viernes, junio 01, 2012

Fra Girolamo (1)


El 25 de abril de 1475, de una forma bastante sorpresiva para quienes formaban parte de su círculo más íntimo, Girolamo Savonarola ingresaba en el monasterio boloñés de San Domenico. En la carta que le envió a sus padres, ya desde Bolonia, les explicaba que su decisión venía forzada por el hecho de que no podía encontrar un solo hombre en el mundo que hiciese el bien, y que se negaba a vivir como un animal más entre las bestias. De alguna forma, pues, cabe concluir de esta misiva que, en tan temprana edad, Savonarola ya había desarrollado buena parte de la forma de ser, y de pensar, que lo llevaría a convertirse en uno de los principales hombres de la Historia de la península itálica, y quizás de la Europa, de su tiempo.
Fue el 21 de septiembre de 1452, apenas 25 años antes por lo tanto, que había nacido Girolamo María Francesco Mateo Savonarola, hijo de Niccolo Savonarola, apadrinado por el canciller del duque de Ferrara. Fue educado, en todo momento, para ser un personaje descollante, recibiendo y, a ser posible, aumentando la fama de su abuelo, Michele Savonarola, médico, profesor de la universidad de Ferrara y físico particular de Niccolo d’Este. A la muerte de éste, sus hijos, Lionello y Borso, siguieron confiando en él, hasta el punto de encomendarle la educación del heredero del ducado. A su jubilación, recibió un título nobiliario menor, y una pensión.

Fue este Michele Savonarola quien educó a su nieto Girolamo hasta los 16 años. Lo cual quiere decir que le transmitió sus enormes y profundos sentimientos de piedad cristiana que, a todas luces , en la mente del joven Girolamo se multiplicaron. Así pues, nos encontramos en el joven Savonarola a un extraño niño que, según los testimonios, jugaba con altares y leía la Biblia como principal entretenimiento, además de pasar las horas muertas en la iglesia.
Su abuelo murió cuando tenía 16 años, tras los cuales su padre continuó su educación otros dos años hasta enviarlo a la universidad. En realidad, fue éste su primer contacto con el mundo exterior, y no fue muy bueno. Desde el primer momento, Girolamo, acostumbrado a la figura de un abuelo brillante y a regirse por los estrechos, pero predecibles, límites de la moral bíblica, se encontró con un mundo de dobleces, cinismos, vagancia. O así lo vio él rápidamente. Y no sólo eso. En sus impresiones de los tiempos universitarios dejó el joven Savonarola la traza del rechazo que le provocaba la pretensión de los profesores de aquella universidad medieval, en el sentido de que los estudiantes hiciesen las cosas sólo de la forma que ellos prescribían, sin poner en juego su creatividad. Así pues, fue en la universidad donde se forjaron, según las trazas, los dos grandes elementos de la sicología de savonaroliana: la convicción de que hay que cambiar, limpiar el mundo; y la reacción frente a la autoridad.
Girolamo Savonarola comenzó a bramar en las aulas cosas como que desarrollar la voluntad antes que la inteligencia es negar la obra de Dios, y otra serie de imprecaciones que fueron entendidas por sus compañeros y profesores como signo de exceso de orgullo e inadaptación al medio universitario. Así pues, pronto dejó las aulas, seudoexpulsado, y regresó a casa. Entonces fue enviado a la Corte de Borso d’Este; pero, si en la universidad las cosas no habían ido bien, aquí no fueron mejor.

