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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Garrigues, como no puede ser de otra manera, viajó a Estados Unidos con unas instrucciones de negociación del propio Franco. Esas instrucciones eran: tratar de alejar en lo posible a “los españoles” (esto quiere decir las grandes ciudades) de las bases, o mejor dicho las bases de los españoles; mantenimiento por parte de Estados Unidos de los gastos extraordinarios de apoyo militar a España; y obtención de un apoyo para la participación activa de España en el esquema occidental de defensa. Esto tenía que pasar por que Washington equiparase por completo a España con los aliados de la OTAN. Organización en la que, entonces, el caudillo tenía ya muy claro que no le iban a invitar a entrar.
Estas instrucciones olvidaban la reclamación de ayuda
económica. Franco parecía haber asumido que no habría Plan Marshalito;
lo cual también quería decir que Estados Unidos no pensaba repetir el gesto que
tuvo cuando Eisenhower pisó Madrid.
Garrigues comenzó las negociaciones en el mes de julio. Por
parte estadounidense, Tyler fue el primer interlocutor, pero fue rápidamente
sustituido por Uendell Alexis Johnson, que era subsecretario adjunto para
asuntos europeos. Tyler se había trasladado a la negociación de reducción de
armas nucleares con la URSS.
El día 22, Garrigues presentó a Johnson un memorando con los
aspectos fundamentales de las reivindicaciones españolas. Este memorando venía
a defender que España era una democracia sui generis que había apostado
por la estabilización económica y el desarrollo, y que por todo ello ameritaba
la recepción de ayudas. Además, se recordaba que todavía quedaban pasos por dar
en la modernización del ejército. España, declaraba Garrigues, estaba
plenamente comprometida con el atlantismo, con la construcción de Europa y
también con Na y Uni; es decir, los principios de Naciones Unidas.
En su memorando, el gobierno español se auto inscribía en el
ámbito atlantista sin haber sido invitado a ello; lo hacía, evidentemente,
porque necesitaba ese paso para poder defender la idea de que estaba siendo
discriminado respecto de otros socios que eran mejor tratados por Estados
Unidos. Franco, claramente, ya no buscaba ser un país OTAN; pero aspiraba a ser
como un país OTAN.
El memorando, en suma, era un documento eficiente y bien
redactado. Eso quiere decir que podría haber tenido cierto éxito y, de hecho,
fue ampliamente leído en Washington, pues no fueron pocos quienes consideraron
que tenía cosas muy de tener en cuenta. El cumplimiento de estos deseos, sin
embargo, devino imposible; y fue el presidente francés Charles de Gaulle quien
obró tal cosa. Su empeño en negarse a la entrada de Gran Bretaña en la Comunidad
Económica Europea, y el abandono francés de la estructura militar de la OTAN,
enrarecieron el ambiente de forma suficiente como para que las reivindicaciones
de España pasaran a un segundo plano en la lectura estratégica de los Estados
Unidos.
Los funcionarios estadounidenses contestaron al memorando
español el 30 de agosto. En dicha oferta se ofrecía la renovación del acuerdo
defensivo, con el añadido de una declaración política en la que la
Administración Kennedy se avenía a reconocer la “relación singular” con la
España de Franco. Esta declaración admitiría, bien que no en términos muy
precisos, que, además de las bases, Estados Unidos también estaría interesado,
y hasta cierto punto concernido, en el caso de que España fuese de alguna
manera amenazada por alguien. Se sugería la creación de un comité bilateral en
materia militar con sede en Madrid.
España no tragó. La oferta contenía muchas palabras bonitas,
pero escasos compromisos; especialmente en el ámbito militar. España hizo notar,
además, que la oferta estadounidense nada decía de adaptar los acuerdos técnicos
entre ambas partes a los que Washington ya tenía con sus socios de la OTAN. Tampoco
se decía nada de la ayuda económica. En suma, era una oferta excesivamente
rácana, que seguía negándole a los españoles su principal reivindicación, que
era ser equiparados con el resto de aliados.
Garrigues regresó el 7 de septiembre a España.
Inmediatamente se fue a San Sebastián, donde se cocía toda la política española
durante el verano a pachas con Meirás, y allí comenzó una serie de reuniones
con Castiella. Los españoles desmenuzaron la documentación facilitada por Uendell
Johnson y comenzaron a realizar enmiendas sobre la misma, con el objetivo de
bosquejar lo que querían: un salto adelante en la cooperación entre ambos
países.
Tras estas reuniones técnicas, Agustín Muñoz Grandes, Castiella,
Pedro Nieto Antúnez y el propio Garrigues se fueron a Meirás a hablar con
Franco. En dichas reuniones, los dos militares presentes: Muñoz Grandes y Nieto
Antúnez, consideraron que las propuestas estadounidenses debían ser rechazadas.
Castiella y Garrigues, en mi opinión con los pies más en el suelo, desdeñaban
esta posibilidad. Según ellos, el problema era que no se podría conseguir de
los estadounidenses más de lo que ponía en esos papeles; ya que conseguir más
supondría alcanzar un estatus de alianza, y algo así debería votarse en el Senado.
John Kennedy nunca se presentaría en la cámara alta para defender una alianza
con un Estado como España.
Por una vez y sin que sirva de precedente, los civiles
convencieron a Franco. Castiella supo jugar sus cartas explotando la inseguridad
de amarrategui que siempre tuvo el caudillo, amenazándole con que, si se
partía peras con Estados Unidos, España volvería al aislamiento internacional
(cosa que, las cosas como son, cuando menos yo creo que estaba muy lejos de
pasar).
