Charles Spencer Chaplin, más conocido como Charlie Chaplin, es uno de los mayores creadores del cine mundial, por mucho que sus películas, hoy en día, se emitan poco; a causa, sobre todo, de la barrera que entre muchas de sus creaciones y el público actual levanta el hecho de que sean películas mudas.
Chaplin siempre fue, como persona, alguien marcadamente definido ideológicamente como de izquierdas. Al final de la primera guerra mundial hizo una película abiertamente pacifista (Shoulder arms, 1918); mientras que en 1923 rodó The pilgrim, una película laicista, a ratos anticlerical. En 1936 rodó una de sus obras maestras, una reflexión crítica sobre el capitalismo: Modern times. La película, de hecho, fue un éxito en la Unión Soviética.
Desde 1933, cuando Adolf Hitler llegó al poder en Alemania, Chaplin manejaba la idea de realizar una película paródica sobre su figura. Inicialmente pensó en hacer una sátira indirecta, realizando el film sobre Napoleón. El éxito de Modern times le proporcionó más libertad para plantear sus proyectos en el siempre conservador mundo de los productores de cine y, además, más dinero. Consecuentemente, en 1937, el cineasta anunció la intención de filmar una película inspirada en Hitler.
El gesto de Chaplin se producía de forma totalmente gratuita y sin riesgo por su parte. Siendo de origen judío y con el tono que adquirían sus películas, en 1937 el cine de Chaplin, todo él, estaba ya prohibido en Alemania. Göbels, de hecho, lo odiaba especialmente, y fue el autor intelectual de una querella por plagio que se le puso a Chaplin en los tribunales franceses. La base de esta demanda eran ciertos paralelismos existentes entre Modern times y una película anterior (1931) de René Clair, titulada À nous la liberté! Esta película había sido producida en Francia por una productora alemana, Tobis, por lo que los germanos impulsaron toda la denuncia. Ésta, sin embargo, quedó en nada cuando Clair declaró ante el juez que era él quien se sentía deudor del talento de Chaplin; y que si el maestro se había inspirado en su trabajo para algo, él no se sentía sino honrado.
Como ya os he dicho, Chaplin venía bastante anti nazi de serie; pero es más que probable que esta demanda, que sin ambages buscó su ruina, terminase por cabrearlo del todo. Por otra parte, Chaplin visionó en Nueva York el film de Leni Riefensthal Triumph des Willens, rodado durante la gran concentración del Partido Nacionalsocialista Alemán en Nürmberg, en 1934; y, observando los discursos de Hitler, se dio cuenta de que los bigotes del dictador alemán y del más famoso personaje de Chaplin, Charlot, eran casi iguales. Eso sí, Chaplin siempre declaró a la Prensa que el plagiador, allí, era Hitler, pues él había usado ese bigote corto primero.
Hábil manejador de la propaganda y la imagen, lo primero que hizo Chaplin fue filtrarle a la Prensa el primer borrador de guion. Era perfectamente consciente de que, tratándose de una película polémica, la mejor propaganda que podía hacer era calentar el tema con antelación. En este primer guion, un prisionero judío, físicamente muy parecido a Hitler, es liberado de una cárcel por conspiradores que visten camisas pardas. Estos conspiradores, luego, secuestran a Hitler y lo sustituyen por el judío. A partir de ahí, el hombre se siente solo y desamparado en la cúpula del poder, con sus oropeles y sus intrigas. Finalmente, una mujer conspiradora que quiere matar a Hitler se apiada de él y le ayuda a huir a Suiza.
La publicación del guion provocó una inmediata campaña de Prensa contra Chaplin. Los medios que sostuvieron esa campaña fueron, principalmente, los de la cadena Hearst, de ideología conservadora y bastante pro nazi, cuando menos en ese momento. El Reich, por lo demás, utilizó diversas terminales, como cámaras de comercio germano-estadounidenses, para presionar. Estas peleas, unidas al precedente de la demanda en Francia, le dejaron bastante claro a Chaplin que el camino de esa película no sería nada fácil. Entre eso y que tenía otros proyectos en paralelo, en noviembre de 1938, anunció oficialmente que había abandonado el proyecto.
Los alemanes, en todo caso, no aflojaron. El cónsul alemán en Los Ángeles, Georg Gyssling, se convirtió en la mosca cojonera del actor y director. Asimismo, Hans-Heinrich Dieckhoff, el embajador alemán en Estados Unidos (y que al final de la guerra lo sería en Madrid, por cierto) se dedicó a presionar al Departamento de Estado, llegando a decir que, si la película se llevaba finalmente a cabo, el régimen alemán prohibiría todas las películas estadounidenses (medida que, por cierto, fue finalmente tomada en 1941, algunas semanas antes del ataque de Pearl Harbor).