En primer lugar, los Savonarola era una especie de desclasados; eran de nobleza menor, en modo alguno comparable a la de sus señores; pero tampoco eran ya burgueses, tras la distinción de que había sido objeto el abuelo. Además, la pompa cortesana y el disimulo propio de los ambientes políticos desagradó en gran manera a aquel muchacho que ya se había sentido en la Universidad descolocado por los usos de los estudiantes. Se reveló contra las dictaduras: la dictadura del tirano, la dictadura del dinero, la dictadura de la belleza. Ninguna de esas tres cosas, claro, la poseía; los retratos que han sobrevivido de Fra Girolamo nos muestran a un hombre más bien bajito, narigudo, probablemente de tez muy morena. Una especie de Adriano Celentano con hábito de monje.
Hay quien ha escrito que una parte no desdeñable de esta personalidad entre ultrarreligiosa e indignada (que diríamos hoy) de Savonarola no fue ajena al tiempo en el que los Savonarola fueron vecinos de los Strozzi, una familia fundamental para la Historia de la Italia renacentista, en aquellos tiempos temporalmente exiliada. Al parecer, Girolamo se habría enamorado perdidamente de una joven miembro de aquella familia, bastante guapa, hasta el punto de llegar un día a ofrecerle matrimonio. Oferta imposible de toda imposibilidad en aquella Italia que fue, consecuentemente, rechazada con displicencia por la interesada.

Después de aquella anécdota y del fracaso en la corte, Savonarola volvió a sus estudios; pero ya no se sentía interesado por lo que le ofrecían los libros. Su fracaso amoroso seguía corroyéndole las entrañas y, poco a poco, acabó acudiendo a lo único que nunca le había fallado: la Biblia, para lograr entender todo aquello. Entonces afloraron en su amada todos los defectos del siglo: vanidad, orgullo, frivolidad. Ella, como todos. Literalmente, Savonarola llegó a una conclusión muy de nuestro tiempo: el mundo es una mierda. La ruina del Mundo se titula, de hecho, un poema que escribió por aquel tiempo. Girolamo Savonarola releía, una vez, otra, el capítulo bíblico de Sodoma y Gomorra, y pensaba que el monasterio era el único asilo real en el mundo, la casa de Lot.

En 1474, durante una vista a Faenza, escuchó a un innominado predicador agustino que le causó honda impresión, y tomó una decisión: dedicar su vida entera a Jesús.

Así pues, Girolamo ingresó en el monasterio, para hacerse fraile, y para morir fraile. Ambas cosas las cumplió.
Hasta el claustro del monasterio le persiguieron las lamentaciones paternas. La familia lo había dado todo para que su hijo tuviese la mejor educación y las mejores oportunidades de ser algo en la vida. Los Savonarola, que vivían en una sociedad en la que la vida frailuna era cosa de hermanos menores que, expulsados de la riqueza familiar por la institución del mayorazgo, debían buscarse la vida, no podían entender que una persona destinada desde el día que echó su meconio a ser la cabeza de una familia, pudiese dejarlo todo. Máxime teniendo en cuenta que, para colmo, en el momento que Girolamo escogió para largarse al convento, su padre pasaba por dificultades financieras y necesitaba ayuda más que nunca. Sin embargo, el joven novicio no escuchó aquellas llamadas, o más cabría decir que, aún queriendo a sus padres como todo buen hijo, pasó de ellas.

Girolamo Savonarola estaba hollando el camino de la pureza. Con una dedicación tan profunda que sus superiores tuvieron que reprenderlo por la crueldad con que se mortificaba (la celda de Savonarola en Florencia, que se visita hoy en día, conserva algún que otro instrumento que el buen fraile usaba para castigar sus carnes).
Al finalizar su primer año de noviciado, entró en la escuela conventual. Allí estudio metafísica, teología, ciencia natural, y lecturas bíblicas. Le dieron una celda y lo relevaron de sus obligaciones de asistencia al coro. Pero él seguía mortificándose, incluso a escondidas. Ya entonces adoptó la costumbre, que lo acompañaría toda su vida, de dormir sólo cuatro horas diarias.
Un fraile tan dedicado pronto despertó la admiración y el respeto de sus mayores, lo que le permitió comenzar a escalar en los rangos de la orden de Santo Domingo. Sin embargo, conforme Girolamo escalaba, sus prácticas ascéticas y mortificadoras aparecían como más extrañas a las prácticas de la orden. Sus superiores le reconvenían, pero él no hacía caso. Algo estaba pasando.