En el consejo de ministros celebrado el 19 y 20 de
septiembre, los ministros militares todavía pusieron pie en pared; algunos
ministros tecnócratas, fuertemente ligados a la personalidad de Carrero,
también les hicieron hilo. Si aquello hubiera sido una democracia, habría
ganado el no, es decir, el rechazo al acuerdo. Pero no lo era. Allí, lo único
que valía era la palabra de uno. Y ese uno estaba convencido de que había que
firmar.
Garrigues y Ángel Sagaz regresaron entonces a Washington.
Pero no se encontraron las cosas nada fáciles. Los estadounidenses, yo creo que
excelentemente bien informados de la voluntad de Franco, dijeron que no aceptaban
ni la menor enmienda. Castiella llegó el 21 a Nueva York para participar en la
Asamblea de Naciones Unidas, y se encontró todo completamente bloqueado. Es
obvio que llamó a Madrid y preguntó qué margen tenía para ponerse chulo. Y la
respuesta también es obvia, porque dos días después se reunió con Dean Rusk y le
dijo que España se bajaba de todas sus burras. De todas. Sólo pedía que quedase
claro que ambas partes mejoraban su cooperación.
Rusk, o sea Kennedy, entendió que había sonado la hora de mostrarse
calculadamente magnánimo. Ese mismo día, le dijo a Castiella que la asistencia militar
a España sería de 100 millones de dólares en cinco años, siempre y cuando el
Congreso lo aprobase, y manteniendo la famosa condición de que la mitad debería
consistir en compras de armamento por parte española. Estados Unidos, pues, no
se había movido ni un adarme de lo que ofreció en el minuto uno.
El día 25, Castiella y Rusk se vieron una vez más. Castiella
hizo un último intento. ¿No podrían ser 250 millones?
Finalmente, ambas partes firmaron una prórroga de cinco años
el 26 de septiembre de 1963. El documento incluía una declaración que vinculaba
los acuerdos con España a la defensa atlántica y mediterránea; es decir, se
venía admitir, como principio, que España era uno más de los aliados
occidentales de la Guerra Fría. Y se añadía: “una amenaza a cualquiera de los
dos países, y a las instalaciones conjuntas, afectaría conjuntamente a ambos
países, y cada país adoptaría aquella acción que considerase apropiada dentro
del marco de sus normas constitucionales”. Ese “adoptaría aquella acción que
considerase apropiada” fue lo máximo que Franco le pudo sacar a Kennedy para
enseñarle a los marroquíes si algún día decidían recuperar Ceuta y Melilla; y seguía ahí cuando el rey Hassan II decidió lanzar la Marcha Verde.
La prórroga hablaba de que Estados Unidos le aportaría a
España “apoyo a los esfuerzos de defensa a un nivel apropiado”, sin más
explicaciones. También se establecía que el Banco de Importación y Exportación
seguía abierto a dar créditos “que podrán sobrepasar los 100 millones de
dólares durante el periodo de los próximos años”.
En documento secreto, y además firmado el 8 de octubre para
desvincularlo de la prórroga en sí, Washington se comprometió a apoyar la
candidatura española para entrar en el Banco Mundial, el GATT, la OCDE y otras
organizaciones.
Agustín Muñoz Grandes hizo, tras la firma, un lobby de la
hostia para conseguir que los mandos militares franquistas tuvieran el control
del comité conjunto. Y lo consiguió. Eso sí, fue para nada, porque aquel comité
a los estadounidenses no les interesaba una puta mierda. Así, como dos no se
reúnen si uno no quiere, el comité tuvo una existencia fantasmagórica durante
un año, y terminó chapando.
Muy contrariamente a lo que la gente piensa, la prórroga de
los acuerdos de 1963 no hizo de Franco ningún pro americano de ídem. La firma
de 1963 fue una humillación para España. Complicó enormemente el lanzamiento de
los planes de desarrollo, para los cuales los ministros económicos tecnócratas
ya habían contado con la ayuda Next Generation de los estadounidenses. Y, lo
que es peor, profundizó las diferencias entre España y la Comunidad Económica
Europa, de tal forma que la entrada en el club por parte española se dilató hasta
once años después de la muerte de Franco. Algunas de las bases, como Zaragoza o
Torrejón, siguieron emplazadas muy cerca de grandes capitales españolas; algo
que siempre le angustió a Francisco Franco el amarrategui. Con la prórroga de
1963, además, Estados Unidos dejó de financiar a la economía española; algo que
le costó enormes sin sudores a centenares de miles de españoles que tuvieron
que emigrar de su país para buscarse las habichuelas, muchos de ellos en lugares
donde les trataron como la mierda (porque eso de que tenemos que ser buenos con
los inmigrantes porque los europeos fueron buenos con nuestros abuelos, se lo
vais contando a las manadas de gallegos que acabaron trabajando en barracones
infectos en Paderborn o en Sttutgart).
Franco desarrolló, de hecho, en los últimos diez años de su
vida, un anti americanismo apenas disimulado. Episodios como el de la bomba de
Palomares no le ayudaron, precisamente, a cambiar de idea. La renegociación de
verdad de las relaciones militares bilaterales se convirtió en un deseo
permanente que el caudillo se llevó a la tumba.
Siempre quiso hacerlo, pero nunca pudo. Y la culpa fue suya.
Retrasando el fin de la autarquía, retraso que Franco hizo todo lo posible por
eternizar, el caudillo retrasó la estabilización económica de España y, con
ello, malbarató los años en los que el dinero estadounidense sí que estaba
entrando en España. Para cuando quiso jugar a eso, Estados Unidos estaba
empezando ya a gastarse lo que no tenía en Viet Nam, y había dejado de tener el
coño para ruidos.
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