El régimen nacionalsocialista alemán consideraba, de hecho, que The great dictator no era un caso aislado. De hecho, lo enmarcaba dentro de lo que consideraba una estrategia más global (que justificó, en su opinión, la prohibición en bloque de todo el cine estadounidense), de la que formaban parte películas como Mad dog of Europe, The beast of Berlin, Mortal storm, Arise my love o Pastor Hall; cintas hoy bastante olvidadas. Técnicamente, la prohibición no lo fue de todo el cine estadounidense; lo fue de todas las productoras que habían participado en películas consideradas anti alemanas. Sin embargo, el hecho de que la crítica de lo nazi se hubiera convertido, verdaderamente, en un tópico muy explotado por la industria del cine de Hollywood, hizo que prácticamente todas las productoras cayeran en la censura.
España, por cierto, hizo hilo total con las intenciones de su seudo aliado. El 2 de abril de 1940, la Jefatura de Prensa franquista dictó una orden por la que se prohibía a los medios de comunicación hablar de Chaplin. Aunque, en realidad, la prohibición era de hablar bien de Chaplin; ya que la revista de cine más difundida vinculada al falangismo, Primer plano, sí que lo citaba muy a menudo, haciendo hilo de toda la campaña preventiva de los alemanes contra la realización final de la película.
La confluencia entre las presiones propiamente alemanas y las vicarias realizadas, sobre todo, por los medios de Hearst, tuvo éxito allí donde buscaba tenerlo. La industria del cine siempre ha movido mucho dinero; y allí donde se mueve mucho dinero, los ejecutivos se suelen volver híper prudenciales, pues es bien sabido que en los negocios donde se puede ganar mucho dinero, también se pueden palmar paletadas de billetes. Conforme pareció que Chaplin retomaba el proyecto, la United Artists comenzó a enviarle mensajes en el sentido de si no se lo quería pensar un poco mejor. Asimismo, la Hays Office, es decir, la oficina de censura de la industria del cine, advirtió de que, probablemente, a la película se le iba a aplicar bastante lápiz rojo. El fondo de la cuestión era claro: Hollywood no quería perder el mercado de todos los países que ahora controlaba Alemania. Cabrear a Hitler era perder de una tacada Alemania, Austria, Checoslovaquia, Polonia, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, Grecia, Italia, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Francia y, muy probablemente, España, Portugal y Noruega. Hollywood, de hecho, en los dos primeros años de la segunda guerra mundial apenas dio luz verde a proyectos fílmicos sobre la propia guerra, como queriendo lanzar una señal.
Chaplin, sin embargo, estaba decidido. De hecho, declaró a la Prensa, con su clásica retranca, que había comprendido el mensaje; que, tal vez, se estaba metiendo demasiado con Hitler. Y que, en consecuencia, llamaría a su película The dictators, e incluiría a Mussolini.
Pocos días antes de comenzar el rodaje de la película, el 3 de setiembre de 1939, Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania. Aquello no sólo fue una buena noticia para Chaplin, sino que fue un acicate. La misma United Artists que hasta entonces lo estaba llamando a la prudencia, ahora lo conminaba a terminar la película lo antes posible.
La presión sobre Chaplin, sin embargo, se redobló. El actor y director comenzó a recibir toneladas de cartas amenazantes. Era amenazado de muerte y, además, en muchos casos se anunciaban boicot a la proyección de la película, con piquetes en la entrada de los cines. Chaplin se tomó bastante en serio las amenazas, pero aparentemente no las denunció. Invitó a cenar al dirigente sindical portuario Harry Bridges, para pedirle que crease contra-piquetes de protección de los cines donde se fuese a proyectar la película. Bridges, ésa es cuando menos la imagen que a mí me queda de las memorias de Chaplin, era el típico dirigente de izquierdas: muy echado para delante, pero siempre con la condición de que el gasto y el esfuerzo lo hiciese otro. Consecuentemente, se quitó de en medio con elegancia, argumentando que sería el propio público de las salas el que las defendería.
Chaplin dejó dicho, y es algo perfectamente comprensible, que lo que hizo posible The great dictator fue el hecho de que, en realidad, el mundo, durante la guerra, no supiera nada de los campos de concentración. En efecto, el hecho de que hoy en día el conocimiento de estos hechos sea general no debe escamotear el hecho de que, hasta que Alemania cayó derrotada, nadie, incluso dentro del país, sabía nada acerca de la política de exterminio masivo de los judíos y otros colectivos. De haberse conocido estos datos tras comenzar la guerra, argumentaba Chaplin, no hubiera sido posible hacer sátira del tema o, cuando menos, él no habría sido capaz.