Lo que estaba pasando era el tercer paso de Girolamo Savonarola. El primero fue descubrir que el mundo era una mierda y necesitaba ser salvado. El segundo fue darse cuenta de que el siglo del hombre se regía por relaciones de poder inexplicables e injustas.

El tercero fue descubrir que ni siquiera la Iglesia era lo que tenía que haber sido.

martes, mayo 29, 2012

Yo, no

Ya sé que voy a escribir hoy sobre un tema que apenas tiene que ver con la Historia; pero de vez en cuando hago estas travesuras en mi blog, que para eso es mío :-)

Pero es que quiero decirlo: yo, no. Cuando se oye por ahí a las gentes que administran Madrid hablando de "todos los madrileños" como los que están detrás del proyecto de solicitar que esta ciudad sea sede de unos Juegos Olímpicos, me interesa dejar claro que yo resido en Madrid; que aquí pago mi IBI, mi impuesto de circulación, mi arbitrio de plusvalías cuando vendo la vivienda, mi Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, y toda la pesca. Que vivo en Madrid, estoy censado en Madrid, voto en Madrid. Y no estoy de acuerdo con que esta ciudad sea candidata a organizar unos Juegos Olímpicos.

Lo dicho: Yo, no.

¿Por qué? Bueno, el origen de todo, alguna vez lo he comentado, ha sido el hecho de la excesiva frecuencia con que observo que los administradores de Madrid toman el poder sobre el espacio público sin consultar a nadie ni tener en cuenta las necesidades de los residentes. Tengo la desgracia de pasar los fines de semana de mi vida en una vivienda del centro de Madrid, eso que antiguamente se llamaba el distrito electoral de Palacio; y no menos de diez o doce domingos al año, me quedo sin calle, sin poder aparcar, o si he aparcado el coche sin poder moverlo; sin poder incluso cruzarla, porque resulta que el Ayuntamiento ha decidido que la calle le pertenezca a Las que Corren Contra el Cáncer de Mama, o Los que Corren la Maratón Popular, o Los que se Tocan los Huevos en la Calle Para Celebrar el 4 de Julio, o Los Que Celebran la Fiesta de la Bicicleta, o Los Devotos de la Virgen de la Candelaria de Urupapá o a Los que Ocupan la Calle porque les Sale de los Cojones.

Los administradores de la ciudad la administran; no la poseen. Que alguna vez que otra haya que hacer alguna celebración, no lo pongo en duda. Si España gana el mundial de fútbol una vez cada cuatro años, bien estará que lo celebremos en Colón; pero si hubiera diez mundiales al año y todos los ganase, la verdad, con todos mis respetos, que se vaya la puñetera Roja, con su autobús de dos pisos, a celebrar al Cerro de los Ángeles, o a los Monegros.

Lo de nuestro Ayuntamiento es exagerado por demás y, lo siento, pero me da igual, y lo escribo porque como ya he opinado esto mismo en el pasado me conozco alguna que otra respuesta, que Mapoma pague por ocupar las calles con sus etíopes campeones del mundo. Yo soy quien no puedo circular libremente por mi barrio, y no veo un duro.

Así pues, mi primera reacción ante la eventualidad de una Olimpiada en Madrid es acojonarme. Imagino la cantidad de calles, plazas, intersecciones y aceras que quedarían embargadas porque es que resulta que pasa Rafa Nadal camino del meadero o se celebra un encuentro de lanzadores de jabalina irlandeses escrofulosos. Imagino la cantidad de veces que habría que resetear el móvil por los barridos de la policía (que son muy curiosos: te tuestan el teléfono pero no te enteras, así que lo mismo te está llamando tu madre, anegada en lágrimas, porque se ha muerto tu tía Puri, y tú sigues por ahí, de cachondeo...)

No hay más que acercarse por el Bernabéu o el Calderón o el Palacio de los Deportes el día que hay partido o canta Madonna para irse haciendo una idea de lo que son estas reuniones de masas. O la feria de San Isidro, en el curso de la cual el Ayuntamiento usurpa calzadas enteras para convertirlas en improvisados aparcamientos, mientras al vecino de la zona que le vayan dando. Elévese cualquiera de estas cositas a la sexta potencia, y tendremos una Olimpiada.

Otra cosa por la que no quiero la Olimpiada es porque no me apetece pagar el café con leche a tres euros de hoy en día. Con la Expo, en las cafeterías de Sevilla el café subió a cien pesetas. Que levanten la mano los sevillanos que volvieron a verlo a setenta tras la celebración.

La tercera gran razón por la que no quiero la Olimpiada es porque no podemos pagarla. Sí, ya sé que el 80% de las instalaciones están hechas. Pero eso sólo quiere decir que todavía hay que gastar un euro más por cada cuatro gastados.

Todo esto, en cualquier caso, queda anulado por un gran argumento: "Es incómodo, pero merece la pena, porque luego la ciudad queda chuli y se gana un montón de pasta".

Lo cual, simple y llanamente, es mentira.

¿Las olimpiadas dan dinero? Bueno, digamos mejor que algunas olimpiadas dan dinero, como Los Àngeles. En realidad, la mayoría de las olimpiadas pierden pasta por un tubo.

El estadio olímpico de Montreal se terminó de pagar en el 2006 (¡¡¡treinta años después!!!) Yo, personalmente, no conozco a nadie que haya ido jamás a hacer turismo a Montreal; menos aún, con el argumento de que "es que allí fue la Olimpiada". Se podría escribir: "los griegos a duras penas sobrevivieron a las consecuencias de sus JJOO"; pero sería mentira, porque, en realidad, no han sobrevivido. La todopoderosa URSS tuvo que arrañar recursos, sobre todo alimentarios, de todos sus países satélite, para alimentar a las hordas participantes en su Olimpiada; nadie sabe a ciencia cierta cuánto palmaron, y eso que muchos países no fueron. Lo mismo pasa con los chinos, que no dicen ni mú de los excelentes resultados que por lo visto tuvieron. Y en Sidney hay infraestructuras construidas para la Olimpiada que ya no se usan a día de hoy. Como las habrá en Londres porque Londres, entre otras cosas, está construyendo un pabellón de balonmano con capacidad para 12.000 personas. Los ingleses aman el balonmano más o menos lo mismo que los banderines de Gibraltar Español.

En realidad, el gran trile de ese rollo de que unas Olimpiadas dan dinero, Barcelona incluída, está en un concepto que se llama amortización. Amortizar es lo que todos deberíamos hacer y no hacemos, pero que las empresas vienen obligadas. Cuando compras un bien, has de provisionar, cada año, su pérdida de valor pues, de lo contrario, tu patrimonio es menor. La amortización es un elemento fundamental del flujo de caja de cualquier empresa, y de sus beneficios.

En la mayoría de los casos, cuando se producen unos JJOO, nadie calcula la amortización de las infraestructuras que se construyen. En realidad, para que unas Olimpiadas den dinero de verdad, sus beneficios no sólo deberían ser tales que los ingresos superasen a los gastos (concepto normal de beneficio en estos casos); además, los ingresos deberían generar un excedente suficiente como para permitir amortizar los bienes construidos. Porque si no es así, si nadie, ni el Comité Olímpico, ni el Comité Organizador, ni la ciudad anfitriona, ni el Estado del país anfitrión, amortiza La Peineta, entonces alguien, por definición, está perdiendo patrimonio cada segundo que pasa.

Ese alguien somos nosotros. Todos nosotros.

(Este mecanismo de no amortizar la infraestructura es el mismo que se usa para hacer rentable el AVE, por cierto).

Se nos dice: una olimpiada genera un montón de actividad después de producida. Vienen mogollón de turistas porque la gente del mundo se entera de que existes.

En una de sus novelas de Pepe Carvalho, Manuel Vázquez Montalbán hace a su protagonista coger un taxi en Bangkok, Tailandia. El taxista habla con él y le pregunta de dónde es. Cuando Carvalho le dice que de Barcelona, el taxista se pone a declamar: "Barcelona, Maradona; Barcelona, Maradona..."

Con todos los respetos, eso de que unas olimpiadas te dan visibilidad mundial funcionará para Saint Lô o para Viveiro, provincia de Lugo; pero a Barcelona, Madrid, París, Tokio o Chicago, ni puta falta que les hace; acabamos de leer, y es verdad total, que la edad de oro de Guardiola ha hecho más por Barcelona que una Olimpiada de ocho meses.

Es mentira que la gente decida viajar a una ciudad en el año N+1 porque en el año N organizó una Olimpiada. Eso lo saben bien en Barcelona, donde tuvieron que ponerse a parir echando hostias el fistro diodenal del Fórum de las Culturas para darle a la ciudad la continuidad que por lo visto le iban a aportar las Olimpiadas by default. Eso lo saben casi todos los organizadores de Expos mundiales, que se apresuraron a aprovechar la ocasión para crear algo más duradero, desde la Torre Eiffel hasta el Atomium, porque eso sí que trae visitantes.

El truco del almendruco es presentar el gasto como una inversión. Construir infraestructuras deportivas es, así, de entrada, un gasto, no una inversión. Por la simple razón de que una piscina de 50 metros no es el desdoblamiento de una carretera. Eso sí, como demostró la Olimpiada de Barcelona, un proyecto olímpico también tiene una vertiente urbanística, que en principio se autofinancia, porque cuando los deportistas dejan la Villa Olímpica, te quedan unas viviendas cojonudas para vender.

Pues sí. Pero, ¿y si falla? Porque resulta que una cosa que hemos aprendido, dolorosamente, en los últimos tiempos, es que no siempre una vivienda a la venta encuentra comprador; o banco que financie la compra. ¿Acaso no iba a ser la operación Madrid Río-soterramiento de la M30 un negocio seguro? ¿No se iba a hacer allí un huevo de pasta comercializando suelo y viviendas? Madrid Río será la polla de Montoya, no lo niego; pero, amable lector, si eres ciudadano de Madrid, permíteme que te recuerde que, bonito y todo, todavía lo debes. Y que, ítem más, la posibilidad de que se financie con suelo se ha sfumatto.

Así, a las claras: una Olimpiada es una operación económica de riesgo. De muy alto riesgo. Tan alto, que los dedos se hacen huéspedes para contar todos los que se han dado una hostia en todos los morros en las últimas décadas organizándola. El triunfo, si llega, tendrá muchos padrinos pero el fracaso, si se produce, sólo tendrá un pagano: tú. Y yo, claro.

Sinceramente, no creo que tengamos el chirri para estos ruidos.

Yo, no.

lunes, mayo 28, 2012

Dónde vas, triste de ti...


Una vez más, para empezar este artículo os voy a llamar la atención sobre un efecto que yo llamo el espejismo del presente. Este pequeño síndrome indoloro y de poca importancia consiste en considerar que lo que pasa en el presente siempre es lo más de lo más de lo que le ha pasado a la Humanidad en toda su existencia. El síndrome del presente tiene una base cierta, desde luego. Es probable que la mayor manifestación en las calles de la Historia de España se haya producido hace relativamente poco tiempo; pero eso es así por la simple razón de que hoy hay más españoles que hace cien años, y que los que hay tienen más posibilidades de allegarse al lugar de la mani que las que tenían sus abuelos. Si alguno de mis amables lectores tiene la paciencia de leerse en la prensa de la época los relatos de una manifestación monstruo que hubo en Madrid en 1930 tras un gravísimo accidente laboral en unas obras de la calle Alonso Cano (manifestación que acrisoló la reacción frente al accidente y otras muchas cosas), encontrará que lo que dicen esas crónicas del espacio que ocupaba la masa de manifestantes es bastante parecido al que ocuparon los que asistieron a la mani contra la guerra de Irak. Pero, claro, no es lo mismo llenar las calles en los albores del siglo XXI que setenta años antes.