero no podía repatriar los beneficios que obtuviese. El tema, claro, salió mal, porque los milagros sólo sabe hacerlos Jesucristo. En el año 56, el año en que Franco vivió peligrosamente, el jefe del Estado se acabó por dar cuenta de que se había equivocado. Él, tras defenestrar a su cuñado Ramón Serrano y enviar a sus falangistas más radicales a morir en Rusia, había pensado que podría gestionar un fascismo sin fascistas, un fascismo franquista. Aquel año 56, España se le desbordó por el otro lado (lo que se dio en llamar "los jaraneros del 56", un grupo muy heterogéneo de nuevos elementos políticos en el que cabía tanto Ramón Tamames como el padre de Alberto Ruiz Gallardón); y los falangistas dijeron basta. Sólo entonces Franco se dio cuenta de que el camino correcto era el que le insinuaban desde la embajada americana. Entender eso le permitió morir en la cama siendo jefe del Estado español; pero, para según qué cosas, esa caída del caballo le llegó tarde, incluso muy tarde. 

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