La recepción de la película no fue única. A los periódicos conservadores estadounidenses no les gustó el discurso final, que consideraban de tintes comunistas; una cosa, pues, era criticar al nazismo, y otra distinta ponerse del lado del otro fascismo. Harry Hopkins, la Mano del Rey del presidente Franklin Delano “Nenaza” Roosevelt, un tipo bastante líquido y con una capacidad analítica muy por debajo de la que creía tener, le dijo a Chaplin, tras ver la película, que era muy buena, pero que lo arruinaría.
Harry Hopkins, por lo tanto, podría pasar a la Historia por haber emitido dos juicios: uno, tras ver The great dictator, en el sentido de que la película sería un fracaso en taquilla; y la otra, en Yalta, cuando le comió la oreja a su jefe (que estaba deseando escucharlo) con que Stalin era una persona honrada y de palabra. Dos juicios para la Historia, a cual más mierdero. Go, Harry!
La película, cierto es, tuvo sus problemas para despegar económicamente pues, obviamente, su distribución quedó vedada en medio mundo. Entre otros lugares, Juan Domingo Perón, ese demócrata, la prohibió en Argentina; por lo que los bonaerenses cruzaban el Río de la Plata para verla en Montevideo, donde los uruguayos, contando billetes, se descojonaban. Todo esto supuso que The great dictator dio pérdidas durante los primeros cuatro años de exhibición; pero, con el tiempo, se convirtió en lo que tenía que ser, es decir, el mayor taquillazo de Chaplin.
El presidente Roosevelt invitó a Chaplin a la Casa Blanca, para una proyección privada de la película. Pero probablemente no quería verla; lo que quería era lanzarle un mensaje al director. Por todo saludo, cuando Chaplin entró en la sala de cine, Roosevelt le dijo: “Siéntese aquí, Charlie. Su película nos está creando muchos problemas en la Argentina”. Nenaza y figura hasta la sepultura.
Muchos países neutrales, como Suecia, también censuraron la película, bien prohibiéndola, bien cortándole escenas; todo ello respondiendo a las presiones de los diplomáticos alemanes surtos en sus países.
Se podría decir, por lo tanto, que la película tuvo dos estrenos, ya que en 1945, en una Europa más liberada que normalizada, los ciudadanos que no habían viajado a los Estados Unidos pudieron verla por primera vez. Bueno, no todos los europeos. En España, El gran dictador no se pudo exhibir hasta 1976, un año antes de la muerte de Chaplin. La película, pues, tuvo que esperar a que el dictador Franco estuviese muerto para ser exhibida; y lo fue, por cierto, en un solo cine, con lo que la proyección fue un pequeño fenómeno de masas. La censura franquista siempre consideró que los paralelismos entre Adenoid Hynkel, el dictador de la película, y, no ya Hitler, sino Franco, eran excesivos.
Para los españoles, pues, The great dictator es una buena muestra de la enorme fuerza que tiene el buen cine (y no la mierda que se hace ahora). Una película estrenada en 1940, un tercio de siglo después, todavía sirvió para poner un broche final a una dictadura; algo a lo que, desde luego, no pueden aspirar los súper creadores actuales y sus películas de micénicos aficionados al crossfit. Como consecuencia, la cinta, durante muchos años, superó en las salas españolas las limitaciones provocadas por el hecho de ser una película muy antigua, en blanco y negro, lastrada por el hecho de que cintas más modernas, con tecnologías posteriores, resultan siempre más atractivas para el público. Yo os puedo dar fe que, en los años setenta y aún a principios de los ochenta, cualquier sala “de arte y ensayo” (así se llamaban las de cine serio, nunca entendí por qué) no podía aspirar a atraer mucho público si no proyectaba, de vez en cuando, dos auténticos fósiles fílmicos como eran ya The Great Dictator y Brosenosets Potyomkin (El acorazado Potemkin).
Como ocurre siempre con una película, cada uno tiene sus preferencias a la hora de destacar escenas. Para mí, la mejor de la película es la célebre escena del baile con la bola del mundo. Es el punto en el que la crítica de Hitler alcanza un punto más elevado. Aquí os la dejo, no sin informaros (sobre todo a los más jóvenes) de que la peli completa se puede ver en internet. Y verla es muy recomendable.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario